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BIOGRAFÍA DE LA POETA Y CANTANTE JOAN BÁEZ
Joan Báez (nacida en 1941 en Nueva York, Estados Unidos) es una legendaria cantante estadounidense de folk y activista conocida como la «reina del folk». Con su voz emotiva de soprano fue clave a partir de los años 60, impulsando el movimiento por los derechos civiles y protestas contra la guerra de Vietnam. Además de su carrera musical, ha dedicado su vida al pacifismo, los derechos humanos y el medio ambiente.
Su familia
El abuelo paterno de Joan Báez era ministro metodista en México y había fundado la Primera Iglesia Metodista Española en Nueva York.
Su padre, Albert Báez, naturalizado estadounidense, fue doctor en Física y coinventor del microscopio de reflexión de rayos X. Con el comienzo de la Guerra Fría, hacia 1950, cuando Joan tenía unos nueve años, fue contactado en diversas oportunidades para desarrollar armas en la lucrativa industria armamentista. Sin embargo, por sus creencias religiosas y convicciones personales y familiares, Báez prefirió mantenerse en el ámbito de la enseñanza y especialmente en el humanismo. Trabajó entonces para la Unesco que le llevó a vivir con su familia en Irak y en Francia -como director de la enseñanza científica- así como en Suiza, en Italia y en España, afincándose finalmente en Boston. Por lo tanto la infancia y la juventud de Joan Báez transcurrió en varios países. Albert Báez, después de su jubilación, decidió promover la mejora en la calidad de vida de los países en vías de desarrollo, dedicándose específicamente a México y dirigiendo la ONG: «Vivamos Mejor«, mediante la cual se realizaban acciones para el desarrollo científico de América latina.

En su libro biográfico «Y una voz para cantar» Joan Báez escribió : » No tuvimos las cosas bonitas e inútiles que todas las niñas quieren. Pero en su lugar tuvimos un padre con la conciencia limpia: la decencia fue su legado para nosotras «.

La madre de Joan Báez, Joan Bridge que llamaron más tarde » Big Joan», nació de padres escoceses. Su padre era ministro de la Iglesia Episcopal. Fue profesora de literatura y ejerció una gran influencia como activista sobre sus tres hijas. Pauline, Joan y Mimi. Pauline, la mayor escribió letras de canciones, especialmente «Empaca tus penas» que cantaron Mimi Fariñas, Judy Collins y Peter, Paul and Mary. La benjamina, conocida del público como Mimi Fariñas, fue, como su hermana Joan, cantante, compositora y fundó y dirigió durante 25 años la organización «Bread and Roses«, creada para llevar música gratuita y espectáculos de calidad a personas confinadas o aisladas en instituciones como cárceles, hospitales y centros de readaptación.
Tras su boda, en 1936, los padres de Joan se habían convertido a la doctrina de los cuáqueros que se caracterizaron en el siglo XIX por su participación en los movimientos por la abolición de la esclavitud y su pacifismo. Fue así como Báez se crió en un hogar humanitarista y pacifista.

La canción
En Boston Joan Báez aprendería a tocar la guitarra, y pronto dejó los estudios universitarios para centrarse en su carrera musical tras descubrir la vibrante escena folk en los cafés de la ciudad de Cambridge (cerca de Boston) como el mítico Club 47. Su preciosa voz dramática y penetrante y los sencillos y eficaces acordes de guitarra, eran los rasgos distintivos de un estilo que se popularizó tras su actuación de 1959 en el Newport Folk Festival y la grabación de su primer disco, Joan Báez, en 1960.
Su tema We shall overcome ( Venceremos), extraído de Joan Báez in Concert, su tercer álbum, se convirtió rápidamente en la canción protesta paradigmática de la época.
En 1961 Joan, ya conocida cantautora, descubre un joven artista emergente, Bob Dylan y queda admirada del potencial del joven y de su pasión por el cambio social. Lo va introduciendo en los ambientes musicales. Joan había grabado su primer álbum en 1960 y, poco después, lo haría Bob en 1962, juntos interpretan en Newport, en ese año, Blowin’ in the wind, flotando en el viento. Ambos logran, en sus respectivos álbumes, dos preciosas interpretaciones de un tradicional, The house of the rising sun (la casa del sol naciente).
Báez contribuyó decisivamente al despegue de Bob Dylan, versionando muchas de sus canciones y presentando al cantautor en sus recitales. Considerados las máximas figuras de la canción protesta, vivieron juntos durante dos años, entre 1963 y 1965. Dylan reflejó esta relación en el tema Visions of Johana; Joan Báez, diez años más tarde, haría lo mismo en su álbum Diamonds and Rust ( Diamantes y Herrumbre).
En 1963, Bob y Joan participan en la Marcha por los Derechos Civiles sobre Washington, en la que Martin Luther King pronunciaría su conocido discurso, I have a dream ( Tengo un sueño). La relación sentimental, entre ambos, termina, sin aparentes heridas residuales, y tiempo después, mientras Joan Báez profundiza en su relación con el folk, Bob Dylan camina hacia otros estilos musicales, con mensajes diferentes a los temas sociales de sus inicios. Nuestra generación creció con los sueños sociales de ambos, buscando todo lo que realmente queríamos ser.

Báez, al cumplir años, mantiene su compromiso con las reivindicaciones populares.
En 1976 grabó Gulf Winds, (Vientos del Golfo) uno de sus mejores trabajos, compuesto en su integridad por temas propios. Báez desplegó una intensa actividad por los derechos civiles en el Movimiento Americano contra la guerra del Vietnam, no solamente mediante su música, sino también fundando entidades como Humanitas, una organización internacional pro derechos humanos, y el Instituto para el Estudio de la No-Violencia (1965).
Con giros estilísticos hacia el country y el pop, con obras emblemáticas, fue progresivamente alejándose de las versiones de material ajeno y potenciando el propio. Desde entonces no ha dejado de ser una referencia no solo del folk, sino de cierto tipo de canción concienciada que se resiste a declinar.
Su activismo continuó durante décadas, enfocándose en la no violencia.
Dejó testimonio de su lucha en dos autobiografías, Daybreak ( Amanecer) en 1968 y And a voice to sing with (Y una voz para cantar) en 1987.
Joan Báez lo ha compartido todo con su público. Sus canciones, además de sus experiencias propias, han reflejado el mundo que la rodeaba: los migrantes de Nueva York, el pacifismo, las protestas por la guerra de Vietnam.
La artista mostró desde el principio de su carrera su compromiso con el activismo político y social por los derechos civiles, los derechos humanos y la defensa del medio ambiente.
«El interés por su música y la música folclórica en general, a principios de la década de 1960, expresó la evolución social. En primer lugar, fue una protesta contra la cultura oficial estadounidense, vista como vacía, formulada y no auténtica. Al buscar a los músicos más antiguos del país, el bluegrass y el blues y al interpretar o incluso imitar sus canciones, los jóvenes buscaban representaciones de la realidad más veraces y a menudo más duras. No había lugar en la cultura oficial para la pobreza, la embriaguez y la desesperación, el amor que llevaba a la muerte, a las profundidades de la vida.»
Ha hecho de la justicia social su eje vital.

I AM A NOISE
En 2023 se estrena I Am a noise (Yo soy un ruido), biopic de Joan Báez, un documental que dibuja la biografía de una de las voces más puras de la historia de la música moderna y su entrega para salvar al mundo y a sí misma.
El título proviene de una frase que escribió en su diraio cuando era joven: » I am not a saint. I am a noise».
“Todos tenemos tres vidas: una pública, una privada y una secreta”. Esta frase de Gabriel García Márquez presenta el filme sobre Joan Báez y desvela estas vidas como mujer, estrella folk, activista y la de su entorno familiar más íntimo.
A través de cartas, las cintas de video y grabaciones de su padre durante su infancia, dibujos que realizó en su vida y que en el filme cobran vida de forma animada, y su propio testimonio y el de sus hermanas crean un recorrido íntimo sobre el dolor, la introspección, el amor y las familias disfuncionales. La cuidada estética hace olvidar por momentos que se trata de un documental, capturando la esencia de los lugares por los que viaja, ya sea en su florida casa de California, a los preciosos teatros de Oakland o la iglesia donde actúa para un público al que apoyó en la defensa de los derechos civiles.
Es el relato no solo de una celebridad, sino una mujer entregada y concienciada de los problemas del mundo y exigente con sus principios.
En este documental de 113 minutos podremos ver lo que durante su carrera fue su estribillo: “Verdad, amor y no violencia”.
Actualmente retirada de los escenarios, se dedica a la pintura y sigue siendo un referente de la canción como herramienta de cambio.

SU POESÍA
Aunque la artista llevaba décadas escribiendo poesía, nunca la había compartido públicamente.
A veces, la fama, la proyección mediática de un creador destaca, ante todo, por la actividad que lo dio a conocer y lo mantuvo en el primer plano de la actualidad. Joan Báez es un caso claro al respecto. Cualquier lector mínimamente sensible a la música norteamericana en el último medio siglo (más aún si ha seguido a sus grandes cantautores) vincula a la cantante con las luchas por los derechos civiles en EEUU en los años 60-70, con la contracultura y el movimiento hippie y en general a favor de todas las causas democráticas. Sin embargo, como Leonard Cohen o Bob Dylan y tantos otros, evolucionó en un segundo plano respecto a la música y a sus conciertos a lo largo de su trayectoria artística. Se trata de la poesía. Poesía pura y dura que, en edición bilingüe y traducida por Elvira Valgañón (dato que no se referencia en la portada del libro), llegó a las librerías con el título Cuando veas a mi madre, sácala a bailar.
Son casi setenta poemas, escritos en las últimas tres décadas, que Báez nos ofrece bajo una estructura sencilla: el libro se divide en cuatro capítulos, carece de estudio preliminar y responde a una situación psicológica y emocional de la cantante, vivida de un modo intenso. Los primeros poemas, es decir, su “acceso” a la escritura de poesía, datan de 1991, año en el que, tal y como nos cuenta la autora en el prólogo, empezó “una terapia que dio como resultado un diagnóstico de trastorno disociativo de la identidad”, terapia con la que se enfrentó a un trauma de la infancia. La memoria: ahí están la raíz y el hilo conductor que dan sentido a los poemas de que se compone el libro.
Cuenta Joan Báez en su entrevista online a Página Dos: «A veces terminaba la página y, al releerla, no sabía de dónde había salido todo aquello. Hay cosas bonitas, tristes, y también hay una parte divertida. Al lector le diría que le espera un amplio espectro de sentimientos; una colección de imágenes que espero que se queden con él mucho tiempo», comparte la artista. Los poemas conectan a la Joan del presente con la del pasado.
En el poema que abre el libro, Adiós al baile en blanco y negro, Joan recuerda la intensidad y ceguera propias de la pasión de la juventud. Es una poesía con una carga autobiográfica poderosa que atiende, en su estructura, a distintos espacios temporales, es decir, de su vida. Lo abre una suerte de justificación, un descargo de conciencia contenido en un poema titulado “Adiós al baile en blanco y negro”: es el descargo de conciencia de un mito, la caída en la fragilidad de quien lo tuvo casi todo y que, sin embargo, se dejó en el camino algunas experiencias (“El amor había quedado malparado”), que comenzó a recuperar con cincuenta años y con la ayuda de la terapia a la que alude en el prólogo: “Cuando llegué al medio siglo, me arranqué las antenas / y me entregué / a un poder superior… / que para entonces podría haber sido / hasta un palillo”.
La segunda parte se compone de una suma de evocaciones que acuden a la niñez y a la adolescencia propias y derivan hacia la infancia de Gabriel, su hijo, nacido en 1969, y a las desatenciones que fue dejando en el camino en tiempos de compromisos colectivos y de plenitud de su carrera artística en el mundo de la música. Es una recapitulación sobre la vida y los otros y sobre las contradicciones acumuladas en su vida íntima. Báez se adentra en sus agujeros emocionales y abre paso a una poesía confesional y directa, pero cargada de giros líricos, de evocaciones, de emoción, como si tardíamente hubiera descubierto en el tiempo pasado (y perdido) secretos ocultos o instantáneas a las que no dio importancia. Vuelve la memoria con una combinación de melancolía y pesadumbre: confesiones y dudas expuestas por Gabriel en la infancia, las amigas de los ocho años, una mudanza, la madre joven e invencible… Quizá haya, en esta segunda parte, un poema que resume el sentido último de la reflexión de Joan Báez. Es el poema “Campanillas de plata”, un poema breve con el que se mira, de modo retrospectivo, en un espejo que es propio y es de su hijo : “Qué indefenso estaba. / Pero yo no lo notaba, no lo notaba”, escribe. Y añade: “Él allí, en su habitación y yo a su lado / pero a más de mil millas”. El poema, que se cierra con un “Perdóname, niño mío”, es algo parecido a una síntesis de ese segundo apartado del volumen. La petición de perdón es extensible a la niña que fue y al mundo que rodeó a su hijo mientras ella vivía el éxito profesional y sus incursiones en el compromiso civil.

La tercera parte de Cuando veas a mi madre…es un recorrido por la trastienda de su vida profesional, por vivencias artísticas, por lecturas, por recuerdos de amigos muertos, por visiones de paso asentadas en un mundo entre la realidad y la ensoñación, por detalles que pasaron en su día inadvertidos y que cobran vida nueva en el poema, y una meditación fragmentaria, puntual, sobre el proceso de escritura: “La poesía es como el amor, / no puede forzarse / o se acaba convirtiendo / en cemento / dentro de un tubo de pasta de dientes”. Esa búsqueda tiene, también, como destinatario a su hijo: ya no se trata del niño indefenso, sino, tal y como refleja en la dedicatoria de uno de los poemas, de “Gabe, a los veinticuatro”. Se ha convertido en el “compañero del alma”, en el ser que ha crecido y madurado: “Mi hijo es un millar de hijos en uno”.
No podían faltar los amigos, aquellos que alimentaron el universo cultural y musical de la poeta: Jimmy Hendrix y su guitarra en Woodstock, Leonard Cohen o Bob Dylan, personaje de un brevísimo retrato en el que alude a él por su nombre real, Robert Zimmerman.
El capítulo que cierra el libro lleva el sello del acabamiento, y asoma en él la sombra de la muerte. Se trata de un acercamiento al final de algunos seres muy queridos intentando entender su vida, sus devociones, sus fracasos: el padre en el poema “Estos días”, subtitulado “mi padre a sus noventa y tres años”; la madre, que llegó a ser centenaria, sus hermanas Pauline y Mimi, esta última colega de peripecias musicales, el abuelo… En este apartado se encuentran, quizá, los poemas más extensos, como si la autora hubiera volcado en ellos algunas de sus deudas existenciales con sus vidas. Especial interés tiene el dedicado a su hermana Pauline, fallecida tras una larga lucha contra el cáncer, a la que rinde un hermoso homenaje por su compromiso con la naturaleza. El poema, uno de los más extensos del libro, titulado “La reina de la montaña”, nos acerca a una mujer casi desconocida: “Paulina era la hermana en la sombra, la que habitaba las colinas polvorientas / y hacía brotar del suelo flores” y es casi el preámbulo del que viene a dar título al volumen (y a concluirlo), dedicado a “mi madre y Jussi Björling [1]”, un poema en que la Báez crea un espacio imaginario situando a su madre “En un espacio cualquiera / de la costa este, /aquel verano de 1931: / un montón de chicas y hombres sin hacer”.
Cuando veas a mi madre, sácala a bailar es, en perspectiva, un esfuerzo poético de Joan Báez por apreciar la propia experiencia de vida, aun entre miedos, angustias y ataques de pánico. A menudo emanan de ellos algunas respuestas como en el poema Pan de oro, en el que Joan Báez asegura que los hombres con los que tenía una relación íntima parecían cubiertos de pan de oro, acaso porque los idealizaba como a la figura de su padre.
Igual que en sus canciones, sus poemas hablan al lector con franqueza, un espíritu firme un alma independiente.
La poesía de Joan Báez es sencilla y directa, conversacional a veces, pero de ningún modo tendente a ocupar el espacio de sus canciones. No son textos pensados para ser musicados, sino poemas con todas las consecuencias. Con mayúscula: poemas en verso libre, o en prosa poética, que tienen un sesgo narrativo, en muchos casos son pequeñas historias vinculadas a su mundo de relaciones; en otros hay un poso reflexivo: la poeta se sumerge en la duda acerca de la vida y sobre el sentido del poema. Un complemento, sin duda, a su biografía, pero mucho más: un libro con vuelo propio, con entidad, que conecta a la cantautora con la mejor poesía escrita por algunos de sus coetáneos. La sombra de Sharon Olds, de Anne Sexton, de otras poetas en cuyas obras el componente autobiográfico es más que visible, están, con todos los matices que se quiera, presentes. Cuando veas a mi madre, sácala a bailar es un libro a no dejar de lado. Un libro que acompaña y nos ayuda a entender la vida. La nuestra y la casi siempre desconocida de los mitos. Y toda una época.
Joan Báez, mucho más que un ruido.

*En 2024 publica» Cuando veas a mi madre, sácala a bailar » (Seix Barral)
**BIOGRAFÍAS y Vidas (La Enciclopedia biográfica en línea)
***La trastienda lírica y emocional de un mito: Joan Báez – Zenda
****Tenor lírico sueco (1911-1960), Jussi Björling fue uno de los más importantes cantantes del repertorio italiano junto a Enrico Caruso y otros cantantes de los años 50.

SELECCIÓN DE POEMAS DE JOAN BÁEZ
ADIÓS AL BAILE EN BLANCO Y NEGRO
Antes creía que la única alternativa al blanco y negro era el gris.
Para no vivir una vida aburrida,
vestía de blanco y negro,
pensaba en blanco y negro;
y no solo bueno o malo, no,
sino perfecto no fallido
genial o inútil
etéreo o demoníaco
condecorado o
proscrito.
Me burlaba de todo lo ordinario
y huía del término medio…
ya sabes, de la Zona Gris.
Así, dejé que se me fuera media vida.
Sufría ansiedad crónica, era insomne,
depresiva, multifóbica, promiscua,
estaba siempre alerta y, por suerte, tenía mucho talento.
Y unas antenas que detectaban todos los males que me acechaban
para protegerme del peligro mortal de, pongamos,
ir a cenar a un restaurante
o hacer amigos,
ya sabes, la Zona Gris.
Cuando llegué al medio siglo, me arranqué las antenas
y me entregué a un poder superior…
que para entonces podría haber sido
hasta un palillo.
Me zambullí en un mar de recuerdos
y buceé a ciegas, como un tiburón al que han estafado,
hasta lo más profundo de mí;
temía encontrar pústulas de veneno, pero
mi terapeuta sugirió que tal vez hubiera diamantes.
Durante meses, di vueltas y más vueltas,
anotando mis sueños, buscando pistas,
luchando por mi vida y la de mi hijo.
Cuando por fin salí a coger aire
empecé a ver resquicios de color.
Poco a poco, fui entendiendo que mi vida
era sagrada, única,
y que no la cambiaría por otra.
No debería haberme sorprendido descubrir
que lo que vivía dentro de mí era un diamante.
Seguí arrancándome aquellos parásitos tenaces.
Descubrí que la tristeza es un océano,
que la furia es azul, y el dolor, mi compañero,
y que el amor había quedado malparado
pero tenía arreglo,
como un violín gitano
aplastado por una bota nazi.
Necesitaba paciencia y un artesano.
Mis terapeutas se convirtieron en mis artesanos.
Quienes me rodeaban
desenterraron las gemas prometidas
y acunaron mi corazón
en sus manos
mientras yo me desmenuzaba en cientos de partículas,
cientos de almas brillantes
que se iban engarzando en un deslumbrante collar
que absorbía y reflejaba la luz del sol;
todos luchaban para curarme,
para ayudarme a sobrellevar mi salvación y a trascender
a mi supervivencia.
VOLAR DESNUDA SOBRE EL LAGO AZUL
Y cuando vuelo desnuda sobre el lago azul no hay nada que cubra mi cuerpo y desde aquí arriba miro el lejano azul, «¡Ah del barco!» puedo sentir el viento como plumas en todas partes
en el estómago y en el pecho y en las piernas y entre las piernas como un pájaro en pleno vuelo. Soy calor y huesos y nervios y sangre y músculo envueltos en piel desnuda, tirante, solo piel entre el viento y yo, como plumas que acarician desde fuera que me hacen desear más placer mientras vuelo con los brazos extendidos y las piernas abiertas en una V que flota, mirando desde aquí arriba el infinito lago azul.
FOBIA
Había aprendido a aguantar, de hecho,
a negociar, a entenderme con ella, a controlarla,
a aceptarla como una enfermiza sombra interior y,
gracias a un esfuerzo sobrehumano, a soportarla
hasta cuando parecía insoportable. Al final, nos hicimos amigas,
mi fobia y yo.
Pero después de pasar treinta y tantos años bailando torpemente
con mi fiel compañera,
comencé
un proceso que jamás había vivido hasta entonces.
Comencé a bucear en mi inconsciente y a descubrir en mi interior una comunidad infinita de criaturas; a recuperar recuerdos, a dibujar, a pintar, a bailar, a escribir poesía, a escribir un diario; a gritar, a enfadarme, a romper cristales, a descubrir la tristeza que se ocultaba tras la furia y a consolar a aquellas criaturas que me habitaban, y a mí misma; a sentir no solo alivio, sino pura alegría al bañarme en un arroyo, al tomar el té en una tacita floreada, al ver un documental de Attenborough sobre monos, al quitarme la ropa para bailar bajo la luna llena, sin que me importara dónde estaba: un huerto de calabazas de Idaho, una salida de emergencia en Italia, un lago de Cerdeña, o un bosquecillo de la Selva Negra; en resumen, comencé a transformarme, y a perseguir la libertad en lugar de la utilidad, a sanar en lugar de poner parches sobre las heridas, a encontrar plenitud en lugar de fragmentos de mí misma.
Parecía no haber límites para lo que podía hacer conforme me iba librando, poco a poco, del miedo; hasta que un día, por fin, jubilé a mi pareja de baile—o, más bien, la mandé con la música a otra parte.
LA LIBERTAD DEL ARTISTA
Allá va la infanta
vestida de labriega
recitándole a la luna las canciones
de la montaña huera,
las canciones del cuco,
que entona desde su rama
divinas notas que alegres resuenan
en las cumbres de los Pirineos.
La infanta traduce:
«Oh, soñador orbe,
a vos quiero cantar mis mejores ofrendas,
que puras y humildes han de sonar».
El cuco canta, con dos notas de plata,
su alabanza a la luz,
la luz de la que está hecha la luna,
y la infanta va y viene,
renegada de la naturaleza, diminuta,
apenas un susurro en un claro de ese bosque de España.
(En realidad, el cuco es un ave despreciable, que lleva un chaleco de rayas sucio, y roba y hurta, se cuela en las casas, secuestra bebés y luego se esconde en los relojes suizos. ¿Se le perdona todo por su mágico canto? Esta duda ancestral sigue sin tener respuesta.)
MAR GRIS
Ahí está el mar:
espumoso y gris,
rugiendo embravecido
contra el furioso cielo,
al tiempo que un rocío
de implacables gotitas
me salpica la cara.
Una perla de agua atrapada
en los jirones de una telaraña
se aferra a los delicados hilos
y ahí pasa el día entero
como una plateada gota de mercurio.
Cuando la tarde se vuelve gris
aúlla la tormenta.
La gota se tambalea, pero resiste,
tenaz, toda la sulfurosa noche
y ahí sigue cuando me levanto
al alba.
La niebla
cae
se levanta
se repliega
retorna
se desurde
y se aleja.
Aquí me hallará la llama celestial
al pie de la montaña sagrada.
Hoy soy yo la lágrima que brilla
en los jirones de esa telaraña.
ESCRIBIR
La poesía es como el amor,
no puede forzarse
o se acaba consumiendo.
La poesía es como el amor,
no puede forzarse
o se acaba convirtiendo
en cemento
dentro de un tubo de pasta de dientes.
GIMNASIA DE MANTENIMIENTO
En la clase de gimnasia de las seis de la mañana
unas señoras de piel muy arrugada
con redecillas para los rulos,
pequeñas chepas abultadas,
suaves telarañas en los codos
y culos inexistentes,
hacen power walking,
sentadillas y elevaciones de piernas
sorprendentes, al ritmo de
I Will Survive, canción cuidadosamente elegida por
una monitora sonriente-de veintitrés años, cuya piel
es firme y lustrosa y cuya cabeza está llena de pájaros,
que les grita ¡Vamos, chicas! ¡Vamos, chicas!
Ellas no se rinden,
cumplen con la labor y aguantan la hora entera.
Después, un ratito estupendo en la sauna.
Y. tras ducharse y secarse, se echan polvos de talco en sus partes, se vuelven a embutir en su ropa de calle
Se quitan los rulos y se peinan,
se maquillan labios, ojos y mejillas,
meten las toallas majadas en sus bolsas de deporte fosforitas,
y, con unos niveles de endorfina
que dejarían en ridículo a sus hijos de mediana edad, salen, como una rosa, a saludar al sol invernal.
DE MARAVILLA
Mamá vivió hasta los cien.
Ella misma nos dijo que aguantaría
mientras la tuviéramos entretenida.
Solo que, al final, se aburrió
de nosotros
y se retiró a su casita
lo pasaba bien
allí:
recibiendo a invitados, ofreciéndoles té,
charlando con las visitas.
Después, mamá ya no podía levantarse de la cama.
A los noventa y muchos,
nos mira
recostada sobre la almohada
con su almohadón recién planchado
mientras nosotros la cuidamos.
Nuestros nombres se han evaporado,
pero nuestras caras
revolotean a su alrededor
en su luminosa habitación y ella se siente
cómoda y segura.
Ya no le importa
que tengamos que limpiarla.
«¡Qué peste!», dice.
«No te preocupes», decimos nosotros.
«En un momento volverás a oler de maravilla».
Y así es, con sus mejillas rosadas
y su vestido albaricoque
y sus pendientes de cobre,
y sus ojos con reflejos dorados,
y un toque de perfume de los de antes.
Mamá se pierde en un recuerdo
de cuando tenia tres años:
lleva un pichi blanco
salpicado del púrpura y violeta
de las manchas de mora,
y contempla el arroyo
que borbotea quedamente,
hipnóticamente.
Avanza hacia
la orilla.
Hace equilibrios
sobre los suaves guijarros
y moja sus
pies diminutos
en el agua.
Y ahora, sonriendo en su cama,
se seca las manos
en el pichi
y nos ofrece
un puñado de moras invisibles.
«¿Queréis una?», pregunta
haciendo como que se lleva a la boca
unas pocas
y las mastica.
«Claro!», decimos todos a la vez
y cogemos las moras invisibles
que nos ofrece y las masticamos
y las tragamos
y decimos: «¡Mmmnmm! ¡Qué buenas!».
Mamá sonríe traviesa
y piensa para si: «Ja, ja, ja! Tontainas…
No son moras de verdad.
¡Son de mentira!».
Continúa masticando
y todos, en esa habitación de olor dulzón,
nos sentimos de maravilla.
LA REINA DE LA MONTAÑA
Pauline era la hermana en la sombra, la que habitaba
las colinas polvorientas y hacía brotar del suelo flores
solo con cantar suavemente
allí, en la pradera;
ella era la discreta.
Era guapísima.
Su melena castaña y su piel color miel
se volvían oro y cobre cuando las tocaba el sol,
tenía unos ojos enormes, color avellana,
y unas manos muy hábiles.
Pauline era tan tímida que se hacía invisible.
Se retiró del mundanal ruido,
se convirtió en maestra de las «Artes silenciosas»
y se dedicó a coser, a bordar en las telas belleza
como las arañas tejen la seda.
Y así ya no tenía que estar triste.
Una vez nos hizo un manto
de un terciopelo rojo tan oscuro que parecía humo
y que compró en un puesto
del rastro por casi nada, seguro.
También estaba el brocado plateado y púrpura
del bazar de Estambul,
y el maravilloso pañuelo de seda negra de España
con sus enormes rosas rojas bordadas
sus hojas verdes, sus florituras y sus borlas.
Era un manto reversible,
así que le dábamos la vuelta
según tuviéramos el día o el tiempo que hacía.
Ella llenó los bolsillos con saquitos
de lavanda de su jardín.
Pauline era famosa en la región
por la casa de adobe que construyó,
con sus propias manos
y sin ayuda,
en el corazón del monte.
Únicamente ella,
la Reina de la Montaña,
podía construir un castillo
solo con aquello que encontraba:
barro y agua y paja
ramas, piedras, cristal,
metal, chatarra,
trocitos de porcelana, fragmentos de estatua,
y tablones sueltos
de las cabañas que quedaban a medio construir.
La única norma era que todo había que usarlo
tal cual lo encontrabas —sin cortar ni serrar nada,
todo tenía que encajar—, no como ella,
que pasó toda su vida viendo cómo los demás
intentaban colocarla en los moldes que no eran.
La casa de adobe tenía tres pisos,
y había que subir por unas escaleras,
hechas de raíces gigantes,
a ratos demasiado oscuras para ver bien,
a ratos demasiado estrechas para pasar.
Las ventanas estaban hechas
con botellas azules y botellas rojas
(todas sucias por dentro, llenas de barro)
así que los rayos de sol que se colaban
en las oscuras salas eran de color púrpura.
Los palomares excavados en las paredes de roca
albergaban objetos místicos y espeluznantes:
una máscara, una bolsita de piel de topo, un cráneo de ardilla, una pezuña de ciervo, marcos de madera con
fotografías de nuestros antepasados
cuando eran jóvenes
con sus cuellos almidonados,
sus calzas y sus broches,
y esos ojos de mirada furtiva
y melancólica.
La casa principal también daba miedo.
Era oscurísima,
mucha madera labrada y cortinas de terciopelo,
y una capa de polvo del valle
que lo cubría todo.
La casa era tan pequeña
que se calentaba
con una estufa de leña
de hierro
que Joan le regaló en los sesenta.
Había una letrina
a unos cincuenta pies de la casa y
para llegar, tenias que pasar por un estrecho caminito de tierra.
Pero Pauline y su marido,
que era igual de ermitaño que ella,
plantaron, de adorno, amapolas y bocas de dragón
y salvia y jazmín para el olor
(que era más fuerte que el de la letrina),
así que cuando estabas allí sentada, el viento te traía
aquel perfume y lo otro ni se notaba.
Un día casi hacemos una fiesta
porque Pauline compró una lavadora
y un secador de rodillo igualito
al que la madre de Joan usaba en 1945,
solo un poco más moderno que las tablas de lavar.
Pauline construyó algunas casas más.
Una en la carcasa de un viejo autobús Volkswagen
cubierto de enredaderas.
Otra en la cima de una montaña,
hecha con ladrillos de adobe que le ayudamos a fabricar.
Que quede claro, los ladrillos los hicimos nosotros.
Y otra en medio de un corro de madroños
donde amontonó arbustos y malas hierbas
para hacer un circulo más grande, a unos diez pies del edificio,
y que las ratas se instalaran allí en lugar
de en la casa nueva; y eso fue lo que hicieron.
Una vez, la pillamos
agachada junto a una piedra al borde de la carretera
susurrándole al oído a una cría de serpiente de cascabel.
«Vete a esconderte», le decía.
«Aquí no estás a salvo.»
Y la serpiente le hizo caso.
También estaban las viudas negras
del último piso de la casa de adobe,
que ella obligó a esconderse en los rincones
porque sus cuerpecillos brillantes y sus manchas rojas
podían asustar a la gente.
Una mañana, iba de paseo
por el serpenteante sendero
del cañón
canturreando,
envuelta en el olor de la tierra húmeda,
con uno de esos vestidos que se hacia ella
de terciopelo oscuro
y, tal vez, una corona de oro
fundido por el sol
que se ajustaba a la perfección a su noble cabeza.
Y allí, justo allí, en mitad del sendero,
a unos veinte pies,
habla un puma
que la miraba
con sus ojos de gato, relucientes como canicas.
«¿No te asustaste?», le preguntamos, arremolinándonos en torno a ella.
«Oh, no», contestó, «le dije: «Hola, Bestia,
este es mi camino. Podemos compartirlo,
pero ahora estoy de paseo
y tengo preferencia»».
Y el puma se alejó a grandes zancadas sobre las hojas secas,
las verdolagas y los cardos.
Una noche, Pauline y un amigo de fuera
estaban mirando las estrellas
y él dijo:
«¡Eso es Orión! Y ahí está su cinturón
y allí, a nuestra espalda, la Osa Mayor
(espectacular revoloteo de brazo), ¡así que esa es la Estrella Polar!».
Y Pauline dijo,
como mirándolo
desde otra galaxia:
«¿Y qué más da?».
Después de un tiempo
reunió a toda la familia y nos dijo
«¿Setenta y siete? Ya vale, ya. Yo me marcho».
Y dejó de comer.
Y dejó de beber.
Estuvimos con ella en el hospital,
hasta el final.
Yo, B. B., estaba hecha polvo, y no hacia más que llorar porque
Pauline quería una galleta
pero sus hijos y su marido
pensaban que le sentaría mal
y le daban zumos verdes
que ella bebía sin rechistar
porque no sabia decir que No
a nadie, y menos a su familia.
Así que yo le llevaba a escondidas galletas y chocolatinas
y, cuando no había moros en la costa,
dejaba pasar unas gotas extra de morfina por el gotero
porque Pauline tenía muchos dolores.
Y entonces, ella sonreía en sueños.
Un día, Joan se sentó junto a su cama y lloró y lloró
y le dijo a Pauline que la quería muchísimo,
y que tenía suerte de ser su hermana,
y, de repente, Pauline se incorporó y dijo:
«Habrá que darse un abrazo…».
Y todos nos echamos a llorar porque nunca había dicho algo así.
Y los médicos sabían y nosotros sabíamos y ella sabía
lo que iba a pasar. La muerte la miraba a los ojos
igual que el puma de los ojos amarillos
y ella no parecía tener más miedo
que el día que se lo encontró cuando iba de paseo por el cañón.
Y si lo tenía, no lo dijo.
Seguramente no quería incordiar,
o puede que ya le diera igual,
y por eso susurró:
«Hola, Bestia,
este es mi camino.
Ahora estoy de paseo
y tengo preferencia…»
y se dio la vuelta y cerró los ojos
y la habitación quedó en silencio.
Y ahora Pauline es de la montaña
y la montaña es suya.
El puma aguarda en el sendero.
La cría de serpiente lame el aire.
Las viudas negras del tercer piso
se escabullen y se preguntan
dónde estará,
la hermana discreta,
la de la melena caoba,
su Reina de la Montaña.
CUANDO VEAS A MI MADRE, SÁCALA A BAILAR
Para mi madre y Jussi Björling (pronúnciese yusi)
En una pista de baile cualquiera
de la costa este,
aquel verano de 1931:
un montón de chicas y hombres por hacer.
Allí, en la fresca oscuridad de la noche,
mi madre de joven.
Allí, bajo las cálidas luces del baile,
el tenor sueco Jussi Björling.
Querido Jussi, ¿puedo pedirte una cosa?
Cuando veas a mi madre,
¿la sacarás a bailar?
Es esa chica morena de ahí.
Es gitana,
huérfana,
y mujer fatal.
Es una flor.
Lo mira todo con ojos
inmensos y asustados;
lleva puesto carmín, pero sus labios
están sellados.
A pesar de su tremenda
e insoportable timidez, piensa
(aunque nadie se lo diga)
que tal vez sea guapa.
¡Se lo puedes decir tú, Jussi!
Y así te oiría decirlo a ti,
ese pajarillo que vuela a la deriva
te oiría decirlo
a ti.
Acaba de cumplir dieciocho.
Tú tienes dos años más, y eres
un prodigio,
una estrella emergente.
Mi madre es
demasiado tímida.
Tu inglés
es demasiado flojo,
así que, por favor, tiéndele la mano
cortésmente y, con una sonrisa,
llévatela de allí,
sácala de ese revoltijo
de caras y de gentes.
Cógela por la cintura
y, cuando oigas sonar
los violines,
haz una reverencia diminuta,
y comienza
el vals.
Tienes los pies ligeros, muchacho,
para ser un hombretón del norte,
de esa tierra de inviernos eternos,
lagos helados e interminables
noches.
Tus ojos son azules,
azul cielo, gris pizarra, aguamarina,
y cambian tanto como el mar del Norte;
tu cara, redonda y agradable,
engaña con su aire jovial,
aunque no llega a ocultar
la fuerza
de esa mandíbula implacable —tu armadura
en la guerra
por aferrarte a la infancia.
En esta pista de baile, lo tienes todo
para no pasar desapercibido:
un buen esmoquin, una pajarita a rayas,
y, ahora, a tu lado,
a mi madre gitana.
Apoyándose en tu poderoso pecho,
se mueve contigo,
tan ligera
como un pajarillo
que se posa en su nido.
Cuando llegue el final de la canción y
ella vaya a marcharse, no le sueltes la mano,
bailad otra, y luego otra,
hasta que se le coloreen las mejillas y en sus labios rojos
aparezca por fin una sonrisa.
¡Venga!
Después, alejaos del bullicio del baile
y sírvele un vaso de ponche.
¡Qué imponente estás
esta noche, Jussi!
Tú, que ya estudiabas ópera a los cuatro años,
que fuiste de gira con tus hermanos a los ocho
y que, a los diecinueve, debutaste en la Opera Real de Estocolmo.
Y así, en silencio pero entre sonrisas,
y unidos por ese lazo que nace
del baile y el calor,
bebed hasta que en vuestros vasos
solo queden hielitos casi derretidos.
Y después, querido Jussi, sal con mi madre
a la terraza emparrada,
que estará a oscuras y desierta.
Mira cómo resuenan los tacones
sobre los que caminan sus tiernos pies y sus piernas esbeltas.
¿Ves ese banco de cemento casi oculto por las rosas,
allí, al fondo del todo?
¿Ves cómo la luz de los candelabros y las lámparas de araña,
atrapada en el salón abarrotado,
dibuja tenues rectángulos
que revolotean como una brisa suave
en las paredes pobladas por la hiedra?
La noche cubre con su manto
el elegante vestido de mi madre,
un vestido elegante
elegido por madres de acogida,
sospecho que con las mejores intenciones.
Llevaron a la huérfana escocesa
a las tiendas más caras
y le dijeron,
la animaron, la convencieron
de que eligiera el vestido que más le gustara.
Pero, por mucho que intentaran ganársela,
ella no era más que una silueta helada
rodeada de las ruinas de su infancia;
y entre aquellos escombros no quedaba
ni un trocito de espejo que reflejara su belleza
o le mostrara las cosas buenas que merecía.
Así que las madres de acogida eligieron por ella.
Y, aunque sus intenciones eran buenas,
al ponerle todas aquellas cintas y aquellos lazos
también le ataron la lengua.
¿Y tú, querido Jussi?
¡Desde luego, tu lengua no estaba atada!
Pero ¿qué pasó con tu infancia?
Acababa de empezar cuando,
a los dieciséis, murió tu madre.
De haber sido yo tu madre,
me hubiese debatido
entre criar a un genio
o permitirte ser un niño
como todos los demás.
¿Oyó ella el timbre de tu voz
cuando naciste?
¿o sigues llorándola al cantar
con la cálida brisa estival?
En tu voz suenan las lágrimas contenidas
desde los cuatro años
cuando una misteriosa intuición infantil
te avisó de las adversidades
que estaban por venir.
En la terraza a oscuras,
mi madre siente una oleada de emoción
mientras camina cogida de tu brazo.
Cógele la mano, querido Jussi,
llévala hasta el banco para que se siente
y ¡canta para ella!
¡Oh, Jussi,
canta cualquier cosa!
En el salón, la orquesta
acaba de empezar alguna canción famosa
que te sabes de memoria,
así que cántasela,
siéntate a su lado,
cógele la mano, y canta.
Y mientras cantes, ella sentirá
que se le acelera el corazón, un cosquilleo
en todo el cuerpo…
¿o es en las alas?
¡Oh, querido Jussi, tu esmoquin
llena la noche de esplendor!
Fue tu voz
la que avivó las pálidas ascuas
que ardían muy adentro, tras las inexpugnables murallas
de su silueta helada.
¿Y qué pasará ahora
allí en la terraza?
Termina la canción.
Los ojos de mi madre brillan
llenos de lágrimas,
de vida.
La orquesta pasa la página para empezar otra canción.
Tú posas tu mano libre
en su mejilla…
después de todo, es hermosa.
Cierra los ojos e inclina su mejilla hacia tu mano.
¿Se aferra a tu mano?
¿La roza con los labios?
Cuando vuestras miradas vuelven a cruzarse,
tus ojos, cambiantes como el mar,
se llenan
de sorpresa y curiosidad,
de un interés inesperado por
esta huérfana casi seductora,
este pajarillo titilante,
esta salvaje escocesa que huele a brezo.
¿¡Qué vas a hacer, querido Jussi,
sino besar a mi madre!?
¡Besa a mi madre!
Bésala ahora,
antes de saber cómo se llama
o que compartís las iniciales:
Jussi Björling
Joan Bridge
Solo es un abrazo, un inocente beso.
A mi madre no le pilla de sorpresa, está feliz.
Así tuvo que ser,
eso es todo lo que deseo, todo en lo que creo.
Y creo, con todo mi corazón y toda mi alma,
que el filamento que bordea
el filo bruñido de mi voz,
el talento desnudo con el que nací,
esa parte de mi
que mira con nostalgia
y escucha melancólica
canciones cantadas en una terraza
hace
medio siglo,
creo que mi voz sabe, instintivamente,
que fue concebida esa noche
en medio de las sombras danzarinas
y de la danzarina luz.
Los años pasaron
y mi madre siguió fiel
a sus sueños en blanco y negro,
a los deseos de su juvenil corazón.
Y cuando ya se encaminaba veloz
hacia la otra vida
yo le puse en la mano
una copia de esta historia—
algo así corno una entrada en primera fila
para que viera
abrirse
el telón de terciopelo
tras el que aparecía a todo color
un rostro conocido
en el escenario.
Y ella se pone de pie,
una silueta helada,
ante el esplendor del presente.
Se dice que el alma no tiene edad
cuando despierta a su nueva vida.
Pero yo creo que en ese instante
comienza una era
en la que todo puede pasar.
Así que, cuando veas a mi madre,
¡sácala a bailar!
DIAMANTES Y HERRUMBRE
Bueno, me condenaré
Aquí viene tu fantasma otra vez
Pero eso no es inusual
Es solo que la Luna está llena
Y por casualidad llamaste
Y aquí me siento
Mano en el teléfono
Escuchando una voz que había conocido
Hace un par de años luz
Dirigiéndose derecho a una caída
Como recuerdo tus ojos
Eran más azules que los huevos del petirrojo
Mi poesía era pésima
¿De dónde llamas?
Una caseta en el medioeste
Hace diez años
Te compré unos gemelos
Me trajiste algo
Ambos sabemos lo que los recuerdos pueden traer
Traen diamantes y herrumbre
Bueno, irrumpiste en la escena
Siendo ya una leyenda
El fenómeno incipiente
El vagabundo original
Te perdiste en mis brazos
Y ahí te quedaste
Perdido temporalmente en el mar
La Virgen era tuya gratis
Sí, la chica del medio caparazón
Te mantendría ileso
Ahora te veo de pie
Con hojas marrones cayendo alrededor
Y nieve en tu cabello
Ahora estás sonriendo por la ventana
De ese hotel cutre
Sobre Washington Square
Nuestro aliento sale nubes blancas
Se mezcla y cuelga en el aire
Hablando estrictamente por mi
Ambos podríamos haber muerto entonces y allí
Ahora me estás diciendo
Que no eres nostálgico
Entonces dame otra palabra para decirlo
Tú que eres tan bueno con las palabras
Y para mantener las cosas vagas
Porque necesito algo de esa vaguedad ahora
Todo ha vuelto demasiado claro
Sí, te amé mucho
Y si me ofreces diamantes y herrumbre
Ya he pagado el precio
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)


