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333. POESÍA MÁS POESÍA: EUNICE ODIO

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BIOGRAFÍA DE LA POETA EUNICE ODIO

“Todos estamos sucediendo siempre. No es verdad que estás lejos”.
Eunie Odio

 

Yolanda Eunice Odio Infante nació en San José, Costa Rica, el 18 de Octubre de 1919. En su acta de nacimiento constaba con los apellidos maternos como “hija natural” de Graciela Infante Álvarez. De origen humilde, Graciela tan sólo tenía diecisiete años cuando quedó embarazada. El padre, Aniceto Odio,de familia más posicionada socialmente, de las esferas más altas de la política, comercio e industria en el siglo XX, no se casó con ella ni reconoció a su hija.

En su infancia, Eunice vivió con su madre. Con apenas cinco años, se fugaba de casa, ausentándose todo el día. Le gustaba experimentar la soledad y la libertad del aire. Las llamaba “excursiones de libertad”. Las primeras veces, cuando regresaba a casa, era reprendida por su madre. Finalmente terminó por aceptar las excursiones de su hija. Eunice decía que: “en realidad no hacía nada; no iba a ningún sitio determinado. Sencillamente vagaba por la ciudad –de punta a punta–, durante todo el día; y me entretenía con las mil cosas que no entretienen a nadie más que a los niños. Esas cosas que, en la niñez, nos dejan materialmente embobados y transfigurados; y que los adultos –que somos unos seres vulgares– encontramos insulsas”. Dejó de escaparse cuando empezó la escuela y descubrió el mundo de los libros: “se me abrió un mundo nuevo que me transformó total y radicalmente. Se acabaron las fugas, las perradas, la movilización permanente. En unos días me volví quieta, juiciosa..Mi juego y mi placer consistían en leer todos los cuentos para niños que existen. Leía sin parar…”

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Fue después del fallecimiento de Gabriela Infante, en 1934, cuando Eunice tenía quince años, que su padre, Aniceto Odio Escalante la reconoció ante notario como hija legítima. Eunice adoptó el apellido Odio. No se quedó a vivir junto a su padre, éste soltero, sino que fue acogida en la casa de su tío Rogelio Odio, su tía y una prima mayor que ella, Clementina Odio Naranjo. Tras un problema familitar, tres años después, Eunice se marchó a la casa de su otro tío Eladio Odio. La muerte de su madre y la inestabilidad que le siguió en su vida la refiere en los versos: “sin donde asentar el pie que no se hunde hasta el fondo sin fondo ¿de qué? De uno mismo”.

Eunice admiraría a su padre, que se mostró abierto a la singularidad y creatividad de Eunice. Solía acompañarla por los bares, calles y plazas de San José. Eunice en sus cartas al poeta venezolano Juan Liscano, destaca su imagen de padre protector y poderoso.

Cursó sus estudios primarios en la escuela Delia Urbina de Guevara y los secundarios en el Colegio Superior de Señoritas. Su educación la complementó con extensas lecturas, principalmente de poesía moderna.
En 1937, con 18 años, comenzó a trabajar en una oficina de correos.

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En 1939 se casó con Enrique Coto Conde, que le doblaba la edad y con el que Eunice diría que había sido casada a la fuerza. Convivieron durante dos años y a mediados de 1943 se separaron oficialmente.

En 1945 comienza a publicar sus primeros poemas en la revista Repertorio Americano, fundada por Joaquín García Monge (escritor, educador, periodista, editor e intelectual costarricense). También en el periódico La Tribuna y el periódico Mujer y Hogar. Sus poemas eran leídos en la radio con el seudónimo de Catalina Mariel. Comenzó a relacionarse Eunice con los principales artistas costarricenses que cultivaron las estéticas Vanguardistas y estableció amistad con mujeres paradigmáticas de la cultura costarricense como Yolanda Oreamuno, Margarita Bertheau Odio y Emilia Prieto.

Eunice comenzó a viajar a partir de 1946 por diversos países: Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala, Cuba y Estados Unidos.

En 1947 recibe el premio Centroamericano de Poesía “15 de septiembre” por su obra “Los elementos terrestres” en Guatemala. Los ocho poemas que componen “Los elementos terrestres” son de un erotismo explícito, tema que recrea con ecos léxicos de San Juan de la Cruz, del Cantar de los Cantares y otras influencias bíblicas. Ante la indiferencia en Costa Rica por su poesía, donde le negaron su talento, callaron su nombre en las antologías y se ensañaron con sus defectos, pero olvidaron sus virtudes, decidió nacionalizarse, ya en 1948, en Guatemala. Allí comenzaría a dar charlas, conferencias, participaría en recitales y escribiría en revistas, periódicos… Comenzaría a trabajar también en el Ministerio de Educación.

El ambiente cultural de Guatemala era de libertad creadora debido al nuevo rumbo que había tomado la política, una vez había llegado a la presidencia el profesor Juan José Arévalo, quien impulsaba la democratización del país. Se convirtió en un destino para artistas, intelectuales y exiliados. Eunice Odio trabó una gran amistad con el pintor surrealista español Eugenio Fernández Granell, republicano español exiliado.

Eunice visitó Cuba, la tierra de su abuelo, y allí conoció al poeta chileno Alberto Baeza Flores, que le ayudó a publicar Territorio del Alba, su segundo libro de poesía. Durante ese viaje a Cuba llevó consigo las obras completas de Shakespeare y de Quevedo, San Juan de Cruz, Góngora, César Vallejo y Pedro Salinas.

En 1947 Eunice Odio al centro participo en una reunion en el estudio del pintor Roberto Ossaye en Guatemala - Poesia Online
En 1947, Eunice Odio (al centro) participó en una reunión en el estudio del pintor Roberto Ossaye en Guatemala.

 

En 1954, se instala en México, motivada principalmente por el derrocamiento de Jacobo Arbenz (sucesor de Juan José Arévalo) por Carlos Castillo, apoyado por la logística estadounidense.

En esos años, Eunice residió en un apartamento en el mismo edificio en el que Juan Rulfo escribía su novela Pedro Páramo. Afuera de ese edificio, en la acera, Rulfo colocó una mesa y vendió los primeros ejemplares de su novela. Fueron vecinos y amigos. Eunice vivía junto con su pareja Antonio Castillo Ledón, productor de programas radiales que había conocido en El Salvador. Los hijos de él, de su primer matrimonio convivieron con ellos, a los cuales Eunice atendió, cuidó y les quiso.

En 1957 publica el poemario Tránsito de Fuego. En él se refiere al destino de los creadores de la tierra, los poetas, y su condición de apátridas. Se recrea un mundo mítico en donde esos apátridas, hermosos y heridos reverdecen transformados en “proyecto de sí mismo”.

Antonio Castillo y Eunice Odio se separaron en 1959 y ella se fue a Estados Unidos, residiendo durante tres años. Allí trabaría amistad con el poeta surrealista Rosamel del Valle y con Humberto Díaz-Casanueva, ambos chilenos. Tuvo la oportunidad de entrevistar a Francis Fergusson, teórico del teatro. Por medio de José Vazquez Amaral, Eunice llegó a conocer al escritor William Carlos Williams ya anciano, con quien pasó una tarde entera conversando. De esa visita, nació un hermoso poema titulado sencillamente “Al poeta William Carlos Williams”, que él mismo tradujo al inglés pocos años antes de morir en 1963.

Eunice odio también materializaría la admiración profunda al genio del Jazz Louis Armstrong en su célebre poema titulado “Satchmo Liroforo”, donde le rinde homenaje.

Al tercer año de su estancia en Estados Unidos, volvió a residir en México, donde trabajó como como periodista cultural, como traductora para diversas editoriales y crítica de arte. Escribe y publica cuentos, ensayos, reseñas y narraciones en periódicos especializados en arte y literatura.

En su famoso apartamento de la Calle del Río Nueva 16, celebraría fiestas y cenas donde acudían poetas, pensadores, intelectuales de diversas nacionalidades como Carlos Pellicer, Alí Chumacero, José Revueltas, Olga Kochen, Beatriz Zamora, Stefan Baciu, Tomás Segovia, Germán Pardo García… Cuentan también que en una de sus reuniones asistió de incógnito Lee Harvey Oswald, el asesino confeso del presidente John F. Kennedy.

Eunice Odio tuvo fama de mujer fatal entre los intelectuales y escritores de su época. Era excéntrica, bella, polémica. Su forma de ser libre y extravagante no era bien acogida dentro de las costumbres y las convenciones de la época. Aunque también era considerada una mujer brillante, tierna y divertida. Dora Guerra, poeta Salvadoreña dijo de ella cuando estuvo en El Salvador lo siguiente: “estaba tan linda y brillante, fue intensa. Yo no me cansaba de oírla hablar de su trabajo de manera tan seria y disciplinada, también me aconsejaba sobre mi rol de poeta”.

Octavio Paz se había referido a Eunice como “una mujer de alto vuelo”, y había agregado, premonitorio: “Tú, querida, eres de la línea de poetas que inventan una mitología propia, como Blake, como Saint-John Perse, como Ezra Pound, y que están fregados, porque nadie los entiende hasta que tienen años o aun siglos de muertos”.

Diría Alfonso Chase (poeta y ensayista Costarricense) en sus apuntes sobre Eunice Odio: “Nuestra Eunice escapará entonces de ser sólo una anécdota más en la boca de los seudocríticos, en los reportajes de los que no la conocieron ni se interesaron por conocerla y que recogerán de los labios de las gentes, las mentiras y las verdades a medias que conformaron esa imagen que los nacionales tienen de la vida y obra de Eunice Odio. Aún así, desde su muerte dramática, su figura estará ligada a esos defectos nuestros de la comparación, la exaltación de los defectos, el esconder las virtudes cardinales, la mezcla de la vida íntima, y privada, con la creación artística.

Eunice Odio, mi Eunice, nuestra Eunice, no es mujer para homenajes póstumos y tardíos. Para ella todo nuestro afecto en vida, en su departamento, entre sus poemas, con el tequila y la música ranchera al lado, con las botanitas y Chavela Vargas, con Leonora Carrignton y Gonzalo Ceja y los violines de los charros, desgañitados y tristones por el aire. Esa imagen de Eunice, que la amamos y disfrutamos, es la que seguirá viviendo en nosotros para siempre”. En casa tenía cuadros que le habían regalado los artistas más famosos de México y del mundo entero como Dalí, Rivera, Siqueiros…

Hay un poema de Carlos Martínez Rivas que está dedicado a ella, y que Alfonso Chase diría que es quizá la imagen más acertada y luminosa de Eunice, la “imagen que más se acercó a la realidad íntima de una mujer inolvidable”.

EUNICE ODIO

Carlos Martínez Rivas
Y añadió:
-No podrás ver mi faz pues el
hombre no puede verme y vivir.
Exodo, xxxiii, 20

Una visión legendaria, un elevado discurrir, un pensamiento,
—tal a Avila sus murallas y su gorjeante azul—
la rodeaban defendiéndola
de lo que, extranjero y hostil, podía herir.
Estoy hablando de tu frente.

A los lados están, asomando
como las alas de dos ángeles sumidos por un costado en el muro,
las dos orejas pálidas, acústicas,
precipitándose en el remolino del oído
hasta el fondo. Al estanque del tímpano
en donde se reflejan
el trino del ave, la nota del violín, el soneto.

Y sobre la pulida nariz que suele hundirse
nave en el oleaje de la rosa, buscando
una exacta respuesta de olor a su pregunta,
se encienden los dos ojos, desde la telaraña
redonda, minuciosa y azul del iris.

Y luego, del lecho fresco de los labios, donde tu juventud
parecía haberse tendido ya a sólo madurar,
de golpe, como el agua en los valles,
todo se lanza hacia los hombros y los senos…

Después todo es quietud y desnudez sin fin.

(Sólo en el vientre, el vello.
Creciendo allí tal vez por la misma
secreta razón —aún sólo sabida por él— del musgo)

Muchacha! tú estás sentada sobre la tierra. Miras.
Como lebreles tus largas manos posas:
seres armados, guardan la puerta de tu cuerpo.
La dos carreras a la entrada del Jardín.

He tratado de decir cómo eres;
de ponerte de nuevo delante de mí
oh muchacha desnuda! forma! perfección!
Porque aunque a menudo te vimos,
apenas nos percatamos de tí.
Hablamos mucho de tu gracia porque eso distraía
pero ¡qué poco sospechamos bajo el cariño de la piel
y entre el ir y venir de tu sangre atareada!

Creímos que eras bella solamente para ser
lecho oscuro del sol o chispa de la atmósfera,
y no advertimos cómo sobrellevabas
ese penoso y duro oficio de las cosas bellas
que, tras de su dorada corteza luchan para
salvar al hombre de la Divinidad en bruto.

Porque tras de esa membrana, de esa ala de cigarra,
está escondido, tirante, alerta, lo otro. Detenido
de pronto en su exceso cuando todo iba a estallar.

Un poco más y el compromiso se habría establecido.
Un poco más y habría sobrevenido eso.
De lo que nadie osa hablar.

Pero de ello, si unos pocos tuvieron noticia es mucho.
Porque tú corriste a ponerte disimuladamente en la puerta,
y entonces ya no te vimos sino a tí. Antifaz!
con un pétalo soportando el golpe del ariete sagrado,
con un dedo menudo y perfecto evitándonos
en un diálogo el mayor de los riesgos.

Tú bisel, bisagra, ángulo, eres,
allí el nudo ciego de la lid, del combate
entre lo que intenta revelarse, obtener,
y lo que trata de poner al hombre al amparo
de lo que no podría soportar.

Por eso, para hablar de tu cabello, quise
resistir hasta ahora. Para decir
que está detrás de tí como un árbol
y como un árbol mucho follaje y sombra esparce.
Para ocultarnos lo que nos haría enrojecer y temblar:
el ajetreo de los ángeles, las poleas de lo monumental,
y al Dios mismo en plena tarea, con las dos
media-lunas de sudor alrededor de las axilas.

A veces a tí misma te esquivamos.
Tratamos de cubrirte con palabras
y adjetivos espléndidos, por temor
a ver entre tus pliegues algo de lo desconocido,

pues ¿qué enorme compromiso no traería
haberlo visto aunque fuera una sola vez? Por temor
a conocerte demasiado, de llegar
a ser demasiado de ti y entrar en relación
con lo que quién nos dice cuánto no sería capaz de exigir?

Pero tú entretanto, así,
como una estrella dentro de su armadura,
sonriendo
pones a todo esto un nombre
animador y andadero: belleza.
Y haces que de esta lucha, de esta
cuerda tensa
no brote ni oigamos los cercanos, nada,
nada, sino esa nota pura a la que el corazón
en medio de su afán y su gemir pueda un momento
asirse.

Diciembre, 1945—España

Mujer empática y generosa, preocupada por sus amigos y amigas, pidió ayuda a uno de sus amigos para solventar la situación económica de la filósofa española María Zambrano y su hermana Araceli, exiliadas en Cuba, por quienes Eunice Odio llegó a profesar un gran afecto y admiración. En sus cartas hace referencia al abandono y desprecio que padecen los poetas, tema planteado también en su poemario El tránsito de fuego. Eunice Odio validó y escribió sobre mujeres escritoras y artistas de su tiempo como por ejemplo Leonora Carrington, sobre la que escribió un ensayo incluido en el Ensayo de El surrealismo en la pintura de México (1972).

Esto se contrapone con el relato de mujer mordaz y agresiva, de mujer fatal que se había divulgado a través de los intelectuales de la época, estereotipos que pretendían minimizarla.

Eunice Odio escribió tres de los libros más importantes de la poesía vanguardista latinoamericana: Los elementos Terrestres (1948), Zona en territorio del alba (1953) y El tránsito de fuego (1957).

En 1966 se casa con el pintor Rodolfo Zanabria y al año éste parte a estudiar a París con la promesa de reunir dinero para que Eunice se instale con él. El se va distanciando paulativamente, testimoniado en un libro con la correspondencia entre ambos llamado “Cartas de Eunice Odio a Rodolfo”. Ella se siente traicionada cuando Zanabria dejó de contactarla por completo. Esto incidió en su estado de ánimo.

En la última década de su vida, Eunice publicó dos libros más de poesía: Pasto de Sueños y Últimos Poemas. Se entusiasmaría por la poesía de Vicente Huidobro. Había militado en la política de izquierda en su juventud en su residencia de el Salvador, Guatemala y México, pero consideraba que aquella actualidad que estaba viviendo estaba subordinada al estalinismo internacional y que el movimiento feminista sólo buscaba igualdad laboral y política con el hombre, cuando ella reivindicaba la diferencia, consciente de la importancia que esto reviste en el contexto de una cultura tradicional o ancestral.

Eunice Odio se inclinó hacia el misticismo y experiencias esotéricas: llegó al segundo grado de la Orden Rosacruz (movimiento filosófico) y estudió la cábala.

En 1972 se nacionaliza como Mexicana.

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Los últimos años de la vida de Eunice Odio fueron difíciles. Estuvieron bañados por la miseria económica, siendo objeto para algunos de burla, aunque también recibiría ayuda económica de artistas y escritores de México. Fue hallada muerta en la bañera, en su departamento de la Ciudad de México el 23 de Marzo de 1974, por su amiga Asunción Lacarota, a la edad de cincuenta y cuatro años. Llevaba diez días fallecida cuando fue encontrada . Según un noticiero, parece que murió de indigestión. Poetas y escritores de México se reunieron y pagaron el sepelio de Eunice Odio.

Juan Liscano, poeta, escritor y ensayista venezolano escribió:

En la América Latina aún se produce el fenómeno de un poeta excepcional que muere en la miseria, sin tribuna, sin lectores y sin editor, al que desconocen por igual el público, sus compatriotas, sus colegas y la crítica, pese a que su persona haya tenido parte activa en la vida literaria y que su personalidad extrovertida, fascinante, desbordara en el campo afectivo de mucha gente. Es el caso de Eunice Odio, fallecida en la ciudad de México, «la mejor poeta americana de este siglo» según se atrevió a asegurar, después de su dramático fallecimiento, el escritor Carlos Zener.

En su correspondencia con Juan Liscano, extraemos algunos pasajes:

“¿Para qué quiero ser rica si puedo ser poeta? Dios sabe que preferiría pedir limosna, si fuera preciso, antes que me fuera negado el gran “don carismático”. Si me dieran a elegir, entre formar parte de los poderosos de la Tierra y ser parte de los que pueden dar vida nueva a la palabra, ni un momento vacilaría. Y si me dijeran que me dan un gran poema a cambio de la miseria extrema, y que sólo un poema grande, elijo el poema grande, aunque sólo sea Uno. Así ha sido desde que descubrí que la poesía no era en mi una “afición” sino “un destino implacable”.

“Por lo que a mi toca, en cuanto tengo tiempo lápiz y papel, bien sé cómo hacer para decir cosas de tal modo, que cualquier persona, con un mínimo de sensibilidad, o un máximo de hipersensibilidad, tiene por fuerza que quedar atrapada dentro del círculo mágico. Es una especie de “atraco a mano armada, con alevosía y ventaja”, aunque sin premeditación, porque es verdad que no tenemos más remedio que hacer así las cosas; porque no es que deliberadamente busquemos que las palabras se agrupen en un orden brillante sino que ellas así llegan y nos asaltan: agrupadas como quieren. Y se necesitaría ser un santo laico, para resistir al encantamiento a que nos someten –primero que a nadie-”

“En serio, lo único temible es la vida. Es tan hermosa esa criatura que es nosotros y que somos ella, que muchas veces arrastra a los vivientes, nos arrastra hasta “sus” últimas consecuencias que son las nuestras, porque somos inseparables. ¡Qué criatura embriagadora, y peligrosa, e infinitamente poderosa! Con poco que nos descuidemos nos lleva por donde quiere y no por donde queremos. Sí, sí, es la vida a la que debemos temer mucho, por su bondad y su belleza sin fin que son seducción absoluta y enajenante. Viéndola y siendo uno ella misma en alguna de sus partes y en ciertos de sus momentos, vive ebrio, sabiéndote inserto en el prodigio mismo. ¡Todo esto es tan extraordinario que no lo parece! Témele a la vida o domestícala. A la muerte no la esperes, porque vendrá sin eso. Claro que no se puede domesticar a la vida, sino al trozo que nos toca o que somos y siempre que formulemos la gran abstracción que se llama “mi vida”. Hay que saberse manejar en la vida; pero no se necesita ninguna sabiduría ni ningún aprendizaje para la muerte. He ahí la gran diferencia. Morir es simple, vivir, en cambio, es la complicación de la simplicidad que es crecer hasta el fin”.

“Pero, ¿es que solamente los inmensos poetas y los enormes pintores, tienen derecho a expresarse? Siempre he creído que no. Me parece que la poesía (y todas las artes), son una sinfonía inmensa, en la que cada cual da sus notas: unas apagadas, otras sordas, otras brillantes, otras altas, otras pianísimas. En siendomúsica, todas son necesarias, todas contribuyen a la inmensa sinfonía que estamos cantando… por los siglos de los siglos. Todos los instrumentos tienen sus grados de belleza. Entre las diferentes calidades de talento, hay una cuestión de grados; y entre el talento y el genio, también hay una cuestión de grados; entre las diversas calidades de genio, también hay una cuestión de grados, pero desde que alguien tiene talento – y creo que es el caso de Beatriz-, su trabajo es respetable. Beatriz me conmueve porque se puede decir que toda su vida – desde la infancia-, es una cadena de pesares y, sin embargo, cuando se pone frente al caballete, todo lo que sale al lienzo o al papel es un mundo de poesía dulce que relata las mejores, y más puras cosas de la vida. Ahí, en su lienzo, no hay amargura, ni rencor, sino ternura, agradecimiento por la vida, comprensión de las flores y de los animales. Su mundo es un mundo bendecido, poético, en una palabra”.

El poeta chileno Humberto Díaz Casanueva la señala como “Uno de los más puros, más trascendentales talentos poéticos de mujer de la América Latina” y su libro El Tránsito de Fuego, como “una de las obras poéticas más vastas de América, una enciclopedia de hechicería lúcida”. Considera que ha sido y sigue siendo en el ámbito latinoamericano una poeta patéticamente desconocida. Sólo cuenta con una reedición de su su obra completa, que no corresponde a la importancia de la autora.

 

 

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA

https://www.revistaelgolem.com/2020/11/28/eunice-odio-vibraci%C3%B3n-de-luz-en-el-abismo/
http://amediavoz.com/odio.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Eunice_Odio
https://www.poemas-del-alma.com/eunice-odio.htm
https://elescarabajo.com.sv/academia/ensayo/eunice-andaba-en-el-sueno-con-zapatos-de-vigilia/
https://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/2016/07/alfonso-chase-apuntes-sobre-eunice-odio.html
https://sol-negro.blogspot.com/2011/03/eunice-odio-el-agata-de-fuego-por-raul.html
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/odio.htm

 

SELECCIÓN DE POEMAS DE EUNICE ODIO

Poema primero

POSESIÓN EN EL SUEÑO

Ven
Amado

Te probaré con alegría.
Te soñaré conmigo esta noche.

Tu cuerpo acabará
donde comience para mí
la hora de tu fertilidad y tu agonía;
y porque somos llenos de congoja
mi amor por ti ha nacido con tu pecho,
es que te amo en principio por tu boca.

Ven
Comeremos en el sitio de mi alma.

Antes que yo se te abrirá mi cuerpo
como mar despeñado y lleno
hasta el crepúsculo de peces.
Porque tú eres bello,
hermano mío, eterno mío
dulcísimo.

Tu cintura en que el día parpadea
llenando con su olor todas las cosas,
tu decisión de amar,
de súbito,
desembocando inesperado a mi alma,

Tu sexo matinal
en que descansa el borde del mundo
y se dilata.

Ven

Te probaré con alegría.

Manojo de lámparas será a mis pies tu voz.

Hablaremos de tu cuerpo
con alegría purísima,
como niños desvelados a cuyo salto
fue descubierto apenas, otro niño,
y desnudado su incipiente arribo,
y conocido en su futura edad, total , sin diámetro,
en su corriente genital más próxima,
sin cauce, en apretada soledad.

Ven
te probaré con alegría.

Tú soñarás conmigo esta noche,
y anudarán aromas caídos nuestras bocas.

Te poblaré de alondras y semanas
eternamente oscuras y desnudas.

(Del libro Los Elementos Terrestres)

 

Poema tercero

CONSUMACIÓN

Tus brazos
como blancos animales nocturnos
afluyen donde mi alma suavemente golpea.

A mi lado,
como un piano de plata profunda
parpadea tu voz,
sencilla como el mar cuando está solo
y organiza naufragios de peces y de vino
para la próxima estación del agua.

Luego,
mi amor bajo tu voz resbala,

Mi sexo como el mundo
diluvia y tiene pájaros,

Y me estallan al pecho palomas y desnudos.

Y ya dentro de ti
yo no puedo encontrarme,
cayendo en el camino de mi cuerpo,

Con sumergida y tierna
vocación de espesura,

Con derrumbado aliento
y forma última.

Tú me conduces a mi cuerpo,
y llego,
extiendo el vientre
y su humedad vastísima,
donde crecen benignos pesebres y azucenas
y un animal pequeño,
doliente y transitivo.

 

II

Ah,
si yo siquiera te encontrara un día
plácidamente al borde de mi muerte,
soliviantando con tu amor mi oído
y no retoñe…

Si yo siquiera te encontrara un día
al borde de esta falda
tan cerca de morir, y tan celeste
que me queda de pronto con la tarde.

Ah,
Camarada,

Cómo te amo a veces
por tu nombre de hombre

Y por mi cuello en que reposa tu alma.

 

(Del libro Los Elementos Terrestres)

 

Poema quinto

ESTERILIDAD

ESTERILIDAD

El hombre
nacido de mujer,
corto de días y harto de sinsabores;
que sale como una flor, y es cortado,
y huye como la sombra, y no permanece.
Job 14, 1 y 2

Tal como flor que sale
y es cortada,

Con la piel por donde huye
la risa de los niños,

Y llena hasta los muslos
de tristeza;
así es nuestra hermana
en cuyo umbral
naufraga el cuerpo de uso eterno.

Golpe de viento nuevo
inexperto en aromas,
y sin rubor azul ya despreciada sombra,
escombro de oro en sueños por las ramas.

Carne en que tropezara de costado
la gracia del alumbramiento,

fácil como los signos en reposo
por donde llega de la mano el niño;

Asomada al arrimo,
con media flor y apenas
medio rostro,

y con el vientre en que tembló
una piedra.

Con un desfiladero en cada pecho,
sola,
venas arriba por los ojos,

Sola
como el primer hombre cuando descubrió
la primera sonrisa
y se volvió,
de pronto,
con todo el cuerpo
a flor de fabuloso labio estremecido,
más solo que antes,
cuando no tenía sonrisa cotidiana
que dividir en dos pedazos triunfales;
cuando no pensaba en el otro
y descendía junto a su piel profunda,
roto entre los sonidos venideros
como pájaro en proyecto por los árboles:
júbilo de vacío jubiloso.

Como huella que cae
clara y sin cuerpo
y no levanta hoja
que al volver por el suelo,
alta de días,
instale al humus su unidad primera,

así es nuestra hermana.

Secreto cauce
quieto,
agua sin ruido.

Nacida de mujer,
corta de días, y harta de sinsabores;
que sale como una flor, y es cortada,
y huye como la sombra, y no permanece.

 

(Del libro Los Elementos Terrestres)

 

Poema séptimo

GERMINACIÓN

INTRODUCCIÓN
I
Oh don,
oh don de sí, tu pelo,
albo discurso,
designio azul,
futuro de jacinto.

Yo podría cantar una canción
para que me sospechen de humo, en aire,
y de animal tallado entre la espuma,
en larga, leve, carcajada de arpa

Yo podría traer al corazón recuerdos
como uñas cayéndose del alma.

Pero estoy casi al borde de tu cuerpo,

Pero está al pie del surco tu desnudo
en traje de profundidad;

Piensa en tu edad el mar y palidecen
delfines ciegos cielo arriba, en rama,
pesando más el cielo menos aire
mar con sólo las olas y sin agua.

Y tú a la orilla del paisaje tiemblas
ah, intramarino pescador de espumas
cuya cadera crece entre corales,

Crepúsculo manchado de violines,
compañero fugaz de mi costado.

 

II

Alguien pasa rozándome las venas
y se abre el surco entre la flor y el labio.

Es que llega la noche
en columna de amor y ruiseñores;
su casco azul, lacustre, enjuga el alba,
baja la niebla por su piel y huyen
roces de pluma herida y madrugada.

Y antes de ser,
para futuro arribo de planeta
tiniebla inaugural,
cristal esquivo,
quietud de sumergidos resplandores,
la noche es de aire y tallo oscurecido.

 

INTEGRACIÓN DEL ELEMENTO PATERNO

I
Y se dice que el objeto terrestre,
fundado en un suceso de palabra total,
vertebralmente se mueve resbalando sin fin,
fluyendo en cantidades de sombra hacia la luz,

hasta que una palabra del tamaño del aire lo detiene.

II
Y acampa un poco de tierra. No es que acampe,
es que establece su vértice pomposo,
integérrimo;

viene de un movimiento
que se tornó en secreta caída tutelar.

Su espacio se repliega,
en su labrado sueño persevera,
avanza por su ojo coronándose,
y claramente posa su borde natural,
para sellar la enunciación del trigo.

(Después no se ha sabido
cómo ascendió a la lengua en figura de trigo,
cuando pudo ser ala y vivir dulcemente.)

III
Pero entre tanto,
y mientras el azúcar se alza con sus cuatro costados preferidos,
un anticipo de aire, un soplo de oro insipiente,
le abre el color desde la nieve al trino.

De masa en masa,
hálito combativo la acompaña por todo su dominio,
de una especie a otra,

de una especie, al origen translúcido de su orden,
de la flor a su causa intransferible, según la cual,
la rosa,
sólo cabe en su diandro sonido,
en cuyo alto transcurso un pétalo se anuncia
con voluntad de seda vigilante,

callada y contenida de cerca por el polvo,
ornada y bien parida de lejos por el aire.

¡Oh causa intransferible de la rosa!
Según la cual, la rosa, sólo cabe en la rosa que la ciñe,
más que aquella otra que encerraba
la que nadie sabía quién era;

hasta que al fin, de día en día repetida,
secretamente hallada por el labio,
de pronto adivinada en la memoria,

llegó a ser Una,
impredecible,
rosa,

por quien todos preguntan teniéndola de espaldas
´
y saben que es la rosa, su criatura,
en cuya piel, por cándido ejercicio,
una abeja cambió su pecho nuevo
por un pecho de ángel.

IV

Acampa un poco de tierra dura, terrestre, elemental,
donde la piedra joven transparece,
y anuda humildemente la pasión que tendrá,
cuando un ojo y un labio la detengan
en la dulce palabra de su nombre,

y diga Ion al hombre que lo oía:
Es la piedra de todos,
piedra del que la nombre
en el nombre del cuerpo sagrado que le nombro;

piedra mía,

nuestra piedra,

cuya espuma lustral, aquí en mi lengua,
se oye caer, pequeña y poseída.

V
Mas no avanza la tierra,
(qué pálido desorden
para decir el orden pretérito del trueno),
es que se expresa en expansión de árbol,
asciende a tierna curva,
sin mirarla, se alegra de su forma.

Cabe ya en varias ramas;
gobiernan su criatura serenas longitudes,
en clave de jacinto edificadas.

VI

Viniendo de su origen
se ha desatado un resplandor incógnito;

tras de su movimiento le ha nacido

un movimiento
inmortal;

—gracia plena bajando por el oro inmanente
y de la umbría alzándolo con húmeda potencia,
para hilarlo en presencia de todos los metales–.

Un movimiento, uno,
subiendo por sus vías hacia el mármol
desnudo y obediente;

un giro más,

rotundo y dividido,
y la inicial de ciervo fragoroso,
aquella, apenas sombra, si florida,
apuntó en hierba y corrigió en balido
la cerval heredad,
áspera y rauda víspera primera,
de astado aceite y vegetal bifronte.

VII

Así, de un poro a otro,
de un arco a otro arco,
se reviste de especies solitarias.

 

PRÓLOGO DEL TIEMPO QUE NO ESTÁ EN SÍ

V
Los ríos conjugándose, ordenándose en sílabas de agua,
trasoían su límite de peces y de fuego.

VI

Apenas se escribían los frutos y los niños,
con el palote antiguo que reunía los verbos
antes en libertad, acéfalos, sin vías
en la ruta de una mañana eterna.

VII

La noche se soñaba su figura de mayo.
¿Cómo sería su verde partiendo de las hojas?
¿Cómo sería su verde ya cercano
a tan claro designio de laureles
y razonado en pétalo profundo?

Quería una palabra para escuchar su color en la noche.

VIII

Los ángeles buscaban un cuerpo para el llanto,
con el sexo menor posado en una lámpara,
y su peinado, apenas pronombre de las olas.

IX
Las islas navegaban rumbo un pueblo de cobre,
madurando en peceras su sol de porcelana,
mas noche y día las encontró la arena,
con el oído al pie de la colmena,
y con sus musgos dando su lámpara ordenada

X
Más allá de su arrullo, a un año de sus vísceras amadas,
el arpa desataba su sonrisa, sus tálamos nacientes.
Era ya necesario organizarle la cuerda
y la estatura que crecían a la altura del álamo;
pronto entraría

en sus obligaciones de armonía.

XI

Allá en su edad,
–seca, sin fin memoria de la nieve–
el frío creaba su niñez.
Nadie sabía si era un quelonio mortal,
o el corazón sin fecha de un anillo perenne.

Todos lo amaban y lo confundían
con su asonancia de oro sembrado en el desierto.

Ya lo anunciaba la ciudad llena de cosas jóvenes.
Un día vendría el relámpago a soplarle los hombros,
un huracán liviano lo llevaría consigo;

desde entonces el frío resonaría
con los que lo olvidaron hace siglos,
hace nueve sollozos de abejas insepultas.

XII
El océano sólo era una larga presencia de caballo
alrededor del mundo,

y el caballo era, apenas, un labio descifrado
y perdido de súbito,

sal,
víspera del agua,
ingrávida y solemne.

XIII

Los cristales designaban unánimes costumbres y gestiones:
el humilde epídoto trepaba por el cuarzo
con gecónida pata;

y el cristal de roca en su perímetro oscilante,
rehuía los contactos con el hierro,
y al pasar por coléricos destellos,

se afirmaba sin mancha.

XIV
Corderillos adentro, mariposas adentro,
dándole honor al polvo,
colmándolo de azules convenciones y seres imprevistos,
se fundaba la gracia carnal de las ciudades.

XV

La abeja resumía en su seno de virgen prematura,
la abreviada dulzura de un padre inagotable.

XVI
Era la paz primera que nadie repetía.
Andaba ya un gran hueso buscándose al oído,
de la mañana al bronce, de la noche a los ciervos.

XVII
Era en la infancia de Dios,
cuando hablaba con una sola sílaba,

y seguía
creciendo en secreto.

 

ACORDE FINAL

Al borde de alegres segadores tiembla el agua,
y ofrece para el orden del labio complacido
dulce rumbo crecido de preñadas mañanas,
y agraria transparencia, dulcemente encendida.

El trigo coronado de apretada espesura,
retiene el desbordado color con que le ordenan
-vecino de la carne- colmarse en primavera.

El ganado decrece tiernamente en lo oscuro
donde dilata el suelo su asombrosa corriente,
y la abeja termina su tránsito de nieve,
y su majada oculta sobre tímidos jaspes.

Y tú, Amado,
que pones rumbo fijo al arado
que circuye la tarde y apresura la rosa,

Dónde tienes el pecho frondoso de raíces,
dónde la sien desnuda sin regazo ni término.

Sobre los pastos suaves, cándidos mayorales
habilitan la uva en que se aloje el vino,
y congregan el clima en que crezca su aroma
y reparta en la lengua manojos de alegría.

Así el verano atiende su reciente hermosura
y sobre el viento solo distribuye sus pájaros.

Así el nácar esparce su quietud y deleite
y su color silvestre reanuda y apacienta.

¡Oh dádivas,
Oh dones terrestres,
Oh suaves alimentos;

Sólo agotar la siembra con el pecho,

Sólo desembocar al gozo y detenerse

Oh piel,

Oh ceniza colmada y balbuciente!

 

SATCHMO LIROFORO

¿Te acuerdas, Louis Armstrong,
del día en que viajamos por un corredor de sonidos
que amábamos hasta la muerte?
¿Recuerdas la onomatopeya que no salió al paso
y que nos dio un trono de un solo golpe?
Parece mentira, Louis, amor mío,
que hayamos compartido tantas cosas,
tantas ramas
y tan gran número de espumas.
Parece imposible, Louis,
que entre nosotros se deshagan
las formas del azul que nos acompañaban;
que tú, dardo, arma del ángel vivo,
te lances a donde nadie podrá reconocerte sino por tu alegría,
por tu voz de durazno,
por tu manera de prolongarte en la luz
y crecer en el aire.
No creo que haya desaparecido del mundo
la manada de resplandores que nos seguía.
Más bien creo que se ocultan en el tiempo
y que no será consumidos.

Tú, continuación del fuego,
pedestal de la nube,
desinencia de mariposa,
andas hoy al garete entre harinas
y entre otras materias incorruptibles que te guardan
como guardan a todos los justos,
a todos los hermosos
cuya hermosura viene de lejos y no se va nunca,
y se incendia cada día
igual que la altura.

Satchmo, querido hasta la música,
soñado hasta el arpegio,
las arpas de David y sus graves de cobre
te están tocando el alma
y los clavicémbalos el cabello sin fin.

Ricardo Wagner está de pie, aguardándote en una azotea tetralógica,
lleno de flores que andan y crecen continuamente.
Ricardo Wagner está en sí mismo
viendo que llegas al dominio de los cristales,
armado de la trompeta bastarda y de la baja
tocando un son del viento,
sonando como un trueno
recién nacido, y húmedo y perfecto.

Y yo, sombra sonora del futuro
también estoy allí,
soñada por dos cuerpos transparentes
que se besan y funden y confunden
en la gran azotea tetralógica
donde todo es tan claro como Dios
y el amor
y los árboles.

DECLINACIONES DEL MONÓLOGO

I
Estoy sola,
muy sola,
entre mi cintura y mi vestido,
sola entre mi voz entera,
con una carga de ángeles menudos
como esas caricias
que se desploman solas en los dedos.
Entre mi pelo, a la deriva,
un remero azul,
confundido,
busca un niño de arena.
Sosteniendo sus tribus de olores
con un hilo pálido,
contra un perfil de rosa,
en el rincón más quieto de mis párpados
trece peregrinos se agolpan.
II
Arqueándome ligeramente
sobre mi corazón de piedra en flor
para verlo,
para calzarme sus arterias y mi voz
en un momento dado
en que alguien venga,
y me llame…
pero ahora que no me llame nadie,
que no quepo en la voz de nadie,
que no me llamen,
porque estoy bajando al fondo de mi pequeñez,
a la raíz complacida de mi sombra,
porque ahora estoy bajando al agónico
tacto de un minero, con su media flor al hombro,
y una gran letra de te quiero al cinto.
Y bajo más,
a las inmediaciones del aire
que aligerado espera las letras de su nombre
para nacer perfecto y habitable.
Bajo,
desciendo mucho más,
¿quién me encontrará?
Me calzo mis arterias
(qué gran prisa tengo),
me calzo mis arterias y mi voz,
me pongo mi corazón de piedra en flor,
para que en un momento dado
alguien venga,
y me llame,
y no esté yo
ligeramente arqueada sobre mi corazón, para verlo,
y no tenga yo que irme y dejar mi gran voz,
y mi alto corazón
de piedra en flor.

 

NUBE Y CIELO MAYOR

A los milicianos de dentro y fuera

Porque en España ardía la voz,

Ardía el vientre floral de la mujer
encinta con el mundo,

Ardía la arteria triste desnuda

Ardía el humus conciso de los hombres,

Ardía el húmedo estuario de tu daga
total y coronada.

Porque en España
se cubrían de lujosos cadáveres
los párpados de las muchachas

y el alba cercenada
soñaba con obispos y medusas,
y murmuraba el hombre su cándida estatura
más allá de su muerte conquistada,

Porque en España
Miliciano español
encubierto de escombros doloridos,
y tu cielo veloz acuchillado,

Mientras los enlutados
perdían tu ancha jornada de magnolias,
y revolvían
hasta variarla toda,
la gracia popular de las tahonas,
tú estabas en la época lluviosa de tu sangre,

y tu cuerpo,
en aire de paloma entrecortada,
recorría este suave desorden de ecuadores,
esta fácil ternura de los rostros de América.

Salud
Miliciano Español
a tu frente militar
y a la turbia excelencia de tu sangre,

Salud a tu mejilla levantada,

Salud
Miliciano Español

Discípulo tatuado
en la cubierta extraña de Guernica,

Salud al espinazo de tu espada,

Porque en España,
cuando los enlutados
pacían en tu dulzor enrojecido,
y comían de tu carne derramada,
tú eras como un ángel escolar
en la esquina del mundo,

como un sol destapado con tu herida,

Salud
Miliciano Español
griterío original de días degollados,

Herida desplomada en las puertas del hombre,

para que el hombre oyera
tu iracunda fragancia
y acogiera
el alto decaer de tu cintura,
el cálido color de tu armonía,

Salud a tu lacónica silueta
melancólico el gesto entre las rocas,
y la mirada envuelta en una lágrima,

Salud
hasta tu corazón más íntimo,
y en tu sudor más íntimo,
y hasta en el dorso
más olvidado de tu hueso,
desordenado y alto,

Salud a esa tu muerte tan desechada,
tu muerte aun húmeda y sola
al socaire del olivo,

Salud
Miliciano Español,

Dinamitero que ardes
con tu boca en amas
y tu fragor al cinto,

Salud hasta en tu niño fusilado
que deslinda su ombligo entre tu frente,

Salud
Miliciano Español

Porque cuando en España
los arzobispos desfondaban a Cristo
y le pateaban el muslo y los dedos largos,
tú estabas con el rostro dividido
y con el sexo lleno de semanas
eternamente oscuras.
Porque cuando los militares de medio rostro
mutilaban la era embarazada
y se masturbaban la mente con un paraguas,
tú estabas cerrado a todas las sangres,
parado sobre todos los asaltos,
y tu cuerpo de suave corola destituida
tenía una voz para tu mismo cuerpo,

Salud
Huésped funeral y hermoso,

Salud
entre tu frente que está al socaire del olivo
aun sola;

porque aún
entre los relojes de los bufetes
y de los tocadores,
los arzobispos y los medios rostros de los traidores,
se masturbaban la mente con un paraguas,
y en tu España,
en la mía,
en la de todos,
aún arde tu cuerpo como un clavel de asalto.

Aquí,
amigo,

Miliciano español
poblado hermano nuestro,
sobre tu corazón de polvo y estampido
nosotros estamos parados al pie de las cosechas,

Sobre lo que parece que se ha roto en el llanto,

Estamos todos,
mostrando el tanto de brillo de una lágrima.

Somos los apasionados magníficos,
los pequeños exaltados
siempre floridos,

los de rostro transitable,

Estamos todos
esperando sobre la piedra erguida,
somos los de dentro y los de fuera,

somos todos los americanos.

 

SI PUDIERA ABRIR MI GRUESA FLOR…

Yo no me dejar humillar por las cosas irracionales:
penetrar lo que haya en ellas de sarcasmo hacia mí
haré que las ciudades y civilizaciones se me rindan.
W. Whitman

 

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre
no quiero acordarme…
Cervantes

Eunice andaba en el sueño
con zapatos de vigilia,
¡ay, Eunice, por tus pies
te van a negar el día!
Eunice Odio

 

Si pudiera abrir mi gruesa flor
para ver su geografía íntima,

su dulce orografía de gruesa flor:
si pudiera saltar desde los ojos

para verme, abierta al sol,
si no me golpeara de pronto, en la mejilla,

esta reunida sombra,
esta orilla de silencio

que es lo que ciertos pañuelos a la lágrima,
un aposento blanco, descubierto.

Si pudiera quedarme abierta al sol
como el sencillo mar

y alta, recién nacida hija del agua,
creciera mi color al pie del agua.

Por qué no he de poder desnudarme los pies
en una casa en que los alfabetos ascienden

por el labio a la palabra, y en que duendes de menta,
sirven té verde y florecida sombra.

Por qué no he de poder
desnudarme los pies en una casa

en que todos los días
un año desviste su estatura melancólica,

y en que la costa azul de un relicario
guarda el retrato de un vecino de mayo que se ha ido.

Sin embargo

no puedo desnudarme los pies en esta casa
ni poner sobre la mesa el corazón.

Pero puedo abrirme como una flor
y saltar desde los ojos para verme,

abierta al sol.

Granada, Nicaragua,  Junio 12 de 1946

 

DOS PROLEGÓMENOS PARA UNA CANCIÓN

En mi oído se reclina el agua.

No se desploma, no,
que tiene mi corazón
anchas ventanas,

y en mi oído

reclinada

el agua

corre
por dentro
y canta.

II

Se oye el agua reclinándose
en el musgo.
Es la semilla alegre
del agua
que descansa
o el día hilando
el pequeño desnudo
de los pájaros.
Se oye el cristal agreste
desatando en el alba
su corriente,

es el rocío que hiere
con su pata celeste…

…escucha
se ha quedado sola como mi desnudez
la rama.

Es que regresa al aire la azucena,
es que cae el aroma

¡calla!

que en mi oído reclinada

el agua

canta.

 

AL POETA WILLIAM CARLOS WILLIAMS

En él estaba contenida
la enramada.

Era su voluntad,

una entrada
en los claros designios
de las aguas.

Los sonidos del cielo
se oían con su oído.

(Cuando Dios hizo un ruido
que no probó la luna,
ni se aclaró en el viento,

él creyó que llegaban
los rumores del alba,

y es que oyó que el silencio
de Dios se sosegaba).

Cuando lo vi
rodeado de la tarde,

-rostro de isla,
longitud de aire-,

cuando llegué hasta él
desde mí misma,

la espiga que era niña
vertió su corazón:

lo dio al agua de abril,
a la sombra de mayo,
lo dio al ardiente paso del verano.

El ruiseñor yacente
soñó con el laurel,

y el laurel
con el ciervo transparente.

Y el mundo que era un ojo
cerrado a la cadencia
del ala, de la piedra, del torrente,

se abrió, miró su forma,
amó su imagen viva para siempre.

Vio que era bueno
porque en si tenía,
el ámbito del vuelo.

 

RECEPCIÓN A UN AMIGO

Lo sigo,
lo precedo en la voz
porque tengo,
como el humo en despoblado,
vocación de acuarela.

Cuénteme
cómo son ahí las cosas de consumo:

libros,
rosas,
tintineos de golondrina.

Aparte de todo eso
le pregunto

por los mangos geológicos
bordeándolo de pulpa,

y por un río nuevo,
sin mirarlo,

con pueblos de sonido
y longitud de Arcángel.

Dígame algo también sobre el pequeño litoral
donde recientemente el día,
como un celeste animal bifronte,
acampó en dos acuarios
y se llenó de peces.

O si lo recibieron unánimes los árboles
como cuando eligieron a la primera alondra del año
y el día de florecer.

Resúmame ahora que tiemblo
benignamente
detrás de una golondrina,

ahora que me proponen públicamente
para desnudo de mariposa

y estoy como las rosas
desordenando el aire.

 

ALBA

Pájaro que albas madrugas
por posarte en ramas verdes…
Blas Franco

Alba
de corazón amedrentado
y de sandalia entre las hojas.
Queda,
de crestas frías desbridadora
tenue,
en lumbre ardida,
y de color
abierta.

Frutal en corazón originado,
vierte el cuenco de alondras
para el día.
Cuerpo alegre quemándose los dedos
va el alba rosa en mineral vestido.

Alta está la azucena descubierta
donde un aire caído se apresura
a ser aroma donde el suelo brota.

Ahí donde el claror brisas deslumbra,
un buey azul, con deshojado belfo
la orla gastada de la luz consume.

 

DE NOCHE, POR ESAS NOCHES, POR ESOS MUROS

De noche,
con la estrella,
se ve muy alto el muro vecino
sobre el mundo,
y hasta parecen muelles en sus aguas gastadas,
y hasta hay niños que purgan
una pena de alondra.
De noche
con la estrella
hay corazones de hombre
que oscilan
sobre el muro.

 

DE UN POEMA DE CUATRO ACENTOS

A Pedro Juan Labarthe,
mi poeta y hermano de siempre.
Por ahí viene volando
mi corazón de ajedrez.

No tiene bordes
ni diámetro,
ni camina con los pies,

tiene dos blancas ramitas
agudas de largos viajes,
y altas
si lo quiere el día.

Por ahí viene volando
mi corazón de ajedrez.

Mira si puedes cogerlo!

Una, dos tres!

Corazón de blancas ramas
se te fue.
Ay!

Se te fue el corazón,

Mira si puedes cogerlo
otra vez.

 

DOS POEMAS PARA EL DESVELO

Hoy Verte
como nunca. Es no ganar aroma
Amado,
era tu nuca suave, Sino perderte en el viento.

Y tu mejilla, Verte es no saber ya ver
un kilómetro en blanco purezas de jazminero.
Que llegaba del aire
Tenerte es traer el cielo
Hoy de cuatro puntos distantes.
Como nunca,
Amado, Amor,
se trasladan cerezos
a tu casa, Emigrante azul,

y por tu cuello pasan Sub-rosa de los estanques,
en crucero,
ciertos peces rosados. Ah!

Qué dulcísima fábula
Yo, de azucenas extraviadas,
entretanto,
fijo la variación coral Qué ángeles de cuatro sílabas
de los radiogramas, entre el temblor de las manos,

y un río inédito Amarte
anota
sus mojadas costumbres es no tener ya forma
en tu pelo para tu cuerpo es el alma.

 

ESAS MUJERES PERDIDAS

A Nicolás Guillén, enorme
poeta y gran amigo.

Esa mujer que vimos
pegándose a la luz,
apropiándose los faroles,
con los ojos en veredas caídas,

Señora exacta y sola es,

y va a morirse
en uno de estos días.

Me lo dijo en secreto
aquel señor que se nutre de
diminutivos
esclarecidos y esfumados
en las salas de fluoroscopía.

Yo la había visto ya antes;
cuando solía irse
entre las voces y los cuerpos
de los hombres,

Señora exacta y sola de la umbría,
limpia de albas presencias,
merodeando entre los brazos
hondos de los prostíbulos,

desafiante de coloraciones dudosas,

enlutado de tréboles
su cuerpo todo un gajo
de nocturnas perspectivas,

marchando tras las voces airadas y
rugosas entre predicadoras hierbas
y cacerías displicentes,

y ahora va a morirse,
decayendo,
tenaz en su morir,
líquido el paso
descontinuado y hosco,

Señora exacta y sola.
Limpia de albas presencias.

 

APRISIONADA POR LA ESPUMA

I
Aprisionada en cárceles de espuma,
en la medida de tu cuerpo,
no veo pasar la noche,
sólo veo el día
que entra por tus axilas transparentes
y te desnuda.

Veo, amor mío,
el lecho donde estamos
y compartimos
las dádivas,
los cielos…
Todo lo que nos negó y afirmó como lo que somos:
mil años de alegría corporal
y materia sin sombra
y palabras
que se dicen diurnamente porque vienen del aire
y hay que oírlas y decirlas
a través de los árboles
y en lo que no se escribe porque aún no se inventa su
nombre;
porque su júbilo
todavía no ha sido descubierto
y las flores de su alrededor
aún no son cosas del viento
(aún no han ido a un invierno ni regresado a la primavera).

II

Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos,
igual que van los ríos a los pájaros
y ellos al espacio desatado y florido.

Vengo de ti a la era
donde todo es de todos:
los que llegan, los que se han ido,
los que aún no han venido,
los que no volverán…

Porque eso es tu cuerpo:
un adentro, un afuera compartido
por mí y por el viento,
por el mar y los seres que lo guardan;
por el color y las embestidas del otoño,
y las andanzas del verano
¡que viste cosas silvestres
y es custodio de las abejas
y funde las hierbas en un crisol matutino,
en una prolongación de azucenas.

 

EPÍGRAFE

I
Tu mano en que desdoblan ruiseñores
su pálido desnudo,
su ancho pecho de musgo coronado,
es mano que abre al viento reclinado
claro jazmín entre la sien oscura.

Sí, deshojada el agua entre la frente,
labra pequeña placidez de lirio
y entre los dedos gajos de violines.

II
Tiende el oído y óyeme esta canción
que es como semilla de estaciones.

Que es como la casa de verano
donde me crece de la mano un niño,
y el alma da empujones a la orilla,
y es como piel el alma -no se siente.

Entraremos de pronto en el verano como árboles
vegetalmente abiertos de oídos y de polvo,

Porque todo refluye hacia el arribo,
asciende el vientre a capital de fruto
y el aire hacia ecuación de golondrina.

¡Brotes sacramentales de la hierba,
oh, dádivas subiendo de la entraña,
suma de transitados alimentos!

Y a la altura del pecho y la labranza
semilla de silencio y luz desierta.

Todo regresa hasta su forma exacta.
La vida retoma su ambición pequeña
de ser, del todo, vegetal profundo,
recóndito edificio y luz abierta.

 

AL POETA WILLIAM CARLOS WILLIAMS

Todo el árbol
está contenido en él.

Es su voluntad,

una entrada
al claro diseño
de las aguas.

Música celestial
despierta en su oído.

(Cuando Dios se movió,
la luna nunca varió
ni el viento,
un rumor
del amanecer que se acercaba,

la quietud se convirtió en
el silencio de Dios.)

Cuando lo vi
una tarde

—un rostro de isla
en el aire—

cuando llegué a él
desde adentro,

el trigo germinando
brotó de su corazón:

era abril
a mayo encabritado,

la transitoriedad del
verano aquietada.
El ruiseñor a gusto
sueña con el laurel,

y el laurel
del corazón que todo lo ve.

El mundo es un oído cerrado
a la cadencia del
ala, la piedra y el torrente,

contempló su forma,
amó eternamente
su imagen viviente.

Vio que era bueno
porque en él se contenían
los límites del vuelo.

(Traducido del español por William Carlos Williams.)

[ 1]: Por su valor literario, se incluye la traducción del propio poeta.

 

LA LLUVIA

La lluvia
ha dejado guardado su vestido,

para que no lo vean las furias,
para que no lo toquen los pararrayos
con sus dedos de vino
y llanto.

La lluvia,
melancolía de nube descendida,
ha dejado guardado su vestido
en las puntas del aire.

Sobre la falda
se pasean los pájaros,

entre su burla de agua
la sonrisa menor de los arcángeles.

 

YO NO TE HABÍA VISTO, ROSAL

Yo no te había visto,
rosal,

pero un día
supe que ahí,
en la tarde,
cayendo de sí misma
se te ahondaba una rosa,
y hábiles deshojaban
tus pétalos
menudas cercanías
de palomas.

 

CORAZÓN CON PARQUE Y NIÑOS

Angeles de cuatro sílabas,
llevaban tu corazón.

Lo dejaron en el parque
suma de arribo, temblor –
Contracielo del estanque,
agua que nunca llegó.

Ahora,
cuando los niños,
dibujan con tiza el mundo,
y llueve sobre la gente,
campana de crepúsculo,
tu corazón a la sombra
consulta en los silabarios
lleno de pecho y de humo.

 

NATALIA, LA NIÑA DEL PINTOR GRANELL

Ahora estoy en esta ciudad
peligrosamente armada de riesgo
y llenos de accidentes la voz,
el traje claro,
el pulso de amor.

Uno de estos días en que andaba callada
y recorriendo para siempre mi espalda,
de pronto resbalé sin fin,
mi caída atravesada por un astro.

Por todo eso:

peligro,

gracia,

riesgo,

me es grato recordar su casa instalada en el mundo
para que su mujer se aclare las trenzas
que le suben como árboles;

para que su mujer agrupe la miel
y la apretada harina
en altos signos cotidianos.

Su casa instalada en el mundo
donde violentamente armándose de lámparas,
corazón al cinto,
pinceles al alma,
secreta la memoria,
se reorganiza su salida al sueño.

Aparte de todo eso
recuerdo a la muchacha de los peces impalpables
a quien con otra voz, con otra cifra,
espera el mar sentado en su banco de arena
o disfrazado de pez en el olivo;

y su desnudo de un caballo atormentado
cuyo balido de varón prematuro
reanuda el cielo más allá del aire

También,

y poco a poco,

como cuando en la infancia
yo soñaba que un sueño me dolía
recuerdo al muchacho que yo amaba:

una tarde íbamos por mi cuerpo
con alegría de arpas cosechadas,

cortadas en la mañana,
y húmedas.

Entre tanto, a treinta mil kilómetros de mi alma
y mientras yo recuerdo,

Amparo, su mujer, vestida a la moda de las amapolas,
canta una canción.

Luego dice: (el silencio le pica las venas
como un pájaro):

-¡Qué hermosa está la niña.
Es ya la piel azul de las jardinerías!

Yo me miro por dentro,

preparo lentamente
un acto de terciopelo…

…De súbito, en la ventana,
sin que nadie lo sienta,
un ángel se desviste de río pequeño,
pone a secar la brisa y se derrama.

Después quieren que yo no escuche,
que no salte la niña,

(la niña da un salto de lámpara que se abre,
de norte a sur recorre una azucena)

¡que nadie la vea!
La niña se me acerca allá en mi pecho,
la oigo perder su paladar sin venas.

(Cerca de la ventana,
con poco pie de barco distraído
ha caído un deseo de irse volando a nácar

el mar,

todo verde).

Pero dice la niña allá en mi oído:

-El mar ha salido de paseo por las playas,
¡qué dirían los viejos cocodrilos si lo vieran!

(¡qué nadie lo sepa!)

La niña tiene un retrato del mar

(¡Qué nadie lo vea!)

YO QUISIERA SER NIÑA…

Yo quisiera ser niña
para acoplar las nubes a distancia
(Claudicadoras altas de la forma),

Para ir a la alegría por lo pequeño
y preguntar,
como quien no lo sabe
el color de las hojas
¿Cómo era?

Para ignorar lo verde,
el verde mar,

La respuesta salobre del ocaso en retirada,
el tímido gotear de los luceros
en el muro vecino,

Ser niña
que cayera de pronto
dentro de un tren con ángeles,
que llegaban así, de vacaciones
a correr un poquito por las uvas,
o por nocturnos
fugados de otras noches
de geometrías más altas.

Pero ya, ¿que he de ser?
Si me han nacido estos ojos tan grandes,
y esos rubios quereres de soslayo.

Cómo voy a ser ya
esa que quiero yo
niña de verdes,
niña vencida de contemplaciones,
cayendo de sí misma sonrosada,
… si me dolió muchísimo decir
para alcanzar de nuevo la palabra
que se iba,
escapada saeta de mi carne,

y me ha dolido mucho amar a trechos
impenitente y sola,
y hablar de cosas inacabadas,
tinas cosas de niños,
de candor disimulado,
o de simples abejas,
enyugadas a rosarios tristes.

O estar llena de esos repentes
que me cambian el mundo a gran distancia,

Cómo voy a ser ya,
niña en tumulto,
Forma mudable y pura,
o simplemente, niña a la ligera,
divergente en colores
y apta para el adiós
a toda hora.

De "Tránsito de fuego"

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