78. Poesía más Poesía: Rosa Chacel

ROSA CHACEL

BIOGRAFÍA

Rosa Clotilde Chacel Arimón  nació en Valladolid el 3 de junio de 1898 y falleció el 27 de julio de 1994 a la edad de 96 años. Fue una gran escritora española de la generación del 27. Hija de un funcionario estatal y una maestra, Rosa Cruz Arimón. Recibió clases a través de ella en casa, dado que en los primeros años tenía un salud delicada, una afección bronquial. En sus paseos, su padre solía recitarle poemas. Era Sobrina-nieta de José Zorrilla y el ambiente en casa era liberal. Ella dice que cuando su madre dejó de leerle los cuentos de Calleja y las mil y una noches, aprendió a leer los versos de Zorrilla y se los llegó a saber de memoria. También era una gran apasionada de Julio Verne y ávida lectora de autores como Victor Hugo, Walter Scott, Alejandro Dumas. Tomó clases de pintura y dibujo en 1906, interesada también por las creaciones artísticas.

A la edad de once años, en 1908, la familia se traslada a Madrid, al barrio de Maravillas, a vivir a casa de su abuela materna. Esta circunstancia va a dejar huella en su vida y su obra. Barrio de Maravillas es, precisamente, el título de la primera parte de su trilogía autobiográfica, de la que también formaron parte Acrópolis y Ciencias Naturales. Pasa por colegios dedicados a las labores, la Escuela de Artes y oficios. Cuando se abre la Escuela del Hogar y Profesional de la mujer, se matricula en 1915 en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando para estudiar escultura, materia que abandonaría en 1918. Fue alumna de Valle Inclán y Julio Romero de Torres. Allí se codea con gente artística e intelectualmente despierta de su generación, y tiene contacto también con intelectuales como Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez o el propio Ortega y Gasset. Allí conoció a Timoteo Pérez Rubio, pintor con quien se casaría. En el Ateneo de Madrid leía muchísima filosofía, y acabó convirtiéndose en una de las intelectuales más cultas de su generación. María Zambrano comenta que le dijeron de Rosa Chacel que había una muchacha que hablaba de Nietzsche en el Ateneo, que tenia talento y belleza y el hado de un genio en su frente. Rosa Chacel frecuentó aquellos lugares que fueron epicentro de nuevas ideas, de polémicas y debates en pleno florecimiento de las vanguardias españolas, como el Ateneo de Madrid y la Residencia de Estudiantes; participó en las tertulias artísticas y literarias del café La Granja de Henar y el café Pombo, y publicó en revistas como La Esfera, Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, Caballo verde para la poesía, y más adelante, en El mono azul y en Hora de España (con manifiestos y proclamas antifascistas). Convivió con algunas mujeres que, al igual que ella, formaron parte del ambiente cultural español del primer tercio del siglo XX, concretamente aquellas que pertenecieron al Grupo poético del 27 y las que desarrollaron su obra en torno a él: Concha Méndez, María Teresa León, Ernestina de Champourcin, María Zambrano o Maruja Mallo, entre otras.

Rosa Chacel lee a Ortega y Gasset, James Joyce y Sigmund Freud, que serán influencias principales para su primera novela.
A los veintitrés años de edad, fue invitada a pronunciar la que habría de ser la primera conferencia de la autora vallisoletana, titulada “La mujer y sus posibilidades”.


Hubo un debate a finales de los años veinte, sobre la diferencia y la relación entre los sexos que encendía la intelectualidad europea. que encuentra resonancia en las páginas de la Revista de Occidente: se editan, sobre este asunto, traducciones de ensayos de Simmel y Jung y contribuciones originales de Ortega, Gregorio Marañón, Pérez de Ayala y Ricardo Baeza, entre otros.En su conjunto, el debate volvía a proponer los términos de la conocida metafísica de los sexos: postulaba la existencia de dos «principios» opuestos y complementarios, lo masculino y lo femenino, como fundamentos ontológicos de la diferencia entre hombres y mujeres que determinaría sus respectivas psicologías y su posición y papel en la sociedad. Rosa Chacel escribió un ensayo titulado Esquema de los problemas prácticos actuales del amor, donde arropándose en la tesis de Scheler, refutó muchas de las ideas misóginas.
Chacel se convierte en discípula de Ortega y Gasset, a quien deslumbró por su perfecto conocimiento -verdaderamente extraño en una joven de su tiempo- de las obras de Nietzsche, Schopenhauer, Kant y Dostoievsky. También comienza a colaborar en la revista de Occidente y la Gaceta Literaria, las revistas más emblemáticas de la vanguardia
En 1921 se casa con Timoteo Pérez Rubio y viajan a Roma. El había obtenido una beca para estudiar en la Academia Española de allí. Tuvieron su único hijo en 1922.
Durante su estancia en Roma, Rosa Chacel envió su primer relato a España (publicado en la revista vanguardista Ultra bajo el título de “Las ciudades”) y concluyó su primera novela, Estación. Ida y vuelta en 1925. Su capítulo inicial fue publicado en la Revista de Occidente.
En 1927 regresa a Madrid.
Ortega y Gasset le encargó escribir una biografía de la amante de José de Espronceda, Teresa Mancha, para una colección llamada “Vidas extraordinarias del Siglo XIX”, y que, titulado Teresa , se acabó publicando en 1941 en Buenos Aires.
En 1933 se establece en Berlín, ciudad donde asiste a las primeras manifestaciones públicas contra el ascenso del nazismo. Se instaló en la misma residencia donde estaban alojados el poeta Rafael Alberti y su esposa María Teresa León -también escritora-, con los que pronto compartió afinidades estéticas e ideológicas. En Alemania trabó amistad también con el filólogo venezolano Angel Rosenbalt recomendado por Ortega y Gasset. Realizó conferencias que le aportaron un prestigio intelectual.

Rosa Chacel, de tertulia con Miguel Delibes y Rafael Alberti, en San Lorenzo de El Escorial, en el año 1991


De vuelta a Madrid, en los primeros meses de la guerra civil, se identifica con la causa del Frente Popular y se adhiere a sus programa, firmando el Manifiesto Fundacional de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, trabajando como enfermera y sobre todo colaborando con las principales publicaciones republicanas. El Mono Azul y Hora de España.
Comprometida activamente con la ideología progresista, tuvo la iniciativa, entre otras muchas, de firmar un escrito de protesta por la detención y encarcelamiento del poeta Miguel Hernández, a la que se suscribieron también grandes autores como Alberti, Bergamín, Lorca, Cernuda y Altolaguirre

En 1936, Manuel Altolaguirre le publicó en la colección Héroe, su libro de sonetos A la orilla de un pozo, con prólogo escrito por Juan Ramón Jiménez

Rosa Chacel tiene que marchar de Madrid junto a su marido y su hijo a Valencia y luego a Cataluña, Francia, Suiza, Grecia. Finalmente se exilia con su familia a América, estableciéndose en Río de Janerio y Buenos aires. Su marido fue uno de los responsables de que se evacuaran los cuadros del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Fruto de esos vaivenes y situaciones vitales escribiría posterioremente su diario Alcancía, Ida y Vuelta y Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardin. En ellos, ella hace referencia a este periodo.
Durante la década de los cuarenta colabora en la Nación y en las revistas Sur, Realidad y Anales de Buenos Aires. Ejerce también su labor como traductora. Esto le proporciona una supervivencia económica e intelectual. Son años muy duros para la autora, en los que su extraordinaria capacidad literaria sobrevive en sus Diarios.
En 1959, gracias a una beca que le concede la Fundación Guggenheim, se traslada a Nueva York, en donde reanuda sus reflexiones sobre la cuestión de la mujer, que había iniciado treinta años atrás y que culmina en su grandioso ensayo Saturnal. Ej: “nuestra época aspira a la paz, lo que significa una indicustible feminización. Hace tiempo que algunos pensadores de categoría arrojaron, con apresuramiento profético esta acusación contra ella y acertaron: la profecía se cumplió pero llegó por un camino que no era el previsto. En primer lugar, ¿por qué es esta una grave acusación? Porque, según el criterio de hoy, indica preponderancia de una parte y anulación de otra; no es ésta la forma en que la profecía se cumplió. Claro está que la acusación no había sido, en realidad, de feminización, sino de afeminamiento. Este segundo término es el que indica un desequilibrio o inversión; pone las cosas cabeza abajo – la cabeza, la razón por los suelos – el otro, por el contrario, se convierte en suelo, en sustento de ella. El caso es que gravita sobre nuestro presente este colosal fenómeno, al que nada escapa.”
Allí conoce a Victoria Kent y comienzan una estrecha amistad.

Las mujeres de la Generación del 27: Ellas, el género neutro | Cultura | EL  MUNDO

Publica la novela que expertos han considerado la mejor de su obra literaria La sinrazón (1960) .
Al finalizar la beca, en noviembre de 1961 viaja a España, permaneciendo tan solo hasta mayo de 1963, regresando nuevamente a Brasil.
En 1973, tras conseguir una beca de creación por parte de la Fundación Juan March, destinada a terminar el barrio de Las Maravillas, vuelve a España, donde se instalará definitivamente en 1977, tras el fallecimiento de su marido. Comienza una época muy fecunda en la que se publican Novelas antes de tiempo, Versos prohibidos, Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, Los títulos, Diarios, Acrópolis, Ciencias Naturales, Rabañaduras, La literatura es Secreto.
En 1978 publica su libro de poesía Versos prohibidos.
En esos años, se empezó a reconocer su figura y su obra: «¿Por qué habré de interesar a tantas doctoras y doctorandas —se preguntaba en esos años— en vez de tener verdaderos lectores, como se supone a todo escritor?»
También llegó a publicar su obra completa.
La Universidad de su Valladolid natal la hará Doctora Honoris Causa.
Fue Premio de la Crítica en 1976 por Barrio de Maravillas.
En 1979 su obra Memorias de Leticia Valle fue llevada a la pantalla por Antonio Pangua, con un reparto integrado por  Fernando Rey, Héctor Alterio y Esperanza Roy.
En 1987 se le otorga el Premio Nacional de las Letras.
En 1990 recibió el Premio Castilla y León de las Letras.
En 1993 Rosa Chacel asistió en Logroño a un congreso de especialistas en literatura centrado únicamente en su obra, y poco después, ante el agravamiento de sus problemas cardiorespiratorios, se vio forzada a ingresar en un hospital, hasta el que se desplazaron los reyes de España para hacerle entrega en persona de la Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Con el poeta Octavio Paz.

El tema sobre la mujer fue objeto de continuas reflexiones a lo largo de su obra, siendo un importante enclave para la investigación de las relaciones de género. Además, fue objeto de sus principales preocupaciones en su actividad intelectual. Chacel luchó siempre por hacer participar a la mujer del pensamiento filosófico, científico, político y artístico de su época. Escribiría: «Si, como es sabido, las leyes que esclavizaron a la mujer durante siglos fueron escritas, y cumplidas, no es dudoso que los hombres que las escribieron -pues esto sí es cierto, la escribieron los hombres- contaban a todas horas con la existencia de unos seres humanos que no eran hombres y que tenían con ellos ¡tales, tan enormes, tan fundamentales e inesquivables, deseables y temibles relaciones!… que tenían que aguzar cláusulas en las leyes para no dejar que ellas anduviesen sueltas, para que no fuesen jamás ignoradas en sus posibles desmanes… Los desmanes es lo que se suele legislar. “
En su autobiografía indica:  “NO, NO, NO. No me dominarían, no me deformarían los vaticinios con de, en por, sin sobre, tras la mujer”.

También diría, en su prólogo de Estación de ida y vuelta:  “Mis dificultades en el mundo no han sido nunca literarias. Han sido, en realidad, dificultades sociales […] no supe desenvolverme como mujer sin una peseta. […] Ortega no me intimidaba intelectualmente […]. Pero el grupo de señores a su alrededor… “
Su prolífica obra se divide entonces en novela, cuento, poesía, biografía y diarios:

Novela 

  • Estación ida y vuelta (1930)
  • Teresa (1941)
  • Memorias de Leticia Valle (1945)
  • La Sinrazón (1960)
  • Barrio de Maravillas(1976)
  • Novelas antes de tiempo (1981)
  • Acrópolis (1984)
  • Ciencias naturales (1988)

Cuento 

  • Sobre el piélago (1952)
  • Ofrenda a una virgen loca (1961)
  • Icada, Nevda, Diada (1971)
  • Balaam y otros cuentos (1989)

Poesía 

  • A la orilla de un pozo (1936)
  • Versos prohibidos (1978)
  • Poesía (1931-1991) 

Biografía y diarios 

  • Desde el amanecer (1972)
  • Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín (1980)
  • Alcancía. Ida (1982)
  • Alcancía. Vuelta (1982)

Ensayo 

  • Poesía de la circunstancia. Cómo y porqué de la novela (1958)
  • La confesión (1971)
  • Saturnal (1972)
  • Los títulos (1981)
  • Rebañaduras (1986)
  • La lectura es secreto (1989)

Su editor la recuerda como “la mujer más inteligente y una de las personas más inteligentes que he conocido nunca. Lo era tanto que, sin saber inglés, tradujo de modo excelente a T.S.Eliot, basándose en sus conocimientos de otras lenguas y estudiando gramáticas y diccionarios”. Aunque su trabajo fue reconocido en esta época de su vida, su situación económica era acuciante. La pensión que cobraba en España no era suficiente para vivir. Con 86 años ella misma se encargaba de las labores de su pequeña casa alquilada en el paseo de la Habana.

Por parte del Ministerio de Cultura se intentó llegar a una solución para el problema económico y de ayuda de la escritora pero se quedó en eso, en intención. Rosa se marcha a vivir a Brasil con su hijo durante la última etapa de su vida, y regresa para fallecer a los 96 años en Madrid, el 27 de julio de 1994.

POEMAS

EN UN CORSÉ DE CÁLIDAS ENTRAÑAS, del libro A la Orilla de un pozo

A Paz González

En un corsé de cálidas entrañas
duerme una estrella, pasionaria o rosa,
y allí la casta Ester, la misteriosa
Cleopatra y otras cien reinas extrañas
con fieros gestos e indecibles mañas
anidan entre hiedra rumorosa.
Allí hierve el rubí que no reposa,
pulsan sus arpas mélicas arañas.
Allí en el cáliz de la noche umbría
sus perlas vierte el ruiseñor oscuro.
Allí sestea el fiel león del día.
En su escondido sésamo seguro
custodia el grifo de la fantasía
de hirviente manantial el fuego puro.

TÚ, DE LAS GRIETAS DUEÑA Y MORADORA…del libro A la Orilla de un pozo

                                                                        A Concha Albornoz

Tú, de las grietas dueña y moradora,
émula de la víbora argentina.
Tú, que el imperio esquivas de la endrina
y huyes del orto en la bisiesta hora.

Tú, que, cual la dorada tejedora
que en oscuro rincón torva rechina,
la vid no nutres, que al crisol declina
y sí, su sangre exprimes, sorbedora.

Vas, sin mancharte, entre la turba impura
hacia el lugar donde con noble traza,
la paloma amamanta a sus hijuelos.

Yo, en tanto, mientras la sangrienta, oscura
trepadora mis muros amenaza,
piso el fantasma que arde en mis desvelos.

CUANDO LA MAR ESTÉ BAJO TU ALMOHADA, del libro A la Orilla de un pozo

A Rafael Alberti

Cuando la mar esté bajo tu almohada
¡Alegría de turbas infantiles!
¡Triunfo de los egregios, varoniles
pámpanos que estremece la alborada!
Frutos dará la náyade dorada
que llamea en los ínclitos candiles
y en sus perlas de amor claros abriles
hervirán al compás de tu mirada.
¡Qué ventura te aguarda en el impacto
si alcanzar logras la divina orquesta!
Tu frente surtirá con el contacto
de la escondida nuez templada y presta
que a trompa airada vibrará en el acto.
¡La vida es gracia y el reir no cuesta!

EN EL INFIERNO HABÍA UN VIOLONCELLO del libro A la Orilla de un pozo

                                                                          A Musia Sackhaina

En el infierno había un violoncello
entre el café y el humo de pitillos
y cien aulas con libros amarillos
y nieve y sangre y barro por el suelo.

Pero tú, resguardada por el velo
de tus cristales de lucientes brillos,
pasabas, seria y pura, en los sencillos
compases de tu fe y de tu consuelo.

Algunas veces fuimos, de la mano,
por las venas del bosque y la corneja
cantó melancolía en nuestras almas,

si nos separa el Ábrego inhumano,
no llores mi amistad hoy que se aleja,
entrega al viento el talle de tus palmas.

SI EL ALCOTÁN ANIDA EN TUS CABELLOS del libro A la Orilla de un pozo

A María Teresa León

Si el alcotán anida en tus cabellos
y el Nilo azul se esconde en tu garganta,
si ves crecer del zinc la humilde planta
junto a tus senos o a tus ojos bellos,

no cierres el ocaso con los sellos
que el Occidente en tu testuz aguanta:
tiembla ante el cierzo y el nublado espanta.
Si oyes jazmines corre a través de ellos.

Yo sé bien que te escondes donde siguen
los hongos del delirio, impenitentes,
y que al cruzar su senda de delicias

mariposas nocturnas te persiguen,
se abren bajo tus pies simas ardientes
donde lloran cautivas tus caricias.

LA AUSENTE, del libro Versos Prohibidos

Nuevamente, detrás de cada tronco
muestra el puñal la ausente, ya olvidada.
La que creían muerta, vive, acecha
con su poder artero entre la sombra
de las horas que, aun lejos, merodean.

El palacio mirífico del hielo
va deshaciendo su firmeza en lágrimas
y se desploman sus invulnerables
salas, tan bienamadas del cilicio,
porque vuelve, y el vaho que se desprende
de sus ansiosos poros va infundiendo
una tácita ira. La borrasca
cuyos ojos prometen la centella,
posándose en los ámbitos arrulla
o abre su cola vesperal la calma.
Las aceradas lanzas de los astros,
implacables, se alargan punzadoras
y alas húmedas pasan, alas tibias,
alas negras, velludas, perfumadas.
Manos pasan, que oprimen impalpables,
que arrebatan o llaman al abismo
del verde imán que yace sobre el césped,
bajo el manto extendido de los cedros.

Ella vuelve, dejando la morada
donde el raptor oscuro la sujeta,
y el vello de la tierra se estremece
con desvelo febril. Su pie de rosa
incontenible, avanza y las murallas,
como de arcilla, empapan sus efluvios…

Rompe la paz, igual que el soplo frío
rompe el vaso de vidrio, con su aliento.

LA CULPA, del libro Versos Prohibidos


Tarde en el Zoo de La Plata

La culpa se levanta al caer de la tarde,
la oscuridad la alumbra,
el ocaso en su aurora…

Se empieza a oír la sombra desde lejos
cuando el cielo está limpio aún sobre los árboles
como una pampa verdeazul, intacta,
y el silencio recorre
los quietos laberintos de arrayanes.

Llegará el sueño: alerta está el insomnio.
Antes que caiga la cortina oscura,
gritad al menos, hombres,
como el pavón metálico que grazna su lamento
desgarrado en la rama de arraucaria.
Gritad con voces múltiples,
piad entre la enredadera,
entre las hiedras y rosales trepadores.
Buscad refugio en las glicinas
con los gorriones y zorzales
porque avanza la onda de la noche
y su ausencia de luz,
y su implacable huésped
de suaves pasos, el peligro…

MARIPOSA NOCTURNA, del libro Versos Prohibidos

¿Quién podría abrazarte, diosa oscura,
quién osaría acariciar tu cuerpo
o respirar el aire de la noche
por entre el pelo pardo de tu cara?…
¡Ah! ¿quién te enlazaría cuando pasas
sobre la frente como un soplo y zumba
la estancia sacudida por tu vuelo
y quién podría ¡sin morir! sentirte
temblar sobre los labios detenida
o reír en la sombra, descubierto,
cuando tu manto azota las paredes?…
¿Por qué venir a la mansión del hombre
si no se es de su carne ni se tiene
voz ni se puede comprender los muros?
¿Por qué traer la ciega noche extensa
que no cabe en el cáliz de los límites…
Desde el tácito aliento de la sombra
que la floresta tiende en las vertientes
-quebrada roca, imprevisible musgo-,
desde troncos o lazos de lianas,
desde la voz lasciva del silencio
vienen los ojos de tus alas lentas.
Da la datura su canción nocturna
que trasciende al compás que va la hiedra
ascendiendo hacia el talle de los árboles
cuando el crótalo arrastra sus anillos
y leves voces laten en gargantas
entre el cieno que nutre al lirio blanco
mirado por la noche intensamente…
Sobre montes velludos, sobre playas
donde las olas blancas se deshojan
la soledad tendida está a tu vuelo…
¿Por qué traes a la alcoba,
a la ventana abierta, confiada, el terror?…

LOS MARINEROS, del libro Versos prohibidos

Para Luis y Stanley

Ellos son los que viven sin nacer a la tierra:
no les sigáis con vuestros ojos,
vuestra mirada dura, nutrida de firmezas,
cae a sus pies como impotente llanto.
Ellos son los que viven en el líquido olvido,
oyendo sólo el corazón materno que les mece,
el pulso de la calma o la borrasca
como el misterio o canto de un ámbito entrañable.

NARCISO, del libro Versos Prohibidos

¿Dónde habitas, amor, en qué profundo
seno existes del agua o de mi alma?
Lejos, en tu sin fondo abismo verde,
a mi llamada pronto e infalible.
Nuestras frentes unánimes separa
frío, cruel cristal inexorable.
Zarzas de tus cabellos y los míos
tienden, en vano, a unir lindes fronteras.
Sobre el mío y tu cuello mantenido
un templo de distancia en dos columnas
silencio eterno guarda entre sus muros;
nuestro mutuo secreto, nuestro diálogo.
Silencio en que te adoro, en que te encierras,
recinto de silencio inaccesible
y lugar a la vez de nuestras citas.
¡Siglos espero frente a la cruenta
muralla dura que lamento inerme!
Eternidades entre nuestras bocas
a cien brisas y a cien vuelos de pájaro. 
¿Para qué pies que hollaban la pradera
jóvenes, blancos corzos corredores
si no me llevan hacia ti ni un punto?
¿Para qué brazos tallos de mis manos
si jamás alcanzarán a estrecharte?
¡Límpida, clara linfa temblorosa
jamás en nuestro abrazo aprisionada!
¿Para qué vida, en fin, si vida acaba
en el umbral de la mansión oscura
donde moras sin hálito, en el vidrio
que con mi aliento ni a empañar alcanzo?
¡Oh, sueño sin ensueño, muerte quieta
lecho para mi anhelo, eterno insomne!
¡Único al fin reposo de mis ojos
tu infinito vacío negro espejo!

EPÍSTOLA, del libro Versos Prohibidos

(A los perros de Atenas)
Un dios extraño acecha, con horrible garganta:
Ladrad, ladrad conmigo porque está oscuro en torno.
Las manos se perderán por la cañada negra
donde ¡inútil llevar vuestra nariz por guía!…
Un dios vendrá, increíble como un feto del miedo,
que no tendrá los muslos luminosos de Apolo
ni el costado aterido que transió la lanzada,
que no nos mandará su mensaje en centellas
ni contará en los diez dedos su ley escrita.
Yo os llamo porque sólo vuestra voz extrahumana
debe aullar. ¡Escarbad la tierra sobre el VERBO!
Solamente a vosotros es dada la elegía
que merece el insomnio cuando es la noche oscura,
cuando María pasa, llorando, en las tinieblas…

ODA AL HAMBRE

A nadie duela o pese esta cadena…
La mente, con temor iba abriendo los ojos
y ya sorbías tú las chispas sustanciales
que se unían, por ti, en un beso recóndito.
¡Oh virtud vigilante! ¡Oh nupcial luminaria!
Te obedece el rebaño de toda carne dócil..
Pero aquel que la perla de tu verdad alcanza
te eleva y te contempla, porque olvidarte es muerte,
porque en el paraíso que los párpados guardan,
en el edén secreto que los labios custodian
eres la primavera, el iris de la sangre.
Por ti el hombre abandona su soledad altiva
porque el cuerpo se pudre como un fruto cortado
sin el hilo granate con que tú lo encadenas,
le enlazas a las fuentes de potencia y dulzura.

ODA A LA ALEGRÍA, del libro Versos Prohibidos

Penetramos,
¡oh divina alegría! en tu santuario. 
Schiller
Tu santuario, ¡oh divina Alegría! se eleva
como la ola, espuma de agua sobre las aguas
del mar; arquitectura, cúpulas y arbotantes
de agua, sosteniendo a la ola, agua pura.
Así, tú, de ti misma te encrespas y susurras
soberana recubres, transportas y atropellas…
tu glorioso esplendor centellea en las playas,
en las mentes y alientos, en latidos y gritos.
Tu ímpetu te asemeja a la ola estruendosa.
La ola es un suspiro, una risa radiante,
espuma de poder rizada en espirales
que caen y se levantan: caen por su propia fuerza,
su caer es seguir para de nuevo alzarse,
es llevar mantenida la impecable voluta
de gloria geométrica –impulso y cumplimiento…
Así mismo es tu fórmula. En el crisol fundidas
van pregunta y respuesta, van petición y dádiva
fieles, indivisibles, rimando con la dicha.
Breve en tu eternidad ¡oh divina! en tu instante,
burbujas de la sangre alzan tu alcázar, súbitas.
Con llamas de la sangre inflaman tu edificio,
ígneas salas de luz rosada, primavera
de sangre en erección, en columnas y criptas
palpitantes, en sótanos en donde aún la risa
no es carcajada: es sólo tierno ovillo de sangre.
Tú, falena, aleteas ¡divina! en el plafón
de tu santuario, unánimes, galopan los caballos
con impulso gemelo. Luz roja de la sangre
tiñe sus blancos pechos, sus grupas afrodíticas.
El incienso, en tu templo, lanza aromas de triunfo
que escapan de las brasas en el botafumeiro
del corazón, que exulta y golpea los muros
con el ritmo del verso del himno a ti debido.
Canta y prodiga notas que del oro no tienen
más que el incorruptible sonido: cornucopia
que la sangre acuñada por el deseo esparce.
Tu santuario es aurora que despierta al dormido;
no hay que ir paso a paso hacia tu umbral, te ciernes
o te inflamas o estallas sobre el alma, y el alma
poseída por ti, está en ti y en sí misma…
Tu santuario, ¡oh divina alegría! se eleva
sobre la roca, torres, poterna y puente alzado
-la luz no reverbera ni hace temblar las líneas-.
Silueta que recorta la tijera de un niño
y pega en el espacio del ocaso verdoso
-turquesa exangüe, fija detrás del horizonte-
como ejercicio de hábil constructor parvular.
El recuerdo, artesano de inmarcesible infancia,
te edifica un santuario de neta lejanía,
de planos primitivos, sin ambiente, desnudos
arcos donde, al pasar, pliega el Ángel las alas.
Muro, adarve, atalaya, torre del homenaje
tu santuario ¡oh divina! ahora es fortaleza
inexpugnable –término trivial si roca fuese-,
inexorable, puesto que solamente es brillo
del diamante, del iceberg que flota como un templo
y los barcos se estrellan contra él, si pretenden
orar bajo su nave, que luz polar traspasa.
Como la ola es agua, también es agua el témpano
mas no ríe, reluce con prístina fijeza
en un mundo que niega a la vida el acceso.
Tu templo es el cristal, el prisma de carbono
purísimo, tan puro, tan duro, invulnerable
al golpe del martillo. Impasible a las lágrimas,
finge, como ellas, agua en quietud poliédrica.
Tú, lejos refulgente, eres, puesto que fuiste…
Pero la estrada asciende hacia ti, ángulo agudo
en que ruedan… rodamos los que jamás, jamás,
nunca jamás podremos llegar a los umbrales
de tu santuario, nunca penetrar en tu aurora.
¡Nunca jamás! y siempre recordando tu rostro
como un bien que tuvimos –la dracma inolvidable
que se busca a la luz de un candil de memoria.
¡Y no querer siquiera emprender el camino
hacia ti! ¡Y no dudar siquiera, gcx rata duda
oculta entre los velos de la desesperanza!
Y temer, ¡oh terror! que llegue al fin un día
en que, al oír tu nombre, pregunte: ¿De quién hablan? …

APOLO, del libro Versos prohibidos

Habitante de los anchos portales
donde el laurel de la sombra oculta el arpa de la araña,
donde las losas académicas,
donde las arcas y las llaves mudas,
donde el papel caído
recubre el polvo de frágil terciopelo.
¡El silencio dictado por tu mano,
la línea entre tus labios sostenida,
tu suprema nariz exhalando un aliento
como brisa en las praderas,
por gemelas vertientes recorriendo los valles de tu pecho,
y en torno a tus tobillos un espacio
pálido como el alba!
¡Eterna, eternamente un universo a imagen tuya!
Con la frente a la altura de tu plinto,
viniendo de aritméticas vacías como claustros,
de cielos oprimidos como flor entre páginas,
¡eternamente! dije, y desde entonces,
¡eternamente! digo.
Beso a mi voz, que expresa tu mandato,
la suelto y voy hacia ti, como paloma
obediente en su vuelo,
libre en la jaula de tu ley.
El trazo de tu norma, en el basalto
de mi inocencia oscura,
el paso de tu flecha ¡para siempre!
Y hasta el fin tu soberbia.
Sobre mí, solo eterno
tu mandato de luz, Verdad y Forma.

A TIMO

(Dedicatoria de Estación de ida y vuelta)
Recuerdos astillados, espinosos,
igual que aleve zarza polvorienta,
erizados en torno a la sangrienta
vaga masa de olvidos coagulosos…

Arenas de paciencia, tercos posos
de insoluble venganza cenicienta,
redadas de agonías, en cruenta
cuerda tejida de ayes anhelosos.

Iban con él unidos, se perdieron
en el confín donde el mirar expira,
donde, al nacer de nuevo, nos reclaman.

Males, estrellas o venenos fueron
entre el vapor que zozobrando gira
y en el vértice va que tiempo llaman.

EN EL CAMPO DE GUERRA, de Otros Poemas

Quedan charcos de sangre en el campo de guerra,
charcos donde las nubes evitan espejarse,
donde beben los cuervos y las liebres no osan,
donde las ranas lloran el inaudito engaño.
En el campo de guerra vaga una sombra y busca…
teme pisar su sangre y busca; es su propósito
plantar una columna en un espacio pulcro,
trazar una calzada teórica, ascendente…

Que la brisa dibuje alguna línea firme
sobre la noche negra, sólo en eso habrá en alba,
que el viento arranque el seco armazón de la hiedra,
que en su nido mediten los pájaros nocturnos,
y las blancas, de Venus, esponjen sus pechugas.

Sólo en esto habrá un alba sobre un dintel de mármol.
Un alba con tres faces, ecuánimes, sentada
sobre su propia luz, sobre su propia forma,
sobre su propio ser.

PENSAMIENTO, de Otros poemas

En su plantío están los pensamientos
como unánimes rostros expectantes,
al susurro del céfiro vibrantes,
a la luz del ardiente estío atentos.

Cráneos con huecas órbitas, exentos
del temor a no ser, perseverantes.
Negando negaciones aberrantes
de eternidad son notas o momentos.

Hoy que su noble nombre tanto brilla
escojo el de más cárdeno y profundo
color, suave matiz aterciopelado.

Y desde aquí, terruño de Castilla,
con el viento que pasa vagabundo
lo mando hacia el sepulcro de Machado.

Te recomendamos ver el programa de televisión.

PRÓXIMO NÚMERO