73. Poesía más Poesía: Gonzalo Rojas

GONZALO ROJAS

BIOGRAFÍA

Nace el 20 de diciembre de 1917, en el puerto de Lebu, Chile. Leufu, “torrente hondo”, en mapuche. “Puerto marítimo y fluvial, maderero, carbonífero y espontáneo en su grisú, con mito y roquerío sube-oceánico, de mineros y cráteres -mi padre duerme ahí-; de donde viene uno con el silencio aborigen” (Nota al prólogo de Oscuro).
En 1921 muere su padre, Juan Antonio Rojas, minero del carbón en Lebu. Había recibido una sólida formación cultural de parte de su propio padre, maestro primario, nacido, como Gabriela Mistral -con quien tenía remoto parentesco, en Vicuña, en el Valle de Elqui.
 Nosotros éramos ocho hermanos y cuando murió nos dejó a cada uno algo. A mí me tocó un caballo, aunque no era el mismo caballo que usaba para ir a la mina, sino un potro muy bonito, colorado, ¡precioso! Cuando murió mi padre, todo el mundo lloraba, como es lógico. Yo miraba estas escenas de la muerte (…), pero no sufría, es decir no registré el llanto en ese momento(…). Un día me robaron el caballo y con ese despojo se me produjola mutilación real del padre. 
De su madre, Celia Pizarro, dijo el poeta: “Tuvo la virtud del silencio y eso es maravilloso. Eso sí, sabía que tenía una sensibilidad mayor, pues celebraba en mí la destreza expresiva oral y la vivacidad de la palabra. Lo hacía, riéndose, divirtiéndose, señalando la picardía, la libertad, la fuerza con que iba yo diciendo cada una de las cosas y sus aproximaciones. La dimensión imaginativa es lo que más me celebraba(…) Mi madre era fina, delicada, noble”
A pesar de la mala condición económica, en 1926 su familia se ha trasladado a Concepción. La madre reparte a los niños en diferentes colegios, procurando conseguir becas para todos ellos. Si el primer plazo de su infancia el poeta lo recuerda “abierto, gozoso, de fascinación en el mundo natural, Lebu con sus barrancos, sus ruidos, su mar, su oleaje”, el segundo plazo será para él “el de las piedras frías, sucias de Concepción”. “Mi visión de Concepción fue la de una ciudad hirsuta, terca de clima, competitiva, húmeda de un liquen invisible, mediocre. 
Ingresa a un exigente internado. En ese plazo tartamudeaba: por eso que -recuerda-, su primer trato con la escritura fueron ejercicios de traslación y sustitución de unas palabras por otras, “En el internado se nos exigía leer en alta voz, durante unos veinte minutos seguidos, encima de una silla, novelas de Jules Verne, vidas de hombres ilustres, mientras los demás comían. Imagíname allí encaramado en ese suplicio, sin poder pronunciar los vocablos que comenzaban con los fonemas p, q, t y expuestos al escarnio y a las carcajadas de mis compañeros. Entonces fue cuando se me dio el portento del gran juego verbal, en ese espacio imaginario que se me impuso por urgencia, merced al recurso de relevar unos sonidos crueles para mi asfixia, por otros, sin duda más aireados. 
A los 16 años, bajo la influencia de Rimbaud, Baudelaire y los literatos españoles del Siglo de Oro, escribe sus primeras líneas de composición poética.
En 1934 deja Concepción y parte rumbo a Iquique, en el norte de Chile, donde se reincorpora a sus estudios de secundaria. Dos años más tarde comienza a colaborar en “El Tarapacá”, periódico que transforma en tribuna para sus poemas y ensayos. Allí obtiene su primer galardón literario, al recibir un poema suyo el primer premio en Los juegos Florales. Ese mismo año, regresa a Concepción y funda la revista “Letras” en cuyas páginas publica el ensayo «Los treinta años de Pablo Neruda». Dirige la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) y su revista, Alerce.
Estudia Derecho en la Universidad de Chile, carrera que decide abandonar en el segundo año para inscribirse en el Instituto Pedagógico de la misma universidad. Con una gran vocación creativa se incorpora en 1938 al grupo surrealista chileno Mandrágora y participa activamente del quehacer literario nacional de la llamada Generación del ’38. Paralelamente, como una manera de financiar sus estudios, trabaja como inspector del Instituto Barros Arana.
En 1940, el mismo año que muere su madre, conoce a María Mackenzie, una joven de ascendencia escocesa con quien en 1942 decide dejar la capital para ir a vivir a Atacama y con quien contrae matrimonio en 1946. Su primer hijo, Rodrigo Tomás Rojas Mackenzie , nace en Vallenar.

Allí enseña a leer a los mineros del pueblo El Orito. Cuando se comprueba que no tiene libreta de matrimonio le echan del trabajo. “Entonces -dejé a María en un hotelito de Vallenar y me puse a vagar por distintos lugares, incluso por las rieles del tren, buscando trabajo. Ahí me di cuenta de que eso sí era surrealismo, eso sí que era conducta vital y proyecto imaginativo” Se va a trabajar en maderas a la isla de Puluqi, en el sur del país, en el golfo del Reloncaví.
En 1944 luego de un año en el sur, regresa a la capital Santiago y retoma sus estudios de filosofía y filología, además de trabajar en la Dirección de Informaciones y Cultura, y participar en la revista «Antártica», de la que llega a ser Jefe de Redacción. En 1945 comienza a dictar clases de literatura en el Colegio Alemán de Valparaíso.
En esa etapa de su vida, se afana en la escritura de la mayor parte de los poemas que integrarán “La miseria del hombre”, cuyo manuscrito presenta en 1946 bajo el seudónimo de Heráclito, al concurso de la Sociedad de Escritores de Chile, el cual gana. Un año después sigue trabajando en Valparaíso: de día enseña en colegios de jóvenes y en las noches en liceos nocturnos, cuyos alumnos son empleados, obreros y gente mayor. Comienza a tener conversaciones con autoridades del puerto para crear un Instituto de Enseñanza Superior que posteriormente dará origen a la Universidad de Chile de Valparaíso.
En 1948 publica La miseria del hombre, su primer libro de poemas, provocando reacciones encontradas entre los críticos oficiales.
 “Teófilo Cid me acusó de expresionista. Alone -el crítico oficial-, de catastrófico; un señor Rossel, de imitador de Campoamor; Ricardo Latcham de morbo nuevo; don Raúl Silva Castro de peligro público por lo sucio. Libertino, obseso, enfático. ‘Vociferante’, dijo Jorge Eliot, quien recién asumía cátedra crítica por esa fecha. ¡De todo, de todo! Mi Rezeptionsgeschichte fue para la risa”(Revista Babel). Más estimulante fue él acuso de recibo que de su libro le hiciera Gabriela Mistral, en carta fechada el 10 de febrero, en que le dice: “Hace una semana que tengo su libro. Me ha tomado mucho, me ha removido y, a cada paso, admirado y, a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito (…). Lo que sé, a veces, es recibir el relámpago violento de la creación efectiva, de lo genuino, y eso lo he experimentado con su precioso libro”.

Gonzalo Rojas - Wikipedia, la enciclopedia libre

En 1949 escribe uno de sus poemas más famosos, “Al silencio”.

Al silencio


Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.

En 1952, habiendo obtenido el grado de Licenciado en Filología Clásica, gana -por concurso-, las cátedras de Literatura Chilena y Teoría Literaria en el Departamento de Español de la Universidad de Concepción.
En 1953 Va a Europa por primera vez. Conoce a André Bretón. “Me pareció como que estaba reconociendo a alguien con el cual había dialogado mucho, por que el pensamiento de Bretón es un pensamiento riquísimo que nos había aumentado a nosotros cuando éramos muchachos. Así mismo hablé largo ese febrero con Benjamín Peret, el más genuino de los poetas del gran grupo surrealista”.
1955 Organiza y dirige la “Primera Escuela de Verano” de la Universidad de Concepción, bajo la rectoría de D. Enrique Molina. 1958 Organiza y preside el “Primer Encuentro Nacional de Escritores”, en el marco de la IV Escuela Internacional de Verano y en 1960 Enero: en el marco de la VI Escuela Internacional de Verano de la Universidad de Concepción, organiza y preside el “Primer Encuentro de Escritores Americanos”.
En 1959, residirá unos meses en Europa (París, Londres, Roma y Madrid); becado por la Unesco, en París se reencuentra con Hilda May, una joven que había sido su alumna en la Universidad de Concepción que luego llegará a ser su segunda esposa. De este matrimonio nace en 1964 su segundo hijo, Gonzalo Rojas-May Ortiz. Más adelante Hilda May estará a cargo de la selección de las poesías de algunas antologías de Rojas y en 1990 escribe su estudio sobre la obra de Rojas (La poesía de Gonzalo Rojas, Hiperión, Madrid, 1991).
Esta intensa actividad académica no le impide el ejercicio poético, en busca de la palabra diamantina que habitará en Contra la muerte (1964), libro celebrado unánimemente por la crítica.

Octavio Paz y Gonzalo Rojas. Palacio Real de Madrid, 1991


La estructura fundamental de su obra parece fundarse en una oposición clave, VIDA/MUERTE, en que cada término -y la oposición misma- conllevan múltiples valencias, pero cuyos sentimientos e intuición poética básicos no varían sino que van afirmándose -haciéndose, así, cabalmente precisos-, en tanto para su expresión el poeta encuentra la palabra más justa.
El objeto del pensamiento poético de Gonzalo Rojas -su “clave visionaria”, de abolengo pascaliano-, es el hombre y su destino, el hombre y su miseria . Claves temáticas e impulsos del quehacer de su poesía los constituye: una preocupación agónica por la existencia humana en todas sus direcciones.
1968 En el Congreso Internacional de la Habana, Julio Cortázar señala: estoy hablando de Gonzalo Rojas, que le devuelve a la poesía tantas cosas que le han quitado”.  En 1969, como resultado del proceso de reforma universitaria vivido en Chile el año anterior, y en el que jugó un papel muy significativo, es elegido Director del Consejo de Difusión Universitaria de la Universidad de Concepción, convirtiéndose en la tercera autoridad de esa Casa de Estudios y quién, además, estará a cargo de toda su política cultural.
Al año siguiente, en 1970, es nombrado por el Presidente de la República, Salvador Allende, Consejero Cultural en China, donde vive la etapa anterior a la Revolución Cultural, lo que le da un conocimiento directo del proceso.


En 1972 se traslada a Cuba como Encargado de Negocios, rango equivalente a Embajador, hasta el final del gobierno de Allende. En sus ratos libres solía reunirse con jóvenes poetas y en alguna oportunidad expresó: “No voy a enseñar, vamos a aprender juntos, pues nunca se termina de saber qué es la poesía». El golpe militar chileno (septiembre, 1973) lo sorprende en La Habana, no sólo la historia de su país tiene un giro violento también, su vida. Ante la caída de Allende, intenta sin éxito que le acojan en varias misiones diplomáticas de América y Europa. Finalmente, se va a Alemania Oriental junto a Hilda, su segunda esposa, donde le asignan una cátedra en la Universidad de Rostock, con el título de »Herr Professor», pero sin tarea docente alguna.
El poeta es ahora un exiliado, un “indocumentado” a quien no sólo se le ha arrebatado su rango de diplomático sino también se le ha expulsado de todas las universidades chilenas por “significar un peligro para el orden y la seguridad nacional”.
En parte a Venezuela (1975), ha sido contratado por la Universidad Simón Bolívar, allí llega con Hilda, su segunda mujer, y el hijo de ambos, Gonzalo.
Su tercer libro de poemas Oscuro (1977) se publica en Caracas, a partir de este momento su poesía escrita sin prisas, desde lo profundo comienza a leerse en todo el continente y es aplaudida sin reservas por la crítica internacional. Recibe invitaciones para leer su creación poética, dictar conferencias y cursos en universidades norteamericanas y europeas; es objeto de homenajes y sus libros comienzan a publicarse en México, Madrid y New York. Sólo publicó tres libros entre 1948 y 1977.

Fotografía en blanco y negro de Rojas de pie en la calle, con otros tres hombres y una mujer.
(De izquierda a derecha) Francisco Matos Paoli, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Emilio Adolfo Westphalen y Gonzalo Rojas, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1991.

Publicará periódicamente poemarios y antologías, en total más de 50 libros. Su poesía, inicialmente catalogada de expresionista por algunos, recoge, según él mismo ha manifestado, influencias del surrealismo (aunque él no se consideraba surrealista), de los poetas clásicos greco-latinos y de los poetas místicos españoles.
Regresa a Chile en 1979, haciendo uso de la beca Guggeheim, sabe que las puertas de las universidades permanecerán cerradas, pero aún así elige Chillán, 400 kilómetros al sur de la capital, como lugar de residencia permanente; desde allí se desplazará a universidades de Alemania, Estados Unidos, México y España.
En 1990 es nombrado Profesor Emérito de la Universidad de Concepción, permaneciendo definitivamente en Chile.  Al año siguiente obtiene la misma distinción de la Universidad Brigham Young. En 1998 es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Andrés Bello, de la que es Profesor Titular; en 2001 las universidades de Concepción y del Bío Bio le entregan la misma distinción.
Considerado uno de los más grandes poetas iberoamericanos del siglo XX, fue distinguido con importantes galardones y a lo largo de su vida recibió más de veinte Doctorados Honoris Causa de universidades latinoamericanas, europeas y norteamericanas.

GONZALO ROJAS: DE LA REPETICIÓN Y DEL RELÁMPAGO - Biblioteca Nacional
Junto a los reyes de España recibiendo el Premio Cervantes en 2003.


Entre los galardones más destacados que le fueran conferidos se encuentra la primera versión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992), cuyo jurado estaba compuesto por Octavio Paz, Álvaro Mutis, José Hierro y Fernando Lázaro Carreter. Ese mismo año recibe el Premio Nacional de Literatura de Chile, en 1997 le conceden el Premio José Hernández, la más alta distinción literaria de Argentina, en 1998, en México, el Premio Octavio Paz de poesía y ensayo y en 2003 se anuncia en Madrid que le ha sido otorgado el Premio Miguel de Cervantes de literatura, máximo reconocimiento de la lengua española.
Su poesía está traducida a varios idiomas: alemán, chino, francés, griego, inglés, italiano, japonés, portugués, rumano, ruso, sueco, polaco, turco, árabe e hindi.

La Jornada: Desfilan centenares ante el féretro de Gonzalo Rojas

Muere en la madrugada del 25 de abril de 2010 a la edad de 94 años.

Algunos premios y reconocimientos:

Premio Concurso SECH 1946, poesía inédita, por La miseria del hombre.
Beca Unesco para escritores, que lo llevó a residir varios meses en Europa (1959).
Premio Atenea en 1964 por Contra la muerte
Premio Municipal de Literatura de Santiago 1965 por Contra la muerte
Beca Guggenheim (1979)
Beca del DAAD ( Alemania ),
Premio Nacional de Literatura de Chile 1992
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 1992
Ciudadano Ilustre de Concepción (1993)
Medalla de la Universidad de Valparaíso (1994)
Medalla de Distinción Honorífica de la Universidad de Playa Ancha (1994)
Hijo Ilustre de Valparaíso (1995)
Premio José Hernández
Premio de poesía y ensayo Octavio Paz 1998 (México)
Premio José Hernández 1997 (Argentina)
Premio Altazor 2001 por ¿Qué se ama cuando se ama
Premio Cervantes 2003 (España)
Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral (2009)

Obras

La miseria del hombre (1948)
Contra la muerte (1964)
Oscuro (1977)
Transtierro (1979)
Críptico y otros Poemas (1980)
Antología breve (1980)
Del relámpago (1981)
50 Poemas (1982)
El alumbrado (1986)
El alumbrado y otros poemas (1987)
Materia de testamento (1988)
Antología personal (1988)
Esquizotexto texto y otros poemas (1988)
Desocupado lector (1990)
Zumbido (1991)
Antología de aire (1991)
Las hermosas. Poesías de amor (1992)
Cinco Visiones (1992)
Am Grund von alledem schlaeft ein Pferd (1993)
Carta a Huidobro y Morbo y Aura del mal (1994)
La miseria del hombre (1995)
Río Turbio (1996)
80 veces nadie (1997)
Obra selecta (1997)
Tres Poemas (1998)
Diálogo con Ovidio (1999)
Metamorfosis de lo mismo (2000)
¿Qué se ama cuando se ama? (2000)
Velocities of the possible (2000)
Requiem de la mariposa (2001)
Hombre es baile, mujer es igualmente baile (2001)
Antología poética (2001)
Al silencio (2002)
La palabra placer y otros poemas (2002)
Del ocio sagrado (2002)
No haya corrupción (2003)
Poesía esencial (2003)
L’illuminè (2003)
Inconcluso (2003)
Concierto; antología poética (2004)
La reniñez (2004)
Latín y Jazz (2004)
La voz de Gonzalo Rojas (2004)
Poemas selectos (2004)
Del loco amor (2004)
Mot Doeden = Contra la muerte (2005)
XXI por egipcio (2005)
From the Lightning. Selected Poems (2005)
La misere de l’homme (2005)
Man Ray hizo la foto (2005)
Das Haus aus Luft (2005)
Las sílabas (2006)
Poesía Esencial (2006)
Esquizo (2007)
Del Agua (2007)
Con arrimo y sin arrimo (2010)

POEMAS

Crecimiento de Rodrigo Tomás

Libre y furioso, en ti se repite mi océano orgánico,
hijo de las entrañas de mi bella reinante:
la joven milenaria que nos da este placer de encantarnos
mutuamente, desde hace ya una triple primavera.

¿Cómo reconstruirte si ya estás, oh Rodrigo Tomás,
estirando en furor tu columna, tu impaciencia de ser el monarca?
¿Cómo reconstruirte para mejor hallarte
en tu luz esencial, entre el fulgor de mis pasiones revolcadas,
y esa persecución que va quemando los cabellos de María?

No sé por qué te busco en lo hondo de lo perdido, en esas noches
en que jugué todos mis ímpetus por un espléndido abandono
en poder de las olas lúgubres y sensuales,
a merced de una brisa que me daba a gustar la ilusión del cautiverio,
donde el libertinaje hace su nido.

No. Tu raíz es una estrella más pura que el peligro.
Es el encuentro de dos rayos en lo alto de la tormenta.
Es el hallazgo de la llave que te abrió la existencia y el presidio.

Antes de verte, en nadie vi tus ojos tiránicos.
Sólo las hembras tienen la encarnada visión de su deseo.
Ni pretendí heredero porque fui un poseído de mi propio fantasma.
Hasta que me robé la risa de tu madre para besarla y estremecerla.
A lo largo de un viaje a lo inmediato mío resplandeciente.

Ahora me pregunto cuál será el límite de tu carácter
si tu médula espinal fue la flor de los vagabundos
que se iban con los trenes, sin consultar siquiera el silbato de su azar.
Mordidos por los prejuicios. Curtidos por el viento libre.
¿Si tu madre y tu padre quemaron sus entrañas para salvar tu fuego?

¿Pero qué importa nada si hoy, por último, estás ahí
reunido en materia de encarnación radiante,
oyéndome, entendiéndome, como nadie en este mundo
podrá entender la tempestad de un parto?
-Oh, todos los mundanos te dirán que las pasiones rematan en un beso.

Tu madre y yo dormíamos cuando nos gritaste: “Heme aquí”.
“¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?”
¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?
-Yo soy el invitado que aguardábais antes de ser ceniza”.

Tu madre y yo dormíamos esa noche en la costa
mientras el mar cantaba para ti desde la profundidad de nuestro sueño,
con furor disonante, arrullando tus pétalos divinos.

Tu alta dinastía se remonta al resplandor de la nieve.
A las noches en que tu madre quería verte tras nuestra única ventana
y allí afuera la nieve era un diálogo ardiente
entre mi desesperación y el bulto vivo que contenía tu relámpago.

Así, tu madre te alumbró frente a esas dignas piedras de Atacama
con toda la entereza de su Escocia durmiendo en su mirada dimanatina.
Te parió allí en la madrugada de Septiembre de un día fabuloso
de la gran guerra mundial en cuyo primer acto yo también fui parido.
Así en la pesadilla de un siniestro espectáculo,
te alumbró con un grito que hizo cantar a las estrellas.

Oh, qué frío tan encendidamente gozoso
el aire de tu aparición en este mundo:
traías tu cabeza como un minero ensangrentado
-harto ya de la obscuridad y la ignominia-:
reclamabas a grandes voces un horizonte de justicia.
Querías descifrarlo todo con tu llanto.

Te di para tu libertad la nieve augusta y el lucero.
Yo fui tu centinela que te veló en el alba.
Aún me veo, como un árbol, respirando para tus nacientes pulmones,
librándote da la persecución y el rapto de las fieras.
Ay, hijo mío de mi arrogancia
siempre estaré en la punta de ese paisaje andino
con un cuchillo en cada mano para defenderte y salvarte.

Primogénito mío: tu casa era lo alto de la nieve de Chile.
De la cobriza sierra te bajé hasta las islas polares.
Te quise navegante. Te arranqué de los montes.
Corrimos el desierto, las colinas, los prados,
y entramos a la mar de tus abuelos
por el Reloncaví de perla indescifrable.

Nos aislamos. Vivimos en trinidad y espíritu.
El mar cantaba ahora en el huerto de nuestra casa.
Tú respirabas hondo. Jugabas con la arena y la neblina.
Por el Golfo lloraban sirenas en la noche.
Los pescados venían a conversarte en tu lengua primitiva.

Me veo galopando en mi caballo a la siga de las nubes,
remando para dar más brío a los veleros,
cortado en la escotilla de la niebla, durmiendo encima de los sacos.
Junto a corderos tristes, viendo bramar el Este enfurecido.
Pensando en ti, en tu madre, poco antes de morirme.

Cuando llegaba el día, yo saltaba a la arena,
corría por el bosque todavía empapado por la lluvia.
Vosotros me mirabais como a un náufrago viviente
y me dabais el beso de la resurrección y de la gracia.

Oh madera rajada por el hacha. Oh ladrido
del viento sobre el Golfo, todos los días navegado.
Adiós. Ya nos partimos de vosotros, oh peces.
Dadle a Rodrigo Tomás la lucidez de vuestro pensamiento.
Adiós, islas sombrías. Ya el rayo nos está llamando.

Trenes.
Pájaros.
Playas.
Toda la geografía
de Chile para ti, mi hambriento hidalgo.
Mi bien nacido soplo: para ti todo el fuego.
Para ti lo telúrico, lo enardecido. Todo
lo que te haga crecer más lejos que el relámpago.

Tierra para tu sangre. Mar y nieve
para tu entendimiento, y Poesía
para tu lengua.

Oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo de cada impulso mío.
De cada espiga de tu madre.

Cuando estemos dormidos para siempre,
oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo.

Entonces,
no te olvides de gritarnos:
“Heme aquí”.
“¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?
¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?

  • Yo soy el invitado que aguardábais antes de ser ceniza”.
De Antología de aire (Santiago, Fondo de Cultura Económica, 1991)

EL SOL Y LA MUERTE

Como el ciego que llora contra un sol implacable,
me obstino en ver la luz por mis ojos vacíos,
quemados para siempre.

¿De qué me sirve el rayo
que escribe por mi mano? ¿De qué el fuego,
si he perdido mis ojos?

¿De qué me sirve el mundo?

¿De qué me sirve el cuerpo que me obliga a comer,
y a dormir, y a gozar, si todo se reduce
a palpar los placeres en la sombra,
a morder en los pechos y en los labios
las formas de la muerte?

Me parieron dos vientres distintos, fui arrojado
al mundo por dos madres, y en dos fui concebido,
y fue doble el misterio, pero uno solo el fruto
de aquel monstruoso parto.

Hay dos lenguas adentro de mi boca,
hay dos cabezas dentro de mi cráneo:
dos hombres en mi cuerpo sin cesar se devoran,
dos esqueletos luchan por ser una columna.

No tengo otra palabra que mi boca
para hablar de mí mismo,
mi lengua tartamuda
que nombra la mitad de mis visiones
bajo la lucidez
de mi propia tortura, como el ciego que llora
contra un sol implacable.

LA MISERIA DEL HOMBRE 1948

ROTACIÓN Y TRASLACIÓN


Rotación y Traslación
Mi estrella:
tú, tan partida, y tan única,
y tan total como mi vida,
y mi muerte:

eres la llama
que sale
de mis ojos.
Pareces pájaro,
y eres
cólera
porque tienes tus pétalos
manchados
por la sangre.
No te rompes en lágrimas
ni ríes
cuando tu rueda gira
frenética
en su órbita.
Todo lo haces tuyo
con un golpe
de vista.
Todo
cobra tu vuelo
profundo.
Traspasas el día
con tu eje,
como una aguja
su perla.
Tu rayo
es la piedra
que cae
a remover
las aguas
estremecidas
hacia abajo
corno una flecha
sin fondo
donde posar
su cabeza.
Mi estrella:
he salido de ti
para nombrarte
en el mundo,
para comunicarte
con los gusanos,
y los peces,
y las flores,
y el silencio.
Soy tu demonio
divino,
el príncipe
de otras edades,
parecido
a un árbol
por el sismo
arrancado
desde su puesto
de combate,
para volver
al final
de un milenio
de nebulosa
a su fuego
de origen.
Tal vez
la máquina
es mi cadáver.
La guerra
me permite
respirar
a gusto.
La mujer
me recuerda
un precipicio.
Mi estrella;
¿por qué
nací
sobre tu roca?
¿Por qué
crecí
sobre tu espina?
Mi estrella;
mi dominio
es tu vértigo.

A mi alrededor
quema tu luz,
pero
yo te destruyo
por dentro.

LA MISERIA DEL HOMBRE 1948

PERDÍ MI JUVENTUD


Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.
Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

LA MISERIA DEL HOMBRE 1948

A QUIEN VELA, TODO SE REVELA

Bello es dormir al, lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.

Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
a mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.

Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter;
como un día de lluvia.

Y, aún más, decirle: “Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada”,

Bello es oír su voz: -“Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo”.

Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.

De La miseria del hombre, 1948.

CARTA DEL SUICIDA

Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
porque ella sale y entra como una bala loca,
y abre mis parietales y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno,
así viva feliz sentado sobre el triunfo
y el estomago lleno, como un cóndor saciado,
así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente cambiante.

Así toque mi citara para engañarme, así
se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas sobre otras hasta consumirse.

Juro que ella perdura porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue a donde voy y me sirve de hada.

De La miseria del hombre, 1948.

Oscuridad hermosa

Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido.

Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.

Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible,
tan hermosa que todo cuanto existe,
para mí, sin tu llama, no existiera.»

De Contra la muerte, 1964.

CARBÓN

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
—Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.

De Contra la muerte, 1964.

RETRATO DE MUJER

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
en la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí, mujer, te dejo tu figura.

 De Contra la muerte, 1964.


FUNDACIÓN DE VALPARAISO

II
Los hombres y las hembras resbalan en el fuego
de estas calles que caen al mar. Pierden sus ojos
en la contemplación del remolino aciago.
Porque la gravedad y el magnetismo,
lo óptico y lo acústico,
luchan a muerte en su aire de pólvora.
Y el mar, como un martillo,
clava su estilo en los hambrientos túneles
de ascensores que encarnan guillotinas;
jaulas que llevan su carga al infierno.
Las tablas y el cemento participan del mar
y laten en la noche como venas gastadas
por la presión del mundo
que fijó el horizonte
en sus pupilas.
Ojos que abren el saco
de cada tripulante,
y ven en el carbón de su conciencia
como un faro en la trémula neblina.
El mundo desembarca
en esta raya, día y noche. El puente
de las escalas cruje
bajo los pies del mundo
que entra y sale
por la matriz exacta del Pacífico,
en medio de un estruendo
irrespirable por el humo.
También las negras llamas
son parte de ese viento enajenado. El ronco
fuego muerde
la resina y el yodo
de los techos. La luna
sale a mirar a su rival quemada.
Todo es parte del viento, las bocinas
manchan de sangre el mar con sus agujas.

De Contra la muerte, 1964.

EL FORNICIO

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones,
                                  te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro
                                      griega,
mi egipcia, romana por el mármol?
                                   ¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
                                              tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?
Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
                                               riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras,
                               te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona
                    parara el sol
fálicamente mía
                                      ¡te amara!

OSCURO (1977)

TODOS LOS ELEGÍACOS SON UNOS CANALLAS

Acabo de matar a una mujer
después de haber dormido con ella una semana,
después de haberla amado con locura
desde el pelo a las uñas, después de haber comido
su cuerpo y su alma, con mi cuerpo hambriento.
Aún la alcoba está llena de sus gritos,
y de sus gritos salen todavía sus ojos.
Aún está blanca y muda con los ojos abiertos,
hundida en su mudez y en su blancura,
después de la faena y la fatiga.
Son siete días con sus siete noches
los que estuvimos juntos en un enorme beso,
sin comer, sin beber, fuera del Mundo,
haciendo de esta cama de hotel un remolino
en el que naufragábamos.
Al momento de hundimos, todo era como un sol
del que nosotros fuimos solamente dos rayos,
porque no hay otro sol que el fuego convulsivo
del orgasmo sin fin, en que se quema
seminal el aroma.
Eramos dos partículas de la corriente libre.
Con el oído puesto bajo ella, despertábamos
a otro sol más terrible, pero imperecedero,
a un sol alimentado con la muerte del hombre,
y en ese sol ardíamos.
Al salir del infierno, la mujer se moría
por volver al infierno. Me acuerdo que lloraba
de sed, y me pedía que la matara pronto.
Me acuerdo de su cuerpo duro y enrojecido,
como en la playa, el beso del aire caluroso.
Ya no hay deseo en ella que no se haya cumplido.
Al verla así, me acuerdo de su risa preciosa,
de sus piernas flexibles, de su honda mordedura,
y aún la veo sangrienta entre las sábanas,
teatro de nuestra guerra.
¿Qué haré con su belleza convertida en cadáver?
¿La arrojaré por el balcón, después
de reducirla a polvo?
¿La enterraré después? ¿La dejaré a mi lado
como triste recuerdo?
No. Nunca lloraré sobre ningún recuerdo,
porque todo recuerdo es un difunto
que nos persigue hasta la muerte.
Me acostaré con ella. La enterraré conmigo.
Despertaré con ella.

ÉXTASIS DEL ZAPATO

¿De dónde habrá salido este zapato
de mujer, enterrado vivo
entre el cerezo y el espectáculo
del cerezo?
Alguna vez hubo
uñas de diamante ahí de un pie
libertino en diálogo
con el otro
del que no hay noticia.
Ocioso
ahora duerme su desamparo en el pasto
a medio fulgor, mezcla
de altivez y
lástima: todo tan lejos. Lo
arqueológico, lo arterial del arco, el tacón;
¡y esa música!

A QUIEN VELA TODO SE REVELA

Bello es dormir al lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.
Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
la mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.
Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter,
como un día de lluvia.
Y, aún más, decirle: “Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada”.
Bello es oír su voz: -“‘Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo”.
Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.

EL AMOR

I
De pronto sales tú con tu llama y tu voz,
y eres blanca y flexible, y estás ahí mirándome,
y te quiero apartar y estás ahí mirándome,
y somos inocentes, y la azucena roja
me besa con tus labios, y es invierno, y estoy
en un puerto contigo, y es de noche.
Y no hay sábana donde dormir, y no hay, y no hay
sol en ninguna parte, y no hay estrella alguna
que arrancar a los cielos, y perdidos
no sabemos qué pasa, por qué la desnudez
nos devora, por qué la tempestad
llora como una loca, aunque nadie la escucha.
Y ahora, justo ahora que eres clara -permite-,
que te deseo, que me seduce tu voz
con su filtro profundo, permíteme juntar
mi beso con tu beso, permíteme tocarte
como el sol, y morirme.
Tocarte, unirte al día que soy, arrebatarte
hasta los altos cielos del amor, a esas cumbres
donde un día fui rey, llevarte al viento libre de la aurora,
volar, volar diez mil, diez mil años contigo,
solamente un minuto, pero seguir volando.

Te recomendamos ver el programa de televisión.

23. Poesía más Poesía: Gabriela Mistral y Amelia Díez Cuesta

GABRIELA MISTRAL

BIOGRAFÍA

Gabriela Mistral es el seudónimo de Lucila María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, nació el 7 de abril de 1889 en Vicuña (Chile) y murió el 10 de enero de 1957 en Nueva York.
Era hija de un profesor de ascendencia diaguita (pueblos independientes que hablaban el cacán, del noroeste de Argentina), y de una modista de ascendencia vasca. Su padre abandonó el hogar cuando ella tenía tres años. Como fruto de otra relación que mantuvo su madre con otro hombre, nació su hermana Emelina Molina Alcayaga, que se iba a convertir en su profesora cuando fuera expulsada de la escuela por la directora acusada injustamente (contado por Gabriela Mistral en sus apariciones públicas). No la admitieron en ningún otro colegio por esta misma causa, y su hermana y su madre se dedicaron de su educación.
La influencia de su hermana resultó determinante en su decisión de dedicarse a la enseñanza, promoviendo un pensamiento pedagógico centrado en el desarrollo y la protección de los niños. Su carrera docente fue sumamente precoz.


A los 15 años de edad, en 1904, ya había sido nombrada ayudante en la Escuela de La Compañía Baja (en La Serena) y empezó a mandar colaboraciones al diario serenense El Coquimbo. Al año siguiente continuó escribiendo en él y en La Voz de Elqui, de Vicuña. Difundió sus primeros escritos, entre los cuales se cuentan “El perdón de una víctima”, “La muerte del poeta”, “Las lágrimas de la huérfana”, “Amor imposible” y “Horas sombrías”, publicados entre agosto de 1904 y septiembre de 1910.
Las lecturas que en ese entonces fascinaban a la autora incluían a Montaigne, Amado Nervo, Lugones, Tagore, Tolstoi, Máximo Gorki, Dostoievski, Rubén Darío y José María Vargas Vila.
En 1906 conoció a Romelio Ureta, un funcionario de ferrocarriles con el que inició una relación amorosa y se comprometió.
En 1908 se desempeñó como maestra en la localidad de La Cantera. Su ingreso en la Escuela Normal de Preceptoras de La Serena se vio frustrado debido a la resistencia que despertaron algunos poemas suyos en círculos conservadores locales, que los calificaron como “paganos” y “socialistas”.
A la par de sus escritos en versos, Gabriela Mistral escribía sobre compromiso y equidad social. Ya en su adolescencia cuestionaba la pobreza y la injusticia de los desposeídos. (ejm. al final: la tierra, hallazgo). En aquella época había un canon en los escritos de las mujeres, que hablaban del amor como campo de inclusión estética, de donde no debían salirse. Gabriela Mistral y Alfonsina Storni fueron innovadoras, haciendo posible hablar de otras temáticas, como la social.
En 1909 Romelio Ureta se suicida y Gabriela Mistral, profundamente conmovida, escribe en 1910 Los sonetos de la muerte.
En ese mismo año, en 1910, convalidó sus conocimientos y obtuvo el título oficial de «profesora de Estado», con lo que pudo ejercer la docencia en el nivel secundario.
Muy comprometida con la labor social, la política y la enseñanza, escribe artículos para la prensa donde abogaba por la enseñanza obligatoria.
Estas son algunas de sus reflexiones acerca de la enseñanza:

“Una de las mejores lecciones de pedagogía que he recibido, me ha sido dada por una avecilla (pecho-rojo). Estaba en el jardín y la madre le enseñaba a volar a sus pequeñitos. Uno de ellos quedaba en el nido y parecía que temía moverse. La madre fue a posarse a su lado, le dio alimento con su pico y lo forzó a levantarse. En seguida saltó sobre una rama vecina, invitándolo a seguirla… Que los instructores no pierdan de vista esta verdad: es preciso que siempre y a la vez, den y tomen, que aventajen y que sigan, que obren y dejen obrar”.

“Quien ha hecho clase lo sabe. Sabe que la hermosura es el aliado más leal de la virtud y que el maestro más reacio a la poesía se le hace pura poesía la clase cuando explica con altura… La pedagogía tiene su ápice, como toda ciencia, en la belleza perfecta: Esta, la escuela, es, por sobre todo, el reino de la belleza. El reino de la poesía insigne. Hasta el que no cree cantar, aquí está cantando sin saberlo”.

En 1914, en Chile, recibe el primer premio por Los Sonetos de la Muerte en Los Juegos Florales, que es una antigua celebración primaveral organiada por la Federación de Estudiantes de la Universidadde Chile. A partir de ahí utiliza el seudónimo de Gabriela Mistral en en homenaje a dos de sus poetas favoritos, el italiano Gabriele D’Annunzio y el occitano Frédéric Mistral. La poesía sombría ya apasionada de Gabriela Mistral comenzó a propagarse por toda la América del Sur. Hay cartas de amor intercambiadas con el escritor Magallanes Moure, que fue uno de los miembros del jurado de este certamen donde se convierte en una relación imposible para Gabriela Mistral,con convicciones católicas, dado que estaba casado. Diría: “Te adoro, Manuel. Todo mi vivir se concentra en este pensamiento y en este deseo: el beso que puedo darte y recibir de ti. ¡Y quizás -seguramente- ni pueda dártelo ni pueda recibirlo…! En este momento siento tu cariño con una intensidad tan grande que me siento incapaz del sacrificio de tenerte a mi lado y no besarte… Estoy muriéndome de amor frente a un hombre que no puede acariciarme…” Empezó a trabajar en distintas escuelas alrededor del país, como las de las ciudades de Traiguén, Punta Arenas, Antofagasta y Temuco. Opositó y ganó el puesto prestigioso de directora del Liceo № 6 de Santiago, pero los profesores no la recibieron bien, reprochándole su falta de estudios profesionales. Fue su alumno el joven Neftalí Reyes Basoalto (Pablo Neruda, de 16 años), a quien introdujo en la literatura rusa. Respecto a Pablo Neruda, Mistral escribiría casi al final de sus días: “Una vez me prohibieron desde allá (Chile), y por orden de González Videla recibir en el consulado a Neruda. Qué poco me conocen. Me hubiera muerto cerrándole la puerta de mi casa al amigo, al gran poeta y, por último, a un chileno perseguido y a quien en sus primeros pasos influí con lecturas que le seleccioné y que afirmaron su recio espíritu.Yo fui perseguida. Y cómo. También fui echada de revistas y diarios. Y lo serán muchos escritores que gritan las verdades. ¿Anonadarse o callar? ¡Semimuerte! Allá se persigue o se les hace sombra a los escritores mientras están vivos y son valientes. O se atreven a declarar sus ideas y sus anhelos”. En el año 1922 Gabriela fue llamada por el ministro de Educación de México, José Vasconcelos, para participar en la reforma educacional y en la fundación y organización de bibliotecas populares. Allí su labor fue la de cooperar en la creación de un nuevo estilo de educación. Sin embargo, México fue también la puerta de entrada al mundo indígena. En ese país se hará más fuerte su lazo con la causa indigenista.En sus contactos con la realidad indígena de México, Guatemala, Perú y otros países latinoamericanos había asumido su condición de mestiza (de india, decía ella), y el respeto por las culturas precolombinas -aztecas, mayas, quechuas y mapuches, entre otros- y por lo mismo, tenía una mirada crítica hacia el descubrimiento y la conquista de América, que calificaba de genocidio. Defendía el mestizaje y llamaba a asumirlo, cuestionando la inmigración europea. En eso también disentía de Unamuno, a quien admiraba. Gabriela criticaba los aspectos más negativos de la cultura y la dominación española, el exterminio, la explotación, el desprecio. Enaltecía, en cambio, el papel del idioma y la labor de la Iglesia cuando defendía a los indígenas, destacando a Fray Bartolomé de las Casas, a Vasco de Quiroga y a otros obispos y sacerdotes. Fue también en este año que apareció en New York Desolación  bajo el alero del Instituto de Las Españas, dirigido por el crítico literario español Federico de Onís. .Existe un fuerte predomino del sentimiento sobre el pensamiento, a la vez que una cercanía muy estrecha con lo religioso. Los temas que aparecen en este libro, bajo una profunda reivindicación del retorno a valores de una trascendente espiritualidad, giran en torno a la frustración amorosa, al dolor por la pérdida, la muerte, la infidelidad, la maternidad y el amor filial, todo ello envuelto en la reflexión adulta de la poetisa, que vivió el suicidio de su amado como una pérdida irreparable. A partir de esta publicación Gabriela Mistral adquirió reconocimiento y prestigio internacional siendo considerada como una de las mayores promesas de la literatura latinoamericana. También marca el inicio de una serie de publicaciones de la poetisa nacional en tierras extranjeras. En México se edita Lecturas para Mujeres en 1923 ,una selección de prosas y versos de diversos autores (Amado Nervo, Sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Whalt Whitman, José Martí…) destinada al uso escolar a la que incorporó textos propios y un año más tarde en España se publica Ternura. Las composiciones “para niños” son el núcleo de su segundo libro, Ternura (1924), en el que se advierte la pureza expresiva propia de aquella lírica humana y sencilla que convivió con las vanguardias tras la liquidación del modernismo; una lírica generalmente inspirada en la naturaleza y que de hecho fue también abordada por algunos escritores vanguardistas, que con frecuencia conciliaron la experimentación con su interés por la poesía popular. Dedicado a su madre y hermana, está dividido en siete secciones: Canciones de Cuna, Rondas, Jugarretas, Cuenta-Mundo, Casi Escolares, Cuento y Anejo. Para el lector adulto, el conjunto viene a expresar la pérdida de la infancia, que es restituida, en parte, a través del lenguaje.

A finales de la década de 1930 círculos literarios de distintos países comenzaron a promover a Gabriela Mistral para el Premio Nobel de Literatura. El Presidente Pedro Aguirre Cerda y la escritora ecuatoriana Adelaida Velasco Galdós se mostraron interesados en respaldar su candidatura a través de la traducción de sus obras.
Conversaciones con Pedro Aguirre Cerda acerca de la necesidad de una Reforma Agraria -cuando éste aún se desempeñaba como profesor-, dieron origen al libro «El Problema Agrario» que el futuro Presidente de Chile le dedicó en 1929.

En 1930 publica Nubes blancas: poesías, y La oración de la maestra
En 1931 fue invitada por la Universidad de Puerto Rico para dictar conferencias. Viajó en aeroplano por las Antillas, el Caribe y los países centroamericanos. Visitó Santo Domingo, Cuba, Panamá, El Salvador, Costa Rica y Guatemala. Le otorgaron la Orquídea de Oro y La Flor del Espíritu Santo, las más altas insignias que la Escuela Normal de Institutoras de Panamá. La Universidad de Guatemala le concedió el grado de Doctor Honoris Causa.
Su carrera consular la inició en 1932 y fue la primera mujer chilena en desempeñar esa labor. Se declaró antifascista y no ejerció su función en Italia. Además Mussolini rechazaba las cónsules mujeres.
En el año 1933, en Puerto Rico, la Cámara de Representantes de la universidad la declaró Hija Adoptiva de la Isla. En julio de ese mismo año se traslada al consulado de Madrid. La precedía su fama como poeta e intelectual, y su capacidad de trabajo y experiencia funcionaria. En España se encontró con Pablo Neruda, alumno suyo en el Liceo de Temuco, nombrado cónsul en Barcelona.Neruda estimaba los Sonetos de la muerte hasta el punto de afirmar que “la magnitud de estos breves poemas no ha sido superada en nuestro idioma”.
Recibida con honores, Gabriela Mistral pronto se hizo un espacio junto a los principales escritores y pensadores, como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, Pío Baroja, Eugenio D’Ors, José Bergamín y otros. También, y gracias a los oficios del embajador de Chile en Madrid, Carlos Morla Lynch, se relacionó con los jóvenes de la generación del 27 que estaban cambiando para bien la poesía española. conoció a Federico García Lorca y a Rafael Alberti y mostró notorias capacidades para su trabajo consular, que cumplió con eficiencia y orden. En la guerra civil, la horrorizaron las crueldades de ambos lados. Pero su corazón estuvo con los republicanos, que era el bando de sus amigos. Ayudó a los que pudo después de la derrota. Y antes, colaboró con niños vascos que debían ser salvados de la guerra.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, la trasladó de Madrid a Lisboa en el año 1935. Por Ley del Congreso chileno, promulgada el 04 de Septiembre, se le designó Cónsul de Elección con carácter vitalicio.
En 1936 asistió en París a una reunión del Comité de Publicaciones de la Colección Clásicos Iberoamericanos, con el propósito de formar un subcomité encargado de escribir un volumen de folclore chileno. El Instituto Internacional de Cooperación Intelectual (Colección Iberoamericana) publicó el volumen Folklore Chilien, con estudio y prólogo de Gabriela Mistral.
Después fue destinada a Oporto, dicen por opiniones contrarias a ciertos sectores españoles que se filtraron en la prensa.
Después la destinaron a a Guatemala, con el cargo de Cónsul General Honorario y Encargada de Negocios ad-interin.
En enero de 1938 estuvo en Montevideo, durante los cursos sudamericanos para profesores. Posteriormente, residió un breve tiempo en Chile, y le rindieron numerosos homenajes. Visitó Vicuña y Montegrande.
Hacia 1938 retornó a América Latina Dedicado a su madre, que había fallecido en 1929, escribió “Tala”, en 1938 en Buenos Aires.considerada una de sus obras más importantes, Gabriela Mistral inauguró una línea de expresión neorrealista que afirma valores del indigenismo, del americanismo y de las materias y esencias fundamentales del mundo. En los sesenta y cuatro poemas de este libro se produce una evolución temática y formal que será definitiva. Aunque en el arranque del libro el poema “Nocturno de los tejedores viejos” sólo insinuaba un renovado tratamiento fantástico, la sección Historias de loca esbozaba ya un nuevo acento que se consolidará en las siguientes, Materias y América, hasta alcanzar la plenitud de su expresión en la sección titulada Saudade, donde se encuentran piezas memorables como “Todas íbamos a ser reinas”, en la que la poetisa rememora la infancia junto a sus tres hermanas y evoca sus respectivos sueños, eternizados pese el paso del tiempo mediante un lenguaje a la vez humorístico y mágico, teñido también por momentos de un cierto tradicionalismo folclórico.

Casa donde vivía Gabriela Mistral en los Andes.


Donó el dinero obtenido con la venta de ese libro a las instituciones catalanas que albergaron niños vascos durante la Guerra Civil Española
En 1940-41 trasladó su consulado a Petrópolis, en Brasil. Se publicaron en esos años Antología de Gabriela Mistral, con selección propia de la autora y prólogo de Ismael Edwars Matte.
En 1943, a los 18 años, se había suicidado Yin Yin, Juan Miguel Godoy Mendoza, su sobrino al que había adoptado desde que este tenía cuatro años.
Recibe la noticia de que había ganado el Nobel de la literatura en 1945. La poeta será recordada toda la vida por ser la primera, y única, mujer latinoamericana en ganar un Premio Nobel. El galardón le fue otorgado, según el acta de la Academia sueca, “por su poesía lírica que, inspirada en emociones poderosas, ha hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano” 

En 1946, conoció a Doris Dana, una escritora estadounidense, una relación que la acompañaría hasta el final de sus días. Sujeta a controversias públicas, Gabriela Mistral diría:
“De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no sé decir. ¿Han visto tamaña falsedad? (…) No se desea volver a lugares del mundo donde se hace con los propios asuntos una novela policial. Yo no soy ningún dechado; tampoco una cosa extraordinaria. Yo soy una mujer como cualquier otra chilena”. (Escrito en su diario íntimo, publicado con el título “Bendita mi lengua sea”.

Doris Dana y Gabriela Mistral, Roslyn Harbor, USA, 1954

Neruda insiste, desde 1949, en invitarla a congresos de paz o cultura, celebrados en distintos países con el apoyo de la Unión Soviética para frenar la amenaza nuclear que representaba los Estados Unidos y rechaza la invitación de inaugurar y presidir al Congreso Continental de la Cultura que se realizó en Santiago en 1953 por el carárcter también partidista del mismo. Rechazó el premio Stalin

En Chile se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1951. Galardón que viene coronado a nivel nacional en 1954 con Lagar, que corresponde al primer libro de toda su producción publicado en Chile antes que en el extranjero
En 1952 también se publica Los sonetos de la muerte y otros poemas elegíacos. Santiago: Philobiblion, 1952

Lagar (1954), la última que publicó en vida. En esta obra estarían presentes todas las muertes, las tristezas, las pérdidas y el sentimiento de su propio fin. Un profunda originalidad convive con la carga de tristeza y trascendencia que ya había impregnado parte de sus primeros escritos, culminando una temática presidida por la resignación cristiana y el encuentro con la naturaleza. .
Siguió su carrera diplomática y con ella sus numerosos viajes hasta su fallecimiento en Nueva York, en 1957.
En ese mismo año se publican Recados, contando a Chile. inconclusos. Santiago: Editorial del Pacífico, 1957.
Por deseo de la propia Mistral, sus restos fueron trasladados a Chile y fue enterrada en Montegrande: dejaba tras de sí algunas obras inéditas, para su publicación póstuma.

Recibiendo el Premio Nobel de Literatura

POEMAS

HAN DICHO

He dicho varias veces
y lo repito con muchísimo gusto
que este país debiera llamarse Lucila
de lo contrario que se llame Gabriela
debería volvérsela a querer
a releer
a ver
a compadecer
es una novia abierta al infinito
una viuda perpetua
una mamá que no se olvida nunca…

Nicanor Parra, 1989.

fuerte catarsis
en madrid titulo ternura
adopto a un medio sobrino,a los 18 años se suicido

LA TIERRA

Niño indio, si estás cansado, 
tú te acuestas sobre la Tierra, 
y lo mismo si estás alegre, 
hijo mío, juega con ella… 

Se oyen cosas maravillosas 
al tambor indio de la Tierra: 
se oye el fuego que sube y baja 
buscando el cielo, y no sosiega. 
Rueda y rueda, se oyen los ríos 
en cascadas que no se cuentan. 
Se oyen mugir los animales; 
se oye el hacha comer la selva. 
Se oyen sonar telares indios. 
Se oyen trillas, se oyen fiestas. 

Donde el indio lo está llamando, 
el tambor indio le contesta, 
y tañe cerca y tañe lejos, 
como el que huye y que regresa… 

Todo lo toma, todo lo carga 
el lomo santo de la Tierra: 
lo que camina, lo que duerme, 
lo que retoza y lo que pena; 
y lleva vivos y lleva muertos 
el tambor indio de la Tierra. 

Cuando muera, no llores, hijo: 
pecho a pecho ponte con ella, 
y si sujetas los alientos 
como que todo o nada fueras, 
tú escucharás subir su brazo 
que me tenía y que me entrega, 
y la madre que estaba rota 
tú la verás volver entera.

HALLAZGO del libro Poema de Chile

Me encontré a este niño 
cuando al campo iba: 
dormido lo he hallado 
en unas espigas… 

O tal vez ha sido 
cruzando la viña: 
al buscar un pámpano 
topé su mejilla… 

Y por eso temo, 
al quedar dormida, 
se evapore como 
la helada en las viñas…

SONETOS DE LA MUERTE

I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron, 
te bajaré a la tierra humilde y soleada. 
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, 
y que hemos de soñar sobre la misma almohada. 

Te acostaré en la tierra soleada con una 
dulcedumbre de madre para el hijo dormido, 
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna 
al recibir tu cuerpo de niño dolorido. 

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas, 
y en la azulada y leve polvareda de luna, 
los despojos livianos irán quedando presos. 

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, 
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna 
bajará a disputarme tu puñado de huesos! 

II 

Este largo cansancio se hará mayor un día, 
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir 
arrastrando su masa por la rosada vía, 
por donde van los hombres, contentos de vivir… 

Sentirás que a tu lado cavan briosamente, 
que otra dormida llega a la quieta ciudad. 
Esperaré que me hayan cubierto totalmente… 
¡y después hablaremos por una eternidad! 

Sólo entonces sabrás el por qué no madura, 
para las hondas huesas tu carne todavía, 
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir. 

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura; 
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había 
y, roto el pacto enorme, tenías que morir… 

III 

Malas manos tomaron tu vida desde el día 
en que, a una señal de astros, dejara su plantel 
nevado de azucenas. En gozo florecía. 
Malas manos entraron trágicamente en él… 

Y yo dije al Señor: ?«Por las sendas mortales 
le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar! 
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales 
o le hundes en el largo sueño que sabes dar! 

»¡No le puedo gritar, no le puedo seguir! 
Su barca empuja un negro viento de tempestad. 
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor». 

Se detuvo la barca rosa de su vivir… 
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad? 
¡Tú que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

DESOLACIÓN (de su libro Desolación)

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde 
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. 
La tierra a la que vine no tiene primavera: 
tiene su noche larga que cual madre me esconde. 

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos 
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito. 
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito, 
miro morir intensos ocasos dolorosos. 

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido 
si más lejos que ella sólo fueron los muertos? 
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto 
crecer entre sus brazos y los brazos queridos! 

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto 
vienen de tierras donde no están los que no son míos; 
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos 
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos. 

Y la interrogación que sube a mi garganta 
al mirarlos pasar, me desciende, vencida: 
hablan extrañas lenguas y no la conmovida 
lengua que en tierras de oro mi pobre madre canta. 

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa; 
miro crecer la niebla como el agonizante, 
y por no enloquecer no encuentro los instantes, 
porque la noche larga ahora tan solo empieza. 

Miro el llano extasiado y recojo su duelo, 
que viene para ver los paisajes mortales. 
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales: 
¡siempre será su albura bajando de los cielos! 

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada 
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa; 
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa, 
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

 EL AMOR QUE CALLA

Si yo te odiara, mi odio te daría 
en las palabras, rotundo y seguro; 
pero te amo y mi amor no se confía 
a este hablar de los hombres, tan oscuro.
Tú lo quisieras vuelto en alarido, 
y viene de tan hondo que ha deshecho 
su quemante raudal, desfallecido, 
antes de la garganta, antes del pecho.
Estoy lo mismo que estanque colmado 
y te parezco un surtidor inerte. 
¡Todo por mi callar atribulado 
que es más atroz que el entrar en la muerte!

MIS LIBROS

    Libros, callados libros de las estanterías,
vivos en su silencio, ardientes en su calma;
libros, los que consuelan, terciopelos del alma,
y que siendo tan tristes nos hacen la alegría!
    Mis manos en el día de afanes se rindieron;
pero al llegar la noche los buscaron, amantes,
en el hueco del muro donde como semblantes
me miran confortándome aquellos que vivieron.
    ¡Biblia, mi noble Biblia, panorama estupendo,
en donde se quedaron mis ojos largamente,
tienes sobre los Salmos las lavas más ardientes
y en su río de fuego mi corazón enciendo!
    Sustentaste a mis gentes con tu robusto vino
y los erguiste recios en medio de los hombres,
y a mí me yergue de ímpetu sólo el decir tu nombre;
porque de ti yo vengo, he quebrado al Destino.
    Después de ti, tan sólo me traspasó los huesos
con su ancho alarido, el sumo Florentino.
A su voz todavía como un junco me inclino;
por su rojez de infierno, fantástica, atravieso.
    Y para refrescar en musgos con rocío
la boca, requemada en las llamas dantescas,
busqué las Florecillas de Asís, las siempre frescas.
¡Y en esas felpas dulces se quedó el pecho mío!
    Yo vi a Francisco, a Aquel fino como las rosas,
pasar por su campiña más leve que un aliento,
besando el lirio abierto y el pecho purulento,
por besar al Señor que duerme entre las cosas.
    ¡Poema de Mistral, olor a surco abierto
que huele en las mañanas, yo te aspiré embriagada!
Vi a Mireya exprimir la fruta ensangrentada
del amor, y correr por el atroz desierto.
    Te recuerdo también, deshecha de dulzuras,
verso de Amado Nervo, con pecho de paloma,
que me hiciste más suave la línea de la loma,
cuando yo te leía en mis mañanas puras.
    Nobles libros antiguos, de hojas amarillentas,
sois labios no rendidos de endulzar a los tristes,
sois la vieja amargura que nuevo manto viste:
¡desde Job hasta Kempis la misma voz doliente!
    Los que cual Cristo hicieron la Vía-Dolorosa,
apretaron el verso contra su roja herida,
y es lienzo de Verónica la estrofa dolorida;
¡todo libro es purpúreo como sangrienta rosa!
    ¡Os amo, os amo, bocas de los poetas idos,
que deshechas en polvo me seguís consolando,
y que al llegar la noche estáis conmigo hablando,
junto a la dulce lámpara, con dulzor de gemidos!
    De la página abierta aparto la mirada
¡oh muertos! y mi ensueño va tejiéndoos semblantes:
las pupilas febriles, los labios anhelantes
que lentos se deshacen en la tierra apretada.

LA MAESTRA RURAL

La Maestra era pura. «Los suaves hortelanos», decía, 
«de este predio, que es predio de Jesús, 
han de conservar puros los ojos y las manos, 
guardar claros sus óleos, para dar clara luz».

La Maestra era pobre. Su reino no es humano. 
(Así en el doloroso sembrador de Israel.) 
Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano 
¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!

La Maestra era alegre. ¡Pobre mujer herida! 
Su sonrisa fue un modo de llorar con bondad. 
Por sobre la sandalia rota y enrojecida, 
tal sonrisa, la insigne flor de su santidad.

¡Dulce ser! En su río de mieles, caudaloso, 
largamente abrevaba sus tigres el dolor! 
Los hierros que le abrieron el pecho generoso 
¡más anchas le dejaron las cuencas del amor!

¡Oh, labriego, cuyo hijo de su labio aprendía 
el himno y la plegaria, nunca viste el fulgor 
del lucero cautivo que en sus carnes ardía: 
pasaste sin besar su corazón en flor!

Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste 
su nombre a un comentario brutal o baladí? 
Cien veces la miraste, ninguna vez la viste 
¡y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti!

Pasó por él su fina, su delicada esteva, 
abriendo surcos donde alojar perfección. 
La albada de virtudes de que lento se nieva 
es suya. Campesina, ¿no le pides perdón?

Daba sombra por una selva su encina hendida 
el día en que la muerte la convidó a partir. 
Pensando en que su madre la esperaba dormida, 
a La de Ojos Profundos se dio sin resistir.

Y en su Dios se ha dormido, como un cojín de luna; 
almohada de sus sienes, una constelación; 
canta el Padre para ella sus canciones de cuna 
¡y la paz llueve largo sobre su corazón!

Como un henchido vaso, traía el alma hecha 
para volcar aljófares sobre la humanidad; 
y era su vida humana la dilatada brecha 
que suele abrirse el Padre para echar claridad.

Por eso aún el polvo de sus huesos sustenta 
púrpura de rosales de violento llamear. 
¡Y el cuidador de tumbas, como aroma, me cuenta, las 
plantas del que huella sus huesos, al pasar!

Imagen de la Tierra

No había visto antes la verdadera imagen de la Tierra. La Tierra tiene la actitud de una mujer con un hijo en los brazos, con sus criaturas (seres y frutos) en los anchos brazos. Voy conociendo el sentido maternal de todo. La montaña que me mira también es madre, y por las tardes la neblina juega como un niño en sus hombros y sus rodillas … Recuerdo ahora una quebrada del valle. Por su lecho profundo iba cantando una corriente, que las breñas hacían todavía invisible. Ya soy como la quebrada: siento cantar en mi hondura este pequeño arroyo, y le he dado mi carne por breña hasta que suba hacia la luz.

CANCION AMARGA

¡Ay! ¡Juguemos, hijo mío, 
a la reina con el rey! 

Este verde campo es tuyo. 
¿De quién más podría ser? 
Las oleadas de la alfalfa 
para ti se han de mecer. 

Este valle es todo tuyo. 
¿De quién más podría ser? 
Para que los disfrutemos 
los pomares se hacen miel. 

(¡Ay! ¡No es cierto que tiritas 
como el Niño de Belén 
y que el seno de tu madre 
se secó de padecer!) 

El cordero está espesando 
el vellón que he de tejer. 
Y son tuyas las majadas, 
¿De quién más podrían ser? 

Y la leche del establo 
que en la ubre ha de correr, 
y el manojo de las mieses 
¿de quién más podrían ser? 

(¡Ay! ¡No es cierto que tiritas 
como el Niño de Belén 
y que el seno de tu madre 
se secó de padecer!) 

¡Sí! ¡Juguemos, hijo mío, 
a la reina con el rey!

LA CASA

La mesa, hijo, está tendida 
en blancura quieta de nata, 
y en cuatro muros azulea, 
dando relumbres, la cerámica. 
Ésta es la sal, éste el aceite 
y al centro el Pan que casi habla. 
Oro más lindo que oro del Pan 
no está ni en fruta ni en retama, 
y da su olor de espiga y horno 
una dicha que nunca sacia. 
Lo partimos, hijito, juntos, 
con dedos duros y palma blanda, 
y tú lo miras asombrado 
de tierra negra que da flor blanca. 

Baja la mano de comer, 
que tu madre también la baja. 
Los trigos, hijo, son del aire, 
y son del sol y de la azada; 
pero este Pan «cara de Dios»(*) 
no llega a mesas de las casas. 
Y si otros niños no lo tienen, 
mejor, mi hijo, no lo tocaras, 
y no tomarlo mejor sería 
con mano y mano avergonzadas. 

Hijo, el Hambre, cara de mueca, 
en remolino gira las parvas, 
y se buscan y no se encuentran 
el Pan y el hambre corcovada. 
Para que lo halle, si ahora entra, 
el Pan dejemos hasta mañana; 
el fuego ardiendo marque la puerta, 
que el indio quechua nunca cerraba, 
¡y miremos comer al Hambre, 
para dormir con cuerpo y alma!

RONDA DE LA PAZ

A don Enrique Molina.

Las madres, contando batallas,
sentadas están al umbral.
Los niños se fueron al campo
la piña de pino a cortar.
Se han puesto a jugar a los ecos
al pie de su cerro alemán.
Los niños de Francia responden
sin rostro en el viento del mar.
Refrán y palabra no entienden,
mas luego se van a encontrar,
y cuando a los ojos se miren
el verse será adivinar.
Ahora en el mundo el suspiro
y el soplo se alcanza a escuchar
y a cada refrán las dos rondas
ya van acercándose más.
Las madres, subiendo la ruta
de olores que lleva al pinar,
llegando a la rueda se vieron
cogidas del viento volar…
Los hombres salieron por ellas
y viendo la tierra girar
y oyendo cantar a los montes,
al ruedo del mundo se dan.

HIMNO AL ARBOL

(A don José Vaconcelos)

Árbol hermano, que clavado 
por garfios pardos en el suelo, 
la clara frente has elevado 
en una intensa sed de cielo; 

hazme piadoso hacia la escoria 
de cuyos limos me mantengo, 
sin que se duerma la memoria 
del país azul de donde vengo. 

Árbol que anuncias al viandante 
la suavidad de tu presencia 
con tu amplia sombra refrescante 
y con el nimbo de tu esencia: 

haz que revele mi presencia, 
en las praderas de la vida, 
mi suave y cálida influencia 
de criatura bendecida. 

Árbol diez veces productor: 
el de la poma sonrosada, 
el del madero constructor, 
el de la brisa perfumada, 
el del follaje amparador; 

el de las gomas suavizantes 
y las resinas milagrosas, 
pleno de brazos agobiantes 
y de gargantas melodiosas: 

hazme en el dar un opulento 
¡para igualarte en lo fecundo, 
el corazón y el pensamiento 
se me hagan vastos como el mundo! 

Y todas las actividades 
no lleguen nunca a fatigarme: 
¡las magnas prodigalidades 
salgan de mí sin agotarme! 

Árbol donde es tan sosegada 
la pulsación del existir, 
y ves mis fuerzas la agitada 
fiebre del mundo consumir: 

hazme sereno, hazme sereno, 
de la viril serenidad 
que dio a los mármoles helenos 
su soplo de divinidad. 

Árbol que no eres otra cosa 
que dulce entraña de mujer, 
pues cada rama mece airosa 
en cada leve nido un ser: 

dame un follaje vasto y denso, 
tanto como han de precisar 
los que en el bosque humano, inmenso, 
rama no hallaron para hogar. 

Árbol que donde quiera aliente 
tu cuerpo lleno de vigor, 
levantarás eternamente 
el mismo gesto amparador: 

haz que a través de todo estado 
?niñez, vejez, placer, dolor? 
levante mi alma un invariado 
y universal gesto de amor!

ORACIÓN A LA MAESTRA

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra. 

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes. 

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé. 

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. 

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él. 

Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos. 

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida. 

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada la dulzura de las aprobaciones. 

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana. 

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora. 

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando! 

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas. 

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de Longinos en el costado ardiente de amor.

NOCTURNO DE LOS TEJEDORES VIEJOS

Se acabaron los días divinos
de la danza delante del mar,
y pasaron las siestas del viento
con aroma de polen y sal,
y las otras en trigos dormidas
con nidal de paloma torcaz.
Tan lejanos se encuentran los años
de los panes de harina candela
disfrutados en mesa de pino,
que negamos, mejor, su verdad,
y decimos que siempre estuvieron
nuestras vidas lo mismo que están,
y vendernos la blanca memoria
que dejamos tendida al umbral.
Han llegado los días ceñidos
como el puño de Salmanazar.
Llueve tanta ceniza nutrida
que la carne es su propio sayal.
Retiraron los mazos de lino
y se escarda, sin nunca acabar,
un esparto que no es de los valles
porque es hebra de hilado metal.
Nos callamos las horas y el día
sin querer la faena nombrar,
cual se callan remeros muy pálidos
los tifones, y el boga, el caimán,
porque el nombre no nutra al destino,
y sin nombre, se pueda matar.
Pero cuando la frente enderézase
de la prueba que no han de apurar,
al mirarnos, los ojos se truecan
la palabra en el iris leal,
y bajamos los ojos de nuevo,
como el jarro al brocal contumaz,
desolados de haber aprendido
con el nombre la cifra letal.
Los precitos contemplan la llama
que hace dalias y fucsias girar;
los forzados, como una cometa,
bajan y alzan su “nunca jamás”.
Mas nosotros tan sólo tenemos,
para juego de nuestro mirar,
grecas lentas que dan nuestras manos,
golondrinas -al muro de cal,
remos negros que siempre jadean
y que nunca rematan el mar.
Prodigiosas las dulces espaldas
que se olvidan de se enderezar,
que obedientes cargaron los linos
y obedientes la leña mortal,
porque nunca han sabido de dónde
fueron hechas y a qué volverán.
¡Pobre cuerpo que todo ha aprendido
de sus padres José e Isaac,
y fantásticas manos leales,
las que tejen sin ver ni contar,
ni medir paño y paño cumplido,
preguntando si basta o si es más!
Levantando la blanca cabeza
ensayamos tal vez preguntar
de qué ofensa callada ofendimos
a un demiurgo al que se ha de aplacar,
como leños de holgura que odiasen
el arder, sin saberse apagar.
Humildad de tejer esta túnica
para un dorso sin nombre ni faz,
y dolor el que escucha en la noche
toda carne de Cristo arribar,
recibir el telar que es de piedra
y la Casa que es de eternidad.

LA OTRA

Una en mí maté: 
yo no la amaba. 

Era la flor llameando 
del cactus de montaña; 
era aridez y fuego; 
nunca se refrescaba. 

Piedra y cielo tenía 
a pies y a espadas 
y no bajaba nunca 
a buscar «ojos de agua». 

Donde hacía su siesta, 
las hierbas se enroscaban 
de aliento de su boca 
y brasa de su cara. 

En rápidas resinas 
se endurecía su habla, 
por no caer en linda 
presa soltada. 

Doblarse no sabía 
la planta de montaña, 
y al costado de ella, 
yo me doblaba… 

La dejé que muriese, 
robándole mi entraña. 
Se acabó como el águila 
que no es alimentada. 

Sosegó el aletazo, 
se dobló, lacia, 
y me cayó a la mano 
su pavesa acabada… 

Por ella todavía 
me gimen sus hermanas, 
y las gredas de fuego 
al pasar me desgarran. 

Cruzando yo les digo: 
Buscad por las quebradas 
y haced con las arcillas 
otra águila abrasada. 

Si no podéis, entonces, 
¡ay!, olvidadla. 
Yo la maté. ¡Vosotras 
también matadla!

UNA PALABRA

    Yo tengo una palabra en la garganta
y no la suelto, y no me libro de ella
aunque me empuja su empellón de sangre.
Si la soltase, quema el pasto vivo,
sangra al cordero, hace caer al pájaro.
    Tengo que desprenderla de mi lengua,
hallar un agujero de castores
o sepultarla con cal y mortero
porque no guarde como el alma el vuelo.
    No quiero dar señales de que vivo
mientras que por mi sangre vaya y venga
y suba y baje por mi loco aliento.
Aunque mi padre Job la dijo, ardiendo,
no quiero darle, no, mi pobre boca
porque no ruede y la hallen las mujeres
que van al río, y se enrede a sus trenzas
o al pobre matorral tuerza y abrase.
    Yo quiero echarle violentas semillas
que en una noche la cubran y ahoguen,
sin dejar de ella el cisco de una sílaba.
O rompérmela así, como la víbora
que por mitad se parte entre los dientes.
    Y volver a mi casa, entrar, dormirme,
cortada de ella, rebanada de ella,
y despertar después de dos mil días
recién nacida de sueño y olvido.
    ¡Sin saber ¡ay! que tuve una palabra
de yodo y piedra-alumbre entre los labios
ni poder acordarme de una noche,
de la morada en país extranjero,
de la celada y el rayo a la puerta
y de mi carne marchando sin su alma!

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