134. Poesía más Poesía: Salvatore Quasimodo

SALVATORE QUASIMODO

BIOGRAFÍA

Nace el 20 de agosto de 1901 en Modica, Sicilia. Hijo de Gaetano Quasimodo y Clotilde Ragusa. Pasa su infancia en Roccalumera. Su padre, Gaetano Quasimodo, era jefe de estación de las Ferrovie dello Stato en Ragusa, localidad situada al sur de Sicilia, y recibe la orden de trasladarse a Messina para restaurar la red ferroviaria que quedó inhabilitada después del devastador terremoto del 28 de diciembre de 1908. Durante treinta y siete segundos la tierra del estrecho de Messina (que comprende la provincia de Messina y la de Reggio Calabria) se sacudió con una violencia tal que segó la vida de aproximadamente cien mil personas que fueron pilladas durante el sueño. Después del violento despertar a las cinco y veinte de la mañana, muchos de los que corrieron despavoridos buscando el cielo abierto de la playa para salvarse de morir aplastados por las edificaciones de la ciudad, sucumbirían minutos después, ahogados por grandes olas que se elevaron a una altura de casi diez metros en ambas orillas del Estrecho. Todo el dolor del mundo se concentró en Messina.

La familia Quasimodo llega a Messina tres días después de la catástrofe. Totò tenía siete años y en Messina vislumbró un paisaje lleno de tragedia y desolación. Ante la imposibilidad económica de poder rentar un espacio habitable, dado que por el temblor se habían encarecido los servicios y, sobre todo, las pocas viviendas que todavía quedaban de pie, la familia Quasimodo se vio obligada a vivir durante un buen tiempo en un vagón de carga estacionado en una vía fuera de uso.

Desde su casa-vagón, Totò presenció las ejecuciones populares, sin derecho a juicio, de aquellos ladronzuelos que eran atrapados en el acto mismo de cometer pillaje en las casas que habían sido abandonadas por sus dueños. La violencia de la tierra y la violencia de los hombres fueron sus primeras lecciones de vida.

Salvatore Quasimodo escribió sus primeros poemas a los diez años de edad. En el archivo personal del poeta, que guarda su hijo Alessandro, se conserva un cuaderno que reúne sus primerísimos poemas. Veintitrés textos en los que ya se advierte la sensación de vacío y desamparo en la condición humana. Esta desgarradura existencial permeará toda su obra y logrará su máxima expresión en el poema “Y de pronto anochece”, incluido en la antología Agua y Tierra (1920-1929).

En Messina, Salvatore se matriculará en el Instituto Técnico Matemático-Físico AM Jaci en el que se graduó en 1909 y tuvo la suerte de formarse con intelectuales como Francesco Satullo y Federico Rampullo, quienes lo acercaron a la poesía de san Agustín, los poetas franceses y la literatura rusa. Conocerá allí a Salvatore Pugliatti y Giorgio La Pira con quienes forma una amistad destinada a durar toda la vida. Con ellos fundaría el mensual «Nuovo Giornale Letterario» (que se publica de marzo a noviembre de 1917), en el que también colaboran Lionello Fiumi , Filippo de Pisis y Giuseppe Villaroel. La Pira será el motor que lo impulsará a adentrarse en el profundo conocimiento del latín y griego, camino que lo llevará a volverse un traductor excepcional de los líricos griegos y latinos.

Quasimodo a la edad de 3 años.


En 1919 se mudan a Roma, y allí se matricula en ingeniería en el Politécnico. Para procurarse el sustento hizo un poco de todo: dibujante técnico, empleado en una ferretería, geómetra en Reggio Calabria, Liguria, Sondrio y Milán. En esta última ciudad establece bases definitivas; le conceden, “per chiara fama” (reconocimiento a sus méritos literarios), la Cátedra de Literatura Italiana en el Conservatorio de Música “Giuseppe Verdi” ,donde ejercerá como profesor hasta cuatro meses antes de su muerte. En esa época se empieza a despertar en él el interés por el griego y el latín.

Salvatore Quasimodo y su familia.


En 1926 se traslada a Reggio Calabria donde es nombrado “topógrafo extraordinario” de ingeniería civil. Pasa los domingos en Messina en compañía de Pugliatti, La Pira, Vann’Antò y Glauco Natoli. Se casa con Bice Donetti.

Los poemas escritos entre 1917 y 1929 están recogidos en Agua y Tierra (Acque e terre), libro que sería sometido posteriormente a una profunda revisión por el autor. Allí están las líneas maestras de la poesía de Quasimodo.

En 1929, invitado por Elio Vittorini, que se había casado con la hermana de Quasimodo, se traslada a Florencia. Aquí conoce a poetas como Alessandro Bonsanti y Eugenio Montale. En 1930 toma un trabajo en el Cuerpo de Ingeniería Civil de Italia en Reggio Calabria y conoce a los hermanos Misefari, quienes lo animaron a seguir escribiendo.

Messina

Un importante período, entre 1929 y 1930, lo pasa en Florencia, donde se introduce en el ambiente de “Solaria”, revista de notable importancia en la historia de la literatura italiana; conoce personalmente figuras relevantes de la literatura, lo que le servirá de mucho en su ubicación definitiva en Milán.
1930, año de la edición, bien puede considerarse una fecha clave para el hermetismo. La polémica se inicia apenas el volumen aparece y se acentuará dos años después con la edición de Oboe sumergido (Oboe sommerso); se dice que nuestro poeta está influenciado por modelos estilísticos típicamente ungarettianos y por la “negación” de Eugenio Montale.
Quasimodo es un poeta de isla que llega a convertir aquella tierra en el “paraíso perdido” del hombre; como todo poeta que se precie, universaliza la “pequeña casa”, con todas las cosas que sus ojos vieron, desde las viviendas destruidas y los cadáveres y los soldados que fusilan saqueadores ante su sorpresa de niño refugiado en un vagón en una vía muerta, hasta las lecturas y recreación de la poesía griega y de los clásicos latinos.
Formado en los preceptos de los poetas clásicos, en sus primeros libros -Agua y tierra (1930), Oboe sumergido (1932), Y llega pronto la tarde (1942)- mostró una gran predilección por las formas concisas y herméticas, poniendo especial énfasis en la búsqueda de la palabra precisa y de los valores musicales. Temáticamente, estas composiciones se caracterizaban por una evocación nostálgica y conmovida de los paisajes de su tierra, Sicilia, entendida como lugar simbólico de una soñada serenidad.
En esta época también inicia su intensa actividad como traductor, que resultó determinante para la formación de su estilo lírico. Además de autores clásicos como Virgilio, Homero, Catulo, Sófocles o Esquilo, tradujo también a W. Shakespeare, P. Neruda, Molière o P. Eluard.


En 1931 fue trasladado a Imperia y luego a Génova, donde conoció a Camillo Sbarbaro y otras personalidades de la revista Circoli, con las que Quasimodo inició una fructífera colaboración.
En 1934 se trasladó a Milán, la ciudad que marcaría un giro particularmente significativo en su vida, no sólo artístico. Acogido con beneplácito en el grupo de “poder” se encontró en medio de una especie de sociedad literaria, que incluía a poetas, músicos, pintores, escultores.
En 1935 nace una hija extramatrimonial de la relación con Amelia Spezialetti. Un año después comienza la relación con la bailarina Maria Clementina Cumani.
En 1938 dimite de la ingeniería civil y empieza a trabajar como secretario de Cesare Zavattini, entonces director de las publicaciones periódicas Mondadori. Colabora con la revista hermética florentina «Letteratura».

HERMETISMO

En 1936 publica con G. Scheiwiller “Erato y Apolión”, con lo que concluye la fase hermética de su poesía. El hermetismo no es otra cosa que una reacción dolorosa de encerramiento en sí mismo, un planteamiento de rescate de los valores morales y la exigencia de una relación más profunda -en lo posible- entre arte y vida. Como muy bien lo señala G.Zagurrio, era ésta la única forma posible de heroísmo para la literatura en aquellos tiempos oscuros. El hermetismo procuraba reducir la vinculación del yo con los sucesos históricos para tratar de conquistar una libertad interior metahistórica. En el hermetismo encuentra la libertad, más allá de la máscara autoimpuesta.
En ese mismo año sale su primera gran antología “Poemas”, con un ensayo introductorio de Oreste Macri, que queda como uno de los aportes fundamentales de la crítica quasimodiana.
En 1940 publica Líricos griegos (Lirici greci), obra en la que reúne sus traducciones de los clásicos y que representará una etapa importante en su producción literaria, pues muestra en ella su interés en el acercamiento entre la poesía clásica y la contemporánea.
Se inscribe en el Partido Comunista del cual se alejará casi inmediatamente, aunque siempre se proclamará como un hombre de izquierdas.


Es nombrado profesor del Conservatorio de Milán en 1941, y en 1942 publica “Y de repente la noche” (Ed è subito sera), obra con la que alcanza un gran éxito, y en la que aparece recogida una antología de su producción poética hasta esa fecha.
Es en “Nueva poesía” (1936-1942) donde se puede señalar ya una aproximación definitiva, una casi identidad, entre Quasimodo y las traducciones-recreaciones que hace del griego. Aquí el paisaje se humaniza. Por lo demás, el propio poeta declaró que no estaba en su intención restituir a la poesía griega ritmos y formas originales, y sí revestir el canto de los antiguos de formas gratas a su concepción poética.
Durante la guerra, a pesar de mil dificultades, Quasimodo, siguió trabajando: sin dejar de escribir poesía, tradujo Carmina de Catulo, partes de la Odisea, La flor de las Geórgicas, el Evangelio según Juan y Epido Rey de Sófocles. Continuaría este trabajo como traductor en los años siguientes, en paralelo a su producción y con excelentes resultados, gracias a la experiencia refinada como escritor. Entre sus numerosas traducciones se cuentan obras de Ruskin, Esquilo, Shakespeare, Moliere, e incluso Cummings, Neruda, Aiken, Eurípides, Eluard (el último publicado póstumamente).
La experiencia de la guerra y de la ocupación alemana marca un giro decisivo en su poesía, ya que, convencido de que los poetas debían asumir un importante papel en la reconstrucción moral del hombre, se alejó paulatinamente del hermetismo y se abrió a una mayor sensibilidad humana y a la búsqueda de valores histórico-sociales.
En 1946 muere su esposa Bice Donetti.

EPITAFIO PARA BICE DONETTI

Con los ojos hacia la lluvia y los elfos de la noche,
está allí, en el campo número quince, en Musocco,
la mujer Emiliana que yo amé
en el tiempo triste de la juventud.
Hace poco fue sorprendida por la muerte
mientras miraba tranquila el viento del otoño
agitar las ramas de los plátanos y las hojas
desde su gris casa de la periferia.
Su rostro aún está vivo de sorpresa,
como sin duda lo estuvo en la infancia, deslumbrado
por el tragallamas alto sobre el carromato.
Oh tú, que pasas, empujado por otros muertos,
ante la fosa mil ciento sesenta,
detente un minuto a saludar
a la que nunca se lamentó del hombre
que aquí queda, odiado, con sus versos,
uno de tantos, obrero de sueños.

Del libro “La vida no es sueño”

Dos años más tarde se casa con Maria Cumani.


Comienza a colaborar con el semanario «Omnibus» del que es comisario de la columna de crítica teatral. En 1947 lanza su primera colección después de la guerra, “Día a día”, un libro que marca un punto de inflexión en su poesía. En 1949 publica “La vida no es un sueño”, siendo inspirado por el clima de la Resistencia.
En 1950 fue galardonado con el Premio San Babila y en 1953 con el Etna-Taormina junto con Dylan Thomas. En 1954 publica “El falso y verdadero verde”, un libro de la crisis, que comienza con una tercera fase de la poesía de Quasimodo, que refleja el clima político cambiante. El nuevo lenguaje se vuelve más complejo y más áspero. En 1958 viaja a la URSS en donde tiene un ataque al corazón, al que sigue una larga estancia en el hospital Botkin Moscú.

La última parte de su obra refleja un sentimiento intimista, consecuencia de cierta decepción ante la historia, y una clara conciencia de su propia soledad. A esta época pertenecen “La vida no es sueño” (1949), “El falso y verdadero verde” (1956), “La tierra incomparable” (1958), libros en los que el estilo se muestra más transparente y esencial pero lleno de sentido trágico y dramático. También “Deber y Haber” (Dare e avere, 1966), su última obra, que significa una especie de balance de vida y testamento espiritual.
Siendo uno de los grandes poetas italianos del siglo XX, suscita no pocas reticencias en quienes lo sitúan por debajo de autores como Ungaretti o Eugenio Montale. No fue ajeno a esta situación y escribió: “Ciertos críticos italianos mantienen hacia mí una actitud de reproche; aprobarían mis poemas si de ellos se quitara lo que consideran sobrante. Lo que consideran sobrante es precisamente la poesía”. La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1959 contribuyó a escarbar en la herida de esta polémica. El 10 de diciembre de 1959, en Estocolmo, Salvatore Quasimodo recibe el premio.

El poeta es un inconformista y no ingresa en el cascarón de la civilización falsamente literaria, que está llena de torreones defensivos como en el tiempo de las Comunas. Él puede simular destruir sus formas, mientras en cambio realmente las continúa.

El poeta está confinado a las provincias con la boca rota por su propio trapecio silábico.

Al Nobel le siguieron muchos escritos y artículos sobre su obra, y un aumento de las traducciones. En 1960 la Universidad de Messina le otorga un doctorado honoris causa, además de la ciudadanía honoraria por el municipio. En este mismo año se separa de Maria Cumani.

Curzia Ferrari será otro de los amores de Salvatore Quasimodo. Se conocieron cuando el poeta acababa de recibir el premio Nobel y su relación duró, más o menos, seis años y terminó con su muerte. A los años de su unión, Ferrari, en 1970, dedicó el libro Una mujer y Quasimodo, publicado por Ferro Edizioni, donde traza un perfil en profundidad del Quasimodo-hombre.

Quasimodo con Curzia Ferrari

En sus últimos años el poeta realizó numerosos viajes a Europa y América, dando discursos públicos y conferencias públicas de sus poemas, que habían sido traducidos a varios idiomas extranjeros.
En junio de 1968, cuando estaba en Amalfi para un discurso, Quasimodo sufre una hemorragia cerebral. Muere unos días después en el hospital de Nápoles. Fue enterrado en el Cementerio monumental de Milán.
En su discurso al recoger el premio Nobel dijo sobre la condición de poeta que no representa el mundo a través de las palabras, no reproduce ni duplica, deja hablar a las cosas, a la vida, traduce el silencio del mundo. Y la inocencia, ella hará que sea posible esa representación a través de la armoniosa captura de las verdades de las cosas y de aquellas que la mente desbroza.


Su último trabajo, “Toma y daca” fue en el 1966: se trata de una colección en la que hace un balance de su propia vida, casi un testamento espiritual (el poeta moriría dos años después).


Además de su actividad poética desarrolló una importante labor de ensayista que le llevó a confeccionar las antologías “Lírica de amor italiana desde su origen a nuestros días” (1957) y “Poesía italiana de la posguerra” (1958). Sus ensayos críticos fueron publicados en el libro “El poeta y el político” (1960), que incluye el discurso que leyó cuando le entregaron el premio Nobel, mientras que en el volumen “Escritos sobre el teatro” (1961) se recogieron sus crónicas sobre el mundo del espectáculo aparecidas en la revista Tempo.

Eugenio Montale fue uno de los primeros en escribir sobre Quasimodo. En la revista “Pegaso” (No.3, Firenze, marzo de 1931), comentó del entonces recién aparecido Agua y tierra, que Quasimodo había pasado del artificio a la verdadera expresión y que, para él ,había en el libro la dignidad de una búsqueda que bien merecía reconocimiento.

Recogiendo el Premio Nobel de Literatura en 1959.

Dijo Quasimodo que un poeta, el nacimiento de un poeta, es siempre una amenaza para el orden establecido y en especial para las castas artísticas y literarias de cada época. Así se vera sometido a los juicios de los profesores, de los críticos con sus estándares estéticos, a los bien y mal pensantes. La maquinaria cultural le ignora. El poeta es la suma total de las “experiencias” de los hombres y mujeres de su tiempo. Su lenguaje no es ya el de la vanguardia, es el que ansían todos los desplazados en su dignidad de nómadas.
Hace de la lengua común su materia prima, su tesoro.
El espíritu auténticamente creativo esta siempre a merced de los lobos. El poeta esta solo, doblemente solo, pues no se doblega a dictámenes de la critica, ni del poder político ni de la moral imperante. El sólo es fiel al dolor del mundo, y a su esperanza.

Poesía y Política son antagónicas. El poeta se preocupa por el orden interior del ser humano; la política se preocupa de ordenar a los hombres.

Las obras de la poeta Premio Nobel de Literatura fueron traducidas a cuarenta idiomas y son estudiados en todos los países del mundo.

PREMIOS

En la década de 1950 Quasimodo gana los siguientes premios literarios: Premio San Babila (1950), Premio Etna-Taormina (1953), Premio Viareggio (1958) y, finalmente, el Premio Nobel de Literatura (1959). En 1960 y 1967 recibió títulos honoris causa de las Universidades de Messina y Oxford, respectivamente.

OBRAS

  • Aguas y tierras (1930)
  • Oboe sumergido (1932)
  • Erato y Apolión (1936)
  • Y de repente la noche (1942)
  • Nuevas poesías (1942)  
  • Día tras día (1947)
  • La vida no es sueño (1949)
  • La tierra incomparable (1958)
  • El poeta y el político (1960)
  • Deber y haber (1966)

POEMAS

LA PUERTA CERRADA

Viandante, que encontraste cerrada
la puerta de la ciudad extranjera,
que había florecido en tu pupila
como una cordillera de estrellas,
vuelve a tu pequeña tierra,
delimitada por la mar; lejana,
pero tan cerca de tu corazón.

Encierra en la sombra como en un sepulcro
los sueños de infinitas lejanías,
y cual estatua, rey en tu refugio,
arroja del inmaculado umbral
la púrpura nueva que cubre al antiguo harapiento
y abre sólo la puerta a tu madre.

La encontrarás en el rincón del templo,
donde, al atardecer, se detienen los pordioseros enfermos
a pedir su limosna de sol;
entre los tísicos y los leprosos
y los apestados de miembros maltrechos,
llámala en voz alta:

habrá una persona que se alzará entre ellos
y besarás las llagas de sus pies.

De Nocturnos del rey silencioso

Y DE PRONTO ANOCHECE

 Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
atravesado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.

Del libro Agua y Tierra 1920-1929

SE OÍAN PASAR AÉREAS ESTACIONES

Una risa ambigua cortaba tu boca
para mí pleno sufrimiento,
un eco de maduras angustias
reverdecía si tocaba signos
oscuros de gozo para la carne.

Se oían pasar aéreas estaciones,
desnudez de las mañanas,
lábiles rayos chocándose.

Otro sol, del que viene
este peso de hablarme tácito.

Del libro Agua y Tierra 1920-1929

PALABRA

Tú ríes porque adelgazo sílaba tras sílaba
y curvo cielos, cerros, seto azul
que me cerca, y susurros de olmos
y voces de aguas medrosas;
que a la juventud engaño
con nubes y colores
que ahonda la luz.

Te conozco. En ti, completamente extraviada,
alza sus senos la belleza,
se ahueca en el dorso y con suave impulso
se dilata en el pubis temeroso,
y desciende en armonía de formas
a los pies bellos con diez conchas.

Mas he aquí que si te tomo,
para mí te conviertes en palabra, en tristeza.

De Oboe sumergido 1930-1932

COMPAÑERO

No sé qué luz en mí desadormeces:
elipse nupcial de blanco y de celeste
que en mí cae y se hunde. Tú eres,
al tocarme, piadoso nacimiento,
y en los silencios reúnes imágenes de infancia:
amorosísimos ojos de oveja apuñalada,
un perro que me mataron
y que fue un compañero arisco y feo
de secas paletillas.

Y yo amaba a aquel niño
más que a los otros; experto
en el juego de la rayuela y la billalda,
y siempre callado y sin sonrisa.

Crecíamos al aire libre de los altos cielos
recorriendo tierras y vaporosos planetas:
viajes misteriosos a la luz de un candil
y el sueño tardío me sumía absorto
en los cantos tranquilos de cada gallnero,
en el primer resonar de los zuecos, al lado del horno,
de las criadas a medio vestir.

Me has hecho llorar
y tu nombre la luz no me aclara,
sino aquella blancura de cordero
del corazón que enterré.

De Oboe sumergido 1930-1932

GARZA MUERTA

En el pantano caliente, hundida en el fango,
llena de insectos, me duele
una garza muerta.
Me consumo en voz y sonido;
temblando en débiles ecos
de tiempo en tiempo gime un soplo
olvidado.
Piedad, que no me halle
sin voces y sin rostros
en la memoria un día.

 Érato y Apolo (1932-1936)

EN LAS FRONDAS DE LOS SAUCES

¿Y cómo podíamos cantar
con el pie extranjero sobre el corazón,
entre los muertos abandonados en las plazas
sobre la hierba dura de hielo, ante el gemido
de cordero de los niños, ante el alarido negro
de la madre que iba a encontrar a su hijo
crucificado en el poste del telégrafo?
En las frondas de los sauces, como ex votos,
también nuestras liras estaban colgadas,
oscilaban levemente al triste viento.

De Día tras día (1947)

LA POESÍA

Una noche en que la nieve adormecía ángeles sobre las cumbres
y, sobre los tejados, derramaba crisantemos,
quizá, al lado de mi cuerpo frío, buscó calor,
desnuda como todas las canciones de los nómadas,
pura como todas las rosas de los huertos desconocidos,
donde las rugosas glebas y los búcaros de las flores blancas
ofrecen rocío a los pájaros sedientos.

Acaso, siempre había estado a mi alrededor,
en mi casa de frágil soñador,
abierta a las estrellas cenicientas
que desde el cielo traen los besos de los niños muertos sin amor.

Ahora, es como un incensario de ágata purísima
que arde entre las columnas de la habitación de amatista,
donde la hora matutina, huyendo de mis besos de Nocturno,
dejó el amor y el llanto de todos los caminos del mundo.

Arde, y el incienso es sonrisa de muchacha,
arde y el hachís es caricia de boca
sobre los pechos de una mujer perfecta.

En la hora en que las luciérnagas se encienden
sobre los vaporosos cristales de los castillos encantados,
y las canciones del sueño tienen cadencias de estrellas,
sumisamente, besándonos en los ojos,
recitamos el Cántico del sol,
nuestra plegaria del crepúsculo,
que nos abre las puertas azules del sueño.

Ella me enseñará a hablar en la oscuridad;
mis canciones no tienen sol,
como el rebaño que, sonando sus esquilas,
a las fuentes desciende con las cabezas inclinadas.

Besa el umbral de tu casa, h. 1920 (publicado en 1981). Traducción de Antonio Colinas.

PLEGARIA

Sé bueno, si quieres escuchar mi voz
y besa el umbral de tu casa.

Lleva dos lámparas, cálidas como el pecho de las golondrinas,
y, hacia la noche, cuando tu rostro tenga la penumbra del cielo,
abre la cancela de cristal de mi refugio azul
y, en silencio, arrímate a mí.

Te hablaré de mis sueños, que he dejado sobre los escalones,
detrás de las puertas cerradas y desconocidas,
de los sueños brotados de los jardines pobres,
sin cantos, en medio de las cicutas.

Luego, calla y regresa: la música que duerme bajo las mimosas
se despertará para ti, que has besado el umbral de tu casa.

Traducción de Antonio Colinas

MILÁN, AGOSTO DE 1943

En vano buscas entre el polvo,
pobre mano, la ciudad ha muerto.
Ha muerto, se oyó el último trueno
en el corazón del barrio viejo,
y el pájaro ha caído desde la antena,
allí arriba sobre el convento,
en donde cantaba, antes del crepúsculo.
No caven pozos en los patios,
ya no tienen sed los vivos.
No toquen a los muertos, tan rojos, tan hinchados:
déjenlos sobre la tierra de sus casas,
la ciudad está muerta, muerta.

LAMENTO POR EL SUR

La luna roja, el viento, tu color
de mujer del Norte, la llanura de nieve…
Mi corazón está ya en estas praderas,
en estas aguas anubladas por la niebla.
He olvidado el mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos
donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,
he olvidado el paso de las garzas y las grullas
en el aire de las verdes altiplanicies
por las tierras y los ríos de Lombardía.
Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al sur.

Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
a la orilla de las ciénagas de malaria,
está cansado de soledad, cansado de cadenas,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a los montes,
sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de las pistas
nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.
Ya nadie me llevará al Sur .

Y esta tarde cargada de invierno
es aún nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzuras y furores,
un lamento de amor sin amor.

Versión de Carlo Fabretti
Del libro "Aguas y tierras":

ENTRE LA LUZ Y EL VIENTO

Este silencio detenido en las calles,
este viento indolente que ahora se desliza
bajo, entre las muertas hojas , o se eleva
a los colores de las banderas extranjeras…
Acaso el ansia de decirte una palabra
antes de que aún se vuelva a cerrar el cielo
sobre otro día, acaso la inercia,
el más vil de nuestros males… La vida
no se halla en este tremendo y oscuro
latir del corazón, no es piedad
sino un juego de la sangre en el que la muerte
está en flor.

A TU LUMBRE NÁUFRAGA

Nazco a tu lumbre náufraga,
ocaso de aguas límpidas.

De hojas serenas arde
el aire consolado.

Desarraigado de los vivos,
corazón transitorio,
soy un límite vano.

Tu don tremendo
de palabras, Señor,
asiduamente pago.

Despiértame de entre los muertos:
cada uno ha tomado su tierra
y su mujer.

Tú me has mirado dentro,
en la oscuridad de las vísceras;
ninguno tiene mi desesperación
en su alma:

soy un hombre solo,
un solo infierno.

Del libro Erato e Apóllion

CONVALECENCIA

Siento amor convertirse en otra muerte
ignota para mí, pero más lenta,
que a menudo me empuja hacia sus formas.

Abandono de alga:
me busco en los oscuros acordes
de profundos despertares
en orillas densas de cielo.

El viento se injerta
dócil en mi sangre,
y es ya voz y naufragio,
manos que renacen:
manos entrelazadas o palma con palma unidas
en distendida renuncia.
Tiene miedo de ti
el corazón seco y doliente,
infancia imposeída.

Del libro "Oboe sumergido"

CANTO DE APOLO

Noche terrenal, en tu exiguo fuego
me complací alguna vez
y descendí entre los mortales.

Y vi al hombre
inclinado sobre el regazo de la amada
escuchándose nacer,
y transformarse entregado a la tierra,
las manos juntas,
abrasados los ojos y la mente.

Yo amaba. Frías eran las manos
de la criatura nocturna:
otros terrores acogía en el vasto lecho
donde al alba me despertó
un aleteo de palomas.

Luego el viento depositó hojas
sobre su cuerpo inmóvil;
se alzaron sombrías las aguas en los mares.

Amor mío, yo aquí me aflijo
sin muerte, solo.

De "Erato y Apolo"

SÍLABAS A ERATO

A ti se pliega el corazón en soledad,
exilio de oscuros sentidos
en el que transmuta y ama
lo que ayer parecía nuestro
y ahora está sepultado en la noche.

Semicírculos de aire resplandecen
en tu rostro; te me apareces
en el tiempo que la primera ansiedad aflige
y me vuelves blanco, lenta la boca
a la luz de la sonrisa.

Por tenerte te pierdo
y no me aflijo: todavía eres bella,
quieta en dulce posición de sueño:
serenidad de muerte extremo gozo.

De "Erato y Apolo"

CASI UN MADRIGAL

El girasol se vuelve a occidente
y ya se precipita el día en su
ojo en ruina y el aire del estío
se espesa y ya curva las hojas y el humo
de las fábricas. Se aleja con el sobrio
discurrir de las nubes y con crujidos de rayos
este último juego del cielo. Todavía,
y desde hace años, querida, nos detiene la mutación
de apretados árboles en el cerco
de los Navigli. Pero es siempre nuestro día,
y siempre aquel sol que desaparece
con el hilo de su rayo afectuoso.

No tengo ya recuerdos, no quiero recordar;
la memoria resurge de la muerte,
la vida no tiene fin. Cada día
es nuestro. Uno se detendrá para siempre,
y tú conmigo, cuando nos parezca tarde.
Aquí, al borde del canal, columpiando
los pies, como si fuésemos niños,
contemplamos el agua, las primeras ramas
en su color verde que se oscurece.
Y el hombre que en silencio se avecina
no esconde un cuchillo entre las manos,
sino una flor de geranio.

Del libro La vida no es un sueño 1946-1948

CARTA

Este silencio quieto en las calles,
este viento indolente, que se desliza
bajo entre las hojas muertas o asciende
hacia los colores de las insignias extranjeras…
tal vez el ansia de decirte una palabra
antes de que se cierre de nuevo el cielo
sobre otro día, tal vez la inercia,
nuestro mal más vil… La vida
no está en este tremendo, oscuro, latir
del corazón, no es piedad, no es más
que un juego de la sangre donde la muerte
está en flor. Oh mi dulce gacela,
te recuerdo aquel geranio encendido
sobre un muro acribillado de metralla.
¿O ahora ni siquiera la muerte consuela
ya a los vivos, la muerte por amor?

LAS MUERTAS GUITARRAS

Mi tierra está sobre los ríos fundida con el mar,
no existe otro lugar de voz tan lenta,
donde vagan mis pies
entre juncos sobrecargados de caracoles.
En verdad, es otoño: desgarradas en el viento
las muertas guitarras alzan sus cuerdas
sobre la boca negra y una mano agita los dedos
de fuego.
En el espejo de la luna
se peinan muchachas con pechos de naranja.

¿Quién llora? ¿Quién fatiga los caballos en el aire
rojo? Nos detendremos en esta orilla
a lo largo de urdimbres de hierba y tú, amor,
no me lleves delante de ese espejo
infinito: en él se contemplan muchachos
que cantan y árboles altísimos, y aguas.
¿Quién llora? Yo no, créeme, sobre los ríos
discurren exasperados chasquidos de un látigo,
los oscuros caballos y los relámpagos de azufre.
Yo no, mi raza posee cuchillos
que arden y lunas y heridas que queman.

De: «El falso y verdadero verde» – 1949-1955

AL PADRE

Donde sobre las aguas violeta
estaba Messina, entre cables rotos
y ruinas tú marchas entre vías
y cambios con tu gorro de gallo
isleño. El terremoto hierve
desde hace tres días, diciembre de huracanes
y mar envenenado. Nuestras noches caen
en los vagones de carga y nosotros, rebaño infantil,
contamos sueños polvorientos con los muertos
aplastados por hierros, mientras mordemos almendras
y guirnaldas de manzanas secas. La ciencia
del dolor puso verdad y aceros
en los juegos de las bajas llanuras de malaria
amarilla y terciaria hinchada de barro.
Tu paciencia
triste, delicada, nos robó el miedo,
fue lección de días unidos a la muerte
traicionada, al desprecio de los ladrones
apresados entre las ruinas y ajusticiados en la tiniebla
por la fusilería de los desembarcos, cuenta
de números bajos que resultaba exacta,
concéntrica, un balance de vida futura.
Tu gorro de sol bajaba y subía
en el poco espacio que siempre te han dado.
También a mí me midieron cada cosa
y he llevado tu nombre
un poco más allá del odio y de la envidia.
Ese rojo sobre tu cabeza era una mitra,
una corona con alas de águila.
Y ahora, en el águila de tus noventa años,
he querido hablar contigo, con tus señales
de partida coloreadas por la linterna
nocturnal y aquí desde una rueda
imperfecta del mundo,
sobre un cúmulo de muros cerrados,
lejos de los jazmines de Arabia
donde todavía estás, para decirte
lo que en un tiempo no pude -difícil afinidad
del pensamiento- para decirte, y no nos escuchan sólo
cigarras en los cruces, agaves lentiscos,
como el campesino dice a su señor:
“Besamos las manos”. Esto nada más.
Oscuramente fuerte es la vida.

HOMBRE DE MI TIEMPO

Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y la honda. Estabas en la carlinga
con las alas malignas, los cuadrantes de muerte
-te vi- dentro del carro de fuego, en las horcas,
en las ruedas de tortura. Te vi: eras tú,
con la ciencia precisa dispuesta para el exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como tus padres mataron, como mataron
los animales que te vieron por vez primera,
y huele esta sangre como la de aquel día
en el que el hermano dijo a otro hermano:
“Vamos al campo”. Y aquel eco frío, tenaz,
llegó a ti, y llegó a tu jornada.
Olvidad, oh hijos, las nubes de sangre
que ascienden de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en el cenizal,
los pájaros negros, el viento, cubren sus corazones.

 Traducción: Marco Casavecchia

A UN POETA ENEMIGO

Sobre la arena de Gela color de la paja
me tendía de niño a la orilla del mar
antiguo de Grecia con muchos sueños en los puños
apretados y en el pecho. Allí Esquilo exiliado
midió versos y pasos desconsolados,
en aquel golfo árido el águila lo vio
y fue el último día. Hombre del Norte, que me quieres
mínimo o muerto para tu paz, espera:
la madre de mi padre tendrá cien años
en la nueva primavera. Espera: que yo mañana
no juegue con tu cráneo amarillo por las lluvias.

EPITAFIO PARA BICE DONETTI

Con los ojos hacia la lluvia y los elfos de la noche,
está allí, en el campo número quince, en Musocco,
la mujer Emiliana que yo amé
en el tiempo triste de la juventud.
Hace poco fue sorprendida por la muerte
mientras miraba tranquila el viento del otoño
agitar las ramas de los plátanos y las hojas
desde su gris casa de la periferia.
Su rostro aún está vivo de sorpresa,
como sin duda lo estuvo en la infancia, deslumbrado
por el tragallamas alto sobre el carromato.
Oh tú, que pasas, empujado por otros muertos,
ante la fosa mil ciento sesenta,
detente un minuto a saludar
a la que nunca se lamentó del hombre
que aquí queda, odiado, con sus versos,
uno de tantos, obrero de sueños.

Del libro "La vida no es sueño"

CARTA A LA MADRE

 “Mater dulcísima, ahora descienden las nieblas,
y el Naviglio embiste confuso contra los muelles,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte: no estoy
en paz conmigo mismo, mas no espero
perdón de nadie, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives,
como todas las madres de los poetas, pobre
y con la justa medida de amor
a causa de tus hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe”. – Al fin, dirás, dos líneas
de aquel muchacho que huyó de noche con un abrigo corto
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan generoso,
un día lo matarán en cualquier parte-.
“En verdad, lo recuerdo, fue en aquel gris andén
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el río lleno de urracas,
de sal, de eucaliptos. Más ahora te agradezco,
así lo deseo, la ironía que has puesto
sobre mis labios, mansa como la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
Y no importa si ahora derramo lágrimas por ti,
por todos los que como tú esperan
y no saben que esperan. Ah, muerte amable,
no toques el reloj que en la cocina late sobre el muro,
toda mi infancia pasó sobre el esmalte
de su cuadrante, sobre sus flores pintadas:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
Pero ¿acaso alguien responde? Oh piadosa muerte,
muerte honesta. Adiós, querida, adiós mi dulcísima mater.

(Versión de Alberto Girri y Carlos Viola Soto)

«AÚN SE OYE EL MAR»

Hace ya varias noches que aún se oye el mar,
leve, de aquí para allá, a lo largo de las lisas arenas.
Eco de una voz encerrada en la mente
que remonta desde el tiempo; y también este
asiduo lamento de las gaviotas: acaso
de los pájaros de la torre, que abril
impulsa hacia el llano. En otro tiempo,
con esa voz estabas a mi lado;
y quisiera que a ti también llegase,
ahora, un eco de mi memoria,
como el murmullo oscuro del mar.

De: «Día tras día», 1947
Traducción de Antonio Colinas

«AUSCHWITZ»

Allá abajo, amor, en Auschwitz, lejos
del Vístula, a lo largo de la llanura nórdica.
en un campo de muerte: fría, fúnebre,
la lluvia sobre la herrumbre de los postes
y los revoltijos de alambre de las cercas:
ni árboles ni pájaros en el aire gris
o en nuestro pensamiento, sino inercia
y dolor que la memoria abandona
a su silencio sin ironía o ira.
Tú no quieres elegías, lirismos: sólo
razones de nuestra suerte, aquí,
tú, tierna a los obstaculos de la mente,
insegura ante una presencia
clara de vida. Y la vida está aquí,
en cada negación que certeza parece:
aquí oiremos llorar al ángel, al monstruo,
nuestras horas futuras
golpear el más allá, que aquí está, eterno
y en movimiento, no en una imagen
ensoñada, de posible piedad.
Y aquí la metamorfosis, aquí los mitos.
Sin nombres de símbolos o de un dios,
son crónicas, lugares de la tierra,
son Auschwitz, amor. ¡De qué manera súbita
se mutaron en sombrío humo
los amados cuerpos de Alfeo y Aretusa!
De aquel infierno que se abría
con la blanca inscripción «El trabajo os hará libres»,
salió con continuidad el humo
de miles de mujeres empujadas afuera,
al alba de los tugurios contra el muro
del tiro al blanco o ahogadas gritando
misericordia al agua con sus bocas
de esqueleto bajo las lluvias de gas.
Tú las encontrarás, soldado, en tu
historia bajo formas de ríos, de animales,
¿o también eres tú ceniza de Auschwitz,
medalla de silencio?
Quedan largas trenzas encerradas en urnas
de cristal aún ceñidas por amuletos
e infinitas sombras de pequeños zapatos
y bufandas de hebreos, son reliquias
de un tiempo de sabiduría, de sapiencia
del hombre hecho a la medida de las armas,
son los mitos, nuestras metamorfosis.
Sobre los espacios en los que el amor y llanto
y piedad se marchitaron, bajo la lluvia,
allá abajo, se rebelaba un no dentro de nosotros,
un no a la muerte, muerta en Auschwitz,
para no repetirme desde aquella fosa
de cenizas, la muerte.

De: «El falso y verdadero verde» 1949-1955
Traducción de Antonio Colinas

TENGO FLORES Y DE NOCHE INVITO A LOS ÁLAMOS

Hospital de Sesto S. Giovanni, noviembre 1965

Mi sombra está sobre otro muro
de hospital. Tengo flores y de noche
invito a los álamos y a los plátanos del parque,
árboles de hojas caídas, no amarillas,
casi blancas. Las monjas irlandesas
no hablan nunca de muerte, parecen
movidas por el viento, no se maravillan
de ser jóvenes y gentiles: un voto
que se libera en las ásperas plegarias.
Me parece que soy un emigrante
que vela encerrado en sus cobijas,
tranquilo, por tierra. Tal vez muero siempre.
Pero escucho gustosamente las palabras de la vida
que jamás he entendido, me detengo
en largas hipótesis. Ciertamente no la podré eludir;
seré fiel a la vida y a la muerte
en cuerpo y espíritu
en cada dirección prevista, visible.
A intervalos algo me supera,
ligero, un tiempo paciente,
la absurda diferencia que corre
entre la muerte y la quimera
del latir del corazón.

De “Debe y Haber” 1959-1965

Te recomendamos ver el programa de televisión.

Bibliografía recomendada y textos de referencia:

PRÓXIMO PROGRAMA

24.Poesía más Poesía: Eugenio Montale

EUGENIO MONTALE

BIOGRAFÍA

Eugenio Montale nació el 12 de octubre de 1896 en Génova (Italia). Fue el último hijo de cinco hermanos y según sus propias palabras, en un relato se cree autobiográfico escribió: “en nuestras antiguas familias había normalmente un hijo, casi siempre el último, el benjamín, al cual no se le requería ninguna actividad razonable. Hijo menor de padre viudo, algo enfermizo desde la infancia y rico de indefinibles vocaciones extracomerciales, llegué a los quince, luego a los veinte y más tarde a los veinticinco años sin haber tomado una decisión”.

Su padre era director, junto con dos primos, de una empresa importadora de resinas. Cuando era joven, viajó a Buenos Aires para incorporarse a un banco, pero cuando llegó, el banco había quebrado y, algo desorientado optó volver a Italia. Montale solía decir con humor: “si no hubiera sido así yo habría nacido en Argentina y quién sabe cuáles hubieran sido los temas de mi poesía”.

Durante los veranos desde los diez hasta los treinta años vivió con su familia en un pequeño pueblo costero de las Cinque Terre (Cinco Tierras en español), una porción de costa formada por cinco pueblos en la provincia de la Spezia, bañada por el mar de Liguria, Liguria (Italia). Situado entre Vernazza y la punta del Mesco.

Y a esas costas ásperas de su niñez se refiere en muchos poemas. Plantas y animales de raros nombres aparecerán en sus versos: pitósporos, zinias, acerolos, bruscos, agaves, algarrobas, saúcos, cercetas, abubillas, puercoespines, carpas, jibias, bogavantes, azores y anguilas. Combinados con los vientos del sudeste, el siroco y el mar de azul turquesa bañando un entorno agreste a veces desértico y juegos infantiles que parecen deslizarse entre la vida de los humanos que buscaron mejor suerte en América y regresaron con algún dinero a vivir sus últimos años a su pueblo natal. Quizás rememorando la identidad perdida de lo que pudo haber sido y aceptado y resignado regresa de nuevo en el poema.

Ossi di Sepia fue su primer libro de poemas donde podemos leer sus escritos juveniles:

Durante su adolescencia realizó estudios secundarios en una escuela técnica. Pero su verdadera pasión era el canto lírico. Hacia 1915 se preparó para debutar con la parte de Valentino en el Fausto de Gounod. Con respecto a lo cual dijo “la experiencia, más que la intuición, de la unidad fundamental de las diversas artes debe de haber entrado en mí por aquella puerta. Los pronósticos eran óptimos, pero cuando murió mi profesor Ernesto Sívori cambié de rumbo, incluso porque el insomnio no me daba tregua. La experiencia me fue útil; existe un problema de impostación, aun fuera del canto, en toda obra humana”.

El poeta fue llamado a filas para luchar en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Alcanzó el grado de oficial pero no participó más que en ejercicios. Su primer poeta data de 1916. Cuando terminó la guerra se licenció y lo transfirieron a Turín y luego a Génova.

Cuando regresa a Génova en 1919 empieza a visitar cafés literarios y conoce a los más destacados poetas. En los años de posguerra Montale lee insaciable, de 6 a 7 horas en las bibliotecas públicas, aprende inglés, francés y español y por las noches asiste a largas charlas literarias.

En 1925 publicó su primer libro, Ossi di Sepia. Y ese mismo año firmó el “Manifiesto de los intelectuales antifascistas”.

Comenzó a colaborar con revistas. En verano de 1926, durante unas vacaciones conoció a Ezra Pound.

En 1927 se traslada de Génova a Florencia y empieza a trabajar en editoriales. Allí conocerá a la que después sería su esposa Drusilla Tanzi y se reúne con los intelectuales más destacados de la época. Entre 1929 y 1938 trabajó como director de un Gabinete Científico Literario, una antigua biblioteca, de la que fue despedido por no querer afiliarse al Partido Fascista. Tradujo a Shakespeare, Corneille, Marlowe, Melville, Steinberck, Faulkner y T.S. Elliot, entre otros.

Cuando tenía 44 años fue llamado a filas por segunda vez para luchar en la Segunda Guerra Mundial (1936-1945). Tenía que pasar la Revisión física con un médico que tenía una fama de agresivo terrible y cuando le pidió la ficha para leer sus datos, el médico le dijo: “¿Usted es Eugenio Montale, el autor de Ossi di Sepia?” Y cuando el poeta le dijo que sí, el médico le dio la mano y escribió en la ficha “síndrome neurasteniforme constitucional” y le dio de baja.

Durante la II Guerra Mundial Ayudó a los residentes clandestinos, entre ellos Carlo Levi, y basó su ética en la decencia cotidiana y la libertad de su existencia en el rechazo de toda imposición política, ideológica o filosófica.

Ante la eminencia de la II Guerra Mundial su poesía se hace más hermética y en 1939 Montale publica en Einaudi (editorial donde trabajaba Cesare Pavesse) su segundo libro de poemas Le occasioni. Una de las obras más altas de la poesía contemporánea dentro de la que encontramos títulos como “Viejos versos”, “Dora Markus”, “Motetes”, “La casa de los aduaneros”, “Bajo la lluvia”, “Barcos en la Marne”, “Noticias desde el Amiata”, entre otros.

Después de Le ocassioni, Montale escribe los poemas de Finisterre y después su tercer libro La Bufera que se publicó en Suiza por temor a las persecuciones del régimen de Mussolini.

Durante la II Guerra Mundial trabajó en la prensa y publicó numerosos artículos.

Al acabar la Guerra su mujer se enfermó gravemente y muere en 1963. Él empezó a participar en la vida política inscribiéndose en el Partido Azione. Y comenzó a pintar.

En 1948 se traslada a Milán ya que comienza una colaboración en Il Corriere della Sera, y también su tarea como crítico musical. El diario le facilita algunos viajes al exterior. De su actividad periodística nacen dos libros de prosa: Farfalla di Dinard (1956) y Fuori di casa, colección de artículos de viaje. Y dos ensayos críticos Auto da fe (1966) y Sulla poesía (1976).

En 1961 recibe el doctorado honoris causa de las universidades de Roma, Milán y Cambridge. En 1967 es designado senador vitalicio de la nación y en 1971 publica su cuarto libro de poemas Satura, a los 75 años.

Con humor despiadado e irónico, escribe en un lenguaje más directo previendo el futuro terrible del universo, dejando atrás la esperanza de un mundo nuevo.

La sátira y el escepticismo se continúan en su siguiente libro Diario del 71’ y el 72’.

En 1975 le otorgan el Premio Nobel de Literatura y el discurso que pronuncia al recibir el Premio se llama “¿Es todavía posible la poesía?”.

En 1977 Montale publica Quaderno di quattro anni, donde continúa la actitud de Satura con reflexiones éticas, metafísicas y teológicas.

El último libro de Montale se publica en 1980 y se titula Opera in versi y sus poemas inéditos se recogen en un volumen llamado Altri versi publicado en 1981, donde satiriza todo aspecto sobresaliene del mundo contemporáneo como la lingüística, el psicoanálisis, la ciencia, la política, las comunicaciones masivas, el deporte, la canción popular, el juego…

Murió en Milán en 1981.

Su obra poética fue breve pero intensa. Mucho menos difundida y conocida que la de otros autores contemporáneos suyos como Ungaretti o Quasimodo. Para Montale:

“El hombre no tiene ya mucho interés por la humanidad. El hombre se aburre espantosamente”. “Sin utopías el hombre apenas sería un animal más ingenioso y más feliz que muchos otros”. “El hombre nuevo se halla en fase experimental. Mira, pero no contempla. Ve, pero no piensa”. “Me gustaría solo que no quedase extinguida del todo la rara subespecie de los hombres que mantienen los ojos abiertos. Son los más amenazados en la nueva civilización visiva”.

“El poeta no es un ser excepcional, debe vivir con los otros y cumple oficios extraños a la poesía, pero teniendo un mundo privado en el que escribirá sus poemas. “Un poeta no debe renunciar a la vida, es la vida la que se encarga de escapársele”. “La poesía, una de las tantas realidades de la vida”. “Una máquina hecha de palabras… Sólo éstas, y las imágenes relacionadas con las mismas, deben ser estudiadas en sus combinaciones, rechazando extrapolar sus hipotéticos contenidos”.

POEMAS

TRAMONTANA

Y ahora se han disipado los círculos de angustia
que recorrían el lago del corazón
y aquel vasto estremecerse de la materia
que se decolora y muere.
Hoy una voluntad de hierro barre el aire,
arranca los arbustos, maltrata las palmeras
y en el apretado mar excava
grandes surcos de baba.
Las formas bullen en el tumulto
de los elementos; es un aullido solitario, un bramido
de existencias rasgadas: todo destruye
la hora que pasa: cruzan la cúpula del cielo
no sé si hojas o pájaros -y ya no están.
Y tú que te agitas entre los 
de los vientos desenfrenados
y aprietas contra ti los brazos colmados
de flores aún no nacidas;
cuán enemigos sientes
los espíritus que a la convulsa tierra
sobrevuelan en bandadas,
mi vida sutil, y cuánto amas
hoy tus raíces.

NO NOS PIDAS

No nos pidas la palabra que ciña cada lado
de nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo manifieste espléndido como flor de azafrán
extraviada en el medio de un polvoriento prado.
¡Ah los hombres seguros que se van,
en paz con los demás y consigo mismo,
ajenos a las sombras que el bochorno
estampa encima de una tapia en ruinas!
No nos pidas la fórmula que un mundo pueda abrirte,
sí apenas una sílaba reseca como un leño.
Hoy tan sólo esto podemos decirte:
lo que no somos, lo que no deseamos.

DEL BRAZO TUYO

Del brazo tuyo he bajado por lo menos un millón de escaleras
y ahora que no estás cada escalón es un vacío.
También así de breve fue nuestro largo viaje.
El mío aún continúa, mas ya no necesito
los trasbordos, los asientos reservados,
las trampas, los oprobios de quien cree
que lo que vemos es la realidad.
He bajado millones de escaleras dándote el brazo
y no porque cuatro ojos puedan ver más que dos.
Contigo las bajé porque sabía que de ambos
las únicas pupilas verdaderas, aunque muy empañadas
eran las tuyas.

Traducción: Marco Casavecchia

LA CASA DE LOS ADUANEROS

Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre el barranco profundo de la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró allí el enjambre de tus pensamientos
y se detuvo inquieto.
El sudeste azota hace años los viejos muros
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira enloquecida a la aventura
y el cálculo de los dados ya no vuelve.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.
Aún tengo un extremo; pero se aleja
la casa y sobre el techo la veleta
tiznada gira sin piedad.
Tengo un extremo; pero tú estás sola,
no respiras aquí en la oscuridad.
¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende
rara la luz del petrolero!
¿Está aquí el paso? (la marejada insiste
aún sobre el barranco que se derrumba…)
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y no sé quién se va y quién se queda.

TAL VEZ UNA MAÑANA CAMINANDO POR UN AIRE DE VIDRIO…

Tal vez una mañana caminando por un aire de vidrio,
árido, al darme vuelta, contemplaré el milagro:
la nada a mis espaldas, el vacío detrás
de mí, con terror de borracho.
Luego, como en una pantalla, acamparán de golpe
árboles casas lomas en su habitual engaño.
Pero será ya demasiado tarde, y yo me iré en silencio
con los hombres que no miran atrás, con mi secreto.

De "Huesos de jibia"

CORNO INGLÉS

El viento que esta tarde tañe atento
–recuerda un fuerte entrechocar de espadas-
los instrumentos de los árboles y barre
el cobrizo horizonte
donde cintas de luz van alargándose
cual cometas al cielo que retumba
(¡Nubes en viaje, claros
reinados de allá arriba! ¡De altos Eldorados
entrecerradas puertas!)
y el mar que escama a escama,
lívido, cambia de color,
lanza a tierra una tromba
de espumas retorcidas;
el viento que nace y muere
en la hora que lenta se oscurece…
si te tañera a ti también en este ocaso,
destemplado instrumento,
corazón.

De “Huesos de Jibia”

LOS ZARZILLOS

No conserva el espejo ennegrecido
sombra de vuelos. (Ni rastro hay ya del tuyo).
Ha pasado la esponja que disipa
del círculo de oro las luces indefensas.
Buscaba en él tus piedras, los corales, el fuerte
imperio que te rapta; de la diosa
que no se encarna huyo, llevando mis deseos
donde no los consuma tu relámpago.
Zumban élitros fuera, zumba con furia el canto funeral
sabiendo que dos vidas nada importan.
Dentro del marco vuelven las medusas
fláccidas de la tarde. Tu señal
vendrá de abajo: allí manos escuálidas
a tus lóbulos fijan, convulsas, los corales. 

LUZ DE INVIERNO

Al descender del cielo de Palmira
sobre enanas palmeras y propileo escarchado
un zarpazo en el cuello me advirtió
que tú a raptar me irías,
al descender del cielo de la Acrópolis
y encontrar, en kilómetros, serones
de pulpos, de murenas
(la sierra de sus dientes
en el pecho encogido).
Cuando dejé las cimas de las albas
inhumanas a causa de aquel gélido museo
de escarabajos, momias (tú te encontrabas mal,
única vida) y comparé la piedra pómez
y el jaspe, arena, y sol, y fango
y la arcilla divina
con la chispa
que allí se alzó,
yo renovado fui e incinerado.

EN EL PARQUE 

Bajo la sombra de la magnolia
que va desvaneciéndose,
una brisa que apenas se siente
me roza como la punta de una flecha, perdiéndose.
Como una hoja que cae
del chopo y que el viento
muda su color –como la caricia de una mano
deslizándose más allá de ese verdor.
Una risa misteriosa
atraviesa desde las viejas ramas
hasta mi pecho, lo estremece
con un trino que hace arder mi sangre,
y río contigo bajo la rueda
desfigurada de la sombra, me entrego
hasta fundirme con las huesudas
raíces que se alzan y hiero
 con hilos de paja su rostro..

SESTEAR PÁLIDO Y ABSORTO…

Sestear pálido y absorto
junto a la ardiente tapia de un huerto.
Escuchar entre endrinos y zarzas
chasquidos de mirlos, rumores de ofidio.
En las grietas del suelo o la algarroba
acechar las hileras de rojas hormigas
que se entrecruzan o quiebran
en la cima de minúsculas gavillas.
Observar entre las frondas del lejano
palpitar de briznas marinas
mientras se elevan trémulos chasquidos
de cigarras desde pelados picos.
Y caminando entre el sol que deslumbra
sentir con triste maravilla
que la vida toda y su fatiga está
en este recorrer un muro
coronado por pinchos filosos de botella.

CHIRRÍA SOBRE EL POZO LA GARRUCHA…

Chirría sobre el pozo la garrucha,
sube el agua a la luz, donde se funde.
Tiembla un recuerdo en el colmado cubo;
ríe, en el nítido tondo, una imagen.
Acerco el rostro a bordes que se borran:
el pasado se arruga y envejece,
y pertenece a otro…
                                 ¡Ya rechina
la rueda; te devuelve al fondo lóbrego,
visión: una distancia que nos rompe!

¿POR QUÉ TARDAS? EN EL PINO LA ARDILLA…

¿Por qué tardas? En el pino la ardilla
bate la cola como una tea en la corteza.
La media luna desciende su cresta
en el sol que le resta fortaleza. Al alba.
En un suspiro el vago humo se estremece,
se defiende en el punto que te obstruye.
Nada fenece, o todo, si tú, rayo,
dejas la nube.

LIBERO TU FRENTE A LOS CARÁMBANOS

Libero tu frente a los carámbanos
que recogiste al cruzar las altas nebulosas;
tienes las plumas laceradas por ciclones,
a sobresaltos te despiertas.
Mediodía: prolonga en el panel el níspero
la sombra negra, en el cielo se obstina un sol aterido;
e ignoran que estás aquí
las altas sombras que en el callejón se deslizan.

SALTO E INMERSIÓN

 El que se arroja al agua tomado al ralentí
diseña un arabesco filiforme
y en tal cifra quizá se identifica
su vida. Quien está en el trampolín
aún está muerto, muerto quien vuelve
a nado hasta la escala tras el salto,
muerto quien lo fotografía, no nacido
quien celebra la empresa.
                                          ¿Está pues vivo
el espacio de que vive lo moviente?
¡Piedad por la pupila, el objetivo,
piedad por cuanto se hace manifiesto,
piedad por el que parte y el que llega,
piedad por el que alcanza o ha alcanzado,
piedad por quien no sabe que la nada y el todo
sólo son velos de lo Impronunciable,
piedad por quien lo sabe, quien lo dice,
quien lo ignora y va a tientas en la sombra
de las palabras!

EL ARCA

La tormenta primaveral ha agitado
el paraguas del sauce,
con el torbellino de abril
se ha enredado en el huerto la pelusa de oro
que oculta mis difuntos,
mis perros fieles, mis antiguas
criadas –cuántos de entonces
(cuando el sauce era amarillo y yo tronchaba
sus volutas con la honda) cayeron,
vivos, en la trampa. Seguro que
la tormenta los reunirá bajo el antiguo
techo, aunque lejos, más allá
de esta tierra fulgurante donde
hierven la cal y la sangre en la huella
del pie humano. En la cocina humea
el puchero, su círculo de reflejos
concentra los rostros huesudos, las facciones agudas,
y los protege la magnolia al fondo
cuando una ráfaga la lleva hasta ellos. La tormenta
primaveral sacude mi arca con un fiel
ladrido ¡oh, los que han desaparecido!

De "La tempestad y otros poemas"

SOBRE UNA CARTA NO ESCRITA

Por un hormigueo de albas, por las pocas
hebras con las que se ase
el fleco de la vida y se trenza
en horas y años ¿hoy las parejas de delfines
dan cabriolas con sus hijos? ¡Ojalá no oiga
nada sobre ti, que huya del resplandor
de tus pestañas! Hay más cosas sobre la tierra.
No sé desvanecerme, ni reaparecer; se demora
la roja fragua
de la noche, la tarde se prolonga,
la plegaria es un suplicio y todavía
entre las rocas la botella
no te ha llegado del océano. La ola, vacía,
se rompe en el cabo, en Finisterre. 

De "La tempestad y otros poemas"

SERENATA INDIA

Ese desvanecerse de las noches es nuestro todavía.
Y la raya que desde el mar sube
al parque, hiriendo los aloes, es también nuestra.
Puedes llevarme de la mano, si finges
creer que estás conmigo, si estoy tan loco
para seguirte lejos, y lo que me sujeta,
lo que me dices, recae en tu poder.


Desearía que fuera tu vida la que me mantiene
en los umbrales –y pudiera prestarte un rostro,
soñar tu semblante. Pero no lo es,
no es así. El pulpo que desliza
sus tentáculos de tinta entre los escollos
puede servirse de ti. Tú le perteneces
sin saberlo. Tú eres él, y te crees tú.

De "La tempestad y otros poemas"

DÍA Y NOCHE

Incluso una pluma que vuela puede dibujar
tu figura, o el rayo que juega al escondite
entre los muebles, el reflejo desde los tejados
del espejo de un niño. Alrededor de las paredes
jirones de vapor prolongan las agujas
de los álamos mientras sobre su caballete se ahueca
el loro del afilador. Después la noche sofocante
sobre la plaza, y los pasos, y siempre esta dura
fatiga de sumergirse para resurgir igual,
desde hace siglos, o sólo instantes, de pesadillas que no pueden
hallar la luz de tus ojos en la cueva
incandescente- y todavía los mismos gritos y los largos
lamentos sobre la veranda
cuando llama de improviso el golpe que te enrojece
la garganta y quiebra tus alas, oh, peligrosa
precursora del alba,
y los claustros y hospitales despiertan
a un estruendo de trompetas…

De "La tempestad y otros poemas"

LA TORMENTA

Les princes n’ont point d’yeux pour voir ces grand’s merveilles,
Leurs Manis ne servent plus qu’a nous persécuter…
AGRIPPA D’AUBIGNÉ, À Dieu
La tormenta desliza sobre las hojas
duras de la magnolia los truenos
de marzo y el granizo,
(los sonidos de cristal en tu nido
nocturno te sorprenden, del oro
que se ha apagado sobre las caobas, sobre el canto
de los libros encuadernados, quema todavía
un grano de azúcar sobre la envoltura
de tus párpados)
el relámpago pone cande
en árboles y muros y los sorprende con aquella
eternidad del instante –mármol maná
y destrucción- que esculpe en tu interior
puertas para tu condena y que te ata
más que el amor a mí, extraña hermana,
y después el estallido áspero, los sistros, la agitación
de los tamboriles sobre la fosa oscura,
el zapateo del fandango, y sobre él
un gesto hecho a tientas…
Como cuando
te volviste y con la mano, libre
la frente de la nube de tus cabellos,
me saludaste- para entrar en la oscuridad.

De "La tempestad y otros poemas"

XENIA

II
 
He bajado, dándote el brazo, un millón al menos de escaleras
y ahora que no estás hay el vacío en cada escalón.
Hasta en esto ha sido corto nuestro largo viaje.
El mío dura todavía, y ya no me atañen
los enlaces, las reservas,
las mentiras, los bochornos de quien cree
que la realidad es la que se ve. 
He bajado millones de escaleras dándote el brazo
y no porque con cuatro ojos quizás se vea más.
Contigo las he bajado porque sabía que de los dos
las únicas pupilas verdaderas, aunque tan apagadas,
eran las tuyas. 

De “Satura”

EL SUEÑO DEL PRISIONERO 

Albas y noches cambian aquí con pocas señales. 
El zigzag de los estorninos sobre las torres de guardia
en los días de batalla, mis únicas alas,
un filo de aire polar,
el ojo del cabo de guardia desde la tronera,
crac de nueces aplastadas, un aceitoso
crepitar desde los sótanos, asadores
reales o imaginados –pero la paja es oro,
el farol vinoso es un hogar
si cuando duermo me creo a tus pies. 
La purga dura desde siempre, sin un por qué
dicen que quien abjura y firma
puede salvarse de este exterminio de gansos;
que quien se acusa a sí mismo, pero traiciona
y vende carne de otros, agarra el cucharón
antes de terminar en el pâté
destinado a los Dioses pestilenciales. 
Torpe de pensamiento, llagado
por el punzante jergón, me he fundido
con el vuelo de la polilla que mi suela
pulveriza contra el pavimento,
con los quimonos tornasolados de las luces
desplegadas a la aurora desde los torreones,
he husmeado en el viento la chamusquina
de las rosquillas de los hornos,
he mirado a mi alrededor, me he forjado
iris en horizontes de telarañas
y pétalos en el entramado de las rejas,
me he levantado, me he vuelto a caer
en el fondo donde el siglo es el minuto- 
y los golpes se repiten y los pasos,
y todavía ignoro si seré en el festín
embuchador o embuchado. La espera es larga,
este mi soñar contigo no ha terminado. 

De “La tormenta y otras cosas”

TRÁEME EL GIRASOL QUE LO TRANSPLANTE 

Tráeme el girasol que lo transplante
a mi terreno quemado por la sal,
y enseñe todo el día al azul resplandeciente
del cielo la ansiedad de su rostro amarillento. 
Tiende a la claridad lo que es oscuro,
se gastan los cuerpos en un fluir
de tintas: éstas en música. Desvanecerse
es, pues, la ventura de las venturas. 
Tráeme tú la planta que conduce
adonde surgen rubias transparencias
y evapora la vida como esencia;
tráeme el girasol loco de luz. 

De “Huesos de jibia”

IN LIMINE 

Goza si el viento que entra en el pomar
vuelve a traer la oleada de vida:
aquí donde se ahonda una muerta
maraña de recuerdos,
huerto no había, sino relicario. 
El zumbido que tú sientes no es un vuelo,
sino el conmoverse del eterno regazo;
ves cómo se transforma este margen
solitario de tierra en un crisol. 
Un rencor hay acá del abrupto muro.
Si prosigues te encuentras
quizá con el fantasma que te salva:
se componen aquí las historias, los actos
borrados para el juego del futuro. 
Busca una malla rota en la red
que nos aprieta, tú ¡salta afuera, huye!
Vete, por ti lo he pedido –ahora la sed
me será leve, menos acre la herrumbre. 

De “Huesos de jibia”

NO NOS PIDAS LA PALABRA QUE ESCUADRE EN CADA LADO 

No nos pidas la palabra que escuadre en cada lado
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo manifieste y como un azafrán resplandezca
perdido en medio de un prado polvoriento. 
¡Ah el hombre que se va seguro,
de los demás y de sí mismo amigo,
sin preocuparse de su sombra que la canícula
imprime sobre un desconchado muro! 
No nos pidas la fórmula que otros mundos pueda abrirte,
sí alguna sílaba torcida y seca como una rama.
Eso sólo podemos hoy decirte,
lo que no somos, lo que no queremos. 

De “Huesos de jibia”

LA ANGUILA 

La anguila, la sirena
de los mares que, fríos, deja el Báltico
para llegar a nuestros mares,
a nuestros estuarios, a los ríos,
que remonta, profunda, bajo adversas crecidas,
de ramal en ramal, sutilizados
de cabello en cabello,
siempre más hacia dentro, más hacia el corazón
de la peña, filtrándose
entre bolsas de cieno hasta que un día
una luz arrojada por castaños
enciende su desliz en pozas pantanosas,
en zanjas que descienden
por las pendientes de los Apeninos
a la Romaña,
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de Amor en tierra
que solamente los barrancos nuestros
o arroyos pirenaicos –desecados- conducen
a paraísos de fecundaciones,
el alma verde que rebusca vida
donde muerde el bochorno
y la desolación,
la centella que dice:
Todo principia cuando ya parece
carbonizarse, tronco sepultado,
breve el iris, mellizo del tuyo,
del que engarzan tus pestañas,
y haces brillar, intacto, en medio de los hijos
del hombre, sumergidos en tu lodo,
la anguila ¿puedes no creerla hermana? 

De “37 poemas”

ANTIGUO, ESTOY ENAMORADO DE LA VOZ… 

Antiguo, estoy enamorado de la voz
que emerge de tus bocas cuando se abren,
como verdes campanas que, de nuevo,
hacia atrás se arrojan y se deshacen.
La casa de mis lejanos estíos
te era cercana, tú lo sabes,
allá, en la tierra donde hierve el sol
y anuban el aire los mosquitos.
Ahora como entonces enmudezco ante tu presencia,
mar, aunque ya digno
no sea de la solemne lección
de tu latido. Tú fuiste el primero en decirme
que el ínfimo fermento
de mi corazón no era sino un instante
del tuyo; que en mis profundidades también latía
tu audaz ley arriesgada: ser vasto y ser diverso
pero, al mismo tiempo, fijo
para vaciarme así de todo fango
como haces tú cuando arrojas a la orilla
entre cordelajes, algas, estrellas marinas,
los inútiles deshechos de tu abismo. 

De “37 poemas”

Madrid, 18-02-11

¿HAS DADO MI NOMBRE A UN ÁRBOL? NO ES POCO…

¿Has dado mi nombre a un árbol? No es poco;
sin embargo, no me resigno a permanecer como sombra, o tronco,
en el abandono de un suburbio. Yo el tuyo
se lo he dado a un río, a un largo incendio, al duro
juego de mi suerte, a la fe
sobrehumana con la que le has hablado al sapo
salido de la cloaca, sin horror o piedad
o alborozo, al respiro de aquel firme
y mórbido labio tuyo que acierta,
nombrando, a crear, sapo flor hierba escollo-
encina dispuesta a extenderse sobre nosotros
cuando la lluvia arranca el polen a los carnosos
pétalos del trébol y el fuego aumenta.

De “37 poemas”

EN NEGATIVO 

Es raro.
han efectuado ráfagas de disparos
sobre nosotros y el abanico no me ha herido.
Con todo, pronto tendré mi certificado de buen servicio
quizá en papel sellado para presentar
quién sabe a qué burócrata; y es probable
que nada más ocurra. Lo peor ya ha pasado.
Ahora son superfluos los documentos, ahora
aun hasta lo mejor es superfluo. No ha habido
nada, absolutamente nada tras de nosotros
y nada hemos desesperadamente amado más que esa nada. 

De “Cuaderno de cuatro años”

EXISTE UN MUNDO ÚNICO… 

Existe un mundo único habitado
por hombres
y esto es más que verdad:
un solo mundo, un globo donde la caza al hombre
es el deporte en el que están todos de acuerdo.
No puede ser un puro
acto de perversidad
o el deseo imperioso
de que al fin el sol se extinga.
Habrá otra cosa, existirá un por qué,
pero en esto los dioses no concuerdan.
Sólo por esto han inventado el tiempo,
el espacio y un puñado de seres.
Tienen necesidad de meditarlo mucho
porque si un acuerdo existiese
de su crepúsculo no se hablaría más
y entonces
pobres hombres sin dioses ni demonios,
la última, la peor de las infamias. 

De “Cuaderno de cuatro años”

EL PRÍNCIPE DE LA FIESTA

Ignoro dónde se halla el príncipe de la Fiesta,
aquel que rige el mundo y las demás esferas.
Ignoro si es carnicería o fiesta
lo que descubro si me asomo a la ventana.
Si es verdad que la pulga vive en sus dimensiones
(como todo animal) que no son las nuestras,
si es cierto que el caballo ve al hombre casi al doble
de su tamaño, entonces no hay ojo humano que baste.
Quizá una eterna oscuridad se cansó, lanzó fuera
alguna chispa. O una etérea luz
se maculó encontrándose a sí misma insoportable.
O bien el príncipe ignora a sus criaturas
o puede jactarse de ellas sólo en dosis homeopáticas.
Pero es seguro que un día en su sitial
pesarán otras nalgas. Ya es la hora.

De “Diario del 71 y del 72”

DELTA

La vida que se rompe en los trasiegos
secretos a ti la he ligado:
aquella que se debate en sí y parece casi
ignorarte, presencia sofocada.
Cuando el tiempo se atasca en sus diques
acuerdas tu vicisitud a la suya inmensa,
y afloras, memoria, más evidente
de la oscura región donde descendías,
como ahora, después del aguacero, de nuevo aumentando
el verde en las ramas, en los muros el bermellón.
Lo ignoro todo de ti excepto el mensaje
mundo que me sostiene sobre el camino:
si existes como forma o si pesadilla en la fumosidad
de un sueño te alimenta
la orilla que enfebrecida, se turba y bulle
contra la marea.
Nada de ti en el vacilar de las horas
grises o desgarradas por un relámpago de azufre
excepto el silbido del remolcador
que desde las brumas arriba al golfo.

De “Huesos de sepia”

DICEN QUE LA MÍA…

Dicen que la mía
es una poesía de desposesión.
Pero si era tuya era de alguien:
de ti que no eres ya forma, sino esencia.
Dicen que la poesía en su cumbre
exalta el Todo en fuga,
niegan que la tortuga
es más veloz que el rayo.
Tú sola sabes que el movimiento
no es diferente del estatismo,
que el vacío es lo lleno y que la claridad
es la más difusa de las nubes.
Así entiendo mejor tu largo viaje
prisionera entre vendas y yesos.
Y sin embargo no me tranquiliza
saber que en uno o en dos somos una sola cosa.

De “37 poemas”

SIROCO

Oh iracundo soplar de siroco
que el reseco terreno verdeamarillo
quemas;
y por el cielo lleno
de lívidas luces
cruza algún copo
de nube, y se pierde.
Perplejas horas, estremecimientos
de una vida que huye
como agua entre los dedos;
inasibles sucesos,
luces-sombras, emociones
de las delicadas cosas de la tierra;
oh áridas alas del aire
ahora soy yo
la agave que arraiga en la grieta
del escollo
y rehúye el mar de los brazos de algas
que abre anchas gargantas y agarra rocas;
y en la agitación
de mi ser, con mis cerrados capullos
que ya no pueden estallar hoy sufro
el tormento de mi inmovilidad.

De “Huesos de sepia”

EPIGRAMA

II
Sbarbaro, caprichoso muchacho, pliega versicolores
papeles y logra navecillas que confía al lodo
móvil de un arroyo; míralas irse fuera.
Sé por él precavido, hombre de bien que pasas:
con tu bastón alcanza la delicada flotilla,
que no se pierda; guíala a un puertecillo de guijarros.

De “Huesos de sepia”

LIBERO TU FRENTE DE LOS CARÁMBANOS…

Libero tu frente de los carámbanos
que recogiste al cruzar las altas nebulosas;
tienes las plumas laceradas por ciclones,
a sobresaltos te despiertas.

Mediodía: prolonga en el panel el níspero
la sombra negra, en el cielo se obstina un sol aterido;
e ignoran que estás aquí
las altas sombras que en el callejón se deslizan.

De 37 poemas”

SESTEAR PÁLIDO Y ABSORTO…

Sestear pálido y absorto
junto a la ardiente tapia de un huerto.
Escuchar entre endrinos y zarzas
chasquidos de mirlos, rumores de ofidio.

En las grietas del suelo o la algarroba
acechar las hileras de rojas hormigas
que se entrecruzan o quiebran
en la cima de minúsculas gavillas.

Observar entre las frondas el lejano
palpitar de briznas marinas
mientras se elevan trémulos chasquidos
de cigarras desde pelados picos.

Y caminando entre el sol que deslumbra
sentir con triste maravilla
que la vida toda y su fatiga está
en este recorrer un muro
coronado por pinchos filosos de botella.

De “37 poemas”

SIRIA

Decían los antiguos que la poesía
es escala hacia Dios. Quizá no es así
si me lees. Mas yo lo supe el día
en que por ti volví a encontrar la voz, suelto
en un rebaño de nubes y de cabras
en su atropello desde un risco para mordisquear
borras de ciruelo y de anea, y los rostros enjutos
de la luna y del sol se fundían,
el motor estaba averiado y una flecha
de sangre sobre un pedrusco señalaba
el camino de Alepo.

De “37 poemas…”

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12 Poesía más Poesía: Cesare Pavese

CESARE PAVESE

BIOGRAFÍA

Cesare Pavese nace el 9 de septiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, Italia, donde su padre era procurador del tribunal de Turín. Pavese era el menor de cinco hijos de una familia de origen campesino, tres de los cuales murieron antes que él. Sólo su hermana, María, seis años mayor y él sobreviven. En 1914, cuando tenía 6 años muere su padre a causa de un tumor cerebral y simultáneamente se inicia la Primera Guerra Mundial. Pavese queda al cargo de su madre, de carácter dominante y reservada, que cría al niño en un rigor gélido, casi como si previniera encariñarse y perderlo. Dicen que cuando el padre estaba agonizando le pidió ver a una vecina a la que había amado y su esposa se lo negó y que Pavese fue testigo de ese vano pedido y su negación. Sea como fuere, Pavese escribirá más tarde “Los lugares de la infancia vuelven a la memoria de cada cual consagrados; en ellos sucedieron cosas que los han hecho únicos y los destacan del resto del mundo con este sello mítico”.

La madre para salvar las finanzas de la familia, sin éxito vende la casa y se trasladan a Turín. Allí Pavese cursó los estudios secundarios, con Augusto Monti y ese será su primer contacto con el mundo de los intelectuales como Tullio Pinelli, Vittorio Foa, Norberto Bobbio y el que será su gran amigo Leone Ginzburg.

Estudió filología inglesa en la universidad de Turín y en esta época comienza a interesarse por la literatura norteamericana. Se licencia con una tesis sobre el poeta norteamericano Wall Whitman y a partir de entonces alterna su trabajo como traductor con la enseñanza del inglés. Tradujo numerosos escritores norteamericanos como Sherwood Anderson, Herman Melville, John Dos Passos, William Faulkner, Daniel Defoe, James Joyce, Charles Dickens, Gertrude Stein, John Steinberck y Ernest Hemingway, entre otros. Cuando tradujo Moby Dick decía que lo había hecho por gusto. Le habían pagado, pero lo hubiera hecho incluso a cambio de nada, es más, él mismo habría pagado por traducirlo, decía.

Junto con Giulio Einaudi y su amigo Leone Ginzburg fundan la ediotrial Einaudi, en la que fue editor decisivo hasta su muerte.

Leone Ginzburg y Pavesse eran amigos desde hacía muchos años. Pavese hacía poco que había vuelto del confinamiento. Fue encarcelado por servir de intermediario de unas cartas entre una mujer de la que se enamoró y un dirigente del Partido Comunista Italiano en prisión, dicen unos, y por sus escritos antifascistas en la Revista La Cultura, dicen otros. Pavese es acusado de actividades políticas clandestinas contra el gobierno fascista. En esta época escribirá la que es tenida como su obra mayor en poesía Trabajar Cansa.

 Tras un año de cárcel, pide la gracia debido a sus problemas asmáticos y es liberado. En su reencuentro con los Ginzburg estaba muy triste porque había sufrido un desengaño amoroso pues al volver a la ciudad la mujer a la que amaba se había casado con su novio después de salir de prisión.  Por esta época de su vida comienza a componer El oficio de vivir, diario literario que seguirá escribiendo hasta el final de su vida y que se publicará después de su muerte.

Natalia Ginzburg, esposa de Leone, describe en “Lexico familiar” cómo fue esa relación con Pavese. Pavese iba a ver a Leone todas las tardes. Colgaba en el perchero su bufanda lila y su abrigo y se sentaba en la mesa. Leone se sentaba en el sofá, apoyando el codo en la pared. Pavese explicaba que no iba allí por valentía, porque él no era nada valiente, y tampoco por espíritu de sacrificio. Iba porque si no, no habría sabido cómo pasar las tardes, y no soportaba pasarlas solo. Y explicaba que no iba allí para oír hablar de política, pues a él la política “le importaba un bledo”.

Unas veces fumaba en pipa toda la tarde en silencio y otras contaba sus cosas, enrollándose el pelo alrededor de los dedos.

Leone… Su capacidad de escuchar era inmensa. Sabía escuchar a los demás con gran atención, incluso cuando estaba profundamente ensimismado pensando en sí mismo. Después la hermana de Leone les servía el té. Ella y su madre le habían enseñado a Pavese a decir en ruso: “a mí me gusta el té con azúcar y limón”.

A medianoche, Pavese cogía su bufanda del perchero. Se iba por la avenida Francia, alto, pálido, con las solapas levantadas, la pipa apagada entre sus dientes blancos y fuertes, su paso largo y rápido y su huraña espalda.

Cuando Leone empezó a trabajar con un editor amigo suyo, Giulio Einaudi, eran sólo él, el editor, un almacenista y una dactilógrafa, la señorita Coppa. El editor era un joven sonrosado y tímido. Se sonrojaba con frecuencia pero cuando llamaba a la dactilógrafa “¡COPPAAA!, lanzaba un grito salvaje. Trataron de convencer a Pavese para que trabajara con ellos. Pavese se resistía y decía: “¡me importa un bledo!”.

Decía: “no necesito un sueldo. No tengo que mantener a nadie. A mí me basta con tener un plato de sopa y tabaco. Tenía una suplencia en un liceo. Ganaba poco, pero le bastaba.

Escribía poemas. Sus poemas tenían un ritmo lento, arrastrado, perezoso, una especie de amarga cantinela. El mundo de sus poemas era Turín, el Po, las colinas, la niebla y los mesones. Pavese centra su poesía en las experiencias pequeñas, individuales, cotidianas de gente común y corriente, con un aire de melancolía y de derrota. Exactamente lo opuesto de la estética fascista, con sus marchas, consignas, vociferaciones, endiosamientos y delirios.

Al final se convenció y entró también a trabajar con Leone en aquella pequeña editorial.

Se convirtió en un empleado puntilloso y meticuloso que gruñía contra los otros dos porque llegaban tarde por las mañanas y se iban a comer a las tres. Él defendía un horario distinto: empezaba temprano y se iba a la una en punto, porque a esa hora la hermana con la que vivía llevaba la sopa a la mesa.

Leone y Einaudi de vez en cuando se peleaban y no se hablaban durante algunos días. Después se escribían largas cartas y se reconciliaban. A Pavese “le importaba un bledo”.

Pavese trabajó en la editorial con un rigor reconocido por todos. La pequeña editorial de antaño era ahora grande e importante. Trabajaba en ella mucha gente. Tenía una nueva sede en la Avenida Re Umberto, porque la antigua había sido destruida en un bombardeo. Ahora Pavese tenía un despacho para él solo, y en su puerta había un cartelito que decía “Dirección editorial”. Pavese estaba detrás de su mesa, son su pipa, y volvía a corregir pruebas con la rapidez de un rayo. Leía la Ilíada en griego durante las horas de descanso, recitando los versos en voz alta con una triste cantinela. O bien escribía sus novelas, tachando con rapidez y con violencia. Se había convertido en un escritor famoso. Su libro “El oficio de poeta” es una obra de belleza inigualable que comienza de esta manera “hoy por hoy soy el hombre más culto de Italia para valorar mi poesía”.

Pavese raramente aceptaba recibir a desconocidos. Decía “tengo cosas que hacer. ¡No quiero ver a nadie! ¡Qué se ahorquen! ¡Me importa un bledo!”. En cambio, los empleados jóvenes se mostraban partidarios de hablar con desconocidos. Los desconocidos podían aportar ideas.

Pavese decía: ¡Aquí no hacen falta ideas, tenemos ya demasiadas! ¿Qué necesidad hay de propuestas! ¡Estamos de propuestas hasta el cuello! ¡Me importan un bledo las propuestas! ¡No quiero ideas!

Balbo, un compañero de la editorial, hacía caso a todo el mundo. Nunca rechazaba un encuentro nuevo. Todas las ideas y todas las propuestas le gustaban, le interesaban, le ponían en ebullición e iba a contárselas a Pavese. Balbo hablaba y hablaba y Pavese fumaba su pipa y se enrollaba el pelo alrededor del dedo. Pavese decía: ¡Me parece una propuesta cretina! ¡Defiéndete de los cretinos! Pavese decía de Balbo, ¿pero porqué siempre tiene que hablar mientras los demás trabajan?

Los alemanes tomaron Francia y en Italia la guerra era inminente. Durante años mucha gente se había quedado en casa sin ser molestada, haciendo aquello que habían hecho siempre. Pero cuando ya todos pensaban que no habría cambios, de pronto empezaron a explotar bombas y minas por todas partes, las casas se derrumbaron y las calles se llenaron de escombros, de soldados y de prófugos. Ya no había nadie que, haciendo como que no pasaba nada, pudiera cerrar los ojos, taparse los oídos y esconder la cabeza debajo de la almohada. En Italia la II Guerra Mundial fue así.

Pavese fue llamado a filas en 1938, pero se le dispensó por el asma que padecía. Sus amigos fueron a la guerra y muchos de ellos murieron. Leone Ginzburg murió torturado por los alemanes en 1944, un gélido febrero en el sector alemán de la cárcel de Regina Coeli, en Roma durante la ocupación alemana.

©lapresse archivio storico cultura anno 1950 Cesare Pavese nella foto: Cesare Pavese riceve il premio strega BUSTA 2169

Entre 1945 Y 1948 publica Diálogos con Leucó (1945), El compañero (1947) y Antes que el gallo cante (1948)

Pavese casi nunca hablaba de Leone. No le gustaba hablar de los ausentes ni de los muertos. Decía “cuando alguien se marcha o se muere trato de no pensar en él, porque no me gusta sufrir”.

Pero es posible que sufriera por haberlo perdido, había sido su mejor amigo Seguramente enumeraría aquella pérdida entre las cosas que lo desgarraban. Era claramente incapaz de sustraerse al dolor y caía en los más amargos y crueles sufrimientos cada vez que se enamoraba.

Acogía el amor como un trabajo febril. Había ofrecido matrimonio a una o dos mujeres y había sido rechazado. Le duraba un año, dos años. Después se curaba, pero se quedaba trastornado y extenuado, como quien vuelve a levantarse tras una grave enfermedad. En “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” escribirá sus últimos versos después del desengaño amoroso con la actriz norteamericana Constance Dowling.

Pavese se suicidó en el verano de 1950 en la habitación de un hotel con sopotales, cuando ninguno de sus amigos ni compañeros de Editorial estaba en Turín. Había preparado y calculado las circunstancias de su muerte como alguien que prepara y dispone el transcurso de un paseo o de una velada. No le gustaba que hubiera nada imprevisto o casual en sus paseos y en sus veladas. Se irritaba muchísimo si algo se apartaba de lo que él había dispuesto con anterioridad, si alguno llegaba tarde a la cita, si se cambiaba de repente el programa, si se sumaba a ellos una persona imprevisa. Lo imprevisto le ponía nervioso. No le gustaba ser cogido por sorpresa.

Había hablado durante años de suicidarse, dice Natalia. Jamás le creyó nadie. Cuando los alemanes invadieron Francia y él iba a verles a Leone y a Natalia comiendo cerezas, ya hablaba de eso. Pero no por Francia, no por los alemanes, no por la guerra que avanzaba hacia Italia. La guerra le producía miedo pero no lo bastante como para suicidarse por ella. En el fondo no tenía ninguna causa real para suicidarse. Pero compuso varios motivos y calculó su suma con una precisión fulminante, y los volvió a componer y volvió a ver, asintiendo con su sonrisa maligna, que el resultado era idéntico y por lo tanto exacto. Pensó incluso en más allá de su vida, en nuestros días futuros, consideró cómo se comportaría la gente ante sus libros y su memoria. Observó más allá de la muerte, como los que aman la vida y no saben separarse de ella y que, aun pensando en la muerte, han imaginando no la muerte, sino la vida. Sin embargo, él no amaba la vida, y aquel mirar suyo más allá de la propia muerte no era por amor a la vida, sino un preparado cálculo de circunstancias, para que nada, ni siquiera después de muerto, pudiese cogerlo por sorpresa.

El oficio de vivir se pública póstumamente en 1952. En 1957 se crea un premio literario con su nombre.

La poesía narrativa de Pavese marcará de una manera definitiva la narativa actual italiana.

Dos aforismos de Pavese para terminar:

-Los grandes poetas son tan raros como los grandes amantes. No bastan Ias veleidades, Ias furias y los sueños, se necesita algo más: cojones duros. Que se llaman también mirada olímpica.

 -Si el follar no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí.

Trabajar cansa – Poesía (1936)

El oficio de vivir, diario literario que comienza a componer en este periodo de su vida y seguirá escribiéndolo hasta el final de su vida.

Il compagno 1947

Diálogos con Leucó (1947)

El oficio de poeta

Entre mujeres solas

La luna y las fogatas

Te recomendamos ver el programa de televisión.

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