120. Poesía más Poesía: Trina Mercader

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TRINA MERCADER

BIOGRAFÍA

Trinidad Sánchez Mercader, conocida en el mundo de la poesía y de las revistas literarias como Trina Mercader, nació en Alicante en 1919. Trina era hija de Jenaro Sánchez Samper, militar, natural de Pilar de la Horadada, y de Trinidad Mercader Mateo, de Torrevieja, lugar en donde contrajeron matrimonio en 1916. Aunque nació en 1919 en Alicante, al estar allí destinado su padre como brigada del Regimiento de Infantería «La Princesa» número 4 de Benalúa, se consideraba torrevejense. Quedó huérfana de padre a la edad de 11 años, en 1930, yendo junto con su madre a vivir a Torrevieja, donde tuvieron que sostenerse con la pensión mensual de viudedad que no llegaba a las 84 pesetas.


La posguerra le trajo necesidades y penurias; una situación difícil para todos, pero especialmente para una joven dinámica que tenía una natural ambición de llegar a ser una periodista «libre», por lo que Torrevieja se le quedó pequeña, marchándose junto con su madre a Larache, al noroeste de Marruecos, en 1940.
Allí fueron a vivir con una prima hermana de Trina, María López Mercader y su familia, donde vivían en una misma vivienda.
Consiguió un puesto de trabajo en la Junta Municipal de Larache. En aquella ciudad tan provinciana y con escasa actividad cultural, Trina decide iniciar su espacio cultural impulsando la comunicación con escritores marroquíes y con otros poetas españoles. Esta búsqueda de contactos y la relación con otras revistas literarias será el motor que impulse su propia actividad creadora.

Casa donde Trina vivía en Larache.


Su formación desde el comienzo fue autodidacta. Mucho tuvieron que ver las relaciones con intelectuales de la zona del Protectorado Español en Marruecos, como Cesáreo Rodríguez Aguilera y Jacinto López Gorgé.
Trina vivió su particular pasión literaria en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX en la llamada Zona del Protectorado español de Marruecos y dejó una significativa contribución, hoy prácticamente olvidada.
Una grave enfermedad cutánea la hizo refugiarse en su trabajo, sobre todo tras un desengaño amoroso, el único amor conocido de Trina. Dicen que fue una mujer que necesitó estar siempre activa.

“Quien no tuvo más agua que la sed, a sed se aviene”

Trina y unos colaboradores

En Tetuán publicó su primer poemario con el seudónimo de Tímida «Pequeños poemas» (1944). Es a partir de entonces cuando toma como escritora el nombre de Trina Mercader, desapareciendo su primer apellido, surgiendo de entre los «poetas hispano-marroquíes», como se les conocía en la Península.

En aquella época conoció, entre otros, a la escritora Dora Bacaicoa y a Vicente Alexandre, poeta de la generación del 27. De vuelta a Larache, impulsó la salida de «Al-Motamid – Versos y prosa», publicada entre 1947 y 1956, de la que fue directora; revista literaria bilingüe que se convirtió en un espacio de libertad.

Centró su vida en Marruecos, escribiendo también en la colección de poesía «Itimad», donde publicó su segundo poemario «Tiempo a salvo» (1956), dedicado de manera póstuma a su padre.

LA REVISTA

Al-Motamid Verso y prosa, fue la primera publicación bilingüe árabe-español.
La revista, tal como refleja su nombre, está inspirada en el Rey poeta Al-Motamid- Ibn Abbad, rey de Sevilla, hijo del rey y poeta AlMotadid bi Lah.
No sólo levantaron los Banu Abbad, merced a su espíritu emprendedor y a su valor guerrero, el poder de su reino a una altura que sobresalía entre la de los otros estados contemporáneos de la península, sino que, como valedores de la ciencia y de la poesía, hicieron de su corte un centro de reunión de sabios y de poetas, con el cual apenas compite en esplendor el que hubo en Córdoba en el más glorioso período del califato. Aún hay más: un individuo de esta dinastía, al-Mutamid, ocupa un distinguidísimo lugar entre los poetas árabes, y por su extraño destino, y por la trágica caída en que arrastró a todos los suyos, aparece como un héroe digno de la poesía.
Un poema de Al-Mutadid en elogio de la ciudad de Silves:


Saluda a Silves, amigo,
y pregúntale si guarda
recuerdo de mi cariño
en sus amenas moradas.
Y saluda, sobre todo,
de Sarayib el alcázar,
con sus leones de mármol,
con sus hermosuras cándidas.
¡Cuántas noches pasé allí
al lado de una muchacha
de esbelto y airoso talle,
de firmes caderas anchas!
¡Cuántas mujeres hirieron
allí de amores mi alma,
siendo cual flechas agudas
sus dulcísimas miradas!
¡Y cuántas noches también
pasé a la orilla del agua,
con la linda cantadora,
en la vega solitaria!
Un brazalete de oro
en su brazo fulguraba,
como en la esfera del cielo
La luna creciente y clara.
ebrio de amor me ponían,
ya sus mágicas palabras,
ya su sonrisa, ya el vino,
ya los besos que me daba.
Luego solía cantarme,
haciendo a los besos pausa,
algún cántico guerrero
al compás de mi guitarra;
y mi corazón entonces
de entusiasmo palpitaba,
como si oyese en las lides
el resonar de las armas.
Pero mi mayor deleite
era cuando desnudaba
la flotante vestidura,
y como flexible rama
de sauce, me descubría
su beldad, rosa temprana,
que rompe el broche celoso
y ostenta toda su gala.


Al-Mutamid, rey taifa de Sevilla, quien reinó de 1069 a 1090. El rey poeta, el rey culto al que todos los sevillanos querían y que se iría a enamorar de una esclava.
Paseaban una tarde el rey Al-Mutamid y su gran amigo y mano derecha, Aben Amar. Contemplaba el rey la belleza del río impresionado por el aspecto que le imprimía el viento. Se sintió inspirado y recitó unos versos con la intención de que Aben Amar los continuara:

«La brisa convierte al río
en una cota de malla.»

Continuaron su paseo mientras Aben Amar trataba de responder con otros versos, pero su mente estaba en blanco y las palabras eran incapaces de salir de su boca. Al-Mutamid insistió volviendo a repetir la misma frase:

«La brisa convierte al río
en una cota de malla.»

En ese instante escucharon una voz femenina que venía de sus espaldas y que respondía con presteza y elocuencia a las palabras del rey taifa:

«Mejor cota no se halla
como la congele el frío.»

Al Mutamid se quedó sorprendido y sintió un auténtico flechazo por esa chiquilla que marchaba descalza acompañando a su burro. Le ordenó a Aben Amar que la siguiera, que la encontrara y que la trajera a palacio para tomarla como esposa.
Aben Amar la siguió y descubrió que esta bella joven se llamaba Itimad, aunque tenía el sobrenombre de Romaiquía porque era la esclava de un hacedor de tejas de Triana llamado Romaiq.
Aben Amar negoció la compra de Itimad con Romaiq pero este se la regaló al rey aduciendo que era una chica perezosa y soñadora y no hacía bien su trabajo.
Tras llegar a palacio, Itimad cayó enamorada de Al-Mutamid del mismo modo en que éste se enamoró de ella. Fue un amor desmedido, romántico y apasionado. Ambos compartían el gusto por la poesía y las letras y Al-Mutamid no tomó a ninguna otra esposa, aun permitiéndoselo su religión.
Era también conocido lo complaciente que era el rey con Itimad. Cuenta la leyenda que un día él encontró llorando a su esposa y al preguntarle qué le pasaba esta contestó que echaba mucho de menos el tacto del barro que usaba para hacer las tejas en el taller de Romaiq.
El rey no se lo pensó dos veces y, a la mañana siguiente, llenó uno de los patios de su palacio musulmán con una gran cantidad de barro y una mezcla de especias (almizcle, clavo, etc.) que le daban un olor irresistible. Itimad pasó todo el día jugando con sus sirvientas y riendo como una niña.
En otra ocasión, ella quería ver la nieve, algo complicado en Sevilla, pero el rey estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por complacer a su esposa, de manera que ordenó que se plantasen almendros para que cuando florecieran, pareciese un paisaje nevado.
Pero, como ocurre siempre, lo bueno se acaba. El fin del reinado de Al-Mutamid tuvo lugar cuando, sintiéndose amenazado por la expansión del Alfonso VI de León, pide ayuda a los almorávides, quienes no sólo combatirían a los cristianos sino que irían conquistando los distintos reinos taifas.
El emir Yusuf gobernó en las ciudades de Al Andalus y desterró a Al-Mutamid y a su esposa Itimad a Agmat en las inmediaciones de Marrakech.
Dice también la memoria popular que mientras navegaban el río Guadalquivir, Al Mutamid e Itimad eran despedidos entre lágrimas por los sevillanos.
En su destierro vivieron en la pobreza a la que la Romaiquía estuvo acostumbrada en su juventud, pero la llama de su amor nunca se apagó.
Trina Mercader no sólo utiliza el nombre de Al-Motamid para titular su revista, hecho extremadamente significativo en sí mismo, sino que, además, en su práctica poética dedica varias composiciones a Itimad y a Al-Motamid con las que consolida un proyecto más amplio dedicado a la poesía oriental.


Si buscamos las razones que impulsaron el nacimiento de la revista no vamos a encontrar mejores palabras que la de la propia fundadora que explica en la presentación de la misma: “Los elementos primarios que impulsan al poeta, están en cualquier parte de la Tierra, porque son la Tierra misma puesta a mirar el cielo.
Nuestro Marruecos posee una juventud lírica española y marroquí que ve, siente y hace la poesía junto al sentimiento árabe. Este sentimiento se une a lo hispano y lo poético, hasta dar forma a una nueva modalidad de espíritu: lo hispano-marroquí.
De ella nace una ambición: encauzar esta precisión inquieta ya que la poesía, por ser universal, es el camino más fácil y seguro de la unión humana duradera, en un gesto exacto y decidido; tener un lugar en el espacio y en el tiempo actuales y, sobre todo, ser desde este cuaderno, motivo de aproximación.
Aparece bajo la advocación de AL-MOTAMID, como homenaje al pueblo hermano, con impulsos de sincera cordialidad, y abre sus páginas a España en ofrenda de su ultima inquietud, esperando que su propósito sea bien acogido y alentado.

Se publica con muchas dificultades.

Antes de sacar el primer número ella cuenta en la correspondencia con otros poetas, como Jacinto López Gorgé o los del grupo de Melilla, que tarda dos años en poder hacerlo.
La revista pasó por dos épocas muy distintas, la primera y durante la cual salieron la mayor parte de los números (24) duró entre 1947 y 1952 su publicaba en Larache, y la segunda duró tres años (1953-1956) impresas en Tetuán sacando a la luz a nueve números.
Las revistas poéticas españolas en Marruecos jugaron un papel primordial en acercar el pensamiento español al marroquí y acabar con la idea que reinaba en la península de que Marruecos era un país salvaje, carente de toda cultura, mientras la realidad decía lo contrario, porque en este país norte africano había poetas, escritores, historiadores, intelectuales con un gusto muy refinado y una cultura arraigada en la historia.
Participan en ella poetas árabes, se traducen textos clásicos y coetáneos, e incluso llegan a participar poetas muy conocidos españoles y otros menos populares. Llega a tener correspondencia y a publicar poemas de Vicente Aleixandre y Juan Ramón Jiménez.

El consejo de dirección lo formaban, bajo la dirección de Trina, Jacinto López Gorgé, Pío Gómez Nisa, Eladio Sos y Juan Guerrero Zamora.

A lo largo de sus treinta y tres número y sus diez años de existencia, en la revista colaboraron –a demás de los poetas del Grupo Melilla- colaboradores marroquíes como el historiador Mohammad Ben Azuz, los poetas Mohammad Sabbag, Sidi AbdelahGeunun, DrisDiuri, DrisBoannani, y Ahmes Bakali –que a demás de colaborar jugaron un papel importante en la traducción- y españoles como Luis López Anglada, Alonso Alcalde, y Carmen Conde. Es importante señalar aquí que una revista poética dirigida por una mujer pueda sobrevivir durante tantos años y en una época donde reinaba la censura es una hazaña.
La investigadora Sonia Fernández Hoyos destaca que durante los años en los que publica su revista, que son bastantes, mantiene una correspondencia impresionante con los representantes del mundo poético español, desde Carmen Conde como mujer más señalada a Vicente Aleixandre. Publica a los representantes de la poesía más importantes, hombres y mujeres, del momento. Y sin embargo, ella, que mantiene esa correspondencia y es conocida, en las historias literarias de la época no aparece, como tampoco aparecen otras mujeres. Hasta hace poco no conocimos a las mujeres del 27 o sólo las conocíamos porque eran las parejas de los otros poetas que sí se incluían en las antologías y las historias.


De casi todos estos poetas habló Vicente Aleixandre en su famosa Carta Marroquí dirigida a Trina Mercader tras su visita a Tetuán y que se publicó en la revista junto a su traducción al árabe. Esta carta es un reconocimiento al esfuerzo y a la calidad literaria que alcanzó Al-Motamid y acabó definitivamente con las críticas sobre la calidad de colaboradores o de contenido.

Dora Bacaicoa, Vicente Aleixandre y Trina Mercader. Homenaje a Vicente Aleixandre en Tetuán, 1953.

Una de sus relaciones era otra figura del hispanismo marroquí: la señora Amina al-Loh, esposa que fue del poeta Ibrahim al-Ilgui. Citaremos una carta de Trina fechada en Almería, el 23 de agosto de 1955:

“Mi querida Amina: Mi carta cumple la promesa que te hice. Aquí estoy contigo, ahora que recibo, ¡por fin! el nº 31 de al Motamid. Ha sido una alegría tan grande, que casi se me han salido las lágrimas.
Creo que ha quedado muy bonito. Tu colaboración, en español, ha quedado limpia y cuidada. La parte árabe la encuentro muy bien, sobre todo teniendo en cuenta el poquísimo tiempo que tuvimos para hacerla.
Ya verás como el próximo nº 32 queda más completo, como tú querías. Porque continuarás haciéndolo, ¿verdad? ¡Me da tanto miedo de que te canses!
Ahora ya estoy más morena. Voy a la playa, paseo, trabajo. Estoy recogiendo notas sobre Celia Viñas, como te dije. Fue una mujer extraordinaria. Toda Almería la quiere, la recuerda, la llora. Yo estoy viviendo estos días entre sus cosas. El viaje se lo prometí cuando aún vivía. Si me ve desde el cielo, sonreirá contenta de mi amistad.
¿Qué haces tú? ¿Sigues tan guapa? Te recuerdo con tu pelo negro hacia atrás, con tu perfil andaluz. Aquí, las muchachas llevan flores, jazmines, nardos, en el pelo negro. Los ojos son negros, profundos como los pozos de agua amarga. Son serios y callados. El paisaje se parece mucho al Rif, en donde sólo crece un árbol, y la tierra tiene sed de lluvia.
¿Te han entregado algún nº 31? Ya dije en la Imprenta que te mandasen varios. Pídeselos tú misma allí. O a Pío Gómez Nisa (…) en el Diario África.
Bueno, querida Amina, te voy a dejar. ¿Entiendes mi letra? Saluda cariñosamente a tu marido, a tu familia (!aún recuerdo aquella larga tarde de visitas!). Ya sabes que te quiero de verdad, y te abrazo con el corazón.
!Adiós! Trina”.

Primeras cartas de Trina Mercader, las dirigidas a su amiga y colaboradora Amina Loh en agosto de 1955 ( por gentileza de Fernando de Ágreda).

La poeta Carmen Conde con el título, tan expresivo, de “Reafirmación” dedicaba su mejor elogio a la directora y a su empresa desde Madrid con estas palabras: “Al-Motamid y sus poetas son una realidad transida de ensueño. Cuando llega a mis manos, que la esperan siempre, yo conecto con lo mejor de mis años, cuando estaba aprendiendo a soñar para que después no me pesara tanto la vida encima…Y es una mujer, precisamente una mujer, para que yo me sienta más solidaria si cabe de su obra, la que hace posible el milagro Al-Motamid. Una mujer joven, animosa, llena de ilusión, que todo se lo sacrifica a que su Revista sea ya la Revista de una vasto plantel de poetas marroquíes, en cuya lengua estoy deseando hablar para mejor entenderme con ellos, fuera del lenguaje universal de la poesía que a todos nos es común patria…Si además de todo eso, cuando viene me trae – nos trae a todos los peninsulares – la constancia de una fe, de un tesón, de una generosidad sin límites, sólo podemos dar a cambio de su riqueza a Al-Motamid, un firme amor y una amistad inalterable”.

López Gorgé, Trina y Sabbag

En Tetuán Trina publica Tiempo a salvo, y allí también donde continúa su labor de editora con la colección de libros Itimad, en la que vieron la luz obras de conocidos escritores y críticos.
Otro logro de Al-Motamid fue la colaboración de los principales arabistas españoles encabezados por Emilio García Gómez , Ángel González Palencia, Fernando de la Granja, Soledad Gibert, José Mª Casciaro y Enrique Perpiñá. Es referida la amistad que unió a Trina y al “joven arabista” Pedro Martínez Montávez, del que editó su interesante libro sobre los poetas siro-libaneses en versión bilingüe, dentro de la colección Itimad. Trina se refirió también al conocido escritor Ahmad al-Baqqali, del que esperaba publicar un próximo poemario que no pudo llevar a cabo finalmente…tanto era su afán por dar a conocer lo mejor de la poesía marroquí…

Miguel Tarradell, arqueólogo, catedrático de la Universidad de Valencia y exdirector del Servicio de Arqueología de Tetuán cuenta a la investigadora Paloma Fernández Gomá: “Viví de cerca el vacío de su aventura, que era mayor de lo que ella, con su ilusión, era capaz de darse cuenta. Era admirable su ilusión, que prácticamente no compartía, digamos, nadie. En el ambiente mortecino, sub-provinciano de Larache, lanzar una revista de poesía era de un heroísmo inaudito. Buena parte de los poetas españoles colaboraban, simplemente, porque era una manera de publicar sus textos. Los marroquíes eran reticentes, porque si entonces la palabra “colonialismo” era poco divulgada, el concepto si. Yo procuraba callarle lo que veía para no cortar su ilusión, pero era consciente del vacío en el que se movía su idea inicial, a pesar de su tesón.
Si ahora se lo confieso a usted es para que en su trabajo insinúe el problema de su soledad – que a mi me impresionaba – y valore al máximo de lo que tuvo de aventura noblemente quijotesca. Todo lo que indique en este sentido será poco, y se lo digo como un testimonio directo de aquellos años.”

La huella de Marruecos en la vida y la obra de Trina Mercader nos la describía ella misma en su autopresentación del libro Tiempo a salvo: “Mi primer nacimiento, en Alicante. El segundo, en Larache. Mi biografía debería titularse “Historia de una revista”. Porque una revista -Al-Motamid- es la que centra y orienta mi vida en Marruecos. Y subrayaba tantos hallazgos de aquella experiencia: los poetas marroquíes y las versiones bilingües de nuestra poesía; hallazgo de los más jóvenes arabistas españoles … “. “El proyecto -diría la propia Trina- se lleva a cabo con una pobreza de medios que contrasta con la ambición que lo mueve.

Tras un breve traslado a la antigua Villa Sanjurjo, en 1951, pasó a vivir a Tetuán. En 1956, con la independencia del territorio marroquí, se produjo el primer éxodo en la zona norte de Marruecos, y Trina, que era funcionaria de la zona del Protectorado y tenía que pedir un nuevo destino, pregunta qué ciudad es la más parecida a Larache o Tetuán y le dicen que Granada, la población que tiene la impronta más parecida a este sitio donde pasó tantos años. La destinaron a Granada y llega allí para ocuparse del archivo de la ciudad.
Entra en contacto con el mundo poético granadino, con la poeta Elena Martín Vivaldi, que era además bibliotecaria en la universidad, y en el círculo de escritores en el que estaban la propia Martín Vivaldi, Antonio Carvajal, Rafael Guillen… es decir, una serie de poetas con los que mantiene mucho contacto, muy buen trato. Y sí, ella siguió escribiendo. De hecho, el segundo poemario Sonetos ascéticos, se publica en 1971 en la colección El Bardo.

Respecto a los poemarios decía el poeta Miguel Fernández, que se fundamentan en un triple eje: vida, muerte y divinidad, que aparecen en ambos. Era una gran lectora de poesía clásica y coetánea a su época y tenía como referentes a Federico García Lorca, en primer lugar, y luego estaba muy cerca también de los poetas místicos del Siglo de Oro español y de la tradición de ese periodo.

SUS LIBROS

Sólo publicó tres libros: Pequeños poemas con el pseudónimo de Tímida “Tímida” es además el anagrama de Itimad, que era la mujer de Al-Motamid -así se titula su revista-, a quien se conoce como El Rey poeta de Sevilla. Es un juego de palabras, una de las obsesiones de Trina Mercader. Luego publicará Tiempo a salvo (1956) y Sonetos ascéticos (1971).
Una escritora de la que se ha dicho que posee una “sosegada voz, de fácil expresividad retórica y de contenida pasión en su palabra” y representa “una de las voces más sencillas, más limpias y claras de la actual poesía femenina” (López Anglada, 1965).
Para la investigadora Sonia Fernández Hoyos la obra de Trina Mercader conoce dos momentos que cabe considerar como dos etapas dentro de un complejo y forzosamente inacabado proceso de búsqueda de la propia identidad. Estas dos etapas no son estrictamente sucesivas, de forma que las preocupaciones religiosas y existenciales de la segunda ya son detectables en algunos poemas de la primera. La búsqueda del otro, concretado en la realidad humana y poética norteafricana, determina el grueso de su primera producción literaria. La indagación en las raíces de la propia identidad ocupa, a partir de los comienzos de los años cincuenta, el centro de su poesía.
El corpus poético de Trina Mercader es relativamente breve, en el bosquejo autobiográfico que escribió Trina Mercader para la antología de Carmen Conde, leemos: “Ningún libro publicado hasta la fecha. Tengo casi terminado uno: Mundo a salvo. He colaborado en casi todas las revistas de poesía de España y de la Zona del Protectorado español, así como en las de los países árabes. He sido traducida al árabe. Preparo una colección de libros de poesía y literatura hispanomarroquí”.
Buena parte de su obra continúa todavía inédita.


El poeta granadino Rafael Guillén relata a la investigadora Paloma Fernández Gomá: “Trina alcanzó una altura en su poesía, depurada y ascética, que aún no se le ha reconocido. Sabía conjugar su profunda espiritualidad y sentido religioso de la vida con una extrema sensibilidad en el contacto con la naturaleza, en su relación con las cosas materiales y en su entorno afectivo. Profesaba la humildad conscientemente, como tratando de ocultar una valía y un brillo del que se sabía poseedora. Y en la expresión poética de sus afanes y sentimientos, trabajaba la palabra con dedicación y maestría.
Cuando en este final de siglo gran parte de la poesía se ha degradado por falta de valores humanos en su contenido y por dejadez y vulgaridad en su expresión, es un consuelo y un deleite releer la obra de Trina Mercader y sentir el orgullo de haber gozado de su amistad que, desde la perspectiva de su muerte, vemos que nunca pudimos llegar a corresponder lo bastante”.


Trina Mercader viajó a Madrid, en mayo de 1980, invitada por el Instituto Hispano-Árabe de Cultura para hablar de sus vivencias en Marruecos y, especialmente, de sus publicaciones y del significado de las mismas. El título de su conferencia fue precisamente “Al-Motamid e Itimad: una experiencia de convivencia cultural en Marruecos”. Un resumen de la misma, lo principal de su contenido, se publicó en la Revista de Información de la Comisión Española de Cooperación con la UNESCO, número 25, enero-marzo de 1981.


Murió en Granada el 18 de abril de 1984, Miércoles Santo, en el Hospital Clínico de San Cecilio, desde donde partió la conducción del cadáver hasta la ermita de San Isidro, donde le fue rezado un responso, recibiendo sepultura en el Cementerio de San José.

Decidió legar todo lo que ella poseía a la «familia granadina» que la cuidó con tanto cariño, durante tantos años.

Dejó un extenso fondo documental, diversos manuscritos y otros documentos personales: veinticinco cajas que se custodian en la Fundación Jorge Guillén. La serie documental más importante es la correspondencia entre ella con el escritor alicantino Jacinto López Gorgé, con la poetisa cartagenera Carmen Conde, con la escritora argentina Luzmaría Jiménez Faro, etcétera (14 cajas). Respecto a los manuscritos que se conservan (9 cajas), la mitad de ellos pertenecen a distintos autores que colaboraban en la revista Al-Motamid, fundamentalmente. El resto pertenecen a Trina Mercader. También se conservan fotografías de la autora y otra documentación personal, como acreditaciones, pasaportes, etc. Completa la documentación una caja con recortes de prensa.

Trina Mercader y Fernando de Ágreda en Madrid

Llega por fin este homenaje que te alcanza,
Trina, tan merecido
Tenía que ser en el 2003,
Tres homenajes, tres (por lo menos)
A Trina, que es símbolo de PAZ,
Mensajera siempre en busca de confraternidad.
Estamos de fiesta pues,
Su cumpleaños, este homenaje,
¡Qué dulce mensaje para ella¡
Que tanto disfrutaba de reunir a los amigos
Y hablar de poesía.
Tenía que ser en el 2003…
Ella está entre nosotros
Y simplemente dice: ¡GRACIAS!
Y adiós.

Madrid, 18 de Marzo de 2003, en el casi aniversario de Trina Mercader
Fernando de ÁGREDA

Homenaje a Trina en la Biblioteca del Instituto Cervantes de Tánger( 2003).

Nos despedimos con este verso de Trina:

“Que un alba salve lo que a salvo quede”.

FUENTES CONSULTADAS:

  • https://sergiobarce.blog/2013/01/16/trina-mercader-vista-por-la-escritora-larachense-alicia-gonzalez-diaz/
  • http://www.fundacionjorgeguillen.com/fondo-documental.php?id=000000002D
  • https://www.poesco.es/fichas-biobibliograficas/item/45-trina-mercader-alicante-1919-granada-1984.html
  • https://www.casa-mediterraneo.es/sonia-fernandez-trina-mercader-es-una-escritora-digna-de-ser-recordada/
  • http://internatural.blogspot.com/2015/02/tres-poemas-de-trina-mercader-alicante.html
  • https://majadahondamagazin.es/desde-majadahonda-carmen-conde-trina-mercader-al-fondo-valente-marruecos-83796
  • https://www.informacion.es/opinion/2020/02/29/trina-sanchez-mercader-poetisa-olvidada-4831177.html
  • http://institucional.us.es/revistas/philologia/14_2/art_6.pdf
  • https://ws147.juntadeandalucia.es/obraspublicasyvivienda/publicaciones/04%20COOPERACION%20INTERNACIONAL/larache_a_traves_de_los_textos/larache_traves_textos.pdf
  • http://ab.dip-caceres.org/export/sites/default/comun/galerias/galeriaDescargas/archivo-y-biblioteca-de-la-diputacion/Alcantara/01-093-095-alc/01-093-095-030-Poesxa.pdf
  • http://franciscoacuyo.blogspot.com/2011/01/trina-mercader-en-su-hemisferio.html
  • http://princesanadie.blogspot.com/2010/06/la-poesia-de-trina-mercader.html
  • http://palomafernandezgoma.blogspot.com/p/trina-mercader.html
  • http://www.hispanista.com.br/artigos%20autores%20e%20pdfs/524.pdf
  • http://institucional.us.es/revistas/philologia/14_2/art_6.pdf
  • file:///K:/REVISTAS/POESIA%20MAS%20POESIA/120%20TRINA%20MERCADER/1463-2328-1-PB.pdf
  • https://www.poetamiguelfernandez.es/archivo/caja-07/16.02%20AL-MOTAMID,VRESO%20Y%20PROSA,LARACHE,NUM%208,1947.pdf
  • http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:signa-2008-17-1113/Documento.pdf

BIBLIOGRAFÍA:

  • 1944— Pequeños poemas
  • 1956— Tiempo a salvo, Tetuán, Al-Motamid (Itimad; 3).
  • 1971— Sonetos ascéticos, precedidos por textos de Antonio Carvajal y Federico García de Pruneda, Barcelona, Saturno (El Bardo).

POEMAS

Vuelvo hacia mí

Vuelvo hacia mí. Regreso.
Vengo
de donde nunca quisiera ir,
de donde dicen que debiera estar:
donde están todos.

Pero allí nunca hay nadie.
Y entro. Y voy a mí,
donde estoy siempre, aunque me llamen;
aunque quiera salir; aunque me obliguen.
(Oh, no. Quédate. Y sigo.
Y allí están mis paisajes,
mis labios, mis palabras.
Y mi yerba o prodigio).

Pero vuelven.
Inesperados, vuelven.
Y estallan con su voz de estornino.
Y derriban mis labios.
Y abortan mi prodigio de yerba.

Y van cerrando párpados, postigos.
Y vienen.
Interminables vienen.

Y otra vez las palabras adultas
-esas que nunca entiendo-

me atormentan, convergen.
Y me llevan
donde nunca quisiera ir:
donde están todos.
Allí donde no hay nadie.

Por eso
-camino hacia mí misma
no me busquéis- regreso.

Tranquilizaos

Tranquilizaos. Miradme.
He dado a mi silencio siete vueltas de llave.

Verdugo de mí misma, con mi propia violencia
voy cercenando el tallo de mi sangre;
la entraña que mantiene mis cortadas raíces,
hiriéndome en el signo por el que soy,
negándome.

La angustia que me crece no la sabréis. Miradme.
Llevo oculto mi fuego,
mis hondas libertades.

Quiero vivir muriendo
en este denso enigma
que me resume toda en duro arcángel.

Quiero ser vuestra, sí.
Quiero ser sólo madre.
O mujer. Mujer sólo, sin reverso ni orilla
y amaros en silencio, dulce, pasivamente,
sin que lo sepa nadie.

Desde lejos,
me están avisando a gritos:
que no vaya, que no venga,
que no me mueva del sitio.

Que es aquí
donde nacerán los lirios.

Aquí,
conmigo.

Y me miro.
Y este sembrado que soy
apenas está movido.
Apenas asoma el aire
la promesa de los trigos.

Y quiero andar. Y de nuevo
las voces que el aire trae
me están gritando lo mismo:

que no vaya, que no venga,
que no me mueva del mundo
que estoy sosteniendo en vilo.

Mayo de los amantes

Mayo de los amantes,
madurador de labios, nuevo fruto,
cómo rebosa el agua de mis ojos en sombra
por donde las estrellas calan en lo profundo.

Mi voz está volcando
su cesto de manzanas en júbilo.

Tacto de la caricia,
mira cómo renace la yerba en mis dedos.

Y este ritmo en desorden que el corazón ordena,
pone en fuga las aves del desnudo en que bebes
agua ciega del beso: verbo mudo.

Mayo de los amantes,
enamoradamente te descubro.

Sobresaltada la lengua

Sobresaltada la lengua,
¿quién va a decidir el hallazgo?

Una vocación de síes
está inundando el espacio.

Carne de fe, sangre nueva
contra todos los escarnios,
afirma otra vez en pie
la alegría de sus tallos.

Un brote que nadie quiso,
que nadie esperaba, canto.

Vocación afirmativa
–carne y sangre del hallazgo–
no hay muerte para morir
lo que está resucitando.

Que nadie diga que no,
que está el alma a flor de piel
naciendo de su milagro.


Tomado de POESÍA femenina española (1939-1950) 
ANTOLOGÍA de Carmen Conde. Libro Clásico Bruguera, Barcelona, España, 1967

Paisaje occidental (Décimas)

Doncella, niña, mujer
bajo la niebla intocada.
Temblorosa desposada
predispuesta a florecer.
Niebla o velo que al nacer
resbala por tu cintura:
primorosa arquitectura
que tu pie descalzo mueve,
con tanta dulzura leve
que acrecienta tu hermosura.

Tres poemas a una sola ciudad

A Larache

Aún quedas, aún estás
manteniendo la yerba
diminuta del arco;
la bugambilia espesa de los muros,
lo sombrío del párpado.

Aún quedas, aún estás
conmigo, en pie, vencida
vencedora del tránsito.
Aún sostienes, alientas
tu pared de cansancio.
La herrumbre reverdece
tu cal, por donde el llanto
resbala, detenido
sobre el último tramo.

Aún quedas, aún estás
con tu jazmín crispado:
aroma que retiene
desesperadamente
mejillas, ojos, labios.

Tu casa es una caja de música

Cuántas veces oí las campanadas
de tu reloj, cayendo
-una, otra- en la estancia.
Su música
libertaba las ágiles,
las bullidoras horas
inútiles, nostálgicas.

Amontonadas iban
rebotando sonidos
en las desiertas salas.

Como un humo ascendían
a las altas barandas,
por donde iría la madre
morosamente, llena
de diminutas alas.
Las oigo aún, cayendo
tintineadoras, frágiles,
eco todo el ambiente
vibrador de tu casa.

Aún están -una, otra-
cayendo en mi silencio
donde un aire de vidrio
las perdura, las salva.

El aguador

Y el ángelus del agua
pasa tintineando
su campanilla rubia.
Y pasa dulcemente,
tiernamente insistiendo.

Bajo los arcos alza
pregón, de su sonido,
lenguaje sin palabras.

Y pasa nuevamente
con su pregón oculto:
odre negro a la espalda.

Bajo los arcos beben
cien bocas la garganta
del agua, que se entrega
purísima en la dádiva.

Cien bocas rodean
la voz que va brotando
sobre la fina taza
de oro, que titila.

De Revista Al-Motamid, nº 31 (Tetuán, junio 1955)

Lo efímero

Rebelde va lo efímero. Diría
que lo diminutivo ya no sabe
vivir de si, de suyo; que no cabe
por donde lo delgado lo ceñía.

Rebelde y solo va por donde iría
sumisamente dueño de su clave.
Si flor, qué breve flor, qué leve si ave
picoteadora mínima del día.

Tan dulce rebeldía en fauna y flora
condena a furia tanta, a tanto acoso
lo que a morir empieza desde ahora,

que todo se derrumba en un momento
y arrastra lo más débil por hermoso,
pluma y aroma, en su derrumbamiento.

Del libro Sonetos ascéticos

La planta

Profunda de raíz, alta de sombra,
criatura de su aroma y su rocío,
terca de soledad y escalofrío
me crece la materia que me escombra.

Me crece la materia que me nombra
tallo de su ternura con tal brío
que todo lo hace suyo, siendo mío
rocío, aroma, soledad y sombra.

Pájaro de su rama, todo es cielo
para el ímpetu alado, el verde vuelo
que un vegetal aliento me levanta.

Un pensativo aliento que se prende,
lento de luz, al pétalo y lo hiende:
la perenne tristeza de la planta.

Del libro Sonetos ascéticos

La flor

Sí, no, sí de la flor. La vana cuenta
me desordena en pétalos. No tengo
sino la débil forma a que me avengo.
Un dulcemente viento me contenta.

Un norte o sur me orienta o desorienta
la delicada sombra que sostengo,
que soy, por la que a solas voy o vengo
sin ton ni son, al aire que me inventa.

Deshabitadamente me poseo,
presente y ya lejana en propia muerte,
vacía de esperanza y de deseo.

Que cuando ya me inclina quien me alzaba
no queda sino adiós. Y entrarse, inerte,
por quien así me quita cuanto daba.

Del libro Sonetos ascéticos

La fruta

Cerrada a toda piel, de propio intento,
la fruta en su retiro pende ilesa,
completa en su clausura, libre y presa
dominadora de su advenimiento.

Un tiento la desnuda, un dulce tiento
la precipita mártir y confesa,
la desmorona el hábito y ya es esa
fragilidad de lluvia a todo viento.

Puñal de boca adentro, clava el diente
su posesión hambrienta, con tal gana,
que el hueso le desnuda su presente.

Si blanda de bocado cuando herida,
qué duro para el rapto y la embestida
un diminuto hueso de manzana.

Del libro Sonetos ascéticos

Las hojas

La piel se excede, da su otoño de oro
que un vientecillo vibrador conmueve.
Cae la ceniza o lluvia de hoja breve
medrosamente, inaugurando el lloro.

De suyo teme. Cierra vena y poro
donde el puñal se obstina. No se atreve
ni a suspirar, que el llanto, si se mueve,
le multiplica lágrimas a coro.

Tan amorosa mano y ya la aferra
por donde más amante la ceñía.
Y el oro se le herrumbra a ras de tierra.

Que el vuelo desalado que temía,
piel leve, aleve, salta, vuela y yerra
por esa fracasada puntería.

Del libro Sonetos ascéticos

La hierba

Si hierba para el belfo y la pisada,
si virginal bocado, si blandura
para los tibios ojos de la hartura
por donde va segura la manada.

Si brote, brizna o piel, agua estancada
creciendo a toda sed, desde la oscura
trama que sabe a beso, a mordedura
e intuye sobre sí la dentellada.

Si flor en soledad, si verde huella,
oh, prado donde Dios vive a deshora
su hambrienta eternidad que nada sella.

Del libro Sonetos ascéticos

La noche

De qué remotas manos se levanta
la noche y se acrecienta la encendida
de luminarias, ay, desprevenida
de toda luz, unísona garganta.

Sube de cuanto soy; de sombra tanta
que es sombra sólo. Y sube sostenida
por qué remotas manos, malherida;
que a sí misma se niega y se quebranta.

Solemne de pobreza, quien no tuvo
más agua que la sed, a sed se aviene,
germinadora de su desconsuelo.

Más nunca vanamente se mantuvo
sedienta voluntaria, la que tiene
sus propias luminarias por el cielo.

Del libro Sonetos ascéticos

La lluvia

De qué apenados ojos llueve el llanto
que baja, manantial recién parido,
resbalador y humilde, contenido
por el temor de ser duelo, quebranto.

De lloradores ojos llueve tanto.
Tan íntima de lloro y de gemido
tiene la voz, exenta de sonido,
que en lágrimas se le desata el canto.

Agua de manso vuelo y pluma leve.
(Un ruiseñor mojado se despoja,
gota a gota, de lluvia, y la deshoja.)

Agua de pie desnudo y paso breve,
que en mínima presencia se deshace
y en pétalo y aroma, muerta, yace.

Del libro Sonetos ascéticos

La luz

Urgente luz del día, llamadora
de toda puerta, párpado, postigo,
de todo en sí, cerrado y enemigo
de su llamar a ciegas y a deshora.

Urgente luz en dádiva, que aflora
por sobre sí y en trance de testigo
me pone y me violenta y no hay castigo
para la impunemente violadora.

De tal manera urgente, con tal celo,
(comunista en acción a todas luces)
que lebreles y galgos, a empellones,

hostiga y en tropel dan contra el suelo.
Se diría, de luz que da de bruces,
que la sombra le muerte los talones.

Del libro Sonetos ascéticos

El agua

Me penetras la sangre, me floreces
la sangre en breves luces, la cautiva
que escucha y tienta y mira, cauce arriba,
tanto manar de lluvias, tantas veces.

Manadora de júbilos, me creces,
si niña manantial, fluyente y viva
niñez que nada inhibe, sensitiva
que en fugitivos vuelos amaneces.

De trueque vives. Que tu sí alimenta
tu cándido caudal, que se acrecienta,
si tu locura cambia, mano a mano,

mis lentas baratijas por tus síes,
por tus enloquecidos colibríes,
que en dicha cantan lo perdido en vano.

Del libro Sonetos ascéticos

Los números

Eternamente tres, eterno cinco,
enjutos, esqueléticos, cabales,
a toda costa monjes virginales,
de un salto sois, os basta con un brinco.

Rotundos en el ser, a todo ahínco,
de vuestras sumisiones manantiales
brotáis de un solo trazo, como tales
eterno tres, eternamente cinco.

Mansos de corazón, pero a porfía
libérrimos (al fin, en vuestros trece)
por mor de la soberbia, quién diría.

Amantes amadores con hartura
de lo que os beneficia y os empece.
No cabe en menos cuerpo más figura.

Del libro Sonetos ascéticos

Muchacha

I
Estás adrede aquí. Llevas, ahogado
por tu mirada, un humo sensitivo;
trasciendes todo un trágico, cautivo
fuego dispuesto a arder en tu costado.

Eres un ardimiento preparado
para el final; un brote pensativo
que espera hacerse llama en lo más vivo
del corazón ardido, clausurado.

Frutal criatura en flor, por donde mana
mortalmente la vida, acrecentando
tu siempre viva muerte de mañana,

deja que tu morir de torrentera
violentamente irrumpa, desatando
la oculta llamarada de tu hoguera.

II
Casi toco la vida, casi toco
la confusión bellísima, el aliento
-vida mía en sazón-que dentro siento
desmoronarme, herirme poco a poco.

Casi toco la muerte, casi toco
la confusión bellísima que tiento
-muerte mía en sazón- como alimento
de su proximidad, en la que aboco.

La ganazón del fruto – vida, muerte-,
me desordena igual, igual me ordena
a la encendida lucha, al dulce duelo.

Vivir, morir, es ya la misma suerte.
Que muerte y vida soy con igual pena
mientras sustento un mismo desconsuelo.

III
Adónde soledad, sino conmigo
multiplicando voces silenciosas.
Oh, cuánto tú amoroso, entre las cosas
por donde voy, con quién sino contigo.

Si digo soledad te nombro y digo
desde mi ser mi nombre, donde posas
tus infinitas aguas, tus radiosas,
fecundadoras aguas que persigo.

A solas va mi voz con su alegría
de recobrarse y darse en ese ruedo
que por igual desposa un mismo dedo.

Tus soledades son mi compañía.
Tanto de ti latente en mí se vierte,
que a soledades voy en vida, en muerte.

IV
A muerte voy sin tregua ni reposo.
A tanta muerte voy, que desoyera
latido y corazón si no creciera
sosegadoramente tanto acoso.

Del alba del asombro a lo asombroso.
A tanto asombro voy, que no quisiera
morir en este pasmo porque fuera
más infinitamente delicioso.

Los impalpables hilos del aroma
por donde voy me piden santo y seña,
temerosos del aire que los doma.
Oh, tránsito que toco, muerte mía
que a morir me convocas, dulce dueña,
perdóname si vivo todavía.

V
Morir de muerte no, sino de vida.
Morir a mano armada, a contrapelo.
Morir en llanto, en lágrimas, en duelo
violentador, que nunca sometida.

Morir de muerte al fin, pero transida
de un íntimo cansancio, un desconsuelo
que abreve en todo mar, en todo cielo
mi voluntaria muerte suicida.

Y está el silencio hiriendo con su diente
demoledor y ajeno, por lo mío,
seguro de su polvo y su gusano.

Y estoy muriendo a solas dulcemente,
sumisamente lluvia, toda río
de un agua que me lleva de la mano.

XI
De dónde este mal paso, este momento
que precipita en sauce lo que fuera
palma frutal, altura de palmera,
llorando por mi llanto y mi lamento.

La hojarasca me dé su cubrimiento,
porque desnuda voy de tal manera
por mi decapitada primavera
que en sauce lloro lo que apenas siento.

Con qué me vestiré para el rocío
madrugador, si al alba aún hace frío.
De soledad ya voy más que vestida.

Morirme para dar en puro hueso,
qué pena da morirse para eso,
inevitable muerte de por vida.

Del libro Sonetos ascéticos

Dios

I
Morir es un pretexto para verte.
Que si vivo muriendo de manera
latente, por de dentro y por de fuera,
me muero a voluntad, por conocerte.

Eternamente vive quien de muerte
viviera, me dirás. Y en esa espera
me moriré de muerte verdadera,
de tránsito hacia ti. Que voy de suerte

si puedo penetrar, con tu permiso,
donde la vida es siempreviva, ilesa
de desmoronamiento y compromiso.

Permíteme morir, que voy transida
de eternidad. Y, fiel a tu promesa,
nada muere en lo eterno. Todo es vida.

II
La esperanza me ha puesto verde el traje
y el insomnio rebasa mi medida.
Te espero desde el punto de partida
y, andén de ti, te espero: fin de viaje.

Por esperarte cambio de paisaje
y estoy, como quien dice, sin salida.
Hablo para callarme de por vida,
que yerro venga o vaya, suba o baje.

Detrás de todo, tú, también espera,
salvándome la muerte a tu manera,
mantenedor de intrigas y distancias.

Y entre los dos un tiempo que se obstina,
seguro servidor de su ruina,
llamándole a las pérdidas ganancias.

III
Por los adentros vas, por las afueras
buscándome en el nombre y el apodo.
Te mueves como quien sin acomodo.
Libérrimo y atado te movieras.

Como si puesto a hablar, contradijeras
lo que callando dices de algún modo,
porque te callas y, callando y todo,
dicen que te desdicen tus maneras.

Te quedas si te vas, y tan presente,
que doy contigo cuando ya te has ido,
difícil Dios de búsquedas y encuentros.

Qué oscura va tu mano por mi frente,
que no te entiendo ido ni venido,
por las afueras ni por mis adentros.

XII
A sangre y fuego voy, a vida o muerte
desde que te comparto y te convivo.
Vivirte es este tiempo combativo,
dominador, que me rebosa y vierte.

Saberte me transforma, me convierte
de dentro a afuera en llama, en corrosivo,
violento corazón definitivo
precipitado en lágrimas, inerte.

Y no poder entrar a saco en todo
transfigurando el vano, el dulce pecho
donde no estés hiriendo de algún modo.

Y ser tan sólo llanto, voz que llora.
Que a tanto duro acoso y tanto acecho
tan sólo soy angustia lloradora.

Del libro Sonetos ascéticos

Poema final

Un mundo nuevo espera la consigna del hombre
para que todo sea nuevamente iniciado.
Un mundo, a cada instante, nace gozosamente
para poder salvarnos
Guerreros de lo nuestro, nadie llore derrotas.
Que cada cual avance sobre sí, palmo a palmo.
Que cada cual se nombre castillo de sí mismo,
capitán de sus actos.
No importan los escombros. Cada instante es un mundo
que afirma la continua promesa del milagro.
¡Mirad los dulces ojos hechos a la esperanza,
creciendo siempre allí, sobre nuestros fracasos!

Waterhouse

Yo soy esa muchacha que ha besado la tierra
para posar en algo los besos que le sobran.
Yo soy esa muchacha que desea callando
lo que se aleja siempre de su mano vacía
Blanda pulpa jugosa para mecer el aire,
blando temblor intacto que una caricia anega

Garganta dónde canta la sagrada alegría
donde los gritos crecen de plenitud ahogados
Muchacha sola y firme que arrebatadamente
para sí misma crece su vegetal milagro
cuando la tierra vuelca su prometida entrega
y una dulzura virgen va invadiendo las ramas.

Bouguereau

Devolvedme aquel aire de niñez oprimida,
temerosa del viento, del trueno ,de la lluvia.
devolvedme a las manos que velaron el sueño
de una niña encendida de rubores y frutas
Volvedme a mi silencio, por donde transitaba
sumisamente dulce, de mí misma confusa.
Aún soy esa muchacha que buscais en la niebla,
que habita entre vosotros y sin querer se oculta.

Primavera

Pero tú dime que sí,
Primavera.
Loca de atar, sal a fuera,
nace flor o colibrí,
ponle cuernos a la luna,
inventa el número pi,
llueve, nieva. Tu bandera
levántala para mí.
Ven como estés, Primavera,
pero dime que sí.

A GRANADA

Decidme si es la misma tristeza
La que inunda el pecho todavía.
Los ojos van al llanto secretamente dulces
Allí donde aún levantan su apagada alegría.
Basta esa voz de musgo para vivir cansados,
Cuando el recuerdo enciende, débilmente, la estrella
De la melancolía.

Pueblo de ayer, resurgen de tu oscura conciencia
Por la rama y la rosa, pueblo feliz, brotando;
Y esta presencia nueva que te prolonga el día
No vive más que que el sueño de tus mejores años.

Alguien pasa en la tarde coronado de mirto
Con la sonrisa prieta de zumos sazonados.
Pero lleváis los ojos oscuros de la tierra
Marcados con el hierro doloroso del llanto,
Y es inútil la callada sonrisa
Nacida con el alba, desde la flor al labio.
Vuestra vieja nostalgia crece constantemente
Por toda la ciudad, y el duro mármol
De la leyenda os vence con su sabor amargo.

Y es la misma tristeza
La que os inunda el pecho todavía.
La llama que os consume desesperadamente
Bajo la piel morena de pétalos opacos;
La oculta sed, profunda como el mundo,
Violenta y resignada con su destino trágico.

Formad un duro cerco a la tristeza
Oh, amigos, con los brazos,
Para que el llanto de su flor cortada
Se asome dulcemente, tímidamente al tallo.

Ciudad de amor cautiva serás siempre,

Con un eterno lirio entre los labios.

A Itimad niña

Feliz muchacha tú, breve doncella
que, sin saberlo, hilabas junto al río
la máxima aventura, a tu albedrío,
de tu emoción de niña, nube, estrella.

Cuán libre tu sonrisa sin la huella
de un árido deber rotundo y frío;
que pura tu niñez, tu edad, tu brío,
dominador de un fuego que te sella.

Desnudo iba tu pie; rubio paisaje
trepaba por tus ojos asombrados.
La tarde entre tus labios se entreabría.

Yo sé que tu candor -tibio plumaje
brotando de tus hombros descuidados-
se alzaba tembloroso de
armonía…

A Itimad mujer

Aquí tu voz, tu risa, tu perfume
de embriagador almizcle soberano;
aquí tu siempre enajenada mano
con gesto que te salva y te resume.

La curva de tu labio que no asume
más cálida prisión que ese cercano
beso que se te brinda fiel, pagano,
te enciende, te acrecienta, te consume.

Soberana de amor, tacto de seda
del ámbito cerrado de una estancia
donde la fuente irrumpe, brinca, rueda.

Tacto de seda en ti -senos, cintura,
de pétalos transidos de frangancia-
para cubrir tan leve arquitectura.

A Itimad desterrada

¡Basta! No más dolor a tu sendero
donde la yerba crece estrangulando,
donde el embate rompe socavando,
ciega furia mortal, destino fiero.

Un río hay en tus ojos prisionero.
La fiebre de tu piel, amoratando,
se niega a sucumbir… Su ritmo blando
te lleva paso a paso, traicionero.

Cuán débiles tus manos sostenidas
por esa luz que tiembla en la ventana.
Un pálpito a la rueca mueve y mueve…

No pesa tu perfil. Lentas, vencidas,
te inundan nuevas lágrimas. Emana
todo tu cuerpo un llanto extinto, leve…

A Itimad muerta

¿Qué pálido fulgor bajo la aurora
se torna de cristal? ¡Qué dulcemente
resbala tenue luz hacia poniente!
¿Qué enamorada y tierna voz te añora?

Oh, pálida Itimad. Tu piel me aflora
sobrada de verdor, en la simiente
desprendida de ti tan suavemente,
que apenas te desvela, soñadora.

Que apenas te desvela. ¿Sabrá el cielo
la mágica palabra que despierte
tu risa vegetal en primavera?

¿Quién le dará a tus alas joven vuelo
para cruzar la orilla de la muerte?
Toda yo, soy presentimiento; espero.

II
Si presa, cómo vuela a toda altura
donde la pluma no da más que vuelo.
Por el asombro sube y toma cielo
que tan celeste tiene la andadura.

Si liberada, asombra la atadura
que la retiene en trance junto al suelo,
que no se va por más que el desconsuelo
le descomponga el gesto y la figura.

Si aquí, si allí, de tránsito, en espera
de lo definitivamente alado,
volando, voladora, volandera.

Leve, inmortal, materia de alegría.
Que si mortal, paisaje desolado,
el alma, a todo trapo, sangraría.

Del libro Sonetos ascéticos

“UNA CALLE DEL BARRIO MORO DE LARACHE”

“Penetrar por una calle de Marruecos es abrir el libro de lo maravilloso. La luz vendrá, atravesando bóvedas, a nuestro encuentro. Porque hay que perderse, sin prisas, por el pequeño laberinto lumínico.
El barrio moro de Larache es ese laberinto de luces y sombras por donde me pierdo. Hay que aceptar la cuesta, y el guijarro resbaladiza, y la escalinata desigual y el rincón lóbrego y maloliente. Porque todo forma parte de esta escenografía ya en desuso en nuestro mundo civilizado, que nos engulle y atropella. Aquí, por el contrario, todo está a la mano, todo tiene una altura que no sobrepasa nuestra humanidad.
La misma estrechez de la calle es agradable a nuestra estatura. Es como andar por el
interior de una casa grande, familiar. La voz del mendigo ciego nos acompaña desde todos los ángulos, resonando. La salmodia del almuédano, desde su torre, es una impresión nueva a nuestros oídos. La novedad, la sorpresa nos van acompañando. Los ojos se acostumbran a la luz y a la sombra simultáneas. La cal de las paredes tiene sólo la estridencia de la luz, el propio reflejo trascendido. Mi paso se hace lento, obligadamente parsimonioso. Aquí la prisa lo rompería todo.
Una mujer atraviesa la calle. El sol estalla en el blanco jaique y casi la transparenta. Los pliegues del manto retienen la sombra precisa, dándoles profundidad. Es un manto que tiene mucho de griego, en su cascada de pliegues a la espalda. De él emergen unos pies calzados de babuchas, blancas también, a ras de manto. Arriba, unos ojos negros, a veces verdes, en lo alto del letam, del velo. Acaso la tersura de una mejilla no vista, adivinada. El paso siempre es lento, comedido, remontando sin prisa la ascensión. La calle, las paredes de las casas son el marco de esa figura única, el único detalle vivo que aprisionan. La más leve esquina, una línea blanca entre lo blanco, la oculta, la desaparece. La calle, ahora, queda estática, más
quieta que nunca, como en reposo.
Alguna puerta se entreabre. Un bisbiseo apenas perceptible, comenta en árabe: “Es una nazarena”. Y la puerta se cierra blandamente, sin ruido, como la voz de las mujeres en el interior de la vivienda, o como sus pasos de pie descalza sobre la cal de las azateas.
En el recuadro blanco de otra azatea, una mujer se asoma:

-Buenos días, dice. Y sonríe
Es una mujer que quiere conversación. Es la clásica mujer de siempre, atenta a cualquier posibilidad de charla. La voz del ciego insiste, se alza o se pierde, para regresar una vez más, llenando las callejuelas con su eco. De pronto tropieza con él, a bocajarro, en una esquina. Con su cayado tantea los pequeños peldaños. Me hago a un lado y le dejo pasar, mientras inicia una vez más su petición de ayuda.
Toda la calle asciende con mi propia ascensión. Su soberbia sube o baja su propio desnivel. Los edificios son enjutos, sobrios, de pequeñas ventanas altas que coronan las desiguales alturas. No hay tejados; solo una terminación brusca del blanco, cortando en cubos una arquitectura sin complicaciones.
A mi lado pasan los jaiques, las severas chilabas, destacando en lo blanco el amarillo
limón de las babuchas. Los seres van como envueltos en su blancura. La calma de sus
ademanes convierte cada calle en un claustro de mínimas proporciones. Claustro o celda para un pueblo religioso, en el que el silencio tiene una dimensión casi mística”.

Te recomendamos ver el programa de televisión.

PRÓXIMO NÚMERO

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