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BIOGRAFÍA DE HÉCTOR ROJAS HERAZO
Héctor Rojas Herazo nació en Villa de Santiago de Tolú en el departamento de Sucre en Colombia el 12 de agosto de 1920 y murió en la ciudad de Bogotá, el 11 de abril de 2002. Fue el único hijo de Juan Emilio Rojas y de Blanca Herazo. Su abuela, Amalia González de Herazo, “La mamá buena” como él la calificaba, fue una de sus más grandes influencias y posterior inspiración para el personaje de Celia, de su novela Celia se pudre. Se sintió atraído por la pintura, por las rimas y por la literatura en general desde muy pequeño.
Rojas Herazo empezó su educación en Cartagena de Indias en donde solo paso un tiempo para luego dejar la escuela y convertirse en un autodidacta. Se inició en el periodismo a escasos 20 años de edad y en ese entonces ya escribió en diarios como El Relator de Cali, El Liberal de Bogotá, La Prensa y El Heraldo de Barranquilla. En su vida de periodista colaboró con sus escritos en el diario El Universal, donde compartió múltiples experiencias con Clemente Manuel Zabala, Gabriel García Márquez y Gustavo Ibarra Merlano; y en el Diario de Colombia, El Tiempo, El Espectador y en El boletín bibliográfico y cultural. Él y los poetas Eduardo Carranza, Carlos Marín, Tomás Vargas Osorio, con Aurelio Arturo, Gerardo Valencia y Arturo Camacho Ramírez fundaron el movimiento de “Piedra y Cielo”, con una revista del mismo nombre. Estuvo influido especialmente por la poesía de Juan Ramón Jiménez y por la tradición lírica española. Los poetas “piedracielistas” buscaban recuperar una poesía más lírica, musical y centrada en la belleza, alejándose tanto de la poesía política como de ciertas tendencias vanguardistas de la época.

Es considerado uno de los más grandes novelistas de la literatura hispanoamericana. En la literatura fue un narrador de violencia, relacionado con el realismo mágico, en 1952 apareció su primer libro de poemas titulado Rostro en la Soledad y ese mismo año realizó su primera exposición de pintura en la sala Gregorio Vásquez de la Biblioteca Nacional de Colombia en Bogotá. Continuó publicando poesía en los años siguientes: Tránsito de Caín (1953), Desde la luz preguntan por nosotros (1956), y La Agresión de las formas contra el Ángel (1961), que lo consolidó como uno de los poetas más importantes de Colombia. Al mismo tiempo también ganó el primer premio en el Salón Nacional de Pintura en Cúcuta.
En 1962 publicó su primera novela Respirando el Verano, que sufrió muy fuertes comparativos con Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, debido a la semejanza de las temáticas tratadas: una crónica familiar que se desarrolla en un espacio determinado, y los protagonistas son ubicados en las Guerras Civiles.
En una entrevista al responder a la pregunta del periodista: «En cierta manera había muchas cosas comunes a ustedes dos, que eran el clima, la luz, la vida colombiana, la vida de Cartagena de Indias de ese momento, las mismas inquietudes de búsqueda literaria. También algunos críticos han dicho que la obra maestra de Gabo Cien años de soledad estaba inspirada en la novela que usted publicara antes titulada Respirando el verano.
HRH: Esa novela fue publicada cinco años antes de que saliera Cien años de soledad.
JSS: ¿Y usted cree que de verdad hay ahí un antecedente de lo que sería la máxima novela de Gabriel?
HRH: Sí… bueno… tenemos que hacer una aclaración. Cuando aparece un hecho literario monstruoso como el de Cien años hay sabuesos que empiezan a olfatear las cabeceras. Se sabe que hubo una famosa polémica de Gabriel con Asturias, en la cual este último lo tildaba de haber plagiado a Balzac, y como la polémica era tan sonada nos remitimos todos a leer una obra de Balzac que era desconocida, o por lo menos no estaba entre las cosas más visibles de Balzac.
Bien, pues no había nada que ver entre una cosa y otra, había tal vez una relación entre que un individuo llegaba al pueblo y hacía algunas cosas, pero cómo será que ni me acuerdo del título de la novela. Ha habido una serie de cosas que se le han buscado como antecedentes a Cien años de soledad, pero en cambio en esta cosa que dijo el crítico Seymour Menton no creo que sea lo que él está señalando. Era, más que todo, una atmósfera.

Ahora bien, si realmente lo que él sostiene es que mientras en Cien años son cien años, en la mía son 75, y mientras que allá se llama Úrsula el personaje central, acá se llama Celia, y en ese movimiento de saga concreta, de un sitio concreto de la geografía colombiana, que es la costa norte de Colombia, que está anexada a la gran cuenca caribeña, a esa cuenca mágica, es verdad, que todo estaba realmente inédito, los galopes nocturnos, el sentido de los muertos hablando unos con otros, toda esta atmósfera de alucinación de la cotidianeidad, que se encuentra a la hora de enfrentarse de verdad con Cien años de soledad, estaba implícito ahí.
JSS: A pesar de que la sombra de Gabo gravita sobre Héctor, y la de Héctor gravita sobre Gabo, usted no ha alcanzando (no obstante su influencia y aunque en Colombia se le cita como la figura literaria más importante después de Gabo) a subirse y mecerse en las olas del boom de la narrativa hispanoamericana.
En 1964 Héctor Rojas realizó en la Universidad de la Florida, en Coral Gables, Estados Unidos, una exposición de pintura la cual fue llevada después a la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República en Bogotá en 1965. En 1967 ganó el VII Concurso Nacional de Novela Premio Eso, con En Noviembre llega el Arzobispo , novela cargada de ironía y simbolismos, escrita con un estilo narrativo similar a su anterior novela, en la que maneja el monólogo interior, la dimensión temporal y el realismo mágico.
En 1973 ocupó el cargo de Secretario Personal del Ministro de Trabajo, John Agudelo Ríos, gran amigo de Héctor Rojas: ese fue el único puesto público que esté ocupó en su vida. En 1974 realizó una exposición en la Galería de Arte Latino de Hamburgo, Alemania; al siguiente año realizó otra en el Instituto de Cooperación Iberoamericana en Madrid, España y en la Galería de Arte Independencia de Bogotá. Expuso también en el Centro Cultural de la Villa, en la Galería Kandinsky, y en la Galería de la Agencia EFE.
En 1976 publicó Señales y Garabatos del Habitante, que recoge parte de su obra ensayística y algunos de sus poemas. En 1977, la Universidad de Cartagena le otorgó el título de Doctor Honoris Causa en Literatura, en reconocimiento a su labor cultural. En 1978 se trasladó a Madrid donde permaneció varios años dedicado a escribir su más célebre obra, la novela Celia se pudre, publicada en 1986, que lo consolidó con uno de los escritores más importantes en la lengua española. A finales de la década de los ochenta retornó a Colombia. En 1989 en la Galería Aymarú de Bogotá realizó una exposición de sus pinturas, la cual tituló La heredad y su imagen.

En 1993 realizó otra exposición, esta vez por motivo de sus cuarenta años dedicados al fortalecimiento de la cultura, El solar y la herencia , en las salas de exposiciones del Planetario Nacional en Bogotá. Su último libro de poemas, Las Úlceras de Adán, fue publicado en 1995.
Rojas Herazo se distingue en el caribe colombiano y en todo el país, como una personalidad multifacética en todo el ámbito artístico y cultural: Pintor, periodista, ensayista, cuentista, poeta y novelista. En Colombia ha sido reconocido como “el poeta pintor de sus novelas y una prometida”. En su honor el Ministerio de Cultura y el Observatorio del Caribe Colombiano anualmente financian y premian a las mejores investigaciones que se realizan en historia y cultura en el contexto del Caribe colombiano, previa convocatoria pública.
De Telón de fondo, Diario de Colombia

22 de septiembre de 1954
La Madraza
Gabriela Mistral —la madraza bíblica de América— ha regresado a su país natal. A su Chile de arena y estrella, de espiga y de lucero, con sus belfos antárticos hundidos en la nieve. Esta mamá grande, recia y austera, con su arcilla cobriza de mujerona andina, es hoy uno de los dos o tres valores primordiales de nuestra raza. Vocación y oficio de campesina los de esta vida ejemplar. Todo en ella —desde el cristal de sus nanas hasta el potente arpegio de sus plegarias— es tala y labranza, quemazón y siembra. De allí sus vocablos: secos, amargos y polvorientos como madera de sacrificio. Labriega de la pasión para Dios, Gabriela Mistral hunde la esteva de su verbo en los surcos, en las cárcavas, en los repliegues de su propia conciencia. Por eso huele a tierra herida, a raíces destroncadas, en estos poemas de la gran labradora. Como la tierra, quiere la renovación permanente por el castigo y el holocausto de sus fueros. En las palabras de esta mujer encontraremos adjetivos y apóstoles y verbos espigadores. Su casa —la casa de su solar poético— ha sido construida con materiales agrarios. En su interior no encontraremos, no podemos encontrar, regusto ni molicie en el hospedaje. Todo allí está previsto y ordenado para una disciplina de la sangre y una humillación de los apetitos. Es un corazón cartujo este corazón de Gabriela Mistral. La única música que se aposenta en estas paredes es la música del silicio. El ¡ay! severo de quien mira las cosas creadas como una confirmación del destierro celeste. Gabriela Mistral trabaja sus poemas como un santo medieval trabaja su salvación: a puro pulso de ánima, a puro cetrería de Dios, a dentellada herida con los lebreles del deseo. A medida que avanza en su trabajo poético, su idioma es más duro, más inflexible, más limpio. La cizaña ha sido lentamente separada del trigo. Y la cizaña ha sido quemada. La voz ha pasado ya por esos trágicos cedazos, por esos filtros sensitivos, que mutan el grano en harina o el lagar en caldo victorioso. Sus últimos poemas están cubiertos de ceniza y vestidos de saco. La labriega está en paz en la parcela de ánima que le fue confiada en la vasta heredad de la vida. La ha trabajado con sufrimiento y hondura. El propio cuerpo físico de la Mistral es un riguroso testimonio de su existencia. La cabeza, por ejemplo, se parece a ella misma: grande, amplia, de líneas castigadas y enérgicas. No tiene arrugas. Aquello es, más bien, un peso de las ideas sobre las facciones. El peso de la meditación sobre la carne. Y es prieta, casi negra a fuerza de profundidad, la piel amasada con tierra provinciana. Los ojos tienen ese color de los ramajes jóvenes. Tal vez lo único dichoso en esta anciana monumental. En esta moabita americana que ahora retorna a su país como Rut al seno de Booz.

De Telón de fondo, Diario de Colombia.
13 de marzo de 1956
Breve teoría sobre el escritor
El escritor es sencillamente un hombre que pone su soledad al servicio de otros hombres. De su soledad —minuciosa y exhaustiva intimidad consigo mismo, con ese monólogo incierto de ojos a corazón, de oídos a riñones, de piel a huesos, de huesos a alma— empieza a fluir embrujado en su luto, en su alegría o en su locura, el líquido de la palabra. Al escritor se le truecan sus asuntos en cosa biológica. En problemática glandular. De allí esa cálida humedad, ese sudor de ánima que empapa el interior de sus cláusulas. Lo que se siente y lo que se escribe debe formar un todo compacto, vigorosamente trabado. La fidelidad es su norma. Su arte radica en extraverter su introversión. En volverse de revés. En ofrendarse. No puede haber dubitación en este juego. O se es o no se es. Y su triunfo — ¡tendremos que repetirlo!— está en sus rechazos. En el drama de alejarse de sí, con todo el sufrimiento que implica esa tarea, el exceso de peso que amenaza hundir las siempre frágiles barquillas de su pensamiento.
…..Y el suplicio radica en que toda suscitación —por pequeña, por grotesca, por extemporánea que ella pueda parecer— obedece a una función y apunta a un objetivo concreto. Es entonces el caos. La muchedumbre de conceptos se agita convulsivamente como en el horror de un naufragio. Cada concepto es una criatura viva. En todo su rigor, en toda su esperanza orgánica. Cada uno de ellos sabe, con íntima, con aterradora sabiduría, que esa, y únicamente esa, es su oportunidad de salvación. Lo demás es el hundimiento y la muerte. El naufragio. Y en ese dolor de verlos perecer, de hundirse definitivamente en el vacío de lo increado, se cumple el drama de la escogencia. A la superficie del tumulto han de subir únicamente los elegidos.

…..Algo parecido a la salvación o la condena de un alma. Por un instante, una brevísima fracción de dinámica mental, hay un cielo y un infierno. Y el escritor —tan humano, tan débil, tan minúsculo— tiene que asumir, con dolorosa energía, su papel de Dios de ese cielo y ese infierno de su creación. Tiene que salvar o condenar, con un equilibrio parecido a la desdicha, a esas miles de larvas salidas de sí mismo. A esas bestezuelas de su ideación que aspiran a la luz, a la perennidad o a la consumación. A ese ímpetu de vida, a esa urgencia de los sentidos, de la inteligencia, de la sangre que golpea sus sienes indefensas. Tiene que impartir una desgarradora justicia a base de una pauta que lo supera y doblega.
…..Nos preguntamos por los frescos gajos de una cláusula. Preguntamos por la muerte, por la maceración encarnada en esa plenitud. Preguntamos por el sacrificio. Por esas vidas minúsculas que quedaron en la sombra para que otras pudieran arder en el ramaje de unas palabras. Entonces, y solo entonces, el escritor es un creador. Algo parecido, en su compás y en su ritmo implacable, a la propia naturaleza. Como ella, ha tenido que arder sus cosechas y el júbilo de sus estaciones con el diapasón de la muerte. Como ella, se nutre y recrea de sí mismo. Se piensa. Y necesita del sosiego, de la frialdad impasible, para que las energías que lo justifican no destruyan o perturben la respiración de la inteligencia. Todo esto es imprescindible para que una página cualquiera o una simple expresión tengan derecho a recrearse o a temblar en la luz de otros ojos.

SELECCIÓN DE POEMAS DE HÉCTOR ROJAS HERAZO
LÍMITE Y RESPLANDOR
Algo me fue negado desde mi comienzo,
desde mi profundo conocimiento.
Y he velado dulcemente
sobre las espadas que segaron mi luz.
Con nocturno rostro me he alzado
a batallar en el esplendor de mis dormidas normas,
con el pavor de mi júbilo primero
y en otra sombra abatida he pronunciado mi nombre,
mi tremendo, mi orgánico nombre,
mi nombre de filo y de simiente
bajo el sueño de un ángel.
Mis apetitos totales he derramado
como un tributo de reconocimiento,
mi olfato y mi tacto como duros presentes.
Mis olvidados sacrificios he reunido,
mis anteriores fuerzas,
mi casto furor,
mi más antiguo y añorado fuego.
Y he aquí que todas mis potencias
no logran arribar al límite de lo perdido.
En otra edad dichosa
mi palabra fue herida de terrestre amargura.
ESPINA PARA CLAVAR EN TUS SIENES
Y me voy a morir — tú bien
lo sabes —
a morirme de barro bien usado,
a morirme de risa repentina,
de risa de estar vivo como un hombre.
¿Para qué me trajeron cabestreado
por rosas y rosales y escaleras?
¿Para qué me pusieron estos ojos
y estas manos sin aire
y estas venas?
¿Para qué me pusieron tanta lumbre
tanto donde escoger y tanto frío?
Me dan risa este día y esta hora
y esta rosa en su tiesto y este muro
que me grita su yedra y su volumen.
Me da risa la tierra y mis dos piernas,
las ganas de morirme en que me pudro.
El aire que respiro me da pena.
Pena de coliflor, risa de nada.
LA CASA ENTRE LOS ROBLES
A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios,
la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento
como el susto de un niño.
Por sobre los objetos era un dulce rumor,
una espina, una mano,
cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre
furtiva en los rincones.
El sonido de un hombre, el retrato,
el reflejo del aire sobre el pozo
y el día con su firme venablo sobre el patio.
Más allá las campanas, el humo de los cerros
y en un dulce y liviano confín, entre la brisa,
el pájaro y el agua levemente cantando.
Todos allí presentes, hermano con hermana,
mi madre y la cosecha,
el vaho de las bestias y el rumor de los frutos.
Adentro, el sacrificio filial de la madera
sostenía la techumbre.
Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos
de tiempo rumoroso, de fuerza,
de autoridad y límite.
Pasaba el aire suavemente, buscaba sombras,
voces que derramar,
respiraba en los lechos, dejaba entre los rostros
su ceniza dorada.
Era entonces el día de hojas, de potente zumbido,
el día para el cántaro, la miel y la faena.
Como un don de reposo llegaba a nuestro cuerpo
la noche con su carga de remotas espigas.
Nuestro pan, de anhelado resplandor,
nuestro asombro
y las lámparas derramando sus ángeles
sin prisa en los espejos.
Como un hombre que anhelara su parte,
su sitio en nuestra mesa,
el viento dulcemente flotaba en los manteles.
La quietud de los muebles, las voces, los caminos,
eran todo el silencio de la noche en el mundo.
Llenando de inaudible presencia las paredes,
habitando las venas de pie frente a las cosas.
Buscaban nuestras manos un calor circundante
e indagaban los ojos otra piel impalpable.
Algo de Dios, entonces, llegaba a las ventanas,
algo que hacía más honda la casa entre los robles.
CREATURA ENCENDIDA
No es solamente el flujo de la tierra
lo que ha de herir el vidrio de mis ojos.
No es este gasto de sudor y lodo
ni esta ceniza que me puso un nombre
lo que he de combatir y me combate.
Es mi propia creatura, mi sonido de siempre,
mi forma de estar vivo aunque no tenga
un cuerpo qué gastar
o un tacto entre los dedos.
Es esta furia mía de saberme encendido,
de tener claridad,
de ser zumbido,
silbo de Dios,
silueta diferente.
De estar dentro de mí constituido
para seguir arando sin arado,
para seguir tejiendo sin aguja,
para tener un poco de mi ruido
disperso en un rincón o en un suspiro.
Es esta firme cantidad de esencia
para sufrir, para escanciar destino,
esto que me suplica y me conoce,
que madura mi luto desde siempre.
Este saber que no hay descanso,
ni agua para apagarse,
ni polvo que nos cubra ni deshaga.
Somos esto, sepamos, somos esto,
esto terrible y encendido y cierto:
algo que tiene que vivir y vive
por siempre sollozando pero vivo.
PRIMERA AFIRMACIÓN CORPORAL
Dulce materia mía, lento ruido,
de hueso a voz en nervios resbalando.
Tibia saliva mía, espesa mezcla
de mis células vivas y mi lengua.
De sigilosas venas, de sonidos,
por extraños follajes amparados,
mis dos brazos irrumpen, mis dos brazos,
ávidos de tocar, de ser externos,
como dos instrumentos de agonía.
¡Y tanto muro para tantos besos,
para tantas miradas y tobillos
para tanto plumón y cabellera
al viento somatén dolido y frío!
Este soy yo. Lo sé, lo reconozco,
lo dicen mi volumen y mi sombra,
lo repite una casa y una aldaba,
y un vientre azul lo esparce por el aire
a otras narices y rodillas solas.
Este soy yo. Lo digo con mi fuego,
lo afirmo con mi olor y mi latido
y la luz de mi traje lo pregona.
Ahora soy de cartílago y rocío,
de tarde, de vainilla y cementerio.
Un hombre oculto, un hombre que camina,
un pueblo celular, desconocido,
con hígado y pulmón tras su mirada.
¡Con tanta rosa viva, tanta luna,
tanto ruido bramando y yo tan solo!
Yo solo aquí, miradme, entre mis huesos,
embutido en mi piel y mis maneras.
Náufrago de mi sangre.
Responsable de un pecho y una risa,
apretado de nombres y temores,
con orejas corriendo atolondradas,
con suelas que deshacen la madera,
con hambre de vivir y ser vivido,
con hambre de gritar y que me entiendan
los lirios, las monedas y las tapias.
Este soy yo, lo digo simplemente:
un hombre que se muere por la tarde
para encender al alba su garganta,
un hombre que conoce sin saberlo
a todo lo que vive y se incorpora,
a todo lo que muere y resucita,
a lo que duerme entre la sal y el cielo.
No me pongan un rótulo.
No le pongan color a mi destino.
No me pinten de azul o de amarillo
o de rojo encendido o verde mora
el sudor de mi axila o mi cabello.
No pongan a derecha mis sentidos
ni a izquierda mi dolor y mi sonido.
Yo soy de aquí. De aquí, de donde piso,
de donde crezco y muero,
donde tiemblo y espero,
donde tengo parada mi estatura
y mis cinco sentidos verticales.
No me llamen, siquiera, por un nombre.
Llámenme simplemente
como se llama frío a lo que hiela
o fuego a lo que quema
o viento a lo que esparce y multiplica.
Porque ésto soy, no más, esto que miran
sufrir aprisionado en el vacío:
una mezcla de sangre, hueso y nada,
de agua sedienta y anhelante frío.
ENCUENTRO UN MEMORIAL EN MIS COSTILLAS
Te parieron de golpe.
Con árboles y todo te parieron.
Con tus fechas amargas,
con tus dientes futuros,
con tu manera de aguantar un susto,
de clavar una viga,
de decir “buenas tardes noche mía”.
Todo eso te lo dieron, te lo hicieron,
te lo fueron poniendo desde siempre.
Para ti se arrastraron.
Por ti fueron canales y aguacero.
Para ti se enfermaron
y tragaron jarabes
y compraron camisas y letreros.
Por eso que ahora dices y suspiras
y pudres en tus sienes
te vinieron pasando por sus venas,
fluyendo en sus orines,
volviéndote dolor en sus espaldas,
navegando de vientre a corazón,
de gestos reverentes a pedidos.
Se abrieron un buen día
dos piernas ante ti como dos puertas.
Te mostraron el mundo,
sus maderas,
el polvo que deshace y que levanta.
Sin decir lo dijeron, te dijeron:
aquí tienes tu manera de ser,
tus palabras dormidas,
lo que viene de atrás y te llevamos,
lo que de ti pesaba demasiado,
lo que sobra en nosotros y te falta.
Vive con todo eso.
Acumula sustancias y latidos.
Camina un poco tú,
usa tu sombra,
tu peso celular,
tu desconcierto de mirar los jazmines y los niños.
No preguntes por nada, sigue siendo,
sigue aguantando, sigue respirando.
No preguntes por nada.
Te basta con estar y ser un ruido,
con llevar lo que llevas,
con ser un maxilar bajo un sombrero
o un seno sobre un hijo.
Ahora tienes el mundo y un camino.
¡Tanto comer, tanto gastar espasmo,
tanto parir para un sendero sólo!,
para que tú camines,
para que tengas dedos y botones,
para que puedas nivelar un bulto,
asomarte a un balcón
y ver dos ojos que te buscan y piden,
que te llaman,
que suplican un viaje y un camino
con una boca oscura y una risa
que ha de estallar furiosa en otros dientes.
CANTILENA DEL DESTERRADO
Me pusieron mi ropaje de vísceras
y luego me dijeron:
camina, escucha, dura,
ganarás la lumbre de cada día con el sudor de tu alma.
Y héme aquí con un poco de barro semoviente,
con veinticuatro horas de jornal o de sueño,
con sesenta minutos en cada órgano,
con sesenta segundos de tic-tac en las venas.
Héme aquí con un poco de risa, de estupor y de sombra.
Haciendo mi tarea,
haciendo como que hago,
como que vivo o muero.
Como que soy igual, distinto o parecido,
a aquel que me saluda, me tropieza o me nombra.
Héme aquí con mis días,
mis semanas, mis meses, metidos en cintura.
Jugando a mis tendones.
Con una abeja simple fabricando mi mocus.
Con mis botones aferrados
para cubrir el vello y el hedor de mis nervios.
Héme aquí con mis lunares y mis letras.
Mi nombre no concuerda ni importa,
ni hace el caso en el hondo paladar de estar vivo,
de atrás,
de aquellos que molieron su muerte
y se volvieron cal y fuerza entre mis huesos.
Yo no pido respuestas o ladridos.
Yo no quiero una cláusula que me limpie las uñas.
Yo nada quiero, nada,
sino llegar, mirar, olfatear y después
dejar que otros deshagan, con su furia de vivos,
mi paladar, mi huella, mi sangre y mi camino.
JACULATORIA CORPORAL
Dadme por siempre este aire terrenal,
esta tierra que piso con mi peso,
este sordo crujido,
este olfato temible,
esta frente curvada por el uso.
Todo esto quiero aquí,
donde me duela más,
donde me queme.
No me llamen de arriba ni de abajo.
De aquí quiero yo ser,
de este lugar que muerdo con mis ojos,
con este ser hambriento que me nutre.
Aquí quiero vivir aunque no pueda,
aunque me pongan cáscaras encima,
aunque me muestren siempre una casa llorando,
aunque me digan “¡vete”! con filos en la lengua y en
los ojos.
Aunque un ángel me llame
aquí quiero vivir.
Aquí, con mis dos piernas y mis muelas
para ser y morder, y mis venas girando diariamente.
Quiero el sol y las tapias
y los árboles verdes
y sus hojas flotando entre las torres.
Se está tan bien aquí, en esta habitación de las mejillas,
sintiéndose los labios y la frente,
palpándose por dentro,
siendo dueño y señor de mi saliva,
de mis golpes de sangre en la muñeca,
del rumor que me asciende de mis nervios de abajo,
de aquello que me nutre y que me dice:
está bien, sigue mirando,
sigue escuchando,
sigue gastando piel, dolor y regocijo,
sigue matando vacas para hacer tus zapatos.
Todo está bien para que sigas siendo,
siendo lo que te damos y deshaces,
siendo polvo de ti, de tus costillas,
polvo de tu camino y de tu vientre.
ATÓNITO SUSPENSO
La pluma inunda el ave.
La rosa se concentra.
Y pétalo por pétalo
refugia su perfume en sus espinas.
El árbol, regresando por la savia,
busca el lodo y el hueso
y acurruca su verde en la semilla.
El hombre se repliega en sus facciones,
toca su llaga viva,
e introduce su imagen en su sangre.
Todo colmillo monda su blancura,
toda forma dibuja su contorno,
todo espesor defiende su volumen.
Es el santo y la seña,
es el repliegue,
la norma concentrada,
el ruido que se oye y se vigila.
El ojo abierto,
la pezuña en vilo,
el camino sin nadie,
la voz parada,
la palabra seca,
el mar que roza a Dios,
traga su espuma
y detiene sus olas esperando.
EL DESEO
El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.
CONFIANZA EN DIOS
Cuando llega el momento
(varias veces al día, la semana y el año)
tiento a Dios, a sus codos,
al alambre en que pone a secar sus membranas.
De manera que aprieto sus dos manos,
una así contra otra, llenándolas de nada.
Y después le pregunto si está bien,
si ha gozado en el juego,
si le han dado su poquito de incienso,
o si ya no le duelen los huesos con el frío de
la noche.
Así lo trato y él me responde igual.
De esa manera que tiene de mirarme en los
espejos,
socarrón,
tan queriendo y haciendo que no quiere,
que no sabe,
que pase lo que pase seguirá frente a mí
comiéndose las uñas.
O poniendo aquel guiño entre sus ojos,
que conozco tan bien que ya me cansa,
por ver si yo le guiño alguno de mis ojos.
RESPONSO POR LA MUERTE DE UN BURÓCRATA
Se te ha borrado súbitamente el mundo
como la lámpara que trasladan a otro aposento.
Ahora son tus tres eternidades de sombra
pues tus sentidos se enfrentan a una nueva inocencia.
Déjame, hermano mío, humedecer mi alma
con la lluvia de tus células bajo la piedra.
Déjame ahora aspirar el olor que tuviste un domingo,
el olor de tu traje ese domingo con lilas,
cuando descubriste, con ternura parecida al remordimiento,
la cintura de tu mujer
al desnudar una naranja frente al retrato de tu padre.
Déjame recordar el puntito de grasa
en tu corbata de hombre numerado
cuando acariciabas la silueta de una artista de cine
con tus dedos azorados en la gaveta del escritorio.
Déjame, ¡oh burócrata!, llorar por tus quincenas atrasadas
y tus piyamas demasiado sucias
y por las imperceptibles cicatrices que dejaron en tu rostro
las sucesivas liturgias del jabón y la cuchilla afeitar.
Porque ahora eres profundo y hermoso
como un camino recordado desde otro país.
Ya no buscarás tu nombre, hermano mío,
con tu apellido equivocado,
en la modesta narración de un cumpleaños
en el último rincón de un periódico.
Ni alisarás el cristal de tus lentes
mientras un monarca de papeleta
te amonesta por el pecado de retrasarte
contemplando la mañana perfumada por el mugido de los
eucaliptos.
Ni llorarás por la huella de las estaciones
sobre un adiposo libro de contabilidad.
Ahora, pariente delicado del gusano y el ángel,
te disuelves levemente mientras el calendario revolotea sin sentido
sobre las excrecencias farmacéuticas de dejaste sobre tu lecho.
Ya ha terminado el suplicio de los ruidos y los sabores
que circundaron la monotonía de tus sesenta años.
Ahora —hombre alimentado por tantos y tan diminutos
mendrugos—
has alcanzado, ¡por fin!, la gloria de la putrefacción
pues tu nombre es apenas, un poco de tinta
que deshace la lluvia sobre el cartel de una esquina
o la rúbrica dibujada en el papelito
que acaban de arrojar a la canasta de los desperdicios.
¡Qué lejos, ahora, tu mechón, sobre la frente
y la furiosa erección de tus células
cuando olfateabas el abrigo de una secretaria
abandonado en el lavabo de tu oficina!
¡Qué lejos ahora la fruta al mediodía,
la revista semanal bajo la axila,
y el zumbido de las moscas en tu ventana de convaleciente!
¡Qué distante queda ahora de ti
el cinematógrafo de tu barrio
y la solterona que todos los días espera frente a tu puerta
el bus de las tres de la tarde!
¡Qué absurda te debe resultar en la cal del silencio
la distancia que media entre tus párpados y la mejilla del amigo
cuando escuchabas la súplica de un préstamo
a la puerta de un ministerio!
Acá has dejado la hojarasca de tus tarjetas timbradas,
las medias zurcidas en la maleta de tu tía,
la palabra tul que pronunciabas cuando estabas triste.
Acá has dejado un bulto vago,
la memoria de una tos,
el gesto de tu mandíbula cuando presentías el ácido de un limón
en la vitrina de un restaurante.
Desde tu ausencia,
desde la estrella que empieza a temblar
en la penumbra de tus zapatos con tacones comidos,
te veo ahora, poderoso y desnudo como la madera,
eterno ya, tranquilo,
con el paraíso conquistado
a través del purgatorio de tus copulaciones solitarias.
Te veo — ¡oh dolorosamente extraño, oh dulcísimo niño mío! —
en un círculo donde la destrucción
tiene la belleza y el orden
que hace vibrar el oculto lirio de las estatuas.
Te veo, aureolado por un ascua magnífica,
en el centro de tu gran llaga,
santificado por la crepitación de tus líquenes,
impartiendo un nuevo ritmo a la lombriz y al estiércol.
Y acá arriba, ¡Dios mío, acá arriba!, entre árboles y casas
e impalpable ceniza,
tu nómina buscándote como un perro enlutado.
OTRA VEZ EL AMIGO
Vuelve de tarde en tarde.
Soy yo mismo quien me mira en sus ojos
al sentarse en un mueble o inducir un saludo;
vapuleado por olvidos y sueños,
con ceniza en la voz y las manos vacías,
buscando mis palabras, oyendo su respuesta en
mis preguntas.
A veces ladea el rostro, aparta su mirada
y tose suavemente.
Podemos hablar o extender el silencio
(cosas, evocaciones que ya no son palabras)
recordar lo que pudimos ser
mientras no fuimos,
nutrirnos de un tedioso arsenal
rescatando cadáveres dormidos, entre rosas
antiguas.
Entonces cambia de postura en la silla
y se queda mirando una parte del mundo
(tal vez ese ángel que cuelga del ropero en forma
de camisa
o ese polvillo con que el día se disuelve en la luz)
y luego parece despedirse desde esa misma silla
en que sigue sentado
para volver después,
sin que nadie lo espere,
fantasma del olvido en otro sueño.
CONTANDO CON LOS DEDOS
Una buena mañana, al despertar,
te encuentras con tus ojos y tus huesos.
Haces cuenta: a tanto por difunto
y te limpias un poco (esgarras rudamente)
las viejas cañerías de la hiel,
te afeitas, escupes en la taza del baño
y te escuchas llover entre las piernas.
Como un músico, afinas la voz en tu garganta.
Sales al sol, prometes sin querer ni saberlo,
ser mejor cada día, servir a tu bandera,
dar a dios lo del césar y al césar lo del viento.
Lo de siempre. En fin, así te sientes.
Y te pones a arreglar tu cajita de lodo,
a clavarle la luz y la sombra de tu horario,
a usar como quien dice el esqueleto.
Dejas el rostro allí, sobre la brisa,
como quien deja un plato
y recibes en pago tu ración de amargura.
O tal vez de esperanza. Depende.
Te regaña la muerte o la salud por incumplido,
por no ser más estricto. Te regaña.
Y regresas a ti, te pierdes en tu asunto.
O te ríes. De algo te ríes, suponte.
O te quedas sentado, oyéndote por dentro.
Así mientras ocurre, así la cosa.
ANCIANO ANTE EL ESPEJO
Nunca fuiste completamente joven
nunca serás completamente anciano.
Un disturbio de fuego equilibra tus años.
¿Ves ese niño que contempla tu rostro en el espejo
y vibra y te envejece mientras arde?
Es el sueño sin tiempo,
el hombre sin edad que en tu cuerpo regresa.
Fluye, pues, en tus años que acompasa la muerte.
El joven que no fuiste
te espera en el anciano que no eres.
* * *
Tus arrugas se funden en un nuevo diseño.
Lentamente ha emergido tu profundo habitante
a mirar con tus ojos los ojos que lo miran.
al fin conoces esa muerte paciente, casi húmeda,
que anidaba en tu sueño antes de ser tú mismo.

EL BARRO ESCOGE UN HOMBRE
El barro escoge un hombre, lo señala y madura,
le da su resplandor y su fuerza callada
y un poco de ceniza le derrama en la sangre.
Después el hombre busca, se deshace, recuerda,
des ovilla sus horas,
pone a trasluz su sangre
y una tarde comprende que ha triunfado el olvido.
Es el tiempo, se dice,
pasó por mi cabeza
llovió en mí
tembló sobre mi pecho
y otro labio encendió para henchir mi tristeza.
Entonces busca, mira, regresa por su frente,
pregunta en el invierno por su roto verano.
Y sólo el aire, el sueño, las cosas vagas, una amarga dulzura,
lo hieren sin herirlo, lo deshacen cantando.
VELÁZQUEZ
Un terror disfrazado de sosiego
(la opulenta ruina que lastima los oros
y fulge en la negrura del ropaje)
nos habla del enigma y la desgracia del poder.
Unos vagos felipes se repiten
en el mismo Felipe que desliza
su apuesto luto en diferentes planos.
Una austera elegancia no permite
que diga el ceño lo que al alma oprime
en esos ojos de voluble duda
que disputa el desdén a la locura.
Llega el soplo de fúnebres ocasos.
Y entre nubes cansadas, por el viento,
yerra la cruz de España deshaciendo
el viejo sueño que alumbró la tierra.
Pintaste la lujuria del ocio
ardiendo en las cortinas y el encaje.
Todo labrado en pústulas de olvido:
las ceremonias de la culpa y el tedio,
la riqueza embriagada por la sangre,
el misterio de lo inmediato
en fantasmas ungidos de sombra y de rocío.
Y aquel monologado autorretrato,
con pordioseros y un enano al fondo,
inventados por la penumbra,
el triunfo y los susurros del palazio:
tus ojos apacibles ante el lienzo,
midiéndote el mostacho, cavilando,
mientras palpa el pincel, con mano suave,
la muerte sin ruido
que lame tus mejillas y tu frente.
PARTE DEL CUENTO LLEGA HASTA UN AMIGO
¡Ay, amigo,
qué duro es cuajar alma!
Dale que dale al día,
bebe que bebe el zumo de uno mismo,
tritura que tritura
los granos cosechados por el sueño.
¡Qué tozuda la sangre!
Qué agudo este misterio de los dientes
y esta llaga tan fina que huele a lo que somos
y parte de nosotros
y no encuentra en el aire su borde doloroso.
Cada día entre pulmones
navegando por células, por venas, por suspiros,
cada día entre furores,
dando tumbos, comiendo madrugadas,
implorando mendrugos de almanaque
y acechando —entre un oscuro fondo de empujones y fechas—
la golosina de un domingo imposible.
¡Ay, amigo! Estás tan lejos que te vuelves aire,
harina de memoria, nada,
y me hablas, sí, me llamas.
te asomas a mi frente y hurgas en mis pupilas
y dices en la curva de tu aplomo,
mojando mi estupor con tu saliva:
Mira, sal ya, júntate a mí,
deja, molusco, tu obsesión avara.
Y yo entre huesos, hijo, entre palabras
que no pueden andar,
entre lodo de abuelos
y sortijas con dedos que murieron
sin ser la mano de mi prima hermana.
Yo en la molienda de mi desvarío
destilando mi sangre, mi vinagre,
molusco aquí, molusco de mi luto,
en la caparazón de mis maneras,
saboreando este cieno de mi muerte.
Y tú arriba, llamando,
sabiendo sí —¿lo sabes o lo ignoras?—
que tus ojos, tu lengua y tu pisada,
prietos de ti, comidos por tu hambre,
son ya otra forma de mi propia nada.
INVENTARIO A CONTRALUZ
Te hago el relato de estas cosas ahora,
cuando todos han muerto.
Cuando ya solamente la memoria
es río, cosecha, solitaria espuma de patios,
trinos que se deshacen en el calor
mientras dulces mujeres
parlan bajo las hojas, en la tarde,
frente a tiestos de orégano.
Ahora todo es lejano
pues ha ido cayendo blandamente de nosotros
como un poco de arena de una mano.
Ahora tal vez escuchas, tal vez sueñas.
Tal vez inventas ese duro monte
que sacude en la yerba su relincho.
O sigues, por un filo de luna,
el olor que te conduce a los viejos baúles,
a la alacena, al retrato del tío,
el de mostachos de gitano y ojos de ángel,
el que parpadeaba con secreta delicia
cuando tú, dulce hermana y madre mía,
ponías la lámpara
frente a las frutas y los platos de arroz,
el que murió un domingo ¿recuerdas?
Te hablo de la memoria,
de las alcobas, los muebles y los cuchicheos en la
memoria.
De la forma en que el viento
restregaba los arcos del comedor
y hacía gemir los corpiños y los pañuelos en el alambre,
de cuando el mar, disfrazado de viento, cuando el humo.
Te hablo del mundo, del tiempo en este mundo.
De días que ardieron como finas monedas
(rostros nítidos, con luz, con luz furiosa y viva,
vestidos que cubrieron amados cuerpos, que nos
cubrieron,
semanas olorosas a toronjil)
te hablo de entonces.
LA ESPADA DE FUEGO
A la diestra la llama de Dios, viva
palpitando como un ave de diez alas
y nutriendo el silencio con su vuelo encendido.
Nosotros estábamos descansando de haber sido hechos.
De sabernos sombreros y flores
y trenes futuros y locos por una gran pradera.
Nosotros no sabíamos
de la fuerza que tienen las raíces para apretar un ataúd
ni conocíamos el pan, la sal, el agua
ni el espeso follaje de un párpado cuando oculta un deseo.
Nosotros éramos sólo eso:
un monton de asombro,
dos brazos que cubren un rostro para huir,
dos vientres locos,
dos niños sin salida por un túnel de espinas.
¡Ay!, nos dieron un peso de sombra en cada vena
un ojo para cada cosa,
una valla de tacto,
un olor que se empapa de nosotros
y una risa encendida por la muerte.
¡Ángel, hermano ciego,
puro,
míranos ahora desposeídos de tu alegría y de tu llama!
Desnudos
como un pensamiento en la mitad de una conciencia.
Tiritantes
suplicando que no nos quiten esto.
Que nos dejen los muslos temblorosos de una mujer pariendo,
que nos dejen un sapo bajo un arbusto
y un peluquero mirando el vaho de una infamia
mancharle su perita de alhucema.
Que nos dejen oler -¡hasta el suplicio!-
una botella donde un misógino envejecido
ha atesorado todos los orines que no pudo vaciar
en el sexo de una mujer difunta.
Que nos dejen masticar cáscaras de guayaba
y lamer cucharas sucias de gas bajo las camas
o mirar fijamente la palidez de un hombre cuando duerme.
Que nos llamen fulano,
tulipán,
comadreja.
Para algo vimos un caballo relinchando
furiosamente iluminado por el alba.
Para algo vimos cómo se gastaba un peldaño
y un niño repetía -hasta vovlerlo pájaro o sombrero-
el nombre de un país oculto en la bisagra de un pupitre.
Para algo fuimos hormiga taciturna
con una hojita de almendro en las antenas.
¡Ay!, y fuimos calles y ciegos con bastón
y mugre de unas manos
frotando el mobiliario de una casa enlutada.
¡Siempre, siempre,
hemos de regresar a nuestras sienes
a buscar nuestros ojos,
a comernos los hígados,
a vestirnos de baba los dientes y la lengua!
¡Y allí -parado y mudo en cada pan del día,
en cada represalia de la luz y del humo-
tu gran espada ardiendo, ángel mío,
tus grandes ojos ciegos y el brio de tu frente!
Ay, la almohada,
la nariz resoplando,
las baldosas cuadradas,
todo lo que se apaga cuando vibra tu fuego.
El río que busca su rumbo,
los ojos que quisieran otras órbitas,
la piel que se resiente
de tanto ser golpeada por huesos y palabras
que nuevamente quisieron ser terrón o semilla.
La yerba, sí la yerba como vello del mundo.
Y esa luz que nos llama en cada sombra,
una luz de esta tierra
de una hoja, ángel mío, de una torre,
de algo que ha de viajar por siempre con nosotros.
Nos dejaste hambrientos.
Con extraña alegría
colmaste nuestra fuente de avidez y sonido.
Nos hiciste de presagio y de sangre,
de cosas que se pudren huyendo,
de animales que llaman simplemente y se apagan.
Encendidos.
Todo lo que tocamos lo herimos con tu fuego.
Tú nos asistes.
Cada pulso eres tú,
cada segundo es pluma de tus alas,
cada palabra guarda en su silencio el lirio de tu enigma.
Y tú, ángel,
disperso en tanto belfo,
en tanto enero mío,
en tantas cosas que he apretado
con inocente afán y dura garra,
por no caer,
por aferrarme al mundo,
por no morir de espaldas talado por tu fuego.

POEMA DE LA PROFUNDA DESPEDIDA
Por última vez
toma el íntimo fuego de mis manos
y el brillo de mis ojos en tu cuerpo.
No olvides la manera que teníamos
de andar entre los seres
y de mirar el agua y las palomas.
No olvides el color de los almendros
ni el ojo de las bestias
ni el brocal de los pozos conocidos.
Por última vez
toma esta torre y esta tarde amada
que se irán con tu sangre para siempre.
Toma el sabor maduro de los frutos
y el color de mi piel y de mi traje.
Por última vez
contempla la estatura de mi cuerpo,
la forma de mis labios
y el beso de mi voz en tus cabellos.
Por última vez
bebe el sonido transparente y vago
del cielo entre los árboles inmensos.
Y recuerda la lluvia y los caminos
cuando éramos los dos una mirada
repetida en la niebla por el viento.
No olvides las palabras detenidas
como pájaros ciegos y vencidos
ni el latido profundo de mis venas
al dejar nuestras huellas en la arena.
Recuerda la frescura de los cántaros
a la hora del azahar y de los besos.
No olvides las estrellas
miradas por los dos bajo la bruma.
Ni olvides mi manera
de ser feliz ante los hechos simples:
de tirar piedrecillas en el agua
de cantar en la yerba
o de mirar el vuelo de las nubes
en el húmedo cielo de tus ojos.
Ahora sabrás esta costumbre mía
de regalarte cosas fugitivas:
el aroma de un huerto, la mañana
durmiendo sobre un lirio estremecido,
una palabra vaga
o una espiga sin savia ni sentido.
Por última vez
toma el dolor de este silencio mío,
toma la olaridad de mi agonía;
mira el muro de yedra envejecida,
el patio solitario
y esta breve colina donde flota
el herido temblor de mi pañuelo.
Escucha siempre este secreto llanto
que resbala sin rumbo por mis huesos.
Toma mi soledad y mi dulzura
y viaja con mi nombre hasta la muerte.
EL EXTRAÑO
Un día vendrán
todos aquellos que me amaron
para decir:
no nos reconocemos en tus gestos.
Otros vendrán cantando
a decir con dulzura:
sólo el tiempo ha podido
doblar su cabellera.
Pero vendrá el hermano
con un ángel y un niño:
mirarán simplemente mis ojos
y arderán en silencio.
CANCIÓN
Después vino el encuentro con el mar
y la construcción de los grandes navíos
para alcanzar el horizonte.
Los belfos de los corceles era todo el recreo de los guerreros
en la vasta contienda de arena.
Yelmos derramados y lanzas
¡y mujeres pariendo frente a la espuma!
VERANO
Me iré de mañana
y buscaré un color lila sobre el campo
y me detendré bajo un árbol grande
a contarme,
hasta lograr sumas musicales,
los diez dedos de mis manos.
Y miraré las hormigas royendo un zapato
mientras los saltamontes
fabrican, élitro por élitro,
el zumbido del día.
RECADO PARA UN TRANSEÚNTE
Antes de mirar por el ojo de una cerradura
o de aspirar el olor a hombre escondido
que tiene el aire en un patio abandonado.
Antes de redondear una uña con tus dientes
o degustar el sabroso sabor gástrico
que tienen tus encías a la madrugada.
Antes de mirar el sol dorando
la testa de un convaleciente.
Antes de todo esto,
ordena bien un grupo de minutos amargos
que subsistan más allá de tu vientre.
Entonces podrás sorprender un brazo
al saludar a nadie desde el más claro sitio de una casa.
O encontrar a una mujer en una ciudad
populosa y desconocida
guiándote, únicamente, por el olor de sus gestos
y la energía de sus pezones.
Después hablaremos.
Algún día hablaremos de todo esto en una isla olvidada
donde los cocoteros tienen un timbre, musical y doloroso,
como el de una anciana que acaba de dar un paso en falso
y escupe sus miembros sobre raíces polvorientas.
CLAMOR
¡Ay!
árboles rudos, sin eco,
rostros rudos,
no castiguéis mi frente,
no volváis vuestros ojos.
Miradme simplemente.
Soy un ángel o un sueño
o un duro ser que toca
palpable y castigado.
¡Abeja, niño, muerte,
azotea en la tarde,
diciembre como enero
igual a tantos lirios!
Alguien me puso un sello
y un poco de ceniza
disolvió entre mis venas
y el aire de mis hombros.
Quiero algo que responda.
Algo con número y medidas.
Algo que centuplique mi nivel y responda
por tanta vena rota,
por tanto pan comido,
por tanta puerta abierta
sin lumbre ni sentido.
AL PIE DEL CASCABEL CRECEN DOS OJOS
Hoy tocas dulcemente
su edad de hueso móvil,
su cadera creciente,
sus hombros que te buscan y caminan.
Tiene seis años de estar aquí,
de estar con el rocío.
Su edad es tantas veces un segundo
que ya perdí la cuenta de su llanto,
de sus árboles-ojos y los ruidos
que fecundan y lijan sus oídos.
Tu hija ha crecido.
Con ella está creciendo su muñeca,
su caballo de palo,
sus trenzas de enroscar las buenas noches
y ese corpiño que le pusieron a crecer por dentro
corpiño de riñones, de sexo silencioso,
con pantuflas ladrándole a la almohada.
Tu hija está aquí con su gran animal agazapado.
Con seis años de leche,
de zapatitos rojos y lazos a la espalda.
Sus años de jazmín están creciendo.
Le empujan su garganta,
le alargan las mejillas
y le tejen su traje de mujer y sus hijos
nadando entre la luna de sus ojos de niña.
LA REINA
Lydia era la dueña de los cocuyos.
Ella los llevaba al mar en las noches oscuras.
Los soltaba cuando los jazmines dormían entre la sal.
Lydia tenía una frente de pájaro.
La recuerdo entre las tablas rotas
y los cordajes de humo.
Su voz era un crustáceo herido.
Toda ella como un barco,
como un nocturno barco por siempre abandonado.
SÚPLICA DE AMOR
Por mi voz endurecida como una vieja herida;
Por la luz que revela y destruye mi rostro;
Por el oleaje de una soledad más antigua que Dios;
Por mi atrás y adelante;
Por un ramo de abuelos que reunidos me pesan;
Por el difunto que duerme en mi costado izquierdo
Y por el perro que le lame los pómulos;
Por el aullido de mi madre
Cuando mojé sus muslos como un vómito oscuro;
Por mis ojos culpables de todo lo que existe;
Por la gozosa tortura de mi saliva
Cuando palpo la tierra digerida en mi sangre;
Por saber que me pudro.
Ámame.
UN HOMBRE AL LADO DEL CAMINO
Podrán decirme
traga tu saliva
aguanta
tente despacio, pon tu buena letra,
firma no más que lo demás es lodo.
Podrán esto y el otro y lo del otro
repetirme
hasta lijarme huesos y memoria.
¿Y qué más da, respondo,
qué me gano y se llevan de mi luto?
¿Qué más da que me doblen y me entierren
y me encimen de paso mi delirio?
¿Si algo me rompe, si algo me sacude,
si un ala me divide
si no vivo más que de muerte natural
si siento
que estoy perdido
que he sido herido por mi propio filo?
LOS PESCADORES
Con su linterna
parecían dos girasoles en la noche.
Ella y él
con su aroma de sueño
con su perfume de hijos en los brazos.
Todavía sin sonido las palabras
Pero el mar es el mar (y lo sabían).
EPITAFIO A LOS DOS ADOLESCENTES
¡Oh voluntad amante
signo frío que en luto se resuelve!
Anhelo de cruzar la voz, el tiempo,
siendo de luz y no vibrando en ella.
Lo sabemos: el aire es más verano
y más negro el racimo
cuando el olvido moja nuestros hombros.
Y hemos sido de polvo,
hemos durado.
Fuimos mejilla, lágrima y suspiro
y la muerte encendió su lirio oscuro
cuando apenas rozábamos el mundo.
MENESTER
Por lo tanto medito las huelgas,
me rasco los riñones,
devoro montones de basura con mi olfato.
Otro tanto las guerras, los heridos
que bailan dulcemente en los periódicos,
en sus islas de tinta,
los hombres que bostezan en los parques,
el niño sin nacer
que llora, perfumado, en mi pañuelo.
También los orinales en la tarde,
oliendo con la muerte de los vivos.
Todo esto es mi negocio, redondo y exclusivo,
lo que ocupa mis sueños y mis ojos.
EL AMIGO
De pronto me miró,
solitario el que más como ninguno.
Me miró con sus ojos y sus huesos
y sus desnudos pies entre zapatos.
No pude resistirlo (el hombre no soporta
lo que mira hasta el fondo).
A espaldas de él estaba el paraíso
con todos sus demonios y pucheros
y papá Dios haciendo sus globitos.
Y de este lado estaba la consola,
los muebles, los testigos de la sala.
Y el amigo sentado en su silleta.
Mirándome, sentado, respirando.
SENTENCIA
La baba te dará su miel oscura.
El carbón tiznará tus hombros claros.
El agua amasará tu sacrificio
sin apagar tu sed ni aplacar tu amargura.
Tendrás humores, pues tendrás un cuerpo.
Pisarás firmemente con tu efímero polvo.
Negarás tantas veces que serás afirmado
de lo mismo que niegas y lo mismo que huyes.
Nadie dirá: “lo he visto, lo he tocado en su centro”.
Vivirás prisionero de tu ser escondido.
Dudarás de ti mismo, sufrirás de tus ojos,
cantarás sin que nadie te mitigue la frente.
No alzarás la mirada ni pedirás sosiego.
Ni paz a tus pulmones ni reposo a tu sangre.
No dirás: “he vivido, dadme un poco de olvido”
porque la luz está sellada con tu nombre.
Arderás, lucharás, comerás de tus codos.
El luto ceñirá tu esplendor ceniciento.
Tu eternidad y espacio te colman y saludan:
Expiarás para siempre el haberte encendido.

SEGUNDA RESURRECCIÓN DE AGUSTÍN LARA
(Preparación para el bolero)
Juntaron todos los trapitos, todos. Los embutieron debajo de la cama y hedentina. Y vinieron los trombonistas y olieron y cuando ya los cadáveres (las tarjetas clavadas desde el principio de nuestra era en la tapa del baúl) se incorporaban bostezando, oyeron la primera cadencia. Lo otro fue el asunto de aquel altar con un políptico y una leyenda en revesino, probablemente en el idioma de los chivianos, en que Jonás eructaba sucesivas ballenas y lapiceros y farolitos cuandole hundían el timbre del ombligo y donde santa Bulbia, llamada la Mona en los anales de la yerba crepitante, se asustó para siempre porque Agustín, levantándole la enagua o consabida túnica por detrás, se metió dentro de ella. Esto creó la primera, y más honda y definitiva, separación entre el hocico del basilisco y el recortado bigotico, la lengua y los colmillos del gran camaján. El primer cisma. Desde entonces Agustín fue santa Bulbia y a la inversa. Miraba con sus orejas y su rabo y sus grasosos y energúmenos falos y sus encajes y todo. Primero las teclas -que, en remotísimos siglos fueron los incontables fémures y las sesenta costillas y los cuatrocientos noventa y ocho dientes de leche de san Pando, mejor conocido como El Horcón del Perfumado relámpago, que se sostuvo sopocientosaños en lo más profundo del desierto, lujurioso y erguido, entendiéndose por complejísimas y hasta ya nada significativas señas con los animales que tienen el privilegio de volar mientras se arrastran y alimentándose únicamente con deyecciones de turpial y sesos de arlequin – y después las garras y el enchapado cuerpo (lo que propia aunque confusamente se llamó el altar) y por último la sacrílega voz y, un poquito después, los susurros, todavía agonizantes, que habían logrado triunfar de los silicios del moco y los vastos cataclismos gripales. Y después la tos. Y después la vilipendiada mejilla bajo la tos. Y después.
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

