24.Poesía más Poesía: Eugenio Montale

EUGENIO MONTALE

BIOGRAFÍA

Eugenio Montale nació el 12 de octubre de 1896 en Génova (Italia). Fue el último hijo de cinco hermanos y según sus propias palabras, en un relato se cree autobiográfico escribió: “en nuestras antiguas familias había normalmente un hijo, casi siempre el último, el benjamín, al cual no se le requería ninguna actividad razonable. Hijo menor de padre viudo, algo enfermizo desde la infancia y rico de indefinibles vocaciones extracomerciales, llegué a los quince, luego a los veinte y más tarde a los veinticinco años sin haber tomado una decisión”.

Su padre era director, junto con dos primos, de una empresa importadora de resinas. Cuando era joven, viajó a Buenos Aires para incorporarse a un banco, pero cuando llegó, el banco había quebrado y, algo desorientado optó volver a Italia. Montale solía decir con humor: “si no hubiera sido así yo habría nacido en Argentina y quién sabe cuáles hubieran sido los temas de mi poesía”.

Durante los veranos desde los diez hasta los treinta años vivió con su familia en un pequeño pueblo costero de las Cinque Terre (Cinco Tierras en español), una porción de costa formada por cinco pueblos en la provincia de la Spezia, bañada por el mar de Liguria, Liguria (Italia). Situado entre Vernazza y la punta del Mesco.

Y a esas costas ásperas de su niñez se refiere en muchos poemas. Plantas y animales de raros nombres aparecerán en sus versos: pitósporos, zinias, acerolos, bruscos, agaves, algarrobas, saúcos, cercetas, abubillas, puercoespines, carpas, jibias, bogavantes, azores y anguilas. Combinados con los vientos del sudeste, el siroco y el mar de azul turquesa bañando un entorno agreste a veces desértico y juegos infantiles que parecen deslizarse entre la vida de los humanos que buscaron mejor suerte en América y regresaron con algún dinero a vivir sus últimos años a su pueblo natal. Quizás rememorando la identidad perdida de lo que pudo haber sido y aceptado y resignado regresa de nuevo en el poema.

Ossi di Sepia fue su primer libro de poemas donde podemos leer sus escritos juveniles:

Durante su adolescencia realizó estudios secundarios en una escuela técnica. Pero su verdadera pasión era el canto lírico. Hacia 1915 se preparó para debutar con la parte de Valentino en el Fausto de Gounod. Con respecto a lo cual dijo “la experiencia, más que la intuición, de la unidad fundamental de las diversas artes debe de haber entrado en mí por aquella puerta. Los pronósticos eran óptimos, pero cuando murió mi profesor Ernesto Sívori cambié de rumbo, incluso porque el insomnio no me daba tregua. La experiencia me fue útil; existe un problema de impostación, aun fuera del canto, en toda obra humana”.

El poeta fue llamado a filas para luchar en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Alcanzó el grado de oficial pero no participó más que en ejercicios. Su primer poeta data de 1916. Cuando terminó la guerra se licenció y lo transfirieron a Turín y luego a Génova.

Cuando regresa a Génova en 1919 empieza a visitar cafés literarios y conoce a los más destacados poetas. En los años de posguerra Montale lee insaciable, de 6 a 7 horas en las bibliotecas públicas, aprende inglés, francés y español y por las noches asiste a largas charlas literarias.

En 1925 publicó su primer libro, Ossi di Sepia. Y ese mismo año firmó el “Manifiesto de los intelectuales antifascistas”.

Comenzó a colaborar con revistas. En verano de 1926, durante unas vacaciones conoció a Ezra Pound.

En 1927 se traslada de Génova a Florencia y empieza a trabajar en editoriales. Allí conocerá a la que después sería su esposa Drusilla Tanzi y se reúne con los intelectuales más destacados de la época. Entre 1929 y 1938 trabajó como director de un Gabinete Científico Literario, una antigua biblioteca, de la que fue despedido por no querer afiliarse al Partido Fascista. Tradujo a Shakespeare, Corneille, Marlowe, Melville, Steinberck, Faulkner y T.S. Elliot, entre otros.

Cuando tenía 44 años fue llamado a filas por segunda vez para luchar en la Segunda Guerra Mundial (1936-1945). Tenía que pasar la Revisión física con un médico que tenía una fama de agresivo terrible y cuando le pidió la ficha para leer sus datos, el médico le dijo: “¿Usted es Eugenio Montale, el autor de Ossi di Sepia?” Y cuando el poeta le dijo que sí, el médico le dio la mano y escribió en la ficha “síndrome neurasteniforme constitucional” y le dio de baja.

Durante la II Guerra Mundial Ayudó a los residentes clandestinos, entre ellos Carlo Levi, y basó su ética en la decencia cotidiana y la libertad de su existencia en el rechazo de toda imposición política, ideológica o filosófica.

Ante la eminencia de la II Guerra Mundial su poesía se hace más hermética y en 1939 Montale publica en Einaudi (editorial donde trabajaba Cesare Pavesse) su segundo libro de poemas Le occasioni. Una de las obras más altas de la poesía contemporánea dentro de la que encontramos títulos como “Viejos versos”, “Dora Markus”, “Motetes”, “La casa de los aduaneros”, “Bajo la lluvia”, “Barcos en la Marne”, “Noticias desde el Amiata”, entre otros.

Después de Le ocassioni, Montale escribe los poemas de Finisterre y después su tercer libro La Bufera que se publicó en Suiza por temor a las persecuciones del régimen de Mussolini.

Durante la II Guerra Mundial trabajó en la prensa y publicó numerosos artículos.

Al acabar la Guerra su mujer se enfermó gravemente y muere en 1963. Él empezó a participar en la vida política inscribiéndose en el Partido Azione. Y comenzó a pintar.

En 1948 se traslada a Milán ya que comienza una colaboración en Il Corriere della Sera, y también su tarea como crítico musical. El diario le facilita algunos viajes al exterior. De su actividad periodística nacen dos libros de prosa: Farfalla di Dinard (1956) y Fuori di casa, colección de artículos de viaje. Y dos ensayos críticos Auto da fe (1966) y Sulla poesía (1976).

En 1961 recibe el doctorado honoris causa de las universidades de Roma, Milán y Cambridge. En 1967 es designado senador vitalicio de la nación y en 1971 publica su cuarto libro de poemas Satura, a los 75 años.

Con humor despiadado e irónico, escribe en un lenguaje más directo previendo el futuro terrible del universo, dejando atrás la esperanza de un mundo nuevo.

La sátira y el escepticismo se continúan en su siguiente libro Diario del 71’ y el 72’.

En 1975 le otorgan el Premio Nobel de Literatura y el discurso que pronuncia al recibir el Premio se llama “¿Es todavía posible la poesía?”.

En 1977 Montale publica Quaderno di quattro anni, donde continúa la actitud de Satura con reflexiones éticas, metafísicas y teológicas.

El último libro de Montale se publica en 1980 y se titula Opera in versi y sus poemas inéditos se recogen en un volumen llamado Altri versi publicado en 1981, donde satiriza todo aspecto sobresaliene del mundo contemporáneo como la lingüística, el psicoanálisis, la ciencia, la política, las comunicaciones masivas, el deporte, la canción popular, el juego…

Murió en Milán en 1981.

Su obra poética fue breve pero intensa. Mucho menos difundida y conocida que la de otros autores contemporáneos suyos como Ungaretti o Quasimodo. Para Montale:

“El hombre no tiene ya mucho interés por la humanidad. El hombre se aburre espantosamente”. “Sin utopías el hombre apenas sería un animal más ingenioso y más feliz que muchos otros”. “El hombre nuevo se halla en fase experimental. Mira, pero no contempla. Ve, pero no piensa”. “Me gustaría solo que no quedase extinguida del todo la rara subespecie de los hombres que mantienen los ojos abiertos. Son los más amenazados en la nueva civilización visiva”.

“El poeta no es un ser excepcional, debe vivir con los otros y cumple oficios extraños a la poesía, pero teniendo un mundo privado en el que escribirá sus poemas. “Un poeta no debe renunciar a la vida, es la vida la que se encarga de escapársele”. “La poesía, una de las tantas realidades de la vida”. “Una máquina hecha de palabras… Sólo éstas, y las imágenes relacionadas con las mismas, deben ser estudiadas en sus combinaciones, rechazando extrapolar sus hipotéticos contenidos”.

POEMAS

TRAMONTANA

Y ahora se han disipado los círculos de angustia
que recorrían el lago del corazón
y aquel vasto estremecerse de la materia
que se decolora y muere.
Hoy una voluntad de hierro barre el aire,
arranca los arbustos, maltrata las palmeras
y en el apretado mar excava
grandes surcos de baba.
Las formas bullen en el tumulto
de los elementos; es un aullido solitario, un bramido
de existencias rasgadas: todo destruye
la hora que pasa: cruzan la cúpula del cielo
no sé si hojas o pájaros -y ya no están.
Y tú que te agitas entre los 
de los vientos desenfrenados
y aprietas contra ti los brazos colmados
de flores aún no nacidas;
cuán enemigos sientes
los espíritus que a la convulsa tierra
sobrevuelan en bandadas,
mi vida sutil, y cuánto amas
hoy tus raíces.

NO NOS PIDAS

No nos pidas la palabra que ciña cada lado
de nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo manifieste espléndido como flor de azafrán
extraviada en el medio de un polvoriento prado.
¡Ah los hombres seguros que se van,
en paz con los demás y consigo mismo,
ajenos a las sombras que el bochorno
estampa encima de una tapia en ruinas!
No nos pidas la fórmula que un mundo pueda abrirte,
sí apenas una sílaba reseca como un leño.
Hoy tan sólo esto podemos decirte:
lo que no somos, lo que no deseamos.

DEL BRAZO TUYO

Del brazo tuyo he bajado por lo menos un millón de escaleras
y ahora que no estás cada escalón es un vacío.
También así de breve fue nuestro largo viaje.
El mío aún continúa, mas ya no necesito
los trasbordos, los asientos reservados,
las trampas, los oprobios de quien cree
que lo que vemos es la realidad.
He bajado millones de escaleras dándote el brazo
y no porque cuatro ojos puedan ver más que dos.
Contigo las bajé porque sabía que de ambos
las únicas pupilas verdaderas, aunque muy empañadas
eran las tuyas.

Traducción: Marco Casavecchia

LA CASA DE LOS ADUANEROS

Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre el barranco profundo de la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró allí el enjambre de tus pensamientos
y se detuvo inquieto.
El sudeste azota hace años los viejos muros
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira enloquecida a la aventura
y el cálculo de los dados ya no vuelve.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.
Aún tengo un extremo; pero se aleja
la casa y sobre el techo la veleta
tiznada gira sin piedad.
Tengo un extremo; pero tú estás sola,
no respiras aquí en la oscuridad.
¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende
rara la luz del petrolero!
¿Está aquí el paso? (la marejada insiste
aún sobre el barranco que se derrumba…)
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y no sé quién se va y quién se queda.

TAL VEZ UNA MAÑANA CAMINANDO POR UN AIRE DE VIDRIO…

Tal vez una mañana caminando por un aire de vidrio,
árido, al darme vuelta, contemplaré el milagro:
la nada a mis espaldas, el vacío detrás
de mí, con terror de borracho.
Luego, como en una pantalla, acamparán de golpe
árboles casas lomas en su habitual engaño.
Pero será ya demasiado tarde, y yo me iré en silencio
con los hombres que no miran atrás, con mi secreto.

De "Huesos de jibia"

CORNO INGLÉS

El viento que esta tarde tañe atento
–recuerda un fuerte entrechocar de espadas-
los instrumentos de los árboles y barre
el cobrizo horizonte
donde cintas de luz van alargándose
cual cometas al cielo que retumba
(¡Nubes en viaje, claros
reinados de allá arriba! ¡De altos Eldorados
entrecerradas puertas!)
y el mar que escama a escama,
lívido, cambia de color,
lanza a tierra una tromba
de espumas retorcidas;
el viento que nace y muere
en la hora que lenta se oscurece…
si te tañera a ti también en este ocaso,
destemplado instrumento,
corazón.

De “Huesos de Jibia”

LOS ZARZILLOS

No conserva el espejo ennegrecido
sombra de vuelos. (Ni rastro hay ya del tuyo).
Ha pasado la esponja que disipa
del círculo de oro las luces indefensas.
Buscaba en él tus piedras, los corales, el fuerte
imperio que te rapta; de la diosa
que no se encarna huyo, llevando mis deseos
donde no los consuma tu relámpago.
Zumban élitros fuera, zumba con furia el canto funeral
sabiendo que dos vidas nada importan.
Dentro del marco vuelven las medusas
fláccidas de la tarde. Tu señal
vendrá de abajo: allí manos escuálidas
a tus lóbulos fijan, convulsas, los corales. 

LUZ DE INVIERNO

Al descender del cielo de Palmira
sobre enanas palmeras y propileo escarchado
un zarpazo en el cuello me advirtió
que tú a raptar me irías,
al descender del cielo de la Acrópolis
y encontrar, en kilómetros, serones
de pulpos, de murenas
(la sierra de sus dientes
en el pecho encogido).
Cuando dejé las cimas de las albas
inhumanas a causa de aquel gélido museo
de escarabajos, momias (tú te encontrabas mal,
única vida) y comparé la piedra pómez
y el jaspe, arena, y sol, y fango
y la arcilla divina
con la chispa
que allí se alzó,
yo renovado fui e incinerado.

EN EL PARQUE 

Bajo la sombra de la magnolia
que va desvaneciéndose,
una brisa que apenas se siente
me roza como la punta de una flecha, perdiéndose.
Como una hoja que cae
del chopo y que el viento
muda su color –como la caricia de una mano
deslizándose más allá de ese verdor.
Una risa misteriosa
atraviesa desde las viejas ramas
hasta mi pecho, lo estremece
con un trino que hace arder mi sangre,
y río contigo bajo la rueda
desfigurada de la sombra, me entrego
hasta fundirme con las huesudas
raíces que se alzan y hiero
 con hilos de paja su rostro..

SESTEAR PÁLIDO Y ABSORTO…

Sestear pálido y absorto
junto a la ardiente tapia de un huerto.
Escuchar entre endrinos y zarzas
chasquidos de mirlos, rumores de ofidio.
En las grietas del suelo o la algarroba
acechar las hileras de rojas hormigas
que se entrecruzan o quiebran
en la cima de minúsculas gavillas.
Observar entre las frondas del lejano
palpitar de briznas marinas
mientras se elevan trémulos chasquidos
de cigarras desde pelados picos.
Y caminando entre el sol que deslumbra
sentir con triste maravilla
que la vida toda y su fatiga está
en este recorrer un muro
coronado por pinchos filosos de botella.

CHIRRÍA SOBRE EL POZO LA GARRUCHA…

Chirría sobre el pozo la garrucha,
sube el agua a la luz, donde se funde.
Tiembla un recuerdo en el colmado cubo;
ríe, en el nítido tondo, una imagen.
Acerco el rostro a bordes que se borran:
el pasado se arruga y envejece,
y pertenece a otro…
                                 ¡Ya rechina
la rueda; te devuelve al fondo lóbrego,
visión: una distancia que nos rompe!

¿POR QUÉ TARDAS? EN EL PINO LA ARDILLA…

¿Por qué tardas? En el pino la ardilla
bate la cola como una tea en la corteza.
La media luna desciende su cresta
en el sol que le resta fortaleza. Al alba.
En un suspiro el vago humo se estremece,
se defiende en el punto que te obstruye.
Nada fenece, o todo, si tú, rayo,
dejas la nube.

LIBERO TU FRENTE A LOS CARÁMBANOS

Libero tu frente a los carámbanos
que recogiste al cruzar las altas nebulosas;
tienes las plumas laceradas por ciclones,
a sobresaltos te despiertas.
Mediodía: prolonga en el panel el níspero
la sombra negra, en el cielo se obstina un sol aterido;
e ignoran que estás aquí
las altas sombras que en el callejón se deslizan.

SALTO E INMERSIÓN

 El que se arroja al agua tomado al ralentí
diseña un arabesco filiforme
y en tal cifra quizá se identifica
su vida. Quien está en el trampolín
aún está muerto, muerto quien vuelve
a nado hasta la escala tras el salto,
muerto quien lo fotografía, no nacido
quien celebra la empresa.
                                          ¿Está pues vivo
el espacio de que vive lo moviente?
¡Piedad por la pupila, el objetivo,
piedad por cuanto se hace manifiesto,
piedad por el que parte y el que llega,
piedad por el que alcanza o ha alcanzado,
piedad por quien no sabe que la nada y el todo
sólo son velos de lo Impronunciable,
piedad por quien lo sabe, quien lo dice,
quien lo ignora y va a tientas en la sombra
de las palabras!

EL ARCA

La tormenta primaveral ha agitado
el paraguas del sauce,
con el torbellino de abril
se ha enredado en el huerto la pelusa de oro
que oculta mis difuntos,
mis perros fieles, mis antiguas
criadas –cuántos de entonces
(cuando el sauce era amarillo y yo tronchaba
sus volutas con la honda) cayeron,
vivos, en la trampa. Seguro que
la tormenta los reunirá bajo el antiguo
techo, aunque lejos, más allá
de esta tierra fulgurante donde
hierven la cal y la sangre en la huella
del pie humano. En la cocina humea
el puchero, su círculo de reflejos
concentra los rostros huesudos, las facciones agudas,
y los protege la magnolia al fondo
cuando una ráfaga la lleva hasta ellos. La tormenta
primaveral sacude mi arca con un fiel
ladrido ¡oh, los que han desaparecido!

De "La tempestad y otros poemas"

SOBRE UNA CARTA NO ESCRITA

Por un hormigueo de albas, por las pocas
hebras con las que se ase
el fleco de la vida y se trenza
en horas y años ¿hoy las parejas de delfines
dan cabriolas con sus hijos? ¡Ojalá no oiga
nada sobre ti, que huya del resplandor
de tus pestañas! Hay más cosas sobre la tierra.
No sé desvanecerme, ni reaparecer; se demora
la roja fragua
de la noche, la tarde se prolonga,
la plegaria es un suplicio y todavía
entre las rocas la botella
no te ha llegado del océano. La ola, vacía,
se rompe en el cabo, en Finisterre. 

De "La tempestad y otros poemas"

SERENATA INDIA

Ese desvanecerse de las noches es nuestro todavía.
Y la raya que desde el mar sube
al parque, hiriendo los aloes, es también nuestra.
Puedes llevarme de la mano, si finges
creer que estás conmigo, si estoy tan loco
para seguirte lejos, y lo que me sujeta,
lo que me dices, recae en tu poder.


Desearía que fuera tu vida la que me mantiene
en los umbrales –y pudiera prestarte un rostro,
soñar tu semblante. Pero no lo es,
no es así. El pulpo que desliza
sus tentáculos de tinta entre los escollos
puede servirse de ti. Tú le perteneces
sin saberlo. Tú eres él, y te crees tú.

De "La tempestad y otros poemas"

DÍA Y NOCHE

Incluso una pluma que vuela puede dibujar
tu figura, o el rayo que juega al escondite
entre los muebles, el reflejo desde los tejados
del espejo de un niño. Alrededor de las paredes
jirones de vapor prolongan las agujas
de los álamos mientras sobre su caballete se ahueca
el loro del afilador. Después la noche sofocante
sobre la plaza, y los pasos, y siempre esta dura
fatiga de sumergirse para resurgir igual,
desde hace siglos, o sólo instantes, de pesadillas que no pueden
hallar la luz de tus ojos en la cueva
incandescente- y todavía los mismos gritos y los largos
lamentos sobre la veranda
cuando llama de improviso el golpe que te enrojece
la garganta y quiebra tus alas, oh, peligrosa
precursora del alba,
y los claustros y hospitales despiertan
a un estruendo de trompetas…

De "La tempestad y otros poemas"

LA TORMENTA

Les princes n’ont point d’yeux pour voir ces grand’s merveilles,
Leurs Manis ne servent plus qu’a nous persécuter…
AGRIPPA D’AUBIGNÉ, À Dieu
La tormenta desliza sobre las hojas
duras de la magnolia los truenos
de marzo y el granizo,
(los sonidos de cristal en tu nido
nocturno te sorprenden, del oro
que se ha apagado sobre las caobas, sobre el canto
de los libros encuadernados, quema todavía
un grano de azúcar sobre la envoltura
de tus párpados)
el relámpago pone cande
en árboles y muros y los sorprende con aquella
eternidad del instante –mármol maná
y destrucción- que esculpe en tu interior
puertas para tu condena y que te ata
más que el amor a mí, extraña hermana,
y después el estallido áspero, los sistros, la agitación
de los tamboriles sobre la fosa oscura,
el zapateo del fandango, y sobre él
un gesto hecho a tientas…
Como cuando
te volviste y con la mano, libre
la frente de la nube de tus cabellos,
me saludaste- para entrar en la oscuridad.

De "La tempestad y otros poemas"

XENIA

II
 
He bajado, dándote el brazo, un millón al menos de escaleras
y ahora que no estás hay el vacío en cada escalón.
Hasta en esto ha sido corto nuestro largo viaje.
El mío dura todavía, y ya no me atañen
los enlaces, las reservas,
las mentiras, los bochornos de quien cree
que la realidad es la que se ve. 
He bajado millones de escaleras dándote el brazo
y no porque con cuatro ojos quizás se vea más.
Contigo las he bajado porque sabía que de los dos
las únicas pupilas verdaderas, aunque tan apagadas,
eran las tuyas. 

De “Satura”

EL SUEÑO DEL PRISIONERO 

Albas y noches cambian aquí con pocas señales. 
El zigzag de los estorninos sobre las torres de guardia
en los días de batalla, mis únicas alas,
un filo de aire polar,
el ojo del cabo de guardia desde la tronera,
crac de nueces aplastadas, un aceitoso
crepitar desde los sótanos, asadores
reales o imaginados –pero la paja es oro,
el farol vinoso es un hogar
si cuando duermo me creo a tus pies. 
La purga dura desde siempre, sin un por qué
dicen que quien abjura y firma
puede salvarse de este exterminio de gansos;
que quien se acusa a sí mismo, pero traiciona
y vende carne de otros, agarra el cucharón
antes de terminar en el pâté
destinado a los Dioses pestilenciales. 
Torpe de pensamiento, llagado
por el punzante jergón, me he fundido
con el vuelo de la polilla que mi suela
pulveriza contra el pavimento,
con los quimonos tornasolados de las luces
desplegadas a la aurora desde los torreones,
he husmeado en el viento la chamusquina
de las rosquillas de los hornos,
he mirado a mi alrededor, me he forjado
iris en horizontes de telarañas
y pétalos en el entramado de las rejas,
me he levantado, me he vuelto a caer
en el fondo donde el siglo es el minuto- 
y los golpes se repiten y los pasos,
y todavía ignoro si seré en el festín
embuchador o embuchado. La espera es larga,
este mi soñar contigo no ha terminado. 

De “La tormenta y otras cosas”

TRÁEME EL GIRASOL QUE LO TRANSPLANTE 

Tráeme el girasol que lo transplante
a mi terreno quemado por la sal,
y enseñe todo el día al azul resplandeciente
del cielo la ansiedad de su rostro amarillento. 
Tiende a la claridad lo que es oscuro,
se gastan los cuerpos en un fluir
de tintas: éstas en música. Desvanecerse
es, pues, la ventura de las venturas. 
Tráeme tú la planta que conduce
adonde surgen rubias transparencias
y evapora la vida como esencia;
tráeme el girasol loco de luz. 

De “Huesos de jibia”

IN LIMINE 

Goza si el viento que entra en el pomar
vuelve a traer la oleada de vida:
aquí donde se ahonda una muerta
maraña de recuerdos,
huerto no había, sino relicario. 
El zumbido que tú sientes no es un vuelo,
sino el conmoverse del eterno regazo;
ves cómo se transforma este margen
solitario de tierra en un crisol. 
Un rencor hay acá del abrupto muro.
Si prosigues te encuentras
quizá con el fantasma que te salva:
se componen aquí las historias, los actos
borrados para el juego del futuro. 
Busca una malla rota en la red
que nos aprieta, tú ¡salta afuera, huye!
Vete, por ti lo he pedido –ahora la sed
me será leve, menos acre la herrumbre. 

De “Huesos de jibia”

NO NOS PIDAS LA PALABRA QUE ESCUADRE EN CADA LADO 

No nos pidas la palabra que escuadre en cada lado
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo manifieste y como un azafrán resplandezca
perdido en medio de un prado polvoriento. 
¡Ah el hombre que se va seguro,
de los demás y de sí mismo amigo,
sin preocuparse de su sombra que la canícula
imprime sobre un desconchado muro! 
No nos pidas la fórmula que otros mundos pueda abrirte,
sí alguna sílaba torcida y seca como una rama.
Eso sólo podemos hoy decirte,
lo que no somos, lo que no queremos. 

De “Huesos de jibia”

LA ANGUILA 

La anguila, la sirena
de los mares que, fríos, deja el Báltico
para llegar a nuestros mares,
a nuestros estuarios, a los ríos,
que remonta, profunda, bajo adversas crecidas,
de ramal en ramal, sutilizados
de cabello en cabello,
siempre más hacia dentro, más hacia el corazón
de la peña, filtrándose
entre bolsas de cieno hasta que un día
una luz arrojada por castaños
enciende su desliz en pozas pantanosas,
en zanjas que descienden
por las pendientes de los Apeninos
a la Romaña,
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de Amor en tierra
que solamente los barrancos nuestros
o arroyos pirenaicos –desecados- conducen
a paraísos de fecundaciones,
el alma verde que rebusca vida
donde muerde el bochorno
y la desolación,
la centella que dice:
Todo principia cuando ya parece
carbonizarse, tronco sepultado,
breve el iris, mellizo del tuyo,
del que engarzan tus pestañas,
y haces brillar, intacto, en medio de los hijos
del hombre, sumergidos en tu lodo,
la anguila ¿puedes no creerla hermana? 

De “37 poemas”

ANTIGUO, ESTOY ENAMORADO DE LA VOZ… 

Antiguo, estoy enamorado de la voz
que emerge de tus bocas cuando se abren,
como verdes campanas que, de nuevo,
hacia atrás se arrojan y se deshacen.
La casa de mis lejanos estíos
te era cercana, tú lo sabes,
allá, en la tierra donde hierve el sol
y anuban el aire los mosquitos.
Ahora como entonces enmudezco ante tu presencia,
mar, aunque ya digno
no sea de la solemne lección
de tu latido. Tú fuiste el primero en decirme
que el ínfimo fermento
de mi corazón no era sino un instante
del tuyo; que en mis profundidades también latía
tu audaz ley arriesgada: ser vasto y ser diverso
pero, al mismo tiempo, fijo
para vaciarme así de todo fango
como haces tú cuando arrojas a la orilla
entre cordelajes, algas, estrellas marinas,
los inútiles deshechos de tu abismo. 

De “37 poemas”

Madrid, 18-02-11

¿HAS DADO MI NOMBRE A UN ÁRBOL? NO ES POCO…

¿Has dado mi nombre a un árbol? No es poco;
sin embargo, no me resigno a permanecer como sombra, o tronco,
en el abandono de un suburbio. Yo el tuyo
se lo he dado a un río, a un largo incendio, al duro
juego de mi suerte, a la fe
sobrehumana con la que le has hablado al sapo
salido de la cloaca, sin horror o piedad
o alborozo, al respiro de aquel firme
y mórbido labio tuyo que acierta,
nombrando, a crear, sapo flor hierba escollo-
encina dispuesta a extenderse sobre nosotros
cuando la lluvia arranca el polen a los carnosos
pétalos del trébol y el fuego aumenta.

De “37 poemas”

EN NEGATIVO 

Es raro.
han efectuado ráfagas de disparos
sobre nosotros y el abanico no me ha herido.
Con todo, pronto tendré mi certificado de buen servicio
quizá en papel sellado para presentar
quién sabe a qué burócrata; y es probable
que nada más ocurra. Lo peor ya ha pasado.
Ahora son superfluos los documentos, ahora
aun hasta lo mejor es superfluo. No ha habido
nada, absolutamente nada tras de nosotros
y nada hemos desesperadamente amado más que esa nada. 

De “Cuaderno de cuatro años”

EXISTE UN MUNDO ÚNICO… 

Existe un mundo único habitado
por hombres
y esto es más que verdad:
un solo mundo, un globo donde la caza al hombre
es el deporte en el que están todos de acuerdo.
No puede ser un puro
acto de perversidad
o el deseo imperioso
de que al fin el sol se extinga.
Habrá otra cosa, existirá un por qué,
pero en esto los dioses no concuerdan.
Sólo por esto han inventado el tiempo,
el espacio y un puñado de seres.
Tienen necesidad de meditarlo mucho
porque si un acuerdo existiese
de su crepúsculo no se hablaría más
y entonces
pobres hombres sin dioses ni demonios,
la última, la peor de las infamias. 

De “Cuaderno de cuatro años”

EL PRÍNCIPE DE LA FIESTA

Ignoro dónde se halla el príncipe de la Fiesta,
aquel que rige el mundo y las demás esferas.
Ignoro si es carnicería o fiesta
lo que descubro si me asomo a la ventana.
Si es verdad que la pulga vive en sus dimensiones
(como todo animal) que no son las nuestras,
si es cierto que el caballo ve al hombre casi al doble
de su tamaño, entonces no hay ojo humano que baste.
Quizá una eterna oscuridad se cansó, lanzó fuera
alguna chispa. O una etérea luz
se maculó encontrándose a sí misma insoportable.
O bien el príncipe ignora a sus criaturas
o puede jactarse de ellas sólo en dosis homeopáticas.
Pero es seguro que un día en su sitial
pesarán otras nalgas. Ya es la hora.

De “Diario del 71 y del 72”

DELTA

La vida que se rompe en los trasiegos
secretos a ti la he ligado:
aquella que se debate en sí y parece casi
ignorarte, presencia sofocada.
Cuando el tiempo se atasca en sus diques
acuerdas tu vicisitud a la suya inmensa,
y afloras, memoria, más evidente
de la oscura región donde descendías,
como ahora, después del aguacero, de nuevo aumentando
el verde en las ramas, en los muros el bermellón.
Lo ignoro todo de ti excepto el mensaje
mundo que me sostiene sobre el camino:
si existes como forma o si pesadilla en la fumosidad
de un sueño te alimenta
la orilla que enfebrecida, se turba y bulle
contra la marea.
Nada de ti en el vacilar de las horas
grises o desgarradas por un relámpago de azufre
excepto el silbido del remolcador
que desde las brumas arriba al golfo.

De “Huesos de sepia”

DICEN QUE LA MÍA…

Dicen que la mía
es una poesía de desposesión.
Pero si era tuya era de alguien:
de ti que no eres ya forma, sino esencia.
Dicen que la poesía en su cumbre
exalta el Todo en fuga,
niegan que la tortuga
es más veloz que el rayo.
Tú sola sabes que el movimiento
no es diferente del estatismo,
que el vacío es lo lleno y que la claridad
es la más difusa de las nubes.
Así entiendo mejor tu largo viaje
prisionera entre vendas y yesos.
Y sin embargo no me tranquiliza
saber que en uno o en dos somos una sola cosa.

De “37 poemas”

SIROCO

Oh iracundo soplar de siroco
que el reseco terreno verdeamarillo
quemas;
y por el cielo lleno
de lívidas luces
cruza algún copo
de nube, y se pierde.
Perplejas horas, estremecimientos
de una vida que huye
como agua entre los dedos;
inasibles sucesos,
luces-sombras, emociones
de las delicadas cosas de la tierra;
oh áridas alas del aire
ahora soy yo
la agave que arraiga en la grieta
del escollo
y rehúye el mar de los brazos de algas
que abre anchas gargantas y agarra rocas;
y en la agitación
de mi ser, con mis cerrados capullos
que ya no pueden estallar hoy sufro
el tormento de mi inmovilidad.

De “Huesos de sepia”

EPIGRAMA

II
Sbarbaro, caprichoso muchacho, pliega versicolores
papeles y logra navecillas que confía al lodo
móvil de un arroyo; míralas irse fuera.
Sé por él precavido, hombre de bien que pasas:
con tu bastón alcanza la delicada flotilla,
que no se pierda; guíala a un puertecillo de guijarros.

De “Huesos de sepia”

LIBERO TU FRENTE DE LOS CARÁMBANOS…

Libero tu frente de los carámbanos
que recogiste al cruzar las altas nebulosas;
tienes las plumas laceradas por ciclones,
a sobresaltos te despiertas.

Mediodía: prolonga en el panel el níspero
la sombra negra, en el cielo se obstina un sol aterido;
e ignoran que estás aquí
las altas sombras que en el callejón se deslizan.

De 37 poemas”

SESTEAR PÁLIDO Y ABSORTO…

Sestear pálido y absorto
junto a la ardiente tapia de un huerto.
Escuchar entre endrinos y zarzas
chasquidos de mirlos, rumores de ofidio.

En las grietas del suelo o la algarroba
acechar las hileras de rojas hormigas
que se entrecruzan o quiebran
en la cima de minúsculas gavillas.

Observar entre las frondas el lejano
palpitar de briznas marinas
mientras se elevan trémulos chasquidos
de cigarras desde pelados picos.

Y caminando entre el sol que deslumbra
sentir con triste maravilla
que la vida toda y su fatiga está
en este recorrer un muro
coronado por pinchos filosos de botella.

De “37 poemas”

SIRIA

Decían los antiguos que la poesía
es escala hacia Dios. Quizá no es así
si me lees. Mas yo lo supe el día
en que por ti volví a encontrar la voz, suelto
en un rebaño de nubes y de cabras
en su atropello desde un risco para mordisquear
borras de ciruelo y de anea, y los rostros enjutos
de la luna y del sol se fundían,
el motor estaba averiado y una flecha
de sangre sobre un pedrusco señalaba
el camino de Alepo.

De “37 poemas…”

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CESARE PAVESE

BIOGRAFÍA

Cesare Pavese nace el 9 de septiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, Italia, donde su padre era procurador del tribunal de Turín. Pavese era el menor de cinco hijos de una familia de origen campesino, tres de los cuales murieron antes que él. Sólo su hermana, María, seis años mayor y él sobreviven. En 1914, cuando tenía 6 años muere su padre a causa de un tumor cerebral y simultáneamente se inicia la Primera Guerra Mundial. Pavese queda al cargo de su madre, de carácter dominante y reservada, que cría al niño en un rigor gélido, casi como si previniera encariñarse y perderlo. Dicen que cuando el padre estaba agonizando le pidió ver a una vecina a la que había amado y su esposa se lo negó y que Pavese fue testigo de ese vano pedido y su negación. Sea como fuere, Pavese escribirá más tarde “Los lugares de la infancia vuelven a la memoria de cada cual consagrados; en ellos sucedieron cosas que los han hecho únicos y los destacan del resto del mundo con este sello mítico”.

La madre para salvar las finanzas de la familia, sin éxito vende la casa y se trasladan a Turín. Allí Pavese cursó los estudios secundarios, con Augusto Monti y ese será su primer contacto con el mundo de los intelectuales como Tullio Pinelli, Vittorio Foa, Norberto Bobbio y el que será su gran amigo Leone Ginzburg.

Estudió filología inglesa en la universidad de Turín y en esta época comienza a interesarse por la literatura norteamericana. Se licencia con una tesis sobre el poeta norteamericano Wall Whitman y a partir de entonces alterna su trabajo como traductor con la enseñanza del inglés. Tradujo numerosos escritores norteamericanos como Sherwood Anderson, Herman Melville, John Dos Passos, William Faulkner, Daniel Defoe, James Joyce, Charles Dickens, Gertrude Stein, John Steinberck y Ernest Hemingway, entre otros. Cuando tradujo Moby Dick decía que lo había hecho por gusto. Le habían pagado, pero lo hubiera hecho incluso a cambio de nada, es más, él mismo habría pagado por traducirlo, decía.

Junto con Giulio Einaudi y su amigo Leone Ginzburg fundan la ediotrial Einaudi, en la que fue editor decisivo hasta su muerte.

Leone Ginzburg y Pavesse eran amigos desde hacía muchos años. Pavese hacía poco que había vuelto del confinamiento. Fue encarcelado por servir de intermediario de unas cartas entre una mujer de la que se enamoró y un dirigente del Partido Comunista Italiano en prisión, dicen unos, y por sus escritos antifascistas en la Revista La Cultura, dicen otros. Pavese es acusado de actividades políticas clandestinas contra el gobierno fascista. En esta época escribirá la que es tenida como su obra mayor en poesía Trabajar Cansa.

 Tras un año de cárcel, pide la gracia debido a sus problemas asmáticos y es liberado. En su reencuentro con los Ginzburg estaba muy triste porque había sufrido un desengaño amoroso pues al volver a la ciudad la mujer a la que amaba se había casado con su novio después de salir de prisión.  Por esta época de su vida comienza a componer El oficio de vivir, diario literario que seguirá escribiendo hasta el final de su vida y que se publicará después de su muerte.

Natalia Ginzburg, esposa de Leone, describe en “Lexico familiar” cómo fue esa relación con Pavese. Pavese iba a ver a Leone todas las tardes. Colgaba en el perchero su bufanda lila y su abrigo y se sentaba en la mesa. Leone se sentaba en el sofá, apoyando el codo en la pared. Pavese explicaba que no iba allí por valentía, porque él no era nada valiente, y tampoco por espíritu de sacrificio. Iba porque si no, no habría sabido cómo pasar las tardes, y no soportaba pasarlas solo. Y explicaba que no iba allí para oír hablar de política, pues a él la política “le importaba un bledo”.

Unas veces fumaba en pipa toda la tarde en silencio y otras contaba sus cosas, enrollándose el pelo alrededor de los dedos.

Leone… Su capacidad de escuchar era inmensa. Sabía escuchar a los demás con gran atención, incluso cuando estaba profundamente ensimismado pensando en sí mismo. Después la hermana de Leone les servía el té. Ella y su madre le habían enseñado a Pavese a decir en ruso: “a mí me gusta el té con azúcar y limón”.

A medianoche, Pavese cogía su bufanda del perchero. Se iba por la avenida Francia, alto, pálido, con las solapas levantadas, la pipa apagada entre sus dientes blancos y fuertes, su paso largo y rápido y su huraña espalda.

Cuando Leone empezó a trabajar con un editor amigo suyo, Giulio Einaudi, eran sólo él, el editor, un almacenista y una dactilógrafa, la señorita Coppa. El editor era un joven sonrosado y tímido. Se sonrojaba con frecuencia pero cuando llamaba a la dactilógrafa “¡COPPAAA!, lanzaba un grito salvaje. Trataron de convencer a Pavese para que trabajara con ellos. Pavese se resistía y decía: “¡me importa un bledo!”.

Decía: “no necesito un sueldo. No tengo que mantener a nadie. A mí me basta con tener un plato de sopa y tabaco. Tenía una suplencia en un liceo. Ganaba poco, pero le bastaba.

Escribía poemas. Sus poemas tenían un ritmo lento, arrastrado, perezoso, una especie de amarga cantinela. El mundo de sus poemas era Turín, el Po, las colinas, la niebla y los mesones. Pavese centra su poesía en las experiencias pequeñas, individuales, cotidianas de gente común y corriente, con un aire de melancolía y de derrota. Exactamente lo opuesto de la estética fascista, con sus marchas, consignas, vociferaciones, endiosamientos y delirios.

Al final se convenció y entró también a trabajar con Leone en aquella pequeña editorial.

Se convirtió en un empleado puntilloso y meticuloso que gruñía contra los otros dos porque llegaban tarde por las mañanas y se iban a comer a las tres. Él defendía un horario distinto: empezaba temprano y se iba a la una en punto, porque a esa hora la hermana con la que vivía llevaba la sopa a la mesa.

Leone y Einaudi de vez en cuando se peleaban y no se hablaban durante algunos días. Después se escribían largas cartas y se reconciliaban. A Pavese “le importaba un bledo”.

Pavese trabajó en la editorial con un rigor reconocido por todos. La pequeña editorial de antaño era ahora grande e importante. Trabajaba en ella mucha gente. Tenía una nueva sede en la Avenida Re Umberto, porque la antigua había sido destruida en un bombardeo. Ahora Pavese tenía un despacho para él solo, y en su puerta había un cartelito que decía “Dirección editorial”. Pavese estaba detrás de su mesa, son su pipa, y volvía a corregir pruebas con la rapidez de un rayo. Leía la Ilíada en griego durante las horas de descanso, recitando los versos en voz alta con una triste cantinela. O bien escribía sus novelas, tachando con rapidez y con violencia. Se había convertido en un escritor famoso. Su libro “El oficio de poeta” es una obra de belleza inigualable que comienza de esta manera “hoy por hoy soy el hombre más culto de Italia para valorar mi poesía”.

Pavese raramente aceptaba recibir a desconocidos. Decía “tengo cosas que hacer. ¡No quiero ver a nadie! ¡Qué se ahorquen! ¡Me importa un bledo!”. En cambio, los empleados jóvenes se mostraban partidarios de hablar con desconocidos. Los desconocidos podían aportar ideas.

Pavese decía: ¡Aquí no hacen falta ideas, tenemos ya demasiadas! ¿Qué necesidad hay de propuestas! ¡Estamos de propuestas hasta el cuello! ¡Me importan un bledo las propuestas! ¡No quiero ideas!

Balbo, un compañero de la editorial, hacía caso a todo el mundo. Nunca rechazaba un encuentro nuevo. Todas las ideas y todas las propuestas le gustaban, le interesaban, le ponían en ebullición e iba a contárselas a Pavese. Balbo hablaba y hablaba y Pavese fumaba su pipa y se enrollaba el pelo alrededor del dedo. Pavese decía: ¡Me parece una propuesta cretina! ¡Defiéndete de los cretinos! Pavese decía de Balbo, ¿pero porqué siempre tiene que hablar mientras los demás trabajan?

Los alemanes tomaron Francia y en Italia la guerra era inminente. Durante años mucha gente se había quedado en casa sin ser molestada, haciendo aquello que habían hecho siempre. Pero cuando ya todos pensaban que no habría cambios, de pronto empezaron a explotar bombas y minas por todas partes, las casas se derrumbaron y las calles se llenaron de escombros, de soldados y de prófugos. Ya no había nadie que, haciendo como que no pasaba nada, pudiera cerrar los ojos, taparse los oídos y esconder la cabeza debajo de la almohada. En Italia la II Guerra Mundial fue así.

Pavese fue llamado a filas en 1938, pero se le dispensó por el asma que padecía. Sus amigos fueron a la guerra y muchos de ellos murieron. Leone Ginzburg murió torturado por los alemanes en 1944, un gélido febrero en el sector alemán de la cárcel de Regina Coeli, en Roma durante la ocupación alemana.

©lapresse archivio storico cultura anno 1950 Cesare Pavese nella foto: Cesare Pavese riceve il premio strega BUSTA 2169

Entre 1945 Y 1948 publica Diálogos con Leucó (1945), El compañero (1947) y Antes que el gallo cante (1948)

Pavese casi nunca hablaba de Leone. No le gustaba hablar de los ausentes ni de los muertos. Decía “cuando alguien se marcha o se muere trato de no pensar en él, porque no me gusta sufrir”.

Pero es posible que sufriera por haberlo perdido, había sido su mejor amigo Seguramente enumeraría aquella pérdida entre las cosas que lo desgarraban. Era claramente incapaz de sustraerse al dolor y caía en los más amargos y crueles sufrimientos cada vez que se enamoraba.

Acogía el amor como un trabajo febril. Había ofrecido matrimonio a una o dos mujeres y había sido rechazado. Le duraba un año, dos años. Después se curaba, pero se quedaba trastornado y extenuado, como quien vuelve a levantarse tras una grave enfermedad. En “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” escribirá sus últimos versos después del desengaño amoroso con la actriz norteamericana Constance Dowling.

Pavese se suicidó en el verano de 1950 en la habitación de un hotel con sopotales, cuando ninguno de sus amigos ni compañeros de Editorial estaba en Turín. Había preparado y calculado las circunstancias de su muerte como alguien que prepara y dispone el transcurso de un paseo o de una velada. No le gustaba que hubiera nada imprevisto o casual en sus paseos y en sus veladas. Se irritaba muchísimo si algo se apartaba de lo que él había dispuesto con anterioridad, si alguno llegaba tarde a la cita, si se cambiaba de repente el programa, si se sumaba a ellos una persona imprevisa. Lo imprevisto le ponía nervioso. No le gustaba ser cogido por sorpresa.

Había hablado durante años de suicidarse, dice Natalia. Jamás le creyó nadie. Cuando los alemanes invadieron Francia y él iba a verles a Leone y a Natalia comiendo cerezas, ya hablaba de eso. Pero no por Francia, no por los alemanes, no por la guerra que avanzaba hacia Italia. La guerra le producía miedo pero no lo bastante como para suicidarse por ella. En el fondo no tenía ninguna causa real para suicidarse. Pero compuso varios motivos y calculó su suma con una precisión fulminante, y los volvió a componer y volvió a ver, asintiendo con su sonrisa maligna, que el resultado era idéntico y por lo tanto exacto. Pensó incluso en más allá de su vida, en nuestros días futuros, consideró cómo se comportaría la gente ante sus libros y su memoria. Observó más allá de la muerte, como los que aman la vida y no saben separarse de ella y que, aun pensando en la muerte, han imaginando no la muerte, sino la vida. Sin embargo, él no amaba la vida, y aquel mirar suyo más allá de la propia muerte no era por amor a la vida, sino un preparado cálculo de circunstancias, para que nada, ni siquiera después de muerto, pudiese cogerlo por sorpresa.

El oficio de vivir se pública póstumamente en 1952. En 1957 se crea un premio literario con su nombre.

La poesía narrativa de Pavese marcará de una manera definitiva la narativa actual italiana.

Dos aforismos de Pavese para terminar:

-Los grandes poetas son tan raros como los grandes amantes. No bastan Ias veleidades, Ias furias y los sueños, se necesita algo más: cojones duros. Que se llaman también mirada olímpica.

 -Si el follar no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí.

Trabajar cansa – Poesía (1936)

El oficio de vivir, diario literario que comienza a componer en este periodo de su vida y seguirá escribiéndolo hasta el final de su vida.

Il compagno 1947

Diálogos con Leucó (1947)

El oficio de poeta

Entre mujeres solas

La luna y las fogatas

Te recomendamos ver el programa de televisión.

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