9 Poesía más Poesía: Germán Pardo García y Miguel Oscar Menassa

GERMÁN PARDO GARCÍA

EL POETA COLOMBIANO GERMÁN PARDO GARCÍA A LA LUZ DE SU EPISTOLARIO CON LEOPOLDO DE LUIS


 
Germán Pardo García nació el 19 de Julio a la una de la mañana, en la ciudad de Ibagué, Colombia en 1902. Su padre ocupó el cargo de Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, su madre Julia García Esponda, nacida en Ibagué. A los pocos días de nacido y a causa de grave dolencia en la espina dorsal, que los médicos llaman mielopatía, el niño se paraliza por completo. Al año continúa paralítico y considerándose inminente su muerte, ordenan para él una cajita mortuoria blanca y adornada con sedas del mismo color por dentro. Cuando en 1928 visita su ciudad natal por primera y única vez, sus familiares le muestran el pequeño féretro y se le nublan los ojos de lágrimas. El niño se recupera con los tratamientos que le imponen y a las pocas semanas comienza a moverse, recibe el apodo de El Resucitado, pero le quedan lesiones para el resto de su vida, no puede tolerar ruidos insistentes, y le sobreviene el vértigo de Ménière si los ruidos persisten o si realiza prolongados esfuerzos mentales. Aunque se volvió consumado gimnasta, su locomoción se perturba con frecuencia. Es así como ha escrito su obra, según su propia biografía, con la precipitación de los sobreexcitados, en el clímax de quebranto y angustia.


Al año sus padres se mudan a Bogotá, porque su padre había sido designado juez de primera instancia en lo civil. En 1905, es decir cuando tenía 3 años, muere su madre de parto, al nacer su hermana Julia, la familia se desintegra y el niño es enviado junto con su hermanita Beatriz a unas propiedades en las inmediaciones de Choachí, en una casona solitaria y sombría al cuidado de una nodriza y rodeado de un panorama montañoso, en medio de cimas cordilleranas, y frías y hermosas vertientes, que dejaran en él sus huellas. En las soledades de aquellos páramos el joven Germán será criado por un ama y al arrimo de los agricultores.
El amor a la tierra potencia el cultivo de sus primeras letras bajo la atención del crítico y poeta Antonio Gómez Restrepo, discípulo de Menéndez Pelayo, de quién aprende los secretos de la retórica. Es el primero que lee sus poemas y que le dice que no sirve como poeta, pero él no se detiene y sigue escribiendo hasta presentarle el primer tomo de sus Obras completas. El librito estaba caligrafiado con primor y las pastas eran de terciopelo verde y cantos dorados. Había nacido la pasión del futuro poeta por las ediciones bellísimas y difíciles de igualar.  Una profunda huella marcará en el poeta aquellos paisajes abruptos. No en vano admitió «detrás de toda mi obra está la fuerza de esta naturaleza brava, hostil para el hombre que le es extraño, pero hospitalaria, amante para sus hijos desamparados».


Con sus dos primeros libros, Voluntad de 1930 y Los júbilos ilesos en 1933, despierta la atención de Gabriela Mistral quien afirma su superioridad espiritual frente a la poesía de Amado Nervo al ser «más genuina que la otra que encallaba con frecuencia en unos bancos falaces de sentimentalidad femenina y por allí debilucha». De tal modo que la poeta subraya como sigue el valor excepcional del genio pardiano: «Muchos le apuntarán que hay en su poesía una naturaleza constante de claridad –no de fulgor, no de brillantez– de la equitativa claridad a secas» (Mistral 1933).


La amistad con Carlos Pellicer le conduce hasta México y, tras varias estancias, en 1951 se afinca definitivamente en aquella capital. Residirá ya de por vida allí, salvo por sus viajes europeos y visitas a Colombia. En México funda y dirige la revista Nivel, con más de trescientos números en su haber. Las circunstancias biográficas condicionan el tono y la anécdota de algunos poemarios, como Poderíos de 1937.
Aunque la década de los años 50 supone un giro humanista, con posterior deriva política, quizá lo más valioso de su obra por sorpresiva, son aquellos poemarios donde se vuelca un lenguaje científico irritado, con patente reflejo en Poemas contemporáneos de 1949, baste leer el poema «Atómica Flor», o pocos años después con un libro de título revelador “U. Z. llama al espacio” o “Apolo Thermidor “(1971).
El poeta pensaba que «Al corazón se llega a través de Einstein» Los poemarios se irán sucediendo y con ellos la angustia se sublima, como en Los sueños corpóreos. Poco posterior resulta El cosmonauta que, como bien presagia su título, ahonda en esa línea científica y astronómica. Por otro lado, mantiene una veta clasicista, bien escenificada en poemas como Akróteras, de 1968, escrito con ocasión de los Juegos Olímpicos de México.
Por donde transita la originalidad y profundidad de Pardo García es por debajo de la poderosa sugestión de la técnica y la ciencia, poemas como «El Poeta-El Hombre, Ruiseñor, Secuestro» son sintomáticos. Así, admitirá con vehemencia «Voy tras las huellas del más grande poeta de todos los siglos Albert Einstein. Algunas de sus ecuaciones, la nuclear, la primera, es todo un inmenso poema lleno de magia, de poder, de asombro, de pavor».


La querencia por la ciencia y las matemáticas queda compensada por una factura clásica, un gusto refinado y la placidez que le ofrecen los «poetas cósmicos alemanes», como llama a Holderlin, Schiller, Novalis, en los que encuentra esa musicalidad lejana que ofrece el «cosmos». Éste, junto a la «soledad», constituyen sus dos grandes temas.  Son sus últimos poemarios Las voces del abismo, con claro subtítulo Poema sinfónico de Germán Pardo García a través de la belleza contra toda injusticia, y Últimas odas, en 1984, con las que cierra una dilatada obra de treinta y seis libros. En 1977 recoge una muestra de su producción en la copiosa antología Apolo Pankrátor, de 1364 páginas, que reúne más de setecientos poemas.
En otra antología de resonante título, Antología del soneto tanático, homo-sexual y cósmico de Germán Pardo García, se transcribe una carta dirigida al poeta chileno Alfonso Larrahona Kasten de 1981 donde se declara «jugador de cartas desde los 18 años, perito en física nuclear y cuántica y casi un astrónomo perfecto, fundador y director de Nivel y de otras 14 revistas. Eso de día.


De noche… un catedrático en burdeles y garitos y drogas…. Así fue mi vida y así será hasta el instante postrero. Amo las sombras y el peligro como Satanás ama su infierno. He recibido, durante mi larga vida, más de catorce puñaladas, y he dado otras tantas».
En su «atormentada y triste vida» también presumía de haber sido agrícola, atleta, amansador de caballos, agente de anuncios, físico, matemático, astrónomo, agente de publicidad, boxeador, editor, tahúr profesional, candidato en distintas ocasiones al Premio Nobel por Colombia, pero ante todo poeta. «


“No imagino qué otra cosa hubiera podido ser yo, fuera de poeta […] para mí ser poeta es sintomático de acción arrulladora […] Eso es para mí la poesía: la acción sin tregua». No debiera pues quedar difuminada entre tanta versatilidad profesional la patente creación del personaje poético, «último poeta maldito» como a veces se le ha denominado con recia plasmación en el autorretrato incluido en Escándalo, del año 1972, que lleva por título “Un dandy en el suburbio”.


No parece pose en quien se describiera en carta privada como sigue: «Yo me he pegado a la poesía para poder existir con algo de grandeza» y, años más tarde en Roma, «Un perro vive con más altura que yo, que vivo casi como un hijo de la gran puta».
No faltan además, intercalados entre las cartas los recortes de prensa de sus reyertas que atestiguan la veracidad en parte de esa vida calamitosa. En definitiva, Pardo García se convierte en un poeta que en la actualidad parece atraer poco a los críticos, menos de lo que merece su obra..
Podríamos perfilar con mayor exactitud la imagen trazada del poeta colombiano si seguimos con atención las cartas que redactó y que permiten a día de hoy un sustancial aprovechamiento al inferir sus actitudes, pensamientos literarios, y otra información biográfica pertinente al caso.
Con motivo del registro del archivo del poeta y crítico Leopoldo de Luis, fallecido en 2005, entre manuscritos, ensayos, cartas, estudios, recortes de prensa, algunas decenas de poemas inéditos (incluso el proyecto final de un poemario totalmente nuevo ordenado con índice que solicita edición rigurosa al atesorar los últimos versos de su obra) descubrimos la correspondencia expedida por Germán Pardo García al poeta cordobés.
A falta de que pudieran surgir otras cartas perdidas o consiguiéramos aquellas enviadas por de Luis, se conservan en la actualidad un total de cincuenta y seis misivas. Recorren éstas casi un cuarto de siglo, desde principios del año 1957 hasta las postrimerías de 1982. Siempre mecanografiadas y con firma final de puño y letra. Unas pocas de ellas con membrete de la gaceta literaria Nivel y sólo un par de veces en papel de hotel.
El carteo por parte del colombiano se inicia el 26 de enero de 1957 como respuesta a una carta anterior remitida por Leopoldo de Luis. Anuncia el envío del libro recién publicado Hay piedras como lágrimas, y dos anteriores, Acto poético y U. Z. llama al espacio. Así nace un intercambio de libros, artículos, colaboraciones y poemas que afianzan la amistad entre ambos como atestigua la siguiente carta de diciembre de aquel año donde se afirma recepción del poemario Teatro real que enviara Leopoldo de Luis. El poeta colombiano observa en el poema Naufragio en la tierra «la angustia de nuestros días en esas palabras de sencillez sorprendente…», en un libro por otro lado «claro, de austeridad suprema». Año y medio después Germán Pardo recoge delante del director de la revista Estaciones, Elias Nandino, nueva carta de Leopoldo que incluye poema.

Decide publicárselo en esta última revista, y no en la suya, Nivel, ya que le parece de mayor adecuación. No obstante, Germán Pardo le invita a colaborar en las páginas «grandes al menos por la presentación de sus formatos» próximas de su gaceta y cierra carta con la noticia de su próximo libro Centauro al Sol y su inminente viaje a España, con visita a Vicente Aleixandre inclusive. Aparte da noticia de un encuentro fugaz con Gerardo Diego en México unas semanas atrás, «más no tan breve que no pudiera ver de un solo golpe de alma, cuánto vale ese estupendo poeta y hombre de vida que adiviné tan profunda». Con nueva carta a mediados de septiembre de 1959 sugiere a Leopoldo de Luis el pergeñar un breve ensayo sobre la situación de la actual poesía española. Pocos días después insiste con nueva carta en el ensayo de marras: «quién podría hacer un estudio sobre esa poesía, o si lo hay no importa que no sea inédito. Lo fundamental es informar, informar, informar, servir al espíritu, que está entre nosotros tan lejos de sus semejanzas». La insistencia pone de relieve la urgencia de divulgación literaria en la Latinoamérica de aquellos años. Además adelanta la idea de hacer un número antológico para diciembre con poemas de «entre ellos de usted, de Vicente Aleixandre, de Gerardo Diego, de José Luis Cano, de Blas de Otero… que pudieran no ser conocidos en América», más adelante deseará incluir también a Cernuda, Alberti y Morales. Concluye la misiva con el resumen de anteriores números de 1959 de la gaceta: el de octubre dedicado a Los trofeos de José María de Heredia, el de noviembre a los sonetos de Tierra de promisión de José Eustasio Rivera (el novelista de La vorágine). Por carta posterior se desprende que pocas semanas después, ya en noviembre, Leopoldo de Luis remite un estudio inicial y una vasta y firme selección, además del «deseo de no aparecer en dicho número» aunque Germán Pardo le suplica con insistencia que en números posteriores honre con su colaboración. Finalmente, no se incluirá todo el material aportado para el número, por cuestiones de espacio.

En junio de 1960 le remite diez ejemplares de La cruz del sur, le anuncia envío de su Osiris preludial y le comenta un futuro viaje a Europa (Inglaterra, Italia y España «tierra de maravilla»), en abril del año siguiente, donde conocerá en persona a Leopoldo de Luis. Éste proseguirá la colaboración en la revista, esta vez a cuenta de una «Carta a Miguel Hernández».

Por estas fechas envía a Madrid varios ejemplares para distribuir de 30 años de labor del poeta colombiano Germán Pardo García. Pocos meses después, el 22 de enero 1962 declara con respecto a su revista: “Nivel me tiene casi agotado de trabajo y de paciencia. Me llegan de todo el mundo impertinencias y más impertinencias y he pensado seriamente en terminarlo, para poder volver con mis últimos bríos a terminar mi trabajo de poeta ya sexagenario pero aún con mucha fuerza en las espaldas, que es donde va el peso del mundo”.

Respecto a los ejemplares que el poeta colombiano va mandando a España pide a Leopoldo de Luis colocarlos en librería y regalar lo obtenido a algún poeta que sea más pobre que yo… Yo no toco jamás dinero de mis libros, ni de la gaceta. Mantengo a mi espíritu fuera del contacto crematicio. Es cosa de tradición.
Para eso he hecho todas las cosas increíbles que usted sabe: colgarme de las patas en trapecios, trepar a un ring, trotar calles detrás de anuncios, y mil locuras más.

Los problemas económicos de la revista se agravan y, antes de cerrar la gaceta, piensa en dedicar siquiera unas páginas a José Hierro y a José Luis Cano.
El trabajo se desborda: «ya no son dos países los que reclaman mi cariño intenso, sino cuatro: México España, la amadísima España, e Italia. Y antes, el solar colombiano […]. Y quiero entregarles todo mi afecto y mi admiración, antes que la revista se vaya».
Por otro lado, para el número de febrero de 1962 anuncia la recepción de un crítico guatemalteco del libro reciente de Leopoldo de Luis, «el artículo es bello y merecido, pero terrible. Ojalá no dañe mi nuevo regreso a España. Yo no puedo poner trabas a los escritores que colaboran en Nivel, pero el artículo, usted lo verá… me huele a sotana que se chamusca…»

El 13 de septiembre de aquel año anuncia de forma concisa y misteriosa la imposibilidad «definitiva» de regresar más a España país de «poetas y de hidalgos que llevan en su sangre tanta tradición, siglos de nobleza y de sabiduría y de hermosura, fue algo solemne y que me apasiona… Amar a España y honrarlos a ustedes, es delicia íntima de mis sentidos». Una clara visión de justicia poética que desearíamos más frecuente en estos lares le empuja a dedicar el número de diciembre a Gerardo Diego: “Traje de allá la impresión de que algunos no le quieren. Pero la poesía no es amistad ni amor ni desafecto hacia nuestros compañeros. El que diga que un poeta es grande porque es su amigo, debe comprar una soga y ahorcarse. Y si dice que es malo por falta de cariño hacia él, debe comprar dos sogas y colgarse dos veces, si se lo permite la salud…

Si la poesía, Leopoldo de Luis, no nos gana el camino de la Belleza y nos hace dignos de la Vida, no habrá entonces nada que nos redima, a mí, al menos, que estoy en pugna en la existencia con tantas cosas engrandecedoras, pero que la fuerza de gravedad me hace arrastrar hacia abajo. Yo me he pegado a la poesía para poder existir con algo de grandeza. (9 de octubre de 1962).

De este período es el recorte de prensa que adjunta Germán Pardo donde se le anuncia el ofrecimiento por parte del Presidente de la República de Colombia de la embajada en México. Sin embargo, el poeta declinó el ofrecimiento diplomático a favor de su colega el poeta Carlos López Narváez.  Los hechos ocurren con motivo de un homenaje que se le brinda al poeta cuando visita Colombia. Más importante aún es la noticia complementaria de dicho artículo (El Espectador 27 de marzo de 1965) donde se menciona como el doctor Chalela, quien se encargó del discurso de bienvenida, postuló el nombre de Pardo García como candidato al premio Nobel de Literatura.

En junio de este mismo año Leopoldo de Luis tendrá una sección, alternándose con Carlos Murciano, de unas tres cuartillas a doble espacio llamada los hechos y la cultura en España
La revista constaba de igual sección para Colombia, Ecuador y Venezuela. Tal alternancia quizá fue la que produjo algún recelo en el ánimo de Carlos Murciano, quien se distancia de Leopoldo de Luis (el epistolario contiene una copia girada a Leopoldo de Luis de carta escrita a Carlos Murciano el 25 de noviembre de 1965.Además pide transmitir su cariño a José Luis Gallego , quien fuera amigo íntimo de Leopoldo de Luis
En 1960, al salir del penal de Burgos, José Luis Gallego tras una condena de diez y seis años, insinúa la posibilidad de irse de España. Germán Pardo García toma la noticia más en serio de lo debido y organiza las espinosas gestiones correspondientes. En la época y para un comunista como Gallego comprendían la salida de España a pie por los Pirineos, desde allí viaje a París donde cogería un vuelo para México, incluso gestiona un pasaporte mexicano. José Luis Gallego no emprenderá jamás dicha aventura y Pardo García displicente lo toma como ofensa. Pasado el tiempo y el enojo suavizado, tiende la mano al viejo amigo
En 1969 adjunta en carta un artículo del periódico El Tiempo de 5 de febrero, que reseña la nueva candidatura del poeta colombiano al premio Nobel de Literatura presentada por el doctor James Wills Robb, quien daba apoyo universitario a la moción inicial del doctor Chalela. La academia universitaria americana se sumará a la candidatura en buena medida por composiciones como «Never thy last farewell» o «Colinas de Arlington» (tributo al presidente Kennedy de quien se decía amigo) y otros por donde planea la sombra de Walt Whitman.
A partir de 1979 se suceden una serie de cartas donde se comunica un par de tentativas de suicidio derivadas de crisis amorosas que merman su salud, motivo por el cual pide información relativa al costo de la vida en España con el deseo íntimo de vivir sus últimos días allá.

Estas penosas andanzas le provocan arrestos, reyertas, en suma, graves puñaladas. La narración de tales venturas resulta a veces aderezada con la hipérbole («Perdí cuatro litros de sangre», cuando la pérdida de poco más de un litro provoca la muerte instantánea) pero aparece confirmada con recortes de prensa donde se da noticia de los ataques (Excelsior 24 de marzo de 1980).

En cualquier caso, tal torrente de amargura parece ser el origen de las trece odas que aparecen en el libro Tempestad, definido como «el testamento de un ser agónico y casi demente, al borde de las tinieblas» (carta de 29 de septiembre de 1981). Sea como fuere, resulta insostenible la situación de juego, drogas, amoríos y peleas: «Desde luego he tomado ya la determinación severa de retirarme de los garitos. Mi edad, aproximándose a los 80 años, no propicia una vida tan bestial como la que llevo».

En carta a Leopoldo de Luis advierte como «comenzó a llegarme de todo el mundo un clamor que me asustó. Me llamarón “el poeta vivo más grande del mundo, un genio atormentado”. Leopoldo se suma con una carta de apoyo a la candidatura al Nobel dirigida a Lars Gillerstern. Cuando es anunciada la atención del amigo español enseguida responde el poeta agradecido. “Gracias por tu oferta de dirigirte a la Academia Sueca. Estás en libertad plena. Si lo haces, debes dirigirte en francés, a la dirección que te apunto al pie, en máquina, y necesariamente diciendo qué motivos tienes para pensar que el afamado premio sea concedido a mi trágico nombre, en este año. Cada cinco años el premio citado debe ser para un poeta de habla española. En octubre se cumplen los cinco años. Después, habría que aguardar otros cinco años… y ya no estaré vivo para entonces.

El 16 de enero de 1982 ingresa en una clínica para procurarse alivio y, ya en carta, quien fue un «triste jugador y habitante de los fondos bajos», realiza algunas breves declaraciones sobre su poesía:
Mi oda Never thy last farwell es el reflejo de mi vida tortuosa en Londres entre bastardos pobladores de Soho y de White Chapel.

Mi amargo poema Los vagabundos, el relato fiel de toda mi existencia. Entonces, Tempestad no es sino el testamento de un ser agónico y casi demente, al borde de las tinieblas. Así ha sido mi existencia y me causa vergüenza y dolor, pero más me lo causa la virtud de los burgueses y millonarios.


FRANCISCO ESTÉVEZ

POEMAS

EL TERCER HOMBRE

«Un dandy en el suburbio».

Fui el huésped vertical de la calleja,
del suburbio que huele por las noches
a pescado podrido y a frituras
de las que el ciego vagabundo traga.
Pudiera conduciros a rincones
que sólo el haragán ama y habita;
al figón de los guisos sazonados
con hiel de pulga y purulenta grasa.
La Taberna del Buho fue mi asilo.
Allá aprendí procacidad y el goce
de saber que en la mugre hay un decoro.
Preguntadme por cosas mortecinas:
por el tahúr, por el lenón y el tuerto
capataz del garito y la alcahueta.
Fui el inquilino de tamaña angustia;
el jardinero del rosal de trapo
donde macollan cactus de bismuto
y un girasol de palidez cutánea.
No te puedo olvidar, mundo de nigua
donde el ácido fénico no logra
neutralizar mefíticos vapores.
¡Aquí conmigo, entraña del tugurio
más andrajoso, el hospital y el niño
que la indigencia cría en sus mazmorras!
Lastre sin redención: aquí te guardo
bajo mis trajes de azucena y luna.
Con sombrero de Londres te saludo;
con camisas de Holanda te fascino,
y mis zapatos alemanes graban
sobre tus vías de excremento y vómito,
la invalidez de mi dandismo pobre.

PEQUEÑA BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE CONTEMPORANEO

Al gran poeta español Leopoldo de Luis
 
Entre dos guerras transcurrió mi vida.
Entre dos apogeos del estrago.
Dos guerras grandes. Más que el mundo mismo.
Antes de la primera yo fui blanco.
Después de la segunda ya tenía
el color de la pólvora tatuado.
Antes de la primera iba desnudo
a orillas de los ríos, por los llanos frumentales .
Después de la segunda,
cota de malla y corazón blindado.
Olía el musgo a jeta de leona.
Los arroyos a orines de caballo.
Antes de la primera no tenía
temor del fuego, del rescoldo humano.
Durante la segunda, intensamente
los tuétanos salidos me quemaron.
Pude sobrevivir arrebatándole
a un muerto su sepulcro. Y empujándolo
como a un costal de pútrida materia,
lo eché del foso y me escondí en su espacio.
Después clamaban o millar de voces
que yo era resurrecto. ¡Y me apedrearon!
Antes de la primera, sin recelo,
como se ofrece un pan, daba la mano.
Después de la segunda la escondía.
Antes de la primera, noble el paso,
cual de un hombre sencillo que confiara.
Después de la segunda, un brinco largo de tigre hambriento.
Vida bifurcada.
¡Ni siquiera me duele recordarlo
Carezco de dolor. No tengo triunfos
ni dignidad y soy uno de tantos
delincuentes de que hablan las noticias
cotidianas, un nadie, un ser tarado.
Lo demás que pudiera referiros,
es aún más torpe, sórdido y extraño.
¡Intimidad inverecunda y ruina!
Mi rostro no es auténtico. Es el falso
que ya todos tenemos. Y conmigo
llevo un papel. En uno de sus ángulos,
mi única dirección. ¡No es verdadera!
Teléfono ficticio y un retrato
que más bien es la máscara de un hombre
deliberadamente equivocado.
¡Alarma y figura, nombre y domicilio,
todo simulación, todo bastardo
¡Lo que sé y lo que ignoro y lo que nunca
podrá saber, y el sueño y lo insoñado!
La sucia cabellera hasta la espalda.
¡Un infeliz andrógino barbado
Mas pudieran servirme estas señales,
si algún día vulgar, un día amargo,
sin fecha, como hay otros en la vida,
sin deshonor ni gloria, un día opaco,
yo me muero en la calle como muere
sobre el gris callejón un perro anciano.

MADRID, 5 de mayo de 1969

 
FIN DE LOS TRABAJOS DE HERACLES


A Vicente Aleixandre
Mantua me genuit. Calabri rapuere. Tenet nunc
Parthenope; cecini pascua, rura, duces.
Epitafio de Virgilio

 
Soy Héraklés, semidiós y pugilista griego.
Poeta fui también de Colombia, mi patria.
Le ayudé a Prometeo a arrebatar a los dioses
la llama celeste.
Después le vi encadenado en las llanuras de Escitia.
Armé el brazo de Pausanias en Platea,
y a lomo de pentélico centauro
galopé en la penumbra de los siglos,
hasta llegar al de la universalidad batalla.
 
Vi decapitar en Londres a Tomás Moro
y padecí bajo el poder de la injusticia.
Le disputé a Jack Johnson el cetro de la fuerza
sobre algún ring en Indianápolis.
Contemplé el derrumbe del ejército alemán
en las congeladas estepas.
Me enfrenté alas iras dinámicas
y a la desintegración de los átomos.
 
Les canté a las húmedas mieses y a los toros
de Colombia, en recuerdo de Virgilio.
Tengo 2.500 años. Estoy inerme y solo
y he llegado al fin de mis trabajos corpulentos.
 
No me intimida la muerte porque mi razón es más honda
que el pensamiento de los dioses.
Pero ¿quién sabe algo de mí, de mi fulgurante entusiasmo,
de mi destino heroico,
de mi solidaridad humana, humilde y tierna?
 
Mis himnos a los obreros y a las cosas,
¿quién escucha?
 
Sé que no puedo combatir con mi clava de roble
contra una compulsión acorazada.
He perdido la orientación divina.
Soy un náufrago del Tiempo, un héroe occiduo.
Mas aún tengo el orgullo de mi estirpe.
Y en el instante de la agonía,
al separarme del mundo,
Memoro lo que a mí cantara Eophokles,
y con la voz grande y clara de los poetas y los púgiles,
yo, que todavía soy la hermosura y la soberbia,
con mis últimos poderes así clamo,
y restalla mi voz contra los Andes:
¡preparad para mi cuerpo la pira fúnebre
sobre los Montes Eta!
 
¡Y que los coribantes de Cibeles
no me tornen insensible
con la liturgia de sus flautas,
al penetrar mi ser en el misterio.

AGRESIÓN DE LOS METALES


Contra el desierto espíritu del hombre
se alzan los metales agresivos.
Estaban como cíclopes enormes
sepultos en los claustros de las minas,
soportando el volumen de la tierra
y la concavidad de la penumbra.
Eran la fragua súbdita del fuego
y el zócalo central de la potencia.
En las grietas volcánicas del mundo,
hendido por violentas claraboyas
y heridas de telúricas batallas,
sentíase latir el movimiento
de su confusa longitud esclava.
Mirábanse sus hombros oprimidos
bajo el peso de sales y de rocas,
y el sólido contacto de sus vértebras
enlazadas por nudos geológicos.
Y ciegos o con ojos entre brumas
de perpendiculares socavones,
se agitaban debajo de los siglos
y al fragor de los grandes terremotos,
como torpes criaturas subterráneas
en busca de la vida vertical.


EL hombre descendió hasta sus clausuras
a remover basálticos olvidos.
Los sacó de las últimas cisternas
para darles su misma semejanza.
Quiso lavar de sus arterias ocres
el polvo de los pétreos catafalcos
y de las vegetales ligaduras,
para que se mostraran con la fuerza
de las transformaciones primitivas;
con el silencio del abismo abstracto
en la virginidad de las miradas;
el azoro del ser que se descubre
desnudo en el temblor de la inocencia,
y la vitalidad de las estirpes
que suben desde el fondo de las formas
al clima de una nueva creación.
Y aparecieron en la superficie
con su rudimentaria arquitectura
de bloques equiláteros y masas
que la armonía mineral esculpe.
Surgidos de los cúmulos acuáticos,
manaban de sus filtros arteriales
los zumos de las capas cenagosas.
Con túnica de légamos y riscos,
parecían oscuros caminantes
que vuelven de caóticos desiertos.
Despertaban de sueños sin figuras
soñados en glaciales laberintos,
y de sus cuarteaduras inorgánicas
punta de móvil claridad salía,
como tallo de luz en las paredes
del cuarzo protector de la esmeralda,
todavía cubierta con la sombra
de las encarnaciones al brotar.


TODO el color de la existencia activa
iluminaba sus nocturnos poros.
El azul de las aguas temporales
que el frío acendra en taumaturgos lagos.
Y otro azul diferente que no existe
y a la distancia las pupilas toca
sin mostrarse jamás, como el misterio
que defiende los ámbitos del Sol.
Y el rojo de la sangre que derrama
fecundación en genitivas células.
Crepita en la salud como una brasa.
Tramonta con la luz de lo biológico.
Destíñese en la cara de los muertos.
Se aleja por los arcos vespertinos
y bórrase en el luto universal.
Y pulían el verde macerado
de las oxidaciones seculares.
Un verde corrosivo que satura
y las zonas botánicas imita.
Y eran así jardín sin hemisferios
a sumergida floración anclado.
El jardín catacumba de las vetas
y de los yacimientos y los cárcamos,
donde la mancha original del líquen
deshumaniza la putrefacción.
Y el amarillo tónico que existe
en las vegetaciones medulares;
rescoldo del centeno en las mesetas
y epidermis del pan y las granadas.
Y lo blanco de harinas y de espumas.
Y lo negro tumbal y vigoroso
que en lo inhumano afianza su energía;
decora los sarcófagos; se incrusta
más allá de las vidas y los cuerpos,
y en su alianza con túmulos y estratos
distribuye en la atmósfera del hombre
la densa dinastía de lo gris.


EN su átona estructura los sonidos,
como la voz en las gargantas vírgenes,
modulaban sonámbulos preludios.
Los sonidos, crisálidas suspensas
al pie de los sinfónicos dinteles;
unidas al silencio de sus cúpulas
y aguardando el instante de entreabrirse
sobre las plenitudes de lo acústico,
como los iris de una flor coral.
Tenían los metales en su seno
los órganos de góticas basílicas,
escuchados después en las liturgias
y las atormentadas contricciones.
Y el acento del mar independiente.
Y el de los huracanes cuando ataca
la noche cerebral llena de espanto.
Y la detonación de los diluvios.
Y el ruido de las sordas convulsiones.
Y el lamento del ser sacrificado
al encontrarse inerme ante lo cósmico
y las devastaciones cataclísmicas,
y al sentir que a su espíritu bajaba
la inmensidad por la primera vez.
Y tenían sonidos compañeros
de la creciente soledad humana.
El de la brisa, párvula danzante
junto al sabor de las naranjas nuevas.
El silbo germinal de la canícula
cuando en el valle azul cantan las bodas.
El himno del insecto que celebra
la conjunción sexual de las criaturas,
y la tremolación de las campanas
que siguen a los seres por senderos
constelados de trigo y tulipanes,
y los dejan en bosques de ciprés.
Pactaron poderíos con el hombre
y avanzaron con él a la conquista
de las encornaduras de los renos
y la piel y la grasa de los osos.
Talaron la corteza con arrugas
nacidas en el tronco de los saurios,
que lucen primordial tinte de arbustos.
Uniéronse al granito y la madera
para formar las rumorosas casas,
y en su cenit de transfiguraciones,
elevaron a cálices de cimas
el subjetivo cuerpo del cristal.


LAS fábricas sintieron el impulso
y la trepidación de los metales.
Nacía entre sonidos la mecánica,
con sus dentadas ruedas y en las sienes
luceros matemáticos escritos.
Escuchábase un vértigo insurgente
de esferas y engranajes en las máquinas,
y la gran combustión de la materia
lanzaba por la boca de los hornos
frenéticos espasmos de calor.
A la radial esfera respondía
un círculo metálico y autónomo.
Silbatos atronaban a los timbres.
Las hélices hablaban con las hélices
y el motor con los círculos motores.
Y así la potestad de lo metálico
dialogaba con todo lo metálico
desde el seno de todo lo metálico,
en sílabas de choque mineral.


EL río individual rindió tributo
de servidumbre. Y lo rindió la selva
poblada de pequeños antropoides
y mariposas, desasidos tréboles
en busca de raíz. Y hasta los mares
y el aire liberal dieron tributos,
cuando la fortaleza voladora
dibujó zodiacal órbita ambigua,
y cuando el submarino acorazado
sembró en la oscuridad rosas magnéticas
y condujo hasta el fondo de las aguas
donde sueñan otoños las esponjas,
la volitiva fuerza del metal.


CUANDO los mártires contemporáneos
bebieron sal como irredentas tribus,
los metales pendían de sus cuellos
en espiral de cáusticas ajorcas.
El llanto renacía de sí mismo,
condenado a existir perpetuamente.
Crecían como varas de penumbras
amotinadas las hambrientas cruces.
Escuadrones de bestias encendidas
patrullaban espacios y llanuras,
y el metal levantó contra la vida
ferrado malecón donde murieron
las olas más humanas y la luz.
 
ENVILECÍA el sol aprisionado
por un bisel de niqueladas crines.
Principiaba el pavor de los espíritus.
Flotaban sin hallarse los espíritus.
Consumíanse todos los espíritus.
Y al hombre se le vio correr sin rumbo.
Comer el fango de los negros pozos,
perseguido por ángeles metálicos
y cólera de arcángeles metálicos.
En las sienes espinas de aluminio.
Largo dogal de irresistible estaño
y en las espaldas híbridos de cobre.
Se le oyó claudicar en los reductos
y caer de rodillas ante el ara
defendida por térmicos baluartes,
donde impera el uranio vencedor.

TEORÍA DE LA NOCHE AMERICANA
Antes que la gran tarde continental se llene de sombra
cual una patria aérea invadida por grupos de oscuras águilas,
concentraré mi cuerpo cerca de estos valles
que dibujan sobre los meridianos de la tierra
la historia remotísima de la sangre aborigen
y los relatos del hombre habitador de hidrópicos mundos.
 
Haré que las hondas selvas próximas a escuchar pregones lejanos
de quenas, cornamusas y roncos teponaztlis,
me entreguen su conmoción ante el silencio
que baja de los Andes como jaguar a las cuevas
donde arañas deformes trabajan para la muerte,
como trabajan también hormiga y chucua para la muerte,
mientras la constructora mecánica del suelo
fermenta el hervor caótico de gérmenes que viven
mezclándose con la pudrición debajo de las ciénagas.
 
Como un emperador indio
envuelto en su soberbia casta legítima;
de pie sobre las rocas sagradas y los ojos
fijos en los holocaustos del sol en su poniente,
así en rojo tezontle cimentaré mi sueño;
en lo más mexicano de un peñón borrascoso,
donde mis sienes puedan sentir los tránsitos del aire
y comprender mi espíritu la fuerza de unos pueblos
que amaron como yo estas mismas cordilleras de América;
aquí se arrodillaron;
aquí se engrandecieron
y aquí como profetas agrícolas hablaron
de las cosas nutricias; de los bosques sedientos;
del alcance horizontal de las raíces
y la fidelidad del hombre a las montañas.
 
Me tenderé a la orilla de un lago migratorio
para que así, muy junto de su fluvial deslave,
pueda tocar con más justicia el polvo de las vértebras;
y el estrago ya disperso de las rótulas,
caídas en la arena y calcinadas
por furias que chocaron contra el moreno Continente,
hasta desquiciar columnas monolíticas
y fundir aquellas láminas de oro
que brillaron en los dinteles de las casas,
llenándolas de las más humildes músicas
cuando el viento les hería sus biseles,
como si fueran de carrizo silbador
o de atributos del maíz.
 
Me tenderé a la orilla de un lago porque América,
dese el Yukón a la Patagonia,
salió del agua en el principio de los tiempos
como una balsa llena
de plátanos y piñas;
balsámicas maderas;
azules mariposas;
venenos y volcanes;
defensa pectoral hecha de pieles
de caimán aletargado en la manigua,
y plumas de quetzal
escondido cual una móvil esmeralda
bajo las selvas del Petén.
 
Así América lacustre, bestial y cataclísmica;
recuérdanlo figuras de batracios que los indios
esculpieron suplicantes en las rocas,
para pedir que se alejaran
los líquidos poderes invasores.
El agua retirándose dejó sus venas repartidas
en las vertientes amazónicas;
sus ojos en los lagos de la dulce Guatemala
y su cabellera al pie del Iguazú.
 
El agua fue para América origen tempestuoso de su vida.
Por eso cuando pronuncio estas palabras
con algo de su espíritu y su sangre,
idólatra y pagano confieso
la primitiva pasión que me subyuga,
y digo una plegaria que comienza
signándome la carne con luceros arborescentes
en el nombre de la tierra y del espacio;
de la caoba que contiene vigas y sepulcros;
de los vestigios caminantes de la raza
y del sol que todavía nos gobierna en las alturas.
Una plegaria que principia proclamando
mi culto a las tinieblas de la noche,
y concluye con actos de fe sin esperanza
en la amargura original de América.
 
América es un río que nunca desemboca
y ante las sordas cumbres del Chimborazo clama.
Así creo que en mi país meciéndose con ruidos de selva irremediable
desde el Darién al Putumayo.
Así mi nación de ríos que ningún mar resume.
Así Colombia acuática y agobiadoramente vegetal.
 
Me tenderé cerca de silencioso río a esperar la noche
que invade con su espuma de inorgánicos ébanos
las subterráneas formaciones de carbón.
Me tenderé a esperar la noche
como antes al regresar de sus asaltos
a los cobrizos peces y las leonadas fieras,
los rápidos arqueros cazadores.
Me tenderé a esperar la sombra cerca del silencioso río,
porque agua, oscuridad y hermetismo selvático
son la terrible clave hereditaria
del hombre de América.
Tres buitres anclados de escuetos farallones.
Tres Orinocos desaguando siempre en nuestra sangre.
Tres murallas mortuorias oprimieno
los pantanos donde suplica el “diostedé”.
 
Únicamente los que nacimos en América
comprendemos la enormidad del telúrico luto.
Decid a un americano auténtico la palabra “penumbra”,
y agitará los brazos
como un ofidio constrictor.
 
Es su nocturno instinto, su inclinación de selva
buscando sus orígenes.
Decidle “agua” y entonces descubriréis lagunas
en sus ojos manchados de crepúsculos.
Sin embargo, decirle “silencio” y en sus manos
florecerán manojos de catleyas.
La flor americana del silencio que nunca
se interrumpe. La flor más desértica y libre.
Se alimenta de brisas y silencios y músicas
inaudibles. A veces palidece y suspira.
Se sostiene en la danza. Se ilumina en el éxtasis.
Nace sobre una vara de silencio y olvido
y en olvido y silencio multiplícase y muere.
Otros días quisiera volar como un espíritu
y alejarse entre luces amarillas y lágrimas.
 
Abandonaré ciudades donde se cumple mi destierro
de todo cuanto es orgánica energía.
Allá dejé raíces como brazos que abren túneles
por donde pasan atropellándose en su arterial carrera,
los verdes glóbulos del fondo.
Dejé luciérnagas enormes sembradoras de fuego;
árboles telepáticos que escuchan y que miran.
Dejé calor sacando a cada instante vidas trágicas
del territorio fétido que pudre.
Dejé vigor, crueldad en las batallas animales
y un odio de tinieblas contra hombres y criaturas.
 
Yo llamo a la noche americana: ¡madre!,
y ella me grita desde sus cónvavas regienes: ¡hijo!
No conocí a mi madre. Murió cuando mis ojos
ignoraban las transformaciones de la luz.
No conservo su memoria o si la guardo
es como río doloroso fluyendo entre lo oscuro.
La noche protegió mi formidable desamparo.
Crecí como algo suyo; como se desarrolla el trueno
en sus velocidades enemigas.
Hay un rencor en mí contra la claridad y la esperanza
y una insubordinación irredimible.
 
Llamadme por el nombre de una bestia nocturna
y acudiré,
porque mi confusión es parte de la noche
y mi angustia un zarpazo de su abismo.
 
Abandonaré metrópolis de cal donde se cumple mi destierro.
Allá me aguardan vegetaciones oscurísimas
y toros con tormentas en los cuernos;
obsidiana en los ojos y pezuñas,
y cuerpo de canela que se vuelve
misterioso en las cúspides sin astros.
Así América implacable en su hermosura;
vital bajo sus légamos caribes
y pobre entre sus ídolos de oro.
 
He de volver a sus desiertos a engrandecer mi espíritu.
Su sombra es luz de mis poderes veteranos.
Su pan el hambre de mi boca.
Su tempestad mi sosiego.
Su maldición el más salvaje de mis gozos.
Yo soy el compañero de sus tribus que caminan
sobre savias vigorosas preguntando
por el instante mismo de la muerte.
Abandonaré ciudades, olvidaré metrópolis
y volveré a tenderme a la orilla de un río silencioso;
uno de esos turbios ríos de nombres musicales: Inírida, Vaupés,
a esperar como las serpientes el amparo de la noche de América.
 
(1953)

LEYENDO A BAUDELAIRE

Es ésta para mí una de las noches más tristes y crueles
del mundo
Baudelaire con sus ojos estúpidos
torcidos por la sífilis; Baudelaire con sus ojos de brujo
maligno, me está mirando fijamente desde un libro de luto.
Llegó arrastrándose a mi casa, hemipléjico y zurdo.
Baudelaire llegó a mi casa después del crepúsculo,
a la hora en que salen los dementes murciélagos nocturnos.
Le dije: señor, se equivoca. No le conozco. Ya está oscuro
y esta casa se extingue a las seis de la tarde,
cuando me aíslo como una araña en su telar profundo.
Y Baudelaire me dijo: es a usted al que busco.
Al que se aísla cuando los primeros pájaros se guarecen
ante la inminencia del terror y los ruidos confusos.
Al arácnido en sombras pervertidas oculto.
Y la baba caía de los labios de Baudelaire
comidos por la sífilis, lascivos y convulsos.
Vengo a su casa porque usted conoce, como yo,
la orfandad y la pena.
Yo lo he sentido clamar por su madre dormido
como gritan los sonámbulos, los hombres siempre solos
desde su inválida niñez. Es a usted al que busco.
Yo lo he visto golpear estérilmente los impasibles muros
de la orfandad, preguntando por el nombre de su madre,
esa que usted tiene ahora fotográficamente en lo turbio
de esta casa con flores malditas.
Es a usted al que busco, es a usted al que busco.
Y Baudelaire atáxico me miraba con sus ojos estúpidos.
Y gritaba y gritaba con la tenacidad babeante del idiota:
es a usted al que busco, es a usted al que busco.
A usted lo amó la sífilis. La he visto reptar sobre su cuerpo
con sus gusanillos minúsculos
royéndole las células nerviosas, las celdillas cerebrales
con las que usted escribe; partiéndole los músculos
con los que usted trabaja, y la vertebral columna
con la que sostiene su cuerpo, cual otra columna de orgullo.
Es ella la que excita sus prodigiosos dedos
para que no reposen. Diosa blanca y verdugo.
Ella le rinde imágenes fantásticas, sonidos misteriosos
que sólo usted escucha, paraísos conclusos.
Después de la muerte en las cenizas de sus huesos
estará el treponema proclamando su triunfo.
Yerto de horror, de crápula, de espanto,
miraba yo a Baudelaire, el hemipléjico, el intruso,
que seguía gritándome y gritándome y gritándome:
es a usted al que busco, es a usted al que busco.
Salga usted de mi casa, le dije elevando mis gritos
y elevando con furia los puños.
Voy a echarle a ese perro
que custodia mi sueño proclive y mi sueño fecundo.
Y él seguía gritando y gritando diabólico y lúgubre:
es a usted al que busco, es a usted al que busco.
Al huérfano, al solo, al que siente el fulgor de la sífilis
cruzar cual sombrío relámpago por sus ojos impuros.
Al que ama la carne podrida del burdel y el sepulcro,
como amé a Jeanne Duval, deforme y perversa.
Es a usted al que busco, es a usted al que busco.
Y un desorden sublime cayó sobre mi casa reducida
como un corazón sin ternura. Y crecía el insulto
tremendo y la baba del atáxico horrible.
Y en mi rostro cayó su saliva asquerosa, su esputo
de locura y de fuerza perseguida por el Mal sin descanso.
Y crecía y crecía el desorden de mi casa y cayeron los libros
y Las Flores del Mal por el suelo en desorden y volaron
las mesas
en divino desorden y el incendio quemó las columnas
y el agua que bebo inundó de mi alcoba la calma,
y el sol que me ilumina desde un cuadro de Van Gogh
desprendióse
del lienzo y se echó sobre mí como un tigre iracundo.
Quise escribir: ¡Piedad! pero las manos desobedecieron,
y la palabra ató mi lengua con asfixiantes nudos,
y era mi cuerpo un tronco devorado por la demencia
que en la sífilis
incuba sus corpúsculos,
hasta que un águila sorda se lleva nuestro espíritu,
y el cuerpo se nos queda rezagado, concluso,
como estoy yo esta noche de crueldad indecible,
mientras el hemipléjico grandioso me grita sin saciarse:
¡Es a usted al que busco, es a usted al que busco!

TESTIMONIOS

Nos oponemos a los grandes bosques
que extienden sus tentáculos silvícolas
y chupan sangre del jardín obrero.
Somos de una familia de luciérnagas
que encienden sus fugaces farolillos
al pie de las manzanas y duraznos.
Daremos testimonio contra el tigre
destazador de las joviales cabras,
y contra las serpientes invasoras
que lanzan de los ríos y lagunas
a las pequeñas ranas campesinas.
Comprendemos la pena de los nidos,
donde en cada polluelo ya se escucha
la escala musical adolescente.
Y el pan que en nuestra casa no tocamos
y limpio y sin ultraje permanece,
es para esa ternura proletaria
del indio que les da a sus alimentos,
mientras suenan las flautas de carrizo,
la morena sazón del abandono.
El día en que las últimas alondras
alcen un tribunal contra las fieras,
acudiremos con la ley agreste,
con los rurales códigos escritos
por el gorrión en hojas de centeno,
contra el sol y la lluvia, contra el frío,
la desnudez el hambre y el despojo,
porque hemos visto a las pesadas águilas
devorar su salario al colibrí.

MIGUEL OSCAR MENASSA

Nació en Buenos Aires, en el año 1940, era una de esas mañanas soleadas con brotes verdes en las copas de los árboles que renacían en esa primavera y que crecían al borde de las veredas de una casa comprada por su padre en el barrio de Parque Patricios. Su padre de nombre Raif, había venido de otras tierras lejanas como el Líbano y desde su extranjería había conseguido recuperar en algo el brillo de una familia adinerada, de larga estirpe, a la que abandonó buscando una llanura sencilla, donde estar alejado de las guerras. Su madre de nombre Ángela, era fugaz, altiva, de una belleza que recordaba a las efigies y donde se juntaban los soles orientales y los bajos fondos de esa ciudad porteña, un Buenos Aires de los arrabales, siempre en el margen de alguna acción que evocaba en las sombras de alguna calle mal iluminada las pequeñas fechorías de gente pobre.
Niño esperado por sus padres y que venía a cumplir el sueño de perpetuación del apellido paterno, nació bien, con un peso equilibrado y fue a parar a los brazos de una madre que contaba 26 años y que ya tenía dos hijas mujeres. Su padre le había puesto el nombre de un arcángel y el cuadro de San Miguel aplastando con su pie la cabeza del demonio, blandiendo una espada como signo del vencedor, se colgó en la cabecera de su cama para su tutela, y ángel y demonio contemporizaban amigablemente, sin ocasionarle ningún espanto.
Su padre se imponía con esa rigurosidad heredada de su familia, y había que estudiar y cumplir con los horarios y las costumbres estipuladas, su madre carecía de rigurosidad, o la misma estaba encubierta por su alegría y por la intensidad de sus sentimientos, poseía un orden más bien alterado que volvía ingobernable sus armarios y esa juventud que se sumaba a la niñez de sus hijos, volvía al mundo invulnerable.
A los 5 años ya formó parte de la comunidad de niños que iban al colegio y sin saber leer escribía en las paredes de las casas con una carbonilla, las consignas políticas del candidato presidencial de esa época.
Terminó el colegio primario en tiempo adecuado, nunca repitió ningún año, el problema no era el aprendizaje, siempre se defendió bien, si habría algún problema estos serían actos de independencia que hacían que su conducta tuviese vaivenes estrambóticos en su boletín de clasificaciones. Terminada la educación primaria, ingresaría al bachillerato que ero lo que le permitiría ingresar a la Universidad porque su padre quería que fuese médico.
Su paso por la escuela secundaria tuvo la impronta de su arriesgado carácter ayudado por su inteligencia, que hizo de él un adolescente lleno de sueños y de desobediencias donde ponía en juego sus ansias de libertad y de independencia. Terminó el colegio secundario y nuevos horizontes se abrirían creando un nuevo orden.
Comienza a escribir sus primeros poemas y quiere ser escritor. En una conversación con su padre y no cejando éste en su deseo de tener un médico en la familia, llegan a un acuerdo donde los dos destinos tendrían cabida, “Si estudias para ser médico, yo te regalaré una máquina de escribir, cosa que llevó a cabo aún antes de aprobar el examen de ingreso.
A los 18 años ingresa en la Facultad de Medicina de Buenos Aires y comienza su psicoanálisis.
En 1960 interrumpe la carrera por el Servicio Militar en la Marina y en 1961 publica su primer libro de poesía “Pequeña Historia”.


Dos años después de la publicación de su segundo libro “La ciudad se cansa”, viaja a Italia donde reside casi dos años en Milán y toma contacto con Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo, Alberto Moravia, Umberto Eco y con el presidente de la Sociedad Psicoanalítica Italiana, Cesare Musatti.
Regresa a Buenos Aires en 1965 y en 1966 publica “22 poemas y la máquina electrónica o como desesperar a los ejecutivos”.
Comienza el desarrollo de su carrera como psicoanalista y funda con otros compañeros el movimiento científico cultural “Grupo Cero”, que tiene una amplia difusión y donde todos sus integrantes, médicos y psicoanalistas en su mayoría escribían dando lugar a la publicación de la revista Grupo Cero, nº0
En 1974 Funda la Editorial y al año publica Yo pecador, libro de poemas a cuya presentación y en un clima de guerra y persecución acuden 1.500 personas, seguido un año más tarde por Psicología Animal y arte.
Las tensiones del país agravadas por un régimen militar, la desaparición de personas, las torturas y la detención de estudiantes, le hacen decidir dejar el país y emigrar a España.
En 1976 viaja a España, donde reside desde entonces.
Español, nacido en Buenos Aires, consta en las contraportadas de sus libros, frase que encierra un reconocimiento de doble filiación y un agradecimiento tal vez a ese pacto inicial con su padre, a esa confianza que lo recibió en los mundos que él habitaría.
En sus comienzos lo escuchamos decir:
“Entre la sabiduría y la ciencia hemos elegido la sabiduría, único territorio donde se agolpan, tanto los problemas como las soluciones del vivir. Entre la certidumbre de otras ciencias y la incertidumbre de la ciencia psicoanalítica siempre amenazada, hemos elegido la incertidumbre de saber: El hombre vive desgarrado en su ser; pero nunca sabremos ni las dimensiones ni la geografía donde anida dicho desgarro.”
Médico, psicoanalista, poeta, llega a Madrid en 1976, y corto fue el período de su restablecimiento, porque apenas llegado, retomó su actividad como psicoanalista y poeta. En sus escritos recuerda: “Blandiendo el estallido genial de la memoria, recuerdo haber nacido, recuerdo claramente los primeros pasos, después llegué hasta aquí, cumbre o vacío, rodeado del lenguaje como si fuera un mar espectacular y bravío y yo, como dice el poema, una pequeña balsa enamorada”.
Al llegar ya tenía publicados sus primeros libros de poesía y su primera revista de Poesía y Psicoanálisis que se llamó “Grupo Cero” números 0, 1 y 2. La actividad editorial continúa desde este país con Salto Mortal y en 1978 Canto a nosotros mismos, también somos América.
La publicación de Perversión o la muerte de la palabra en 1978 es la obra que inicia sus publicaciones en psicoanálisis que seguida de Grupo Cero ese imposible y Psicoanálisis del líder van a acompañar su incursión en la pintura que una vez generada, se despliega en 29 exposiciones realizadas en Madrid, en Buenos Aires, y en Tel Aviv.
En 1981 funda la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero en Madrid, y en 1987 se realiza el Primer Congreso en Buenos Aires.
La Editorial Grupo Cero que ya tiene publicados alrededor de 350 volúmenes científicos y poéticos, continúa la publicación de sus revistas, que en ese entonces era el número 3 de la Revista Grupo Cero, y después vendrían “Apocalipsis Cero”, “El Indio del Jarama”, “Las 2001 Noches, revista de Poesía, Aforismos y Frescores”, la revista “Extensión Universitaria”, sucesivamente publicadas hasta llegar a este momento, donde está en ciernes la aparición de una biografía escrita por él mismo donde aparecerán los actos más trascendentes de su vida.
El movimiento científico cultural que crea es considerado por IWA (Internacional Writter Association) como uno de los movimientos científicos culturales más importante de los últimos 50 años y lo presenta como candidato al premio Nobel de Literatura 2010.

Miguel Oscar Menassa con su esposa la poeta Olga de Lucia.

La creatividad encarna en él y lo hace múltiple. La pintura se apodera de él con vigor en 1978, y realiza su primera exposición en 1982. Desde su pintura abstracta nos hablará de un realismo psíquico, donde otra vez vemos emerger su concepción del mundo a través del campo que inauguró, “Poesía y Psicoanálisis”. Su pinacoteca se compone de casi 1.000 obras y sigue abierto su taller de pintura de los días sábados a la mañana, para sus alumnos en formación.
Tocado por el cine comienza su recorrido filmando cortos que al comienzo son cortas secuencias, como los aforismos de sus 2001 Noches donde la interpretación psicoanalítica es su forma argumental.
Luego pasará a escribir guiones que son llevados al cine, donde dirige y lleva a cabo la formación de los actores que actuarán en sus películas. De los cortos metrajes pasa a los largos metrajes, algunos de ellos premiados y estrenados en Rio de Janeiro, Buenos Aires y Madrid.
La poesía no lo abandona nunca y de ella lo escuchamos decir: “Rama madura de la poesía, algo que está ahí para ser tomado y que puede pasar desapercibido y pueden pasar más de cien años sin que nadie descubra lo poético”.

El poeta Miguel Oscar Menassa recitando en el Colegio Mayor Nuestra Señora de África de Madrid.


Se cumplieron ya 41 años en España y lo vemos en su largo recorrido arraigado a esta tierra que lo hace un cantaor y compositor de coplas a las que pone música y canta. El flamenco como evocador de sus antepasados árabes lo lleva a vivir con el baile y el cante y en su homenaje inaugura el espectáculo “Flamenco, tango y poesía”, que hasta el día de hoy está vigente y que le dio la oportunidad de que sus poemas y coplas sean cantados por él y bailados por Virginia Valdominos. Últimamente acaba de aparecer su primer disco “Al sur de Europa” para que su voz nos llegue “como una lluvia serena de camelias encendidas, lecho nupcial para los enamorados eternos de la canción”.
Un día encontró a su dios y era un indio montado en un caballo negro con las crines al viento yendo a cualquier lugar, en un galope que nunca pudo detener y que lo llevó a la entrada de un río que tenía su nombre y donde las bifurcaciones no eran sino otros caminos y otros ríos que surgían como propuestas, y maneras diferentes de vivir.

Menassa en uno de sus recitales poéticos acompañado por Antonio Amaya a la guitarra flamenca y los poetas despiertos.


El Indio lo visitaba en sueños algunas noches, aquellas donde su vida parecía detenerse y le dictaba frases que fueron sus aforismos, convertidos en hojas, que son hojas del viento que llevan ese soplo que las inmortaliza: “Vi como los perfiles del tiempo se posaban en mi piel, dejando una marca”, “La soledad. Una constelación de estrellas infinitas al alcance de la mano”, “Soy lo que vuela. Encadenadme y seré, lo encadenado que vuela. Matadme y seré lo encadenado muerto que vuela”.
Fue su ruta una epopeya escrita en la arena, donde lavó su amor y su desgracia, que marcó con trazos indelebles, la poesía, la pintura, el canto, el cine, el teatro, fue el médico del alma que interpretó a este trágico universo que tortura a los cuerpos con poderes febriles, y puso el alma velando a las puertas de sus años, y cada década tuvo el color de todos los colores, y toda insensatez se transformó en sus novelas creando artilugios donde el arte fue un hilo de luz saliendo de sus ojos.
Todo fue en su vida poesía, y la poesía, como él dice, no necesita ni muchos, ni pocos lectores, ella se conforma con una hoja en blanco. Y si la hoja en blanco es la propia vida del poeta, mejor.

Un hombre solitario no es un hombre


Un hombre solitario
no es un hombre
pero
un hombre que construye
semejante soledad
semejante fortaleza
de palabras
unas contra otras
águila voraz
en medio de las cumbres
y todavía más
no es un hombre solitario.
 
Un hombre
que se deja llevar
por sus palabras
no puede ser embalsamado.
 
Un hombre que canta
desesperadamente
el porvenir
brújula atascada
en una dirección
siempre diferente
no tiene Norte.
 
No hay altura que sobrepase
mis últimas palabras.
Escribo y lo sé el viento
me llevará lejos de mí.
 
Alguien tocará mi voz
en algún campo de batalla
y alguna tarde espléndida
morirá por mí.
 
Me fuerzo a comprender
y el hombre es inasible.
Se pudre y no se pudre.
Muere y canta a la vez.
Se deja volar
y para caer
pesadamente
corta sus alas.
 
Vértigo de luz
el hombre
un perfume
una música
a punto de olvidarse.
 
Abro la boca
y en un bostezo universal
aspiro profundamente tu cuerpo
y salto por los aires:
 
Hombre,
ave solitaria
minúscula y grandiosa
vuelo tembloroso
el último vals.

Limite uno el amor


Recuerdo
tu vientre de pantera
destrozado.
Mis dientes.
Tus garras
hechas cenizas en mi rostro.
Tu ferocidad perfecta detenida
en mi belleza perfecta.
 
Recuerdo el agudo violín
entre tus piernas
sexo desesperado
intentando
los sonidos del cielo
tensando infinitamente
hasta no poder más
tu cuerpo en el espacio
para alcanzar
los bordes de mi voz.
 
Yo cantaba
como si fuera natural
en el hombre cantar.
 
Registrar lo sublime
y tu música
alta como las cumbres
que nacen
por encima de las cumbres
nieve dolorosa y eterna
tu música
se detenía para caer
sinfonía final
descuartizada bruscamente
tragada por el temblor
oscuro de mi canto.
 
Yo tocaba el tambor
y la volvía loca.
Cuando se volvía loca
y no le importaba
ya la música
se perfumaba para mí
y conversábamos
de lo difícil que es cantar.
 
Bebíamos alcoholes
bebíamos alcoholes y fumábamos
lentamente nuestras miserias.
 
Ella me decía y yo le decía:
 
Quiero inundar
con mi locura el universo.
 
Y más allá ¿qué harás?
después del universo.
 
Ella se quedaba en silencio
y yo le decía:
 
Esta mañana te hizo mal jugar
a ver quién llegaba más alto
con su canto.
Le acaricio la frente y le digo
ni te llegué a ganar
dejaste de jugar a lo sublime
asustada por el temblor
de esos tambores de la selva,
sonando en pleno cielo.
 
Ella hacía una mueca
y yo me quedaba en silencio.
 
El viento rozaba
levemente nuestros cabellos
y ninguno de los dos
conocía el desenlace.
 
Cuando no sabíamos qué hacer
fumábamos
y era divertido cuando fumábamos
ver cómo el humo
formaba a su alrededor,
delgadas columnas de cristal
varas finísimas
de mimbre y de marfil
para que su cuerpo
tuviera esa presencia
iluminada y cantarina
y a la vez esa lejanía.
 
Ella me decía y yo fumaba,
para que no faltase el humo
en la construcción de su grandeza.
 
Cuando fumamos
te pones como un idiota,
no haces otra cosa que mirarme
y me avergüenzo
y deseo escuchar
el estallido de mi deseo
y te veo ahí
tan callado en tus ojos
y soy atrapada
por el leve murmullo de tus versos
como cuando jugábamos esta mañana
a lo sublime y no lo puedo creer.
 
Dime ¿quién eres?
la calma del mimbre
o la belleza del marfil.
Orangután sin voz
o cristalino
canto inolvidable.
Y se agarraba la cabeza
con las dos manos
y se zambullía en mí
como en el mar
gritando
almeja delirante
no puedo más.
 
Se retorcía en mi vientre,
buscando pez compañero
divinidad marítima
que le mostrara
los secretos del mar.
 
Se alimentaba con mi semen
y a ratos
levantaba la cabeza para decir:
Todo es hermoso. Gracias.
 
Yo
iba saliendo de mi sopor
como podía.
Ella
acurrucada pequeña
grandiosa en mi vientre.
Su belleza perfecta
detenida
en mi ferocidad perfecta.
 
Yo le decía
mientras ella agonizaba:
Ahora que estás muerta
quiero que bailes como bailan
los peces en el mar
las noches que lo poético
invade sus entrañas.
 
Ahora que estás muerta
quiero que bailes para mí
una danza de amor
y nada de vuelos nocturnos
hoy
nos quedaremos
a dormir en casa.
 
La sacudo
para que abra sus ojos
la levanto en mis brazos
y la tiro contra el techo
de la habitación
y ella
cae varias veces
pesadamente al suelo.
Se terminó el juego
me digo
ella está muerta.
 
Y comienzo a buscar
con mi boca en su cuerpo,
el diamante perdido.
Y sus movimientos
vuelven a ser como de camelias
y frente a mi sorpresa aúlla
y en ese aullido
toca los confines del cielo
y esta vez lo sé
no habrá poema
que contenga ese grito.
 
Cuando volvía,
despeinada y maltrecha
me decía:
Eres un tonto
me veías volar y ni siquiera
intentabas alcanzarme.
Así cualquiera vuela alto.
 
Cuando volaba,
te veía sobre la cama esperándome
y cada vez más alto
me volvía más loca.
Inmensidad cerca del cielo
en esa soledad más que gozar,
el espanto se anudaba en mis ojos
y aterricé rápidamente
y ahora te prometo
volar siempre contigo
y en ese gesto
una vez más
moría.

El verdadero viaje


¡Cuidado! ¡Cuidado!
estamos a punto de naufragar.
 
Os habéis creído,
que en transatlántico poderoso
navegábamos
y sin embargo os digo:
mi vida
es una pequeña balsa enamorada.
 
Veo surgir entre las sombras
una luz que nadie apagará.
Formada de versos y perfumes
como vientos insondables
como una catarata de carne
abandonada
que por fin
encuentra su reinado.
 
Reinado de nubes
de antiguas fragancias
y de fragancias inconcebibles.
Pequeñas balsas enamoradas
siempre a punto de naufragar.
 
Por ahora
toda pasión será remar
hasta alcanzar el poema
en ese movimiento.
 
Remad hasta quedar sin fuerzas y, ahí,
comprenderéis el motivo de mi pasión.
 
Iremos por los más bellos ríos
y con el tiempo
nos animaremos a los grandes océanos
a la belleza de las borrascas en el mar
y siempre iremos temerosos de desaparecer,
pequeños, en esa inmensidad que nos rodea.
 
Saber nadar o ser grandiosos
no servirá de nada
para llegar
tendremos que mantener
la balsa a flote
y nosotros mantenernos
encima de la balsa.
Eso
todo el misterio.
 
Un día la balsa se partirá
en mil fragmentos
y cada uno
tendrá que aprender
a sostenerse en pequeños maderos.
 
Si es posible el poema es posible la vida.
 
Remad
agonizad remando
hasta sentir que solo
es imposible.
Quedad sin fuerzas.
Mirad cómo otros reman
y yo mismo remo
con las manos
ensangrentadas por el esfuerzo
sin descansar
hasta encontrar en ese movimiento
el poema.
 
Y cada uno tendrá su pequeña balsa
enamorada.
Dueño de su vida y de su muerte
puede tenderse en la balsa
para siempre
no remar más
y dejar que las aguas
lo lleven por doquier.
 
Y algún otro remando
desesperadamente
al verlo
escribirá un poema.
 
Remar en cualquier dirección tampoco sirve.
 
La tierra que promete
la poesía
siempre es la misma.
Se llega o no se llega.
Ella necesita reyes
centauros
sólo se deja sembrar
por revolucionarios y fanáticos
por hombres que en su tierra
construyen su casa y su familia
sus grandes ilusiones.
 
El que repita lo hecho jamás la encontrará.
 
Remad
para llegar a esa tierra
como nadie ha remado
y os serán ofrecidos
a vuestra llegada
manjares que no fueron
ofrecidos a nadie.
 
Y en las noches de desilusión
cuando nada es posible
en esa oscuridad
pedid a los mayores
que os cuenten
de los grandes navegantes
sus antiguas hazañas
en pequeños barquitos de papel.
 
Cada trecho recorrido
tendrá sus peligros.
Nada será fácil para el poeta.
 
Vendrá el amor y habrá que enamorarse
hasta sentir que la carne
temblando es un poema.
Y así llegará
la inolvidable noche
donde por un instante
esa pasión será la poesía.
 
Frente a la duda no dejar de remar.
 
Tomar en nuestros brazos,
fortalecidos como garras
por la crueldad del ejercicio,
a la persona amada
y seguir remando
si es necesario con los dientes.
Con el tiempo ella, también,
hará ejercicio con nosotros.
 
Después de a dos, de a tres,
de a todos,
rota la inmensidad de lo único
vendrá la muerte.
y no valdrá ninguna valentía
porque ella se jacta
de haber matado
a todos los valientes
en el primer encuentro.
Y tampoco valdrá ninguna cobardía
porque ella mata todo lo que huye.
 
Para encontrarse con la muerte
se necesita
haber aprendido algo del amor:
Ni huir. Ni arremeter contra nada.
Aprender a conversar tranquilamente
eso enseña el amor.
 
Cuando ella se acerque
y venga por nosotros
con su mirada inmensa
como ella misma es inmensa,
dejarla acercar
hasta que escuche
nuestra respiración
entrecortada por el encuentro.
Y ella enternecida
como es su costumbre
nos tenderá la mano
para que acompañemos
a vuestra majestad
al inmutable
reino del silencio.
 
Ahí
cuando entregarse
es lo más fácil
mirarla
en los ojos
la inmensidad
que le pertenece
y decirle entre dientes:
Amada muerte
mi enamorada
escribiré tu nombre
en todas las paredes
besaré
sin temor tus labios
como nunca
ningún hombre lo ha hecho
y te amaré verás
entre la sangre,
en las grandes catástrofes
y también te amaré
cuando un blanco capullo
reine en tu corazón.
 
La gran emoción
que recorre su manto negro
por encontrarse en un poema
hace de la muerte una mujer.
Ella también terminará remando
tranquilamente hasta la orilla
y compartirá mi pan y mis amores
y volará por las noches
para cobijar en su seno,
a los que ya dejaron de remar
y volverá
para encontrarse conmigo
y contarme sus hazañas.
 
Como si cada vez
fuera la primera
volveré a respirar
como respiran los atletas
y por haberlo aprendido de ella
la miraré enternecido y le diré:
 
Mi muerte enamorada
y ella
será feliz.
 
Después hay que seguir remando.
 
Ya nos preguntarán
y nosotros diremos:
hemos estado con el amor
y hemos estado, también,
con la muerte.
Al principio no nos creerán
dirán que para el hombre
es imposible.
Nos pedirán pruebas,
nosotros les mostraremos
como si fuera el cielo
algunos poemas
y conseguiremos con ese gesto
que llegue hasta nosotros
el tiempo de la burla.
 
Grandes embarcaciones que nada buscan
porque creen tener
pasarán una y otra vez a nuestro lado
tratando de hundir con sus juegos
nuestra pequeña balsa enamorada.
 
Nos llamarán
desde sus lujosas embarcaciones,
con los nombres
con los que se nombran los desperdicios.
Poetas. Locos. Asesinos.
Y en la algarabía estúpida de sus juegos
todo será posible.
Nos tirarán algunas piedras
y se dirán
nada los ofende y enfurecidos
nos gritarán:
Pelead ¡cobardes! defendeos.
 
Y después de mil veces y otras mil
con los ojos desorbitados
por el cansancio
y también por la sorpresa de ver
nuestra pequeña balsa enamorada
siguiendo su camino
y nosotros, tranquilamente,
sobre ella remando.
 
Después de haber atravesado
ilesos el camino de la burla
vendrá os aseguro
el tiempo del oro.
 
Aburridos de sus propias risas
querrán jugar a nuestro juego.
¿Cuánto cuesta esa madera
a punto de pudrirse
que usáis de embarcación?
y ¿cuánto vuestra vida?
¿Cuánto esas viejas cartas
de navegación
y cuánto esos poemas?
 
Cuestan, señor,
lo que le cuesta a un hombre,
dejar de pertenecerse
y entregarse al poema.
 
¿Cuánto dinero cuesta eso?
 
Todo y ninguno
tal vez su propia vida.
 
¿Cuánto dinero cuesta
mi vida entonces?
 
Todo y ninguno.
Su vida son palabras
como todas las vidas
y eso, tengo entendido,
vale nada.
 
Y ¿cuánto dinero cuesta pensar así?
 
Todo y ninguno.
Más bien hay que sumergirse
remar y no esperar nada.
 
Eso cuesta.
Sumergirse y no esperar nada
en las tinieblas,
hacia otra oscuridad mayor
el poema.
 
Una vez enamorados
el amor y la muerte
y rechazados el oro
y la burla por impuros
vendrá y de ninguna parte
porque ella
vivió siempre en nosotros
la locura.
 
El peor de todos los estrechos.
Surge imprevista,
por ser ley de su destino
la sorpresa
y no viene por ninguna pelea
porque trae el deseo
de trabar amistad con el poeta.
 
Y cuando llega
nos dice entre susurros
que su mundo
y el mundo de la poesía
son el mismo mundo.
 
Frente a la duda hay que seguir remando.
 
Informe se deja moldear
por nuestras palabras
y al tiempo ella también
tiene su grandeza.
 
Yo soy del amor, nos dice,
ese desenfreno
y la pasión
eterna de la muerte.
 
Tengo por costumbre
despreciar el oro
y sin embargo
las ansias por matar
que generan sus leyes
están intoxicadas de locura.
 
Ahí, ella y la poesía se parecen.
 
A instantes de juntarse
en nuestra mirada,
como si fuesen una sola cosa
la poesía, vieja loba de mar,
rema un trecho con nosotros
para mostrarnos
que la locura desde que llegó
permanece en el mismo rincón
de la pequeña balsa,
sin remar
recordando todo el tiempo
su pasado.
 
Contentos
de haber comprendido
la diferencia
encerramos a la locura
en un poema
y seguimos remando
hasta que un día
convencidos de su torpeza
para la navegación
se la entregamos
al amor y a la muerte
para que la locura
aprenda a volar.

Límite otro, la locura.


Hoy como nunca
amé mi cuerpo en soledad.
 
Hoy como ayer
fui el amante infernal.
 
Hoy no llegué muy lejos.
 
Caminé todo el día
dando vueltas
adentro de mi pieza.
Mi padre
cantaba en árabe
con voz alta
hermosa.
 
Ensayé algunos pasos.
Movía con ternura mis manos
por delante de mi cara.
Mis movimientos
eran sensuales y ligeros.
 
Arranqué de la higuera
las pequeñas brevas marinas
y me tendí al sol.
Dejé que el desierto
invadiera mi pieza.
 
Yo era el camello azul que galopaba
sin agua y sin amor por el desierto.
 
Arena fugaz y seguía galopando,
el tiempo
se encorvaba sobre mis espaldas
y después
un paso de baile
aquel movimiento
como una ceremonia
y dejaba caer
una joya a tus pies
señora locura
y tú prisionera
envilecida en mi mirada
te arrastrabas
entre las cadenas
mis lágrimas,
acero y piedra
y no podías
salir de este poema.
 
Me arrastré
contigo a tu compás.
 
Después forcejeando
nos caímos
por la ventana abierta
hacia los cielos
y nos estrellamos
como se estrellan
los grandes hombres
las grandes mujeres contra la tierra.
 
Y nos besamos y reímos,
de nuestra torpeza para volar.
 
Juntos
llevados por la manía
de acompañarnos
pedimos limosna:
alas
para estos pobres
pájaros sin alas.
 
Y nos nacieron hijos
como nacen
las grandes orquestas de la noche.
Y brotaron de mis manos poemas
como cataratas de silencio
y nosotros
seguíamos practicando
en nuestra pieza
el vuelo de los pájaros.
 
Lográbamos vuelo atómico,
tus ojos
en la inmensidad marina
vagina motora
volando contigo infinita
golpe de amor contra la vida.
 
INSTANTE instante
y perforabas la pared y huías,
siempre hacia el porvenir.
 
Antes de partir
dejabas una flor
mirada de terror
clavada en mi mirada.
 
Habrá catástrofe esta noche
y cada vez
volabas más alto todavía.
 
En ese vuelo
más allá del cielo
modificabas el rumbo
de los astros celestes
y el rumbo
de los oscuros astros negros.
 
Instante
           amado
                     instante
el fin del mundo será nuestro.
 
Perlas como alcántaras
como toneladas de pasión,
contra las ojos
del gran timonel de los espacios.
Brillantes perlas de marfil
cerrando el paso
de la marcha del hombre
hacia la muerte.

La pasión, la poesía.


Entre la vida
que no me pertenece el amor
y la vida que soy
la locura.
La poesía
puede llenar
todo ese vacío.
Entre la vida
que no me pertenece el amor
y la vida que soy
la locura.
La poesía
puede llenar
todo ese vacío.
 
Hablaba
siempre en silencio
sin decirle nada.
Ella pensaba en el futuro.
 
Estábamos así,
sentados uno frente al otro
desde hacía siglos.
 
Mi voz sonaba hueca
entre los perfumes violentos
de sus nalgas
abiertas como manantiales
como vertientes cristalinas
de rocío abriéndose
al pequeño sol de la mañana.
 
Mi voz se perdía
entre la acústica marea.
 
Sigilosos movimientos de su cuerpo
vulva enamorada, vulva de miel
diamante enfurecido
espesa vulva azucarada
sella en mis labios
el silencio.
 
Más que escuchar mi voz
Ella seguía
pensando en el futuro.
 
Cabalgando feroz en su locura
yo soy
ese pequeño sol de la mañana.
 
Rómpete
como se rompe el cristal
haciendo música
y Ella se rompía
sin escucharme.
 
Bailábamos.
 
Éramos como un hombre
y una mujer bailando.
 
Ella me besaba las mejillas
y en ese ardor
yo le decía que la amaba.
 
Después
éramos capaces de detener la música
para mirarnos francamente a los ojos.
 
En silencio nos sabíamos famosos,
reyes del gesto
opíparos comensales del amor,
mirarnos
era como morir.
 
Después, aún, seguíamos
danzando levemente.
Instante de las formas
caídos uno sobre el otro
yo no decía nada.
Ella, era el futuro:
 
Escribiré en silencio
y la poesía
alforja delirante
silencio perenne
que necesita mi voz para vivir,
llena mi vida de sorpresas.
 
Hiriente,
jactándose de su momentáneo poder
sobre mis nervios habla para mí.
 
Yo soy Ella
y Ella es la Poesía
juntas
como si nos hubiesen
arrancado a la tierra
de la misma raíz
ocupamos
un solo espacio en tu corazón.
Somos el mismo tiempo.
 
Ella y la Poesía aman vestirse
con las mejores sedas.
 
Joya marina
flor
diadema de locura
brillos serpenteantes
y topacios
embravecidos de tanta luz
para tu cuerpo momificado
siempre igual cada vez
siempre diferente.
 
Nutren sus cuerpos manjares únicos.
Devorar limpiamente el universo
y hacer el amor las enloquece.
Cuando cierran la boca para morir
en silencio
desean conocer de los sabores
uno diferente.
 
Siempre ambicionan
estar en otros brazos
y una vez más,
doliente mueca sin sonido
comienza a latir.
 
Abre sus ojos y pregunta,
¿es el atardecer o la mañana?
Me desplomo a su lado
para no perturbar
el curso de sus sueños.
En silencio dejo de vivir.
Ella sueña
y la noche se puebla de sonidos,
misterios
ardores de su cuerpo y la música.
 
Sus ronquidos son el bravío mar
y la torpeza de sus dientes
entrechocándose en las sombras
cataratas volcánicas de lejanía y nube.
 
Ruidos ardientes
anuncian el final de la ternura.
Trenes ensangrentados en la guerra
chirriando a veces porque el dolor
es inalcanzable.
 
Su piel
brutal enredadera
trepa desordenada,
bramido sideral,
hacia las concavidades
más remotas
hacia los vericuetos.
 
Amianto vespertino
crece
en el tumulto de los cielos
hacia un destino en llamaradas.
 
Poesía de fuego
ardiente vulva desgarrada
 
Ella es la poesía
dragón enamorado
bocanada febril
humo y ceniza.
 
Mujer de fuego Poesía de fuego
consumen vorazmente
hacia los espacios infinitos
el cuerpo del amor.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

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