110. Poesía más Poesía: José Asunción Silva

JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

BIOGRAFíA

José Asunción Silva (Bogotá, 1865 – 1896) Poeta colombiano. En la historiografía literaria suele reconocérsele como el gran iniciador del modernismo hispanoamericano, tendencia literaria que alcanzaría su culminación en la obra del nicaragüense Rubén Darío.
A pesar de ser considerado como uno de los grandes de la literatura, la obra de José Asunción Silva no es muy extensa. Se ha querido encuadrar al gran poeta colombiano en el romanticismo y en el modernismo, pero en realidad nos encontramos ante un poeta excepcional con características singulares. Más que romántico, es un posromántico poderosamente influido por Bécquer y Edgar Allan Poe; se resiste a incorporarse a la corriente modernista que acaudilla Rubén Darío, pero es por sus cualidades un precursor y hasta un iniciador del modernismo.
José Asunción Silva era hijo del escritor costumbrista y acomodado comerciante Ricardo Silva, un hombre elegante, de refinado gusto y descendiente de aristocráticos granadinos emparentados con el general Francisco de Paula Santander.
Su madre Doña Vicenta Gómez, hermosa dama bogotana, era hija del diputado Vicente Antonio Gómez Restrepo, quien desempeñó importantes labores en los primeros años de la República de la Nueva Granada y falleció tempranamente.
De los hijos del matrimonio Silva-Gómez sólo llegaron a edad adulta José Asunción, Elvira y Julia, falleciendo en la infancia Alfonso, Inés y Guillermo. Esta temprana relación con la muerte marcaría al poeta. Ya a los tres años de edad, José Asunción tenía fama de niño prodigio en Bogotá. Parece ser que a esa edad ya sabía leer, escribir e incluso pintar.


Algo que sin duda marcó su infancia y juventud fueron las tertulias literarias que su padre organizaba, bien en la casona del barrio de La Catedral, bien en el almacén dedicado a la venta de objetos suntuosos.
A estas tertulias asistían no sólo miembros del grupo El Mosaico (escritores costumbristas), sino también las amistades que don Ricardo Silva cultivaba dentro de la política.
En enero de 1869, José Asunción ingresó al Liceo de la Infancia, dirigido por don Ricardo Carrasquilla. Como el niño de tres años recién cumplidos ya sabía leer y escribir, no entró al primer curso sino a dos más avanzados, al lado de compañeros que le aventajaban en edad. En este colegio uno de sus institutores, Nicolás Esguerra, lo apodaría con el mote de “José Presunción”.


El 2 de marzo de 1870 nació Elvira Inés Silva Gómez, quien llegaría a ser la más cercana confidente de su hermano. Aunque los biógrafos insisten en describir a José Asunción como un niño triste, tímido e introvertido, sus poesías dedicadas a su infancia recuerdan con nostalgia y dulzura este periodo.
En febrero de 1871 José Asunción Silva ingresó en el Colegio de San José, regentado por Luis María Cuervo, hermano mayor de Ángel y Rufino José. Conoció por entonces a Alirio Díaz Guerra, a quien lo uniría una fuerte amistad.
Rafael Pombo, amigo de su padre, le hizo llegar un ejemplar de “El cuervo”, de Edgar Allan Poe.
A los diez años, con motivo de su primera comunión, escribió un poema sobre el tema.
En 1877 Silva y otros niños ingresaron al Liceo de la Infancia, esta vez regentado por el presbítero Tomás Escobar, pariente de doña Vicenta Gómez; tres años más tarde, concluidos sus estudios, abandonó el colegio, que terminó clausurado por un ruidoso proceso en el que tomó parte activa el ya entonces virulento escritor José María Vargas Vila.
La vida apacible de esos años dio un vuelco para los Silva: la situación económica de la familia, aunque aún holgada, fue golpeada primero por las drásticas medidas del gobierno radical y, después, por la pérdida de buena parte de la herencia de don Ricardo Silva, debida a los pleitos con sus primos Suárez Fortoul.
Terminado el bachillerato, el futuro poeta hubo de atender el almacén familiar. Cuenta Enrique Santos Molano, autor de la biografía más completa que se ha escrito sobre el poeta: “José Asunción Silva armó detrás del mostrador un laboratorio imponderable de observación social y psicológica. Examinaba con penetración rigurosa las personas que entraban de compras, de mirones o de visitantes; espiaba sus gestos, estudiaba sus gustos, procesaba sus opiniones, acechaba sus peculiaridades, sus virtudes, sus defectos, y los anotaba en su memoria de ordenador y en un cuaderno. Detrás del mostrador acrecentó sus conocimientos, devoró cantidades de libros y procuró mantenerse informado de los movimientos literarios, artísticos y políticos de Europa”.
A los dieciséis años parece ser que tuvo su primer amor; al menos así se intuye en dos de sus poemas, pues, como es bien sabido, en este campo mostró siempre el más caballeroso y férreo mutismo.
La vida amorosa del poeta es un misterio, siempre acompañado de los más disparatados rumores que van desde una hija secreta, la morbosa garçonière de la calle 19, hasta su afeminamiento (lo llamaron el “Casto José”), pasando por la infamante historia del amor incestuoso con su hermana Elvira.
En 1881 don Ricardo Silva, su padre, compró la finca Chantilly en Chapinero, donde tantos momentos de alegría y tristeza viviría el poeta; en esa época Silva intentó reunir de nuevo al grupo El Mosaico.
Bajo el título de Intimidades se conoce el grupo de poemas escritos entre agosto de 1880 y mayo de 1884 y que, regalados por el poeta a Paquita Martín, se conservan en la Biblioteca Nacional en copia manuscrita hecha por ella.
Alguna influencia de Gustavo Adolfo Bécquer se alcanza a percibir en estos tempranos versos, que se alternan con traducciones de Víctor Hugo o de Pierre-Jean de Béranger.
En noviembre de 1883 don Ricardo Silva, su padre, imprimió su libro Artículos de costumbres y regaló el manuscrito, con bella dedicatoria, a su hijo José Asunción; un mes más tarde se protocolizó su emancipación económica y se comenzó a planear el viaje a París, donde residía desde hacía muchos años el tío abuelo del poeta, don Antonio María Silva Fortoul.
Primero viajó el padre, en abril de 1884, y, tras su regreso, salió rumbo a Europa José Asunción, el 23 de octubre, llegando a París en los primeros días de diciembre.
José Asunción Silva permaneció un año en el viejo continente, donde asistió a cursos del afamado neurólogo Jean-Martin Charcot, que tanto le servirían para la descripción de personajes y comportamientos.
En París (adonde llegó cuando su tío abuelo ya había muerto) se encontró con los hermanos Cuervo, con quienes entabló tertulias literarias. En 1885 conoció a Stéphane Mallarmé; el encuentro con este poeta cuarentón y aún desconocido fue en el apartamento de Mallarmé, en la calle Roma. La Ciudad Luz era el centro de la exquisitez, la duda y el pesimismo. Lee a los autores renombrados del momento, llamando su atención Charles Baudelaire, Anatole France, Guy de Maupassant, Paúl Régnard, Emile Zola, Stephan Mallarmé, Paúl Verlaine, Marie Bashkirtseffy, Arthur Schopenhauer. Lee también sobre asuntos filosóficos, políticos y sicológicos. Adquiriendo modales y costumbres de dandy, asiste con frecuencia a los mejores restaurantes, salones, galerías, museos y salas de concierto, entregándose al disfrute del lujo, hasta donde su pecunio lo permitía.


Hacia agosto viajó a Londres, donde admiró la pintura de los prerrafaelitas y copió como ejercicio el cuadro de Waller El duelo.
Tras un rápido viaje por Holanda, Bélgica, Italia y Suiza, regresó a París, y en diciembre de 1885 se encontraba de nuevo en Bogotá.
Recién llegado, se enteró del cuantioso robo al Almacén Ricardo Silva. La familia se había mudado a Chantilly. Por entonces formó parte del grupo de poetas de La Lira Nueva, presentado por José María Rivas Groot.
En la célebre antología (introducción para unos, antesala del modernismo para otros), Silva figura entre los 35 reseñados, junto a autores como Candelario Obeso, Fidel Cano, Ismael Enrique Arciniegas y Julio Flórez.
De José Asunción Silva se publicó en esta edición el mayor número de poemas, lo que sirve en parte para demostrar la importancia que se le dio ya en vida, desmintiendo el tendencioso invento de su supuesto anonimato.
Casi simultáneamente se publicó El Parnaso colombiano, gran antología en la cual la muestra de Silva, aunque menor en número, no es menos significativa: “Las crisálidas” y “Las golondrinas” fueron los poemas publicados y supusieron su verdadero lanzamiento literario.
Por esa época, en casa de Antonio José Ñito Restrepo, vecino de Chantilly en Chapinero, se conocieron José Asunción Silva y Baldomero Sanín Cano, un antioqueño cuatro años mayor que él con quien mantendría una larguísima y fecunda amistad, una intimidad intelectual.
La guerra de 1885 y el grave deterioro de la moneda hicieron cancelar a don Ricardo Silva (su padre) su segundo viaje a Europa y regresó, por Barranquilla, el 27 de agosto.
A pesar de la herencia dejada por su tío y de la reputación que tenía el almacén, los negocios de la familia Silva continuaron su inexorable descenso. Invitado por Alberto Urdaneta, José Asunción Silva participó en la Primera Exposición Nacional de la Escuela de Bellas Artes de Colombia, que tuvo como sede el Colegio de San Bartolomé, con el cuadro Un duelo, en la galería de autores contemporáneos, con el número 875.
Por ese entonces Elvira Silva era ya una de las mujeres más bonitas y solicitadas de Bogotá. Prueba de ello son las frecuentes reseñas que la prensa hizo de su participación en diferentes bailes y festejos. Memorable fue el baile que Leo S. Kopp ofreció y en el que destacaron Elvira, acompañada del conde italiano Gloria, y José Asunción Silva con la bella Isabel Argáez.
Don Ricardo Silva falleció la noche del 1 de junio de 1887, en la casa 93 de la calle 12. Pero no fue solamente la triste pérdida lo que ensombreció y transformó totalmente el ambiente familiar; al asumir José Asunción la dirección de los negocios paternos, descubrió que hasta entonces su familia había vivido en una falsa bonanza, basada en créditos respaldados únicamente en la confianza que los acreedores tenían en don Ricardo y que tal vez a él no le tendrían.
Pero el poeta no se amilanó: decidió renovar el negocio y diversificarlo, invirtiendo en tierras cafeteras, abriendo una sucursal de Ricardo Silva e Hijo llamada Almacén de Cuelgas y revolucionando la publicidad con poemas-anuncio o bien con enormes letreros nunca vistos en los diarios capitalinos.
Leyó en este año de 1888 tres libros claves: El crepúsculo de los dioses, de Friedrich Nietzsche; La dama gris, de Hermann Sudermann, y Le bon heure, de Sully Prudhomme, y empezó los borradores de una serie de novelas que pensaba reunir bajo el título común de Cuentos negros, que aparecieron en periódicos de la época.
Entre 1889 y 1891, Silva escribió buena parte de su más conocida poesía, como el Nocturno II, y también, en prosa, La protesta de la Musa.
1891 fue uno de los años más terribles en la vida del poeta: el 6 de enero de 1891 su hermana Elvira cayó enferma de neumonía, falleció cinco días más tarde. La muerte de su hermana fue, tal vez, el golpe más fuerte sufrido por José Asunción hasta entonces. Cubrió el cadáver de su hermana y confidente con lirios y rosas y lo ungió con perfumes.

Elvira Silva, hermana de José Asunción.


Por varios días, José Asunción Silva no pudo levantarse de la cama, y cuando por fin volvió a sus negocios, llegaron a cobrarle el entierro y no tenía en caja ni los seiscientos pesos de la deuda. Se acumularon hasta 52 ejecuciones judiciales en su contra. Todos los bienes, sin exceptuar las joyas de su madre ni los muebles de su casa, acabarían en manos de los acreedores.
No obstante, el poeta no escatimó esfuerzos para revivir la antigua prosperidad: escribió cartas de hasta 103 páginas a los acreedores; cambió mercancía por las deudas contraídas e incluso escribió un cuento para promocionar los pianos Apollo con sordina, que él vendía.
En 1893 se vio obligado a mudarse del elegante barrio de La Catedral al más modesto de Las Aguas. En compañía de Baldomero Sanín Cano se dedicó al periodismo a tiempo completo, escribiendo para El Telegrama, entre otras, la columna ”Casos y Cosas'”.
El entonces vicepresidente de la República Miguel Antonio Caro, influido tal vez por doña Vicenta y su antigua amistad con don Ricardo Silva, nombró secretario de la legación colombiana en Caracas a José Asunción Silva, el 5 de mayo de 1894.
En agosto Silva, ya famoso en todo el país, fue recibido de manera apoteósica en Cartagena; en una mañana llegó a tener hasta quince visitas; la gente recitaba de memoria sus poemas y el presidente Rafael Núñez y doña Soledad Román lo acogieron en su casa del Cabrero, de visita.
Llegó a Caracas el día 11 de septiembre. Allí no fue menor la acogida que tuvo, no por su cargo diplomático, sino por ser figura destacada de la intelectualidad latinoamericana.
En la capital venezolana, aparte de los abrumadores deberes diplomáticos, debido a la inoperante actitud del embajador, José Asunción Silva se dedicó a intercambiar ideas con intelectuales venezolanos, a pulir sus Cuentos negros y a escribir una nueva novela titulada Amor.
Inexplicablemente, en diciembre de 1894 solicitó una licencia para “ir a pasar un mes a Bogotá”.
Embarcó en el vapor francés Amérique el 21 de enero del año siguiente y, una semana más tarde, el barco encalló frente a Bocas de Ceniza; tras varias horas de zozobra los viajeros fueron rescatados, mas no el equipaje, perdiéndose con ello la mayor parte de la obra literaria del poeta.
De nuevo en Bogotá, la “maldita pobreza” lo seguía acorralando; pero no por ello Silva desmayó en su intento por progresar y volvió a volcar sus energías de una manera feliz en dos actividades: la reconstrucción de su obra literaria, principalmente de la novela De sobremesa, y la construcción y montaje de una fábrica de baldosines, cuya formulación química había patentado. Consiguió máquinas y oficinas, buscó socios y suscriptores para conseguir el capital necesario, pero el dinero nunca apareció.
En la noche del 23 de mayo de 1896, tras una velada íntima organizada por doña Vicenta, José Asunción Silva se retiró a su habitación, y a la mañana siguiente fue hallado muerto sobre su cama. El poeta se había suicidado de un tiro en el corazón; se cuenta que había preguntado a un médico la localización exacta de dicho órgano. Fue enterrado en Bogotá, en el cementerio destinado a los suicidas.

Obras de José Asunción Silva

A pesar de ser considerado como uno de los grandes de la literatura, la obra de José Asunción Silva no es muy extensa. Se ha querido encuadrar al gran poeta colombiano en el romanticismo y en el modernismo, pero en realidad nos encontramos ante un poeta excepcional con características singulares.
Más que romántico, es un posromántico poderosamente influido por Bécquer y Edgar Allan Poe; se resiste a incorporarse a la corriente modernista que acaudilla Rubén Darío, pero es por sus cualidades es un precursor y hasta un iniciador del modernismo.
Una primera etapa de su producción está marcada por el romanticismo; así lo demuestra su libro Intimidades, que recogió poemas escritos entre los catorce y los dieciocho años de edad. La obra incluye 59 composiciones (por lo menos dos de ellas en forma fragmentaria), de entre las cuales más de 33 permanecían inéditas. Este libro constituye, tal vez, la fuente más rica de la obra escrita en verso por el poeta colombiano (los poemas sólo fueron publicados en su totalidad en 1977).

LAS ONDINAS

En la región oculta de las ninfas
El sesgo rayo a penetrar alcanza
Y alumbra al pie de despeñadas linfas
De las ondinas la nocturna danza.

Es la hora en que los muertos se levantan
mientras que duerme el mundo de los vivos,
en que el alma abandona el frágil cuerpo
y sueña con lo santo y lo infinito

Vierte la luna plateados rayos
que reflejan las ondas en el río
y que iluminan, con sus tintes vagos
los medrosos despojos de un Castillo.
Todo es silencio allí, do en otro tiempo
hubo bullicio y locas alegrías…
¡Pero mirad! son vaporosas sombras
las que en la oscura selva se deslizan.
¡Ah! no temáis no son aterradores
fantasmas de otros tiempos —son ondinas;
mirad cómo se abrazan y confunden
cómo raudas por el aire giran,
apenas tocan con el pie ligero
del prado la mullida superficie.
Ya se avanzan… girando en la espesura
o se sumergen en las ondas límpidas;
y al compás de una música que suena
como el lejano acorde una lira
elévanse, empujadas por el leve
viento que sus cabellos acaricia…
Pero callad… alumbra el horizonte
con sus primeros tintes nuevo día,
y las sombras se pierden al borrarse
del bosque entre las húmedas neblinas.

LUZ DE LUNA

Ella estaba con él… A su frente
     Pensativa y pálida,
Penetrando al través de las rejas
     De antigua ventana
De la luna naciente venían
     Los rayos de plata,
Él estaba a sus pies, de rodillas,
     Perdido en las vagas
Visiones que cruzan en horas felices
     Los cielos del alma!
Con las trémulas manos asidas,
     Con el mudo fervor de los que aman,
Palpitando en los labios los besos,
     Entrambos hablaban
     El lenguaje mudo
     Sin voz ni palabras
Que en momentos de dicha suprema,
Tembloroso el espíritu habla…

…………………………………………

El silencio que crece… la brisa
     Que besa las ramas,
De seres que tiemblan, la luz de la luna
     Que el paisaje baña,
¡Amor, un instante detén allí el vuelo,
Murmura tus himnos de triunfo y recoge las alas!
…………………………………………………………………
Unos meses después, él dormía
     Bajo de una lápida
El último sueño de que nadie vuelve
El último sueño de paz y de calma.
………………………………………………..
     Anoche, una fiesta
Con su grato bullicio animaba
De ese amor el tranquilo escenario.
¡Oh burbujas del rubio champaña!
¡Oh perfume de flores abiertas!
¡Oh girar de desnudas espaldas!
¡Oh cadencias del valse que mueve
Torbellinos de tules y gasas!
Allí estuvo, más linda que nunca,
Por el baile tal vez agitada
Se apoyó levemente en mi brazo,
     Dejamos las salas
Y un instante después penetramos
     En la misma estancia
Que un año antes no más la había visto
     Temblando callada,
Cerca de él!…
     …Amorosos recuerdos,
     Tristezas lejanas,
Cariñosas memorias que vibran,
     Como sones de arpa,
     Tristezas profundas
Del amor, que en sollozos estallan,
     Presión de sus manos,
     Son de sus palabras,
     Calor de sus besos,
¿Porqué no volvisteis a su alma?…

………………………………………………..
A su pecho no vino un suspiro
A sus ojos no vino una lágrima
Ni una nube nubló aquella frente
     Pensativa y pálida
Y mirando los rayos de luna
Que al través de la reja llegaban,
Murmuró con su voz donde vibran,
Como notas y cantos y músicas de campanas vibrantes de plata:
     ¡Qué valses tan lindos!
     ¡Qué noche tan clara!


En esos primeros escritos, Silva afianza su voluntad de poeta. Desde el primer poema, Las ondinas, se anuncia el tono general, una obra de gótico romanticismo, de textos lúgubres llenos de misterio; el mundo del poeta es el mundo de los muertos, de la luna, de las “húmedas neblinas…”
Por lo menos cuatro composiciones de Intimidades son versiones de textos de Víctor Hugo. Silva quiere evadir la realidad santafereña y se refugia en su soledad para ir en busca del más allá, de los “paraísos imaginarios” que le sugiriera Baudelaire.
Sin embargo, es El libro de versos la obra considerada de mayor relevancia en la producción literaria del poeta. Un primer gran tema de esta compilación poética lo constituye la infancia, que frente al presente negativo y doloroso parece ser la época más feliz de la vida; pero también existen otras preocupaciones: el poeta y su pasado histórico.
La evocación de su infancia personal se hace reflexión épica sobre el pasado histórico latinoamericano, sobre su futuro y su presente. Al pie de la estatua es un poema dedicado al Libertador Simón Bolívar, en el cual el prócer se dirige al poeta. Éste es el único poema que Silva escribe sobre América y que muestra su naciente preocupación histórica y política.

AL PIE DE LA ESTATUA

A Caracas

Con majestad de semidiós cansado
por un combate rudo
y expresión de mortal melancolía,
álzase el bronce mudo
que el embate del tiempo desafía,
sobre marmóreo pedestal que ostenta
de las libres naciones el escudo
y las batallas formidables cuenta;
y su perfil severo,
que del sol baña la naciente gloria,
parece dominar desde la altura
el horizonte inmenso de la historia.
Un mundo de nobleza se adivina
en la grave expresión de la escultura
que el triunfador acero a tierra inclina
con noble y melancólica postura,
y tiene el monumento soberano
alzado de los hombres para ejemplo,
lo triste de una tumba -do no llega
el vocerío del tumulto humano-
y la solemne majestad de un templo.
Amplio jardín florido lo circunda
y se extiende a sus pies, donde la brisa
que entre las flores pasa
con los cálices frescos se perfuma,
y la luz matinal brilla y se irisa
de claros surtidores en la espuma;
Y do, bajo lo verde
de las tupidas frondas,
sobre la grama de la tierra negra,
loca turba infantil juega y se pierde
y del lugar la soledad alegra
al agitarse en cadenciosas rondas,
forjando con las risas y los gritos
de las húmedas bocas encarnadas,
con las rizosas cabecitas blondas
y las frescas mejillas sonrosadas,
un idilio de vida sonriente
y de alegría fatua,
al pie del pedestal donde, imponente,
se alza sobre el cielo transparente
la epopeya de bronce de la estatua.
Nada la escena dice
al que pasa a su lado indiferente
sin que la poëtice
en su alma el patrio sentimiento…
Fija
en ella sus miradas el poeta,
con quien conversa el alma de las cosas
en son que lo fascina,
para quien tienen una voz secreta
las leves lamas grises y verdosas
que al brotar en la estatua alabastrina
del beso de los siglos son señales,
y a quien narran leyendas misteriosas
las sombras de las viejas catedrales.
Y, al ver el bronce austero
que sobre el alto pedestal evoca
al héroe invicto de la magna lucha,
una voz misteriosa que lo toca
en lo más hondo de su ser escucha
y en el amplio jardín detiene el paso.
Dice la voz de la ignorada boca
que en el fondo del alma le habla paso:
«¡Oh, mira el bronce, mira,
cuál se alza, en el íntimo reposo
de la materia inerte,
y qué solemne majestad respira
la estatua del coloso
vencedora del tiempo y de la muerte!
¡Que resuene tu lira
para decir que el viento de los siglos
-que al soplar al través de las edades
va tornando en pavesas
tronos, imperios, pueblos y ciudades-
se trueca en brisa mansa
cuando su frente pensativa besa!

«En la feraz llanura
vivió feliz el indio, cuya seca
momia por mano amiga sepultada,
duerme en el fondo de la cripta hueca
ha siglos olvidada.
A la orilla del lago
en donde el agua, cuando el sol se oculta
forja un paisaje tenebroso y vago,
ha siglos vino hispano aventurero
atravesando la maleza inculta
a abrevar el ligero
corcel, cansado del penoso viaje,
cuyas recias pisadas despertaron
los dormidos murmullos del follaje.

«¡Como sombras pasaron!
¿Quién sus nombres conserva en la memoria?
¡Cómo escapa, perdido
en las hondas tinieblas del olvido,
un pueblo al veredicto de la historia!
¡Cuántas generaciones olvidadas
hoy en las sombras de lo ignoto duermen,
a la fecunda tierra entremezcladas,
do el humus yace y se dilata el germen,
que no dejaron al pasar más huellas
con sus glorias, sus luchas y sus duelos,
que la que deja el pájaro que cruza
el azul transparente de los cielos!

«¡Cuántas! Y, en cambio, escucha:
¡Una sola, una sola
generación se engrandeció en la lucha
que redimió a la América Española!
Y legó a los poetas del futuro
más nombres que cantar, más heroísmos
que narrar a las gentes venideras
que astros guarda el espacio en sus abismos
y conchas tiene el mar en sus riberas.

«Cuenta la grande hazaña
de aquella juventud que, decidida,
en guerra abierta con la madre España,
ofrendó sangre, bienestar y vida;
canta las rudas épocas guerreras,
de luchas, los potentes paladines
de cuerpos de titán y almas enteras,
que de América esclava los confines,
desplegadas al aire las banderas
y al rudo galopar de sus bridones,
recorrieron, llamando a las naciones
con el bélico son de sus clarines.
Y en la oda potente
que en sus estrofas sonorosas cuente
el esfuerzo tenaz, la lidia dura,
que dieron libertad a un continente
y al hispano dominio sepultura,
haz surgir la figura
del Padre de la Patria, cuyas huellas
irradian del pasado
en el fondo sombrío,
como en las noches plácidas y bellas
Júpiter, coronado de centellas,
hace palidecer en el vacío
la lumbre sideral de las estrellas.

«No lo evoque tu acento
cuando el designio soberano toma
de redimir la América oprimida,
en la hora sublime y taciturna
en que pronuncia el grave juramento
de la cesárea Roma
en la desierta soledad nocturna;
no cuando, en el fragor de la batalla,
en sus ojos la idea
con eléctrico brillo centellea,
mientras que la metralla
y el bronco resonar de los cañones
y el ímpetu de rayo
de los americanos batallones,
pavor y angustia extrema
siembran en los deshechos escuadrones
de los nietos del Cid y de Pelayo;
no cuando la Victoria
como mujer enamorada sigue
el paso audaz de su corcel fogoso
que va a beber del Rímac en las ondas,
y se le entrega loca y lo persigue;
no cuando brinda opima
cosecha de placeres soberanos
a sus sentidos la opulenta Lima,
ni cuando el gran concierto
de un continente Padre le proclama
y “árbitro de la paz y de la guerra”,
y su nombre la Fama
esparce a los confines de la tierra.
No, no le cantes en las horas buenas
en que, unido a los vítores triunfales,
vibró en su oído el son de las cadenas
que rompió de los tiempos coloniales:
cántalo en las derrotas,
en la escena de grave desaliento
en que sus huestes considera rotas
por las hispanas filas,
y perdida la causa sacrosanta,
y una lágrima viene a sus pupilas,
y la voz se le anuda en la garganta,
y recobrando brío,
y dominando el cuerpo que estremece
de la fiebre el sutil escalofrío,
grita “Triunfar”.
Y la tristeza exalta
de tenebrosa noche de septiembre
cuyos negros recuerdos nos oprimen,
en que la turba su morada asalta,
y femenil amor evita el crimen
infando… Y luego cuenta
las graves decepciones
que aniquilan su ser, las pequeñeces
de míseras pasiones
que, por el campo en que soñó abundante
cosecha ver, de sazonadas mieses,
van extendiendo míseras raíces
en torno, cual la yerba
que el vigor de los gérmenes enerva
y mata, al envolverlos en sus lazos.
Di su sueño más grande hecho pedazos.
Di el horror suicida
de la primer contienda fratricida,
en que, perdidos los ensueños grandes
de planes soberanos,
las colosales gradas de los Andes
moja sangre de hermanos.
¡Oh!, di cuando clarea
el misterioso panorama oscuro
que ofrece a sus miradas el futuro,
y con sus ojos de águila sondea
hasta el fin de los tiempos, y adivina
el porvenir de luchas y de horrores
que le aguarda a la América Latina.
Di las melancolías
de sus últimos días
cuando a la orilla de la mar, a solas
sus tristezas profundas acompaña
el tumulto verdoso de las olas.
¡Cuenta sus postrimeras agonías!
Otros canten el néctar
que su labio libó: di tú las hieles;
tú que sabes la magia soberana
que tienen las ruïnas
y al placer huyes y su pompa vana,
y en la tristeza complacerte sueles;
di en tus versos, con frases peregrinas
la corona de espinas
que colocó la ingratitud humana
en su frente, ceñida de laureles.
Y haz el poema sabio
lleno de misteriosas armonías,
tal que al decirlo purifique el labio
como el carbón ardiente de Isaías;
¡hazlo un grano de incienso
que arda, en desagravio
a su grandeza que a la tierra asombra,
y al levantarse al cielo un humo denso
trueque en sonrisa blanda
el ceño grave de su augusta sombra!
Deja que, al conmoverse cada fibra
de tu ser con las glorias que recuerdas,
en ella vibre un canto, como vibra
una nota melódica en las cuerdas
del teclado sonoro;
la débil voz levanta:
inmensa multitud formará el coro;
¡flota en la luz del sol, estrofa santa!
¡Vibrad, liras sonoras del espíritu!
¡Álzate, inspiración; poeta, canta!…»

«¡Oh no!, cuanto pudiera
(así en interno diálogo responde
del poeta la voz) el bronce augusto
sugerir de emoción grave y sincera
escrito está en la forma
que en clásico decir buscó su norma,
por quien bebió en la vena
de la robusta inspiración latina,
y apartando la arena
tomó el oro más puro de la mina
y lo fundió con cariñoso esmero,
y en estrofas pulidas cual medallas
grabó el perfil del ínclito guerrero…
¡Oh recuerdos de trágicas batallas!
¡Oh recuerdos de luchas y victorias!
¡No será nuestra enclenque generación menguada
la que entrar ose al épico palenque
a cantar nuestras glorias!
¡Oh siglo que declinas:
te falta el sentimiento de lo grande!
Calla el poeta y si la estrofa escande
huye la vasta pompa
y le da blando son de bandolinas
y no tañido de guerrera trompa.
¡Oh sacrosantos manes
de los que “Patria y Libertad” clamando
perecisteis en trágicas palestras:
más bien que orgullo, humillación sentimos
si vamos comparando
nuestras vidas triviales con las vuestras!
Somos como enfermizo descendiente
de alguna fuerte raza,
que expuestos en histórica vitrina
mira el escudo, el yelmo, la tizona
y la férrea coraza
que para combatir de Palestina
en la distante zona,
en la Cruzada, se ciñó el abuelo;
al pensar, baja la mirada al suelo,
con vergüenza sombría,
que si el arnés pesado revistiera
de aquél cuya firmeza y bizarría
en el campo feral causaba asombros,
bajo su grave peso cedería
la escasa resistencia de sus hombros…
¡Oh Padre de la Patria!
Te sobran nuestros cantos; tu memoria
cual bajel poderoso,
irá surcando el océano oscuro
que ante su dura quilla abre la historia
y llegará a las playas del futuro.
Junto a lo perdurable de tu gloria,
es el rítmico acento
de los que te cantamos,
cual los débiles gritos de contento
que lanzan esos niños, cuando en torno
giran del monumento;
mañana, tras la vida borrascosa,
dormirán en la tumba hechos ceniza,
y aún alzará a los cielos su contorno
el bronce que tu gloria inmortaliza.»

Dice el poeta, y tiende la mirada
por el amplio jardín, donde la brisa
que entre las flores pasa,
en los cálices frescos se perfuma,
y la luz matinal brilla y se irisa
de claros surtidores en la espuma;
Y do, bajo lo verde
de las tupidas frondas,
sobre la grama de la tierra negra,
loca turba infantil grita y se pierde
y la tristeza del lugar alegra
al agitarse en cadenciosas rondas,
forjando con las risas y los gritos
de las húmedas bocas encarnadas,
con las rizosas cabecitas blondas
y las frescas mejillas sonrosadas,
un idilio de vida sonriente
y de alegría fatua
al pie del pedestal donde, imponente,
se alza sobre el cielo transparente
la epopeya de bronce de la estatua.

En “Infancia”, Silva plasma sus vivencias de niño; aparecen los personajes de los cuentos infantiles: Caperucita, Barba Azul, Gulliver o el ratón Pérez. Describe aquí sus años de escuela, sus juegos, las historias de la abuela, los paseos al campo… Miguel de Unamuno sugirió que el poeta busca la muerte sólo por la imposibilidad de seguir siendo niño: “El mundo le rompió con el sueño la vida”.

INFANCIA

            Esos recuerdos con olor de helecho
                 Son el idilio de la edad primera.
                              G.G.G.

Con el recuerdo vago de las cosas
que embellecen el tiempo y la distancia,
retornan a las almas cariñosas,
cual bandadas de blancas mariposas,
los plácidos recuerdos de la infancia.

¡Caperucita, Barba Azul, pequeños
liliputienses, Gulliver gigante
que flotáis en las brumas de los sueños,
aquí tended las alas,
que yo con alegría
llamaré para haceros compañía
al ratoncito Pérez y a Urdimalas!

¡Edad feliz! Seguir con vivos ojos
donde la idea brilla,
de la maestra la cansada mano,
sobre los grandes caracteres rojos
de la rota cartilla,
donde el esbozo de un bosquejo vago,
fruto de instantes de infantil despecho,
las separadas letras juntas puso
bajo la sombra de impasible techo.

En alas de la brisa
del luminoso Agosto, blanca, inquieta
a la región de las errantes nubes
hacer que se levante la cometa
en húmeda mañana;
con el vestido nuevo hecho jirones,
en las ramas gomosas del cerezo
el nido sorprender de copetones;
escuchar de la abuela
las sencillas historias peregrinas;
perseguir las errantes golondrinas,
abandonar la escuela
y organizar horrísona batalla
en donde hacen las piedras de metralla
y el ajado pañuelo de bandera;
componer el pesebre
de los silos del monte levantados;
tras el largo paseo bullicioso
traer la grama leve,
los corales, el musgo codiciado,
y en extraños paisajes peregrinos
y perspectivas nunca imaginadas,
hacer de áureas arenas los caminos
y del talco brillante las cascadas.

Los Reyes colocar en la colina
y colgada del techo
la estrella que sus pasos encamina,
y en el portal el Niño-Dios riente
sobre el mullido lecho
de musgo gris y verdecino helecho.

¡Alma blanca, mejillas sonrosadas,
cutis de níveo armiño,
cabellera de oro,
ojos vivos de plácidas miradas,
cuán bello hacéis al inocente niño!…

Infancia, valle ameno,
de calma y de frescura bendecida
donde es süave el rayo
del sol que abrasa el resto de la vida.
¡Cómo es de santa tu inocencia pura,
cómo tus breves dichas transitorias,
cómo es de dulce en horas de amargura
dirigir al pasado la mirada
y evocar tus memorias!

Una segunda preocupación de Silva la constituye el amor, como se aprecia en el Nocturno II (“Poeta, di paso…”) y en el Nocturno. La pretendida ambigüedad de sus sensaciones íntimas, especialmente en relación con su hermana Elvira, expresadas a raíz de la muerte de ésta en el famoso Nocturno III, ha sido apasionadamente comentada por la crítica; a pesar de todo, y a pesar también de la caprichosa elaboración de los versos, el prodigioso conjunto de este Nocturno III de ritmo tetrasilábico es un monumento lírico indiscutible.

NOCTURNOS

En una tercera instancia de este Libro de versos, Silva quiere abarcar distintos temas; aquí se recuerdan sus composiciones Un poema y Vejeces. En la última sección, Silva nos revela todo su desengaño del mundo y su pesimismo, como lo anunciara el título de su poema Ceniza o Día de difuntos.
Otro libro unitario en la obra de Silva lo constituye Gotas Amargas. En esta obra las intenciones poéticas de Silva son diferentes y de claro contenido satírico. Existen otros poemas de Silva de tono satírico no incluidos en estas trece Gotas, como por ejemplo Psicopatía de El libro de versos. Al parecer, Silva dio poca importancia a estos poemas, que no consideraba dignos de su talento.
La sátira abarca temas tales como la literatura de la época, a la que Silva califica de sensiblerías “semi-románticas”. También son tema de mofa la afectación intelectual, los poetas “grandiosos y sibilinos”, los lectores que confunden la literatura con la vida, las creencias religiosas de su sociedad y de su tiempo, así como sus convenciones sociales, morales y sexuales. Los poemas dispersos, recogidos bajo el título de Versos varios, son traducciones y versiones de poemas europeos (franceses en su gran mayoría), así como poemas juveniles y unos pocos posteriores a El libro de versos.


NOCTURNO

Oh dulce niña pálida, que como un montón de oro
de tu inocencia cándida conservas el tesoro;
     a quien los más audaces, en locos devaneos,
     jamás se han acercado con carnales deseos;
tú, que adivinar dejas inocencias extrañas
en tus ojos velados por sedosas pestañas,
     y en cuyos dulces labios -abiertos sólo al rezo-
     jamás se habrá posado ni la sombra de un beso…
Dime quedo, en secreto, al oído, muy paso,
con esa voz que tiene suavidades de raso:
     si entrevieras dormida a aquel con quien tú sueñas,
     tras las horas de baile rápidas y risueñas,
y sintieras sus labios anidarse en tu boca
y recorrer tu cuerpo, y en tu lascivia loca
     besar tus pliegues de tibio aroma llenos
     y las rígidas puntas rosadas de tus senos;
si en los locos, ardientes y profundos abrazos
agonizar soñar de placer en sus brazos,
     por aquel de quien eres todas las alegrías,
     ¡Oh dulce niña pálida!, di,  ¿te resistirías?
Nocturno I
A veces, cuando en alta noche tranquila,
Sobre las teclas vuela tu mano blanca,
Como una mariposa sobre una lila
Y al teclado sonoro notas arranca,
Cruzando del espacio la negra sombra
Filtran por la ventana rayos de luna,
Que trazan luces largas sobre la alfombra,
Y en alas de las notas a otros lugares,
Vuelan mis pensamientos, cruzan los mares,
Y en gótico castillo donde en las piedras
Musgosas por los siglos, crecen las yedras,
Puestos de codos ambos en tu ventana
Miramos en las sombras morir el día
Y subir de los valles la noche umbría
Y soy tu paje rubio, mi castellana,
Y cuando en los espacios la noche cierra,
El fuego de tu estancia los muebles dora,
Y los dos nos miramos y sonreímos
Mientras que el viento afuera suspira y llora!
…………………………………………………………..
¡Cómo tendéis las alas, ensueños vanos,
cuando sobre las teclas vuelan tus manos!

NOCTURNO II

¡Poeta!, di paso
¡Los furtivos besos!…
¡La sombra! Los recuerdos! La luna no vertía
Allí ni un solo rayo… Temblabas y eras mía.
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
El contacto furtivo de tus labios de seda…
La selva negra y mística fue la alcoba sombría…
En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda…
Filtró luz por las ramas cual si llegara el día,
Entre las nieblas pálidas la luna aparecía…

¡Poeta, di paso
Los íntimos besos!

¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
En señorial alcoba, do la tapicería
Amortiguaba el ruido con sus hilos espesos
Desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos;
Tu cuerpo de veinte años entre la roja seda,
Tus cabellos dorados y tu melancolía
Tus frescuras de virgen y tu olor de reseda…
Apenas alumbraba la lámpara sombría
Los desteñidos hilos de la tapicería.

¡Poeta, di paso
El último beso!

¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
El ataúd heráldico en el salón yacía,
Mi oído fatigado por vigilias y excesos,
Sintió como a distancia los monótonos rezos!
Tú mustia yerta y pálida entre la negra seda,
La llama de los cirios temblaba y se movía,
Perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
Un crucifijo pálido los brazos extendía
Y estaba helada y cárdena tu boca fue mía!


NOCTURNO III         

Una noche..


Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
          Una noche
En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
A mi lado lentamente, contra mí ceñida, toda,
          Muda y pálida
Como si un presentimiento de amarguras infinitas,
Hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,
Por la senda florecida que atraviesa la llanura florecida
          Caminabas,
          Y la luna llena
Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
          Y tu sombra
          Fina y lánguida,
          Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada
Sobre las arenas tristes
De la senda se juntaban
          Y eran una
          Y eran una
Y eran una sola sombra larga!
Y eran una sola sombra larga!
Y eran una sola sombra larga!

          Esta noche
          Solo, el alma
Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
Separado de ti misma,  por la sombra, por el tiempo y la distancia,
          Por el infinito negro
          Donde nuestra voz no alcanza,
          Solo y mudo
          Por la senda caminaba,
Y se oían los ladridos de los perros a la luna,
          A la luna pálida,
          Y el chillido
          De las ranas,
Sentí frío,  era el frío que tenían en la alcoba
Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
          Entre las blancuras níveas
          De las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte
          Era el frío de la nada…
          Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada,
          Iba sola,
          Iba sola
          ¡Iba sola por la estepa solitaria!
          Y tu sombra esbelta y ágil
          Fina y lánguida,
Como en esa noche tibia de la muerta primavera,
Como en esa noche llena de murmullos de perfumes y de músicas de alas,
          Se acercó y marchó con ella
          Se acercó y marchó con ella,
Se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan en las noches de negruras y de lágrimas!…

La narrativa: De sobremesa

De sobremesa se considera la obra precursora de la novela modernista. El texto nace de una sugerencia que le hace su amigo Emilio Cuervo Márquez, quien insta a Silva a escribir una novela sobre Bogotá; el poeta responde que escribirá la novela cuando Bogotá cuente con más de medio millón de habitantes, es decir, cuando los bogotanos hayan superado su estrecha mentalidad provinciana. Sin embargo, Silva se decide, y De sobremesa pasa de ser una novela sobre Bogotá a la novela de un bogotano que reside en París.
En la novela el protagonista, José Fernández, aparece como el sosías de Silva. Las similitudes entre autor y creación resultan sorprendentes: el poeta y el personaje (también poeta) pasan una temporada en Europa; los dos son igualmente nihilistas; como José Fernández, Silva vive obsesionado por la imagen de una mujer y los dos poetas comparten las mismas opiniones sobre su oficio: “yo no quiero decir sino sugerir, y para que la sugestión se produzca es preciso que el lector sea un artista”, afirma el personaje de la novela.
La figura de José Fernández constituiría el modelo del héroe modernista: mezcla de sibarita y poeta decadente. El personaje no encuentra límite a sus ansias y ambiciones, no excluye la vivencia de ninguna sensación o experiencia y hace del erotismo su estética. Silva, a través del personaje, hace una descripción de lo que él denominara sus cuatro almas: el artista, que se refugia en el pasado clásico encontrando vulgar lo contingente; el filósofo escéptico y nada pragmático; el gozador, que hastiado de los placeres vulgares, va en busca de placeres más profundos y refinados; y, finalmente, el analista, que discrimina sus sensaciones para vivenciarlas con mayor intensidad.
En los personajes femeninos la frágil Helena, es la imagen de la mujer ideal, que para Edgar Allan Poe debía ser “joven, hermosa y muerta”; pero encontramos también en De sobremesa la idea de la mujer fatal, mejor representada por lo que Fernández llama “las siete horizontales”. Éstas son: Marie Lagendre, la más sensual de sus amantes; Nelly, una muchacha adinerada de Chicago; la colombiana Consuelo; Olga, una baronesa alemana; Julia Musellaro, la hembra mediterránea; Nini Rousset, sexo puro; y, finalmente, Constanza Landsier.
Por otro lado, Fernández, como el pirata Barba Azul, asesina a las siete mujeres olvidándolas, cuando después del coito éstas le provocan un asco incontenible.

Midnight dreams ( Sueños de Medianoche)

Anoche, estando solo y ya medio dormido,
Mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrías
Y de felicidades que nunca han sido mías,
Se fueron acercando en lentas procesiones
Y de la alcoba oscura poblaron los rincones
Hubo un silencio grave en todo el aposento
Y en el reloj la péndola detúvose al momento.
La fragancia indecisa de un olor olvidado,
Llegó como un fantasma y me habló del pasado.
Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
Y oí voces oídas ya no recuerdo dónde.
…………………………………………………………………..

Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
Se fueron alejando, sin hacerme ruido
Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra
Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra

Suspiro
a A. de W.
Si en tus recuerdos ves algún día
Entre la niebla de lo pasado
Surgir la triste memoria mía
Medio borrada ya por los años,
Piensa que fuiste siempre mi anhelo
Y si el recuerdo de amor tan santo
Mueve tu pecho, nubla tu cielo,
Llena de lágrimas tus ojos garzos;
¡Ah, no me busques aquí en la tierra
Donde he vivido, donde he luchado,
Sino en el reino de los sepulcros
Donde se encuentran paz y descanso!
¿Recuerdas?
¿Recuerdas? Tú no recuerdas
Aquellas tardes tranquilas
En que en la vereda angosta
Que conduce a tu casita
Plegaban a tu contacto
Sus hojas las sensitivas
Como al poder misterioso
Del amor tu alma de niña
En la oscuridad pasaban
Las luciérnagas cual chispas
Que bajo la yerba espesa
Nuestros dedos perseguían
¡Así también en las horas
De mis años de desdicha
Cruzaban por entre sombras
Mis esperanzas perdidas!…
¿Recuerdas?… Tú no recuerdas
La cruz de mayo que hicimos
Con violetas silvestres
Y con sonrosados lirios
Bajo el frondoso ramaje
De tu árbol favorito.
Como una lluvia de perlas
Sobre blanco raso níveo
Brillaba por los […]
En las hojas del rocío!
Y los pájaros cantores
Hicieron cerca sus nidos…
Después pasé una mañana
Y vi tu ramo marchito
Como mi pasión ardiente
Por tu infamia y tus desvíos.
¿Recuerdas?… Tú no recuerdas
Más de esa noche amorosa,
La lumbre de tus pupilas,
El aliento de tu boca
Entreabierta y perfumada
Como un botón de magnolia,
Los murmullos argentinos
Del agua bajo las frondas,
El brillo de las estrellas
Y las esencias ignotas
Que derramaron los genios
En las brisas cariñosas,
Quedaron como una huella
Que el tiempo aleve no borra
¡Ay! para toda la vida
¡Escritas en la memoria!
¿Recuerdas?… Tú no recuerdas
Pero yo, cuando levanta
El crepúsculo sombrío
Del fondo de las cañadas
Y las tristezas inmensas
De lo profundo del alma
Al pasado fugitivo
Tiendo la vista cansada
Y nuestra historia de amores
Hacia mí tiende las alas.
¡Cuando en las horas nocturnas
Cabe el esposo que te ama
Tu agitado pensamiento
Tenga segundos de calma
De aquella pasión extinta
¡Jamás te acuerdes, ingrata!
¿Recuerdas?… Tú no recuerdas
La tarde aquella en que juntos
Bajamos de la colina,
Tus grandes ojos oscuros
Se anegaban en los rayos
Sonrosados del crepúsculo
Y tu voz trémula y triste
Como un lejano murmullo
Me hablaba de los temores
De tu cuerpo moribundo!
Si hubieras entonces muerto
Cómo amara tu sepulcro.
Ahora, cuando te veo
Feliz gozar de tus triunfos
Tan sólo asoma a mis labios
Una sonrisa de orgullo!
Realidad
Para M
En el dulce reposo de la tarde
Cuando al ponerse el sol en occidente
Su luz dorada, de la vida fuente,
Como una hoguera en los espacios arde,
O de la noche en el silencio umbrío
Cuando la luna con fulgor de plata
Alumbra a trechos el sonante río
Y en sus límpidas ondas se retrata,
Entre las sombras de la vida hay horas
En que la realidad que nos circuye
A detener el ímpetu no alcanza
De nuestra alma que a lo lejos huye
Y a la región de lo ideal se lanza…
Y entonces cuando pienso en tus amores
Nuestras dos vidas deslizarse veo
No cual la realidad que aja sus flores
Sino cual la ilusión de tu deseo.
No por las conveniencias separados,
Soñando tú conmigo, yo en tus sueños,
Sino juntos los dos en los collados
De la Arcadia risueños;
Asidos por las manos a lo lejos
Buscando el fin de la campiña amena
A los pálidos rayos de la luna.
O del ardiente sol a los reflejos,
Dejando transcurrir una por una
Las no contadas horas venturosas
Que no mancha la sombra de una pena
Libando amor y deshojando rosas
Del verdor y del musgo en lo sombrío
Ocultos en lo ignoto del boscaje
Radiante aún de gotas de rocío
De virgen fuerza y de vigor salvaje;
Sentados a la orilla del torrente
Tú escuchando los ecos del follaje
Yo acariciando -trémula la mano-
Tus rizos al caer sobre tu frente…
Otras veces trayendo a la memoria
Los fantasmas de un tiempo ya pasado
Junto con ellos cual sencilla historia
Los ideales de tu amor soñado.
Y es entonces un gótico castillo
De altivas torres de musgosas piedras
En cuyo muro gris crecen las hiedras
Teatro de nuestro amor santificado.
Y en reducida y perfumada estancia
Cuyos tapices abrillanta y dora
El fuego de la antigua chimenea,
Juntos los dos oímos a distancia
Diciéndonos protestas de ternura
La voz del agua que al perderse llora
Y el viento que en los árboles cimbrea
Entre el silencio de la noche oscura.
O en frágil barca en plácida mañana
De lago azul flotando en los cristales
Con la mirada errantes contemplamos
El cielo, la ribera, los juncales,
Y las nieblas que inciertas, vaporosas,
Van a perderse en la región lejana
Como se pierde la esperanza humana
O el postrimer aroma de las rosas.
Mas cuando el alma en sus ensueños flota,
La realidad asoma de improviso
No más resuena la encanta nota
Brotan espinas do la rosa brota,
Y en crüel se torna el paraíso.
Vuelvo a mirar… y pienso que nacimos
Para vivir por siempre separados,
Que no es una la senda que seguimos
Y que la lumbre que cercana vimos
Fue visión de tu amor y tus cuidados.
Y al comparar la realidad penosa
Con los paisajes de ideal que miro
En el fondo del alma lastimosa
Para tu dulce amor -niña piadosa-
Para tu dulce amor surge un suspiro.

VEJECES

Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
són de laúd, y suavidad de raso.

¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas.

BIBLIOGRAFÍA

Ruiza M. Fernandez T, y Tamaro E. (2004) Biografía de José Asunción Silva-
” (Quintero Ossa, Robinson).

Te recomendamos ver el programa de televisión.

PRÓXIMO PROGRAMA

DELMIRA AGUSTINI

109. Poesía más Poesía: Mahmud Darwish

MAHMUD DARWISH

BIOGRAFÍA


Nace en Galilea el 13 de marzo de 1942. Hombre laico y moderno, refinado y elegante, Mahmud Darwish es un palestino de diálogo, aunque su voluntad no se doblegue fácilmente ni esté dispuesto a hacer concesiones humillantes. Una de sus mayores esperanzas es revitalizar la literatura palestina, procurar a toda costa que los problemas políticos no la paralicen. Para los palestinos su proximidad física era como una fiesta continua, un símbolo de la cultura palestina.
Procedente de un ambiente campesino, sus primeros años los pasó en Birwa, una pequeña aldea de Galilea, situada a unos nueve kilómetros de Acre, donde sus padres poseían unas tierras que cultivaban para poder vivir.
En 1948, tras la retirada de las tropas británicas de Palestina y la implantación del Estado de Israel, su familia -como miles de familias palestinas- se vio obligada a huir de su casa para salvar la vida. Permanecieron un año en el Líbano y al regresar a Palestina se encontraron con que Birwa había sido completamente destruida por el ejército israelí, al igual que otras muchas aldeas. Tuvieron que instalarse en Dair Al Asad aunque de forma clandestina porque durante el año que habían permanecido refugiados en El Líbano, las autoridades israelíes habían elaborado unos censos, y los que no figuraban en los mismos, no tenían derecho a vivir en el nuevo Estado de Israel.

Darwish . Exilio en Beirut, Líbano.

Clandestino en su propio país y posteriormente ciudadano de segunda categoría en un Estado que le rechaza, el adolescente se refugia en los libros y plasma su identidad con lo único que le queda: el lenguaje. Se lanza a la escritura al mismo tiempo que a la acción política en el seno del partido comunista: a los veinte años publica su primer poemario, Pájaros sin alas, extraordinariamente lírico y muy influido todavía por la poesía árabe clásica. Cuatro años después publica el segundo: Hojas de olivo, mezcla de espontaneidad, musicalidad lirismo y mensaje directo, donde está patente el sufrimiento físico y psicológico de los palestinos dentro del Estado de Israel.
En el siguiente poemario, Enamorado de Palestina, de 1966, se advierte la influencia del Mahyar y de la escuela romántica, que se dejó sentir igualmente en sus contemporáneos de todo el mundo árabe. En esta fase su estilo se vuelve más delicado, menos directo, incluso sus denuncias de las condiciones políticas y sociales en la Palestina ocupada se expresan con menos amargura y más nostalgia.
La siguiente etapa poética de Mahmud Darwish se caracteriza por la innovación. En su afán de traspasar los cánones poéticos tradicionales, la voz del poeta sirio Muhammad Al Magut resonó en el joven Darwish como la voz del presente, junto con algunos poetas occidentales como Nazim Hikmet, Louis Aragon, Pablo Neruda o García Lorca, con los que en cierto modo se identificaba; y como muchos poetas árabes se sintió fascinado por T. S. Eliot.


Fin de la noche, de 1967, es el poemario que abre esta larga y madura etapa, en la que se advierte una mayor abstracción. Sin embargo, el poeta siempre preserva la claridad de expresión y universalidad de visión de su poesía utilizando símbolos enraizados íntimamente con su lugar de origen: roca, montaña, árbol, mar… y especialmente la tierra, que para él no tiene un significado únicamente político sino también sagrado, siendo a la vez lecho y sepulcro.
El siguiente poemario: Los pájaros mueren en Galilea, de 1969, es el que según Darwish marcó su primera mutación poética por la amplia utilización del símbolo y el mito, provocando una ola de rechazos. Le acusaron de haber renunciado a sus compromisos y a su concepción anterior de la poesía y de marcar una distancia entre la tierra y él. Este malentendido le persiguió desde sus comienzos pero siempre se resistió a esa “prisión atrayente” que para él suponía seguir estancado en la primera etapa, y escribió poemas todavía más “difíciles” que el lector inicialmente rechazaba pero poco a poco iba aceptando.
En Mi amada se despierta, de 1970, amplía el campo simbólico incluyendo figuras del pasado y acontecimientos históricos, tanto del mundo islámico como del cristiano. La figura más relevante es Cristo y el suceso más recurrente es la crucifixión, que tuvo lugar en Palestina, tierra a la que el poeta pertenece, lo cual le arma de una gran fuerza moral y abre ante él un vasto horizonte humano de esperanza y desafío permanentes y numerosos encarcelamientos, lo cual le provoca un intenso deseo de libertad para dar rienda suelta a su creatividad.

Yasser Arafat, Mahmoud Darwish y George Habash


Viaja con una delegación de la juventud comunista por diversos países socialistas europeos y, en lugar de regresar, decide instalarse en Egipto, proponiéndose firmemente mantener la distancia entre la práctica de la poesía y la cuestión nacional, aunque era plenamente consciente de que ponía en entredicho su mito. Sin embargo, el alejamiento físico de Palestina en lugar de apagarlo, alimentó el mito porque su voz permanecía en todos los lugares, y defendiendo su derecho a la experimentación, aún a riesgo de ruptura con sus lectores, desafió a los que pronosticaban que no escribiría un solo verso fuera de Palestina porque su vena poética dependía del contacto físico con el lugar, ignorando que la fidelidad de un poeta a los suyos no depende de una acción política directa sino de la sinceridad de la obra.
Su estancia fuera de Palestina supone un gran progreso en el campo de la creatividad: su poesía gana en complejidad y participa plenamente en la aventura de la modernidad poética, aunque nunca abandona su ternura inicial ni su capacidad de transmitir la experiencia palestina. Las imágenes siguen siendo ricas y luminosas, íntimamente ligadas a las experiencias vitales y con gran originalidad metafórica, como demuestra el poemario que abre esta tercera etapa: Amarte o no amarte, de 1972, del que destacan los conmovedores “Salmos” y el poema “Sirhán toma café en la cafetería”, que sintetiza a la perfección el estado psicológico del poeta dirigiéndose desde fuera de Palestina a los árabes que permanecen en la tierra ocupada.
A comienzos de los años setenta se instala en Beirut, convirtiéndose en parte activa del movimiento literario libanés. Beirut se rinde ante el genio creador del poeta y desde entonces será su “segunda Haifa”, el ambiente idóneo para estimular su proyecto de renovación cultural. Allí dirige el centro de investigación de estudios palestinos y dos de las más importantes revistas árabes: Shuún filistiniyya y Al Karmel. Durante estos años, Darwish  se convierte en la gran voz de su pueblo y se consagra como uno de los más grandes poetas árabes vivos, siendo también testigo de la guerra civil libanesa, tragedia que le inspira numerosos poemas desesperados.


En 1982, tras la invasión israelí del Líbano, Mahmud Darwish se ve obligado a abandonar aquel país para permanecer exiliado en Europa, principalmente en París, junto con estancias en Túnez. Es ésta una etapa de gran madurez artística -según sus palabras, al salir de Beirut se aproxima a la ribera de la poesía- en la que escribe poemas largos, teatrales, con un movimiento especial, numerosas imágenes poéticas y voces variadas. A veces el ritmo se acerca a las canciones con poemas sonoros que son puro canto, especialmente en el poemario Elogio de la alta sombra, de 1983, y el poeta parece que quisiera engañar a la realidad que le rodea, siendo su gran temor que el sueño que sustenta a él y a su pueblo se desvanezca como consecuencia de la interminable tragedia.
En Menos rosas, de 1986, sigue experimentando con la forma y con el ritmo, logrando poemas de exquisita perfección formal y a la vez sinceridad e intensidad de sentimientos. Mezcla de orgullo y desesperación, de resistencia y reconocimiento del monstruo dominante, el héroe de estos poemas lucha hasta el límite de su capacidad, a pesar del exilio y la derrota, aunque sin dejarse guiar por el optimismo fácil.
A comienzos de los años noventa, Mahmud Darwish se propone llevar a cabo un proyecto ambicioso: una epopeya lírica que libere el lenguaje poético hacia horizontes épicos. El punto de partida será la multiplicidad de los orígenes culturales, dentro de un espacio temporal visto a través de los prismas del pasado y del porvenir.


Dentro de esta producción, Once astros, de 1992, alcanza una altura poética insuperable en la meta que el autor se había trazado. Es un poemario único, en el sentido de que el poeta consigue despegarse del presente para encontrar en la Historia el lugar que le niegan en la tierra. De este modo, con una mayor capacidad lírica, da un paso de lo relativo a lo absoluto, inscribiendo lo nacional en lo universal.
Está compuesto por poemas largos, con una perfecta armonía entre las imágenes y el ritmo, y fuertemente marcados por grandes experiencias trágicas de la humanidad, como la guerra de Troya, las invasiones de los mongoles, la pérdida de Al Andalus o el genocidio de los pueblos indios, con referencias constantes a personajes y a lugares históricos y míticos.

¿Por qué has dejado el caballo solo?, Traducido también como “El Fénix mortal”, de 1995,  es un poemario de profunda simplicidad y a la vez gran elaboración, una biografía poética -tal vez impulsado por el miedo de que el pasado se olvide o se deje escapar- con unos poemas de gran plasticidad en los que el poeta refleja, como en ocasiones anteriores había hecho, su gran sentido del ritmo.
Cita de el País Cultural . De un escrito de Vicente Molina Foix, presentando “El Fénix muerto”
“No soy un iluso del poder curativo de la palabra poética. El mejor arte abre puertas a la incertidumbre y la incomodidad, por lo que habitualmente desconfío del escritor que pone paños calientes al frío de mis dudas. Pero acabo de leer, mientras los hombres matan con saña a los hombres en la franja de Gaza y sus líderes negocian bajo el cetro imperial de los Estados Unidos, El fénix mortal, de Mahmud Darwix (Poesía / Cátedra, Madrid, 2000), y -más allá de las geografías, las razones políticas y los agravios inmemoriales- he comprendido mejor la palabra exilio, he visto caras de combatientes sin odio, he oído las voces de los que nunca hablan en la historia”
En esta vuelta a las cosas primeras, tras una larga travesía poética que se rebela contra sí misma, el poeta se inspira en su intimidad profunda, que no puede desgajar de su entorno porque los elementos primeros tienen también un componente mítico o psicológico. De esta forma compone un canto épico y mítico que narra lo cotidiano pero también cuenta, quizá sin habérselo propuesto de forma premeditada, una historia colectiva.
Los siguientes poemarios: El lecho de una extraña, de 1999, y Mural, del 2000, están concebidos como obras arquitectónicas, con una estructura sólida y proporciones muy exactamente calculadas y realizadas con gran precisión. El resultado son unos poemas de gran sobriedad expresiva y a la vez extraordinaria finura, gracia y armonía, compuestos no sólo para ser recitados en su lengua original sino también para ser visualizados.
Firmemente decidido a ocupar el sitio que le corresponde en el panorama poético universal, el poeta trasciende la cuestión nacional para ensalzar su humanidad, aunque liberando a los poemas de un realismo excesivo.
Ambos poemarios están inspirados, sin duda, en experiencias vitales del poeta, especialmente Mural, en el que el Darwish muestra una gran maestría técnica, al tratarse de un largo poema en el que logra mantener continuamente una estructura y un ritmo armónicos, siendo asimismo admirable por la economía y la pureza de la composición. El poema está basado en las visiones y sensaciones que le embargaron durante el breve espacio de tiempo en el que permaneció clínicamente muerto. Por ello, está concebido como una especie de fresco donde aparecen yuxtapuestas de forma impresionista diversas escenas que constituyen lo esencial de su trayectoria humana, salpicadas de diálogos y monólogos interiores.
Resulta sobrecogedora la absoluta soledad en la que el poeta se encuentra, convertido en palabra-idea, planteándose cuestiones esenciales que constituyen las preocupaciones más íntimas del ser humano, en un espacio luminoso y libre de barreras. En otra dimensión, es pura esencia fuera del cuerpo; no hay destino geográfico ni mapas sino extrañeza en un mundo extraño. El destierro y la lejanía están en su interior, y la vuelta a la que el poeta aspira es una vuelta al lenguaje, no al país, a los amigos ni a la amada.
Pero, contrariamente a lo que se pudiera pensar, la muerte no es algo terrorífico para el poeta sino un ser vivo, sometido a las normas que rigen a los seres vivos: se ríe, llora, teme, ama, añora y muere, estableciéndose entre ella y el poeta una relación extraña y contradictoria, mezcla de miedo y placer, desesperación y paz.
El lecho de una extraña, por el contrario, está compuesto íntegramente por poemas de amor en todas sus facetas, entremezclando, como ya lo había hecho anteriormente, la realidad con el mito y estableciendo numerosas relaciones intertextuales, tanto con la tradición clásica árabe como con el mundo contemporáneo, suprimiendo de este modo las barreras culturales del arte.
Es resaltable a lo largo de la obra una gran austeridad poética: las imágenes quedan reducidas al mínimo para dar un mayor protagonismo a la palabra, auténtico elemento estructural de los poemas.
También el ritmo cobra un especial protagonismo en este poemario, en el que el autor despliega su amplia experiencia en las artes amatorias, mostrando la compleja relación hombre-mujer, en la que cada uno se refleja en el otro y a la vez es un extraño para el otro, con la inevitable sensación de soledad que ello provoca.
En 2002 publica “Estado de Sitio”. En 2004 “No te excuses” y en 2005 “Como la flor del Almendro”.
Hablando en su propio nombre y recreando sus propias experiencias, Darwish muestra una de las visiones más agudas de la creatividad poética árabe actual, ensalzando algo tan aparentemente sencillo y natural como es el amor a la vida y el goce del placer.
Dirigió en Ramalla la prestigiosa revista literaria Al-Karmel cuyos archivos fueron destruidos por el ejército israelí durante el asedio de la ciudad en el año 2002.

En 2006, Mahmud Darwish visitó España, donde leyó su poesía en Cosmopoética (Córdoba) y en la Residencia de Estudiantes (Madrid).
Falleció el 9 de agosto de 2008 en un hospital del estado americano de Texas, tras una operación a corazón abierto.

Su fama se extendió también a Occidente, donde goza de gran prestigio, como demuestran los diversos premios literarios obtenidos, entre ellos el Lannan Cultural Freedom Price, en el año 2001, y el premio Príncipe Claus de Holanda, en el 2004 y Premio Lenín de la Paz 1980-82.5
Películas
En 1997 la TV francesa produjo el documental Mahmoud Darwich, dirigido por la documentalista franco-israelí Simone Bitton.
En 2012, se produjo la película “Metran men hada al-turab”, Two Meters of This Land / Dos metros de esta tierra, dirigido por el hispano palestino Ahmad Natche. “Dos metros de esta tierra serían suficientes para mí”, escribió el poeta nacional palestino Mahmud Darwish. Muy cerca de su tumba en Ramala, durante una tarde de verano, se prepara un festival de música en un teatro al aire libre que será retransmitido por la televisión.
En 2014 se estrenó “Sajil Ana Arabi” (“Anota: soy árabe”), una coproducción palestino-israelí hablada en árabe y hebreo que lleva como título el primer verso de uno de sus más famosos poemas, Documento de identidad.

Bibliografía


www.palestinalibre.org

Wikipedia
www.poesiaarabe.com
Vídeos con participación del autor

POEMAS

Del libro “ ·Enamorado de Palestina” 1966- Traducción de Luz Gómez Gaccía

LA VOZ DEL OLIVAR

Un eco
Llegó del olivar…
¡Yo estaba crucificado a fuego!
Les decía a los cuervos. No me devoréis,
Puede que vuelva a casa,
Que el cielo rompa a llover
Y apague
¡Este madero voraz!

Un día bajaré de la cruz,
Y no sé…
¿volveré descalzo, desnudo?

Del libro “ El final de la noche” 1967.- Trad:Luz Gómez García

RITA Y EL FUSIL

Entre Rita y mis ojos… un fusil.
Quien a Rita conoce, se postra
y reza
al Dios de su ojos de miel.

… Besé a Rita
cuando niña,
aún recuerdo cómo… se pegó
a mí: una trenza preciosa cubrió mi brazo.
Recuerdo a Rita
como el pájaro a la charca.
Rita, Rita…
Teníamos un millón de pájaros y de fotos,
y mil citas,
y contra todo abrió fuego… un fusil.

El nombre de Rita le sabía a fiesta a mi boca,
el cuerpo de Rita se desposaba en mi sangre.
En Rita me perdí… dos años,
durmió en mi regazo dos años,
nos prometimos ante el cáliz más bello,
ardimos en el vino de dos labios,
nacimos dos veces.
Rita, Rita…
Nada privaba a mis ojos
de los tuyos, si acaso nuestras cabezadas
o alguna nube de miel,
hasta que irrumpió… aquel fusil.

Érase que se era,
oh silencio del atardecer,
una mañana en que mi luna partió
con los ojos de miel.
La ciudad
barrió a los rapsodas, y a Rita.
Entre Rita y mis ojos… un fusil

Traducción de María Luisa Prieto de Amarte o no amarte 1972

PRELUDIO SOBRE EL AGUA

Tras el lejano otoño
hay treinta años,
la imagen de Rita
y una espiga que ha pasado la vida
en el correo.
Tras el lejano otoño.

Un día te quise… y me marché.
Los pájaros vuelan con mi nombre
y los matan.
Un día te quise
y lloro
porque eres más bella que el rostro
de mi madre,
más bella que las palabras
que me han dejado errante.
En el agua está tu cara,
la sombra de la tarde
lucha contra mi sombra
y me impide ver
las ventanas de mi familia.
¿Cuándo se marchitarán las rosas
en el recuerdo?
¿Cuándo se alegrarán los extraños?
Para describir el momento que flota
en el agua
hay un mito o un cielo.

Bajo el cielo lejano
te he olvidado.
Allí crecen las azucenas,
sin razón,
y los fusiles,
allí, sin enfado,
y el poema
allí, sin poeta,
y el cielo lejano
frente a las azoteas de las casas,
la gorra del guardia
y el olvido de mi frente.

Bajo el cielo extraño
nos tortura la tierra,
tu cuerpo pide fuego a las naranjas
y huye de mí.
Te quiero.
El horizonte se transforma en pregunta.
Te quiero.
El mar es azul.
Te quiero.
La hierba es verde.
Te quiero-azucena.
Te quiero-puñal.
Un día te quise
y conozco la fecha de mi muerte.
Un día te quise
sin suicidio
detrás del otoño lejano.
Peino tu pelo,
dibujo tu cintura
en el viento, estrella y fiesta.
Un día te quise.
Te quiero junto al otoño lejano.
Los pájaros pasan con mi nombre
libres,
con mi nombre pasa el día
cual jardín
y con tu nombre vivo.
Un día te quise
y vivo
tras el lejano otoño.

Traducción del árabe: María Luisa Prieto “Menos Rosas”(1986

LA TIERRA SE ESTRECHA PARA NOSOTROS

La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestos miembros para pasar.
La tierra nos exprime. ¡Ah, si fuéramos su trigo para morir y renacer! ¡Ah, si fuera nuestra madre
para apiadarse de nosotros! ¡Ah, si fuéramos imágenes de rocas que nuestro sueño portara
cual espejos! Hemos visto los rostros de los que matará el último de nosotros en la última defensa del alma.
Hemos llorado el cumpleaños de sus hijos. Y hemos visto los rostros de los que arrojarán a nuestros hijos
por las ventanas de este último espacio. Espejos que pulirá nuestra estrella.
¿Adónde iremos después de las últimas fronteras? ¿Dónde volarán los pájaros después del último
cielo? ¿Dónde dormirán las plantas después del último aire? Escribiremos nuestros nombres con vapor
teñido de carmesí, cortaremos la mano al canto para que lo complete nuestra carne.
Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí…
Germinarán olivos…
De nuestra sangre.

De” Menos Rosas”

ÚLTIMO TREN SE HA PARADO

El último tren se ha parado en el último andén, y nadie
salva a las rosas. Ninguna paloma se posa en una mujer de palabras.
El tiempo se ha acabado. El poema no puede más que la espuma.
No creas a nuestros trenes, amor, no esperes a nadie en la muchedumbre.
El último tren se ha parado en el último andén, y nadie
puede retornar a los narcisos rezagados en los espejos de la penumbra.
¿Dónde dejaré mi última descripción del cuerpo que en mí habita?
Todo ha terminado. ¿Dónde está lo que ha terminado? ¿Dónde vaciaré el país que en mí habita?
No creas a nuestros trenes, amor, las últimas palomas han volado, han volado,
y el último tren se ha parado en el último andén… y no hay nadie .
Nadie.

María Luisa Prieto De El Fénix Mortal Trad: María Luisa Prieto (1995)

LA ETERNIDAD DE LAS CHUMBERAS

¿A dónde me llevas, padre?

En dirección al viento, hijo.
 
… A la salida de la llanura, donde
los soldados de Bonaparte levantaron una colina
para observar las sombras sobre
las viejas murallas de Acre,
un padre le dice a su hijo:
No tengas miedo.
No temas el silbido de las balas.
Pégate al suelo y estarás a salvo.
Sobreviviremos.
Escalaremos una montaña al norte y regresaremos
cuando los soldados vuelvan con sus familias
lejos.
 

¿Quién vivirá en nuestra casa, padre?

Permanecerá como la hemos dejado, hijo.
Él palpa su llave como si palpara
sus miembros y se sosiega.
Al pasar por una alambrada de espinos dice:
Recuerda, hijo. Aquí los ingleses crucificaron
a tu padre durante dos noches sobre los espinos
de una chumbera, pero jamás confesó.
Tú crecerás y contarás a quien herede
sus fusiles el camino de sangre
derramada sobre el hierro…
 

¿Por qué has dejado el caballo solo?

Para que haga compañía a la casa, hijo. Las casas
mueren cuando se marchan sus habitantes…
 
La eternidad abre sus puertas de lejos
a los caminantes de la noche.
Los lobos de los páramos aúllan a una luna
temerosa, y un padre le dice a su hijo:
Sé fuerte como tu abuelo,
escala conmigo la última colina de robles
y recuerda: aquí cayó el jenízaro de
su mula de guerra.
Ven conmigo y regresaremos.
 

¿Cuándo, padre?

Mañana, tal vez pasado mañana, hijo.
 
Detrás de ellos, un mañana aturdido masticaba
el viento en las largas noches de invierno,
y los soldados de Josué bin Nur construían
su fortaleza con las piedras de su casa.
Jadeantes por el camino de Caná, dice:
Por aquí pasó un día Nuestro Señor.
Aquí convirtió el agua en vino y habló
largamente del amor.
Recuérdalo mañana, hijo.
Recuerda los castillos de los cruzados
mordisqueados por la hierba de abril
tras la partida de los soldados…

Traducción del árabe: María Luisa Prieto . De”Once astros”

¿CÓMO ESCRIBIR SOBRE LAS NUBES?

¿Cómo escribir sobre las nubes el testamento de mi gente? Si mi gente
abandonó el tiempo al igual que su abrigo en las casas, y mi gente
cada vez que construye una ciudadela, la destruye para erigir sobre ella
una jaima para su nostalgia por la primera palmera. Mi gente traiciona a mi gente
en las guerras de la defensa de la sal. Pero Granada es de oro,
de la seda de las palabras bordadas con almendras, de la plata de las lágrimas en
la cuerda del laúd. Granada es la gran ascensión hacia sí misma
y será lo que desea: la nostalgia por
cualquier cosa pasada o que pasará. El ala de una golondrina roza
el pecho de una mujer en su lecho y ella grita: Granada es mi cuerpo.
Un hombre pierde su gacela en el desierto y grita: Granada es mi país,
yo soy de allí. Canta para que los jilgueros construyan de mis costados
una escalera al cercano cielo. Canta el heroísmo de los que ascienden hacia
su muerte, luna a luna, en la callejuela de la amada. Canta a los pájaros del jardín
piedra a piedra. Cuánto te amo, a ti que me has despreciado.
Cuerda a cuerda, en el camino hacia su cálida noche. Canta.
El aroma del café después de ti ha perdido su mañana. Canta mi partida
del arrullo de las palomas sobre tus
rodillas y del nido de mi alma
en las letras de tu sencillo nombre.
Granada está destinada al canto. Canta

Traducción de Prieto De “Once astros”

EL INVIERNO DE RITA (fragmento)


Rita ordena la noche de nuestra habitación: queda
poco vino
y estas flores son más grandes que mi cama.
Abre la ventana para que se perfume la hermosa noche.
Posa, allí, una luna en la silla. Coloca,
encima, el lago en torno a mi pañuelo para que las palmeras se eleven
cada vez más.
¿Te has vestido de otra? ¿Te ha habitado otra mujer
para sollozar así, cada vez que tus ramas enlazan mi tronco?
Frótame los pies y frota mi sangre para que conozcamos lo que
las tempestades y los torrentes han dejado como legado
de ti y de mí…

Rita duerme en el jardín de su cuerpo.
Sobre sus uñas, las moras del bosque iluminan la sal en
mi cuerpo. Te quiero. Dos pájaros se han dormido bajo mi mano…
la ola del noble trigo se ha dormido sobre su pausada respiración,
una rosa roja se ha dormido en el vestíbulo,
la noche breve se ha dormido
y el mar se ha dormido frente a mi ventana, al ritmo de Rita,
asciende y desciende en los rayos de su pecho desnudo. Duerme
entre tú y yo, y no cubras la profunda penumbra del oro entre nosotros.
Duerme con una mano en torno al eco
y la otra esparciendo la soledad de los bosques, duerme
entre la camisa pistacho y la silla limón, duerme
cual caballo en las banderas de la noche de su boda…

El relincho cesa
y cesan las colmenas de abejas en nuestra sangre. ¿Estaba allí
Rita? ¿Estábamos juntos?
Rita partirá dentro de unas horas dejando su sombra
cual celda blanca. ¿Dónde nos encontraremos?
Pregunta a sus manos, y yo miro a la lejanía.
El mar está detrás de la puerta y el desierto está detrás del mar. Bésame en
los labios, dice. ¡Oh, Rita!, le respondo. ¿Partiré de nuevo,
teniendo uvas y un recuerdo, abandonado por las estaciones
entre el signo y la expresión, como una idea?
¿Qué dices?
Nada, Rita, imito al héroe de una canción
sobre la maldición del amor asediado por espejos…
¿De mí?
Y de dos sueños en una almohada que se cruzan y huyen. Uno
saca un cuchillo y el otro confía los mandamientos a la flauta.
No comprendo el significado, dice ella.
Ni yo, mi lenguaje está hecho de fragmentos
semejantes a la salida de una mujer del sentido, y los caballos se suicidan
al final del hipódromo.

Rita bebe el té matutino
y pela la primera manzana con sus diez lirios.
Me dice:
No leas ahora el periódico, los tambores son los tambores
y la guerra no es mi oficio. Yo soy yo. ¿Tú eres tú?
Yo soy
el que te ve cual gacela arrojándole sus perlas,
el que ve a su deseo corriendo tras de ti cual torrente,
el que nos ve perdidos en unicidad sobre la cama
y en divergencia, como el saludo de los desconocidos en el puerto. El exilio nos lleva
en su viento, cual hoja, y nos arroja en los hoteles de los extranjeros
como cartas leídas deprisa.
¿Me llevarás contigo?
Seré el anillo de tu corazón desnudo. ¿Me llevarás contigo?
Seré tu traje en países que te han procreado para derribarte,
seré un cofre de hierbabuena que portará tu muerte
y tú serás mío, vivo o muerto.
El guía se ha perdido, Rita,
y el amor, como la muerte, es una promesa sin devolución, ni caducidad.

María Luisa Prieto De “El lecho de una extraña” o La cama de la extranjera

¿QUIÉN SOY YO, SIN EXILIO?


Extraño como el río al borde del río…El agua
me ata a tu nombre. Nada me retorna de mi lejanía
a mi palmera: ni la paz ni la guerra.
Nada me incorpora a los Evangelios.
Nada… nada relumbra desde la costa del flujo
y el reflujo entre el Tigris y el Nilo.
Nada me desembarca de los navíos del faraón.
Nada me porta o me hace portar una idea: ni la nostalgia
ni la promesa. ¿Qué hacer? ¿Qué
hacer sin exilio y sin una larga noche
que escrute el agua?

El agua
me ata
a tu nombre.
Nada me lleva de las mariposas de mi sueño
a mi realidad: ni la tierra ni el fuego. ¿Qué
hacer sin las rosas de Samarcanda? ¿Qué
hacer en un lugar que pule los cantos con sus piedras
lunares? Ambos somos ligeros, como nuestras casas,
en las letras de tu sencillo nombre. Granada está
destinada al canto. Canta
en los vientos lejanos. Somos amigos de los seres
extraños entre las nubes… dos restos de
la gravitación de la tierra de identidad. ¿Qué haremos? ¿Qué
haremos sin exilio y sin una larga noche
que escrute el agua?

El agua
me ata
a tu nombre.
No queda de mí más que tú, y no queda de ti
más que yo, un extraño que acaricia el muslo de su extraña. ¡Oh,
extraña! ¿Qué haremos con la tranquilidad que
nos queda y con una siesta entre dos mitos?
Nada nos lleva: ni el camino ni la casa.
¿Este camino ha sido siempre igual,
o nuestros sueños lo han cambiado
tras hallar, entre los mongoles, un caballo
en la colina?
¿Qué haremos?
¿Qué,
Sin
Exilio?

ESTADO DE SITIO (2002)

Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso
y las fauces del tiempo,
junto a huertos de sombras arrancadas,
hacemos lo que hacen los prisioneros,
lo que hacen los desempleados:
alimentamos la esperanza.

Un país preparado para el alba.
Nuestra obsesión por la victoria
nos ha entontecido:
no hay noche en nuestra noche
que con la artillería refulge;
el enemigo vela,
el enemigo nos alumbra
en el sótano oscuro.

Aquí, tras los versos de Job,
a nadie esperamos.
Aquí no hay yo,
aquí Adán recuerda su arcilla…

Este sitio durará
hasta que enseñemos al enemigo
algún poema de la yahiliya.
El cielo es gris plomizo a media mañana,
anaranjado por las noches.
Los corazones son neutros,
como las rosas en el seto.

Bajo sitio, la vida se torna tiempo:
memoria del principio,
olvido del final.

La vida.
La vida plena,
la vida a medias,
acoge una estrella cercana
atemporal,
y una nube emigrada
aespacial.
Y la vida aquí se pregunta:
¿Cómo resucitar a la vida?

Él dice al borde de la muerte:
No me queda un rincón que perder,
libre soy a un palmo de mi libertad,
el mañana al alcance de mi mano…
Pronto, me adentraré en mi vida,
naceré libre, sin padres,
y tomaré por nombre letras de lapislázuli…

Aquí, en los altos del humo,
en la escalera de casa,
no hay tiempo para el tiempo,
hacemos lo que hace quien se eleva hacia Dios:
olvidamos el dolor. El dolor:
que la señora de la casa no tienda la colada
por la mañana,
que se conforme con lavar esta bandera.

Nada de ecos homéricos aquí.
Los mitos llaman a la puerta cuando los necesitamos.
Nada de ecos homéricos…
Aquí un general excava un Estado
dormido bajo las ruinas de una Troya inminente.

Los soldados calculan la distancia entre el ser
y la nada
con la mirilla del tanque.
Calculamos la distancia
entre el propio cuerpo y las bombas…
con un sexto sentido.

Vosotros, los apostados en el umbral,
pasad, tomaos con nosotros un café árabe
—acaso os sintáis seres humanos como nosotros—.
Vosotros, los apostados en el umbral de las casas,
largaos de nuestras mañanas,
necesitamos creernos seres humanos como vosotros.

.

Del Festival de poesía en Medellín. Colombia

PASAPORTE

No me han reconocido en las sombras que
difuminan mi color en el pasaporte.
Mi desgarrón estaba expuesto
alturista amante de postales.
No me han reconocido… Ah, no prives
de sol a la palma de mi mano,
porque el árbol
me conoce…
Me conocen todas las canciones de la lluvia,
no me dejes empalidecer como la luna.

Todos los pájaros que ha perseguido
la palma de mi mano a la entrada del lejano aeropuerto,
todos los campos de trigo,
todas las cárceles
todas las tumbas blancas
todas las fronteras
todos los pañuelos que se agitaron,
todos los ojos
estaban conmigo, pero ellos
los borraron de mi pasaporte.

¿Despojado de nombre, de pertenencia,
en una tierra que ha crecido con mis propias manos?
Job ha llenado hoy el cielo con su grito:
¡no hagáis de mí un ejemplo otra vez!

Señores, señores profetas,
no preguntéis su nombre a los árboles,
no preguntéis por su madre a los valles:
de mi frente se escinde la espada de la luz,
y de mi mano brota el agua del río.
Todos los corazones del hombre… son mi nacionalidad:
¡retiradme el pasaporte!

Te recomendamos ver el programa de televisión.

PRÓXIMO NÚMERO


6. Poesía más Poesía: César Vallejo y Carmen Salamanca

CESAR VALLEJO

BIOGRAFÍA

¿CESAR VALLEJO HA MUERTO?
publicado por primera vez en la Revista “El Indio del Jarama” Nº 5 y Luego en las 2001 Noches nº14

Los años más intensos de la vida de César Vallejo, los de su poderosa creatividad y su más desalmada contingencia, hay que buscarlos entre paréntesis de hierro (dan ganas de decir: de hierro y muerte y destrucción y lágrimas) de este complejo siglo XX que agoniza: la terminación de la Primera Guerra Mundial (1918) y el comienzo de la Segunda (1939).

Había nacido en Santiago de Chuco, departamento de La Libertad, al norte del Perú, y fue bautizado en la parroquia del barrio de Cajabamba un 19 de mayo y con los nombres de César Abraham. Era el año en que se cumplía el IV Centenario del descubrimiento de América y también en el que moría el poeta estadounidense Walt Whitman.

Provenía de origen humilde y en ese modesto medio andino se desarrolló su infancia, su primera juventud inquieta con diversos ganapanes que lo reducían a una vida austera.

No sin serias dificultades económicas y con interrupciones a causa de ellas, sigue estudios universitarios de Filosofía y Letras así como de Derecho. En los intersticios de estas formaciones académicas se emplea tanto de ayudante de cajero en una hacienda azucarera o enseña materias elementales en algún centro escolar.

En Trujillo entra en contacto con un grupo de contestatarios románticos entre los que se encuentran el poeta Antenor Orrego y el que sería fundador del movimiento populista APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre. Corre 1916: sus primeros poemas, líricos y láricos, se publican en periódicos de Bogotá (Colombia) y Guayaquil (Ecuador). Son veloces años de amores y lecturas, de contacto directo con gentes de la tierra, de recitar sus versos en espacios públicos, de recibir las primeras palabras de reconocimiento y elogio y también las primeras críticas ácidas y reseñas burlonas.

César Vallejo en su juventud.

A esas exteriorizaciones les acompaña, sin embargo, un rosario de pérdidas: la muerte de su queridísimo hermano Miguel, la ruptura amorosa con María Rosa Sandoval, la muerte de su madre María de los Santos. Esto hunde a Vallejo en una desesperación que sólo encuentra relativo cauce en sus escritos, en sus conferencias, en la vehemencia con que establece sus amistades, sus nuevos intereses culturales y políticos, su avidez desasosegante de investigaciones literarias.

Y se abre el paréntesis: 1918. Viaja a Lima donde conoce a José Carlos Mariátegui, lúcido revolucionario marxista que impulsa una lectura de la lucha de clases adaptada a la altura y dinámica de cada pueblo. Mariátegui dirige la revista Nuestra Época donde Vallejo colabora. En su célebre libro «Siete ensayos…», relevando el panorama de la escritura del Perú, Mariátegui señala la potencial capacidad poética de Vallejo. A su vez, nuestro poeta entrevista a varios intelectuales de su país y queda profundamente impresionado por el trato que recibe de Manuel González Prada, escritor orgánico anarquista. González Prada le transfiere no sólo un intenso afecto casi paternal sino que le empapa de su combatividad infatigable, su cualidad humanística de abrir brechas en la intolerancia y, lo quizá esencial para la inmediata obra de Vallejo, su repudio activo contra todo avasallamiento y todo despotismo colonial.

Firmado inicialmente con el nombre de César Perú, que luego modifica por el suyo propio, entrega los originales de «Los heraldos negros» a imprenta: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!» El libro aparecerá a mediados del año siguiente (por las naturales vicisitudes de todo libro autogestionado por su autor) pero con pie de imprenta de 1918. En el mundo, el pavoroso clima de guerra desatado en 1914 parecía amainar. Nuevos sueños humanos de paz duradera y existencias productivas titilaban en los horizontes.

Vallejo con miembros del Grupo Norte

Le daban duro con un palo y duro también con una soga

Pero el mundo y las relaciones entre los hombres no iban a cambiar como por arte de magia. Había que concretar el sueño antiguo de la humanidad. Pensamiento y acto serian indiscernibles.

La cultura de la agonía se ponía en tela de juicio. Ya no más dolor gratuito, penosa postergación, destino inmodificable. Ética y estética serían una sola y misma cosa. La vida sería bella porque el hombre la haría con sus manos.

Algunos interpretan los sucesos por los que Vallejo fue a parar a la cárcel de Trujillo y donde estuvo preso 112 días (entre los años 1920/1921) como la consecuencia de la represión policial a una algarada estudiantil. Para Vallejo, ese encarcelamiento resulta una situación disparadora que le moviliza profundamente. ¿Cuánto debe el «hermetismo» de «Trilce», su poemario gestado en su totalidad entonces y publicado en 1922, a esta situación depravante y persecutoria? ¿La radicalidad experimentadora de esa poesía y su ímpetu hacia la ruptura de una lógica de las estructuras literarias vigentes, del académico poder seductor y sojuzgador de una lengua consagrada, cuánto no tendrán que ver con el resultado subversivo del poemario? Un poeta no sufre sólo como un hombre. Sufre como si fuera un conjunto innumerable de hombres. «Trilce» podría ser efecto de esta perceptividad exquisita de Vallejo aherrojado antes que un objeto lingüístico puesto a destrozar exóticamente la formalidad vigente.

Cuando corren rumores, después de su salida de la cárcel bajo libertad condicional, de que su juicio sería reabierto, Vallejo embarca hacia Europa. No regresaría jamás a su Perú natal.

El mundo está convulsionado. Hitler es un embrión amenazante sobre las ruinas de una Alemania devastada e inflacionaria. Marchan los fascistas sobre Roma. Stalin es Secretario General del PC soviético. Comienzan las purgas. Los artistas, como hombres que son, rechazan el viejo orden estético: Dadá rompe todo lo que encuentra como engañoso a su paso y los futuristas celebran con loas la implacable evolución industrial de la posguerra. Hay un sujeto desconocido más allá de la razón fracasada, de la lógica científica, del diseño de estado y la ilusión creada. Esa es la Europa crispada a la que arriba César Vallejo.

Entre Francia y España pasará sus agitados años de poeta pobrísimo. Entre París y Madrid, esencialmente. Presencia el surgir de la generación poética del 27 bajo la dictadura de Primo de Rivera. Vive con emoción el nacimiento de la República Española en 1931. Milita, activa, escribe y polemiza en la dramática tensión que crece como amenaza polarizante. Se identifica con el hombre del pueblo, con los sin-nada, con los don-nadie. Elige al antihéroe clasista contra el superhombre racial teutónico o romano. Y en un lenguaje inaugural que pone en movimiento desconocidas fuerzas del idioma, César Vallejo desde su posición intrascendente y casi desconocida (sólo Juan Larrea, José Bergamin y Gerardo Diego auscultaron con respetuosa admiración su grandeza poética en España) da testimonio de un hombre desnaturalizado por la marginación, silenciado por la censura sistemática, postergado y mal interpretado en su sueño humano.

El resto que viene nos obliga a tender un fresco manto de comprensión sobre tanta sensibilidad apaleada y ensogada: míseras colaboraciones periodísticas, pensiones parisinas cada vez más modestas en compañía de su mujer Georgette, viajes reveladores como cronista sin salario a la URSS, hospitales y salud precaria y hambre de comida real. Escribe en defensa de la causa republicana española mientras vaticina el inevitable fratricidio de la Guerra Civil. Y como a España, también a él se le abren antiguas llagas, fiebres y temblores. Agotado, extremadamente consumido por una vida feroz, muere el 15 de abril de 1938 en París. Sus «Poemas humanos» que compilan sus textos de esta última etapa aparecen como homenaje póstumo en julio de 1939. Se cerró así el otro paréntesis de hierro que aherrojó su vida. En medio queda la desesperante vitalidad actual de un poético y emocionante y transformador.

Reseña realizada por el poeta Poni Micharvegas

1938: «CESAR VALLEJO HA MUERTO»
publicado en la revista “Las 2001 Noches” nº14

Como él mismo lo dijo, por anticipado, en un poema tan legítimamente memorable como visionario: “Piedra negra sobre una piedra blanca”, falleció en París pero sin aguacero, y no un jueves sino un viernes santo. A las 9 y 20 horas del 15 de abril de 2019 se cumplieron ochenta y uno años de su muerte. Y sin embargo, cuánta vida nos ha seguido dando.
Mi descubrimiento personal, hondo e íntimo, de César Vallejo (1892-1938), fue para mí un acontecimiento extraordinario. No sólo porque me ocurrió en plena adolescencia —alrededor de los quince años— sino también porque, no disponiendo en aquel entonces de ningún antecedente intelectual, literario o académico de ningún tipo, mi primera percepción de su enorme, profundísima poesía fue absolutamente inocente, sin posibilidad concreta de prevención o preconcepto alguno. Y también aislada, individual, como lo son todos los grandes descubrimientos primigenios. (¿Está de más reiterar aquí que algo muy similar me aconteció, casi contemporáneamente, con Roberto Arlt?).

César Vallejo en París.

Durante mucho tiempo intuí, sin haber reflexionado sobre el punto, que esa revelación conmocionante se debía a un fulmíneo contacto con la evidencia —en el sentido de Husserl: vivencia de la verdad— en que su uso de la palabra convertía a un poema. Había allí algo encarnado en lenguaje que iba más allá del lenguaje, humanísimo lenguaje humano. Y el sentimiento, bien de fondo, se contagiaba sin posibilidad alguna de retórica, latente en su palabra, viva. Que ello se diera entrañablemente vinculado con dos acontecimientos que también se me volvieron legendarios, siquiera en forma infusa, es decir, la guerra civil española, la lucha de aquellos milicianos, los voluntarios republicanos contra la agresión fascista, vivida como una personal mitología, y el hecho de que en su sangre se mezclaran —todavía de manera inconsciente para mí— lo español y lo indígena, no dejaba de incluirse oscuramente en aquel impacto original.

De tal impronta nace acaso que, todavía hoy, me resulte a veces casi doloroso releer a Vallejo. Como si ese contacto desollado, visceral con una verdad insoslayable, con una hominidad ineludible que resulta entre otras cosas su poesía, no haya dejado nunca, así sea de modo irracional, de aludirme muy personalmente. Con los años, por supuesto, otros ingredientes se fueron añadiendo, y de eso me siento obligado a hablar ahora. Junto con aquella adolescencia fueron creciendo también las búsquedas de la propia identidad. Ser argentino, y por lo tanto latinoamericano, como lo soy por nacimiento, no dejó nunca de enhebrarse con mi condición de hijo de inmigrantes, lo que me unía por mi sangre también con otros mundos. Que, como bien dijo Paul Éluard, «están en éste».
Y fue hace ya varios años, en ocasión de una amplia muestra itinerante organizada por el gobierno autonómico gallego, bajo el significativo título de Galicia en América, que otros elementos se agregaron a esta pequeña historia. Allí confirmé algo que sólo había atisbado antes como leyenda y que, como toda leyenda, no había alcanzado nunca la suficiente precisión. La madre de César Vallejo se llamó María de los Santos Mendoza Gurrionero («de pecho en pecho hacia la madre unánime»), y era hija del sacerdote gallego Joaquín de Mendoza y la india chimú Natividad Gurrionero. Pero no sólo eso. También su padre, Francisco de Paula Vallejo Benites («Mi padre, apenas, /en la mañana pajarina, pone / sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear»), no sólo era hijo de otro sacerdote gallego, José Rufo Vallejo, sino que su propia madre también era otra india chimú, Justa Benites.

Y aunque uno intente resistirse, no hay casi modo de evitarlo. César Vallejo nació en 1892 en una Compostela indoamericana, la peruanísima Santiago de Chuco. Y en su sangre conviven, se confunden, se unifican, por obra del amor o de la pasión que van más allá de toda inhibición, pero no de toda culpa, la morriña insoslayable del gallego trasplantado con la melancolía indeleble del indio sometido. Y los entresijos de la mitología católico-cristiana, ineludiblemente entrelazados con verdaderas, auténticas historias de amor, junto con todo lo que arrastra haber nacido de sangre indígena en el mismísimo meollo del Perú de los Incas.

¿Es posible olvidar, hablando de estos temas, la insoslayable significación que tiene el hecho de que la paradigmática Rosalía de Castro, símbolo vivo pero también históricamente la iniciadora —con la aparición de sus Cantares gallegos— del resurgimiento cultural del idioma (y con él del pueblo) de Galicia, haya sido también hija natural de un sacerdote? Ese desacomodo existencial, social, incluso cultural, con sus impensadas perspectivas, ese pecado original —a la vez seductor y repelente, pero de cualquier manera marca de los dioses— ¿puede no ser vincular, fundamental, inquietante? Y así se lo intente mantener oculto porque, dentro de uno, nada puede volverse más manifiesto que lo latente.

¿De dónde sale si no la «Dulce hebrea» de Los heraldos negros (1918) a la cual se le pide «Desclávame mis clavos oh nueva madre mía!», de dónde la amada que se ha «crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso»? ¿O, incluso, «un viernesanto más dulce que ese beso»? Por supuesto que del lenguaje. (Pero no sólo del lenguaje.) De donde surgió también ese magnífico Trilce que, desde Trujillo, en 1922, agota de antemano muchas de las futuras experiencias de las vanguardias europeas. O aquel que a mí me parece el libro más hondo y tocante —y logrado— que haya producido la guerra civil: “España, aparta de mí este cáliz”, mucho más que póstumo, y no por casualidad escrito por un hijo de América («¡Niños del mundo, está / la madre España con su vientre a cuestas!»). Y alrededor del cual la misma agonía del poeta, casi encarnada en la lumbre del mito, vueltos uno solo destino personal y momento histórico, se vuelve asimismo luminosa evidencia, verbo vivo. (Según otro poeta, su amigo Juan Larrea, las últimas palabras de Vallejo fueron: «Me voy a España». Refiriéndose, por supuesto, a la España republicana, que estaba desangrándose también —al mismo tiempo— en su agonía final.)

¿De dónde salen, digo? De la lengua humana, empapada de vida y también fuente de vida, vida ella misma, instintiva y orgánica, cargada de los humus nutricios de la pequeña historia y de la gran historia, pero también de los instintos y los sueños, de las ansiedades y los deseos de los hombres.

De un hombre capaz de ser, a la vez, él mismo y todo lo humano, lo más humano de lo humano, de ser único y general, al mismo tiempo, entre todos los hombres, junto a todos los hombres.

La de César Vallejo no es una voz unánime, sino prójima, íntimamente próxima. (Qué otro, sino un gran poeta como él, podía habernos dejado por ejemplo esa sucinta clase —magistral— de economía política: «la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre… »).

Me enorgullezco limpiamente de saber que el primer hombre que me hizo descubrirme latinoamericano llevó en sus venas la sangre de mis antepasados campesinos, y también la noble sangre de los primeros hijos de la América primera, la aborigen, la indígena. Como la lengua, como la vida, toda sangre es espléndidamente mestiza. Sólo la muerte es pura.

Reseña realizada por el poeta Rodolfo Alonso

POEMAS

LOS HERALDOS NEGROS


Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA


Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París ?y no me corro?
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ

Niños del mundo,
si cae España ?digo, es un decir?
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae ?digo, es un decir? si cae
España, de la tierra para abajo,
niños ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
en su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera, aquella de la trenza;
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae ?digo, es un decir?,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!..

TRILCE


Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ¿Está? No; su hermana.

No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA…

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador ?cosa terrible?
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.


EL POETA A SU AMADA

Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

Y SI DESPUÉS DE TANTAS PALABRAS…


¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!

¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da…!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena…
Entonces… ¡Claro!… Entonces… ¡ni palabra!

PARÍS, OCTUBRE 1936


De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

ESPERGESIA

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico… y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
lucidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben… Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda…
Y no saben que el misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

NERVAZÓN DE ANGUSTIA


Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla;
desclava mi tensión nerviosa y mi dolor…
Desclava, amada eterna, mi largo afán y los
dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor!

Regreso del desierto donde he caído mucho;
retira la cicuta y obséquiame tus vinos:
espanta con un llanto de amor a mis sicarios,
cuyos gestos son férreas cegueras de Longinos!

Desclávame mis clavos ¡oh nueva madre mía!
¡Sinfonía de olivos, escancia tu llorar!
Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta,
cuál cede la amenaza, y la alondra se va!

Pasas… vuelves… Tus lutos trenzan mi gran cilicio
con gotas de curare, filos de humanidad,
la dignidad roquera que hay en tu castidad,
y el judithesco azogue de tu miel interior.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que se fue… Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática
un dionisíaco hastío de café…!

MASA


Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

¡ANDE DESNUDO, EN PELO, EL MILLONARIO!


¡Ande desnudo, en pelo, el millonario!
¡Desgracia al que edifica con tesoros su lecho de muerte!
¡Un mundo al que saluda;
un sillón al que siembra en el cielo;
llanto al que da término a lo que hace, guardando los comienzos;
ande el de las espuelas;
poco dure muralla en que no crezca otra muralla;
dése al mísero toda su miseria,
pan, al que ríe;
hagan perder los triunfos y morir los médicos;
haya leche en la sangre;
añádase una vela al sol,
ochocientos al veinte;
pase la eternidad bajo los puentes!
¡Desdén al que viste,
corónense los pies de manos, quepan en su tamaño;
siéntese mi persona junto a mí!
¡Llorar al haber cabido en aquel vientre,
bendición al que mira aire en el aire,
muchos años de clavo al martillazo;
desnúdese el desnudo,
vístase de pantalón la capa,
fulja el cobre a expensas de sus láminas,
majestad al que cae de la arcillla al universo,
lloren las bocas, giman las miradas,
impídase al acero perdurar,
hilo a los horizontes portátiles,
doce ciudades al sendero de piedra,
una esfera al que juega con su sombra;
un día hecho de una hora, a los esposos;
una madre al arado en loor al suelo,
séllense con dos sellos a los líquidos,
pase lista el bocado,
sean los descendientes,
sea la codorniz,
sea la carrera del álamo y del árbol;
venzan, al contrario del círculo, el mar a su hijo
y a la cana el lloro;
dejad los áspides, señores hombres,
surcad la llama con los siete leños,
vivid,
elévese la altura,
baje el hondor más hondo,
conduzca la onda su impulsión andando,
tenga éxito la tregua de la bóveda!
¡Muramos;
lavad vuestro esqueleto cada día;
no me hagáis caso,
una ave coja al déspota y a su alma;
una mancha espantosa, al que va solo;
gorriones al astrónomo, al gorrión, al aviador!
¡Lloved, solead,
vigilad a Júpiter, al ladrón de ídolos de oro,
copiad vuestra letra en tres cuadernos,
aprended de los cónyuges cuando hablan, y
de los solitarios, cuando callan;
dad de comer a los novios,
dad de beber al diablo en vuestras manos,
luchad por la justicia con la nuca,
igualaos,
cúmplase el roble,
cúmplase el leopardo entre dos robles,
seamos,
estemos,
sentid cómo navega el agua en los océanos,
alimentaos,
concíbase el error, puesto que lloro,
acéptese, en tanto suban por el risco, las cabras y sus crías;
desacostumbrad a Dios a ser un hombre,
creced… !
Me llaman. Vuelvo.

19Nov1937

CARMEN SALAMANCA


Nace en Madrid en 1962, un 28 de febrero.
En 1988 entra en contacto con la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero, esta experiencia la marcó de forma decisiva, puesto que le mostró una dimensión absolutamente desconocida del psiquismo y, a la vez, suficientemente compleja como para cautivar su interés. Ese mismo año comenzó sus estudios en la Escuela. Tras un periodo prudencial, se integra en los talleres de poesía coordinados por el Director de la Institución, Miguel Oscar Menassa. Muchos años después, en un recital que ofreció en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, apadrinada por Leopoldo de Luis, Carmen diría, refiriéndose a ese hecho: «Nací por segunda vez cuando me enseñaron que podía escribir».

Carmen Salamanca junto al poeta Miguel Oscar Menassa en la sede Grupo Cero.


Tuvo oportunidad de repensar su realidad, llegando a la conclusión de que quería trabajar junto a su maestro, en la redacción de la revista El Indio del Jarama, que recién salía. Así que, directamente, se propuso para el puesto. «La revista no puede pagar una secretaria, pero yo sí» fue la respuesta de Menassa. Desde ese momento, el aprendizaje fue incesante.

Publica su primer libro, Entre palabras, en 1995. Antes de su primera presentación y consiguiente lectura, el coordinador sólo le dio un consejo: «Tienes que leer con pasión, porque eso es lo que se transmite, eso es lo que va a hacer que la gente te escuche». Ese mismo año comienza a coordinar talleres de escritura. Desde entonces, hace 21 años, prácticamente todos los integrantes de sus talleres han publicado sus poemas, en libros colectivos o individuales. De esos talleres también han salido revistas periódicas en las que se publica la producción semanal del grupo. Mencionaremos «Artistas del vértigo», la más antigua (nació en junio de 1996) y también la más longeva, puesto que se sigue publicando en internet. Esta revista llegó a tener un suplemento dedicado a prosas que se llamó «Circulen». Otra revista producto de los talleres es El Lotocardio, que surgió en mayo de 1998, manteniéndose tres años con regularidad. En 1999 publica su segundo libro, Noches de piel, prologado por Leopoldo de Luis, donde afirma: «Hay una queja existencial al fondo de la poesía de Carmen Salamanca, o quizás haya un desencanto. Sin embargo, no es poesía de renuncia, sino de esfuerzo indeclinable.» En 2002 El revés del pájaro, su tercer libro. Ese mismo año recibe el Premio a la mujer trabajadora, que otorgaba la Asociación Pablo Menassa de Lucía. En 2004 El ojo de cristal, Primer premio de poesía (ex aequo) de la Asociación Pablo Menassa de Lucía, junto con la poeta María Chévez.

Carmen Salamanca junto al poeta Leopoldo de Luis.

13 enero 2005: Participa en el recital «Cinco mujeres en el mundo», en Casa de América, en Madrid. En 2007 publica Equilibrio inestable, dedicado «A todos los equilibristas de la vida». En 2009 y 2011 organiza y participa en «La Noche en blanco», en la sede de Grupo Cero, en Madrid. Es precisamente en 2011, cuando entra en contacto con el Círculo Poético Orensano, en cuyo encuentro internacional de poesía participa desde 2012, en todas las convocatorias. Desde junio de 2011 dirige la revista de poesía «Las 2001 Noches» (enero 1997) En 2012 publica Cielos olvidados, y en 2015, Al margen de los días, su séptimo libro de poesía. Desde su lugar como Gerente de la Editorial Grupo Cero, organiza la Feria del libro de Madrid, del parque del Retiro, que se celebra todos los años. En 2016 se cumplirán 40 años de participación en este evento. Ha realizado recitales poéticos en Candilejas, Diablos azules, y en la propia sede de Grupo Cero. Sus poesías han sido publicadas en revistas nacionales e internacionales, tanto en papel como en paginas web: Poemanía. También ha publicado, con otros autores, en Objeto y castración en psicoanálisis, Grupo Cero Talleres de poesía I, La mujer del siglo XXI y en Actas de los Congresos Internacionales.

En la caseta de la Editorial Grupo Cero de la feria del libro de Madrid.

POEMAS

SOY UN POLICÍA ARREPENTIDO


Nada sabía y, sin embargo,
había llegado al punto
en que los recuerdos
escapaban de mi voz.

Giraba la vida
a la derecha de mi corazón
mientras la voz insistía:
¿Se arrepiente? ¡Confiese!

Algo confundido
por aquel desatino atroz,
rebusqué entre la piel
alguna muestra de cordura.

Ningún rostro ni frases
ni ecos desafiante la tormenta.
Sólo círculos y torbellinos,
agujeros al costado de los días.

Y ese graznido amenazante:
¡Dígalo de una vez!
¡Arrepiéntase! Sólo el perdón
aliviara su alma.

El mundo se resquebrajaba,
el cielo ardía por momentos,
mi cuerpo disminuía,
devorado entre las sábanas.

Cuando abrí los ojos,
escuché otra vez, mi propia voz,
repitiendo como en letanía:
Soy un policía arrepentido.

DESPUÉS


Después, maldeciremos todos los cauces
enredados, atravesados de por vida
en silencio, por una traición a quemarropa.

Arrancaremos de la piel incandescente
sonrisas, dulces sonrisas derretidas
en el hedor, profundo, del olvido.

Bienaventurados profanadores de tumbas,
revulsivo aliento para este siglo,
daremos los pasos necesarios,
ninguna explicación.

PUNTOS AZULES


Caen duros puntos azules sobre el mar.

Otros, perdidos en el centro de la razón
cabecean boquiabiertos en la arena.

Desiertos perdidos y reencontrados,
almas despedazadas de transferencia
piden de mí, otra mentira más.

Contradigo las páginas de la historia:
toda paz no sirve para todos.

Hierve la sangre en oscuros callejones
y algún séquito infernal inmola,
definitivamente, mi cuerpo en las alturas.

A ROSALÍA DE CASTRO


¡Hay arte! ¡Hay poesía…! Debe haber cielo. ¡Hay Dios!
Rosalía de Castro

Pequeña, atolondrada voz solitaria,
observo tu frágil contorno,
fugitivo sombra entre fantasmas,
tus pasos apenas rozando el aire.

Pequeña, te veo, hierro y mujer,
pálpito de amor desterrado, te miro
hoy, yo, casi mujer,
                               y estoy contigo.

¡No abandonaremos la luz,
-me gritan tus versos-
venceremos al tiempo y sus miserias!
Dos mujeres sin rostro, una sola voz:
tú, fuiste Ella,
yo, renazco en tus palabras.

Juego a disfrazarme de ti,
colgarme en tu mirada felina,
navegar la agitada tormenta de tu alma.

Pequeña, acodada en el regazo de la nada,
son tus dudas aliento para mis manos,
sólida razón de mi esperanza.

Ah, Rosalía, pequeña
como la sed inmóvil del ahogado,
ondeas tercamente mi terror embalsamado,
raíz de lo que no creció nunca.

Hoy,
enganchada en el otro extremo de tu historia,
tiempo de fantasías digitales,
anónimas semblanzas sin destino,
hoy, escapo contigo al paraíso
porque Dios se inventa en cada verso,
en cada resquicio de amor.

EL PRONOMBRE NOSOTROS


Siempre tuve miedo a la guerra,
“Sólo por eso estás a mi lado”
dijiste, mientras la muerte
paseaba su triunfo entre los escombros.

El tiempo se detuvo en mis ojos.
Legiones de hombres enloquecidos
repetían, una vez más, la historia:
“Nosotros tenemos la verdad,
gritaban, nuestro dios es justo.”

Y construían enemigos a medida
en diabólicas conjuras sobre papel:
famélicos esclavos del dolor
con el odio tatuado en los huesos,
desterrados de su propio infierno.
Miradas congeladas por la sorpresa
gritos ahogados en la carne
y el terror invadiendo la memoria.

“Por eso estás a mi lado”
escuché y, mientras recuperaba aliento,
tus palabras tomaban posiciones.

Sustantivos de todas las razas
entrenados a fondo en la metáfora
acordaban la estrategia.
Batallones de verbos en infinitivo
definían movimientos, calculaban
tiempo y modo, siempre en plural.
Preposiciones en alerta máxima,
adverbios de emergencia en retaguardia,
tecnología punta en adjetivos
y conjunciones copulativas
por si fuera necesario el amor.

En logística,
frases, oraciones y párrafos
abastecían de puntuación
y sostenían las comunicaciones
en la ondulada rede del sonido.

Al mando, la máxima autoridad,
el pronombre Nosotros,
cerebro y corazón
de aquel ejército intangible.

Su voz diluyó mi ceguera:
“Carmen, a su puesto”.

Cambié de aliados,
abandoné el miedo a la guerra
y, desde entonces,
camino a tu lado.

EL BARCO


Al cumplir 53 años

Sin rumbo previo ni balizas conocidas,
peligrosamente escorada hacia el futuro,
llegué a ese puerto inusitado.

Debo decir que nunca abandoné el navío,
que abarloé mi destino a tus palabras
para no abarrancar en el desierto
de la ingratitud humana.

¡Al abordaje! – me gritaban tus ojos-
los abrojos amenazan el casco,
la bruma empaña todo recuerdo
y, en el acantilado, la pasión agoniza.

Por la borda arrojé el odio y la usura,
el lastre de aguerridas sentencias
que harían cabecear mi impulso.

Era necesario mirar a proa,
vigilar la popa, no descuidar
cabos ni bridas cuando la marea se encabrita
y capear el temporal a tiempo.

Hubo que carenar la memoria,
usar el compás y poblar las cartas
para que otros habitaran la cubierta.

No hay deriva sin derrota
ni abismo sin destino – decías-
a babor y estribor la felicidad te espera,
porque a bordo la galerna nunca espanta.

Agarré el timón, levé el ancla,
icé la mayor y, equilibrando la mesana,
solté amarras para volar,
a todo trapo, hasta este preciso instante.

Tú rompiste el sextante,
y yo mantendré la quilla firme
para arribar al paraíso con el que soñamos.

UNA MUJER INOLVIDABLE


Creíste haber nacido de la nada,
empecinada en retorcer orígenes
bajo el entramado de tu nombre.

El mañana carecía de prestigio
mientras tus manos adolecían
de hastío y desamor acumulado.

Nada requería tu presencia y,
sin embargo, abarrotadas instantes
y toda conciencia desaparecía.

Fuiste un ejemplar excepcional
en los límites de lo humano:
una mujer inolvidable.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

2. Poesía más Poesía: Vicente Aleixandre y Cruz González.

VICENTE ALEIXANDRE

BIOGRAFÍA


Vicente Aleixandre, poeta de la generación del 27, considerado uno de los grandes poetas españoles del siglo XX.
En una oportunidad dijo: “El poeta es el hombre. Y todo intento de separar el poema del hombre ha resultado siempre fallido. Por eso sentimos tantas veces como que tentamos a través de la poesía del poeta algo de la carne mortal del hombre. Y espiamos, aún sin quererlo, aún sin pensar en ello, el latido humano que lo ha hecho posible, en este poder de comunicación está el secreto de la poesía que, cada vez estamos más seguros de ello, no consiste tanto en ofrecer belleza cuanto en alcanzar propagación, comunicación profunda del alma de los hombres” (Aleixandre)
Esta cita de Vicente Aleixandre, nos puede esclarecer la comprensión de su obra, por lo significativo que resulta y por venir de un poeta que nace en el ambiente literario donde fue posible el famoso diagnóstico orteguiano de “la deshumanización del arte”.
En el clima de los ismos pujantes por los primeros años 20, una poesía intelectualizada aspiraba, a la pureza, mediante una suerte de abstracción.
Pronto esto va a cambiar y también el panorama de la época. En un lapso brevísimo, la generación del 27 experimentó distintas y en cierto modo contradictorias aventuras poéticas, y la irrupción del surrealismo, fue ya un amplio cauce de rehumanización y de talante apasionado.
El verdadero surrealismo va a pasar de un hermetismo poco accesible, a una clarificación de sus delirios imaginativos, a lo que no es ajena, y a la penetración en la nueva estética. Todos estos procesos que son la historia misma de la poesía contemporánea española, van a manifestarse en la importante y amplia obra aleixandrina.
El poeta, pues es también el hombre, como decíamos al principio, y el hombre Vicente Aleixandre, español de Sevilla, nace en la primavera trágica de 1898, el 26 de Abril, cuando la escuadra del almirante Cervera zarpaba rumbo al Caribe, donde naufragaría la última astilla del viejo imperio, dando paso a un período de crisis nacional, con larga repercusión en el pensamiento y en la literatura.
Hijo de un ingeniero de ferrocarril, pertenecía a una familia de la burguesía media acomodada. Cuando tenía dos años su familia se traslada a Málaga donde transcurrió su infancia. Fueron nueve años donde como cera maleable el paisaje dejó grabada su luminosa sensación de belleza, el Mediterráneo, su resonancia. Fue allí también,en Málaga donde tuvo el primer contacto con lo que sería un camarada, otro futuro poeta de la generación: Emilio Prados, condiscípulo de las primeras clases.
Cuatro décadas después, esas impresiones aflorarán muy vívidamente en el espacio cósmico de uno de sus libros capitales: Sombra del Paraíso.
De este libro vamos a leer Ciudad del paraíso, que alude a Málaga.

CIUDAD DEL PARAÍSO

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
mecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la luna eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Píe desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

Vicente Aleixandre, Luis Cernuda y Federico García Lorca.

En la 1909 la familia se instala en Madrid, ciudad donde el futuro poeta cursará el bachillerato y la universidad. Vicente Aleixandre estudió Derecho y Comercio. Fue profesor de derecho de la Escuela de Madrid durante unos años, especializándose en derecho mercantil.
A los 18 años descubrió la poesía como “una profunda verdad comunicada” que le inicia en el goce y misterio de la poesía y que lo aleja de la concepción que le había sido transmitida en sus años escolares, de la poesía como un conjunto de rimas. A partir de entonces, se relaciona con otros jóvenes de su generación que sentían como él inquietudes literarias.
Es cuando estudiaba Derecho e Intendencia Mercantil- carreras en las que se graduó en 1919-, donde inicia su amistad con Dámaso Alonso, al que conoce en Las Navas del Marqués, lugar donde veraneaba, amistad que puede considerarse el primer paso para su entrada al mundo de la creación poética.
Tras aquellos diálogos amistosos, Aleixandre descubre una vocación ya definitiva. Inicia de este modo una profunda pasión por la poesía. Dámaso Alonso le aconseja leer al romántico Gustavo Adolfo Bécquer y le descubre el nuevo mundo y la expresión estética del modernista Rubén Darío, como así también a otros poetas como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y a los simbolistas franceses. A partir de ese momento nace en Aleixandre la necesidad de escribir poesía.

NACIMIENTO DEL AMOR

¿Cómo nació el amor? Fue ya en otoño.
Maduro el mundo, no te aguardaba ya.
Llegaste alegre, ligeramente rubia, resbalando en lo blando
del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
me pareciste aún, sonriente, vívida,
frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,
sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,
que llegabas sobre el azul, sin beso,
pero con dientes claros, con impaciente amor.
Te miré. La tristeza
se encogía a lo lejos, llena de paños largos,
como un poniente graso que sus ondas retira.
Casi una lluvia fina —¡el cielo, azul! — mojaba
tu frente nueva. ¡Amante, amante era el destino
de la luz! Tan dorada te miré que los soles
apenas se atrevían a insistir, a encenderse
por ti, de ti, a darte siempre
su pasión luminosa, ronda tierna
de soles que giraban en tomo a ti, astro dulce,
en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso,
que empapa luces húmedas, finales, de la tarde,
y vierte, todavía matinal, sus auroras.
Eras tú amor, destino, final amor luciente,
nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.
Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,
alma solo? ¡Ah, tu carne traslúcida
besaba como dos alas tibias,
como el aire que mueve un pecho respirando,
y sentí tus palabras, tu perfume,
y en el alma profunda, clarividente
diste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz,
sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.
En mi alma nacía el día.
Brillandoestaba de ti; tu alma en mi estaba.
Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.
Mis sentidos dieron su dorada verdad. Sentí a los pájaros
en mi frente piar, ensordeciendo
mi corazón. Miré por dentro
los ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,
y un vuelo de plumajes de color, de encendidos presentes me embriagó,
mientras todo mi ser a un mediodía, raudo, loco, creciente
se incendiaba mi sangre ruidosa,
se despeñaba en gozos de amor, de luz, de plenitud, de espuma.

De izquierda a derecha, Pedro Sainz Rodríguez, Don Juan, Beltrán Alburquerque, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Luis María Anson, en la casa del poeta

DESTINO TRÁGICO

Confundes ese mar silencioso que adoro
con la espuma instantánea del viento entre los árboles.
Pero el mar es distinto.
No es viento, no es su imagen.
No es el resplandor de un beso pasajero,
ni es siquiera el gemido de unas alas brillantes.
No confundáis sus plumas, sus alisadas plumas,
con el torso de una paloma.
No penséis en el pujante acero del águila.
Por el cielo las garras poderosas detienen el sol.
Las águilas oprimen a la noche que nace,
la estrujan -todo un río de último resplandor va a los mares-
y la arrojan remota, despedida, apagada,
allí donde el sol de mañana duerme niño sin vida.
Pero el mar, no. No es piedra,
esa esmeralda que todos amasteis en las tardes sedientas.
No es piedra rutilante toda labios tendiéndose,
aunque el calor tropical haga a la playa latir,
sintiendo el rumoroso corazón que la invade.
Muchas veces pensasteis en el bosque.
Duros mástiles altos,
árboles infinitos
bajo las ondas adivinasteis poblados de unos pájaros de
espumosa blancura.
Visteis los vientos verdes
inspirados moverlos,
y escuchasteis los trinos de unas gargantas dulces:
ruiseñor de los mares, noche tenue sin luna,
fulgor bajo las ondas donde pechos heridos
cantan tibios en ramos de coral con perfume.
Ah, sí, yo sé lo que adorasteis.
Vosotros pensativos en la orilla,
con vuestra mejilla en la mano aún mojada,
mirasteis esas ondas, mientras acaso pensabais en un cuerpo:
un solo cuerpo dulce de un animal tranquilo.
Tendisteis vuestra mano y aplicasteis su calor
a la tibia tersura de una piel aplacada.
¡Oh suave tigre a vuestros pies dormido!
Sus dientes blancos visibles en las fauces doradas,
brillaban ahora en paz. Sus ojos amarillos,
minúsculas guijas casi de nácar al poniente,
cerrados, eran todo silencio ya marino.
Y el cuerpo derramado, veteado sabiamente de una onda poderosa,
era bulto entregado, caliente, dulce solo.
Pero de pronto os levantasteis.
Habíais sentido las alas oscuras,
envío mágico del fondo que llama a los corazones.
Mirasteis fijamente el empezado rumor de los abismos.
¿Qué formas contemplasteis? ¿Qué signos, inviolados,
qué precisas palabras que la espuma decía,
dulce saliva de unos labios secretos
que se entreabren, invocan, someten, arrebatan?
El mensaje decía…
Yo os vi agitar los brazos. Un viento huracanado
movió vuestros vestidos iluminados por el poniente trágico.
Vi vuestra cabellera alzarse traspasada de luces,
y desde lo alto de una roca instantánea
presencié vuestro cuerpo hendir los aires
y caer espumante en los senos del agua;
vi dos brazos largos surtir de la negra presencia
y vi vuestra blancura, oí el último grito,
cubierto rápidamente por los trinos alegres de los ruiseñores del fondo.

SE QUERÍAN

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

En 1922 conoció a Rafael Alberti en el Ateneo de Madrid, época en la que su salud empieza a empeorar. En 1925 se le declara una nefritis tuberculosa, que termina con la extirpación de un riñón, operación realizada en 1932.
Desde esa época, reside en la casa de Velingtonia, tan conocida por los poetas de dentro y fuera de España, donde ha escrito casi todos sus libros. Ese número 3 de la calle Velingtonia, que cuando la habitó el poeta por primera vez era una isla en las afueras madrileñas de los altos de la Moncloa, ha venido siendo, durante medio siglo, una suerte de estación de seguimiento de las naves espaciales de la poesía. Lugar de frecuentes reuniones del famosos grupo generacional, Lorca, Cernuda, Alberti, Altoaguirre, Diego, Dámaso Alonso…
En esta casa victima también de la destrucción bélica, reconstruida en 1941, las generaciones de postguerra hallaron entre sus paredes un generosos y ejemplar magisterio.

DESTINO DE LA CARNE

No, no es eso. No miro
del otro lado del horizonte un cielo.
No contemplo unos ojos tranquilos, poderosos,
que aquietan a las aguas feroces que aquí braman.
No miro esa cascada de luces que descienden
de una boca hasta un pecho, hasta unas manos blandas,
finitas, que a este mundo contienen, atesoran.

Por todas partes veo cuerpos desnudos, fieles
al cansancio del mundo. Carne fugaz que acaso
nació para ser chispa de luz, para abrasarse
de amor y ser la nada sin memoria, la hermosa redondez de la luz.
Y que aquí está, aquí está, marchitamente eterna,
sucesiva, constante, siempre, siempre cansada.
Es inútil que un viento remoto, con forma vegetal, o una lengua,
lama despacio y largo su volumen, lo afile,
lo pula, lo acaricie, lo exalte.
Cuerpos humanos, rocas cansadas, grises bultos
que a la orilla del mar conciencia siempre
tenéis de que la vida no acaba, no, heredándose.
Cuerpos que mañana repetidos, infinitos, rodáis
como una espuma lenta, desengañada, siempre.
¡Siempre carne del hombre, sin luz! Siempre rodados
desde allá, de un océano sin origen que envía
ondas, ondas, espumas, cuerpos cansados, bordes
de un mar que no se acaba y que siempre jadea en sus orillas.
Todos, multiplicados, repetidos, sucesivos, amontonáis la carne,
la vida, sin esperanza, monótonamente iguales bajo los
cielos hoscos que impasibles se heredan.
Sobre ese mar de cuerpos que aquí vierten sin tregua, que aquí rompen
redondamente y quedan mortales en las playas,
no se ve, no, ese rápido esquife, ágil velero
que con quilla de acero, rasgue, sesgue,
abra sangre de luz y raudo escape
hacia el hondo horizonte, hacia el origen
último de la vida, al confín del océano eterno
que humanos desparrama
sus grises cuerpos.
Hacia la luz, hacia esa escala ascendente de brillos que
de un pecho benigno hacia una boca sube,
hacia unos ojos grandes, totales que contemplan,
hacia unas manos mudas, finitas, que aprisionan,
donde cansados siempre, vitales, aún nacemos.

MATERIA HUMANA

Y tú que en la noche oscura has abierto los ojos y te
has levantado.
Te has asomado a la ventana.
La ciudad en la noche. ¿Qué miras? todos van lejos.
Todos van cerca.
Todos muy juntos en la noche. Y todos y cada uno en su
ventana, única y múltiple.
Si tú mueves esa mano, la ciudad lo registra un
instante y vibra en las aguas.
Y si tú nombras y miras, todos saben que miras, y
esperan y la ciudad recibe la onda pura
de una materia.

Toda la ciudad común se ondea y la ciudad toda
es una materia:
una onda única en la que todos son, por la que todo es,
y en la que todos están; llegan, pulsan, se crean.
Onda de la materia pura en la que inmerso te hallas, que
por ti existe también y que desde lejísimos te ha
alcanzado.
Allí respira en la extensión total -¡ah, humanidad!-
con toda su dimensión profunda casi infinita.
Ah, qué inmenso cuerpo posees.
Toda esa materia que viene del fondo del existir,
que un momento se detiene en ti y sigue tras ti,
propagándote y heredándole y por la que tú
significadamente sucedes.
Todo es tu cuerpo inmenso, como el de aquél, como el
de ese otro, como el de aquella niña, como el de
aquella vieja,
como el de aquel guerrero que no se sabe, allá en el fondo
de las edades, y que está latiendo contigo.
Contigo el emperador y el soldado, el monje y el
anacoreta. Contigo
la cortesana pálida que acaba de ponerse su colerete en la
triste mejilla, ah, cuán gastada.
Allí en la infinitud de los siglos.
Pero aquí sonríe contigo, bracea en la onda de la materia
pura, y late en la virgen.
Como ese gobernante sereno que fríamente condena, allá
en la lejanísima noche, y respira ahora también en la boca
pura de un niño.
Todos confiados en la vibración sola que a todos suma,
o mejor, que a todos compone y salva, y hace y envía, y
allí
se pierde todavía íntegra hacia el futuro.
Oh, todo es presente.
Onda única en extensión que empieza en el tiempo, y
sigue y no tiene edad.
0 la tiene, sí, como el Hombre.

CUERPO DE AMOR

Volcado sobre ti,
volcado sobre tu imagen derramada bajo los altos
álamos inocentes,
tu desnudez se ofrece como un río escapando,
espuma dulce de tu cuerpo crujiente,
frío y fuego de amor que en mis brazos salpica.
Por eso, si acerco mi boca a tu corriente prodigiosa,
si miro tu azul soledad, donde un cielo aún me teme,
veo una nube que arrebata mis besos
y huye y clama mi nombre, y en mis brazos se esfuma.
Por eso, si beso tu pecho solitario,
si al poner mis labios tristísimos sobre tu piel incendiada
siento en la mejilla el labio dulce del poniente apagándose,
oigo una voz que gime, un corazón brillando,
un bulto hermoso que en mi boca palpita,
seno de amor, rotunda morbidez de la tarde.
Sobre tu piel palabras o besos cubren, ciegan,
apagan su rosado resplandor erguidísimo,
y allí mis labios oscuros celan, hacen, dan noche,
avaramente ardientes: ¡pecho hermoso de estrellas!
Tu vientre níveo no teme el frío de esos primeros vientos,
helados, duros como manos ingratas,
que rozan y estremecen esa tibia magnolia,
pálida luz que en la noche fulgura.
Déjame así, sobre tu cuerpo libre,
bajo la luz castísima de la luna intocada,
aposentar los rayos de otra luz que te besa,
boca de amor que crepita en las sombras
y recorre tu virgen revelación de espuma.
Apenas río, apenas labio, apenas seda azul eres tú, margen dulce,
que te entregas riendo, amarilla en la noche,
mientras mi sombra finge el claroscuro de plata
de unas hojas felices que en la brisa cantasen.
Abierta, penetrada de la noche,
el silenciode la tierra eres tú: ¡oh mía, como un mundo en los brazos!
No pronuncies mi nombre: brilla sólo en lo oscuro.
Y ámame, poseída de mí, cuerpo a cuerpo en la dicha,
beso puro que estela deja eterna en los aires.

Publica sus primeros poemas en la “ Revista de Occidente” y en 1927 participa en el homenaje a Góngora desde la páginas de la revista “Verso y Prosa, de Jorge Guillén. También publica su primer libro “Ámbito” y comienza a leer a Freud, implicándose en el surrealismo poético.
El homenaje a don Luis de Góngora
El homenaje a Góngora fue el motivo que atrajo hasta Sevilla a los “poetas de Madrid”, que no desaprovecharon la ocasión, contribuyendo así a la revalorización de la figura y obra del poeta cordobés, relegada por la crítica académica.
…Y a Sevilla llegaron desde Madrid Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti y Federico García Lorca. Eran los componentes, junto a Pedro Salinas y Vicente Aleixandre, que no viajaron a Sevilla, del núcleo de la Generación del 27, del que también formaba parte el sevillano Luis Cernuda, todavía residente en su ciudad natal y que participó en las veladas literarias como un componente más del Auditorio.

Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Vicente Aleixandre y Concha Lagos, en el jardín de Velintonia.

LA FRONTERA


Si miro tus ojos,
si acerco a tus ojos los míos,
¡oh, cómo leo en ellos retratado todo el pensamiento de mi soledad!
Ah, mi desconocida amante a quien día a día estrecho en los brazos.
Cuán delicadamente beso despacio, despacísimo,
secretamente en tu piel
la delicada frontera que de mí te separa.
Piel preciosa, tibia, presentemente dulce, invisiblemente cerrada
que tiene la contextura suave, el color, la entrega de la fina magnolia.
Su mismo perfume, que parece decir: “Tuya soy, heme entregada al ser que adoro
como una hoja leve, apenas resistente, toda aroma bajo sus labios frescos”.
Pero no. Yo la beso, a tu piel, finísima, sutil, casi irreal bajo el rozar de mi boca,
y te siento del otro lado, inasible, imposible, rehusada,
detrás de tu frontera preciosa, de tu mágica piel inviolable,
separada de mí por tu superficie delicada, por tu severa magnolia
cuerpo encerrado débilmente en perfume
que en lo que de distancia y que, envuelto rigurosamente,
como una diosa de mí te aparta, bajo mis labios mortales.
Déjame entonces con mi beso recorrer la secreta cárcel de mi vivir,
piel pálida y olorosa, carnalidad de flor, ramo o perfume,
suave carnación que delicadamente te niega,
mientras cierro los ojos, en la tarde extinguiéndose,
ebrio de tus aromas remotos, inalcanzables,
dueño de ese pétalo entero que tu esencia me niega.

El POETA CANTA POR TODOS


I
Allí están todos, y tú los estás mirando pasar.
¡Ah, sí, allí, cómo quisieras mezclarte y reconocerte!

El furioso torbellino dentro del corazón te enloquece.
Masa frenética de dolor, salpicada
contra aquellas mudas paredes interiores de carne.
Y entonces en un último esfuerzo te decides. Sí, pasan.
Todos están pasando. Hay niños, mujeres. Hombres serios.
Luto cierto, miradas.
Y una masa sola, un único ser, reconcentradamente desfila.
Y tú, con el corazón apretado, convulso de tu solitario
dolor, en un último esfuerzo te sumes.
Sí, al fin, ¡cómo te encuentras y hallas!
Allí serenamente en la ola te entregas. Quedamente derivas.
Y vas acunadamente empujado, como mecido, ablandado.
Y oyes un rumor denso, como un cántico ensordecido.
Son miles de corazones que hacen un único corazón que te lleva.

II

Un único corazón que te lleva.
Abdica de tu propio dolor. Distiende tu propio corazón contraído.
Un único corazón te recorre, un único latido sube a tus ojos,
poderosamente invade tu cuerpo, levanta tu pecho, te hace
agitar las manos cuando ahora avanzas.
Y si te yergues, si un instante levantas la voz,
yo sé bien lo que cantas.
Eso que desde todos los oscuros cuerpos casi infinitos se ha unido y relampagueado,
que a través de cuerpos y almas se liberta de pronto en tu grito,
es la voz de los que te llevan, la voz verdadera y alzada
donde tú puedes escucharte, donde tú, con asombro, te reconoces.
La voz que por tu garganta, desde todos los corazones esparcidos,
se alza limpiamente en el aire.

III

Y para todos los oídos. Sí. Mírales cómo te oyen.
Se están escuchando a sí mismos. Están escuchando una única voz que los canta.
Masa misma del canto, se mueven como una onda.
Y tú sumido, casi disuelto, como un nudo de su ser te conoces.
Suena la voz que los lleva. Se acuesta corno un camino.
Todas las plantas están pisándola.
Están pisándola hermosamente, están grabándola con su carne.
Y ella se despliega y ofrece, y toda la masa gravemente desfila.
Como una montaña sube. Es la senda de los que marchan.
Y asciende hasta el pico claro. Y el sol se abre sobre las frentes.
Y en la cumbre, con su grandeza, están todos ya cantando.
Y es tu voz la que les expresa. Tu voz colectiva y alzada.
Y un cielo de poderío, completamente existente,
hace ahora con majestad el eco entero del hombre.

En 1933 obtiene el Premio Nacional de Literatura por los poemas aún inéditos de “La destrucción o el amor”.

EL VALS

Eres hermosa como la piedra,
oh difunta;
oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave.
Esta orquesta que agita
mis cuidados como una negligencia,
como un elegante bendecir de buen tono,
ignora el vello de los pubis,
ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta.
Unas olas de afrecho,
un poco de serrín en los ojos,
o si acaso en las sienes,
o acaso adornando las cabelleras;
unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos;
unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos.
Todo lo que está suficientemente visto
no puede sorprender a nadie.
Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima,
disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente.
Y los caballeros abandonados de sus traseros
quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes.
Pero el vals ha llegado.
Es una playa sin ondas,
es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas o
de dentaduras postizas.
Es todo lo revuelto que arriba.
Pechos exuberantes en bandeja en los brazos,
dulces tartas caídas sobre los hombros llorosos,
una languidez que revierte,
un beso sorprendido en el instante que se hacía «cabello de ángel»,
un dulce «sí» de cristal pintado de verde.
Un polvillo de azúcar sobre las frentes
da una blancura cándida a las palabras limadas,
y las manos se acortan más redondeadas que nunca,
mientras fruncen los vestidos hechos de esparto querido.
Las cabezas son nubes, la música es una larga goma,
las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito
se ha convertido en los corazones en oleadas de sangre,
en un licor, si blanco, que sabe a memoria o a cita.
Adiós, adiós, esmeralda, amatista o misterio;
adiós, como una bola enorme ha llegado el instante,
el preciso momento de la desnudez cabeza abajo,
cuando los vellos van a pinchar los labios obscenos que saben.
Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla,
el momento en que los vestidos se convertirán en aves,
las ventanas en gritos,
las luces en ¡socorro!
y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas
se convertirá en una espina
que dispensará la muerte diciendo:
Yo os amo.

CANCIÓN A UNA MUCHACHA MUERTA


Dime, dime el secreto de tu corazón virgen,
dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,
quiero saber por qué ahora eres un agua,
esas orillas frescas donde unos pies desnudos se bañan
con espuma.
Dime por qué sobre tu pelo suelto,
sobre tu dulce hierba acariciada,
cae, resbala, acaricia, se va
un sol ardiente o reposado que te toca
como un viento que lleva sólo un pájaro en mano.
Dime por qué tu corazón como una selva diminuta
espera bajo tierra los imposibles pájaros,
esa canción total que por encima de los ojos
hacen los sueños cuando pasan sin ruido.
Oh tú, canción que a un cuerpo muerto o vivo,
que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,
cantas color de piedra, color de beso o labio,
cantas como si el nácar durmiera o respirara.
Esa cintura, ese débil volumen de un pecho triste,
ese rizo voluble que ignora el viento,
esos ojos por donde sólo boga el silencio,
esos dientes que son de marfil resguardado,
ese aire que no mueve unas hojas no verdes…
¡Oh tú, cielo riente que pasas como nube;
oh pájaro feliz que sobre un hombro ríes;
fuente que, chorro fresco, te enredas con la luna;
césped blando que pisan unos pies adorados!

Años después desde su habitación de enfermo, publica la elegía en prosa a Federico García Lorca y colabora en algunas publicaciones de la España Republicana. Miguel Hernández le dedica, con un notable texto, su libro “Viento del pueblo”, y él a su muerte le escribe su elegía. Le visitan con frecuencia y se llegan hasta su lecho de enfermo acompañándolo en su convalecencia Dámaso Alonso y Federico García Lorca. En los primeros días de la Guerra Civil, víctima de una denuncia, pasa veinticuatro horas en una checa, centro de detención controlado por los partidos políticos y sindicatos, de la que es liberado por su amigo Pablo Neruda, cónsul de Chile a la sazón. Hace una gran amistad con el crítico literario José Luis Cano. Y mantiene un largo epistolario con el pintor Gregorio Prieto.

Aleixandre junto a la tumba del poeta Miguel Hernández.

Vicente Aleixandre escribió esta elegía el 28 de marzo de 1942, en la enfermería de la prisión alicantina, en la que acababa de morir Miguel Hernández, eran las 5.32. Se dice que no pudieron cerrarle los ojos

ELEGÍA EN LA MUERTE DE MIGUEL HERNÁNDEZ

“Sobre la piel del cielo, sobre sus precipicios,
se remontan los hombres…”
“…despedidme del sol y de los trigos…”
Miguel Hernández

I
No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.
Tumba estelar que los espacios ruedas
con sólo él, con su cuerpo acabado.
Tierra caliente que con sus solos huesos
vuelas así, desdeñando a los hombres.
¡Huye! ¡Escapa! No hay nadie;
sólo hoy su inmensa pesantez de sentido,
Tierra, a tu giro por los astros amantes.
Solo esa Luna que en la noche aún insiste
contemplará la montaña de vida.
Loca, amorosa, en tu seno le llevas,
Tierra, oh Piedad, que sin mantos le ofreces.
Oh soledad de los cielos. Las luces
sólo su cuerpo funeral hoy alumbran.
II
No, ni una sola mirada de un hombre
ponga su vidrio sobre el mármol celeste.
No le toquéis. No podríais. El supo,
sólo él supo. Hombre tú, solo tú, padre todo
de dolor. Carne sólo para amor. Vida solo
por amor.
Sí. Que los ríos
apresuren su curso: que el agua
se haga sangre: que la orilla
su verdor acumule: que el empuje
hacia el mar sea hacia ti, cuerpo augusto,
cuerpo noble de luz que te diste crujiendo
con amor, como tierra, como roca, cual grito
de fusión, como rayo repentino que a un pecho
total único del vivir acertase.
Nadie, nadie. Ni un hombre. Esas manos
apretaron día a día su garganta estelar. Sofocaron
ese caño de luz que a los hombres bañaba.
Esa gloria rompiente, generosa que un día
revelara a los hombres su destino; que habló
como flor, como mar, como pluma, cual astro.
Sí, esconded, esconded la cabeza. Ahora hundidla
entre tierra, una tumba para el negro pensamiento
cavaos,
y morded entre tierra las manos, las uñas, los dedos
con que todos ahogasteis su fragante vivir.
III
Nadie gemirá nunca bastante.
Tu hermoso corazón nacido para amar
murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio..
¡Ah! ¿Quién dijo que el hombre ama?
¿Quién hizo esperar un día amor sobre la tierra?
¿Quién dijo que las almas esperan el amor y a su sombra florecen?
¿Que su melodioso canto existe para los oídos de los hombres?
Tierra ligera, ¡vuela!
Vuela tú sola y huye.
Huye así de los hombres, despeñados, perdidos,
ciegos restos del odio, catarata de cuerpos
crueles que tú, bella, desdeñando hoy arrojas.
Huye, hermosa, lograda,
por el celeste espacio con tu tesoro a solas.
Su pesantez, al seno de tu vivir sidéreo
da sentido, y sus bellos miembros lúcidos para siempre
inmortales sostienes para la luz sin hombres.

En 1937 su salud empeora notablemente: pierde diez kilos en pocos meses y pasa los dos últimos años de la guerra en cama con un riguroso tratamiento.
Después de la guerra, a pesar de sus ideas izquierdistas, permanece en España, en su misma casa, reconstruida en octubre de 1940. El padre ha muerto en ese mismo año tras ser purgado por el Frente Popular e investigado exhaustivamente por el bando vencedor. Y Aleixandre, en su exilio interior, se convierte durante los años de posguerra en uno de los maestros de los jóvenes poetas, con los que se cartea abundantemente y a los que recibe sin escatimar tiempo en su domicilio de Madrid, Wellingtonia (o Velingtonia), 3 (ahora y desde el año 1978, renombrada en su honor calle Vicente Aleixandre).

El poeta, quien por estos años no deja de repetir que “poesía es comunicación”, no tenía inconveniente siquiera en enviar poemas inéditos a las revistas escolares que se lo pedían. Escribe entre 1939 y 1943 “Sombra del paraíso”, uno de sus libros más importantes, publicado en Madrid en 1944.

Vicente Aleixandre junto a Claudio Rodríguez y José Hierro.

ENTRE DOS OSCURIDADES, UN RELÁMPAGO

Y no saber adónde vamos, ni de
dónde venimos
Rubén Darío.

Sabemos adónde vamos y de dónde venimos. Entre dos
oscuridades, un relámpago.
Y allí, en la súbita iluminación, un gesto, un único gesto,
una mueca más bien, iluminada por una luz de estertor.
Pero no nos engañemos, no nos creamos. Con humildad
con tristeza, con aceptación, con ternura,
acojamos esto que llega. La conciencia súbita de una
compañía, allí en el desierto.
Bajo una gran luna colgada que dura lo que la vida, el
instante del darse cuenta entre dos infinitas
oscuridades,
miremos este rostro triste que alza hacia nosotros sus
grandes ojos humanos,
y que tiene miedo, y que nos ama.
Y pongamos los labios sobre la tibia frente y rodeemos
con nuestros brazos el cuerpo débil, y temblemos,
temblemos sobre la vasta llanura sin término donde sólo
brilla la luna del estertor.
Como en una tienda de campaña,
que el viento furioso muerde, viento que viene de las
hondas profundidades de un caos,
aquí la pareja humana, tú y yo, amada, sentimos las
arenas largas que nos esperan.
No acaban nunca, ¿verdad? En una larga noche, sin
saberlo, las hemos recorrido;
quizá juntos, oh, no, quizá solos, seguramente solos, con
un invisible rostro cansado desde el origen, las
hemos recorrido.
Y después, cuando esta súbita luna colgada bajo la que
nos hemos reconocido
se apague,
echaremos de nuevo a andar. No sé si solos, no sé si
acompañados.
No sé si por estas mismas arenas que en una noche hacia atrás
de nuevo recorreremos.
Pero ahora la luna colgada, la luna como estrangulada,
un momento brilla.
Y te miro. Y déjame que te reconozca.
A ti, mi compañía, mi sola seguridad, mi reposo
instantáneo, mi reconocimiento expreso donde yo
me siento y me soy.
Y déjame poner mis labios sobre tu frente tibia -oh,
cómo la siento-,
Y un momento dormir sobre tu pecho, como tú sobre el
mío,
mientras la instantánea luna larga nos mira y con piadosa
luz nos cierra los ojos.

Junto con “Hijos de la ira”, de su amigo Dámaso Alonso, también de ese año, constituye uno de los libros capitales de la corriente literaria que Alonso vino a bautizar como Poesía desarraigada, paralela al Tremendismo en la prosa, durante la Primera generación de posguerra.
En 1943, se difunde por México el rumor de que ha muerto, por lo que Emilio Prados le hizo la dedicatoria de su libro “Mínima muerte”, de 1944, como fallecido. Un joven poeta, Carlos Bousoño, redacta una famosa tesis doctoral sobre su obra, Aleixandre escribirá el prólogo del poemario de Bousoño, Primavera de la muerte (1946).
Ingresa como miembro de número en la Academia Española de la lengua. El 22 de enero de 1950 lee su discurso de ingreso en la Real Academia Española, que versa sobre el tema “Vida del poeta: el amor y la poesía”. Su amigo Dámaso Alonso leyó el discurso de contestación

 Vicente Aleixandre, en el centro, rodeado de varios académicos en su casa de Velintonia 3 celebrando la concesión del Nobel en 1977. (CIFRA GRÁFICA) DIARIO DE PONTEVEDRA

NO EXISTE EL HOMBRE


Sólo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos,
penetra por los bosques.
Modela las aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura esquina,
inunda de fulgurantes rosas
el misterio de las cuevas donde no huele a nada.
La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una muerte lúcida.
La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores aplacados.
Un cadáver en pie un instante se mece,
duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La luna miente sus brazos rotos,
su imponente mirada donde unos peces anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos neutros,
sobre los pechos blandos que algún pulpo ha adorado.
Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja siempre,
que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,
que no es una piedra sobre un monte irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los huesos,
lo que fuera las venas de un hombre,
lo que fuera su sangre soñada, su melodiosa cárcel,
su cintura visible que a la vida divide,
o su cabeza ligera sobre un aire hacia oriente.
Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca.
Pero el hombre no vive, como no vive el día.
Pero la luna inventa sus metales furiosos.

LA OSCURIDAD


No pretendas encontrar una solución. ¡Has mantenido
tanto tiempo abiertos los ojos!
Conocer, penetrar, indagar: una pasión que dura lo que
la vida.
Desde que el niño furioso abre los ojos. Desde que rompe
su primer juguete.
Desde que quiebra la cabeza de aquel muñeco y ve, mira
el inexplicable vapor que no ven los otros ojos
humanos.
Los que le regañan, los que dicen: «¿Ves? ¡Y te lo
acabábamos de regalar! … »
Y el niño no les oye porque está mirando, quizá está
oyendo el inexplicable sonido.
Después cuando muchacho, cuando joven.
El primer desengaño. El primer beso no correspondido.
Y luego de hombre, cuando ve sudores y penas, y tráfago,
y muchedumbre
Y con generoso corazón se siente arrastrado
y es una sola oleada con la multitud, con la de los que
van como él.
Porque todos ellos son uno, uno solo: él; como él es todos.
Una sola criatura viviente, padecida, de la que cada uno,
sin saberlo, es totalmente solidario.
Y luego, separado un instante, pero con la mano tentando
el extremo vivo donde se siente y hasta donde llega
el latir de las otras manos,
escribir aquello indagar esto, o estudiar en larga vigilia,
ahora con las primeras turbias gafas ante los ojos, ante
los cansados y esperanzados y dulces ojos que
siempre preguntan.
Y luego encenderse una luz. Es por la tarde. Ha caído
lentamente el sol y se dora el ocaso.
Y hay unos salpicados cabellos blancos, y la lenta
cabeza suave se inclina sobre una página.
Y la noche ha llegado. Es la noche larga.
Acéptala. Acéptala blandamente. Es la hora del sueño.
Tiéndete lentamente y déjate lentamente dormir.
Oh, sí. Todo está oscuro y no sabes. Pero ¿qué importa?
Nunca has sabido, ni has podido saber.
Pero ya has cerrado blandamente los ojos
y ahora como aquel niño,
como el niño que ya no puede romper el juguete,
está tendido en la oscuridad y sientes la suave mano
quietísima,
la grande y sedosa mano que cierra tus cansados ojos
vividos,
y tú aceptas la oscuridad y compasivamente te rindes.

En 1963, año en que recibió el Premio de la crítica, encabezó la firma de una carta al ministro franquista Manuel Fraga Iribarne solicitando una investigación sobre las agresiones y torturas a mineros asturianos y a sus esposas durante la Huelga de 1962. La misiva estuvo firmada por 120 intelectuales españoles. El ministro Fraga Iribarne publicó en respuesta una “carta abierta” a uno de los firmantes (el poeta José Bergamín), negando los hechos.
Los poetas de la posguerra, atraídos por su figura, frecuentaron su casa: Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, Carlos Bousoño, José Luis Cano, José Hierro, Francisco Nieva, el grupo Cántico (sobre todo Ricardo Molina) y los Novísimos, en especial Luis Antonio de Villena y Vicente Molina Foix.
Desde 1973 venía siendo uno de los candidatos más destacados por la Academia Sueca para recibir el premio Nobel. El 6 de octubre de 1977 la Academia Sueca le concede el Premio Nobel de Literatura “por una obra de creación poética innovadora que ilustra la condición del hombre en el cosmos y en nuestra sociedad actual, a la par que representa la gran renovación, en la época de entreguerras, de las tradiciones de la poesía española”.
Hospitalizado de urgencia el 10 de diciembre de 1984, en la Clínica Santa Elena, con hemorragia intestinal, muere en la noche del 13 de diciembre. Es enterrado en el panteón familiar del Cementerio de la Almudena de Madrid el sábado 15 de diciembre de 1984.
Vicente Aleixandre definió la figura del poeta como “una conciencia puesta en pie, hasta el fin”.
En la revista Las 2001 Noches número 18 en septiembre del año 1998 se realiza un homenaje al poeta que le invitamos a leer en www.las2001noches.com

CRUZ GONZÁLEZ

Cruz González firmando ejemplares de sus libros en la caseta de Grupo Cero en la feria del libro de Madrid.


Cruz González nace en Madrid en 1959. Se forma en la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero. Responsable de la Página de Poesía de la Escuela de Poesía Grupo Cero desde 2001.
Secretaria de Dirección de la revista Las 2001 noches
Encargada de preparar la publicación virtual Indio Gris
Co-directora de la revista del Corredor del Henares Salud es Poesía-Poesía es Salud.
Canta poemas de Miguel Oscar Menassa
Ha participado como actriz de la Productora cinematográfica Grupo Cero desde sus inicios en cortometrajes y en los largometrajes ¿Infidelidad?,Mi única familia, En defensa propia y El medicamento bajo la dirección de Miguel Oscar Menassa. En la película La invitación del presidente de dicho director trabajo en la dirección de actores.
Participa a los programas de Televisión Grupo Cero RT Poetas despiertos en acción y Poesía más poesía.
Ha publicado Letras de fuego – 1998 / A golpe de lluvia -2002 en colaboración /Cortina de humo – 2003 Tercer premio (ex aequo) de poesía de la Asociación Pablo Menassa de Lucia en su 4ª convocatoria. Mansedumbre de la piel – 2015.

A TI «TORO SENTADO»


«…Ninguno de nosotros lloró,
porque llorar,
no conocía el corazón del indio…»
Miguel Oscar Menasssa
Salí muy de mañana, el rostro fijo en la montaña
las manos dibujaban un mundo enloquecido
pequeñas palabras sobre los árboles.
La piel era de tierra, los pasos de gigante
nadie quedó, nadie gritaba el dolor de aquel pueblo.
El ritmo frenético del tambor,
ahogaba la muerte hasta casi nombrarla.
Llovía aquella tarde sobre el indio, sobre la arena del desierto
sobre los campos arrasados por el blanco americano.
Dijeron que lloraba por los muertos de la guerra
dijeron que su cuerpo temblaba por el miedo
dijeron tantas cosas de aquel indio, tantas cosas le hicieron
La herida de un pueblo maltratado, palabras que morían entre labios
dejaron sobre la montaña un nombre dibujado.
Moriré, lo sé, tras aquel valle enterraréis mis huesos
mas la sangre derramada en estas letras recorrerá los siglos
el tiempo de los hombres, voz de papel, como un cuchillo.

(De Letras de fuego)

LETRAS


Entre unas manos que dibujan una ciudad naciendo
Y unas manos que dan vida a cierta clase de dolor
Mi voz se va formando al ritmo de tus letras.

El poeta disiente de un orden que no le pertenece,
Pasea por la ciudad como cualquier ciudadano
Pasea por la ciudad y, sin embargo, el poeta disiente.

Los jóvenes saludan internet y dejan que el dolor
Dibuje en sus rostros un aire de indiferencia.
También entre los jóvenes existe la guerra.

No son bombas cayendo sobre casas
Llenas de muebles y espejos, son libros
Desapareciendo de las manos de los niños,
De las manos de los jóvenes, desapareciendo
De las manos de aquellos que aprendieron
La dura tarea de la supervivencia.

Estas letras son mil letras desaparecidas
Letras rotas en gargantas sin escrúpulos,
Letras que se duelen de querer ser letra.

(De Cortina de humo)

UNA MUJER


Pluma de gavilán errante
o herido pájaro en la noche.

Elementos aislados de la historia
o el alma que yace sobre la tierra muerta.

No veo más allá de las sombras,
ni siquiera escucho mi corazón
recitando antiguas maldiciones.

Soy esa mujer que no se nombra
sino entre las letras
una palabra y sus silencios,
certera puntuación en la mirada.

(De Cortina de fuego)
Cruz junto al poeta Miguel Oscar Menassa.

UNA VIDA POSIBLE


Acordamos
un tiempo para el amor
y un tiempo para la guerra.

La guerra es el futuro,
palabras que transforman
el tiempo del amor.

Yo había aprendido:
de tus manos, la palabra.
de tu piel, los imprecisos
pliegues del destino.

Caminaba a tu lado
como si mi vida fuese
caminar a tu lado.

Escribir mil historias,
y nombré
cada letra escrita.

Grabadas
quedaron, en mi piel,
tus palabras.

(De La ciudad desnuda)

TIEMPOS POR VENIR

Caminan por la arena
tronchada por los años
sombras de árboles
que nos vieron nacer.

Campo a través
el océano se pierde
en países extranjeros.

Sentada en el verano
escribo mi nombre
entre otros nombres.

Bordo
con manos artesanas,
tiempos por venir.

(De La Ciudad desnuda)

¿QUÉ HACER?

¿Qué hacer con esos cuerpos y esas manos
que encandiladas por el amor, se desperezan?

Quizá esté la guerra con sus soldados
a punto de atravesar fronteras.
Tal vez la muerte asome al asfalto
de un día cualquiera, sin mañana.

El futuro se abre ante nosotros
y un tiempo se desliza
entre tanta batalla,
construyendo nuevas palabras.

Libertad encadenada
que, rozando la piel,
dibuja su contorno.

Hambre desesperada
dolor hecho palabras
historia donde el hombre
es esa letra que canta,
desesperada, un amor.

(De La ciudad desnuda)

EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS


Verso de Germán Pardo García

Parece Prévert con sus juegos de letras
y la alegría de tanto movimiento.

No viene de Francia sino de Colombia.
viaja con su cesto de flores,
frutas de estación y pájaros
de países exóticos.

Le acompaña un cuadro de Gauguin
y un poema de González Tuñon
que habla de la isla de Papeete,
ésa donde el pintor escribió sus libros.

Desea por sobre todas las cosas
de este mundo y del otro,
que no sabe si existe
pero igual desea por sobre todo,
viajar.

No le importa el sol sobre su rostro
cuando sonríe a las muchachas que pasan
moviendo sus caderas al ritmo de su cantinela,
o cuando llega al mercado y los chiquillos
jalean su entrada con gritos de bienvenida
y carreras de acá para allá.

No está mucho tiempo en cada ciudad.
conversa con cada habitante
hasta que uno u otro le compra
algunas flores para el balcón
-que bien pudiera ser el del poema-
le dice a quien acaba pagando un poco más
para llevar una o dos flores y un pájaro.

Lee cada noche y al atardecer,
sentado sobre alguna piedra del camino,
saca de su bolsillo izquierdo una quena
y la hace sonar.

Antes de dormir escribe algún poema,
no vaya a ser que los tiempos cambien
y alguien que él no conoce, lo encuentre
y le pida que lo lea.

Cada noche, después de escribir, lee en voz alta,
tan alta que hasta podrían escuchar las estrellas.
Y mira las flores y los pájaros y escucha
una gran ovación que alegra su corazón
y duerme hasta la mañana.

(De Mansedumbre de la piel)
Cantando canciones de Miguel Oscar Menassa.

ALÉJATE DE MÍ, POESÍA, QUIERO VIVIR

Cada vez, se vuelve del revés y grita no poder más,
llora el llanto de los incondicionales del cielo
y cae sobre la noche con su cuerpo de nada y de olvido.

Vuelve sumisa,
sonríe como si la noche no hubiese acontecido y barre,
una y otra vez, virutas de tiempo que llegan,
implacables, sobre su piel.

Quiero vivir, poesía, aléjate de mí.
y ella sonríe y espera tranquila
el próximo encuentro.

Planto un árbol y luego otro
construyo una casa y luego una ciudad,
fabrico coches que parecen cohetes espaciales
por la intensidad con la que realizan cada maniobra;
me diluyo en lluvia ácida y desaparezco.

Cuando abro los ojos, ella nace como si nada
hubiese acontecido y pone una lavadora
o tiende la ropa que quedó mojada sobre el sillón.

Me siento en una silla con un parche azul
en una de sus patas y me acuerdo de un poema
o de un cuadro y mis manos se deslizan
sobre el teclado negro y dirigen la orquesta
que ya se puso en marcha y no puede para.

Dejo que la alegría
tienda sobre mi piel
restos de tiempo;
me olvido del mundo
y escribo un mundo que nace
cuando llego al final.

(De Mansedumbre de la piel)

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

1. Poesía más Poesía: Raúl González Tuñón y Olga de Lucia.

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

BIOGRAFÍA

Raúl González Tuñón, poeta argentino conocido como el pichón de Argentina. Nació
en la Ciudad de Buenos Aires, el 29 de marzo de 1905. Murió, el 14 de agosto de 1974 en
Buenos Aires.
Un 29 de marzo de 1905 en la casa con dos patios y un níspero en la calle Saavedra,
frente al muro de un asilo, nacía Raúl González Tuñón. En el barrio del Once aquella
casa que ya no existe, como tampoco el muro ni el asilo.
“Vi la luz en el barrio del once, en el surero
Cerca de allí nació también Julio de Caro
y escribió de la Púa sus memorables versos.
Entonces aún la luna bajaba hasta los patios
¿Era todo mejor? No lo sé. Era distinto”

Hijo de inmigrantes españoles de origen obrero, el sexto de siete hermanos heredó el compromiso social de su abuelo materno, Manuel Tuñón, un minero asturiano y socialista que fue el primero en llevarlo a una manifestación. Su otro abuelo, Estanislao González fue un imaginero borracho y aventurero, que jamás salió de España. Se quedó pintando el manto de la virgen que sus vecinos llevaban en las procesiones, recorriendo bares y persiguiendo muchachas. De él, escucharía increíbles anécdotas a lo largo de su infancia y obtendría el perfil lírico y el espíritu andariego.
A los 17 años, Raúl recibió 15 pesos por su poema “A Frank Brown” (el payaso), publicado en la revista Caras y Caretas. Por entonces, ya era un gran conocedor de los bajos fondos porteños, tema esencial de su primer libro El violín del diablo, (1926) donde retrató como nadie ese Buenos Aires de fondas, cafetines y cabaretes de marineros, prostitutas, ladrones y canallas. Libro de 49 poemas que está dedicado a sus hermanos Enrique y Oscar, (“los más indulgentes espectadores de mis versos”).

Cinco “marineros” en Buenos Aires en 1933 en la presentación del libro de Norah Lange: `45 días y 30 marineros´. Vemos vestidos temáticamente de pié desde la izquierda a Pablo Neruda, Amado Villar, Federico García Lorca y Jorge Larco; en cuclillas, Raúl González Tuñón.

LOS LADRONES

Ven a verlos por la mañana
con la gorra hasta las orejas.
Han desvalijado a las viejas
del Asilo de las Hermanas.
Dilapidarán sus dineros
con mujeres y malandrinos
en pocilgas y merenderos,
en milongas y clandestinos.
Oirán un tango de Pracánico
y en lo del Pena ole con ole
mientras sueñan con Rocambole
las muchachas en el Botánico.

Del Parque Goal el payador
humedecerá sus mejillas
cantando sombrías coplillas
de sangre, de muerte y de amor.
A la noche con la mamúa
irán de pura recalada
a besar la crencha engrasada
que cantó Carlos de la Púa.
Y son humanos, inhumanos,
fatalistas, sentimentales,
inocentes como animales
y canallas como cristianos.
Ninguna angustia los desgarra.
Cada cual vive como quiere.
Cuando la madre se les muere
le ponen luto a la guitarra.

ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA (1926)


I
A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

II
Lamparillas de la Kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.

III
Teatrillos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría.
Paraísos artificiales.

IV
Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.
Pero sobre todo mujeres
para hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.
No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto

de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala
ritma en tu viejo corazón.
Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
De vida miliunanochesca…

V
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!

VI
Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Este libro, y las influencias de Enrique, su hermano, le permitieron ingresar en el diario
Crítica. Su director, Natalio Botana, quien se jactaba de tener en su redacción a los
jóvenes poetas de la nueva generación, convocó a Raúl a sus filas. (“….para mí, un
buen poema, es la mejor carta de presentación de un periodista…”).
El diario Crítica fue una gran escuela de periodismo. Por allí pasaron Nalé Roxlo,
Borges, Arlt, Petit de Murat y Nicolás Olivari, entre tantos otros. Tenía Raúl por
entonces veinte años y todo el mundo ante sus ojos viajeros y, coqueteando entre los
grupos antagónicos de Florida y Boedo, abrazó las primeras vanguardias, participando
de la mítica Revista Martín Fierro, junto a Borges, Girondo y Discépolo, entre otros.
González Tuñón, hoy suele figurar en las antologías de ambos grupos, por abrazar las
premisas del primero, pero sin desoír los dardos afilados que el grupo de
Boedo, de la mano de Roberto Arlt, Leónidas Barletta y Alvaro Yunque, lanzaban desde
su prosa.

Raúl González Tuñón en el Café Tortoni

LA LIBERTAD

I
De pronto entró la Libertad.

La Libertad no tiene nombre,
no tiene estatua ni parientes.
La Libertad es feroz.
La Libertad es delicada.

La Libertad es simplemente
la Libertad.

Ella se alimenta de muertos.
Los Héroes cayeron por Ella.
Sin angustia no hay Libertad,
sin alegría tampoco.
Entre ambas la Libertad
es el armonioso equilibrio.

Nosotros tenemos vergüenza,
la Libertad no la tiene,
la Libertad anda desnuda.
(Y el señor Jesucristo dijo
que el reino de Dios vendrá
cuando andemos de nuevo desnudos
y no tengamos vergüenza.)

Hermanos, nosotros sabemos,
pero la Libertad no sabe.

II
Hay que ser piedra o pura flor o agua,
conocer el secreto violeta de la pólvora,
haber visto morir delante del relámpago,
conocer la importancia del ajo y el espliego,
haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío,
haber visto a un soldado con el fusil ardiente,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Viva el amor, la vida poderosa,
la muerte creadora de olores penetrantes
y eso porque uno muere y resucita,
la luz sobre los techos de la aurora,
sobre las torres del petróleo,
sobre las azoteas de las parvas,
sobre los mástiles del queso y el vino,
sobre las pirámides del cuero y el pan,
la gente retornando,
una ventana con la bandera en familiar bordado
y la exacta ambulancia, con heridos,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Hay que ser como el puente necesario,
natural como el lirio, como el toro,
saber llegar al fondo del silencio,
al subsuelo del brote y a la raíz del grito,
hay que haber conocido el miedo y el valor,
haber visto una mano que agita una linterna
de noche, hacia el distante nido de metralla,

hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

III

De pronto entró la Libertad.

Estábamos todos dormidos,
algunos bajo los árboles,
otros sobre los ríos,
algunos más entre el cemento,
otros más bajo la tierra.

De pronto entró la Libertad
con una antorcha en la mano.

Estábamos todos despiertos,
algunos con picos y palas,
otros con una pantalla verde,
algunos más entre libros,
otros más arrastrándose, solos.

De pronto entró la Libertad
con una espada en la mano.

Estábamos todos dormidos,
estábamos todos despiertos
y andaban el amor y el odio
más allá de las calaveras.

De pronto entró la Libertad,
no traía nada en la mano.

La Libertad cerró el puño.
¡Ay! Entonces…

Los hermanos Tuñón fueron un puente entre ambos grupos. Y finalizados los años
veinte, cuando la polarización política se hizo evidente, debieron definir su posición. El
joven poeta de las tabernas, se convertiría en el primer poeta político-social de la
Argentina. Viajero inagotable, los puertos y los caminos fueron su obsesión. Natalio
Botana, enseguida comprendió que “este Raúl, el hermano de Enrique, es un pájaro y
hay que tratar de tenerlo siempre afuera”.
Esta atinada percepción hará que se convierta en corresponsal del diario y allí
comenzarán los viajes donde recogerá diferentes vivencias, transformándolas en
poesía. La huelga obrera de la Patagonia, en 1921, tiene uno de sus primeros
portavoces en Tuñón.
Producto de estas experiencias como periodista viajando por el interior del país, fue
Miércoles de Ceniza, (1928). Aquí, el poeta hizo un reconocimiento geográfico de su

propia historia y de la historia de Argentina, en una suerte de revisionismo trasgresor
y a contramano del oficialismo. Con este libro, Raúl ganó el premio Municipal. Con los
500 pesos del premio, sacó un pasaje en el buque español “Puerto de Palos”, para
finalmente “anclar en París”. El dinero se acabó pronto, pero nació en consecuencia La
Calle del agujero en la media (1930), el gran salto desde los bares de Buenos Aires,
hasta una mesa en Montparnasse. Un libro enamorado de París, sus mujeres, sus
esquinas, su bohemia y el surrealismo.

Fotografia original de PABLO NERUDA junto a RAUL GONZALEZ TUÑON Paris 1937

ESCRITO SOBRE UNA MESA DE MONTPARNASSE


Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
-cada ventana paga su pedazo de sol con una canción-,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.
Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.
Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.
Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en México
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.
Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
-la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes yo
vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.
Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

¡pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono!
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos para que venga una mujer y
me ame!
¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra,
¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus mujeres
y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.
¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.
¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.
¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.
Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.
Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura, el corazón verdaderamente libre.
Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.
Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.
Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del cristal, de la luz,
de la caricia -destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas las academias del mundo y hacerme un cinturón bravío de rutas inverosímiles como Alain Gerbault, para que venga Blanca Luz y me ame.

Luego de pasar por Barcelona regresó a la Argentina autoritaria de la década infame.
Botana participó de esta insurrección militar, incubándola desde su diario. Luego esto
jugará en su contra y terminará preso, con su diario clausurado y un breve exilio del
que regresó en 1932.
Con Crítica reabierto, estalló la guerra en el Chaco Paraguayo entre Paraguay y Bolivia
y fue Raúl el enviado al frente para relatar las patéticas imágenes de la tragedia. Allí
vio el horror de los cadáveres de “soldaditos que morían abrazados”, el olor a “tierra
arañada por la desesperación, a árboles quemados, a restos de trajes, de zapatos”. Fue
el cronista del dolor inmediato.
En Buenos Aires, cerca del puerto, en esas tabernas a las que el poeta adolescente les
había cantado; obreros, estudiantes y empleados sin trabajo habían levantado Villa
Desocupación. Una vez más, González Tuñón fue el designado para contar lo que allí
pasaba. Mezclado entre la gente, escribió
el gran reportaje de esas vidas, al que llamó La ciudad del hambre. Luego, cuando allí
se estaba organizando una marcha de protesta, Raúl estuvo con ellos, mientras la
policía arremetía a tiros y sablazos contra la gente que corría “entre sus casas de
cartón y arpillera”.
Como reacción inmediata, Tuñón fundó la revista Contra y allí publicó su poema “Las
brigadas de choque”, una especie de arte poética y discurso ideológico que definía su
postura contra la burguesía y “los plumíferos guardianes del orden constituido”
Poema, que como es usual para quienes se salen del dogma, le ocasionó cárcel y un
procesamiento que tendría veredicto recién en 1965: dos años de prisión condicional.
En 1933, Tuñón decidió exiliarse en España. Durante los años siguientes sucederán
hechos fundamentales. Conocerá a su primera esposa, musa de uno de los poemas de
amor más bellos:”Lluvia” y publicará El otro lado de la estrella, (1934), una historia de
trotacaminos, donde se alternarán relatos y “poesía de cuento”, como más tarde definiría su autor.
Luego, Todos bailan, poemas de Juancito Caminador, (1935), una especie de alter ego
del poeta, imaginado a partir de una etiqueta de whisky Johny Walker, donde se veía a
un personaje de bastón y galera caminando por el mundo. Poesía romántica de
amores furtivos y grandes amores, mezclada con política y retratos de viajes anteriores.
Una sublevación de mineros en España, en 1935, le mostraría una realidad todavía
más violenta a la que había conocido como corresponsal del diario de Botana.

Conocerá a Dolores Ibarruri, la Pasionaria y trabará amistad con Neruda, (por esa
época Cónsul en Madrid), con Federico García Lorca, Miguel Hernández y Rafael Alberti, entre otros compañeros de letras y de lucha. De la sublevación obrera nació La Rosa Blindada (1936), ( Octavio Paz dijo de ese libro; Para esa generación ( las del treinta) escribir poesía combativa era escribir a la sombra de Raul Gonzalez Tuñon, Es el Ruben Dario de la poesía social, y no cometo una herejía si afirmo que España en el corazón de Pablo Neruda y España aparta de mi este calice de Vallejo, no hubiera podido ser sin La rosa blindada). Un libro que reúne todos los elementos fundacionales de la épica de Tuñón, acciones heroicas de los mineros con sus mujeres e hijos; la historia de Aída Lafuente muerta en una cuenca minera de Asturias y poemas donde anticiparía el sangriento prólogo a la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Franco.

La Libertaria

A la memoria de Aída Lafuente,muerta en la cuenca minera de Asturias. Madrid, 1935

A Eduardo Ugarte

Estaba toda manchada de sangre,
estaba toda matando a los guardias,
estaba toda manchada de barro,
estaba toda manchada de cielo,
estaba toda manchada de España.

Ven, catalán jornalero, a su entierro,
ven, campesino andaluz, a su entierro,
ven a su entierro, yuntero extremeño,
ven a su entierro, pescador gallego,
ven, leñador vizcaíno, a su entierro,
ven, labrador castellano a su entierro,
no dejéis solo al minero asturiano.

Ven, porque estaba manchada de España,
ven, porque era la novia de Octubre,
ven, porque era la rosa de Octubre,
ven, porque era la novia de España.

No dejéis sola su tumba del campo
donde se mezclan el carbón y la sangre,
florezca siempre la flor de su sangre
sobre su cuerpo vestido de rojo,
no dejéis sola su tumba del aire.

Cuando desfilan los guardias de asalto,
cuando el obispo revista las tropas,
cuando el verdugo tortura al minero,

Ella, agitando su túnica roja,

quiere salir de la tumba del viento,
quiere salir y llamaros hermanos
y renovaros valor y esperanza
y recordaros la fecha de Octubre
cuando caían las frutas de acero
y estaba toda manchada de España
y estaba toda la novia de Octubre
y estaba toda la rosa de Octubre
y estaba toda la madre de España.

De: La rosa blindada

Raúl regresó a Buenos Aires poco antes del fatídico julio del 36’, con el fin de organizar
la Sección Hispanoamericana de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. En Argentina
reinaba el autoritarismo, el poeta estaba en la mira del gobierno, y tras publicar “8
Documentos de Hoy”, donde reunía parte de su trabajo solidario con la República
española.
Vengo de los grandes ríos y de las altas montañas, de las claras y las oscuras, altas y
chatas ciudades de un continente que habla en español, de un continente de veinte y
tantos países iguales y distintos, donde, desde la selva de la canción autóctona hasta el
puerto de los cantos internacionales; desde el caos caliente de los trópicos y los
grandes silencios blancos del Sur; desde el laberinto de las explotaciones minerales y
los dorados campos trigueros: ochenta millones de americanos, criollos o gringos viven
pendientes de los sucesos de España, siguiendo con alternativas de angustia y alegría
la lucha de los españoles contra la invasión fascista internacional.
Se enteró de la muerte de Federico García Lorca y decidió que su lugar estaba en
España. Consiguió que La Nueva España, un periódico republicano editado en Buenos
Aires, lo enviara como corresponsal de guerra.
Allí verá que la muerte está en las calles y los campos, compartirá el dolor y los
bombardeos con León Felipe, Nicolás Guillén y Antonio Machado y dará cuenta de los
terribles sucesos, más tarde, en dos libros Las puertas del fuego y La Muerte en Madrid.
“¡Qué muerte enamorada de su muerte!
¡Qué fusilado corazón tan vivo
¡Qué luna de ceniza tan ardiente
en dónde se desploma Federico!…

DOMINGO FERREIRO

Toca la gaita Domingo Ferreiro
toca la gaita… «¡Non queiro, non queiro!»

Porque están llenas de sangre las rías,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Y se secaron los ramos floridos
que ella traía en la falda del viento,
que ella traía a su novio soldado
o pescador, labrador, marinero.
Sobre Galicia ha caído la peste,
ay, los oscuros sargentos vinieron.
Están colgando en los pinos los hombres,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Nuestros hermanos que están allá abajo
pronto vendrán a vengar a los muertos,
pronto vendrán en mitad del verano,
pronto vendrán en mitad del invierno.
El que no ha muerto andará por el monte
y en las aldeas cayeron los buenos.
Ay, que no vayan los lobos al monte,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Ya llegarán las valientes milicias
para acabar con la hez del desierto.
Ya llegarán en mitad de la Historia,
ya llegarán en mitad de los tiempos.
Toca la gaita… ¡que baile el obispo!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque no es hora de fiesta en España,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Ya llegarán los soldados leales
para acabar con los pájaros negros,
ya llegarán en mitad de la Biblia,
ya llegarán en mitad de los muertos.
Toca la gaita. ¡Que baile la víbora!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque la gaita no quiere que toque.
Porque se ha muerto Domingo Ferreiro.

En 1939, acompañó a Neruda a Santiago de Chile. En un viaje que inicialmente era de quince días y resultó de cinco años. Allí fundó el diario El Siglo, escribiendo en él dos columnas diarias donde siguió, con su estilo mordaz e irreverente levantando sus contestatarias banderas. En Chile enfermará su esposa y desde allí seguirá Raúl, paso a paso las noticias de la Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana en París, la invasión a la Unión Soviética, la destrucción de Guernica.
Allí pensará más que nunca en sus amigos por el mundo y a ellos les dedicará su libro Canciones del tercer frente (1941), donde se reunían cuatro libros: Himnos y canciones; A nosotros, la poesía; Las calles y las islas y Los caprichos de Juancito caminador.
Nosotros, ¡cuántos! todos, habéis aclarado tanto mi pensamiento, me habéis dado tan singular y tan transparente amistad. Me habéis mostrado una amistad alegre y cuidada, y vuestro decoro intelectual me sorprendió al principio: yo llegaba de la envidia cruda de mi país, del tormento. Desde que me acogisteis como vuestro, disteis tal seguridad a mi razón de ser, y a mi poesía, que pude pasar tranquilo a luchar en las filas del pueblo. Vuestra amistad y vuestra nobleza me ayudaron más que los tratados. Y hasta ahora, este sencillo camino que descubro, es el único para todos los intelectuales.

Nos dirá también… el escritor debe servirse del arma que sabe manejar mejor, la pluma. La pluma de un
escritor digno de tal nombre no debe ser servil. Pero hoy un escritor autentico moja su pluma antes en la sangre que en la tinta; y esta pluma se convierte, más que nunca, en un arma, vale más que se pudra en la inacción- España es hoy nuestra pasión. Si no combatimos en su suelo, seamos en el exterior sus soldados de una forma o otra. Brigadas de choque del pensamiento internacional- No nos avergonzamos de haber puesto, por una vez, nuestra pluma al servicio de algo, pues ese algo es España nada menos. Ese algo es el mundo, es el destino del hombre.

En 1943 publicó Himno de pólvora, con poemas y textos en prosa cuyo tema central eran los hechos de la guerra, y la bellísima Elegía en la muerte de Miguel Hernández. Ese mismo año perdió a su compañera y a su hermano, Enrique. A partir de ese momento ellos estarán presentes siempre, buscándolos, rescatándolos a través de sus poemas. Poco después conoció a Irma Falcón, la madre de su primer hija, Aurora Amparo.
Con la irrupción del peronismo, González Tuñón regresó a Buenos Aires y publicó su primer Canto Argentino, libro estructurado en cuatro partes, donde alternaba la historia pasada con la inmediata, una suerte de canto general de las luchas del pueblo argentino.
En el año 1952, Raúl vuelve a casarse, es Nélida Rodríguez Marqués, quien será su compañera hasta el fin de su vida y la madre de su segundo hijo, Adolfo Enrique. Sus poemas retomaron el lirismo de los poemas iniciales, en lo que él mismo definiría más tarde como “realismo romántico” y expresaría claramente en dos libros Hay alguien que te está esperando (1952), donde recordaba a sus queridos que ya no están y Todos
los hombres son hermanos, (1954) donde reaparecía el barrio, el tango, el puerto y su vida personal inserta en cada verso.
Un grupo de jóvenes, cercanos a la estética de González Tuñón formaron un grupo literario llamado “El pan duro”, que funcionará entre el año 55’ y el 57’. De allí surgirá el primer libro de Juan Gelman: Violín, y otras cuestiones, y José Luis Mangieri creará la editorial La Rosa Blindada donde Raúl publicará algunos de los libros de su última producción.
Desde 1963, el poeta de los caminos, realizará sus últimos viajes y se sucederán nuevos libros: Demanda contra el olvido (1963); Poemas para el atril de una pianola; El rumbo de las isla perdidas; y La veleta y la antena (1969), afianzando elementos dispersos de libros anteriores, mezclados con recuerdos, nostalgias, que aludían a la bohemia, la política y el amor.

VILLA AMARGURA

Villas, villas miseria, increíbles y oscuras,
donde sopló el olvido sobre la última lámpara,
Villa Jardín, Villa Cartón, Villa Basura,
de calles que trazaron los azares del hambre,
la súbita marea de los desposeídos
y los desocupados forzosos; los ilusos
del patético éxodo de provincias lejanas,
que avergüenza la frente pálida de la patria.
Barrios de un Buenos Aires ignorado en la guía
para el turismo; barrios sin árboles, de ahumados
horizontes sin agua, sin ayer, sin ventana.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas,
de viviendas como hongos; latones, bolsas, zanjas
hundidas por las lluvias, mordidas por los vientos.
Barrios de soles turbios y lunas oxidadas,
de noches enemigas y de hoscas madrugadas,
y la insólita fuga de los perros sedientos.
Villa Jardín es un nombre que sueña
con un largo sonido de impiadosa ironía.
Un hombre que golpea como un aldabonazo
en el límite de la ciudad gigante.
Villa Jardín, un breve nombre
que oculta una miseria vasta.
Villas que habitan densas familias, el llamado
bajo fondo social, que no es la resaca,
y que mantiene intactos su decoro y su fe,
el altivo rencor dentro del pecho
y la esperanza.

(De "mi ciudad", Eudeba, 1963)

La noche del 13 de agosto de 1974, Raúl escribió su último poema, en homenaje a Victor Jara, el cantor asesinado por la dictadura de Pinochet. Al día siguiente, a la hora de la siesta partió para encontrarse con él, con Federico, Antonio y Miguel, con Amparo y Enrique, con el abuelo imaginero y el abuelo socialista, para junto a todos ellos, esta vez caminar el cielo, pintándolo de poemas y de revoluciones.


Sin un céntimo, tal como vino al mundo, murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo

dos musas, las esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.


Hablemos de un hecho favorable al proceso de la perfección./ La poesía, ese equilibrio
entre el recuerdo y la predicación,/ entre la realidad y la fábula,/ debe fijar los grandes
hecho favorables./ Hablemos de un hecho histórico favorable, feliz, a pesar del fracaso
y de la muerte”
Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la
mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena, salpicada por las
diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y
actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías,
declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas,
negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
Se han visto marchas de hambre sobre flamantes villas y de burgueses muertos
vientres agujereados y de filas de mineros fusilados. Hay la revuelta próxima que
estallará de pronto como la luz tan súbita que inventa la ventana. Hay posibilidades
para la poesía. Hay mañana.

Dice de sí mismo; El espíritu insobornable de rebelión que anima siempre en mí contra
todo aquello que afea la vida del hombre.

BUENOS AIRES, 1974. Raúl González Tuñón, un mes antes de su muerte.

LA CALLE DEL AGUJERO EN LA MEDIA

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.

Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.

¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?

Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

OLGA ELENA DE LUCIA VICENTE


Nace en Buenos Aires, el 21 de Febrero de 1947. Cursa en la Universidad de Buenos Aires la
carrera de odontología, y trabaja en ello durante muchos años. Obtiene la nacionalidad
española en 1983.
Estudió Psicoanálisis en la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero. Pertenece a los talleres de
Poesía de la misma institución, coordinados por el poeta Miguel Oscar Menassa.
Participó en el Congreso de Psicoanálisis y Poesía (Buenos Aires 1987), con un trabajo
conjunto sobre la Creación y también en el Congreso de Psicosis (Ed. Grupo Cero) con el
tema Alucinación en la Psicosis.

Con Miguel Oscar Menassa, su compañero de viaje.


Coordinó grupos de creación, trabajando sobre cerámicas.
Es presidenta de la Asociación Pablo Menassa de Lucía y del Club Deportivo Grupo Cero.
Es actriz de la productora cinematográfica Grupo Cero, se la puede ver en los cortometrajes, Él, ella y pirulo, Suicidio asistido y Ayer mientras dormía. Y en los largometrajes ¿Infidelidad? Mi única familia, La invitación del presidente y El medicamento, todos ellos escritos y dirigidos por Miguel Oscar Menassa.
Ha publicado en numerosas revistas de poesía. Y en Talleres de Poesía I, publicación conjunta (Ed. Grupo Cero). 1995
Su primer libro de poesía, PARA SEGUIR VIAJANDO, se publicó en Editorial Grupo Cero en 1999. Su segundo libro “AGUA FRESCA” en 2001 Su tercer libro de poesía: VENGO DE UN PAÍS en 2013.

Olga de Lucia con sus hijos los poetas (de izda. a derecha) Manuel Menassa, Alejandra Menassa y Fabián Menassa en la sede del Grupo Cero.
En un recital de poesía en la sede del Grupo Cero acompañada a la guitarra flamenca por Antonio Amaya.

POEMAS

De “PARA SEGUIR VIAJANDO”

No me dejes esta noche, amor.

No me dejes esta noche, amor
que la muerte anuda mi garganta,
que la ira arrebata turbulencias
y agiganta el cerco de impotencia.

No me dejes esta noche, amor
que en las sombras sin eco se levanta
lo injusto, lo mezquino, la demencia
de un paisaje saturado de inclemencia.
Aquieta con tu mano la furia de mis células,
amor, cegadas por tétricas banderas
de inmemoriales hordas asesinas;

y en el remanso de tus fuertes brazos
aloja esta loca cabeza alborotada,
desbrocemos la maraña, despejemos la alborada.

Segunda generación

Si pudiera con mis lágrimas
lavar tus heridas
saciar tu sed,
me desharía como una nube
de gris plumboso sobre el mundo.

Si pudiera con mis palabras
alimentar tu alma
si pudieras escucharme…
si hubiera una manera de llegar a ti.

Sin embargo
extiendo mis palabras y no te alcanzo
te digo que te amo y no me crees,
me confieso humildemente y crees que quiero sobornarte,
te digo que cualquier camino no da lo mismo
y supones que coarto tu libertad.

Hay tantas cosas que no entiendo
que tengo los labios sellados,
la mirada impotente,
un amor que no alcanza
un deseo que no sirve,
mas tengo también
la decisión de no doblegarme
de no dejarme abatir.

Algo que me dice que el amor es combustible
que alumbra la desesperanza, el odio, el tedio
y el ansia de vivir.

Azar relativamente programado.

Cimbreado entrecortado vaivén
de pasos alzados entre sol y penumbra
lanzo el tejo al azar, acepto el desafío
temerosa sin embargo de oscuros designios.

La vida es la secuencia de deseos perseguidos
de metas conquistadas, de tropiezos,
de escalones al abismo, de palo enjabonado,
de cálidas ráfagas y ráfagas heladas.

Cada día, conciencia me arrincona
interrumpe mis sueños cuando despunta el alba
con tono amenazante duramente me interroga.

Sólo puedo prometer apostar por la vida
eludir el atajo de los ojos ciegos,
entrelazarme al amor, intentar el olvido.

Si bien embriagadora

Gocemos de esta paz,
si bien embriagadora…
Lo hondo de lo efímero,
la terrible belleza
de lo que ha de morir.
Qué más da lo eterno
que atrapar
este instante
esa cálida paz arrolladora
prendida a la cadencia de tu voz,
ese leve temblor cuando te acercas,
el vaivén de tus caricias
en los rincones de mi cuerpo
que te nombran.
Hay estados del alma
que no quisiera abandonar
aun esa repetida zozobra
al verte partir.

Para seguir viajando

Sincopado resonar de los recuerdos
partido por las reses del quebranto,
horadando esquinas sin tapices
resbaló el tobogán de los misterios.

Se puso su sombrero sobre equis
y salió silbando un fa rotundo,
un plumón sobre su atormentado sexo
y piano entre sus rojos labios.

Cautelosamente deslizóse entre arboledas
sembrando piedrecillas a su paso.
Volvió de noche, desolado, desollado
su trajinar deseoso de quimeras.

Se quedó con pocas plumas, pero suyas
no ansió lujuriosos enseres ni ornamentos,
ni estudiadas palabras, ni esperpentos
sólo lápiz y papel para seguir viajando.

De “AGUA FRESCA”

Ella

Algo pulsa en la penosa inflamación de los nudillos.
Esas garras que se ciernen a la muerte
en feroz equilibrio con la vida.
Altivez de buitre cayendo sobre la presa muerta
viviente en mí.

Estar de pie en la línea de partida

Ecuación impar ahueca mis huesos,
calcio que se vuelve torrente
y malamente se deposita sobre el ojo
abierto de la arteria.
Ella cansada de estrecharse y expandirse,
-como de la mano de Dios abandonada-
como el pulso de su vagina muriendo
en el estertor hambriento de silencios
y de páramos abiertos en la boca
abierta de los tiempos.

Su vagina con dientes relucientes
amenazando su integridad,
ese desaparecer oculto en vientres
que se anudan
cercando el misterio de la vida.
Navegar contra corriente,
sacar de su cauce la languidez,
esta melancolía sorda.
Desnudarse, sentir que todo está perdido,
poner un nuevo envase a esta osamenta gris
que se deshidrata lentamente.

Otra vez entregar los viejos lazos a los nuevos
y estar de pie, en la línea de partida.

Más allá de las nueve puertas y la piel

Tiempo suspendido, cuerpo abierto
registrando espacios a la vida.
Excelsa boca de placeres tan inciertos
belleza del color brillando en tu sonrisa,
olores de los senos tan turgentes,
piel tan sensible a tus caricias.

He recorrido kilómetros buscando aquel sabor,
he descorrido los velos más densos sin hallar la luz,
he olfateado los olores más eróticos, soportando
todas las vibraciones sobre mi piel.
He quedado extasiada en el placer
breve solaz que me llevó a la palabra.
Tocamos las fibras más intimas
volando lejos de la tierra.
Y hubiera sido posible enloquecer
mareada en el círculo caliente de sus ondas
girando enloquecidas hasta su desaparición.

Huyendo de la muerte, la muerte reinaba sobre mí.

Diamante incandescente arrebató mis sentidos
salvaje ambición desmedida sus desvelos,
sangrante humanidad equivocada
en su invocación de esperanza.
Son tenues los hilos que trajinando el camino
ponen fin a un horizonte a la deriva.
Más allá, lo desconocido se tiende al infinito
que seas capaz de padecer.

Junto a sus amigas Claire Deloupy, poeta y traductora al francés de los poemas de Miguel Oscar Menassa y Teresa Poy,
integrantes del Grupo Cero.

Donde nunca me esperaste

Estoy donde nunca me esperaste,
cosas tontas las que me sobrecogen.
Cuerpo que pulsa al son de soles abismales,
centelleo de luz,
constelación que siempre muta.
Mi piel de cordero desgarro
y pugnan por salir miles de agujas,
el tiempo, sobre los ojos ciegos.
Con Tiresias de la mano caminamos
hacia esa luz,
transferible del lenguaje.

Su mirada detiene el tiempo.
Todos los momentos se anudan ante ti,
bailarinas de cartón huyen de la escena,
humanos asidos del testuz como los gatos
colgados de ganchos como reses,
amos absolutos de la muerte.
Pasea por la ciudad su amplio dominio.
Enlaza extensos collares de esperanza,
cuando me acoge el páramo desierto
de tus ojos nublados al ocaso.
Quiero verte renacer de las cenizas,
que tires tu cabello hacia atrás con decisión
humano gesto.
Que sacudas la lenta monotonía
de tus vicios,
que vengas a rodear este vacío
que siento aquí, entre mis pechos secos.
Que forme su aura un sol
para resquebrajar la nieve de mi alma.
Que cuajen las fiebres de veinte primaveras,
que me aten al misterio
de tu voz, viva.

Si atraviesas mi cuerpo, lloverá

Quita tus zapatos a mi puerta,
pasa con cuidado, no hagas ruido.
Nube acuñada en los silencios
si atraviesas mi cuerpo, lloverá.
Soy tu cítara deforme y caduca
acariciando la noche.
Envuélveme en tu velo
violeta sumisión.
Prende tu blasón
en el costado abierto de mis sueños,
hunde la duda, hazte a la mar.
Estoy aquí, donde los caminos
anuncian infinitas trayectorias.
Expectante
esta dirección
que impulsa el viento.
Ámate, hombre de piel y huesos,
crece a mi lado, déjate amar.

Regreso a la tristeza

Estuve ahí, en las profundidades
de la soledad.
La inconmensurable quietud
echaba un velo sobre todo dolor,
toda ausencia.
El silencio se levantaba majestuoso,
denso y cálido por los corredores
de la infancia.
Te recuerdo pequeña en tu silla de paja,
con las dos manos sostenida la cabeza
entre tus piernas.
Agujero misterioso.
Te amé, huimos juntos hacia el vacío
del dolor.
El calor había huido de ti,
última canción en el concierto celestial:
Cristo ajusticiado por amor.
Madre fecundada sin placer.
Oh, selva inflamada,
despierte su íntimo fuego.

Algo debe morir para que algo crezca

Anclo en este atardecer tenue,
aguas perennes como cielo
ante la mirada ausente de la vida.
¡Cuánto más siembre, más cosecharé!
Flor creciendo hacia su destino de semilla,
grano cultivado con esmero
sustento de mi alma.
Me detengo en tu materia inexistente
célula operante
sobre el enorme universo de la lengua.

MIR

Tiembla más allá de la gravedad
tu enorme corazón,
fugaz, suspendido,
laderas del espacio.
Caerá en la inmensidad del océano
lo que tocó la humanidad.
Sordo ruido, maremotos
agitan mis pobres ambiciones.
En el no fondo de tus ojos,
laten torpemente hasta acallarse.
Tierra, tu pueblo tiene hambre.
Tu pueblo sangra en el olvido.

De “VENGO DE UN PAÍS”

Su sino fue el olvido

Detrás de los visillos
siluetas como nubes
danzan, ante los ojos del recuerdo.
Hilos invisibles entretejen
la tela de los sueños.
Escenario de cosas imposibles
de deseos truncados,
de alabanzas marchitas.
Las canas que pintan el alma
opacan los colores de la tierra.
No hay tiempo de soles,
ni tiempo de ninfas,
ni sirenas de espuma,
ni peces voladores.
Hay mañanas de escarcha
en el desierto del alma.
Palabras que no llegan,
manos deslucidas,
ojos sin deseo.
Salinas como vítreo parador
del cansancio.
Historias que regresan
y se mueven fantasmales
entre danzarinas letras.

Un cielo de alimañas

Un cielo de alimañas
oscurece el horizonte.
Polvo, ennegrecida soledad,
huyendo por las calles del olvido.
Exhausta estoy
cedida la energía
al defenderme.
Te suplico vivir sin el mí
entorpeciendo todos los encuentros.

Polvo de lo fósil

Polvo de lo fósil
esparce el viento.
Todo recuerdo
tiñe para siempre el infinito.
Ala truncada en pleno vuelo,
nostalgia por algo que nunca estuvo.
Soy mortal y esta vida
es lo único que tengo.
Haz con los viejos fantasmas
una maleta -me dije-
y arrójalos al viento.
Los nuevos fantasmas serán frases,
vuelos comprometidos
con lo humano.

Todo tiembla

Todo tiembla.
Un gélido volcán
vuelve a sentir en su seno,
el cosquilleo espeso
de mil lenguas de fuego,
pugnando por alcanzar el cielo.
Se resquebrajan las alturas.
El ruido ensordecedor
de tanta fuerza contenida
escupió sus desgarradas piedras,
su magma incandescente,
borrando todas las huellas.
Sólo destrucción, gritaba impunemente,
Destrucción y Muerte.
Sobre las cenizas, me dije,
no esta bien construir ninguna casa.

Mundo hoy

Luces exterminadoras sobre la ciega noche
iluminan los azorados ojos antes de morir.
Castigo del Dios Imperialista
a un pecado no cometido.
Días y días incentivando el dolor y la angustia.
Visión de destrucción, desolados paisajes.
Ética de los poderosos donde los malos
son siempre los otros.

Prefiero escuchar la nota del alelí

Quisiera tu paracaídas Altazor
para aterrizar con tus palabras de alabastro
y caer de pie en esta selva de palabras,
impregnada con la vehemencia de tu sangre.
Ver más allá de los jeroglíficos
que describen las golondrinas en el aire.
Bajar la persiana de mis ojos
y que sus olas no destruyan la quietud de los nenúfares.
Que la marería no castigue la geografía de las costas
ni se lleve el torbellino las almas inocentes.
Ni arrecien huracanes desterrando transeúntes,
ni aludes ensombrezcan la mirada de los hombres.
Que nadie grite el hambre, ni rasgue con sus uñas
el dolor de la izquierda, latiendo en la mañana.
Ni atronen los obuses, ni salten pedazos de humanos
cercenados por intereses espurios.
Que se apague el estruendoso ruido de la pólvora,
que me dejen escuchar la nota del alelí.

En la actualidad continúa asistiendo al taller de Poesía de la Escuela de Poesía Grupo Cero coordinado por el poeta Miguel Oscar Menassa donde sigue produciendo.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

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