71. Poesía más Poesía: Johann C. Friedrich Hölderlin

JOHANN CHRISTIAN FRIEDRICH HÖLDERLIN

Biografía

Johann Christian Friedrich Hölderlin es una de las cumbres de la lírica alemana de todos los tiempos. 
La poesía de Hölderlin, a un tiempo lírica, reflexiva, filosófica y mítica, clásica e innovadora, musical y profunda, no ha cesado de propagarse y de ser estudiada y admirada.
Su literatura contiene una creación profética. Su obra es la precursora del estilo rítmico de Nietzsche, de la lírica de Verlaine y Baudelaire, de todo lo que hoy pugna por encontrar la más moderna poesía.
Para Hölderlin, cuya norma será siempre la Naturaleza, el Estado es un sistema maquínico que se opone violentamente al orden armónico natural. Y aunque en ocasiones el poeta reconozca la dificultad o incluso la imposibilidad de sustituir tal orden en términos históricos y, en consecuencia, de liberarse completamente de la maquinaria estatal, jamás cambiará su negativa valoración del Estado.
Hölderlin era un crítico radical de los nuevos modos de alienación generados por la recién nacida sociedad burguesa. Y, en este aspecto, puede ser considerado un precursor de la crítica socialista.
El modelo para enjuiciar la nueva sociedad burguesa no es otro que la Atenas de la época clásica. Atenas es una comunidad de hombres libres fuertemente vinculados por lazos sagrados de sociabilidad. En cierto modo, el opuesto absoluto de la sociedad mercantil que contempla a los hombres como individuos, como átomos perfectamente intercambiables.
Anti-estatismo, anti-burguesismo y republicanismo o democratismo radical son, rasgos esenciales del pensamiento político de Hölderlin. Todos ellos hacen de él, no un liberal, sino un libertario.
Considera el símbolo de lo femenino como belleza que se desprende de la naturaleza, y amar como continuación de la armonía con esa naturaleza y respeto hacia el orden del universo.

Johann Christian Friedrich Hölderlin nació en Lauffen (Alemania) el 20 de marzo de 1770 y falleció en Tubinga, Württemberg, el 7 de junio de 1843. A los (73 AÑOS)
Su padre, administrador del seminario protestante de Lauffen, murió cuando el sólo tenía dos años de edad. Al morir su padre, su madre, hija de un pastor evangélico, se casa en segundas nupcias teniendo 26 años, con Johann Christoph Gock, consejero municipal de Nürtingen, que muere 5 años después, y donde Hölderlin se crió junto con su hermana y su hermanastro.
En 1784 ingresó en un colegio preparatorio para el seminario, en Denkendorf, estudia hebreo, latín y griego, y descubre a sus primeros poetas, Klopstock y Schiller, escribe allí sus primeros poemas.
En 1876 ingresa, junto con el resto de su clase, en el seminario de Maulbronn. Allí hace amistad con Inmanuel Nast y se enamora de su prima, Luise Nast, hija del administrador del seminario. Continua con sus lecturas, Klopstock y Schiller, a las que se añaden Schbart, Young, Wieland y sobre todo Ossian.
En 1788 entró como becario en el seminario de Tubinga para estudiar teología, rompe con Luise Nast y se enamora de la hija de un profesor, Elise Lebret, aunque por poco tiempo. Con sus amigos funda una “Liga de los poetas”.

En 1789, cuatro meses después del estallido de la revolución francesa, el duque Carlos Eugenio, a cuya jurisdicción pertenece el seminario, advierte a los estudiantes, entre los cuales hay corrientes de republicanismo, que se atengan al más severo orden y legalidad.
Los seminaristas leen a Kant y a Rousseau y se entusiasman con la revolución francesa. Entre sus compañeros están Hegel y Schelling, con los que Holderlin hace amistad a partir de 1791
Holderlin lee a Platón, y su mente se aparta cada vez más de la fe protestante, al tiempo que se afirma su vocación poética.
Compone numerosos poemas, entre ellos los llamados Himnos de Tubinga, bajo la influencia de Schiller, pero con un tono ya personal.
En 1793, cumplidos los 23 años, sale del seminario provisto de la licencia que le permite ejercer el ministerio evangélico. Pero en contra de la opinión de su madre, decide no ejercer su carrera y emplearse como preceptor para sobrevivir económicamente.
Holderlin, recomendado por sus amigos Staudlin y Hegel, visita a Schiller, famoso ya en toda Alemania a los 34 años, y éste le consigue una plaza de preceptor para ocuparse del hijo de Charlotte von Kalb. En 1794 acompaña a su alumno en un viaje a Weimar, y empieza a trabajar en el Hiperión.
Pronto debe abandonar su puesto de preceptor, dada la imposibilidad de influir realmente sobre su alumno, y se instala en Jena, uno de los principales centros intelectuales del país, donde asiste a los cursos de Fichte. En noviembre Shiller le publica un fragmento de Hiperión en su revista Thalia.
Al año siguiente, falto de recursos, debe volver a la casa de su madre y allí sigue trabajando en Hiperión. Su amigo Sinclair le consigue un trabajo en Frankfurt, en casa del banquero Gontard, nuevamente para ocuparse de los niños. La esposa, Sussete Gontard, casada desde hacía 10 años y madre de 4 hijos, se convierte en su gran amor a la que llamará Diótima en su obra.
En el año 1796, entonces viaja a Frankfurt para trabajar como preceptor de los hijos del banquero Gontard, enamorándose de la mujer de éste, Susette Gontard, que fue la figura inspiradora de Diotima, “la muchacha griega” de sus poemas y de su novela Hyperion (1797-1799). Susette, la esposa de Gontard, mujer al parecer de gran belleza y sensibilidad, habría de convertirse en su gran amor; tanto en sus poemas como en el Hiperión se referiría a ella con el nombre de «Diotima». En ella personifica las más sublimes aspiraciones de su espíritu, en ella se encarna su amor a la alegría, su amor a la bondad sin disimulo, su amor a la belleza. La busca. La encuentra. La pierde luego y llora por ella.
Su amor fue correspondido, y el poeta describió su relación en una carta como «una eterna, feliz y sagrada amistad». La encarnación de ese símbolo de trascendencia que es la mujer esta encarnado en la joven Susette Gontard. La contemplación de sus dones es para el personaje un regalo de los dioses:…“no he conocido a nadie tan carente de necesidades, tan divinamente sobrio” dice en Hiperión, II.2)
Diótima es el amor, y el amor significa esa posibilidad de redención, de transfiguración, de retorno, de armonía con el otro y con el todo. Porque el poeta en su infatigable lucha de volver a los orígenes desea retornar a lo semejante, y el amor es aquello en donde lo semejante se une a lo semejante, la alianza que une a todos los seres en la plenitud. El amor eterno representa la alianza que une a todos los seres en el origen, y el amor es símbolo del origen ya que, engendró al mundo y es por tanto, sagrado.
En 1797 es visitado por Hegel, a quien ha conseguido un puesto de trabajo en Frankfurt. En agosto, tiene el último encuentro con Goethe, a quien había conocido con anterioridad en Weimar por intermedio de Schiller. Goethe no tendrá nunca mucha estima por la obra de Holderlin.
A pesar de su trabajo y de los viajes que debió efectuar con la familia Gontard a causa de la guerra, fue una época de intensa actividad literaria, y en 1799 finalizó su novela epistolar Hiperión.
En septiembre de 1798 tuvo que abandonar la casa de los Gontard, después de vivir una penosa escena con el marido de Susette. Se entrevistó varias veces en secreto con ella, hasta que se trasladó a Homburg por consejo de su amigo Isaak von Sinclair.
Solicita a Schiller ayuda para encontrar un puesto de profesor en la Universidad de Jena pero no tiene suerte.
Emprendió entonces su tragedia La muerte de Empédocles e intentó lanzar una revista intelectual y literaria, que fracasó. En 1800 fue invitado a Stuttgart, donde tuvo tiempo para dedicarse a la poesía y traducir a Píndaro, que ejercería una gran influencia sobre sus himnos.
A finales del año aceptó otro puesto como preceptor en Hauptwil, Suiza; se ignora por qué razones abandonó su trabajo en abril de 1801, y volvió con su madre, a Nütingen, hasta enero de 1802, cuando obtuvo un cargo en casa del cónsul de Hamburgo en Burdeos, pero a los pocos meses abandona su puesto, a partir de allí trabajó ininterrumpidamente en su obra poética. Tras dejar su trabajo en Burdeos visita París, y desde allí se dirige a casa de sus amigos en Stuttgart. En el mes de julio recibirá una carta de su amigo Sinclair comunicándole la muerte de Susette Gontard, en Frankfurt. Holderlin tardará casi un mes en llegar, andando, a casa de su madre. En Nütingen, su aspecto es casi irreconocible. El explicará de sí mismo que fue “Golpeado por Apolo”.
En ese mismo año sufre el primero de sus ataques de esquizofrenia.
Desde 1802, aquejado por los primeros síntomas de una grave esquizofrenia, regresó a Tübingen. Como sus crisis mentales se hicieran cada vez más frecuentes, en 1806 fue internado en una clínica de Tubinga, sin que se produjera mejoría en su estado. Sus síntomas eran una gran agitación motora, y sobre todo, una incontrolable e ininteligible verborrea. Tras un período de gran violencia, su trastorno mental pareció remitir. Sinclair lo llevó de viaje a Ratisbona y Ulm y, a la vuelta, escribió El único y Patmos, dos de sus obras maestras. Por influencia de su amigo obtuvo la plaza de bibliotecario de la corte, en el palacio del landgrave de Homburg.
Hacia 1806 la locura alcanza en él su estado final. Un ebanista de la misma ciudad, entusiasmado por la lectura del Hiperión, lo acogió en su casa en 1807. Su madre se hacía cargo de todos los gastos de su manutención. Allí permaneció hasta su muerte, en unas condiciones de locura pacífica.
En Tubinga, su habitación estaba en una vieja torre, en la orilla del Neckar, donde escribía versos incomprensibles firmados con los nombres de “Scardanelli”, “Scaliger Rosa”, ó “Buonarotti”
Los poemarios editados por Ludwig Uhland y Christoph Theodor Schwab en 1826 (y también, póstumamente, las Obras completas publicadas por Schwab en 1846) incluyen algunos de los inquietantes textos escritos durante la apacible demencia del autor, que él gustaba atribuir a un alter ego al que llamaba Scardanelli. A finales del siglo XIX la obra del poeta alemán fue recuperada y ensalzada por los simbolistas, a través de los cuales ha venido ejerciendo una influencia creciente en las letras europeas
La obra de Hölderlin tiene en su eje central el intento de hallar el sentido y esencia de la lírica en los momentos históricos convulsos que le tocó vivir.


Su obra

Los juveniles Himnos (1793), en los que canta a la belleza, la libertad y el genio de la adolescencia, sufren aún la influencia de Schiller y ensalzan los “ideales de la humanidad”.
Las Elegías (1793), sobre todo “Grecia” y El destino”, son ya un lamento por lo desaparecido e incluyen una propuesta fundamental en Hölderlin: el impulso hacia un nuevo helenismo.
Hiperión (1797-1799) es un texto a mitad de camino entre la novela epistolar y la llamada “de iniciación”, que comparte también las características confesionales de un diario íntimo y anticipa múltiples aspectos de la sensibilidad romántica.
A partir de 1797 el poeta escribió los fragmentos de Empédocles, su única incursión en la dramaturgia, que debía ser una tragedia clásica que trabajó en múltiples versiones. Su protagonista encarna para él al poeta y visionario en quien se refleja la armonía inherente a la unicidad total, y la serenidad que acompaña a la maduración para la muerte.
Las Poesías (1799) aparecieron mayoritariamente en el Musenalmanach de Schiller y en el Taschenbuch für Frauenzimmer von Bildung, y son formalmente clásicas y hasta deliberadamente arcaicas en ocasiones.
Las colecciones conocidas como Lírica tardía contienen los poemas escritos entre 1801 y 1808, y se publicaron en vida del autor.

Con respecto a su enfermedad

—Hölderlin no estaba loco—; así rezaba la pintada en trazos negros que durante años pudo leerse sobre la pared amarilla a la entrada de la célebre torre de Hölderlin, en Tubinga. En el bonito edificio semicircular rodeado de sauces, a la orilla del Neckar, el poeta pasó recluido la segunda mitad de su vida. La versión oficial dice que “perdió la razón” con 36 años; a partir de entonces se transformó en un anciano prematuro y, alejado de sus familiares, vivió de la caridad del ebanista Zimmer, un devoto lector del Hiperión, acaso el libro más hermoso de la literatura alemana.
En la torre lo visitaban los escasos entusiastas que reconocieron su genialidad, y seguían confiando en ella. Hölderlin los agasajaba con pequeños poemas, simples, rotundos.
Locura o no, lo cierto es que la vida trató mal a Hölderlin, quien se empeñó en ser solo poeta, en un tiempo en que esto era un suicidio. Dotado de singular talento artístico, fue además un idealista anticonvencional, un enamorado del amor y un amigo de la libertad cuando tanto el uno como la otra languidecían cargados de cadenas. Las circunstancias históricas adversas y su propio carácter precipitaron su destino.
Sí, quizás el joven Hölderlin tuvo la cabeza llena de pájaros. La Grecia clásica idealizada era su sueño; héroes, heroínas y filósofos, sus ejemplos a imitar; ¡y los ideales de la Revolución Francesa! Todo ello chocaba sobremanera en una Alemania casi feudal, sometida a déspotas e implicada en las guerras napoleónicas.
La obra lírica de Hölderlin, a veces hermética, ha gozado del fervor y admiración de muchos escritores del siglo XX, como podemos comprobar en la obra de los poetas de la generación del 27, principalmente en la de Cernuda. Y como dijo el poeta alemán: “El lenguaje es el bien más precioso y a la vez el más peligroso que se ha dado al hombre”.
“Hölderlin, con fidelidad admirable –nos dijo Luis Cernuda- no fue sino aquello a que su destino le llamaba: un poeta. Pero ahí nadie le ha superado en su país, ni en otro país cualquiera”. Buena parte de sus mejores poemas, caracterizados por un peculiar contraste entre pureza técnica e inspiración fueron escritos entre la locura y la razón en la que siempre vivió. Está considerado el principal representante del prerromanticismo alemán y uno de los líricos más grandes de todos los tiempos.

POEMAS

«El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona». (F. Hölderlin)
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De HIPERION – FRAGMENTO

¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Que domine
este amor ardiente y gozoso, este impulso
hacia la verdad suprema’
¿Que cante mi canto del cisne al borde del sepulcro donde os complacéis en encerrarnos vivos
¡Perdonadme!,
mas no obstante el poderoso impulso que lo arrastra
el oleaje surgente de la vida hierve impaciente en su angosto lecho
hasta el día en que descansar en su mar natal.
La viña desdeña los frescos valles,
los afortunados jardines de la Hesperia sólo dan frutos de oro bajo el ardor del relámpago que penetra como flecha el corazón de la tierra.
¿Por qué moderar el fuego de mi almanaque que se abrasa bajo el yugo de esta edad de bronce?
¿Por qué, débiles corazones, querer sacarme mi elemento de fuego, a mí que sólo puedo vivir en el combate?
La vida no está dedicada a la muerte, ni al letargo el dios que nos inflama.
El sublime genio que nos llega del Éter no nació para el yugo.
Baja hacia nosotros, se sumerge, se baña en el torrente del siglo;
y dichosa, la náyade arrastra por un momento al nadador,
que muy pronto se sumerge, su cabeza ceñida de luces.
¡Renunciad al placer de rebajar lo grande!
¡No habléis de vuestra felicidad!
¡No plantéis el cedro en vuestros potes de arcilla!
¡No toméis al Espíritu por vuestro siervo!
¡No intentéis detener los corceles del sol y dejad que las estrellas prosigan su trayecto!
¡Y a mí, no me aconsejéis que me someta, no pretendáis que sirva a los esclavos!
Y si no podéis soportar la hermosura, hacedle una guerra abierta, eficaz.
Antaño se clavaba en la cruz al inspirado, hoy lo asesinan con juiciosos e insinuantes consejos.
¡Cuántos habéis logrado someter al imperio de la necesidad!
¡Cuántas veces retuvisteis al arriesgado juerguista en la playa
cuando iba a embarcarse lleno de esperanza para las iluminadas orillas del Oriente
!Es inútil: esta época estéril no me retendrá.
Mi siglo es para mí un azote.
Yo aspiro a los campos verdes de la vida y al cielo del entusiasmo.
¡Enterrad, oh muertos, a vuestros muertos, celebrad la labor del hombre, e insultadme.
Pero en mí madura, tal como mi corazón lo quiere, la bella, la vida Naturaleza!

HIPERION***

¡Ah, cuántas palabras huecas y cuántas extravagancias se han dicho!
Sin embargo, todo nace del deseo y todo acaba en la paz.
Como riñas entre amantes son las disonancias del mundo.
En la disputa está latente la reconciliación,
y todo lo que se separa vuelve a encontrarse.
Las arterias se dividen, pero vuelven al corazón y todo es una única, eterna y ardiente vida».

“Sólo de vez en cuando puedo hablar un par de palabras sobre ella. Necesito olvidar todo lo que ella es, si debo hablar de ella.
Tengo que fingirme como que vivió en tiempos antiguos,
como si supiera algo de ella por una narración,
si no quiero ser apresado por su retrato viviente
y consumirme en el éxtasis y en el dolor,
si no quiero morir la muerte de la alegría por ella
y por ella la muerte del dolor.

¿No era ella para mí?
Decidme hermanas del destino, ¿no era ella para mí?
¡A las fuentes puras pongo por testigos, y a los árboles inocentes que nos escucharon, y a la luz del día, y al Éter!
¿No era ella para mí? ¿No estaba unida a mí en cada nota de la vida?

¿Dónde está el ser que fuera tan capaz de conocerla como el mío?
¿En qué espejo se juntaban como en mí los rayos de aquella luz?
¿No tembló de alegría ante su propio esplendor cuando por primera vez lo descubrió en mi alegría?
¡Ah! ¿dónde está el corazón que, como el mío,
le diera su plenitud y la recibiera de ella,
que hubiera estado allí sólo para proteger el suyo,
como hacen las pestañas con el ojo?

No éramos sino una flor,
y nuestras almas vivían una en otra como la flor cuando ama
y oculta sus tiernas alegrías en su cerrado cáliz”.

EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

La vida es la tarea del hombre en este mundo,
y así como los años pasan, así como los tiempos hacia lo más
       alto avanzan,
así como el cambio existe, así
en el paso de los años se alcanza la permanencia;
la perfección se logra en esta vida
acomodándose a ella la noble ambición de los hombres.
 

La despedida

¿Queríamos separarnos? ¿Era lo justo y lo sabio?
¿Por qué nos asustaría la decisión como si fuéramos
                                                           a cometer un crimen?
¡Ah! poco nos conocemos,
pues un dios manda en nosotros.

¿Traicionar a ese dios? ¿Al que primero nos infundió
el sentido y nos infundió la vida, al animador,
al genio tutelar de nuestro amor?
Eso, eso yo no lo hubiera permitido.

Pero el mundo se inventa otra carencia,
otro deber de honor, otro derecho, y la costumbre
nos va gastando el alma
día tras día disimuladamente.

Bien sabía yo que como el miedo monstruoso y arraigado
separa a los dioses y a los hombres,
el corazón de los amantes, para expiarlo,
debe ofrendar su sangre y perecer.

¡Déjame callar! Y desde ahora, nunca me obligues a
                                                                              contemplar
este suplicio, así podré marchar en paz
hacia la soledad,
¡y que este adiós aún nos pertenezca!

Ofréceme tú misma el cáliz, beba yo tanto
del sagrado filtro, tanto contigo de la poción letea,
que lo olvidemos todo
amor y odio!

Yo partiré. ¡Tal vez dentro de mucho tiempo
vuelva a verte, Diotima! Pero el deseo ya se habrá
                                                                              desangrado
entonces, y apacibles
como bienaventurados
nos pasearemos, forasteros, el uno cerca al otro
                                                                           conversando,
divagando, soñando, hasta que este mismo paraje del
                                                                                        adiós
rescate nuestras almas del olvido
y dé calor a nuestro corazón.

Entonces volveré a mirarte sorprendido, escuchando
                                                                            como otrora
el dulce canto, las voces, los acordes del laúd,
y más allá del arroyo la azucena dorada
exhalará hacia nosotros su fragancia.

Versión de Helena Araújo

El consenso público

¿No es más bella la vida de mi corazón
desde que amo? ¿Por qué me distinguíais más
cuando yo era más arrogante y arisco,
más locuaz y más vacío?

¡Ah! La muchedumbre prefiere lo que se cotiza,
las almas serviles sólo respetan lo violento.
Únicamente creen en lo divino
aquellos que también lo son.

Grecia

Tanto vale el hombre y tanto vale el esplendor de la vida,
los hombres a menudo son amos de la naturaleza,
para ellos la tierra hermosa no está escondida,
sino que con dulzura se desnuda mañana y tarde.

Los campos abiertos son como los días de la siega,
alrededor se extiende espiritual la vieja Leyenda,
una vida nueva vuelve siempre a nuestra humanidad,
y el año se inclina aún una vez silenciosamente.
Versión de Vicente Huidobro

Diotima

Ven y apacíguame, tú que supiste calmar elementos,
         luz de las musas celestes, del caos el siglo,
guía la lucha feroz con celestial armonía,
         hasta ver en el pecho mortal lo disperso agruparse,
y la antigua índole humana, tranquila, valiente,
          ver serena del vórtice del tiempo, y fuerte, surgir.
¡Vuélve al alma indigente del pueblo, radiante belleza!
          ¡Torna a la hóspite mesa, y al templo torna otra vez!
Pues que Diotima vive, como leve brote de invierno,
          y aunque rica en su espíritu propio, busca la luz.
Pero ya el sol del espíritu, ya el bello mundo se oculta,
          y en la noche glacial sólo hay fragor de huracanes.

Versión de Federico Gorbea

CUANDO YO ERA NIÑO

Cuando yo era niño
un dios solía salvarme
del griterío y la cólera de los hombres;
entonces jugaba tranquilo y bueno,
con las flores del bosque
y las brisas del cielo
jugaban conmigo (…)
 
Me daba la bienvenida
la armonía del bosque
y aprendía a amar entre las flores.
He crecido en los brazos de los dioses.

Versión de Otto de Greiff

A LAS PARCAS

Un verano y un otoño más os pido, Poderosas,
para que pueda madurar mi canto,
y así, saciado con tan dulce juego,
mi corazón se llegue hasta morir.

El alma que aquí abajo fue frustrada
no hallará reposo, ni en el Orco,
pero si logro plasmar lo más querido
y sacro ante todo, la poesía,

entonces sonreiré satisfecho a las feroces
sombras, aunque debiera dejar
en el umbral mi voz. Un solo día
habré vivido como los dioses. Y eso basta.

EL ARCHIPIÉLAGO- (Fragmento)

¿Vuelven las grullas hacia ti?, ¿y dirigen de nuevo hacia tus orillas su rumbo las naves?, ¿acarician brisas propicias tus olas tranquilas?, y solea el delfín sus lomos a la nueva luz, atraído desde lo profundo?
¿Florece Jonia?, ¿es ya tiempo?, pues siempre en primavera, cuando a los vivientes se les renueva el corazón y despierta en el hombre el primer amor y el recuerdo de los tiempos dorados,
¡Vengo yo a ti, anciano, y te saludo en su silencio!
¡Siempre, poderosos!, vives todavía y descansas a la sombra de tus montañas, como entonces; con brazos de muchacho ciñes todavía a tu tierra querida, y de tus hijas, ¡Oh, padre!,
De tus islas, de las florecientes, ninguna se ha perdido todavía.
Creta se yergue y Salamina verdea; alboreada de laureles, florecida de rayos, levanta Delos a la hora del amanecer, entusiasmada, su cabeza; Tenos y Chíos abundan en frutos purpúreos; de las embriagadas colinas mana el vino de Chipre, y en Calauria se precipitan arroyos de plata, como entonces, en las viejas aguas del padre.
Todas ellas viven todavía, las madres de los héroes, las islas, floreciendo de año en año, y cuando, a veces, desatada del abismo, la llama de la noche, la tormenta inferior, conmovía alguna de las islas graciosas, que, moribunda, se sumergía en tu seno,
Tú, divino, tú, perdurabas, ¿pues es tanto lo que ha nacido y se ha hundido en tus oscuras profundidades!

Traducción de Luis Díez del Corral

De Hiperión o el Eremita en Grecia

(fragmento de la carta de HIPERIÓN A BELARMINO)

De la belleza espiritual de los atenienses se derivaba también su necesario sentido de libertad. “El ateniense no puede soportar lo arbitrario porque su naturaleza divina, no admite ser importunada; no puede soportar la legalidad en todo porque tampoco siente que sea necesaria en todo.
“Bueno”, me interrumpió alguien, “eso le entiendo, pero cómo ese pueblo poético y religioso pudo ser a la vez también un pueblo filosófico, eso es lo que no veo”
“Pues sin poesía no hubiera sido nunca un pueblo filosófico”, dije.
“Que tiene que ver la filosofía” me respondió, “Que tiene que ver la fría excelsitud de esa ciencia con la poesía?
“La poesía, dije seguro de lo que decía, “es el principio y el fin de esa ciencia. Como Minerva de la cabeza de Júpiter, mana esa ciencia de la poesía de un ser infinitamente divino. Y así confluye al fin también en ello lo que hay de incompatible en la misteriosa fuente de la poesía”
“Que hombre más paradójico”, exclamó Diótima, y sin embargo, creo que le sigo. De todas formas, os habéis apartado del tema. Estábamos hablando de Atenas.

De Hiperión o el eremita en Grecia
(fragmento de la carta de Hiperión a Belarmino)

¡ Que cambie todo a fondo! ¡Que de las raíces de la humanidad surja el nuevo mundo! ¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos!
En el taller, en las casas, en las asambleas, en los templos, ¡que cambie todo en todas partes!
Pero todavía tengo que viajar para aprender. Soy un artista, pero no estoy adiestrado. Formo mi espíritu, pero aún no sé conducir mi mano…
Yo callé un rato. Rebosaba de inexpresable alegría.
“¿Es posible, pues la satisfacción entre la decisión y el acto? Acabé por decir, “ hay un reposo antes de la victoria?”
“Hay el reposo del héroe” dijo Diótima, “hay decisiones que, como palabras divinas, son al mismo tiempo mandato y realización, y así es la tuya”.

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