95. POESÍA MÁS POESÍA: Juan-Jacobo Bajarlía

JUAN JACOBO BAJARLIA

BIOGRAFÍA

Juan-Jacobo Bajarlía, poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista. Nació un 5 de octubre en la ciudad de Buenos Aires; de 1912 ó 1914. Su partida de nacimiento afirma lo primero pero él aseguraba lo segundo y que la diferencia había sido producto de un error.
A los 9 años le dio por la poesía, y a los 14, siendo estudiante secundario escribió un novelón de capa y espada con el título de La cruz de la espada, que un falso editor se llevó para publicar, y nunca más se supo del original.


Fue el mayor de 5 hermanos, hijo de padres de gran posición económica, venidos a menos, a raíz de lo cual, el niño que entonces tenía 12 años, vendió medias por los bares para contribuir al sustento de la casa. A los 17 años ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, y luego se trasladó a La Plata donde completó sus estudios.Luego se doctoraría en criminología.
“De niño vendí medias en los bares. El secundario lo cursé durante la noche. Trabajaba durante el día. Quise ser médico y fui abogado. Me incliné hacia la criminología. Dejé pasar turnos de exámenes por leer la Divina Comedia. Odié los títulos universitarios. Polemicé. Perdí posiciones por decir lo que pienso. Lo seguiré haciendo. Escribí varios libros de poesía: Canto a la destrucción lo dediqué a los poetas que descendieron del futuro. Nací un 5 de octubre, el Día del Camino. Aún busco la puerta de ese camino que conduce a la poesía”.
Inclinado desde su temprana juventud hacia el cultivo de la escritura, adquirió un notable prestigio intelectual por sus frecuentes colaboraciones publicadas en el rotativo Clarín, donde llegó a tener 10 seudónimos y de donde pasó a difundir sus textos periodísticos por los principales diarios y revistas de su país natal, como La Nación, La Gaceta de Tucumán y La Prensa. También fue director durante ocho años (1948-1956) de la revista Contemporánea.

Bajarlía con Miguel Oscar Menassa, fundador del Grupo Cero.


Autor de una extensa, brillante y variada producción literaria es considerado como uno de los más significativos introductores del vanguardismo en las Letras argentinas contemporáneas.
Ya convertido en una de las figuras más sobresalientes del panorama intelectual y artístico de la Argentina de mediados del siglo XX, se integra en el Movimiento de Arte Concreto-Invención, junto con Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado, entre otros. Veía al lenguaje como un mundo material de incertidumbre y exploración permanente. Era adicto a la libertad de transponer un género en otro, sin olvidar jamás la premisa del humor como una forma de poesía.
Si poesía, en griego, deriva etimológicamente de poiesis, y esto significa inventar e invención, o hacer algo nuevo, entonces el poeta debe presentar el hecho poético, pero no representarlo. Debe crear nuevas realidades, nuevos objetos que en el campo de la estética valgan tanto como los elementos circundantes en el mundo de la naturaleza.

De izquierda a derecha: Juan-Jacobo Bajarlía, Francisco
Madariaga, Miguel Oscar Menassa, Olga de Lucia.


En una entrevista a Bajarlía le preguntan por sus inicios en la literatura: “Todo empezó con una discusión con el editor catalán Torrendell, que publicaba por entonces cuanto libro encontraba. No había ley de propiedad intelectual, y Torrendell, en su editorial (Tor), publicaba las mejores obras del mundo, pero cortadas y mutiladas para encajar con el tamaño estándar de sus colecciones. Me presenté a él con un libro de sonetos; le echó un vistazo y dijo: “¡Coño! Es mejor que te dediques a otra cosa”. Le respondí: “¿Qué sabe usted de poesía?”. Y empezamos a discutir de poesía. Yo escribía sonetos porque tuve una mala profesora de literatura que decía “Nadie es poeta si no escribe sonetos”. Ahora bien, hacía cinco días que los gráficos estaban de huelga, y necesitaba personal. Me dijo: “¿Quieres que te publique ese libro? Te lo publico pero me tienes que hacer treinta prólogos de una página y media cada uno para una colección que yo tengo para las escuelas secundarias”. Me llevó a un salón, y en una estantería tenía la enciclopedia Espasa Calpe, que en aquel entonces tenía 24 volúmenes. “Es muy posible que tus conocimientos flaqueen”, dijo. “Cuando no conozcas al autor, búscalo en el tomo correspondiente. Lo que ves arriba en el tomo, ponlo abajo; lo que veas abajo, ponlo arriba. Mezclas todo y ya está hecho el prólogo”. Me dio una lista con los autores. Al día siguiente me instalé en una de las oficinas, pero no hice lo que él decía, sino que leí sobre los autores y escribí los prólogos con mis propias palabras. Cuando tuve hechos cinco, Torrendell comentó: “Coño, que bien escribes”. Advirtió que yo no copiaba. Entonces publicó 200 ejemplares de mi libro, Sonetos de amor y llanto, en 1936. Después lo saqué de mi bibliografía porque es muy malo.”


Sus primeros libros que datan de los años 40, Prohombres de la argentinidad y Romances de la guerra, fueron excluidos de su bibliografía. Su libro La Gorgona (1953) fue traducido al alemán por Ilse Lustig; con esa base Esteban Eitler compuso Música Dodecafónica, estrenada en Bruselas (1954). El mismo año en que se dio a conocer como poeta publicó también su ensayo titulado Notas sobre el barroco (1950), obra en la que vino a demostrar un magnífico conocimiento de la literatura española, hispanoamericana y europea, luego ampliado hasta el asombro en otros libros como Literatura de vanguardia (1956) y El vanguardismo poético en América y España (1957).
Como escritor y periodista riguroso, coexisten el hombre apasionado por la poesía, la novela policial y la ciencia ficción, el pensador agudo, polémico y el investigador dedicado a la revisión de la historia.
Ejerció como abogado penalista y criminalista. Sadismo y masoquismo en la conducta criminal (1959) es un libro producto de sus investigaciones en dicha especialidad que, por entonces, no estaba demasiado difundida en Buenos Aires. Su hipótesis -discernida tras una prolongada estadía en Londres y publicada, en la doble página central del diario Clarín y que fue tapa de la revista Todo es Historia- de que Jack, el Destripador fue un argentino, corredor de bolsa, llamado Alfonso Maturo quien tras regresar a Buenos Aires vivió hasta su muerte en el barrio de Barracas, además de causar asombro, fue recogida por medios periodísticos de todo Occidente habida cuenta de sus sólidos fundamentos.
A través de investigaciones que hubiese envidiado el mismísimo Sherlock Holmes, se transformaba en un verdadero detective que rastreaba la verdad de las instancias; el acta de nacimiento o de defunción, hurgaba en archivos particulares, bibliotecas, hemerotecas, oficinas del registro civil y parroquias. No importaban el tiempo y la distancia. Su fervor lo acercaba al encuentro de lo que había intuido. Esta tarea titánica lo llevó a rescatar del olvido a escritores y textos hoy fundamentales en la literatura; valgan como ejemplo la figura de Pietro Aretino, del Marqués de Sade, de Antonin Artaud y de Malcom de Chazal, entre tantos otros autores.
Leopoldo Marechal lo llamó “zoólogo de la monstruosidad”. “…el género de lo fantástico se convierte -afirmó Bajarlía- en una dimensión de lo ineludible ya que prepara al hombre para su impostergable transformación.”
Antonio de Undurraga -muchos años presidente del Pen Club chileno- consideró que su dimensión metafísica introducía en el cuento fantástico una línea más allá de “lo metafísico, lo fantástico y la ciencia-ficción”. No vaciló en sentenciar: “El cuento fantástico está hoy en manos de Bajarlía”.
Para Stella Albarado, Bajarlía mezclaba lo fantástico, la ciencia-ficción, la erudición y lo histórico, obteniendo una estructura distinta, en cuyo centro, la preocupación por el destino del hombre se instala como principal significación. También incluía lo inconsciente, sabía que todo texto está cubierto de una piel y que debajo de ella se esconde el espíritu que le da vida.


Bajarlía funcionó como referente de entredichos artísticos, maestro, brújula, amigo incondicional, gran lector y narrador maravilloso de anécdotas de todo calibre. Poseía numerosos rasgos que atraían a los artistas en formación, simplemente porque él siempre fue joven, abierto, espontáneamente deleuziano, amante del devenir. Fue un precursor del cyberpunk, de los seres electrónicos.
Preguntándole por sus comienzos con la ciencia ficción contesta Bajarlía que comenzó leyendo el Libro de los muertos egipcio y la Epopeya de Gilgamesh, luego autores como Asimov y Bradbury. Para él la ciencia ficción transforma al ser humano. Es la imaginación absoluta. En 1950 publica su primer libro del género, Estereopoemas, el primer poemario de ciencia ficción de la literatura argentina. Luego Nuevos límites del infierno (1972) y Poema de la creación (1996). En 1955 la primera obra teatral de ciencia ficción de nuestra literatura, Los robots. El subtítulo es Tragedia mecánica. Esa obra se transmitió, años después, por Radio Nacional. En cuanto a la prosa, Historias de monstruos (1969), donde aparece la huella de esta combinación de intereses: la extrapolación de la ciencia, por un lado, y los crímenes bizarros, por otro.
Como dramaturgo escribió y estrenó La Esfinge en el Teatro Mariano Moreno, en 1955; Pierrot, en La Plata, en 1956; Las troyanas, sobre el texto de Eurípides, en el Teatro de la Reconquista, en 1956; La billetera del Diablo, en el Teatro LYF, en 1969; Telésfora en Radio Nacional, en 1972. Su drama Monteagudo (1962) obtuvo cuatro distinciones: el de la Selección Municipal para las Jornadas de Teatro Leído, el Premio Municipal a la mejor obra no representada, el del Fondo Nacional de las Artes, y la Faja de Honor de la SADE.
Realizó numerosas traducciones del francés, italiano e inglés, incluyendo autores como el Aretino, el marqués de Sade, Kandinsky y Jean Tardieu, entre otros. También tradujo La lección, de Ionesco, que Francisco Javier puso en el Festival de Arte Dramático de Mar del Plata, en 1956.
En 1963 fue leído, en el Teatro Los Andes, su drama de ciencia-ficción Los robots, en un acto auspiciado por la Municipalidad (Secretaría de Acción Cultural). Este drama, tragedia mecánica, como lo llama el autor, data de 1955.


La polémica Reverdy-Huidobro, El origen del ultraísmo (1964) fue publicada previamente en francés por el Centre International d” Etudes Poétiques (Bruselas, 1962) con prólogo de Fernanad Verhesen; y Existencialismo y abstracción de César Vallejo (1967), se publicó en Córdoba. Corrían los difíciles años setenta. Varias veces amenazado -por teléfono, por anónimos escritos pasados bajo la puerta de su estudio de abogado que mantuvo hasta el día de su muerte en un viejo y majestuoso edificio de la calle Cerrito, frente al Obelisco- nada consiguió que “Jean-Jacques”, como los amigos lo llamaban cariñosamente y a él tanto le gustaba escucharlo se exiliara como le fue aconsejado.
Dentro de su obra poética merecen recordarse los Robotpoemas -hoy inhallable- escritos en aquellos años. Un feroz grito profético denunciando que se avecinaba -en un futuro cercano- la banalización humana tan vigente en estos tiempos del siglo XXI. Telésfora (1972) y Nuevos límites del Infierno se publicó en Madrid (1973) por ediciones Master Fer.
Sus relatos, compuestos por una amena combinación de elementos fantásticos que, procedentes del universo temático de la ciencia-ficción, dejan paso a las profundas inquietudes metafísicas del autor, vieron la luz entre las páginas de diferentes obras colectivas presentadas como muestras antológicas de la mejor narrativa breve hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX. 
Escribe novelas policiales con el seudónimo de John J. Batharly, entre las que debemos mencionar Los números de la muerte (1972), reeditada con nombre propio en 1978. Esta última y El endemoniado Sr. Rosetti, también se publicaron en México con los títulos de Vudú, secta asesina, y Hombre Lobo: El endemoniado Sr. Rosetti.

Luis Ovsejevich (Presidente Fundación Konex), Juan Jacobo Bajarlía, Osvaldo Giesso (Invitado Especial).


Horas duraban las reuniones en el café situado en la planta baja del edificio donde Bajarlía tenía su estudio de abogado. Acompañándole allí -siempre callado, concentrado en sus labores también de abogado- su hermano Samuel. En torno a las cinco de la tarde, “bajaba” al café. Allí ya podía estar alguno de sus amigos esperándolo.
Entre sus antologías publicadas, Cuentos de crimen y misterio (1964), posee un estudio preliminar sobre lo fantástico y policíaco en las literaturas universal y argentina.
Fijman: poeta entre dos vidas (1992) y Alejandra Pizarnik. Anatomía de un recuerdo (1998) son dos ensayos producto de sus experiencias personales. Sobre Jacobo Fijman, internado en un hospicio, escribió Bajarlía: “…quizás era el más grande poeta de la generación del 22; mucho más que todos los que en aquella época estaban promocionados por todos los medios. El más grande, pero estaba en el manicomio, donde padeció durante 29 años el olvido y el desprecio de los que alguna vez lo habían glorificado”.
En el ensayo sobre Alejandra, reitera lo que sus amigos le habíamos escuchado cada vez que alguien preguntaba. Que Pizarnik no se suicidó y que jamás tuvo deseos de semejante cosa. “Ocurrió -afirmaba enfáticamente- que Alejandra tomaba píldoras por los dolores corporales que sentía. Pero era olvidadiza. Estoy seguro que la sobredosis fue producto de haber ingerido el medicamento varias veces pensando que no lo había hecho.”
Fue sobre todo leído y celebrado por sus obras de ficción, que le han granjeado algunos de los honores y galardones más prestigiosos de su dilatada trayectoria humanística. Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores el mismo año en el que se la adjudicaron a Adolfo Bioy Casares (1962). Luego se sucedieron los grandes premios: el del Instituto del Nuevo Mundo de la Facultad de Filosofía y Humanidades de Córdoba, dirigida por Juan Larrea acerca de César Vallejo (1963), el Mystery Magazine Ellery Queen’s (1964), el Konex de Platino (1984), el Premio Municipal de Teatro (1962), el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1962), Premio Municipal de Narrativa (1969), Premio Boris Vian (1996), Premio Leopoldo Alas (“Clarín”) (1971).

Carta de Bajarlía y Enriqueta Mayo a Miguel Oscar Menassa


Como hemos dicho fue colaborador del diario Clarín ejerciendo, inclusive, como director interino de su suplemento literario. Columnista habitual en el suplemento de cultura de La Prensa, publicó en los diarios La Nación, de Buenos Aires; La Gaceta (Tucumán), Los Andes (Mendoza), La Capital (Mar del Plata) y en las revistas Umbral, Tiempo Futuro, Magazine, Apofántica, Lilith, Gaceta de Parapsicología, La Semana, Noticias y en la edición argentina de Playboy donde en cada número aparecía una página con su firma.
Bajarlía incursionó en la Parapsicología, disciplina científica de la que llegó a ser profesor en varias instituciones, presidir congresos y jornadas y alcanzar la vicepresidencia del Grupo de Estudios e Investigaciones en Parapsicología (Gueip) fundado en 1981. “El que busca la eternidad -escribió- sólo halla el estallido del tiempo”. “El mito puede crear la realidad. La humanidad es un puñal en la apertura del futuro. El mundo no existe y sólo eres un poco de tiempo en una eternidad desconocida. Un signo que gira en los espacios orbitales”.
Fue vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Formó parte de la Asociación de Artistas Premiados Argentinos “Alfonsina Storni” (APA), de cuya revista fue redactor exclusivo.
Nunca dejó de escribir, ni de actualizar sus libros ni actualizarse él mismo. Según su hijo, no le gustaba mucho la compañía de gente de su edad que, según él, “estaban totalmente chotos”, y usaba laptop e Internet. “Los amigos le decíamos que tenía hipervínculos, que era una wikipedia con patas.” Claro, se podía pasar de un tema a otro en conversación, una conversación que además estimulaba porque, según se cuenta, su casa estaba abierta para todos.
Se realizaron dos documentales sobre su vida. Bajarlía, desandando el tiempo (2003) y Bajarlía (2005), que exploran en profundidad su vida y obra literaria.
 Murió a los 91 (93) años en la ciudad de Buenos Aires el 22 de julio de 2005.
Dos años después de su muerte en el Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional colmado de público -especialmente muchos jóvenes- sus colegas Liliana Heer, Víctor Redondo, Noé Jitrik y Federico Andahazi presentaron El placer de matar libro póstumo de Bajarlía que recopila distintas investigaciones que realizó sobre grandes crímines y criminales de la historia. Posteriormente Morir por la Patria (2010, Lea Ediciones) , sobre los asesinatos en la época de Rosas y el reciente Libro de los Plagios (2011, Lea Ediciones) y la reedición de Drácula, el vampirismo y Bram Stoker (2015, Lea Ediciones) con cuatro capítulos inéditos.

Juan-Jaboco Bajarlía y su esposa y compañera Enriqueta Mayo.

ESTA SÍ QUE ES UNA OPORTUNIDAD

Esta sí que es una oportunidad
que la vida me ofrece:
tus cartas en mis manos
como palomas mensajeras.
Partirán con tu mensaje
en su pequeño pico ambarino
y nunca llegarán a destino
porque el mensaje
romperá sus corazones.
Adiós, has sido egoísta
mira que morirte a los 93 años,
como si fuera justo
dejarme abandonado
a mí, solito y viejo.
No es demasiado justo
que me hayas dejado
tan solo
frente a la jauría
que siempre quiso
comernos el corazón.

Ya sé que no podrán
pero me sentiré
solo en los festejos
y solo el día de los premios.
Tal vez te parezca
una cortesía de mi parte
pero no lo es.
Ya eres el Comandante,
junto al pequeño Pablo,
del invencible ejército
de mis muertos vivos.
Padre y madre murieron
sin dejar, de su perfume,
ningún rastro, seguro,
ninguna amable huella.
Tus libros, los de Pablo
están ahí, nítida presencia
de un momento feliz
donde el fervor reinaba.

Miguel Oscar Menassa

POEMAS

EL FIN

Los nombres de Cibernius habían traído oscuridad
y los signos no crecían en las palancas.
Los signos se inflamaban en el caos y se alejaban.
Sólo estaba el Hombre que se acoplaba con la Máquina,
y Cibernius que recontaba sus tableros para volver al
signo de los signos.
Y la voz del Hombre era un muro en el que caía la
gangrena,
y un muro en el que estallaban los pechos de la Máquina,
y un muro en el que la vulva de hierro paría sus
fantasmas.
Y Cibernius estaba triste y robó la Máquina del Hombre, y
le puso un número a la vulva.
Y vinieron los robots y llenaron los días de Cibernius.
Y éste convocó a las cuatro raíces para sostener las
esferas.
Pero dijo a los robots: “Todo vino del número y todo caerá
en el número. La palabra vino del número y cayó en la
escritura. Luego, recordad, sois números como el
Hombre, pero números duros que se funden en su caída,
y no caen por falta de voz como el Hombre”.
Los robots aprendieron la lección que Cibernius
aprendió del Hombre.
Y engendraron otras máquinas y otros signos y otras
esferas.
Pero esos signos y esas esferas eran macho y hembra
y se multiplicaban y se rehacían de sí mismos.
Y volvió la tristeza de Cibernius. “Esta raza es maldita”,
dijo.
Y buscó al Hombre.
Y el Hombre estaba acoplado con la sombra.

                                                             Fragmento de “Cibernius” (1963)


Ya es piedra tu batalla.
Y tu mirar.
Naciste de la piedra y las tinieblas
cuando las furias vigilaban la conciencia.
Y volviste a la piedra, derrotada por la piedra.
Y es piedra tu batalla.
Piedra de un hilo atosigado en la belleza,
carcomida en el fuego que latía en tus cabellos,
exaltada en el impulso que dividió tu cuerpo y se hizo
llanto en la mano
que enarboló tu cabeza.
Ya es piedra tu batalla.
Y tu aliento. Y los que sostuvieron tu sangre.

                                                     de “La gorgona” (1953)

YO ERA TODOS LOS HOMBRES

 Yo me levanté desde un hospital donde el juego también es a morir y vi las camas insomnes
            donde los enfermos pedían por la vida cuando ya estaban muertos.
Yo amanecí sin voz y sin ideas y vi las mesas donde se consultaban los pactos con el Diablo.
Y yo vi a los hacedores de vida que intercambiaban palabras con pócimas a la espera de que el
            muerto hablara del milagro y luego se durmiera en esa otra vida que no está en la vida.
Corrí por oscuros laberintos donde el dolor festejaba la muerte para aplacar el infierno que
            caía lentamente de un goteo.
Y vi los monstruos del día final filtrados desde las botellitas numeradas que yacían al lado
            de las camas.
Y al Diablo que también caía desde el gotero para festejar el triunfo que espera todos los
            días desde el amanecer.
La vida y la muerte es un juego de cubiletes que el Diablo agita con su pulso incandescente.
Yo era entonces todos los hombres.

Inédito

POEMA DE LAS COMPENSACIONES

Vino desde el otro lado de las sombras
         y trajo la luz y las palabras
         el horizonte que enumeraba las estrellas
         y las rutas que caían al abismo.
Vino desde las tierras que habitó el exilio
cubierto de semáforos
y de hilos enredados a su voz
         que volaban en la noche
         bajo los árboles que mordían el alba.
Pidió pan y le ofrecieron las tinieblas
         agua y le dieron el acíbar.
Pidió una mano y le trajeron un deseo
         el fervor y le trajeron una mueca
         que brillaba en la oscuridad
         y cabalgaba en los ojos.
Vino desde el otro lado de las sombras
          que habitaron el exilio.
Pidió el amanecer y le trajeron la sangre.

El POETA CIEGO

a Jorge Luis Borges
La onda extendía su designio entre el deseo y la piedra
y golpeaba el tiempo en que se deslizaba la profecía:
los recuerdos inscribían tu retrato que caía de los años
y Guillermo Tell horadaba las palabras que iluminaban tu cabeza.
La noche aún no había sido devorada
pero en el retrato estaban tus ancestros y el rey Lear
que contaba las guerras
                                       el río de sangre
                                                                y las ausencias
el rostro que llevaste cuando la ceguera de Homero
           forjaba la espada de Ilión
           y el sexo acuoso de Circe.
Ahora
       en noche repetida
       cuando las tinieblas bailan en el alba
enumeras el cansancio de Antígona y los ojos ciegos
        de Edipo
        la visión de Swedenborg
                     y el cierre espinoso de John Donne
que caían en las campanas que doblaban in tenebris.
Los ángeles ciegos del abismo que vienen en busca del
        olvido
brillan en tus cuencas para ver la ausencia:
traen la oscuridad de un dios en el exilio
que has negado al enfrentarlo en la noche sin verbos de Tlön
y en el rostro multiplicado del simurg.
Ya no te ves en los espejos que aceleraban la infamia
ni en el timbre que vibraba en los días recurrentes
ni aún en las palabras que se arrastraban en tu impulso.
Sólo ves desde una ventana ciega abierta al vacío
que los hombres acuñaron con el nombre de gloria.
En tus ojos crecieron otros ojos
y en tu rostro la eternidad sin ojos.

SÉ QUE ME BUSCAS

Sé que estás ahí,
metida en la madera que me llama
        bajo la luz que teje la cara del infierno,
que enhebras el miedo en el hilo
        que cose nuestros ojos.
La vida que me dieron te pare lentamente,
busca mi doble en las tinieblas
         para hallarse con él del otro lado del camino.
No puedes ver el sol pero vibras en la sed
y a veces tocas la flauta que hierve en mis oídos.
Tu madera se hace gusano
        que se alimenta de la noche
donde otra madera muerde el rencor y pare el olvido.
Sé que estás esperándome para que crezcas.
Los árboles han perdido el origen
        pero me llaman:
el mundo desciende de sus hojas
y tú me buscas llena de frío entre los huesos.

IN MEMORIAM HAROLDO CONTI

Un día entraron.
Eran cinco aparecidos llegados del infierno
con el olvido a cuestas y la voz en los puños.
Las paredes se humedecían de llanto,
de finas garras de sangre,
de flores negras que brotaban impregnadas de fuego.
Las tinieblas jugaban al destino en la cabeza
de los cinco aparecidos.
“¿Por qué me llevan?”
Proyectiles de silencio, el terror que vomitaban los ojos,
la memoria olvidada en el gatillo.
Lo vieron cuando las itakas enceguecían las ventanas,
cuando el desierto se hundía en la voz
bajo el cielo que medía la distancia.
La luz se hacía violeta,
ennegrecía la mirada de los cinco aparecidos.
“¿Por qué me llevan?”
Las estrellas dormían en los tejados.

PERSISTENCIA

país en la memoria
en la bruma pegada a los lebreles
que reúne el infinito bordado de camellos
con la estrella jadeante que arroja sus lámparas azules
y exalta la extensión de lobos y pirámides esclavas
con el tiempo amurallado y las arenas en fuga hacia el silencio
con el paso quemado en la ecuación de una esperanza igual a los espectros
siempre idéntica a las columnas que crecen y degluten el espacio
país reverdecido
memoria hundida en el anhelo
con el pulmón deshecho en el impulso amontonado
y el ojo surcando latitudes de fuego
de cenizas violadas
de colores enhiestos
de plumas hilarantes
de rugidos que ahuecan el deseo y afilan la mirada
país de rutas extranguladas donde se inscriben la pena y la lujuria
país donde crecieron el fruto y la tiniebla
donde abortó la voz y el polvo se hizo piedra
país en la memoria
con espadas subuyugadas que transitan los versículos
país de memoria
de huestes purpurinas que tapiaron los abismos
y de los cuerpos hicieron su líquido
eres el viento que llora y gana espesor
en la noche del sueño innumerable.
                                                          

     de “Estereopoemas” (1950).

SÓLO UNA SOMBRA

Llegaste cuando las viejas computadoras
                                                 ardían en sus códigos
y la luz era un ovillo para enhebrar planetas
una fórmula retorcida impresa en una mueca
                                                que caía en el vértigo.
Llevabas la mano de Cibernius
                                                y el “hágase la ciencia”
los libros que Fausto perdió una noche
y la sonrisa de Dios sobre tu frente.
Llegaste un día cuando la quinta generación
se acoplaba con la sexta y las otras
                                                y parían máquinas y depósitos
donde hervían las sombras y los cúmulos
que tú necesitabas para limpiar el cielo
                                                los días y las horas
de un sarro que, decías, venía del engaño
                                                de una palabra vacía
o de un abismo donde el hombre buscaba sus mandíbulas.
Llegaste y te coronaron
y Cibernius borró la sonrisa que llevabas en la frente
                                                puso los libros en el horno
borró tu conciencia y te dio un cúmulo
                                                para limpiar los impulsos.
Y al fin, ya coronado, buscaste una mujer y un hombre
                                                las claves del planeta
y el antiguo amor que apuntalaba el cuerpo.
Sólo hallaste una sombra que transpiraba en una máquina.

ROBOTPOEMA 4

Compasivo con el hombre
El mundo se pobló de hormigas sabias
que dictaron sus leyes. Una de éstas decía:
No comer los huesos del hombre.
Veas
ver vimiranviendo
cuando hormiga una caminando
al hombre junto
relojes que devora en la noche
láminas de cobalto
electrones
apártate
él y a que di le a él
amor.
                                                      

  de “Nuevos límites del infierno” (1972)

BRINDIS

a Primavera y Gabriel Eduardo

En esta mesa del bar, bajo el
bullicio, cuando la luna arroja
los signos de seres cósmicos
diluidos en la asepsia
Brindo por los que se jugaron a cara o cruz
        y hallaron el abismo,
por los hombres y mujeres que se fueron al amanecer
        y reinventaron sus vientres en las ciénagas,
por los inextinguibles vendedores de sueños.
Brindo por los que murieron en Hiroshima
        y se convirtieron en pieles voladoras,
por las manos que dieron la señal del vacío
        y vieron al monstruo en Dallas,
        en Memphis o en Buenos Aires.
Brindo por los que lloran,
por los que perdieron sus ojos,
por los que extraviaron su voz en las tinieblas
        y desaparecieron en Vietnam,
        en Biafra o en Nigeria,
por el Sermón de la Montaña
       y la justicia en el gesto,
por Lautréamont que odiaba los gemidos,
por Saint-Pol-Roux, quien al acostarse
        ponía un cartel en su puerta
        que decía: El poeta trabaja.
Brindo por el Poverello de Asís
       que festejaba al hermano lobo.
Algo se detiene en mis ojos.
Brindo por los que se perdieron en la luz
        y no hallaron las palabras.
Brindo por mis hijos
       que un día se sentarán en esta mesa repetida
       para devorar sus lágrimas
y por los hijos de mis hijos
que vivirán en una galaxia lejana,
intoxicados de espacio.
Brindo por los tristes
        que arañan las entrañas del planeta
        y cavan las raíces del hombre,
por Neferkeptáh que fue disuelto en el aire,
y por Gilgamesh que perdió la inmortalidad.
Algo se detiene en mis ojos
        donde veo el hambre,
        la noche que se oxida
        y el sexo que se pudre en las probetas.
Algo se detiene
        cuando los que tienen sed reciben un lanzazo
        y los átomos gangrenan los planetas.
Algo se detiene
       y brindo por Lucifer, ya viejo y derrotado,
por los hambrientos que vendieron el alma,
por los ojos de los muertos
        que transitan en los ataúdes,
por todos los que habitan en mi sangre
        y crecen en mis ojos.

SENTADO EN UN BANCO

A Jacobo Fijman


Sentado en un banco me esperabas:
contabas la soledad
las altas torres de la demencia
los días que caían oscuramente sobre tus manos
y las lentas pisadas que brillaban en el césped.
Sentado en la casa de la locura
tejías tus recuerdos en el miedo de tus ojos
la aldea perdida en los progroms
y el perro de ceniza que te buscaba en el alba
sobre caminos de sangre.
Yo sé que me esperabas como la luz a la sombra
como el silencio al bullicio
el fervor a la angustia
la poesía a la prosa:
la cordura de Dios en pilchas de loquero.
Los ojos caían en tus palabras
        y los verbos crecían en tu sonrisa:
        los violines ladraban
        colgados de la luna
en ríos de soledad que encendían los semáforos.
Yo sé que me esperabas contando la muerte
los habitantes de la ausencia
que llenaban tus días:
ahora
        sólo esperas la eternidad
        sentado en un banco.

**IN MEMORIAM ANTONIO DI BENEDETTO

El exilio era el camino,
los días que caían
en la soledad de una botella,
        en el tiempo que se arrastraba a tus pies
        bajo las altas barreras del desprecio.
Cuatro muros y un camastro,
un agujero y un ojo en el agujero
que crecían en la noche,
        dos puntas que hurgueteaban tu cuerpo
        y se metían en la sangre,
        una palabra extraída de un freezer
        y el grito enarbolado de los diablos
        te abrían las tinieblas
                      repartiendo el exilio.
Ellos venían lentamente:
Don Diego de Zama devoraba las sombras
y juntaba los miedos en la punta de la espada,
la voz en los muñones y la sangre.
El Silenciero enumeraba el estallido
y reunía las noches detrás de los barrotes.
Ellos venían lentamente
sobre ese papel que simulabas en la barba
    masticando el destino
                                      sin amigos
        sin perro ni mujer ni aire caliente
        sin una frazada para tu sombra
                         ni un bébete la fiebre
                                        ni un signo
ni un gato que se arqueara buscando las ausencias.
Ellos venían barriendo las esperas
         los espejos que devolvían el deseo.
Soñabas…
        y eran sombras, sólo sombras:
        Heráclito enterrado bajo el estiércol,
                                           mordido por el odio.
        Yeats aplastado entre dos fantasmas
        que descifraban el Tetragrámaton.
Soñabas…
        y eran sombras, sólo sombras:
        Ezra Pound devorado por la usurocracia,
        y César Vallejo sorbido en un pantano.
La muerte te esperaba
                  golpeando las esperas
                  mordiendo tu silencio
                  detrás del alba oscura.
Y fue a las tres de una madrugada
                   a las tres del pensamiento:
tu cuerpo desnudo contra el muro,
         el muro de los gallos a las tres de la espera
         y el pelotón apuntando tus palabras
                     gatillando el olvido
         cuando la muerte paría sus engendros
         sobre una sombra llovida en la memoria.

ENCUENTRO CON SATANÁS

Tengo a Satanás del otro lado.
Lo presiento.
Es una máquina que crece.
“¿Qué quieres?”, le pregunto.
“Quiero tus olvidos”, me responde.
“Colecciono olvidos cargados de promesas”.
Me negué.
La máquina es un abismo lleno de ventanas.
Satanás insistió:
“Tan sólo un olvido o la sombra de un olvido.
Te ofrezco lo que quieras”.
Dije yo:
“Si te doy la sombra,
¿cómo reconocerás el olvido?”
Dijo él:
“Si me das la sombra,
sólo tendrás el deseo de una promesa vacía”.
Me negué otra vez.
Satanás modificó su dialéctica:
“Los olvidos pesan. Te compro su espesor”.
Contesté:
“¿Cómo mides el espesor?”
Y él:
“Quitándole al deseo lo que pesa la sombra
para sumarle la intención y el tiempo”.
El abismo crece
y la noche cabe en la mirada de los ciegos.
Sentado
oculto del otro lado de la puerta
Satanás me espera enumerando mis huesos.
Aún no estoy seguro de mi triunfo.

AÚN ESTÁS AHÍ

A Bhuma


Aún estás ahí
                   detrás de tu nombre
             perdida en el camino que se extendía en el deseo
             en las ausencias que caían de la noche
             junto a la taza de café que enumeraba el abismo.
Los relojes dormían retardando el alba
y las palabras brillaban en tus ojos
            buscando las puertas del exilio
                   las sombras que inscribían tu ser
                   y el miedo que humedecía tus ideas.
Aún estás ahí
                   detrás de tu nombre
            el mundo en la valija
            y el río de Heráclito en tus manos
                   bajo las horas que enredaban los recuerdos.
Sentada ahí
               pasaban los espejos que cubrían tu voz
                                                                       los horizontes
               las piedras que alimentaban tu sangre
               las imágenes que tejían el tiempo.
La poesía estallaba bajo la luna de Empédocles
y te abría la puerta de fuego
donde buscabas tu cuerpo detrás de tu nombre.
Sólo fue una palabra que cayó del enigma
cuando los ojos de la memoria te vieron esa noche.
Aún estás ahí
                    detrás de tu nombre.

LA CALLE

La calle es esa lluvia
que sube a los andenes
y se filtra por las ventanas,
ese paso que se ajusta
bajo las marquesinas
cuando las voces llaman
desde una puerta
que se abre a la ausencia.
La calle es esa sombra
que se acomoda en la sonrisa,
ese amor que se pega a los labios
cuando los pájaros silban
extendiendo el futuro,
esa señal que avanza en la mirada
cuando los ojos se encuentran
en el cruce de una esquina.
La calle es esa voz
ese gesto siempre en fuga
ese cuerpo que se enciende
al ritmo de una llama
que se rehace en las veredas
donde tu mano y la mía
buscándose en la sombra
se acercan al fervor.

En la Roma clásica el sexo tenía categorías rígidas que pocas veces se distorsionaban. Existía el lupanarium, atendido por mujeres jóvenes que se llamaban lupae, es decir, lobas (acaso como la que amamantó a Rómulo y Remo). La palabra lupanarium, a su vez, aceptada por Petronio, Catulo Y Juvenal, era resistida por otros poetas como Marcial y Horacio. Estos argumentaban que el verdadero nombre debía ser el de fornice, derivado de los arcos que adornaban los muros exteriores de los edificios. Y es aquí, en los fornices, donde se pactaba para fornicar con las lupae, quienes, a veces, lo hacían públicamente para atraer clientes.

Además de las lupae, que vivían en los suburbios, existían las famosae, patricias que se prostituían para alcanzar posiciones o aspirara a los favores de los poderosos. Les seguían las doris, de proporciones escultóricas, y las ambulatoriae (similares a las que siglos después serían llamadas putanne di candele), que buscaban en la calle o en el circo.

Luego, descendiendo en la escala del sexo, se hallaban las aelicariae, hijas de panaderos que vendían los panes colyphia, palabra que en el argot de los gladiadores significaba pene. En lo más bajo de la escala, se ubicaban las bustuariae, que ejercían en los cementerios.

El sexo se practicaba en las posadas y tabernas. Incluso en los baños públicos, donde las lupae se ofrecían como masajistas para fornicar con los clientes, como lo escribe Plinio. Había burdeles por todas partes. Burdeles para los pobres y burdeles para los patricios.

En las antiguas lupercalias, sin embargo, no se hacía ninguna clase de distingo. La orgía sexual era pública y nadie podía quejarse del compañero o la compañera que le tocaba en suerte. Las penetraciones estaban en función de toda cavidad dispuesta a convertirse en receptora, como decía Alberoni en les Lupercollis de Firenze (1592)

Ya en el Renacimiento, las cortigiane debían su nombre al trato frecuente con los cortesanos en los palacios ducales. Eran amantes de duques y príncipes de la iglesia. Poseían un cultura que las distinguía entre las puttane, como lo expresa el mismo Aretino en el Ragionamento del Zoppino. De gran memoria, dirá él, podían recitar a Horacio, Ovidio, Virgilio y Tetrarca.

Había dos clases de cortesanas, las cortigiae oneste, cultas, de posición elevada, y las cortigiae di candele, las que buscaban en los lugares públicos, alumbrándose por las noches con una candela. No eran en realidad, estrictamente cortesanas, sino puttane di candele.

Pietro aretino, el autor de los Sonetti lussuriosi y los Ragionamenti, exaltó y satirizó a las cortesanas, porque siempre anduvo mezclado en sus aventuras. Las conoció profundamente, como Benvenuto Cellini, y en algunos momentos fue por ello objeto del ataque de los poetas que le tenían inquina por su talento y sus conexiones con los Médicis.

Si hemos de recordar a ciertas cortesanas, debemos mencionar a Imperia de Cagnaris, nacida en Roma en 1481. Era hermosísima y escribía sonetos. Se cree que fue la modelo de Rafael para la Safo de Parnassus. En su casa se reunían los grandes poetas y artistas del Renacimiento. Murió a los 26 años (según parece por propia mano) y fue enterrada en la Iglesia de San Gregorio, un privilegio jamás alcanzado ni antes ni después por otras cortesanas.

Ora punta honesta, y también de excelsas condiciones, de la que se enamoró Bandello, fue Caterina di San Celso. Era música y de una vasta cultura general en todas las artes, los poetas solían pedirle que musicara sus obras.

Podríamos mencionar a muchas más: Fiammeta, Grechetta, Corsette. Todas ellas se destacaron. Dueñas del sexo que ambicionaban los influyentes, no lo descuidaron e intercedieron ante duques, príncipes y funcionarios de la Iglesia para salvar a más de un creador por una persecución arbitraria.

Juan Jacobo Bajarlía, del libro: Breve diccionario de erotismo y poemario satírico, ed.Almagesto.

Los omicritas y el hombre-pez

Cuento de Juan Jacobo Bajarlía


La pecera medía dos metros de alto por uno y medio de ancho. Era de un material rojizo e irrompible, semejante a un cristal de color. Estaba emplazada sobre un promontorio, en el cruce de dos canales cuyas aguas, provenientes del deshielo de los casquetes polares de Omicron B, se introducían en ella renovándola permanentemente. En el agua de la pecera se movía (nadaba) el hombre-pez. Medía 50 centímetros de largo, y braceaba con lentitud, como si estuviera meditando. A veces se paraba y miraba extrañamente a los niños marcianos que lo contemplaban. Entonces, éstos lo amedrentaban y le hacían piruetas. Y el hombre-pez recobraba la lentitud de sus movimientos.
-Está triste -dijo un niño omicrita ese día, hablando con sus amigos-. Le falta la hembra. Pero su raza ya está extinguida. La tierra fue destruida hace mucho tiempo, y ahora sólo es una pequeña bola de plomo cuya órbita se ha desplazado hacia Omicron B.
-¡Entonces era un terresiano!
-Ni más ni menos. Cuando lo trajeron medía cerca de dos metros de alto y tenía mucha fuerza. Lo pusieron en la pecera para conservarlo, y parece que el frío contrajo su corpulencia. Es muy posible que dentro de cien años más mida un centímetro. Nadie sabe cómo impedirlo.
-Si eso es verdad -intervino otro niño-, el hombre-pez se va a convertir en un gusano. Después morirá.
-No. No morirá ni se convertirá en gusano -repuso el primer niño-. El frío lo reducirá hasta trasmutarlo en una bacteria. Luego lo pondrán en un caldo de cultivo, con otras bacterias, para ver cómo se comporta con sus semejantes. Si da resultado lo utilizarán en la guerra contra Saturno. Porque tú debes saber que sólo determinados microorganismos pueden enfrentar el poder destructivo de la energía atómica. Es algo que se está estudiando en el Planetarium.
Los niños observaban al hombre-pez. Repetían las hipótesis de sus mayores, y se imaginaban que ese ser que se movía con lentitud ya era una bacteria, acaso la más débil de todas, devorada por otras bacterias. Y el hombre-pez miraba a los niños extrañamente. Tenía los ojos tristes, y a veces abría sus fauces como para decir algo. Pero su voz también se había reducido. Había perdido intensidad. Ahora sólo podía exhalar algo así como un resoplido ronco, penoso, que dibujaba espirales desvanecidas en derredor de su figura. De pronto, el hombre-pez pareció irritarse. Comenzó a bracear como poseído por la histeria. En vez de nadar trataba de erguirse como los antiguos hombres que un día habitaron la Tierra. Pero no lo conseguía. Perdía el equilibrio y seguía la irritación. Los niños se miraron. La conducta del hombre-pez obedecía a la presencia, en ese momento, de un omicrita cuyos ascendientes habían participado en la guerra de los mundos. Parecía detectarlo como a uno de los enemigos que habían destruido su planeta. Los niños exigieron una explicación. Mecranis, entonces pronunció estas palabras:
-Ese animal que ven en la pecera, que ya no es ni un pez ni un animal sino un mutante próximo a extinguirse, dio la señal de muerte en la guerra de los mundos. Decíase hijo de un ser omnipotente que había creado el universo para que él lo gozara o lo destruyera. Que era capaz de desencadenar el misterio de la materia y formar otros mundos a su arbitrio. Sin embargo, cierto día quiso escalar el espacio para matar al ser que lo había fabricado. Construyó una torre para llegar al cielo. Pero a poco de avanzar, cayó estrepitosamente con todos los suyos, porque éstos habían confundido su propia lengua, expresándose cada uno con un lenguaje ininteligible. Siglos después, en reemplazo de la primera, construyó una torre de lanzamiento, y amenazó a los planetas de su galaxia con la destrucción. Lanzó miles y miles de robots portadores de eyectores atómicos. Pero los robots se volvieron contra los mismos terresianos confundiendo sus mecanismos (como el habla en la torre primitiva), y facilitaron nuestra defensa. El resultado ya lo saben ustedes por haberlo aprendido en el falansterio: fue la destrucción de la Tierra, el más hermoso de los planetas, convertido ahora en una mole de plomo en órbita de desplazamiento hacia Omicron B. Ya es un satélite muerto. El único recuerdo vivo que aún queda es el hombre-pez de la pecera, en cuyas aguas se ha conservado todavía por el alimento extraído de otros mutantes que se originan en los cuásares. Sin embargo, está próximo a extinguirse. Un día morirá, y la Tierra será una hipótesis en algún sistema planetario que pobló el cosmos.
-¿Y habla el hombre-pez?- preguntó el más joven.
Mecranis extrajo de sus bolsillos un acuófono: dos pequeñas esferas de cristal unidas por cierto cable rojizo, una de las cuales introdujo en la pecera. La otra fue ajustada al oído del niño. Y éste oyó los roncos resoplidos del hombre-pez, que expresaban un lenguaje misterioso que el acuófono traducía simultanea-mente al idioma omicrita. Las palabras eran siempre las mismas, monótonas, cenagosas, como si hablara una montaña de barro deshecha bajo la lluvia.
-¿Qué dice el hombre-pez?- interrogó otro niño.
El niño del acuófono pasó la esfera a su compañero. Y éste al siguiente. Y así a los demás. Las palabras del hombre-pez no variaban:
-¡Yo soy el rey de la creación! ¡Yo soy el rey de la creación!
Los niños se miraron espantados y resolvieron abandonar el lugar. El frío comenzaba a congelar el aliento. Mecranis, a lo lejos, daba tumbos como una máquina desvencijada.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

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