POESIA MAS POESIA WEB 1 - Poesia Online

329. POESÍA MÁS POESÍA: MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMSON

Comparte en tus redes sociales

Portada Poesia mas Poesia 1 - Poesia Online

 

VER EL PROGRAMA DE TELEVISIÓN DEDICADO A LA POETA PARAGUAYA MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMSON

BIOGRAFÍA DE LA POETA MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMSON

María Luisa Artecona de Thompson nacida en Guarambaré, Paraguay en el año 1919 y fallecida en Asunción, Paraguay, el 10 de diciembre de 2003, fue una escritora, docente y poetisa paraguaya.

Sus padres fueron Guillermo Artecona y María Cárdenas. María Luisa realiza sus primeros estudios en su ciudad natal, Guarambaré, luego, siendo muy joven, llega a Asunción y se instala con sus padres en el barrio Santísima Trinidad, este lugar de ensueños y fantasías que fue motivo de inspiración a su creatividad.

Ingresa a la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción. Siendo estudiante, formó parte de un grupo de intelectuales y tuvo la suerte de ser elegida como docente universitaria en el área de Castellano. Trabajó como docente de Literatura española y Literatura americana en diversas instituciones, también fue asesora del Departamento de Enseñanza Superior y Difusión Cultural del Ministerio de Educación y Culto de Paraguay.

Marialuisa Artecona de Thompson 1 CD2 Voces que no se apagan Paraguay PortalGuarani - Poesia Online

 

En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Asunción, ubicada en Itapytapúnta, se destacaba por sus escritos dirigidos a los niños, para quienes escribía versos y cuentos cortos. Tenía su grupo de amigos, con quienes impulsó la promoción del 50, donde más aún mostró sus habilidades en la literatura. Destacó como poeta, dramaturga y cuentista. Muchas de sus obras fueron publicadas en revistas, libros infantiles y diarios de Paraguay y también en prensa extranjera. Sus escritos han sido injustamente definidos como escritura infantil, aunque deleitaban a los niños y más aún a las maestras. Su voz es también expresión de protesta y de proximidad, que pulsa los temblores de una era de lucha contra la coerción, que de una forma u otra afecta a todos.

En 1951, en un concurso literario realizado en la capital paraguaya, con los auspicios de «Amigos del Arte», uno de sus poemas ha merecido mención honorífica.

En 1965 es creadora del premio Doncel de la narrativa infantil. Su labor, tanto por el sentido literario como por el volumen alcanzado, puede considerarse excepcional en el país.

031211024826249 - Poesia Online

El 27 de abril de 1996 fue nombrada presidenta de la Federación de Mujeres para la Paz Mundial, filial Paraguay.

Su obra poética la integran: «Viaje al país de las campanas» (1960); «Canción para dormir una rosa» (1964); «Cartas al señor sol» (1966); «Villancicos del Paraguay» (1976); «El alfiler enamorado» (1979); «Teatro de hilito» (1980); «Gritos en los Andes» (1964); «Canto dedicado al libertador Simón Bolívar»; «Antología de la literatura infanto-juvenil del Paraguay» (1992). Tiene varios poemas y cuentos publicados en periódicos, revistas y antologías literarias locales y extranjeras.

María Luisa se casó con el periodista Roberto Thompson Molinas, con quien tuvo cuatro hijos: Roberto, un destacado guitarrista de rock, Hugo, Mónica y Jaqueline. Solo sus hijas sobreviven, su hijo Hugo falleció en el incendio del supermercado Ycuá Bolaños, también conocido como la tragedia de Ycuá Bolaños, constituye una de las mayores catástrofes de la historia de Paraguay, con cientos de personas fallecidas y heridas.

 

Sus últimos años fueron de mucho sufrimiento.

Falleció en Asunción el 10 de diciembre de 2003.

Poesía, cuentos y literatura infantil

  • Viaje al país de las campanas (1960)
  • El sueño heroico (1963)
  • Canción para dormir una rosa (1964)
  • Gritos en los Andes (1964)
  • El metal y la espuma (1964)
  • Carta(s) al Señor Sol (1965 o 1966, según la fuente)
  • Guarambaré (1965) — obra premiada con el Premio Doncel de narrativa infantil.
  • Villancicos del Paraguay (1976)
  • El alfiler enamorado (1979)
  • Teatro de Hilito / Teatro de Hikito (1980; aparece con variantes ortográficas en distintas referencias)
  • Ronda de cuentos (1984, en colaboración)
  • Leyendo cuentos en la plaza (1985, también colectiva)
  • El canto a oscuras (1986)
  • La flor del maíz (1992)
  • Calendario escolar paraguayo (1992)
  • Antología de la literatura infantojuvenil del Paraguay (1992)
  • Teatro y textos infantiles de 1992

También publicó varias piezas teatrales y textos ligados al teatro de títeres:

  • El titiritero
  • La hojita de papel
  • El vigilante y el ladrón

ENTREVISTA A LA POETA MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMSON

¿Cómo se dio tu irrupción, digamos, dentro de la literatura? ¿Por ser mujer se te abrió fácil el camino o había cierto prejuicios acerca de las mujeres que escribían en aquella época?

Yo no recuerdo que había prejuicios. Lo que pasa es que no había gente que escribía mucho con asiduidad, ¿verdad? Y entonces eso tal vez habrá sido también un poco de falta de coraje y también las puertas cerradas de los diarios, sobre todo porque el diario en nuestro país es el medio más popular, digamos así, en el sentido de extensión de cantidad de gente que lee, pues yo soy la fundadora de los suplementos escolares de todos los diarios.

Doña María Luisa, ¿qué es lo que leían en aquel entonces? ¿Cómo se forja, digamos, la formación de un escritor o de una poetisa?

Leíamos muchísimo nosotros porque leíamos obras clásicas, leíamos lo mejor de lo mejor, leíamos novela, leíamos teatro y además también entre unos cuantos nos juntábamos siempre y entonces hablábamos entre nosotros no para tener proyección ni nada, sino seguramente para desahogarnos, no desahogarnos de estar protestando ni nada, sino para hablar de las cosas que a nosotros nos gustaban, de la literatura, de la cultura, de la docencia.

¿Cuál era la función que cumplía en ese entonces la literatura, digamos, como trabajo y cuál era la aceptación, por llamarlo así, dentro de una sociedad bastante difícil, en cuanto a su formación cultural?

Esta sociedad hace tiempo que es una sociedad difícil en el sentido de no lee, no se interioriza, por consiguiente no habla o si habla habla mal. Y ahí tenemos el resultado.

¿A qué hemos arribado?

Ahora abrimos la boca solamente para decir sandeces primero y para ofender después. Y ahí cerramos el circo. Pero nosotros no nos estamos alimentando porque la expansión de la literatura es alimentación del espíritu y también del cerebro. Leer, leer, leer y eso se va proyectando, proyectando en el ambiente. Entonces, se fortalece el hombre. tiene que pensar y piensa bien.

Antes, doña María Luisa, la gente tenía mayor interés en su formación humanista que ahora.

Yo creo que sí.

 ¿Y a qué se debe eso? ¿Te parece, doña María Luisa?

Los colegios, la escuela poco a poco se fue debilitando, se fue debilitando, fue entrando en una especie de sopor por falta de maestros, mi hijo, por falta de maestros, porque en realidad ya no hay maestros que abren el camino. Hay maestros que se plantan en el camino y lo que tengan, tiene preocupación por ahuntar su cultura, por ampliar su cultura. No, nuestra generación, una generación que dio prueba de su valer es porque nuestros profesores eran gente bien formada y había profesores que entusiasmaban, desde luego, su cultura, su expansión, su trato con la gente. Así es que nosotros buscáramos imitarlos, imitarlos estudiando.

Don Vidato Díaz Pérez, por ejemplo, a quien he tenido la satisfacción de escuchar y de haber sido nuestro maestro.

¿Qué te parece que lo que se tendría que hacer hoy para mejorar, digamos así?

Leer mucho, amigos, y que mejoren los libros de lectura, y que por lo menos a los niños se le haga leer cosas interesantes, no pabadas. Hay que leer, mi hijo, hay que leer, hay que leer, hay que leer, hay que leer.

Se puede hablar, se puede pensar que la que la falta de sustancia cultural se da en todos los niveles, primario, secundario, universitario.

Sí, yo te puedo hablar así porque yo estoy en esos niveles. Estoy por los caminos de la escuela porque escribo libros, esa es mi eterna preocupación. Yo eternamente escribo, no importa que hayas leído mis libros. No me importa que no se guste. Si es que yo puedo regalar alguno, mi hija. Ah, con mucho gusto, mi hija. Si yo puedo regalar todo el bagaje que el Señor me entregó y yo puedo regalar a mis conciudadanos para que lean por las calles, que voy a decir hasta el último día de mi vida, el niño tiene que tener en la mano un material noble, no una basura, entonces eso mirá, pido pido que se que se salga del estancamiento cultural en que vive la escuela.

¿Qué es lo que está escribiendo doña María Luisa? ¿Qué hacia dónde apunta su literatura? Siempre una literatura de cuestionamiento, una literatura.

Yo siempre escribo poemas y poemas de tipo social así fuertes.

¿Cuántos libros público, doña María Luisa?

Yo de poesía ese, ese libro solamente, El canto oscuro que me publicó Alcándara Editor.

¿Por qué no se preocupó nunca en publicar o le fue difícil publicar?

Yo no tengo dinero para pagar eso. Los únicos dos libros que salieron en el campo de la literatura infantil, que son los únicos que existen en el Paraguay y en América, es el uno de los aportes también es la historia de la literatura infanto juvenil del Paraguay y antología de la literatura de infanto juvenil del Paraguay. Son dos libracos inmensos que tengo.

¿Es un compromiso la poesía?

Sí, es un compromiso. Un compromiso profundo con la realidad. Toda poesía es desde el compromiso. La poesía no es sueño, mi hijo. La poesía es realidad vital y presente. Y cuando el escritor está escribiendo, está escribiendo porque el dolor le impulsa. el dolor de no poder hacer nada para romper esa cárcel de hierro en que estamos metidos, porque no podemos hacer nada.

Su línea siempre fue medio de compromiso en realidad, doña por un lado la estética y por otro lado también el compromiso.

Estetica y compromiso son uno, no hay nada que hacer. Estética y compromiso es una sola línea, porque mi espíritu me lleva a un compromiso. El escritor es el que está siempre sobre el tapete a escribir, a escribir, a escribir. Hay que escribir, porque mi obligación de espíritu es abrir ese ese cuaderno y escribir, aunque no me escuche nadie. Yo de mi país y de mi gente, no puedo quejarme. Y eso quiero que quede bien sentado, porque son ellos los que me llevan de la mano. Ellos son los que me sacaron, no yo. La fuerza que ellos tienen, ellos me sacaron. La vida del poeta es una vida un poco dolorosa, pero es un dolor transparente.

¿Cómo se hace esa esa proyección, doña María Luisa? ¿Se da, digamos, un talento natural?

Sí.

¿Y cómo cómo qué debe hacer el poeta para encaminar ese talento natural?

El talento natural tiene que ser alimentado día a día, hora tras hora. Ese es el trabajo y eso no se puede inventar, eso nace naturalmente del quehacer intelectual. Eso nace de esa perentoria necesidad, de repente tomar una hoja en cualquier parte, pero eso pueden servir, por ejemplo, de soporte a un escritor.

¿Qué corriente?

Bueno, primero tiene que aprender su idioma. La primera obligación que debe tener es conocer la gramática, de su país o de su entorno aquí, de su lengua, no tiene que conocer su lengua profundamente, tiene que conocer y sobre ese conocimiento profundo que tiene de la gramática, entonces él puede hacer lo que le viene en gana. No, no, no se requiere para eso una cultura estética acabada en la lengua. No, pero ojo, hay que saber escribir, ¿no? Porque nosotros creemos que cualquier mamaracho puede escribir, se sienta a escribir y tú cualquier mamarracho, cualquier cosa. Esto, ¿qué es?

Doña María Luisa, me llama mucho la atención de que mucha gente, mujeres, están escribiendo ahora.

Está bien. Una irrupción más fuerte a las mujeres. Sí, claro, claro. Dado el ambiente luego ahora más abierto, ¿verdad? No podemos dejar de lado las posibilidades políticas que tiene la mujer ahora en el terreno de la política, de la vida, de la vida económica, pero las mujeres irrumpen ya en esas áreas, entonces se va enriqueciendo.

 

FUENTES CONSULTADAS

https://www.portalguarani.com/317_maria_luisa_artecona_de_thompson__/16018_voces_que_no_se_apagan__marialuisa_artecona_de_thompson.html

DBRH9H1 - Poesia Online

POEMAS DE MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMSON

TIEMPO DEL ÁRBOL

No era el árbol.
Pero la brisa, sí, y el ave
y la plegaria del ave;
y la doctrina del fruto
y el ritual de las mariposas
amarillas.
No era el árbol.
Pero el campanario, sí, de las corolas
y la tierra para el descenso de las flores
y la raíz de las lluvias
y el motivo de las sombras
y el brazo verde en la llovizna.
No era el árbol.
Pero la nube, sí, y el viento
y la voz, el cuerpo y el alma del viento
y los miembros para el ansia del agua
y las entrañas para el deseo del sol
y el camino de alas transparentes.
No era el árbol.
Pero la luna, sí, y las aristas
multiformes de su luz metálica
y la vida en la carne de la fruta
y el instante de las manos
y el sosiego de alguna nostalgia.
No era el árbol.
Pero la tempestad, sí, y el tiempo
y el alba y el crepúsculo
y el hacedor del paisaje
y lo visible de las cosas terrestres
que antes fueron para ser él.
No era el árbol.
Pero la exaltación, sí, de lo pequeño
y el prodigio de la hierba a sus pies
y las puertas de la aurora adamascada
y el fin de la oscuridad;
y tal vez la intimidad de la estrella rosada.
No era el árbol.
Pero el hecho, sí, entre tantos hechos
y la atracción de los recuerdos
y el otoño, el invierno y el estío
y el cáliz de la serenidad
y los inquietos intersticios del cielo.
No era el árbol.
Pero la leyenda, sí, para evocar
la memoria de otros árboles
y de lo que no está en ellos
y tampoco en nosotros
y ha de caer en tiempo inmemorial.

La leyenda del árbol.
No es el árbol.
Nada más.
Es el tiempo inmemorial.

LA OFERTA

Cuando viniste a golpear mi puerta, no salí a mirarte. Hay una tristeza lóbrega que se enciende para mí desde tu rostro afilado por el hambre de un sueño de trigales.
Venías lentamente por entre las galerías de la tarde, despiadadamente fría; con una cesta de juncos donde brillaban, escasos, cuatro ases de fulgor de esas tus manos campesinas.
Ñandutíes.
Ñandutíes de seda sonrosados.
Y todo ese pergamino de angustias lo gritabas; -Por un pedazo de pan, hermano ausencia.
-Por un pedazo de trapo para este frío que entorpece el baluarte de mi carne.
Borracha por el hambre, desde esta implacable jauría del invierno que se muerde tus hijos y tu adobe.
Y sin embargo… hay una mueca impasible que fustiga la ruina de tu mesa.
El opulento.
El mísero.
El sin alma que te arrojó desde la libre cima de tus lapachos hasta la galería de esta última tarde.
-Por un pedazo de pan, hermano ausencia.
-Por un pedazo de trapo para encender el hielo de mi sangre.
Tu grito.

IMÁGENES DE AMOR

Corta el fuego quién sabe
qué pisada de pájaros.
Y en invisible imagen
todo
se vuelve hasta el cenit.
Quién sabe qué colores
de misteriosas alas
van destiñendo el fuego
en su roja pasión.

Y el crepitar de leños
en estas tus paredes
desgranan las torturas
del viento gemidor.
Qué sendero de manos
soledosas y extrañas
trabajan con el fuego
la fuerza de talar.
Qué alto poder de hechizos
arrebatan los ojos
que iluminan las llamas
de interno resplandor.
Cómo se va la vida
transparente y sencilla,
andarse sin fronteras
con sus bienes de amor.
Qué dádiva encantada
vuelve a crear el árbol
que extinguido en el fuego
se ordena germinar.

Señales de esperanzas
que nuestras ilusiones
se traen en las noches
de nuestra soledad.
Tempestades del alma
que sin fe no son almas
y con fe se prolongan
hasta la eternidad.

Fue corpulento el árbol
de la vida pasada,
soberbio, enaltecido
de paisaje y verdor,
y luego de su lucha
con los filos del fuego
hasta un ave en sus alas
lo puede remontar.
Eres así, alma mía;
cuando el amor te viste
humildemente altiva
pareces renacer
y te llena ese anhelo
de divina grandeza
que alberga en uno solo
toda la humanidad.

 

ESPIGAS NEGRAS

Estas espigas negras que ensordecen
tu boca con un enlutado
silencio de protestas.
Estas palabras que se trepan
en ti como hierba medrosa
ya sin el panal ardiente
de la tierra;
en torno de ti
la furiosa abeja
del andrajo comiéndose
resquicios de tu sucia
guerrera de combates,
que algún sangriento
cuartel desechó en su opípara
recámara de hipos
con sus gargantas agrias
de aguardiente
y tabaco importado.
Esta primera hora de tu rancho
con su profundo ventanal
de desalientos
y sus dinteles
con su palabra libre
hacia el rocío.
Este cañaveral que burló
la sequía de los hombres
donde navega hondamente
tu lóbrego sudor de ciudadano
y asciende hasta la caña
para matar tu pan
de paraguayo
para encender tu sueño
en la lujuria
de una raza que bebe
el néctar de su propio seno
en negación y herida
de la materna leche
devastada.
Estás negado
como Cristo en Pedro,
tres veces,
tres, y tres, y tres,
hasta el ocaso
que no revivirá,
antes que el gallo lance
su sonora cuerda
al viento largo
porque sueña un puñal
a tus espaldas;
mientras agazapado,
yerto casi,
vas marchando,
apenas genuflexo
por entre la alegoría
de tus adobes mendigos
de libertad
y de pujanza.
La pedrería esmeralda
de los árboles
decora el grito del tejado
amarillo de la paja
y empuja la canción
hacia el vivac del sol
en lontananza
y estruja la camisa
de la tarde,
de todos sus sudores labrantíos
en la plañidera romanza
de una guitarra brava.
En tanto,
tus manos como reptiles ágiles
bordan la artesanía
del hombre azul,
que en ti siembra,
gime,
y enlutado, vacía
su cántaro de miel
al caminante.

 

EL FACÓN

De luna helada
es tu facón, arriero,
que se aprieta
al calor de tu cintura;
con él se rompe
la corteza dura,
la fruta agreste
que tu sed convida;
con él tiembla
el amor si la enramada
en Santa Fe y guitarra
se desviste.

Si la noche se cruza
en tu camino
sobre las ancas negras
de tu potro,
es su fulgor
candela y compañía
que te despoja el miedo
de algún pora.
Facón de historia
y de leyenda pura
que con valor cruzó
la Guerra Grande
y estremeció de horror
los cañadones
de la guerra chaqueña.
Estrella de la siembra
y la ventura,
cuando la paz
te arrime,
junto al fogón
que deshilacha
el caso
o presiente
al fulgor de la alborada
la serenata dulce
de la amada.

Facón que enrieda
en su metal desnudo,
el símbolo viviente
de una raza
cobre y ceniza
y luz
en lontananza.

MIEDO

Qué miedo estar sola con las soledades.
Miedo de las tardes que se escapan lilas
dejando la sombra de ocultos olvidos
que aprietan los dedos como anillos de oro.

Qué miedo al recuerdo de pasados días
destrozan sabores de estos versos negros
que de estar sin luces respiran ahogados
hilillos de cera de cirios oscuros.

Qué miedo da el alma de túnica leve
surgiendo tan sola como sus tristezas
de túneles largos sin puestas ni auroras.

Qué miedo al olvido -sonido de muerte-.
Qué miedo a esa losa de mármol tan fría
con la que los hombres nos entierran vivos.

 

POEMA PARA TUS MANOS

Entre las silenciosas rejas
la tarde está cayendo,
viento y nácar detrás
de los cristales.
Silencios amarillos
de puertos sin viajes
recorren lentamente
la vértebra cantante
del árbol y la estrella.
Una humareda tenue
de lloviznas y musgos
florece manantiales
más allá de la estancia;
cierta nascencia casta
de trigales
deja su paz profunda
de ensueños y de anhelos.
Tiene esta tarde etérea
la sombra misteriosa
de Dios sobre mis naves,
tiene la estela blanca
de un ángelus piadoso
a flor de alma y de carne.

Viajan los recuerdos
por todos los senderos
mientras el crepúsculo germina
en un anecdotario
de rojos presenciales.
Y tú, con toda tu alma
y tu presencia toda
de fugitivos rostros
nacarados,
y de imágenes todas
palpitantes
de húmedas pasiones,
vas sumergiéndote
en la dulzura vertical
y cobre de esta tarde,
naciendo en el poema
que trazan
los vestigios invisibles
de la luna,
luz y ausencia
de la cálida llovizna.

Mientras se pone la tarde
como copos de nevada,
viento y nácar
detrás de los cristales,
para abrirse inmensa y pura
sobre el linde de tus brazos
de distancias y presencias
en mis mundos interiores.

 

MEMORIAS A BOLÍVAR

Padre, simón Bolívar.
Viento en oleaje sobre
la ilustre memoria
de esta tierra
donde el jaguar
dormita,
y la tórtola arrulla
un sueño antiguo
de canela y marfil,
y las piraguas
andan los caminos
del agua, cantando
sólo ellas
los sollozos del mar,
con su sílaba inmensa
de libertad perdida,
arrojando tu nombre
de sal,
Padre Simón Bolívar,
Sobre las diez falanges
de distinto metal.
Así tu verbo duro
quebrará la injusticia
del opresor maldito,
sobre cuya mentira,
tu nombre es sangre
y lava de tremenda heredad.
Padre, Simón Bolívar,
aprendiz tenacísimo,
acento indomeñado
creciendo en árbol, padre
en fruto, padre
en lluvia, padre
en germinal de amor
hacia un alba en rescate
desde cadenas torvas;
para esta América,
cariño de tu espada
eternal.
Desde la herida de la flor
que asciende
en néctar
por el canoro
puente del zorzal,
anda tu nombre,
rescatador de sombras,
buscando el lance
inicuo del puñal;
porque entre patrios
nombres, tu América
solloza rasgos
de vendedores de conciencia
y de paz.

Padre, Simón Bolívar,
cañaveral maduro
que asciende en la garganta
con su gesto de rica vastedad.
Azul dominador del río,
grito en creciente.
Puma en celo bromando
sobre el caudaloso
seno de la libertad.

Padre, Simón Bolívar,
nuestro señor de acero;
monte guardia
sobre el crepúsculo
de este reloj de hoy;
una estrella encendida,
un ave dolorida,
una campana leve,
un acero voraz,
y una entrañable
ausencia de ti,
guerrero dulce
que conjugaste
batallas
y conjugaste amor.

Julio 5, 1963

 

SALUTACIÓN AL PROCER DE LA ESPADA

Desde la angustia de esta tierra dolida
de amapolas yertas, de vientos implacables;
he buscado una voz para gritar tu nombre
y sollozar esta hermandad herida.

Tu verbo, capitán de piedra y bronce.
Tu verbo que reconstruya el ansia
de aquella libertad sublime y ancha
que construyó tu alma para América.

Tu verbo, capitán.
Y el temario glorioso de tu espada.

Sobre esta cobardía desatada
en tormentoso resurgir de llantos.
Sobre esta cobardía de aureolas
que aprisiona la brillante
leyenda de tu nombre;
apenas llega el presencial torrente
de un canto devastado.

Pero no está la desnudez remota
del pecho americano, rompiéndose
en rugidos torrenciales para
enterrar la emponzoñada esencia
de una merced terrosa de tiranos.

Y aquí tus playas de sagradas lides
se profana la historia de tu hazaña
cuando este suelo hollado por tus plantas
quiere reconstruir tu exacto paralelo
del canto en libertad del hombre eterno.

Bolívar, capitán del alto ensueño;
de la estrella, del viento y de las cumbres.
Tu nascencia es pendón y gloria
y grito y sol de lirio
que en algún ocaso
calentará las ateridas carnes
de estos hijos de surcos y de adobes.

Alguna vez desde el torrente lila
de nuestras tardes de lapachos rojos,
hemos de contemplar
la inmensa estrella de un capitán
de amor y de justicia.

Bolívar, capitán de bronce y piedra,
el de la espada azul del infinito,
viento de inmarcesible carcajada
que arrancará trigales de estos
rotundos hierros que nos pasman,
Bolívar, capitán de bronce y piedra.

Julio 24, 1960

 

POEMA AL CAPITÁN DE AMÉRICA

Frontera, raíz y tierra de laureles
encendieron la entraña de tu nombre;
Viento, corcel, espuma y oleaje,
bravo rumor azul del Chimborazo.

De ti y llama, nacen márgenes
al pie de esta cobarde merced de dictadores;
osarios de bandera y libertades,
que tu espada ensalzó cual himno sacro.

No se derribe el eco de tu estirpe.
Lo proclamen sabanas y altitudes.
Hienda el espacio en el cruzar del ave.
Grite el bronce viril de las campanas.
Beba la tierra en el trigal enhiesto;
cumbres marciales de tu espada en alto.

Julio 24, 1961.

 

TIEMPO DE LA MISMA SOLEDAD

Qué dulce penetrar la edad primera,
ahora que estamos hechos de palabras y números;
vamos entrando hacia ella como cántaros frescos
con nuestras gredas duras de amargor y tormentos.
Dulce el encuentro nuevo de ascender
por el recuerdo de ese niño que fuimos
para alcanzar -apenas en intentos-
las brasas de aquel sol del tiempo antiguo.

Ahora es cuando emerge la niñez de la vida,
ahora que se comprende el misterio de las cosas sencillas.
Aún nos dura el minuto con sus pepitas de oro.
Aún el terrón de sal se viste de diamante.
Vuelve a surgir la vida por los brazos cansados,
hay un secreto anhelo de algún lugar del mundo,
horizonte remoto donde encuentre las manos
de aquella niña en fuga con la única flor
de la ilusión primera.

De pronto. Una mañana al mirar a lo lejos,
me sonrió en el tumulto de la calle asfaltada
y hoy sé que si el amor que amo ya no estará
a mi lado,
hay una sombra clara tan llena de palabras,
hay un cielo que copia la forma de los pájaros,
hay una flor distinta que es mi única amiga,
tiempo de soledad. Paloma y agua.

 

EL PATIO

Desde aquel tronco azul
la casa vela,
la sombra, sombra
de los verdes mangos
y la tenue pisada
de los pájaros
sobre la tierra limpia
de su patio.
Una fusilería de azahares
hiere la casa con metal fragante
y se puebla toda de nostalgias.
Allí en el sitio de un jardín pujante,
corolas amarillas y mostazas,
reía un viejo jazminero blanco,
devocionario azul de atardeceres,
donde la estrella de su carne blanca
se hizo la eterna novia de las aves.
Allá fue el sitio de una fronda inquieta,
donde la luna derramó sus mares
y las copiosas lluvias del verano
grabaron cicatriz en su corteza.
Hombro hacia el sur en otro tiempo ufano,
junio ofrecía el encanto frutal del aguacate.
Y allí también el murallón vecino,
torre de asalto de aventuras niñas,
guardó el encanto de la voz prohibida
de los adustos padres de la casa.
Troya a caballo con su Elena púber,
cuatro guerreros se lanzaban prestos
sobre el patio callado, en siesta clara,
para solaz de una amistad sin tregua:
Guillermina, Teresa, Jorge, Antonio,
abecedarios de aquel tiempo viejo,
armaduras del genio y de la risa.
Bajo el abierto cielo de sus noches
hacia la conjunción del puñal del marino
concluye la vasta sinfonía de aquel mandarinal
de orfebrería, con su perenne cuita de arboleda,
en el grito borrado de la brisa.
En los oscuros ángulos tirita la infantina cadencia
de algún mito con sus yva jarýi, con sus pomberos
y su sonaja cándida de «entierros».
Por aquí mariscales de epopeya cruzan en un corcel
apocalíptico, con sus seres de azul cortesanía,
duplicando el misterio de la endiablada grey
de los muchachos.

 

MEDITACIÓN JUNTO A LA CUNA DE FEDERICO GARCIA LORCA

Voy a dormir a mi niño de nardo y sol en Granada.
Afuera hay fusiles rotos. Carretes de carcajadas.
Un trigal recién nacido que ha de abatir la metralla.
Voy a dormir a mi niño con las ventanas cerradas,
con una canción de cuna sin estupor de granadas.
Sobre los mares palpitan los duros acorazados.
La soledad de la calle tiembla con un silencio de amor herido.
Voy a dormir a mi niño con una canción del alma.
Una canción de alta luna que le hablará de clarines
y gerifaltes, en mi voz que para amarlo busca
una tibieza antigua. El tiempo es duro.
Quiero para mi niño su hora.
Que se disipen las sombras sobre su almohada blanca,
pues no quiero ver en ella violento color de sangre.
Voy a dormir a mi niño con una canción de pan y otra
de harina. Voy a cantarle con voz de cinta de mandolina.
Un grito de carnaval sobre sus ropas de niño.
Afuera hay un arsenal de escaparates vacíos y un tiempo
sin manecillas, de relojes abatidos.
Voy a dormir a mi niño en este mundo de hormigas;
silencio, plata y camino. Trabajo de pan y harina.
Afuera mueve sus aspas la magnitud de un molino.
Negro el molinero. Negra la harina.
Voy a dormir a mi niño con las ventanas cerradas.
Para que nazcan los hombres ha de hacerse niño el río.
Voy a dormirlo así. Así voy a dormirlo.
Que junto a su cuna velen en esta noche del mundo
mis manos como plegarias de la luz de un día nuevo.
Madre luz. Madre que ha de dormir a su niño
con las ventanas cerradas.

1966

 

PEQUEÑEZ

El otoño será la lejanía,
lo que jamás al corazón regresa.
Lo que tuvo por un instante impresa,
la señal que en los júbilos ardía
Germán Pardo García

Ya estoy en el otoño y todo es lejanía,
desde la estancia a los jardines evoco los recuerdos.
Me vuelvo hacia la infancia luminosa y alegre,
la adolescencia con su risa clara y un corto día
de amor en tanto espacio, mientras el corazón
escribe el mismo nombre, más allá del olvido,
más allá del desprecio, más allá del vientre
florecido en las dulces laderas de la vida.
Ni el nombre. Ni el fugaz centelleo del rostro,
nada ansía de mí aquel a quien amé y sigo amando.
Ante el olvido doy la otra mejilla que vuelve
ensangrentada de desprecio.
Así tejí mi soledad bendita que es lágrima y dolor
en cada instante, forma de una alegría desusada.
Velo que oculta aquel tenaz anhelo y sale en busca
de una mano trémula. Una pequeña mano palpitante,
sin palabras, hecha de gestos con los que bordo
el cielo de mi mundo.
Vamos juntos detrás de la ventana. Afuera la niebla
es espesa y la llovizna se agazapa entre la calle
y el árbol.
Qué dulcemente tibia es esta mano. Qué pequeña
es esta mano que se arrebuja en el cuenco de las mías
para mirar la tarde del otoño.
Quedémonos aquí pues se comprenden tanto
nuestras manos.
Te haré cuna en mi pecho para bordar la alondra
de la dicha.
Mira quién pasa, amor, pequeño amor.
Cuántas madres empapadas de llanto. Madres
que tienen hambre, sed y frío y en cuyos brazos
viajan los niños macilentos.
También los poderosos de la tierra, cargados de cadena
y pesadumbre, bajan la cuesta final de su fatal victoria.
Los pobres a quienes cercenaron las palabras van
maniatados como esclavos tristes.
Las novias a quienes un tiempo de impiedad aplastó
los mismos azahares.
Mira quién pasa, amor, pequeño amor.
La tarde de Hiroshima. Los revolucionarios
de la sangre que encarcelaron la libertad. Los archipiélagos
malditos. Los campos de concentración y las murallas
y las celdas en las que el odio se afina.
Mira quién pasa, amor, pequeño amor.
Una constelación de ángeles custodios, precedidos
por mariposas blancas.
Una cajita de música que canta salmos a la vida.
Un pastor de Nazareth, tañendo la flauta.
Un marinero en la barca, cantando a las gaviotas y al mar.
Mira quién pasa, amor, pequeño amor.
Dios. Pasa Dios, amor. Mira cómo los árboles florecen.
Mira cómo se multiplican los panes y los peces.
¿No te deslumbran acaso los arcángeles, pequeño amor?
Qué carnecita tibia la de tus manos sobre la cuna
de mi pecho.
Mira la gran luz del sol. Los pájaros.
Durmamos hasta la esperanza, pequeño amor.

1984

 

LA CUADRILLA DEL HACHERO

I
Anoche anduvo la luna sobre sus ancas verdosas.
Anoche anduvo el invierno, chacal de encendidas fauces,
buscando en los territorios de sus frutos verdinosos
la canción de la guadaña del hachero.

Anoche como candelas tiritaban sus ramajes,
y en mi garganta de vidrio se trizaban los recuerdos.
Sentí el frío pavoroso de la luna a medianoche;
sentí las manos crispadas a lo largo de los miembros.
Sentí la savia del árbol en el tronco de mi vida
y el viento trayendo copos de endurecidas heladas
a la umbrosa soledad de mi linaje.

Sorbo a sorbo fui bebiendo el brebaje de su sal
y de su angustia.
Hueso a hueso fui partiendo si encontraba
su fragancia de guayabo en los estíos.

Yo no sabía por qué me estaba doliendo tanto;
cuando el fragor de mi lucha tropezó con la leyenda
de su cuna y de mi cuna, en la memoria:
vinimos creciendo juntos.
Fragancias de primavera dio en el marfil de sus flores
y en mi vida la otoñada blanco sudario vertía.
Partos de tierra y de entraña, hicimos juntos
la vida.

De letal presentimiento.
Como el cirio que proyecta la plegaria del creyente,
descendí pálidamente a los vértices finales
de su noche de candelas.

La señal definitiva de su Cruz y mi Calvario
rasgó el signo amortajado de la noche
milenaria.

II

La cuadrilla del hachero, despertaba
en el bostezo displicente de la niebla madrugada.
Por la lomada desierta se fue perdiendo el lucero.
Su apagada voz hendía la intemperie a cuchillazos.
El corazón recogía en sus aldabas de luto,
la herida. Siempre la herida.
Vinimos creciendo juntos.

El primer diálogo ronco se fue enredando entre ellos.
Cayó rabioso el invierno sobre sus cuerpos fornidos.
Ensayaron las miradas un relámpago acerado.
Cuatro músculos cayeron en las esquinas de adobe
y al punto cuatro centellas desde sus hombros brillaron.

Muerte al monte.
En la picada
rezaba el alba cinco horas.

Un paso sobre otro paso hicieron crujir escarchas.
Muchos lamentos partían desde las puertas del rancho.
Larga fue la desvelada sin el fuego, aquella noche.
Y han partido cuatro hombres a ensañarse
con los árboles; a traer desde los montes
la justicia a sus sordos desamparos.
A saciarse con el fuego que es la sangre
de los árboles.
A matarlos con la ira del invierno
remordido en la espesura de sus carnes
de silencio.

Fueron cuatro voluntades.
Cuatro golpes que crecieron a millares.
Cuatro torsos obedientes a la hechura
del acero.

Surgían a borbotones los crujidos en el monte.
Iban muriendo la vida de los árboles tremendos
y naciendo los recuerdos en las hachas relucientes
por las brasas del martirio.

Uno a uno.

Se les mojaban las manos
con el sudor de la luna congelada.
Los pobres frutos rodaron llorosos sobre los llanos.
Ni para el ave cansada sería la pulpa fresca.
Ni las ramillas flexibles cumbre de nidos alados.
Ni la lluvia retorcida del otoño
ya estaría en la caricia de la corteza rugosa.
Ni ya el ancho viento libre tajaría las espaldas
de las hojas movedizas.
Ni el murmullo.
Ni las sombras.
Ni las cuitas con la estrella fugitiva
de las tardes.
Y los paisajes sin gritos
no llegaban a las almas
del metal, ni del hachero.

En el círculo verdoso cayó el rapto
de la cruz de cuatro hachas.
Y la vida fue partiendo hacia remotas
claridades intangibles.
Hacia noches más piadosas para el hombre,
renegrido por la mies en decadencia
de la tierra fratricida.
Hoy los árboles pagaron el tributo
de su paz desierta y muda.

III

Cuando invernales tañían las campanas
en el ángelus,
cesaron las cuatro luchas de los brazos desnudados.

Se maniataron los troncos como fuerzas
en presidio.
Cuatro aceros regresaron a las seis
a la morada.

El camino desandado se hizo apenas
leve queja de rosales despoblados
de vibrantes mariposas.
Jugó el hacha hundir la tierra y levantarse
sin castigos.
Más.
De pronto.
La presencia de otro árbol se detuvo
en la cuadrilla del hachero.

El siniestro cuadrilátero metálico
destrozó en el poderío de la tarde jadeante
las estrofas de otro daño, para el tronco
que a mi vida se había prendido tanto.

Cayó al pie de mis tristezas sobrehumanas
el despojo del guayabo.
Y otra vez la soledad volvió a sentirse,
soberana de mi cal y de mis ramas.

El pesar que yo sentía, no podría ser salvado
por la mano de los hombres.
El corazón no podría detener el hacha impía
de la sórdida justicia.

En la noche de otra luna,
llama ardida de invernales resonancias,
quedé en Dios para el milagro de mi angosta
desventura renacida.

IV
Tiempo anduvo el bosque entero
dando fuegos y alegrías
a la pobre descendencia del hachero.
Con la luz de las hogueras relucían
cenitales los añiles de los frisos,
noche a noche
en la cabaña.
Los sucesos misteriosos de las ánimas
en pena,
fosforecían semblantes de la rueda
campesina.
Y los casos del pombero,
del luisón
y de la yeta,
forzaban la celosía de los ojos
entreabiertos para ahuyentar
el pasaje del temor
en la conciencia.

Entre el fuego y la leyenda,
fue creciendo la hora púber
de una infanta en el deseo.

Era el celo solapado de sus dueños
montaraces.
Era el sueño de lo intacto en el germen
pedregoso del leñero.

V
Al rescoldo de las noches,
el guayabo se iba dando en la bondad
de sus destrozos.
Una fue para el sostén de algún cansancio
labrantío, su reposo.
Otra fue, en el hospedaje, la almohada
de un ensueño mendicante.

Noche a noche.
Relojes fueron cayendo sobre el tiempo
como huellas.
Lo mismo que huellas frescas sobre viejas.

Un día de primavera que por el campo llamaba
la esencia de los guayabos y el pincel
de los lapachos;
andando por esas tierras con la tristeza
apretada, como un anillo de bodas
en la cintura del dedo.
De paso,
por la lomada que enciende el sol
del ocaso,
se dio el supremo milagro
que en mi anhelo acariciara.

Y quise exprimir los cerros entre mis manos
cansadas, de ese crepúsculo rojo
que los dejaba en el aire, temblando,
como granadas.

VI
Tranquera espaciosa y fuerte.
Señal de casa guardada.
La cabaña del hachero
y el guardián de guayabo.

De este lado el campo inmenso.
Verde.
Guapo y remozado;
allí el corazón valiente
del primer enamorado
y el cantar de la guitarra
con su estatura de hombre.

Del otro el suelo partido
con otras tierras ajenas,
mansedumbre de pastadas
y reguero de mosquetas
hasta el linde de la casa.
Y las ancas del guayabo,
todo luna en la tranquera,
con dos ojazos de fuego,
dos hachones encendidos
de la hija del hachero.

Entre metal y guayabo
se ató el corazón de ambos.

VII
Largando se fue la tarde tras el lucero velado,
con mi canción trashumante:
fue tarde, pero
no hay pena
que su dicha
no se traiga.

Ni corazón altanero
que el tiempo
madure manso.

Ni cicatriz
de algún hacha
que el alma buena
no cambie.

Si al fin,
en la vida todo,
su premio o castigo
alcanza.

 

ELEGÍA DEL ÁRBOL FENECIDO

Ya no vendrá la luna por las noches
entre la escarapela de las hojas.
Ni el ocaso ha de empañarse
con la alegoría de pájaros cansados.
Las estaciones reinarán en el vacío.
El sol rodará sus despedidas
en follajes elípticos.
Sin el árbol, el río será un intento
de emociones caducas.
Habrán de someterse cien años de experiencia
en el trajín del patio.
Se tejerán recuerdos del pasado
con luminosidad de historias
presenciales.
Revivirán los árboles ya muertos.
Cantarán los gorjeos olvidados.
Se escuchará crujir entre hojas secas
pisadas fraternales por los frutos.
Caminarán las siestas de verano
con la vivacidad de horas pasadas
y voces se alzarán. Aquellas voces
tan amadas aún hoy en sus silencios,
cuando la nítida infancia acariciaba
los vagos sueños de imposibles rosas.

Este gigante verde ya era viejo
y acortezado de sabias experiencias.
Era una inmensa ancianidad de honduras;
una dulce piedad de sufrimientos.
Él vio partir las cosas bienamadas.
Lejos de él velaron ataúdes.
Oyó el quejido leve de las cunas.
Fue el aya fiel de estos oscuros amos
que lo miran de hachazos fenecido.
Sólo la gratitud de las tristezas
que nos causan sus últimos descensos.
Sólo pena de lágrimas inertes
en su obligada muerte sin retorno.
Vivió un siglo de luz y se nos muere,
el verde antepasado, bajo el hacha.

En esta soledad amoratada
que roba al cielo su joyel de hojas,
la luna rondará como un sudario
en los sucesos de su inexistencia.
La fría madrugada de relentes
en presencia caerá de su partida
y los senderos de entonces, más nítidos
de sol, recogerán la cruel meditación
del que ha partido.

Fue una larga agonía de ramaje,
de pesado arrastrar por el camino.
Luego un tramo de luz en las hogueras
hacia el epílogo gris de las cenizas.
En lo profundo de la realidad acontecida
el elegíaco llanto de las penas
que del viejo gigante fenecido
hizo el motivo de su propia pena.

EL ALJIBE

Afuera la luna inalterable pasea entre resedas
y violetas moradas, mientras camina el aljibe
su cordillera cromada de henchidos malvones rojos,
anaranjados y blancos.
La silenciosa roldana mira su cielo de agua,
su oscura esfera de hierro ha enmudecido sus voces;
ya no hay canciones ni manos. Un tiempo nuevo ha llegado.

 

ALEGRÍA

A veces, en tempestad de crepúsculos,
busco el asombro de tu nombre único
y de pronto te encuentro en la sonrisa,
en esa conversación intrascendente;
quizás, amor, la máscara que esconde
la plenitud del corazón amante.

Qué fastuoso desorden en el alma.
Qué asimiento de dicha pasajera.
Tus secretos son pámpanos ufanos,
¿quién nos dirá la profunda fragancia
que nos estremece por igual?
Los ojos. Los ojos ávidos de la verdad
nos desnudan sin proponérnoslo.

Hogaza tierna es tu presencia,
harina que al andar se hace morena,
porque amor y dolor, eres mi estrella.

1984

FINAL DE LUZ

Me han vestido de luz,
entre las sombras,
después del vaso amargo.
Detrás,
la sutileza del recuerdo
cada vez más profundo,
más lejano.
Final de soledad
en este yermo salobre
-tristísimo-
más allá del alma.
Cierzo en la plenitud
de los rosales,
que de sangrientos pétalos
se extinguieron
en brazos amarillos.

 

TEOGONÍA DE LA PRIMAVERA

Vertical,
profunda,
misteriosa,
retorna primavera
en el glosario nuevo
de la rosa;
en la quemante sangre
de las vides,
por el mismo cristal
de aquel ensueño.

Alféizares de sol
triunfan
sobre la pálida muerte del otoño
mientras la melancolía
de los astros
se tuerce
en llamarada alegre.

Sueña la flor, el cáliz
y la alondra;
sueña la savia fecundante
esencia;
sueña la tierra
su eternal concierto
en un surco de pétalos y granos
y su entraña radiosa
palpitante rompe
la verde senda
de algún árbol.

Azahar
y jazmín
y firmamento
consumen néctar
de la misma carne,
desolada,
antigua.

 

SED

¿Quién soy
en esta tarde
sitibunda
que desconozco
el rostro
del enigma?

¿Qué hora
en mi solar
desierto
cava
esta congoja
mía?

Esta rosa
del éxtasis
comienza a deshojar
sus languideces.

El silencio
letal
de la naturaleza
estremece
la tarde
de mi sangre.

Siento áureas
turbulencias
en mi anhelo
de partir en las manos
esta tierra
de cimeras
oscuras,
desvaídas.

Sueño una
claridad
que me amedrenta
al ignorar
las cumbres
de su tránsito.

Transfigurada
estoy
en mis crepúsculos,
bañada
por la savia
del quebranto.

 

SANTALUCÍAS

Azules santalucías
desposadas con el pasto
aprietan la caminata.

Viento arriba.
Piedra abajo.

El cántaro abandonado,
desespera ahíto de agua
en brazos del chorro claro.

Viento arriba.
Piedra abajo.

En la garganta de palo
abreva el calor cortante
el azadón por el mango.

Viento arriba.
Piedra abajo.

El hierro hirviente se enfría
la cabeza en la corriente.
Tirita el cántaro frío.

Viento arriba.
Piedra abajo.

Cuatro pisadas distintas
andan. Desandan. Se mezclan.
Anda el mordisco emotivo.

Viento arriba.
Piedra abajo.

Mariposas en la nuca,
corre el beso al rojo vivo
desde el fuelle de los labios.

Viento arriba.
Piedra abajo.

Dos afectos de intemperie.
Pelos negros enredados
en las matas de dos trenzas.

Viento arriba.
Piedra abajo.

Goterones de reseda
estrujados por el roce
sorprenden hombros desnudos.

Viento arriba.
Piedra abajo.

Sudores de labrantía
beben las santalucías
de dos cariños salvajes.

Viento arriba.
Piedra abajo.
El agua corre de barro
desde el cántaro curioso
hasta palpar el ensueño
del azadón dormitante.
Su juventud modelada,
ruda ánfora de arcilla,
esparce su olor de barro
entre las santalucías.

Cuatro pisadas paisanas
machacan santalucías.
Dos el cántaro llevaron.
Dos el azadón cortante.

Viento arriba.
Piedra abajo.

Otra vez, santalucías.

 

ESPACIO DESOLADO

a Carlos Villagra Marsal

Vosotros,
los que eleváis mi cielo de torturas,
los que sufrís conmigo el mundo duro
en este angosto cacto de roturas.
Vosotros,
mis jirones de alegría, mis huertos
de jacintos despoblados.
Por este niño triste de mis brazos.
Por este solo niño abandonado,
yo os daría mi martirio intacto.

Por estos harapientos alaridos
de los labios hambrientos,
yo sé que os daría mi alma muerta;
os daría mis aguas sepulcrales;
mis corales de llanto taciturno,
mis totales honduras devastadas.

Por vosotros en mí, la nieve eterna
de todas mis acciones clausuradas,
la noche del sentir aborrascada,
la azucena de amor despedazada.

Vosotros,
mis ojos ciegos de uva avinagrada,
mi corazón de pueblo recostado,
mis tristezas de adobe y paja rota,
mi corazón diezmado en esta suerte.

Ya no tendré la paz del horizonte
sobre el nevado campo de las lanas.
Ya no seré dulzura amedrentada
por el advenimiento de la noche
en actos de agua y pasiones cenitales.

Yo llevo hacia un camino
mi dolorido pueblo de naranjo enlutado.
La ilusión de mis gajos languidece
de angustias y caminan mis pasos
el mismo derrotero.

Siento como si en el pecho
las flores congelaran.
Con duras aguas sangra
la arista de mi duelo.
Y de rosas renacen
mis urnas de azahares.

LO GRIS

Mi alma es hermana del cielo gris
y de las hojas secas

Juan Ramón Jiménez

Amo lo gris.
El plenilunio exacto
de la niebla sutil.
Hay algo melancólico,
indefinido y leve
en la dulzura del dolor así.

Amo lo gris
porque tras él espero
la forma iridiscente
de la felicidad.
En este nostalgioso cortejo
de penurias, sostengo la alegría
de mis heridos pies,
que sólo han encontrado
jazmines ya dolientes
y alguna que otra altura
de redención,
de luz.

Amo lo gris.
En el paisaje oculto
de la risa fugaz
hay algo de fragancias
magnólicas y errantes
que dibuja en los vientos
la transparencia gris.

Amo en lo gris
un cuento de la vida,
orfebre de soledosa
vastedad.
Pinar profundo.
Retorcidas ramas.
Alas que sueñan así
la inmensidad.

Amo en lo gris
el fondo de las aguas
donde se esconde la pasión
del coral.
La terneza de algas.
La sed del mismo vuelo
en procura insaciable
de la lumbre inmortal.

Amo en lo gris
el luminoso marco de las cosas.
El diálogo infinito
del invisible ser.
La amada luna ausente
de las noches veladas
por ese signo oculto
de lo insondable gris.

La angustia que sumerge
sus manos ateridas
en ese mar oscuro
sin conocer el fin,
fue en busca de la estrella
y a veces fue la piedra;
quiso en sí las espinas
y se le dio el dulzor.

La mano de la angustia
tiene falanges grises.
Diez centinelas duros
sobre el reloj de cal.

Los diamantes son grises.
Las esmeraldas grises,
y el brillo que deslumbra
les damos en la lucha
de ansiar en nuestro cielo
la rosa venturosa
que viene de lo gris.

Amo lo gris
talvez porque a mis ojos
dieron color de la fruta total,
que sabe dar al tiempo
de la dicha su esencia
y al tiempo de la pena
sus lágrimas de miel.

Amo en lo gris
indefinidamente,
la llovizna, la niebla,
la arboleda sin sol,
que atesoran en torno
de cosas olvidadas
todo ese mundo tierno
que me hace amar lo gris.

Amo lo gris
indefinidamente,
y soy apenas, creo,
un estuche pequeño de grises
terciopelos
que aprieta el rojo exacto
de la vida que bebe
su propio corazón.

AHORA

Una infinita, dulce y dorada tristeza
puebla los dinteles de la tarde.
Y el alma, a flor de alma,
transida de alegría bebe
la voz de todos sus recuerdos.
Amados. Siempre amados y presentes.

Un inefable y místico anhelo
vibra en el cáliz casi ya nocturno.
Desbordan las corolas sus recintos
hasta el borde del corazón sereno.

Las formas del crepúsculo se yerguen
hasta la estrella de la noche en marcha.
Y sobre el breve temario de la tierra,
amando está mi corazón el rostro puro
de su gran Destino.

DE UN EXTRAÑO DECIR

Sufrir en la palabra cuesta poco,
es apenas la queja en melodía
que al viento da la voz.
Si en lo profundo no lo lleva el alma,
¿qué nos vale decir el sufro yo?

Cuesta poco decirlo en la palabra
y borrarlo después con una acción,
cual si no hubiere sobre el gran camino
justicia que cercene la impiedad.

Es en vano ante Dios lo más amargo
para romper la Fe que se nos dio.
No es en ofrendas de gentil espada

que se desgaja el árbol del dolor;
ni es el mentir los satisfechos goces
la inconmovible cifra del sufrir.

 

DIÁLOGO UNO

La piedra de este amor
sobre este lago. Aguas quietas.
Cansancio. Peces sin redes.
Madera sin los remos, a deriva.
Palo oscuro por dentro, y hacia afuera,
la porcelana blanca, ocultando
la ciénaga. Mi ciénaga, Señor.

Sobre mis aguas cubiertas
por la pátina verde del egoísmo,
de pronto, sin saberlo la dulce
piedra de tu amor, camino
hacia el rescate de mi perdido
corazón de mundo.

La dulce piedra de tu amor,
apartando la lobreguez
de mi inconciencia de Ti.
De este asirme afanoso
a los brillos efímeros.

Antes.
El miedo de la piedra inerte
ya me dolía en la probable herida.

Hoy.
La alegría de abrir el alma
en círculos profundos, hacia claros
destinos fraternales. Me abrasa
porque me diste la respuesta:
«Produce con tu ejemplo
y tu palabra un primer círculo…
Y éste, otro… y otro, y otro…»

Venga pues el destino
de todas las nodrizas buenas
de la tierra.
Debo encender la luz. Hay
tantos niños tristes. Tanta
ausencia de Ti, donde
se duermen.
Ya sin amor se pierde el sueño de la luz
sobre los montes, en las horas
de nidos y de pájaros.

De tu mano sabré andar lentamente.
Viento de frente.
Puerto victorioso donde narrar
un nuevo cuento de hadas.

1977

 

YA ES TIEMPO

Aplástame el rencor.
Arráncalo
de las fosas oscuras donde estuvo escondido.
Ya es tiempo del árbol, de las alas, del vuelo,
de la flor, la semilla redentora quebrantándose
hasta ascender al sol, beberse el viento,
conversar libremente de otros cielos lejanos
donde viven los cuentos de lo que fue la infancia.

Aplástame el rencor.
Arráncame las manos si no son para el canto.
Y déjamelas suaves, tibios ríos de mieles.
Dos seres envolventes del dolor y del llanto,
de la injusticia, espada
de la mentira, espada
de la soberbia, espada.
Espada sin metal ni empuñadura,
Espada de ese vasto silencio que doblega,
con la blancura casta de la fragante flor
del limonero, su lucha blanca de ramaje verde
sobre el espacio vegetal, crecido de la raíz y del tiempo,
para entregar su madurez al hombre.

Aplástame el rencor
haciéndome campana, que suena igual
cuando la agita el mártir o el impío.
Sonido en bronce. Caminador total de la alegría.
Duende y sueño tejido por la vida.
Duende y sueño, viajeros de los trenes
por cuyas ventanillas vayan entrando
los paisajes del mundo: Quebradas. Fuentes.
Laderas. Márgenes transparentes con su niebla
de peces, pintados en el agua. Gente de pueblo
con cansancio y hambre. Niños sin alfabeto,
sin camisa. Manos de pedregullo que rasgarán
la seda muy antes del capullo.

Aplástame el rencor. La vanidad. La envidia.
Dame la Cruz de la humildad, Dios mío.
He de ser fuerte, valerosa y alta. Yo te lo estoy pidiendo.
No me niegues. Tállame el evangelio en cada hueso.
Arrójalo en las venas. Píntamelo en los ojos.
Lábralo en los oídos. Fórjamelo en la boca.
Escríbelo en los pies de cada día. Ya sabes,
necesitamos un palomar-planeta que rompa,
con sus vuelos en el aire, la supuesta bondad de utilería,
los trapecistas del amor vendido, los actores del vicio
con el cuerpo corrupto que trasnocha, trepida, difama, repta,
salta y conspira frente a frente, ante el signo que un día
trazarás con tu carne coronada de espinas.

Aplástame el rencor, el egoísmo, la vanidad, la envidia.
Dame la Cruz de la humildad, Dios mío.

1978

 

BANDERAS

Banderas.
Banderas negras
para el último día
del opresor.

Sangre de ardidas venas.
Rictus exagües.
Luz y espada.

Un retazo mendigo
de estas tierras de duelo
para el último cetro
de la traición.

La plenitud de un surco
arrojará la libertadespiga
para el inmenso día de la paz.

Banderas.
Banderas de cien duelos distintos
sobre los flancos yertos
de su nombre.

Banderas.
Banderas desplegadas.
Emblema.
Justicia.
Libertad.

1980

 

ASOMBRO

En un tiempo sin nombre descubrí
entre las manos,
puestas sobre el espejo cotidiano -cristal y celosía
de los años-, esta opulencia de caballos blancos.
Calladamente, como besos hurtados a un amor 5
fugaz de adolescencia, se me fueron los años.
¿Adónde fue la rosa nacarada de la dulce inocencia?
La voz que entretejía en el aire el contorno
de las hermosas palabras. Madre. Amor. Cielo.
Las inmaculadas puertas que se abrían
sobre el jardín de los encantamientos.
Los gritos estridentes de la infancia
y los sollozos por aquellas nadas.
El albo traje de las comuniones con sus estampas
y sus letras de oro.
Los espacios del tiempo repartidos en las jornadas
diáfanas, de unas siempre llamadas vacaciones.
Y los rostros. Los nombres. Las edades
que quedaron por siempre en la retina
con sus gestos de asombro y maravilla.
Todo ocurre de pronto tan de prisa,
que al querer atrapar entre las manos
las sinuosas líneas de un juguete,
las falanges responden torpemente
y vibra en ellas un temblor ligero
que más sabe de pan que de caricias.
Indefectiblemente es el otoño,
donde la brisa corre diferente
y hay recuerdos amargos que hoy se visten
de fiesta.
Este manojo de cabellos blancos
señala un puerto de barcos encallados
con quietos pescadores a la espera
de la ofrenda del agua en cada hora.
Pero un secreto ensueño envuelve todo,
porque la vida se ha tornado blanca.
Es como regresar a alguna aldea
donde la magia del amor perdura,
y de cada derrota, sin pensarlo,
fabrica un duende de color de nieve
que juega a los castillos en las sienes.
Esta opulencia de cabellos blancos
es simplemente asombro.

1981

UNA VEZ

Hoy anduvimos celosamente humanos,
rescatando el idilio de las horas.
Por eso fui buscando un lapso claro
para ofrecerte mi vendimia simple.
Pero tú, generoso hasta el convite del vino
de mi agrazón oscura, hiciste uvas doradas,
y un poco deslumbrado
de pronto, todo lo cambiaste
y se tiñeron tus ojos de dulzura
y nada más que así fue nuestro encuentro.

Había una vez. No.
Érase una vez. No.
Que fueron muy felices. No.
Ya lo sé, amor,
son los tenaces juegos de tu ausencia.

1984

 

EN SILENCIO

En el fondo de mí
ya no hay palabras.
Sólo un cristal
de otoño
ceniciento
que escucha el golpear
de algunas hojas
y el pasaje fugaz
de gotas finas.

Ya no me queda
al fin
de esta jornada,
sino el mirar
sin ver
de mis pupilas;
ni el crepitar
del llanto
existe ahora;
soy, apenas,
la piedra del camino.

Sostengo
a solas
mi frutal
maduro
por el sol de la angustia
y de la pena.
No sé
de dónde llegan
mis heridas
ni a qué destinos
yo
y ellas vamos.

En el fondo de mí
ya no hay palabras.
Sólo hay un ser que piensa
y se amalgama
con el silencio y en silencio
estamos.

PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

POESIA MAS POESIA 2022 1 - Poesia Online
Suscríbete a Grupo Cero Televisión.

Comparte en tus redes sociales

Deja un comentario