3 Poesía más Poesía: Enrique Molina y Norma Menassa

ENRIQUE MOLINA

Biografía


Enrique Molina, nacido en Buenos Aires en 1910 (donde moriría 86 años después), tempranamente su familia se traslada a la provincia, y hasta los doce años vive primero en Corrientes, junto al río Paraná, y luego en Misiones. Realizó los estudios secundarios en Necochea, junto al mar. Ya en Buenos Aires, sin duda presionado por su padre a seguir el oficio familiar, estudia derecho, una disciplina que no llegó a ejercer. De hecho, ni bien obtuvo el título se lo entregó a su padre y se embarcó de marinero en un barco griego y durante tres años navegó por todos los mares del mundo. Seguramente cuando cesaban las tareas, buscaba la soledad y se asomaba a la borda, entonces acontecía el milagro: el esplendor del océano, bridas de luz que lo llevaban hasta el cielo, las brisas de la tarde entrecerrando sus ojos, transportados a ese horizonte ambiguo, a ese estallido azul.

TAMBIÉN NOSOTROS


Sí, zarparemos con los últimos barcos.
Al mar también le duelen las piedras que lo ciñen,
cuando su ronca cólera no basta
a estremecer la muerte del pequeño marisco.
Apartadme de mí, de mi larga estadía.
Siempre el rostro y las manos, el sueño y el espejo.
Podrías recordarme como al humo:
para eso hay muelles de dulce declive.
Eternas criaturas de la tierra,
seguiremos andando debajo de las flores,
con ligeras estrías azules en el hombro.
Y acaso reconozcan nuestros nietos por su pelo arbolado,
por sus ojos de tristes nadadores,
y su manera de decir: “Otoño…”

                                                   Las cosas y el delirio (1941)

A finales de 1934 tocó puerto en España. Volvió inmediatamente después de la Guerra Civil pero, como de tantas cosas de su vida, sólo nos ha dejado un testimonio poético. Es poco lo que sabemos de su estancia en Chile, Ecuador, Bolivia y, sobre todo, Perú, junto con César Moro, Westphalen y otros, donde dirigió algunos números de la revista A partir de cero. También se ignora casi todo de su vínculo, ya en los años setenta y ochenta, con Brasil, salvo su amistad con el editor Ferreira de Loanda.

DIOSES DE AMÉRICA

Como rayos que parten al destierro
con el viejo alarido de sus víctimas
uno a uno pasaron, rodando de la pétrea corona del altar
que sostuviera su pavor espléndido.
Su nube a solas con sus mitos fríos
gira al relente, como un triste pájaro;
y de la hoguera
solo la llama de la ortiga sube
al pie de unas pirámides truncadas por los tiempos.
Ninguna sombra allí posa la ofrenda,
ni el ojo del humano, bajo las lágrimas, contempla
fulgir en el vacío su cólera emplumada.
Dioses de América. Sólo el caimán azota
con su cola de fango vuestro orgulloso imperio.
Esparcidos collares de dientes y de guerras
donde agoniza el trueno como una bestia herida
y la funesta tierra del silencio devora
el cuchillo del ónix, la vasija cerámica
en cuyos verdes labios de piel seca aún fulgura
el Salmo de la Lluvia,
el Salmo del Huevo,
el Salmo de la Luz y la Serpiente.
Máscaras impregnadas por la resina de la tea,
iluminad el páramo, la nieve,
y la piel de los siglos sobre los escalones
donde como un ligero torbellino de polvo
aún reza el sacerdote de orejas espinadas que descifra el oráculo.
Fabulosos globos de monstruos y plumas, dioses,
cumbres de pánico y grandeza.
¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida
sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?
Ignoro vuestros cetros,
sólo sé de vosotros la ruina, la humillada ceniza de la hoguera,
la escalera de piedra, el disco derribado,
la momia que farfulla entre las lagartijas sus plegarias solares,
vuestra eterna alabanza,
vuestra ley ¡oh vencidas potestades amargas!
Sin embargo, a menudo, entre la tempestad,
oigo el aullido de esos duros imperios devastados,
el rumor de unas perdidas glorias
que el polvo diviniza.
(Pasiones terrestres, 1946)

Fue un poeta americano, sin embargo lo fue de una manera peculiar: no tuvo nostalgias del mundo indígena (reales o inventadas) y tampoco del desarrollo moderno de las ciudades (Buenos Aires, San Pablo, México DF): fue por amor a la vastedad del continente, a sus grandes ríos, a su fabulosa naturaleza, cuya intricada manifestación se confunde en su poesía con la sexualidad y el deseo. Frente al continente europeo, América, sus enormes espacios vacíos, su naturaleza aún no excesivamente domesticada en la primera mitad del siglo XX, despertaba en él un sentimiento adánico.

PUERTOS CALIENTES

Con un olor de luna caliente cuyo vaho
quema con sorda plata desierta las orillas,
en las bandas de América se abren
unos puertos sin sueño, unos oasis de moscas
caldeados por el viento, entre la luz y el trueno,
en los rancios anillos de la arena
donde elevan sus humos de alabanza,
su portal de tullidos como un coro
de perros y profetas,
ardiendo en las terrazas de la lluvia,
en las lajas manchadas por el tiempo.
Es la desolación del océano,
su filtro derramado en unos labios
que susurran infamias tentadoras,
promesas como hiedras;
enmascarado en trapos de colores,
entre mercaderías y tatuajes,
impasible en el fuego de miseria que brota de la tierra.
Es una miel sombría de mulatas
en un país de grillos,
tras las ocres persianas de madera,
comiendo su jaiba tristemente en la lumbre nocturna,
en medio de cortinas voluptuosas
donde los días yacen como una sal dormida:
el que tocó la cresta de las islas,
el que huía de estrellas azules y fatídicas,
el que eligió la playa para lavar sus muertos
cantando roncamente.
Un triste son de negros, un tablón que castiga
en medio de las aguas, comido por la bruma,
en la maniobra pálida del mar.
Y cuando el sueño sopla
-como un aire de antorchas vacilantes-
el ligero velamen de gasa de los lechos,
en silencio y solemnes
como ahogados en viaje,
zarpan entre la niebla los durmientes, hundiendo sus
cabellos en la noche,
seguidos por sus nubes de insectos,
por su copo de aliento como una mariposa.
¡Esa hermosura!
Marismas de prostíbulos y llamas
bajo las alas mórbidas del trópico
que aletean sin fuerzas tal un adiós incierto
en el desdén remoto de las olas. Red colmada
por los frutos brutales. Arrabal del océano
donde vaga la luna con los labios brillantes
como una reina loca, errando entre los médanos
con su pobre campana de ladridos.
Un canto de nostalgia, en la expiación del año,
nacido del fulgor de las adormideras,
como un eco de cosas que ya ardieron
en la sal del espacio.
Pasiones terrestres (1946)
Enrique Molina, si bien no es un poeta de la ciudad, tampoco es un poeta de la naturaleza en su sentido más contemplativo. A veces hay cuartos, habitaciones, pero son espacios roídos, quebrados por la presencia de lo natural. La naturaleza en Molina es dionisíaca, convulsiva, adorable, infernal. También se afirmó que su exaltación del paraíso está unida a un destino errante: el poeta asume esa errancia y en ella acaba reconociéndose (“porque nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido”).

AMANTES VAGABUNDOS


Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero un poco más lejos hacia nada
Están las lámparas de viaje
Temblando suavemente
Los hoteles de garganta amarilla siempre rota
Y sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
-¡Oh el errante graznido sobre la cumbrera!
Dormíamos al azar con montañas o chozas
Bajo las altas destrucciones del cielo prontas a arder con un fuego inasible
Junto al árbol de paso que se aleja
A menudo asomados a ventanas en ruinas
A balcones en llamas o en cenizas
En esos lechos de comarca
La lluvia es igual a los besos te desnudabas
Girando dulcemente en la oscuridad con la rotación de la tierra
Belleza impune belleza insensata
Pero sólo una vez sólo una vez
Juega el amor sus dados de ladrón del destino:
Si pierdes puedes saborear el orgullo
De contemplar tu porvenir en un puñado de arena.
¡Cuántos rostros abandonados!
¡Cuántas puertas de viaje entreabriendo su llanto!
Cuántas mujeres que la luz ahoga
Sueltan sus cabelleras de región indeleble besada por el viento
Con aves inmóviles posadas para siempre en su mirada
Con el silbo de un tren que arranca lentamente sus raíces de hierro.
Con la lucha de todo abandono y de toda esperanza
Con los grandes mercados donde pululan cifras injurias legumbres y almas cerradas sobre sus negros sacos de semilla
Y los andenes disueltos en una espuma férrea
-Desvarío tiempo y consumación-
Tumba de viejos días
Bella como el deseo en las venas terrestres
Su fuego es la nostalgia
La celosía del trópico tras la cual hay arañas cortinas en jirones y una vieja victrola con la misma canción inacabable
Pero los amantes exigen frustraciones tormentos
Peligros más sutiles:
Su pasado es incomprensible y se pierde como el mendigo
Dejado atrás en el paradero borrascoso.

                                  Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951)

Creo que habría podido repetir con Cendrars, “cuando se ama hay que partir”. Hoteles secretos, amantes vagabundos, voluptuosidad de las aves migratorias, regreso del pródigo, maletas de piel de pájaro, itinerarios, etapas, diarios de viajes, tierra tatuada antes de dormir, alta marea, rito acuático, un lecho de hormigas reales… ¿Títulos? Señales de paso, testimonios de los días del tiempo.

LOS HOTELES SECRETOS


El brillo nómade del mundo
como un ascua en el alma una joya del tiempo
se abre tan sólo al paso de ciertos hechos tormentosos
arrastrados por la corriente
hasta las escaleras cortadas por el mar
en ciertos antros de lujuria de bordes sombríos
poblados por estatuas de reyes
casi irreconocibles entre el reverberar de las antorchas cuya
luz es la hiedra que cubre los muros
¡Oh corazón orgulloso!
entrégate al fantasma apostado en la puerta
              
Ahora que tan bien te conozco
sin otra sed que tu memoria
criatura melancólica que tocas mi alma de tan lejos
invoca en las alcobas el éxtasis y el terror
el lento idioma indomable de la pasión por el infierno
y el veneno de la aventura con sus crímenes
¡Oh! invoca una vez más el gran soplo de antaño
en estas cámaras de piedra enlazada a tu amante
y ambos envueltos en la lona de los días perdidos como el
muerto en el mar
y prontos a deshacerse en las hogueras instantáneas
sobre lechos de un metal misterioso que brilla en las tinieblas               
bajo la zarpa de los candelabros
y el coro de pájaros lascivos girando con furia en las habitaciones               
selladas por el hierro de otras noches

Pues tales antros solemnes cubiertos de flores carnívoras
con mármoles que se pudren a la sombra de cabelleras opulentas
se balancean labrados pomposamente desde el portal hasta
la cúpula
como la nave anclada sobre el abismo
agitando con lentitud sus espejos para adormecer a la mujer
desnuda entre los verdugos que incineran el corazón
de la noche
y el zaguán donde se cruzan la lluvia y la frustración
los camareros con el rostro podrido por el tufo de las flores
acumuladas en los pasillos infinitos
el rumor de los suspiros sofocados
los besos entretejidos en nácar tristísimo
la hierba sin nombre en que se hunden sus huéspedes
repiten una vez más entre la sombra
la leyenda del amor que nunca muere

                                  Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951)

Enrique Molina fue siempre fiel al surrealismo, pero no porque siguiera a Bretón ni hiciera uso de la escritura automática (de hecho sólo se podrían encontrar huellas de este procedimiento en su primer libro, Las cosas y el delirio, 1941), sino porque creyó en la divisa que enlaza poesía, amor y rebelión. Creyó en el surrealismo por su fondo de anarquía, su sacralización de la vida, sus actos pasionales; finalmente, por su exaltación de la analogía que lo retrotrae al romanticismo de Hölderlin y Novalis, Nerval y Baudelaire. Si buena parte de la poesía moderna es hija de Baudelaire y Mallarmé, Molina es heredero indudable del autor de Las flores del mal, no del lúcido enamorado de la Nada.
A Molina le parecía raro que un poeta no tuviera afecto por el surrealismo, aunque no compartiera sus resultados. Por otro lado, aunque respetaba ciertos productos poéticos de pulcro despojamiento reflexivo, mantenía ante ellos una mirada de asombro ante lo que no termina de desentrañar su naturaleza.
Perteneció a la estirpe de Lautréamont, de Rimbaud, de Henry Miller, de Blaise Cendrars, de Lorca, de Neruda. Sin duda hoy podríamos emparentarlo, por varias razones, con el chileno Gonzalo Rojas. En Molina, aunque en ocasiones se copia un poco a sí mismo o bien se desmorona en su propia vegetación y magma verbal, es, incluso cuando habla de nubes, un poeta terrestre. ¿Es necesario recordar que uno de sus libros, de 1946, se titula Pasiones terrestres?

EXILIO


Vuélvete, y en la sombra,
tal como toma el pródigo perdido,
regresa hacia ese légamo de fuscos
donde vela el recuerdo de tu gente
enterrada en la arena.
Un batido arrecife natal,
la espuma de unos cuerpos que perduran
en susurros de óxido y salitre,
en espesuras entre cuyas ramas
se enganchan los ahogados, como frutos
mecidos por la racha submarina,
luces de misteriosas alas líquidas,
como el oscuro ruego
de una madre de olas que te implora
y gime entre las algas, sin destino,
tras el solemne carro de la luna.

También allí tu nombre polvoriento
grabado está. Desde antaño la piedra lo guarece
y silbó con el viento
en la mojada pluma del pájaro marino.
Porque fuiste a la playa
donde tus pies trituran yerbas secas,
aletas, restos de aguas eternas.
¡Oh, sobre cada estría la huella de tus labios!
Esa luz, esa sal, ese color de yerbajos corrompidos
que pican las gaviotas
un día te engendraron,
hálito que solloza en la calma nocturna,
alma mía, temblando de nostalgia ante el mar.


Pasiones Terrestres (1946)

ARCHIPIÉLAGOS LÁNGUIDOS


¡Islas!
Cual un collar de ardiente monedas despulidas
con que la luz se adorna y enceguece
o arroja a la nostalgia coronada de espumas.
Haz de arenas ociosas, indolentes sepulcros
abriendo sus delicadas frondas sobre la playa de despojos,
con sus nubes de hierbas, sus enigmas
entre lápidas llenas de conchillas,
las costas humilladas por los barrios marítimos,
los mercados portuarios de tortugas
y alfarerías hechas con la imagen del sexo,
frituras en los atrios, arrebatos impúdicos
buscando leves presas, homenajes de mujeres y fiestas.

¡Oh pozo de delicias!
Sellado para siempre, con el odre de furias enterrado en el golfo,
y un pueblo tumultuoso como un dios que medita,
honrando con alcoholes la belleza del mar.
¡Narrador! ¡Narrador!
Aguza en el destierro tu puñal de delirios.
habitante de casas de tablones tatuados por la sal de la luna,
precarias como el amo cuyo licor auspicia maleficios,
aullando sus brebajes,
injuriando la estirpe de sus padres,
la majestad del trópico en el gran desamparo de los años.
Embarcaderos rotos por un golpe de tristes alas de gaviotas,
que levantan su grito hasta palidecer más allá del escollo,
pregonando los ritos de la costa,
sus ancianas que tuestan entrañas de animales en parrillas grasientas,
los mariscos frenéticos
las tiendas de moluscos y sombreros,
unas lascivas lámparas del viento rodeadas de guitarras.
¡Arded, fuegos terrestres!
Que crepite el collar de cáscaras marinas
en el cuello de plata de los muertos.
¡Arded, turba de ebrios unidos a la lluvia,
moradores de playas, cautivos como monos en el lago,
en un flanco marino,
lleno de hermosos frutos que se adoran,
mutaciones y ruinas incesantes,
sus vastos letargos encaminados hacia el sol!

Pasiones Terrestres (1946)


Una noche de 1989, en Madrid, se le oyó decir que la primera memoria que guardaba de la poesía era la de su padre recitándole a Zorrilla, Espronceda y otros románticos españoles, cuando él aún no sabía leer. Aunque no entendía bien, la música verbal se le quedó impregnada para siempre. ¿Odió a su padre? ¿A su madre? En un poema de mediados de los cuarenta, Molina interpela a sus padres: “¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida/sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?”

Pero para Molina había un mundo paradisíaco, el que se dibujaba en su propio deseo, que no excluía, curiosamente, a la muerte. Es un paraíso porque incluye la muerte y así la vivifica lejos de considerarla algo ajeno. “A cierta profundidad de la conciencia, escribió en su única novela, los contrarios se identifican de una manera perturbadora”.
Cualquier poema está lleno de fragmentos imantados por una memoria acostumbrada a tatuarse en la corriente. Molina no cifra sino que trata de mostrarnos la experiencia concreta, las cosas, en las que arde “un terror antiguo”. Nada de abstracciones. Si el intelecto unifica la realidad, los sentidos la dispersan, la hacen girar en remolinos.

CIRCE


Solo contra la tierra
este sudor de instintos ha deshecho mi rostro de pájaro
    confuso
extraviado en los restaurantes de los tejados bajo la mañana 
    sin oficio
convertido de pronto en la bestia inocente que ronca entre 
    las flores
una mano de adiós
un golpe de olas en el alma

Disfrazado de playas y ciudades que pasan
las promesas se olvidan como en sueños
como un reverbero de moscas sobre tales países sin
    escrúpulos ni socorro 
en las eternas fogatas del tiempo 
entre las plagas de la inconstancia 
mientras se coagula al sol un vino de archipiélagos 
—oh carne sobrenatural con tu incomprensible gemido
    celeste torturado y salvajemente vivo en las venas— 
ahora que revisto la piel del cerdo fosforescente 
el olfato del camino
su relámpago de mujeres dormidas exhalando el perfume
   penetrante de la tristeza 
de plumas de sexo barridas por el viento
Pero te recobro
oscuro corazón de prisionero y de desafío 
ciego corazón humano 
con el hechizo de la corriente 
vacilaciones, éxtasis y terrores
y el musgo de abismo que brilla entre dos bocas que se 
    besan
para ser nuevamente sólo un hombre sin más amparo que
    tu furia 
sin otro cielo que tu aliento
como una blasfemia deslumbrante como un lazo demente tendido a los más puros vampiros de la tierra

Amantes Antípodas (1961)

Molina confía en el desorden porque intuye que hay un sentido, irreductible, que lo relaciona con lo más vivo. No confía en lo claro y distinto porque siempre ha creído que el misterio de lo vital no es desvelable salvo por la experiencia misma de sus contradicciones. Su capacidad de abrazar la afirmación y la negación, lo que se recuerda y lo que se olvida, es tan grande que la negación acaba revelando la antípoda sobre la que se sustenta. Los poemas “El pasajero de la habitación n0 23”, “Los hoteles secretos”, “Etapa”—, además de formar parte de lo mejor que escribió, son también en alguna medida, viajes en los que el esplendor se une a los naufragios, la promesa al olvido. No es casualidad que Molina tradujera “El transiberiano”, uno de los poemas centrales de Blaise Cendrars que junto con “Pascua en Nueva York”, y “Zona” de Apollinaire, son el inicio de una nueva poesía en lengua francesa. En “Alta marea” constata, tras un largo periplo marítimo: “todo termina/ los viajes y el amor/ nada termina/ ni viajes ni amor ni olvido ni avidez/ todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que acecha en el sol de su instinto”.

ALTA MAREA


Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
                     sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
                     de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
                     con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
                     la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
                     días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
                     insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
                     cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
                     enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
                     marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 
                     de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
                     desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
                     aguas y de los campos con las violencias de este planeta 
                     que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
                     como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
                     cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
                     acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
                     a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
                     del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

Amantes antípodas (1961

Enrique Molina escribió una única novela, “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman”. El libro une la recreación y narración de los hechos, visto en muchos momentos desde una perspectiva poética, y los documentos sobre el caso. En Argentina, Carmila O’Gorman, una muchacha de familia burguesa, se enamora, a finales de los años cuarenta del siglo XIX , en tiempo de Rosas, de un joven presbítero, Ladislao Gutiérrez. “En una sociedad donde imperan a la vez el odio y las virtudes domésticas”, nos dice Molina en el prólogo, Camila encarna “el honor del amor”. La pasión de Camila y Ladislao desafía a su tiempo. Ambos escapan, son perseguidos y, finalmente, ajusticiados por una sociedad y un poder tiránicos. Tuvieron la oportunidad de salvarse, al menos ella, a través del arrepentimiento: no lo hicieron, cuando desde el convento ella le escribe diciéndole que no se engañe, que ella no ha olvidado.
Molina encontró en esta historia trágica una verdad profunda: el amor es una afirmación disidente, porque, si bien en tal o cual momento puede ser aceptado nunca será una norma, siempre será “fuego libre” y sus manifestaciones un verdadero desafío para la vida convencional. “Por el amor —escribe Molina— supieron quiénes eran”.

En Buenos Aires, sus amigos eran Federico Gorbea, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Francisco Madariaga, Edgard Bailey, Miguel Espejo, Abel Posse, Roberto Sánchez, Fernando Sánchez Sorondo, Horacio Pilar, que admiraban su ternura, su picardía deliciosamente infantil, su generosidad, su talento sin par y la grandeza de su alma. Una vez fue visitado para un reportaje, vivía en ese entonces en una cuarta planta del 2385 de la Avenida Pueyrredón. En la puerta estaba pegada una foto de los ojos de una mujer. Su aspecto más bien bajo, con el pelo blanco, parecía un hombre fuerte, saludable, y tenía unos ojos en los que la infancia no se había perdido. En las paredes, algunos collages suyos (siempre se dedicó, con sensibilidad e imaginación, a la plástica, y a veces “ilustraba” sus cartas con collages) y una foto con una mujer desnuda, gorda, aunque con una cintura pequeña. Era gorda sin haber perdido las proporciones. André Coyné cuenta, en un bello texto sobre el poeta, que Molina se emocionó cuando supo que el último amor de Nerval fue una hermosa gorda. Molina y sus gordas, Molina y las gigantas de Baudelaire. Sin embargo, su última mujer, Genoveva Benedit, era muy delgada..

POESÍA MÁS POESÍA
También en televisión
Jueves a las 22h
En Grupo Cero TV
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DIARIO DE VIAJE


 Regiones nómades
con reliquias perdidas de la edad del fuego cuando el tacto abre su delta de
estremecimientos en grandes antros de sirvientas y ellas destellan 
todavía en la arpillera de los campos como la mandrágora los astros 
gemelos de sus pezones con el tufo del horizonte
Después la lumbre sobrenatural de lo obsceno y tantas habitaciones con un 
globo de sanguijuelas en la aterrada noche del olvidado 
el rumor de la mujer que llega por el pasillo inacabable acercando al corazón
su nombre y su aliento y a sus espaldas esa oscuridad de mi vida donde
de pronto las más bellas muñecas de incendio se iluminan para crear el 
vacío tórrido de la ausencia entre tales tabiques traspasados por las 
injurias de los vecinos
Luego la pareja arrastrada por el mar… tan perdidos… sin fuerzas sin 
victoria… los labios brillando con la humedad de las granjas y de las 
fiebres… Oh cuando era joven y la alquimia del mundo escogía los ele-
mentos de mi sangre para crear ciertas noches ciertos lugares de la 
costa el sentimiento de una irresistible conducta de volátil y tipo disemi-
nado entre las quemaduras de la pereza y el grito de olvido apagado por
el bramido del camión que lo arrastra en la cuesta
¡toda su alma bajo la fabulosa máscara del sol!
Tierras de antorcha arrojada a la cara 
el lecho jauría la boca incertidumbre la primavera éxodo esparciendo al 
pasar ese polvillo de nácar que desprenden los senos
¡y yo sólo abrigado con la llama desierta de cada cosa listo para cualquier 
frustración que despierte el relámpago del deseo sin esperanza cubrién-
dome de brasas que nunca cicatrizan y de ese vasto rumor de alas en 
viaje nacido de las raíces incesantemente arrancadas!
Minaretes de viejas camas de hospedaje víctimas incandescentes malezas de 
camarote atascado en la selva difuntos descoloridos sin memoria
cabezas donde ardió la fogata la voz salvaje de las lágrimas el grito de un 
pájaro extranjero
anotaciones imprecisas campos flotantes en la corriente del camino llegadas 
a lugares irrazonables situaciones del amanecer visiones postreras 
abrazos guitarras y cocos
Por todas partes países que miran fijamente ternuras vacías a la luz de los 
sueños y de las nubes 
alcobas que se hunden en el mar
El amor con su ráfaga
Tierras furtivas…

Amantes Antípodas (1961)

Estuvo en España varias veces, en viajes cortos Destacaba entre los poetas españoles a Garcilaso y Quevedo, a Bécquer, Lorca y Cernuda. En 1990 leyó en la Residencia de Estudiantes ante un grupo pequeño, y una semana después en otro centro cultural de Madrid, y en esa ocasión, que fue su última lectura en España, asistió sólo una persona, él no pareció inmutarse y dio su recital para esa sola persona tras agradecerle su presencia. Todo un ejemplo. A Enrique Molina le importaba muy poco la literatura y mucho la poesía. Cuentan que cuando estaba agonizando, un pájaro entró en la habitación, revoloteó y volvió a salir a la intemperie, a la redondez de la tierra, esas alas batiendo sobre su último suspiro, conduciéndolo de nuevo, una vez más, a las islas, “a través del tiempo y la nada en la avidez sin límites de todo corazón”. –

En la solapa de “Amantes Antípodas” 1961, puede leerse:
“Hay instantes en que todo ser está como un puente, como el cuerpo de un pájaro entre dos alas, como una ecuación total del mundo de las apariencias y lo absoluto. Esos instantes mágicos, son para mí de un contenido profundamente revelador y creo que la poesía, actividad sin resignación y sin esperanza, no tiene otro mecanismo
.En 1941 publica “Las cosas y el delirio” y obtiene el Premio Martín Fierro, instituido por la Sociedad Argentina de Escritores para poetas menores de 30 años. De 1946 es “Pasiones terrestres”, laureado con un Premio Municipal de la Poesía. En “Costumbres errantes o la redondez de la tierra”, el lenguaje se insinúa a través del mismo permanente sentimiento de inquietud, que fuga en todas direcciones. Fundador de una de las más originales expresiones dentro de nuestras revistas literarias: “A partir de cero” de inspiración surrealista.
En Francia, sus poemas fueron traducidos y publicados en “Cahiers du Sud” y “Les nouvelles litteraires”. Octavio Paz, refiriéndose a la obra de este poeta argentino, ha escrito”…en Buenos Aires, la poesía luminosa y fácil de Enrique Molina (fácil en el sentido de que son fáciles de crecer el árbol, la vegetación del mar y la sucesión de imágenes del sueño…”
“La poesía de Molina, como un cuchillo, no describe, se hunde en la realidad. Es un tatuaje imborrable, una herida perpetua, una joya viva en este inmenso desierto de baratijas”.

POESÍA GRUPO CERO
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NORMA MENASSA CHAMLI

María Norma Menassa Chamli nace el 22 de septiembre de 1938 en Buenos Aires. Recibe el título de médico en 1975 y de psiquiatra en 1983, Poeta y psicoanalista, es una importante científica del mundo de la salud mental. Tenemos que abreviar su curriculum porque no podemos leer las 33 páginas. Estudió, trabajó, coordinó, formó, supervisó, tradujo, publicó dirigió y fundó el “Centro de salud mental Villa Lugano”. Dirigió la Escuela de Poesía y psicoanálisis de Buenos Aires, a los 76 años, cruza el charco y se instala en Madrid donde sigue en activo, estudiando, trabajando, coordinando formando, supervisando a psicoanalistas en formación.
Ha incluido en su ejercicio profesional, la coordinación de talleres de poesía, ha sido co-productora de dos largometrajes de Miguel Oscar Menassa y también ha sido actriz.
Ha publicado varios libros en la editorial Grupo Cero, en psicoanálisis: Medicina Psicosomática, El porvenir de la Clínica psicoanalítica, Los miedos del amor, Vigencia de Sigmund Freud – La Transferencia-, Lo económico en Freud y Lacan, La realidad simbólica, Medicina psicoanalítica I y II, Esquizofrenias y otras Pasiones, Lingüística y psicoanálisis.
Sus libros de poesía son, Amores Mínimos, Talleres de Poesía I, Cuando está por llover los pájaros no vuelan, Eva Buenosaires, Me acosa una pasión  (1º premio de Poesía Asociación 
Pablo Menassa de Lucia), Pertenezco, Graffitis en el cielo, A plena penumbra, Vivir en Madrid.

Norma Menassa con el poeta Juan-Jacobo Bajarlía.

CULTIVARSE NO ES CULTIVAR

Zambullirte en otros mundos
darte un baño de extrañeza,
arder en deseos de lo nuevo
recorrer otras vidas,
renovar los siglos en cosas venideras
ir de la mano de los grandes, de los rojos, de los negros,
atravesar colores de otras razas,
costumbres añejadas, palideces agitadas por olas
de un fondo más viejo que sus nombres.
un virginal repaso de amores extinguidos,
una pasión de otros que hago mía.

Estar en este mundo significa hacer la alquimia necesaria
trasmutar los metales, y los mármoles
que se levanten con pies alados los dioses derribados
que soportaron la maldad de todos los rocíos.

Recordar el fuego de las hojas y todos los bronces escondidos,
volver sobre esos otros que dejaron sus señas desafiando los siglos
la bella reina del ciprés casada con el chamán piel–roja
trayendo una frescura imperceptible.

Estar allí con otras sangres luchando
con los esclavos de los convencionalismos,
liberarse de los que por falta de imaginación
no pudieron contra las ataduras.
Aburrirse con la burguesa moribunda que disimula su fracaso,
apresar en cada historia la estupidez del mundo,
confiar en los tentáculos de otras almas
y arremeter con filos ácidos las cuerdas de todos los poetas.

No hay sucesión, hay saltos,
antes de mi hablaron otros hombres
y no hay propiedad hereditaria sino tiempo veloz
juntando y separando la misma savia, la misma raíz,
haciendo contacto con nosotros.

Y aquel que escribía sobre la hierba fresca,
un Witman al que no conocí lo suficiente,
y que cortó los nuevos troncos para que los talláramos de nuevo.
Y Hermes el tramposo, una vez más en Delos,
y el altar se derrumba en sus temblores.
Las bodas de Canaán en Galilea,
y Nazim cantando entre las rejas y amando a su doncella,
más todos los artistas rotos,
desamparados de una patria sangrienta,
perdidos en los pueblos cubiertos por olivos grises
como las nubes de un cielo que aún no llora.

Las turbulentas huestes de jóvenes esperándome,
para que diga alguna cosa,
y esto soy yo, una multitud de vidas en mi vida,
una cultural benevolencia que me pone en el mundo,
como la mano aquella que arroja la semilla,
para que vengan a mí canciones mías,
nacidas de mi alma cautivada
que estalla con ritmos argentinos
y una Latinoamérica que me invita a cultivar la rosa
la que quedó escrita en su bandera por el hombre Martí
que me repite.

De “VIVIR EN MADRID”

DEL MAR VINO LA LUZ


¿Dónde estaba yo cuando la luz cayó entre los torbellinos del tiempo
y se abrieron las páginas de mis días golpeada por hechizos,
que mas allá de las palabras olían a sangre derramada
antes que la piedad se sentara a la mesa de los dioses.
Ente los que quedamos vivos después de la catástrofe
enronquecimos las gargantas y jadeamos sobre las aguas del océano
sin lograr apagar los gritos del naufragio,
mientras los pájaros caían abatidos sobre las ondulaciones de las olas.
La arena fingió su desamparo y convertida en vidrio
tatuó los pies que buscaban algún refugio y arrancó de su increíble huella, raíces que se hundieron en alguna novela estrafalaria
a la espera de alguna presa desgraciada y
trepados en la llama de algún sueño
se desnudaron los amigos con los que compartíamos el sol
y llenos de mentiras, mudos como un altar sin misa
vistiendo ropas desconocidas se desplazaron lentamente
hacia un olvido borrascoso, sólo sombras contra el pasado
que nublaron las imágenes sobre el mar
iniciando la ceremonia de la bruma.
Del mar vino la luz que iluminó un país desorientado
del que partían los senderos que llevaban al desierto
y el verano cegado aplastó contra la roca a una pareja de amantes
que se desvaneció en el aire sin suspiros
y los cuerpos y el cielo dieron paso a otra luz
parecida a un espejismo de fantasmas
que empezó a hablarle a las piedras
revestidas ahora con joyas de lujuria
donde plata y leche se trenzaban en anillos del tiempo
quedando capturada la libertad soñada.
El mar cubrió de sal los labios besados que eran mi único botín,
un círculo de fuego azotó visiones dispuestas a matarme,
un réquiem fueron las grandes sinfonías del sol,
lo inconcluso fue un puente hacia el amor
y el rugido de la luz
el inconstante umbral donde descansa mi locura.

Con su hermano el poeta Miguel Oscar Menassa en la sede del Grupo Cero en Madrid.

NADIE ME LO PIDIÓ


Me decían, partir el pan y repartirlo
porque la vida es sólo el manotazo que derriba a la muerte,
y acudía presurosa porque todo podía ser de todos,
y la grandeza es el desfile de actos cotidianos,
fugaz presente tratando de abarcar al mundo y penetrarlo.
Había palabras como soles en la mesa
y el mundo zumbaba en cada recorrido de la luz
hasta que el día se desmoronaba y todo cambiaba
al color de las sombras mientras alguien doblaba por la esquina
queriendo robar algún amor, algún sueño perdido
alguna ligereza para aliviar el peso de la espalda
Nadie me lo pidió,
pero hablé de lo que no conozco
y fui uno más de aquellos que quedaron vivos después de los bostezos
y nada más que por estar llegué
hasta las aguas del arroyo donde
mojé mis labios en la piedra que goteaba
y toqué la tierra humedecida donde crecía el musgo
que se pegó a mi piel y fui la verde imprecisión temerosa y profética
como de infancia vivida en las veredas,
solo al amparo de gorriones.
Nadie me lo pidió
pero gané futuro en cada paso, sin mirar para atrás,
cayendo como cae el día en un corredor interminable donde
nunca se apaga la fábrica de sueños y apenas un rasguño
es la delicada marca de mis pies sobre el silencio.
La noche como un pájaro azul lleva en su pico las horas ya vividas
y el viento borra los colores que a ciegas tiñe el tiempo.
Yendo en busca de algunas claridades y aunque nadie me lo pida
dejo algunas plumas que no sirven para el vuelo,
sombras que son palabras enhebradas
bordando cicatrices invisibles,
y un puente colgante donde se balancea mi nombre
hasta el vértigo de las gotas de aguas estremecidas

LO QUE NO SE PUEDE MOSTRAR


Desnudeces,
cuerpos de aires entrelazados.
Viajes por el país de las tardes y los asombrosos días de cantos
destinados a extraños que dirán algo inútil de mis imaginaciones.
Visiones crudas volcadas en una realidad que se transforma.
Palabras que no se suman en cadenciosas músicas
porque quieren ser una sorpresa.
Agilidad que mueve las formas esclavas del espíritu,
circunstancias de la vida que toman formas imprevistas
y que algún orden me trastornan,
quiero hablar de los hombres y hablo de la guerra,
quiero hablar del amor y hablo de los pájaros,
maravillas puestas en un lenguaje cotidiano,
la audacia de una sencillez que quisiera lograr y que no alcanzo.
Desnudeces,
Ni infancia, ni formación, ni amores,
acontecimientos solos venidos de este mundo
y arrojados fuera del mundo hacia otro mundo.
Cuerpos invisibles a pesar de las luces y los espejos,
escenarios inventados recreando el universo,
saltando los fenómenos naturales,
las llamas convertidas en pasión humana,
la noche, el viento y el agua para reproducir el amor
y los colores de los sueños,
flores sombrías, casi flores negras arrojadas en la calle
para que un bailarín de gestos torpes y falsos
juegue con sus sombras alargadas
como todas las sombras sin remedio.
Desnudeces
Entre la muchedumbre se brilla algunas veces.
La ingenuidad abandona la tierra y el aire atraviesa las letras.
que se arremolinan sin dudar,
con la esperanza de conservar lo móvil.
Un cuerpo fundido en otro cuerpo
y todo es vano a pesar del intento
de sacudir el polvo de semejante fusión.
El poema en una soledad emerge como si estuviese dirigido
por el desborde de la belleza mas allá de alguna verdad
y vuelve a poner todo en cuestión,
y a responder sin saber cuál fue la circunstancia.
El recuerdo se transforma,
hay una acumulación de siglos que empujan y la edad de oro
se transforma en un presente y la memoria se expande como una tiniebla,
atraviesa paredes, disfruta de las ruinas de un pasado,
reina un olvido fundamental
y queda la poesía liberada de entredichos.
Solo desnudeces,
ni líneas, ni superficies, ni volúmenes,
ni personajes, ni sentimientos,
ni monumentos, ni corazón ni cabeza ,
ni aburrimiento, ni belleza,
nada,
la destrucción es total,
se crea y se destruye,
nuevas formas buscan en el tiempo una nueva imagen.
Se borran los reflejos personales,
soy la que habla y la que escucha al mismo tiempo
una sola visión que me somete a una realidad que es otra,
que me devuelve viva.
Hay un constante devenir por todas partes,
cierro los ojos y se abren las puertas de lo maravilloso
más allá de lo comprensible,
todo encuentra su eco,
y quedo anonadada por lo que no se puede mostrar,
por lo invisible,
por ese movimiento perpetuo,
ese infinito.

Se recomienda ver el programa de televisión Poesía más Poesía con la presencia del poeta Miguel Oscar Menassa y director del programa.

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