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BIOGRAFÍA DE LA POETA MATILDE ESPINOSA
Matilde Espinosa de Pérez nació en Tierradentro, Huila, Cauca, (Colombia) el 25 de mayo de 1910, fallecerá en Bogotá el 19 de marzo del año 2008. Nació y creció junto a un volcán, en un caserío indígena, una aldea que ni siquiera figura en los mapas. Allí permaneció hasta los 6 años cuando su familia se radica en Santander de Quilichao y más tarde en Popayán. Sus primeras palabras fueron en la lengua indígena páez, quizá por eso, decía, podía oír los mensajes del monte. El castellano lo aprendió gracias a su madre que le enseñaba este idioma en casa. Gracias a estas condiciones desarrolló una mirada trascendental, profunda que emergió de su manera singular al enfrentarse al mundo que la rodeaba. Creció rodeada de mitos y leyendas entre esas los aborígenes, los duendes, La Llorona y La Patasola. Fue curiosa acerca de las historias de su país y logró entender algunas de las historias que se contaban del Huila.
Su madre, María Josefa Fernández de Espinosa, una de las primeras maestras blancas en la zona se dedicó como un sacerdocio a la enseñanza. Desde sus primeros años, Matilde se mimetiza con los árboles y juega con los animales, se viste de fiesta cuando su madre le arrima cuentos al oído, los mismos que harán en su mente un derroche de imaginación.
De ella se ha dicho de todo, aunque no se ha escrito mucho. En alguna ocasión Rafael Maya le remitió una bella carta con estos acertados calificativos: “Si hay escritora auténtica, eres tú. Y a la autenticidad sólo tienen derecho personas como tú, ajenas a la farsa literaria, ajenas a la vanidad, ajenas al vano ruido de la lisonja. Tú no engañas. Eres fiel a ti misma como el cielo es fiel al azul incomparable de su altura”.

Creció rodeada de la cultura mítica de los aborígenes, duendes, lloronas y patasolas, amando su entorno, enamorada de su esencia y de su país. En su tierra nació en ella el grito de dolor del indio, el trabajo desconocido y heroico de la maestra rural, el tañido del hambre, de la desnudez, de la miseria endémica y sobre todo la denuncia de la carga biológica y cultural que soporta la mujer en el mundo. Su verso sacó a flote y sostuvo con valentía extraña en esa época, y sobre todo en una mujer, el drama de la violencia doméstica, la humillación que soporta la mujer en un silencio que tiene mucho de cómplice y cobarde. Ese capítulo cotidianamente repetido donde ella no puede responder como la sociedad ciegamente pretende, a los absurdos, los caprichos, las fábulas, las profanaciones y la ignorancia que la asedian.
Su infancia fue de total aislamiento, hasta que pudo mudarse a casa de unos familiares. Más tarde conoció a su prima, unos años mayor que ella, y con este encuentro empezó la escritura. Escribía poemas y cartas de amor por encargo de su prima para su novio. Tenía trece años. “Después de esos primeros versos, no volví a escribir poemas por mucho tiempo, porque me casé muy joven y la vida se volvió demasiado difícil”.

A la edad de 15 años se va con su familia a vivir a Popayán, donde conoce a Efraín Martínez, artista ya famoso, pintor, y dos años más tarde se casa con él, luego viajan con una beca que recibe el pintor, a París. Viven algunos años allí donde nacen sus dos hijos. Su marido, de fuerte carácter, la convirtió en su musa y modelo y no le hizo nada fácil esos años a Matilde. Al regresar a Colombia la vida con Efraín se volvió imposible. Tras seis años de matrimonio Matilde decidió abandonarlo. Toma la decisión de separarse de él, alentada por su madre, que no podía soportar el terrible sufrimiento de su hija. Fue un hecho inaudito para aquel entonces que una mujer tomara la iniciativa de dejar a su marido. Efraín la acusó de abandono del hogar, y tuvo que alejarse de Popayán, hasta encontrar refugio en el Consulado de Chile en Cali, donde no la podían apresar por ser considerado territorio chileno. De esta forma se libró de terminar presa en la cárcel de La Magdalena. Allí permaneció refugiada hasta que su hermano Rafael le pidió al entonces joven estudiante de derecho Luis Carlos Pérez, que asistiera a Matilde como abogado. Así lo hizo, ganó la demanda, comenzaron una relación de novios y se casaron en 1948. Luis Carlos Pérez la rescató en esa etapa de su existencia para brindarle apoyo y amor hasta el final de sus días. Fue hombre de bien y maestro de los valores, un abogado que peleó la suerte de la amada para acompañar su poesía y su nueva vida.
Después del divorcio con su primer esposo, Matilde empezó a escribir extensas cartas, así de a poco, volvió la escritura. Se unió a un grupo de mujeres para luchar por el derecho al voto, a la ciudadanía. Juntas fundaron el periódico Avanzada Femenina, empezó a escribir en el periódico del Partido Comunista Voz Proletaria. Colaboró con mujeres comunistas en las tareas de organizar y sostener las huelgas, ayudó a los movimientos sindicales.
Luchó por el reconocimiento del voto femenino, colaboró, con otros hombres y mujeres igualmente pensantes, en la organización y mantenimiento de huelgas y mítines populares cuando hacerlo significaba una aventura peligrosa; apoyó movimientos sindicales con una visión privilegiada de lo que son la justicia y el derecho y opinó y decidió por voluntad propia cuando las mujeres de su generación tenían como común denominador el miedo y el silencio.

La casa de Matilde y Luis Carlos, enclavada en los cerros del barrio El Castillo en Bogotá, por su casa transitaban: el poeta, el docente, el estudiante, la profesora de escuela, el campesino, el abogado, el hombre de derecha o de izquierda, el ateo o el creyente. Escuchaba a todos y les hablaba a todos. Su único juicio era: la belleza, la cadencia, el ritmo, la música y el concepto filosófico de la obra. La casa de Matilde fue un templo de la poesía. Fue lugar de reunión de los grandes poetas de las décadas de los 70, 80, 90 y del nuevo siglo: León de Greiff, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Luís Vidales, Dora Castellanos, Enrique Uribe White, Octavio Gamboa o Hernando Santos, Fernando Charry Lara, Mario Rivero, Rogelio Echavarría, Maruja Vieira, María Mercedes Carranza, Robinson Quintero Ossa, Federico Díaz Granados, Milcíades Arévalo, Juan Felipe Robledo, Felipe García Quintero, pero también estudiantes de literatura, derecho y filosofía. Matilde era un faro, un norte.
Cuando Matilde Espinosa empezó a escribir, Colombia estaba lejos de los cambios fundamentales que en política, economía, arte y hasta costumbres cotidianas, experimentaba el mundo y en especial Latinoamérica. Todavía el Modernismo, cuya misión renovadora agonizaba en otras latitudes, era válido entre nosotros. Su poesía, surgida a mediados de los años cincuenta, pisa muy lejos de lo que entonces era considerado como hilo conductor de la lírica femenina en Colombia. Con la publicación de Los ríos han crecido vuela más allá de compromisos políticos o exigencias de coyuntura. En su poesía palpita el mundo; allí habitan el hombre y la historia y se cumplen las grandes hazañas de un hombre que ha nacido solitario y se enfrenta a su soledad, a su orfandad, a su destierro. Matilde logra despojarse de la poesía preciosista de comienzos del siglo XX y funda un nuevo lenguaje para la literatura colombiana. Se despoja de la poesía rimada y transita un verso libre, musical, de honduras filosóficas. A través de sus versos, Matilde se dirige a una nación que todavía silencia el discurso emitido por una mujer, cuyo papel en la sociedad colombiana hasta hace poco era muy modesto. Para la crítica nacional y foránea, Matilde es la precursora de la poesía social en Colombia, fue incluida en varias antologías y estudios analíticos sobre poesía colombiana y latinoamericana.

Libros como Los ríos han crecido, Por todos los silencios, Afuera las estrellas, Pasa el viento y El mundo es una calle larga, son volúmenes apologéticos de la tragedia humana agazapada en las regiones excluidas del Cauca. Más adelante vendrían Memoria del viento, Estación desconocida, Señales en la sombra, La sombra en el muro y La ciudad entra en la noche. Mención especial requiere Los héroes perdidos, editado en 1994 y dedicado a la memoria de su hijo Manolo Martínez Espinosa, asesinado en Popayán en oscuras circunstancias. En sus páginas habla la madre más allá de cualquier requerimiento literario: “No busco pañuelos para llorar / simplemente me acerco a las mujeres / que inventaron el tiempo / tejiendo coronas / para los hijos muertos”. Luego aparecieron La tierra oscura, publicado en el 2003, y Uno de tantos días, con la evocación que hace de Popayán en el poema titulado “Ciudad Blanca”: “¿Cómo acercarme a ti si nada traigo / solamente mi voz / y el corazón del hijo / que sigue ardiendo? / Nombres, fechas, gotas de eternidad / crecidas en la hierba”.
Su hijo menor se accidentó contra una tracto mula en una carretera de la Costa Atlántica donde los conductores de camiones no siempre vigilan el timón, el segundo, como si su hermano le hubiese hecho un llamado, es asesinado por un sicario para silenciar una voz de justicia que denuncia a los corruptos o gente sin moral ante el micrófono, guiado por una madre que quiso lograr una sociedad más justa.
Matilde, es por encima de todo, Mujer coraje, sufre la muerte de su hijo Manolo Martínez, en Popayán, a manos de un sicario, y lo registra en su poema La nube blanca:
Por qué te adelantaste / hijo mío, a mi paso final, / quizá ignorabas que este dolor / no tiene semejante / ni cabe en las palabras…/ La soledad partera de la muerte / debió apagar las pupilas plenas de soles / y cielos errabundos. / Debió cerrarte las pupilas / que me siguen buscando / en este laberinto donde acuno / tu sombra. / En la nube más blanca / te devuelvo a la infancia / y te sigo esperando.
Es así como Matilde Espinosa sobrevivió a la muerte de sus dos hijos, a la de su amado esposo, Luis Carlos Pérez y a una operación de corazón abierto, ante la cual se manifiesta en el poema, Corazón abierto:
Los remos de la noche / deslizaron mi sangre / a la gota incesante / que hace soñar al mundo. / No hay rojez semejante. / Si el caudal se desborda / se enloquece la sombra / y bosteza el abismo.
Una de las máximas virtudes de Matilde Espinosa fue la libertad. Y también la rebeldía, pese a su origen campesino y humilde. Rebeldía que se expresa no sólo en la ruptura que le impone a la palabra, alejándose del género y del canon (Matilde no obedece a una estética convencional), sino también en su vida misma.
Su obra poética se divide en dos segmentos perfectamente identificables. El primero, esplende como las aguas minerales que bautizaron su palabra. Sus personajes son la maestra rural y el campesino, la vida de la mano de cordilleras y lluvias tutelares, el paisaje en toda su crudeza y hermosura. El segundo se define en 1990 con la publicación de Estación desconocida. A partir de este libro, la visión e intención poéticas de Matilde cambian sustancialmente. La suya seguirá siendo una voz valiente y veraz, pero volcada en una exploración interior que la hace polisémica y universal. El contexto verbal y estilístico que va desde Estación desconocida hasta Uno de tantos días —editado en abril de 2007, dos años antes de su fallecimiento— no conoce fronteras y la consagra como voz insular entre los poetas más reconocidos de Colombia.

Matilde se constituyó, desde un comienzo, en una de las fundadoras de la poesía social. Aprendió de Antonio Machado que “la misión del poeta es inventar nuevos poemas de lo eterno humano”. Su poesía viene a nosotros “sencillamente como un poco de niebla cuando despunta el sol sobre los montes”. La palabra de Matilde Espinosa tiene la virtud esencial del trigo, siempre dispuesto a convertirse en pan para alimentar a los desvalidos, que son a todo lo largo de su vida y de la vida de sus libros, los protagonistas y destinatarios de su mensaje claro, directo, perdurable.
En el transcurso de su vida recibió varios premios y condecoraciones a raíz de todo su trabajo literario, entre los cuales están los siguientes premios: Homenaje Nacional: XVI Encuentro de Poetas colombianas, Museo Rayo, 2000; Homenaje XX Encuentro internacional de escritores de Chiquinquirá, Boyacá 1999; Condecoración Gran Orden del Ministerio de Cultura a la Reconocida escritora Matilde Espinosa, por más de 40 años dedicados a la poesía y como precursora de la poesía social en Colombia, Bogotá 1998; Homenaje Encuentro Interamericano de Poesía “Ciudad de Popayán”, organizado por la Alcaldía y Secretaría de Educación y Cultura, Popayán, 1998.[
Su última publicación la presentó pasados sus 97 años, ¿Uno de tantos días?.
Obras
Los ríos han crecido (1955)
Por todos los silencios (1958)
Afuera las estrellas (1961)
Pasa el viento (1970)
El mundo es una calle larga (1976)
La poesía de Matilde Espinosa selección (1980)
Memoria del viento (1987)
Estación desconocida (1990)
Los héroes perdidos (1994)
Señales en la sombra (1996)
La sombra en el muro (1997)
La tierra oscura (2003)
Claroscuro del alma (2006)

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
https://mentekupa.com/matilde-espinosa/
https://letralia.com/sala-de-ensayo/2021/01/18/matilde-espinosa-poetica-alumbramiento/
https://www.eldigoras.com/eom03/2004/2/aire31mes01.htm
https://madameho.wordpress.com/2019/02/28/el-poema-matilde-espinosa/
https://marujavieira.com/obra/literatura-colombiana-ensayos/91-matilde-espinosa
https://www.otroparamo.com/web/articulo.php?ed=24&ar=438
https://faustomarcelo.blogspot.com/2019/03/poemas-de-matilde-espinosa.html
https://horizontefemenino.blogspot.com/2021/10/matilde-espinosa-1912-2008.html
SELECCIÓN DE POEMAS DE MATILDE ESPINOSA
EL AGUA
Doncella de las rocas,
niña sin sombra
entre la yerba verde,
estalactita sorprendida
en las manos oscuras de las grupas,
azahar de la antigua
corona de la tierra,
nodriza del arroz y de las barcas,
peinadora de musgos y de sauces,
espejo tembloroso
donde el mundo contempla
su rostro innumerable.
Cuando rompes tus venas
en mi cuerpo,
pienso en la sed del mundo,
en su pecho quemado,
y en el duro estandarte
del sol en los desiertos.
Pienso también,
hermana predilecta del hombre,
que romperás esclusas
para que surja él, como tú misma,
universal y grávida de cantos,
a inaugurar la libertad del mundo
en un convite de manteles blancos.
Del libro El telar de las estrellas Antología poética
PAZ
Mujer, para ti escribo esta palabra.
Como si una semilla tocara otra semilla,
para ti la escribo.
Yo sé que fuimos siempre.
Desde lejos tú buscabas mi sombra,
desde lejos se oyeron nuestros pasos.
Tú eras la lluvia cayendo sobre el alba
y yo la codiciosa pidiéndole a la estrella
que descendiera pura a la frente enemiga.
Tú me diste los signos de tus manos
y yo la forma de cultivar la espiga.
Tus plantas me indicaron que la ruta era dura,
y yo ablandé la tierra para el surco y la era.
Tú me diste los leños que encendieron el fuego
y yo la dulce urdimbre para tejer la cuna.
Por lo que a ti y a mí nos corresponde,
apresúrate como bandera más blanca
sobre el aire que cierne sus corolas de acero,
para que nazcan besos en la carne del mundo.
Otras que ya supieron el dolor de perder
-y por las que la tierra se levanta en su trance-
combaten con su llanto
la impiedad que deshace las ramas y los nidos.
Otras, que son de olvido,
morderán su agonía
y el dolor que les niega su entraña desolada.
Porque todas, mujer, sellamos en arcilla
la paz y la ternura,
donde el amor renueva su esperanza,
donde los hijos juegan con la cara del día.
Del libro El telar de las estrellas. (Antología)
LA NUBE BLANCA
A la memoria de mi hijo Fernando Martínez Espinosa
Un día y otro día
sin ti, hijo mío.
Y los silencios
y el por qué sin sentido
y saber solamente
que fue un asalto en mi camino.
Por qué te adelantaste
hijo mío, a mi paso final,
quizá ignorabas que este dolor
no tiene semejante
ni cabe en las palabras.
Es el más solitario de todos los dolores
y el eco de su llanto
atraviesa los siglos,
así de antiguo y nuevo escalofrío.
La soledad, partera de la muerte,
debió apagarte las pupilas plenas de soles
de cielos errabundos.
Debió cerrarte las pupilas
que me siguen buscando
en este laberinto donde acuno
tu sombra.
En la nube más blanca
te devuelvo a la infancia
y te sigo esperando.
Del libro El telar de las estrellas. (Antología)
EN LA MUERTE DE UNA GOLONDRINA
Pluma arrancada de la noche ciega,
ahora ya eres nada,
pequeña gota de humo.
Tu corazón de madrugada
vuelve al silencio de la tierra oscura.
Quizá nadie te llore.
Hay tanta muerte grande
y tanta sepultura,
que se pierde tu brizna
de viento y mar, de cielo,
minúscula semilla
del árbol infinito de los vuelos.
Tal vez el universo sienta
que algo le falta
al corazón del día
y un mínimo responso
esté cayendo de su acorde.
Y nunca volverás a navegar en la mañana,
ni volverán tus remos a golpear mi ventana.
Ya nunca volverán a navegar en la mañana
ni volverán tus remos a golpear mi ventana.
Del libro El telar de las estrellas. (Antología)
LA MAESTRA DE ALDEA
De transitar la yerba,
de mirarse en los ojos de los niños,
de aprender alfabetos
en las gotas de lluvia;
de consultar la hora
en la sombra redonda al mediodía,
la maestra rural es una fronda
que acuna con sus ramas las aldeas.
El aire familiar ronda la casa,
con su olor a cal viva,
a pequeño jardín,
a leños verdes de laurel y encina.
Todo tiene el sabor de la infancia
campesina,
que de aprisco en aprisco
baja por las mañanas en rebaños
y sube por las tardes en colmena.
Esta mujer discurre por el campo
como una dulce vena de la tierra
y acude hasta la hondura
a vigilar los nacimientos
y a restaurar la gestación del trigo.
Las hebras de su alma
se van adelgazando
en el viaje perpetuo
de la letra al milagro.
En el crisol que funde su dulzura,
los metales oscuros se transforman
en libros estrellados,
en donde aprenden a leer los ojos
de la tierra y el mundo.
Del libro los ríos han crecido (1955) en El telar de las estrellas Antología poética
LA NEGRA AVELINA
Tú, que en la tierra fuiste
Un tallo de la noche,
Ahora eres la luz
En el grande silencio.
Yo sé que mis palabras
No podrán despertarte
Aunque todas las voces
Se quiebren en tu pecho.
Más alta que mis días,
Tú pueblas mi recuerdo
De niña campesina,
Cuando fueras un mito,
La fábula y el cuento
La música y la cinta
Que anudó mis cabellos.
En tu acento profundo
concebí las canciones
que después fueron hojas
perdidas en los vientos.
Todas tus melodías
-añoranza cautiva-
las bebió mi memoria
y supe que sus ritmos
venían desde lejos.
Nunca hablaste de penas.
En su forma inefable,
era tu fantasía ingenua,
como el agua…
Tu raza atormentada
-pausa de los silencios-
siempre estuvo a mi lado
y entendí que tu llanto
era un hilo rebelde
que trazaba un camino.
Se han ido las infancias
y ha quedado tu sombra
en la página abierta.
Ha crecido la vida
y ha crecido el recuerdo.
Sobre tu dulce nombre
de esclava dolorosa,
van cayendo los días
para dejar tu imagen
como una piedra blanca.
Represento tu vida
como el don de la tierra.
No todas las criaturas
hicieron con sus manos
el pan para los otros;
no todas las criaturas
nos donan su trabajo
con amor y dulzura.
Del libro los ríos han crecido (1955) en El telar de las estrellas Antología poética
LOS INDIOS
Brotaron de la tierra como un bosque.
Se esparcieron en todos los caminos.
Preguntaron al monte
si para ser su entraña
podían prender la llama
junto a la piedra pura.
Consultaron al árbol
pidiendo su madera
para tatuar en ella
sus manos como siglos.
En la escala insegura de los pájaros
bautizaron los ríos
y en la luna aprendieron
los espejos.
Mas no es este el recuerdo,
que otras cosas he visto
y otros grandes dolores
doblados en sus hombros.
El dolor de los indios
es un nudo que arraiga
tenaz como la zarza,
y vuelve a sumergirme
para extraer del fondo
el polen de una flor.
La visión primordial,
lirio apretado,
estaba entre sus carnes
viva y alta,
como un presagio
del secreto enterrado,
del coro solitario,
del diálogo encantado con el príncipe
de plumas y de agua.
Fue una mañana limpia.
La loma se vistió de púrpura y azul.
Quedaba en la pradera
un poco de ese sol de flauta y fiesta.
Después, en la cuesta rendida,
desfilando en el sueño,
la raíz en ascenso,
el monte hacia los montes,
me hablaron los cocuyos
de la embriaguez del crimen
en la carne inocente;
me hablaron del barranco
del molino sin agua
y de este corazón absorto
en la flauta encantada
por el príncipe de plumas y de agua.
Del libro Por todos los silencios (1958) en El telar de las estrellas Antología poética
ROSA MARÍA, LA GUERRILLERA
Con su nombre de flor y primavera
cayó sobre la tierra desterrada.
Ya son de las raíces su cintura
y su alto seno.
Segura, fiel, multiplicada,
nadie se atreve a interrumpir su sueño,
que hay un grave silencio en la montaña.
Murió como los ríos, lentamente,
tan lentamente como viene un hijo.
Gota a gota, la sangre fue buscando
las otras rosas que en la tierra crecen.
Los que vieron su rostro transparente
dicen haber oído el corazón del bosque
mientras un fuego desatado e impuro,
martillaba en el vientre de la noche.
Olvidaron la sed y el hambre,
el peligro y la fuga,
y un cinturón de suspirado aliento
ciñó a la capitana
en su barca de nada.
Cómplice del dolor
rasgó sus venas la mañana
y una lluvia tenaz hundió la espada
en el temblor del monte.
Yace su cabellera entre los musgos.
Ya su piel, relente vivo,
soporta el huracán
y sigue entre los suyos.
Semilla caminera,
guerrillera sedienta,
fortín, bandera, humus de la poesía,
la libertad te llama
¡con tu nombre de flor y primavera!
Del libro Por todos los silencios (1958) en El telar de las estrellas Antología poética
AFUERA, LAS ESTRELLAS
Afuera, las estrellas, las estatuas desnudas,
los perros vagabundos, la sombra de la luna.
Adentro, la amargura, la esclavitud, los muebles,
una mesa tendida y mucha hambre en el alma.
Afuera, la hermosura, la honradez de los árboles,
las manos de la tierra, la dulzura del aire.
Adentro, la mentira, como lámpara ciega,
ternura contenida sin darse a las palabras.
Afuera, la esperanza, los pobres con su frío,
la libertad del agua, las piedras y el rocío.
Adentro, la agonía, caracola medrosa
que devuelve en el polvo la estancia de las cosas.
Afuera, todo el júbilo que sueltan las praderas,
la gloria de los vientos, los amorosos pastos.
Adentro, la mesura esquelética y vana
que vierte sobre el vino una lágrima helada.
Afuera, las campanas, las nubes, los relojes
que suben con las horas a inaugurar las torres.
Adentro, la nostalgia de los tiempos inútiles
que ignoran la batalla del que siembra las rosas.
Afuera, todo el mundo, los mares, los navíos,
los brazos de los hombres crecidos como bosques.
Adentro, todo sombra que mutila los sueños,
muerte que va cayendo con los ojos abiertos.
Del libro Afuera, las estrellas (1961) en El telar de las estrellas Antología poética
TU CUERPO YACE ENTRE LA LUZ Y EL FUEGO
Al Ché Guevara
¿Qué siembra de relámpagos,
qué floración de rosas espaciales,
qué urgencias combatientes
rescatan tu mirada
y la agresiva ternura de tu frente?
Tu cuerpo yace entre la luz y el fuego,
y así amanece cargado de montañas,
de ciudades entre las multitudes
juntando las banderas rojas y endurecidas
con la obstinada sangre de los héroes.
Disperso y unitario tu corazón avanza
golpeando en cada aldea, llamando
a cada hombre, resolviendo preguntas,
empujando las naves y alistando los puertos.
Hermano grande por los sufrimientos,
hermano de los pueblos no vencidos,
escucha cómo suben las raíces del amor
y del odio librando la batalla;
mira cómo disparan las metrallas
invadiendo las selvas a pesar de tu hartazgo.
La jungla, el lodo, el cinturón de piedra,
no pudieron delante de tu pecho diestro
en la lidia con la misma muerte;
de repente uno tenía que ser, un solo golpe
y en un batir de vientos tu imagen
fue el clamor y el dolor del nuevo mundo,
de tu América india que jamás olvidará
tu nombre.
Cómo siguen tu rastro, cómo persiguen sombras,
la más inmensa sombra,
¡cómo te ven llegar a todas partes!
Cada día y cada noche tu rostro va creciendo,
gastándose en los campos, en las plazas y calles,
en los suburbios donde crece el hambre.
Exprimiéndose el alma y apretando los puños
te hablan de su miseria. Derritiendo palabras
se va formando el coro, coro de juventudes,
de hombres y mujeres, de niños
que están rompiendo muros
y derrotando condecoraciones pagadas
con la sangre de los trabajadores.
Pueblos americanos haciendo sus ejércitos
para seguir luchando todas las libertades,
que trabajan las noches y todas las auroras
para vengar el crimen y todas las auroras
para vengar el crimen que te segó la vida,
compañero infinito Ernesto Ché Guevara.
Del libro El mundo es una calle larga (1976) en El telar de las estrellas Antología poética
INVOCACIÓN A MIGUEL HERNÁNDEZ
Al cumplirse un año más de su muerte acaecida el 28 de marzo de 1942 y que, como la de Federico García Lorca, en la guerra civil española, llenó de indignación al mundo entero.
I
No es posible escribir Miguel Hernández
sin pensar en rebaños y tambores,
y en la lenta agonía de los jazmines
y en la roja derrota de los claveles.
No se puede llegar a los umbrales
de ese universo estremecido y solo
sin sentir que nos duele hasta el asombro
aunque su voz nos siga iluminando.
Con sus alas hendidas en la tierra,
en la tierra amorosa de las frentes,
vuelve en memoria de cansado vuelo
a combatir por el amor y el trigo.
Porque otra vez por entrelunas rotas
de viejos olivares sombríos
sus ojos se derrumban en condenas
que hacen llorar hasta los mismos ríos.
II
Con su gesto de hombre verdadero
y uniendo virilmente los costados
lo reconocen todos los pastores
y la guardia de honor de los trabajadores.
La bóveda nocturna que se gastó en su pecho
-torrencial de amarguras en albor de panales-
desborda al infinito el nardo de sus huesos
para orientar el paso de sostenida lumbre.
III
Guerrero de paz, soldado raso,
ya su luto es afrenta en los cuarteles
y su duelo es escarcha en los hierbales
donde el viento sacude la tristeza.
Ya en los apriscos de la serranía
vagan medrosos lluvias y cantares,
presencias clandestinas y señales
y uno que otro fusil de travesía.
Pasar sobre su sombra no es posible,
sería dejar de lado la esperanza.
Viva su sombra, aire de su grito,
mordedura de cárcel, desafío
a esa gran “libertad” de tiranía.
IV
Pero la lidia de la guerra sigue
afilando sus astas en el cielo.
Los ángeles de fuego la derraman,
tan inocentes como las palomas.
Solo nos queda el esplendor del rayo,
y el viento luchador, “Viento del pueblo”
oleaje de su mar, su mar adentro,
en su prisión de amor, más prisionero.
Del libro El mundo es una calle larga (1976) en El telar de las estrellas Antología poética
LOS NIÑOS EN EL EXILIO
¿Alguien piensa en nosotros?
¿En nuestros sueños,
en nuestro vuelo roto
y en ese andar
sin saber quién o quiénes
nos aguardan?
¿Quién se ha detenido
en el escalofrío de la madrugada
cuando nos arrancan del lecho
y una voz más alta
nos empuja hacia el umbral
y un gran silencio
cierra la casa, quedando al fondo
nuestros juguetes viejos?
Hay que estar livianos para el viaje.
Y el rincón en los patios,
y los amigos de la cuadra,
los pequeños vecinos se preguntarán:
¿qué mal viento los arrebató
al nublarse las últimas estrellas?
Todas las patrias tienen cielo,
un nombre: Vietnam, Chile, Colombia,
y un paisaje, un lugar
que nos parece más hermoso.
Qué será de nuestras cosas,
sin dueño conocido, algo que olvidamos:
un cuaderno borroso, un afiche,
un recuerdo.
Siempre hablan de los grandes,
de sus penas, sus trabajos, de tratados
que no alcanzamos a entender,
y nosotros ¿a quién nos quejaremos?
Mas hoy nos preguntamos:
¿los perseguidores tendrán niños?
¿Los bandidos tendrán niños?
Tal vez los entretengan
diciéndoles mentiras.
Pero nosotros
no vamos a quedarnos pequeñitos,
creceremos
y un día pisaremos la yerba,
la yerba que negará sus cuerpos
para que no se avergüencen, la luz,
el aire, ni el cielo de la patria
que empieza a ser canción,
nuestra canción,
como el pan y la paz
que buscamos por el mundo.
Del libro El mundo es una calle larga (1976) en El telar de las estrellas Antología poética
LOS OCULTOS DONES
Saber callar
en el instante mismo de la pena
cuando los labios -roto temblor-
entierran la palabra y el sollozo.
No recordar el nombre
de quien alguna vez
nos hizo daño.
Ignorar la mirada
que te empaña la hora
de un transparente día.
Dolerte de la bestia
pequeña y extraviada,
dolerte de su sed.
Abrirle espacio puro
al pájaro que equivocó su vuelo
y tropezó en tu espejo.
Escuchar a los niños
como si fueran viejos
y tomar sus palabras
con el gozo infantil
de un recodo lejano.
Saber llegar a tiempo
y colmar de esperanza
la ansiedad del que espera.
Entender las criaturas
sabiendo que sus gestos
son el lenguaje claro
que nos descubre el mundo
que llevamos dentro.
Del libro Memoria del viento (1987) en El telar de las estrellas Antología poética
EPITAFIO
In memoriam de Luis Carlos Pérez
Si este dolor
fuera de todos
amado mío
qué poco le tocaría
a mi corazón.
Pero la pena es mía
entera y sola.
¿Quién dirá
cuántas veces
se muere en la misma
agonía?
Cuántas veces se cae en la misma pregunta
¿Por qué Dios mío?
No valen los silencios
tampoco alivia el llanto.
Ruedan por los espacios
las almas y los rostros.
Del libro La ciudad entra en la noche (2001) en El telar de las estrellas Antología poética
TESTIMONIO
Y yo me iré y seguirán los pájaros cantando.
Juan Ramón Jiménez
Algo del mundo
se pegó a mi sombra.
A veces me devuelve y me conturba.
Temerosa me detengo en los umbrales
a ver los pasajeros.
Unos adustos, graves
con el perfil del tiempo.
Otros navegando en sus aguas oscuras
algunos plácidos y distantes.
Y los más, tripulación
desorientada y sola.
Me detengo
y un clamor toca mis sienes
como el polvo sumiso
por donde todos pasan.
Al otro lado de los sueños
anhelando la imposible belleza
de lo eterno y fugaz
como el juego del sol
sobre las olas.
Tantas cosas he visto.
Detrás de cada muro,
detrás de cada puerta.
La muerte desatada
y las pupilas niñas
cayendo sobre el mundo
que apenas palidece.
Vi el fuego voraz
asolando las praderas
en medio de la blancura
de los nardos y de las rosas
apacibles
en la misma corriente
que enrojecía el llanto
y la última palabra
si acaso hubo
la última palabra.
Del libro La tierra oscura (2003) en El telar de las estrellas Antología poética
TIERRADENTRO
De cordillera a cordillera,
de dolor a dolor,
de fronda oscura a flauta luminosa,
la tierra del olvido se levanta!
Esta tierra tiene genealogía:
la reparten los brazos de la historia,
historia americana,
brazos indios, seguidos
de encallecidos rifles.
Las flechas se quedaron
en silencio de siglos.
Viene a mí, Tierradentro!
como una flor sangrante,
se deshace debajo de mis plantas.
Nada puede evitarlo porque su aliento sube
de sus raíces y volcanes,
de sus ríos violentos,
de sus montañas verdes,
angustia vegetal
entre los muertos.
ahora como una pobre criatura
recostada en mi hombro,
viaja conmigo a todas partes.
El pueblo de los indios, colmena acribillada,
tuvo una pausa clara, un dios y una mañana.
Lo recuerdo a la sombra de sus inmensos árboles;
lo recuerdo, tranquilo, pastoreando sus bestias
y dándose a las cumbres en las flautas del viento.
Si mi pueblo era bueno, si sus chozas tuvieron
en sus muros y puertas ancladas mariposas;
si nada conocieron distinto a la bandera,
a la palabra patria y a la plegaria el día;
si su entusiasmo tuvo un color preferido,
fue el rojo de la sangre discurriendo
en el cauce de las venas profundas!
Por qué la noche cae
disgregando su nombre
y en cada encrucijada un relámpago sordo
apaga sus miradas?
Esta tierra tiene genealogía:
desde las piedras calcinadas,
desde los puestes con mortaja,
desde el refugio en los peñascos,
desde el pasado con sus bóveda,
los restos aborígenes atisban
en el albal la hora resurrecta!
Porque todos vendrán,
vendrán en torbellino,
hojas de árbol primario,
simiente recabada, a roturar
el suelo que ganó su batalla.
Vendrán limpios de sombra,
de las hogueras y los hornos
a la conquista verdadera.
Vendrán con sus aliados,
testigos entrañables:
El coloso que espera
revestido de nieve,
y el caudaloso Páez
que delineó su esfera
en el seno más puro
de nuestra grande América!
UN DÍA DE OCTUBRE
Vuelves con tu azul insistente
después de una mañana
intensamente triste.
Vuelves sobre mi ventana
como una niña loca
mirándose en la fuente.
Ya te ciñen las hojas
con su fugaz violeta
y los árboles sueñan
con su noche más blanca.
Los pájaros preparan
su emigración celeste.
Y yo que nada espero
de tu azul insistente,
precipito tus lluvias
y cierro la ventana!
EL AMOR
Invoco el amor
que nace en las calles
en las ciudades
en las plazas inagotables.
En los suburbios
en los antros sin sol
sin aire puro y sin espejos.
Me adentro en el corazón
de los temerosos, de los valientes
del impaciente creyendo en el sueño
con los ojos abiertos.
AMANECER
Como recién venida de los sueños
no puedo recordarme.
¿Soy nube, brizna atormentada
en la raíz del tiempo?
Oigo los ríos milenarios
y desciendo al abismo
o vuelvo a las montañas
de la infancia,
a los olores vegetales,
a la queja de los manantiales
donde abrevan las sombras
cuando entra la noche.
TUMBA RECIÉN ABIERTA
La abrieron para un niño;
el niño iba creciendo por el campo,
y tenía un caballo blanco,
un perro y una mariposa.
Salía por las mañanas
a conversar con su caballo,
a darle rosas en la mano
y yerbas, y rocío.
Salía con su perro a dejar en el musgo
su dulce mariposa y a ver pasar
las golondrinas, barcas del día,
corazones del aire y música pequeña
en las goteras de la tarde.
El niño iba a ser hombre
y contaría el número más grande:
tantas cosas cabían en sus ojos.
El universo y las semillas,
y la patria de las abejas
en la frontera de sus manos.
El niño tuvo miedo y se escondió
entre los helechos; llamó a su perro
y al caballo, su mariposa ya había muerto.
Pero el viento de la furia
se desató en su campanario
y nadie supo de su muerte;
solo la tierra, triste y buena,
le abrió la cuna de su vientre.
EL POEMA
Para que tú nacieras,
me sumergí en el fondo
donde habitan los gérmenes
que preparan el vuelo.
Antes que sea la flor,
tú ya lo sabes,
trabajan las raíces en la sombra.
Para encontrar tu forma
mis manos te buscaron en la tierra
y aprendí que la voz,
la verdadera voz,
puede ser una rama,
un hilo de agua pura
o simplemente la ternura humana.
Tu carne no es tan sólo de sueño,
ni de fibra retórica.
Podrías ser el hijo del pescador,
de la mujer que cose, llora o canta,
de la que alguna vez
se asomó a las estrellas
y sintió
que en el pecho le nacía una rosa.
Tú vienes del reino elemental
con su fertilidad clara y activa.
Tú vienes de las cosas humildes
y en tu afán de llegar
tus pulsos se detienen
en el rostro del mundo.
¿Es eso lo que quieres?
¿Ser el dulce registro,
nada más que el registro,
de lo que nace y muere?
Puede ser que tu mensaje sea pequeño
como el aroma del jazmín pequeño,
como el temblor del árbol solitario
que con sus ramas apacienta nidos,
o la gota de agua
que se bebió un lucero.
Antes de tu venida
quise que fueras música,
torrente desbordado en armonía,
pero al mundo le falta
la igualdad del reparto,
la armonía de los dones.
Dime:
¿Cuándo tocaste el aire,
no fue primero el ruido de cadenas?
¿Cuándo tu piel se hizo,
no fue primero el llanto?
¿Cuándo miraste el agua,
no fue la sed primero?
No puede ser distinta tu presencia
al mundo desigual,
sordo y oscuro.
Del libro "Los ríos han crecido"
RECIÉN VENIDOS
Las palabras se escapan
Pero el alma es tan cierta
Como la gota de agua
Que me sigue mirando.
El habla nos traspasa
Y la imagen trasciende
A lo desconocido.
Las paredes del mundo
Son muros de piedra que duelen.
Nos conturban los soles violentos;
El asombro, el milagro,
El murmullo, frontera
Que orienta los pasos
A la estancia de algún
Paraíso perdido.
Somos los recién venidos
Pulsando el recuerdo
En la hora implacable
Que se vuelve de espuma;
En el aire y en el pecho
Toma forma de largo camino.
Somos los recién venidos
Cultivando los sueños
Viendo correr el torrente de lluvias
Que maltrata las rosas
Desde la luz hasta el primer sollozo.
DESPUÉS DE LOS SUEÑOS
A la memoria de mi hijo Fernando
Pasado el medio día
lo elemental dobla las hojas
y los templos entran en la penumbra
de los ciegos.
El corazón muralla viva, asilo
del tormento se alista en ese
cotidiano esperar y sólo escucha
la soledad del viento.
El ruido es lento y descienden
los silbos de un tren imaginario
que va lejos sin carga
ni pasajero a bordo.
¿En dónde queda el cielo
cuando los sueños suben o dan su orilla
para llegar más alto a quien quiso
dormir con las estrellas?
Los que llegan nada preguntan
miran las puertas y los patios
y escuchan el gotear del techo
que inconsulto acogió la lluvia
mientras los sueños -anclaje
mar de leva- me guardan
cuanto dice a mi alma este fluir
amargo, este nada decir que sigue
mar adentro.
ALGO ME PERTENECE
No sé si la inocencia
si la nueva mirada
sobre mundo
o el lento andar
hasta llegar a su alma
Siento temor frente
a la herencia de los siglos
en una flauta o en una caña
rota o en una voz de niño.
No es misterio ni sueño
este desliz inclinado hacia
la hoja de papel perdida
en el follaje de nombres
y de sombras con aliento
de vivos o de muertos.
Algo me pertenece
y siempre hay un comienzo
en un gesto o en un loco
silencio.
Las letras se apasionan
y conmueven hasta el llanto
que huye por el vacío
hasta el alma distraída
que no acierta en el reparto
de claridades generosas
o contactos furtivos
que hacen temblar los huesos.
Algo me pertenece
cuando caen las hojas
en su agonía celeste.
LA FATALIDAD DE LAS PALABRAS
Vaga el pensamiento.
La fatalidad de las palabras
acompaña mis pasos
y un cielo plomizo responde
en procesión siniestra
los ecos del golpe
que se tragó la sombra.
Bebiéndose mi pena
un silencio de estrellas
sacude el árbol que toca
con sus ramas la onda crepuscular
y un sol que nace y muere
en el lomo perpetuo de la noche.
Del otro lado
donde algo respira
y cambia el aire
pasan y ruedan las palabras:
lámparas tenebrosas
en el tránsito azul
del humo que vuela y vuelve
al párpado inocente.
Nada dicen los sueños.
Nada preguntan
sin embargo el regreso fatal
de las palabras se anuda
al delirio y se exalta y abate
y se torna la mirada y la voz
en el desprendimiento de la hora.
Todo es insuficiente a la memoria;
los mil hijos de luz desperdiciada
tocan de pronto la rosa indiferente
en medio de las hojas que han caído
antes de la tormenta.
No hay primicia en el alba
cuando se vive largamente.
El minuto es oscuro
sin un lugar exacto;
y el día es la corriente
que borra las instancias
de la dulce fatiga
del amor y la muerte.
TAL VEZ ERA EL AMOR
¿En dónde está el amor?
¿Dónde su oído
esa antena sutil
que precisa el instante?
Tal vez se refugió
en las grutas
de donde vino un día
tal vez duerme o reposa
entre los socavones
para apagar su escalofrío.
Quizá levantó el vuelo
para sentirse cerca de la tierra
y retornar a todas las criaturas.
Dónde se ha ido que aún
el poema a pesar de su honda sonora
cae sobre los pies como una herida.
¿Dónde su primera sombra
la inocente y feliz
la que sostuvo el ángel
de la guarda en su lúdico empeño
por alcanzar la gracia del amor?
II
Esa subversiva presencia
que se resbala en un mundo
donde crece el furor
del desafío y el duelo
hundiendo al corazón
en la necia pregunta
que sacude los lechos
y les detiene el pulso
a quienes miran cómo
se vela el sol
y cómo blanquea el agua
debajo de la noche.
POEMAS INÉDITOS DE MATILDE ESPINOSA
NADA MÁS CIERTO
A Luis Carlos Pérez
In memoriam
Nada más cierto
que tu ausencia
y este incansable viento.
Revestido de sombras
el color de los días
se recoge en silencios
los tuyos y los míos
y toco tu pensamiento.
A veces se me quiebra
el mundo entre las manos
y oigo un clamor que se perfila en tu frente.
«¿Dónde caen las horas
sin el terror nocturno?»
La pregunta se pierde
y los goznes dolidos
de la puerta entreabierta
son pasos misteriosos
de este implacable viento.
Febrero 24/2004
2004
Con voz de fatiga
golpea la puerta.
Como si nunca se hubiera abierto.
Los sonidos se repiten multiformes
opacos y sombríos.
La cortina cae y el número y la luz
se despiertan y el infinito se da
en una rosa blanca que
amanece temblando.
¡Es tan pequeño el mundo!
«descolgado el corazón»
siguió llamando mas
todo confundido.
Creyó que el arrebol tardío
era el sol de mediodía
y la imprecisa claridad
la pupila de un dios
¡Que se recreaba en la lubricidad
de las estrellas!
Las corrientes humanas
plegadas o en desborde soportan
un aire soterrado que estropea
que fuera pasión o ardiente vuelo.
Se humedecen los ojos, los reflejos
se hunden y el pensamiento
va más lejos.
Llueven las sombras
con la velocidad
un río el mismo río que se levanta
limpia la encrucijada que se gasta
y que a veces nos duele en juego
con la herida.
Enero 16/2004
MULTITUDES
No por sonoro este brazo de mar
es más profundo. Sus violentas
espumas derretidas al sol
son el paso primario
de los vientos alisios
en cuyos nudos se enreda
el oro de los sueños, el amor,
la desnudez y la esperanza
de un nuevo amanecer.
Nada detiene este andar
de animal recién venido
a la invasión que sólo se deshoja
cuando sorprende el rayo.
No hay memoria feliz
para el que ingresa al
poder uniforme
que derriba las alas y marchita
el rosal para quien ama y sueña.
II
Valga la soledad
cuando despunta el alba
o se inclina
para besar la noche.
El mensaje transita y no
es de multitudes
su esencia, su intención, su delirio
sólo por un instante
o por una eternidad.
Febrero 15/2004
UNA VOZ
No era una queja
tampoco la voz del caracol
en su playa desierta.
Ni el paso de la bestia
por un peñasco oscuro.
Era el presagio que florecía
los ecos y la ráfaga azul
de un juego niño.
Era una voz sin fondo
aérea como el canto.
Si volviera a escucharla
entendería mejor el sesgo
de una voz sorprendida
en la noche.
(De La Tierra Oscura)
HACIA LA TARDE
Al poeta Winston Morales Chavarro
Un desteñido sol
Recorre conmigo las estancias
Que ya no tienen nombre;
Los pasadizos vueltos hacia la tarde
Solos como los nacimientos
Y ausentes como un grito.
Emergen parecidos distantes
Bajo el ardor de las cenizas.
Se conmueven las frondas
Arrebatadas por los vientos
Sin destino como los sueños.
Lastiman los escombros
De las primaveras enterradas
Y el gemir de los volcanes
En su incandescente agonía.
Y al fondo la esperanza
Medusa desgarrada en busca
De otro mar y otra orilla
Pulsando las arenas
En esta navegación de los olvidos.
UN DÍA SIN NOMBRE
¿En qué momento, amor,
se oscureció tu calle
y tu casa fue el blanco
de la sombra?
Una ola de polvo
Lloroso y amargo
Se estableció en la hora.
Desde entonces el tiempo
Madeja silenciosa
Va corriendo sus hilos
Para la dura tela
Que defiende mis lunas
Secretas.
Lentos trascienden los días
A donde sólo llega
El temblor de la luz
En el vacío.
UN DÍA
Un día se borrará el paisaje,
se apagará la luz para mis ojos,
Debajo de la tierra, de la fría tierra,
buscaré otras raíces,
tal vez las venas de un amigo,
tal vez la sangre combatida
de alguién que amé el respirar la brisa
o al mirar el cielo
de promesas inocentes
el cielo pesado de las lluvias,
o de las nubes, sudário de los pájaros.
Un día, quizá
de las campanas luminosas,
alguien dirá cómo se escribe
el nombre de una mujer
que fue un poco, sólo un poco
de ternura dispersa,
de ala clamorosa
pidiendo ser no más viento que pasa
MI SOMBRA
Como si
un viento grande agitara sus ramas,
mi sombra
es lo mejor que va conmigo.
Es mi
segundo juego
lo mismo
que el payaso
batiendo
su cabeza contra el suelo.
Mi sombra
es casi hermosa
en las
primeras horas cuando el sol
igual que
una joven
alta,
delgada y fina nos cautiva.
Mi sombra
es una abuela vacilante,
nada tal
vez cuando la noche llega.
DISTANCIAS
A Luis Rafael Gálvez
I
No vengo de los hondos valles
Ni de las playas sonoras.
Vengo de las montañas azules
Y de las espumas violentas
De un poderoso río.
Eso me cuentan quienes volvieron
A esa tierra mía y vivieron
El ayer que se inclina en mi cuerpo
Bajo un sol desvanecido.
Me tropiezo y las horas
Se alargan inútiles y solas.
No hablo de la soledad
De los balcones ni de los aires
De los salones vacíos
Sino de las voces
Y movimientos de quienes
Ya pasaron opacos o brillantes.
II
Tanto mundo girando en derredor del mundo
Alguien llega, alguien
Se marcha. Otros amanecen
Cantando, soñando con amantes
Que hace tiempo murieron
Y apenas les dejaron
Una herida sangrando.
Más allá de las montañas azules
Otros cielos he visto
Y otras nubes rodando silenciosas
O precipitándose en bolas de fuego
Como en las pinturas infernales.
Mis manos tocaron ruidosas sedas
Que pertenecieron a figuras
Imperiales y me vi en los espejos
Por donde pasaron imágenes de reinas
Y reyes —tan mentira— como el oro
Del marco donde cruje el tiempo
Al mínimo soplo del viento.
(Uno de tantos días, 2006)
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

