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BIOGRAFÍA DE LA POETA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA
Gertrudis Gómez de Avellaneda, nace en Puerto Príncipe, Cuba, el 23 de marzo de 1814 y muere en Madrid el 1 de febrero de 1873. Fue una novelista, dramaturga y poetisa cubano-española del Romanticismo. Se instaló en la península ibérica a los veintidós años, donde comenzó a publicar bajo el seudónimo de «La Peregrina» y se dio a conocer con la novela Sab, considerada la primera novela antiesclavista.
Es considerada como una de las precursoras de la novela hispanoamericana, junto a Juana Manso, Mercedes Marín, Rosario Orrego, Júlia Lopes de Almeida, Clorinda Matto de Turner, Juana Manuela Gorriti y Mercedes Cabello de Carbonera, entre otras. De formación neoclásica, fue valorada en su época como una de las figuras clave del romanticismo hispanoamericano. El tratamiento que dio a sus personajes femeninos la convirtió en una de las precursoras del feminismo moderno. Entre su vasta obra, destaca su novela histórica Guatimozin, último emperador de México (1846) y sus piezas teatrales Saúl (1849) y Baltasar (1858), considerada esta última como una de las obras maestras del teatro romántico.

Referentes como Margarita Nelken han reseñado sus obras, y entre sus coetáneos contó con la admiración de su amigo Alberto Lista y el político, orador y alcalde de Madrid Fermín Caballero. Tanto Juan Valera como Marcelino Menéndez y Pelayo fueron grandes admiradores de su obra, considerándola como una de las más grandes poetas de lengua castellana y refiriéndose a ella como «la poetisa más grande de los tiempos modernos».
Gertrudis de los Dolores Gómez de Avellaneda y Arteaga nació el 23 de marzo de 1814 en Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, en la entonces provincia española de Cuba. Fue la hija mayor del matrimonio formado por Francisca María del Rosario de Arteaga y Betancourt, una criolla cuyos antepasados provenían del País Vasco y las islas Canarias, y Manuel Gómez de Avellaneda y Gil de Taboada, un oficial naval español de Constantina, provincia de Sevilla. El padre de Gertrudis había llegado a Cuba en 1809 y tenía dos hijos anteriores al matrimonio, y en común tuvieron cinco hijos, pero solo ella y su hermano Manuel sobrevivieron a la infancia. Su padre falleció en 1823, y su madre volvió a casarse diez meses después con el militar español Gaspar Isidoro de Escalada y López de la Peña, de origen gallego, con quien tuvo tres hijos: Felipe, Josefa María de la Luz y Emilio Isidoro. Gómez de Avellaneda, no mantuvo una buena relación con su padrastro, al que consideraba muy estricto.
Su familia le preparó un matrimonio de conveniencia que ella rechazó en 1830. Gómez de Avellaneda empezó a experimentar un desencanto familiar y social que coincidió con la muerte de su abuelo, su único apoyo al romper su compromiso matrimonial.
En 1836 su padrastro convence a su mujer de la conveniencia de vender las propiedades en Cuba e instalarse en la Península. La familia zarpó hacia Europa el 9 de abril de 1836, y durante los dos meses de viaje, Gómez de Avellaneda compuso uno de sus más conocidos poemas: el soneto «Al partir», una composición antológica por excelencia, marcada por el desgarramiento existencial, y que posteriormente encabezará su producción en el futuro. Finalmente llegaron a Burdeos, donde pasaron dieciocho días, visitando en las cercanías de la comuna de Martillac el mítico castillo de la Brède y el centro espiritual «La solitude» de la Congregación La Sagrada Familia de Burdeos.

Finalmente, ya en la Península, se establecieron durante dos años en La Coruña, ciudad donde vivían los familiares de su padrastro, y donde escribió sus primeras seis composiciones, entre ellas «A la poesía», «A las estrellas», «La serenata», «A mi jilguero». En la capital gallega mantuvo una relación amorosa con el hijo del capitán general de Galicia, Mariano Ricafort Palacín y Abarca, pero el noviazgo se rompe porque el joven Ricafort no consideró oportuno que su novia se dedicara a escribir poesías.
De La Coruña pasó, junto con su hermano Manuel Gómez de Avellaneda, a Andalucía y allí, gracias a la amistad que entabló con Alberto Lista y el joven Manuel Cañete, publicó versos en varios periódicos de Cádiz y Sevilla (La Aureola de Cádiz y El Cisne de Sevilla) bajo el seudónimo de La Peregrina, que le granjearon una gran reputación. Instalada definitivamente en Sevilla, es donde en 1839 conoce al que será el primer gran amor de su vida, Ignacio de Cepeda y Alcalde, joven estudiante de Leyes con el que vive una tormentosa relación amorosa, nunca correspondida de la manera apasionada que ella anhelaba, pero que le dejará una imborrable huella. Para él escribió una autobiografía y gran cantidad de cartas, que publicadas a la muerte de su destinatario, muestran los sentimientos más íntimos de la escritora. Los originales de las mencionadas cartas, así como la autobiografía y otros documentos de suma importancia para el estudio de la autora, se encontraron en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. En el verano de 1840, estrenó en Sevilla su primer drama titulado Leoncia.
En otoño de ese mismo año se marchó a Madrid, donde se instaló e hizo amistad con literatos y escritores de la época. Al año siguiente publicó con gran éxito en Madrid su primera colección de versos titulada Poesías, que contenía el soneto «Al partir» y un poema en versos de arte menor dedicado, como indica su título, «A la poesía». En 1841 publicó su novela Sab. En 1842 publicó Dos mujeres, novela en la que apoya el divorcio como la solución a una unión no deseada, cosechando sus primeros detractores por el abierto feminismo que ya destaca en su obra. Su tercera novela será Espatolino, obra de corte social, en la que denuncia la terrible situación en que se encuentra el sistema penitenciario de entonces. En 1844 estrena Alfonso Munio su segunda obra de teatro. El triunfo fue apoteósico y la fama de la escritora sube a niveles insospechados.

Por aquellos años ha conocido, entre otros, al poeta Gabriel García Tassara. Entre ellos nace una relación que se basa en el amor, los celos, el orgullo y el temor. Tassara desea conquistarla para ser más que toda la corte de hombres que la asedian, pero tampoco quiere casarse con ella. Está enfadado por la supuesta arrogancia y coquetería de Tula, escribe versos que nos hacen ver que le reprocha su egolatría, ligereza y frivolidad. Pero Gómez de Avellaneda se rinde a ese hombre y poco después casi la destroza. En 1847, se encuentra embarazada y soltera en el Madrid de mediados del siglo XIX. En su amarga soledad y pesimismo, viendo lo que se le viene encima, escribe «Adiós a la lira», que es una despedida de la poesía. Piensa que es su final como escritora. Pero no será así. En 1845 obtuvo los dos primeros premios de un certamen poético organizado por el Liceo Artístico y Literario de Madrid, momento a partir del cual Gómez de Avellaneda figuró entre los escritores de mayor renombre de su época, convirtiéndose en la mujer más importante de todo Madrid, después de Isabel II.
En abril de ese año tiene a su hija María, o Brenhilde, como ella prefiere llamarle. Pero la niña nace muy enferma y no le dan esperanzas de que vaya a sobreponerse. Durante ese tiempo de desesperanza escribe de nuevo a Cepeda.
Son escalofriantes las cartas escritas por Gertrudis a Tassara para pedirle que vea a su hija antes de que muera, para que la niña pueda sentir el calor de su padre antes de cerrar los ojos para siempre. Brenhilde muere a los siete meses sin que su padre la conozca.
El 10 de mayo de 1846 se casó con Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid, que se convierte en su primer esposo. Era un hombre con aficiones literarias, adinerado y algo más joven que ella. Sin embargo, este padece una grave enfermedad, y los recién casados viajan a París en el intento de buscar una cura a la dolencia del enfermo, pero el 1 de agosto, durante el regreso, Pedro Sabater muere en Burdeos en brazos de su esposa. Gómez de Avellaneda, totalmente desesperada se recluyó en un centro espiritual perteneciente a la Congregación La Sagrada Familia de Burdeos, lugar donde escribió Manual del cristiano. Tras morir su primer esposo compuso dos elegías que se cuentan entre lo más destacado de su obra poética. Estos, y los dos poemas titulados A él dan cuenta de sus experiencias personales, aunque habitualmente ella no utilizaba como materia directa de su producción lírica. Más tarde apareció una segunda edición aumentada de sus Poesías (Madrid, 1850).
Movida por el éxito de sus producciones y acogida tanto por la crítica literaria como por el público, en 1853, a raíz de la muerte de Juan Nicasio Gallego, su gran amigo y mentor, presentó su candidatura a la Real Academia Española.
Aunque fue admitida en el Ateneo de Madrid y en el Liceo Artístico y Literario, sus aspiraciones a Académica de la lengua se vieron frustradas; sobre ello escribiría años más tarde Emilia Pardo Bazán unas cartas publicadas en La España Moderna.
La Avellaneda fue la primera mujer candidata para la RAE, rechazada con el argumento de que el reglamento de la institución no contemplaba la entrada de mujeres. Más de un siglo después, en 1978, Carmen Conde fue la primera mujer en la Academia.
Se casó nuevamente el 26 de abril de 1856 con un político influyente, el coronel Domingo Verdugo y Massieu. El matrimonio viajó a Cuba en 1859. En Cuba desarrolló su faceta periodística como fundadora, directora y redactora principal de Álbum cubano de lo Bueno y lo Bello y allí volvió en 1859 para ser homenajeada. En una fiesta en el Liceo de La Habana fue proclamada poetisa nacional. A finales de 1863 moría su esposo, lo que acentuó su espiritualidad y entrega mística a una severa y espartana devoción religiosa.
En 1864 regresó a la Península, tras pasar por Nueva York, Londres, París y Sevilla. Se reinstaló en Madrid, muriendo a los cincuenta y ocho años de edad el 1 de febrero de 1873. Sus restos reposan en el cementerio de San Fernando de Sevilla junto a los de su esposo y su hermano Manuel.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
https://es.wikipedia.org/wiki/Gertrudis_G%C3%B3mez_de_Avellaneda
SELECCIÓN DE POEMAS DE GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA
A ÉL
No existe lazo ya: todo está roto:
plúgole al cielo así: ¡bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.
Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡nunca, si fuere error, la verdad mire!
Que tantos años de amarguras llenos
trague el olvido: el corazón respire.
Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano…
Mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.
De graves faltas vengador terrible,
dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante ti mis fuerzas vencedoras.
Quísolo Dios y fue: ¡gloria a su nombre!
Todo se terminó, recobro aliento:
¡Ángel de las venganzas!, ya eres hombre…
ni amor ni miedo al contemplarte siento.
Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas, ¡ay!, cuán triste libertad respiro…
Hice un mundo de ti, que hoy se anonada
y en honda y vasta soledad me miro.
¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aún tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.
A LA MUERTE DE DON JOSÉ MARÍA DE HEREDIA (poeta cubano)
Le poète est semblable aux oiseaux de passage,
Qui ne batissent point leur nid sur le rivage.
-Lamartine
(El poeta es semejante a las aves migratorias, que no construyen su nido en la orilla. -Lamartine)
Voz pavorosa en funeral lamento,
desde los mares de mi patria vuela
a las playas de Iberia; tristemente
en son confuso la dilata el viento;
el dulce canto en mi garganta hiela,
y sombras de dolor viste a mi mente.
¡Ay!, que esa voz doliente,
con que su pena América denota
y en estas playas lanza el océano,
«Murió -pronuncia- el férvido patriota…»
«Murió -repite- el trovador cubano»;
y un eco triste en lontananza gime,
«¡murió el cantor del Niágara sublime!»
¿Y es verdad? ¿Y es verdad?… ¿La muerte impía
apagar pudo con su soplo helado
el generoso corazón del vate,
do tanto fuego de entusiasmo ardía?
¿No ya en amor se enciende, ni agitado
de la santa virtud al nombre late?…
Bien cual cede al embate
del aquilón el roble erguido,
así en la fuerza de su edad lozana
fue por el fallo del destino herido…
Astro eclipsado en su primer mañana,
sepúltanle las sombras de la muerte,
y en luto Cuba su placer convierte.
¡Patria! ¡Numen feliz! ¡Nombre divino!
¡Ídolo puro de las nobles almas!
¡Objeto dulce de su eterno anhelo!
Ya enmudeció tu cisne peregrino…
¿Quién cantará tus brisas y tus palmas,
tu sol de fuego, tu brillante cielo?…
Ostenta, sí, tu duelo;
que en ti rodó su venturosa cuna,
por ti clamaba en el destierro impío,
y hoy condena la pérfida fortuna
a suelo extraño su cadáver frío,
do tus arroyos, ¡ay!, con su murmullo
no darán a su sueño blando arrullo.
¡Silencio!, de sus hados la fiereza
no recordemos en la tumba helada
que lo defiende de la injusta suerte.
Ya reclinó su lánguida cabeza
-de genio y desventuras abrumada-
en el inmóvil seno de la muerte.
¿Qué importa al polvo inerte,
que torna a su elemento primitivo,
ser en este lugar o en otro hollado?
¿Yace con él el pensamiento altivo?…
Que el vulgo de los hombres, asombrado
tiemble al alzar la eternidad su velo;
mas la patria del genio está en el cielo.
Allí jamás las tempestades braman,
ni roba al sol su luz la noche oscura,
ni se conoce de la tierra el lloro…
Allí el amor y la virtud proclaman
espíritus vestidos de luz pura,
que cantan el hosanna en arpas de oro.
Allí el raudal sonoro
sin cesar corre de aguas misteriosas,
para apagar la sed que enciende al alma
-sed que en sus fuentes pobres, cenagosas,
nunca este mundo satisface o calma-.
Allí jamás la gloria se mancilla,
y eterno el sol de la justicia brilla.
¿Y qué, al dejar la vida, deja el hombre?
El amor inconstante; la esperanza,
engañosa visión que lo extravía;
tal vez los vanos ecos de un renombre
que con desvelos y dolor alcanza;
el mentido poder; la amistad fría;
y el venidero día
-cual el que expira breve y pasajero-
al abismo corriendo del olvido…
Y el placer, cual relámpago ligero,
de tempestades y pavor seguido…
Y mil proyectos que medita a solas,
fundados, ¡ay!, sobre agitadas olas.
De verte ufano, en el umbral del mundo
el ángel de la hermosa poesía
te alzó en sus brazos y encendió tu mente,
y ora lanzas, Heredia, el barro inmundo
que tu sublime espíritu oprimía,
y en alas vuelas de tu genio ardiente.
No más, no más lamente
destino tal nuestra ternura ciega,
ni la importuna queja al cielo suba…
¡Murió!… A la tierra su despojo entrega,
su espíritu al Señor, su gloria a Cuba;
¡que el genio, como el sol, llega a su ocaso,
dejando un rastro fúlgido su paso!
A LA POESÍA
¡Oh, tú, del alto cielo
precioso don, al hombre concedido!
¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,
de mis placeres manantial querido!
¡Alma del orbe, ardiente Poesía,
dicta el acento de la lira mía!
Díctalo, sí, que enciende
tu amor mi seno, y sin cesar ansío
la poderosa voz, que espacios hiende,
para aclamar tu excelso poderío,
y en la naturaleza augusta y bella
buscar, seguir y señalar tu huella.
¡Mil veces desgraciado
quien -al fulgor de tu hermosura ciego-
en su alma inerte y corazón helado
no abriga un rayo de tu dulce fuego;
que es el mundo, sin ti, templo vacío,
cielo sin claridad, cadáver frío!
Mas yo doquier te miro;
doquier el alma, estremecida, siente
tu influjo inspirador; el grave giro
de la pálida Luna, el refulgente
trono del Sol, la tarde, la alborada…
todo me habla de ti con voz callada.
En cuanto ama y admira,
te halla mi mente. Si huracán violento
zumba, y levanta el mar, bramando de ira;
si con rumor responde soñoliento
plácido arroyo al aura que suspira…
tú alargas para mí cada sonido
y me explicas su místico sentido.
Al férvido verano,
a la apacible y dulce primavera,
al grave otoño y al invierno cano
me embellece tu mano lisonjera;
¡que alcanzan, si los pintan tus colores,
calor el hielo, eternidad las flores!
¿Qué a tu dominio inmenso
no sujetó el Señor? En cuanto existe
hallar tu ley y tus misterios pienso:
el Universo tu ropaje viste,
y en su conjunto armónico demuestra
que tú guiaste la hacedora diestra.
¡Hablas! ¡Todo renace!
Tu creadora voz los yermos puebla;
espacios no hay que tu poder no enlace;
y rasgando del tiempo la tiniebla,
de lo pasado al descubrir ruinas,
con tu mágica luz las iluminas.
Por tu acento apremiados,
levántanse del fondo del olvido,
ante tu tribunal, siglos pasados;
y el fallo que pronuncias -trasmitido
por una y otra edad en rasgos de oro-
eterniza su gloria o su desdoro.
Tu genio, independiente
rompe las sombras del error grosero;
la verdad preconiza; de su frente
vela con flores el rigor severo,
dándole al pueblo, en bellas creaciones,
de saber y virtud santas lecciones.
Tu espíritu sublime
ennoblece la lid; tu épica trompa
brillo eternal en el laurel imprime;
al triunfo presta inusitada pompa;
y los ilustres hechos que proclama
fatiga son del eco de la fama.
Mas, si entre gayas flores,
a la beldad consagras tus acentos;
si retratas los tímidos amores;
si enalteces sus rápidos contentos;
a despecho del tiempo, en tus anales,
beldad, placer y amor son inmortales.
Así en el mundo suenan
del amante Petrarca los gemidos;
los siglos con sus cantos se enajenan;
y unos tras otros -de su amor movidos-
van de Valclusa a demandar al aura
el dulce nombre de la dulce Laura.
¡Oh! No orgullosa aspiro
a conquistar el lauro refulgente,
que humilde acato y entusiasta admiro,
de tan gran vate en la inspirada frente;
ni ambicionan mis labios juveniles
el clarín sacro del cantor de Aquiles.
No tan ilustres huellas
seguir es dado a mi insegura planta…
Mas, abrasada al fuego que destellas,
¡oh, genio bienhechor!, a tu ara santa
mi pobre ofrenda estremecida elevo,
y una sonrisa a demandar me atrevo.
Cuando las frescas galas
de mi lozana juventud se lleve
el veloz tiempo en sus potentes alas,
y huyan mis dichas como el humo leve,
serás aún mi sueño lisonjero,
y veré hermoso tu favor primero.
Dame que puedas entonces,
¡Virgen de paz, sublime Poesía!,
no transmitir en mármoles ni en bronces
con rasgos tuyos la memoria mía;
sólo arrullar, cantando, mis pesares,
a la sombra feliz de tus altares.
A UN COCUYO
Dime, luz misteriosa,
Que ante mis ojos vagas,
Y mi interés despiertas,
Y mi vigilia encantas,
¿Eres quizás del cielo
Lumbrera destronada,
Que por la tierra mísera
Peregrinando pasas?
¿Eres un genio o silfo
De nuestra virgen patria,
Que de su joven vida
Contienes la ígnea savia?
¿Eres de un ser querido
Quizás errante ánima,
Que a demandarme vienes
Recuerdos y plegarias;
O bien fulgente chispa
De las brillantes alas
Con que sostiene al triste
La célica esperanza?
No sé; mas cuando luces
Hermosa a mis miradas,
De tropicales noches
En la solemne calma,
-Ya exhalación perdida
Cruces la esfera diáfana,
Ya cual la brisa juegues
Meciéndote en las cañas;
Ya cual diamante puro
Te engastes en las palmas,
Cuyo susurro imitas,
Cuyo verdor esmaltas;-
Paréceme que siento
Revelación extraña
De místicos amores
Entre tu brillo y mi alma.
Paréceme que existen
Secretas concordancias
Entre el afán que oculto
Y entre el fulgor que exhalas.
¡Oh, pues, lucero o silfo,
Ánima o genio, lanza
Más vívidos destellos
Mientras mi voz te canta!
Los sones de mi lira,
Las chispas de tu llama,
Confúndanse y circulen
Por montes y sabanas,
Y suban hasta el cielo
Del campo en la fragancia,
Allá do las estrellas
Simpáticas los llaman
¡Allá do el trono asienta
El que comprende y tasa
De toda luz la esencia,
De todo afán la causa!
AL DESTINO
Escrito estaba, sí: se rompe en vano
Una vez y otra la fatal cadena,
Y mi vigor por recobrar me afano.
Escrito estaba: el cielo me condena
A tornar siempre al cautiverio rudo,
Y yo obediente acudo,
Restaurando eslabones
Que cada vez más rígidos me oprimen;
Pues del yugo fatal no me redimen
De mi altivez postreras convulsiones.
¡Heme aquí! ¡Tuya soy! ¡Dispón, destino,
De tu víctima dócil! Yo me entrego
Cual hoja seca al raudo torbellino
Que la arrebata ciego.
¡Tuya soy! ¡Heme aquí! ¡Todo lo puedes!
Tu capricho es mi ley: sacia tu saña…
Pero sabe, ¡oh cruel!, que no me engaña
La sonrisa falaz que hoy me concedes.
AL PARTIR
¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
la noche cubre con su opaco velo,
como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy a partir!… La chusma diligente,
para arrancarme del nativo suelo
las velas iza, y pronta a su desvelo
la brisa acude de tu zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
tu dulce nombre halagará mi oído!
¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…
el ancla se alza… el buque, estremecido,
las olas corta y silencioso vuela.
AL SOL EN UN DÍA DE DICIEMBRE
Reina en el cielo. ¡Sol!, reina, e inflama
con tu almo fuego mi cansado pecho!
sin luz, sin brío, comprimido, estrecho,
un rayo anhela de tu ardiente llama.
A tu influjo feliz brote la grama;
el hielo caiga a tu fulgor deshecho:
¡Sal, del invierno rígido a despecho,
rey de la esfera, sol: mi voz te llama!
De los dichosos campos do mi cuna
recibió de tus rayos el tesoro,
me aleja para siempre la fortuna:
bajo otro cielo, en otra tierra lloro,
donde la niebla abrúmame importuna…
¡Sal rompiéndola, sol, que yo te imploro!
AMOR Y ORGULLO
Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
y nobles vates, de mentidas diosas
prodigábanme nombres;
mas yo, altanera, con orgullo vano,
cual águila real a vil gusano,
contemplaba a los hombres.
Mi pensamiento -en temerario vuelo-
ardiente osaba demandar al cielo
objeto a mis amores,
y si a la tierra con desdén volvía
triste mirada, mi soberbia impía
marchitaba sus flores.
Tal vez por un momento caprichosa
entre ellas revolé, cual mariposa,
sin fijarme en ninguna;
pues de místico bien siempre anhelante,
clamaba en vano, como tierno infante
quiere abrazar la luna.
Hoy, despeñada de la excelsa cumbre
do osé mirar del sol la ardiente lumbre
que fascinó mis ojos,
cual hoja seca al raudo torbellino,
cedo al poder del áspero destino…
¡Me entrego a sus antojos!
Cobarde corazón, que el nudo estrecho
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
tu presunción altiva?
¿Qué mágico poder, en tal bajeza
trocando ya tu indómita fiereza,
de libertad te priva?
¡Mísero esclavo de tirano dueño,
tu gloria fue cual mentiroso sueño,
que con las sombras huye!
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas
de necia vanidad, débiles plantas
que el aquilón destruye?
En hora infausta a mi feliz reposo,
¿no dijiste, soberbio y orgulloso:
-¿Quién domará mi brío?
¡Con mi solo poder haré, si quiero,
mudar de rumbo al céfiro ligero
y arder al mármol frío!
¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
Te gritó la razón… Mas ¡cuán en vano
te advirtió tu locura!…
¡Tú mismo te forjaste la cadena,
que a servidumbre eterna te condena,
y a duelo y amargura!
Los lazos caprichosos que otros días
-por pasatiempo- a tu placer tejías,
fueron de seda y oro;
los que ahora rinden tu valor primero,
son eslabones de pesado acero,
templados con tu lloro.
¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado
de inmenso orgullo y presunción hinchado,
de víboras nutrido?
Tú -que anhelabas tan sublime objeto-
¿cómo al capricho de un mortal sujeto
te arrastras abatido?
¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
que por flores tomé duros abrojos,
y por oro la arcilla?…
¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
y mis amantes, ay, tal vez se engríen
del yugo que me humilla!
¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde
quieres ver en mi frente
el sello del amor que te devora?…
¡Ah! Velo, pues, y búrlese en buen hora
de mi baldón la gente.
¡Salga del pecho -requemando el labio-
el caro nombre de mi orgullo agravio,
de mi dolor sustento!…
¿Escrito no le ves en las estrellas
y en la luna apacible que con ellas
alumbra el firmamento?
¿No le oyes, de las auras al murmullo?
¿No le pronuncia -en gemidor arrullo-
la tórtola amorosa?
¿No resuena en los árboles, que el viento
halaga con pausado movimiento
en esa selva hojosa?
De aquella fuente entre las claras linfas,
¿no le articulan invisibles ninfas
con eco lisonjero?…
¿Por qué callar el nombre que te inflama,
si aún el silencio tiene voz, que aclama
ese nombre que quiero?…
Nombre que un alma lleva por despojo;
nombre que excita con placer enojo,
y con ira ternura;
nombre más dulce que el primer cariño
de joven madre al inocente niño,
copia de su hermosura;
y más amargo que el adiós postrero
que al suelo damos, donde el sol primero
alumbró nuestra vida,
nombre que halaga y halagando mata;
nombre que hiere -como sierpe ingrata-
al pecho que le anida.
¡No, no lo envíes, corazón, al labio!
¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
¡Guarda, guarda tu mengua!
¡Callad también vosotras, auras, fuente,
trémulas hojas, tórtola doliente,
como calla mi lengua!
EL RECUERDO IMPORTUNO
¿Serás del alma eterna compañera,
tenaz memoria de veloz ventura?
¿Por qué el recuerdo interminable dura
si el bien pasó cual ráfaga ligera?
¡Tú, negro olvido, que con hambre fiera
abres ¡ay! sin cesar tu boca oscura,
de glorias mil inmensa sepultura
y del dolor consolación postrera!,
si a tu vasto poder ninguno asombra
y al orbe riges con tu cetro frío,
¡ven!, que su dios mi corazón te nombra.
¡Ven y devora este fantasma impío,
de pasado placer pálida sombra,
de placer por venir nublo sombrío.
IMITACIÓN DE PETRARCA
No encuentro paz, ni me permiten guerra;
De fuego devorado, sufro el frío;
Abrazo un mundo, y quédome vacío;
Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.
Ni libre soy, ni la prisión me encierra;
Veo sin luz, sin voz hablar ansío;
Temo sin esperar, sin placer río;
Nada me da valor, nada me aterra.
Busco el peligro cuando auxilio imploro;
Al sentirme morir me encuentro fuerte;
Valiente pienso ser, y débil lloro.
Cúmplese así mi extraordinaria suerte;
Siempre a los pies de la beldad que adoro,
y no quiere mi vida ni mi muerte.
CONTRA MI SEXO TE ENSAÑAS
Contra mi sexo te ensañas
Y de inconstante lo acusas;
Quizá porque así te excusas
De recibir cargo igual.
Mejor obrarás si emprendes
Analizar en ti mismo
Del alma humana el abismo,
Buscando el foco del mal.
Proclamas que las mujeres
(Cual dijo no sé quién antes),
Piensan amar sus amantes
Cuando aman sólo al amor;
Que el vago ardor del deseo
Se agita constante en ellas;
Mas pasa sin dejar huellas
Su preferencia mayor.
¡Ay, amigo! no te niego
Verdad que tan sólo prueba
Que son las hijas de Eva
Como los hijos de Adán.
A entrambos el daño vino
De la funesta manzana,
Y a toda la raza humana
Sus tristes efectos van.
¡Mísera raza!… Su mengua
Sufre, pero no la entiende;
Y aún sueña y hallar pretende
Bienes que torpe perdió.
Tras ellos ciega se lanza,
Girando en vértigo insano…
Mas nunca su empeño vano
Ni aun en sombra los gozó.
Amor pide, dicha busca,
Y a esperar loca se atreve
Que en vaso corrupto y breve
Apague el alma su sed;
Pero ella su afán inmenso
Siente perenne, profundo,
Y rompe lazos del mundo
Como el águila la red.
En balde en la extraña lucha
De su cansancio y su anhelo
Le agrada tomar el velo
Que la presenta el error,
Y en los pálidos fantasmas,
-Que agranda ilusa ella sola
Se finge ver la aureola
De la dicha y del amor.
¡Resbala pronto la venda!
¡Resbala y ve -con despecho-
Que vuela, en humo deshecho,
El fulgor de su ilusión!
Pues no cabe en ser que piensa
Que eterno el engaño sea
Aunque inmortal es la idea
Que seduce al corazón.
No es, no, flaqueza en nosotros,
Sí indicio de altos destinos,
Que aquellos bienes divinos
Nos sirvan de eterno imán,
Y que el alma no los halle,
-Por más que activa se mueva
Ni tú en las hijas de Eva,
Ni yo en los hijos de Adán.
Unas y otros nos quedamos
De lo ideal a distancia,
Y en todos es la inconstancia
Constante anhelo del bien.
¡De amor y dicha tenemos
Sólo un recuerdo nublado;
Pues su goce fue enterrado
Bajo el árbol del edén!
Jamás ¡oh amigo! ventura
Ni amor eterno hallaremos…
Pero ¿qué importa? ¡esperemos!
Porque es vivir esperar;
Y aquí -do todo nos habla
De pequeñez y mudanza
Sólo es grande la esperanza
Y perenne el desear.
CUARTETOS ESCRITOS EN UN CEMENTERIO
He aquí el asilo de la eterna calma,
do solo el sauce desmayado crece…
¡Dejadme aquí: que fatigada el alma,
el aura de las tumbas apetece!
Los que aspiráis las flores de la vida,
llenas de aroma de placer y gloria,
no piséis el lugar do convertida
veréis su pompa en miserable escoria:
mas venid todos los que el ceño airado
del destino mirasteis en la cuna;
los que sentís el corazón llagado
y no esperáis consolación alguna.
¡Venid también, espíritus ardientes,
que en ese mundo os agitáis sin tino,
y cuya inmensa sed sus turbias fuentes
calmar no pueden con raudal mezquino!
Los que el cansancio conocisteis, antes
que paz os diesen y quietud los años
¡Venid con nuestros sueños devorantes!
¡Venid con vuestros tristes desengaños!
No aquí las horas, rápidas o lentas,
cuenta el placer ni mide la esperanza:
¡quiébranse aquí las olas turbulentas
que el huracán de las pasiones lanza!
Aquí, si os turban sombras de la duda,
la severa verdad inmóvil vela:
aquí reina la paz eterna y muda,
si paz el alma fatigada anhela.
Los que aquí duermen en profundo sueño,
insomnes cual nosotros se agitaron…
Ya de la muerte en el letal beleño
sus abrasadas sienes refrescaron.
Amemos, pues, nuestra mansión futura,
única que tenemos duradera
¡Que ilusión de la vida es la ventura,
mas la paz de la muerte es verdadera!
DESEO DE VENGANZA
¡Del huracán espíritu potente,
rudo como la pena que me agita!
¡Ven, con el tuyo mi furor excita!
¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!
¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,
mientras -cual a hoja seca o flor marchita-
tu fuerte soplo al roble precipita.
roto y deshecho al bramador torrente!
Del alma que te invoca y acompaña,
envidiando tu fuerza destructora,
lanza a la par la confusión extraña.
¡Ven… al dolor que insano la devora
haz suceder tu poderosa saña,
y el llanto seca que cobarde llora!
LA PESCA EN EL MAR
¡Mirad!, ya la tarde fenece…
La noche en el cielo
Despliega su velo
Propicio al amor.
La playa desierta parece;
Las olas serenas
Salpican apenas
Su dique de arenas,
Con blando rumor.
Del líquido seno la luna
Su pálida frente
Allá en occidente
Comienza a elevar.
No hay nube que vele importuna
Sus tibios reflejos,
Que miro de lejos
Mecerse en espejos
Del trémulo mar.
¡Corramos!… ¡Quién llega primero!
Ya miro la lancha…
Mi pecho se ensancha,
Se alegra mi faz.
¡Ya escucho la voz del nauclero,
Que el lino despliega
Y al soplo lo entrega
Del aura que juega,
Girando fugaz!
¡Partamos! La plácida hora
Llegó de la pesca,
Y al alma refresca
La bruma del mar.
¡Partamos, que arrecia sonora
La voz indecisa
Del agua, y la brisa
Comienza de prisa
La flámula a hinchar!
¡Pronto, remero!
¡Bate la espuma!
¡Rompe la bruma!
¡Parte veloz!
¡Vuele la barca!
¡Dobla la fuerza!
¡Canta, y esfuerza
Brazos y voz!
Un himno alcemos
Jamás oído,
Del remo al ruido,
Del viento al son,
Y vuele en alas
Del libre ambiente
La voz ardiente
Del corazón.
Yo a un marino le debo la vida,
Y por patria le debo al azar
Una perla -en un golfo nacida-
Al bramar
Sin cesar
De la mar.
Me enajena al lucir de la luna
Con mi bien estas olas surcar,
Y no encuentro delicia ninguna
Como amar
Y cantar
En el mar.
Los suspiros de amor anhelantes
¿Quién, ¡oh, amigos!, querrá sofocar,
Si es tan grato a los pechos amantes
A la par
Suspirar
En el mar?
¿No sentís que se encumbra la mente
Esa bóveda inmensa al mirar?
Hay un goce profundo y ardiente
En pensar
Y admirar.
En el mar.
Ni un recuerdo del mundo aquí llegue
Nuestra paz deliciosa a turbar;
Libre el alma al deleite se entregue
De olvidar
Y gozar
En el mar.
¡Prestos todos!… ¡Las redes se tiendan!
¡Muy pesadas las hemos de alzar!
¡Prestos todos, los cantos suspendan,
Y callar
Y pescar
En el mar!
EN VANO, ANSIOSA, TU AMISTAD PROCURA…
En vano ansiosa tu amistad procura
adivinar el mal que me atormenta;
en vano, amigo, conmovida intenta
revelarlo mi voz a tu ternura.
Puede explicarse el ansia, la locura
con que el amor sus fuegos alimenta…
Puede el dolor, la saña más violenta,
exhalar por el labio su amargura..
Mas de decir mi malestar profundo,
no halla mi voz, mi pensamiento, medio,
y al indagar su origen me confundo:
pero es un mal terrible, sin remedio,
que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
que seca el corazón…¡En fin, es tedio!
ES GRATA AL CAMINANTE EN NOCHE FRÍA…
Es grata al caminante en noche fría
La alegre llama del hogar caliente:
Grata al que corre bajo sol ardiente
La fresca sombra de arboleda umbría:
Grato, como dulcísima armonía,
Para el sediento el ruido de la fuente,
Y grato respirar en libre ambiente
Para quien sale de mazmorra impía.
Es grata, en fin, la lluvia al campesino;
Grata al guerrero belicosa fama;
Y grato el natal suelo al peregrino:
Pero más que aire, sombra, fuente, llama,
Lluvia, patria, laurel, ¡Jesús divino!
Tu nombre es grato al corazón que te ama.
Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende,
Si pliega sus alas el viento dormido,
Gozar los asilos que un muro defiende,
Con ricos tapices de Flandes vestido.
Es grata la calma dulcísima y leda
De aquellos salones dorados y umbríos,
Do el sol, que penetra por nubes de seda,
Se pierde entre jaspes y mármoles fríos.
Es grato el ambiente de aquellas estancias
-Que en torno matizan maderas preciosas-
Do en vasos de china despiden fragancias
Itálicos lirios, bengálicas rosas.
Es grato que al Euro -que huyó silencioso-
Imiten las bellas moviendo abanicos;
Allí do cual tronos del muelle reposo
Se ostentan divanes de púrpura ricos.
Y grato en la tarde, con lánguido paso,
Salir de entre sedas y pórfidos y oro,
A ver cuál oculta, llegando a su ocaso,
El astro supremo su ardiente tesoro.
Que allí, para verlo, se tienen vergeles
Que nunca marchitan estivos ardores;
Con bancos de césped, con frescos doseles,
Y bosques y fuentes y exóticas flores.
Asilos tan bellos no hubieron las ninfas
Que hollaron de Grecia colinas amenas,
Ni náyades vieron tan plácidas linfas
Cual esas que guardan marmóreas sirenas.
Por eso en las noches del férvido estío
Es grato a ese elíseo llamar los placeres;
Cubriendo de luces su verde sombrío,
Llenando su espacio de hermosas mujeres.
Y aromas y bailes y amores y risas,
En dulces insomnios disfrutan las bellas,
En tanto que vuelan balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se cubre de estrellas.
¡Oh, espléndidas fiestas! ¡Oh, alegres veladas,
Que brotan al soplo de regia hermosura!
Ni silfos, ni genios, ni próvidas fadas
Os dieran encantos de tanta dulzura!
No, ¡Granja!, no envidies al noble palacio
Que allá San Lorenzo protege vecino;
Pues hoy a las gracias encierra tu espacio,
Y son los placeres tu plácido sino.
¡Difunde fragancias: amores y risas
En gratos insomnios disfruten las bellas,
En tanto que vuelen balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se pueble de estrellas!
¡FELIZ QUIEN JUNTO A TI POR TI SUSPIRA…
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta, que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, el corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.
Ante mis ojos desaparece el mundo
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero.
De ardiente llanto mi mejilla inundo.
¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!
LA FLOR DELICADA, QUE APENAS EXISTE UNA AURORA…
La flor delicada, que apenas existe una aurora,
tal vez largo tiempo al ambiente le deja
su olor…
Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día
atesora
muriendo marchitas no dejan perfume en
redor.
La luz esplendente del astro fecundo del día
se apaga, y sus huellas aún forman hermoso
arrebol…
mas ¡ay!, cuando el alma le llega la noche
sombría,
que guarda el fuego sagrado
que ha sido su sol?
Se rompe, gastada, la cuerda del arpa
armoniosa,
a aún su eco difunde en los aires
fugaz vibración…
Mas todo es silencio profundo, de muerte
espantosa,
si dan un pecho amante el postrero tristísimo
son…
Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde
indecisa
cambian del alma desierta la lúgubre faz…
A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa…;
a ella no brindan las sombras
ensueños de paz.
Vista los campos de flores
gentil primavera,
doren las mieses los besos
del cielo estival,
pámpanos ornen de otoño la faz
placentera,
lance el invierno brumoso su aliento
glacial,
siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,
siempre abrumadas de peso de
vil nulidad,
gimen las almas do el fuego de amor
está muerto…
Nada hay que pueble o anime
su gran soledad.
La vuelta a la patria
¡Perla del mar! ¡Cuba hermosa!
Después de ausencia tan larga
Que por más de cuatro lustros
Conté sus horas infaustas,
Torno al fin, torno a pisar
Tus siempre queridas playas,
De júbilo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
¡Salud, oh tierra bendita,
Tranquilo edén de mi infancia,
Que encierras tantos recuerdos
De mis sueños de esperanza!
¡Salud, salud, nobles hijos
De aquesta mi dulce patria!
¡Hermanos, que hacéis su gloria!
¡Hermanas, que sois su gala!
¡Salud!… Si afectos profundos
Traducir pueden palabras,
Por los ámbitos queridos
Llevad, -¡brisas perfumadas,
Que habéis mecido mi cuna
Entre plátanos y palmas!-
Llevad los tiernos saludos
Que a Cuba mi amor consagra.
Llevadlos por esos campos
Que vuestro soplo embalsama,
Y en cuyo ambiente de vida
Mi corazón se restaura:
Por esos campos felices,
Que nunca el cierzo maltrata,
Y cuya pompa perenne
Melifluos sinsontes cantan.
Esos campos do la ceiba
Hasta las nubes levanta
De su copa el verde toldo,
Que grato frescor derrama:
Donde el cedro y la caoba
Confunden sus grandes ramas,
Y el yarey y el cocotero
Sus lindas pencas enlazan
Donde el naranjo y la piña
Vierten al par su fragancia;
Donde responde sonora
A vuestros besos la caña;
Donde ostentan los cafetos
Sus flores de filigrana,
Y sus granos de rubíes
Y sus hojas de esmeraldas.
Llevadlos por esos bosques
Que jamás el sol traspasa,
Y a cuya sombra poética,
Do refrescáis vuestras alas,
Se escucha en la siesta ardiente
-Cual vago concierto de hadas
La misteriosa armonía
De árboles, pájaros, aguas,
Que en soledades secretas,
Con ignotas concordancias,
Susurran, trinan, murmuran,
Entre el silencio y la calma.
Llevadlos por esos montes,
De cuyas vírgenes faldas
Se desprenden mil arroyos
En limpias ondas de plata.
Llevadlos por los vergeles,
Llevadlos por las sabanas
En cuyo inmenso horizonte
Quiero perder mis miradas.
¡Llevadlos férvidos, puros,
Cual de mi seno se exhalan
-Aunque del labio el acento
A formularlos no alcanza,
Desde la punta Maisí
Hasta la orilla del Mantua;
Desde el pico de Tarquino
A las costas de Guanaja!
Doquier los oiga ese cielo,
Al que otro ninguno iguala,
Y a cuya luz, de mi mente
Revivir siento la llama:
Doquier los oiga esta tierra
De juventud coronada,
Y a la que el sol de los trópicos
Con rayos de amor abrasa:
Doquier los hijos de Cuba
La voz oigan de esta hermana,
Que vuelve al seno materno
-Después de ausencia tan larga
Con el semblante marchito
Por el tiempo y la desgracia,
Mas de gozo henchido el pecho,
De entusiasmo ardiendo el alma.
Pero ¡ah! decidles que en vano
Sus ecos le pido a mi arpa;
Pues sólo del corazón
Los gritos de amor se arrancan.
CONTEMPLACIÓN
Tiñe ya el Sol extraños horizontes;
el aura vaga en la arboleda umbría;
y piérdese en la sombra de los montes
la tibia luz del moribundo día.
Reina en el campo plácido sosiego,
se alza la niebla del callado río,
y a dar al prado fecundante riego,
cae, convertida en límpido rocío.
Es la hora grata de feliz reposo,
fiel precursora de la noche grave…
torna al hogar el labrador gozoso,
el ganado, al redil, al nido el ave.
Es la hora melancólica, indecisa,
en que pueblan los sueños los espacios,
y en los aires -con soplos de la brisa-
levantan sus fantásticos palacios.
En Occidente el Héspero aparece,
salpican perlas su zafíreo asiento
y -en tanto que apacible resplandece-
no sé qué halago al contemplarlo siento.
¡Lucero del amor! ¡Rayo argentado!
¡Claridad misteriosa! ¿Qué me quieres?
¿Tal vez un bello espíritu, encargado
de recoger nuestros suspiros, eres?…
¿De los recuerdos la dulzura triste
vienes a dar al alma por consuelo,
o la esperanza con su luz te viste
para engañar nuestro incesante anhelo?
¡Oh, tarde melancólica!, yo te amo
y a tus visiones lánguida me entrego…
Tu leda calma y tu frescor reclamo
para templar del corazón el fuego.
Quiero, apartada del bullicio loco,
respirar tus aromas halagüeños,
a par que en grata soledad evoco
las ilusiones de pasados sueños.
¡Oh! si animase el soplo omnipotente
estos que vagan húmedos vapores,
término dando a mi anhelar ferviente,
con objeto inmortal a mis amores…
¡Y tú, sin nombre en la terrestre vida,
bien ideal, objeto de mis votos,
que prometes al alma enardecida
goces divinos, para el mundo ignotos!
¿Me escuchas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo
-libre de la materia que me oprime-
a ti llegar, y aletargada quedo,
y opresa el alma en sus cadenas gime?
¡Cómo volara hendiendo las esferas
si aquí rompiese mis estrechos nudos,
cual esas nubes cándidas, ligeras,
del éter puro en los espacios mudos!
Mas ¿dónde vais? ¿Cuál es vuestro camino,
viajeras del celeste firmamento?…
¡Ah! ¡lo ignoráis!…, seguís vuestro destino
y al vario impulso obedecéis del viento.
¿Por qué yo, en tanto, con afán insano
quiero indagar la suerte que me espera?
¿Por qué del porvenir el alto arcano
mi mente ansiosa comprender quisiera?
Paternal Providencia puso el velo
que nuestra mente a descorrer no alcanza,
pero que le permite alzar el vuelo
por la inmensa región de la esperanza.
El crepúsculo huyó; las rojas huellas
borra la Luna en su esmaltado coche,
y un silencioso ejército de estrellas
sale a guardar el trono de la noche.
A ti te amo también, noche sombría;
amo tu Luna tibia y misteriosa,
más que a la luz con que comienza el día,
tiñendo el cielo de amaranto y rosa.
Cuando en tu grave soledad respiro,
cuando en el seno de tu paz profunda
tus luminares pálidos admiro,
un religioso afecto el alma inunda:
¡Que si el poder de Dios, y su hermosura,
revela el Sol en su fecunda llama,
de tu solemne calma la dulzura
su amor anuncia y su bondad proclama!
A UN AMIGO
¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia?…
Encargado por la dirección de un periódico
de la crítica de una comedia sátira
¡Cómo! ¿Tan gran perturbación te asedia
Porque te ordenan -con rigor y prisa
Juicio crítico hacer de una comedia?
¡Por Dios, que al ver a tu ánima indecisa
En trance tal (perdona si te enfado),
Cualquiera puede reventar de risa.
¿Imaginas tal vez, pecho cuitado,
Que para censurar una obra de arte
Has menester de un gusto delicado?
¿Qué talento tampoco ha de faltarte,
Ni juicio, ni instrucción, ni orden que guíe
A ver y a examinar parte por parte?
Juro, si piensas tal, que me desvíe
para siempre de ti, como de un zote,
Por más que tierna tu amistad porfíe.
¿Hay, por ventura, estulto monigote,
Ignorante rapaz, coplero oscuro,
Que por cosa tan nimia se alborote?
¿Hay quien no sepa dar un golpe duro
Aún a la misma virginal Talía,
Con fuerte brazo y corazón seguro?
Si no lo emprendes tú, por vida mía
Que no sin cascabel quedará el gato,
Y su pena tendrá tu cobardía;
Pues no has de ver expuesto tu retrato
En baratillos mil, ni en gacetillas
Te han de llamar ilustre literato.
Para crear de ingenio maravillas,
Desvélense Gallegos y Quintanas,
Y Hartzenhusches, y Vegas, y Zorrillas.
Tú -sin recurso de las nueve hermanas-
Si esa tu indigna timidez sacudes,
Nombre a la par de sus ingenios ganas.
Y trabaje Bretón, que -sin que sudes
Para agradar, con su feliz constancia-
Que te has de ver más popular no dudes.
¡Eh! ¡Dispón el papel! Poco en sustancia
Te conviene decir: moja la pluma,
Y comienza a escribir con arrogancia.
«Juicio crítico.» ¡Bien! ¡Como la espuma
Tu gloria va a crecer! -Mas ¿qué diremos?
-Para empezar y terminar, en suma,
Basta elegir entre los dos extremos
Y exclamar: -«La comedia es un dislate.»
O -«¡hay en ella doquier rasgos supremos!»
Lo primero es mejor: loar a un vate
Que adquiere gloria o acumula plata,
Es, yo lo afirmo, insigne disparate.
Otra cosa ha de ser cuando se trata
De inofensivo autor o gente nuestra
¿Quién a los suyos con rigor maltrata?
Mas para caso tal, nula es tu diestra,
La juzga bien el que escribió la obra,
Y sus mismos elogios das por muestra.
Mas miro que renace tu zozobra:
¿Qué mosca te picó? Dilo y escribe,
Que para meditar tiempo te sobra.
-Quiero saber si el juicio se suscribe.
-¿El juicio suscribir?… Loco te creo:
¿Quién duda igual sin delirar concibe?
Muy ignorante estás, por lo que veo,
De la crítica que hay en nuestra España,
O es que naciste para ser pigmeo.
No se firma jamás cuando con saña
Se le zurra a un autor, que capaz fuera
De contestar con fabuleja extraña
¿Zapatero?… -¡Cabal! Mas la parlera
Fama, divulga el recatado nombre,
Por la voz de una turba vocinglera.
Esa turba es de amigos; no te asombre;
Ellos dirán: -«La crítica es sublime:
La hizo Fulano.» Y cátate grande hombre.
¿Qué te habrá de importar que desestime
Tu censura el autor, que docta gente
Exclame con dolor -y esto se imprime?
Tú no por eso abatirás la frente,
Y el vulgo, que verá tu aire triunfante,
Acatará tu fallo reverente.
-Mas lo habré de fundar. -¡Calla, ignorante!
¿A qué viene pensar en fundamento,
Si tu edificio debe ser flotante?
¡Es mala comedia! Aquí está el cuento.
Es mala, y basta… porque yo lo digo;
¡Estilo pobre… pésimo argumento!
-Mas como del aplauso fui testigo,
¿He de afirmar que el público se engaña?
¿Del voto general me haré enemigo?
-No; pero puedes deslizar con maña
Que llenaba el local una pandilla
De amigos del autor; o que en España
El mostrarse cortés no es maravilla,
Y que a esta condición -tan oportuna-
Alto triunfo debió mísera obrilla.
Puedes decir también que allá en su cuna
Tuvo el autor benéfica influencia
De alguna estrella o de la misma luna;
Mas que, en medio de todo, es por esencia
Un zopenco, un estúpido, un ilota,
Que sólo alcanza de agradar la ciencia.
-¡No es poco, por mi vida! Pero nota
Que sólo comenzado el juicio tengo.
-Pues no habrás de añadir ni aun una jota.
Bueno está como está; yo lo sostengo;
No hay para qué meternos en hondura:
Lo esencial dicho está, y a ello me atengo.
Eso de analizar empresa es dura,
Y nadie tan sin miedo criticara
Si exigiese razones la censura.
Si saber demandase, cosa es clara
Que tanto parlanchín folletinista
Temblar al comenzar, de pies a cara.
Mas por milagro un diario se conquista
La pluma de algún crítico discreto,
Y siempre encuentra a la ignorancia lista.
Ella le saca del perenne aprieto,
Y, ora mime al autor ora le zurre,
Nunca el arte infeliz halla respeto.
Si sesudo lector rabia o se aburre
Del necio elogio o torpe vituperio,
Otro, por diversión, a ellos recurre.
Y ni estólidos faltan, que al criterio
Del intruso censor la frente inclinen,
Por ejercer de su eco el ministerio.
Corre, pues, ¡vive Dios!, no te acoquinen
Los descontentos que doquier pululan;
Mas los necios serán que te apadrinen.
Adula o pega a tu placer: circulan,
Buenos o malos, los escritos todos
Que en las activas prensas se acumulan.
Nuestra patria feliz por varios modos
Protege a los audaces, y aún levanta
A muchos, ¡ay!, que estaban entre lodos.
Así nuestra cultura se adelanta,
Y a fe que los quejosos escritores
Se divierten también en gresca tanta;
Pues ya entusiasmo encuentren, ya rigores,
Del oso bailarín hacen recuerdo,
Y al escuchar dicterios o loores
Saben si es mono el que los dice, o cerdo.
ELEGÍA I
Después de la muerte de mi marido
Otra vez llanto, soledad, tinieblas…
¡Huyó cual humo la ilusión querida!
¡La luz amada que alumbró mi vida
Un relámpago fue!
Brilló para probar sombra pasada;
Brilló para anunciar sombra futura;
Brilló para morir… y en noche oscura
Para siempre quedé.
Tras luengos años de tormenta ruda
Comenzaba a gozar benigna calma;
Mas ¡ay! que solo por burlar el alma
La abandonó el dolor.
Así la pérfida alimaña finge
Que a su presa infeliz escapar deja,
Y con las garras extendidas, ceja
Para asirla mejor.
El que ayer era mi sostén y amparo,
Hoy de la muerte es mísero trofeo
¡Por corona nupcial me dio Himeneo
Mustio y triste ciprés!
De juventud, de amor, de fuerza henchido,
Su porvenir ¡cuán vasto parecía…
Mas la mañana terminó su día:
¡Ya del tiempo no es!
Nada me resta, ¡oh Dios! Sus rotas alas
Pliega gimiendo mi esperanza bella
Hoy sus decretos el destino sella;
Ya irrevocables son.
Al golpe atroz que me desgarra el pecho
Quizás mi pobre vida no sucumba;
Mas con los restos que tragó esa tumba
Se hunde mi corazón.
¡Alma noble y amante! tú, ante el trono
De la infinita paternal clemencia,
Por la que fue mitad de tu existencia
¡Pide, pide piedad!
Baje un rayo de luz que alumbre mi alma
En este abismo de pavor profundo,
Hasta que pueda abandonar del mundo
¡La inmensa soledad!
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

