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219. Poesía más Poesía: Denise Levertov

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BIOGRAFÍA DE DENISE LEVERTOV

Denise Levertov nació en el Reino Unido en 1923 y falleció en Whashington en 1997.
Poeta precoz, hija de Paul Philip Levertoff, un judío ruso convertido al cristianismo que era pastor anglicano y de Beatrice Spooner-Jones originaria de Gales, fue educada en un ambiente con gran estímulo espiritual, social y literario. A los cinco años, declaró que sería escritora. Al principio, cuando todavía no sabía escribir, le dictaba los poemas a su hermana Olga, quien los escribía por ella.

Su madre leía en voz alta a la familia las grandes obras de ficción del siglo XIX y ella leía poesía, especialmente las letras de Tennyson (poeta y dramaturgo inglés). … Su padre, que escribía también en en hebreo, ruso, alemán e inglés, solía comprar libros de segunda mano por lotes para obtener volúmenes particulares. Levertov creció rodeada de libros y personas que hablaban de ellos en muchos idiomas. Su madre también estimuló e incentivó su temprana afición por las letras al leer en voz alta las obras de Joseph Conrad , León Tolstói, Willa Cather y Charles Dickens. Su padre le fomentaría más el lado del misticismo.
A los doce años, Denise Levertov, envió a T. S. Eliot un puñado de poemas, quien le respondió alentadoramente. Ella recibió una carta de dos páginas escrita a máquina de él, ofreciéndole excelentes consejos. Su carta le dio un ímpetu renovado para hacer poemas y enviarlos.

Casual Opulence | The Nation

A los diecisiete años publicó su primer poema en una revista Poetry Quaterly en 1940. Kenneth Rexroth (escritor, poeta y artista estadounidense) declaró: “En muy poco tiempo, Herbert Read, Tambimutti, Charles Wrey Gardiner y, de paso, yo mismo, mantuvimos una excitada correspondencia sobre ella. Ella fue la niña del nuevo romanticismo. Su poesía tenía un Schwarmerei melancólico que no se parece a nada en inglés, excepto quizás a “Dover Beach” de Matthew Arnold. Podría compararse con los primeros poemas de Rilke o con algunas de las canciones más melancólicas de Brahms”.

Entre sus influencias se encuentran autoes como Emerson, Thoreau, Pound y William Carlos Williams, así como a los poetas del grupo Black Mountain, aunque Levertov siempre aclaró que no se sentía parte de ninguna corriente artística.

Durante la segunda Guerra Mundial se formó como enfermera y pasó tres años como enfermera civil en varios hospitales del área de Londres, tiempo durante el cual continuó escribiendo poesía.

En 1946 publicó su primer libro de poesía Double Image, que era más del estilo del nuevo romanticismo inglés, pero que pronto abandonaría para empaparse de nuevas vanguardias.

En 1947 se casó con el escritor estadounidense Mitchell Goodman. Al año siguiente, Goodman y Levertov se mudaron a Nueva York, donde tuvieron un hijo, Nikola. Su matrimonio duraría hasta 1974.

LevertovandMitch1948 - Poesia Online

La amistad de su marido con el poeta Robert Creeley propició su relación con la poesía experimental del Black Mountain College y su grupo de poetas como Robert Creeley y Kenneth Rexroth entre otros. Eran un grupo de poetas del siglo XX denominados a veces como poetas proyectivistas, avant-garde o postmodernos. Denise publicó poemas en su revista, Black Mountain Review. Recibió una gran influencia de William Carlos Williams (escritor estadounidense vinculado al modernismo y al imagismo) y su concepción de la poesía como algo intrínsecamente unido a la vida cotidiana. También recibiría la influencia de otros autores como Emerson, Thoreau, Pound….entre otros, aunque siempre aclaró Denise que no se sentía parte de ninguna corriente artística.

Denise Levertov

En su libro de poesía “Aquí y ahora”(Here and Now), escrito en EEUU, muestra los inicios de su transición y transformación. Este libro la situó en el movimiento Beat. Su poema “With Eyes at the Back of Our Heads” estableció su reputación. En la década de los cincuenta ya era conocida y respetada en los principales círculos literarios de los Estados Unidos, en Nueva York y San Francisco.

Obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1955. En un entorno mayoritariamente masculino, Denise fue una de las escasas mujeres poetas incluidas en la antología de Donal Allen de 1960, The New American Poetry, que es incluso hasta hoy en día el mayor referente académico de la lírica norteamericana de postguerra.
Publicó más de veinte libros de poesía, aunque también ensayo, cartas y dos autobiografías.

Bearing Witness — The Project Room

Durante los años 1960 y 1970, con la participación de Estados Unidos en Vietnam, Denis Levertov se volvió mucho más políticamente activa, tanto en su trabajo como en su vida. Fue editora de poesía en The Nation y apoyaba y publicaba el trabajo de poetas feministas y activistas de la izquierda.

Se unió a la Liga de Resistencia a la Guerra. Una de las características principales que suele señalarse de su obra es su capacidad para dar forma lírica a voces coloquiales. 

En un estudio de mujeres poetas de la época titulado Women of the Beat Generation (1996), Brenda Knight relata una anécdota protagoniazada por Denis Levertov donde en un recital, el poeta Jacka Spicer hizo una pulla de mal gusto a las mujeres, y Levertov respondió con un poema resultando resolutiva y con gran temperamento. Este talante caracteriza su obra.

En 1967 escribió La danza de la tristeza, donde habla de la Guerra de Vietnam. Utilizó la poesía como herramienta de la lucha política y social y también hace mención a la muerte de su hermana mayor.

Junto con Muriel Rukeyser (mujer poeta, ensayista, biógrafa y activista política estadounidense)  y varios otros poetas, Levertov fundó la Protesta de Escritores y Artistas contra la Guerra de Vietnam. Participó en varias manifestaciones contra la guerra en Berkeley, California y en otros lugares. Fue encarcelada brevemente en numerosas ocasiones por desobediencia civil. En las décadas siguientes, se pronunció en contra del armamento nuclear, la ayuda estadounidense a El Salvador y la Guerra del Golfo Pérsico. 
The Sorrow Dance (1967), Relearning the Alphabet (1970), To Stay Alive (1971) y, hasta cierto punto, Candles in Babylon (1982), así como otras colecciones de poesía, abordan muchos temas sociales y políticos, como la guerra de Vietnam, los disturbios de Detroit y el desarme nuclear. Su objetivo era motivar a otros a tomar conciencia de estos diversos temas, en particular la Guerra de Vietnam y las preocupaciones ecológicas.

Ciertos comentaristas contemporáneos tendían a ver los poemas abiertamente políticos de Levertov con escepticismo, estableciendo duras críticas. Pero otros autores como Matalene señalarían “ To Stay Alive es un documento histórico y registra y preserva las personas, conversaciones y eventos de esos años. Tal vez, a medida que los acontecimientos retrocedan en el tiempo, estos poemas parecerán verdaderos y justos, en lugar de rudimentarios, grandilocuentes y superficiales. La historia, después de todo, prefiere a los que toman posiciones”. 

En sus escritos Denise incluye prosa poética y el discurso contra el reclutamiento de 1980, incluido en el libro “Velas en Babilonia”, fue muy comentado y utilizado en su contra por los críticos de poesía.

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En opinión de  Hayden Carruth, escribiendo en Hudson Review, “To Stay Alive” contiene, lo que tanto molesta a los críticos, pasajes muy líricos junto a pasajes en prosa: cartas y documentos. Pero, ¿es necesario, después de Paterson, defender esto? El hecho es que creo que Levertov había usado su prosa mejor que Williams, con más prudencia y economía… También creo que To Stay Alive es uno de los mejores productos del período reciente de visión políticamente orientada entre los poetas estadounidenses”.

La pieza central del libro “Una puerta en la colmena” es “El Salvador: Réquiem e invocación”, un libreto compuesto como réquiem por el arzobispo Romero y cuatro mujeres estadounidenses que fueron asesinadas por escuadrones de la muerte en El Salvador a principios de la década de 1980. Emily Grosholz declaró en Hudson Review que si bien esto “no es un poema, es un tipo útil de canción popular extendida cuyas ganancias sirvieron para ayudar a importantes esfuerzos de socorro y cabildeo; tal escritura merece un lugar al lado de la mejor poesía de Levertov. Y, de hecho, está flanqueado por poemas que están a la altura de las circunstancias”. El arzobispo Romero fue el ancla que detuvo la guerra civil en El Salvador y su muerte fue uno de los detonantes de un conflicto que asoló el país durante doce años. Dejó 75 000 muertos y más de 8.000 desaparecidos. El caso quedó enterrado una vez finalizada la guerra. El único procesado en el crimen, el capitán del Ejército Alvaro Saravia, de grupos paramilitares de ultraderecha, entonces único procesado del crimen fue perdonado, aunque reabrieron el caso. La comisión de la Verdad de la ONU atribuyó el asesinato al líder ultraderechista en 1993, también acusado de organizar los escuadrones de la muerte que aterrorizaron El Salvador a finales de la década de los 70 y comienzos de los 80.

Levertov trata tanto problemas de conciencia personal como problemas sociales, como el SIDA, la Guerra del Golfo, la contaminación y la amenaza constante de aniquilación nuclear.
La colaboradora de Los Angeles Times Book Review, Amy Gerstler, afirmó que todos los poemas “se mezclan para formar un poema largo” y le dio crédito a Levertov por poseer “un instinto prácticamente perfecto para elegir la distancia correcta para hablar: qué tan lejos permanecer de ambos lectora y sujeto, y cuánto de un papel manifiesto se da a sí misma en el poema”. Aldan concluyó que los poemas de Evening Train “manifiestan una nueva modestia, refinamiento, sensibilidad, inteligencia creativa, compasión y espiritualidad”. También diría “Dignidad, reverencia y fuerza son palabras que acuden a la mente cuando se busca cómo definir… a una de las poetas más respetadas de América”, y agregó que Levertov poseía “una voz clara y ordenada, una voz comprometida con la observación aguda y el compromiso con lo terrenal, en toda su belleza, misterio y dolor”.

En lo profesional se dedicó a la educación. Después de mudarse a Massachussets, Denis enseñó en la Universidad de Brandeis MIT y Universidad Tuts. También fue profesora a media jornada en la Universidad de Whashington durante once años (desde 1982 a 1993) y a tiempo completo en la Universidad de Stanford. Se retiró de la enseñanza y viajó duante un año realizando lecturas de poesía en Estados Unidos y Gran Bretaña. Sus clases de escritura creativa en Berkeley, donde contó con alumnos que se convertirían más tarde en poetas célebres. Entre ellos, Rae Armantrout, que menciona a su maestra en su prosa autobiográfica True y recuerda algunas de sus enseñanzas en torno a la construcción del verso.

Mientras leés: tres poemas de Denise Levertov


Además de ser poeta, Levertov enseñó su oficio en varios colegios y universidades de todo el país; tradujo varias obras, en particular las del poeta francés Jean Joubert; fue editora de poesía de La Nación de 1961 a 1962 y Madre Jones de 1976 a 1978; y es autora de varias colecciones de ensayos y críticas, incluidos The Poet in the World (1973), Light up the Cave (1981) y New & Selected Essays (1992) . Los ensayos de Levertov abarcaron la poética, la estética y la política. Según Carruth, el libro  “el poeta en el mundo” es “un volumen misceláneo, surgido de muchas ocasiones misceláneas, y su tono varía de vivaz a gracioso y, ocasionalmente, pedante. Contiene una serie de piezas sobre la labor docente del poeta; contiene su hermoso obituario improvisado para William Carlos Williams, así como reseñas y apreciaciones de otros escritores. Pero principalmente el libro trata sobre la poesía, su misterio y su oficio, y sobre la relación entre la poesía y la vida… Debería ser leído por todos los que se toman la poesía en serio”.

Publicó más de veinte libros de poesía entre los que destacan A las islas por tierra (1958), Gustar y ver (1964), La respiración del agua (1987), Una puerta en la colmena (1989) o Tren de la tarde (1992). En España, la editorial Hiperión publicó en 2013 una Antología poética de Levertov. También destaca su libro Ensayos nuevos y escogidos (1992). En 2017 la editorial Vaso Roto publicó Pausa versal: ensayos escogidos, libro que recoge 25 ensayos de la autora. Recibió la Beca Guggenheim y fue distinguida con el Shelley Memorial Adward en 1984 y la Robert Frost Medal en 1990, ambos de la Poetry Society of America, entre otros premios.

Descontexto: “Al lector”, de Denise Levertov

La obra de Denis Levertov releja sobre todo la política y la guerra, lo que conlleva como sufrimiento, injusticia y prejuicios. También abarca la fe, la mística y el trascendentalismo.

Recibió numerosos premios y distinciones, tanto por su obra literaria como por su compromiso social y político.

  • Premio Shelley Memorial.
  • Medalla Robert Frost.
  • Premio Lenore Marshall, 1976.
  • Premio Lannan.
  • Beca Guggenheim.
  • Beca del Instituto Nacional de Arte.

Casi hasta el momento de su muerte continuó componiendo poesía, y unas cuarenta de ellas fueron publicadas póstumamente en Este gran desconocimiento: últimos poemas (1999) .

En 1997 Denise Leverov muere por complicaciones relacionadas con un linfoma. Fue enterrada en el cementerio de Lake View, Seatle, Whashington.

Denise Levertov publicó veinte libros de poesía y cuatro de prosa :

Poesía

  • The Double Image (1946)
  • The Sharks (1952)
  • Here and Now (1956)
  • Overland to the Islands (1958)
  • With Eyes at the Back of Our Heads (1959)
  • The Jacob’s Ladder (1961)
  • O Taste and See: New Poems (1964)
  • The Sorrow Dance (1967)
  • The Family Guy (1967)
  • Life At War (1968)
  • At the Justice Department, November 15, 1969
  • Relearning the Alphabet (1970)
  • To Stay Alive (1971)
  • Footprints (1972)
  • The Freeing of the Dust (1975)
  • Life in the Forest (1978)
  • Wedding-Ring (1978)
  • Collected Earlier Poems 1940-1960 (1979)
  • Candles in Babylon (1982)
  • The May Mornings(1982)
  • Poems 1960-1967 (1983)
  • Oblique Prayers: New Poems (1984)
  • Selected Poems (1986) ISBN 0-906427-85-1
  • Poems 1968-1972 (1987)
  • Breathing the Water (1987)
  • A Door in the Hive (1989)
  • Evening Train (1992)
  • A Door in the Hive / Evening Train (1993) ISBN 1-85224-159-4
  • The Sands of the Well (1996)
  • The Life Around Us: Selected Poems on Nature (1997)
  • The Stream & the Sapphire: Selected Poems on Religious Themes (1997)
  • Living

Prosa

  • The Poet in the World (1973)
  • Light Up the Cave (1981)
  • New & Selected Essays (1992)
  • Tesserae: Memories & Suppositions (1995)
  • The Letters of Denise Levertov and William Carlos Williams, editado por Christopher MacGowan (1998).
  • The Letters of Robert Duncan and Denise Levertov, editado por Robert J. Bertholf & Albert Gelpi. Stanford, CA: Stanford University Press, 2004.

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA

SELECCIÓN DE POEMAS DE DENISE LEVERTOV

LA ACÓLITA

La gran cocina está casi a oscuras.
A través del plano de la luz constante, difusa,
las ollas de cobre en la pared y el geranio en la ventana
alimentan fogatas diferentes.
La hierba cuelga de las vigas su musgo negro.

Sobre la mesa, con las manos enharinadas
y los pies bien plantados
en las baldosas, una mujer
sopesa las futuras hogazas.
Levadura y harina, agua y sal,
van a encontrarse en el gran bol.

No es
en el pan que hornea, enfría y corta
en lo que piensa,
sino en el modo
en que la masa sube y cobra vida propia.

No es en el horno en lo que piensa,
sino en el modo
en que ese olor ácido se transforma
en fragancia.

Quiere poner
una rosa de plata o una campana de diamantes
en cada pan;
quiere

hornear dentro de una hogaza una maldición
y en otra, las palabras que rompen
los hechizos y transforman en ellos mismos a los héroes;
ella quiere hacer pan
que sea más que pan.

Versión en castellano de Sandra Toro.

LA VIGILIA

Cuando los ratones se despiertan
y salen a hacer su trabajo de buscar
la vida, las migas de la vida,
yo me siento en silencio en el cuarto de atrás
intentando calmar mi mente de su parloteo,
rumores y sucesos, y encontrar
vida, migas de vida, para nutrirla
hasta que, replegado en la quietud,
desde el santuario del desorden
el dios animal        habla         Ay,
pobres ratones— No dejé
nada para ellos, ni pan,
ni grasa, ni un plato sin lavar.
Vayan por las paredes a otras cocinas;
acá hagamos silencio.
Voy a sentarme en vela
a esperar al Gato
que con lengua humana
profiere oráculos inhumanos
o con sus garras, abre delicadamente 
las cajas chinas, cada una de las cuales
contiene el Mundo y su sombra.

Versión en castellano de Sandra Toro

EL CAMBIO

Por años, los muertos
fueron el peso terrible de su ausencia,
el peso de lo que no se puso en sus manos.
Rara vez, una aparición —visión o sueño—
sostenía un instante esa carga, como quien
se para detrás y brevemente recibe
el peso de una mochila.
Pero las correas, y el dolor, seguían ahí—
aunque se puede aprender a no sentirlas
excepto cuando la memoria malvada
tira de golpe hacia abajo.
De a poco llega la sensación
de que, por un tiempo, esa carga fue
lo que de alguna manera necesitabas.
Qué endeble andar sin eso, suelto, 
de acá para allá, chocando contra lo sólido.
Y después empiezan a volver, los muertos:
pero ya no como visiones. No están más
separados, no son visibles, no.
Son ellos los que ven: por segundos, minutos, 
a veces más, su mirada desplaza
la del deudo. Ahora mismo,
ese cambio de luz, arpegio 
en el arpa del océano—
no es el portador habitual
del peso de la ausencia el que lo vio, lo percibieron
los que murieron hace mucho, los que hace mucho están ausentes,
y miran desde nuestros propios ojos abiertos.

Versión en castellano de Sandra Toro.

CÓMO SERÍA MI CASA SI FUERA UNA PERSONA

Esa persona sería un animal.
Y ese animal sería grande; por lo menos,  grande
como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas,
con varios estómagos.
Nadie podría seguirlo 
hasta la espesura del matorral para presenciar
sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje,
el sexo sería difícil de determinar.
Definitivamente desalentaría
la investigación. Pero, si no lo molestaran,
sería un animal bueno, amigable,
confiado como un pichoncito. Su inteligencia
sería de un orden superior,
ni humana ni animal, élfica.
Y ronronearía. Aunque, claro,
tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo
y no al revés.

Versión en castellano de Sandra Toro

EL SABIO

El gato está comiéndose las rosas:
él es así.
Déjenlo, dejen
al mundo girar,
las cosas son así.
El tres de mayo
hubo niebla; el cuatro, 
quién sabe. 
Barré la carne de la rosa, 
tirale los pedazos a la lluvia.
Nunca se come
hasta el último bocado, dice
que el corazón es amargo.
Él es así, él sabe 
del mundo y del tiempo.

Versión en castellano de Sandra Toro

DOLOR MATRIMONIAL

El dolor matrimonial:
la lengua y los muslos, querido, 
se vuelven pesados, 
y nos late con fuerza en los dientes.
Buscamos una comunión
y somos rechazados, querido, 
uno a uno.
Es el leviatán y estamos
dentro de su panza, 
buscando alegría, alguna alegría
que no se conozca fuera
dos por dos en el arca
de lo que nos duele.

CONTRABANDO

El árbol del conocimiento era el árbol de la razón.
Es por eso que probarlo
nos arrojó del Edén. Esa fruta
era para secar y moler hasta volverla un polvo fino,
un condimento para usar una pizca a la vez.
Probablemente Dios tenía pensado hablarnos
más adelante sobre este nuevo deleite.
Con él nos llenamos la boca,
atragantándonos de pero y cómo y si,
y de nuevo pero, sin saber.
Resulta tóxico en grandes cantidades, los vapores
se enroscaron en nuestras cabezas y en torno de nosotros
formando una nube densa que endureció como el acero,
un muro entre nosotros y Dios, Que era el Paraíso.
No es que Dios no sea razonable, es que la razón
en semejante exceso era tiranía
y nos encerró entre sus límites, una celda pulida donde
se reflejaban nuestros propios rostros. Al otro lado 
de ese espejo vive Dios,
pero a través de la hendija donde la valla no alcanza
a tocar el piso, se las arregla 
para colarse – una luz que se filtra,
esquirlas de fuego, una música que se oye
luego se pierde, y luego se oye otra vez.

CANCIÓN PARA ISHTAR

La luna es una puerca
que gruñe en mi garganta
Su enorme brillo me atraviesa
y el barro de mi agujero reluce
y estalla en burbujas de plata

Ella es una puerca
y yo una cerda y una poeta

Cuando abre sus labios blancos
para devorarme le devuelvo el mordisco
y la luna se sacude de risa

En lo oscuro del deseo
nos estremecemos y gruñimos, gruñimos y 
brillamos

AL LECTOR

Mientras lees, un oso polar plácidamente
orina y tiñe
la nieve de azafrán;
mientras leés, algunos dioses
se acuestan entre hiedras: sus ojos de obsidiana
están mirando las generaciones de hojas;
mientras leés, el mar
está pasando sus páginas oscuras,
pasando
sus páginas oscuras.

ESTABLECERSE

Fui bienvenida aquí – al oro claro
del verano tardío, del otoño de estreno,
al águila del amanecer asoleándose en el árbol más alto,
a la montaña que se revela sin nubes, a su nieve
teñida de damasco cuando mira al oeste,
paciente, en su determinación, con el sol incansable
siempre asomando y ocultándose.
Ahora me es dado
probar el gris presagiado por todos,
un gris denso y helado a la vez. Me jacté de que no me importaría,
porque nací en Londres. Y no me importará.
Voy a poner manos a la obra
en mis días, vine a quedarme, no de visita.
El gris es el precio
de la vecindad con las águilas, de saber
de la presencia enorme de una montaña, véase o no.

LA QUEJA DE ADÁN

Hay quienes,
no importa qué les des,
también quieren la luna.
El pan,
la sal,
carne blanca y roja,
y todavía tienen hambre.
La cama matrimonial
y la cuna,
y siguen con los brazos vacíos.
Les das la tierra,
su propia tierra bajo los pies,
y se lanzan al camino.
Y el agua: cavá el pozo más hondo,
que no será suficiente
para beber en él la luna.

¿CÓMO ERAN?

¿La gente de Vietnam
usaba faroles de piedra?
¿Celebraban ceremonias
reverentes al abrirse los primeros capullos?
¿Eran propensos a reír apaciblemente?
¿Usaban hueso y marfil,
jade y plata, para sus ornamentos?
¿Tenían poemas épicos?
¿Sabían distinguir entre el discurso y el canto?
Señor, sus encendidos corazones se transformaron en piedras.
No se recuerda si en los jardines
los faroles iluminaban caminos agradables.
Tal vez se reunieron alguna vez para deleitarse con las flores,
pero después de que sus hijos fueran asesinados
no hubo nuevos capullos.
Señor, amarga es la risa en la boca quemada.
Tal vez un sueño hace tiempo. Los ornamentos son
para épocas de alegría.
Todos los huesos estaban carbonizados.
No hay memoria. Recuerda,
la mayoría eran campesinos, su vida
se desenvolvía entre el arroz y el bambú.
Cuando las nubes pacíficas se reflejaban en los arrozales
y los búfalos caminaban con paso seguro a lo largo de las terrazas,
tal vez los padres contaban a sus hijos antiguas leyendas.
Cuando las bombas destrozaron aquellos espejos
sólo hubo tiempo para gritar.
Permanece un eco todavía
de sus voces, semejante a una canción.
Diríase que su canto se parecía
al vuelo de las mariposas nocturnas iluminadas por la luna.
¿Quién puede contarlo? Ahora reina el silencio.

PENSANDO EN PAUL CELAN

San Celan,
estirado en la cruz
de la supervivencia,
ruega por nosotros. Tú
al menos no pudiste
aguantar más. Pero nosotros
vivimos y vivimos,
despreocupados en un mundo
donde los niños matan niños.
Nos sacudimos
el peso de
nuestro propio indulto,
prosperamos,
excedemos
nuestros días asignados.
San Celan,
ruega por nosotros
para que recibamos
al menos una herida,
azul, azul, inmarcesible,
nosotros que aceptamos la supervivencia.

LA TERCERA DIMENSIÓN

Quién me creería
si dijera, “Me agarraron y
me abrieron
del cráneo a la entrepierna, y
todavía estoy viva, y
me paseo complacida con
el sol y con toda
la generosidad del mundo.” La sinceridad
no es tan simple:
una sinceridad simple
no es más que una mentira.
¿Acaso los árboles
no esconden el viento
entre sus hojas y
murmuran?
La tercera dimensión
se esconde.
Si los obreros de la calle
parten las piedras,
las piedras son piedras:
a mí el amor
me partió en dos
y estoy
viva para
contar el cuento pero no
sinceramente:
las palabras
lo cambian. Deja que sea
aquí bajo el dulce sol
una ficción, mientras yo
respiro, y cambio el paso.

NOMBRE EQUIVOCADO

Hablan del arte de la guerra,
pero el arte
extrae su luz del fondo del alma,
mientras que la guerra
seca el alma y se alimenta
de un erial negro y ardiente.
Cuando Leonardo
empleó su genio para idear
máquinas destructivas, no actuaba
al servicio del arte,
estaba suspendiendo
la vida del arte
sobre un abismo
como quien sostiene
a un niño vivo fuera de la ventanilla de un avión
a treinta mil pies de altura.

HABLÁNDOLE AL DOLOR

Ah, dolor, no debería tratarte
como a un perro sin dueño
que viene hasta mi puerta por si consigue
un trozo de pan duro, un hueso pelado.
Debería confiar en ti.
Debería convencerte
de que entres en mi casa y darte
tu propio rincón,
una alfombra vieja donde echarte
y tu propio plato de agua.
Piensas que no sé que has estado viviendo
bajo mi portal.
Quieres que tu lugar definitivo esté listo
antes que llegue el invierno. Necesitas
tu nombre, tu collar y medalla. Necesitas
el derecho de espantar a los intrusos,
a quedarte en mi casa
y considerarla como propia,
a mí como algo tuyo
y a ti mismo
como mi perro.

ADIÓS A LA TOLERANCIA.

Geniales poetas de sonrosados rostros,
serios, ingeniosos,
que habéis dado al mundo
algunos bocados exquisitos,
fragmentos de lenguaje presentados
como se ofrece un filete de costilla
acompañado de cerezas con licor.
Adiós, adiós.
No me importa
si jamás vuelvo a probar vuestros finos guisos,
compañeros neutrales, videntes de ambos lados.
Tolerancia, cuántos crímenes
se cometen en tu nombre.
Y vosotras, bellas mujeres, horneadoras de los mejores pasteles,
donantes de sangre. Vuestras migajas
me ahogan, no me gustaría
tener una gota de vuestra sangre, bombeada
por delicados corazones, de pulso perfecto, que nunca
vacilan, insensibles
ante las pesadillas de la realidad.
Se trata de mis hermanos, mis hermanas,
cuya sangre se derrama a borbotones y se detiene
para siempre
porque habéis preferido creer que ello no os concierne.
Adiós, adiós,
vuestros poemas
cierran las boquitas,
vuestras confituras se enmohecen,
un abismo ha separado
el suelo entre nosotros

y volvéis la mirada, sin saludar,
hacia otro lado.
No volveremos a encontrarnos
a menos que saltando sobre la grieta, dejéis
atrás los preciados
gusanos de vuestra apatía,
vuestras tibios sarcasmos,
vuestro jovial, mesurado
e irónico juicio neutral;
¿Saltar sobre el equilibrio
¿es excesivo? … pero
cómo fluirían y se mezclarían
gozosamente
nuestras fanáticas lágrimas

(De “Poems 1972-1982”.
Versión de Demófilo)

EL HILO DE ROSCA

Es algo muy suave,
que invisible, silenciosamente
está tirando de mí: como un hilo
o red de hilos,
más finos y elásticos
que una tela de araña.
Todavía no he comprobado
su resistencia. No se trata de un
anzuelo, nada mordí ni me desgarró.
¿Fue hace poco cuando este hilo
comenzó a tirar de mí? ¿O
fue hace mucho? ¿Acaso
habré nacido con el nudo alrededor
del cuello, a modo de brida? No es miedo,
sino una ráfaga de agitación
lo que me hace
contener el aliento, al sentir
el tirón, cuando ya empezaba a creer
que se había desatado y desaparecido.

Versión del inglés: Demófilo

LA CERTEZA

Han perfeccionado los medios de destrucción,
la ciencia abstracta casi visiblemente brilla,
tan refinadamente pulida. Armas inmateriales
que nunca nadie podría tener en las manos
se abren paso por la oscuridad, atraviesan grandes
distancias,
introduciéndose por laberintos hasta llegar
a blancos que son conceptos.
Pero una antigua certeza
se mantiene: la guerra
significa sangre que se derrama de los cuerpos vivos,
significa extremidades cortadas, ceguera, terror,
significa duelo, agonía, huérfanos, hambruna,
prolongada desdicha, permanente resentimiento y odio y culpa,
significa todo esto multiplicado, multiplicado,
significa muerte, muerte, muerte y muerte.

Traducción de Cynthia Mansfield

OÍDO POR CASUALIDAD SOBRE EL SUDESTE ASIÁTICO

Fósforo blanco, fósforo blanco,
nieve mecánica,
¿dónde estás cayendo?”
“Caigo imparcial sobre
caminos y tejados,
sobre matorrales de bambú,
sobre la gente.
Mi nombre recuerda a ricos
océanos en noches lluviosas,
cada gota que golpea la
superficie suscita
una respuesta luminosa de
una miríada de algas.
Mi nombre es un susurro
de lentejuelas. ¡Ah!
Un disco de fuego cada una,
yo soy la nieve que abrasa.
Caigo
donde los hombres me ordenan–
pero yo prefiero la carne,
tan suave, tan densa:
la decoro en negro, y busco el hueso”.

ORACIÓN POR EL AMOR REVOLUCIONARIO

Que una mujer no le pida a un hombre que deje un trabajo
valioso para seguirla.
Que un hombre no le pida a una mujer que deje un trabajo
valioso para seguirlo.
Que nadie intente encadenar a Eros.
Pero que nadie ponga una cachiporra en manos de Eros.
Que nuestra lealtad mutua y nuestra lealtad al trabajo
no sean puestas en falso conflicto.
Que el amor nos proporcione amor por el trabajo del otro.
Que el amor por el trabajo del otro nos proporcione amor.
Que el amor por el trabajo del otro nos proporcione amor.
Que el amor nos proporcione amor por el trabajo del otro.
Que nuestro amor, si hace falta,
ceda el paso a la ausencia. Y a lo desconocido.
Que soportemos la ausencia, si hace falta,
sin perder nuestro amor.
Sin cerrar nuestras puertas a lo desconocido.

De "Poems 1972-1982",
Versión en castellano de Sandra Toro

PARA ANTONIO MACHADO

Aquí, en el bosque de la montaña
una pequeña fuente furiosa
se canaliza a través de jóvenes árboles huecos
hacia un gran tanque de madera biselado con musgo,
y desde allí se desborda a una cisterna de cemento
y desde la cisterna, apaciblemente
en modestos arroyuelos
a la pradera donde pastan las vacas
y encrespados claveles salvajes, blancos y dulces
crecen al borde del sendero.
Machado,
viejo hombre,
hombre muerto,
quisiera que estuvieses aquí, vivo
para beber de la fría, fiel primavera con sabor a tierra
recibir las numerosas voces
de este arroyo,
ver sus danzas
de furia y ternura,
y escribir el austero poema
que hubieras visto en él.

SALMO DE LA CIUDAD

Las matanzas prosiguen, el dolor y la desgracia
se perpetúan a cada segundo en la cadena de los genes,
deliberadamente se perpetran injusticias,
y el aire lleva el polvo de esperanzas frustradas,
y sin embargo, al respirar el vaho, al caminar
por las veredas apiñadas entre vidas deshechas,
los martillos neumáticos rugiendo con estrépito,
un estacionamiento al sol de mayo iluminado dolorosamente,
no vi detrás, sino por dentro, del dolor con sordina,
el polvillo en el viento, las horribles fachadas de hormigón,
[otra pena,
un resplandor como el que da el rocío, un hogar de piedad,
no oí detrás sino más bien por dentro, un sonido, un murmullo
que derivó en una sonrisa plácida.
Nada cambió, más bien todo fue revelado de forma diferente;
no que no hubiera horror, ni tampoco que no prosiguieran
[las matanzas,
tampoco que creyera que la desesperanza se fuera a terminar,
sino más bien que todo, como si fuera transparente,
nos revelaba una otredad sagrada, y que eso era la dicha.
He visto el paraíso en el polvo de la calle.

Traducc. Ezequiel Zaidenwerg.

SEPTIEMBRE DE 1961

Este es el año en que los mayores,
los admirables viejos,
nos han dejado solos en el camino.
La ruta conduce al mar.
Guardamos sus palabras en nuestros bolsillos,
oscuras direcciones. Los viejos
nos dejaron sin la luz de su presencia,
los vemos perderse por la ladera
de una montaña.
No mueren,
se han retirado
a una dolorosa intimidad
para aprender a vivir sin las palabras.
E.P.: “semejante a morir”. Williams: “No puedo
describir las cosas que han estado
sucediéndome”.
H.D.: “Soy incapaz de hablar”.
La oscuridad
se retuerce en el viento, las estrellas
son diminutas, el horizonte
se cubre con la bruma luminosa de la ciudad.
Nos dijeron que
el camino conduce al mar
y depositaron
el lenguaje en nuestras manos.
Sólo oímos
nuestros pasos cada vez que un camión
pasa a nuestro lado deslumbrándonos
para dejarnos en nuevo silencio.
No es posible llegar
al mar por esta interminable

ruta, a menos de
apartarse de ella y, finalmente,
seguir
al búho que, silencioso, planea
de acá para allá,
a lo lejos, hacia la espesura del bosque.
Pero el camino se despliega ante nosotros,
que contamos con las palabras en los bolsillos, y nos preguntamos
cómo nos las arreglaríamos sin ellas. No
detendremos la marcha. Sabemos
que queda mucho camino,
aunque algunas veces el viento nocturno
parece traernos
el olor del mar…

TENEBRAE

Pesan, pesan, pesan, la mano y el corazón.
Estamos en guerra
en guerra amargamente, amargamente.
Y la compraventa
nos zumba en los oídos como un enjambre
de moscas atareadas, con cierta inocencia.
Se calzan trajes de lentejuelas
y encandilan. Qué murmullo grotesco
de plateado moiré habrá,
que me recuerda las esquirlas.
Y las bodas se toman con toda solemnidad
no la del deseo, la de la etiqueta,
la pompa nupcial del moño almidonado;
un candor implacable.
Y los que fueron de picnic vuelven de la playa
al atardecer ardiendo con el sol que almacenaron;
chicos a quienes les prometieron ver tele al llegar
se duermen en la parte de atrás de un millón de camionetas,
con arena en el pelo y el ruido de las olas
insistiendo calladamente en los oídos.
Ellos no escuchan.
Los padres por la noche sueñan
y olvidan sus sueños.
Se despiertan y hacen planes
en la oscuridad. Planes con lentejuelas
que alumbran el mañana.
Compran, venden.

Llenan los freezers de comida.
Los avisos de neón parpadean sus intenciones
para los años por venir.
Y en sus oídos, el ruido
de la guerra. Ellos no escuchan,
no escuchan.

UN ÁRBOL HABLA DE ORFEO

Amanecer blanco. Quietud.       Cuando empezó el rumor, 
   lo confundí con una brisa marina que llegaba a nuestro valle 
   con susurros de sal, de horizontes sin árboles. Pero la bruma blanca
no se agitó, las hojas de mis hermanos seguían tendidas,
inmóviles.
                   Después, el rumor se acercó—y mis ramas exteriores 
se estremecieron como si, demasiado cerca, abajo
hubieran encendido un fuego y las puntas 
se empezaran a secar y a enroscar.
                                                                 Así y todo, no estaba asustado, sino
                                                                 en extremo alerta.

Yo fui el primero en verlo, porque crecí
         en el pastizal de la ladera, detrás del bosque.
Me pareció que era un hombre: los dos
tallos en movimiento, el tronco corto, las dos 
ramas flexibles, cada una terminada en cinco 
                                                                               ramitas sin hojas,
y la cabeza coronada por follaje marrón o dorado,
con una cara no como la cara picuda de los pájaros,
         sino mas bien como la de una flor.
                                                                     Llevaba un bulto hecho de
alguna rama que doblaron cuando todavía estaba verde, 
con guías de enredadera tensadas a través. De ahí,
al pulsarlo, y de su voz,
que a diferencia de la del viento no precisaba  
de nuestras hojas y ramas para completar el sonido,
                                                                                         venía el rumor.
Pero no era más un rumor (él se había acercado y
detenido en mi primera sombra), era una ola que me bañaba
             como si la lluvia
                       subiera desde abajo y alrededor
             en lugar de caer.
Y lo que yo sentía ya no era un temblor seco:
         parecía que cantaba cuando cantaba él, parecía saber
         lo que sabe la alondra; toda mi savia
             arremetía hacia el sol, que ya estaba alto,
                 la niebla se había levantado, el pasto
se secaba, y mis raíces seguían sintiendo la humedad de la música 
en lo profundo de la tierra.

             Él se acercó un poco más, se recostó en mi tronco:
             la corteza se estremeció como una hoja al abrirse.
¡La Música! No hubo una rama en mí que no
                                                                 temblara de miedo y de alegría.

Después, cuando cantó
no eran solo sonidos los que formaban la música:
él habló. Y yo escuché, como ningún árbol, y el lenguaje
                  penetró mis raíces
                                    desde la tierra,
                          mi tronco
                                    desde el aire,
                          los poros de mis brotes más verdes,
                                    suave como el rocío,
y no hubo palabra que él cantara cuyo significado yo ignorase.
Me habló de viajes,
              de dónde van el sol y la luna cuando quedamos a oscuras,
   de un viaje bajo tierra que soñaba hacer alguna vez
más allá de las raíces…
Habló de los sueños del hombre, de las guerras, las pasiones, los pesares,
         y yo, un árbol, comprendí las palabras —ah, si parecía que
mi corteza sólida iba a abrirse como se abre un pimpollo 
                                   que creció demasiado rápido en primavera
cuando lo hiere una helada tardía.

                                          Cantó del fuego,
el que los árboles temen, y yo, un árbol, me deleité en sus llamas.
Me brotaron capullos en mitad del verano.
       Como si su lira (ahora conocía el nombre)
       fuese tanto la escarcha como el fuego, subieron sus acordes 
arrasando hasta mi corona.
                      Fui semilla otra vez.
                               Fui helecho en el estanque.
                                        Fui carbón.

Y en el corazón de mi madera
(así de cerca estuve de convertirme en hombre o en dios)
       había una especie de silencio, de enfermedad,
           algo, como eso que los hombres llaman hastío,
                                                algo, dijo él,
(y el poema bajó un tono, como un río sobre las piedras)
               que puede enfriar una vela
                    pese al vaho de su ardor.

Fue entonces,
                         cuando en la gloria de su fuerza, que 
                                                                  me alcanzó y me cambió
                         y creí que iba a voltearme,
que el cantor me empezó
                                                   a abandonar.              Lentamente
             salió de mi sombra del mediodía
                                                                         a plena luz,
las palabras saltaban y bailaban sobre sus hombros
y para mí
el río de tonos de la lira de a poco se fue
convirtiendo de nuevo
               en un rumor.

Y yo
          aterrado
                          pero sin dudar 
                                                      de lo que debía hacerse
con angustia, con urgencia
                                                 arranqué de la tierra raíz por raíz,
con el suelo retumbando y agrietándose, y el musgo hecho pedazos—
y detrás de mí, los otros: mis hermanos
olvidados desde el alba. Ellos también 
habían oído desde el bosque 
y tiraban con dolor de sus raíces 
bajo una capa de mil años de hojas muertas,
        apartando las rocas,
                                             liberándose 
                                                                     de su
                                                                profundidad.
Cualquiera habría pensado que íbamos a perder el sonido de la lira,
                         y del canto
con tan terribles ruidos de tormenta, donde no había tormenta,
                     ni más viento que el agitarse de nuestras
           ramas, nuestros troncos que hendían el aire.
                      Pero ¡la música!
                                                    La música llegaba hasta nosotros.

Torpemente,
                        tropezando con nuestras raíces,
                                                                                haciendo crujir las hojas
                                                                                                    como respuesta,
avanzamos, seguimos.

Todo el día seguimos, colina arriba y colina abajo.
                                                                                        Aprendimos a bailar,
porque él paraba, donde el terreno era llano,
                                                                                     y las palabras que decía
nos enseñaban a saltar y a girar para un lado y para el otro
alrededor nuestro   a trazar figuras   con el diseño de la lira.
El cantor 
                   al vernos, reía hasta llorar de contento.
                                                                                           Al atardecer
vinimos a este lugar donde estoy ahora, a esta loma
con su arboleda añosa, que entonces apenas era pasto.
           Bajo la última luz de aquel día su canto se fue volviendo 
despedida.
         Él calmó nuestro anhelo.
         Devolvió nuestras raíces secas a la tierra
y las regó: toda la noche una lluvia de música tan leve
                                                                                        que casi 
               no podíamos oírla  
                                                        en la oscuridad sin luna.
                                   
Para el amanecer se había ido.
                                                       Desde entonces estamos aquí,
en nuestra vida nueva.
                                          Esperamos.
                                                                Y él no vuelve.
Dicen que emprendió su viaje bajo la tierra, y que perdió
lo que buscaba.
                             Dicen que lo derribaron
y cortaron sus miembros para hacer leña.
                                                                         Y dicen
que su cabeza todavía cantaba y que, cantando, la arrojaron al mar.
Puede que no vuelva nunca.
                                                Pero lo que vivimos sí
vuelve a nosotros.
                                  Vemos más.
                             Sentimos, a medida que aumentan nuestros anillos,
algo que nos tira de las ramas, que nos extiende las hojas 
                                                      más distantes
todavía más allá.
        Ni el viento ni los pájaros,
                                                        suenan más pobres, sino más claros,
recordándonos nuestra agonía, y de qué modo bailamos.
¡La música!

 HIMNO A EROS

Oh Eros, silencioso sonriente, escúchame.
Deja que la sombra de tus alas
me acaricie.
Deja que tu presencia
me envuelva, como si la oscuridad 
fuese un vellón.
Déjame ver esa oscuridad
lámpara en mano,
esta patria se convierte 
en la otra patria
sagrada para el deseo.
Amodorrado dios,
detén las ruedas de mi pensamiento
para que sólo escuche
la nieve silenciosa de
tu abrazo.
Encierra a mi amado conmigo 
en el anillo de humo de tu poder, 
para que seamos, el uno para el otro,
figuras de fuego
figuras de humo
figuras de carne
vistas nuevamente en el ocaso.

SOBRE EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Es cuando por un momento enfrentamos
lo peor de nuestra naturaleza, y nos estremece
saber de la mancha en nosotros mismos, ese espanto
rompe la cáscara del entendimiento y penetra el corazón:
ni a una flor, ni a un delfín,
a ninguna forma inocente
sino a esta criatura vanidosa, segura
de que ella y no otra fue hecha a imagen de Dios, 
Dios (compadeciéndose de nuestro vil
fracaso para evolucionar) nos confía 
como huésped, como hermano, 
a la Palabra.

CAEDMON

Los demás hablaban como si 
la conversación fuese una danza.
Yo, campesina, iba a romper la ronda 
con mis pies torpes.
Pronto aprendí 
a agazaparme 
junto a la puerta:
cuando la charla empezaba
me despintaba la boca escabulléndome 
de nuevo al establo 
con las cálidas bestias 
muda entre los ruidos corporales
de los simples.
Veía 
al agitarse el aire iluminado
las motas de oro
moviéndose de la sombra a la sombra
lentas en ese despertar 
de suspiros serenos.
Las vacas
masticando o revolviéndose o quietas. Y yo
en casa y sola a la vez. Hasta que 
el ángel súbito me aterrorizó – una luz que borró
mi rayo endeble,
un bosque de antorchas, plumas de fuego, chispas volando:
pero las vacas tranquilas 
como siempre, y nada se incendiaba
excepto yo, cuando esa mano de fuego 
tocó mis labios y abrasó mi lengua
y arrastró mi voz 
hasta la pista de baile.

 
NO PERDER EL RUMBO

Entre tareas
–deshojar fresas,
responder cartas–
o entre poemas,
volver al espejo
para ver si estoy ahí.

EL TIGRE DE LA LUNA

El tigre de la luna.
Aquí, en el cuarto.
Ha entrado y hurga elegante
por encima y por debajo
de nuestras dos camas.
Mírale la cabeza pequeña,
el color suave de plata, 
oye la pisada sorda
de sus pezuñas grandes.
Mírale las rayas blancas
en la luz que resbala
a través de las persianas.
Nos husmea la ropa,
con el hocico frío 
toca nuestros cuerpos.
Las camas son estrechas, 
pero aun así me acostaré contigo.

LO QUE SE DA

Quiero dar a alguien el abrigo grueso
que compré pero que encuentro
frío y anticuado.
Lo llevará la esposa de un hombre, 
y él a cambio desmantelará
el porche feo de una casa vacía,
lo dejará como estaba:
desnudo, digno de verse.

INVOCACIÓN

Callados, cercana la hora de dejar la casa.
La madera cruje, intenta sollozar impaciente.
Los dientes de las ardillas repiquetean en el desván.
Las camas desnudas, los sofás sin sus alegres fundas.
Tapará la nieve densa todas las entradas
y oprimirá el tejado y quedarán oscuras
las ventanas. Oh lares, 
no os vayáis. 
La casa bosteza como un oso. 
Cuidadnos sus sueños profundos,
para que regrese cuando regresemos.

Traducción de José Morella.

ESPERO

En los bancos, en las esquinas
de las salas de espera de la tierra, 
al lado de árboles cuya savia se eleva, se eleva
para escapar en hojas grises y perderse
en el aire último.

Espero
por quien viene al fin,
tarde, perdido, por siempre
añorado, caminando
no mi camino sino cruzando
la esquina donde yo espero.

EL POEMA NO ESCRITO

Por semanas el poema de tu cuerpo,
de mis manos sobre tu cuerpo
que acarician, recorren, en el rito de
adoración, descendiendo
su camino de maravilla
desde el latido de la garganta al vello del pecho
al sereno vientre al pene;
por semanas aquel poema, aquella oración
no escrita.
El poema no escrito, el acto
abandonado en la mente, sin hacer. Los años
un bosque de piedras gigantes, de troncos fósiles,
bloqueando el altar.

EL INOCENTE

El gato tiene su deporte
Y el ratón sufre
Pero el gato
Es inocente
No habiendo imagen de dolor en él
Un ángel danza con su presa

Lo lleva, lo libera, salta otra vez
Con gozo sobre su querido juguete

¡Una danza, una plegaria!
Qué cruel es el gato a nuestros ojos culpables

POEMA DE AMOR

Tal vez yo sea ‘la parte enferma
De una cosa enferma’
Tal vez algo
Me ha atrapado
Ciertamente hay una
Bruma entre nosotros
Yo apenas puedo
Verte
Pero tus manos
Son dos animales que empujan la
Bruma a un costado y me tocan.

INTIMACIÓN

Me exasperan estas ramas, esta luz.
El cielo, aunque azul, importuna.
Atónita, he empezado a sentir
que debo hacer algo más,
no puedo siquiera seguirle el ritmo
a días con los que bailé otros inviernos.
Al árbol del campanario
lo cortaron, ése al que el amanecer
solía dorar – y un fervor de pájaros y querubines
subyugaba. La sequía melló
más de una hoja verde.
Porque sé
que una necesidad distinta ha comenzado
a arrojar sus líneas de mí hacia
un lugar que no conozco, es que trato
de alcanzar un silencio apenas presente,
elusivo, entre los latidos de mi corazón.

LA LLUVIA DE CINCO DÍAS

La ropa lavada cuelga del limonero
bajo la lluvia
y el pasto, largo y tosco.
La secuencia, rota. La tensión
de la luz solar, rota.
Tan leve, la lluvia.
finos jirones
que penden sobre las hojas rígidas.
¡Vestite de rojo! ¡Arrancá los limones verdes
del árbol! No quiero
olvidar lo que soy, lo que ardió en mí
y colgar, limpia y lánguida, como un vestido vacío.

LAS PROFUNDIDADES

Cuando la blanca niebla se evapora,
un abismo de luz interminable
queda revelado. Las últimas telarañas
de niebla
sobre los abetos negros son copos
de ceniza en la chimenea del mundo.
El frío del océano es la contraparte
de este gran fuego. Zambulléndonos
fuera del frío ardiente del mar
entramos en un mar de intenso
mediodía. Bendita, la sal
destella en nuestros cuerpos.
Cuando la bruma nos haya envuelto una vez más
en su fina lana, que el sabor de la sal nos recuerde
las grandes profundidades que hay en nosotros.

QUERER LA LUNA

La luna no. Una flor
del otro lado del agua.
El agua pasa rauda en la crecida,
y arrastra por la melena un árbol,
un establo, un puente. La flor
canta en la orilla lejana.
Una flor no, un pájaro que grita
escondido entre los árboles más negros, música
sobre el agua, que saca un silencio
de los pliegues marrones del manto del río.
La luna. No, un joven que camina
bajo los árboles. Hay fulgores
entre las hojas.
Tierno, sabio, alegre,
con el rostro despierto por su propia luz,
lo veo a través del agua como en un primer plano.
Un bufón. La música de sus cascabeles suena
solemne, un canto de aflicción
con el que bailo en mi orilla.

MIRAR, CAMINAR, SER

“El mundo no es para mirar,
es para estar en él»
Mark Rudman
Yo miro y miro.
Mirar es un modo de ser: uno se vuelve,
a veces, un par de ojos que caminan.
Caminan dondequiera que mirar te lleve.
Los ojos
cavan túneles en el mundo.
Tocan
fanfarria, aullido, madrigal, clamor.
El mundo y su pasado,
no solo
el presente visible, lo sólido y la sombra
que mira al que mira.
¿Y el lenguaje?¿ Los ritmos
del eco y de la interrupción?
Ese es
un modo de respirar.
respirar para mantenerse
mirando,
caminando y mirando,
por el mundo,
en él.

LA MENTE PARPADEANTE

No, Señor, no sos vos,
soy yo la que está ausente.
Al principio,
creer era una dicha
secreta, con la cual
me escabullía sola
en lugares sagrados:
una mirada rápida y furtiva
en todas direcciones.
Hace ya mucho tiempo
que pronuncié tu nombre, pero ahora
eludo tu presencia.
Pienso en vos, y mi mente,
como una mojarrita,
se lanza hacia las sombras,
a los destellos que agitan sin cesar
la trama en movimiento de las aguas del río.
Ni un segundo mi mente
podrá quedarse quieta,
sino que vagará por cualquier parte,
girará donde encuentre
algún recodo. No sos vos,
soy yo la que está ausente.
Y vos sos la corriente, el pez, la luz,
la sombra palpitante,
sos la presencia inalterable, en la que todo
se mueve y cambia.
¿Cómo puedo fijar mi parpadeo, percibir
dentro del corazón del manantial
el zafiro que sé que está allí oculto?

INTIMACIÓN

Esta luz, estas ramas, me impacientan.
Por más azul que esté, el cielo se entromete.
Porque empiezo a notar
que hay algo más que debo hacer,
y no logro encontrar el ritmo de los días
al que en otros inviernos podía moverme bien.
Cortaron aquel árbol alto,
el que el amanecer doraba –ese fervor
de pájaros y querubines
callados. La sequía
había apagado el verde
en muchas de sus hojas.
Porque sé
que una necesidad nueva ha empezado
a echar sus redes desde mí hacia
un lugar desconocido. Busco
un silencio que está casi presente,
huidizo en los latidos de mi corazón.

EL SECRETO

Dos niñas descubren
el secreto de la vida
en el inesperado verso de
un poema.
Yo, que desconozco ese
secreto, escribí
el verso.
Ellas
me dijeron
(a través de un tercero),
que lo habían encontrado,
pero no explicaron en qué consistía,
y ni siquiera
cuál era el verso. Sin duda,
a estas alturas, más de una semana
después, han olvidado
el secreto,
el verso y el nombre del
poema. Pero las adoro
por haber encontrado algo que
yo no puedo hallar,
y por amarme
gracias al verso que escribí,
y por olvidarlo,
para que así,
mil veces, hasta que la muerte
las encuentre, puedan
descubrirlo nuevamente en otros
versos,
en otros
hechos. Y por
querer saber,
por creer que existe
tal secreto; sí,
por eso
sobre todo.

LOS TIBURONES

Pues bien, el último día aparecieron los tiburones.
Aparecen unas aletas negras, inocentes
como para precavernos. El mar se vuelve
siniestro, ¿están en todas partes?
Créeme, dejan una estela de seis pies.
¿No es éste el mismo mar, y ya no jugaremos
en él como antes?
Me gustaba claro y no
demasiado tranquilo, con suficientes olas
para levantarme. Por primera vez
me había atrevido a nadar en lo hondo.
Vinieron al atardecer, la hora
del mar calmo con un brillo de cobre, aún no muy oscuro
para que hubiera luna, aún
bastante claro para verlos fácilmente. Negra
la afilada punta de las aletas.

ESTANCIAS EN EL MUNDO PARALELO

Vivimos nuestras vidas de humanas pasiones,
de crueldades, sueños, pensamientos,
delitos y práctica de la virtud
en y al lado de otro mundo carente
de nuestras preocupaciones, libre
de ansiedad –aunque afectado,
sin duda, por nuestras actividades. Un mundo
paralelo al nuestro, aunque superpuesto.
Lo llamamos “Naturaleza” y sólo a regañadientes
admitimos ser también nosotros “Naturaleza”.
Cuando dejamos de lado nuestras propias obsesiones,
nuestros egoísmos, porque divagamos durante un minuto,
una hora incluso, surge pura (casi pura) la propuesta de una vida plácida:
nube, pájaro, zorro, el flujo de la luz, la danza
del agua peregrina, la gran quietud
de las efímeras hechizadas en una ventana iluminada,
las voces de los animales, el ruido mineral, el viento conversando con la lluvia,
el océano con la roca, el tartamudeo
del fuego con el carbón.
Luego, algo ligado
a nosotros, maniatado como un asno a su metro
de cardo y hierba roída, se libera.
Nadie sabe en verdad dónde hemos estado,
mas de nuevo regresamos, quedando atrapados
en nuestra propia esfera (adonde es preciso
volver, sin duda, para continuar nuestros destinos).
-Pero hemos cambiado, un poco.

ESPERO

En los bancos, en las esquinas
de las salas de espera de la tierra,
al lado de árboles cuya savia se eleva, se eleva
para escapar en hojas grises y perderse
en el aire último.
Espero
por quien viene al fin,
tarde, perdido, por siempre
añorado, avanzando
no por mi camino sino cruzando
la esquina donde yo espero.

VIVO

El fuego en las  hojas y la hierba
Parece tan verde
Cada verano el último verano.
El viento que sopla, las hojas
temblando bajo el sol,
Cada día el último día.
Una salamandra roja
Tan  fría y tan
Fácil de atrapar, soñadora
mueve sus pies delicados
y larga cola. Sostengo
mi mano abierta para que se vaya.
Cada minuto el último minuto.

PARECE, QUE DEBEMOS ESTAR EN OTRO SITIO

Dulce procesión, rosa-azul,
y todas las campanas.
Glorieta roja, los ojos
a la altura de la copa del árbol viéndolo.
“¿Somos lo que pensamos que somos
o somos lo que nos ocurre?”
La gente desde una ventana abierta
¡Los ojos
viéndolo!      ¡Luz del día!   ¡O crepúsculo!
Dulce procesión, rosa-azul.
Si estamos aquí, estamos aquí ahora.
¿Y el silbato del tren? ¿Quién
inventó eso? Hombre solitario: quería que los trenes
hablasen por él.

 PACTO ROTO

 Un rostro se hace viejo mucho antes que una mente.
Y muslos, brazos, pechos
adoptan una pose como de indiferencia.
Hartos del corazón que anheló tanto, prefieren olvidarse
de todas sus promesas anteriores.
 Mas mente y corazón prosiguen
su plática animada,
discuten, se intercambian epifanías diversas,
a veces se les va toda la noche
en lamentos y antífonas.
 Rostro y cuerpo les han tomado el pelo,
 comparten soledad
sin saber bien qué hacer.

HABLÁNDOLE A PENA


Ah, Pena, no debería tratarte
como a un perro sin dueño
que viene hasta mi puerta
por un mendrugo, o un hueso pelado.
Debería confiar en ti.
Debería convencerte
de que entres en mi casa y darte
tu propio rincón,
una alfombra raída donde echarte,
tu propio plato de agua.
Crees que no sé que has estado viviendo
bajo mi portal.
Anhelas que tu lugar definitivo esté listo
antes que llegue el invierno. Necesitas
tu nombre,
tu collar y medalla. Necesitas tener
el derecho de espantar a los intrusos,
para considerar tuya
a mi casa
y a mí tu persona
y a ti misma
mi perro.

LA CARRETERA MERRITT

Como si se tratara
de moverse continuamente, de
mantenerse en movimiento sin cesar.
Bajo un pálido cielo donde,
cual la luz encendida de una estrella,
vamos atravesando la neblina, e incesantemente
perseguimos fijamente una constante
más allá de nuestros seis carriles
en un ensueño permanente…
Y la gente –nosotros mismos-
los seres humanos dentro de
los vehículos haciéndose visibles
solamente al parar en las estaciones de gasolina,
inseguros,
mirándose los unos a los otros,
bebiendo precipitadamente el café
de la máquina automática y, de prisa,
regresar a los coches
y desaparer
en ellos para siempre
continuando el movimiento.
Casas y más casas, más allá de
la asfaltada pista, árboles, árboles, arbustos
que pasan y pasan.
Los autos que
siguen avanzando, delante de
nosotros, junto a nosotros,
presionando detrás de nosotros
y
en la parte de la izquierda, los que vienen
hacia nosotros con sus deslumbrantes brillos
moviéndose sin descanso,
por seis carriles, deslizándose
al norte y al sur, sumamente veloces,
con un sordo rumor.

Versión: Demófilo.

LA LIBERACIÓN DEL POLVO

Despoja al polvo de sus vendas de momia.
Deja que Ariel aprenda
una bendición para Calibán
y que Calibán beba rocío del loto
abierto sobre el agua.
Haz amarga la corriente
del río lento: el rocío
mojará sus labios con luz.
Deja que el polvo
flote, las vendas son
polvo también.
Déjate llevar
por la turbulencia del aire, del río
oscuro: cenizas de lo que vivió,
o semillas
de sésamo antiguo,
o polvo puro
sin nombre, que es todo. Bendice,
Espíritu ingrávido. Bebe,
Calibán, hunde tu lengua
en el cáliz.

de "Poems 1972-1982",
Versión en castellano de Sandra Toro.

INTIMACIÓN

Esta luz, estas ramas, me impacientan.
Por más azul que esté, el cielo se entromete.
Porque empiezo a notar
que hay algo más que debo hacer,
y no logro encontrar el ritmo de los días
al que en otros inviernos podía moverme bien.
Cortaron aquel árbol alto,
el que el amanecer doraba –ese fervor
de pájaros y querubines
callados. La sequía
había apagado el verde
en muchas de sus hojas.
Porque sé
que una necesidad nueva ha empezado
a echar sus redes desde mí hacia
un lugar desconocido. Busco
un silencio que está casi presente,
huidizo en los latidos de mi corazón.

LIBACIÓN

Levantando los vasos, con una sonrisa
nos deseamos no suerte
sino felicidad. Después de media vida con
y sin suerte
sabemos que es necesario más que eso.
No importa si tomamos
jugo de tomate en vez de vino o whisky.
Sabemos lo que queremos decir,
y el jugo rojo de esos frutos virtuosos
es algo que apreciamos los dos.
Te recuerdo maravillado, como ante un milagro,
al verlos en las enredaderas robustas
del invernadero de mis tíos
¡listos para arrancar y comer con el desayuno!
Teníamos veintitrés años y un hambre insaciable…
Entonces coincidimos en los tomates- ¿y en la felicidad?
Sí, en eso también: queremos decir, crecer, ramificarse;
dar hojas, capullos, frutos; y el olor punzante de los sueños.
Queremos decir, conocer a alguien tanto
no, más, de lo que nos conocimos nosotros.
Y que nos conozcan. Nos deseamos
la suerte de no necesitar suerte. Echo
entonces, un poco de sal y de pimienta
en mi jugo, con el gesto antiguo:
¿Y qué habría de malo
en derramar medio vaso
para los dioses?
Sonreímos.
Después de estos meses de dolor empezamos
a admitir que nuestras vidas nuevas comenzaron.

Versión castellana de Sandra Toro

LOS GOLPEADORES

Un hombre sentado junto a la cama
de una mujer a quien golpeó,
cura sus heridas,
suavemente palpa los moretones.
La sangre forma un charco a su alrededor,
se oscurece.
Atónito, se da cuenta que ha comenzado
a quererla. Siente terror.
¿Por qué nunca había
visto, antes, lo que era?
¿Y si deja de respirar?
Tierra, ¿será que no podemos amarte
a menos que creamos que el fin se aproxima?
¿Que no creemos en tu vida
a menos que pensemos que agonizas?

MANOS VACÍAS

Por la noche los cimientos se hunden.
La imagen de Dios se forjó
a golpes de aleación. Un leve estrépito
al rodar de su nicho.
Partes de tu cuerpo duelen,
aisladas, ominosas,
unidas sólo por estar dentro de una
piel ajada. Las convicciones
se arremolinan y dispersan,
pájaros blancos en fuga.
Consigues dormir. Pero despiertas
con la misma sensación: a la deriva,
en medio del océano, los cabos de
amarre serpentean tras de ti.
Pero cuando por fin
abres los ojos reacios, ves que el día
está soleado. Bajas
a la orilla real.
Una bruma pardusca
cubre la ciudad. Quietud
entre los árboles; la hierba
salpicada por las primeras hojas caídas
y el brillo del rocío. La noche pasada
permanece a tu lado, mas tu atención
se disipa para
probar la luz otoñal, cayendo
en tus manos vacías.

Del libro Arenas del pozo, 1994

DESEANDO LA LUNA

La luna no. Una flor
al otro lado del agua.

El agua pasa rauda en la crecida,
arrastrando por la melena a un árbol,

un establo, un puente. La flor
canta en la orilla lejana.

Una flor no, un pájaro gritando
oculto entre los árboles más negros, música

sobre el agua, que hace un silencio
de los pliegues marrones del manto del río.

La luna. No, un joven caminando
bajo los árboles. Hay faroles

entre las hojas.
Tierno, sabio, alegre,

su rostro está despierto bajo su propia luz,
lo veo a través del agua como en primer plano.

Un bufón. La música de sus cascabeles suena
solemne, un canto de aflicción

con el que bailo en mi orilla.

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