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182. Poesía más Poesía: Elvira Daudet

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BIOGRAFÍA DE ELVIRA DAUDET

Nació en Cuenca en 1938, donce hay una calle con su nombre. Murió el 2 de Junio de 2018. Periodista; trabajó en los diarios Informaciones, Pueblo, ABC y El Independiente y colaboró en algunos internacionales como St. Galler Tagblatt, realizando numerosos reportajes y entrevistas a los personajes más relevantes de la cultura y la política. En TVE, donde escribió, dirigió y presentó la serie “Está llegando la mujer”. También dirigió el periódico La tarde de Madrid y la revista Derechos Humanos. Es autora de los siguiente libros: El primer mensaje, primer libro publicado a los 21 años.

Ella cuenta que “Luciano Varea, el primer escritor que conocí y mi maestro, fundó la revista Segontia y me invitó a colaborar en ella. Una airada frase que oí a una mujer: “Más vale vestir santos que desnudar borrachos” dio pie a mi primer artículo sobre el problema de las solteronas, derivado del aburrimiento de los jóvenes cuya única distracción eran los bares, a los que no estaba bien visto fueran las mujeres “decentes”. Creo recordar que se titulaba Nuestras hijas se quedan solteras, imagínate yo tenía 15 años. Se organizó tal escándalo, no sólo en el mundillo eclesial y sus beatas adjuntas, sino también en la población seglar, que decidí escribir poesía. Escribía a todas horas, en el pinar, en el colegio mientras explicaban matemáticas…”

Su segundo libro fue: Crónicas de una tristeza (premio González de Lama, otorgado por un jurado compuesto por Dámaso Alonso, Luis Rosales, Emilio Alarcos, Gamallo Fierros y Antonio Gamoneda), España de costa a costa (premio Costa del Sol), Los empresarios, El don desapacible, Terrenal y marina, Orestes murió en la Habana, La Gioconda llora de madrugada, El nombre del padre, Cuadernos del delirio y laberinto Carnal. Tiene dos antologías poéticas publicadas en 2012 y 2014, tras su muerte se publica Poesía póstuma y Poesía completa (1959-2016).

Esta mujer, considerada como una singular voz de la poesía que vive con la misma fuerza que tienen sus versos, una fuerza que contempla y muestra, que acaricia y desgarra, que despierta el cuerpo y la mente, con la firmeza de lo verdadero… fue –nos ha dicho– más que precoz, una escritora prematura, sin preparación alguna. Comenzó a escribir y como fue censurada por la propia familia, se dio a escribir poesía como un recurso para evitar problemas y descubrió el sueño de la poesía y lo hizo en la hermosa ciudad de Sigüenza que – según Elvira – parece dormida en un sueño.

Era una adolescente y ya apuntaba maneras de poeta. Sigüenza, para Elvira, era como un sueño surrealista y como a la Daudet siempre le han fascinado las palabras, desde las que definen una puesta de sol hasta la palabra más dura, más terrible y, por otra parte, todas las palabras son válidas en poesía, solo depende de saber colocarlas en el lugar preciso, pues ella las colocaba dentro de su sueño que no era otro que el de buscar poesía verdadera para escapar, al tiempo que mostrar, la verdadera vida.
En Sigüenza conoció a –según palabras suyas– un joven cabezón de ojos de miel, Antonio Pérez. Él la deslumbró con Azul de Rubén Darío. Al poco Antonio Pérez se marchó a trabajar a Francia en la aventura cultural que fue Ruedo Ibérico. Y conoció a Jesús Tomé, que fue como su hermano mayor. Era claretiano –decía la Daudet– pequeño y trasparente como San Juan de la Cruz y, como él, un grandísimo poeta, que volcó toda su sensibilidad en la formación de esta poeta terrenal y marina, insurgente y soñadora. Elvira Daudet escribía poesía a todas horas. A los 17 años se vino a estudiar a Madrid.

Mas tarde se marchó a Paris. Allí, gracias a Claude Couffon, el hispanista que tradujo brillantemente a García Lorca, y Blas de Otero, conoció a Louis Aragón, Jean Paul Sastre, Nicolás Guillén… En Paris vivió la bohemia, se casó y dejó por un tiempo de escribir poesía. Parece que el amor le dejó un sinsabor.

En 1971, en su mejor momento como periodista, un jurado compuesto por Dámaso Alonso, Luis Rosales, Emilio Alarcos, Gamallo Fierros y Antonio Gamoneda le concedió el premio Antonio González de Lama por el libro Crónicas de una tristeza. Continuó con el oficio del periodismo, pero sin dejar de escribir.

Escribía poemas con vocación social, se comprometió con la vida, y con la poesía. Crónica de una tristeza es el duro retrato, emocionado, de una tristeza producida por la entrega y la ruptura del amor o como se dijo en su momento: Una constante referencia al varón, ejecutor de un destino recreado en términos reflexivos, se sucede en datos de veracidad punzante, de eficaz poesía, de rehusamiento de los eufemismos que han conducido – con demasiada frecuencia – a una trivialización del lenguaje lírico.

En 1999, publicó Terrenal y marina, para la Daudet la poesía es una necesidad, un soplo que te derriba en el momento más inesperado, al que es imposible resistirse. Hasta que un día Jaime Alejandre y sus Hazversidades poéticas obraron el milagro de la publicación de un librito con unos doce poemas. Fue en 2010.

Elvira Daudet: versos dolientes - Vallecas VA

La fuerza expresiva de Elvira Daudet conmueve y remueve, como un baño de emociones vivas, la memoria, el tiempo… tiempo que, a través de su verso herido, doloroso, desgarrado, veraz, nos detiene de golpe o nos hace caminar, latido tras latido, fundiendo vivencias, las suyas y las nuestras, que en muchas ocasiones, esta es la grandeza del verso universal, sus poemas son colectivos aunque partan de un recuerdo propio, de un dolor propio, de una memoria propia, íntima, esa que nos muestra el tiempo y sus relojes de ausencia, igual que una elegía interminable frente a lo ya perdido,arrebatado, ausente… (y no nos resignamos) volverá de nuevo como lluvia, mientras el tiempo duerme: y los dioses antiguos regresan al Olimpo/ a coronar mi juventud perdida, / mientras yo me desplomo de ceniza como un cigarro ardido en la mesilla (…) Y no nos resignamos. Después de Hazversidades poéticas, nos llega Elvira Daudet con un nuevo poemario titulado Laberinto Carnal.

Carmina Casala, Elvira Daudet, Rafael Soler y Alicia Arés
En el Ateneo de Madrid 2011 De izquierda a derecha: Carmina Casala, Elvira Daudet, Rafael Soler y Alicia Arés

Elvira es Terrenal, pisa firme, en sus convicciones, en sus actitudes y Daudet es Marina, torres de agua en calma o de tormenta que alimenta el latido de la vida, agua de vida que se evapora hacia las nubes y se sueña que interminable, frente a lo ya perdido arrebatado, ausente, continúa y no nos resignamos.
La poeta Carmina Casala en relación a este último libro, Laberinto carnal, de Elvira Daudet nos dijo en la presentación que hizo de él en el Ateneo de Madrid : Hoy presentamos un libro que es sobrecogedor desde su mismo título: “Laberinto carnal”. Un grito continuado de socorro, una llamada de atención a las conciencias que alcanza su zenit en el desalentador poema “Todo es aire” con versos como estos: “El tiempo que vivimos no es fácil de entender ni se parece/al futuro soñado; es un caos que avanza a la hecatombe /con las velas al viento desplegadas. Pero, afortunadamente, la poesía y los sueños ofrecen alivio, y a intervalos se recupera y le vuelve el deseo de desnudarse de los sueños oscuros… del abismo de la noche, de la rabia impotente del dolor humano.

Y como Carmina Casala continua: A veces se le escapan referencias a un Dios transcendente o incluso a un Diablo, porque, aunque usa la palabra abismo en algunos poemas, no me parece que está convencida del todo de su existencia, como demuestra su aspiración a la luz, que nos recuerda a Goethe, cuando dijo, ya a punto de morir, luz, más luz, hasta el punto de cegarle y de cegar a la propia Elvira. Claro que esta aspiración no es absoluta y que se mezcla con lo que llama Oficio de Cenizas, o sea, el recuerdo de los muertos que aquí cree que han dejado de existir del todo. Entre ellos hay simples sombras, o amigos diversos, o mariposas, es decir, momias disecadas, padres, parientes diversos, y una transferencia de lo infernal a este mundo, como si, contrariamente a lo afirmado antes, renunciara a toda esperanza transcendente.

Por el particular laberinto de Elvira han transitado personas, experiencias, lugares y respira el polo temporal del pasado por medio de sorprendentes versos que declaran sin rebozo el vínculo con el tiempo anterior. Para empezar la poeta emplaza al lector en un lugar concreto, llámese paraíso. El impresionante y derramado poema que inaugura el libro titulado “Palabras mortales” (…) nos sitúa en el momento de la creación del mundo, y es una denuncia feroz de cuantas desgarradoras consecuencias ha acarreado la ambición humana al mundo. Bastaría este poema para entender su compromiso con la vida.
Primero quise borrar los poemas de su vejez, porque me pareció que no supo encajarla, pero luego me pregunté cuánto había en ellos de denuncia.

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2017 La poeta en el salón de actos de la Diputación Provincial de Cuenca dentro la Feria del Libro ‘Cuenca Lee’ de ese año en torno a su libro ‘Poesía completa (1959-2016)’. 

Aunque no he podido encontrar en Internet muchos detalles de su biografía, con su vida hizo poesía, debió perder una hija, a la que escribe:

“Yo no te vi crecer al aire libre
como creen alegres otros niños,
sino bajo la tierra, donde esperas
paciente como el lirio que malogró la helada,
a que llegue tu madre desatenta.
Perdóname, amor mío, la tardanza.”
Algunos comentaristas mecionan a sus hijos: Isla, Río y Álvaro.
Fernando Sabido dice de la escritora y de su poesía:
En los años oscuros hubo mujeres a contracorriente de su sexo
que contaron hora a hora, día a día, la verdad de los hechos sin adornos
subjetivos, época de periodistas que sólo ladraban a voluntad del amo
En los años robados hubo mujeres que desbrozaron los caminos de líquenes
y fieras para que un día pudieran las otras disfrutarlos con paridad y en derecho
Y hay mujeres que entregan su vida a la palabra, que objetivamente
van soldando en los libros fragmentos dispersos de la historia
para que la entendamos y mujeres que hacen del verso denuncia, conciencia,
prodigio, latido, claridad, esperanza, ternura o sueños.

Una de esas mujeres fue, es y será en su inmortalidad, Elvira.
La poeta cuenta en una entrevista ante la pregunta:
— ¿Escribías cuentos?
— Sí, pero no de hadas precisamente, sino las terribles historias que ocurrían en un barrio marginal de la posguerra. A los nueve años escribí mi primera novela El barrio, influida por Germinal de Zola. Fue mi primer contacto con la censura. No manca de lógica, pensé que si alguien que se quejaba continuamente era aprensivo, desaprensivo debía ser la persona animosa que nunca se quejaba. Llena de orgullo se la mostré a mamá que tras leer la primera línea: “Mi madre era una mujer desaprensiva y mi padre un perdedor”, me dio una bofetada y arrojó mi novela a la estufa. Su brutal reacción no logró que desistiera de escribir; yo ya estaba envenenada por la magia de las palabras.
— He leído que la entrevista es el género que prefieres.
— Me apasiona ese “cuerpo a cuerpo” entre dos oponentes tan desiguales: uno grande, protegido en su fortaleza; el otro pequeño, sin más arma que su conocimiento del adversario para derribar defensas y avanzar a su encuentro. He tenido la suerte de entrevistar a los más grandes poetas y creadores del siglo XX (E. Evtushenko. P.P. Pasolini, A. Moravia, C.J.Cela, G. Torrente Ballester, J.M. Gironella, A.M. Matute, A.Buero Vallejo; a pintores como Dalí, Saura o Antonio López) a brillantes científicos y a algún idealista fin de raza como Pasionaria. Hombres y mujeres únicos, que con sus hallazgos afinaron nuestra conciencia y contribuyeron a aminorar la enfermedad, el dolor, la injusticia.

Coleccionismo de Revistas y Periódicos: REVISTA 1970 ENTREVISTA A SALVADOR DALI EN FIGUERES CON EL ALCALDE ELVIRA DAUDET - Foto 1 - 69945709
Coleccionismo de Revistas y Periódicos: REVISTA 1970 ENTREVISTA A SALVADOR DALI EN FIGUERES CON EL ALCALDE ELVIRA DAUDET - Foto 2 - 69945709

Su blog:

http://elviradaudet.blogspot.com/

POEMAS DE ELVIRA DAUDET

IN MEMORIAN

«Versos de doble filo»

Escribo con cuchillo —escondido en el puño,
en la inocente lengua, en la sesera—,
hurgando sin piedad en mis entrañas,
como el preso que graba, con la sangre
de sus venas abiertas como juncos,
su obsesión en los muros de la celda,
palabras deformadas que me explican.
Mi corazón conserva un nido de reptiles
que me liban la sangre y la ternura,
y me dejan exangüe, casi muerta.
Con su afilada punta recupero
los restos del naufragio que reflotan,
arranco a la memoria los jirones del miedo
que obstinado me llega de otro tiempo.
Para limpiar el pus de heridas no cerradas
dibujo diestros signos, tajos en carne viva,
no aptos para los ojos de mi niña;
versos de doble filo, igual que labios negros.
¡Que dilema, si escribo llora ella,
si no lo hago me muero,
porque ya sólo escribo para seguir viviendo.

De: Laberinto Carnal

LA ÚLTIMA PASIÓN

No recuerdo el peso de su cuerpo,
he olvidado el tacto de sus ardientes manos
propagando el incendio en mi carne olvidada,
después del tiempo de otra.
No recuerdo el sabor de sus besos,
su sanadora lengua desclavando los labios
del sexo anestesiado por la ausencia;
los ríos de saliva preparando
el cauce fértil para sembrar hijos,
antes de irse de nuevo.
Ya no me acuerdo de él ni cuando sueño.
Ahora sólo es ella la dueña de mi cuerpo
y viene con frecuencia a recordarlo.
Mi amante es concienzuda en su ritual:
aparece de noche, con la luna de leche,
siempre sin avisar,
vestida con ramas de cilantro, su perfume
se expande por la alcoba del invierno
–mi dama es invernal con preferencia–,
me desnuda y con su lengua bífida traza
un preciso y oscuro itinerario
que divide mi cuerpo en parcelas exactas,
doliente mapa de la cruel batalla, a muerte.
Una noche es el páncreas el que extrae con pericia
y su boca glotona engulle lentamente,
mientras gimo; otra es la golosina de un riñón.
Siente predilección por mi garganta
y desde ella, sus solícitas garras
descienden al pulmón –hay margen, tengo dos–,
y el indefenso corazón late asustado.
Me estoy acostumbrando a este amor caníbal
que me devora viva y acabará conmigo:
a mi edad es difícil
vivir una pasión, si no es con ella.

«Antología poética (2012-2014). Poemas inéditos»

MORITURI

A Pier Paolo Pasolini, muerto a palos
y enlodado por los hijos de la noche.

Esperad, antes que me golpeéis,
quiero advertiros, hijos de la noche,
implacables ángeles de las sombras,
que sé llorar en todos los idiomas.
En francés he gemido, con éxito notable,
en el Barrio Latino y en el andén del metro,
en tiempos de Ben Bella, de De Gaulle y Bumedian.
Al pie del Vaticano y en las playas de Ostia
he llorado -en italiano, claro- a un cristo
sucio de sangre y barro, de voz insobornable.
Y en Wall Street, en Bowaris y en Harlem,
acosada por millares de espectros,
hombres sacrificados al dios Dólar,
mis lamentos han sido en un yanki perfecto.
Asombraos, también sé gemir en griego antiguo.
Lo he probado en el Ágora ateniense,
mientras el tren pasaba desdeñoso
y se tambaleban los cimientos
del templo de Teseo.
Y también he llorado en el Pireo,
junto a un sarnoso can apaleado.
Pero lloro mejor en castellano,
en esta hermosa lengua, que es mi idioma,
rizo el rizo del grito y el lamento,
y no es por presumir de virtuosa,
que me ha costado sangre el aprenderlo.
Antes de golpearme, ahora que estáis a tiempo,
decidme, azules criaturas de la muerte,
¿qué idioma preferís para el recreo?

CITA A CIEGAS

Que no fue concebida en un momento
de plenitud gozosa, como una sinfonía
o un poema de amor alejandrino,
lo supo en los pechos de su madre
que sólo daban lágrimas y sangre.
El semen fue vertido al cáliz de la vida
en un día de plomo,
que anunciaba el final de la esperanza.

A ciegas, amor y destrucción se dieron cita.
Tronaban los cañones, cada vez más cercanos,
estremeciendo en lo hondo los huesos de la tierra,
imponiendo su ritmo a la amorosa entrega.
La muerte, blanco hueso, emergía del humo
a comprobar, avara, la abundante cosecha
de cuerpos destrozados, con los sueños intactos,
que la nieve cubría como un plural sudario.

Su niñez fue una boa de seis cuerpos azules.
Puliéndose el colmillo con navaja de nácar,
llegaban en el coche de pasear
al elegido para muerto urgente.
Los bárbaros violaron el dulce territorio
de la infancia con imágenes crudas,
no aptas para menores.
A punta de pistola le robaron la risa.

La juventud la regaló ella misma;
era lo único hermoso que tenía
para hacer sonreír a un hombre triste.
Él la besó sin prisa,
extrajo del bolsillo una sortija,
una cinta amarilla para el pelo,
un brebaje anisado de su boca,
y una salamandra amaestrada.

Antes de regresar a su camino
-con pies de lana para no hacer ruido-,
le dio tres poderosos talismanes
que vencieron al imán de la parca.

La mujer, que recuerdo como un triste epitafio,
no era una sinfonía ni un poema.
Fue sólo una herramienta de trabajo;
pan en la mesa, libros, y zapatos,
montañas de zapatos, más ternura.
De su cuerpo salvaje quedó apenas
un pequeño puñado de cenizas:
las llamas del amor lo calcinaron.

Del libro Cuaderno del delirio.

EPITAFIO

Unos fijan los ojos en la antorcha,
quizá en el terciopelo ebrio de la sangre,
yo en los momentos más dramáticos,
me fijo en los zapatos del herido,
del que llega en patera
cosido a puñaladas por el mar
o del ladrón que huye con el bolso.
En la última tragedia
con que la puta vida nos ha zarandeado
para hacernos conscientes del regalo
que es vivir sin salud
pagando medicinas con las migas
del mal comer,
desahuciados, recortados a cachos,
vi una fotografía en la que unos zapatos
insolentes me buscaban los ojos
para que yo escribiera este epitafio:
murieron con zapatos preparados
para la fiesta grande del patrón
y llegaron confusos al infierno.

ABRIL, MALDITO ABRIL (Al poeta Paul Celan)

La luz pura de abril esconde mil cadáveres.
El poeta se inclina, se descalza,
en un zapato deja los lentes con cuidado,
y al final besa el Sena con labios temblorosos
de lirio, que se entrega musitando los versos
del más triste poema de amor que se haya escrito,
entrecortado por los golpes de agua.

(Las furias maldijeron su linaje
y Hitler hizo el resto: lo redujo a cenizas.
Él se salvó, mas con el alma herida.
¿Quién podría recomponer la vida
con el humo de los cuerpos amados,
un botón inocente, una fotografía;
huir de la tortura de imaginar sus muertes
en las grises salas del manicomio?
A veces, sólo a veces, salvaban las palabras:
los rezos familiares en hebreo,
las ingenuas palabras en rumano
llegadas en socorro de la infancia,
las amorosas palabras en francés,
y los versos de Schiller o de Goethe
-demasiados idiomas
para cantar la angustia un hombre solo-.
Consolaba el amor, inevitable
riesgo, fulgurante pared de hielo
que debía ascender para alcanzar el Gólgota).

Desde que lo abrazara con el último aliento,
no se puede mirar la piel del Sena
sin hallar los pétalos morados de sus versos
en la líquida lengua de ramera
que engulle y regurgita cuanto toca,
como hizo con el cuerpo maltratado
del más conmovedor de los poetas.

LIBERTAD

Desde niña intuí que eras muy cara
al ver los descarnados rostros de tus amantes
-a esas alturas, la mayoría había muerto
con tu nombre de azúcar en los labios
y un extraño fulgor en la mirada-.
Loca de mí, seguí su mal ejemplo
y me enganché al batallón de parias
que por hallarte pierden cuanto aman.

Nadie me dijo nunca al perseguirte
que debería dejar en el camino
tajadas, aún sangrantes, de mi propio corazón;
desprenderme del sueño del amor,
romperme las costuras del cuerpo,
desfondarme, y vaciarme entera.
No imaginé que ahora, al cabo despojada,
te hallaría en el postrer recodo.

Finalmente soy libre, sin amos, sin horarios,
libre de decir lo que quiera, llueva
o no el azufre, pues nada pueden hacerme ya.
Mas me sabes a poco, perdona que te diga;
ni por asomo eres la libertad soñada.
Libertad a deshora no me sirves
cuando todo hace aguas, el mundo retrocede
y los jerarcas celebran tus exequias;
yo confirmo que tengo la pólvora quemada
en batallas perdidas,
y el corazón latiendo a toda prisa
como vierte el reloj la última arena,
avanzando hacia nada.

Libertad, tus alas llegan tarde, con sarcasmo,
a una guerrillera quebrada por la artritis,
a la amante con ceniza en la sangre
que fuera ardiente lava,
a una madre que es nicho de sus hijos.
Y es más, sin esperanza
de que pueda llegar el hombre nuevo
a este lodazal sin adjetivos.
Libertad que me duele como una puñalada
al ver que mis hermanos vuelven a ser esclavos.

Y ahora te pregunto, ¿de qué puedes servirme
sin cuerpo ni energía para cambiar el mundo?,
sin amor, ¿de qué sirves?
Yo necesitaría un corazón para estrenar
contigo Libertad, para vivirte
y sorberte hasta el tuétano la esencia,
y tú sólo me sirves de notario
para firmar mis últimas palabras.

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

“Un día el Imperio decidió que los bárbaros
eran una amenaza a su integridad”

J.M. Goetzee

¿Por qué tiemblas?, si está calma la tarde
transparente,
alumbrada por Dios para tus ojos.
Los almendros derraman su perfume.
y aún hay vino en tu copa,
de la cepa más vieja y soleada,
que mimaron los siervos de tu hacienda
porque es para tus labios.
Si el dolor de los hombres ha quedado
detrás de la muralla que te guarda
para que no lastime tu tierno corazón, di,
¿por qué te tiemblas
y haces bailar el vino de tu copa?,
solo porque han tintineado los cristales
preciosos en la mesa, y a lo lejos
se escucha galopar a mil caballos.

¿Qué te hizo creer el elegido
para gozar lo que de todos era?,
depositario único del rayo
de la belleza estremecedora.
Qué delicado pétalo en la retina tienes,
solamente por rico, que la naturaleza
no les diera a los hijos de nadie,
que te hace percibir, clarividente,
la última pincelada de la mano del genio
-temblaba, como tú tiemblas ahora,
al oír el galope de la muerte-.

Has pisado las huellas de los grandes guerreros,
de poetas que alumbraron el mundo
con sus palabras de oro.
¿Afinaste en el viaje tu mirada miope
en los ojos de hombres desgraciados?
¿Qué amor desmesurado o qué dolor avalan
tu paso por la tierra? -Ella se fue con otro,
ni un polvo de tu viaje que dejara memoria-.
Volviste convencido que el hermoso escenario
fue diseñado sólo para ti, un regalo
de boda de ese Dios generoso con los tuyos..
¿Qué prodigio atesoras, niño de porcelana,
que no sea pagado con la sangre del pobre?

Mas no temas, los bárbaros no vienen
siempre estuvieron dentro: sois vosotros.

ORIGEN

A los mineros en lucha

Aunque mi signo es de aire, paradójicamente,
vengo de las entrañas mordidas de la tierra,
de la honda caverna descarnada
situada diez pisos más abajo
del reino de las ciegas alimañas,
y el grisú venenoso de la mina;
el polvo del carbón es mi sustancia.
Los hombres que me dieron su apellido
fueron todos mineros desde niños

ojos enrojecidos, enfermos de tinieblas,
sin pestañas, donde la luz es una cicatriz,
un lejano recuerdo que aún duele en la retina-
y sólo abandonaron la negrura del pozo
para luchar en guerras diferentes,
aunque fueran la misma;
que todas las perdieron es ya historia.
Derrota tras derrota, regresaban
-los que no tuvieron la suerte de morir
en la batalla o luego en la prisión-
más viejos y humillados. O lo hacían sus hijos,
con su orfandad y su derrota a cuestas,
como una herencia amarga, irrevocable.
En aquel agujero vecino del infierno,
despiadado, vivieron su dolorosa infancia,
rebeldes sometidos,
y aprendieron a odiar a los tiranos
antes de que el amor les golpeara.
Por encima pasaron los inviernos,
los veranos, la vida ajena a ellos,
mientras se hacían hombres en la mina,
con un disfraz oscuro que crecía con ellos,
royendo la esperanza de la revolución.

¡Qué terquedad en repetir la historia
sin futuro de sus padres,
en vez de hacerse hombres de provecho!,
procurador en cortes o ingeniero
son oficios más limpios y tienen menos riesgo-.
Arriba,
prácticamente a la altura del cielo,
la primavera esmaltaba de verdes la campiña,
las muchachas lavaban en el río
con sus manos de lirio adolescente.
Aunque era imposible mirar hacia lo alto,
ellos lo presentían
en el ciego y preciso calendario
de su desordenado corazón.
Polvo a polvo, eslabón a eslabón
de una larga cadena de dolor y miseria,
huésped de un azaroso viaje,
yo soy el resultado del fracaso obstinado
de una casta de pobres orgullosos de serlo,
su pasado impregna mis tejidos
del mismo zumo acre de la hulla
y los gases letales bullen en mi cerebro.
La sangre que fue suya y ahora me pertenece,
ese río remoto y poderoso
que llegó a mis arterias a través de los siglos,
cuerpo a cuerpo, era negra y esclava
hasta que un día, con la primera luz,
abrió los ojos
y vio la abrumadora, la insoslayable realidad,
antes de derramarse generosa.
Ese caudal de polvo ennegrecido
guerrea en mi interior con otra sangre,
más pulida y brillante, aunque igualmente pobre.
Al fin todos venimos de un viaje milenario
con origen común en las cavernas;
el mismo rey desciende de un primate.

NINGUNO

A Nessuno, mi amante de una noche
de lluvia, en la que fuimos dueños de Roma.

Ya no recuerdo si he amado alguna vez,
pero me gusta, a la deriva del crepúsculo,
jugar a enamorarme de ninguno.
Perseguir a ninguno por las calles,
rastreando su aroma de grappa en las hombreras,
hasta perderlo en brazos de la noche,
extenuada. Y volver a empezar
otro día cualquiera, siempre sin rumbo fijo.

Imaginarle rostros y sonrisas,
extravagancias y discursos raros.
Convertirlo en cosaco o ballenero,
y de lord transformarlo en vagabundo.
Besarme con ninguno por el Tiber,
y llena ya la boca de burbujas y néctar
hundirme en su alegría, y reír locamente
hasta romper los puentes, las vidrieras
y el silencio de piedra de San Pedro.

Caminar con ninguno entre las ruinas
espantando a los gatos y a los adormilados
policías que vigilan la noche,
mientras la ronca voz del viento silba
la Júpiter en las copas de plata
de los pinos romanos, y la lluvia
se sigue desangrando, desmayada.
De súbito, me gusta morir matando el día,
porque sí, y juego a enamorarme de ninguno
para burlar la soledad y poner
con ninguno los cuernos al vacío.

(Del libro El don desapacible)

¡OH MAR HERMAFRODITA!

¡Oh mar hermafrodita,
padre y madre del mundo!
Ombligo, centro exacto de todo lo creado,
que atesora la vida.
Mar viejo, acuchillado, lleno de labios rojos
que se desangran dulce, lentamente.
Obstinado, marea tras marea,
te lames las heridas,
te creas y recreas a ti mismo
de tu sustancia azul y tus fluidos,
esperma generoso, inagotable.
Y vuelves a nacer de tu útero de madre,
sin consumirte nunca ni acabarte.
Mar macho, pendenciero, de navaja de hielo
y tempestades,
cabalgado por monstruos submarinos
y doradas sirenas amazonas.
Suma de la belleza, mar dulce y maternal,
de redondas caderas
y vientre profundísimo de anémonas
preñado de innumerables frutos,
junto a su criatura, el mar recién nacido.
Mar abundante y libre, femenino,
que desafía al cielo con su cuerpo desnudo,
tendida al sol, sin miedo,
su hermosa piel azul,
desde un extremo al otro del planeta.

(Del libro Terrenal y marina)

ESTADO DE GRACIA

Últimamente -casi da pudor confesarlo-,
me suceden cosas extraordinarias,
como si no tuviera ya epidermis y la luz,
que alberga el cuerpo humano detrás de su envoltorio,
se me trasparentara cual candil tembloroso
o anduviera con el corazón entre las manos.
Un mirlo me visita cada día,
porque le recompuse un ala herida
con mercromina y un esparadrapo.
Se que es raro y difícil de creer, pero os juro
que he visto un gran yate de lujo, atracado
-con sus luces de feria- en mi jardín,
que pese a su modestia contiene el paraíso,
amén del mar cual lámina de fondo.
Magia pura, creedme, que mantengo
en el telar sin nubes de mis ojos.
Y eso apenas es nada:
el encargado negro de la cafetería
de una gran superficie, a la que no voy nunca,
a sabiendas de que no tengo un euro,
-le digo con franqueza que olvidé la cartera-
me sirve el desayuno de una reina,
y sus ojos, dos joyas de basalto, me besan.
Un niño -también desconocido y espontáneo-
con las manos de seda y los rizos de lana,
se empecina en que pruebe su helado
hasta por las orejas, si me aparto.
Una vecina inglesa, sólo por defenderme,
ha hablado por vez primera en español;
casi lloro -no de pena, mi inglés es aún peor-
por su esfuerzo que suena a violín cercano.
Como si hubiera entrado en estado de gracia
los jóvenes me aplauden y me miman,
aunque estoy torpe y vieja como una tortuga.
Pero cada semana, últimamente,
se me ofrece un prodigio,
quizá porque aún conservo la inocencia
que un día me condujo al matadero.

LA PALABRA

¿Quién me vende una palabra virgen,
vibrante, cegadora cual una lumbrarada,
para cantar al mar, mi último amante?
La necesito viva, llena de sangre roja.
La palabra precisa,
reluciente, limpia como una estrella,
una palabra nueva
para llevarla hasta el altar del mar,
el único milagro que conozco,
con la veneración que se merece,
como hace el cielo cuando le visita
con la chispa azul del relámpago.

¡Oh, Juan Ramón, Cernuda, Federico
Poesía uno y trino, sustancia consumada,
sublimada materia derribada,
carne abatida a tiros,
mustia y deshilachada en el exilio,
y renacida luego, para siempre,
en el verbo. Sí vosotros, poetas,
que domináis la magia de crear la belleza,
prestadme la palabra nunca dicha.
Una sola palabra escueta y pura,
carne de lunación iluminada,
para acercarme sin vergüenza
al misterio del mar
y su fondo sagrado de arrecifes,
que esconde la simiente de un dios bueno.

NO ERA INÚTIL, MIGUEL

“Para la libertad sangro, lucho, pervivo”
-Miguel Hernández-

Ya desde muy temprano me enseñaron tus versos clandestinos.
Cuando la libertad era un delito y pronunciar tan hermosa palabra
podía conducirte a la prisión, pensaba: “Pobre Miguel, si hubieras intuido
lo que nos esperaba al doblar tú la esquina envenenada de la vida”
Y se me atragantaba la libertad perdida, lo mismo que una estrella
de cristal astillada, que abandoné en tu boca como un último beso
royéndote la lengua y las encías.
Ay, España, ¿qué fue de tus poetas, los más puros brillantes
que hubo en corona alguna?, ¿qué hiciste con su sangre, con sus huesos?

Y la pena me estallaba por dentro, llanto y trueno, al recordar
tu limpia vida inútil, malgastada. Inútiles tu sueño, tu esperanza,
tu sangre, vuestra sangre, derramada. Y también tu palabra,
tus versos militantes, porque, ay, la libertad fue enterrada contigo,
vencido y humillado contigo todo el pueblo, desangrado por la herida terrible
de la mitad de España amputada de cuajo, de un cuerpo que fue hermoso.
Y millares de espectros, escondidos entre las pocas piedras que quedaron
en pie, como muñones de los muros que fueron arrastrados
por la crecida de la sangre, tus hermanos.
Fuimos los herederos de tu sueño cadavéricos niños, atacados
por la tisis, el tifus, la pelagra y el odio, comidos por el miedo y la miseria,
y sin nada que comer; peritos en prisiones y astucias para sobrevivir.

Durante mucho tiempo me ha amargado tu muerte, vuestra muerte, por inútil.
Menos mal, me decía, que la muerte es eterna y no pueden volver en un permiso
a contemplar la vida de los seres que amaron. Me preguntaba si en algún momento
al descubrir que la guerra iba en serio, obscenamente en serio,
al mirar a la muerte cara a cara en el campo de batalla,
al brindar tu carne vegetal al cirujano, o cuando exangüe, espuma a espuma,
te escapabas de la prisión, la duda te clavó su diente venenoso.

Quizá al verte doblemente vencido, desguazado, en la nata de pena
de los ojos de la mujer que amabas, al sellar la esperanza
de jugar con tu hijo a cazar grillos, te preguntaste si no sería inútil también tú,
si valía la pena penar tanto por ese pez de plata escurridizo
con el que te llenabas tú la hambrienta boca.

Hoy sé, Miguel, que no era inútil.
La libertad enterrada no se pudrió, protegida por la tierra empapada
con la sangre, la tuya y la de tantos, demasiados.
Vuestra sangre comienza a germinar en hombres nuevos
que gritan libertad como en aquel verano violento, pero esta vez sin ira.
Tu corazón, helado en varios tomos, vuelve a latir en los pulsos más nobles.
Vuelve la vida a restañar la herida de la muerte y las cuencas vacías
se han llenado de piedras luminosas abiertas al futuro, incierto pero hermoso.

Gracias a ti, a vosotros, España resucita ya completa.
Los gritos de los niños, que juegan en el parque mientras sus padres votan,
de nuevo en democracia, me han hecho recordarte y comprender.
No era inútil, Miguel, descansa en paz.

Madrid,15 de junio 1977

AMANTE DE LLUVIA

Vienes, desde tan lejos, a mis ojos
y los ciegas de llanto.
Ciegos también tus ojos y los míos
bajo aquel aguacero de la noche
primera, palpándonos los rostros
para encontrar los labios y bebernos.
La lluvia generosa que caía
inundó de alegría la pobreza
de un domingo cualquiera,
que ya es único y nuestro,
y nos hizo sentirnos inmortales
(no puede ser humana tanta dicha),
anegados en besos, agua y risas.
¡Ay, amante de lluvia y alegría,
detenido para siempre en la noche que te amé!
Tan ido como el viento codicioso
que robaba los oros
a los dormidos árboles
y empujaba tu cuerpo contra el mío,
me vienes a la mente, de improviso,
volando la hojarasca
que otoño tras otoño te ocultaba.
Y la plaza sonora de la boca,
convertida en un pozo de silencios
donde oxidadas yacen las palabras
con su vaho levísimo de escombros,
se me llena de aquel urgente jugo
donde saltaban vivos, como peces, los besos.

Perdido y sin retorno, amor,
y yo ya acostumbrada a tanta ausencia,
de repente me vienes como un rayo
directo al corazón, reseco de cenizas,
y sangra la amapola disecada.
Tan lejos y tan ido, en un instante
te haces dueño de mí, lunar e intacta,
sólo con ver tu foto en los diarios.

(Del libro Terrenal y marina)

MUJERES

Hay mujeres hermosas como estatuas de hielo,

que viven entre pétalos y plumas
en el dulce refugio de las rosas.
Todo es bello en sus vidas, delicado;
no saben del dolor, nunca han amado.
Los hombres las adoran, las protegen,
roban por sus favores,
dan la vida por ellas: son las diosas.
Hay mujeres araña, perversas viudas negras,
que tejen con sus lágrimas la tela
de sutil pedrería para cazar marido con fortuna,
y luego devorarlo: son las brujas.
Damas sofisticadas, de dorada apariencia
y corazón de cuarzo,
lo mismo que los ríos que se adornan
con los oros prestados del otoño
y sólo guardan piedras en el fondo.
O vulgares, con vocación de mando
y agrio zumo, que únicamente gozan
paseando a los hombres con cadenas.
Las hay puras y tiernas, niñas no terminadas,
con candorosos ojos de vidriera,
que por su perfección y su rareza
sus propietarios guardan celosos en vitrinas,
como el mayor tesoro. Con el tiempo,
pierden su juventud y su rareza;
se convierten en objetos olvidados.
Hay mujeres “alegres”
que al amor se jugaron la vida en una apuesta.
Desahuciadas,
abren su tenderete de miserias
al paso clandestino de los hombres,
con la muerte anidando en la mirada
y la maleta llena de tristeza.
Y hay mujeres sencillas, con los ojos de agua
y la carne de harina,
que aman, trabajan, paren, se deshojan
aferradas a un sueño
-el más lento y cruel de los venenos-
y despiertan a golpes en una pesadilla.
Un monstruo, baba negra y ojos turbios,
se ha metido en sus camas y en sus vidas.
Pasado el primer trago
-mitad terror y otra mitad de sangre-,
adictas a la pócima de su amor obstinado,
se instalan en la esperanza inútil de que él cambie.
Penélopes dolientes, ocupadas
en destejer la trama misteriosa
que destruyó al muchacho enamorado.
Los hombres las desprecian, las golpean;
como animales mansos, ellas gimen bajito
y se dejan llevar al matadero.
Las matan a diario, son tan sólo mujeres.

EL DIABLO

A menudo te hablo de mi hastío,
te vomito tu vino miserable,
tus mentiras, y me quejo de tus cobardías.
Déjame, en cambio, ahora decirte que te amo,
porque he visto al diablo y tengo miedo.

¡Oh, Dios, qué bello y dulce es el diablo!
En sus ojos, hermosos como lagos del Norte,
me he visto reflejada, cual un rayo de luna,
y he recuperado la inocencia
de radiante muchacha, abierta al viento
su blanca risa y su vestido blanco.

Sus manos me han mostrado la belleza de mi piel.
¡Ay, sus manos de ascuas y jacintos!,
que han dejado un incendio de avispas en mis venas
y una flor de libertad herida en mi costado.
En su risa indomable de campana,
donde relampaguea la luz del universo,
ha quedado atrapada mi alegría.

Mas sé que era el diablo, que quería
tentarme con sus oros de ángel libre
y arrancarte de mí, puñal experto
que tapona la sangre de mi herida,
borrarte como un número de tiza.
A ti, mi dueño de sedienta boca,
implacable señor de mis tinieblas,
mi dios pequeño pero cruel como Dios mismo.

(De "El don desapacible", cap.I, "Del amor y sus frutos amargos")

AMOR ES LA PALABRA (II)

Te recuerdo como eras en aquel otoño.
Vegetal desgajado por el rayo,
humedecida tu corteza morena.
Yo aprendía, a la vez, la geografía del varón
y a lavar tus camisas.
La espuma se quedaba detenida en mis manos,
mientras mis ojos estrenaban atónitos tu imagen
borrando toda huella ajena a ti.
Y recuerdo el deseo, escupiéndonos
como un volcán su lava.
La fiebre de tus manos, tomando posesión
de aquella torpe isla sorprendida
-de la feria me queda el cuerpo calcinado-
Y recuerdo el bocado de tus ojos,
antes de agonizar en cada asalto.
Y me recuerdo, recién nacida entre tus brazos,
con un sabor a algas maceradas en llanto
-sabor a virgen rota decía yo riendo-.
La tarde olía a sangre y almidón
y yo iba en el metro, por primera vez sola,
desgajada de ti.
Aquel día me vestí una tristeza nueva.
Y recuerdo los árboles, llorando sobre mí
el confeti amarillo de sus ojos.
Y al hombre cojo del acordeón
cantando a los cadáveres del campo de batalla.
Y te recuerdo a ti, y aún me estremezco,
saliendo de la guerra -la dulce guerra nuestra-
moreno y despeinado como el trigo.
Así te guardo, amor,
mío ya para siempre, aunque no quieras.

(Del libro "Crónicas de una tristeza")

LA TRAMPA

Como una pobre rata va el hombre hacia su queso.
Están reunidos todos los amigos,
regocijados
al verlo tan hermoso y anhelante.
Le murmuran obscenidades al oído
y acarician su nuca.
Sonríe él, agradecido, y les ríe los chistes.
La fiesta vale el salario de un año
y, satisfecho, el novio les ve beber champán,
prepararle las sábanas y cantar parabienes.
Nadie le dice el precio del vestido de novia.
Aunque todos lo saben,
ninguno va a decirle que la esposa,
debajo de los tules,
esconde una boca inmensa que acabará engulléndolo.
No le dicen que sus sueños, su ambición,
su esperanza,
van a ser arrancadas
para adornar el adorado ombligo.
Y sus huesos, si se salvan,
serán paseados con cadenas.
Animada por músicas, velos y temblores
entra la novia, ave perseguida.
Va dejando a su paso las espumas del velo,
las plumas de su cola, de paloma alcanzada.
Camina al paraíso corregido,
hacia la fortaleza conquistada,
poniendo bridas
al miedo de encontrarse en el bosque de vello
donde el deseo amordazado del varón la espera.
Va la virgen a poseer un dios dulce y viril,
a la isla fortificada de sus brazos,
a la feria de los besos y el misterio,
a salvarse del miedo,
a la entrega.
Pero, ¿por qué nadie le dice ahora
que la crisálida sale hecha cenizas del abrazo,
que su dios es un hombre destrozado
y recompuesto,
que el misterio es un caos de amargura y vergüenza.
Que mañana habrá de defenderse
del odio de su dios encadenado
y su propia impotencia.
Y que el tierno almidón de las sábanas
va a convertirse
en un violento e incandescente charco mineral?
Hermosos, jóvenes, los dos enamorados
son conducidos por el órgano, el incienso,
el pueblo entero, hacia la trampa.

Del libro Crónicas de una tristeza.

LA ARAÑA

No me vengas, muchacho, a estas alturas
Del espanto ciempiés, a remendarme
Los grises agujeros con amores
Platónicos, y cantar con palabras de azúcar
Mis ojos de basalto, la pulpa de mis labios
ni el lujo de mi piel -de orquídea paralítica-
que no estoy para cantos celestiales.
Sé que soy como soy: fruto del otoño
Y de esta cruel tierra de alacranes,
Amarga cual la almendra de corazón helado.
Chiquillo, no seas necio:
Mis ojos, que han visto tantas cosas,
Solo son bolas de barro que ruedan
delante de los pies por el asfalto,
negras de hollín y grasa de los coches,
mis labios ya no son de pulpa fresca,
sino secos y ácidos, y en mi piel,
fuego y satén en noches pródigas en victorias,
la escarcha de la muerte va extendiendo
su sombra codiciosa. Sé prudente
entes de echar tus redes en mi noche,
pavorosa alimaña de afilados colmillos,
que podría seguirte la corriente
y liarme contigo la manta a la cabeza.
No pretendas descubrirme Venecia,
criatura. Yo he danzado desnuda
en la plaza San Marcos, borracha
de amor y de champán con Casanova.
De vigilia en París y estricto ayuno,
Me doctoré en la ciencia de la vida,
Discutiendo en los cafés
Con todos los malditos que tú adoras.
Y al grito de libertad, me hice mujer, a golpes
siguiendo la costumbre de mi casta,
Pero sobreviví a la “paz de Franco”,
Fui promesa, escritora, bohemia,
periodista, vanguardia y revolucionaria.
Fíjate si soy vieja.
Por eso, ahora que todavía estás a tiempo;
Vete sin volver la cabeza. Huye,
no me tientes con tu juego a deshora,
que te advierto que soy de fruto amargo
y corazón helado por un fatal granizo.
No te fíes del engañoso brillo
de la cáscara, ni del relámpago
de húmedo hollín en mis ojos de barro.
Sálvate de mis trucos de mujer sola y triste,
No caigas en la trampa sutil que el miedo borda,
trémula y refulgente pedrería,
como teje la araña su tela prodigiosa
para atrapar la mosca y devorarla.

Del libro El don desapacible.

EPITAFIO

Unos fijan los ojos en la antorcha,
Quizás en el terciopelo ebrio de la sangre,
Yo, en momentos dramáticos,
Me fijo en los zapatos del herido,
Del que llega en patera
cosido a puñaladas por el mar
o del ladrón que huye con el bolso.
En la última tragedia
con que la puta vida nos ha zarandeado
para hacernos conscientes del regalo
que es vivir sin salud
pagando medicinas con las migas
del mal comer,
desahuciados, recortados a cachos,
vi una fotografía en la que unos zapatos
insolentes me buscaban los ojos
para que yo escribiera este epitafio:
murieron con zapatos preparados
para la fiesta grande del patrón
y llegaron confusos al infierno.

Agradezco a Fernando Sánchez Sabido:

https://poetassigloveintiuno.blogspot.com/2010/08/597-elvira-daudet.html

A Raúl Hernández (mi amigo fotógrafo chileno y amante de la poesía hasta los tuétanos) por regalarme su libro Poesía Póstuma.

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