7 Poesía más Poesía: Carilda Oliver Labra y Alejandra Menassa de Lucia

CARILDA OLIVER LABRA

BIOGRAFÍA

Carilda Oliver Labra es una de las más importantes poetisas cubanas contemporáneas, reconocida internacionalmente. Doctora en Derecho Civil. Además de ejercer su profesión como abogada, trabajó también en la biblioteca pública Gener y del Monte, de Matanzas, y fue profesora de inglés, de dibujo, pintura y escultura.
Nace en la ciudad de Matanzas, el 6 de julio de 1922. Su primer libro, Preludio Lírico, fue publicado en Matanzas en 1943. Y desde 1947 recibe numerosos premios internacionales. Se la incluye en diferentes antologías y tiene más de cuarenta libros publicados. En el 2010, se publica por quinta vez Al sur de mi garganta.

La poesía de Carilda Oliver, en todos sus componentes teóricos, debe apreciarse como un canto a la libertad humana, a la defensa de la dignidad de la mujer como sujeto político. Ya sea en los poemas de orden amoroso o en los de carácter épico, el eros de Carilda Oliver desgrana su trascendencia hacia los otros y su prospectividad por medio del amor. Por ello la vejez no puede derrumbar al eros, el envejecimiento físico está lleno de significado sexual y social, ya que para Carilda el sexo es una fuerza que unifica y sostiene a la sociedad.

En 1985, responde a una entrevista del poeta periodista Manuel Díaz Martínez para la revista Cuba Internacional.
“Ella tenía ya el Premio Nacional de Poesía, el elogio de Gabriela Mistral y el amor de todos.
El dialogo debía ser para todos y le rogué a Carilda que lo empezara por Matanzas,
“Hablar de Matanzas me resulta difícil. Es como si me preguntaran sobre mi madre. Pero a un periodista siempre hay que responderle, y más si es poeta y capaz de incluir cualquier respuesta. Nací aquí hace más tiempo del que quisiera, aunque menos de esa eternidad que deseo vivir”.
Durante algún tiempo, en el siglo pasado, Matanzas fue el centro de la poesía cubana. Después dejó de serlo, pero siempre se mantuvo como plaza fuerte bien defendida por poetas notables.
“Este paisaje humano persiste en acompañarme. Cuando pienso en Matanzas evoco inevitablemente a Antonio Guiteras, en casa, con ojos y sueños azules, y lo vuelvo a ver en su lucha antiimperialista cayendo hacia el Morrillo; y se empatan con este recuerdo otros de la lucha, de la revolución. Suenan los tiros en el mediodía, cuando el ataque al cuartel, y otra vez está Reynold García manejando aquel camión: vuelve Julián Alemán, libre sobre torturas y vejámenes, porque ya es una palma, una piedra, una aurora de Matanzas. Y todos ellos se entremezclan: Armando Huau, Enrique Hart, René Fraga, Sandarán, Fraklin Gómez, Horacio Rodríguez, Bayona, Tejeiro y no sé cuántos más… Que los vi nacer, que los vi crecer, que reían en mis ojos, que se paraban en la esquina, que eran nuestros. Todos ellos, más que la bahía o la Loma del Pan, más que la Cumbre o la Catedral, más que el Teatro Sauto o el Palacio de Junco, todos ellos son Matanzas. ¿Irme de aquí? Sería como quedarme sin mí misma”.

Al preguntarle por el amor, Carilda, lo define así…El amor es siempre un modo de salir de nosotros y entrar en otros para ofrecer algo, no para quitarlo.

Carilda en su juventud.

En cuanto a la revolución
“Es un fenómeno económico, social, político, cultural, histórico, de cuya importancia empieza ahora a darse cuenta el mundo. La interrelación entre revolución y cultura y, por tanto, entre revolución y arte, es polivalente. Si bien la revolución está fecundando nuestra cultura, sin esta estaría aquella ayuna de los más eficaces métodos para su evolución. Martí ya lo dijo: “Ser cultos es el único modo de ser libres”. La frase entraña todo un tratado materialista, a pesar de su aparente sencillez. La Revolución ha permeado a los artistas en tan sabia y profunda manera que estos, espontáneamente, han devenido protagonistas de su misma fuerza. El creador, en cuba, posee una autenticidad poderosa al expresarse, porque cree en lo que dice y quiere sostenerlo no sólo en su tinta, sino con su sangre. Y esta profesión de fe, este cotidiano oficio combatiente alimentan y enriquecen el don creativo y trascienden en el producto final de la experiencia artística. La Revolución Cubana es un portento biológico: con más futuro que pasado”.

Carilda con Fidel Castro.

En otra entrevista por el periodista Luis Sexto confiesa, he vivido más de lo que he leído.
-Si fuéramos a fijar en términos matemáticos la respuesta, siguiendo, desde luego, mi personal circunstancia, los libros sólo serían necesarios en un treinta por ciento, mientras que la experiencia vital no podría limitarse a menos del setenta por ciento. Podemos escribir sin haber leído, pero no sin haber vivido, aunque dudo mucho de la calidad del producto en ambos casos. Las dos condiciones son indispensables. En cuanto a mí, afirmaría que he vivido más de lo que he leído.

-En la última décima de su poema dedicado al asalto al cuartel Goicuría, en abril de 1956, usted increpa al verso, al poema, diciéndole: “Tienes que hacer muchas cosas”. Explique qué cosas tiene que hacer la poesía en el mundo?
-Decir la verdad, alabar y crear lo bello, contribuir al gozo intelectual, aliarnos a otros hombres, denunciar la injusticia, enriquecer la vida misma. en una época como aquella, bajo la tiranía de Batista, la poesía tuvo que convertirse en clarín, pólvora, rayo…

-¿podría ser válida una obra poética que evada los temas políticos y sociales…?
-Una obra así será parcialmente válida. Esos temas no son más que la prolongación de nuestra propia individualidad. Ocuparse de uno mismo y no de otros es casi imposible en la creación artística. Ello la haría subjetiva, ensimismada, egoísta.

“Ahora – prosiguió- el creador lucha por conquistas imprescindibles para la superación del hombre, y se le ve en tareas que en vez de limitar su don lo fecundan y vivifican. Los escritores en su mayoría están dando una batalla por el desarme y la paz del mundo. Y ello es más provechoso que cantarle a una puesta de sol. Claro, no hay que excluir el cultivo de la cuerda íntima. Pero un poeta no estará justificado si se pone a cantarle a una rosa cuando su gente y su tierra sufren una catástrofe natural, o las calamidades de una tiranía, o cualquier otro dolor colectivo”.

Yo pregunté intentando colocar algunas espinas en el interrogatorio.
-¿ Y para usted en qué parte de su obra radica lo mejor?

-La respuesta es ardua… máxime cuando nada de lo que he escrito me dejó complacida. No voy a citarle determinados textos. Diría que la zona de mi obra en la cual considero que está lo más acertado, es aquella abarcadora de los poemas en los que, al tratar de expresar el amor erótico, el amor de la pareja, lo integro al amor por todos, al amor universal. La poesía pasa entonces de goce estético a ser una ofrenda colectiva.

-Dicen que Usted es una suerte de noctámbula, que trabaja de noche. ¿ qué encantos tiene para Usted la noche?
-La noche ejerce magia sobre mi. Todos los propósitos para disciplinarme han sido inútiles. Me la paso inventando historietas, fingiendo figuras en las sombras del cuarto, oliendo la albahaca, la dama de noche, el galán que entra por la ventana, interpretando rumores, oyendo grillos inexistentes, y aunque haya ido a la cama temprano termino por levantarme. La noche es cariñosa. Todo ese misterioso mundo, todo ese insondable cosmos, toda esa tiniebla que me sirve de madre, luego se me hace luz dentro.

-¿Escribe sus poemas de un tirón?
-De un golpe, y no puedo agregarles nada después. Eso sí, vuelvo a releerles varias veces, en distintos días, y a cada nueva lectura les quito alguna línea hasta llegar a lo más sobrio y económico posible.
-¿Ha estado mucho tiempo sin escribir: digamos, una semana, un mes?
-Frente a grandes cataclismos espirituales estuve muchos meses sin escribir. Cuando toda mi familia abandonó el país, no logré poner una letra en dos años. Cuando perdí a mi esposo, en septiembre de 1981, no pude escribir hasta abril del siguiente año. entonces, de un tirón, hice un libro dedicado a él: “Se me ha perdido un hombre”, texto que desarrolla todas las formas de la versificación española.
“No soy una escritora disciplinada: nunca he podido trabajar a diario. pero cuando llevo tiempo sin hacerlo me consume una desazón extraña, una inconformidad ante todo…”

-Hay quienes opinan que el “poema político” está reñido con los valores propiamente estéticos. ¿Cuál es su criterio?
-El coloquialismo tan saludable y eficaz, que vino a cerrarnos de ciertos amaneramientos de la forma y de estereotipos intelectuales, también por hacerse retórico y despojarnos de ese misterio, de esa colosal explosión mágica con que enciende y abisma la poesía. Estamos ahora recuperando la metáfora, las asociaciones imprevistas, los recursos del estilo, los inefables apoyos de la imaginación y del lenguaje. Estamos aventurándonos en un nuevo cauce, pero ya se avizora el peligro de aquellos que quieren reencarnar en Lezama y no advierten que este fue un creador extraordinario, con una cultura bien asimilada, imitarle con suerte es totalmente imposible. Los jóvenes deben de hallar su propio camino.
-Sucede que la llamada poesía política es más difícil de concebir y realizar. Eso no significa que esté reñida con los valores puramente estéticos sin los cuales no existe obra de arte. si fuera así ningún poema político hubiera alcanzado alta estimación; y ahí tenemos las maravillosas creaciones de Martí, Neruda, Vallejo, Miguel hernández, Guillén, Maiakovsky y unos pocos más.

No es nada nuevo asegurar que el poeta es testigo de su tiempo y que su voz debe convertirse en diana y disparo cada vez que el mundo en que se mueve así lo requiera. Nuestro oficio será más noble en la medida en que seamos más útiles. esa herramienta que es la pluma sólo trascenderá si la usamos para defender las causas justas. Debemos aspirar a que la sustancia sea tan bella como la forma.

POESÍA.
“En esta conjura de los cepos,
de las pinzas;
en este imperio de pústulas,
en esta ronda de la sed y el látigo,
socórreme.

Yo no tengo más que tu espada
y tu consolación.
Yo no tengo más que tu seña y tu libertad
Baja a mí para los otros”.

Abel Prieto, ministro cubano de Cultura; Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); Antón Arrufat, poeta, narrador, dramaturgo y ensayista cubano, junto a otros prestigiosos intelectuales cubanos agasajaron a Carilda Oliver Labra, Premio Nacional de Literatura, en su natal ciudad de Matanzas, Cuba, el 6 de julio de 2017, en ocasión de su cumpleaños 95. ACN FOTO/Roberto Jesús HERNÁNDEZ/sdl

Sustento el criterio, compartido modernamente por tantos, de que la poesía será más comunicativa en cuanto su temática interese a un número superior de personas y aparezcan en un molde idóneo para su aprehensión intelectual. Claridad y sencillez pueden ser normas pero esto no quiere decir que el lenguaje pierda su encanto lírico, su audacia, sus secretos inexplicables.
Sólo así alcanzará valores sociales que la hagan válida como portadora del mensaje oportuno en estos momentos de grandes confrontaciones ideológicas.
La Poesía puede y debe ser idóneo instrumento para despertar conciencias, mover voluntades, esgrimir razones. Porque, finalmente, como obreros de la palabra que somos, la tarea más importante es la de servir, de acuerdo con nuestras posibilidades de creación, al progreso y a la felicidad del hombre.

Carilda Oliver Labra con su esposo Raidel Hernández.

POEMAS

LA VIOLETA COMBATE


Si de niña –casi mala-
me entretuve en la libreta
simulando ser poeta
y luego quedé sin ala,
si cada sueño me tala,
si me hablan siempre de…,
si mi familia se fue
a doler bajo la nieve
¿soy feliz o no se atreve mi corazón?
Si en la soledad que rijo
para dárselo a la espada,
a la flor (ya es tarde y nada)
no me dio la carne un hijo;
si perdí en el acertijo
no me canso, no me hundo,
destilo un beso profundo,
salvo el odio, curo herida;
me vuelvo tierra parida
y madre de todo el mundo.
Si con la última gota
queriendo ser sangre aún
me diste, padre, un zunzún,
si de tu mano ya ignota
que me tiró la pelota
no he sabido ni sabré,
si del seno que mamé
sale imposible mi suerte,
si me ha citado la muerte:
¿estoy viviendo de qué?
Si el amor me hizo una cruz
y sigo aquí mal clavada,
si me ha durado la almohada
lo que al ciego pobre de luz;
si arranco del avestruz
una pluma y me la como,
si fuego cargo por lomo,
si me patea un suicida,
si cuando estudio la vida
no encuentro el segundo tomo….
¿Qué hago con sangre y luna?
¿cómo disimulo el lío?
¿dónde quitan tanto frío?
¿cuándo viene la fortuna?
¿quién me acuesta en esa tuna?
¿cuál es mi sombra además?
No me nieguen el quizás,
no me ensucien lo que brota,
no me tomen por idiota,
no me respondan: jamás…
Algún dolor extraviado
me cayó en el sentimiento.
Llévatelo de aquí, viento.
Melancolía es pecado.
Cosas, cosas del pasado
hay que dejarlas volar.
Aún tengo guiño, lunar.
Si el ayer me vuelve vieja,
si me prostituye la queja
voy y los tiro en el mar.
Porque el débil todo lo pierde,
cualquiera llega y le priva
de la gaviota más viva,
de su derecho a lo verde.
Por eso, batalla, muerde,
oye la verdad que late;
y luego ven al rescate.
Hay que pensar en el futuro:
humilde, a pétalo duro,
ya la violeta combate.

RECADO

Amor, amor de aquí: pásame el brazo
por la cintura. Amor, toca esta frente,
di una frase vulgar, casi inocente,
ríe, ríe después… Tengo un retazo
 
de sol bajo la tela de mi hombro.
Arráncalo de ahí, dáselo a un nido.
Llora como si ya te hubieras ido,
y cállate en el punto en que te nombro.
 
Amor, amor, ¡sujétame esta gota!
( ¿Verdad que se parece a la mar rota? )
Mi corazón para la luz se cierra.
 
Al sur de todo vengo abandonada.
Deténme: estoy muriéndome por nada,
arrepentida de mirar la tierra.

GUÁRDAME EL TIEMPO
Vuelves a renovarme el don perpetuo.
Otra vez eres ése
que me enseñó las señales del alba,
el que salvó una hormiga en el borde del vaso.

Vuelves para pedirme que reúna
la corte de los gatos,
que te ampare de aquel golpe en la nuca,
que te dé mi tristeza como un sorbo,
que te recorte alguna uña,
que me moje de ti,
que te alcance el café,
que no oscurezca,
que me case contigo esta noche otra vez.

Se nos quedaron muchas cosas sin hablar,
Necesitamos una cita,
porque
¿a quién le doy tantas caricias
que sobraron,
aquellas que olvidé ponerte sobre el pecho?
¿A quién le cuento
que he planchado, creyendo que era tela,
tu perfil de muchacho?

¿A quién convido ahora con mis piernas
y le enseño el jazmín que nació anoche,
y le pongo una abeja a que lo pique,
y le saludo la inocencia?

¿A quién le miento y juro,
a quién le tiro un pan contra la oreja,
a quién le digo que lo odio,
y luego, que lo amo?

¿A quién le digo hijo,
y me lo paso por dentro como un trapo?
Sé bien que estás metido en nuestros átomos,
que te mueves en ese aire que espantó estas páginas
que observas desde los retratos,
que te has caído hoy contra mi pecho
y para que seamos uno solo
hasta este propio corazón
me lo has parado;
sé que estoy muerta
soñando que te busco por el cuarto.

Guárdame el tiempo.
Guárdamelo.
Estoy segura de que puedes.
Así no ha de caer la luna
ni tendrás que morirte en la mañana
y el jueves será eterno
y te besaré siempre como el veinticuatro
de septiembre
de mil novecientos ochenta y uno.
Guárdame el tiempo,
guárdamelo.

¡Qué no pase ni un minuto,
que nada ciego nazca,
que no se invente un aparato de tortura
ni estalle otra contienda contra el hombre;
que no cacen más pájaros,
que no se malogre la pureza,
que vuelvas
a ser
y aquel esplendor tuyo se mezcle, poderoso,
a mis harapos!

Guárdame el tiempo,
guárdamelo.
Te lo pido con rabia,
con ternura,
con todo lo que no es palabra.
Para que siempre seamos lo estupendo:
hombre y mujer
girando,
nueva especie del mundo;
ya casi un milagro.
Pues me han salido en la cara tus ojos
y a ti en el rostro mi boca,
y no sé cuando te miro si eres tú quien me mira
ni cuando tú me besas
si soy yo quien te ha besado.

ESTA MEMORIA

Esta memoria
que se cierne como los gorriones
en la rama más alta de mí misma,
este escuchar la noche
cuando hace sombra y el perfume
persiste en su influencia,
esas costumbres tuyas
en la casa,
húmeda del ensueño y la porfía.

La casa donde amabas tu inocencia
sigue guardando
esos primores de ceniza,
sigue con tu respiración flotando. A cuestas
trae los fantasmas pensativos:
está mi padre
rodando entre las cosas
( quería decirme: ¡hija,
al fin nos conocimos!… )
Y han vuelto algunos pétalos
que de un botón remoto habían caído.
Ha vuelto todo el tiempo
que borramos,
en este instante en que repito tu nombre
y sin embargo no es latido.
Telarañas me enseñan donde tengo
olvidada la nuca.
Está sin sábanas el lecho,
en un sillón florece el frío.
¿Cuál es el mago que te trae ahora
y te pone a bruñirme las ojeras,
cuál es el rico
que me da tu cuerpo?
Ya no es posible hallarte en remolinos,
la sorpresa sería
comerte con los ojos.

La casa,
la casa enorme con soledades y heliotropos,
lúgubre, vacía,
la casa centenaria sigue goteando
sobre mis heridas.

Arrancaré el azogue de todos sus espejos
buscándote.
Arrancaré las cenefas, los umbrales,
buscándote.
Arrancaré los muebles, los mosaicos,
el sol,
la selva que en el patio ha dado un solo paso,
mi insomnio de leona enternecida;
arrancaré el recuerdo
buscándote,
y he de encajar de nuevo en tus costillas.

Arrancaré los rincones de la casa,
la casa,

la casa donde nos podrimos.
Ha de quedar algún pedazo tuyo entre raíces,
alguna vibración de tus entrañas,
algún cabello que cayó de pronto
y luego fue un hilo de agonía,
el dejo de tu voz entre las horas:
ha de quedar el giro de tu mano, al fin, llamando:
algo espantoso y bello.
Y yo sabré quien eres,
yo te reconoceré
de rodillas ante el grifo del agua,
yo te reconoceré
aunque sea por el gusto del fango;
y te daré por muerto entonces,
devastado este reino;
pero tranquila,
en orden,
porque tendré el consuelo
de imaginarte a salvo de los hombres.

HABLO CON TODOS

Hablo con todos: ciegos y morados,
malditos, simples, buenos, envidiosos.
¿Quieren oírme?
No vendo mi palabra.
Cójala el podrido, el triste,
el cándido.
Hablo con todos:
con obreros, damas,
enfermos, rebeldes, prisioneros, vagos;
con repartidores de la harina
y con maromeros de la sien.
¡Vengan a decirme qué cosa es lo que quieren!
Será fácil. Al carpintero le daré el rocío,
al de la carne un girasol,
una broma celeste al funerario.
Dejo la punta del mar al estudiante,
temblores a la monja,
para la viuda el pez,
al panadero un libro,
mi anillo a la ramera.
Hablo con todos…
Si se asustan, si sollozan
me abro el pecho y los pongo en el tumulto
revuelto de la gracia,
y aquí se quedan
llenándome de amor con sus arterias
de combatientes clandestinos,
de partidarios de la luna,
de comerciantes, jueces o mineros.
Hablo con todos,
porque soy esta muchedumbre convergiendo,
esta gente que come calabaza
y orina desconsuelo,
estos desamparados que transitan por la calle
en una paz augusta que conmueve,
estos necesitados que no piden
sino que alguna vez al fin les llueva,
éstos que ni lo saben
pero son
enamorados, fundadores, héroes.
Hablo con todos,
sí,
con todos;
con los que burlan el fisco
y la azucena,
con los que tocan el violín,
con los que rezan para que les caiga un testamento.
Hablo con todos.
Y mientras digo todos también hablo conmigo
porque yo soy nosotros.

ME DESORDENO AMOR, ME DESORDENO

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada;
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

BUSCO UN HOMBRE

Busco una enfermedad que no me acabe
sino el dolor constante de la vida:
algo para fingir que estoy dormida
detrás de este temblor de escarcha grave.

Busco un agua cósmica que lave
la lágrima terrible que me oxida;
busco el morir distinto, y voy herida
por la pena vulgar que nadie sabe.

Y así me marcho, sonriendo a todos,
luminosa de gracia y desventura,
con el secreto horror hasta los codos;

callándome en el verso y en la prosa,
para que escriban en mi tierra dura:
esta mujer ha muerto de dichosa.

UNA MUJER ESCRIBE ESTE POEMA

Una mujer escribe este poema
donde puede
a cualquier hora de un día que no importa
en el siglo de la avitaminosis
y la cosmonáutica
tristeza deseo no sabe qué
esperando la bayoneta o el obús
una mujer escribe este poema
sin atributos
a desvergüenza y dentellada
fogosa inalterable arrepentida pudriéndose
caemos por turno frente a las estrellas
todos tenemos que morir
no hay nada más ilustre que la sangre
una mujer escribe este poema
qué estúpida la línea que divide sol de sombra
el crepúsculo pasa
acumulándose al final de las azoteas
supimos de pronto de una trombosis coronaria
existes soledad
sonó una bomba
vean si se han roto los lentes de contacto
una mujer escribe este poema
separa quince pesos para el alquiler
mi amigo viejo
se desprende del mediodía por la próstata
bailamos
sigue la preparación combativa
no pasarán
una mujer escribe este poema
como quien ha perdido el tiempo para siempre
creo en el corazón de Denise Darval
hemos ganado porque morimos muchas veces
parece que tengo un derrame de sinovia
no hay tiempo para la poesía
de veras que los frijoles se han demorado en hervir
te juro que mañana presentaré el divorcio
una mujer escribe este poema
cómo hay fantasmas a las siete en mi pecho
entablillé una rama a la areca que está triste
mamá tú no sabes la falta que me haces
si suena la alarma aérea
recojan a los niños que duermen en la cuna
voy a guardar este retrato del Ché
como calló el canario traje un tenor a casa
una mujer escribe este poema
cargada de ultimatums
de pólvora
de rimmel
verde contemporánea lela
entre el uranio
y
el cobalto
trébol de la esperanza
convaleciente de amor
tramposa hasta el éxtasis
tonta como balada
neurótica
metiendo sueños en una alcancía
ninfa del trauma
novia de los cuchillos
jugando a no perder la luz en el último tute
una mujer escribe este poema.

ALEJANDRA MENASSA DE LUCIA

Alejandra Menassa de Lucia nace en buenos aires en 1972 reside en Madrid desde 1976 es medica, especialista en medicina interna, psicoanalista de la Escuela de psicoanálisis Grupo Cero. Es autora de ensayos de medicina y psicoanálisis. Actualmente trabaja en la Clínica de Medicina Integrativa donde es responsable de la unidad de salud mental. Es presidenta de la sociedad de salud y medicina integrativa SESMI. Ha publicado numerosas publicaciones medicas y psicoanalíticas entre las que podemos destacar: Medicina Psicosomática 1, 2, 3,4, en colaboración con la Doctora Pilar Rojas, “Construyendo un líder”, en colaboración con varios autores “La mujer del siglo xxi”, “Doctor por qué no puedo adelgazar”.
Es pintora con múltiples exposiciones.

Alejandra con su padre el poeta Miguel Oscar Menassa.


Desde 2005 es actriz protagonista en varios cortometrajes en las producciones cinematográficas Grupo Cero y también tiene papeles relevantes en los cinco largometrajes de Miguel Oscar Menassa, El medicamento, La invitación del presidente, ¿Infidelidad?, Mi única familia y En defensa propia
Locutora y coproductora del programa 2001 noches y del programa de televisión una cita con la palabra
Integrante de los talleres de poesía coordinados por Miguel Oscar Menassa desde 1990 y coordina Talleres de poesía.

Con los poetas Carlos Murciano y Miguel Menassa


Premios y menciones; premio de la asociación internacional de escritores y artistas al mejor libro de Poesía 2006 , la piel del deseo editorial grupo cero
Premio de Poesia Pablo Menassa de Lucia al premio la muerte en casa
Premio estrella digital al poema criptomemorias
Accesit al premio poeta de de poesía 1992
Premio nueva gente 2001 de asociación de artistas y escritores.

En la caseta del Grupo Cero de la Feria del libro de Madrid junto a la gerente editorial, Carmen Salamanca.

Ha publicado:
Talleres de poesía 1 en colaboración 1995
Primera inquietud 1995 editorial grupo cero
Al oído del viento 1999 editorial grupo cero
La llave de los días 2002 editorial grupo cero
La muerte en casa 2003 editorial grupo cero
La piel del deseo 2005 editorial grupo cero
Universos diversos, editorial al aire, varios autores 2009
Antología internacional de mujeres poetas editorial Grito de Mujer 2014
El hombre que esperaba 2014 editorial grupo cero
Ha publicado en numerosas revistas nacionales e internacionales

POEMAS

SONETOS A TU SEXO V (ADIVINANZA)

Ven a mi cama, amor, reescribamos la historia.
No fue por la manzana que pecamos,
no es la fruta más roja con corazón de nácar
la que nos hizo prófugos de nuestro paraíso.
Tiene las mismas aes y también tres vocales,
pero sabor más dulce y al diente cede blanda.
Me dijeron: no comas, pero te vi desnudo
y elegí, sin dudarlo, la temida condena.
Fue el varón el que indujo al pecado a la bella.
Atributos de Príapo, tu fruta es la prohibida.
Al morderla conocimos del goce, su moneda.
La tentación no tuvo la forma de una esfera,
No fue redonda la causa de la falta primera.
Ven a mi cama, amor, reescribamos la historia.

Inédito

ODA A LA POESÍA

Tú: la forma más pura del lenguaje.
Eres un hombre lúbrico y su semen.
Tú: decantación de la humana historia y su milagro,
su sostén y sus alas,
único acercamiento posible a lo indecible.
Refulgentes como astros se alzan de la tumba tus poetas,
los que moran en tu vientre,
los que haces nacer en plena página,
aquellos que pares cada día a la luz rosada del poniente.
Te arrastras por el barro con el soldado,
te me vuelas de noche con las trapecistas
gozas en la cama de las meretrices,
acompañas insomne las noches de trabajo del galeno,
te pierdes en la luz insistente de la fábrica,
en la luz tenue de los teatros,
en la luz cefálica de las minas.
Haces girar el mundo con tu ritmo,
con tus exhalaciones se pueblan las cantinas,
en tu sangre laten el poeta, el sacerdote y el mendigo.
El agujero por donde se entra al mundo,
no es ese que el pincel de Courbet inmortaliza;
son tus brazos ahuecando la muerte para que el poeta nazca,
son tus piernas abriéndose a la noche para exhalar su alma.
Eres del hombre, su diamante,
su gema maravillosa, pero también, el resto del lenguaje;
desperdicio, vacío que lo hace nacer,
el epitafio del sentido,
la muerte de la razón,
la burla de la carne.
Dama inmortal, hombre sacrílego,
muere el dolor acuchillado, en tu presencia.

Inédito

¿ADÚLTERA?

Leyendo el cuento La adúltera
del Decamerón, de Boccaccio

Nunca entendí mucho los amores únicos.
Jamás leí un solo libro o jugué a un solo juego,
O gusté de una sola comida, o tuve un solo amigo.
Muy niña sumé al amor materno el amor hacia padre
Y ya nunca más pude una sola cosa
Mi corazón es grande, poco hay en mí mezquino
¿por qué habría de ser mezquina en el amor ?
Una amante se produce amando, el amor no se gasta,
se fabrica, cn humano deseo, con trabajo.
Nunca un solo ser colmó toda pulsión.
Nunca un solo ser agotó todo amor.
Tú entendiste, Boccaccio, que la mujer
que tiene las manos rebosantes de caricias,
la boca plena de palabras y besos,
el alma inundada de pasión,
debe darlas ¿Pero quién dijo que
debe ser solo uno el que las tome todas ?
Si es en las conversaciones donde la inteligencia se construye
¿por qué no construir varias inteligencias ?

Del libro: El hombre que esperaba

UNA MUJER INOLVIDABLE

Esto va por ti, alzo mi copa llena de besos,
y brindo por la belleza de tu nombre.
Mujer  hacedora, junto  a él, de pan, de versos y de hijos.
Tú, que te llamas Hipatia, tu padre, Teón,
rechazando creencias de la época,
te hizo ciudadana de la polis,
derecho exclusivo del otro sexo,
confió en tu inteligencia
y te ayudó a encontrar tu órbita
en las ciencias de los astros y los números,
un camino que abrirías tú también para otros,
porque el que tiene un saber y no lo dona,
en él se pudre, y se fermenta, y sus larvas devoran corazones.
Como pago, fuiste golpeada hasta la muerte,
una mártir más, como tantas,
por nada, por mujer sabia, algo que debe de estar
muy cerca del demonio
para la mente enferma y reaccionaria. 
Tú que te llamas Christine de Pizan,
la oscura Edad Media se iluminó
con tu Ciudad de damas,
luchaste porque esa luz de lo femenino
brillara en todo su esplendor.
Heriste de muerte al amor cortés,
Y en la Querella, la inteligencia de ella
se midió con la de él, y después de haberse
dejado vencer tantos años…, hicieron tablas.
Tú que te llamas James Barry,
lampiño de agudo timbre de la armada inglesa.
Tus manos laboriosas de insigne cirujano,
develaron el misterio de nacer por cesárea,
y cuando te enterraron, tus papeles decían: 
 Margaret Ann Bulkley, y todos se asombraron,
ocultando el secreto, y signando tu lápida con
un nombre de varón: James,
pues se debía seguir manteniendo la falacia
de que las descendientes de Eva no estaban
capacitadas para el ejercicio de la medicina.
Tú que te llamas Marie Curie,
un alud de isótopos radiactivos
no hubiera superado tu refulgir.
No sólo fuiste la primera mujer Nobel,
sino que, por si quedaban dudas,
repetiste, hazaña que ningún hombre ha podido emular.
La física y la Química fueron la casa
En la que creció tu perspicacia.
Tu esposo, que urdía contigo magníficos
experimentos, obtuvo su Cátedra en París,
a ti te la negaron, obtusos comensales
de viejos prejuicios apolillados,
no les bastó ni el Nobel para obviar tu sexo.
Alice Guy,
¿Quién no recuerda a los Lumière,
Ellos inventaron el primer proyector,
pero no fue suya la primera película,
fue la dulce Alice la de la idea,
pero ¿para qué decírselo al mundo?
muchas de sus obras, las firmó
su ayudante, un varón de cuyo nombre
no me acuerdo, en las Historias del cine,
omitida en las más,
porque ¿cómo iba a ser pionera del cine una mujer?
Ada Byron, tu madre te alejó de la poesía,
hija de universal poeta maldito, por amor a tu padre,
descubriste la poesía de la matemática,
de tus manos laboriosas,
nació el primer software,
la informática moderna es hija de tu ciencia.
Pero ¿quién te conoce?
había que silenciar el femenil ingenio,
como estas tantas, tantas…,
y cada una, cada día, voz silenciada,
grita más alto, escribe más alto,
deja intensa, la huella de tu paso:
¡Es un pie de mujer! ¡Grita bien alto!

DESNUDO

Desnudo eres hermoso como una lágrima de luna,
desnudo eres azul y te confundes con la noche.
Desnudo te pareces a una roca tallada por la mano
de un dios concupiscente.
Todo es en ti belleza,
y yo que no puedo dejar de nombrarte,
yo que al juntar mis párpados te veo aparecer
y me encegueces,
yo que guardo tu imagen prendida en mi retina
incandescente,
yo que te esperé siempre,
yo que te llamo desde las nubes del cielo o del infierno…
¡Asáltame esta noche!
atraviesa los puentes de mi anhelo,
derriba las cancelas de mi sexo,
rómpeme el corazón en mil fragmentos
¡Llámame puta y noche, y misterio!,
llámame amor, dime que sí
y estarás muerto:
no se rinde la araña cuando atrapa a la mosca
en su seno;
no se rinde en tu sangre mi veneno
vamos dime que sí, mi amor.
Desnudo eres hermoso como un verso,
desnudo eres mi aliento.

SONETO A TU SEXO IX

Ya sé que le han cantado a mi sexo de mujer los más altos juglares,
le han hecho versos de oro y han declamado virtudes y beldades.
Eso es lo conocido, pero ¿qué vate canta al tuyo, amado mío?
Yo, porque no hay otra, yo soy la poeta que te amó hasta al fondo.
Yo he de cantarte a ti, mi maravilla, sable precioso,
espiga maldorada, que el viento del deseo lleva y trae.
Eres batuta de la orquesta mía donde mueren de placer los músicos.
Eres la torre de las agonías, vientre con vientre, me trago tu fantasma.
Vivo en las gotas tenues que destilas y en el mar de mi boca tu pez ríe.
Me alimenta tu sed, en tu deseo crecen las altas nubes de mi clímax.
Tu sexo, que es lo activo, lo que avanza a pesar del silencio o de la ruina.
Tu sexo que perfora mis esquinas, al que hablo y a oírme se levanta.
Tu sexo de almidón y de esperanza, tu sexo con su ropa de domingo,
dimensión de mi goce, mi delirio, tu sexo de varón, entre mis fémures.

Inédito

CUBA LINDA QUE RECIBISTE MIS 44 AÑOS

Cuba, te soñé muchas noches,
canté bajo tus estrellas imaginadas,
rocé a Carilda con besos oníricos.
Tuviste que esperarme 44 años
¿qué amante espera eso?
Tú me esperaste, isla de dos estaciones:
Una seca, donde el calor abrasa.
Una húmeda, donde todo crece, también el amor.
Recorrí la calzada de Tirri en la penumbra,
escribí un verso en sus paredes.
Y sueño a sueño, llegué hasta tus labios
y me inundó la alegría de un anhelo consumado.
Amo tu son, tu desparpajo de mujer lúbrica.
Amo tu fuerza de varón y la altura inalcanzable
de tu rebeldía.
Malecón sonoro, Matanzas, cuna de poetas,
Habana, resto de belleza decadente:
contraste final entre lo que cae y lo que resiste.
Salgo del hospital donde reina la ciencia,
donde el saber se cede por unas pocas monedas
y un carro de generosidad.
Gente linda, para ellos se acuñó la palabra humildad.
Tienen todo de lo que jactarse, pero no se jactan, hermano.
Me encuentro con un hombre desdentado.
Es joven aún, pienso. Enjuto de comer lo justo.
Sonríe a pesar de todo.
Habla dos idiomas, perfecto español y portugués,
El estado lo paga: 5 años de estudios superiores.
También paga su terapia con ozono,
padece retinitis pigmentaria: estaría ciego sino.
Otra ronda de salud y educación,
que Fidel paga, porque Fidel no ha muerto,
vive en el corazón de los cubanos.
Este hombre viste trapos y un honor imposible en Europa.
Su tesón me doblega.
Me dice que su sueldo son 10 cucs,
Acabo de gastar eso para comprar una tarjeta
para conectarme a internet por 5 horas.
Un compañero le tiende los 10 cucs:
Tómalos.
Dice: “no, yo soy tu amigo”. Lloro.
Pueblo digno, la dignidad es vuestra bandera.
No se agacha el cubano ni se rinde.
Y lo he aprendido: no me agacho ni me rindo.
Me dais una lección a cada paso.
La belleza no tiene edad en Cuba.
Una poeta de 94 años tiene tanta luz
en la mirada que deslumbra.
¿Y yo voy a aprender a amar la vida
de una mujer de 94 años que piensa
que morir es indecente?
Carilda. Recitas aun con lascivia, para mostrarme
que el deseo no cae, y que se muere amando
si se es poeta. Y declaras de una manera indecorosa
¡qué bella que es la vida!
La libertad huele a Cuba.
Bodeguita de en medio, Floridita de Hemingway
Donde nos conduce un abuelo con su nieto a los hombros:
Imagen viva de que después de la vejez
siempre llega la juventud aquí en Cuba.
Mirta, Silvia, Anita, Rodolfo, Roy, Goberna.
Me habéis mostrado hasta lo que ignorábais.
Aquí la medicina está hecha para cuidar al paciente,
vieja Europa ya no sabe de eso,
hace mucho que la Medicina está
hecha para cuidarse del paciente.
La pipeta y el microscopio se unen aquí al amor,
porque no basta curar a unos pocos, hay
que enseñarle al mundo como curar a todos.
Clínica e investigación: dos caras de la misma
moneda.
Vosotros no me habéis trasmitido sólo ciencia,
me habéis trasmitido el deseo.
Y yo os amo por eso.
Y detrás de todo estás tú,
mi amor, motor de este viaje,
en cada verso, porque yo también,
además de médico, soy mujer
y el deseo me quema.
Dos de la madrugada en Madrid,
y aquí en concubinato con el poema.
Arroz con gri y un vasito de ron
tan fuerte que no puedo terminarlo,
para brindar por Cuba, la bella,
por la dignidad humana, por la libertad
y por la revolución ¡y al carajo mis 44 años!

Inédito

UN CADÁVER

El inspector halló el cuerpo en el sueño,
no había señales de violencia.
Inspeccionó puertas y ventanas,
Ninguna pista allí.
Interrogó a todos los habitantes de la casa,
Nadie había visto a la muerte pasar.

Concluyó: no se puede afirmar que la muerte
haya estado en el lugar de los hechos.

Hubo un único silencio
y varios ojos abiertos
de desmedido asombro.

Pero Sr. Inspector, replicó la cocinera,
no hay dudas de que el señor está muerto,
permanece inmóvil, no respira,
su tez toma un color que se asemeja
bastante al de un cadáver.
Debo decirle que he visto muchas
Personas en semejante embarazosa situación.

¡Cómo se le habrá ocurrido morirse
un día jueves, en en pleno mes de Abril!

Disculpe, Sr Inspector, añadió el jardinero
está más muerto que el cedro libanés
que se secó en verano
y el Sr. No quiso que retirara
a los dos les ha abandonado la savia/sangre,
ya nunca más sus ojos/hojas verán el sol.

La dolida esposa añadió
solamente una frase:
hemos conseguido por fin
que algo se ponga tieso en esta casa.

Está bien, pueden creer si quieren
en el testimonio de sus sentidos
pero debo decirles, continuó el inspector,
que modernas teorías nos advierten
sobre los peligros de confundir
la muerte con la muerte.

Es posible que lo que vemos
sea un cadáver,
pero nunca sabremos si se murió de muerte.

Libro: La muerte en casa

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

6. Poesía más Poesía: César Vallejo y Carmen Salamanca

CESAR VALLEJO

BIOGRAFÍA

¿CESAR VALLEJO HA MUERTO?
publicado por primera vez en la Revista “El Indio del Jarama” Nº 5 y Luego en las 2001 Noches nº14

Los años más intensos de la vida de César Vallejo, los de su poderosa creatividad y su más desalmada contingencia, hay que buscarlos entre paréntesis de hierro (dan ganas de decir: de hierro y muerte y destrucción y lágrimas) de este complejo siglo XX que agoniza: la terminación de la Primera Guerra Mundial (1918) y el comienzo de la Segunda (1939).

Había nacido en Santiago de Chuco, departamento de La Libertad, al norte del Perú, y fue bautizado en la parroquia del barrio de Cajabamba un 19 de mayo y con los nombres de César Abraham. Era el año en que se cumplía el IV Centenario del descubrimiento de América y también en el que moría el poeta estadounidense Walt Whitman.

Provenía de origen humilde y en ese modesto medio andino se desarrolló su infancia, su primera juventud inquieta con diversos ganapanes que lo reducían a una vida austera.

No sin serias dificultades económicas y con interrupciones a causa de ellas, sigue estudios universitarios de Filosofía y Letras así como de Derecho. En los intersticios de estas formaciones académicas se emplea tanto de ayudante de cajero en una hacienda azucarera o enseña materias elementales en algún centro escolar.

En Trujillo entra en contacto con un grupo de contestatarios románticos entre los que se encuentran el poeta Antenor Orrego y el que sería fundador del movimiento populista APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre. Corre 1916: sus primeros poemas, líricos y láricos, se publican en periódicos de Bogotá (Colombia) y Guayaquil (Ecuador). Son veloces años de amores y lecturas, de contacto directo con gentes de la tierra, de recitar sus versos en espacios públicos, de recibir las primeras palabras de reconocimiento y elogio y también las primeras críticas ácidas y reseñas burlonas.

César Vallejo en su juventud.

A esas exteriorizaciones les acompaña, sin embargo, un rosario de pérdidas: la muerte de su queridísimo hermano Miguel, la ruptura amorosa con María Rosa Sandoval, la muerte de su madre María de los Santos. Esto hunde a Vallejo en una desesperación que sólo encuentra relativo cauce en sus escritos, en sus conferencias, en la vehemencia con que establece sus amistades, sus nuevos intereses culturales y políticos, su avidez desasosegante de investigaciones literarias.

Y se abre el paréntesis: 1918. Viaja a Lima donde conoce a José Carlos Mariátegui, lúcido revolucionario marxista que impulsa una lectura de la lucha de clases adaptada a la altura y dinámica de cada pueblo. Mariátegui dirige la revista Nuestra Época donde Vallejo colabora. En su célebre libro «Siete ensayos…», relevando el panorama de la escritura del Perú, Mariátegui señala la potencial capacidad poética de Vallejo. A su vez, nuestro poeta entrevista a varios intelectuales de su país y queda profundamente impresionado por el trato que recibe de Manuel González Prada, escritor orgánico anarquista. González Prada le transfiere no sólo un intenso afecto casi paternal sino que le empapa de su combatividad infatigable, su cualidad humanística de abrir brechas en la intolerancia y, lo quizá esencial para la inmediata obra de Vallejo, su repudio activo contra todo avasallamiento y todo despotismo colonial.

Firmado inicialmente con el nombre de César Perú, que luego modifica por el suyo propio, entrega los originales de «Los heraldos negros» a imprenta: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!» El libro aparecerá a mediados del año siguiente (por las naturales vicisitudes de todo libro autogestionado por su autor) pero con pie de imprenta de 1918. En el mundo, el pavoroso clima de guerra desatado en 1914 parecía amainar. Nuevos sueños humanos de paz duradera y existencias productivas titilaban en los horizontes.

Vallejo con miembros del Grupo Norte

Le daban duro con un palo y duro también con una soga

Pero el mundo y las relaciones entre los hombres no iban a cambiar como por arte de magia. Había que concretar el sueño antiguo de la humanidad. Pensamiento y acto serian indiscernibles.

La cultura de la agonía se ponía en tela de juicio. Ya no más dolor gratuito, penosa postergación, destino inmodificable. Ética y estética serían una sola y misma cosa. La vida sería bella porque el hombre la haría con sus manos.

Algunos interpretan los sucesos por los que Vallejo fue a parar a la cárcel de Trujillo y donde estuvo preso 112 días (entre los años 1920/1921) como la consecuencia de la represión policial a una algarada estudiantil. Para Vallejo, ese encarcelamiento resulta una situación disparadora que le moviliza profundamente. ¿Cuánto debe el «hermetismo» de «Trilce», su poemario gestado en su totalidad entonces y publicado en 1922, a esta situación depravante y persecutoria? ¿La radicalidad experimentadora de esa poesía y su ímpetu hacia la ruptura de una lógica de las estructuras literarias vigentes, del académico poder seductor y sojuzgador de una lengua consagrada, cuánto no tendrán que ver con el resultado subversivo del poemario? Un poeta no sufre sólo como un hombre. Sufre como si fuera un conjunto innumerable de hombres. «Trilce» podría ser efecto de esta perceptividad exquisita de Vallejo aherrojado antes que un objeto lingüístico puesto a destrozar exóticamente la formalidad vigente.

Cuando corren rumores, después de su salida de la cárcel bajo libertad condicional, de que su juicio sería reabierto, Vallejo embarca hacia Europa. No regresaría jamás a su Perú natal.

El mundo está convulsionado. Hitler es un embrión amenazante sobre las ruinas de una Alemania devastada e inflacionaria. Marchan los fascistas sobre Roma. Stalin es Secretario General del PC soviético. Comienzan las purgas. Los artistas, como hombres que son, rechazan el viejo orden estético: Dadá rompe todo lo que encuentra como engañoso a su paso y los futuristas celebran con loas la implacable evolución industrial de la posguerra. Hay un sujeto desconocido más allá de la razón fracasada, de la lógica científica, del diseño de estado y la ilusión creada. Esa es la Europa crispada a la que arriba César Vallejo.

Entre Francia y España pasará sus agitados años de poeta pobrísimo. Entre París y Madrid, esencialmente. Presencia el surgir de la generación poética del 27 bajo la dictadura de Primo de Rivera. Vive con emoción el nacimiento de la República Española en 1931. Milita, activa, escribe y polemiza en la dramática tensión que crece como amenaza polarizante. Se identifica con el hombre del pueblo, con los sin-nada, con los don-nadie. Elige al antihéroe clasista contra el superhombre racial teutónico o romano. Y en un lenguaje inaugural que pone en movimiento desconocidas fuerzas del idioma, César Vallejo desde su posición intrascendente y casi desconocida (sólo Juan Larrea, José Bergamin y Gerardo Diego auscultaron con respetuosa admiración su grandeza poética en España) da testimonio de un hombre desnaturalizado por la marginación, silenciado por la censura sistemática, postergado y mal interpretado en su sueño humano.

El resto que viene nos obliga a tender un fresco manto de comprensión sobre tanta sensibilidad apaleada y ensogada: míseras colaboraciones periodísticas, pensiones parisinas cada vez más modestas en compañía de su mujer Georgette, viajes reveladores como cronista sin salario a la URSS, hospitales y salud precaria y hambre de comida real. Escribe en defensa de la causa republicana española mientras vaticina el inevitable fratricidio de la Guerra Civil. Y como a España, también a él se le abren antiguas llagas, fiebres y temblores. Agotado, extremadamente consumido por una vida feroz, muere el 15 de abril de 1938 en París. Sus «Poemas humanos» que compilan sus textos de esta última etapa aparecen como homenaje póstumo en julio de 1939. Se cerró así el otro paréntesis de hierro que aherrojó su vida. En medio queda la desesperante vitalidad actual de un poético y emocionante y transformador.

Reseña realizada por el poeta Poni Micharvegas

1938: «CESAR VALLEJO HA MUERTO»
publicado en la revista “Las 2001 Noches” nº14

Como él mismo lo dijo, por anticipado, en un poema tan legítimamente memorable como visionario: “Piedra negra sobre una piedra blanca”, falleció en París pero sin aguacero, y no un jueves sino un viernes santo. A las 9 y 20 horas del 15 de abril de 2019 se cumplieron ochenta y uno años de su muerte. Y sin embargo, cuánta vida nos ha seguido dando.
Mi descubrimiento personal, hondo e íntimo, de César Vallejo (1892-1938), fue para mí un acontecimiento extraordinario. No sólo porque me ocurrió en plena adolescencia —alrededor de los quince años— sino también porque, no disponiendo en aquel entonces de ningún antecedente intelectual, literario o académico de ningún tipo, mi primera percepción de su enorme, profundísima poesía fue absolutamente inocente, sin posibilidad concreta de prevención o preconcepto alguno. Y también aislada, individual, como lo son todos los grandes descubrimientos primigenios. (¿Está de más reiterar aquí que algo muy similar me aconteció, casi contemporáneamente, con Roberto Arlt?).

César Vallejo en París.

Durante mucho tiempo intuí, sin haber reflexionado sobre el punto, que esa revelación conmocionante se debía a un fulmíneo contacto con la evidencia —en el sentido de Husserl: vivencia de la verdad— en que su uso de la palabra convertía a un poema. Había allí algo encarnado en lenguaje que iba más allá del lenguaje, humanísimo lenguaje humano. Y el sentimiento, bien de fondo, se contagiaba sin posibilidad alguna de retórica, latente en su palabra, viva. Que ello se diera entrañablemente vinculado con dos acontecimientos que también se me volvieron legendarios, siquiera en forma infusa, es decir, la guerra civil española, la lucha de aquellos milicianos, los voluntarios republicanos contra la agresión fascista, vivida como una personal mitología, y el hecho de que en su sangre se mezclaran —todavía de manera inconsciente para mí— lo español y lo indígena, no dejaba de incluirse oscuramente en aquel impacto original.

De tal impronta nace acaso que, todavía hoy, me resulte a veces casi doloroso releer a Vallejo. Como si ese contacto desollado, visceral con una verdad insoslayable, con una hominidad ineludible que resulta entre otras cosas su poesía, no haya dejado nunca, así sea de modo irracional, de aludirme muy personalmente. Con los años, por supuesto, otros ingredientes se fueron añadiendo, y de eso me siento obligado a hablar ahora. Junto con aquella adolescencia fueron creciendo también las búsquedas de la propia identidad. Ser argentino, y por lo tanto latinoamericano, como lo soy por nacimiento, no dejó nunca de enhebrarse con mi condición de hijo de inmigrantes, lo que me unía por mi sangre también con otros mundos. Que, como bien dijo Paul Éluard, «están en éste».
Y fue hace ya varios años, en ocasión de una amplia muestra itinerante organizada por el gobierno autonómico gallego, bajo el significativo título de Galicia en América, que otros elementos se agregaron a esta pequeña historia. Allí confirmé algo que sólo había atisbado antes como leyenda y que, como toda leyenda, no había alcanzado nunca la suficiente precisión. La madre de César Vallejo se llamó María de los Santos Mendoza Gurrionero («de pecho en pecho hacia la madre unánime»), y era hija del sacerdote gallego Joaquín de Mendoza y la india chimú Natividad Gurrionero. Pero no sólo eso. También su padre, Francisco de Paula Vallejo Benites («Mi padre, apenas, /en la mañana pajarina, pone / sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear»), no sólo era hijo de otro sacerdote gallego, José Rufo Vallejo, sino que su propia madre también era otra india chimú, Justa Benites.

Y aunque uno intente resistirse, no hay casi modo de evitarlo. César Vallejo nació en 1892 en una Compostela indoamericana, la peruanísima Santiago de Chuco. Y en su sangre conviven, se confunden, se unifican, por obra del amor o de la pasión que van más allá de toda inhibición, pero no de toda culpa, la morriña insoslayable del gallego trasplantado con la melancolía indeleble del indio sometido. Y los entresijos de la mitología católico-cristiana, ineludiblemente entrelazados con verdaderas, auténticas historias de amor, junto con todo lo que arrastra haber nacido de sangre indígena en el mismísimo meollo del Perú de los Incas.

¿Es posible olvidar, hablando de estos temas, la insoslayable significación que tiene el hecho de que la paradigmática Rosalía de Castro, símbolo vivo pero también históricamente la iniciadora —con la aparición de sus Cantares gallegos— del resurgimiento cultural del idioma (y con él del pueblo) de Galicia, haya sido también hija natural de un sacerdote? Ese desacomodo existencial, social, incluso cultural, con sus impensadas perspectivas, ese pecado original —a la vez seductor y repelente, pero de cualquier manera marca de los dioses— ¿puede no ser vincular, fundamental, inquietante? Y así se lo intente mantener oculto porque, dentro de uno, nada puede volverse más manifiesto que lo latente.

¿De dónde sale si no la «Dulce hebrea» de Los heraldos negros (1918) a la cual se le pide «Desclávame mis clavos oh nueva madre mía!», de dónde la amada que se ha «crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso»? ¿O, incluso, «un viernesanto más dulce que ese beso»? Por supuesto que del lenguaje. (Pero no sólo del lenguaje.) De donde surgió también ese magnífico Trilce que, desde Trujillo, en 1922, agota de antemano muchas de las futuras experiencias de las vanguardias europeas. O aquel que a mí me parece el libro más hondo y tocante —y logrado— que haya producido la guerra civil: “España, aparta de mí este cáliz”, mucho más que póstumo, y no por casualidad escrito por un hijo de América («¡Niños del mundo, está / la madre España con su vientre a cuestas!»). Y alrededor del cual la misma agonía del poeta, casi encarnada en la lumbre del mito, vueltos uno solo destino personal y momento histórico, se vuelve asimismo luminosa evidencia, verbo vivo. (Según otro poeta, su amigo Juan Larrea, las últimas palabras de Vallejo fueron: «Me voy a España». Refiriéndose, por supuesto, a la España republicana, que estaba desangrándose también —al mismo tiempo— en su agonía final.)

¿De dónde salen, digo? De la lengua humana, empapada de vida y también fuente de vida, vida ella misma, instintiva y orgánica, cargada de los humus nutricios de la pequeña historia y de la gran historia, pero también de los instintos y los sueños, de las ansiedades y los deseos de los hombres.

De un hombre capaz de ser, a la vez, él mismo y todo lo humano, lo más humano de lo humano, de ser único y general, al mismo tiempo, entre todos los hombres, junto a todos los hombres.

La de César Vallejo no es una voz unánime, sino prójima, íntimamente próxima. (Qué otro, sino un gran poeta como él, podía habernos dejado por ejemplo esa sucinta clase —magistral— de economía política: «la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre… »).

Me enorgullezco limpiamente de saber que el primer hombre que me hizo descubrirme latinoamericano llevó en sus venas la sangre de mis antepasados campesinos, y también la noble sangre de los primeros hijos de la América primera, la aborigen, la indígena. Como la lengua, como la vida, toda sangre es espléndidamente mestiza. Sólo la muerte es pura.

Reseña realizada por el poeta Rodolfo Alonso

POEMAS

LOS HERALDOS NEGROS


Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA


Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París ?y no me corro?
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ

Niños del mundo,
si cae España ?digo, es un decir?
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae ?digo, es un decir? si cae
España, de la tierra para abajo,
niños ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
en su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera, aquella de la trenza;
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae ?digo, es un decir?,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!..

TRILCE


Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ¿Está? No; su hermana.

No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA…

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador ?cosa terrible?
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.


EL POETA A SU AMADA

Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

Y SI DESPUÉS DE TANTAS PALABRAS…


¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!

¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da…!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena…
Entonces… ¡Claro!… Entonces… ¡ni palabra!

PARÍS, OCTUBRE 1936


De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

ESPERGESIA

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico… y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
lucidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben… Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda…
Y no saben que el misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

NERVAZÓN DE ANGUSTIA


Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla;
desclava mi tensión nerviosa y mi dolor…
Desclava, amada eterna, mi largo afán y los
dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor!

Regreso del desierto donde he caído mucho;
retira la cicuta y obséquiame tus vinos:
espanta con un llanto de amor a mis sicarios,
cuyos gestos son férreas cegueras de Longinos!

Desclávame mis clavos ¡oh nueva madre mía!
¡Sinfonía de olivos, escancia tu llorar!
Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta,
cuál cede la amenaza, y la alondra se va!

Pasas… vuelves… Tus lutos trenzan mi gran cilicio
con gotas de curare, filos de humanidad,
la dignidad roquera que hay en tu castidad,
y el judithesco azogue de tu miel interior.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que se fue… Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática
un dionisíaco hastío de café…!

MASA


Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

¡ANDE DESNUDO, EN PELO, EL MILLONARIO!


¡Ande desnudo, en pelo, el millonario!
¡Desgracia al que edifica con tesoros su lecho de muerte!
¡Un mundo al que saluda;
un sillón al que siembra en el cielo;
llanto al que da término a lo que hace, guardando los comienzos;
ande el de las espuelas;
poco dure muralla en que no crezca otra muralla;
dése al mísero toda su miseria,
pan, al que ríe;
hagan perder los triunfos y morir los médicos;
haya leche en la sangre;
añádase una vela al sol,
ochocientos al veinte;
pase la eternidad bajo los puentes!
¡Desdén al que viste,
corónense los pies de manos, quepan en su tamaño;
siéntese mi persona junto a mí!
¡Llorar al haber cabido en aquel vientre,
bendición al que mira aire en el aire,
muchos años de clavo al martillazo;
desnúdese el desnudo,
vístase de pantalón la capa,
fulja el cobre a expensas de sus láminas,
majestad al que cae de la arcillla al universo,
lloren las bocas, giman las miradas,
impídase al acero perdurar,
hilo a los horizontes portátiles,
doce ciudades al sendero de piedra,
una esfera al que juega con su sombra;
un día hecho de una hora, a los esposos;
una madre al arado en loor al suelo,
séllense con dos sellos a los líquidos,
pase lista el bocado,
sean los descendientes,
sea la codorniz,
sea la carrera del álamo y del árbol;
venzan, al contrario del círculo, el mar a su hijo
y a la cana el lloro;
dejad los áspides, señores hombres,
surcad la llama con los siete leños,
vivid,
elévese la altura,
baje el hondor más hondo,
conduzca la onda su impulsión andando,
tenga éxito la tregua de la bóveda!
¡Muramos;
lavad vuestro esqueleto cada día;
no me hagáis caso,
una ave coja al déspota y a su alma;
una mancha espantosa, al que va solo;
gorriones al astrónomo, al gorrión, al aviador!
¡Lloved, solead,
vigilad a Júpiter, al ladrón de ídolos de oro,
copiad vuestra letra en tres cuadernos,
aprended de los cónyuges cuando hablan, y
de los solitarios, cuando callan;
dad de comer a los novios,
dad de beber al diablo en vuestras manos,
luchad por la justicia con la nuca,
igualaos,
cúmplase el roble,
cúmplase el leopardo entre dos robles,
seamos,
estemos,
sentid cómo navega el agua en los océanos,
alimentaos,
concíbase el error, puesto que lloro,
acéptese, en tanto suban por el risco, las cabras y sus crías;
desacostumbrad a Dios a ser un hombre,
creced… !
Me llaman. Vuelvo.

19Nov1937

CARMEN SALAMANCA


Nace en Madrid en 1962, un 28 de febrero.
En 1988 entra en contacto con la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero, esta experiencia la marcó de forma decisiva, puesto que le mostró una dimensión absolutamente desconocida del psiquismo y, a la vez, suficientemente compleja como para cautivar su interés. Ese mismo año comenzó sus estudios en la Escuela. Tras un periodo prudencial, se integra en los talleres de poesía coordinados por el Director de la Institución, Miguel Oscar Menassa. Muchos años después, en un recital que ofreció en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, apadrinada por Leopoldo de Luis, Carmen diría, refiriéndose a ese hecho: «Nací por segunda vez cuando me enseñaron que podía escribir».

Carmen Salamanca junto al poeta Miguel Oscar Menassa en la sede Grupo Cero.


Tuvo oportunidad de repensar su realidad, llegando a la conclusión de que quería trabajar junto a su maestro, en la redacción de la revista El Indio del Jarama, que recién salía. Así que, directamente, se propuso para el puesto. «La revista no puede pagar una secretaria, pero yo sí» fue la respuesta de Menassa. Desde ese momento, el aprendizaje fue incesante.

Publica su primer libro, Entre palabras, en 1995. Antes de su primera presentación y consiguiente lectura, el coordinador sólo le dio un consejo: «Tienes que leer con pasión, porque eso es lo que se transmite, eso es lo que va a hacer que la gente te escuche». Ese mismo año comienza a coordinar talleres de escritura. Desde entonces, hace 21 años, prácticamente todos los integrantes de sus talleres han publicado sus poemas, en libros colectivos o individuales. De esos talleres también han salido revistas periódicas en las que se publica la producción semanal del grupo. Mencionaremos «Artistas del vértigo», la más antigua (nació en junio de 1996) y también la más longeva, puesto que se sigue publicando en internet. Esta revista llegó a tener un suplemento dedicado a prosas que se llamó «Circulen». Otra revista producto de los talleres es El Lotocardio, que surgió en mayo de 1998, manteniéndose tres años con regularidad. En 1999 publica su segundo libro, Noches de piel, prologado por Leopoldo de Luis, donde afirma: «Hay una queja existencial al fondo de la poesía de Carmen Salamanca, o quizás haya un desencanto. Sin embargo, no es poesía de renuncia, sino de esfuerzo indeclinable.» En 2002 El revés del pájaro, su tercer libro. Ese mismo año recibe el Premio a la mujer trabajadora, que otorgaba la Asociación Pablo Menassa de Lucía. En 2004 El ojo de cristal, Primer premio de poesía (ex aequo) de la Asociación Pablo Menassa de Lucía, junto con la poeta María Chévez.

Carmen Salamanca junto al poeta Leopoldo de Luis.

13 enero 2005: Participa en el recital «Cinco mujeres en el mundo», en Casa de América, en Madrid. En 2007 publica Equilibrio inestable, dedicado «A todos los equilibristas de la vida». En 2009 y 2011 organiza y participa en «La Noche en blanco», en la sede de Grupo Cero, en Madrid. Es precisamente en 2011, cuando entra en contacto con el Círculo Poético Orensano, en cuyo encuentro internacional de poesía participa desde 2012, en todas las convocatorias. Desde junio de 2011 dirige la revista de poesía «Las 2001 Noches» (enero 1997) En 2012 publica Cielos olvidados, y en 2015, Al margen de los días, su séptimo libro de poesía. Desde su lugar como Gerente de la Editorial Grupo Cero, organiza la Feria del libro de Madrid, del parque del Retiro, que se celebra todos los años. En 2016 se cumplirán 40 años de participación en este evento. Ha realizado recitales poéticos en Candilejas, Diablos azules, y en la propia sede de Grupo Cero. Sus poesías han sido publicadas en revistas nacionales e internacionales, tanto en papel como en paginas web: Poemanía. También ha publicado, con otros autores, en Objeto y castración en psicoanálisis, Grupo Cero Talleres de poesía I, La mujer del siglo XXI y en Actas de los Congresos Internacionales.

En la caseta de la Editorial Grupo Cero de la feria del libro de Madrid.

POEMAS

SOY UN POLICÍA ARREPENTIDO


Nada sabía y, sin embargo,
había llegado al punto
en que los recuerdos
escapaban de mi voz.

Giraba la vida
a la derecha de mi corazón
mientras la voz insistía:
¿Se arrepiente? ¡Confiese!

Algo confundido
por aquel desatino atroz,
rebusqué entre la piel
alguna muestra de cordura.

Ningún rostro ni frases
ni ecos desafiante la tormenta.
Sólo círculos y torbellinos,
agujeros al costado de los días.

Y ese graznido amenazante:
¡Dígalo de una vez!
¡Arrepiéntase! Sólo el perdón
aliviara su alma.

El mundo se resquebrajaba,
el cielo ardía por momentos,
mi cuerpo disminuía,
devorado entre las sábanas.

Cuando abrí los ojos,
escuché otra vez, mi propia voz,
repitiendo como en letanía:
Soy un policía arrepentido.

DESPUÉS


Después, maldeciremos todos los cauces
enredados, atravesados de por vida
en silencio, por una traición a quemarropa.

Arrancaremos de la piel incandescente
sonrisas, dulces sonrisas derretidas
en el hedor, profundo, del olvido.

Bienaventurados profanadores de tumbas,
revulsivo aliento para este siglo,
daremos los pasos necesarios,
ninguna explicación.

PUNTOS AZULES


Caen duros puntos azules sobre el mar.

Otros, perdidos en el centro de la razón
cabecean boquiabiertos en la arena.

Desiertos perdidos y reencontrados,
almas despedazadas de transferencia
piden de mí, otra mentira más.

Contradigo las páginas de la historia:
toda paz no sirve para todos.

Hierve la sangre en oscuros callejones
y algún séquito infernal inmola,
definitivamente, mi cuerpo en las alturas.

A ROSALÍA DE CASTRO


¡Hay arte! ¡Hay poesía…! Debe haber cielo. ¡Hay Dios!
Rosalía de Castro

Pequeña, atolondrada voz solitaria,
observo tu frágil contorno,
fugitivo sombra entre fantasmas,
tus pasos apenas rozando el aire.

Pequeña, te veo, hierro y mujer,
pálpito de amor desterrado, te miro
hoy, yo, casi mujer,
                               y estoy contigo.

¡No abandonaremos la luz,
-me gritan tus versos-
venceremos al tiempo y sus miserias!
Dos mujeres sin rostro, una sola voz:
tú, fuiste Ella,
yo, renazco en tus palabras.

Juego a disfrazarme de ti,
colgarme en tu mirada felina,
navegar la agitada tormenta de tu alma.

Pequeña, acodada en el regazo de la nada,
son tus dudas aliento para mis manos,
sólida razón de mi esperanza.

Ah, Rosalía, pequeña
como la sed inmóvil del ahogado,
ondeas tercamente mi terror embalsamado,
raíz de lo que no creció nunca.

Hoy,
enganchada en el otro extremo de tu historia,
tiempo de fantasías digitales,
anónimas semblanzas sin destino,
hoy, escapo contigo al paraíso
porque Dios se inventa en cada verso,
en cada resquicio de amor.

EL PRONOMBRE NOSOTROS


Siempre tuve miedo a la guerra,
“Sólo por eso estás a mi lado”
dijiste, mientras la muerte
paseaba su triunfo entre los escombros.

El tiempo se detuvo en mis ojos.
Legiones de hombres enloquecidos
repetían, una vez más, la historia:
“Nosotros tenemos la verdad,
gritaban, nuestro dios es justo.”

Y construían enemigos a medida
en diabólicas conjuras sobre papel:
famélicos esclavos del dolor
con el odio tatuado en los huesos,
desterrados de su propio infierno.
Miradas congeladas por la sorpresa
gritos ahogados en la carne
y el terror invadiendo la memoria.

“Por eso estás a mi lado”
escuché y, mientras recuperaba aliento,
tus palabras tomaban posiciones.

Sustantivos de todas las razas
entrenados a fondo en la metáfora
acordaban la estrategia.
Batallones de verbos en infinitivo
definían movimientos, calculaban
tiempo y modo, siempre en plural.
Preposiciones en alerta máxima,
adverbios de emergencia en retaguardia,
tecnología punta en adjetivos
y conjunciones copulativas
por si fuera necesario el amor.

En logística,
frases, oraciones y párrafos
abastecían de puntuación
y sostenían las comunicaciones
en la ondulada rede del sonido.

Al mando, la máxima autoridad,
el pronombre Nosotros,
cerebro y corazón
de aquel ejército intangible.

Su voz diluyó mi ceguera:
“Carmen, a su puesto”.

Cambié de aliados,
abandoné el miedo a la guerra
y, desde entonces,
camino a tu lado.

EL BARCO


Al cumplir 53 años

Sin rumbo previo ni balizas conocidas,
peligrosamente escorada hacia el futuro,
llegué a ese puerto inusitado.

Debo decir que nunca abandoné el navío,
que abarloé mi destino a tus palabras
para no abarrancar en el desierto
de la ingratitud humana.

¡Al abordaje! – me gritaban tus ojos-
los abrojos amenazan el casco,
la bruma empaña todo recuerdo
y, en el acantilado, la pasión agoniza.

Por la borda arrojé el odio y la usura,
el lastre de aguerridas sentencias
que harían cabecear mi impulso.

Era necesario mirar a proa,
vigilar la popa, no descuidar
cabos ni bridas cuando la marea se encabrita
y capear el temporal a tiempo.

Hubo que carenar la memoria,
usar el compás y poblar las cartas
para que otros habitaran la cubierta.

No hay deriva sin derrota
ni abismo sin destino – decías-
a babor y estribor la felicidad te espera,
porque a bordo la galerna nunca espanta.

Agarré el timón, levé el ancla,
icé la mayor y, equilibrando la mesana,
solté amarras para volar,
a todo trapo, hasta este preciso instante.

Tú rompiste el sextante,
y yo mantendré la quilla firme
para arribar al paraíso con el que soñamos.

UNA MUJER INOLVIDABLE


Creíste haber nacido de la nada,
empecinada en retorcer orígenes
bajo el entramado de tu nombre.

El mañana carecía de prestigio
mientras tus manos adolecían
de hastío y desamor acumulado.

Nada requería tu presencia y,
sin embargo, abarrotadas instantes
y toda conciencia desaparecía.

Fuiste un ejemplar excepcional
en los límites de lo humano:
una mujer inolvidable.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

5 Poesía más Poesía: Alejandra Pizarnik y Lucía Serrano

ALEJANDRA PIZARNIK

Biografía

Consta en el registro que su natalicio fue el 29 de abril de 1936. Su raigambre es ruso-judía, y ésa es la identidad que defienden sus padres, llegados a la Argentina tras haber permanecido algún tiempo en París, donde vive un hermano del cabeza de familia, Elías Pozharnik, su padre. La variante en la ortografía del apellido, es «uno de los muy corrientes errores de registro de los funcionarios de inmigración. El padre tenía veintisiete años, y no hablaba una palabra de castellano, lo que era el caso asimismo de su esposa, un año menor, Rejzla Bromiker, cuyo nombre pasó a ser Rosa.

Alejandra a la edad de 4 años con amigas.

Con los Pizarnik instalados en la capital argentina, al árbol genealógico se agregan dos niñas: Myriam y Flora, que más tarde será llamada Alejandra. El clan ocupa una espaciosa vivienda en Avellaneda, mantenida gracias al negocio de venta de joyería al que se dedica Elías. El destierro, por doloroso que parezca, es en este caso providencial, pues el resto de los Pozharnik y Bromiker, con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el Holocausto.
La experiencia infantil de Alejandra es bastante liberal, de acuerdo con el criterio de su progenitor. En 1954 concluye los estudios secundarios y comienza un periodo de titubeo académico. A medio camino entre las aulas de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y las de la Escuela de Periodismo, la joven procura descubrir una vocación literaria que le anima a seguir el catedrático de Literatura Moderna, Juan Jacobo Bajarlía.
Ya por estas fechas, «la fascinación de la infancia perdida —escribe Enrique Molina— se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente deslumbradora una y otra, igualmente plenas de vértigo».
Ahora sabemos qué la condujo al taller del pintor surrealista Batlle Planas. Por algo los cuadros de Batlle reproducen escenas espectrales, «con algo de Tanguy y algo de Arp o Miró. El interés de la poeta en este tipo de pintura deriva evidentemente de su figuración metafórica; sólo admitió una desviación hacia la pintura llamada naïf, que fue una escuela floreciente en la Argentina en ese entonces»

Con todo, más allá de estas sutilezas, Alejandra juega a convertirse en reportera, y llega a asistir al Festival de Cine de Mar del Plata de 1955. Pero la experiencia periodística queda apartada en beneficio de otras inquietudes.
Como expresión de esa fragilidad a la que se hace muchas veces alusión, el asma es irrefutable. En vista de semejante aprisionamiento somático, don Elías cuida a su hija: costea su primer libro, La última inocencia (1956), e incluso llega a abonar los honorarios del psicoanalista que intentará poner en orden el desván sentimental de Alejandra.
De hecho, ni la pintura ni la poesía bastan como terapia, y ella experimenta el breve y peligroso fenómeno psicodélico de las anfetaminas. También cura el dolor con analgésicos y frecuenta los somníferos para escapar de la vigilia nocturna.
Con todos los rasgos de la bohemia juvenil podría hacerse una suerte de patrón de conducta, relativamente fiel a la personalidad de Pizarnik, salvo en un detalle nada desdeñable, y es que ella «tuvo una invencible aversión a la política, que justificaba con el hecho de que su familia en Europa hubiera sido sucesivamente aniquilada por el fascismo y el estalinismo. Para ella, la literatura tenía un único compromiso y era con la calidad»

Así, pues, la vida literaria es una empresa que ella acomete con máximo interés. Entre los primeros tejados bajo los que se guarece, figura la revista Poesía Buenos Aires (1950-1960), foco del grupo de los llamados invencionistas, paralelo a otro, el surrealista, cuyas inquietudes también son las propias de la joven poetisa. Curiosamente, la autora de Las aventuras perdidas (1958) frecuenta la consulta del psicoanálisis.
Dentro del panorama surrealista, hay dos poetas que coinciden con Alejandra: Enrique Molina y Olga Orozco. Con esta última, por cierto, «tendría una relación amistosa que excedió la literatura»
Casi en paralelo, la joven accede en 1955 a las creaciones de Antonio Porchia, un poeta fundamental en la creación del estilo y el procedimiento de Pizarnik. No fue la única que sacó enseñanzas de su obra: el otro fue Roberto Juarroz y es instructivo hacer un paralelo entre ambos discípulos».
Al reseñar la correspondencia que mantuvo nuestra poeta con el escritor y pintor manchego Antonio Beneyto, Blas Matamoro intuye que, para ella, «los poemas son aproximaciones a la Poesía. No son obras ni textos, sino intentos, borradores, ensayos». Con todo, a través de ese tanteo cabe establecer un inventario de cualidades personales: «ser hija y habitante de la noche, esa madre antigua y regia; buscar con afán la recuperación de los olvidos infantiles; cultivar sin confusión el laberinto de una compleja identidad, centrada en deseos nítidos; existir en una soledad sin fondo y sin horror; practicar una estética de la locura (Artaud, Lautréamont) como defensa contra la locura.
En esa lucha contra la entropía, Alejandra Pizarnik ensaya diversas estrategias. Una de ellas es el destierro, puesto en práctica en París desde 1960 hasta a 1964, donde trabajó para la revista “Cuadernos” y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy, y estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona.
Luego de su retorno a Buenos Aires, Pizarnik publicó tres de sus principales volúmenes, “Los trabajos y las noches”, “Extracción de la piedra de locura” y “El infierno musical”, así como su trabajo en prosa “La condesa sangrienta”.

Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik.


En 1969 recibió una beca Guggenheim, y en 1971 una Fullbright
«En el fondo —escribe el 25 de julio de 1965— yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda que no puedo «hincar el diente» en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos»
Otra empresa posible es el silencio, que se presenta de dos maneras en su obra. «La primera —temible y peligrosa para la palabra poética, aún en antítesis con ella— corresponde a la incapacidad de enunciación. La otra —atracción y fuerza de la palabra poética— simboliza un mundo auténtico, intacto y perdido, y confina con la poesía misma, además de ser el componente necesario de la resonancia propia del lenguaje lírico»
Pese a figurar como detalle anecdótico, sorprende que, aun definiéndose en esa totalidad de la muerte, Pizarnik cultivara a ratos y con buen estilo el donaire social. Una vez más, el lenguaje era su instrumento privilegiado. Por ello, Ivonne Bordelois, censura a los autores de semblanzas porque no hablan nunca de «la extraordinaria voz de Alejandra y de su aún más extraordinaria dicción. Alejandra hablaba literariamente desde el otro lado del lenguaje, y en cada lenguaje, incluyendo el español y sobre todo en español, se la escuchaba mal, en una suerte de esquizofrenia alucinante»
Cuando el 30 de abril de 1966 retoma las páginas de su diario, se observa recién llegada a los treinta años, sin saber aún nada de la existencia. «Lo infantil —escribe— tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado fuerte sin duda. Renunciar a encontrar una madre, la idea ya no me parece tan imposible. Tampoco renunciar a ser un ser excepcional (aspiración que me hastía). Pero aceptar ser una mujer de 30 años… Me miro en el espejo y parezco una adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad»

Alejandra Pizarnik con Olga Orozco en París, 1962


Mediante el simbolismo desmesurado de Extracción de la piedra de locura (1968), la sola cita del dolor y la impotencia configura el tablero poético, pero no ya por medios convencionales, sino a través de una constatación —rica en consecuencias— de la falta de fe en su propia imaginación creadora. «Si no fuera así —escribe el 24 de mayo de 1966— no leería para aprender sino para gozar. ¿Aprender qué?: Formas. No, no es el deseo de frecuentar modos de expresión. Mis contenidos imaginarios son tan fragmentarios, tan divorciados de lo real, que temo, en suma, dar a luz nada más que monstruos. Creo que se trata de un problema de distribución de energías. Pero lo esencial es la falta de confianza en mis medios innatos, en mis recursos internos o espirituales o imaginarios».
Desde luego, sólo en este clima de bloqueo y melancolía es posible estudiar de forma pormenorizada títulos como Nombres y figuras (1969), La condesa sangrienta (1971) y El infierno musical (1971). En cierto modo, podemos insinuar un propósito testamentario, aunque ese fin también es propio de creadores que no conciben el suicidio entre sus planes.
Como es obvio, resultan graves las consecuencias de esa patología consistente en vincular vida y obra. A vueltas con esa conexión entre la obra literaria y la realidad de su autora, Frank Graziano cree que «la obra de Pizarnik sólo puede nombrar una muerte literaria y nunca una real». Es más, el debate sobre si la escritora cometió un suicidio o simplemente erró la dosis, resulta académico en lo concerniente a su creación literaria, pues dicha obra «sólo nombra la muerte que sufrió Pizarnik como autora, como personaje de su propia ficción, cualesquiera que fuesen las intenciones específicas de Pizarnik como persona».
El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, Pizarnik murió. Al año de su muerte se edita su obra completa realizada por la poeta y traductora Ana Becciú, la obra recoge un gran número de poemas inéditos, escritos en la última etapa de su vida (entre 1962 y 1972) y conservados en su archivo, que custodia la Biblioteca de la Universidad de Princeton.
«Este volumen no es definitivo -advierte la antóloga en una nota final-, en un sentido académico; es sólo una compilación, hecha, eso sí, con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible». Todas las carpetas y cuadernos, además de los papeles con anotaciones o poemas, fueron conservados casi en el mismo orden en que los dejó su autora y ese orden es el que Becciú ha tratado «escrupulosamente» de respetar. Afortunadamente, el archivo de Alejandra Pizarnik, compuesto por diarios, manuscritos, correspondencia, pinturas y otros papeles, es uno de los más consultados por investigadores y académicos de todo el mundo. Según relata el responsable de manuscritos de la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Fue Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, gran amigo de la poeta (Alejandra decía que la Maga de «Rayuela» era ella), quien le entregó, personalmente, los papeles que conservaba en su apartamento de París y le puso en contacto con la familia de Pizarnik hace más de quince años.

POEMAS

EN ESTA NOCHE, EN ESTE MUNDO

A Martha Isabel Moia

en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerte
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la resurrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible
sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he recorrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
mi persona está herida
mi primera persona del singular
escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad
escribo como estoy diciendo
la sinceridad absoluta continuaría siendo
lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder más
palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción
y el perro de maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema
hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo

EL DESEO DE LA PALABRA

La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.

Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las paredes. No vayas a creer que están vivos. No vayas a creer que no están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui.

Caen niñas de papel de variados colores. ¿Hablan los colores? ¿Hablan las imágenes de papel? Solamente hablan las doradas y de esas no hay ninguna por aquí.

Voy entre muros que se acercan, que se juntan. Toda la noche hasta la aurora salmodiaba: Si no vino es porque no vino. Pregunto. ¿A quién? Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta. Tu ya no hablas con nadie. Extranjera a muerte está muriéndose. Otro es el lenguaje de los agonizantes.

He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos (los siento respirar adentro de las paredes). Imposible narrar mi día, mi vía. Pero contempla absolutamente sola la desnudez de estos muros. Ninguna flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida.

En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

LA ENAMORADA

esta lúgubre manía de vivir 
esta recóndita humorada de vivir 
te arrastra alejandra no lo niegues
hoy te miraste en el espejo 
y te fue triste estabas sola 
la luz rugía el aire cantaba 
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás 
tremolarás tus manos así volverá 
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó 
el barco con barbas de espuma 
donde murieron las risas 
recuerdas el último abrazo 
oh nada de angustias 
ríe en el pañuelo llora a carcajadas 
pero cierra las puertas de tu rostro 
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto 
desesperada ¿adónde vas? 
desesperada ¡nada más!

NOCHE

Quoi, toujours? Entre moi sans cesse et
le bonheur!
G. de Nerval

Tal vez esta noche no es noche, 
debe ser un sol horrendo, o 
lo otro, o cualquier cosa… 
¡Qué sé yo! ¡Faltan palabras, 
falta candor, falta poesía 
cuando la sangre llora y llora!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche! 
Si sólo me fuera dado palpar 
las sombras, oír pasos, 
decir «buenas noches» a cualquiera 
que pasease a su perro,
miraría la luna, dijera su 
extraña lactescencia, tropezaría
con piedras al azar, como se hace.
Pero hay algo que rompe la piel, 
una ciega furia
que corre por mis venas, 
¡Quiero salir! Cancerbero del alma: 
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche! 
Aún quedan ensueños rezagados. 
¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces! 
¡Y mis pocos años! ¿Por qué no? 
La muerte está lejana. No me mira. 
¡Tanta vida Señor! 
¿Para qué tanta vida?

PIEDRA FUNDAMENTAL

No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.
           
            Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del templo.

            Un canto que atravieso como un túnel.

            Presencias inquietantes,
            gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las alude,
            signos que insinúan terrores insolubles.

            Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenean,
            y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
            aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío,
            no,
                        he de hacer algo,
            no,
                        no he de hacer nada,

            algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.

            En el silencio mismo (en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

            No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

            ¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.

            Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?

            Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

            Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existiría un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas.

            (Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

            (Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto…)

            Y era un estremecimientos suave trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

            Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creía que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.

            No esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.

            Cuando el baco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.

            Hay un jardín.

CUARTO SOLO

Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

El despertar
a León Ostrov
Señor
la jaula se ha vuelto pájaro 
y se ha volado 
y mi corazón está loco 
porque aulla a la muerte 
y sonríe detrás del viento 
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
el aire me castiga el ser 
Detrás del aire hay monstruos 
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada
(…)

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro 
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

LUCÍA SERRANO

Lucía Serrano en su estudio de Tigre

Lucía Serrano nace el 13 de julio de 1948 en Buenos Aires Argentina. Poeta y psicoanalista, miembro de la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero.
1976 Licenciada en Psicología 
1993-2003 Directora de “Encore” (Centro de Atención, capacitación e Investigación Psicoanalítica) Buenos Aires
1998-2008 Dirige y coordina el ciclo poético-musical “Las 2001 noches” Buenos Aires
1999 Premiada por la Sociedad Argentina de Escritores  Buenos Aires en su libro “Como la misma pasión”.
2000 – Fue premiada en Buenos Aires por la Editorial Nubla para formar parte de la “Antología Literaria 2000”.
Publicó en diferentes revistas nacionales e internacionales, Poesía y Psicoanálisis, trabajos sobre la práctica clínica.
Coordina talleres de escritura, actualmente el Grupo Tigre.
Integrante de la Escuela de Poesía Grupo Cero, en el taller coordinado por el poeta Miguel Oscar Menassa
Ha publicado
1995 Blues para la corona
1997 Mística del caos
2000 La ineptitud de los vampiros
2000 Sueños de la prisión (Primer Premio de Poesía (ex aequo) de la Asociación Pablo Menassa de Lucía en su 3º convocatoria – Año 2002.
2003 Caramelo es su sexto libro de poemas publicado.

Presentando el libro La ineptitud de los vampiros en la sede Grupo Cero de Madrid.
En Tigre, presentando uno de sus libros.

POEMAS

Me declaro tu amante 

Centellea la esencia de tu marca,
en el vuelo del ave en las mañanas.
Piedra preciosa con la que investigo mi destino.
Tranquilo tiempo, joya poética,
amante de todo lo que crece.
Yo, seré tu risa,
expectativas de un corazón que ya no pacta.
Mundo fatigado, que eligió el verso al olor de la rosa.
Ave marcando en su vuelo, tu ruta,
secreto placer que comparto contigo entre distancias.
Elevada forma en las riberas,
lengua de un jardín sin límites,
casi una selva.
Una eternidad sin comienzos.
Un amor natural.
Cuando volvía aquella mañana,
encendí todo tu rostro en el encuentro,
Fui marca obligada de una transmisión.
Unión soberana, brillo intergaláctico.
Mundos mirando esa mirada.

De Blues para la corona

TRANSMISIÓN


Fue en el borde exacto del abismo,
no en las orillas de un río manso.
Fue entre conversaciones olvidadas,
no en el sentido de las palabras.
Fueron signos navegando sus dominios,
los que me concedieron una naturaleza deseante.
Amé, la cárcel de ese misterio.
Tanta libertad, encadenaba la vida de un ser solitario.
A veces, quedábamos a solas, tú y yo entre montañas,
amaneceres y océanos abiertos.
Siempre me enamorabas, me enamorabas, me enamorabas.
Inclinación natural a las transparencias.
Una mujer extraña, ángel o demonio,
a punto de ser castigada permanentemente.
No pacta con los hombres en contra de los hombres.
Le fue prohibido.
Difícil arte, transmitir las veladuras.

De Blues para la corona

Contra viento y marea 

Inventé nuevos mundos donde no era necesario tener alma y el corazón se alojaba en la cabeza.
¡Cantad pequeño hombre!
Háblale al silencio, hasta que alguna vez tu voz, no mate lo que vuela.
Era un poeta el que sostuvo la indagación.
Dinamismo esencial para los grandes hombres deseosos de las grandes alturas terrenas.
No nos coronarán por ser huérfanos.
Hablan de nosotros hasta los planetas.
¡Que nadie más me cuente historias, donde no son felices los poetas!
El frío nocturno arrastra al caer la ciega oscuridad.
Sin suficiente abrigo, todos los instintos dudaron de alcanzar aventuras propuestas.
La sombra que me seguía era una presencia pálida.
Antes de destruir todos los cementerios que amenazan mis ansias, me haré aprendiz de fantasma.
Estático silencio adormecido en gargantas vírgenes.
Contra viento y marea, distorsionaré el rumbo de los rostros bárbaros que aún nos guían.
Las caídas marcan a un cuerpo tocado por la magia.
No acepté ser un condenado más.
Miserable satisfecho, eludió las pequeñas condenas que hubiese merecido.
Buscaba lo perdido, mi espejo, mi espada.
Tuve por destino las apariencias, las casualidades.
Los demonios siempre se reencarnaban, volviendo a cometer delitos inapropiados para un hombre sabio.
La paranoia de ser capturado por no vivir en sus tierras, me volvía al laberinto.
Como era un salvaje, fracasó en todos los intentos de matar cuando no lo necesitaba.
Escribí a los dioses y sus pandillas la brutalidad del chiste.
Todos eran amigos o enemigos, dependía del film que estábamos filmando.
Los ladrones robaban para mí.
Los músicos componían malditas melodías para que yo escribiera cuentos, donde el malo era un hombre culto,
silencioso y lejano, al que no le apasionaban los mitos vulgares y mucho menos los tristes demonios conocidos.
Cuando descubrí que Dios no había muerto, lo busqué en el intento de que me perdonara los errores de las valentías.
Fui perdonada.
Después, todo se hizo fácil buscando sin esperanzas.
Contra viento y marea, vivía en mí un lirismo inapropiado.
Sólo amé el sonido de las grandes palabras.

Menassa: Quiero hacer un mea culpa como director de este programa, cometido dos errores
que Vicente era más grande que Cruz, era evidente, aunque Cruz es una gran poeta
que Gonzalez Tuñon es más grande que Olga de Lucía fue evidente pero a partir de allí que Enrique Molina sea más grande que Norma Menassa, a mi, no me entra, y que Pizarnik sea más grande Lucía Serrano tampoco no me entra, porque Lucía Serrano ama a Pizarnik pero vieron como escribe contra Pizarnik, un amante de la muerte, un amante de la vida (…)

De La ineptitud de los vampiros

DESERTORES DE CUALQUIER ENCUENTRO

Pasan las horas mientras el mundo duerme.
Poesía, la voz me somete a despreciar el oro que no calme la sed de tu horizonte.
Sueño que he muerto y desconocidas palabras
visitan la niebla atada a mis ojos.
¡Oh vida abandonada por los vicios!
¡Oh vida repetida, incorregible!
¡Oh vida no vivida!
Son caras las derrotas que jamás has tenido.

Debe haber la hora del descanso,
hora del que acepta no ascender más
y detenido ríe, sin ambiciones.

Soledad que viniste a visitarme
y te alojé por curiosidad.
Ya somos dos,
desertores de cualquier encuentro.
Algunos días, preferiría desconocer tu guarida.

De Caramelo

FUE EN LA CÁRCEL

Un mundo entero debajo de este mundo vivía entre las rejas,
sin brazos que salieran al sol para aumentar la apuesta.
Todo lo que sé, lo aprendí en la cárcel,
hasta perfeccioné el francés de años juveniles.
En ese pequeño mundo no existe como verdadero,
ni siquiera el color amarillo.
Destrozan lo poco de amor que se acerca a la celda.
Comprended que aquí no has venido por ser inocente,
y vamos hombre, ya mismo declárate culpable de algo,
y si no sabes inventa.
Sí, fue en la cárcel donde aprendí a inventar.
Todo tenía que suceder sin arrepentimientos, sin cuerpo,
y entre truenos y humo, la dinamita multiplicaba
lo posible incierto que jamás ocurrió.
Lo peor que viví fue en la cárcel.
Allí no hay almas limpias, blancos corazones,
estrellas que nos alumbren los pasos por venir.
Allí en la cárcel, el horizonte te queda lejos,
y después está el gendarme, con las manos vacías,
con la cabeza hueca, con un corazón artificial,
sus propios escombros lo acompañan.
Todo es gris en la cárcel.
Sí, recuerdo, fue en la cárcel donde perdí
el sentido de multiplicar y dividir.
Harapientos mendigos,
amantes de mínimos delitos que jamás cometieron.
A ver, a ver, ¿quién fue un asesino?
¿quién un ladrón a su juicio?
¿quién un perverso nacido de un vientre animal,
sin madre que sostenga su mirada?
Dios aparece entre todos sin ser visto y arma desórdenes 
extremos.
Lujurias propias del goce.
Sí, fue en la cárcel, donde imaginé un laboratorio perfecto.
Hierros oxidados rezan por tener una sensibilidad vegetal,
y entre las penas impronunciables, todos son maricas,
y a los machos, que el padre nuestro los salve, o no los salve 
nadie.
Sí, fue en la cárcel, que excitación te da el encierro
que no termina nunca.
Obreros de puertos sin barcos.
Bromas y carcajadas para una lágrima desconocida.
¡Che cabrón, no puedes violarte a esa niña porque es
mi hija!
Rataplán, rataplán, rataplán, las botas caminan como los
caballos,
y lo único que existe es el mal.
¿A ver a quién puedo joder hoy, a qué ingenuidad,
a qué esperanza, a qué mañana?
Hoy me violaré a una madre.
Para eso dios me ha hecho huérfano, él tiene completo
mi legajo,
él lo ha diseñado.
Hombre infantil, crees que diseñas tu destino,
pero él arma los escenarios para placeres que tú no te
imaginas.
Sí, recuerdo, fue en la cárcel donde conocí los milagros.
Allí se hizo presente la bruma del aire que tienen
los esclavos.
Todos los cerebros son huecos y se llenan con la basura
que recogen los basureros.
En vano te lavas la cara o la cabeza.
Nadie tiene sueños, todos son inventos.
Los grandes escritores nacieron en la cárcel,
rodeados del estiércol hicieron catedrales y bárbaros
monumentos.
Vivieron muertos.
¿No te parece acaso un desafío imposible de ser cierto?
Manchas en los baños almacenan los gestos del salvado,
y desfilan los hechos jamás vistos, jamás contados.
Un diseño para esquizofrénicos.
¿Y quién no estuvo preso?
Venganzas traman las horas que pasan,
y ninguna virtud se hace presente.
Todo es distancia, no hay cita, ni desdicha.
Todo es festín sin ninguna palabra. Todo sombra.
Todo madrugada.
Algún amor clavándose en las piedras rueda y se hace agua.
Gotas para gemidos impronunciables.
Al final todos son culpables, se terminan definitivamente
los valientes.
Y todo eso, fue en la cárcel.

De Caramelo

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia el poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

3 Poesía más Poesía: Enrique Molina y Norma Menassa

ENRIQUE MOLINA

Biografía


Enrique Molina, nacido en Buenos Aires en 1910 (donde moriría 86 años después), tempranamente su familia se traslada a la provincia, y hasta los doce años vive primero en Corrientes, junto al río Paraná, y luego en Misiones. Realizó los estudios secundarios en Necochea, junto al mar. Ya en Buenos Aires, sin duda presionado por su padre a seguir el oficio familiar, estudia derecho, una disciplina que no llegó a ejercer. De hecho, ni bien obtuvo el título se lo entregó a su padre y se embarcó de marinero en un barco griego y durante tres años navegó por todos los mares del mundo. Seguramente cuando cesaban las tareas, buscaba la soledad y se asomaba a la borda, entonces acontecía el milagro: el esplendor del océano, bridas de luz que lo llevaban hasta el cielo, las brisas de la tarde entrecerrando sus ojos, transportados a ese horizonte ambiguo, a ese estallido azul.

TAMBIÉN NOSOTROS


Sí, zarparemos con los últimos barcos.
Al mar también le duelen las piedras que lo ciñen,
cuando su ronca cólera no basta
a estremecer la muerte del pequeño marisco.
Apartadme de mí, de mi larga estadía.
Siempre el rostro y las manos, el sueño y el espejo.
Podrías recordarme como al humo:
para eso hay muelles de dulce declive.
Eternas criaturas de la tierra,
seguiremos andando debajo de las flores,
con ligeras estrías azules en el hombro.
Y acaso reconozcan nuestros nietos por su pelo arbolado,
por sus ojos de tristes nadadores,
y su manera de decir: “Otoño…”

                                                   Las cosas y el delirio (1941)

A finales de 1934 tocó puerto en España. Volvió inmediatamente después de la Guerra Civil pero, como de tantas cosas de su vida, sólo nos ha dejado un testimonio poético. Es poco lo que sabemos de su estancia en Chile, Ecuador, Bolivia y, sobre todo, Perú, junto con César Moro, Westphalen y otros, donde dirigió algunos números de la revista A partir de cero. También se ignora casi todo de su vínculo, ya en los años setenta y ochenta, con Brasil, salvo su amistad con el editor Ferreira de Loanda.

DIOSES DE AMÉRICA

Como rayos que parten al destierro
con el viejo alarido de sus víctimas
uno a uno pasaron, rodando de la pétrea corona del altar
que sostuviera su pavor espléndido.
Su nube a solas con sus mitos fríos
gira al relente, como un triste pájaro;
y de la hoguera
solo la llama de la ortiga sube
al pie de unas pirámides truncadas por los tiempos.
Ninguna sombra allí posa la ofrenda,
ni el ojo del humano, bajo las lágrimas, contempla
fulgir en el vacío su cólera emplumada.
Dioses de América. Sólo el caimán azota
con su cola de fango vuestro orgulloso imperio.
Esparcidos collares de dientes y de guerras
donde agoniza el trueno como una bestia herida
y la funesta tierra del silencio devora
el cuchillo del ónix, la vasija cerámica
en cuyos verdes labios de piel seca aún fulgura
el Salmo de la Lluvia,
el Salmo del Huevo,
el Salmo de la Luz y la Serpiente.
Máscaras impregnadas por la resina de la tea,
iluminad el páramo, la nieve,
y la piel de los siglos sobre los escalones
donde como un ligero torbellino de polvo
aún reza el sacerdote de orejas espinadas que descifra el oráculo.
Fabulosos globos de monstruos y plumas, dioses,
cumbres de pánico y grandeza.
¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida
sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?
Ignoro vuestros cetros,
sólo sé de vosotros la ruina, la humillada ceniza de la hoguera,
la escalera de piedra, el disco derribado,
la momia que farfulla entre las lagartijas sus plegarias solares,
vuestra eterna alabanza,
vuestra ley ¡oh vencidas potestades amargas!
Sin embargo, a menudo, entre la tempestad,
oigo el aullido de esos duros imperios devastados,
el rumor de unas perdidas glorias
que el polvo diviniza.
(Pasiones terrestres, 1946)

Fue un poeta americano, sin embargo lo fue de una manera peculiar: no tuvo nostalgias del mundo indígena (reales o inventadas) y tampoco del desarrollo moderno de las ciudades (Buenos Aires, San Pablo, México DF): fue por amor a la vastedad del continente, a sus grandes ríos, a su fabulosa naturaleza, cuya intricada manifestación se confunde en su poesía con la sexualidad y el deseo. Frente al continente europeo, América, sus enormes espacios vacíos, su naturaleza aún no excesivamente domesticada en la primera mitad del siglo XX, despertaba en él un sentimiento adánico.

PUERTOS CALIENTES

Con un olor de luna caliente cuyo vaho
quema con sorda plata desierta las orillas,
en las bandas de América se abren
unos puertos sin sueño, unos oasis de moscas
caldeados por el viento, entre la luz y el trueno,
en los rancios anillos de la arena
donde elevan sus humos de alabanza,
su portal de tullidos como un coro
de perros y profetas,
ardiendo en las terrazas de la lluvia,
en las lajas manchadas por el tiempo.
Es la desolación del océano,
su filtro derramado en unos labios
que susurran infamias tentadoras,
promesas como hiedras;
enmascarado en trapos de colores,
entre mercaderías y tatuajes,
impasible en el fuego de miseria que brota de la tierra.
Es una miel sombría de mulatas
en un país de grillos,
tras las ocres persianas de madera,
comiendo su jaiba tristemente en la lumbre nocturna,
en medio de cortinas voluptuosas
donde los días yacen como una sal dormida:
el que tocó la cresta de las islas,
el que huía de estrellas azules y fatídicas,
el que eligió la playa para lavar sus muertos
cantando roncamente.
Un triste son de negros, un tablón que castiga
en medio de las aguas, comido por la bruma,
en la maniobra pálida del mar.
Y cuando el sueño sopla
-como un aire de antorchas vacilantes-
el ligero velamen de gasa de los lechos,
en silencio y solemnes
como ahogados en viaje,
zarpan entre la niebla los durmientes, hundiendo sus
cabellos en la noche,
seguidos por sus nubes de insectos,
por su copo de aliento como una mariposa.
¡Esa hermosura!
Marismas de prostíbulos y llamas
bajo las alas mórbidas del trópico
que aletean sin fuerzas tal un adiós incierto
en el desdén remoto de las olas. Red colmada
por los frutos brutales. Arrabal del océano
donde vaga la luna con los labios brillantes
como una reina loca, errando entre los médanos
con su pobre campana de ladridos.
Un canto de nostalgia, en la expiación del año,
nacido del fulgor de las adormideras,
como un eco de cosas que ya ardieron
en la sal del espacio.
Pasiones terrestres (1946)
Enrique Molina, si bien no es un poeta de la ciudad, tampoco es un poeta de la naturaleza en su sentido más contemplativo. A veces hay cuartos, habitaciones, pero son espacios roídos, quebrados por la presencia de lo natural. La naturaleza en Molina es dionisíaca, convulsiva, adorable, infernal. También se afirmó que su exaltación del paraíso está unida a un destino errante: el poeta asume esa errancia y en ella acaba reconociéndose (“porque nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido”).

AMANTES VAGABUNDOS


Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero un poco más lejos hacia nada
Están las lámparas de viaje
Temblando suavemente
Los hoteles de garganta amarilla siempre rota
Y sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
-¡Oh el errante graznido sobre la cumbrera!
Dormíamos al azar con montañas o chozas
Bajo las altas destrucciones del cielo prontas a arder con un fuego inasible
Junto al árbol de paso que se aleja
A menudo asomados a ventanas en ruinas
A balcones en llamas o en cenizas
En esos lechos de comarca
La lluvia es igual a los besos te desnudabas
Girando dulcemente en la oscuridad con la rotación de la tierra
Belleza impune belleza insensata
Pero sólo una vez sólo una vez
Juega el amor sus dados de ladrón del destino:
Si pierdes puedes saborear el orgullo
De contemplar tu porvenir en un puñado de arena.
¡Cuántos rostros abandonados!
¡Cuántas puertas de viaje entreabriendo su llanto!
Cuántas mujeres que la luz ahoga
Sueltan sus cabelleras de región indeleble besada por el viento
Con aves inmóviles posadas para siempre en su mirada
Con el silbo de un tren que arranca lentamente sus raíces de hierro.
Con la lucha de todo abandono y de toda esperanza
Con los grandes mercados donde pululan cifras injurias legumbres y almas cerradas sobre sus negros sacos de semilla
Y los andenes disueltos en una espuma férrea
-Desvarío tiempo y consumación-
Tumba de viejos días
Bella como el deseo en las venas terrestres
Su fuego es la nostalgia
La celosía del trópico tras la cual hay arañas cortinas en jirones y una vieja victrola con la misma canción inacabable
Pero los amantes exigen frustraciones tormentos
Peligros más sutiles:
Su pasado es incomprensible y se pierde como el mendigo
Dejado atrás en el paradero borrascoso.

                                  Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951)

Creo que habría podido repetir con Cendrars, “cuando se ama hay que partir”. Hoteles secretos, amantes vagabundos, voluptuosidad de las aves migratorias, regreso del pródigo, maletas de piel de pájaro, itinerarios, etapas, diarios de viajes, tierra tatuada antes de dormir, alta marea, rito acuático, un lecho de hormigas reales… ¿Títulos? Señales de paso, testimonios de los días del tiempo.

LOS HOTELES SECRETOS


El brillo nómade del mundo
como un ascua en el alma una joya del tiempo
se abre tan sólo al paso de ciertos hechos tormentosos
arrastrados por la corriente
hasta las escaleras cortadas por el mar
en ciertos antros de lujuria de bordes sombríos
poblados por estatuas de reyes
casi irreconocibles entre el reverberar de las antorchas cuya
luz es la hiedra que cubre los muros
¡Oh corazón orgulloso!
entrégate al fantasma apostado en la puerta
              
Ahora que tan bien te conozco
sin otra sed que tu memoria
criatura melancólica que tocas mi alma de tan lejos
invoca en las alcobas el éxtasis y el terror
el lento idioma indomable de la pasión por el infierno
y el veneno de la aventura con sus crímenes
¡Oh! invoca una vez más el gran soplo de antaño
en estas cámaras de piedra enlazada a tu amante
y ambos envueltos en la lona de los días perdidos como el
muerto en el mar
y prontos a deshacerse en las hogueras instantáneas
sobre lechos de un metal misterioso que brilla en las tinieblas               
bajo la zarpa de los candelabros
y el coro de pájaros lascivos girando con furia en las habitaciones               
selladas por el hierro de otras noches

Pues tales antros solemnes cubiertos de flores carnívoras
con mármoles que se pudren a la sombra de cabelleras opulentas
se balancean labrados pomposamente desde el portal hasta
la cúpula
como la nave anclada sobre el abismo
agitando con lentitud sus espejos para adormecer a la mujer
desnuda entre los verdugos que incineran el corazón
de la noche
y el zaguán donde se cruzan la lluvia y la frustración
los camareros con el rostro podrido por el tufo de las flores
acumuladas en los pasillos infinitos
el rumor de los suspiros sofocados
los besos entretejidos en nácar tristísimo
la hierba sin nombre en que se hunden sus huéspedes
repiten una vez más entre la sombra
la leyenda del amor que nunca muere

                                  Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951)

Enrique Molina fue siempre fiel al surrealismo, pero no porque siguiera a Bretón ni hiciera uso de la escritura automática (de hecho sólo se podrían encontrar huellas de este procedimiento en su primer libro, Las cosas y el delirio, 1941), sino porque creyó en la divisa que enlaza poesía, amor y rebelión. Creyó en el surrealismo por su fondo de anarquía, su sacralización de la vida, sus actos pasionales; finalmente, por su exaltación de la analogía que lo retrotrae al romanticismo de Hölderlin y Novalis, Nerval y Baudelaire. Si buena parte de la poesía moderna es hija de Baudelaire y Mallarmé, Molina es heredero indudable del autor de Las flores del mal, no del lúcido enamorado de la Nada.
A Molina le parecía raro que un poeta no tuviera afecto por el surrealismo, aunque no compartiera sus resultados. Por otro lado, aunque respetaba ciertos productos poéticos de pulcro despojamiento reflexivo, mantenía ante ellos una mirada de asombro ante lo que no termina de desentrañar su naturaleza.
Perteneció a la estirpe de Lautréamont, de Rimbaud, de Henry Miller, de Blaise Cendrars, de Lorca, de Neruda. Sin duda hoy podríamos emparentarlo, por varias razones, con el chileno Gonzalo Rojas. En Molina, aunque en ocasiones se copia un poco a sí mismo o bien se desmorona en su propia vegetación y magma verbal, es, incluso cuando habla de nubes, un poeta terrestre. ¿Es necesario recordar que uno de sus libros, de 1946, se titula Pasiones terrestres?

EXILIO


Vuélvete, y en la sombra,
tal como toma el pródigo perdido,
regresa hacia ese légamo de fuscos
donde vela el recuerdo de tu gente
enterrada en la arena.
Un batido arrecife natal,
la espuma de unos cuerpos que perduran
en susurros de óxido y salitre,
en espesuras entre cuyas ramas
se enganchan los ahogados, como frutos
mecidos por la racha submarina,
luces de misteriosas alas líquidas,
como el oscuro ruego
de una madre de olas que te implora
y gime entre las algas, sin destino,
tras el solemne carro de la luna.

También allí tu nombre polvoriento
grabado está. Desde antaño la piedra lo guarece
y silbó con el viento
en la mojada pluma del pájaro marino.
Porque fuiste a la playa
donde tus pies trituran yerbas secas,
aletas, restos de aguas eternas.
¡Oh, sobre cada estría la huella de tus labios!
Esa luz, esa sal, ese color de yerbajos corrompidos
que pican las gaviotas
un día te engendraron,
hálito que solloza en la calma nocturna,
alma mía, temblando de nostalgia ante el mar.


Pasiones Terrestres (1946)

ARCHIPIÉLAGOS LÁNGUIDOS


¡Islas!
Cual un collar de ardiente monedas despulidas
con que la luz se adorna y enceguece
o arroja a la nostalgia coronada de espumas.
Haz de arenas ociosas, indolentes sepulcros
abriendo sus delicadas frondas sobre la playa de despojos,
con sus nubes de hierbas, sus enigmas
entre lápidas llenas de conchillas,
las costas humilladas por los barrios marítimos,
los mercados portuarios de tortugas
y alfarerías hechas con la imagen del sexo,
frituras en los atrios, arrebatos impúdicos
buscando leves presas, homenajes de mujeres y fiestas.

¡Oh pozo de delicias!
Sellado para siempre, con el odre de furias enterrado en el golfo,
y un pueblo tumultuoso como un dios que medita,
honrando con alcoholes la belleza del mar.
¡Narrador! ¡Narrador!
Aguza en el destierro tu puñal de delirios.
habitante de casas de tablones tatuados por la sal de la luna,
precarias como el amo cuyo licor auspicia maleficios,
aullando sus brebajes,
injuriando la estirpe de sus padres,
la majestad del trópico en el gran desamparo de los años.
Embarcaderos rotos por un golpe de tristes alas de gaviotas,
que levantan su grito hasta palidecer más allá del escollo,
pregonando los ritos de la costa,
sus ancianas que tuestan entrañas de animales en parrillas grasientas,
los mariscos frenéticos
las tiendas de moluscos y sombreros,
unas lascivas lámparas del viento rodeadas de guitarras.
¡Arded, fuegos terrestres!
Que crepite el collar de cáscaras marinas
en el cuello de plata de los muertos.
¡Arded, turba de ebrios unidos a la lluvia,
moradores de playas, cautivos como monos en el lago,
en un flanco marino,
lleno de hermosos frutos que se adoran,
mutaciones y ruinas incesantes,
sus vastos letargos encaminados hacia el sol!

Pasiones Terrestres (1946)


Una noche de 1989, en Madrid, se le oyó decir que la primera memoria que guardaba de la poesía era la de su padre recitándole a Zorrilla, Espronceda y otros románticos españoles, cuando él aún no sabía leer. Aunque no entendía bien, la música verbal se le quedó impregnada para siempre. ¿Odió a su padre? ¿A su madre? En un poema de mediados de los cuarenta, Molina interpela a sus padres: “¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida/sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?”

Pero para Molina había un mundo paradisíaco, el que se dibujaba en su propio deseo, que no excluía, curiosamente, a la muerte. Es un paraíso porque incluye la muerte y así la vivifica lejos de considerarla algo ajeno. “A cierta profundidad de la conciencia, escribió en su única novela, los contrarios se identifican de una manera perturbadora”.
Cualquier poema está lleno de fragmentos imantados por una memoria acostumbrada a tatuarse en la corriente. Molina no cifra sino que trata de mostrarnos la experiencia concreta, las cosas, en las que arde “un terror antiguo”. Nada de abstracciones. Si el intelecto unifica la realidad, los sentidos la dispersan, la hacen girar en remolinos.

CIRCE


Solo contra la tierra
este sudor de instintos ha deshecho mi rostro de pájaro
    confuso
extraviado en los restaurantes de los tejados bajo la mañana 
    sin oficio
convertido de pronto en la bestia inocente que ronca entre 
    las flores
una mano de adiós
un golpe de olas en el alma

Disfrazado de playas y ciudades que pasan
las promesas se olvidan como en sueños
como un reverbero de moscas sobre tales países sin
    escrúpulos ni socorro 
en las eternas fogatas del tiempo 
entre las plagas de la inconstancia 
mientras se coagula al sol un vino de archipiélagos 
—oh carne sobrenatural con tu incomprensible gemido
    celeste torturado y salvajemente vivo en las venas— 
ahora que revisto la piel del cerdo fosforescente 
el olfato del camino
su relámpago de mujeres dormidas exhalando el perfume
   penetrante de la tristeza 
de plumas de sexo barridas por el viento
Pero te recobro
oscuro corazón de prisionero y de desafío 
ciego corazón humano 
con el hechizo de la corriente 
vacilaciones, éxtasis y terrores
y el musgo de abismo que brilla entre dos bocas que se 
    besan
para ser nuevamente sólo un hombre sin más amparo que
    tu furia 
sin otro cielo que tu aliento
como una blasfemia deslumbrante como un lazo demente tendido a los más puros vampiros de la tierra

Amantes Antípodas (1961)

Molina confía en el desorden porque intuye que hay un sentido, irreductible, que lo relaciona con lo más vivo. No confía en lo claro y distinto porque siempre ha creído que el misterio de lo vital no es desvelable salvo por la experiencia misma de sus contradicciones. Su capacidad de abrazar la afirmación y la negación, lo que se recuerda y lo que se olvida, es tan grande que la negación acaba revelando la antípoda sobre la que se sustenta. Los poemas “El pasajero de la habitación n0 23”, “Los hoteles secretos”, “Etapa”—, además de formar parte de lo mejor que escribió, son también en alguna medida, viajes en los que el esplendor se une a los naufragios, la promesa al olvido. No es casualidad que Molina tradujera “El transiberiano”, uno de los poemas centrales de Blaise Cendrars que junto con “Pascua en Nueva York”, y “Zona” de Apollinaire, son el inicio de una nueva poesía en lengua francesa. En “Alta marea” constata, tras un largo periplo marítimo: “todo termina/ los viajes y el amor/ nada termina/ ni viajes ni amor ni olvido ni avidez/ todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que acecha en el sol de su instinto”.

ALTA MAREA


Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
                     sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
                     de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
                     con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
                     la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
                     días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
                     insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
                     cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
                     enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
                     marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 
                     de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
                     desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
                     aguas y de los campos con las violencias de este planeta 
                     que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
                     como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
                     cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
                     acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
                     a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
                     del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

Amantes antípodas (1961

Enrique Molina escribió una única novela, “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman”. El libro une la recreación y narración de los hechos, visto en muchos momentos desde una perspectiva poética, y los documentos sobre el caso. En Argentina, Carmila O’Gorman, una muchacha de familia burguesa, se enamora, a finales de los años cuarenta del siglo XIX , en tiempo de Rosas, de un joven presbítero, Ladislao Gutiérrez. “En una sociedad donde imperan a la vez el odio y las virtudes domésticas”, nos dice Molina en el prólogo, Camila encarna “el honor del amor”. La pasión de Camila y Ladislao desafía a su tiempo. Ambos escapan, son perseguidos y, finalmente, ajusticiados por una sociedad y un poder tiránicos. Tuvieron la oportunidad de salvarse, al menos ella, a través del arrepentimiento: no lo hicieron, cuando desde el convento ella le escribe diciéndole que no se engañe, que ella no ha olvidado.
Molina encontró en esta historia trágica una verdad profunda: el amor es una afirmación disidente, porque, si bien en tal o cual momento puede ser aceptado nunca será una norma, siempre será “fuego libre” y sus manifestaciones un verdadero desafío para la vida convencional. “Por el amor —escribe Molina— supieron quiénes eran”.

En Buenos Aires, sus amigos eran Federico Gorbea, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Francisco Madariaga, Edgard Bailey, Miguel Espejo, Abel Posse, Roberto Sánchez, Fernando Sánchez Sorondo, Horacio Pilar, que admiraban su ternura, su picardía deliciosamente infantil, su generosidad, su talento sin par y la grandeza de su alma. Una vez fue visitado para un reportaje, vivía en ese entonces en una cuarta planta del 2385 de la Avenida Pueyrredón. En la puerta estaba pegada una foto de los ojos de una mujer. Su aspecto más bien bajo, con el pelo blanco, parecía un hombre fuerte, saludable, y tenía unos ojos en los que la infancia no se había perdido. En las paredes, algunos collages suyos (siempre se dedicó, con sensibilidad e imaginación, a la plástica, y a veces “ilustraba” sus cartas con collages) y una foto con una mujer desnuda, gorda, aunque con una cintura pequeña. Era gorda sin haber perdido las proporciones. André Coyné cuenta, en un bello texto sobre el poeta, que Molina se emocionó cuando supo que el último amor de Nerval fue una hermosa gorda. Molina y sus gordas, Molina y las gigantas de Baudelaire. Sin embargo, su última mujer, Genoveva Benedit, era muy delgada..

POESÍA MÁS POESÍA
También en televisión
Jueves a las 22h
En Grupo Cero TV
www.grupocero.org

DIARIO DE VIAJE


 Regiones nómades
con reliquias perdidas de la edad del fuego cuando el tacto abre su delta de
estremecimientos en grandes antros de sirvientas y ellas destellan 
todavía en la arpillera de los campos como la mandrágora los astros 
gemelos de sus pezones con el tufo del horizonte
Después la lumbre sobrenatural de lo obsceno y tantas habitaciones con un 
globo de sanguijuelas en la aterrada noche del olvidado 
el rumor de la mujer que llega por el pasillo inacabable acercando al corazón
su nombre y su aliento y a sus espaldas esa oscuridad de mi vida donde
de pronto las más bellas muñecas de incendio se iluminan para crear el 
vacío tórrido de la ausencia entre tales tabiques traspasados por las 
injurias de los vecinos
Luego la pareja arrastrada por el mar… tan perdidos… sin fuerzas sin 
victoria… los labios brillando con la humedad de las granjas y de las 
fiebres… Oh cuando era joven y la alquimia del mundo escogía los ele-
mentos de mi sangre para crear ciertas noches ciertos lugares de la 
costa el sentimiento de una irresistible conducta de volátil y tipo disemi-
nado entre las quemaduras de la pereza y el grito de olvido apagado por
el bramido del camión que lo arrastra en la cuesta
¡toda su alma bajo la fabulosa máscara del sol!
Tierras de antorcha arrojada a la cara 
el lecho jauría la boca incertidumbre la primavera éxodo esparciendo al 
pasar ese polvillo de nácar que desprenden los senos
¡y yo sólo abrigado con la llama desierta de cada cosa listo para cualquier 
frustración que despierte el relámpago del deseo sin esperanza cubrién-
dome de brasas que nunca cicatrizan y de ese vasto rumor de alas en 
viaje nacido de las raíces incesantemente arrancadas!
Minaretes de viejas camas de hospedaje víctimas incandescentes malezas de 
camarote atascado en la selva difuntos descoloridos sin memoria
cabezas donde ardió la fogata la voz salvaje de las lágrimas el grito de un 
pájaro extranjero
anotaciones imprecisas campos flotantes en la corriente del camino llegadas 
a lugares irrazonables situaciones del amanecer visiones postreras 
abrazos guitarras y cocos
Por todas partes países que miran fijamente ternuras vacías a la luz de los 
sueños y de las nubes 
alcobas que se hunden en el mar
El amor con su ráfaga
Tierras furtivas…

Amantes Antípodas (1961)

Estuvo en España varias veces, en viajes cortos Destacaba entre los poetas españoles a Garcilaso y Quevedo, a Bécquer, Lorca y Cernuda. En 1990 leyó en la Residencia de Estudiantes ante un grupo pequeño, y una semana después en otro centro cultural de Madrid, y en esa ocasión, que fue su última lectura en España, asistió sólo una persona, él no pareció inmutarse y dio su recital para esa sola persona tras agradecerle su presencia. Todo un ejemplo. A Enrique Molina le importaba muy poco la literatura y mucho la poesía. Cuentan que cuando estaba agonizando, un pájaro entró en la habitación, revoloteó y volvió a salir a la intemperie, a la redondez de la tierra, esas alas batiendo sobre su último suspiro, conduciéndolo de nuevo, una vez más, a las islas, “a través del tiempo y la nada en la avidez sin límites de todo corazón”. –

En la solapa de “Amantes Antípodas” 1961, puede leerse:
“Hay instantes en que todo ser está como un puente, como el cuerpo de un pájaro entre dos alas, como una ecuación total del mundo de las apariencias y lo absoluto. Esos instantes mágicos, son para mí de un contenido profundamente revelador y creo que la poesía, actividad sin resignación y sin esperanza, no tiene otro mecanismo
.En 1941 publica “Las cosas y el delirio” y obtiene el Premio Martín Fierro, instituido por la Sociedad Argentina de Escritores para poetas menores de 30 años. De 1946 es “Pasiones terrestres”, laureado con un Premio Municipal de la Poesía. En “Costumbres errantes o la redondez de la tierra”, el lenguaje se insinúa a través del mismo permanente sentimiento de inquietud, que fuga en todas direcciones. Fundador de una de las más originales expresiones dentro de nuestras revistas literarias: “A partir de cero” de inspiración surrealista.
En Francia, sus poemas fueron traducidos y publicados en “Cahiers du Sud” y “Les nouvelles litteraires”. Octavio Paz, refiriéndose a la obra de este poeta argentino, ha escrito”…en Buenos Aires, la poesía luminosa y fácil de Enrique Molina (fácil en el sentido de que son fáciles de crecer el árbol, la vegetación del mar y la sucesión de imágenes del sueño…”
“La poesía de Molina, como un cuchillo, no describe, se hunde en la realidad. Es un tatuaje imborrable, una herida perpetua, una joya viva en este inmenso desierto de baratijas”.

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NORMA MENASSA CHAMLI

María Norma Menassa Chamli nace el 22 de septiembre de 1938 en Buenos Aires. Recibe el título de médico en 1975 y de psiquiatra en 1983, Poeta y psicoanalista, es una importante científica del mundo de la salud mental. Tenemos que abreviar su curriculum porque no podemos leer las 33 páginas. Estudió, trabajó, coordinó, formó, supervisó, tradujo, publicó dirigió y fundó el “Centro de salud mental Villa Lugano”. Dirigió la Escuela de Poesía y psicoanálisis de Buenos Aires, a los 76 años, cruza el charco y se instala en Madrid donde sigue en activo, estudiando, trabajando, coordinando formando, supervisando a psicoanalistas en formación.
Ha incluido en su ejercicio profesional, la coordinación de talleres de poesía, ha sido co-productora de dos largometrajes de Miguel Oscar Menassa y también ha sido actriz.
Ha publicado varios libros en la editorial Grupo Cero, en psicoanálisis: Medicina Psicosomática, El porvenir de la Clínica psicoanalítica, Los miedos del amor, Vigencia de Sigmund Freud – La Transferencia-, Lo económico en Freud y Lacan, La realidad simbólica, Medicina psicoanalítica I y II, Esquizofrenias y otras Pasiones, Lingüística y psicoanálisis.
Sus libros de poesía son, Amores Mínimos, Talleres de Poesía I, Cuando está por llover los pájaros no vuelan, Eva Buenosaires, Me acosa una pasión  (1º premio de Poesía Asociación 
Pablo Menassa de Lucia), Pertenezco, Graffitis en el cielo, A plena penumbra, Vivir en Madrid.

Norma Menassa con el poeta Juan-Jacobo Bajarlía.

CULTIVARSE NO ES CULTIVAR

Zambullirte en otros mundos
darte un baño de extrañeza,
arder en deseos de lo nuevo
recorrer otras vidas,
renovar los siglos en cosas venideras
ir de la mano de los grandes, de los rojos, de los negros,
atravesar colores de otras razas,
costumbres añejadas, palideces agitadas por olas
de un fondo más viejo que sus nombres.
un virginal repaso de amores extinguidos,
una pasión de otros que hago mía.

Estar en este mundo significa hacer la alquimia necesaria
trasmutar los metales, y los mármoles
que se levanten con pies alados los dioses derribados
que soportaron la maldad de todos los rocíos.

Recordar el fuego de las hojas y todos los bronces escondidos,
volver sobre esos otros que dejaron sus señas desafiando los siglos
la bella reina del ciprés casada con el chamán piel–roja
trayendo una frescura imperceptible.

Estar allí con otras sangres luchando
con los esclavos de los convencionalismos,
liberarse de los que por falta de imaginación
no pudieron contra las ataduras.
Aburrirse con la burguesa moribunda que disimula su fracaso,
apresar en cada historia la estupidez del mundo,
confiar en los tentáculos de otras almas
y arremeter con filos ácidos las cuerdas de todos los poetas.

No hay sucesión, hay saltos,
antes de mi hablaron otros hombres
y no hay propiedad hereditaria sino tiempo veloz
juntando y separando la misma savia, la misma raíz,
haciendo contacto con nosotros.

Y aquel que escribía sobre la hierba fresca,
un Witman al que no conocí lo suficiente,
y que cortó los nuevos troncos para que los talláramos de nuevo.
Y Hermes el tramposo, una vez más en Delos,
y el altar se derrumba en sus temblores.
Las bodas de Canaán en Galilea,
y Nazim cantando entre las rejas y amando a su doncella,
más todos los artistas rotos,
desamparados de una patria sangrienta,
perdidos en los pueblos cubiertos por olivos grises
como las nubes de un cielo que aún no llora.

Las turbulentas huestes de jóvenes esperándome,
para que diga alguna cosa,
y esto soy yo, una multitud de vidas en mi vida,
una cultural benevolencia que me pone en el mundo,
como la mano aquella que arroja la semilla,
para que vengan a mí canciones mías,
nacidas de mi alma cautivada
que estalla con ritmos argentinos
y una Latinoamérica que me invita a cultivar la rosa
la que quedó escrita en su bandera por el hombre Martí
que me repite.

De “VIVIR EN MADRID”

DEL MAR VINO LA LUZ


¿Dónde estaba yo cuando la luz cayó entre los torbellinos del tiempo
y se abrieron las páginas de mis días golpeada por hechizos,
que mas allá de las palabras olían a sangre derramada
antes que la piedad se sentara a la mesa de los dioses.
Ente los que quedamos vivos después de la catástrofe
enronquecimos las gargantas y jadeamos sobre las aguas del océano
sin lograr apagar los gritos del naufragio,
mientras los pájaros caían abatidos sobre las ondulaciones de las olas.
La arena fingió su desamparo y convertida en vidrio
tatuó los pies que buscaban algún refugio y arrancó de su increíble huella, raíces que se hundieron en alguna novela estrafalaria
a la espera de alguna presa desgraciada y
trepados en la llama de algún sueño
se desnudaron los amigos con los que compartíamos el sol
y llenos de mentiras, mudos como un altar sin misa
vistiendo ropas desconocidas se desplazaron lentamente
hacia un olvido borrascoso, sólo sombras contra el pasado
que nublaron las imágenes sobre el mar
iniciando la ceremonia de la bruma.
Del mar vino la luz que iluminó un país desorientado
del que partían los senderos que llevaban al desierto
y el verano cegado aplastó contra la roca a una pareja de amantes
que se desvaneció en el aire sin suspiros
y los cuerpos y el cielo dieron paso a otra luz
parecida a un espejismo de fantasmas
que empezó a hablarle a las piedras
revestidas ahora con joyas de lujuria
donde plata y leche se trenzaban en anillos del tiempo
quedando capturada la libertad soñada.
El mar cubrió de sal los labios besados que eran mi único botín,
un círculo de fuego azotó visiones dispuestas a matarme,
un réquiem fueron las grandes sinfonías del sol,
lo inconcluso fue un puente hacia el amor
y el rugido de la luz
el inconstante umbral donde descansa mi locura.

Con su hermano el poeta Miguel Oscar Menassa en la sede del Grupo Cero en Madrid.

NADIE ME LO PIDIÓ


Me decían, partir el pan y repartirlo
porque la vida es sólo el manotazo que derriba a la muerte,
y acudía presurosa porque todo podía ser de todos,
y la grandeza es el desfile de actos cotidianos,
fugaz presente tratando de abarcar al mundo y penetrarlo.
Había palabras como soles en la mesa
y el mundo zumbaba en cada recorrido de la luz
hasta que el día se desmoronaba y todo cambiaba
al color de las sombras mientras alguien doblaba por la esquina
queriendo robar algún amor, algún sueño perdido
alguna ligereza para aliviar el peso de la espalda
Nadie me lo pidió,
pero hablé de lo que no conozco
y fui uno más de aquellos que quedaron vivos después de los bostezos
y nada más que por estar llegué
hasta las aguas del arroyo donde
mojé mis labios en la piedra que goteaba
y toqué la tierra humedecida donde crecía el musgo
que se pegó a mi piel y fui la verde imprecisión temerosa y profética
como de infancia vivida en las veredas,
solo al amparo de gorriones.
Nadie me lo pidió
pero gané futuro en cada paso, sin mirar para atrás,
cayendo como cae el día en un corredor interminable donde
nunca se apaga la fábrica de sueños y apenas un rasguño
es la delicada marca de mis pies sobre el silencio.
La noche como un pájaro azul lleva en su pico las horas ya vividas
y el viento borra los colores que a ciegas tiñe el tiempo.
Yendo en busca de algunas claridades y aunque nadie me lo pida
dejo algunas plumas que no sirven para el vuelo,
sombras que son palabras enhebradas
bordando cicatrices invisibles,
y un puente colgante donde se balancea mi nombre
hasta el vértigo de las gotas de aguas estremecidas

LO QUE NO SE PUEDE MOSTRAR


Desnudeces,
cuerpos de aires entrelazados.
Viajes por el país de las tardes y los asombrosos días de cantos
destinados a extraños que dirán algo inútil de mis imaginaciones.
Visiones crudas volcadas en una realidad que se transforma.
Palabras que no se suman en cadenciosas músicas
porque quieren ser una sorpresa.
Agilidad que mueve las formas esclavas del espíritu,
circunstancias de la vida que toman formas imprevistas
y que algún orden me trastornan,
quiero hablar de los hombres y hablo de la guerra,
quiero hablar del amor y hablo de los pájaros,
maravillas puestas en un lenguaje cotidiano,
la audacia de una sencillez que quisiera lograr y que no alcanzo.
Desnudeces,
Ni infancia, ni formación, ni amores,
acontecimientos solos venidos de este mundo
y arrojados fuera del mundo hacia otro mundo.
Cuerpos invisibles a pesar de las luces y los espejos,
escenarios inventados recreando el universo,
saltando los fenómenos naturales,
las llamas convertidas en pasión humana,
la noche, el viento y el agua para reproducir el amor
y los colores de los sueños,
flores sombrías, casi flores negras arrojadas en la calle
para que un bailarín de gestos torpes y falsos
juegue con sus sombras alargadas
como todas las sombras sin remedio.
Desnudeces
Entre la muchedumbre se brilla algunas veces.
La ingenuidad abandona la tierra y el aire atraviesa las letras.
que se arremolinan sin dudar,
con la esperanza de conservar lo móvil.
Un cuerpo fundido en otro cuerpo
y todo es vano a pesar del intento
de sacudir el polvo de semejante fusión.
El poema en una soledad emerge como si estuviese dirigido
por el desborde de la belleza mas allá de alguna verdad
y vuelve a poner todo en cuestión,
y a responder sin saber cuál fue la circunstancia.
El recuerdo se transforma,
hay una acumulación de siglos que empujan y la edad de oro
se transforma en un presente y la memoria se expande como una tiniebla,
atraviesa paredes, disfruta de las ruinas de un pasado,
reina un olvido fundamental
y queda la poesía liberada de entredichos.
Solo desnudeces,
ni líneas, ni superficies, ni volúmenes,
ni personajes, ni sentimientos,
ni monumentos, ni corazón ni cabeza ,
ni aburrimiento, ni belleza,
nada,
la destrucción es total,
se crea y se destruye,
nuevas formas buscan en el tiempo una nueva imagen.
Se borran los reflejos personales,
soy la que habla y la que escucha al mismo tiempo
una sola visión que me somete a una realidad que es otra,
que me devuelve viva.
Hay un constante devenir por todas partes,
cierro los ojos y se abren las puertas de lo maravilloso
más allá de lo comprensible,
todo encuentra su eco,
y quedo anonadada por lo que no se puede mostrar,
por lo invisible,
por ese movimiento perpetuo,
ese infinito.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

2. Poesía más Poesía: Vicente Aleixandre y Cruz González.

VICENTE ALEIXANDRE

BIOGRAFÍA


Vicente Aleixandre, poeta de la generación del 27, considerado uno de los grandes poetas españoles del siglo XX.
En una oportunidad dijo: “El poeta es el hombre. Y todo intento de separar el poema del hombre ha resultado siempre fallido. Por eso sentimos tantas veces como que tentamos a través de la poesía del poeta algo de la carne mortal del hombre. Y espiamos, aún sin quererlo, aún sin pensar en ello, el latido humano que lo ha hecho posible, en este poder de comunicación está el secreto de la poesía que, cada vez estamos más seguros de ello, no consiste tanto en ofrecer belleza cuanto en alcanzar propagación, comunicación profunda del alma de los hombres” (Aleixandre)
Esta cita de Vicente Aleixandre, nos puede esclarecer la comprensión de su obra, por lo significativo que resulta y por venir de un poeta que nace en el ambiente literario donde fue posible el famoso diagnóstico orteguiano de “la deshumanización del arte”.
En el clima de los ismos pujantes por los primeros años 20, una poesía intelectualizada aspiraba, a la pureza, mediante una suerte de abstracción.
Pronto esto va a cambiar y también el panorama de la época. En un lapso brevísimo, la generación del 27 experimentó distintas y en cierto modo contradictorias aventuras poéticas, y la irrupción del surrealismo, fue ya un amplio cauce de rehumanización y de talante apasionado.
El verdadero surrealismo va a pasar de un hermetismo poco accesible, a una clarificación de sus delirios imaginativos, a lo que no es ajena, y a la penetración en la nueva estética. Todos estos procesos que son la historia misma de la poesía contemporánea española, van a manifestarse en la importante y amplia obra aleixandrina.
El poeta, pues es también el hombre, como decíamos al principio, y el hombre Vicente Aleixandre, español de Sevilla, nace en la primavera trágica de 1898, el 26 de Abril, cuando la escuadra del almirante Cervera zarpaba rumbo al Caribe, donde naufragaría la última astilla del viejo imperio, dando paso a un período de crisis nacional, con larga repercusión en el pensamiento y en la literatura.
Hijo de un ingeniero de ferrocarril, pertenecía a una familia de la burguesía media acomodada. Cuando tenía dos años su familia se traslada a Málaga donde transcurrió su infancia. Fueron nueve años donde como cera maleable el paisaje dejó grabada su luminosa sensación de belleza, el Mediterráneo, su resonancia. Fue allí también,en Málaga donde tuvo el primer contacto con lo que sería un camarada, otro futuro poeta de la generación: Emilio Prados, condiscípulo de las primeras clases.
Cuatro décadas después, esas impresiones aflorarán muy vívidamente en el espacio cósmico de uno de sus libros capitales: Sombra del Paraíso.
De este libro vamos a leer Ciudad del paraíso, que alude a Málaga.

CIUDAD DEL PARAÍSO

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
mecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la luna eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Píe desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

Vicente Aleixandre, Luis Cernuda y Federico García Lorca.

En la 1909 la familia se instala en Madrid, ciudad donde el futuro poeta cursará el bachillerato y la universidad. Vicente Aleixandre estudió Derecho y Comercio. Fue profesor de derecho de la Escuela de Madrid durante unos años, especializándose en derecho mercantil.
A los 18 años descubrió la poesía como “una profunda verdad comunicada” que le inicia en el goce y misterio de la poesía y que lo aleja de la concepción que le había sido transmitida en sus años escolares, de la poesía como un conjunto de rimas. A partir de entonces, se relaciona con otros jóvenes de su generación que sentían como él inquietudes literarias.
Es cuando estudiaba Derecho e Intendencia Mercantil- carreras en las que se graduó en 1919-, donde inicia su amistad con Dámaso Alonso, al que conoce en Las Navas del Marqués, lugar donde veraneaba, amistad que puede considerarse el primer paso para su entrada al mundo de la creación poética.
Tras aquellos diálogos amistosos, Aleixandre descubre una vocación ya definitiva. Inicia de este modo una profunda pasión por la poesía. Dámaso Alonso le aconseja leer al romántico Gustavo Adolfo Bécquer y le descubre el nuevo mundo y la expresión estética del modernista Rubén Darío, como así también a otros poetas como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y a los simbolistas franceses. A partir de ese momento nace en Aleixandre la necesidad de escribir poesía.

NACIMIENTO DEL AMOR

¿Cómo nació el amor? Fue ya en otoño.
Maduro el mundo, no te aguardaba ya.
Llegaste alegre, ligeramente rubia, resbalando en lo blando
del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
me pareciste aún, sonriente, vívida,
frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,
sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,
que llegabas sobre el azul, sin beso,
pero con dientes claros, con impaciente amor.
Te miré. La tristeza
se encogía a lo lejos, llena de paños largos,
como un poniente graso que sus ondas retira.
Casi una lluvia fina —¡el cielo, azul! — mojaba
tu frente nueva. ¡Amante, amante era el destino
de la luz! Tan dorada te miré que los soles
apenas se atrevían a insistir, a encenderse
por ti, de ti, a darte siempre
su pasión luminosa, ronda tierna
de soles que giraban en tomo a ti, astro dulce,
en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso,
que empapa luces húmedas, finales, de la tarde,
y vierte, todavía matinal, sus auroras.
Eras tú amor, destino, final amor luciente,
nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.
Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,
alma solo? ¡Ah, tu carne traslúcida
besaba como dos alas tibias,
como el aire que mueve un pecho respirando,
y sentí tus palabras, tu perfume,
y en el alma profunda, clarividente
diste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz,
sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.
En mi alma nacía el día.
Brillandoestaba de ti; tu alma en mi estaba.
Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.
Mis sentidos dieron su dorada verdad. Sentí a los pájaros
en mi frente piar, ensordeciendo
mi corazón. Miré por dentro
los ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,
y un vuelo de plumajes de color, de encendidos presentes me embriagó,
mientras todo mi ser a un mediodía, raudo, loco, creciente
se incendiaba mi sangre ruidosa,
se despeñaba en gozos de amor, de luz, de plenitud, de espuma.

De izquierda a derecha, Pedro Sainz Rodríguez, Don Juan, Beltrán Alburquerque, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Luis María Anson, en la casa del poeta

DESTINO TRÁGICO

Confundes ese mar silencioso que adoro
con la espuma instantánea del viento entre los árboles.
Pero el mar es distinto.
No es viento, no es su imagen.
No es el resplandor de un beso pasajero,
ni es siquiera el gemido de unas alas brillantes.
No confundáis sus plumas, sus alisadas plumas,
con el torso de una paloma.
No penséis en el pujante acero del águila.
Por el cielo las garras poderosas detienen el sol.
Las águilas oprimen a la noche que nace,
la estrujan -todo un río de último resplandor va a los mares-
y la arrojan remota, despedida, apagada,
allí donde el sol de mañana duerme niño sin vida.
Pero el mar, no. No es piedra,
esa esmeralda que todos amasteis en las tardes sedientas.
No es piedra rutilante toda labios tendiéndose,
aunque el calor tropical haga a la playa latir,
sintiendo el rumoroso corazón que la invade.
Muchas veces pensasteis en el bosque.
Duros mástiles altos,
árboles infinitos
bajo las ondas adivinasteis poblados de unos pájaros de
espumosa blancura.
Visteis los vientos verdes
inspirados moverlos,
y escuchasteis los trinos de unas gargantas dulces:
ruiseñor de los mares, noche tenue sin luna,
fulgor bajo las ondas donde pechos heridos
cantan tibios en ramos de coral con perfume.
Ah, sí, yo sé lo que adorasteis.
Vosotros pensativos en la orilla,
con vuestra mejilla en la mano aún mojada,
mirasteis esas ondas, mientras acaso pensabais en un cuerpo:
un solo cuerpo dulce de un animal tranquilo.
Tendisteis vuestra mano y aplicasteis su calor
a la tibia tersura de una piel aplacada.
¡Oh suave tigre a vuestros pies dormido!
Sus dientes blancos visibles en las fauces doradas,
brillaban ahora en paz. Sus ojos amarillos,
minúsculas guijas casi de nácar al poniente,
cerrados, eran todo silencio ya marino.
Y el cuerpo derramado, veteado sabiamente de una onda poderosa,
era bulto entregado, caliente, dulce solo.
Pero de pronto os levantasteis.
Habíais sentido las alas oscuras,
envío mágico del fondo que llama a los corazones.
Mirasteis fijamente el empezado rumor de los abismos.
¿Qué formas contemplasteis? ¿Qué signos, inviolados,
qué precisas palabras que la espuma decía,
dulce saliva de unos labios secretos
que se entreabren, invocan, someten, arrebatan?
El mensaje decía…
Yo os vi agitar los brazos. Un viento huracanado
movió vuestros vestidos iluminados por el poniente trágico.
Vi vuestra cabellera alzarse traspasada de luces,
y desde lo alto de una roca instantánea
presencié vuestro cuerpo hendir los aires
y caer espumante en los senos del agua;
vi dos brazos largos surtir de la negra presencia
y vi vuestra blancura, oí el último grito,
cubierto rápidamente por los trinos alegres de los ruiseñores del fondo.

SE QUERÍAN

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

En 1922 conoció a Rafael Alberti en el Ateneo de Madrid, época en la que su salud empieza a empeorar. En 1925 se le declara una nefritis tuberculosa, que termina con la extirpación de un riñón, operación realizada en 1932.
Desde esa época, reside en la casa de Velingtonia, tan conocida por los poetas de dentro y fuera de España, donde ha escrito casi todos sus libros. Ese número 3 de la calle Velingtonia, que cuando la habitó el poeta por primera vez era una isla en las afueras madrileñas de los altos de la Moncloa, ha venido siendo, durante medio siglo, una suerte de estación de seguimiento de las naves espaciales de la poesía. Lugar de frecuentes reuniones del famosos grupo generacional, Lorca, Cernuda, Alberti, Altoaguirre, Diego, Dámaso Alonso…
En esta casa victima también de la destrucción bélica, reconstruida en 1941, las generaciones de postguerra hallaron entre sus paredes un generosos y ejemplar magisterio.

DESTINO DE LA CARNE

No, no es eso. No miro
del otro lado del horizonte un cielo.
No contemplo unos ojos tranquilos, poderosos,
que aquietan a las aguas feroces que aquí braman.
No miro esa cascada de luces que descienden
de una boca hasta un pecho, hasta unas manos blandas,
finitas, que a este mundo contienen, atesoran.

Por todas partes veo cuerpos desnudos, fieles
al cansancio del mundo. Carne fugaz que acaso
nació para ser chispa de luz, para abrasarse
de amor y ser la nada sin memoria, la hermosa redondez de la luz.
Y que aquí está, aquí está, marchitamente eterna,
sucesiva, constante, siempre, siempre cansada.
Es inútil que un viento remoto, con forma vegetal, o una lengua,
lama despacio y largo su volumen, lo afile,
lo pula, lo acaricie, lo exalte.
Cuerpos humanos, rocas cansadas, grises bultos
que a la orilla del mar conciencia siempre
tenéis de que la vida no acaba, no, heredándose.
Cuerpos que mañana repetidos, infinitos, rodáis
como una espuma lenta, desengañada, siempre.
¡Siempre carne del hombre, sin luz! Siempre rodados
desde allá, de un océano sin origen que envía
ondas, ondas, espumas, cuerpos cansados, bordes
de un mar que no se acaba y que siempre jadea en sus orillas.
Todos, multiplicados, repetidos, sucesivos, amontonáis la carne,
la vida, sin esperanza, monótonamente iguales bajo los
cielos hoscos que impasibles se heredan.
Sobre ese mar de cuerpos que aquí vierten sin tregua, que aquí rompen
redondamente y quedan mortales en las playas,
no se ve, no, ese rápido esquife, ágil velero
que con quilla de acero, rasgue, sesgue,
abra sangre de luz y raudo escape
hacia el hondo horizonte, hacia el origen
último de la vida, al confín del océano eterno
que humanos desparrama
sus grises cuerpos.
Hacia la luz, hacia esa escala ascendente de brillos que
de un pecho benigno hacia una boca sube,
hacia unos ojos grandes, totales que contemplan,
hacia unas manos mudas, finitas, que aprisionan,
donde cansados siempre, vitales, aún nacemos.

MATERIA HUMANA

Y tú que en la noche oscura has abierto los ojos y te
has levantado.
Te has asomado a la ventana.
La ciudad en la noche. ¿Qué miras? todos van lejos.
Todos van cerca.
Todos muy juntos en la noche. Y todos y cada uno en su
ventana, única y múltiple.
Si tú mueves esa mano, la ciudad lo registra un
instante y vibra en las aguas.
Y si tú nombras y miras, todos saben que miras, y
esperan y la ciudad recibe la onda pura
de una materia.

Toda la ciudad común se ondea y la ciudad toda
es una materia:
una onda única en la que todos son, por la que todo es,
y en la que todos están; llegan, pulsan, se crean.
Onda de la materia pura en la que inmerso te hallas, que
por ti existe también y que desde lejísimos te ha
alcanzado.
Allí respira en la extensión total -¡ah, humanidad!-
con toda su dimensión profunda casi infinita.
Ah, qué inmenso cuerpo posees.
Toda esa materia que viene del fondo del existir,
que un momento se detiene en ti y sigue tras ti,
propagándote y heredándole y por la que tú
significadamente sucedes.
Todo es tu cuerpo inmenso, como el de aquél, como el
de ese otro, como el de aquella niña, como el de
aquella vieja,
como el de aquel guerrero que no se sabe, allá en el fondo
de las edades, y que está latiendo contigo.
Contigo el emperador y el soldado, el monje y el
anacoreta. Contigo
la cortesana pálida que acaba de ponerse su colerete en la
triste mejilla, ah, cuán gastada.
Allí en la infinitud de los siglos.
Pero aquí sonríe contigo, bracea en la onda de la materia
pura, y late en la virgen.
Como ese gobernante sereno que fríamente condena, allá
en la lejanísima noche, y respira ahora también en la boca
pura de un niño.
Todos confiados en la vibración sola que a todos suma,
o mejor, que a todos compone y salva, y hace y envía, y
allí
se pierde todavía íntegra hacia el futuro.
Oh, todo es presente.
Onda única en extensión que empieza en el tiempo, y
sigue y no tiene edad.
0 la tiene, sí, como el Hombre.

CUERPO DE AMOR

Volcado sobre ti,
volcado sobre tu imagen derramada bajo los altos
álamos inocentes,
tu desnudez se ofrece como un río escapando,
espuma dulce de tu cuerpo crujiente,
frío y fuego de amor que en mis brazos salpica.
Por eso, si acerco mi boca a tu corriente prodigiosa,
si miro tu azul soledad, donde un cielo aún me teme,
veo una nube que arrebata mis besos
y huye y clama mi nombre, y en mis brazos se esfuma.
Por eso, si beso tu pecho solitario,
si al poner mis labios tristísimos sobre tu piel incendiada
siento en la mejilla el labio dulce del poniente apagándose,
oigo una voz que gime, un corazón brillando,
un bulto hermoso que en mi boca palpita,
seno de amor, rotunda morbidez de la tarde.
Sobre tu piel palabras o besos cubren, ciegan,
apagan su rosado resplandor erguidísimo,
y allí mis labios oscuros celan, hacen, dan noche,
avaramente ardientes: ¡pecho hermoso de estrellas!
Tu vientre níveo no teme el frío de esos primeros vientos,
helados, duros como manos ingratas,
que rozan y estremecen esa tibia magnolia,
pálida luz que en la noche fulgura.
Déjame así, sobre tu cuerpo libre,
bajo la luz castísima de la luna intocada,
aposentar los rayos de otra luz que te besa,
boca de amor que crepita en las sombras
y recorre tu virgen revelación de espuma.
Apenas río, apenas labio, apenas seda azul eres tú, margen dulce,
que te entregas riendo, amarilla en la noche,
mientras mi sombra finge el claroscuro de plata
de unas hojas felices que en la brisa cantasen.
Abierta, penetrada de la noche,
el silenciode la tierra eres tú: ¡oh mía, como un mundo en los brazos!
No pronuncies mi nombre: brilla sólo en lo oscuro.
Y ámame, poseída de mí, cuerpo a cuerpo en la dicha,
beso puro que estela deja eterna en los aires.

Publica sus primeros poemas en la “ Revista de Occidente” y en 1927 participa en el homenaje a Góngora desde la páginas de la revista “Verso y Prosa, de Jorge Guillén. También publica su primer libro “Ámbito” y comienza a leer a Freud, implicándose en el surrealismo poético.
El homenaje a don Luis de Góngora
El homenaje a Góngora fue el motivo que atrajo hasta Sevilla a los “poetas de Madrid”, que no desaprovecharon la ocasión, contribuyendo así a la revalorización de la figura y obra del poeta cordobés, relegada por la crítica académica.
…Y a Sevilla llegaron desde Madrid Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti y Federico García Lorca. Eran los componentes, junto a Pedro Salinas y Vicente Aleixandre, que no viajaron a Sevilla, del núcleo de la Generación del 27, del que también formaba parte el sevillano Luis Cernuda, todavía residente en su ciudad natal y que participó en las veladas literarias como un componente más del Auditorio.

Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Vicente Aleixandre y Concha Lagos, en el jardín de Velintonia.

LA FRONTERA


Si miro tus ojos,
si acerco a tus ojos los míos,
¡oh, cómo leo en ellos retratado todo el pensamiento de mi soledad!
Ah, mi desconocida amante a quien día a día estrecho en los brazos.
Cuán delicadamente beso despacio, despacísimo,
secretamente en tu piel
la delicada frontera que de mí te separa.
Piel preciosa, tibia, presentemente dulce, invisiblemente cerrada
que tiene la contextura suave, el color, la entrega de la fina magnolia.
Su mismo perfume, que parece decir: “Tuya soy, heme entregada al ser que adoro
como una hoja leve, apenas resistente, toda aroma bajo sus labios frescos”.
Pero no. Yo la beso, a tu piel, finísima, sutil, casi irreal bajo el rozar de mi boca,
y te siento del otro lado, inasible, imposible, rehusada,
detrás de tu frontera preciosa, de tu mágica piel inviolable,
separada de mí por tu superficie delicada, por tu severa magnolia
cuerpo encerrado débilmente en perfume
que en lo que de distancia y que, envuelto rigurosamente,
como una diosa de mí te aparta, bajo mis labios mortales.
Déjame entonces con mi beso recorrer la secreta cárcel de mi vivir,
piel pálida y olorosa, carnalidad de flor, ramo o perfume,
suave carnación que delicadamente te niega,
mientras cierro los ojos, en la tarde extinguiéndose,
ebrio de tus aromas remotos, inalcanzables,
dueño de ese pétalo entero que tu esencia me niega.

El POETA CANTA POR TODOS


I
Allí están todos, y tú los estás mirando pasar.
¡Ah, sí, allí, cómo quisieras mezclarte y reconocerte!

El furioso torbellino dentro del corazón te enloquece.
Masa frenética de dolor, salpicada
contra aquellas mudas paredes interiores de carne.
Y entonces en un último esfuerzo te decides. Sí, pasan.
Todos están pasando. Hay niños, mujeres. Hombres serios.
Luto cierto, miradas.
Y una masa sola, un único ser, reconcentradamente desfila.
Y tú, con el corazón apretado, convulso de tu solitario
dolor, en un último esfuerzo te sumes.
Sí, al fin, ¡cómo te encuentras y hallas!
Allí serenamente en la ola te entregas. Quedamente derivas.
Y vas acunadamente empujado, como mecido, ablandado.
Y oyes un rumor denso, como un cántico ensordecido.
Son miles de corazones que hacen un único corazón que te lleva.

II

Un único corazón que te lleva.
Abdica de tu propio dolor. Distiende tu propio corazón contraído.
Un único corazón te recorre, un único latido sube a tus ojos,
poderosamente invade tu cuerpo, levanta tu pecho, te hace
agitar las manos cuando ahora avanzas.
Y si te yergues, si un instante levantas la voz,
yo sé bien lo que cantas.
Eso que desde todos los oscuros cuerpos casi infinitos se ha unido y relampagueado,
que a través de cuerpos y almas se liberta de pronto en tu grito,
es la voz de los que te llevan, la voz verdadera y alzada
donde tú puedes escucharte, donde tú, con asombro, te reconoces.
La voz que por tu garganta, desde todos los corazones esparcidos,
se alza limpiamente en el aire.

III

Y para todos los oídos. Sí. Mírales cómo te oyen.
Se están escuchando a sí mismos. Están escuchando una única voz que los canta.
Masa misma del canto, se mueven como una onda.
Y tú sumido, casi disuelto, como un nudo de su ser te conoces.
Suena la voz que los lleva. Se acuesta corno un camino.
Todas las plantas están pisándola.
Están pisándola hermosamente, están grabándola con su carne.
Y ella se despliega y ofrece, y toda la masa gravemente desfila.
Como una montaña sube. Es la senda de los que marchan.
Y asciende hasta el pico claro. Y el sol se abre sobre las frentes.
Y en la cumbre, con su grandeza, están todos ya cantando.
Y es tu voz la que les expresa. Tu voz colectiva y alzada.
Y un cielo de poderío, completamente existente,
hace ahora con majestad el eco entero del hombre.

En 1933 obtiene el Premio Nacional de Literatura por los poemas aún inéditos de “La destrucción o el amor”.

EL VALS

Eres hermosa como la piedra,
oh difunta;
oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave.
Esta orquesta que agita
mis cuidados como una negligencia,
como un elegante bendecir de buen tono,
ignora el vello de los pubis,
ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta.
Unas olas de afrecho,
un poco de serrín en los ojos,
o si acaso en las sienes,
o acaso adornando las cabelleras;
unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos;
unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos.
Todo lo que está suficientemente visto
no puede sorprender a nadie.
Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima,
disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente.
Y los caballeros abandonados de sus traseros
quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes.
Pero el vals ha llegado.
Es una playa sin ondas,
es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas o
de dentaduras postizas.
Es todo lo revuelto que arriba.
Pechos exuberantes en bandeja en los brazos,
dulces tartas caídas sobre los hombros llorosos,
una languidez que revierte,
un beso sorprendido en el instante que se hacía «cabello de ángel»,
un dulce «sí» de cristal pintado de verde.
Un polvillo de azúcar sobre las frentes
da una blancura cándida a las palabras limadas,
y las manos se acortan más redondeadas que nunca,
mientras fruncen los vestidos hechos de esparto querido.
Las cabezas son nubes, la música es una larga goma,
las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito
se ha convertido en los corazones en oleadas de sangre,
en un licor, si blanco, que sabe a memoria o a cita.
Adiós, adiós, esmeralda, amatista o misterio;
adiós, como una bola enorme ha llegado el instante,
el preciso momento de la desnudez cabeza abajo,
cuando los vellos van a pinchar los labios obscenos que saben.
Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla,
el momento en que los vestidos se convertirán en aves,
las ventanas en gritos,
las luces en ¡socorro!
y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas
se convertirá en una espina
que dispensará la muerte diciendo:
Yo os amo.

CANCIÓN A UNA MUCHACHA MUERTA


Dime, dime el secreto de tu corazón virgen,
dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,
quiero saber por qué ahora eres un agua,
esas orillas frescas donde unos pies desnudos se bañan
con espuma.
Dime por qué sobre tu pelo suelto,
sobre tu dulce hierba acariciada,
cae, resbala, acaricia, se va
un sol ardiente o reposado que te toca
como un viento que lleva sólo un pájaro en mano.
Dime por qué tu corazón como una selva diminuta
espera bajo tierra los imposibles pájaros,
esa canción total que por encima de los ojos
hacen los sueños cuando pasan sin ruido.
Oh tú, canción que a un cuerpo muerto o vivo,
que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,
cantas color de piedra, color de beso o labio,
cantas como si el nácar durmiera o respirara.
Esa cintura, ese débil volumen de un pecho triste,
ese rizo voluble que ignora el viento,
esos ojos por donde sólo boga el silencio,
esos dientes que son de marfil resguardado,
ese aire que no mueve unas hojas no verdes…
¡Oh tú, cielo riente que pasas como nube;
oh pájaro feliz que sobre un hombro ríes;
fuente que, chorro fresco, te enredas con la luna;
césped blando que pisan unos pies adorados!

Años después desde su habitación de enfermo, publica la elegía en prosa a Federico García Lorca y colabora en algunas publicaciones de la España Republicana. Miguel Hernández le dedica, con un notable texto, su libro “Viento del pueblo”, y él a su muerte le escribe su elegía. Le visitan con frecuencia y se llegan hasta su lecho de enfermo acompañándolo en su convalecencia Dámaso Alonso y Federico García Lorca. En los primeros días de la Guerra Civil, víctima de una denuncia, pasa veinticuatro horas en una checa, centro de detención controlado por los partidos políticos y sindicatos, de la que es liberado por su amigo Pablo Neruda, cónsul de Chile a la sazón. Hace una gran amistad con el crítico literario José Luis Cano. Y mantiene un largo epistolario con el pintor Gregorio Prieto.

Aleixandre junto a la tumba del poeta Miguel Hernández.

Vicente Aleixandre escribió esta elegía el 28 de marzo de 1942, en la enfermería de la prisión alicantina, en la que acababa de morir Miguel Hernández, eran las 5.32. Se dice que no pudieron cerrarle los ojos

ELEGÍA EN LA MUERTE DE MIGUEL HERNÁNDEZ

“Sobre la piel del cielo, sobre sus precipicios,
se remontan los hombres…”
“…despedidme del sol y de los trigos…”
Miguel Hernández

I
No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.
Tumba estelar que los espacios ruedas
con sólo él, con su cuerpo acabado.
Tierra caliente que con sus solos huesos
vuelas así, desdeñando a los hombres.
¡Huye! ¡Escapa! No hay nadie;
sólo hoy su inmensa pesantez de sentido,
Tierra, a tu giro por los astros amantes.
Solo esa Luna que en la noche aún insiste
contemplará la montaña de vida.
Loca, amorosa, en tu seno le llevas,
Tierra, oh Piedad, que sin mantos le ofreces.
Oh soledad de los cielos. Las luces
sólo su cuerpo funeral hoy alumbran.
II
No, ni una sola mirada de un hombre
ponga su vidrio sobre el mármol celeste.
No le toquéis. No podríais. El supo,
sólo él supo. Hombre tú, solo tú, padre todo
de dolor. Carne sólo para amor. Vida solo
por amor.
Sí. Que los ríos
apresuren su curso: que el agua
se haga sangre: que la orilla
su verdor acumule: que el empuje
hacia el mar sea hacia ti, cuerpo augusto,
cuerpo noble de luz que te diste crujiendo
con amor, como tierra, como roca, cual grito
de fusión, como rayo repentino que a un pecho
total único del vivir acertase.
Nadie, nadie. Ni un hombre. Esas manos
apretaron día a día su garganta estelar. Sofocaron
ese caño de luz que a los hombres bañaba.
Esa gloria rompiente, generosa que un día
revelara a los hombres su destino; que habló
como flor, como mar, como pluma, cual astro.
Sí, esconded, esconded la cabeza. Ahora hundidla
entre tierra, una tumba para el negro pensamiento
cavaos,
y morded entre tierra las manos, las uñas, los dedos
con que todos ahogasteis su fragante vivir.
III
Nadie gemirá nunca bastante.
Tu hermoso corazón nacido para amar
murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio..
¡Ah! ¿Quién dijo que el hombre ama?
¿Quién hizo esperar un día amor sobre la tierra?
¿Quién dijo que las almas esperan el amor y a su sombra florecen?
¿Que su melodioso canto existe para los oídos de los hombres?
Tierra ligera, ¡vuela!
Vuela tú sola y huye.
Huye así de los hombres, despeñados, perdidos,
ciegos restos del odio, catarata de cuerpos
crueles que tú, bella, desdeñando hoy arrojas.
Huye, hermosa, lograda,
por el celeste espacio con tu tesoro a solas.
Su pesantez, al seno de tu vivir sidéreo
da sentido, y sus bellos miembros lúcidos para siempre
inmortales sostienes para la luz sin hombres.

En 1937 su salud empeora notablemente: pierde diez kilos en pocos meses y pasa los dos últimos años de la guerra en cama con un riguroso tratamiento.
Después de la guerra, a pesar de sus ideas izquierdistas, permanece en España, en su misma casa, reconstruida en octubre de 1940. El padre ha muerto en ese mismo año tras ser purgado por el Frente Popular e investigado exhaustivamente por el bando vencedor. Y Aleixandre, en su exilio interior, se convierte durante los años de posguerra en uno de los maestros de los jóvenes poetas, con los que se cartea abundantemente y a los que recibe sin escatimar tiempo en su domicilio de Madrid, Wellingtonia (o Velingtonia), 3 (ahora y desde el año 1978, renombrada en su honor calle Vicente Aleixandre).

El poeta, quien por estos años no deja de repetir que “poesía es comunicación”, no tenía inconveniente siquiera en enviar poemas inéditos a las revistas escolares que se lo pedían. Escribe entre 1939 y 1943 “Sombra del paraíso”, uno de sus libros más importantes, publicado en Madrid en 1944.

Vicente Aleixandre junto a Claudio Rodríguez y José Hierro.

ENTRE DOS OSCURIDADES, UN RELÁMPAGO

Y no saber adónde vamos, ni de
dónde venimos
Rubén Darío.

Sabemos adónde vamos y de dónde venimos. Entre dos
oscuridades, un relámpago.
Y allí, en la súbita iluminación, un gesto, un único gesto,
una mueca más bien, iluminada por una luz de estertor.
Pero no nos engañemos, no nos creamos. Con humildad
con tristeza, con aceptación, con ternura,
acojamos esto que llega. La conciencia súbita de una
compañía, allí en el desierto.
Bajo una gran luna colgada que dura lo que la vida, el
instante del darse cuenta entre dos infinitas
oscuridades,
miremos este rostro triste que alza hacia nosotros sus
grandes ojos humanos,
y que tiene miedo, y que nos ama.
Y pongamos los labios sobre la tibia frente y rodeemos
con nuestros brazos el cuerpo débil, y temblemos,
temblemos sobre la vasta llanura sin término donde sólo
brilla la luna del estertor.
Como en una tienda de campaña,
que el viento furioso muerde, viento que viene de las
hondas profundidades de un caos,
aquí la pareja humana, tú y yo, amada, sentimos las
arenas largas que nos esperan.
No acaban nunca, ¿verdad? En una larga noche, sin
saberlo, las hemos recorrido;
quizá juntos, oh, no, quizá solos, seguramente solos, con
un invisible rostro cansado desde el origen, las
hemos recorrido.
Y después, cuando esta súbita luna colgada bajo la que
nos hemos reconocido
se apague,
echaremos de nuevo a andar. No sé si solos, no sé si
acompañados.
No sé si por estas mismas arenas que en una noche hacia atrás
de nuevo recorreremos.
Pero ahora la luna colgada, la luna como estrangulada,
un momento brilla.
Y te miro. Y déjame que te reconozca.
A ti, mi compañía, mi sola seguridad, mi reposo
instantáneo, mi reconocimiento expreso donde yo
me siento y me soy.
Y déjame poner mis labios sobre tu frente tibia -oh,
cómo la siento-,
Y un momento dormir sobre tu pecho, como tú sobre el
mío,
mientras la instantánea luna larga nos mira y con piadosa
luz nos cierra los ojos.

Junto con “Hijos de la ira”, de su amigo Dámaso Alonso, también de ese año, constituye uno de los libros capitales de la corriente literaria que Alonso vino a bautizar como Poesía desarraigada, paralela al Tremendismo en la prosa, durante la Primera generación de posguerra.
En 1943, se difunde por México el rumor de que ha muerto, por lo que Emilio Prados le hizo la dedicatoria de su libro “Mínima muerte”, de 1944, como fallecido. Un joven poeta, Carlos Bousoño, redacta una famosa tesis doctoral sobre su obra, Aleixandre escribirá el prólogo del poemario de Bousoño, Primavera de la muerte (1946).
Ingresa como miembro de número en la Academia Española de la lengua. El 22 de enero de 1950 lee su discurso de ingreso en la Real Academia Española, que versa sobre el tema “Vida del poeta: el amor y la poesía”. Su amigo Dámaso Alonso leyó el discurso de contestación

 Vicente Aleixandre, en el centro, rodeado de varios académicos en su casa de Velintonia 3 celebrando la concesión del Nobel en 1977. (CIFRA GRÁFICA) DIARIO DE PONTEVEDRA

NO EXISTE EL HOMBRE


Sólo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos,
penetra por los bosques.
Modela las aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura esquina,
inunda de fulgurantes rosas
el misterio de las cuevas donde no huele a nada.
La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una muerte lúcida.
La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores aplacados.
Un cadáver en pie un instante se mece,
duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La luna miente sus brazos rotos,
su imponente mirada donde unos peces anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos neutros,
sobre los pechos blandos que algún pulpo ha adorado.
Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja siempre,
que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,
que no es una piedra sobre un monte irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los huesos,
lo que fuera las venas de un hombre,
lo que fuera su sangre soñada, su melodiosa cárcel,
su cintura visible que a la vida divide,
o su cabeza ligera sobre un aire hacia oriente.
Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca.
Pero el hombre no vive, como no vive el día.
Pero la luna inventa sus metales furiosos.

LA OSCURIDAD


No pretendas encontrar una solución. ¡Has mantenido
tanto tiempo abiertos los ojos!
Conocer, penetrar, indagar: una pasión que dura lo que
la vida.
Desde que el niño furioso abre los ojos. Desde que rompe
su primer juguete.
Desde que quiebra la cabeza de aquel muñeco y ve, mira
el inexplicable vapor que no ven los otros ojos
humanos.
Los que le regañan, los que dicen: «¿Ves? ¡Y te lo
acabábamos de regalar! … »
Y el niño no les oye porque está mirando, quizá está
oyendo el inexplicable sonido.
Después cuando muchacho, cuando joven.
El primer desengaño. El primer beso no correspondido.
Y luego de hombre, cuando ve sudores y penas, y tráfago,
y muchedumbre
Y con generoso corazón se siente arrastrado
y es una sola oleada con la multitud, con la de los que
van como él.
Porque todos ellos son uno, uno solo: él; como él es todos.
Una sola criatura viviente, padecida, de la que cada uno,
sin saberlo, es totalmente solidario.
Y luego, separado un instante, pero con la mano tentando
el extremo vivo donde se siente y hasta donde llega
el latir de las otras manos,
escribir aquello indagar esto, o estudiar en larga vigilia,
ahora con las primeras turbias gafas ante los ojos, ante
los cansados y esperanzados y dulces ojos que
siempre preguntan.
Y luego encenderse una luz. Es por la tarde. Ha caído
lentamente el sol y se dora el ocaso.
Y hay unos salpicados cabellos blancos, y la lenta
cabeza suave se inclina sobre una página.
Y la noche ha llegado. Es la noche larga.
Acéptala. Acéptala blandamente. Es la hora del sueño.
Tiéndete lentamente y déjate lentamente dormir.
Oh, sí. Todo está oscuro y no sabes. Pero ¿qué importa?
Nunca has sabido, ni has podido saber.
Pero ya has cerrado blandamente los ojos
y ahora como aquel niño,
como el niño que ya no puede romper el juguete,
está tendido en la oscuridad y sientes la suave mano
quietísima,
la grande y sedosa mano que cierra tus cansados ojos
vividos,
y tú aceptas la oscuridad y compasivamente te rindes.

En 1963, año en que recibió el Premio de la crítica, encabezó la firma de una carta al ministro franquista Manuel Fraga Iribarne solicitando una investigación sobre las agresiones y torturas a mineros asturianos y a sus esposas durante la Huelga de 1962. La misiva estuvo firmada por 120 intelectuales españoles. El ministro Fraga Iribarne publicó en respuesta una “carta abierta” a uno de los firmantes (el poeta José Bergamín), negando los hechos.
Los poetas de la posguerra, atraídos por su figura, frecuentaron su casa: Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, Carlos Bousoño, José Luis Cano, José Hierro, Francisco Nieva, el grupo Cántico (sobre todo Ricardo Molina) y los Novísimos, en especial Luis Antonio de Villena y Vicente Molina Foix.
Desde 1973 venía siendo uno de los candidatos más destacados por la Academia Sueca para recibir el premio Nobel. El 6 de octubre de 1977 la Academia Sueca le concede el Premio Nobel de Literatura “por una obra de creación poética innovadora que ilustra la condición del hombre en el cosmos y en nuestra sociedad actual, a la par que representa la gran renovación, en la época de entreguerras, de las tradiciones de la poesía española”.
Hospitalizado de urgencia el 10 de diciembre de 1984, en la Clínica Santa Elena, con hemorragia intestinal, muere en la noche del 13 de diciembre. Es enterrado en el panteón familiar del Cementerio de la Almudena de Madrid el sábado 15 de diciembre de 1984.
Vicente Aleixandre definió la figura del poeta como “una conciencia puesta en pie, hasta el fin”.
En la revista Las 2001 Noches número 18 en septiembre del año 1998 se realiza un homenaje al poeta que le invitamos a leer en www.las2001noches.com

CRUZ GONZÁLEZ

Cruz González firmando ejemplares de sus libros en la caseta de Grupo Cero en la feria del libro de Madrid.


Cruz González nace en Madrid en 1959. Se forma en la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero. Responsable de la Página de Poesía de la Escuela de Poesía Grupo Cero desde 2001.
Secretaria de Dirección de la revista Las 2001 noches
Encargada de preparar la publicación virtual Indio Gris
Co-directora de la revista del Corredor del Henares Salud es Poesía-Poesía es Salud.
Canta poemas de Miguel Oscar Menassa
Ha participado como actriz de la Productora cinematográfica Grupo Cero desde sus inicios en cortometrajes y en los largometrajes ¿Infidelidad?,Mi única familia, En defensa propia y El medicamento bajo la dirección de Miguel Oscar Menassa. En la película La invitación del presidente de dicho director trabajo en la dirección de actores.
Participa a los programas de Televisión Grupo Cero RT Poetas despiertos en acción y Poesía más poesía.
Ha publicado Letras de fuego – 1998 / A golpe de lluvia -2002 en colaboración /Cortina de humo – 2003 Tercer premio (ex aequo) de poesía de la Asociación Pablo Menassa de Lucia en su 4ª convocatoria. Mansedumbre de la piel – 2015.

A TI «TORO SENTADO»


«…Ninguno de nosotros lloró,
porque llorar,
no conocía el corazón del indio…»
Miguel Oscar Menasssa
Salí muy de mañana, el rostro fijo en la montaña
las manos dibujaban un mundo enloquecido
pequeñas palabras sobre los árboles.
La piel era de tierra, los pasos de gigante
nadie quedó, nadie gritaba el dolor de aquel pueblo.
El ritmo frenético del tambor,
ahogaba la muerte hasta casi nombrarla.
Llovía aquella tarde sobre el indio, sobre la arena del desierto
sobre los campos arrasados por el blanco americano.
Dijeron que lloraba por los muertos de la guerra
dijeron que su cuerpo temblaba por el miedo
dijeron tantas cosas de aquel indio, tantas cosas le hicieron
La herida de un pueblo maltratado, palabras que morían entre labios
dejaron sobre la montaña un nombre dibujado.
Moriré, lo sé, tras aquel valle enterraréis mis huesos
mas la sangre derramada en estas letras recorrerá los siglos
el tiempo de los hombres, voz de papel, como un cuchillo.

(De Letras de fuego)

LETRAS


Entre unas manos que dibujan una ciudad naciendo
Y unas manos que dan vida a cierta clase de dolor
Mi voz se va formando al ritmo de tus letras.

El poeta disiente de un orden que no le pertenece,
Pasea por la ciudad como cualquier ciudadano
Pasea por la ciudad y, sin embargo, el poeta disiente.

Los jóvenes saludan internet y dejan que el dolor
Dibuje en sus rostros un aire de indiferencia.
También entre los jóvenes existe la guerra.

No son bombas cayendo sobre casas
Llenas de muebles y espejos, son libros
Desapareciendo de las manos de los niños,
De las manos de los jóvenes, desapareciendo
De las manos de aquellos que aprendieron
La dura tarea de la supervivencia.

Estas letras son mil letras desaparecidas
Letras rotas en gargantas sin escrúpulos,
Letras que se duelen de querer ser letra.

(De Cortina de humo)

UNA MUJER


Pluma de gavilán errante
o herido pájaro en la noche.

Elementos aislados de la historia
o el alma que yace sobre la tierra muerta.

No veo más allá de las sombras,
ni siquiera escucho mi corazón
recitando antiguas maldiciones.

Soy esa mujer que no se nombra
sino entre las letras
una palabra y sus silencios,
certera puntuación en la mirada.

(De Cortina de fuego)
Cruz junto al poeta Miguel Oscar Menassa.

UNA VIDA POSIBLE


Acordamos
un tiempo para el amor
y un tiempo para la guerra.

La guerra es el futuro,
palabras que transforman
el tiempo del amor.

Yo había aprendido:
de tus manos, la palabra.
de tu piel, los imprecisos
pliegues del destino.

Caminaba a tu lado
como si mi vida fuese
caminar a tu lado.

Escribir mil historias,
y nombré
cada letra escrita.

Grabadas
quedaron, en mi piel,
tus palabras.

(De La ciudad desnuda)

TIEMPOS POR VENIR

Caminan por la arena
tronchada por los años
sombras de árboles
que nos vieron nacer.

Campo a través
el océano se pierde
en países extranjeros.

Sentada en el verano
escribo mi nombre
entre otros nombres.

Bordo
con manos artesanas,
tiempos por venir.

(De La Ciudad desnuda)

¿QUÉ HACER?

¿Qué hacer con esos cuerpos y esas manos
que encandiladas por el amor, se desperezan?

Quizá esté la guerra con sus soldados
a punto de atravesar fronteras.
Tal vez la muerte asome al asfalto
de un día cualquiera, sin mañana.

El futuro se abre ante nosotros
y un tiempo se desliza
entre tanta batalla,
construyendo nuevas palabras.

Libertad encadenada
que, rozando la piel,
dibuja su contorno.

Hambre desesperada
dolor hecho palabras
historia donde el hombre
es esa letra que canta,
desesperada, un amor.

(De La ciudad desnuda)

EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS


Verso de Germán Pardo García

Parece Prévert con sus juegos de letras
y la alegría de tanto movimiento.

No viene de Francia sino de Colombia.
viaja con su cesto de flores,
frutas de estación y pájaros
de países exóticos.

Le acompaña un cuadro de Gauguin
y un poema de González Tuñon
que habla de la isla de Papeete,
ésa donde el pintor escribió sus libros.

Desea por sobre todas las cosas
de este mundo y del otro,
que no sabe si existe
pero igual desea por sobre todo,
viajar.

No le importa el sol sobre su rostro
cuando sonríe a las muchachas que pasan
moviendo sus caderas al ritmo de su cantinela,
o cuando llega al mercado y los chiquillos
jalean su entrada con gritos de bienvenida
y carreras de acá para allá.

No está mucho tiempo en cada ciudad.
conversa con cada habitante
hasta que uno u otro le compra
algunas flores para el balcón
-que bien pudiera ser el del poema-
le dice a quien acaba pagando un poco más
para llevar una o dos flores y un pájaro.

Lee cada noche y al atardecer,
sentado sobre alguna piedra del camino,
saca de su bolsillo izquierdo una quena
y la hace sonar.

Antes de dormir escribe algún poema,
no vaya a ser que los tiempos cambien
y alguien que él no conoce, lo encuentre
y le pida que lo lea.

Cada noche, después de escribir, lee en voz alta,
tan alta que hasta podrían escuchar las estrellas.
Y mira las flores y los pájaros y escucha
una gran ovación que alegra su corazón
y duerme hasta la mañana.

(De Mansedumbre de la piel)
Cantando canciones de Miguel Oscar Menassa.

ALÉJATE DE MÍ, POESÍA, QUIERO VIVIR

Cada vez, se vuelve del revés y grita no poder más,
llora el llanto de los incondicionales del cielo
y cae sobre la noche con su cuerpo de nada y de olvido.

Vuelve sumisa,
sonríe como si la noche no hubiese acontecido y barre,
una y otra vez, virutas de tiempo que llegan,
implacables, sobre su piel.

Quiero vivir, poesía, aléjate de mí.
y ella sonríe y espera tranquila
el próximo encuentro.

Planto un árbol y luego otro
construyo una casa y luego una ciudad,
fabrico coches que parecen cohetes espaciales
por la intensidad con la que realizan cada maniobra;
me diluyo en lluvia ácida y desaparezco.

Cuando abro los ojos, ella nace como si nada
hubiese acontecido y pone una lavadora
o tiende la ropa que quedó mojada sobre el sillón.

Me siento en una silla con un parche azul
en una de sus patas y me acuerdo de un poema
o de un cuadro y mis manos se deslizan
sobre el teclado negro y dirigen la orquesta
que ya se puso en marcha y no puede para.

Dejo que la alegría
tienda sobre mi piel
restos de tiempo;
me olvido del mundo
y escribo un mundo que nace
cuando llego al final.

(De Mansedumbre de la piel)

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

PRÓXIMO NÚMERO

1. Poesía más Poesía: Raúl González Tuñón y Olga de Lucia.

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

BIOGRAFÍA

Raúl González Tuñón, poeta argentino conocido como el pichón de Argentina. Nació
en la Ciudad de Buenos Aires, el 29 de marzo de 1905. Murió, el 14 de agosto de 1974 en
Buenos Aires.
Un 29 de marzo de 1905 en la casa con dos patios y un níspero en la calle Saavedra,
frente al muro de un asilo, nacía Raúl González Tuñón. En el barrio del Once aquella
casa que ya no existe, como tampoco el muro ni el asilo.
“Vi la luz en el barrio del once, en el surero
Cerca de allí nació también Julio de Caro
y escribió de la Púa sus memorables versos.
Entonces aún la luna bajaba hasta los patios
¿Era todo mejor? No lo sé. Era distinto”

Hijo de inmigrantes españoles de origen obrero, el sexto de siete hermanos heredó el compromiso social de su abuelo materno, Manuel Tuñón, un minero asturiano y socialista que fue el primero en llevarlo a una manifestación. Su otro abuelo, Estanislao González fue un imaginero borracho y aventurero, que jamás salió de España. Se quedó pintando el manto de la virgen que sus vecinos llevaban en las procesiones, recorriendo bares y persiguiendo muchachas. De él, escucharía increíbles anécdotas a lo largo de su infancia y obtendría el perfil lírico y el espíritu andariego.
A los 17 años, Raúl recibió 15 pesos por su poema “A Frank Brown” (el payaso), publicado en la revista Caras y Caretas. Por entonces, ya era un gran conocedor de los bajos fondos porteños, tema esencial de su primer libro El violín del diablo, (1926) donde retrató como nadie ese Buenos Aires de fondas, cafetines y cabaretes de marineros, prostitutas, ladrones y canallas. Libro de 49 poemas que está dedicado a sus hermanos Enrique y Oscar, (“los más indulgentes espectadores de mis versos”).

Cinco “marineros” en Buenos Aires en 1933 en la presentación del libro de Norah Lange: `45 días y 30 marineros´. Vemos vestidos temáticamente de pié desde la izquierda a Pablo Neruda, Amado Villar, Federico García Lorca y Jorge Larco; en cuclillas, Raúl González Tuñón.

LOS LADRONES

Ven a verlos por la mañana
con la gorra hasta las orejas.
Han desvalijado a las viejas
del Asilo de las Hermanas.
Dilapidarán sus dineros
con mujeres y malandrinos
en pocilgas y merenderos,
en milongas y clandestinos.
Oirán un tango de Pracánico
y en lo del Pena ole con ole
mientras sueñan con Rocambole
las muchachas en el Botánico.

Del Parque Goal el payador
humedecerá sus mejillas
cantando sombrías coplillas
de sangre, de muerte y de amor.
A la noche con la mamúa
irán de pura recalada
a besar la crencha engrasada
que cantó Carlos de la Púa.
Y son humanos, inhumanos,
fatalistas, sentimentales,
inocentes como animales
y canallas como cristianos.
Ninguna angustia los desgarra.
Cada cual vive como quiere.
Cuando la madre se les muere
le ponen luto a la guitarra.

ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA (1926)


I
A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

II
Lamparillas de la Kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.

III
Teatrillos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría.
Paraísos artificiales.

IV
Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.
Pero sobre todo mujeres
para hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.
No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto

de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala-trala-trálala
ritma en tu viejo corazón.
Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
De vida miliunanochesca…

V
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!

VI
Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Este libro, y las influencias de Enrique, su hermano, le permitieron ingresar en el diario
Crítica. Su director, Natalio Botana, quien se jactaba de tener en su redacción a los
jóvenes poetas de la nueva generación, convocó a Raúl a sus filas. (“….para mí, un
buen poema, es la mejor carta de presentación de un periodista…”).
El diario Crítica fue una gran escuela de periodismo. Por allí pasaron Nalé Roxlo,
Borges, Arlt, Petit de Murat y Nicolás Olivari, entre tantos otros. Tenía Raúl por
entonces veinte años y todo el mundo ante sus ojos viajeros y, coqueteando entre los
grupos antagónicos de Florida y Boedo, abrazó las primeras vanguardias, participando
de la mítica Revista Martín Fierro, junto a Borges, Girondo y Discépolo, entre otros.
González Tuñón, hoy suele figurar en las antologías de ambos grupos, por abrazar las
premisas del primero, pero sin desoír los dardos afilados que el grupo de
Boedo, de la mano de Roberto Arlt, Leónidas Barletta y Alvaro Yunque, lanzaban desde
su prosa.

Raúl González Tuñón en el Café Tortoni

LA LIBERTAD

I
De pronto entró la Libertad.

La Libertad no tiene nombre,
no tiene estatua ni parientes.
La Libertad es feroz.
La Libertad es delicada.

La Libertad es simplemente
la Libertad.

Ella se alimenta de muertos.
Los Héroes cayeron por Ella.
Sin angustia no hay Libertad,
sin alegría tampoco.
Entre ambas la Libertad
es el armonioso equilibrio.

Nosotros tenemos vergüenza,
la Libertad no la tiene,
la Libertad anda desnuda.
(Y el señor Jesucristo dijo
que el reino de Dios vendrá
cuando andemos de nuevo desnudos
y no tengamos vergüenza.)

Hermanos, nosotros sabemos,
pero la Libertad no sabe.

II
Hay que ser piedra o pura flor o agua,
conocer el secreto violeta de la pólvora,
haber visto morir delante del relámpago,
conocer la importancia del ajo y el espliego,
haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío,
haber visto a un soldado con el fusil ardiente,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Viva el amor, la vida poderosa,
la muerte creadora de olores penetrantes
y eso porque uno muere y resucita,
la luz sobre los techos de la aurora,
sobre las torres del petróleo,
sobre las azoteas de las parvas,
sobre los mástiles del queso y el vino,
sobre las pirámides del cuero y el pan,
la gente retornando,
una ventana con la bandera en familiar bordado
y la exacta ambulancia, con heridos,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Hay que ser como el puente necesario,
natural como el lirio, como el toro,
saber llegar al fondo del silencio,
al subsuelo del brote y a la raíz del grito,
hay que haber conocido el miedo y el valor,
haber visto una mano que agita una linterna
de noche, hacia el distante nido de metralla,

hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

III

De pronto entró la Libertad.

Estábamos todos dormidos,
algunos bajo los árboles,
otros sobre los ríos,
algunos más entre el cemento,
otros más bajo la tierra.

De pronto entró la Libertad
con una antorcha en la mano.

Estábamos todos despiertos,
algunos con picos y palas,
otros con una pantalla verde,
algunos más entre libros,
otros más arrastrándose, solos.

De pronto entró la Libertad
con una espada en la mano.

Estábamos todos dormidos,
estábamos todos despiertos
y andaban el amor y el odio
más allá de las calaveras.

De pronto entró la Libertad,
no traía nada en la mano.

La Libertad cerró el puño.
¡Ay! Entonces…

Los hermanos Tuñón fueron un puente entre ambos grupos. Y finalizados los años
veinte, cuando la polarización política se hizo evidente, debieron definir su posición. El
joven poeta de las tabernas, se convertiría en el primer poeta político-social de la
Argentina. Viajero inagotable, los puertos y los caminos fueron su obsesión. Natalio
Botana, enseguida comprendió que “este Raúl, el hermano de Enrique, es un pájaro y
hay que tratar de tenerlo siempre afuera”.
Esta atinada percepción hará que se convierta en corresponsal del diario y allí
comenzarán los viajes donde recogerá diferentes vivencias, transformándolas en
poesía. La huelga obrera de la Patagonia, en 1921, tiene uno de sus primeros
portavoces en Tuñón.
Producto de estas experiencias como periodista viajando por el interior del país, fue
Miércoles de Ceniza, (1928). Aquí, el poeta hizo un reconocimiento geográfico de su

propia historia y de la historia de Argentina, en una suerte de revisionismo trasgresor
y a contramano del oficialismo. Con este libro, Raúl ganó el premio Municipal. Con los
500 pesos del premio, sacó un pasaje en el buque español “Puerto de Palos”, para
finalmente “anclar en París”. El dinero se acabó pronto, pero nació en consecuencia La
Calle del agujero en la media (1930), el gran salto desde los bares de Buenos Aires,
hasta una mesa en Montparnasse. Un libro enamorado de París, sus mujeres, sus
esquinas, su bohemia y el surrealismo.

Fotografia original de PABLO NERUDA junto a RAUL GONZALEZ TUÑON Paris 1937

ESCRITO SOBRE UNA MESA DE MONTPARNASSE


Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
-cada ventana paga su pedazo de sol con una canción-,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.
Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.
Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.
Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en México
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.
Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
-la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes yo
vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.
Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

¡pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono!
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos para que venga una mujer y
me ame!
¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra,
¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus mujeres
y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.
¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.
¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.
¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.
Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.
Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura, el corazón verdaderamente libre.
Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.
Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.
Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del cristal, de la luz,
de la caricia -destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas las academias del mundo y hacerme un cinturón bravío de rutas inverosímiles como Alain Gerbault, para que venga Blanca Luz y me ame.

Luego de pasar por Barcelona regresó a la Argentina autoritaria de la década infame.
Botana participó de esta insurrección militar, incubándola desde su diario. Luego esto
jugará en su contra y terminará preso, con su diario clausurado y un breve exilio del
que regresó en 1932.
Con Crítica reabierto, estalló la guerra en el Chaco Paraguayo entre Paraguay y Bolivia
y fue Raúl el enviado al frente para relatar las patéticas imágenes de la tragedia. Allí
vio el horror de los cadáveres de “soldaditos que morían abrazados”, el olor a “tierra
arañada por la desesperación, a árboles quemados, a restos de trajes, de zapatos”. Fue
el cronista del dolor inmediato.
En Buenos Aires, cerca del puerto, en esas tabernas a las que el poeta adolescente les
había cantado; obreros, estudiantes y empleados sin trabajo habían levantado Villa
Desocupación. Una vez más, González Tuñón fue el designado para contar lo que allí
pasaba. Mezclado entre la gente, escribió
el gran reportaje de esas vidas, al que llamó La ciudad del hambre. Luego, cuando allí
se estaba organizando una marcha de protesta, Raúl estuvo con ellos, mientras la
policía arremetía a tiros y sablazos contra la gente que corría “entre sus casas de
cartón y arpillera”.
Como reacción inmediata, Tuñón fundó la revista Contra y allí publicó su poema “Las
brigadas de choque”, una especie de arte poética y discurso ideológico que definía su
postura contra la burguesía y “los plumíferos guardianes del orden constituido”
Poema, que como es usual para quienes se salen del dogma, le ocasionó cárcel y un
procesamiento que tendría veredicto recién en 1965: dos años de prisión condicional.
En 1933, Tuñón decidió exiliarse en España. Durante los años siguientes sucederán
hechos fundamentales. Conocerá a su primera esposa, musa de uno de los poemas de
amor más bellos:”Lluvia” y publicará El otro lado de la estrella, (1934), una historia de
trotacaminos, donde se alternarán relatos y “poesía de cuento”, como más tarde definiría su autor.
Luego, Todos bailan, poemas de Juancito Caminador, (1935), una especie de alter ego
del poeta, imaginado a partir de una etiqueta de whisky Johny Walker, donde se veía a
un personaje de bastón y galera caminando por el mundo. Poesía romántica de
amores furtivos y grandes amores, mezclada con política y retratos de viajes anteriores.
Una sublevación de mineros en España, en 1935, le mostraría una realidad todavía
más violenta a la que había conocido como corresponsal del diario de Botana.

Conocerá a Dolores Ibarruri, la Pasionaria y trabará amistad con Neruda, (por esa
época Cónsul en Madrid), con Federico García Lorca, Miguel Hernández y Rafael Alberti, entre otros compañeros de letras y de lucha. De la sublevación obrera nació La Rosa Blindada (1936), ( Octavio Paz dijo de ese libro; Para esa generación ( las del treinta) escribir poesía combativa era escribir a la sombra de Raul Gonzalez Tuñon, Es el Ruben Dario de la poesía social, y no cometo una herejía si afirmo que España en el corazón de Pablo Neruda y España aparta de mi este calice de Vallejo, no hubiera podido ser sin La rosa blindada). Un libro que reúne todos los elementos fundacionales de la épica de Tuñón, acciones heroicas de los mineros con sus mujeres e hijos; la historia de Aída Lafuente muerta en una cuenca minera de Asturias y poemas donde anticiparía el sangriento prólogo a la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de Franco.

La Libertaria

A la memoria de Aída Lafuente,muerta en la cuenca minera de Asturias. Madrid, 1935

A Eduardo Ugarte

Estaba toda manchada de sangre,
estaba toda matando a los guardias,
estaba toda manchada de barro,
estaba toda manchada de cielo,
estaba toda manchada de España.

Ven, catalán jornalero, a su entierro,
ven, campesino andaluz, a su entierro,
ven a su entierro, yuntero extremeño,
ven a su entierro, pescador gallego,
ven, leñador vizcaíno, a su entierro,
ven, labrador castellano a su entierro,
no dejéis solo al minero asturiano.

Ven, porque estaba manchada de España,
ven, porque era la novia de Octubre,
ven, porque era la rosa de Octubre,
ven, porque era la novia de España.

No dejéis sola su tumba del campo
donde se mezclan el carbón y la sangre,
florezca siempre la flor de su sangre
sobre su cuerpo vestido de rojo,
no dejéis sola su tumba del aire.

Cuando desfilan los guardias de asalto,
cuando el obispo revista las tropas,
cuando el verdugo tortura al minero,

Ella, agitando su túnica roja,

quiere salir de la tumba del viento,
quiere salir y llamaros hermanos
y renovaros valor y esperanza
y recordaros la fecha de Octubre
cuando caían las frutas de acero
y estaba toda manchada de España
y estaba toda la novia de Octubre
y estaba toda la rosa de Octubre
y estaba toda la madre de España.

De: La rosa blindada

Raúl regresó a Buenos Aires poco antes del fatídico julio del 36’, con el fin de organizar
la Sección Hispanoamericana de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. En Argentina
reinaba el autoritarismo, el poeta estaba en la mira del gobierno, y tras publicar “8
Documentos de Hoy”, donde reunía parte de su trabajo solidario con la República
española.
Vengo de los grandes ríos y de las altas montañas, de las claras y las oscuras, altas y
chatas ciudades de un continente que habla en español, de un continente de veinte y
tantos países iguales y distintos, donde, desde la selva de la canción autóctona hasta el
puerto de los cantos internacionales; desde el caos caliente de los trópicos y los
grandes silencios blancos del Sur; desde el laberinto de las explotaciones minerales y
los dorados campos trigueros: ochenta millones de americanos, criollos o gringos viven
pendientes de los sucesos de España, siguiendo con alternativas de angustia y alegría
la lucha de los españoles contra la invasión fascista internacional.
Se enteró de la muerte de Federico García Lorca y decidió que su lugar estaba en
España. Consiguió que La Nueva España, un periódico republicano editado en Buenos
Aires, lo enviara como corresponsal de guerra.
Allí verá que la muerte está en las calles y los campos, compartirá el dolor y los
bombardeos con León Felipe, Nicolás Guillén y Antonio Machado y dará cuenta de los
terribles sucesos, más tarde, en dos libros Las puertas del fuego y La Muerte en Madrid.
“¡Qué muerte enamorada de su muerte!
¡Qué fusilado corazón tan vivo
¡Qué luna de ceniza tan ardiente
en dónde se desploma Federico!…

DOMINGO FERREIRO

Toca la gaita Domingo Ferreiro
toca la gaita… «¡Non queiro, non queiro!»

Porque están llenas de sangre las rías,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Y se secaron los ramos floridos
que ella traía en la falda del viento,
que ella traía a su novio soldado
o pescador, labrador, marinero.
Sobre Galicia ha caído la peste,
ay, los oscuros sargentos vinieron.
Están colgando en los pinos los hombres,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Nuestros hermanos que están allá abajo
pronto vendrán a vengar a los muertos,
pronto vendrán en mitad del verano,
pronto vendrán en mitad del invierno.
El que no ha muerto andará por el monte
y en las aldeas cayeron los buenos.
Ay, que no vayan los lobos al monte,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Ya llegarán las valientes milicias
para acabar con la hez del desierto.
Ya llegarán en mitad de la Historia,
ya llegarán en mitad de los tiempos.
Toca la gaita… ¡que baile el obispo!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque no es hora de fiesta en España,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Ya llegarán los soldados leales
para acabar con los pájaros negros,
ya llegarán en mitad de la Biblia,
ya llegarán en mitad de los muertos.
Toca la gaita. ¡Que baile la víbora!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque la gaita no quiere que toque.
Porque se ha muerto Domingo Ferreiro.

En 1939, acompañó a Neruda a Santiago de Chile. En un viaje que inicialmente era de quince días y resultó de cinco años. Allí fundó el diario El Siglo, escribiendo en él dos columnas diarias donde siguió, con su estilo mordaz e irreverente levantando sus contestatarias banderas. En Chile enfermará su esposa y desde allí seguirá Raúl, paso a paso las noticias de la Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana en París, la invasión a la Unión Soviética, la destrucción de Guernica.
Allí pensará más que nunca en sus amigos por el mundo y a ellos les dedicará su libro Canciones del tercer frente (1941), donde se reunían cuatro libros: Himnos y canciones; A nosotros, la poesía; Las calles y las islas y Los caprichos de Juancito caminador.
Nosotros, ¡cuántos! todos, habéis aclarado tanto mi pensamiento, me habéis dado tan singular y tan transparente amistad. Me habéis mostrado una amistad alegre y cuidada, y vuestro decoro intelectual me sorprendió al principio: yo llegaba de la envidia cruda de mi país, del tormento. Desde que me acogisteis como vuestro, disteis tal seguridad a mi razón de ser, y a mi poesía, que pude pasar tranquilo a luchar en las filas del pueblo. Vuestra amistad y vuestra nobleza me ayudaron más que los tratados. Y hasta ahora, este sencillo camino que descubro, es el único para todos los intelectuales.

Nos dirá también… el escritor debe servirse del arma que sabe manejar mejor, la pluma. La pluma de un
escritor digno de tal nombre no debe ser servil. Pero hoy un escritor autentico moja su pluma antes en la sangre que en la tinta; y esta pluma se convierte, más que nunca, en un arma, vale más que se pudra en la inacción- España es hoy nuestra pasión. Si no combatimos en su suelo, seamos en el exterior sus soldados de una forma o otra. Brigadas de choque del pensamiento internacional- No nos avergonzamos de haber puesto, por una vez, nuestra pluma al servicio de algo, pues ese algo es España nada menos. Ese algo es el mundo, es el destino del hombre.

En 1943 publicó Himno de pólvora, con poemas y textos en prosa cuyo tema central eran los hechos de la guerra, y la bellísima Elegía en la muerte de Miguel Hernández. Ese mismo año perdió a su compañera y a su hermano, Enrique. A partir de ese momento ellos estarán presentes siempre, buscándolos, rescatándolos a través de sus poemas. Poco después conoció a Irma Falcón, la madre de su primer hija, Aurora Amparo.
Con la irrupción del peronismo, González Tuñón regresó a Buenos Aires y publicó su primer Canto Argentino, libro estructurado en cuatro partes, donde alternaba la historia pasada con la inmediata, una suerte de canto general de las luchas del pueblo argentino.
En el año 1952, Raúl vuelve a casarse, es Nélida Rodríguez Marqués, quien será su compañera hasta el fin de su vida y la madre de su segundo hijo, Adolfo Enrique. Sus poemas retomaron el lirismo de los poemas iniciales, en lo que él mismo definiría más tarde como “realismo romántico” y expresaría claramente en dos libros Hay alguien que te está esperando (1952), donde recordaba a sus queridos que ya no están y Todos
los hombres son hermanos, (1954) donde reaparecía el barrio, el tango, el puerto y su vida personal inserta en cada verso.
Un grupo de jóvenes, cercanos a la estética de González Tuñón formaron un grupo literario llamado “El pan duro”, que funcionará entre el año 55’ y el 57’. De allí surgirá el primer libro de Juan Gelman: Violín, y otras cuestiones, y José Luis Mangieri creará la editorial La Rosa Blindada donde Raúl publicará algunos de los libros de su última producción.
Desde 1963, el poeta de los caminos, realizará sus últimos viajes y se sucederán nuevos libros: Demanda contra el olvido (1963); Poemas para el atril de una pianola; El rumbo de las isla perdidas; y La veleta y la antena (1969), afianzando elementos dispersos de libros anteriores, mezclados con recuerdos, nostalgias, que aludían a la bohemia, la política y el amor.

VILLA AMARGURA

Villas, villas miseria, increíbles y oscuras,
donde sopló el olvido sobre la última lámpara,
Villa Jardín, Villa Cartón, Villa Basura,
de calles que trazaron los azares del hambre,
la súbita marea de los desposeídos
y los desocupados forzosos; los ilusos
del patético éxodo de provincias lejanas,
que avergüenza la frente pálida de la patria.
Barrios de un Buenos Aires ignorado en la guía
para el turismo; barrios sin árboles, de ahumados
horizontes sin agua, sin ayer, sin ventana.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas,
de viviendas como hongos; latones, bolsas, zanjas
hundidas por las lluvias, mordidas por los vientos.
Barrios de soles turbios y lunas oxidadas,
de noches enemigas y de hoscas madrugadas,
y la insólita fuga de los perros sedientos.
Villa Jardín es un nombre que sueña
con un largo sonido de impiadosa ironía.
Un hombre que golpea como un aldabonazo
en el límite de la ciudad gigante.
Villa Jardín, un breve nombre
que oculta una miseria vasta.
Villas que habitan densas familias, el llamado
bajo fondo social, que no es la resaca,
y que mantiene intactos su decoro y su fe,
el altivo rencor dentro del pecho
y la esperanza.

(De "mi ciudad", Eudeba, 1963)

La noche del 13 de agosto de 1974, Raúl escribió su último poema, en homenaje a Victor Jara, el cantor asesinado por la dictadura de Pinochet. Al día siguiente, a la hora de la siesta partió para encontrarse con él, con Federico, Antonio y Miguel, con Amparo y Enrique, con el abuelo imaginero y el abuelo socialista, para junto a todos ellos, esta vez caminar el cielo, pintándolo de poemas y de revoluciones.


Sin un céntimo, tal como vino al mundo, murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo

dos musas, las esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.


Hablemos de un hecho favorable al proceso de la perfección./ La poesía, ese equilibrio
entre el recuerdo y la predicación,/ entre la realidad y la fábula,/ debe fijar los grandes
hecho favorables./ Hablemos de un hecho histórico favorable, feliz, a pesar del fracaso
y de la muerte”
Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la
mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena, salpicada por las
diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y
actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías,
declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas,
negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
Se han visto marchas de hambre sobre flamantes villas y de burgueses muertos
vientres agujereados y de filas de mineros fusilados. Hay la revuelta próxima que
estallará de pronto como la luz tan súbita que inventa la ventana. Hay posibilidades
para la poesía. Hay mañana.

Dice de sí mismo; El espíritu insobornable de rebelión que anima siempre en mí contra
todo aquello que afea la vida del hombre.

BUENOS AIRES, 1974. Raúl González Tuñón, un mes antes de su muerte.

LA CALLE DEL AGUJERO EN LA MEDIA

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.

Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.

¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?

Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

OLGA ELENA DE LUCIA VICENTE


Nace en Buenos Aires, el 21 de Febrero de 1947. Cursa en la Universidad de Buenos Aires la
carrera de odontología, y trabaja en ello durante muchos años. Obtiene la nacionalidad
española en 1983.
Estudió Psicoanálisis en la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero. Pertenece a los talleres de
Poesía de la misma institución, coordinados por el poeta Miguel Oscar Menassa.
Participó en el Congreso de Psicoanálisis y Poesía (Buenos Aires 1987), con un trabajo
conjunto sobre la Creación y también en el Congreso de Psicosis (Ed. Grupo Cero) con el
tema Alucinación en la Psicosis.

Con Miguel Oscar Menassa, su compañero de viaje.


Coordinó grupos de creación, trabajando sobre cerámicas.
Es presidenta de la Asociación Pablo Menassa de Lucía y del Club Deportivo Grupo Cero.
Es actriz de la productora cinematográfica Grupo Cero, se la puede ver en los cortometrajes, Él, ella y pirulo, Suicidio asistido y Ayer mientras dormía. Y en los largometrajes ¿Infidelidad? Mi única familia, La invitación del presidente y El medicamento, todos ellos escritos y dirigidos por Miguel Oscar Menassa.
Ha publicado en numerosas revistas de poesía. Y en Talleres de Poesía I, publicación conjunta (Ed. Grupo Cero). 1995
Su primer libro de poesía, PARA SEGUIR VIAJANDO, se publicó en Editorial Grupo Cero en 1999. Su segundo libro “AGUA FRESCA” en 2001 Su tercer libro de poesía: VENGO DE UN PAÍS en 2013.

Olga de Lucia con sus hijos los poetas (de izda. a derecha) Manuel Menassa, Alejandra Menassa y Fabián Menassa en la sede del Grupo Cero.
En un recital de poesía en la sede del Grupo Cero acompañada a la guitarra flamenca por Antonio Amaya.

POEMAS

De “PARA SEGUIR VIAJANDO”

No me dejes esta noche, amor.

No me dejes esta noche, amor
que la muerte anuda mi garganta,
que la ira arrebata turbulencias
y agiganta el cerco de impotencia.

No me dejes esta noche, amor
que en las sombras sin eco se levanta
lo injusto, lo mezquino, la demencia
de un paisaje saturado de inclemencia.
Aquieta con tu mano la furia de mis células,
amor, cegadas por tétricas banderas
de inmemoriales hordas asesinas;

y en el remanso de tus fuertes brazos
aloja esta loca cabeza alborotada,
desbrocemos la maraña, despejemos la alborada.

Segunda generación

Si pudiera con mis lágrimas
lavar tus heridas
saciar tu sed,
me desharía como una nube
de gris plumboso sobre el mundo.

Si pudiera con mis palabras
alimentar tu alma
si pudieras escucharme…
si hubiera una manera de llegar a ti.

Sin embargo
extiendo mis palabras y no te alcanzo
te digo que te amo y no me crees,
me confieso humildemente y crees que quiero sobornarte,
te digo que cualquier camino no da lo mismo
y supones que coarto tu libertad.

Hay tantas cosas que no entiendo
que tengo los labios sellados,
la mirada impotente,
un amor que no alcanza
un deseo que no sirve,
mas tengo también
la decisión de no doblegarme
de no dejarme abatir.

Algo que me dice que el amor es combustible
que alumbra la desesperanza, el odio, el tedio
y el ansia de vivir.

Azar relativamente programado.

Cimbreado entrecortado vaivén
de pasos alzados entre sol y penumbra
lanzo el tejo al azar, acepto el desafío
temerosa sin embargo de oscuros designios.

La vida es la secuencia de deseos perseguidos
de metas conquistadas, de tropiezos,
de escalones al abismo, de palo enjabonado,
de cálidas ráfagas y ráfagas heladas.

Cada día, conciencia me arrincona
interrumpe mis sueños cuando despunta el alba
con tono amenazante duramente me interroga.

Sólo puedo prometer apostar por la vida
eludir el atajo de los ojos ciegos,
entrelazarme al amor, intentar el olvido.

Si bien embriagadora

Gocemos de esta paz,
si bien embriagadora…
Lo hondo de lo efímero,
la terrible belleza
de lo que ha de morir.
Qué más da lo eterno
que atrapar
este instante
esa cálida paz arrolladora
prendida a la cadencia de tu voz,
ese leve temblor cuando te acercas,
el vaivén de tus caricias
en los rincones de mi cuerpo
que te nombran.
Hay estados del alma
que no quisiera abandonar
aun esa repetida zozobra
al verte partir.

Para seguir viajando

Sincopado resonar de los recuerdos
partido por las reses del quebranto,
horadando esquinas sin tapices
resbaló el tobogán de los misterios.

Se puso su sombrero sobre equis
y salió silbando un fa rotundo,
un plumón sobre su atormentado sexo
y piano entre sus rojos labios.

Cautelosamente deslizóse entre arboledas
sembrando piedrecillas a su paso.
Volvió de noche, desolado, desollado
su trajinar deseoso de quimeras.

Se quedó con pocas plumas, pero suyas
no ansió lujuriosos enseres ni ornamentos,
ni estudiadas palabras, ni esperpentos
sólo lápiz y papel para seguir viajando.

De “AGUA FRESCA”

Ella

Algo pulsa en la penosa inflamación de los nudillos.
Esas garras que se ciernen a la muerte
en feroz equilibrio con la vida.
Altivez de buitre cayendo sobre la presa muerta
viviente en mí.

Estar de pie en la línea de partida

Ecuación impar ahueca mis huesos,
calcio que se vuelve torrente
y malamente se deposita sobre el ojo
abierto de la arteria.
Ella cansada de estrecharse y expandirse,
-como de la mano de Dios abandonada-
como el pulso de su vagina muriendo
en el estertor hambriento de silencios
y de páramos abiertos en la boca
abierta de los tiempos.

Su vagina con dientes relucientes
amenazando su integridad,
ese desaparecer oculto en vientres
que se anudan
cercando el misterio de la vida.
Navegar contra corriente,
sacar de su cauce la languidez,
esta melancolía sorda.
Desnudarse, sentir que todo está perdido,
poner un nuevo envase a esta osamenta gris
que se deshidrata lentamente.

Otra vez entregar los viejos lazos a los nuevos
y estar de pie, en la línea de partida.

Más allá de las nueve puertas y la piel

Tiempo suspendido, cuerpo abierto
registrando espacios a la vida.
Excelsa boca de placeres tan inciertos
belleza del color brillando en tu sonrisa,
olores de los senos tan turgentes,
piel tan sensible a tus caricias.

He recorrido kilómetros buscando aquel sabor,
he descorrido los velos más densos sin hallar la luz,
he olfateado los olores más eróticos, soportando
todas las vibraciones sobre mi piel.
He quedado extasiada en el placer
breve solaz que me llevó a la palabra.
Tocamos las fibras más intimas
volando lejos de la tierra.
Y hubiera sido posible enloquecer
mareada en el círculo caliente de sus ondas
girando enloquecidas hasta su desaparición.

Huyendo de la muerte, la muerte reinaba sobre mí.

Diamante incandescente arrebató mis sentidos
salvaje ambición desmedida sus desvelos,
sangrante humanidad equivocada
en su invocación de esperanza.
Son tenues los hilos que trajinando el camino
ponen fin a un horizonte a la deriva.
Más allá, lo desconocido se tiende al infinito
que seas capaz de padecer.

Junto a sus amigas Claire Deloupy, poeta y traductora al francés de los poemas de Miguel Oscar Menassa y Teresa Poy,
integrantes del Grupo Cero.

Donde nunca me esperaste

Estoy donde nunca me esperaste,
cosas tontas las que me sobrecogen.
Cuerpo que pulsa al son de soles abismales,
centelleo de luz,
constelación que siempre muta.
Mi piel de cordero desgarro
y pugnan por salir miles de agujas,
el tiempo, sobre los ojos ciegos.
Con Tiresias de la mano caminamos
hacia esa luz,
transferible del lenguaje.

Su mirada detiene el tiempo.
Todos los momentos se anudan ante ti,
bailarinas de cartón huyen de la escena,
humanos asidos del testuz como los gatos
colgados de ganchos como reses,
amos absolutos de la muerte.
Pasea por la ciudad su amplio dominio.
Enlaza extensos collares de esperanza,
cuando me acoge el páramo desierto
de tus ojos nublados al ocaso.
Quiero verte renacer de las cenizas,
que tires tu cabello hacia atrás con decisión
humano gesto.
Que sacudas la lenta monotonía
de tus vicios,
que vengas a rodear este vacío
que siento aquí, entre mis pechos secos.
Que forme su aura un sol
para resquebrajar la nieve de mi alma.
Que cuajen las fiebres de veinte primaveras,
que me aten al misterio
de tu voz, viva.

Si atraviesas mi cuerpo, lloverá

Quita tus zapatos a mi puerta,
pasa con cuidado, no hagas ruido.
Nube acuñada en los silencios
si atraviesas mi cuerpo, lloverá.
Soy tu cítara deforme y caduca
acariciando la noche.
Envuélveme en tu velo
violeta sumisión.
Prende tu blasón
en el costado abierto de mis sueños,
hunde la duda, hazte a la mar.
Estoy aquí, donde los caminos
anuncian infinitas trayectorias.
Expectante
esta dirección
que impulsa el viento.
Ámate, hombre de piel y huesos,
crece a mi lado, déjate amar.

Regreso a la tristeza

Estuve ahí, en las profundidades
de la soledad.
La inconmensurable quietud
echaba un velo sobre todo dolor,
toda ausencia.
El silencio se levantaba majestuoso,
denso y cálido por los corredores
de la infancia.
Te recuerdo pequeña en tu silla de paja,
con las dos manos sostenida la cabeza
entre tus piernas.
Agujero misterioso.
Te amé, huimos juntos hacia el vacío
del dolor.
El calor había huido de ti,
última canción en el concierto celestial:
Cristo ajusticiado por amor.
Madre fecundada sin placer.
Oh, selva inflamada,
despierte su íntimo fuego.

Algo debe morir para que algo crezca

Anclo en este atardecer tenue,
aguas perennes como cielo
ante la mirada ausente de la vida.
¡Cuánto más siembre, más cosecharé!
Flor creciendo hacia su destino de semilla,
grano cultivado con esmero
sustento de mi alma.
Me detengo en tu materia inexistente
célula operante
sobre el enorme universo de la lengua.

MIR

Tiembla más allá de la gravedad
tu enorme corazón,
fugaz, suspendido,
laderas del espacio.
Caerá en la inmensidad del océano
lo que tocó la humanidad.
Sordo ruido, maremotos
agitan mis pobres ambiciones.
En el no fondo de tus ojos,
laten torpemente hasta acallarse.
Tierra, tu pueblo tiene hambre.
Tu pueblo sangra en el olvido.

De “VENGO DE UN PAÍS”

Su sino fue el olvido

Detrás de los visillos
siluetas como nubes
danzan, ante los ojos del recuerdo.
Hilos invisibles entretejen
la tela de los sueños.
Escenario de cosas imposibles
de deseos truncados,
de alabanzas marchitas.
Las canas que pintan el alma
opacan los colores de la tierra.
No hay tiempo de soles,
ni tiempo de ninfas,
ni sirenas de espuma,
ni peces voladores.
Hay mañanas de escarcha
en el desierto del alma.
Palabras que no llegan,
manos deslucidas,
ojos sin deseo.
Salinas como vítreo parador
del cansancio.
Historias que regresan
y se mueven fantasmales
entre danzarinas letras.

Un cielo de alimañas

Un cielo de alimañas
oscurece el horizonte.
Polvo, ennegrecida soledad,
huyendo por las calles del olvido.
Exhausta estoy
cedida la energía
al defenderme.
Te suplico vivir sin el mí
entorpeciendo todos los encuentros.

Polvo de lo fósil

Polvo de lo fósil
esparce el viento.
Todo recuerdo
tiñe para siempre el infinito.
Ala truncada en pleno vuelo,
nostalgia por algo que nunca estuvo.
Soy mortal y esta vida
es lo único que tengo.
Haz con los viejos fantasmas
una maleta -me dije-
y arrójalos al viento.
Los nuevos fantasmas serán frases,
vuelos comprometidos
con lo humano.

Todo tiembla

Todo tiembla.
Un gélido volcán
vuelve a sentir en su seno,
el cosquilleo espeso
de mil lenguas de fuego,
pugnando por alcanzar el cielo.
Se resquebrajan las alturas.
El ruido ensordecedor
de tanta fuerza contenida
escupió sus desgarradas piedras,
su magma incandescente,
borrando todas las huellas.
Sólo destrucción, gritaba impunemente,
Destrucción y Muerte.
Sobre las cenizas, me dije,
no esta bien construir ninguna casa.

Mundo hoy

Luces exterminadoras sobre la ciega noche
iluminan los azorados ojos antes de morir.
Castigo del Dios Imperialista
a un pecado no cometido.
Días y días incentivando el dolor y la angustia.
Visión de destrucción, desolados paisajes.
Ética de los poderosos donde los malos
son siempre los otros.

Prefiero escuchar la nota del alelí

Quisiera tu paracaídas Altazor
para aterrizar con tus palabras de alabastro
y caer de pie en esta selva de palabras,
impregnada con la vehemencia de tu sangre.
Ver más allá de los jeroglíficos
que describen las golondrinas en el aire.
Bajar la persiana de mis ojos
y que sus olas no destruyan la quietud de los nenúfares.
Que la marería no castigue la geografía de las costas
ni se lleve el torbellino las almas inocentes.
Ni arrecien huracanes desterrando transeúntes,
ni aludes ensombrezcan la mirada de los hombres.
Que nadie grite el hambre, ni rasgue con sus uñas
el dolor de la izquierda, latiendo en la mañana.
Ni atronen los obuses, ni salten pedazos de humanos
cercenados por intereses espurios.
Que se apague el estruendoso ruido de la pólvora,
que me dejen escuchar la nota del alelí.

En la actualidad continúa asistiendo al taller de Poesía de la Escuela de Poesía Grupo Cero coordinado por el poeta Miguel Oscar Menassa donde sigue produciendo.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

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