59. Poesía más Poesía: Paul Celan

PAUL CELAN

Biografía

Había nacido el 23 de noviembre de 1920, en la ciudad rumana de Czernowitz, en la Bucovina. La ciudad, que dependía del Imperio austrohúngaro hasta la Primera Guerra Mundial, pasó a Rumania en 1918 y fue anexada en 1944 por la Unión Soviética y se encuentra en nuestros días en Ucrania.
Judío y de lengua alemana, Paul Celan, uno de los más altos poetas del siglo XX, sufrió en carne propia, hasta lo más profundo de su ser, lo que muchos de los mejores hombres de su tiempo: el terror estalinista y el terror nazi, que llevó a sus padres y a él mismo a los campos de exterminio. Sus padres dejarían la vida en ellos, Celan, de nombre de pila Paul Antschel (Celan es el anagrama de Ancel, su apellido en rumano), se salvaría aun a costa de un terrible sentimiento de culpa, y fuertes trastornos depresivos que le acompañaron toda su vida
Su padre, Leo Antschel-Teitler, era un judío sionista y ortodoxo que abogó por educar a su hijo en hebreo; su madre, Fritzi (Friederike Schrager), era una ávida lectora de literatura en alemán e hizo de ésta la lengua de casa. Friederike Schrager se empeñó, enamorada como estaba de la lengua y la literatura alemana, que en casa su pequeño, Paul, creciera en esa lengua. El padre por su parte lo educó en el hebreo y en el Antiguo Testamento, de suerte que esta familia judía de origen rumano, cultivó el gran legado cultural europeo y Paul acabaría estudiando en la universidad literatura y lenguas románicas.
Tras su Bar Mitzvah en 1933, Paul abandonó el Sionismo, junto con su educación formal en hebreo y la religión, militó activamente en las organizaciones socialistas judías y apoyó la causa de la República en la Guerra Civil Española.
A petición de los padres, Paul Celan ingresa a la Facultad de Medicina en Tours, Francia. Pero la medicina le interesa poco, y dedica todo su tiempo a leer libros de autores como: Rolland, Proust, Camus, Peguy, Breton.
En 1939, regresó a casa para las vacaciones. Y este verano cambió su vida para siempre, porque comenzó la Segunda Guerra Mundial. Desde que Alemania atacó a Polonia, el camino a Francia se cerró y Celan decide ingresar a la Universidad de Czernowitz en la Facultad de Romance.
En julio de 1940, el Ejército Rojo entró en Bukovina. A partir de este momento, Celan está profundamente interesado en la literatura rusa, lee con avidez de Yesenin, y traduce sus poemas al alemán.
Pero el destino volvió a girar bruscamente: Alemania ataca a la Unión Soviética y, por lo tanto, el destino de los judíos rumanos, incluido el suyo, estaba predeterminado. Rumania en la guerra actuó del lado de Alemania y en julio de 1941 fue dominada por los nazis.
En 1941 las tropas nazis ocuparon la región y reagruparon a los judíos en guetos. El comienzo de 1941 estuvo marcado por una tragedia en la vida de Paul: sus padres fueron enviados a un campamento donde su padre murió de tifus y su madre fue asesinada a tiros mientras que él fue recluido en un campo de trabajo en Moldavia.


En su trabajo, Celan se centró en el tema de la judería y continuó escribiendo en alemán.
Al ser liberado en 1944, marchó a Bucarest, donde trabajó en una editorial. Abandonó Rumania en 1947 para pasar una breve temporada en Viena, donde publicó su primer libro. A causa de un exceso de faltas de imprenta, retiró la edición. Lo incluiría más tarde en su primer libro publicado en Alemania, Amapolas y Memoria.
Los traumas de la persecución durante la guerra y del asesinato de sus padres en un campo de exterminio nazi inciden en algunas de las composiciones de su primer libro de poemas, (Amapolas y memoria (Mohn und Gedächtnis, 1952), articulado en cuatro partes y al que pertenece la célebre Fuga de la muerte, expresión conmovedora del destino del pueblo judío.
Se presentan dos momentos vivenciales dentro de un mismo recinto: un campo de exterminio. El «nosotros» (wir), que son los judíos condenados a muerte, los reclusos; y el «él» (der Mann), que es el verdugo.
A los primeros se les alimenta con leche corrupta, con leche negra (Schwarze Milch) mientras cavan fosas —que son más espaciosas que los barracones donde se apiñan los presos–. Aquí fungen las imágenes bíblicas de la bebida, del oro, del cabello… El negro es el color de lo fúnebre.
El segundo, en su casa recluido —lugar de vigilancia del campo—, escribe una carta de amor. El que ama es el mismo que acaba con la vida. Es la distorsión más insoportable de un momento de la vida universal. Lo que hace imposible la reconciliación. Estos dos momentos vivenciales representan los temas en contra-punto, que a la manera de una fuga musical, se repiten y contrastan entre sí, de tal modo, que no es la puntuación (de la que carece el poema) la que marca el ritmo y la musicalidad, sino la aparición estructurada de estos motivos, se les da la vuelta, se los desordena, etc.
Del verdugo se dice que escribe una carta para Alemania (nach Deutschland). El campo de concentración debe hallarse fuera, en Polonia. Mientras, juega con serpientes, (der spielt mit den Schlangen). Éstas son un símbolo bíblico del mal, de la tentación en el paraíso, de la profanación de la inocencia. Y escribe: tu pelo dorado Margarete (dein goldenes Haar Margarete). La serpiente parece haberse transformado en los bucles de un cabello. Un cabello típico de la raza aria, por su color dorado. Margarete, Gretchen, es el nombre de la enamorada de Fausto, símbolo primordial de la cultura alemana. Heine recogerá en la leyenda de Loreley la mujer seductora que peina su cabello dorado. Celan está recurriendo a los tópicos visuales y poéticos de la tradición alemana.
El verdugo sale de casa y silba a sus perros guardianes (er pfeift seine Rüden herbei) —imagen del miedo. Donde el término alemán rüde también significa rudo, majadero, por lo que no queda claro si se refiere a los reclusos. De hecho, en la frase siguiente de idéntica construcción (er pfeift seine Juden hervor), a quien silba ahora es a «sus judíos». Quiere que continúen cavando (en la tierra y en el cielo). Quiere que toquen música para bailar. A veces bailaban las muchachas judías para luego ser violadas. La danza de la muerte (Totentanz) también es un tópico de la cultura alemana romántica, cuando estaban fascinados por la representación de la muerte en la Edad Media. Muchos compositores de entonces utilizaron la melodía gregoriana del Dies Ira (‘Juicio Final’) para confeccionar su romántica Totentanz.


La segunda estrofa, de 6 versos (la primera fue de 9, y la tercera de 3) re-expone el tema de la leche negra y los mismos elementos en diferentes órdenes. Además aparecen dos imágenes nuevas, los ojos azules del vigilante y la figura de Sulamita.
Los ojos azules, arios, según el arquetipo que vendió la propaganda nacionalsocialista, se singularizan en un guiño, en un solo ojo abierto (sein Auge ist blau) para apuntar y no marrar el tiro.
Sulamita, nombre de origen incierto, es la amada en el poético libro del Antiguo Testamento El Cantar de los Cantares. Con esta presencia se contrapone la figura hebrea de la mujer al prototipo germano de Margarete. Pero la primera tiene el cabello de ceniza. No se nombra el horno incinerador, ni la chimenea por la que asciende la ceniza, ni se describe la ejecución, aunque sí el humo. Pero algo profundamente desolador desprende este poema, repetitivo, desde los ojos que van a morir sin justificación, en una cantidad desmesurada de sufrimiento gratuito, como si quisieran quitar la razón a los optimistas de la historia, como si condenaran al género humano a algo no susceptible de ser amado en su conjunto. La ceniza del cabello de Sulamita es el símbolo de las víctimas del Holocausto.
La muerte es un maestro que viene de Alemania (der Tod ist ein Meister aus Deutschland), pero un maestro tan magistral como perverso, una maquinaria perfecta para producir cadáveres. Son racionales íntegramente. Pero una razón que excluye la moral, la compasión. ¿Cómo es posible que de la misma cultura de la que se nutrió Goethe o Schiller, Kant o Hegel, Bach o Beethoven, por nombrar solo a unos pocos, haya surgido el verdugo? Han sido maestros pero también en la barbarie.
Los dos últimos versos conforman el acorde final, pero es disonante. Lo hebreo y lo germano no pueden sonar conjuntamente. El hiato que los separa es de profundidad infinita. El poner a las dos mujeres juntas, germana y hebrea, no es una yuxtaposición trivial, es la expresión de un lamento. La corroboración de la tensión entre dos culturas. Y la nota final que resuena es el llanto de Sulamita, la del judío sacrificado, sin límite ni compasión. Porque después de este dolor solo cabe el silencio. Tras esa disonancia radical, cualquier comentario sobra.

Paul Celan con Nani Maier y Jean-Dominique Rey

No en vano, dominaba el ruso, el inglés, el francés, el italiano, el rumano, el portugués y el hebreo, lo que le posibilitó traducir a poetas como Rimbaud, Valery, Mandelstam, Michaux, Char y Pessoa.
En 1948 se trasladó a Francia, obtuvo la nacionalidad e impartió clases de alemán en la Escuela Normal Superior de París. Vivió a caballo entre París, Alemania, Suiza e Israel. En Ginebra trabajó como traductor de textos político-administrativos.
Durante bastantes años, mantuvo relación con Heidegger, al que reprochaba más o menos veladamente que no se arrepintiera de su apoyo al nazismo. También tuvo algún trato con Theodor W. Adorno, aquel que dijera que era imposible escribir poesía después de Auschwitz. Celan la escribió, incluso tuvo que escribir en alemán, la lengua del opresor que había exterminado a su pueblo.
Se ha escrito mucho sobre el histórico desencuentro entre Celan y Martin Heidegger (Celan esperaba de Heidegger, que se había interesado en su obra, un gesto de arrepentimiento explícito sobre su relación con el nazismo, que el filósofo no supo o no quiso hacer). Sin embargo, desde la publicación de La bibliothèque philosophique Paul Celan (Ens, París, 2004), sabemos con certeza que, desde 1951 hasta 1969, Paul Celan fue un fino y crítico lector de Heidegger. Jean Bollack ha mostrado cómo el poema “Todtnauberg” convierte el paseo con el filósofo por la Selva Negra en un descenso a los infiernos del nazismo. Asimismo, las obras de Hadrien France-Lanord y de James Lyon ponen en evidencia que el primer encuentro entre el filósofo y el poeta fue considerado como positivo por Paul Celan, ya que pudo encararse al filósofo con sus poemas (así lo expresa a su esposa en una carta datada del 2 de agosto de 1967: “La lectura en Friburgo tuvo un éxito excepcional: 1.200 personas me escucharon durante una hora conteniendo la respiración, después, Heidegger vino hacia mí –”. La frase se interrumpe en ese punto. Al día siguiente Celan visitó la cabaña de Heidegger en la Selva Negra, pero se negó a ser fotografiado al lado del filósofo.

Su obra

En la obra de Celan concurren influencias muy diversas que van desde la tradición hebrea hasta el simbolismo francés (Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé), los surrealistas (Paul Éluard) y algunos clásicos de la lírica alemana (Hölderlin, Rilke). Del Holocausto hubo víctimas mortales y víctimas moribundas. La cifra de víctimas del exterminio de los judíos por parte del nazismo en Europa es conocida, pero la verdadera magnitud del Holocausto sólo es completamente visible si se tiene en cuenta también a los supervivientes del crimen. La tradición judía acuñó un término para referirse a ellos: sheerit, el remanente, lo que quedó. Esa carga residual tiene, en el término hebreo, un matiz de orfandad: lo que quedó, pero lo que quedó sin nada ni nadie. El núcleo de este remanente lo constituyeron los cerca de 50.000 judíos liberados de los campos de concentración dispersos por Austria y Alemania en abril y mayo de 1945. A ellos habría que sumar algunos cientos de miles que antes se habían escabullido por poco de las tenazas asesinas de Hitler, pero que se vieron igualmente huérfanos, vagando por las frías estepas del Este europeo o por los sórdidos ambientes de las capitales donde se ocultaron hasta alcanzar un lugar más seguro en el mundo.
El poeta Paul Celan fue uno de éstos. Había escapado a las redadas que los soldados alemanes llevaron a cabo sistemáticamente durante los fines de semana de 1942 en su ciudad natal de Czernowitz, entonces en Rumania y hoy en Ucrania.


Su novia, Ruth Lackner, le había conducido hasta un refugio en las afueras un día de junio en el que sus padres, que no habían querido seguirle a su escondite, hartos de la indignidad a que les forzaba la ocupación alemana, serían detenidos. Su padre moriría de tifus meses después en el campo de concentración de Transnistria, adonde habían sido deportados, y su madre lo haría un poco más tarde, asesinada de un tiro en la nuca en el mismo campo. Celan viviría ya siempre como el que quedó.
El destrozo de la soledad y de la pérdida, el clavo de la culpa, el desvarío por la violencia terminal y la humillación sufridas quebraron la capacidad de los supervivientes del Holocausto para vivir, igual que se quiebra un árbol, con el particular chasquido que le desgaja de su raíz principal.
Muchos sucumbieron a tan extrema desgracia, y se suicidaron en los primeros años después del fin de la guerra. Celan, sin embargo, pudo durante un tiempo luchar en su interior por no ser leña seca, y se resistió a su destrucción. Pero, aunque no es un modelo, se puede rastrear su resistencia, porque habita en sus poemas escritos en la lengua de sus verdugos, una lengua que él cuidó con delicadeza extrema como si fuera un cristal único, frágil y radiante, capaz de transparentar con fidelidad el complejo espectro de su experiencia y de su espíritu.
La lengua alemana era, en efecto, el instrumento que hacía posible el espesor de los estratos sentimentales y la polisemia que Celan buscaba llevar a su poesía, porque era una lengua agitada en la emoción de lo familiar y de lo extraño, un sortilegio para tener presente el mundo invariable de su madre y de sus tías, su amor incondicional, el círculo de amigas que lo admiraban, y el mundo aprendido de la poesía alemana.
Celan se sentía un traidor por seguir viviendo allí donde se había extinguido lo humano, un muerto viviente que carecía ya de aquel amor infinito de su infancia en una espera sin límites.
Sus poemas están llenos de un tú normalmente femenino al que se toma como interlocutor. Hay 1.400 du en la obra del poeta, y es la palabra más repetida en ella. Cada uno de esos tú no es una evocación imprecisa de una entidad eterna. En muchos casos es su propia madre, pero en otros muchos responde a mujeres con las que Celan mantuvo relaciones. En medio del odio que le había negado la existencia, Celan levantó poemas que, como ha visto Bertrand Badiou, tienen una lectura claramente amorosa o aun erótica.
Detrás, pues, de ese tú se esconde la presencia de Ruth Lackner, una judía austriaca, actriz, a quien Celan dejó mecanografiada su primera colección de poemas antes de huir desde Bucarest hacia París, a través de Viena.

Celan y Gisele


Está ella, pero también Rosa Leibovici, a quien conoció en los últimos años en Czernowitz y que le siguió a Bucarest (1944-1947), o Ilana Shmueli, apenas una adolescente entonces, y con quien el poeta volvió a encontrarse en diversas ocasiones a partir de 1965 en París y en Jerusalén.
El tú de Celan se extiende por otras latitudes y por todos sus libros. A su paso por Viena, en 1948, conoce y se enamora de la poeta Ingeborg Bachmann, hija de un maestro de Carintia miembro del partido nazi. Con Bachmann, Celan se encontrará varias veces más, sobre todo entre el otoño de 1957 y julio de 1958, recomponiendo un vínculo que unía a dos extraños a pesar de su amor. Cuando en 1948 llega a París, Celan frecuenta el círculo de su amigo rumano Isac Chiva, del que también participa Ariane Deluz, primera mujer de Chiva y amante de Celan entonces y en sus últimos años.
Es precisamente Chiva quien presenta al poeta a la que será su futura mujer, la artista gráfica Gisèle Lestrange, e inmediatamente surge entre ambos una pasión intensa. En 1952 se casan y en 1955 tienen a su hijo Éric. Celan aspiraba a crear una familia como se aspira a tener una vida plena. Amaba a su mujer y a su hijo, pero no pudo alcanzar esa aspiración. Al final de la década de 1960, hubo de separarse de ellos y vivir solo.
Antes, entre 1953 y 1962, Britta Eisenreich había sido su “mujer alemana”.
Eisenreich está ultimando la escritura de lo que seguramente serán unos interesantes recuerdos de su relación con Celan. Sin embargo, donde realmente se puede rastrear el alcance de los lazos con todas estas mujeres es en la correspondencia que Celan mantuvo con ellas. Algunos de estos cruces de cartas han conocido en los últimos tiempos una publicación acompañada generalmente con notas esclarecedoras de sus editores. Magnífica por mil razones, la correspondencia con su mujer, Gisèle, pone al descubierto el doloroso forcejeo entre el amor del poeta a su familia y su locura, que fabricó la gasa negra en la que se asfixiaron los últimos diez años de su vida.
Lo que él mismo llamó “su enfermedad” era grave, producto de una personalidad sumamente dolorida, dañada sin remedio por la experiencia del genocidio y por el sentimiento de culpa del que queda.
Cuando los nazis lo dejaron huérfano, en Paul se revolvió algo muy dentro. Él mismo fue internado en un campo de trabajo y la llama de la poesía lo abrasó. Su primer libro de poemas no despertó mucha atención. Posteriormente se convirtió en uno de los más grandes poetas de lengua alemana. Pero, y de esto era bien consciente, escribía en la lengua de sus verdugos. De ahí que le dedique estos versos a la madre asesinada: «Und duldest du, Mutter, wie einst, ach daheim, den leisen, den deutschen, den schmerzlichen Reim?» (¿Permites, madre, la rima alemana, dulce, dolorosa, como entonces, como en casa?).
Cuánto tuvo que ver todo esto con en el cuadro de depresiones severas que padeció en una época de prestigio intelectual, cuando se codeaba con Heidegger —de quien esperó inútilmente un gesto de arrepentimiento—, con Adorno —a quien hizo desdecirse de su famosa frase («después de Auschwitz no es posible la poesía»), y tenía su idilio con la poetisa Ingeborg Bachmann.
En total, su obra poética, compuesta entre 1938 y 1970, abarca unos 800 poemas. Su estética, influida por el surrealismo, rica en imágenes bíblicas y de difícil traducción, especialmente en su última época, expresa el sentimiento existencial de lo absurdo de la vida moderna y la imposibilidad de la comunicación, y se enfrenta con angustia a la paradoja de expresar la agonía judía en la lengua del exterminador.

Su final


Al fin de su vida, sus versos se vuelven cada vez más crípticos, quebrados y monosilábicos, comparándose en cierto sentido a la música de Anton Webern.
Cuánto tuvo que ver todo esto con el hecho de que la noche del 19 de abril de 1970 acabara con su existencia arrojándose al río Sena en París. La imagen del horror necesitaba olvidarla para seguir viviendo, pero al mismo tiempo tenía que denunciarla y hacerla presente.
En una anotación de 1966 del diario del filósofo Emil Cioran, se puede leer: “Anoche, en una cena, me enteré de que habían internado a Paul Celan en una casa de salud, después de que intentara degollar a su mujer. (…) Ese hombre encantador e insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que yo estimaba y rehuía, por miedo a herirlo, pues todo le hería”.


Celan había oído por fin aquel chasquido que le separaba de la existencia. Mientras pudo, se había alimentado con el amor de esas mujeres, un amor que necesitaba y buscaba, sin saciarse, también como motor para su poesía. Pero esa vitalidad de moribundo se acabó con el brutal tratamiento psiquiátrico a que fue sometido durante una década de duros internamientos clínicos con administración de psicotrópicos y electroshock: “Había muchas fuerzas reunidas en mí -no sólo las de la poesía-, que eran una sola fuerza, una sola. Han querido quitármelas -tal vez porque eran demasiado grandes-; mi fuerza era tan grande que no han podido dejármela. Me defendí durante mucho tiempo, pero cuanto más decidido y concentrado llevaba ese combate, más dura se hacía la caída”, le escribió en una carta de 1969 a Ilana Shmueli. Cuatro meses más tarde, el moribundo enamorado se arrojó al río Sena.

POEMAS

Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos por la tarde
la bebemos al mediodía por la mañana la bebemos por la noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en el aire allí se reposa sin angostura
un hombre vive en la casa juega con las serpientes escribe
escribe cuando oscurece a Alemania tu cabello dorado Margarete
escribe y sale de casa y refulgen las estrellas silba a sus perros
silba a sus judíos les hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena hacer música para el baile
Negra leche del alba te bebemos por la noche
te bebemos por la mañana y al mediodía te bebemos por la tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa juega con las serpientes escribe
escribe cuando oscurece a Alemania tu cabello dorado Margarete
/tu cabello de ceniza Sulamita cavamos una fosa en el aire allí se reposa sin angostura/
cavad más profundo en el suelo unos cantad otros tocad
echa mano al arma en su cinturón la esgrime sus ojos son azules
hincad con más profundidad las palas otros tocad para el baile
Negra leche del alba te bebemos por la noche
te bebemos al mediodía y por la mañana te bebemos por la tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tu cabello dorado Margarete
tu cabello de ceniza Sulamita él juega con las serpientes
él grita tocad con más dulzura la muerte la muerte es un maestro de Alemania
/él grita tocad más sombríamente los violines entonces ascenderéis al aire como humo/
entonces tenéis una fosa en las nubes allí se reposa sin angostura
Negra leche del alba te bebemos por la noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos por la tarde y por la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro de Alemania y su ojo es azul
te alcanza con una bala de plomo te alcanza sin equivocarse
un hombre vive en la casa tu cabello dorado Margarete
azuza a sus perros sobre nosotros y nos regala una fosa en el aire
él juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro de Alemania
tu cabello dorado Margarete
tu cabello de ceniza Sulamita.

TODTNAUBERG

Árnica, consuelo de la vista, el
sorbo de la fuente con el
dado de estrellas encima,
en la
cabaña,
la escrita en el libro
–¿cuyo el nombre acogido
antes del mío?–
la escrita en este libro
línea acerca de
una esperanza, hoy,
a una palabra
en el corazón
que venga
(que venga sin tardar)
de alguien que piensa, 
brañas del bosque, desniveladas,
orquídea y orquídea, solas, 
lo crudo, más tarde, de camino,
evidente,
el que nos conduce, el hombre,
él lo ha escuchado también,
las sendas, con traviesas, a medio 
transitar, en la alta ciénaga,
lo húmedo,
mucho.

Brevemente: Arnika corresponde a la flor: Bergarnika, arnica montana, abundante en la Selva Negra (donde está situado Todtnauberg), y recomendada para la siega y el pastoreo; pero, por sus propiedades analgésicas y antiinflamatorias, se emplea también para aliviar el dolor producido por golpes y contusiones.
Augentrost es otra flor (Euphrasia), de forma parecida a una orquídea: como indica su nombre en alemán, sirve para limpiar y curar los ojos; y Celan nos recuerda las estrías en los ojos que, como la refracción del espato de Islandia, le hace ver a la vez el presente y el horrendo pasado del Holocausto («proyección es retroferencia», había escrito Heidegger al final de La pregunta por la cosa, sin pensar desde luego, en la Shoah

HABÍA TIERRA EN ELLOS…

Había tierra en ellos y
cavaban.

Cavaban y cavaban y pasaba así
el día y pasaba la noche. No alababan a Dios
que, según les dijeron, quería todo esto,
que, según les dijeron, sabía todo esto.

Cavaban y nada más oían;
y no se hicieron sabios ni inventaron un canto
ni imaginaron un lenguaje nuevo.
Cavaban.

Vino una calma y vino una tormenta
y todos los océanos vinieron.
Yo cavo y tú cavas e igual cava el gusano
y aquel remoto canto dice: cavan.

Oh uno, oh nadie, oh ninguno, oh tú:
¿Adónde iba si hacia nada iba?
Oh, tú cavas y yo cavo, yo me cavo hacia ti,
y en el dedo se nos despierta el anillo.
De “La rosa de nadie” 1963
Versión de José Ángel Valente

HABLA TAMBIÉN TÚ…

Habla también tú
sé el último en hablar,
di tu decir.

Habla-
Pero no separes el No del Sí.
Y da a tu decir sentido:
dale sombra.

Dale sombra bastante,
dale tanta
cuanta en torno de ti tú sabes extendida entre
medianoche y mediodía y medianoche.

Mira en torno:
ve cómo alrededor todo se hace viviente
¡En la muerte! ¡Viviente!
Dice la verdad quien dice sombra.

Pero se estrecha ahora el lugar donde estás:
¿Adónde ahora, despojado de sombra, adónde?
Asciende. Tanteante, asciende.
Te haces más sutil, más irreconocible, más fino.

Más fino: un hilo
por el que quiere descender la estrella
para abajo nadar, al fondo,
donde se ve brillar: sobre móviles dunas
de palabras errantes.
De “Umbral en umbral” 1955
Versión de José Ángel Valent

MANDORLA

En la almendra -¿qué hay en la almendra?
La Nada.
La Nada está en la almendra.
Allí está, está.

En la Nada -¿quién está? El Rey.
Allí está el Rey, el Rey.
Allí está, está.

                 Bucle de judío, no llegarás al gris.

Y tu ojo -¿dónde está tu ojo?
Tu ojo está frente a la almendra.
Tu ojo frente a la Nada está.
Apoya al rey.
Así está allí, está.

                 Bucle de hombre, no llegarás al gris.
                 Vacía almendra, azul real.
De “La rosa de nadie” 1963
Versión de José Ángel Valente

MARIANNE

Sin lilas, tu cabello, tu cara, cristal de espejo.
De ojo en ojo pasa la nube, como Sodoma hacia Babel:
como fronda destroza la torre y brama en redor del zarzal de azufre.
Entonces te brinca un relámpago en torno a la boca -esa cañada con los restos del violín.
¡Con níveos dientes alguien mueve el arco: Oh más bellas se oyeron las cañas!

Amada, también tú eres la caña y nosotros la lluvia;
un vino sin par tu cuerpo y nosotros copeamos los diez;
una barca en el cereal tu corazón, la bogamos noche adelante;
un cantarito de cielo, así retozas ligera sobre nosotros que dormimos…
Delante de la tienda desfila la centuria y entre copas te llevamos al sepulcro.
Entonces tintinea sobre las losas del mundo el duro tálero de los sueños.

                                                                       De "Amapola y memoria" 1952
                                                                  Versión de José Luis Reina Palazón

OÍ DECIR QUE EN EL AGUA…

Oí decir que en el agua
hay una piedra y un círculo
y sobre el agua una palabra,
que pone el círculo en torno a la piedra.

Yo miré mi álamo descender hacia el agua,
miré cómo su brazo se alargó hacia la hondura,
miré sus raíces vueltas al cielo implorando noche.

Yo no corrí tras ellas,
sólo recogí del suelo esa migaja
que tiene de tu ojo la figura y la nobleza,
te quité del cuello la cadena de los dichos
y con ella adorné la mesa donde yace la migaja.

Y ya no vi más a mi álamo.

                                          De "Umbral en umbral" 1955
                                        Versión de Pablo Oyarzun

TARDÍO Y PROFUNDO

Maligna como palabra de oro esta noche comienza.
Comemos las manzanas de los mudos.
Hacemos un trabajo que bien puede dejarse a su fortuna;
en pie permanecemos en el otoño de nuestros tilos, como rojas
banderas pensativas,
como abrasados huéspedes del Sur.
Juramos por Cristo el Nuevo desposar el polvo con el polvo,
el pájaro con el zapato vagabundo,
el corazón con la escalera de agua…
Hacemos ante el mundo los santos juramentos de la arena,
juramos con gusto,
juramos en voz alta desde los techos del sueño sin imágenes
y agitamos la blanca cabellera del tiempo…

Ellos nos gritan: ¡Blasfemáis!

Desde hace tiempo lo sabemos.
Desde hace tiempo lo sabemos: ¿qué importa?
Vosotros moléis en los molinos de la muerte la blanca harina de
la Promesa
y la ofrecéis a nuestros hermanos y a nuestras hermanas.

Nosotros agitamos la blanca cabellera del tiempo.

Vosotros censuráis: ¡Blasfemáis!
Lo sabemos de sobra,
que venga sobre nosotros la culpa
que venga sobre nosotros la culpa de todas las señales de peligro,
que venga el mar burbujeante,
el viento acorazado del retorno,
el día de la medianoche,
que venga lo que no ha sido todavía.
Que venga un hombre de la tumba.

                                                                De "Amapola y memoria" 1952
                                                              Versión de José Ángel Valente

TÚ CON LA PALABRA QUE YO DIJE…

Tú con la palabra que yo dije,
tú con tu silencio,
tú contigo misma
en el mundo su-
                                 bi-
                                        da,

tú mi amor:

perdida, extra-
viada, una
y otra vez
regresada en el dolor: es

                                                   tarde.

Ayúdame,
                      ayúdate,
                                         ayuda.

El camino de horas anduvo lo que dije.
El camino de horas anduvo lo que callé.
Anduvo y anduviste,
por lo infinito anduviste,
hacia delante y hacia atrás,
hacia ninguna parte, hacia la palabra, hacia allí.

Deja.
Un nombre se te abre,
otro:
            quédate.

                                                        De "La rosa de nadie" 1963
                                                       Versión de José Luis Reina Palazón

TUBINGA, ENERO

A la ceguera per-
suadidos ojos.
Su -«un
enigma es
manantía pureza»- su
recuerdo de
flotantes hölderlinianas torres en
un vuelo circular de gaviotas.

Visitas de carpinteros ahogados con
estas
sumergidas palabras:

Viniera,
viniera un hombre,
viniera un hombre al mundo, hoy, llevando
la luminosa barba de los
patriarcas: debería,
si de este tiempo
hablase, de-
bería
tan sólo balbucir y balbucir
continua, continua-
mente.

                                                  De "La rosa de nadie" 1961
                                                Versión de José Ángel Valente

RETRATO DE UNA SOMBRA

Tus ojos, huellas de luz de mis pasos;
tu frente, temida por el brillo de las dagas;
tus cejas, travesía de las pérdidas;
tus pestañas, mensajeros de cartas largas;
tus rizos, cuervos, cuervos, cuervos;
tus mejillas, campo de armas de la mañana,
tus labios, huéspedes tardíos;
tus hombros, estatua del olvido;
tus pechos, amigos de mis serpientes;
tus brazos, árboles ante la puerta del castillo;
tus manos, tablas de juramentos muertos;
tus caderas, pan y esperanza;
tu sexo, ley del incendio del bosque;
tus muslos, alas en el abismo;
tus rodillas, máscaras de tu cortesía;
tus pies, campos de batalla de las ideas;
tus plantas, gruta del fuego;
la huella de tu pie, el ojo de nuestra despedida.

EN LOS RÍOS

En los ríos, al norte del futuro,
tiro la red, que tú, indecisa,
llenas con sombras
escritas por las piedras.

ELOGIO DE LA LEJANÍA

En la fuente de tus ojos
viven las redes de los pescadores del mar errante.
En la fuente de tus ojos
mantiene el mar su promesa.
Aquí arrojo
un corazón que vivió entre los hombres,
mi ropa y el fulgor de un juramento:
me encuentro más desnudo que lo oscuro en lo negro.
Sólo al renegar soy fiel.
Soy tú cuando soy.
En la fuente de tus ojos
robo y sueño.
Una red capturó otra red:
nos separamos enlazados.
En la fuente de tus ojos
un ahorcado estrangula la soga.

de POEMAS RUMANOS

[Partidario del absolutismo erótico]

Partidario del absolutismo erótico, megalómano reticente incluso entre los buzos, mensajero, al mismo tiempo, del halo Paul Celan, no evoco las petrificantes fisonomías del naufragio aéreo más que a intervalos de diez años (o más) y sólo patino a muy altas horas, sobre un lago vigilado por el gigantesco bosque de los miembros acéfalos de la Conspiración Poética Universal. Es evidente que por esta parte no se puede penetrar con las flechas del fuego visible. Una inmensa cortina de amatista disimula, en la frontera con el mundo, la existencia de esta vegetación antropomórfica, más allá de la cual intento, selénico, una danza que me deslumbre. No lo he logrado hasta ahora y, con los ojos trasladados a las sienes, me miro de perfil, mientras espero la primavera.

[Ha llegado por fin el instante]

Ha llegado por fin el instante en que, delante de los espejos que cubren las paredes exteriores de la casa en que has dejado para siempre a la amada despeinada, enarboles en la cima de una acacia prematuramente florecida tu bandera negra. Cortante se oye la fanfarria del regimiento de ciegos, el único que te sigue siendo fiel, te pones la careta, prendes el encaje negro en las mangas de tu traje de ceniza, subes al árbol, los pliegues de la bandera te envuelven, comienza el vuelo. No, nadie ha sabido aletear como tú alrededor de esta casa. Ha anochecido, estás flotando boca arriba, los espejos de la casa se inclinan sin tregua para recoger tu sombra, las estrellas caen y te desgarran la careta, los ojos se revierten hacia tu corazón en el que el sicómoro ha encendido sus hojas, las estrellas también descienden todas, hasta la última, un pájaro más pequeño, la muerte, gravita a tu alrededor mientras tu boca soñadora pronuncia tu nombre.

[Una vez más he suspendido los grandes paraguas blancos]

Una vez más he suspendido los grandes paraguas blancos en el cielo de la noche. Lo sé, no es ese el camino del nuevo Colón, mi archipiélago permanecerá desconocido. Las infinitas ramificaciones de las raíces aéreas de las que he colgado cada una de mis manos se abrazarán en soledad, ignoradas por los viajeros de las alturas, las manos se apretarán de manera cada vez más convulsiva sin despojarse nunca del guante de la melancolía. Sé todo esto, como también sé que no puedo confiar en las mareas que, con una espuma baja, bañan las orillas de encaje de estas islas que quisiera que fuesen del sueño autoritario. Bajo mis pies descalzos se aviva la arena. Me pongo de puntillas y me elevo hacia allá. No puedo pretender la hospitalidad, también lo sé, pero dónde pararme sino allá. No soy recibido. Un mensajero desconocido sale a mi encuentro en alto cielo para anunciarme que se me prohíbe toda escala. Ofrezco mis manos ensangrentadas por las espinas flotantes del cielo nocturno a cambio de un instante de reposo, con la esperanza de que desde allí, desde la orilla de seda de la primera separación de mí mismo, podré todavía izar las redondas e infladas velas y podré continuar mi viaje hacia él. Ofrezco mis manos para vigilar que el equilibrio de esta flora póstuma sea preservado de todo peligro. Nuevamente soy rechazado. Sólo me queda proseguir mi viaje, pero mis fuerzas se han agotado y cierro los ojos en busca de un hombre con una barca.

Al día siguiente, debiendo iniciarse las deportaciones

Al día siguiente, debiendo iniciarse las deportaciones, por la noche vino Rafael, vestido con una amplia desesperación de seda negra, con capucha, sus miradas fogosas se cruzaron con mi frente, ríos de vino empezaron a caer en mi mejilla, se derramaron en el suelo, los hombres los sorbieron en el sueño. Ven, me dijo Rafael, cubriendo mis hombros demasiado brillantes con una desesperación parecida a la que él llevaba. Me incliné hacia mi madre, la besé, incestuosamente, y salí de casa. Un inmenso enjambre de grandes mariposas negras, llegadas desde los trópicos, me impedía avanzar. Rafael me arrastró tras él y bajamos hacia el ferrocarril. Sentí las vías bajo mis pies, oí el silbato de una locomotora, muy cerca, el corazón se me encogió. El tren pasó por encima de nuestras cabezas.
Abrí los ojos. Delante de mí, en una inmensa superficie, había un candelabro gigante con mil brazos. ¿Es oro?, le susurré a Rafael. Oro. Subirás a uno de los brazos, para que, cuando lo haya levantado, puedas suspenderlo del cielo. Antes del amanecer, los hombres podrán salvarse, volando hacia allí. Yo les mostraré el camino y tú los acogerás.
Subí a uno de los brazos, Rafael pasó de un brazo a otro, los tocó uno por uno, el candelabro empezó a ascender. Una hoja se me puso en la frente, justo en el sitio donde me había rozado la mirada del amigo, una hoja de arce. Miro a mi alrededor: no podía ser éste el cielo. Pasan las horas y no he encontrado nada. Lo sé: abajo se han juntado los hombres, Rafael los ha tocado con sus finos dedos, han emprendido la ascensión ellos también, y yo sigo y sigo.
¿Dónde está el cielo? ¿Dónde? ~

                                   Traducción de Andrés Sánchez Robayna y Lilica Voicu~Brey

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