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183. Poesía más Poesía: Czeslaw Milosv

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BIOGRAFÍA DE CZESLAW MILOSZ

Su familia era originaria de Lituania, aunque de lengua, tradición y cultura polacas. Durante toda su vida se mantuvo muy unido al que consideraba su territorio histórico: el Gran Ducado de Lituania. Poeta polaco nacido en Szetejnie, Lituania, en 1911, en la Lituania del Imperio zarista unida desde hacía tiempo a Polonia.
Hijo de un ingeniero civil, cursó sus estudios superiores de Derecho en Vilna.

Czeslaw Milosz y Octavio Paz: To Raja Rao | LITERATURA & TRADUCCIONES

El poeta y también premio Nobel, Seamus Heaney dice de su trayectoria: “Nacido en el seno de una familia católica en las tierras boscosas de Lituania, creció en una cultura que aún tenía memoria de ciertas creencias populares y oscurantistas y de los fulgentes sistemas de la escolástica medieval y el neoplatonismo renacentista.”

Al terminar sus estudios universitarios en Wino, fundó el grupo literario “Zagary” y publicó en 1930 los primeros volúmenes de poesía mientras trabajaba en la radio polaca. Desde 1932 lideró el movimiento vanguardista y durante la II guerra Mundial participó activamente en la resistencia a la ocupación nazi.

Varsovia+1945 - Poesia Online
Varsovia, 1945. Revista LIFE

Posteriormente viajó a Washington como diplomático, y al romper con su gobierno se exilió en Francia durante la década de los años cincuenta, produciendo varias obras en prosa que le merecieron el “Premio Literario Europeo”.

Biografia de Czeslaw Milosz

Desde 1961 hasta su muerte, vivió en California donde ocupó la cátedra de Lenguas y Literatura Eslava de la Universidad de Berkeley. Tradujo al polaco obras de Baudelaire, T. S. Eliot, John Milton, Shakespeare, Simon Weil, y Walt Whitman.

Miłosz concibe al poeta como alguien que custodia la memoria cultural necesaria para preservar la dignidad humana. En la serie Desde la salida del sol, escrita en Berkeley a principios de los setenta, escribe:

«Sea lo que sea lo que lleve en la mano, un punzón, un junco,
una pluma de ave o un bolígrafo,
Dondequiera que esté, sobre las baldosas de un atrio, en la
celda de un claustro, en un salón frente al retrato de un rey,
atiendo asuntos que me han encargado en las provincias.
Y comienzo, aunque nadie puede explicar por qué y para qué,
tal como lo hago ahora, bajo una nube azul oscuro con un
destello de azabache.
Los sirvientes están ocupados, lo sé, en cámaras subterráneas,
haciendo crujir rollos de pergamino, preparando la tinta de
color y la cera de los sellos…

Milosz afirmó sobre la poesía: “¿Qué es la poesía, si no puede salvar/ a una Nación o una persona?.”
También afirmó que no se había prestado suficiente atención al sufrimiento humano.
Está considerado uno de los grandes poetas del siglo XX porque su obra universalista es perfectamente comprensible en todos los idiomas. Mantiene la visión del mundo del niño ante la naturaleza y el mundo, pero también expresa la desazón del adulto al descubrir que es un juguete en el curso inexorable de los tiempos.

5 poemas de Czesław Miłosz - Zenda

En su poema “Lo que una vez fue grande” lo expresa así:

«Lo que una vez fue grande, ya se volvió pequeño.
Los reinos se desvanecían como bronces cubiertos por la nieve.
Lo que antes golpeaba, ahora no golpea.
Las tierras celestiales ruedan, ruedan y brillan.
Echado sobre el césped a la orilla de un río,
como en los viejos tiempos, lanzo mis lanchas de corteza.

Debutó como escritor en 1930, publicando en esa década dos volúmenes de poesía: Tres inviernos y Poema sobre el tiempo congelado, por el que consiguió una beca para París donde trabó relación con el que sería una de sus mayores influencias literarias y filosóficas: su familiar y poeta francés de origen lituano Oscar Venceslas de Lubicz-Milosz.

Perteneció a la generación literaria posterior a la de Stanislaw Ignacy Witkiewicz (1885), Bruno Schulz (1892) y Witold Gombrowicz (1904). Fue de la misma generación que la compositora Grazyna Bacewiz y los compositores Witold Lutoslawski y Andrzej Panufnik.

Durante la II Guerra Mundial, Miłosz permaneció en Varsovia; vio el horror en “la ciudad más castigada de Europa” (según escribió en El pensamiento cautivo), y prestó apoyo a los perseguidos por el régimen nazi: ya antes de la guerra se había enfrentado claramente a los antisemitas, y fue testigo de la aniquilación del ghetto de esa capital.

De la posguerra al exilio

Trabajó en el servicio diplomático de la Polonia Popular desde 1945 hasta 1951 en Washington y en París. En esta última ciudad, en 1951, Miłosz pidió asilo político, instalándose en Montgeron entre 1951 y 1960, para huir de la progresiva imposición del llamado Realismo socialista.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad de contemplación  desinteresada y la mitad de apetito. ― Czesław Miłosz… | Literature, Mad  monk, Great friends

A partir de entonces sufrió el destino de los intelectuales que, en aquella época, hicieron frente al estalinismo. Pero Milosz afrontó la adversidad con valentía. Su evolución ideológica y rechazo al régimen polaco de entonces la plasmó en la colección de ensayos “El pensamiento cautivo”, que escribió estando Stalin aún en vida. Fue un libro muy difundido, y Karl Jaspers lo prologó.

En 1953 recibió el Prix Littéraire Européen por su novela El poder cambia de manos.
Milosz mantuvo la idea de responsabilidad individual en una era de relativismo.

Seamus Heaney dice al respecto: “Su poesía reconoce la inestabilidad del sujeto y nos muestra una y otra vez la conciencia humana como un ámbito de discursos contendientes, mas no permite que esta concesión niegue el mandato inmemorial que nos conmina a la firmeza moral y de espíritu.”

En un poema llamado “Ars Poetica”, lo expresa así:

«El fin de la poesía es recordarnos
Cuán difícil es ser una sola persona,
Pues tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,
E invisibles huéspedes entran y salen a su gusto.»

Y Seamus Heaney agrega con respecto a su poesía: “Ostenta un equilibrio magnífico. La aguja se mantiene firme entre el principio de realidad y el principio de placer: Próspero y Ariel se afanan en poner su peso a ambos lados del argumento. Miłosz habita en el medio, a veces trágica y a veces deliciosamente, pues no reniega jamás de sus vislumbres del cielo en la tierra ni de la certeza de que este mundo es un valle de lágrimas.”

Siempre se consideró un campesino atento a las plantas que crecen y los animales que pastan. Su obra juvenil que es “lírica” y “canta la gloria de las cosas por lo que son”. En su madurez el tono de su poesía se hace por momentos más metafísico y dolorido. Su poesía expresa la existencia del hombre del siglo XX, el ser anónimo de las grandes ciudades, integrando religión y vida social, patriotismo y confianza en el ser humano.

Su poema El mundo se imprimió en condiciones clandestinas, en una imprenta manual de Varsovia cuando los nazis ocupaban la ciudad y llenaban los campos de concentración. Milosz rememora la seguridad de la casa familiar que era percibida como una garantía universal y eterna de armonía. La felicidad del arte era en sí misma un recordatorio desgarrador de la desolación de los tiempos. El poema tiene veinte partes. La parte tercera “El porche”, dice así:

«El porche, con su puerta que mira hacia el oeste
Y sus grandes ventanas, toma el calor del sol.
Desde aquí, todo en torno, puedes tender la vista
Sobre el agua, los árboles, los prados y un sendero.
Pero cuando los robles se han cubierto de verde
Y la sombra del tilo divide los parterres,
El mundo, en la distancia, se torna una corteza azul, dudosa,
Una sombra que las hojas llenan de motas.
Aquí, junto a una mesa, dos hermanos
Dibujan de rodillas escenas de batalla o cacerías.
Una lengua rosada entre los labios se afana en empujar
Las formas de los buques, y uno de ellos naufraga.»

En el ámbito de la no ficción, Czeslaw Miłosz contribuye al debate sobre la posibilidad de llevar a cabo el trabajo cultural como una acción política y social, alineándose con los intelectuales franceses de los primeros años cincuenta, sin embargo, con una interpretación distinta y original.

En El pensamiento cautivo (1953), que combina las técnicas novelísticas con textos de no ficción, Czeslaw Milosz reflexiona sobre la compleja relación entre la literatura y la sociedad en las democracias populares satélites del mundo soviético, desmitificando explícitamente la idealización del socialismo que evoca, y así analiza la composición y la disociación de los intelectuales del sistema (el Murti-Bing) que se consolidó en Polonia después de la guerra.

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Wislawa Szymborska y Czeslaw Milosz, en 1998 . fotografía de Krzysztof Wojciewski

En marcado contraste con la lectura ideológica del mundo intelectual en la Europa procomunista, Czeslaw Milosz retrata el estatuto uniforme del individuo dentro de un régimen totalitario, atribuyendo la libertad de pensamiento y el habla a una práctica herética (la ‘Ketman’) basada en la ocultación, en la perfecta comprensión y la conversión de los mecanismos sensoriales en que se vive. Lejos de buscar agrias polémicas, el ensayo-novela ofrece una perspectiva crítica sin precedentes sobre la libertad humana.

En 1960 se trasladó a Berkeley, Estados Unidos, invitado por la Universidad de California, y fue desde 1961, profesor de Lenguas y Literatura Eslavas. Durante su estancia ahí, escribió, sobre todo, poesía. De temática muy variada, la obra más apreciada de esta época fue concerniente a la política. En la República Popular Polaca fue oficialmente reconocido como un traidor de su patria, y despreciado por la Unión de Escritores Polacos.

Su experiencia de las crisis ideológicas y militares provocadas por el marxismo y el fascismo hacia mediados de este siglo podría equipararse a las crisis de la Reforma y las guerras de religión que marcaron el ecuador del milenio, del mismo modo que su abandono del extremismo ideológico en los años cincuenta en beneficio de una mentalidad más volteriana podría corresponder al periodo de la Ilustración.

Le siguió una etapa romántica, signada por una adhesión absoluta a la poesía y una confianza plena en su ‘alma profética’, y ha terminado instalándose en lo alto de una colina con vistas a la Bahía de San Francisco, como un sabio en su montaña, manteniendo la gravedad del ser al tiempo que respira el aire cada vez más ingrávido, tardo-capitalista y posmoderno de California.”

Recibió el título de doctor honoris causa en Letras por la Universidad de Míchigan en 1977 y el Premio Nobel de Literatura en 1980.

En los años 90, tras la transición pacífica de Polonia del comunismo a la democracia, el poeta volvió a vivir en su país y se instaló en Cracovia donde falleció como consecuencia de una aguda insuficiencia cardiorrespiratoria el sábado, 14 de agosto de 2004, a los 93 años.

Elegía para N. N.'. de Czeslaw Milosz (1911 – 2004)

Obra traducida al castellano:

  • El pensamiento cautivo, Tusquets (1981), ISBN 978-84-7223-067-
  • El valle del Issa, Plaza & Janés (1982), ISBN 978-84-01-42101-3, traducción Anna Rodón Klemensiewich
  • Poesía escogida. Selección, traducción e introducción de Isabel Sabogal Dunin-Borkowski. Edición bilingüe, en polaco y castellano, auspiciada por la Embajada de Polonia en Lima y el Instituto Cultural Peruano-Norteamericano. Lima, Ediciones del Hipocampo, 2012.
  • Antología poética, Devenir (2008), 978-84-96313-61-3
  • Abecedario: diccionario de una vida, Turner (2003), ISBN 978-84-7506-601-1
  • La mente cautiva, Galaxia Gutenberg (2016), ISBN 978-84-16252-86-2
  • Mi Europa, Galaxia Gutenberg (2017), ISBN 978-84-16734-96-2
  • Otra Europa, Tusquets (2005), ISBN 978-84-7223-068-2

Se consultó para elaborar la biografía:

  • Wikipedia, la enciclopedia libre
  • Digitum.es
  • Zenda libros
  • A media voz
  • Biografías y vida.com
  • Jamletinconcluso.com
  • Milosz – Antología poética (Fabril Editora)

SELECCIÓN DE POEMAS DE CZESLAW MILOSZ

DEDICATORIA

                                                                   Varsovia 1945

“Vosotros, a quienes no pude salvar,
Escuchadme.
Intentad entender estas simples palabras, ya que de otras me avergonzaría.
Os juro que en ellas no hay hechicería.
Os hablo en silencio como una nube, como un árbol.

Aquello que me fortaleció a mí, para vosotros fue mortal.
Confundisteis el adiós a una época, con el advenimiento de una nueva
-Odio confabulado de belleza lírica.
Fuerza ciega de forma completa.

He aquí un valle polaco de ríos anémicos. Y un inmenso puente
Perdiéndose en la niebla. He aquí una ciudad vencida,
Y el viento arroja alaridos de gaviotas sobre vuestra tumba
Mientras os hablo.

¿Qué clase de poesía es aquella que no salva
Naciones o pueblos?
Una conspiración de mentiras oficiales.
Una tonadilla de borrachos cuyas gargantas serán cortadas de inmediato,
Una conferencia para señoritas.
He deseado la buena poesía sin saberlo,
He descubierto, ya tarde, su saludable objetivo.
En ella y sólo en ella, encuentro salvación.

Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas
Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.
Aquí os dejo este libro, vosotros quienes alguna vez vivisteis
Para que nunca más volváis. “

Versión de Rafael Díaz Borbón 

ENCUENTRO

Estuvimos paseando a través de los campos
en un vagón al amanecer.
Una herida rosa roja en la oscuridad.

Y de pronto una liebre atravesó la carretera.
Uno de nosotros la señaló con la mano.
Eso fue hace tiempos. Hoy ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre, ni el hombre que hizo el ademán.

Oh, amor mío, dónde están ellos, a dónde han ido?
El destello de una mano, la línea de un movimiento,
el susurro de los guijarros.
Pregunto no con tristeza, sino con asombro.

Versión de Rafael Díaz Borbón

ESTUDIO DE LA SOLEDAD

Un guardián de conductos de larga-distancia en el desierto?
Un equipo de un solo hombre para una fortaleza en la arena?
Quienquiera que él fuera. Al alba vio las surcadas montañas
El color de las cenizas, encima la fundida oscuridad,
Saturada de violeta, irrumpiendo en un fluido carmín,
Aún permanecerían, inmensos, en la luz naranja.
Día tras día. Y, antes que lo notara, año tras año.
Para quién, pensó, ese esplendor? Para mí, solitario?
Aún permanecerá aquí por mucho tiempo después que yo perezca.
Qué es eso en el ojo de una lagartija? O cuándo fue visto
                                                                  por un pájaro migratorio?
Y si yo soy toda la humanidad, existe ella a si misma sin mí?
Y sabía que no se acostumbraba pregonarlo, por ninguno de ellos
se salvaría.

Versión de Rafael Díaz Borbón

LA CAÍDA

La muerte de un hombre es como la caída de una poderosa nación
Que tuvo valientes ejércitos, capitanes y profetas,
Y ricos puertos y barcos en todos los mares,
Pero ahora no socorrerá ninguna sitiada ciudad,
No entrará en ninguna alianza,
Porque sus ciudades están vacías, su población dispersa,
Su tierra que una vez proveyó de cosechas está saturada de cardos,
Su misión olvidada, su lengua perdida,
El dialecto de un pueblo puesto sobre inaccesibles montañas.

Versión de Rafael Díaz Borbón

ISLA

Piense como quiera acerca de esta isla, la blancura de su
                                                                                         océano, grutas
cubiertas de viñedos, violetas, manantiales.
Estoy atemorizado, para poder recordarme difícilmente
                                                                                 allá, en una de esas
mediterráneas civilizaciones desde las cuales uno debe
                                                                    navegar lejos, a través de
la lobreguez y el susurro de los icebergs.
Aquí un dedo señala los campos en filas, los perales, una
                                                                        brida, la yunta de un
cargador de agua, cada cosa encerrada en cristal y,
                                                                               entonces, yo creo que,
sí, una vez viví allá, instruido en esas costumbres y maneras.

Me acomodo el abrigo escuchando la marea cómo asciende,
                                                                                                balanceo
y lamento mis necios caminos, pero aún si hubiera sido
                                                                              sabio habría fracasado
al cambiar mi destino.

Lamento mis necedades entonces y más tarde y ahora, por
                                                                                            lo cual mucho
me gustaría ser perdonado.

Versión de Rafael Díaz Borbón

NO ESTE CAMINO

Perdóname. Yo fui un intrigante como muchos de esos que se deslizan
furtivamente por las humanas habitaciones de la noche.
Yo calculé la posición de los guardias antes de arriesgarme a acercarme
                                                                                        a las fronteras cerradas.
Conociendo más, pretendí satisfacer menos, a diferencia de
                                                                       esos que dan testimonio.
Indiferente al cañoneo, al clamor en la maleza y a la burla.
Deja a los sabios y a los santos, pensé, trae un don a toda
                                                    la Tierra, no meramente al lenguaje.
Yo protejo mi buen nombre para que el lenguaje sea mi medida.
Un bucólico, un lenguaje pueril que transforma lo sublime en cordial.
Y el ritmo o el salmo de maestro de coros cae aparte, únicamente
                                                                                  un cántico permanece.
Mi voz siempre careció de plenitud, me gustaría dar una acción
                                                                                    de gracias diferente.
Y generosamente, sin la ironía que es la gloria de los esclavos.
Más allá de siete fronteras, bajo la estrella de la mañana.
En el lenguaje del fuego, del agua y de todos los elementos.

Versión de Rafael Díaz Borbón

HONESTA DESCRIPCIÓN DE MÍ MISMO

Tomándome un whisky en un aeropuerto,
digamos que en Mineápolis

Mis oídos captan cada vez menos las conversaciones,
mis ojos se debilitan, pero siguen siendo insaciables.

Veo sus piernas en minifalda, en pantalones o envueltas
                                                                           en telas ligeras.

A cada una la observo por separado, sus traseros y
sus muslos, pensativo, arrullado por sueños porno.

Viejo verde, ya sería tiempo de que te fueras a la tumba
en lugar de entretenerte con juegos y diversiones de jóvenes.

No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho,
ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado
de la imaginación erótica.

No deseo a esas criaturas en particular, lo deseo todo,
y ellas son como el signo de una relación extática.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad
de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.

Si después de morir me voy al cielo, tendrá que ser
como aquí, sólo que liberado de estos torpes sentidos,
de estos pesados huesos.

Transformado en mirar puro, seguiré devorando las
proporciones del cuerpo humano, el color de los lirios,
esa calle parisina en un amanecer de junio, y toda la
extraordinaria, inconcebible multiplicidad de las cosas visibles.

Versión de Gerardo Beltrán 

ESO

Ojalá por fin
pudiera decir qué está en mí.
Gritar: gente, les mentí
diciendo que eso no estaba en mí,
cuando eso está ahí siempre, días y noches.
Aunque gracias a eso supe describir sus ciudades inflamables,
sus cortos amores y juegos desmembrándose en humus,
aretes, espejos, el deslizar de un tirante,
escenas de alcoba y de campos de batalla.
Escribir fue para mí estrategia de protección,
de borrar las huellas. Porque a la gente no puede gustarle
aquél que alcanza lo prohibido.

Llamo en mi ayuda a los ríos en los que nadé, lagos
con puentecillos entre cedazos, valle
en cuyo eco la canción duplica la luz del anochecer,
y confieso que mis extáticos halagos a la existencia
sólo pudieron ser entrenamientos de alto estilo,
Pero abajo estaba eso, que no me atrevo nombrar.

Eso se parece al pensamiento de alguien sin hogar, cuando
atraviesa la ciudad ajena, congelada.

Se asemeja al momento cuando un judío cercado ve aproximarse
los pesados cascos de los gendarmes alemanes.

Eso es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo
real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte.

Eso puede ser comparado con el inmóvil rostro de alguien
que entendió que fue abandonado para siempre.

O con las palabras del médico sobre la sentencia inevitable.

Porque eso significa enfrentar un muro de piedra
y entender que ese muro no cederá ante ninguna de nuestras súplicas.

Versión de Agnieszka Kawecka

MADUREZ TARDÍA

Tarde, ya en el umbral de mis noventa años
se abrió la puerta en mí y entré
en la claridad de la mañana.
Sentía cómo se alejaban de mí, como naves,
una tras otra, mis existencias anteriores con sus congojas.
Aparecían, otorgados a mi buril,
países, ciudades, jardines, bahías, para que los describiera
mejor que antaño.
No vivía separado de la gente, el pesar y la piedad
nos unieron y dije: olvidamos que todos somos
hijos del Rey.
Porque venimos de allí donde aún no hay
división entre el Sí y el No, no hay división entre el es,
el será y el ha sido.
Somos infelices porque hacemos uso de menos de
una centésima parte del don que habíamos recibido
para nuestro largo viaje.
Momentos de ayer y de hace siglos: un corte de espada,
un maquillaje de pestañas delante de un espejo de metal
bruñido, un disparo mortal de mosquete, una colisión
de una carabela con un arrecife, se mezclan en nosotros
y esperan su cumplimiento.
Siempre he sabido que seré obrero en la viña,
al igual que todos mis contemporáneos,
conscientes de ello, o inconscientes.

Versión de Elzbieta Bortkiewicz

NOTICIAS

De la terrena civilización, qué diremos?

Que fue un sistema de coloreadas esferas vaciadas en vasos ahumados,
Donde un luminiscente hilo líquido se mantuvo envuelto y desenvuelto.
O que fue una imponente colección de repentinos resplandores de palacios
Destrozados a tiros desde una cúpula de macizas puertas
Detrás de la cual anduvo un monstruo sin rostro.

Que cada día se echaron las suertes, y que quienquiera que se arrastró bajo
fue conducido hasta allá como sacrificio: ancianos, niños,
                                                                                   muchachas y muchachos.

O pudiera ser de otra manera: que vivimos en un vellocino de oro,
en una red de arco-iris, en un capullo de nube,
Suspendidos de la rama de un árbol galáctico.
Y nuestra red fue tejida de materia de signos,
Jeroglíficos para el ojo y el oído, amorosos anillos.
Un sonido retumbado adentro, esculpiendo nuestro tiempo,
El pestañeo, aleteo, gorjeo de nuestro lenguaje.

Que nosotros pudimos tejer la frontera
Entre dentro y sin, luz y abismo,
Si no, desde nosotros mismos, desde nuestro propio cálido aliento,
Y lápiz labial y gasa y muselina,
Desde el latido del corazón cuyo silencio hace el mundo morir?
O quizá, no diremos nada de la terrena civilización.
Para que nadie realmente conozca lo que fue.

Versión de Rafael Díaz Borbón

NUNCA DE TI, CIUDAD

Nunca de ti, ciudad, he podido irme.
Larga fue la milla, pero algo me retrocedía como a una
pieza en el ajedrez.
Huía yo por la tierra que rodaba cada vez más rápida
y siempre estuve ahí: con los libros en mi morral de lona,
clavando los ojos en las pardas colinas detrás de las torres
de Santiago
donde se mueven un pequeño caballo y un hombre pequeño
detrás del arado,
ciertísimamente desde hace mucho ya muertos.
Sí, es verdad, nadie comprendió la sociedad ni la ciudad,
Los cines Lux y Helios, los letreros de Halpern y Segal,
El paseo en la calle de San Jorge, llamada de Mickiewicz.
No, no los comprendió nadie. Nadie lo ha logrado.
Pero cuando la vida transcurre en una sola esperanza:
De algún día ya sólo quedan claridad y distinción,
entonces, muy a menudo, da pena.

Versión de Jan Zynch

UNA FRÍVOLA CONVERSACIÓN

-Mi pasado es un estúpido viaje de mariposa en ultramar
Mi futuro es un jardín donde un cocinero corta el cuello de un gallo.
Qué tengo, con toda mi pena y mi rebelión?

-Tome un momento, uno exactamente, y cuando su fina concha,
dos palmas reunidas, despaciosamente se abre
Qué ve usted?

                             -Una perla, un segundo.

-Dentro un segundo, una perla, en esa estrella salvada del tiempo,
qué ve usted cuando el viento de la mutabilidad cesa?

-La tierra, el cielo y el mar, barcos ricamente cargados,
mañana de primavera llena de rocío y remotos principados.
Maravillas desplegadas en tranquilo esplendor.
Yo miro y no deseo porque me encuentro plenamente satisfecho.

Versión de Rafael Díaz Borbón

RÍO WILIA

El río, que viene de los bosques, gira aquí.
Es domingo, las campanas de las iglesias del pueblo repican.
Las nubes se acumulan, se dispersan, y de nuevo el cielo es azul.

A lo lejos, ellos, diminutos, corren a lo largo de la orilla.
Prueban el agua, se sumergen, el río los lleva.
En medio de la corriente sus cabezas, tres, cuatro, siete,
echan una carrera, sus voces se llaman, y retornan como eco.

Mi mano lo describe en tierra ajena.
Quién sabe por qué lo hace.
Quizá porque ocurrió tal y como lo recuerda.

Versión de Sergio Trigá

TENTACIÓN

Bajo un cielo de estrellas estuve paseando,
En una sucesión de ciudades desconocidas de neón,
Con mi compañero, el espíritu de la desolación,
Quien corriendo a mi alrededor y sermonizando
Me dijo que yo no era necesario, por si no yo, entonces alguien más
Estaría caminando aquí, tratando de comprender su edad.
Si hubiera muerto hace tiempos, nada hubiera cambiado.
Las mismas estrellas, ciudades y países
Serían vistos con otros ojos
El mundo y sus trabajos continuarían como de costumbre.

Por el amor de Cristo, apártese de mí.
Usted ya me ha atormentado suficiente, dije.
No es a mí a quien corresponde juzgar el llamado de los hombres.
Y mis méritos, si alguno existiere, no los conoceré de todas formas.

Versión de Rafael Díaz Borbón

UNA HORA

Hojas que brillan con el sol, celoso zumbido de abejorros,
Desde lejos, desde algún lugar allá del río, ecos de prolongadas voces
Y lentos sonidos de un martillo, me dieron la alegría no solamente a mí.
Antes, los cinco sentidos, estaban abiertos y, más temprano
                                                                                que en cualquier comienzo,
Esperaron, listos, por todos los que a sí mismos se llamaran mortales,
Para que de este modo ellos pudieran alabar, como yo hago, vida,
                                                                                     eso que es la felicidad.

Versión de Rafael Díaz Borbón

H.

El jardín desciende hacia el mar. Jardín pobre, jardín sin flores,
jardín ciego. Una anciana vestida de luto lustroso, descolorido
junto con el recuerdo y el retrato,
Mira esfumarse desde su banco los navíos del tiempo.
La ortiga, velluda y negra de sed,
vigila en un vacío inmenso de dos horas.
Como desde lo hondo del corazón del más perdido de los días,
el pájaro de la comarca sorda pía en el matorral ceniciento.
Es la terrible paz de los hombres sin amor. Y yo,
también me encuentro allí, porque todo esto es mi sombra.
Y en tanto que ella, bajo el triste y pesado calor ha dejado caer otra
vez su cabeza
vacía sobre el seno de la luz, yo,
en cuerpo y espíritu, estoy como la amarra
pronta a romperse. ¿Qué es lo que vibra de este modo en mi?
Pero ¿qué es lo que vibra de este modo en mí y se queja, no ´se dónde,
en mi, como la maroma de los veleros aparejados para zarpar
en torno al cabrestante?. Madre
harto prudente, eternidad –ay– déjame vivir mi día
y no vuelvas a llamarme Lemuel, porque allí,
en una noche de sol,
las perezosas islas de la juventud, cantantes y veladas
llaman desde lejos.
El dulce
grávido murmullo de dolor de las avispas del mediodía
vuela a escasa altura sobre el vino, y hay locura
en la mirada del rocío sobre las colinas, mis queridas umbrías.
En la oscuridad religiosa de las zarzas
cogieron el sueño por sus cabellos de niña.
El agua, amarilla en la sombra, respira mal bajo el cielo
Pesado y sobre los no-me-olvides.
Otro sufre también, herido en el costado
como el rey del mundo, y de su herida de árbol
mana el más puro aplacador del corazón.
Y hay también el pájaro de cristal que con suave gorjeo dice: mli
en el viejo jazminero sonámbulo de la infancia.
Yo entraré allí levantando dulcemente el arco iris
e iré directamente al árbol donde la esposa eterna
espera en los vapores de la patria. Y en los fuegos
del tiempo aparecerán
los archipiélagos repentinos, las galeras sonoras.
¡Paz, paz! ¡Todo esto ya no existe!
¡Todo esto ya no es de aquí, Lemuel, hijo mío!
Las voces que tú oyes no vienen ya de las cosas.
Aquella que hace mucho tiempo vivió en ti oscura,
te llama ahora desde el jardín, sobre la montaña.
¡Desde el reino de otro sol! Y aquí , no es más que el sensato cuadragésimo
año, Lemuel!
El tiempo precario y largo.
Un agua cálida y gris.
Un jardín ardido.

LA CARRETA

Purificado el espíritu por los Números del templo,
apenas recordado el pensamiento por la carne,
y ya
ese antiguo y sordo fragor invernal de la vida,
desde el frío corazón de la tierra, sube, sube,
hasta mi corazón.
Es el primer chirrión de la mañana,
el primer chirrión de la mañana.
Dobla la bocacalle y en mi conciencia
la tos del viejo basurero, hijo del alba andrajosa,
me abre como una llave la puerta de mi jornada.

Y eres tú, y soy yo. De nuevo tú y yo, vida mía.
Y me levanto e interrogo
las manos de hospital del polvo mañanero
sobre las cosas que yo no quería volver a ver.
La sirena a lo lejos grita, grita y grita sobre el río.

¡Arrodíllate, vida huérfana!
y simula orar mientras yo cuento y recuento esos florones
que no tienen hermanos ni hermanas en los jardines,
tristes, sucios, como se los ve en los arrabales,
sobre los empapelados de los muros en demolición,
bajo la lluvia. Más tarde,
en la terrible tarde, levantarás los ojos del libro
vacío y yo veré
las chalanas amarradas, los barriles y el carbón dormir,
y, entre la dura ropa de los marineros, correr el viento.

¿Que hacer? ¿Huir? ¿Hacia dónde? ¿Y para qué?
La dicha en si no es sino un buen tiempo en un país de exilio,
mi sombra no es ni amada ni odiada por el sol:
es como una palabra que al fijarse en el papel pierde su sentido.
Y he ahí
¡oh vida tan larga! Por qué mi alma se siente traspasada
cuando ese niño expósito, el hermano amanecer,
por el cortinado entreabierto me contempla,
cuando en el corazón de la urbe
resuena un triste, triste, triste paso de esposa repudiada.

¡Hete aquí, pues, amigo de la infancia!
¡Primer relincho tan puro, tan claro!
¡Ah, pobre y santa voz del primer caballo bajo la lluvia!
Oigo asimismo el paso maravilloso de mi hermano el obrero,
herramientas al hombro y el pan bajo el brazo,
¡es él! ¡es el Hombre! ¡Se ha levantado! Y el eterno deber
habiéndose cogido de la mano callosa, sale al encuentro
de su día.
En mí, los días son como los poemas olvidados en los armarios
que huelen a tumba ; y el corazón se desgarra
cuando sobre la estrecha mesa (donde los mudos viajes
de las veladas de antaño, como los de Ulises,
han arribado a todas las islas de los viejos archipiélagos de tinta)
entre la Biblia y Fausto, aparece el pan de la mañana.

Yo no lo partiré para la esposa terrestre,
y, sin embargo, vida mía, ¡bien sabes tú cómo
he buscado a esa madre del corazón!
A esa sombra que yo imaginaba pequeña y débil,
con sus bellas santas manos
dulcemente caídas sobre el pan adormilado
en el instante eternamente infantil del Benedicite del alba.
Eran hombros de huérfana sus hombros,
un tanto caídos y estrechos, hombros de criatura
que ha sufrido, y mientras oraba,
sus rodillas estiraban la tela de su ropa,
y cuando comía, mostraba en el movimiento
de mejillas y de la garganta
una clara inocencia,
una gratitud, una pureza que lastimaba.-¡Oh vida!
¡O amor sin rostro!
¡Toda esta arcilla
ha sido removida, rastrillada, desmenuzada
hasta los tejidos donde el mismo dolor logra un sueño
en la llaga
y ya no puedo más, no, no puedo más,
no puedo más!-

LA BERLINA DETENIDA EN LA NOCHE

A la espera de las llaves
–él las busca sin duda entre las ropas
de Tecla, muerta hace treinta años–
escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo rumor
nocturno de la alameda…
Tan pequeña y débil, envuelta dos veces en mi capa,
yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga
de las ruinas hasta la alta y negra puerta del castillo.
Así el abuelo, antaño, regreso de Vercelli con la muerta.
¡Que recelosa y muda y negra mansión par
mi criatura!
Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.
Ellos duermen dispersos en países lejanos.
Desde hace cien años
un lugar señalado los aguarda
en el corazón de la colina.
Conmigo su raza se extingue.
¡Oh Dama de estas ruinas!
Visitemos el bello aposento de la infancia: allí
la hondura sobrenatural del silencio es la voz de los
retratos oscuros.
Arrebujado en mi lecho
como en el hueco de una armadura
yo escuchaba por la noche latir sus corazones
en el ruido del deshielo, detrás de los muros.
¿Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!
La linterna se apaga, la luna se ha velado;
llama el alucón con su cría en el boscaje.
A la espera de las llaves
dormid un poco, señora.–Duérmete, mi pobre criatura,
duérmete paliducha, apoyando sobre mi hombro tu cabeza.
Verás cuán bello es el bosque ansioso
en sus insomnios de Junio, ataviado
de flores, –¡Oh criatura mía!– como la hija predilecta
de la reina loca.
Envolveos en mi capa de viaje:
la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro
y tenéis sueño.
(En el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento
como giraba en mis sueños de niño
la vieja –¿recordáis la vieja hechicera?–)
No señora, nada escucho.
Él es muy anciano
su cabeza está trastornada;
apostaría a que ha ido a beber.
¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra
en lo hondo, en lo hondo del país lituano!
No, señora, nada escucho.
Mansión negra, negra.
Cerradura mohosas,
enredadera muerta,
puertas aherrojadas,
postigos clausurados,
Hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.
Todos los servidores han muerto
Yo he perdido la memoria.
¡Para mi criatura confiada, qué mansión más negra!
Ya no recuerdo sino el naranjal
del tartarabuelo y el teatro:
los pichones del búho comían allí en mi mano.
La luna miraba a través del jazminero.
Eso era antaño.
Oigo un paso en el fondo de la alameda.
Sombra. Aquí llega Witold con las llaves.

EL VIEJO DÍA

El viejo día sin meta quiere que se le viva
y se le llore. Quejase con su lluvia y su viento.
Su bastón de mendigo amenaza a las horas.
¿Por qué dormir no quiere en el nocturno seno?
Es hospital la vida. En sus cuartos, luz tibia.
Sus paredes son blancas de amados pensamientos
y la piedad, al ver que la dicha se hastía,
sobre los pobres pájaros hace nevar el cielo.
No despiertes la lámpara, que es el ocaso amigo.
Jamás viene sin traernos un poco de otros tiempos,
Y si lo rechazases, de su gris capa triste
se habrían de burlar los chubascos y el cierzo.
Ciertamente, si existe algo dulce aquí abajo,
no puede ser más que en los viejos cementerios
donde ya no hay flaquezas ni orgullo ni esperanza
que a los hombres cansados, sin cesar, den tormento.
Si, allí, bajo las cruces, junto al mar impasible
que sueña sólo con los lejanos recuerdos.
hallarán, los que busquen, a sus almas que esperan
de las noches mejores el seguro consuelo.
Echa en el fuego alcohol y cierra bien la puerta.
Que los abandonados tiritan en mi pecho.
Y, verdaderamente, ¡son tan largas las horas!
Se diría que toda la música se ha muerto.
No, no; ya nunca quiero ver más en ti la amiga.
Sé sólo lo más dulce, lo más leve y sereno.
Como el humo que sube de una choza en la tarde,
porque tienes el rostro de los días más bellos.
Pon tu otoñal cabeza en mis rodillas, cuéntame
de un gran barco muy solo, muy solo en el océano
y no olvides decirme que su luz tiene frío
y que su arboladura reír hace al invierno.
De los amigos háblame, muertos lejos, hace años.
en un país color de silencio y de tiempo.
¡y, si ellos regresaran, cómo amarles sabríamos!
Pero duermen en tumbas que ya nunca veremos.
En tabernas del río viejos huérfanos cantan
porque sus pobres almas tienen, miedo al silencio
y sobre el pan y el vino hace una cruz la sombra
en el umbral de oro de las horas sin término.

INSOMNIO

Digo: mi madre, y es en ti en quien pienso, ¡oh’Casa!
Casa de los bellos estíos, obscuros de ni niñez, en ti, •
que jamás censuraste mi melancolía, en ti.
que sabias tan bien ocultarme a las miradas crueles, oh
Cómplice, dulce cómplice! ¡Que no haya vuelto a encontrar
antaño, en mi joven estación rumorosa, una muchacha
de alma rara, umbrosa y fresca como la tuya.
De ojos transparentes, enamorados de lejanías de cristal;
bellos, que dé consuelos verlos en el mediodía de verano!
¡Ay, respiré muchas almas, pero ninguna tenía
aquel buen olor de frío mantel, de pan dorado
y de vieja ventana abierta a las abejas de junio
ni aquella santa voz de mediodía sonante en las flores!
¡Ay estos rostros locamente besados! No eran
como el tuyo, ¡oh mujer de otro tiempo sobre la colina!
Sus ojos no eran el bello rocío ardiente y sombrío
que sueña en tus jardines y me mira hasta el corazón
allá, en el paraíso perdido de mi lluviosa alameda
donde con voz velada el pájaro de la infancia me llama,
donde el obscurecimiento de la mañana de estío anuncia la nieve.
Madre, ¿por qué me pusiste en el alma este terrible.
este insaciable amor del hombre? oh di, ¿por qué
no me envolviste en tierno polvo
como esos viejísimos libros ruidosos que sienten el viento
y el sol de los recuerdos y por qué no he
vivido solitario y sin deseo al abrigo de tus techos bajos,
con los ojos hacía la ventana irisada donde el tábano, el amigo
de los días infantiles, zumba en el azul de la vejez?
¡Bellos días, límpidos días! cuando la colina estaba en flor,
cuando, en el océano de oro del calor, los grandes órganos
de las colmenas trabajadoras cantaban para los dioses del sueño.
Cuando la nube de hermoso rostro tenebroso vertía
la fresca piedad de su corazón sobre los trigos anhelantes
y la piedra sedienta y mi hermana, la rosa de las ruinas.
¿Dónde estáis, hermosos días? ¿Dónde estás, hermosa plañidera.
tranquila alameda? Hoy tus troncos huecos me darían miedo,
porque el joven Amor que sabía tan bellas historias
se ha ocultado allí y el Recuerdo ha esperado treinta años,
y nadie ha llamado: Amor se adormeció.
¡Oh Casa, Casa! ¿por qué me dejaste partir?
¿Por qué no has querido guardarme? ¿por qué, Madre,
Permitiste antaño, en el viento mentiroso del otoño,
en el fuego de la larga velada, que aquellos magos
—¡Oh tú que conocías mi corazón!— me tentasen así,
con sus cuentos locos, llenos de un olor de viejas islas
y de veleros perdidos en el gran azul silencioso
del tiempo, y de orillas del Sur donde vírgenes esperan?

SINFONÍA DE NOVIEMBRE

Será absolutamente como en esta vida. La misma habitación.
—Sí, niño mío, la misma—. Al amanecer, el pájaro de los tiempos
en la enramada pálida como una muerta.
Entonces las sirvientas se levantan
y se oye el ruido helado y hueco de los cubos
en la fuente. ¡Oh, terrible, terrible juventud! ¡Corazón vacío
será absolutamente como en esta vida. Habrá
las voces pobres, las voces de invierno en los viejos arrabales,
el vidriero con su canción alterna.
La vieja pescadera encorvada, que bajo la toca sucia
vocea los nombres de los pescados, el hombre del mandil azul
qué escupe en su mano gastada por las varas de las parihuelas
y aúlla no se sabe qué, como el Ángel del juicio.
Será absolutamente como en esta vida. La misma mesa.
La Biblia, Goethe, la tinta y su olor de tiempo,
el papel, mujer blanca que lee en el pensamiento.
La pluma, el retrato. ¡Niño mío, niño mío!
¡Será absolutamente como en esta vida! El mismo jardín,
profundo, profundo, espeso, oscuro. Y hacia el mediodía,
las gentes se alegrarán de estar reunidas allí,
gentes que no se han conocido nunca y que no saben
las unas de las otras más que esto: que será preciso vestirse
como para una fiesta e ir en la noche
de los desaparecidos, enteramente solo, sin amor y sin lámpara.
Será absolutamente como en esta vida. La misma alameda
y en el mediodía de otoño, a la vuelta de la alameda.
allí donde el hermoso camino desciende temerosamente, como
la mujer
que va a coger las flores de la convalecencia—escucha, niño mío—
nos encontramos, como antaño, aquí;
y has olvidado, tú, el color de entonces de tu traje;
pero yo, yo no he conocido más que pocos instantes felices.
Estarás vestido de violeta pálido, ¡hermoso pesar!
y las flores de tu sombrero serán tristes y pequeñas
y no sabré su nombre; porque no conocí en la vida
más que el nombre de una única flor pequeña y triste, el miosotis,
viejo durmiente de los barrancos del país del escondite, flor
huérfana. ¡Sí, sí, corazón profundo, corrió en esta vida!
Y el sendero obscuro estará allí, todo húmedo
con un eco de cascadas. Y te hablaré
de la ciudad sobre el agua y del Rabí de Bacharach
y de las noches de Florencia. Habrá también
el muro ruinoso y bajo donde dormitaba el olor
de las viejas, viejas lluvias y una hierba leprosa,
fría y jugosa, sacudirá allí sus flores huecas
En el arroyo mudo.

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