3 Poesía más Poesía: Enrique Molina y Norma Menassa

ENRIQUE MOLINA

Biografía


Enrique Molina, nacido en Buenos Aires en 1910 (donde moriría 86 años después), tempranamente su familia se traslada a la provincia, y hasta los doce años vive primero en Corrientes, junto al río Paraná, y luego en Misiones. Realizó los estudios secundarios en Necochea, junto al mar. Ya en Buenos Aires, sin duda presionado por su padre a seguir el oficio familiar, estudia derecho, una disciplina que no llegó a ejercer. De hecho, ni bien obtuvo el título se lo entregó a su padre y se embarcó de marinero en un barco griego y durante tres años navegó por todos los mares del mundo. Seguramente cuando cesaban las tareas, buscaba la soledad y se asomaba a la borda, entonces acontecía el milagro: el esplendor del océano, bridas de luz que lo llevaban hasta el cielo, las brisas de la tarde entrecerrando sus ojos, transportados a ese horizonte ambiguo, a ese estallido azul.

TAMBIÉN NOSOTROS


Sí, zarparemos con los últimos barcos.
Al mar también le duelen las piedras que lo ciñen,
cuando su ronca cólera no basta
a estremecer la muerte del pequeño marisco.
Apartadme de mí, de mi larga estadía.
Siempre el rostro y las manos, el sueño y el espejo.
Podrías recordarme como al humo:
para eso hay muelles de dulce declive.
Eternas criaturas de la tierra,
seguiremos andando debajo de las flores,
con ligeras estrías azules en el hombro.
Y acaso reconozcan nuestros nietos por su pelo arbolado,
por sus ojos de tristes nadadores,
y su manera de decir: “Otoño…”

                                                   Las cosas y el delirio (1941)

A finales de 1934 tocó puerto en España. Volvió inmediatamente después de la Guerra Civil pero, como de tantas cosas de su vida, sólo nos ha dejado un testimonio poético. Es poco lo que sabemos de su estancia en Chile, Ecuador, Bolivia y, sobre todo, Perú, junto con César Moro, Westphalen y otros, donde dirigió algunos números de la revista A partir de cero. También se ignora casi todo de su vínculo, ya en los años setenta y ochenta, con Brasil, salvo su amistad con el editor Ferreira de Loanda.

DIOSES DE AMÉRICA

Como rayos que parten al destierro
con el viejo alarido de sus víctimas
uno a uno pasaron, rodando de la pétrea corona del altar
que sostuviera su pavor espléndido.
Su nube a solas con sus mitos fríos
gira al relente, como un triste pájaro;
y de la hoguera
solo la llama de la ortiga sube
al pie de unas pirámides truncadas por los tiempos.
Ninguna sombra allí posa la ofrenda,
ni el ojo del humano, bajo las lágrimas, contempla
fulgir en el vacío su cólera emplumada.
Dioses de América. Sólo el caimán azota
con su cola de fango vuestro orgulloso imperio.
Esparcidos collares de dientes y de guerras
donde agoniza el trueno como una bestia herida
y la funesta tierra del silencio devora
el cuchillo del ónix, la vasija cerámica
en cuyos verdes labios de piel seca aún fulgura
el Salmo de la Lluvia,
el Salmo del Huevo,
el Salmo de la Luz y la Serpiente.
Máscaras impregnadas por la resina de la tea,
iluminad el páramo, la nieve,
y la piel de los siglos sobre los escalones
donde como un ligero torbellino de polvo
aún reza el sacerdote de orejas espinadas que descifra el oráculo.
Fabulosos globos de monstruos y plumas, dioses,
cumbres de pánico y grandeza.
¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida
sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?
Ignoro vuestros cetros,
sólo sé de vosotros la ruina, la humillada ceniza de la hoguera,
la escalera de piedra, el disco derribado,
la momia que farfulla entre las lagartijas sus plegarias solares,
vuestra eterna alabanza,
vuestra ley ¡oh vencidas potestades amargas!
Sin embargo, a menudo, entre la tempestad,
oigo el aullido de esos duros imperios devastados,
el rumor de unas perdidas glorias
que el polvo diviniza.
(Pasiones terrestres, 1946)

Fue un poeta americano, sin embargo lo fue de una manera peculiar: no tuvo nostalgias del mundo indígena (reales o inventadas) y tampoco del desarrollo moderno de las ciudades (Buenos Aires, San Pablo, México DF): fue por amor a la vastedad del continente, a sus grandes ríos, a su fabulosa naturaleza, cuya intricada manifestación se confunde en su poesía con la sexualidad y el deseo. Frente al continente europeo, América, sus enormes espacios vacíos, su naturaleza aún no excesivamente domesticada en la primera mitad del siglo XX, despertaba en él un sentimiento adánico.

PUERTOS CALIENTES

Con un olor de luna caliente cuyo vaho
quema con sorda plata desierta las orillas,
en las bandas de América se abren
unos puertos sin sueño, unos oasis de moscas
caldeados por el viento, entre la luz y el trueno,
en los rancios anillos de la arena
donde elevan sus humos de alabanza,
su portal de tullidos como un coro
de perros y profetas,
ardiendo en las terrazas de la lluvia,
en las lajas manchadas por el tiempo.
Es la desolación del océano,
su filtro derramado en unos labios
que susurran infamias tentadoras,
promesas como hiedras;
enmascarado en trapos de colores,
entre mercaderías y tatuajes,
impasible en el fuego de miseria que brota de la tierra.
Es una miel sombría de mulatas
en un país de grillos,
tras las ocres persianas de madera,
comiendo su jaiba tristemente en la lumbre nocturna,
en medio de cortinas voluptuosas
donde los días yacen como una sal dormida:
el que tocó la cresta de las islas,
el que huía de estrellas azules y fatídicas,
el que eligió la playa para lavar sus muertos
cantando roncamente.
Un triste son de negros, un tablón que castiga
en medio de las aguas, comido por la bruma,
en la maniobra pálida del mar.
Y cuando el sueño sopla
-como un aire de antorchas vacilantes-
el ligero velamen de gasa de los lechos,
en silencio y solemnes
como ahogados en viaje,
zarpan entre la niebla los durmientes, hundiendo sus
cabellos en la noche,
seguidos por sus nubes de insectos,
por su copo de aliento como una mariposa.
¡Esa hermosura!
Marismas de prostíbulos y llamas
bajo las alas mórbidas del trópico
que aletean sin fuerzas tal un adiós incierto
en el desdén remoto de las olas. Red colmada
por los frutos brutales. Arrabal del océano
donde vaga la luna con los labios brillantes
como una reina loca, errando entre los médanos
con su pobre campana de ladridos.
Un canto de nostalgia, en la expiación del año,
nacido del fulgor de las adormideras,
como un eco de cosas que ya ardieron
en la sal del espacio.
Pasiones terrestres (1946)
Enrique Molina, si bien no es un poeta de la ciudad, tampoco es un poeta de la naturaleza en su sentido más contemplativo. A veces hay cuartos, habitaciones, pero son espacios roídos, quebrados por la presencia de lo natural. La naturaleza en Molina es dionisíaca, convulsiva, adorable, infernal. También se afirmó que su exaltación del paraíso está unida a un destino errante: el poeta asume esa errancia y en ella acaba reconociéndose (“porque nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido”).

AMANTES VAGABUNDOS


Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero un poco más lejos hacia nada
Están las lámparas de viaje
Temblando suavemente
Los hoteles de garganta amarilla siempre rota
Y sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
-¡Oh el errante graznido sobre la cumbrera!
Dormíamos al azar con montañas o chozas
Bajo las altas destrucciones del cielo prontas a arder con un fuego inasible
Junto al árbol de paso que se aleja
A menudo asomados a ventanas en ruinas
A balcones en llamas o en cenizas
En esos lechos de comarca
La lluvia es igual a los besos te desnudabas
Girando dulcemente en la oscuridad con la rotación de la tierra
Belleza impune belleza insensata
Pero sólo una vez sólo una vez
Juega el amor sus dados de ladrón del destino:
Si pierdes puedes saborear el orgullo
De contemplar tu porvenir en un puñado de arena.
¡Cuántos rostros abandonados!
¡Cuántas puertas de viaje entreabriendo su llanto!
Cuántas mujeres que la luz ahoga
Sueltan sus cabelleras de región indeleble besada por el viento
Con aves inmóviles posadas para siempre en su mirada
Con el silbo de un tren que arranca lentamente sus raíces de hierro.
Con la lucha de todo abandono y de toda esperanza
Con los grandes mercados donde pululan cifras injurias legumbres y almas cerradas sobre sus negros sacos de semilla
Y los andenes disueltos en una espuma férrea
-Desvarío tiempo y consumación-
Tumba de viejos días
Bella como el deseo en las venas terrestres
Su fuego es la nostalgia
La celosía del trópico tras la cual hay arañas cortinas en jirones y una vieja victrola con la misma canción inacabable
Pero los amantes exigen frustraciones tormentos
Peligros más sutiles:
Su pasado es incomprensible y se pierde como el mendigo
Dejado atrás en el paradero borrascoso.

                                  Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951)

Creo que habría podido repetir con Cendrars, “cuando se ama hay que partir”. Hoteles secretos, amantes vagabundos, voluptuosidad de las aves migratorias, regreso del pródigo, maletas de piel de pájaro, itinerarios, etapas, diarios de viajes, tierra tatuada antes de dormir, alta marea, rito acuático, un lecho de hormigas reales… ¿Títulos? Señales de paso, testimonios de los días del tiempo.

LOS HOTELES SECRETOS


El brillo nómade del mundo
como un ascua en el alma una joya del tiempo
se abre tan sólo al paso de ciertos hechos tormentosos
arrastrados por la corriente
hasta las escaleras cortadas por el mar
en ciertos antros de lujuria de bordes sombríos
poblados por estatuas de reyes
casi irreconocibles entre el reverberar de las antorchas cuya
luz es la hiedra que cubre los muros
¡Oh corazón orgulloso!
entrégate al fantasma apostado en la puerta
              
Ahora que tan bien te conozco
sin otra sed que tu memoria
criatura melancólica que tocas mi alma de tan lejos
invoca en las alcobas el éxtasis y el terror
el lento idioma indomable de la pasión por el infierno
y el veneno de la aventura con sus crímenes
¡Oh! invoca una vez más el gran soplo de antaño
en estas cámaras de piedra enlazada a tu amante
y ambos envueltos en la lona de los días perdidos como el
muerto en el mar
y prontos a deshacerse en las hogueras instantáneas
sobre lechos de un metal misterioso que brilla en las tinieblas               
bajo la zarpa de los candelabros
y el coro de pájaros lascivos girando con furia en las habitaciones               
selladas por el hierro de otras noches

Pues tales antros solemnes cubiertos de flores carnívoras
con mármoles que se pudren a la sombra de cabelleras opulentas
se balancean labrados pomposamente desde el portal hasta
la cúpula
como la nave anclada sobre el abismo
agitando con lentitud sus espejos para adormecer a la mujer
desnuda entre los verdugos que incineran el corazón
de la noche
y el zaguán donde se cruzan la lluvia y la frustración
los camareros con el rostro podrido por el tufo de las flores
acumuladas en los pasillos infinitos
el rumor de los suspiros sofocados
los besos entretejidos en nácar tristísimo
la hierba sin nombre en que se hunden sus huéspedes
repiten una vez más entre la sombra
la leyenda del amor que nunca muere

                                  Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951)

Enrique Molina fue siempre fiel al surrealismo, pero no porque siguiera a Bretón ni hiciera uso de la escritura automática (de hecho sólo se podrían encontrar huellas de este procedimiento en su primer libro, Las cosas y el delirio, 1941), sino porque creyó en la divisa que enlaza poesía, amor y rebelión. Creyó en el surrealismo por su fondo de anarquía, su sacralización de la vida, sus actos pasionales; finalmente, por su exaltación de la analogía que lo retrotrae al romanticismo de Hölderlin y Novalis, Nerval y Baudelaire. Si buena parte de la poesía moderna es hija de Baudelaire y Mallarmé, Molina es heredero indudable del autor de Las flores del mal, no del lúcido enamorado de la Nada.
A Molina le parecía raro que un poeta no tuviera afecto por el surrealismo, aunque no compartiera sus resultados. Por otro lado, aunque respetaba ciertos productos poéticos de pulcro despojamiento reflexivo, mantenía ante ellos una mirada de asombro ante lo que no termina de desentrañar su naturaleza.
Perteneció a la estirpe de Lautréamont, de Rimbaud, de Henry Miller, de Blaise Cendrars, de Lorca, de Neruda. Sin duda hoy podríamos emparentarlo, por varias razones, con el chileno Gonzalo Rojas. En Molina, aunque en ocasiones se copia un poco a sí mismo o bien se desmorona en su propia vegetación y magma verbal, es, incluso cuando habla de nubes, un poeta terrestre. ¿Es necesario recordar que uno de sus libros, de 1946, se titula Pasiones terrestres?

EXILIO


Vuélvete, y en la sombra,
tal como toma el pródigo perdido,
regresa hacia ese légamo de fuscos
donde vela el recuerdo de tu gente
enterrada en la arena.
Un batido arrecife natal,
la espuma de unos cuerpos que perduran
en susurros de óxido y salitre,
en espesuras entre cuyas ramas
se enganchan los ahogados, como frutos
mecidos por la racha submarina,
luces de misteriosas alas líquidas,
como el oscuro ruego
de una madre de olas que te implora
y gime entre las algas, sin destino,
tras el solemne carro de la luna.

También allí tu nombre polvoriento
grabado está. Desde antaño la piedra lo guarece
y silbó con el viento
en la mojada pluma del pájaro marino.
Porque fuiste a la playa
donde tus pies trituran yerbas secas,
aletas, restos de aguas eternas.
¡Oh, sobre cada estría la huella de tus labios!
Esa luz, esa sal, ese color de yerbajos corrompidos
que pican las gaviotas
un día te engendraron,
hálito que solloza en la calma nocturna,
alma mía, temblando de nostalgia ante el mar.


Pasiones Terrestres (1946)

ARCHIPIÉLAGOS LÁNGUIDOS


¡Islas!
Cual un collar de ardiente monedas despulidas
con que la luz se adorna y enceguece
o arroja a la nostalgia coronada de espumas.
Haz de arenas ociosas, indolentes sepulcros
abriendo sus delicadas frondas sobre la playa de despojos,
con sus nubes de hierbas, sus enigmas
entre lápidas llenas de conchillas,
las costas humilladas por los barrios marítimos,
los mercados portuarios de tortugas
y alfarerías hechas con la imagen del sexo,
frituras en los atrios, arrebatos impúdicos
buscando leves presas, homenajes de mujeres y fiestas.

¡Oh pozo de delicias!
Sellado para siempre, con el odre de furias enterrado en el golfo,
y un pueblo tumultuoso como un dios que medita,
honrando con alcoholes la belleza del mar.
¡Narrador! ¡Narrador!
Aguza en el destierro tu puñal de delirios.
habitante de casas de tablones tatuados por la sal de la luna,
precarias como el amo cuyo licor auspicia maleficios,
aullando sus brebajes,
injuriando la estirpe de sus padres,
la majestad del trópico en el gran desamparo de los años.
Embarcaderos rotos por un golpe de tristes alas de gaviotas,
que levantan su grito hasta palidecer más allá del escollo,
pregonando los ritos de la costa,
sus ancianas que tuestan entrañas de animales en parrillas grasientas,
los mariscos frenéticos
las tiendas de moluscos y sombreros,
unas lascivas lámparas del viento rodeadas de guitarras.
¡Arded, fuegos terrestres!
Que crepite el collar de cáscaras marinas
en el cuello de plata de los muertos.
¡Arded, turba de ebrios unidos a la lluvia,
moradores de playas, cautivos como monos en el lago,
en un flanco marino,
lleno de hermosos frutos que se adoran,
mutaciones y ruinas incesantes,
sus vastos letargos encaminados hacia el sol!

Pasiones Terrestres (1946)


Una noche de 1989, en Madrid, se le oyó decir que la primera memoria que guardaba de la poesía era la de su padre recitándole a Zorrilla, Espronceda y otros románticos españoles, cuando él aún no sabía leer. Aunque no entendía bien, la música verbal se le quedó impregnada para siempre. ¿Odió a su padre? ¿A su madre? En un poema de mediados de los cuarenta, Molina interpela a sus padres: “¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida/sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?”

Pero para Molina había un mundo paradisíaco, el que se dibujaba en su propio deseo, que no excluía, curiosamente, a la muerte. Es un paraíso porque incluye la muerte y así la vivifica lejos de considerarla algo ajeno. “A cierta profundidad de la conciencia, escribió en su única novela, los contrarios se identifican de una manera perturbadora”.
Cualquier poema está lleno de fragmentos imantados por una memoria acostumbrada a tatuarse en la corriente. Molina no cifra sino que trata de mostrarnos la experiencia concreta, las cosas, en las que arde “un terror antiguo”. Nada de abstracciones. Si el intelecto unifica la realidad, los sentidos la dispersan, la hacen girar en remolinos.

CIRCE


Solo contra la tierra
este sudor de instintos ha deshecho mi rostro de pájaro
    confuso
extraviado en los restaurantes de los tejados bajo la mañana 
    sin oficio
convertido de pronto en la bestia inocente que ronca entre 
    las flores
una mano de adiós
un golpe de olas en el alma

Disfrazado de playas y ciudades que pasan
las promesas se olvidan como en sueños
como un reverbero de moscas sobre tales países sin
    escrúpulos ni socorro 
en las eternas fogatas del tiempo 
entre las plagas de la inconstancia 
mientras se coagula al sol un vino de archipiélagos 
—oh carne sobrenatural con tu incomprensible gemido
    celeste torturado y salvajemente vivo en las venas— 
ahora que revisto la piel del cerdo fosforescente 
el olfato del camino
su relámpago de mujeres dormidas exhalando el perfume
   penetrante de la tristeza 
de plumas de sexo barridas por el viento
Pero te recobro
oscuro corazón de prisionero y de desafío 
ciego corazón humano 
con el hechizo de la corriente 
vacilaciones, éxtasis y terrores
y el musgo de abismo que brilla entre dos bocas que se 
    besan
para ser nuevamente sólo un hombre sin más amparo que
    tu furia 
sin otro cielo que tu aliento
como una blasfemia deslumbrante como un lazo demente tendido a los más puros vampiros de la tierra

Amantes Antípodas (1961)

Molina confía en el desorden porque intuye que hay un sentido, irreductible, que lo relaciona con lo más vivo. No confía en lo claro y distinto porque siempre ha creído que el misterio de lo vital no es desvelable salvo por la experiencia misma de sus contradicciones. Su capacidad de abrazar la afirmación y la negación, lo que se recuerda y lo que se olvida, es tan grande que la negación acaba revelando la antípoda sobre la que se sustenta. Los poemas “El pasajero de la habitación n0 23”, “Los hoteles secretos”, “Etapa”—, además de formar parte de lo mejor que escribió, son también en alguna medida, viajes en los que el esplendor se une a los naufragios, la promesa al olvido. No es casualidad que Molina tradujera “El transiberiano”, uno de los poemas centrales de Blaise Cendrars que junto con “Pascua en Nueva York”, y “Zona” de Apollinaire, son el inicio de una nueva poesía en lengua francesa. En “Alta marea” constata, tras un largo periplo marítimo: “todo termina/ los viajes y el amor/ nada termina/ ni viajes ni amor ni olvido ni avidez/ todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que acecha en el sol de su instinto”.

ALTA MAREA


Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
                     sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
                     de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
                     con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
                     la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
                     días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
                     insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
                     cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
                     enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
                     marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 
                     de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
                     desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
                     aguas y de los campos con las violencias de este planeta 
                     que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
                     como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
                     cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
                     acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
                     a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
                     del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

Amantes antípodas (1961

Enrique Molina escribió una única novela, “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman”. El libro une la recreación y narración de los hechos, visto en muchos momentos desde una perspectiva poética, y los documentos sobre el caso. En Argentina, Carmila O’Gorman, una muchacha de familia burguesa, se enamora, a finales de los años cuarenta del siglo XIX , en tiempo de Rosas, de un joven presbítero, Ladislao Gutiérrez. “En una sociedad donde imperan a la vez el odio y las virtudes domésticas”, nos dice Molina en el prólogo, Camila encarna “el honor del amor”. La pasión de Camila y Ladislao desafía a su tiempo. Ambos escapan, son perseguidos y, finalmente, ajusticiados por una sociedad y un poder tiránicos. Tuvieron la oportunidad de salvarse, al menos ella, a través del arrepentimiento: no lo hicieron, cuando desde el convento ella le escribe diciéndole que no se engañe, que ella no ha olvidado.
Molina encontró en esta historia trágica una verdad profunda: el amor es una afirmación disidente, porque, si bien en tal o cual momento puede ser aceptado nunca será una norma, siempre será “fuego libre” y sus manifestaciones un verdadero desafío para la vida convencional. “Por el amor —escribe Molina— supieron quiénes eran”.

En Buenos Aires, sus amigos eran Federico Gorbea, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Francisco Madariaga, Edgard Bailey, Miguel Espejo, Abel Posse, Roberto Sánchez, Fernando Sánchez Sorondo, Horacio Pilar, que admiraban su ternura, su picardía deliciosamente infantil, su generosidad, su talento sin par y la grandeza de su alma. Una vez fue visitado para un reportaje, vivía en ese entonces en una cuarta planta del 2385 de la Avenida Pueyrredón. En la puerta estaba pegada una foto de los ojos de una mujer. Su aspecto más bien bajo, con el pelo blanco, parecía un hombre fuerte, saludable, y tenía unos ojos en los que la infancia no se había perdido. En las paredes, algunos collages suyos (siempre se dedicó, con sensibilidad e imaginación, a la plástica, y a veces “ilustraba” sus cartas con collages) y una foto con una mujer desnuda, gorda, aunque con una cintura pequeña. Era gorda sin haber perdido las proporciones. André Coyné cuenta, en un bello texto sobre el poeta, que Molina se emocionó cuando supo que el último amor de Nerval fue una hermosa gorda. Molina y sus gordas, Molina y las gigantas de Baudelaire. Sin embargo, su última mujer, Genoveva Benedit, era muy delgada..

POESÍA MÁS POESÍA
También en televisión
Jueves a las 22h
En Grupo Cero TV
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DIARIO DE VIAJE


 Regiones nómades
con reliquias perdidas de la edad del fuego cuando el tacto abre su delta de
estremecimientos en grandes antros de sirvientas y ellas destellan 
todavía en la arpillera de los campos como la mandrágora los astros 
gemelos de sus pezones con el tufo del horizonte
Después la lumbre sobrenatural de lo obsceno y tantas habitaciones con un 
globo de sanguijuelas en la aterrada noche del olvidado 
el rumor de la mujer que llega por el pasillo inacabable acercando al corazón
su nombre y su aliento y a sus espaldas esa oscuridad de mi vida donde
de pronto las más bellas muñecas de incendio se iluminan para crear el 
vacío tórrido de la ausencia entre tales tabiques traspasados por las 
injurias de los vecinos
Luego la pareja arrastrada por el mar… tan perdidos… sin fuerzas sin 
victoria… los labios brillando con la humedad de las granjas y de las 
fiebres… Oh cuando era joven y la alquimia del mundo escogía los ele-
mentos de mi sangre para crear ciertas noches ciertos lugares de la 
costa el sentimiento de una irresistible conducta de volátil y tipo disemi-
nado entre las quemaduras de la pereza y el grito de olvido apagado por
el bramido del camión que lo arrastra en la cuesta
¡toda su alma bajo la fabulosa máscara del sol!
Tierras de antorcha arrojada a la cara 
el lecho jauría la boca incertidumbre la primavera éxodo esparciendo al 
pasar ese polvillo de nácar que desprenden los senos
¡y yo sólo abrigado con la llama desierta de cada cosa listo para cualquier 
frustración que despierte el relámpago del deseo sin esperanza cubrién-
dome de brasas que nunca cicatrizan y de ese vasto rumor de alas en 
viaje nacido de las raíces incesantemente arrancadas!
Minaretes de viejas camas de hospedaje víctimas incandescentes malezas de 
camarote atascado en la selva difuntos descoloridos sin memoria
cabezas donde ardió la fogata la voz salvaje de las lágrimas el grito de un 
pájaro extranjero
anotaciones imprecisas campos flotantes en la corriente del camino llegadas 
a lugares irrazonables situaciones del amanecer visiones postreras 
abrazos guitarras y cocos
Por todas partes países que miran fijamente ternuras vacías a la luz de los 
sueños y de las nubes 
alcobas que se hunden en el mar
El amor con su ráfaga
Tierras furtivas…

Amantes Antípodas (1961)

Estuvo en España varias veces, en viajes cortos Destacaba entre los poetas españoles a Garcilaso y Quevedo, a Bécquer, Lorca y Cernuda. En 1990 leyó en la Residencia de Estudiantes ante un grupo pequeño, y una semana después en otro centro cultural de Madrid, y en esa ocasión, que fue su última lectura en España, asistió sólo una persona, él no pareció inmutarse y dio su recital para esa sola persona tras agradecerle su presencia. Todo un ejemplo. A Enrique Molina le importaba muy poco la literatura y mucho la poesía. Cuentan que cuando estaba agonizando, un pájaro entró en la habitación, revoloteó y volvió a salir a la intemperie, a la redondez de la tierra, esas alas batiendo sobre su último suspiro, conduciéndolo de nuevo, una vez más, a las islas, “a través del tiempo y la nada en la avidez sin límites de todo corazón”. –

En la solapa de “Amantes Antípodas” 1961, puede leerse:
“Hay instantes en que todo ser está como un puente, como el cuerpo de un pájaro entre dos alas, como una ecuación total del mundo de las apariencias y lo absoluto. Esos instantes mágicos, son para mí de un contenido profundamente revelador y creo que la poesía, actividad sin resignación y sin esperanza, no tiene otro mecanismo
.En 1941 publica “Las cosas y el delirio” y obtiene el Premio Martín Fierro, instituido por la Sociedad Argentina de Escritores para poetas menores de 30 años. De 1946 es “Pasiones terrestres”, laureado con un Premio Municipal de la Poesía. En “Costumbres errantes o la redondez de la tierra”, el lenguaje se insinúa a través del mismo permanente sentimiento de inquietud, que fuga en todas direcciones. Fundador de una de las más originales expresiones dentro de nuestras revistas literarias: “A partir de cero” de inspiración surrealista.
En Francia, sus poemas fueron traducidos y publicados en “Cahiers du Sud” y “Les nouvelles litteraires”. Octavio Paz, refiriéndose a la obra de este poeta argentino, ha escrito”…en Buenos Aires, la poesía luminosa y fácil de Enrique Molina (fácil en el sentido de que son fáciles de crecer el árbol, la vegetación del mar y la sucesión de imágenes del sueño…”
“La poesía de Molina, como un cuchillo, no describe, se hunde en la realidad. Es un tatuaje imborrable, una herida perpetua, una joya viva en este inmenso desierto de baratijas”.

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NORMA MENASSA CHAMLI

María Norma Menassa Chamli nace el 22 de septiembre de 1938 en Buenos Aires. Recibe el título de médico en 1975 y de psiquiatra en 1983, Poeta y psicoanalista, es una importante científica del mundo de la salud mental. Tenemos que abreviar su curriculum porque no podemos leer las 33 páginas. Estudió, trabajó, coordinó, formó, supervisó, tradujo, publicó dirigió y fundó el “Centro de salud mental Villa Lugano”. Dirigió la Escuela de Poesía y psicoanálisis de Buenos Aires, a los 76 años, cruza el charco y se instala en Madrid donde sigue en activo, estudiando, trabajando, coordinando formando, supervisando a psicoanalistas en formación.
Ha incluido en su ejercicio profesional, la coordinación de talleres de poesía, ha sido co-productora de dos largometrajes de Miguel Oscar Menassa y también ha sido actriz.
Ha publicado varios libros en la editorial Grupo Cero, en psicoanálisis: Medicina Psicosomática, El porvenir de la Clínica psicoanalítica, Los miedos del amor, Vigencia de Sigmund Freud – La Transferencia-, Lo económico en Freud y Lacan, La realidad simbólica, Medicina psicoanalítica I y II, Esquizofrenias y otras Pasiones, Lingüística y psicoanálisis.
Sus libros de poesía son, Amores Mínimos, Talleres de Poesía I, Cuando está por llover los pájaros no vuelan, Eva Buenosaires, Me acosa una pasión  (1º premio de Poesía Asociación 
Pablo Menassa de Lucia), Pertenezco, Graffitis en el cielo, A plena penumbra, Vivir en Madrid.

Norma Menassa con el poeta Juan-Jacobo Bajarlía.

CULTIVARSE NO ES CULTIVAR

Zambullirte en otros mundos
darte un baño de extrañeza,
arder en deseos de lo nuevo
recorrer otras vidas,
renovar los siglos en cosas venideras
ir de la mano de los grandes, de los rojos, de los negros,
atravesar colores de otras razas,
costumbres añejadas, palideces agitadas por olas
de un fondo más viejo que sus nombres.
un virginal repaso de amores extinguidos,
una pasión de otros que hago mía.

Estar en este mundo significa hacer la alquimia necesaria
trasmutar los metales, y los mármoles
que se levanten con pies alados los dioses derribados
que soportaron la maldad de todos los rocíos.

Recordar el fuego de las hojas y todos los bronces escondidos,
volver sobre esos otros que dejaron sus señas desafiando los siglos
la bella reina del ciprés casada con el chamán piel–roja
trayendo una frescura imperceptible.

Estar allí con otras sangres luchando
con los esclavos de los convencionalismos,
liberarse de los que por falta de imaginación
no pudieron contra las ataduras.
Aburrirse con la burguesa moribunda que disimula su fracaso,
apresar en cada historia la estupidez del mundo,
confiar en los tentáculos de otras almas
y arremeter con filos ácidos las cuerdas de todos los poetas.

No hay sucesión, hay saltos,
antes de mi hablaron otros hombres
y no hay propiedad hereditaria sino tiempo veloz
juntando y separando la misma savia, la misma raíz,
haciendo contacto con nosotros.

Y aquel que escribía sobre la hierba fresca,
un Witman al que no conocí lo suficiente,
y que cortó los nuevos troncos para que los talláramos de nuevo.
Y Hermes el tramposo, una vez más en Delos,
y el altar se derrumba en sus temblores.
Las bodas de Canaán en Galilea,
y Nazim cantando entre las rejas y amando a su doncella,
más todos los artistas rotos,
desamparados de una patria sangrienta,
perdidos en los pueblos cubiertos por olivos grises
como las nubes de un cielo que aún no llora.

Las turbulentas huestes de jóvenes esperándome,
para que diga alguna cosa,
y esto soy yo, una multitud de vidas en mi vida,
una cultural benevolencia que me pone en el mundo,
como la mano aquella que arroja la semilla,
para que vengan a mí canciones mías,
nacidas de mi alma cautivada
que estalla con ritmos argentinos
y una Latinoamérica que me invita a cultivar la rosa
la que quedó escrita en su bandera por el hombre Martí
que me repite.

De “VIVIR EN MADRID”

DEL MAR VINO LA LUZ


¿Dónde estaba yo cuando la luz cayó entre los torbellinos del tiempo
y se abrieron las páginas de mis días golpeada por hechizos,
que mas allá de las palabras olían a sangre derramada
antes que la piedad se sentara a la mesa de los dioses.
Ente los que quedamos vivos después de la catástrofe
enronquecimos las gargantas y jadeamos sobre las aguas del océano
sin lograr apagar los gritos del naufragio,
mientras los pájaros caían abatidos sobre las ondulaciones de las olas.
La arena fingió su desamparo y convertida en vidrio
tatuó los pies que buscaban algún refugio y arrancó de su increíble huella, raíces que se hundieron en alguna novela estrafalaria
a la espera de alguna presa desgraciada y
trepados en la llama de algún sueño
se desnudaron los amigos con los que compartíamos el sol
y llenos de mentiras, mudos como un altar sin misa
vistiendo ropas desconocidas se desplazaron lentamente
hacia un olvido borrascoso, sólo sombras contra el pasado
que nublaron las imágenes sobre el mar
iniciando la ceremonia de la bruma.
Del mar vino la luz que iluminó un país desorientado
del que partían los senderos que llevaban al desierto
y el verano cegado aplastó contra la roca a una pareja de amantes
que se desvaneció en el aire sin suspiros
y los cuerpos y el cielo dieron paso a otra luz
parecida a un espejismo de fantasmas
que empezó a hablarle a las piedras
revestidas ahora con joyas de lujuria
donde plata y leche se trenzaban en anillos del tiempo
quedando capturada la libertad soñada.
El mar cubrió de sal los labios besados que eran mi único botín,
un círculo de fuego azotó visiones dispuestas a matarme,
un réquiem fueron las grandes sinfonías del sol,
lo inconcluso fue un puente hacia el amor
y el rugido de la luz
el inconstante umbral donde descansa mi locura.

Con su hermano el poeta Miguel Oscar Menassa en la sede del Grupo Cero en Madrid.

NADIE ME LO PIDIÓ


Me decían, partir el pan y repartirlo
porque la vida es sólo el manotazo que derriba a la muerte,
y acudía presurosa porque todo podía ser de todos,
y la grandeza es el desfile de actos cotidianos,
fugaz presente tratando de abarcar al mundo y penetrarlo.
Había palabras como soles en la mesa
y el mundo zumbaba en cada recorrido de la luz
hasta que el día se desmoronaba y todo cambiaba
al color de las sombras mientras alguien doblaba por la esquina
queriendo robar algún amor, algún sueño perdido
alguna ligereza para aliviar el peso de la espalda
Nadie me lo pidió,
pero hablé de lo que no conozco
y fui uno más de aquellos que quedaron vivos después de los bostezos
y nada más que por estar llegué
hasta las aguas del arroyo donde
mojé mis labios en la piedra que goteaba
y toqué la tierra humedecida donde crecía el musgo
que se pegó a mi piel y fui la verde imprecisión temerosa y profética
como de infancia vivida en las veredas,
solo al amparo de gorriones.
Nadie me lo pidió
pero gané futuro en cada paso, sin mirar para atrás,
cayendo como cae el día en un corredor interminable donde
nunca se apaga la fábrica de sueños y apenas un rasguño
es la delicada marca de mis pies sobre el silencio.
La noche como un pájaro azul lleva en su pico las horas ya vividas
y el viento borra los colores que a ciegas tiñe el tiempo.
Yendo en busca de algunas claridades y aunque nadie me lo pida
dejo algunas plumas que no sirven para el vuelo,
sombras que son palabras enhebradas
bordando cicatrices invisibles,
y un puente colgante donde se balancea mi nombre
hasta el vértigo de las gotas de aguas estremecidas

LO QUE NO SE PUEDE MOSTRAR


Desnudeces,
cuerpos de aires entrelazados.
Viajes por el país de las tardes y los asombrosos días de cantos
destinados a extraños que dirán algo inútil de mis imaginaciones.
Visiones crudas volcadas en una realidad que se transforma.
Palabras que no se suman en cadenciosas músicas
porque quieren ser una sorpresa.
Agilidad que mueve las formas esclavas del espíritu,
circunstancias de la vida que toman formas imprevistas
y que algún orden me trastornan,
quiero hablar de los hombres y hablo de la guerra,
quiero hablar del amor y hablo de los pájaros,
maravillas puestas en un lenguaje cotidiano,
la audacia de una sencillez que quisiera lograr y que no alcanzo.
Desnudeces,
Ni infancia, ni formación, ni amores,
acontecimientos solos venidos de este mundo
y arrojados fuera del mundo hacia otro mundo.
Cuerpos invisibles a pesar de las luces y los espejos,
escenarios inventados recreando el universo,
saltando los fenómenos naturales,
las llamas convertidas en pasión humana,
la noche, el viento y el agua para reproducir el amor
y los colores de los sueños,
flores sombrías, casi flores negras arrojadas en la calle
para que un bailarín de gestos torpes y falsos
juegue con sus sombras alargadas
como todas las sombras sin remedio.
Desnudeces
Entre la muchedumbre se brilla algunas veces.
La ingenuidad abandona la tierra y el aire atraviesa las letras.
que se arremolinan sin dudar,
con la esperanza de conservar lo móvil.
Un cuerpo fundido en otro cuerpo
y todo es vano a pesar del intento
de sacudir el polvo de semejante fusión.
El poema en una soledad emerge como si estuviese dirigido
por el desborde de la belleza mas allá de alguna verdad
y vuelve a poner todo en cuestión,
y a responder sin saber cuál fue la circunstancia.
El recuerdo se transforma,
hay una acumulación de siglos que empujan y la edad de oro
se transforma en un presente y la memoria se expande como una tiniebla,
atraviesa paredes, disfruta de las ruinas de un pasado,
reina un olvido fundamental
y queda la poesía liberada de entredichos.
Solo desnudeces,
ni líneas, ni superficies, ni volúmenes,
ni personajes, ni sentimientos,
ni monumentos, ni corazón ni cabeza ,
ni aburrimiento, ni belleza,
nada,
la destrucción es total,
se crea y se destruye,
nuevas formas buscan en el tiempo una nueva imagen.
Se borran los reflejos personales,
soy la que habla y la que escucha al mismo tiempo
una sola visión que me somete a una realidad que es otra,
que me devuelve viva.
Hay un constante devenir por todas partes,
cierro los ojos y se abren las puertas de lo maravilloso
más allá de lo comprensible,
todo encuentra su eco,
y quedo anonadada por lo que no se puede mostrar,
por lo invisible,
por ese movimiento perpetuo,
ese infinito.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

1. Poesía más Poesía: Raúl González Tuñón y Olga de Lucia.

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

BIOGRAFÍA

Raúl González Tuñón, poeta argentino conocido como el pichón de Argentina. Nació
en la Ciudad de Buenos Aires, el 29 de marzo de 1905. Murió, el 14 de agosto de 1974 en
Buenos Aires.
Un 29 de marzo de 1905 en la casa con dos patios y un níspero en la calle Saavedra,
frente al muro de un asilo, nacía Raúl González Tuñón. En el barrio del Once aquella
casa que ya no existe, como tampoco el muro ni el asilo.
“Vi la luz en el barrio del once, en el surero
Cerca de allí nació también Julio de Caro
y escribió de la Púa sus memorables versos.
Entonces aún la luna bajaba hasta los patios
¿Era todo mejor? No lo sé. Era distinto”

Hijo de inmigrantes españoles de origen obrero, el sexto de siete hermanos heredó el compromiso social de su abuelo materno, Manuel Tuñón, un minero asturiano y socialista que fue el primero en llevarlo a una manifestación. Su otro abuelo, Estanislao González fue un imaginero borracho y aventurero, que jamás salió de España. Se quedó pintando el manto de la virgen que sus vecinos llevaban en las procesiones, recorriendo bares y persiguiendo muchachas. De él, escucharía increíbles anécdotas a lo largo de su infancia y obtendría el perfil lírico y el espíritu andariego.
A los 17 años, Raúl recibió 15 pesos por su poema “A Frank Brown” (el payaso), publicado en la revista Caras y Caretas. Por entonces, ya era un gran conocedor de los bajos fondos porteños, tema esencial de su primer libro El violín del diablo, (1926) donde retrató como nadie ese Buenos Aires de fondas, cafetines y cabaretes de marineros, prostitutas, ladrones y canallas. Libro de 49 poemas que está dedicado a sus hermanos Enrique y Oscar, (“los más indulgentes espectadores de mis versos”).

Cinco “marineros” en Buenos Aires en 1933 en la presentación del libro de Norah Lange: `45 días y 30 marineros´. Vemos vestidos temáticamente de pié desde la izquierda a Pablo Neruda, Amado Villar, Federico García Lorca y Jorge Larco; en cuclillas, Raúl González Tuñón.

LOS LADRONES

Ven a verlos por la mañana
con la gorra hasta las orejas.
Han desvalijado a las viejas
del Asilo de las Hermanas.
Dilapidarán sus dineros
con mujeres y malandrinos
en pocilgas y merenderos,
en milongas y clandestinos.
Oirán un tango de Pracánico
y en lo del Pena ole con ole
mientras sueñan con Rocambole
las muchachas en el Botánico.

Del Parque Goal el payador
humedecerá sus mejillas
cantando sombrías coplillas
de sangre, de muerte y de amor.
A la noche con la mamúa
irán de pura recalada
a besar la crencha engrasada
que cantó Carlos de la Púa.
Y son humanos, inhumanos,
fatalistas, sentimentales,
inocentes como animales
y canallas como cristianos.
Ninguna angustia los desgarra.
Cada cual vive como quiere.
Cuando la madre se les muere
le ponen luto a la guitarra.

ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA (1926)


I
A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

II
Lamparillas de la Kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.

III
Teatrillos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría.
Paraísos artificiales.

IV
Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.
Pero sobre todo mujeres
para hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.
No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto

de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala
ritma en tu viejo corazón.
Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
De vida miliunanochesca…

V
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!

VI
Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Este libro, y las influencias de Enrique, su hermano, le permitieron ingresar en el diario
Crítica. Su director, Natalio Botana, quien se jactaba de tener en su redacción a los
jóvenes poetas de la nueva generación, convocó a Raúl a sus filas. (“….para mí, un
buen poema, es la mejor carta de presentación de un periodista…”).
El diario Crítica fue una gran escuela de periodismo. Por allí pasaron Nalé Roxlo,
Borges, Arlt, Petit de Murat y Nicolás Olivari, entre tantos otros. Tenía Raúl por
entonces veinte años y todo el mundo ante sus ojos viajeros y, coqueteando entre los
grupos antagónicos de Florida y Boedo, abrazó las primeras vanguardias, participando
de la mítica Revista Martín Fierro, junto a Borges, Girondo y Discépolo, entre otros.
González Tuñón, hoy suele figurar en las antologías de ambos grupos, por abrazar las
premisas del primero, pero sin desoír los dardos afilados que el grupo de
Boedo, de la mano de Roberto Arlt, Leónidas Barletta y Alvaro Yunque, lanzaban desde
su prosa.

Raúl González Tuñón en el Café Tortoni

LA LIBERTAD

I
De pronto entró la Libertad.

La Libertad no tiene nombre,
no tiene estatua ni parientes.
La Libertad es feroz.
La Libertad es delicada.

La Libertad es simplemente
la Libertad.

Ella se alimenta de muertos.
Los Héroes cayeron por Ella.
Sin angustia no hay Libertad,
sin alegría tampoco.
Entre ambas la Libertad
es el armonioso equilibrio.

Nosotros tenemos vergüenza,
la Libertad no la tiene,
la Libertad anda desnuda.
(Y el señor Jesucristo dijo
que el reino de Dios vendrá
cuando andemos de nuevo desnudos
y no tengamos vergüenza.)

Hermanos, nosotros sabemos,
pero la Libertad no sabe.

II
Hay que ser piedra o pura flor o agua,
conocer el secreto violeta de la pólvora,
haber visto morir delante del relámpago,
conocer la importancia del ajo y el espliego,
haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío,
haber visto a un soldado con el fusil ardiente,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Viva el amor, la vida poderosa,
la muerte creadora de olores penetrantes
y eso porque uno muere y resucita,
la luz sobre los techos de la aurora,
sobre las torres del petróleo,
sobre las azoteas de las parvas,
sobre los mástiles del queso y el vino,
sobre las pirámides del cuero y el pan,
la gente retornando,
una ventana con la bandera en familiar bordado
y la exacta ambulancia, con heridos,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Hay que ser como el puente necesario,
natural como el lirio, como el toro,
saber llegar al fondo del silencio,
al subsuelo del brote y a la raíz del grito,
hay que haber conocido el miedo y el valor,
haber visto una mano que agita una linterna
de noche, hacia el distante nido de metralla,

hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

III

De pronto entró la Libertad.

Estábamos todos dormidos,
algunos bajo los árboles,
otros sobre los ríos,
algunos más entre el cemento,
otros más bajo la tierra.

De pronto entró la Libertad
con una antorcha en la mano.

Estábamos todos despiertos,
algunos con picos y palas,
otros con una pantalla verde,
algunos más entre libros,
otros más arrastrándose, solos.

De pronto entró la Libertad
con una espada en la mano.

Estábamos todos dormidos,
estábamos todos despiertos
y andaban el amor y el odio
más allá de las calaveras.

De pronto entró la Libertad,
no traía nada en la mano.

La Libertad cerró el puño.
¡Ay! Entonces…

Los hermanos Tuñón fueron un puente entre ambos grupos. Y finalizados los años
veinte, cuando la polarización política se hizo evidente, debieron definir su posición. El
joven poeta de las tabernas, se convertiría en el primer poeta político-social de la
Argentina. Viajero inagotable, los puertos y los caminos fueron su obsesión. Natalio
Botana, enseguida comprendió que “este Raúl, el hermano de Enrique, es un pájaro y
hay que tratar de tenerlo siempre afuera”.
Esta atinada percepción hará que se convierta en corresponsal del diario y allí
comenzarán los viajes donde recogerá diferentes vivencias, transformándolas en
poesía. La huelga obrera de la Patagonia, en 1921, tiene uno de sus primeros
portavoces en Tuñón.
Producto de estas experiencias como periodista viajando por el interior del país, fue
Miércoles de Ceniza, (1928). Aquí, el poeta hizo un reconocimiento geográfico de su

propia historia y de la historia de Argentina, en una suerte de revisionismo trasgresor
y a contramano del oficialismo. Con este libro, Raúl ganó el premio Municipal. Con los
500 pesos del premio, sacó un pasaje en el buque español “Puerto de Palos”, para
finalmente “anclar en París”. El dinero se acabó pronto, pero nació en consecuencia La
Calle del agujero en la media (1930), el gran salto desde los bares de Buenos Aires,
hasta una mesa en Montparnasse. Un libro enamorado de París, sus mujeres, sus
esquinas, su bohemia y el surrealismo.

Fotografia original de PABLO NERUDA junto a RAUL GONZALEZ TUÑON Paris 1937

ESCRITO SOBRE UNA MESA DE MONTPARNASSE


Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
-cada ventana paga su pedazo de sol con una canción-,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.
Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.
Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.
Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en México
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.
Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
-la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes yo
vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.
Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

¡pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono!
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos para que venga una mujer y
me ame!
¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra,
¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus mujeres
y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.
¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.
¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.
¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.
Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.
Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura, el corazón verdaderamente libre.
Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.
Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.
Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del cristal, de la luz,
de la caricia -destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas las academias del mundo y hacerme un cinturón bravío de rutas inverosímiles como Alain Gerbault, para que venga Blanca Luz y me ame.

Luego de pasar por Barcelona regresó a la Argentina autoritaria de la década infame.
Botana participó de esta insurrección militar, incubándola desde su diario. Luego esto
jugará en su contra y terminará preso, con su diario clausurado y un breve exilio del
que regresó en 1932.
Con Crítica reabierto, estalló la guerra en el Chaco Paraguayo entre Paraguay y Bolivia
y fue Raúl el enviado al frente para relatar las patéticas imágenes de la tragedia. Allí
vio el horror de los cadáveres de “soldaditos que morían abrazados”, el olor a “tierra
arañada por la desesperación, a árboles quemados, a restos de trajes, de zapatos”. Fue
el cronista del dolor inmediato.
En Buenos Aires, cerca del puerto, en esas tabernas a las que el poeta adolescente les
había cantado; obreros, estudiantes y empleados sin trabajo habían levantado Villa
Desocupación. Una vez más, González Tuñón fue el designado para contar lo que allí
pasaba. Mezclado entre la gente, escribió
el gran reportaje de esas vidas, al que llamó La ciudad del hambre. Luego, cuando allí
se estaba organizando una marcha de protesta, Raúl estuvo con ellos, mientras la
policía arremetía a tiros y sablazos contra la gente que corría “entre sus casas de
cartón y arpillera”.
Como reacción inmediata, Tuñón fundó la revista Contra y allí publicó su poema “Las
brigadas de choque”, una especie de arte poética y discurso ideológico que definía su
postura contra la burguesía y “los plumíferos guardianes del orden constituido”
Poema, que como es usual para quienes se salen del dogma, le ocasionó cárcel y un
procesamiento que tendría veredicto recién en 1965: dos años de prisión condicional.
En 1933, Tuñón decidió exiliarse en España. Durante los años siguientes sucederán
hechos fundamentales. Conocerá a su primera esposa, musa de uno de los poemas de
amor más bellos:”Lluvia” y publicará El otro lado de la estrella, (1934), una historia de
trotacaminos, donde se alternarán relatos y “poesía de cuento”, como más tarde definiría su autor.
Luego, Todos bailan, poemas de Juancito Caminador, (1935), una especie de alter ego
del poeta, imaginado a partir de una etiqueta de whisky Johny Walker, donde se veía a
un personaje de bastón y galera caminando por el mundo. Poesía romántica de
amores furtivos y grandes amores, mezclada con política y retratos de viajes anteriores.
Una sublevación de mineros en España, en 1935, le mostraría una realidad todavía
más violenta a la que había conocido como corresponsal del diario de Botana.

Conocerá a Dolores Ibarruri, la Pasionaria y trabará amistad con Neruda, (por esa
época Cónsul en Madrid), con Federico García Lorca, Miguel Hernández y Rafael Alberti, entre otros compañeros de letras y de lucha. De la sublevación obrera nació La Rosa Blindada (1936), ( Octavio Paz dijo de ese libro; Para esa generación ( las del treinta) escribir poesía combativa era escribir a la sombra de Raul Gonzalez Tuñon, Es el Ruben Dario de la poesía social, y no cometo una herejía si afirmo que España en el corazón de Pablo Neruda y España aparta de mi este calice de Vallejo, no hubiera podido ser sin La rosa blindada). Un libro que reúne todos los elementos fundacionales de la épica de Tuñón, acciones heroicas de los mineros con sus mujeres e hijos; la historia de Aída Lafuente muerta en una cuenca minera de Asturias y poemas donde anticiparía el sangriento prólogo a la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Franco.

La Libertaria

A la memoria de Aída Lafuente,muerta en la cuenca minera de Asturias. Madrid, 1935

A Eduardo Ugarte

Estaba toda manchada de sangre,
estaba toda matando a los guardias,
estaba toda manchada de barro,
estaba toda manchada de cielo,
estaba toda manchada de España.

Ven, catalán jornalero, a su entierro,
ven, campesino andaluz, a su entierro,
ven a su entierro, yuntero extremeño,
ven a su entierro, pescador gallego,
ven, leñador vizcaíno, a su entierro,
ven, labrador castellano a su entierro,
no dejéis solo al minero asturiano.

Ven, porque estaba manchada de España,
ven, porque era la novia de Octubre,
ven, porque era la rosa de Octubre,
ven, porque era la novia de España.

No dejéis sola su tumba del campo
donde se mezclan el carbón y la sangre,
florezca siempre la flor de su sangre
sobre su cuerpo vestido de rojo,
no dejéis sola su tumba del aire.

Cuando desfilan los guardias de asalto,
cuando el obispo revista las tropas,
cuando el verdugo tortura al minero,

Ella, agitando su túnica roja,

quiere salir de la tumba del viento,
quiere salir y llamaros hermanos
y renovaros valor y esperanza
y recordaros la fecha de Octubre
cuando caían las frutas de acero
y estaba toda manchada de España
y estaba toda la novia de Octubre
y estaba toda la rosa de Octubre
y estaba toda la madre de España.

De: La rosa blindada

Raúl regresó a Buenos Aires poco antes del fatídico julio del 36’, con el fin de organizar
la Sección Hispanoamericana de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. En Argentina
reinaba el autoritarismo, el poeta estaba en la mira del gobierno, y tras publicar “8
Documentos de Hoy”, donde reunía parte de su trabajo solidario con la República
española.
Vengo de los grandes ríos y de las altas montañas, de las claras y las oscuras, altas y
chatas ciudades de un continente que habla en español, de un continente de veinte y
tantos países iguales y distintos, donde, desde la selva de la canción autóctona hasta el
puerto de los cantos internacionales; desde el caos caliente de los trópicos y los
grandes silencios blancos del Sur; desde el laberinto de las explotaciones minerales y
los dorados campos trigueros: ochenta millones de americanos, criollos o gringos viven
pendientes de los sucesos de España, siguiendo con alternativas de angustia y alegría
la lucha de los españoles contra la invasión fascista internacional.
Se enteró de la muerte de Federico García Lorca y decidió que su lugar estaba en
España. Consiguió que La Nueva España, un periódico republicano editado en Buenos
Aires, lo enviara como corresponsal de guerra.
Allí verá que la muerte está en las calles y los campos, compartirá el dolor y los
bombardeos con León Felipe, Nicolás Guillén y Antonio Machado y dará cuenta de los
terribles sucesos, más tarde, en dos libros Las puertas del fuego y La Muerte en Madrid.
“¡Qué muerte enamorada de su muerte!
¡Qué fusilado corazón tan vivo
¡Qué luna de ceniza tan ardiente
en dónde se desploma Federico!…

DOMINGO FERREIRO

Toca la gaita Domingo Ferreiro
toca la gaita… «¡Non queiro, non queiro!»

Porque están llenas de sangre las rías,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Y se secaron los ramos floridos
que ella traía en la falda del viento,
que ella traía a su novio soldado
o pescador, labrador, marinero.
Sobre Galicia ha caído la peste,
ay, los oscuros sargentos vinieron.
Están colgando en los pinos los hombres,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Nuestros hermanos que están allá abajo
pronto vendrán a vengar a los muertos,
pronto vendrán en mitad del verano,
pronto vendrán en mitad del invierno.
El que no ha muerto andará por el monte
y en las aldeas cayeron los buenos.
Ay, que no vayan los lobos al monte,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Ya llegarán las valientes milicias
para acabar con la hez del desierto.
Ya llegarán en mitad de la Historia,
ya llegarán en mitad de los tiempos.
Toca la gaita… ¡que baile el obispo!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque no es hora de fiesta en España,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Ya llegarán los soldados leales
para acabar con los pájaros negros,
ya llegarán en mitad de la Biblia,
ya llegarán en mitad de los muertos.
Toca la gaita. ¡Que baile la víbora!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque la gaita no quiere que toque.
Porque se ha muerto Domingo Ferreiro.

En 1939, acompañó a Neruda a Santiago de Chile. En un viaje que inicialmente era de quince días y resultó de cinco años. Allí fundó el diario El Siglo, escribiendo en él dos columnas diarias donde siguió, con su estilo mordaz e irreverente levantando sus contestatarias banderas. En Chile enfermará su esposa y desde allí seguirá Raúl, paso a paso las noticias de la Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana en París, la invasión a la Unión Soviética, la destrucción de Guernica.
Allí pensará más que nunca en sus amigos por el mundo y a ellos les dedicará su libro Canciones del tercer frente (1941), donde se reunían cuatro libros: Himnos y canciones; A nosotros, la poesía; Las calles y las islas y Los caprichos de Juancito caminador.
Nosotros, ¡cuántos! todos, habéis aclarado tanto mi pensamiento, me habéis dado tan singular y tan transparente amistad. Me habéis mostrado una amistad alegre y cuidada, y vuestro decoro intelectual me sorprendió al principio: yo llegaba de la envidia cruda de mi país, del tormento. Desde que me acogisteis como vuestro, disteis tal seguridad a mi razón de ser, y a mi poesía, que pude pasar tranquilo a luchar en las filas del pueblo. Vuestra amistad y vuestra nobleza me ayudaron más que los tratados. Y hasta ahora, este sencillo camino que descubro, es el único para todos los intelectuales.

Nos dirá también… el escritor debe servirse del arma que sabe manejar mejor, la pluma. La pluma de un
escritor digno de tal nombre no debe ser servil. Pero hoy un escritor autentico moja su pluma antes en la sangre que en la tinta; y esta pluma se convierte, más que nunca, en un arma, vale más que se pudra en la inacción- España es hoy nuestra pasión. Si no combatimos en su suelo, seamos en el exterior sus soldados de una forma o otra. Brigadas de choque del pensamiento internacional- No nos avergonzamos de haber puesto, por una vez, nuestra pluma al servicio de algo, pues ese algo es España nada menos. Ese algo es el mundo, es el destino del hombre.

En 1943 publicó Himno de pólvora, con poemas y textos en prosa cuyo tema central eran los hechos de la guerra, y la bellísima Elegía en la muerte de Miguel Hernández. Ese mismo año perdió a su compañera y a su hermano, Enrique. A partir de ese momento ellos estarán presentes siempre, buscándolos, rescatándolos a través de sus poemas. Poco después conoció a Irma Falcón, la madre de su primer hija, Aurora Amparo.
Con la irrupción del peronismo, González Tuñón regresó a Buenos Aires y publicó su primer Canto Argentino, libro estructurado en cuatro partes, donde alternaba la historia pasada con la inmediata, una suerte de canto general de las luchas del pueblo argentino.
En el año 1952, Raúl vuelve a casarse, es Nélida Rodríguez Marqués, quien será su compañera hasta el fin de su vida y la madre de su segundo hijo, Adolfo Enrique. Sus poemas retomaron el lirismo de los poemas iniciales, en lo que él mismo definiría más tarde como “realismo romántico” y expresaría claramente en dos libros Hay alguien que te está esperando (1952), donde recordaba a sus queridos que ya no están y Todos
los hombres son hermanos, (1954) donde reaparecía el barrio, el tango, el puerto y su vida personal inserta en cada verso.
Un grupo de jóvenes, cercanos a la estética de González Tuñón formaron un grupo literario llamado “El pan duro”, que funcionará entre el año 55’ y el 57’. De allí surgirá el primer libro de Juan Gelman: Violín, y otras cuestiones, y José Luis Mangieri creará la editorial La Rosa Blindada donde Raúl publicará algunos de los libros de su última producción.
Desde 1963, el poeta de los caminos, realizará sus últimos viajes y se sucederán nuevos libros: Demanda contra el olvido (1963); Poemas para el atril de una pianola; El rumbo de las isla perdidas; y La veleta y la antena (1969), afianzando elementos dispersos de libros anteriores, mezclados con recuerdos, nostalgias, que aludían a la bohemia, la política y el amor.

VILLA AMARGURA

Villas, villas miseria, increíbles y oscuras,
donde sopló el olvido sobre la última lámpara,
Villa Jardín, Villa Cartón, Villa Basura,
de calles que trazaron los azares del hambre,
la súbita marea de los desposeídos
y los desocupados forzosos; los ilusos
del patético éxodo de provincias lejanas,
que avergüenza la frente pálida de la patria.
Barrios de un Buenos Aires ignorado en la guía
para el turismo; barrios sin árboles, de ahumados
horizontes sin agua, sin ayer, sin ventana.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas,
de viviendas como hongos; latones, bolsas, zanjas
hundidas por las lluvias, mordidas por los vientos.
Barrios de soles turbios y lunas oxidadas,
de noches enemigas y de hoscas madrugadas,
y la insólita fuga de los perros sedientos.
Villa Jardín es un nombre que sueña
con un largo sonido de impiadosa ironía.
Un hombre que golpea como un aldabonazo
en el límite de la ciudad gigante.
Villa Jardín, un breve nombre
que oculta una miseria vasta.
Villas que habitan densas familias, el llamado
bajo fondo social, que no es la resaca,
y que mantiene intactos su decoro y su fe,
el altivo rencor dentro del pecho
y la esperanza.

(De "mi ciudad", Eudeba, 1963)

La noche del 13 de agosto de 1974, Raúl escribió su último poema, en homenaje a Victor Jara, el cantor asesinado por la dictadura de Pinochet. Al día siguiente, a la hora de la siesta partió para encontrarse con él, con Federico, Antonio y Miguel, con Amparo y Enrique, con el abuelo imaginero y el abuelo socialista, para junto a todos ellos, esta vez caminar el cielo, pintándolo de poemas y de revoluciones.


Sin un céntimo, tal como vino al mundo, murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo

dos musas, las esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.


Hablemos de un hecho favorable al proceso de la perfección./ La poesía, ese equilibrio
entre el recuerdo y la predicación,/ entre la realidad y la fábula,/ debe fijar los grandes
hecho favorables./ Hablemos de un hecho histórico favorable, feliz, a pesar del fracaso
y de la muerte”
Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la
mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena, salpicada por las
diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y
actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías,
declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas,
negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
Se han visto marchas de hambre sobre flamantes villas y de burgueses muertos
vientres agujereados y de filas de mineros fusilados. Hay la revuelta próxima que
estallará de pronto como la luz tan súbita que inventa la ventana. Hay posibilidades
para la poesía. Hay mañana.

Dice de sí mismo; El espíritu insobornable de rebelión que anima siempre en mí contra
todo aquello que afea la vida del hombre.

BUENOS AIRES, 1974. Raúl González Tuñón, un mes antes de su muerte.

LA CALLE DEL AGUJERO EN LA MEDIA

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.

Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.

¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?

Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

OLGA ELENA DE LUCIA VICENTE


Nace en Buenos Aires, el 21 de Febrero de 1947. Cursa en la Universidad de Buenos Aires la
carrera de odontología, y trabaja en ello durante muchos años. Obtiene la nacionalidad
española en 1983.
Estudió Psicoanálisis en la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero. Pertenece a los talleres de
Poesía de la misma institución, coordinados por el poeta Miguel Oscar Menassa.
Participó en el Congreso de Psicoanálisis y Poesía (Buenos Aires 1987), con un trabajo
conjunto sobre la Creación y también en el Congreso de Psicosis (Ed. Grupo Cero) con el
tema Alucinación en la Psicosis.

Con Miguel Oscar Menassa, su compañero de viaje.


Coordinó grupos de creación, trabajando sobre cerámicas.
Es presidenta de la Asociación Pablo Menassa de Lucía y del Club Deportivo Grupo Cero.
Es actriz de la productora cinematográfica Grupo Cero, se la puede ver en los cortometrajes, Él, ella y pirulo, Suicidio asistido y Ayer mientras dormía. Y en los largometrajes ¿Infidelidad? Mi única familia, La invitación del presidente y El medicamento, todos ellos escritos y dirigidos por Miguel Oscar Menassa.
Ha publicado en numerosas revistas de poesía. Y en Talleres de Poesía I, publicación conjunta (Ed. Grupo Cero). 1995
Su primer libro de poesía, PARA SEGUIR VIAJANDO, se publicó en Editorial Grupo Cero en 1999. Su segundo libro “AGUA FRESCA” en 2001 Su tercer libro de poesía: VENGO DE UN PAÍS en 2013.

Olga de Lucia con sus hijos los poetas (de izda. a derecha) Manuel Menassa, Alejandra Menassa y Fabián Menassa en la sede del Grupo Cero.
En un recital de poesía en la sede del Grupo Cero acompañada a la guitarra flamenca por Antonio Amaya.

POEMAS

De “PARA SEGUIR VIAJANDO”

No me dejes esta noche, amor.

No me dejes esta noche, amor
que la muerte anuda mi garganta,
que la ira arrebata turbulencias
y agiganta el cerco de impotencia.

No me dejes esta noche, amor
que en las sombras sin eco se levanta
lo injusto, lo mezquino, la demencia
de un paisaje saturado de inclemencia.
Aquieta con tu mano la furia de mis células,
amor, cegadas por tétricas banderas
de inmemoriales hordas asesinas;

y en el remanso de tus fuertes brazos
aloja esta loca cabeza alborotada,
desbrocemos la maraña, despejemos la alborada.

Segunda generación

Si pudiera con mis lágrimas
lavar tus heridas
saciar tu sed,
me desharía como una nube
de gris plumboso sobre el mundo.

Si pudiera con mis palabras
alimentar tu alma
si pudieras escucharme…
si hubiera una manera de llegar a ti.

Sin embargo
extiendo mis palabras y no te alcanzo
te digo que te amo y no me crees,
me confieso humildemente y crees que quiero sobornarte,
te digo que cualquier camino no da lo mismo
y supones que coarto tu libertad.

Hay tantas cosas que no entiendo
que tengo los labios sellados,
la mirada impotente,
un amor que no alcanza
un deseo que no sirve,
mas tengo también
la decisión de no doblegarme
de no dejarme abatir.

Algo que me dice que el amor es combustible
que alumbra la desesperanza, el odio, el tedio
y el ansia de vivir.

Azar relativamente programado.

Cimbreado entrecortado vaivén
de pasos alzados entre sol y penumbra
lanzo el tejo al azar, acepto el desafío
temerosa sin embargo de oscuros designios.

La vida es la secuencia de deseos perseguidos
de metas conquistadas, de tropiezos,
de escalones al abismo, de palo enjabonado,
de cálidas ráfagas y ráfagas heladas.

Cada día, conciencia me arrincona
interrumpe mis sueños cuando despunta el alba
con tono amenazante duramente me interroga.

Sólo puedo prometer apostar por la vida
eludir el atajo de los ojos ciegos,
entrelazarme al amor, intentar el olvido.

Si bien embriagadora

Gocemos de esta paz,
si bien embriagadora…
Lo hondo de lo efímero,
la terrible belleza
de lo que ha de morir.
Qué más da lo eterno
que atrapar
este instante
esa cálida paz arrolladora
prendida a la cadencia de tu voz,
ese leve temblor cuando te acercas,
el vaivén de tus caricias
en los rincones de mi cuerpo
que te nombran.
Hay estados del alma
que no quisiera abandonar
aun esa repetida zozobra
al verte partir.

Para seguir viajando

Sincopado resonar de los recuerdos
partido por las reses del quebranto,
horadando esquinas sin tapices
resbaló el tobogán de los misterios.

Se puso su sombrero sobre equis
y salió silbando un fa rotundo,
un plumón sobre su atormentado sexo
y piano entre sus rojos labios.

Cautelosamente deslizóse entre arboledas
sembrando piedrecillas a su paso.
Volvió de noche, desolado, desollado
su trajinar deseoso de quimeras.

Se quedó con pocas plumas, pero suyas
no ansió lujuriosos enseres ni ornamentos,
ni estudiadas palabras, ni esperpentos
sólo lápiz y papel para seguir viajando.

De “AGUA FRESCA”

Ella

Algo pulsa en la penosa inflamación de los nudillos.
Esas garras que se ciernen a la muerte
en feroz equilibrio con la vida.
Altivez de buitre cayendo sobre la presa muerta
viviente en mí.

Estar de pie en la línea de partida

Ecuación impar ahueca mis huesos,
calcio que se vuelve torrente
y malamente se deposita sobre el ojo
abierto de la arteria.
Ella cansada de estrecharse y expandirse,
-como de la mano de Dios abandonada-
como el pulso de su vagina muriendo
en el estertor hambriento de silencios
y de páramos abiertos en la boca
abierta de los tiempos.

Su vagina con dientes relucientes
amenazando su integridad,
ese desaparecer oculto en vientres
que se anudan
cercando el misterio de la vida.
Navegar contra corriente,
sacar de su cauce la languidez,
esta melancolía sorda.
Desnudarse, sentir que todo está perdido,
poner un nuevo envase a esta osamenta gris
que se deshidrata lentamente.

Otra vez entregar los viejos lazos a los nuevos
y estar de pie, en la línea de partida.

Más allá de las nueve puertas y la piel

Tiempo suspendido, cuerpo abierto
registrando espacios a la vida.
Excelsa boca de placeres tan inciertos
belleza del color brillando en tu sonrisa,
olores de los senos tan turgentes,
piel tan sensible a tus caricias.

He recorrido kilómetros buscando aquel sabor,
he descorrido los velos más densos sin hallar la luz,
he olfateado los olores más eróticos, soportando
todas las vibraciones sobre mi piel.
He quedado extasiada en el placer
breve solaz que me llevó a la palabra.
Tocamos las fibras más intimas
volando lejos de la tierra.
Y hubiera sido posible enloquecer
mareada en el círculo caliente de sus ondas
girando enloquecidas hasta su desaparición.

Huyendo de la muerte, la muerte reinaba sobre mí.

Diamante incandescente arrebató mis sentidos
salvaje ambición desmedida sus desvelos,
sangrante humanidad equivocada
en su invocación de esperanza.
Son tenues los hilos que trajinando el camino
ponen fin a un horizonte a la deriva.
Más allá, lo desconocido se tiende al infinito
que seas capaz de padecer.

Junto a sus amigas Claire Deloupy, poeta y traductora al francés de los poemas de Miguel Oscar Menassa y Teresa Poy,
integrantes del Grupo Cero.

Donde nunca me esperaste

Estoy donde nunca me esperaste,
cosas tontas las que me sobrecogen.
Cuerpo que pulsa al son de soles abismales,
centelleo de luz,
constelación que siempre muta.
Mi piel de cordero desgarro
y pugnan por salir miles de agujas,
el tiempo, sobre los ojos ciegos.
Con Tiresias de la mano caminamos
hacia esa luz,
transferible del lenguaje.

Su mirada detiene el tiempo.
Todos los momentos se anudan ante ti,
bailarinas de cartón huyen de la escena,
humanos asidos del testuz como los gatos
colgados de ganchos como reses,
amos absolutos de la muerte.
Pasea por la ciudad su amplio dominio.
Enlaza extensos collares de esperanza,
cuando me acoge el páramo desierto
de tus ojos nublados al ocaso.
Quiero verte renacer de las cenizas,
que tires tu cabello hacia atrás con decisión
humano gesto.
Que sacudas la lenta monotonía
de tus vicios,
que vengas a rodear este vacío
que siento aquí, entre mis pechos secos.
Que forme su aura un sol
para resquebrajar la nieve de mi alma.
Que cuajen las fiebres de veinte primaveras,
que me aten al misterio
de tu voz, viva.

Si atraviesas mi cuerpo, lloverá

Quita tus zapatos a mi puerta,
pasa con cuidado, no hagas ruido.
Nube acuñada en los silencios
si atraviesas mi cuerpo, lloverá.
Soy tu cítara deforme y caduca
acariciando la noche.
Envuélveme en tu velo
violeta sumisión.
Prende tu blasón
en el costado abierto de mis sueños,
hunde la duda, hazte a la mar.
Estoy aquí, donde los caminos
anuncian infinitas trayectorias.
Expectante
esta dirección
que impulsa el viento.
Ámate, hombre de piel y huesos,
crece a mi lado, déjate amar.

Regreso a la tristeza

Estuve ahí, en las profundidades
de la soledad.
La inconmensurable quietud
echaba un velo sobre todo dolor,
toda ausencia.
El silencio se levantaba majestuoso,
denso y cálido por los corredores
de la infancia.
Te recuerdo pequeña en tu silla de paja,
con las dos manos sostenida la cabeza
entre tus piernas.
Agujero misterioso.
Te amé, huimos juntos hacia el vacío
del dolor.
El calor había huido de ti,
última canción en el concierto celestial:
Cristo ajusticiado por amor.
Madre fecundada sin placer.
Oh, selva inflamada,
despierte su íntimo fuego.

Algo debe morir para que algo crezca

Anclo en este atardecer tenue,
aguas perennes como cielo
ante la mirada ausente de la vida.
¡Cuánto más siembre, más cosecharé!
Flor creciendo hacia su destino de semilla,
grano cultivado con esmero
sustento de mi alma.
Me detengo en tu materia inexistente
célula operante
sobre el enorme universo de la lengua.

MIR

Tiembla más allá de la gravedad
tu enorme corazón,
fugaz, suspendido,
laderas del espacio.
Caerá en la inmensidad del océano
lo que tocó la humanidad.
Sordo ruido, maremotos
agitan mis pobres ambiciones.
En el no fondo de tus ojos,
laten torpemente hasta acallarse.
Tierra, tu pueblo tiene hambre.
Tu pueblo sangra en el olvido.

De “VENGO DE UN PAÍS”

Su sino fue el olvido

Detrás de los visillos
siluetas como nubes
danzan, ante los ojos del recuerdo.
Hilos invisibles entretejen
la tela de los sueños.
Escenario de cosas imposibles
de deseos truncados,
de alabanzas marchitas.
Las canas que pintan el alma
opacan los colores de la tierra.
No hay tiempo de soles,
ni tiempo de ninfas,
ni sirenas de espuma,
ni peces voladores.
Hay mañanas de escarcha
en el desierto del alma.
Palabras que no llegan,
manos deslucidas,
ojos sin deseo.
Salinas como vítreo parador
del cansancio.
Historias que regresan
y se mueven fantasmales
entre danzarinas letras.

Un cielo de alimañas

Un cielo de alimañas
oscurece el horizonte.
Polvo, ennegrecida soledad,
huyendo por las calles del olvido.
Exhausta estoy
cedida la energía
al defenderme.
Te suplico vivir sin el mí
entorpeciendo todos los encuentros.

Polvo de lo fósil

Polvo de lo fósil
esparce el viento.
Todo recuerdo
tiñe para siempre el infinito.
Ala truncada en pleno vuelo,
nostalgia por algo que nunca estuvo.
Soy mortal y esta vida
es lo único que tengo.
Haz con los viejos fantasmas
una maleta -me dije-
y arrójalos al viento.
Los nuevos fantasmas serán frases,
vuelos comprometidos
con lo humano.

Todo tiembla

Todo tiembla.
Un gélido volcán
vuelve a sentir en su seno,
el cosquilleo espeso
de mil lenguas de fuego,
pugnando por alcanzar el cielo.
Se resquebrajan las alturas.
El ruido ensordecedor
de tanta fuerza contenida
escupió sus desgarradas piedras,
su magma incandescente,
borrando todas las huellas.
Sólo destrucción, gritaba impunemente,
Destrucción y Muerte.
Sobre las cenizas, me dije,
no esta bien construir ninguna casa.

Mundo hoy

Luces exterminadoras sobre la ciega noche
iluminan los azorados ojos antes de morir.
Castigo del Dios Imperialista
a un pecado no cometido.
Días y días incentivando el dolor y la angustia.
Visión de destrucción, desolados paisajes.
Ética de los poderosos donde los malos
son siempre los otros.

Prefiero escuchar la nota del alelí

Quisiera tu paracaídas Altazor
para aterrizar con tus palabras de alabastro
y caer de pie en esta selva de palabras,
impregnada con la vehemencia de tu sangre.
Ver más allá de los jeroglíficos
que describen las golondrinas en el aire.
Bajar la persiana de mis ojos
y que sus olas no destruyan la quietud de los nenúfares.
Que la marería no castigue la geografía de las costas
ni se lleve el torbellino las almas inocentes.
Ni arrecien huracanes desterrando transeúntes,
ni aludes ensombrezcan la mirada de los hombres.
Que nadie grite el hambre, ni rasgue con sus uñas
el dolor de la izquierda, latiendo en la mañana.
Ni atronen los obuses, ni salten pedazos de humanos
cercenados por intereses espurios.
Que se apague el estruendoso ruido de la pólvora,
que me dejen escuchar la nota del alelí.

En la actualidad continúa asistiendo al taller de Poesía de la Escuela de Poesía Grupo Cero coordinado por el poeta Miguel Oscar Menassa donde sigue produciendo.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

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