127. Poesía más Poesía: Evgueni Evtushenko

EVGUENI EVTUSHENKO

Biografía

Evgueni o Yevgueni Aleksándrovich Gangnus nació el 18 de julio de 1932 en Siberia, en la estación ferrocarril Zima, una pequeña y lejana estación de Siberia, cerca del lago Baikal. La familia Evtushenko es de origen ucraniano.
Hijo de Aleksandr Rudólfovich Gangnus, geólogo de origen alemán del Báltico, también escribía poesía, y Zinaída Yermoláievna Yevtushenko, geóloga y cantante.

Al año siguiente de su nacimiento, en 1933, la familia se instala en Moscú, en la casa del abuelo paterno. Después del comienzo de la guerra contra la Alemania nazi, en 1941, Evgueni es evacuado con su abuela a Zima.


Obtuvo el apellido con el que se haría famoso en 1944 cuando su madre, de regreso de la evacuación en Zima, le cambia el apellido por el suyo de soltera. Fue al hacer ese trámite que conscientemente lo registraron como nacido en 1933 con el fin de evitarse las complicaciones que hubiera significado obtener el salvoconducto necesario para todas las personas a partir de los 12 años de edad.

Su bisabuelo, campesino de la región de Zhitomir, fue deportado por haber “lanzado el gallo rojo” a su señor feudal. Según Evtuchenko en su libro Autobiografía precoz, en ruso popular lanzar el gallo rojo significa incendiar. Esa parece la clave de su irresistible impulso cada vez que se encontraba con un hombre con mentalidad de señor feudal: “siento el ardiente deseo del incendiario…”

“La Revolución era la religión de mi familia. Mi abuelo, Ermolai Evtushenko, simple soldado durante la Primera Guerra Mundial, semi-analfabeto, se convirtió en uno de los principales inspiradores y organizadores del movimiento revolucionario campesino en los Urales y en la Siberia oriental. Después de la victoria de los nuestros en la guerra civil, fue a la Academia Militar Roja en Moscú, de ahí salió General de brigada. Se le confió un puesto importante: comandante en jefe adjunto de la artillería de la República Rusa. En 1938 vi por última vez a mi abuelo. Lo detuvieron por alta traición”.

Mi padre y mi madre eran seres opuestos, terminaron por divorciarse. Se conocieron cuando eran estudiantes. Los hijos de los obreros y de los campesinos eran admitidos con prioridad en las universidades. Era una reacción natural contra las injusticias de la época zarista, durante la cual la educación fue privilegio de los ricos. Nuevas injusticias, no obstante, fueron cometidas. Los hijos de intelectuales, como mi padre, tuvieron una vida dura. Mi padre fue acusado una vez, en el curso de una reunión de las juventudes comunistas, de tener tendencias burguesas por usar corbata.

Esto no le impidió unirse con una muchacha frágil, proletaria, que llevó a los extremos sus principios revolucionarios. Mi madre usaba siempre botas de militante y una camisa de hombre bordada, la “kosovorotka”. Originaria de Siberia, no tenía la preparación cultural de mi padre, pero sabía lo que es la tierra y lo que es el trabajo.

Mi padre me inculcó el amor a los libros desde mi primera infancia y mi madre me enseñó a amar la tierra y el trabajo. Creo que permaneceré siempre medio intelectual y medio campesino. Él tenía una notable memoria, sabía muchos poemas y podía leerlos tan bien como recitarlos. Le gustaban mucho Lermontov y Goethe, Edgar Poe y Kiplin. Gracias a él a la edad de seis años Evgueni ya sabía leer y escribir, a los ocho años ya leía de su biblioteca a Dumas y Flaubert, Schiller y Balzac, Dante y Maupassant, Tolstoi y Boccaccio, Shakespeare y Gaidar, London y Cervantes.


“Vivía en un mundo de ilusiones, sin nada ni nadie a mi alrededor. No me di cuenta siquiera que mis padres se habían separado.”

“Mis padres me llevaban a las manifestaciones de obreros en la Plaza Roja, y le pedía a mi padre que me alzara sobre sus hombros para poder ver a Stalin… Alzado sobre las cabezas de la inmensa multitud, agitaba con fuerza una banderita roja y creía que Stalin me miraba y me respondía personalmente”.

En otoño de 1941 fue evacuado de Moscú a Siberia con otros niños de su edad. Viajó más de un mes en un convoy de sesenta vagones llenos de mujeres y niños. En dirección opuesta, hacia el frente, rodaban transportes llenos de armas y soldados. Ya no encontraba sus cascos y fusiles bellos. Ya no creía que estuvieran alegres de ir a batirse. Los sufrimientos habían dejado de ser para él exclusivamente de los personajes de los libros.

Comprendió, en el curso de la guerra, que la patria no es un término geográfico o literario, sino la imagen de hombres vivos. Trabajó en la cosecha y en un aserradero, recogió hierbas medicinales para los heridos. Comenzó también a escribir. Primero, prosa. En esa época era muy difícil conseguir papel. Un cuaderno escolar valía lo que un kilo de mantequilla, entonces robó de casa de su abuela dos volúmenes de obras de Marx y Engels y, en el curso de un año, llenó todos los espacios no impresos. Trató de escribir una novela. Al descubrirlo, mi abuela le perdonó y le dijo: “Ahora toda tu vida serás un marxista convencido.”

Vivía solo en Moscú, en un apartamento vacío. Su padre estaba lejos, se había vuelto a casar y tenía dos hijos. Su madre abandonó su ocupación de geóloga y se convirtió en cantante que hacía giras por el frente. Desde el inicio de la guerra hasta diciembre de 1943, actuó en los frentes, enfermó gravemente de tifus y pasó varios meses en un hospital de Chita. Tras recuperarse en 1944, se desempeñó como jefa de la Casa de Cultura de Zimin de los trabajadores ferroviarios, y a fines de julio de 1944 regresó a Moscú, con su hijo. En los años siguientes, trabajó en la All-Union Touring and Concert Association y en la Filarmónica de Moscú como directora de obras musicales para niños, hasta su jubilación en 1977.

La madre estaba muy preocupada por su hijo. Su curiosidad por la vida le impulsaba hacia las aventuras más inverosímiles. Tenía un carácter difícil. En un momento dado, se hizo de amigos entre los ladrones profesionales. En otro, se lio con hombres del mercado negro de libros. Pero, siempre, la intervención providencial de su madre que le sacó a tiempo del mal paso.

En casa, en cuanto estaba solo, dejaba sus cuadernos escolares para escribir poemas, reflejos de otra vida en su imaginación. Dejaba de escribir solamente cuando su mano se entumecía. Su madre no quería a ningún precio que fuera poeta. Estaba convencida de que el poeta es un ser atormentado. Sin embargo, finalmente se alegraría más adelante con las visitas a su hijo de otros poetas como Vladimir Sokolov, Yevgeny Vinokurov, Grigory Pozhenyan, Bella Akhmadulina, Mikhail Roshchin, entre otros
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Poet Yevgeny Yevtushenko at his party.

“Amo a mi pueblo porque soy ruso y soy revolucionario. Lo amo porque no cayó en el cinismo, porque no ha perdido la fe en la limpieza inicial de la idea revolucionaria, a pesar de la suciedad que lo ofendió”.

En la escuela, adquirió fama de rebelde al punto que le enviaron a una escuela especial para alumnos difíciles en la que siendo acusado de robar el registro de calificaciones fue expulsado a los 15 años. Trató de ocultárselo a su madre, pero cuando ésta se enteró y le insistió para que pidiera perdón, el niño huyó de casa en el techo de un vagón hasta Kazajstán, en busca de su padre. Allí se convirtió en peón de la expedición geológica donde trabajaba su padre.

De regreso junto a su madre, el joven contó sus aventuras y mostró el dinero que había ganado y su decisión de comprarse una máquina de escribir.

El fútbol fue otra de las pasiones del poeta. En la noche escribía versos, durante el día jugaba al fútbol en los patios o terrenos baldíos. Jugaba de portero y llegaron a ofrecerle una prueba que luego el muchacho malogró por una borrachera.

En el diario El deporte soviético conoció a Nikolai Alexándrovich Tarasov que creyó en las posibilidades poéticas del muchacho y, junto con Volodia Barlas, fueron los tutores poéticos del joven. El 4 de junio de 1949 aparece publicado por primera vez un poema suyo: se trata de Dos deportes. Gracias a Tarasov, Evtushenko se convierte en el cronista poético regular.

Tres años más tarde sale su primer poemario: Los exploradores del porvenir y ese mismo año de 1952 es aceptado en la Unión de Escritores Soviéticos, convirtiéndose en su miembro más joven. Estudió en el Instituto de Literatura Maksim Gorki de Moscú (1952-1954), del que fue expulsado por apoyar la novela de Vladímir Dudíntsev, No solo de pan vive el hombre.

Evtushenko no vivió el periodo de la Rusia revolucionaria durante la Primera Guerra Mundial y era apenas un niño cuando tuvo lugar la persecución y represión a los opositores del régimen estalinista.

El 5 de marzo de 1953 muere Stalin.

“No llegaba a imaginármelo muerto. Formaba parte de mí mismo y no comprendía de qué manera podríamos separarnos.”

Rusia entera lloró. Diría que Stalin quiso aparecer como el continuador de la obra de Lenin. Mintió a los otros tanto como a sí mismo. Era lo contrario de Lenin. Para Lenin “El comunismo debe estar al servicio de los hombres”. Para Stalin “Todos los hombres deben estar al servicio del comunismo”.
“El día del entierro marcó un cambio en nuestras vidas, nos dimos cuenta que ya nadie pensaba por nosotros.”

“Aprendí a juzgar más severamente a aquellos que, en nombre del supuesto interés del pueblo, se abrían paso a codazos en la vida y sacrificaban sin piedad a los otros hombres.”


Siempre mantuvo cierta actitud rebelde hacia la burocracia. Fue expulsado de la Liga Comunista Juvenil por “individualista”. Se opuso a la aplicación estricta del realismo socialista, aunque no se alejó de los parámetros culturales de la sociedad comunista.

Pushkin, el gran poeta ruso, durante su tiempo vendía apenas tres mil ejemplares de sus obras. Cada libro costaba mucho y solo los aristócratas podían leer. Para los años de la revolución de 1917, el setenta por ciento de los rusos era analfabeta. Vladimir Maiakovski realizó una revolución, al inclinar al pueblo hacia la poesía, leyéndole en estadios y plazas. Sus libros alcanzaron tiradas de veinticinco a treinta mil ejemplares. Pasternak solo pudo vender dos mil libros, siendo más complicado que Maiakovski. Este, con su poesía, hizo más primitivo el lenguaje de una manera adrede, para ser más comprensible a las masas.
De ellos aprendió que el poeta tiene que ser más adelantado que el pueblo para elevar la cultura.

“Nosotros, mi generación, quisimos renovar la tradición de Maiakovski sacando la poesía a los estadios. Cuando organizamos el recital de poesía de 1955, en la Plaza Maiakovski, se congregaron treinta y cinco mil personas. Nuestra generación escribía poemas dirigidos a las masas, pero ya no era necesario bajar el nivel sino elevarnos al nivel de las masas. Es lo que ha pasado con Pasternak: cuando vivió era leído por una élite, ahora los obreros lo leen, lo entienden.”

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Sus trabajos comenzaron a publicarse en periódicos literarios y revistas. A pesar de que su primera colección de poemas obtuviera el beneplácito oficial, recibió críticas por sus peticiones de mayor libertad intelectual. Su poema épico, Zima Junction (Estación Zima, 1956), fue condenado por el régimen. Una reacción muy similar provocó la publicación en 1961 de Babi Yar, un ataque contra el exterminio de unos 34.000 judíos ucranianos por parte de los nazis.

Muchos críticos no entendieron y no aceptaron su obra.

Junto con Andréi Voznesenski, Róbert Rozhdéstvenski y Bella Ajmadúlina, Evtushenko fue uno de los ídolos de la generación de los sesenta y citas de sus obras se transformaron en frases proverbiales, por ejemplo, “Un poeta en Rusia es más que un poeta”.

Formó parte de la llamada poesía de los estadios, esa que llenaba arenas deportivas con sus versos. Fue ídolo de masas. Cultivó una poesía social dirigida principalmente a la juventud anhelante de cambios profundos en la Unión Soviética. Sus recitales en plazas y toda clase de espacios públicos convocaban a millares de oyentes. Quería reunir en la poesía rusa el vigor de Vladímir Maiakovski y la ternura de Borís Pasternak.

A mediados de los años sesenta publicó varios poemas que causaron una gran resonancia en la sociedad. Uno de ellos se llama “Los tanques están marchando en Praga”. Por tal trabajo, el autor podría terminar fácilmente tras las rejas o en un hospital psiquiátrico, lo que a menudo les sucedía a aquellos cuyo trabajo no se correspondía con la ideología oficial.

Sin embargo, Evtushenko no fue perseguido. Sus libros no fueron prohibidos. Continuó publicando, viajó por toda la Unión Soviética e incluso en los años 70 visitó el extranjero más de una vez. Al mismo tiempo, apoyó a escritores disidentes, a pesar de las críticas.

Lenó dos veces el Teatro del Kremlin con 6.500 personas. Igualmente leyó en muchas partes del mundo ante miles de personas. El mismo ha dicho: “Yo soy un escritor para esos que no lo son”. En sus veladas llegan salones llenos de oyentes.

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Viajó a más de 94 países y su obra ha sido traducida a 72 lenguas.

Fue amigo de Pablo Neruda, Max Ernst, Henry Moore, Federico Fellini, T.S. Elliot, William Golding, John Steinbeck, Pablo Picasso y Gabriel García Márquez.

El poeta pudo visitar, por fin, su deseada España en 1966 gracias a la intermediación del Dr. Okasha que convenció al embajador español en Egipto, durante un viaje de Evtushenko en El Cairo, para que le diera un visado sin consultar con Madrid.

Con Pablo Ruiz Picasso.

En su libro ¡Escuchadme ciudadanos! Versos y poemas entre 1959-1964, escribe Evgueni en el prólogo:

“En mi infancia, como muchos niños rusos, yo llevaba una gorrita azul con borla roja, se llamaba gorra española. En España tenía lugar la guerra civil y nosotros soñábamos con ellas. En trenes y barcos, la policía pillaba a jóvenes polizones que intentaban llegar secretamente a España para luchar en las Brigadas Internacionales. Sin haber estado una sola vez en España, sentía nostalgia de ella como muchos chicos de mi edad. Don Quijote, de Cervantes, fue el libro preferido de Maiakovski en su infancia. Los rusos amantes de la verdad, los idealistas, fueron nuestros quijotes. En nuestras bibliotecas, Lope de Vega, Quevedo, Machado, Alarcón, Valera, Galdós, Blasco Ibáñez, Unamuno, Baroja, Valle Inclán, se convirtieron en algo querido y familiar. Lorca, brillantemente traducido al ruso, continua siendo uno de los poetas predilectos.”

“Aprendí el idioma español en América Latina, y allí España se convirtió en algo muy querido para mí. En América Latina no sólo hablaba en español, sino que pensaba en español, escribí algunos versos en ese idioma.”

“En muchos países he conocido hombres fabricados en serie. En España no existen ni dos españoles que sean iguales. Este país es un verdadero tesoro para los escritores.”

Evtushenko ha sido también director de cine. Ha escrito y dirigido dos películas: Kindergarden (1982) y Los funerales de Stalin (1990), esta última con Vanesaa Redgrave y Claus Maria Brandauer. También escribió el guión para la película rusa-cubana Soy Cuba (1964).

Su primera novela fue Siberia tierra de bayas (1982), más adelante aparece Ardabiola, una fantasía sobre una planta con poderes curativos (1984). No te mueras antes que estés muerto (1995) está basada en el fallido golpe de estado de 1991 en Rusia. Fresas salvajes (1984) es una evocación poética de los campesinos rusos de la región rural de su nativa Siberia.

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Solo los idiotas pueden ser completamente felices, absolutamente felices: cuando hay tanto sufrimiento alrededor no hay derecho a ser totalmente feliz: es inmoral ser completamente feliz.

De tiempo atrás me atormentaba el problema del antisemitismo y había querido consagrarle un poema. Pero mi intención no se transformó en acto hasta después de mi viaje a Kiev y la visita a ese lugar terrible donde las S.S. fusilaron a millones de judíos inocentes: hombres, mujeres y niños. El mismo día de mi regreso a Moscú, escribí Babi Yar.
El poema se publicó en Literaturnaia Gazetta, se vendió en ese día con una rapidez fulminante. La misma noche recibí telegramas de felicitación que en su mayor parte procedían de desconocidos. A los dos días el diario Literatura y Vida publicó un poema de Alexis Markov escrito en respuesta a Babi Yar. Sus versos me trataban de pigmeo que calumnia a su pueblo.
Una mañana me visitaron dos jóvenes altísimos y de hombros impresionantes. SE mostraron tímidos y me dijeron casi balbuceando: Camarada Evtushenko, al saber que usted estaba amenazado por su poema Babi Yar, la Asamblea General de los Komsomoles del Instituto A nos ha encargado protegerlo.
De treinta mil cartas que recibí, sólo treinta eran de antisemitas.


“Creo que hace falta estar ciego para no ver los gigantescos cambios producidos en nuestro país después de la muerte de Stalin. Evocar el pasado es, para nosotros, pensar en nuestro porvenir.”

Dejando al margen otras manifestaciones de su actividad artística (cine, teatro…), su obra literaria es copiosa. Ha publicado más de 60 libros de poemas, novelas, ensayos… En su obra se cruzan los temas políticos, amorosos y sociales.

Toda su vida, Yevtushenko se vistió de manera inusual, dando preferencia a las chaquetas, camisas y corbatas, coloridas, de colores brillantes. Según la explicación de Evgeny Aleksandrovich, tal adicción provino de la infancia siberiana de los años de la guerra, en contraste con las chaquetas acolchadas negras con números en la espalda, en las que se vestían prisioneros sombríos, marchando en interminables columnas hacia los campos de prisioneros, y los abrigos polvorientos y terrosos de los vohrovitas que los acompañaban.

Se casó en cuatro ocasiones: con la poetisa Bela Akhmadulina en 1954, con Galina Sókol-Lukónina en 1961, con la irlandesa Joan Butler en 1978 y con María Nóvikova en 1987. Tiene 5 hijos varones.

En 1989 Evtushenko fue elegido diputado del Soviet Supremo de la URSS.

En 1991 llegó a la Universidad de Tulsa, Oklahoma con su familia y ahora vive en los Estados Unidos y Rusia. En los estados Unidos compuso y publicó una obra fundamental en inglés, Las estrofas del siglo (más que 1000 páginas, y más de 875 poetas) (1993).

En 1994 se bautizó con su nombre a un planeta menor —4243 Evtushenko—, descubierto por los astrónomos de Crimea el 6 de mayo de 1978.

En el campo docente, además de ejercer el profesorado en las universidades de Pittsburgh y Santo Domingo, fue nombrado miembro honorario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. También ha ocupado un puesto en la Academia Europea de Ciencias y Artes.

En 2007, el complejo deportivo Olimpiyskiy acogió el estreno de la ópera rock del compositor Gleb May, The White Snows Fall, basada en los versos de Evgeny Evtushenko.

En 2013 comienza el deterioro de su salud, a pesar de ello siguió ofreciendo más de 40 recitales por toda Rusia.

Evtushenko planeaba realizar una gira por las ciudades de Rusia, Bielorrusia y Kazajstán para celebrar su cumpleaños. Días antes de su fallecimiento pidió ser enterrado en Rusia, en el pueblo de escritores Peredelkino, junto a la tumba de Boris Pasternak, el premio Nobel y autor de Doctor Zhivago, así como que se llevaran adelante los proyectos de una velada en el Gran Salón del Conservatorio y una actuación en el Palacio del Kremlin, aunque él ya no estuviera.

Murió el 1 de abril de 2017 a los 84 años rodeado de las personas más cercanas en una clínica de Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos, donde el poeta vivía con su familia y se dedicaba a la docencia universitaria desde 1991.

El Palacio Estatal del Kremlin acogió una actuación musical y poética “Si hay Rusia, entonces estaré yo”, en la que los poemas de Evtushenko serán recitados por famosos actores de teatro y cine. 

Premios y condecoraciones

  • Orden de la Insignia de Honor, 1969 (URSS)
  • Orden de la Bandera Roja del Trabajo, 1983 (URSS)
  • Premio Estatal de la URSS 1984 por Mamá y la bomba de neutrones”
  • Orden de la Amistad de los Pueblos, 1993 (lo rechazó en señal de protesta contra la guerra en Chechenia) (Rusia)
  • Orden Leyenda Viva, 2003 (Ucrania)
  • Orden de Honor, 2003 (Georgia)
  • Premio Tsárskoye Seló 2003 (Rusia)
  • Premio Fregene de Literatura 1981 (Italia)
  • Academia SIMBA (Italia) 1984
  • Premio Titsián Tabidze (Georgia)
  • Premio Jānis Rainis (Letonia)
  • Premio Enturia (Italia)
  • Premio Triada (Italia)
  • Premio Walt Whitman (EE.UU)
  • Premio Aquila 2002 (Italia)
  • Premio Grinzane Cavour 2005 (Italia)
  • Comendador de la Orden de Bernardo O’Higgins 2009 (Chile)
  • Premio Estatal de la Federación de Rusia 2009
  • Premio Poeta 2013 (Rusia)
  • Premio alla carriera. Festival Virgilio 2016 (Italia)

POEMAS

La miel

Voy a contarles algo de la miel.
Alguno se dará por aludido.
Mas no importa que alguien no comprenda
que se refiere a él.
Escuchad
…………..esta historia de la miel.
En el cuarenta y uno,
………………………….en Tchistopol,
año sin pan ni sol,
en el mercado
………………..nevado
………………………..sacaron un tonel,
un enorme tonel
…………………..de miel.
Era un canalla el vendedor,
un negociante del dolor.
Y el dolor formó cola,
sencillo,
………..amargo,
………………….desvalido.
No cobraba en dinero,
………………………….sino en jerseys,
en relojes
…………..o en cortes de traje.
Su mano ensortijada de entendido
despreciaba con gestos harapos evidentes.
Todo lo examinaba a la luz, atentamente.
Mientras con una mano un pintor viejo
desataba el cordón de sus zapatos,
con la otra
……………tendía una botella.
Miró caer la espesa miel en ella,
sin protestar, curvado,
y luego, con su miel,
………………………..preciada mercancía,
se alejó por la nieve en calcetines remendados.
Formando un cerco de miradas frías,
mujeres de oficiales y soldados
esperaban de pie con tarros y con vasos,
silenciosas y tensas.
Y una niña,
……………con mano transparente,
como en un sueño extraño,
tendía una copa diminuta
con un anillo de mamá en el fondo.
De pronto se acercó
………………………..el ruido de un trineo
de costados ornados con rosas.
Poniendo un ceño en su importante frente,
se bajó del trineo un hombre
…………………………………..alto,
………………………………………..imponente.
Tan solemne
……………….como un retrato
……………………………………desde el marco,
sin una sombra de pesar, habló:
“Dame todo el tonel.
………………………….Te pagaré en alfombras.
Date prisa, buen hombre.
Ya nos pondremos de acuerdo después.
Ayudad a subirlo, hermanos. Venga”.
Y se marcharon juntos.
Ellos siempre se pondrán de acuerdo.
Quedó la cola inmóvil y sombría
como si aquello nada le importase.
Y el anillo cayó de la copita
al surco que el trineo había dejado…

¡Qué muerto está ya aquel cuarenta y uno,
año de penas y de retiradas!
Aún vive, sin embargo,
…………………………..aquel goloso de miel,
ha vivido hasta hoy, y dulcemente.
Cuando muestra con aire sosegado
su tripa bien henchida,
cuando mira el reloj,
cuando el bigote satisfecho se acaricia,
yo recuerdo aquel año,
recuerdo aquella miel.
Aquella miel que, entonces,
………………………………….de ese mismo bigote,
abundante escurría.
Jamás podrá limpiárselos
……………………………….de miel,
siempre
…………le escurrirá
………………………..de los bigotes.

Del libro "Ternura", 1962
(Versión de Jesús López Pacheco sobre la traducción directa del ruso de Natalia Ivanova)

La llamada del urogallo

La caza no es la caza.
Pero ¿qué es? Tampoco yo lo sé. Es algo
que no podemos comprender nosotros solos.
Aún a pesar de haber leído muchos libros,
nos llama el gran rito ancestral de los antepasados,
rebelde y poderoso.

Deja mezquinas riñas, peleas sin sentido,
y corre al bosque a la llamada del urogallo.
Acecha inmóvil en la noche, tenso como un muelle.
Deja que te penetren rumores y ruidos,
murmullos de aves, quejas y chasquidos,
todo el temblor del cielo y de la tierra.

Después, el cielo empezará a clarear
como santificado misteriosamente.
Tras las oscuras ramas despeinadas,
enrojeciéndose despacio, sonará,
primero tímido, muy leve, un toc-toc,
como el ruido de una uña golpeando una petaca.

Toc-toc: el primer paso todavía tímido.
Toc-toc: más decidido ya, el segundo.
Toc-toc: se lanza entre los árboles caídos.
Toc-toc: por entre los arbustos, como un loco.
Toc-toc: y se calla, y tú quedas inmóvil,
muy cerca del invisible urogallo.

Pero de nuevo toc-toc, un crujido, un susurro,
y tú te hundes en el barro podrido,
y no te limpias la sangre de las picaduras de mosquitos,
como si allí, desesperadamente, oyeses el reclamo
de ese yo desconocido
que añora a tu persona, desdoblado.

Ves algo ya, distingues en un claro,
entre pinos, un resplandor oscuro.
Un salto, y el altivo señor del bosque
surge ante ti contra la luz naranja.
Doblando ramas a su paso, con plumas de carbón,
como una luna negra brilla el urogallo.

Gruñe, despliega su cola,
emite un susurro sibilante,
mueve el cuello, satisfecho,
y lanza el canto de sí mismo.
Tú estás de pie, desconcertado…
Y las manos, heladas, temblorosas,
alzan sin darse cuenta la escopeta.

Pero a él no le preocupa la escopeta.
Lanza su anuncio en dulces convulsiones.
Se agita susurrando. Hierve en él
el generoso don de la naturaleza.
Y tú disparas. Y al hacerlo, sientes
que ese prodigio
matándolo lo puedes conservar.

Así la voz de nuestra sangre nos empuja
a la llamada del amor. Nos lanza sobre unos labios
para hacerlos totalmente nuestros.
Pero en vano queremos conservar el amor.
Al irrumpir en la sagrada esencia del misterio,
lo único que hacemos es matarlo.

Así nos lleva hacia vosotros,
lienzo, barro, papel, un loco impulso,
para conservar la belleza de la naturaleza.
Pintamos, esculpimos o cantamos, pero al hacerlo,
lo único que hacemos es matarla.
Y el impotente esfuerzo nos cubre de sudor.

¿Por qué estás triste, cazador afortunado,
igual que un delincuente detenido,
cuando desciendes por la arena hacia el río
arrastrando las botas, en silencio,
con la escopeta absurda sobre el hombro
y en la mano el misterio muerto?

Del libro "La lancha de enlace", 1966
(Versión de Jesús López Pacheco sobre la traducción directa del ruso de Natalia Ivanova)
Evgeny Evtushenko y Bella Akhmadulina

Me sucede

A Bella Achmadúlina

Me sucede
que ya no viene a verme el viejo amigo,
pero en molesta algarabía viene
gente distinta a quien no necesito.
Y también él
se va con gente hueca
sin ir a ningún sitio.
Ninguno de los dos lo comprendemos,
pero los dos sufrimos.
Me sucede
que no me viene a ver la que yo necesito,
para poner sus manos en mis hombros
y arrebatarme a otra y llevarme consigo.
Y ella,
por Dios, decidme,
¿sobre qué hombros pondrá sus manos ella?
Aquella a la que me robaron
se vengará robando ella también.
Acaso no lo haga todavía,
acaso luche aún consigo misma,
pero, al final, sin darse apenas cuenta,
se sentirá por alguien atraída.
¡Cuántos lazos inútiles,
nerviosos,
irritantes!
¡Y cuántas vanas
amistades!
¿A dónde escaparé de todo esto?
¡Ven, quien quiera que seas,
ven
y rompe
la unión de las personas extrañas,
la desunión
de las almas hermanas!

Del libro Saludando con la mano

Los Herederos de Stalin

Callado estaba el mármol.
Destellante y callado continuaba el cristal.
La guardia allí callada
frente al bronceado viento.
Pero el féretro humeaba
como si alguien respirase dentro.
Del Mausoleo fueron sacándole despacio,
las bayonetas iban rozándole al salir.
Y él guardaba silencio,
también él continuaba en silencio,
¡un silencio terrible!
Sombríamente apretando su puño embalsamado,
el ojo vivo en las rendijas del ataúd,
yace este hombre que se finge muerto.
Quiere saber los nombres
de quienes lo han sacado,
los jóvenes reclutas
del Riazán y de Kursk;
quiere emprender la huida,
cobrar fuerzas de nuevo
y que estos insensatos
sepan bien quién es él.
Algo había planeado;
sigue esperando su hora.
Yo pido a mi gobierno que refuerce la guardia,
que duplique
y triplique
fuertemente la guardia
en la tumba de tierra donde Stalin está
para impedir que Stalin se levante de ella
a imponer el pasado otra vez.
Creo que en su ataúd
hay un teléfono
y a alguien Stalin comunica sus órdenes.
Pero ¿hasta dónde el cable se extiende allí?
No, no está vencido Stalin.
Él piensa que la muerte es superable.
Un día
lo sacamos del mismo mausoleo,
mas, de sus herederos, ¿cómo sacar a Stalin?
Algunos herederos cultivan su jardín,
piensan, en su retiro, que será temporal.
Otros le atacan desde la tribuna,
y por la noche
sueñan con sus tiempos,
con él.
Puntuales de su régimen,
desprecian nuestros tiempos
cuando están llenos los estadios,
donde los poetas recitan sus versos
y están vacíos todos los campos de prisión.
La patria me ordena que no me tranquilice.
Hay quien me dice: “Calma”
y no sé estar tranquilo,
pues mientras haya herederos de Stalin
en la tierra
yo pensaré que en el mausoleo sigue Stalin.

(Traducción de Herberto Padilla)

Monólogo de los beatniks

¡Cómo nos ha engañado nuestro siglo veinte!
Al tributo de la mentira nos obligaron.
Como leves villanos, las ideas
al soplo de la vida se volaron.

Como en la burla encuentran defensa los chiquillos,
refugio en la ironía nosotros encontramos,
una ironía que, sin ocultarla,
tampoco la ostentamos.

Igual que una muralla o una presa,
de la mentira el agua contenía,
y las manos reían, aplaudiendo,
y al caminar, los pies se sonreían.

Fuimos tema de libros y de films,
dejamos que escribieran idioteces,
pero el derecho a ironizar de todo
nos lo hemos reservado, aunque prudentemente.

Nuestra norma de vida fue el desprecio
y así subimos.
Mas aquella ironía que un tiempo nos salvaba,
hoy es nuestro asesino.

Amamos con hipocreía, con cautela.
A medias entregamos, cobardes, la amistad.
Y este presente nuestro nos parece
el pasado con un hábil disfraz.

Vagamos por la vida. Y en la historia
estamos, como Fausto, de antemano juzgados.
Y la ironía, en la sonrisa de Mefistófeles,
es nuestra sombra, siempre a nuestro lado.

En vano la intentamos apartar:
ni detrás ni delante hay ya salidas.
Ironía: nuestra alma te vendimos
y a cambio no nos diste a Margarita.

Nos enterraste en vida.
Nuestro amargo saber la impotencia destila.
Y esta cansada ironía nuestra
sobre nosotros mismos ironiza.

Del libro Ternura

Adiós, Bandera Roja, nuestra

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Descendiste del techo del Kremlin
no tan orgullosa
ni tan diestramente
como hace muchos años te izaste
sobre el destrozado Reichstag,
humeante como la última bocanada de Hitler.

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Fuiste nuestro hermano y nuestro enemigo.
Fuiste el camarada del soldado en las trincheras,
fuiste la esperanza de la Europa cautiva.
Pero, como una cortina roja, tras de ti ocultabas al gulag
repleto de cadáveres helados.
¿Por qué lo hiciste,
Bandera Roja nuestra?

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Acuéstate.
Reposa.
Recordaremos a todas las víctimas
engañadas por tu dulce susurro rojo
que sedujo a millones a seguirte como corderos
camino al matadero.
Pero te recordaremos
porque no fuiste tú menos engañada.

Adiós, Bandera Roja nuestra.
¿Acaso fuiste sólo un trapo romántico?
Estás ensangrentada
y con nuestra sangre te arrancamos
de nuestras almas.
Por eso no podemos arrancarnos
las lágrimas de los enrojecidos ojos,
porque tú ferozmente
golpeaste nuestras pupilas
con tus pesadas borlas doradas.

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Obtusamente dimos
nuestro primer paso a la libertad
sobre tu seda herida
y sobre nosotros mismos
divididos por el odio y la envidia.
¡Eh, muchedumbre,
no pisoteen de nuevo en el fango
los ya quebrados lentes del doctor Zhivago!

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Abre con fuerza el puño
que te aprisionó.
Trata de ondear algo rojo sobre la guerra civil
cuando los canallas intenten arrebatar
de nuevo tu pabellón,
o sólo los desahuciados
formen fila en busca de esperanza.

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Te despliegas hacia nuestros sueños.
Ya no eres más
que una escuálida franja roja
en nuestra bandera rusa tricolor
En las inocentes manos de la blancura
en las inocentes manos del azul,
quizás aun tu color rojo
pueda ser lavado de la sangre que has vertido.

Adiós, Bandera Roja nuestra.
Cuidado nuestra nueva tricolor.
Cuidado con los tahúres de banderas
que quieren estrujarte entre sus dedos grasientos.
Pudiera ser que a ti también te
deparen igual sentencia
que a tu hermana roja:
ser asesinada por nuestras propias balas
que devoran tu seda como polillas de plomo?
Adiós, Bandera Roja nuestra.
En nuestra ingenua infancia
mas al Ejército Rojo y al Ejército Blanco
Nacimos en un país que ya no existe.

Pero en aquella Atlántida estuvimos vivos y fuimos amados.
Tú, Bandera Roja nuestra, yaces en el charco de un mercado.
Prostituidos mercaderes te venden por divisas
Dólares, francos, yenes.
Yo no tomé el Palacio de Invierno del zar.
Ni asalté el Reichstag de Hitler.
Ni soy lo que llamarías un comunista.
Pero te acaricio, Bandera Roja, y lloro.

Cae la nieve pura

para A.W. Bouis

Cae la nieve pura como
si resbalara por hilos.
Quisiera vivir, vivir
pero sé que no es posible.

Algunas almas se pierden
sin huella en la lejanía,
suben, suben hacia el cielo
como hace la nieve pura.

La nieve pura se disuelve…
yo también desapareceré…
No me preocupa la muerte,
nadie vive eternamente.

No creo en esos milagros.
No soy ni nieve ni estrella,
yo jamás volveré a ser
jamás, jamás, nunca más.

Y pienso yo, pecador:
¿Qué hiciste con tu existencia?
En su torbellino, ¿qué
amaste más que la vida?

Quise con mi sangre a Rusia
como el tuétano de mis huesos,
quise sus ríos creciendo
y debajo de los hielos.

Quise el humo de sus casas,
el aire de sus pinares,
amé a Chejov, Pushkin
y a sus gloriosos ancianos.

Si tuve mis contratiempos,
fue sin lamentarlos mucho.
Qué importa si viví locamente,
por Rusia fue que viví.

Dolorido de esperanzas
(lleno de oculta inquietud),
creo que tal vez un poco
también yo he ayudado a Rusia.

Aunque a mí Rusia me olvide
cuando el tiempo se devane,
el caso es que Rusia viva
para siempre, eternamente.

Cae la nieve pura, cae
como caía en los tiempos
de Pushkin, de Chejov,
como caerá cuando muera…

Cae la nieve, cae la nieve
con cegadora blancura,
borrando todas las huellas,
las que yo dejo y las otras…

Nadie vive eternamente,
pero tengo una esperanza:
si Rusia vive, es decir
que yo también viviré.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Extranjero

(“sobre nosotros pasaba Mercurio, una estrella extranjera…”) M. Svetlov

En el puerto de Arkangel
hay barcos extranjeros,
tristezas extranjeras,
destinos extranjeros.

Moreno como un grajo,
tú lloras, marinero griego,
hasta el amanecer, bajo la noche blanca
al pie de la estatua de Pedro.

Pero no es extranjera
tu forma de llorar
y de enjugarte el llanto con el puño sucio
en el jardín lleno de polvo de la ciudad.

¿Te ha insultado el patrón?
¿Bebiste mucho vodka?
¿Ha muerto alguien a quien tú querías?
¿O lloras sin saber por lo que lloras?

¿Qué te ha pasado?
Marinero griego, ¿qué te ha pasado?
Te pasa
que tú también eres un ser humano.

Y te entran náuseas cuando
alguno te pregunta,
ajeno a tu dolor,
si vendes calcetines de espuma.

Y, amargamente, miras
a ese degenerado cubierto de granos
-mas sin pedirle comprensión-
que pone cinco rublos en tu mano.

Pero, un poco bebido, con sus cejas canosas
y la cara de cobre, de alguna nave rusa
un maquinista llega
que igual que el griego está lleno de angustia.

A su lado se sienta el maquinista:
“Eh, amigo, ¡quieres un trago?”
Y en la pelliza, silenciosamente,
hunde su ruda mano.

Triste y serio, la botella de vodka,
intérprete mundial, de su bolsillo saca,
y contra el banco, golpeándolo,
un buen arenque ahumado ablanda.

Beben sentados en silencio.
Mirando hacia lo lejos, están juntas
en un abrazo la tristeza griega
y la tristeza rusa…”

(Del libro Entre la ciudad sí y la ciudad no)

Mi peruanita

A la hora en que mueren los periódicos
y se convierten en basura nocturna,
un perro con un trozo de galleta entre los dientes
se detiene y me acecha.
A la hora en que resucitan todos los bajos instintos
que se esconden hipócritamente durante el día,
a la hora en que los choferes me gritan: “¡Eh, gringo!,
¿quieres una peruanita? ¡Vamos, yo te llevo!”
A la hora en que la oficina de correos está cerrada,
y solamente el telégrafo no duerme,
un muchacho, envuelto en su poncho,
dormita apretado a la estatua de algún héroe.
A la hora en que las prostitutas y las musas
se pintarrajean la cara,
a la hora en que se imprimen las basuras de mañana
con grandes titulares en primera plana,
a la hora en que todo es visible o invisible,
sin ir o venir a fiesta alguna,
deambulo por la avenida Lima,
como por un cementerio de noticias.
Llena de escupitajos y cáscaras de naranja,
la calle apesta como una letrina,
pero, miren allá: una figura humana
se mueve entre un montón de periódicos.
Esta anciana, acurrucada en medio del silencio,
y que no culpa a nadie de nada,
se ha hecho un poncho
con las noticias de ayer.
Cubierta hasta las orejas
por todos los lados para escapar del frío,
que los diarios sean de derecha o izquierda
da lo mismo si le ofrecen un poco de calor.
Envuelta hasta los tobillos en escándalos,
intrigas y partidos de fútbol,
bajo las piernas de la modelo Twiggy
asoman sus propios pies desnudos.
Limusinas, submarinos y cohetes,
ya botados a la calle, se pegan al asfalto;
sobre los hombros de la campesina pesan
las carreras de caballos, los yates, los stripteases y los banquetes.
Y una llama blanca ante un escaparate
observa con tristeza detrás de los cristales
la sangre todavía caliente
en una foto que la anciana tiene sobre los hombros.
Bajo la basura del mercado mundial
sin saber ni entender nada de aquello,
como una llama acosada, esta india escudriña.
Madre dolorosa de la humanidad.
La injusticia la ha doblado,
la prensa toda la ha aplastado
y, como una escultura viva, ella es
la verdad del mundo bajo un montón de mentiras.
¡Oh, llama blanca del escaparate!,
acurrúcate en su pecho ahuecado,
libérala de toda la basura,
llévatela a la Sierra Blanca.
Como representante del Gran Poder destruido
ante su rostro atormentado,
un rostro marcado de profundas arrugas,
me inclino igual que un hijo silencioso.
El mayor poder del mundo
—el alma humana—,
respirando apenas, ha buscado locamente
su refugio bajo los harapos.
“Una chica peruana”, me gritan
los taxistas, pero yo no respondo.
No quiero decirles
que ya encontré a mi peruanita.

(Poema escrito originalmente en español)

Las fronteras

En cada poste fronterizo
hay algo inseguro.
Cada uno de éstos
añora hojas y flores.
Dicen
que el peor castigo para un árbol
es convertirse en un poste de frontera.
Los pájaros que se detienen a descansar
sobre estos postes
no pueden imaginar
en qué tipo de árboles se han posado.
Supongo
que al principio fue la gente quien inventó las fronteras
y luego las fronteras inventaron la policía,
los ejércitos y guardas fronterizos.
Las fronteras inventaros
a los aduaneros, los pasaportes y otras mierdas.
Gracias a Dios,
tenemos invisibles hilos y filamentos
nacidos de hilos de sangre
de los clavos en las palmas de Cristo.
Estos hilos luchan hasta el fin,
destrozando la alambrada,
guiando al amor a juntarse con el amor
y a la angustia a unirse con la angustia.
Y una lágrima,
que se evaporó en algún sitio del Paraguay,
caerá como un copo de nieve
sobre la helada mejilla de un esquimal.
Y un pesado rascacielos de Nueva York,
a golpes de neón,
deplorando el olvidado olor de los campos labrados
sueña tan sólo con abrazar una solitaria torre del Kremlin,
pero lamentablemente eso no se puede.
La Cortina de Hierro,
haciendo chirriar tristemente su oxidado cerebro,
probablemente piensa:
“Oh, si yo no fuera una frontera,
si alegres manos me empujaran a un lado
y construyeran con mis restos sangrantes
carruseles, kindergartens y escuelas”.
En mis más oscuros sueños veo
mi antepasado prehistórico:
coleccionaba calaveras como trofeos
en la sombría bóveda de su cueva,
y con la punta ensangrentada de una lanza de piedra
marcó así la primera frontera
sobre la faz de la tierra.
Ésa era una colina de calaveras.
Hoy ha crecido hasta hacerse un Éverest.
La tierra se transformó
y se convirtió en un gigantesco cementerio.
Mientras haya fronteras
todos estaremos en la prehistoria.
La verdadera historia comenzará
cuando todas las fronteras se hayan borrado.
La tierra aún tiene cicatrices,
mutilada por las marcas de la guerra.
Hoy matar se ha convertido en un arte,
mientras que en un tiempo tan sólo era un comercio.
De todos aquellos miles de fronteras
tan sólo hemos perdido la humana,
la frontera entre el bien y el mal.
Pero mientras tengamos hilos invisibles
uniendo a cada ser
con millones de seres,
no habrá verdaderos Estados superpoderosos.
Cualquier alma frágil sobre esta tierra
es el verdadero superpoder.
Mi gobierno
es la familia total del hombre, todos a un tiempo.
Cada mendigo es mi mariscal,
me da órdenes.
Soy un racista,
reconozco sólo una raza:
la raza de todas las razas.
¡Qué extraña es la palabra extranjero!
Tengo cuatro billones y medio de líderes.
Y bailo mi danza rusa,
mi danza desafiante de la muerte,
sobre los hilos invisibles
con que se unen todos los desunidos.

(Poema escrito originalmente en español)

Babi Yar

No existe monumento en Babi Yar;
sólo la agria ladera. Y tengo miedo.
Hoy me siento un judío en el desierto
que de Egipto escapó. Me crucifican
y mis manos conservan los estigmas.
Me parece ser Dreyfus, condenado,
al que juzgan, escupen, encarcelan;
pero de pie resiste la calumnia
y el grito filisteo. Con la punta
de sus sombrillas en mi rostro vejan
mi indefensión mujeres que se acercan
con vestidos de encaje de Bruselas.

O también soy un niño en Bielostok.
De pronto estalla el pogromo.
La sangre derramada cubre el suelo.
Los que huelen a vodka y a cebolla
salen de la taberna y gritan todos:

“Mata judíos: salvarás a Rusia”.
Un tendero se ensaña con mi madre.
Otro hombre me patea. En vano rezo
plegarias que se pierden en la nada.

Me siento dentro
de la piel de Anna Frank que es transparente
como un ramo de abril.
No hacen falta palabras. Siento amor
y sólo necesito que uno a otra
nos miremos de frente.
Separados del cielo y el follaje.

Solamente podemos abrazarnos
en este cuarto a oscuras.
Quiero besarte una vez más, acércate.
Ya vienen. Nada temas: el rumor
es de la primavera que se anuncia
y del témpano roto en el deshielo.

Y en torno a Babi Yar suena la hierba
que ha crecido salvaje desde entonces.
Los árboles nos juzgan. Todo grita
pero el grito está hecho de silencio.
Al descubrirme observo mi cabello.
También ha encanecido. También grito
por los miles de muertos inocentes
masacrados aquí. En cada anciano
y en cada niño al que mataron muero.

Pueblo ruso, mi pueblo: te conozco.
Tú no odias ni razas ni naciones.
Manos viles trataron de infamarte
al usurpar tu nombre y al llamarse
“Unión del Pueblo Ruso”.** No perdono.
Que La Internacional llene los aires
cuando el último
antisemita yazga bajo la tierra.
No soy judío. Como si lo fuera,
me odian todos aquéllos.
Por su odio
soy y seré un verdadero ruso.

Del libro "Adiós bandera roja"
Babi Yar o Babiy Yar es un barranco en las proximidades de Kiev. 
En dos días de septiembre de 1941 más de treinta y cinco mil judíos fueron asesinados allí por las tropas nazis.

Los dueños de la cólera

Siglo Veinte
que engendraste el Satélite:
dolor y niebla en ti
no tienen límites.

Eres un siglo
de nobleza y de miedo,
siglo asesino de tus propias ideas,
mira, mira a esos jóvenes:
son dueños de la cólera.

¡Cómo pesa su cólera
y su mirada, su desprecio!
Desprecian partidos y gobiernos,
desprecian a la Iglesia
y a los falsos profetas
desprecian a la mujer
y al implacable rostro
de la tierra
y hasta al desprecio de su propio desprecio.
Para ellos, el siglo no es un padre
sino un padrastro cruel.
Todo para ellos es disgusto
y se exasperan.
Hay inquietantes, negros fermentos
en los muelles del Hudson,
en los muelles del Tíber,
del Sena,
del Támesis,
en todas partes esos jóvenes
van a pasear su tedio.

Son crueles,
holgazanes,
excéntricos,
extraños ante el tiempo en que navegan.
Comprendo qué rechazan;
pero ignoro
qué es lo que están buscando, qué desean.
Lanzar gritos de injuria sin descanso,
¿será su nuevo credo?
En este instante,
aquí desde Moscú,
como hombre, simplemente,
ofrezco estas palabras:
yo también grito de cólera;
pero mi grito no es como el de ustedes,
grito sin esperanza,
porque tengo fe en mi país.
Si gritamos de cólera,
mis amigos y yo tenemos el orgullo
de librar la batalla
para hallar la verdad.
Y a ustedes, allá lejos,
¿la verdad les importa?
Por el mundo vagan ociosos los muchachos,
vagan por las tierras de América.

Siglo Veinte
que engendraste el satélite:
arráncalos de la sombra y de la incertidumbre.

Logra que tengan fe
en la justicia
en la bondad.

Son tus hijos,
y con ellos
tienes que mostrarte piadoso.
Siglo veinte,
¿me has escuchado?
¡Ayúdalos!

Bodas

A Mézirov

¡Bodas del tiempo de guerra!
Falaz intimidad,
frases insinceras para tranquilizarle
de que no le matarán.

Por una carretera nevada, invernal,
contra el viento que pega fuerte,
corro hacia la boda
que a toda prisa se celebra
en el pueblo vecino.
Bamboleándome
con un mechón sobre la frente,
entro,
famoso bailarín,
en la izbá llena de alboroto.
Vestido de fiesta,
lleno de turbación,
está sentado
entre amigos y parientes
el novio movilizado.
Y junto a él, Viera, la novia.
Dentro de un par de días
él se pondrá un capote gris
y partirá para el frente.
Por tierras extranjeras
avanzará con el fusil
y acaso caerá
bajo una bala alemana…
La cerveza espumea en el vaso,
pero él no puede beberla.
Acaso la primera noche
será para ellos
la última.
El novio mira en torno suyo angustiado
y desesperadamente
me grita por encima de la mesa:
¡Venga, a bailar!
Todos olvidan la bebida
y empiezan a mirarme:
me contorsiono ante ellos,
haciendo cantar a los hierros de mis zapatos.
Taconeo
y arrastro las puntas
sobre la tarima.
Silbo,
bato palmas
y me disparo en un salto
hacia el techo.
El aire
se llena
de gritos,
beben rusos y yakutos,
y por el rostro de la novia
se deslizan
lágrimas de fuego.
Estoy ya cansado,
me falta el aliento…
¡Baila!
gritan excitados,
y yo continúo la danza…

Tengo los pies acorchados,
cuando regreso a casa,
pero
unos borrachos
me invitan a otra boda.
A regañadientes, mi madre
me da el permiso, y yo
de nuevo estoy en un banquete
tijereteando con las piernas,
bailando ante la mesa
la prisiadka.
La novia llora
amargamente.
Se deshacen en lágrimas
los amigos.
Tengo miedo.
No estoy para bailes,
pero no se puede
dejar de bailar.

El mar

El tren Moscú-Sujumi se iba hundiendo en las montañas.
Ya hablábamos del mar. Ya los estudiantes en los asientos vecinos
abandonaban su juego de ajedrez y el juego de naipes.
En el pasillo se amontonaban los que miraban por las ventanillas:
“¡En un instante va a aparecer el mar!”.

Algunos viajeros apoyándose en los hombros de sus camaradas
recordaban su encuentro con el mar.
Para mí, en los museos, en las habitaciones,
el mar estaba suspendido en un marco y cubierto por un vidrio.

Antes nunca lo había visto sino pintado.
Jamás lo conocí sino a través de los libros.
Toqué de nuevo la mano de mi vecino y obstinadamente le seguí preguntando:
“Dime por favor, ¿está muy cerca? ¿Cómo es?”.
“Paciencia muchacho, tú mismo vas a verlo en un instante!

De pronto en un vaivén que hizo el tren entró a un inmenso espacio
e inmediatamente no hubo nada más en el mundo.
No quedó nada alrededor de mí: únicamente el mar.

Todo se transformó en silencio salvo su rumor.
Recordé de repente que así me había pasado antes.
Sí, el mismo sentimiento pero ahora era mucho más intenso
cuando yo ni siquiera había saboreado el amor
que únicamente conocía a través de los libros.

Reprochándole al amor su indiferencia
acosé a mis amigos con preguntas: “Díganme,
¿Está muy cerca? ¿Y cómo es?” “¡Ten paciencia!,
¡Ya lo conocerás por ti mismo”.

Así me pasó con el mar al igual que con el amor:
cuando él entró en mi vida entonces desapareció todo,
solamente él existió en el mundo y desde ese momento
ya no pude oír nada más que sus únicas palabras.

(1952)

Casi al final

Es demasiado temprano para decir mi última palabra:
hablo casi al final,
como un antepasado medio borroso
arrastrando mi cuerpo entre dos eras.
Soy
una casual migaja,
una semilla de manzana de este siglo
que no ha dejado sobrantes.
La historia me estranguló,
me carcomió,
pero no me tragó.
Casi al final:
Soy
una agrietada pero exacta
y viviente máscara funeraria de la evacuación de tiempos de guerra,
y para ser reconocido
no necesito marbete.
En una ventisca fui esculpido
por las mohosas manos del Transiberiano:
los raspantes amortiguadores de los carros del tren.
Casi al final:
Con jadeos escabrosos como el escondite del diablo
caminé como un hijo del infierno.
Cada pierna palpitante tronaba en la escarcha
como una tubería congelada,
y el “escondite del diablo” creció entre los míos
y no se desprendería,
y batallando salvé mi espinazo,
frágil pero irrompible.
Casi al final:
Una vez lloré
a la sombra de dispersas ramas a la orilla del camino,
apoyé mi cabeza
contra el letrero rojo y amarillo de No Cruce,
y todo lo que trataron de atragantarme,
en sus glotones banquetes,
lo vomité de mis entrañas,
volteándolas hacia afuera.
Casi al final:
la historia bailó muchas veces sobre mí
con botas enlodadas y zapatillas de ballet.
No estuve en escena,
yo fui la escena en la sangre de mi época,
en el vómito de esta era,
y todo lo que en mi vida
te pareció no ser de mi sangre,
sino tan sólo sed de renombre,
no dudo
de que algún día lo consideres actos de heroísmo.
Casi al final:
soy tan sólo la plebeya voz de los que no tienen voz,
soy tan sólo la desvanecida huella de los que no tienen
huella.

Soy las cenizas medio disipadas
de la desconocida novela de alguien.
En tus respetables salones de recepción,
soy el embajador de todos los callejones sin salida.
Soy un fantasma de barracas y tablados,
mercados de chinches,
piojos,
pulgas
y guaridas de ladrones.
Casi al final:
La mitad de mi vida
la he pasado buscando desesperado con un encorvado tenedor aunque
fuera tan sólo una insinuación de carne
en chuletas de cantina.
Una vez, antes de cumplir diez años,
juré por mi madre a gritos
frente a mi tía horrorizada.
Vendré hacia mis sucesores
como con las charreteras de Lermontov,
con las manos policiales sobre mis hombros,
con su cortés sugerencia:
“¡Andando, amiguito!”
Casi al final:
Soy
de la misma edad en todas las edades.
Soy
el campesino de todos los campos,
aun los de lejanas galaxias.
Como un indio con los mohosos grilletes de Colón,
antes de mi muerte gritará con estrépito:
“¡Fukú!”,
ante aquellos tiranos falsamente inmortales.
Casi al final:
Un poeta, hoy,
como una moneda de Pedro el Grande,
se ha vuelto algo verdaderamente raro.
Incluso asusta a sus vecinos sobre el planeta.
Pero encontraré entendimiento entre mis sucesores
de un modo o de otro.
Casi cándido.
Casi muerto.
Casi al final.

Rumor de pasos y murmullos

Rumor de pasos y murmullos
en el vagón. Alguien cede un asiento.
Hay un leve temblor en las piezas
del ajedrez. Yo escribo en silencio.

Recuerdo el atardecer
de un día que aún es hoy,
y, a mi lado, el ritmo lento
de una respiración.

No viniste hacia mí con alegría
que apenas si has podido conocer,
sino por la común monotonía
que a ambos nos unía en la mudez.

Desesperdamente, a mi viniste,
consciente de tu alegre aire forzado,
dejando tu pasado tras la puerta
para volver a entrar en el pasado.

Con fingida sonrisa,
y en tus entrañas, llanto,
un hueso de aceituna
me ofrecieron tus labios.

Nos arrojamos infinitamente
hacia el fondo irreal de un nuevo día,
queriendo hacer de nuestras dos tristezas
una sola alegría.

Pero ahora estoy en la litera alta
con un cuaderno verde.
Y el hueso de aceituna
mi boca aún lo siente.

Voy huyendo de todo lo insondable
como si alguna cosa no lo fuera.
Huyo de no tener ningún hogar,
aunque su falta mi destino sea.

Y tú, en otro tren,
huyes hacia otras tierras.
Tú, que has llegado tarde,
perdona a quien también tarde a ti llega.

Mis recuerdos aún
hacen que me estremezca.
Cantan en mí como cantaban
las niñas en la iglesia.

Y recuerdo un profético cuadro,
que lo será por todos los siglos:
sobre el mundo y sobre la eternidad
unas manos tendiéndose a otras manos.

El artista sintió su tormento.
Él las acercó todo lo que pudo.
Más siempre hay un punto de distancia
entre los dedos de mujer y hombre.

Lo que les ha ocurrido a otros antes,
a nootros también nos ha ocurrido.
Nuestras jmanos se acercan en tensión
y son las yemas de los dedos, gritos.

Tensos sobre un abismo
donde el silencio solamente existe,
nuestras dos pobres manos
jamás podrán unirse”

Del libro Entre la ciudad sí y la ciudad no

TRES MINUTOS DE VERDAD

A la memoria del héroe nacional cubano José Antonio Echevarria, cuyo nombre clandestino era “Manzana”. 

 Vivía un muchacho llamado “Manzana”
con los ojos tan puros como un manantial
y el alma tan ruidosa
                                             como una buhardilla
atestada de lienzos, guitarras y palomas.
Le gustaban las mazorcas de maíz,
el béisbol,
              los niños,
                              los árboles,
                                                 los pájaros,
y, entre el enloquecido vaivén de la pachanga,
el azar de encontrar dos milagros con pestañas.

Pero en el muchacho llamado “Manzana”,
tan parecido a un niño, comenzaba a sonar
la campanilla de la severidad
ante la falsedad y la mentira.

Y la mentira en Cuba tenía muchas máscaras.
Bailaba en todos los salones,
y en el coche del presidente iba
sentada
          como ama y señora.
Hablaba la mentira por todos los periódicos.
Y desde la mañana, enfurecida,
mezclándose
                    a veces
                              con el rock and roll,
la mentira gritaba
                         por los altavoces
                                              de las radios.

Y el muchacho llamado “Manzana”,
no por la gloria,
                         sino por el bien de todos, simplemente,
para que toda Cuba supiera la verdad,
con sus amigos decidió ocupar la emisora.

Pistola en mano,
                         apareció de pronto,
le arrancó a los cantantes el micrófono,
y fue su voz la voz de Cuba, del valor y la fe
diciendo a todo el pueblo la verdad.
¡Tres minutos tan sólo!
                                      ¡Nada más tres minutos!
Y se escuchó un disparo…
                                          Después, sólo silencio.

La bala batistiana puso punto
a aquel discurso que no pudo terminar.
Y de nuevo, puntual, sonó el rock and roll,
y él,
                 ya invencible,
él, que había dado su vida por tres minutos de verdad,
yacía con un rostro joven y feliz…

Me dirijo a los jóvenes del mundo:
cuando en algún país gobierna la mentira,
cuando la prensa miente sin descanso,
recuerda tú a “Manzana”,
                                          juventud.

Así hay que vivir,
                          sin divertirse inútilmente.
Ir a la muerte,
                       dejando la vida cómoda,
                                                                tranquila,
para decir,
                 aunque sólo sea tres minutos,
                                                                la verdad.
¡Aunque sólo sea tres minutos!
                                   ¡Después, que venga la muerte!

Te recomendamos ver el programa de televisión.

Fuentes:

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/y/yevtushenko.htm

https://www.airesdelibertad.com/t25306-yevgeny-yevtushenko

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Revista/ultimas_ediciones/86_87/yevtushenko.html

http://amediavoz.com/yevtushenko.htm#A%C3%BAn%20todas%20sus%20l%C3%A1grimas

https://es.odkurzacze.info/1449-evgeny-evtushenko-biography-news-photo.html

https://coppershop.ru/es/moda/poet-evtushenko-biografiya-lichnaya-zhizn-evgenii-evtushenko-neizvestnye-fakty.html

PRÓXIMO NÚMERO


31. Poesía más Poesía: Esenin

SERGUÉI ALEKSÁNDROVICH YESENIN

BIOGRAFÍA

Serguéi Aleksándrovich Yesenin, más conocido como ESENIN, nace el 21 de septiembre de 1895, en Konstantínovo, una aldea a orillas del río Oká, a unos 200 km al sureste de la ciudad de Moscú, en una de las provincias más aisladas de Rusia.

Nació en el seno de en una familia de campesinos muy pobre, por lo que a los dos años su cuidado fue confiado a su abuelo materno, un campesino con una posición un poco más acomodada.

En 1909 termina la escuela primaria y sus padres lo matriculan en una escuela religiosa de Spas-Klépiki a 30 km de su aldea donde ahora se ubica su museo. Cuando se graduó, se examinó para estudiar en la Escuela reliogiosa de magisterio.

Fue un poeta muy dotado y muy precoz. Escuchaba a los poetas populares errantes y repetía sus canciones. Empezó a escribir poesía a los 9 años, pero será más tarde, cuando termina sus estudios, en torno a los 16 años, cuando comienza su actividad poética de un modo más evidente. Leía a Aleksander Pushckin, Mijail Lérmontov y otros poetas, escribía sus propios poemas y leía ante sus compañeros y ante los viajeros de la estación del tren.

Era un muchacho apuesto, de cabello rubio, crespo, rizado y expresivos ojos azules, tremendamente temperamental y vivo.

Sus primeros versos muestran el amor a su tierra, pero no su tierra Rusia, con sus ciudades, sus fábricas, sus universidades, sus teatros, su política o su sociedad, sino su tierra natal campesina, su pueblito, los campos y los bosques que eran su patria de entonces.

En esa época llegan a la aldea y los grupos estudiantiles las primeras ideas revolucionarias. Escribe sobre el campesino que está oprimido, miserable, desnudo:

“Escuchan los arbustos

El silbido del viento…

Pueblito abandonado,

Mi pueblito natal…”

Habla de un Dios, también miserable, que se funde con la tierra:

Mendicante por la estepa iba el Señor
poniendo a prueba el amor humano.
El viejo abuelo, sentado en un tronco del bosque,
masticaba su pan con las encías.

El abuelo vio al mendigo en el camino,
en el sendero, con un bastón de hierro.
Lo mira: está enfermo, tiembla de hambre.
Y piensa: ¡pobre, cuánto ha caído!

Se aproximó el Señor ocultando su pena;
pensando: sin duda son de piedra sus corazones…
Y le dijo al viejito, tendiéndole la mano:
toma, mastica un poco… te hará bien.

Su cristianismo es más bien una forma para sus tendencias religioso-campesinas: la misión del campesino es divina, porque participa en la creación. Dios es el padre, la tierra: la madre, el hijo: la cosecha. La terminología cristinana es más bien un procedimiento literario.

Amo al mundo y a Dios
como al fuego del hogar.
Todo en ellos es santo y bendito,
todo luminoso y vivaz.
La amapola escarlata del ocaso
reverbera en el vidrio lacustre.

E inmerso en el mar del trigal,
de la boca me nace una imagen:
el cielo ya sin peso lame
a su rosado ternerito.

En 1912 su padre lo lleva a Moscú a trabajar en un almacén, trabajo que no le gustó. Trabajó como corrector de pruebas tipográficas entre 1913 y 1914. No tenía para nada la apariencia de un campesino, ataviado con su vestido color castaño, cuello almidonado y corbata amarilla. Se le trata no como un aldeano sino más bien, como un exponente de la inteligencia campesina. Su padre le reñía constantemente reprochándole que no se ocupara de cosas más útiles que escribir versos, pero él todo su tiempo lo ocupaba en leer, y todo su sueldo lo empleaba en comprar libros y revistas. Comienza a escribir infatigablemente y comenzaron a publicarse sus poemas en varias revistas.

La agitación revolucionaria comenzaba en el país y Esenín deja testimonio de Ello en las cartas que escribía a su compañero de estudios desde Moscú. Participó en el ambiente político y padeció los registros de la policía.

Tuvo su primer hijo con su compañera de trabajo.

Participó del círculo literiario-musical del poeta campesino Iván Súrikov que aglutinaba a escritores noveles y poetas venidos del campo. y publicó junto con los otros integrantes del grupo “El amigo del pueblo”, un diario que nacío a comienzos de la I Guerra Mundial. Para este periódico Esenin escribió PAPAMOSCA, que no vio la luz porque fue secuestrado por la censura zarista y no ha sido conservado. Fue puesto bajo vigilancia policial por su participación en mítines y repartir propaganda.

Asistió a la Universidad Popular de Shaniavski, la primera institución a la que se podía asistir libre y gratuitamente y en la que daban conferencias importantes catedráticos. Se vinculó al movimiento obrero y cultural en plena ebullición. Pero su poesía sigue estando motivada por el universo patriarcal de su infancia más que por la agitación y el movimiento obrero.

Él destacaba con respecto a sus compañeros del cículo literario y era consciente de su propio talento y de las posibilidades que tenía de conquistar un primer puesto en la vida literaria. Las revistas de Moscú lo ignoraban por completo.

Vamos a escuchar algún poema de esta primera época: De Escarlata al amanecer, El abedul, Otoño, Radunitsa

A los dieciocho años decide viajar a San Petesbrugo, sin muchas pretensiones. Si fracasaba se iría a Revel donde vivía un tío suyo a emplearse como obrero. Pero nno fue así: en pocas semanas se convirtió en la estrella de los cículos literarios de San Petesburgo más influyentes y refinados. Se encuentra de pronto convertido en poeta de moda, mimado de revistas y salones. Su vida cambia por completo.

Fue reconocido por Gorki (escritor y político ruso identificado con el movimiento revolucionario ruso, fundador del movimiento literario “El realismo socialista” y nominado cinco veces para el Premio Nobel de Literatura), como exponente de la intelectualidad campesina. Esenin le entregó el poema Marfa Posadnitsa para su publicación, pero la censura del zar lo vetó. Se escribía con Aleksandr Block (poeta simbolista ruso) que más que ningún otro conocía la vida literaria variada y extraña que cercaba a Esenin en San Petesburgo y que le escribiría “yo creo que para usted el camio será corto y que para no perderse en él hará falta ir despacio, sin inquietarse.” Y en efecto, el camino resultó arduo para Esenin a pesar de su empeño en conservar lo más limpio y noble de su primera juventud.

Su poesía traduce el hondo amor por la tierra natal, el paisaje y las emociones que suscita, expresado con frescas y originales metáforas. Más tarde Esenin explicará: “todo arte está basado en imágenes y es la plasticidad de dichas imágenes la que constituye la clave del arte popular ruso”. Él había leído mucho canto épico y folclore ruso. Y de ello se nutrirá su sistema poético. La riqueza léxica de Esenin es asombrosa. En ella podemos encontrar unos diez mil giros diferentes.

En 1915 se hace gran amigo del poeta Rúrik Ívnev y del poeta Serguéi Gorodetski, quien lo presenta en importantes círculos literarios. Después conoce al poeta Nikolái Kiliúev, que para esenin fue una figura muy significativa y trabajó con él entre 1916y 1918.

En su autobiografía Esenin dice: “A los dieciocho años, después de haber enviado mis poemas a numerosas redacciones, me sorprendió que no los publicaran, y de golpe me precipité en San Petersburgo. Allí fui acogido muy cordialmente. Blok fue la primera persona que vi, Gorodecki la segunda… Gorodecki me presentó a Kliuev, de quien nunca había oído hablar antes”.

Cuando Esenin llegó a San Petesbrugo, el kliuevismo había elaborado bastante ciertas ideas que fermentaban en él de un modo confuso e incoherente. “Rusia es un país campesino. Todo lo que en ella no provenga del mujik (término utilizado para referirse a los campesinos rusos que no poseían propiedades, antes de 1917. Antes de 1861, los mujik eran siervos) y no esté destinado a él es una incrustación que debe ser extirpada. El mujik es el único portador de la idea religiosa y social auténticamente rusa. Ahora él está oprimido y explotado por gente de todas las otras clases y profesiones. El terrateniente, el industrial, el funcionario, el intelectual, el obrero, el cura: todas variantes parásitas que chupan la sangre del mujik. Ellos, y todo aquello que de ellos provenga, deben ser expulsado; entonces el mujik construirá la nueva Rus, otorgándole una nueva verdad y una nueva justicia, porque él es la única fuente tanto de la una como de la otra. Él abolirá las leyes engendradas por los funcionarios de San Petesburgo y hará valer sus propias leyes no escritas. También la fe, que enseña los popes en los seminarios y las academias será enmendada por el mujik, y en el lugar de la iglesia sinodal construirá la nueva iglesia “de la tierra, del bosque, de los árboles”. El mujik está rodeado de enemigos, pero cuando se empiecen a pelear y a destruirse entre sí, enderezará la espalda y dirá la última y decisiva palabra. Debe esperar y se aliará con el primero que encienda el fuego. Por ahora no importa si será un astuto obrero el que ataque al zar o si es el zar el que llame a la guardia para acabar con la inquietud de las plazas. Da lo mismo. De arriba o de abajo, de derecha o izquierda, se trata de paja. Lo importante es que arda.”

Este era el kliuvismo de 1913. Cuando Esenin llegó a San Petesburgo, rápido se hizo amigo de Kliuev.

Esenin pensaba que para el mujik y para el Dios campesino las cosas no iban bien y comenzarían a mejorar en el momento que la Rus campesina se sublevase. Entonces, en sus versos comienza a trabajarse un nuevo tema:

Oh Rus, sacude las alas,
levanta otras fortalezas.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Basta de gemir y marchitarse,
de glorificar la mugre:
La Rus que despierta
lava las manchas del vicio.

Empieza a vislumbrarse al cantor de la Rus, al lado de Aleksei Kolcov, de Kliuev y del narrador Capying:

¡Escóndete, desaparece, estirpe
de fétidos sueños y pensamientos!
Sobre la testa de piedra llevamos
el fragor de las estrellas.

…no escaparemos de la tormenta,
aceptaremos las pérdidas,
para resonar en el azul
como batientes de invisibles puertas.

En sus poemas, aunque sin concretar, parece tener la certeza de que la revolución desencadenará la audacia campesina.

Un año después de llegar a San Peteburgo estalló la guerra. Y Gorodeckij y Liuev se orientaban con la derecha. Otro campesino Rasputin (místico, curandero del consejo real y ocultista), que por carisma personal se ganó el favor de la familia real e hizo que toda la aristocracia se rindiera a sus pies, intentaba desatar el incendio desde lo alto. El kliuevismo se imprengnaba de rasputismo.

Esenin era joven e inexperto, un obediente satélite de Kliuev y Gorodeckij. Pero simpatizaba con los socialistas revolucionarios de izquierda y recibió con entusiasmo la Revolución de Octubre de 1917.

En sus poemas utiliza términos eclesiásticos y alude a la revolución de octubre comparándola con Jesucristo resucitado:

Oh Rusia, inmarcesible,

Dela muerte vencedora.

Has llegado del firmamento estrellado

A tu lugar en la tierra.

Estas expresiones religiosas comienzan a desaparecer cuando el poeta empieza a interrogarse sobre su papel en el proceso revolucionario.

Hay dos autobiografías de Esenin, una berlinesa y otra moscovita. En esta segunda Esenin cuenta hechos que no había narrado en la primera: sus relaciones con las altas esferas en el periodo 1915-1917. Con un tono igualmente desenvuelto, muestra una especial cautela en su confrontación con las autoridades soviéticas, incluso en los detalles. Por ejemplo, Esenin indica la fecha de su nacimiento no según el viejo calendario, sino según el nuevo, 3 de octubre en lugar de 21 de septiembre. El instituto magistral eclesiástico en el cual había estudiado, ahora es solo magistral. Dicen que escribió esta segunda autobiografía para acabar con los chismes que existían acerca de su relación con Carsloe Selo, el complejo residencial de la familia imperial rusa en San Petesburgo.

“En 1916 fui llamado a las armas” escribe Esenin. “Con la protección del coronel Loman, ayudante de la emperatriz, pude gozar de muchos privilegios. Vivía en Carskoe, no lejos de Razumnik-Ivanov. A ruegos de Loman, una vez le leí algunos poemas a la emperatriz. Después de la lectura, ella dijo que mis poemas eran bellos, pero muy tristes. Le respondí que así era Rusia. Traje a colación la pobreza, el clima y salí del paso”.

Esenin contaba con la protección del ayudante de la emperatriz, Loman. La emperatriz misma habría invitado a Esenin o la lectura habría sido organizada por personas cercanas a la emperatriz a las que Esenin estaba ligado.

En la autobiografía moscovita Esenin escribe: “La revolución me sorprendió en el frente, en un batallón de disciplina, donde me habían enviado porque me rehusé a escribir poemas en honor al zar”.

En la narración sobre la vida de Esenin que realiza Ustinov sostiene que durante el gobierno provisorio Esenin se acercó a los socialistas revolucionarios y, después de octubre, “se unió a los Soviets bolcheviques”.

En realidad, siempre estuvo más o menos próximo a los socialistas revolucionarios. Y recibió la revolución con entusiasmo:

¡Oh Rusia, lánzate

hacia un nuevo horizonte!

Bajo otros nombres late

una nueva estepa.

Aunque no militaba con los bolcheviques, escribía:

El cielo es como una campana,

como el tiempo mis palabras,

como mi madre la patria,

y yo me siento bolchevique

Pero en su autobiografía de 1922 escribe: “Nunca formé parte del Partido Comunista Ruso, porque me siento mucho más a la izquierda”.

En su poema INONIA, la revolución traerá a Rusia, el reinado del mujik, el paraíso terrestre aldeano.

Vamos a escuchar este poema INONIA en la voz de 

El proceso de la revolución se le reveló a Esenin como una fusión entre el cielo y la tierra que se cumple entre huracanes y tempestades. El futuro, es “más que la revolución”, es el paraíso en la tierra, y en ese paraíso está el mujik:

¡Hosanna in excelsis!
Cantan los montes del paraíso.
Y en ese paraíso puedo verte
mi pueblo natal.

Bajo la encina de Mamre se sienta
el abuelo de rojos cabellos,
resplandece su vello
tupido de estrellas.

Y el sombrero de piel de gato
que llevaba en los días de fiesta
contempla aterido, como una luna,
la nieve de las tumbas familiares.

Como a los socialistas revolucionarios de izquierda a Esenin le repugnaba todo lo contrarrevolucionario: el Gobierno Provisorio, Kornilov, la Constituyente y los monárquicos, los mencheviques y los banqueros, los socialistas revolucionarios de derecha y los latifundistas, los alemanes y los franceses.

En los pesebres campesinos
ha nacido la llamarada
por la paz de todo el mundo,

Escribe.

Y sospechaba que los ingleses tenían malas intenciones:

¡Muere, británico monstruo,
desaparece, disuélvete en los mares!
¡Tus hijos no pueden comprender
nuestro prodigio nórdico!

Le parecía que contra Rusia se habían levantado fuerzas oscuras.

A continuación vamos a escuchar el poema “El advenimiento” en la voz de —–

Esenin utilizaba nombres e imágenes de la fé cristiana pero para expresar su idea funtamental: “Dios mío, encarna tu verdad en la Rus futura”.

En su poesía no hay manifestaciones contra el critianismo hasta que escribe Inonia.

Vamos a escuchar otro poema de INONIA en la voz de —–

Inonija fue el canto del poeta de la revolución y de la nueva deseada verdad. Expresó mucho de lo que flotaba en el aire de catástrofe de la época.

Esenin con Isadora Duncan.

En el campo del amor Esenin se casó en 1916 con la actriz Zinaída Raij, con la que tuvo un hijo y una hija. Tras su divorcio, ella se casaría con el famoso director de teatro Meyerhold. En 1921 conoce a la bailarina Isadora Duncan con quien mantuvo un famoso romance publicitado como el amor entre el poeta campesino y la diva. Se casaron el 2 de mayo de 1922 y viajaron por Europa occidental y Estados Unidos. En 1923 regresa a Rusia acosado por el alcoholismo y por la nostalgia. Después se divorció.

Mantuvo relaciones pasajeras con la actriz Augusta Miklashévskaya y con Galina Benislávskaya y en 1924 se casó con Sofía Andréyevna Tolstáya (nieta Tolstoi). Ese matrimonio duró unos meses. En 1924 tuvo un hijo con la poeta y traductora Nadezhda Volpin, al que no llegó a conocer, será el futuro matemático y disidente Aleksander Esenin-Volpin.

En “El camarada” Esenin amplía su “base social” incluyendo también a los obreros, que generalmente se consideraban “hampa y mugre” por los poetas campesinos.

En 1919 termina un periodo profético y senin empieza a mirar al presente más a que el futuro. En 1919 Se acercó a nuevos círculos literarios en Moscú en los cuales imperaban las mismas ideas. Le llevaron hacia el IMAGINISMO. Los imaginistas eran un grupo entre los muchos de carácter decadente que subsistían como residuo del pasado. Su talento hizo brillar las mediocres exhibiciones de los imaginistas que se alimentaban de su prestigio. Editaban sus libros, organizaban recitales, utilizando la autopropaganda y el escándalo. Esenin participó con ellos haciendo varias giras, peor en cuanto a criterios teóricos y artísticos, desde el principio estuvo en clara divergencia con ellos. La única noción del imaginismo de la que estaba convencido era que, en lo profundo de todo arte, la noción de imagen es fundamental. Comienza a alejarse lentamente del grupo y escribe un manifiesto sobe la disolución del orden imaginista. Escribe el artículo Arte y vivencia a sus compañeros de grupo: “Mis camaradas imaginan que el arte sólo existe como arte, sin ninguna ligazón con la vida y sus maneras… A mis camaradas tan sólo les atrae la plasticidad del lenguaje, pareciéndoles que la palabra y la imagen lo es todo. Sabrán pues perdonarme si les digo que semejante arte no es más que una tontería.” “Mis camaradas carecen de cualquier sentimiento patriótico, en el más amplio sentido de la palabra y de ahí su inconexión. Y por eso aman a tal grado esa disonancia que han sabido absorber a la manera de un sofocante vaho de bufonadas gracias a la bufonada misma… Pero la vida exige lo que le pertenece y siendo el arte una de sus armas, todo lo que la niega se elimina a sí mismo como ocurre con la confusión.” Para Esenin Arte y vida están interrelacionados, y no sólo eso, sino que el arte es un arma para vivir. Hoy en día el imaginismo se recuerda vinculado a Esenin.

Se desengaña de los bolcheviques. Ve que no se iba hacia el Socialismo, ni con mayúsculas ni con minúsculas y mucho menos hacia la Inonija y lanza un amargo reproche:

¡Con remos de brazos rotos
remáis hacia el país del futuro!

Pone sus esperanzas de nuevo en el campo. Escribe Pugachëv y después se va al campo para estar de nuevo en contacto con la tierra y tomar fuerzas.

Se decepciona también del campo y echa la culpa a la ciudad, a la cultura urbana bolchevique que había intoxicado a la Rus. Los talleres y las fábricas están situados demasiado cerca del campo y lo envenenan.

Se llama a sí mismo el “último poeta de la aldea”.

Vuelve a Moscú muy abatido. Desea convertirse en vagabundo. Rompe definitivamente con los imaginistas y con los escritores campesinos. Sus preferencias se dirigen a los escritores agrupados en torno a la revista “El erial rojo”, en su mayoría al margen del partido Comunista pero compenetrados con las tareas del poder soviético. Pero no quiere tomar parte en la lucha de grupos que se estaba librando. Prueba de ello es que envía uno de sus mejores poemas de la época “Canción sobre una gran gesta” a la revista proletaria Octubre. En este tiempo establece amistad con múltiples escritores y escritoras.

En El País de los canallas narra de una forma lírica el enfretamiento entre la URSS y EEUU, proponiéndose reflejar el conflicto ideológico entre el capitalismo y el socialismo.

Cada vez se interesa más por los temas de su época, su énfasis está en el amor a la patria y se vuelve hacia la figura de Lenin. En 1924 escribe “Rusia Soviética” y “Regreso a la patria” y en 1925 “Ana Sneguin”.

Es cierto que los motivos amorosos en la poesía de Esenin aparecen en los tres últimos años pero algunos autores piensan que este amor a la patria no puede disociarse de la belleza de una mujer. En 1924-25 escribe “Los motivos persas” impregnado por una delicada ternura hacia la mujer.

Pero los motivos patrióticos van a sufrir una transformación en su poesía al transcurrir los años. Y el 1925 se refleja el pesar de romper con las ilusiones de antaño. La incomprensión de la nueva coyuntura social y la lucha entre lo viejo y lo nuevo, que vivieron muchos. La vida de Esenin se fue haciendo dramática. Se aproxima de nuevo a los decadentistas y su poesía testimonia ese momento particular de su vida.

Esenin toca fondo cuando comienza a beber. Se imagina que toda Rusia ha comenzado a beber por los mismos motivos que él. No se han cumplido las esperanzas de “aquello más grande que la revolución” “aquello que está más a la izquierda que los bolcheviques”. El pasado está destruido y el futuro soñado está lejos aún.

Con los delincuentes de la ciudad se encuentra más cómodo que con sus antiguos amigos. Le repugnan los bolcheviques y quienes les apoyan y sus viejos amigos que ahora ocupan puestos más o menos manchados de sangre:

Maiakovski dijo: Establecer una relación entre el espíritu de decadencia y Esenin carece de sentido. Dicho estado de decadencia es un fenómeno mucho más serio, mucho más complejo y vasto en sus consecuencias que Sergio Esenin. Y en su artículo Cómo escribir poesía, Maiakovski subrayó que al escribir su poema A Sergio Esenin, se había propuesto la tarea de arrancar al poeta de los que han querido aprovechar su muerte.

Caía cada vez más bajo, parecía que a propósito.

En 1921 conoce en casa de un amigo pintor a la célebre bailarina Isadora Duncan. Y en 1922 se casaron y salieron juntos para el extranjero. Visitaron Alemania, Francia, Italia, Bélgica y también EEUU. Ligado a los viajes y compromisos artísticos de su esposa, era mencionado como el marido de… Se sintió muy solo en el extranjero a pesar del amor y la admiración que sentía por el talento y las cualidades artísticas de su esposa. Rompió con esa vida y con Isadora. Huyó de París a Moscú e Isadora fue tras él pero él jamás volvería a abandonar Rusia.

Vuelve a Rusia y el siguiente periodo se caracteriza por un rápido alternarse de estados de ánimo.

Escribe la “Carta a la madre”, desbordante de aflicción:

Volvió al campo y ahí sufrirá la última gran decepción:

¡Cuántos cambios
me han seguido de cerca!

No reconoció los lugares ni a su abuelo, al que había imaginado sentado en el paraíso. Su hermana abría como si fuese la biblia un volumen de el Capital y hablaba de marz y de Engels. En la cas encuentra en la pared un almanaque con el retrato de Lenin.

El abuelo y la madre que miran con desesperación a la hermana son para él los últimos baluartes de la verdad campesina.

Escribe el poema LA RUS SOVIETICA y reconoce que la luz selvática de la cual debía nacer Inonija no existe.

Se despide del campo, prometiendo aceptar la realidad tal cual es.

Vuelve a Moscú. Habían comenzado a sentarse las bases de la Nueva Política Económica. Le pone rabioso la divergencia existente en la ciudad entre los eslogan bolcheviques y la realidad. Se dio otra vez a la bebida. Su rabia se desahogó con brutalidad y fu llamado a un tribunal social en la casa de las publicaciones. Esenin fue perdonado. Denigraba a los bolcheviques, cualquiera que hubiera dicho una décima parte de lo que él decía hubiera sido fusilado. Pronto todas las comisarías de policía del centro conocerían a Esenin en persona. Cuando se le pasaba la borrachera le soltaban, No se querían reconocer oficialmente las divergencias entre el poder obrero-campesino y el poeta campesino.

En 1924 escribe MOSCÚ TABERNARIO.

Poesía bohemia: “Canción”, “Entreveo un sueño”, “sendero oscuro”, “Pena, estrella mía, no te extingas”, “Ay de los trineos”, “Ay de los corceles”

Esenin probó con los viajes. Pasó una temporada en el Caúcaso. Escribió un ciclo de poemas, tratando de ser más conciliador esforzándose por amar a la URSS tal cual era. Comenzó a leer concienzudamente El Capital, pero lo dejó de lado. Casi todo poema suyo terminaba con el presentimiento de la muerte próxima.

Cuando va comprendiendo que la Inonija es imposible de realizar, escribe:

¡Amigo mío, amigo mío! Sólo la muerte cierra los ojos que han comenzado a comprender.

Esenin había abierto sus ojos pero no quería aceptar lo que sucedía alrededor. El desenlace de su tragedia:

Entre 1924 y 1925 escribe Ana Sneguin, Los motivos persas, y otros. Poema. Esta luna imposible.

En 1925, tratando de reorganizar su vida, se casa con la nieta de Leon Tolstoi Sofía, matrimonio que duró apenas unos meses.

El 27 de diciembre de 1925 Esenin, tras tres días en un estado de ebriedad, se suicidó en el hotel Angleterre de Leningrado  ahorcándose. Dejó un poema de despedida para su amigo el poeta Volf  Ehrlich:

Adiós, amigo mío, adiós

tú estás en mi corazón.

Una separación predestinada

promete un encuentro futuro.

Adiós, amigo mío,

sin estrechar la mano ni palabra

no te entristezcas y ninguna

melancolía sobre las cejas

morir en esta vida no es nuevo,

pero tampoco es nuevo el vivir.

A la noticia de su muerte, el poeta contemporáneo de esenin, Maiacovsky, poeta urbano en contraposición con el poeta rural, escribe este poema que vamos a escuchar en la voz de —-.

En sus 30 años de vida Esenin publicó 20 libros. Su último libro fue El hombre negro.

Esenin en el lecho donde se suicidó.

POEMAS

LA CONFESIÓN DE UN GRANUJA

No todos saben cantar,
no todos pueden ser manzana
y rodar a los pies de los demás.

Esta es la suprema confesión
que puede hacer un granuja.

Ando intencionalmente despeinado
con la cabeza como una lámpara a petróleo.
Me gusta iluminar entre tinieblas
el deshojado otoño de vuestras almas.
Me gusta cuando las piedras de los insultos
vuelan hacia mí, como el granizo de una eructante tempestad.
Entonces sólo oprimo con más fuerzas
la pompa oscilante de mis cabellos.

Con cuánto cariño recuerdo
el estanque invadido por la hierba y el ronco tañido del aliso,
y que en algún lugar viven mi padre y mi madre,
a quienes todos mis versos no les importan un comino,
pero que me aman como al campo y a su propia sangre,
como a la llovizna que en primavera mulle los brotes.
Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas
por cada injuria que lanzan sobre mí.

¡Pobres, pobres campesinos!
Seguramente ya están feos y viejos
y aún temen a Dios y las ánimas del pantano.
¡Oh, si pudieran entender
que su hijo
es el mejor poeta de Rusia!
¿Acaso sus corazones no se helaban
cuando sus pies desnudos tocaban los charcos del otoño?
Ahora anda con sombrero de copa
y zapatos de charol.

Pero vive en él, con ímpetus de antaño,
el mismo aldeano travieso.
Desde lejos saluda con reverencias
a las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías,
y cuando se cruza con los coches de la plaza
recuerda el olor del estiércol en los campos natales
y está dispuesto a levantar la cola de cada caballo
como la cola de un traje de novia.

Amo mi patria.
¡Amo inmensamente a mi patria!
Aunque exista en ella la tristeza y la herrumbre de los sauces.
Me gustan los hocicos fangosos de los cerdos
y las voces estridentes de los sapos en el silencio nocturno.
Estoy enfermo de recuerdos de infancia.
Sueño con la humedad y la niebla de las tardes de abril.
Como queriendo entibiarse
nuestro arce se encuclilló ante la fogata del ocaso.
¡Cuántos huevos robé de los nidos de las comadrejas
trepando de rama en rama!
¿Será el mismo con su cima verde?
¿Será como antes tan dura su corteza?

¿Y tú, mi querido,
mi fiel perro overo?
La vejez te ha puesto gruñón y ciego
y vagas por el patio arrastrando tu cola caída,
tu olfato ya no distingue el establo de la casa.
Cuán queridas me son aquellas travesuras
cuando hurtaba pan a mi madre
y lo mordíamos por turno
sin sentir asco uno del otro.

Soy el mismo de antes
y mi corazón es el mismo.
Los ojos florecen en el rostro como azulíes en el centeno,
y al extender las esteras doradas de mis versos
quisiera decirles mis palabras más tiernas.

¡Buenas noches!
¡Buenas noches a todos!
La guadaña de la aurora ha enmudecido
sobre la hierba del crepúsculo…
Siento unas ganas enormes
de mear la luna desde la ventana.

¡Luz azul! ¡Es tan azul la luz!
En este azul ni siquiera morir importa.
¡Qué me importa parecer un cínico
con un farol colgando del trasero!
Mi viejo, buen y derrengado Pegaso,
¿acaso necesito de tu trote apacible?
He llegado como un amo severo
a cantar y glorificar las ratas.
Mi cabezota, como agosto,
vierte el vino burbujeante de los cabellos.

Quiero ser el velero amarillo
que va hacia el país adonde todos navegamos.

CARTA A UNA MUJER

Usted se acuerda,
usted, claro, de todo se acuerda,
cuando andaba nerviosa
por la estancia

yo a la pared pegado –
y me reñía
con acerbas palabras.

Decía usted
que había llegado
la hora de separarnos,
que a causa de mis locuras
sufría mucho,
que iba a dedicarse a sus cosas,
y que yo estaba condenado
a rodar por la pendiente.

Querida:
Usted no me amaba.
Ignoraba que entre el gentío
era yo cual caballo espumeante,
espoleado por audaz jinete.
Ignoraba
que entre aquella humareda,
en la fosca tormenta de la vida
sufría yo, sin comprender
lo que se avecinaba.
De cara a cara
no se ve el rostro.
Lo grande se ve a distancia.
Cuando el mar se encrespa,
corren riesgo las naves.
¡Y de pronto
se convirtió la tierra
en una nave!
Alguien
empuñó majestuoso el timón
rumbo a la nueva vida prodigiosa
por entre vendavales y tormentas.
¿Quién no se cayó en la cubierta?
¿Quién no vomitó y no maldijo?
Pocos hubo que no se mareasen,
que venciesen aquel torbellino.
Entonces
entre un clamor salvaje,
sabiendo bien lo que me hacía
bajé a la bodega
para no ver vomitar a la gente.
Aquella bodega
era eso: la taberna.
Yo me entregué al vino
para no padecer pro nadie
y hundirme
en la embriaguez.
Querida:
La hice sufrir, es cierto.
En sus cansados ojos
se asomaba la pena
al ver que yo, ostentosamente,
me consumía en escándalos diarios.
Pero usted ignoraba
que entre aquella humareda,
en la fosca tormenta de la vida,
sufría yo,
sin comprender
lo que se avecinaba…

Han pasado los años.
Mi edad es ya otra.
Ahora pienso de distinto modo.
Ahora brindo en los días de fiesta
por el gran timonel.
Me embargan hoy
amables sentimientos.
Al recordar su angustia
quiero apresurarme
a decirle
lo que fui antes,
lo que soy ahora.
Querida:
Me complace comunicarle
que no rodé por la pendiente.
Vivo en el Territorio Soviético
como el más entusiasta adherente.
No soy ya
el de antes.
Ahora no la haría sufrir
como entonces.
Tras la bandera de la libertad
y del trabajo luminoso,
estoy dispuesto a ir
al fin del mundo.
Perdóneme…
Sé que usted no es la de ayer.
Ahora vive
con un marido serio, inteligente.
A usted no le hacen falta
nuestros duros quehaceres,
y yo tampoco
le hago la menor falta.
Viva bajo
el signo de su estrella,
bajo su mansión renovada.
La saluda su amigo
que jamás la olvida,

EL AYER QUE DESAPARECE

Los que a Lenin seguimos tras el triunfo, muchas cosas aún no comprendemos. Cantamos canciones nuevas
al viejo modo,
como nos enseñaron los abuelos. Amigos, amigos:
¡Qué escisión en el país!
¡Cuánta tristeza en medio de tan jovial ardor! ¡Qué ganas tengo
de remangarme los pantalones
y echar a correr tras del Komsomol!
Yo no reprocho
a los que se separan por mi pena. Los viejos, de los jóvenes se atrasan. Los viejos, cual centeno sin segar, se pudren de raíz y se desgranan.
No soy viejo ni joven.
Y el tiempo me condena a ser estiércol. ¿Será por ello
que las guitarras de las tabernas
me provocan dulce sueño?
¡Suena, suena,
bruja guitarra!
Canta, gitana,
hazme olvidar aquellos días amargos sin caricias ni afecto.
Con el Poder soviético
me siento ofendido
porque en mi juventud radiante
no me enseñó a ver
el ardor de otra gente en el combate.
¿Qué vi yo? Sólo batallas.
Y en lugar de canciones
oí sólo el estruendo de la guerra.
¿No será porque loco corría por el mundo con mi amarillenta cabeza?
De todos modos soy feliz. Entre multitud de tormentas presencié hechos maravillosos. Vistió el vértigo mi destino
con oreado paño de oro. No soy un hombre nuevo.
¿Por qué ocultarlo?
Cuando intento alcanzar
a las huestes de acero,
me quedo con un pie en el pasado, con el otro resbalo y caigo al suelo.
Pero hay otros hombres
más infelices y desconcertados. Su incomprensión les impide pasar por el tamiz
de la realidad en que viven.
Yo los conozco.
Triste mirada bovina
se asoma en sus ojos.
Y mientras los demás trabajan, a ellos el verdín cubre su sangre como en fétido estanque.
¡Que nadie tire piedras al estanque! ¡Que nadie lo toque!
Saldría un hedor espantoso.
¡Ellos mismos se pudrirán.
como las hojas de otoño! Pero hay otros hombres.
Son los que creen,
los que, inciertos, al futuro miran, los que, rascándose trasero y pecho, hablan de la nueva vida.
Yo los escucho. Oigo decir
a estos campesinos con andrajos:
«Está bien el Poder soviético…
Pero si hubiera tela… Si hubiera clavos…».
¡Qué poco esas barbas necesitan!
Su obsesión son el pan y las patatas.
¿Por qué de noche maldigo mi suerte aciaga?
Yo envidio
a quienes a la lucha se entregaron, a quienes defendieron la gran idea. Estropeada ya mi juventud,
ni recuerdos me quedan.
¡Vaya escándalo!
¡Menudo escándalo!
Me encuentro en apurado lance,
pude otras cosas haber dado
en lugar de las que se me daban cual jugando.
¡Suena, suena, bruja guitarra!
Canta, gitana,
hazme olvidar aquellos días amargos sin caricias ni afecto.
La pena no se ahoga con el vino, ni se cura el alma
en la soledad y reclusión.
¡Qué ganas tengo
de remangarme los pantalones
y echar a correr tras del Komsomol!

SIN LAMENTOS:

Sin quejas, ni lamentos ni llantos
como el humo a través del florido manzano
hasta mí llegó la marchitez dorada
ya no seré más joven y lozano.
Ya no lates con la fuerza de antes
mi corazón tocado por el hielo
y caminar descalzo por el bosque
ya no es una ilusión, no es un anhelo.
El deseo de aventura cada vez es menor
y el fuego de los labios ya se ha ido
¡oh mi joven y lejano frescor
mis antaños pletóricos sentidos!
Ahora son escasos mis afanes
¿he vivido mi vida o la he soñado?
Es como si en un alba primaveral
galopé sobre un caballo rosado.
Nuestro destino es frágil y finito
el cobre de las hojas lento emana
por todos los siglos sea bendito
lo que florece hoy para morir mañana.

De La confesión de un granuja

UNA HUÉRFANA LUZ DE LUNA

Una huérfana luz de luna
y la tristeza de llanuras infinitas
fue lo que vi en mi juventud alocada,
lo que maldije y amé, como muchos.

Los magros sauces de los caminos
y los cantos de las ruedas de carretas…
Por nada del mundo quisiera
volver a oírlos otra vez.

Ahora las chozas no me conmueven,
y ya no añoro el fuego del hogar,
por la pobreza del campo perdí el cariño
a la nevasca primaveral de los manzanos.

Ahora otras cosas me anegan el alma…
Bajo la luz achacosa de la luna,
a través de la piedra y el acero
veo la fuerza de mi tierra natal.

¡Rusia campesina! ¡Basta de arrastrarte
con arados de madera por los campos!
Los álamos y abedules se acongojan
cuando contemplan tu miseria.

Yo no sé lo que mi estrella me depara…
Quizás no sirva para la nueva vida.
Sin embargo deseo ver de acero
a mi Rusia mendiga y miserable.

Al oír el ladrido de los motores
entre la nieve y la ventisca,
por nada del mundo yo quisiera
oír de nuevo los cantos de las carretas.

A SERGUEI ESENIN por VLADIMIR MAIAKOVSKI

Usted se fue,
                     como suele decirse,
                                                    al otro mundo.
¡Qué vacío… !
                      Vuela usted
                                         hasta incrustarse en las estrellas.
Ya no le ayuda
                        ni el dinero
                                          ni las tabernas.
¡Sobriedad pura !
No, Esénin,
                  no me burlo.
En la garganta,
                       el dolor ajusta un nudo,
                                                            y no es la risa…
Yo veo
            sus brazos colgando
                                            y su mano cortada,
balanceando la propia bolsa de sus huesos.
¡Qué hace!
                 ¡Quieto!
                              ¿Está usted en su sano juicio?
Dejar que las mejillas
                                  se cubran de tiza mortal
Sí, usted sabía cantar
como nadie en el mundo.
¿Por qué?
              ¿Para qué?
                             Me pilló de sorpresa.
Los críticos farfullan:
                                 -Es el vino,
es esto, es aquello
                            o lo de más allá.
Y, como resultado,
                             mucho vino, mucha cerveza.
Cambiando
                 la bohemia por la «clase»,
la clase tendría influencia sobre usted,
                                                           y ya no habría por qué pelear.
¿Acaso la «clase»
calma la sed sólo con limonada?
La clase no es idiota
                                y también sabe empinar el codo.
Es decir,
             si contase con el apoyo
de algunos de los de «En Guardia»,
usted tendría otra orientación
y escribiría todos los días
                                       cien estrofas fatigosas y extensas
como las de ese tal Dorónin.
En mi opinión,
                      si se hubiera realizado semejante pesadilla,
usted se hubiera colgado mucho antes.

Es mejor morir de vodka
que de aburrimiento.
No revelarán
                    la causa de esta pérdida,
ni la cuerda
                  ni el puñal suicida.
Tal vez,
            si hubiese tinta en el hotel «Inglaterra»,
no tendría razones
                            para cortarse usted las venas.
Los imitadores se alegraron:
                                             -¡Bis! – aplaudieron.
Contra usted,
                    casi un pelotón entero,
                                                       parecía haber realizado un atentado.
¿Para qué aumentar
                               el número de suicidas?
Mejor aumentar
                         la calidad de la tinta.
Ahora
          se han cerrado sus labios
                                                 para siempre.
Inoportuno
                  y penoso
                                es hablar de estos misterios.
Al Pueblo,
                al creador del Idioma,
se le ha muerto
                         un sonoro
                                         cantor,
vicemaestro.
y llevan los viejos versos al velatorio,
sacados de otros entierros,
                                         casi sin rehacer
                                                                ni afilar las rimas.
¿Acaso es éste
                       el homenaje que merece este poeta?
A usted
            todavía
                        no le han erigido un monumento.
¿Dónde están
                     el bronce sonoro
                                               o las aristas de granito?
Pero al pie del recuerdo ya han dejado
homenajes y dedicatorias.
Su nombre
                 lo bordan ya con mocos todos los pañuelitos.
Babeando
               entona su versos Sóbinov ,
surgiendo detrás de un abedul del decorado:
«Oh, amigo mío,
  ni palabras ni suspiros».
¡Eh!
¡Yo hablaría de otro modo
con ese tal Leónidas Lohengrinoide!
Me levantaría aquí mismo,
                                       estridentemente escandaloso.
 -No permito babear
ni ajar el verso!
Los dejaría sordos
                            con un silbido de locomotora,
y les mentaría a su buena madre, a su buen Dios y a su
abuela.
Hasta hacer trizas al bigotudo Kógan,
clavado con lanzas más agudas que sus bigotes retorcidos.
La basura,
               por desgracia,
                                    es lo que más abunda.
Asuntos hay muchos,
                                 sólo nos falta el tiempo.
Primero,
             hay que transformar la vida;
una vez transformada,
                                  podremos cantarla.
Nuestro tiempo
                      es difícil para la pluma.
Pero, decidme,
                       vosotros,
                                    mutilados y lisiados,
¿dónde
           cuándo,
                      cómo y cuál de los grandes
eligió el camino
                         más gastado y fácil?
Verbo,
            comandante en jefe
                                          de la fuerza humana.
¡Adelante… !
Que el tiempo se nos quede atrás hecho jirones,
                                                     y  únicamente el viento
despeine los mechones de pelo alborotado.
Para la alegría,
                       nuestro planeta
                                              está escasamente preparado.
Debemos arrancar la alegría
                                           de los días venideros.
En esta vida
                   morir es cosa fácil.
Hacer la vida
                     es mucho más difícil.

EL HOMBRE NEGRO

¡Amigo mío, amigo mío:
estoy muy, muy enfermo!
No sé de dónde me vino este dolor.
Es que el viento silba
sobre el campo desierto,
o el ajenjo anega mi cerebro
como la lluvia del otoño al bosque desmantelado.

Un hombre negro,
negro, negro…
Un hombre negro
se sienta en mi lecho
y no me deja dormir
en toda la noche.

El hombre negro
recorre con su dedo un libro infame,
y gangueando sobre mí
como un monje sobre un muerto,
me lee la vida
de un pícaro y borracho,
empapando mi alma de amargura y temor.
El hombre negro,
negro, negro…

Oye —me susurra—,
en el libro hay muchos
bellísimos pensamientos y proyectos.
Este hombre vivía
en el país
de los más repugnantes
bandidos y charlatanes.

En aquel país, en diciembre,
la nieve está sin mancha
y los remolinos ponen en marcha
sus alegres ruecas.
Aquel hombre era un aventurero,
pero de la más alta
y mejor marca.

Era elegante;
además, poeta;
de poca fuerza,
pero tenaz,
y solía llamar a una mujer
de cuarenta y tantos años
su “chica querida y mala” .

“La dicha —decía—
es la habilidad de la mente y de los brazos.
Todas las almas inhábiles
son conocidas por lo infelices.
No importa
que los gestos,
quebrados y falsos,
traigan mucho dolor.

En las tormentas y borrascas,
en el frío de la vida,
en las penosas pérdidas
y cuando parece difícil
sonreír y ser sencillo,
lo más alto en el mundo es el arte”.

¡Hombre negro!
¡No oses decir esto!
No estás pagado al servicio de nadie para decirlo.
¡Qué me importa la vida
de ese poeta escandaloso!
Léela y nárrala a otros,
por favor.
¡El hombre negro!
Me mira en los ojos, tenaz,
y sus ojos se cubren
de lagaña azul,
como si quisiera decirme
que soy un pillo y un ladrón,
insolente y desvergonzado
que ha robado a alguien.

¡Amigo mío, amigo mío:
estoy muy, muy enfermo!
No sé de dónde me vino este dolor.
Es que el viento silba
sobre el campo desierto,
o el ajenjo anega mi cerebro c
omo la lluvia del otoño al bosque desmantelado.

Noche fría.
Está muda y calma la encrucijada.
Estoy solo en la ventana;
no aguardo a un huésped ni a un amigo.
Una cal blanda y movediza
cubre toda la llanura,
y los árboles, como jinetes,
se han reunido en nuestro huerto.

Un ave nocturna y siniestra
llora en algún lugar.
Los jinetes de madera
siembran un ruido de cascos.
Y de nuevo aquel hombre negro
se sienta en mi sillón,
tocándose la galera
y apartando los faldones de la levita.

“¡Oye, oye!”
—susurra, mirando mi rostro.
Se inclina hacia mí más y más cerca…
Nunca he visto
que alguien
pudiera sufrir tan inútil
y tontamente
de insomnio.
¡Ah, no: tal vez me equivoco!
Hay luna hoy.
¿Qué más le hace falta
a un lírico lleno de sueños?
¿Quizá vendrá ella
en silencio, con sus gruesas caderas,
y uno le leerá su lírica lánguida y débil?

¡Ah, cómo quiero a los poetas!
Son tan entretenidos…
Siempre encuentro en ellos
una historia que conozco bien,
como un monstruo de largos pelos,
padeciendo de languidez sexual,
habla de los universos
a la estudiante con granos en la cara.

No sé; no recuerdo…
En algún pueblo,
quizás en Kaluga,
quizás en Riazán,
solía vivir un muchacho
de cabellos rubios
y ojos azules,
en un humilde hogar de campesinos.

Luego se hizo adulto;
además, poeta;
de poca fuerza, pero tenaz.
Y solía llamar
a una mujer
de cuarenta y tantos años,
su “chica querida y mala”.

“¡Hombre negro!
Eres un mal huésped.
Hace mucho tiempo
que esta fama
se propaga de ti”.
Me pongo loco, furioso,
y mi bastón vuela, directo
a su hocico,
entre los ojos…

Murió la luna.
En la ventana el alba se pone azul.
¡Ay, noche, noche!
¿Qué hiciste tú, noche?
Estoy de pie con mi galera.
Nadie conmigo.
Y el espejo está roto…

CESÓ DE HABLAR…

Cesó de hablar el bosque rubio 
en su lenguaje alegre de abedul. 
Las grullas que van pasando 
por nadie sienten pesar. 

¿Por quién sentir? Cada uno es un viajero: 
llega, entra y de nuevo deja su hogar. 
El cañamar y la luna sobre la charca azul 
sueñan con los que ya no volverán. 

Estoy solo, de pie ante la desnuda llanura; 
el viento lleva las grullas a lo lejos; 
estoy pensando en mi alegre juventud, 
pero no me lamento de los tiempos idos. 

No me lamento de los años disipados. 
No lamento la blanca flor de mi alma. 
En el jardín arde el fuego del serbal 
sin dar calor a nadie ya. 

No se quemarán los ramos del serbal. 
No perecerá la hierba en la sequía. 
Como un árbol que pierde sus hojas sin quejarse, 
así dejo caer mis nostálgicas palabras. 

Y si el viento de los años las dispersa 
y las rastrilla todas en un montón inútil, 
decid así: que el bosque rubio 
cesó de hablar en su lenguaje tierno.

LAS HOJAS CAEN…

Las hojas caen… Las hojas caen… 
El viento gime lento y sordo… 
¿Quién alegrará mi corazón? 
¿Quién lo calmará, amigo mío? 

Con párpados pesados 
miro y miro la luna. 
De nuevo cantan los gallos 
en la quietud sombría. 

El amanecer. Lo azul. Lo matinal. 
Y de las estrellas fugaces la felicidad. 
¿Formularme un deseo cualquiera? 
Pero, no sé que desear. 

Qué desear bajo la carga de la vida 
maldiciendo mi destino y mi hogar. 
Quisiera ver ahora una buena muchacha 
bajo la ventana. 

Muchacha de ojos azules 
—sólo para mí; para nadie más—
que calme mi corazón 
con palabras y sentimientos nuevos. 

Que bajo esta blancura de luna, 
aceptando mi suerte dichosa, 
no sufra yo con la canción ajena, 
y al ver en otros juventud alegre, 
no me lamente de la mía jamás.

ARDE, ESTRELLA MÍA…

Arde, estrella mía, no caigas. 
Derrama tus rayos fríos. 
Tras la muralla del cementerio 
ya no late ningún corazón. 

Luces con el agosto y el centeno 
y llenas la quietud de los campos 
con el temblor sollozante 
de las grullas que aún no partieron. 

Me alcanza viniendo de lejos, 
quizás del bosque o del cerro, 
otra vez aquella canción 
de mi país, y de mi casa natal. 

Y el otoño dorado 
reduciendo la savia de los abedules 
llora sus hojas sobre la arena 
por todos los seres que amé. 

Lo sé. Lo sé. Dentro de poco, 
ni por mi culpa ni por la ajena 
tendré que tenderme también 
detrás de la negra muralla. 

Se apagará la llama cariñosa 
y se convertirá en polvo el corazón. 
Los amigos pondrán una piedra gris 
con una alegre inscripción. 

Mas yo, pensando en la triste muerte 
así la compondría para mí: 
“Amó a su patria y a su suelo 
como un borracho a su taberna”. 

HASTA LA VISTA…

Hasta la vista, amigo mío, hasta la vista. 
Querido mío, estás en mi pecho. 
La predestinada separación 
promete una cita en el porvenir. 

Hasta la vista, amigo mío, sin dar la mano, sin palabras. 
No te afijas; no pongas tan triste el ceño. 
En esta vida el morir no es cosa nueva; 
pero el vivir —seguro— es menos novedad.

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