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CESARE PAVESE

BIOGRAFÍA

Cesare Pavese nace el 9 de septiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, Italia, donde su padre era procurador del tribunal de Turín. Pavese era el menor de cinco hijos de una familia de origen campesino, tres de los cuales murieron antes que él. Sólo su hermana, María, seis años mayor y él sobreviven. En 1914, cuando tenía 6 años muere su padre a causa de un tumor cerebral y simultáneamente se inicia la Primera Guerra Mundial. Pavese queda al cargo de su madre, de carácter dominante y reservada, que cría al niño en un rigor gélido, casi como si previniera encariñarse y perderlo. Dicen que cuando el padre estaba agonizando le pidió ver a una vecina a la que había amado y su esposa se lo negó y que Pavese fue testigo de ese vano pedido y su negación. Sea como fuere, Pavese escribirá más tarde “Los lugares de la infancia vuelven a la memoria de cada cual consagrados; en ellos sucedieron cosas que los han hecho únicos y los destacan del resto del mundo con este sello mítico”.

La madre para salvar las finanzas de la familia, sin éxito vende la casa y se trasladan a Turín. Allí Pavese cursó los estudios secundarios, con Augusto Monti y ese será su primer contacto con el mundo de los intelectuales como Tullio Pinelli, Vittorio Foa, Norberto Bobbio y el que será su gran amigo Leone Ginzburg.

Estudió filología inglesa en la universidad de Turín y en esta época comienza a interesarse por la literatura norteamericana. Se licencia con una tesis sobre el poeta norteamericano Wall Whitman y a partir de entonces alterna su trabajo como traductor con la enseñanza del inglés. Tradujo numerosos escritores norteamericanos como Sherwood Anderson, Herman Melville, John Dos Passos, William Faulkner, Daniel Defoe, James Joyce, Charles Dickens, Gertrude Stein, John Steinberck y Ernest Hemingway, entre otros. Cuando tradujo Moby Dick decía que lo había hecho por gusto. Le habían pagado, pero lo hubiera hecho incluso a cambio de nada, es más, él mismo habría pagado por traducirlo, decía.

Junto con Giulio Einaudi y su amigo Leone Ginzburg fundan la ediotrial Einaudi, en la que fue editor decisivo hasta su muerte.

Leone Ginzburg y Pavesse eran amigos desde hacía muchos años. Pavese hacía poco que había vuelto del confinamiento. Fue encarcelado por servir de intermediario de unas cartas entre una mujer de la que se enamoró y un dirigente del Partido Comunista Italiano en prisión, dicen unos, y por sus escritos antifascistas en la Revista La Cultura, dicen otros. Pavese es acusado de actividades políticas clandestinas contra el gobierno fascista. En esta época escribirá la que es tenida como su obra mayor en poesía Trabajar Cansa.

 Tras un año de cárcel, pide la gracia debido a sus problemas asmáticos y es liberado. En su reencuentro con los Ginzburg estaba muy triste porque había sufrido un desengaño amoroso pues al volver a la ciudad la mujer a la que amaba se había casado con su novio después de salir de prisión.  Por esta época de su vida comienza a componer El oficio de vivir, diario literario que seguirá escribiendo hasta el final de su vida y que se publicará después de su muerte.

Natalia Ginzburg, esposa de Leone, describe en “Lexico familiar” cómo fue esa relación con Pavese. Pavese iba a ver a Leone todas las tardes. Colgaba en el perchero su bufanda lila y su abrigo y se sentaba en la mesa. Leone se sentaba en el sofá, apoyando el codo en la pared. Pavese explicaba que no iba allí por valentía, porque él no era nada valiente, y tampoco por espíritu de sacrificio. Iba porque si no, no habría sabido cómo pasar las tardes, y no soportaba pasarlas solo. Y explicaba que no iba allí para oír hablar de política, pues a él la política “le importaba un bledo”.

Unas veces fumaba en pipa toda la tarde en silencio y otras contaba sus cosas, enrollándose el pelo alrededor de los dedos.

Leone… Su capacidad de escuchar era inmensa. Sabía escuchar a los demás con gran atención, incluso cuando estaba profundamente ensimismado pensando en sí mismo. Después la hermana de Leone les servía el té. Ella y su madre le habían enseñado a Pavese a decir en ruso: “a mí me gusta el té con azúcar y limón”.

A medianoche, Pavese cogía su bufanda del perchero. Se iba por la avenida Francia, alto, pálido, con las solapas levantadas, la pipa apagada entre sus dientes blancos y fuertes, su paso largo y rápido y su huraña espalda.

Cuando Leone empezó a trabajar con un editor amigo suyo, Giulio Einaudi, eran sólo él, el editor, un almacenista y una dactilógrafa, la señorita Coppa. El editor era un joven sonrosado y tímido. Se sonrojaba con frecuencia pero cuando llamaba a la dactilógrafa “¡COPPAAA!, lanzaba un grito salvaje. Trataron de convencer a Pavese para que trabajara con ellos. Pavese se resistía y decía: “¡me importa un bledo!”.

Decía: “no necesito un sueldo. No tengo que mantener a nadie. A mí me basta con tener un plato de sopa y tabaco. Tenía una suplencia en un liceo. Ganaba poco, pero le bastaba.

Escribía poemas. Sus poemas tenían un ritmo lento, arrastrado, perezoso, una especie de amarga cantinela. El mundo de sus poemas era Turín, el Po, las colinas, la niebla y los mesones. Pavese centra su poesía en las experiencias pequeñas, individuales, cotidianas de gente común y corriente, con un aire de melancolía y de derrota. Exactamente lo opuesto de la estética fascista, con sus marchas, consignas, vociferaciones, endiosamientos y delirios.

Al final se convenció y entró también a trabajar con Leone en aquella pequeña editorial.

Se convirtió en un empleado puntilloso y meticuloso que gruñía contra los otros dos porque llegaban tarde por las mañanas y se iban a comer a las tres. Él defendía un horario distinto: empezaba temprano y se iba a la una en punto, porque a esa hora la hermana con la que vivía llevaba la sopa a la mesa.

Leone y Einaudi de vez en cuando se peleaban y no se hablaban durante algunos días. Después se escribían largas cartas y se reconciliaban. A Pavese “le importaba un bledo”.

Pavese trabajó en la editorial con un rigor reconocido por todos. La pequeña editorial de antaño era ahora grande e importante. Trabajaba en ella mucha gente. Tenía una nueva sede en la Avenida Re Umberto, porque la antigua había sido destruida en un bombardeo. Ahora Pavese tenía un despacho para él solo, y en su puerta había un cartelito que decía “Dirección editorial”. Pavese estaba detrás de su mesa, son su pipa, y volvía a corregir pruebas con la rapidez de un rayo. Leía la Ilíada en griego durante las horas de descanso, recitando los versos en voz alta con una triste cantinela. O bien escribía sus novelas, tachando con rapidez y con violencia. Se había convertido en un escritor famoso. Su libro “El oficio de poeta” es una obra de belleza inigualable que comienza de esta manera “hoy por hoy soy el hombre más culto de Italia para valorar mi poesía”.

Pavese raramente aceptaba recibir a desconocidos. Decía “tengo cosas que hacer. ¡No quiero ver a nadie! ¡Qué se ahorquen! ¡Me importa un bledo!”. En cambio, los empleados jóvenes se mostraban partidarios de hablar con desconocidos. Los desconocidos podían aportar ideas.

Pavese decía: ¡Aquí no hacen falta ideas, tenemos ya demasiadas! ¿Qué necesidad hay de propuestas! ¡Estamos de propuestas hasta el cuello! ¡Me importan un bledo las propuestas! ¡No quiero ideas!

Balbo, un compañero de la editorial, hacía caso a todo el mundo. Nunca rechazaba un encuentro nuevo. Todas las ideas y todas las propuestas le gustaban, le interesaban, le ponían en ebullición e iba a contárselas a Pavese. Balbo hablaba y hablaba y Pavese fumaba su pipa y se enrollaba el pelo alrededor del dedo. Pavese decía: ¡Me parece una propuesta cretina! ¡Defiéndete de los cretinos! Pavese decía de Balbo, ¿pero porqué siempre tiene que hablar mientras los demás trabajan?

Los alemanes tomaron Francia y en Italia la guerra era inminente. Durante años mucha gente se había quedado en casa sin ser molestada, haciendo aquello que habían hecho siempre. Pero cuando ya todos pensaban que no habría cambios, de pronto empezaron a explotar bombas y minas por todas partes, las casas se derrumbaron y las calles se llenaron de escombros, de soldados y de prófugos. Ya no había nadie que, haciendo como que no pasaba nada, pudiera cerrar los ojos, taparse los oídos y esconder la cabeza debajo de la almohada. En Italia la II Guerra Mundial fue así.

Pavese fue llamado a filas en 1938, pero se le dispensó por el asma que padecía. Sus amigos fueron a la guerra y muchos de ellos murieron. Leone Ginzburg murió torturado por los alemanes en 1944, un gélido febrero en el sector alemán de la cárcel de Regina Coeli, en Roma durante la ocupación alemana.

©lapresse archivio storico cultura anno 1950 Cesare Pavese nella foto: Cesare Pavese riceve il premio strega BUSTA 2169

Entre 1945 Y 1948 publica Diálogos con Leucó (1945), El compañero (1947) y Antes que el gallo cante (1948)

Pavese casi nunca hablaba de Leone. No le gustaba hablar de los ausentes ni de los muertos. Decía “cuando alguien se marcha o se muere trato de no pensar en él, porque no me gusta sufrir”.

Pero es posible que sufriera por haberlo perdido, había sido su mejor amigo Seguramente enumeraría aquella pérdida entre las cosas que lo desgarraban. Era claramente incapaz de sustraerse al dolor y caía en los más amargos y crueles sufrimientos cada vez que se enamoraba.

Acogía el amor como un trabajo febril. Había ofrecido matrimonio a una o dos mujeres y había sido rechazado. Le duraba un año, dos años. Después se curaba, pero se quedaba trastornado y extenuado, como quien vuelve a levantarse tras una grave enfermedad. En “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” escribirá sus últimos versos después del desengaño amoroso con la actriz norteamericana Constance Dowling.

Pavese se suicidó en el verano de 1950 en la habitación de un hotel con sopotales, cuando ninguno de sus amigos ni compañeros de Editorial estaba en Turín. Había preparado y calculado las circunstancias de su muerte como alguien que prepara y dispone el transcurso de un paseo o de una velada. No le gustaba que hubiera nada imprevisto o casual en sus paseos y en sus veladas. Se irritaba muchísimo si algo se apartaba de lo que él había dispuesto con anterioridad, si alguno llegaba tarde a la cita, si se cambiaba de repente el programa, si se sumaba a ellos una persona imprevisa. Lo imprevisto le ponía nervioso. No le gustaba ser cogido por sorpresa.

Había hablado durante años de suicidarse, dice Natalia. Jamás le creyó nadie. Cuando los alemanes invadieron Francia y él iba a verles a Leone y a Natalia comiendo cerezas, ya hablaba de eso. Pero no por Francia, no por los alemanes, no por la guerra que avanzaba hacia Italia. La guerra le producía miedo pero no lo bastante como para suicidarse por ella. En el fondo no tenía ninguna causa real para suicidarse. Pero compuso varios motivos y calculó su suma con una precisión fulminante, y los volvió a componer y volvió a ver, asintiendo con su sonrisa maligna, que el resultado era idéntico y por lo tanto exacto. Pensó incluso en más allá de su vida, en nuestros días futuros, consideró cómo se comportaría la gente ante sus libros y su memoria. Observó más allá de la muerte, como los que aman la vida y no saben separarse de ella y que, aun pensando en la muerte, han imaginando no la muerte, sino la vida. Sin embargo, él no amaba la vida, y aquel mirar suyo más allá de la propia muerte no era por amor a la vida, sino un preparado cálculo de circunstancias, para que nada, ni siquiera después de muerto, pudiese cogerlo por sorpresa.

El oficio de vivir se pública póstumamente en 1952. En 1957 se crea un premio literario con su nombre.

La poesía narrativa de Pavese marcará de una manera definitiva la narativa actual italiana.

Dos aforismos de Pavese para terminar:

-Los grandes poetas son tan raros como los grandes amantes. No bastan Ias veleidades, Ias furias y los sueños, se necesita algo más: cojones duros. Que se llaman también mirada olímpica.

 -Si el follar no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí.

Trabajar cansa – Poesía (1936)

El oficio de vivir, diario literario que comienza a componer en este periodo de su vida y seguirá escribiéndolo hasta el final de su vida.

Il compagno 1947

Diálogos con Leucó (1947)

El oficio de poeta

Entre mujeres solas

La luna y las fogatas

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