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263. POESÍA MÁS POESÍA: RAYMOND CARVER

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BIOGRAFÍA DE RAYMOND CARVER

Raymond Carver fue un cuentista y poeta nacido en Clatskanie, Oregón (Estados Unidos), en 1938. Considerado como uno de los escritores más influyentes del siglo XX de la literatura norteamericana, fue uno de los mayores exponentes del “realismo sucio”. Su obra se caracteriza por relatos en su mayoría ambientados en la región noroeste de los Estados Unidos. Algunos de sus libros más destacados son ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981) o Catedral (1983). Falleció en Port Angeles en 1988 en plena madurez creativa, poco antes de cumplir los cincuenta años, a causa de un cáncer de pulmón.

Todos nosotros, es una antología de su obra publicada por Bartleby en 2007 con traducción de Jorge Priede. En el año 2019, la editorial Anagrama publicó su poesía completa bajo el mismo título. “Carver no escribe poesía de manera circunstancial entre relato y relato, más bien al revés: la poesía es para él un cauce espiritual del que se desvía para escribir sus relatos” afirmaba su viuda, Tess Gallagher en el prólogo de la edición original de All of us (1997).

Raymond Carver en brazos de sus padres Ella Beatrice Carter y Clevie Raymond Carver - Poesia Online
Raymond Carver en brazos de sus padres, Ella Beatrice Carter y Clevie Raymond Carver.

Raymond Carver es creador de una obra donde predominan los cuentos plenos de personajes ordinarios, gente sin importancia a la que le suceden las mismas cosas que a cualquiera, pero que en manos de este autor se llenan de una luz extraordinaria. Esa misma cotidianidad descarnada, confundible incluso con lo que siente y piensa el mismo escritor, se pasea por su obra poética.

Aunque se lo recuerda por revolucionar la narrativa corta norteamericana con su realismo sucio, él prefería la poesía a los cuentos. Transformó su vida (y su obra) gracias a su sobriedad y a su segunda esposa, la poeta Tess Gallagher.

Raymond Carver a la izquierda y su hermano James - Poesia Online
Raymond Carver a la izquierda y su hermano James

Aunque no haya expresado de esa forma mi dolor por la pérdida de Ray, comprendo que Leonard Bernstein se metiera en la cama durante seis meses cuando su esposa murió de cáncer. De todas formas, en mi familia nadie habría podido darse ese gusto. Tienes que levantarte, hacer el esfuerzo de aparentar normalidad y cumplir con lo que te toca, sin que importe mucho cómo te sientes. Forma parte de la moral de la clase trabajadora, supongo. Y de ahí venimos Ray y yo. Ray me dijo una vez, hablando de la época anterior a nuestro encuentro, que nunca había tenido tiempo para caer en una depresión. La «voluntad de hierro» a la que se refiere en uno de sus poemas es necesaria para la creación y quizá se forje a base de «no tener más remedio que seguir adelante».

Raymond Carver junto a su ultima mujer Tess Gallagher - Poesia Online
Raymond Carver, junto a su última mujer, Tess Gallagher

Ray y yo aprendimos juntos algo más. Aprendimos a seguir adelante con esperanza. Cuando unimos nuestras vidas hace casi once años en El Paso, Texas, empezábamos a recuperarnos tras haber cruzado un desierto de desesperanza. Entre ambos dejábamos atrás algo así como treinta años de fracaso matrimonial. Más tiempo del que tendríamos para reconstruir la confianza. Buscamos juntos un lugar en el que la confianza fuera nuestra segunda naturaleza y prometimos ayudarnos el uno al otro. Solíamos decirnos: «No me idealices, cariño. No me idealices». Y puedes creerme, para entonces ya habíamos vivido lo suficiente para saber de qué hablábamos.

Puede que sepas la historia. Ray había dejado el alcohol un año antes de irnos a vivir juntos. Se sentía perdido, tenía miedo de no volver a escribir. Se alejaba literalmente del teléfono cuando sonaba. Había tenido que declararse insolvente un par de veces. Aún recuerdo como alzó los ojos al ver mi tarjeta de crédito.

Ahora me parece que entre los dos logramos que recuperara las ganas de divertirse, y algo más, lo necesario para sentir un inmenso placer viendo disfrutar a los demás. Esto no había sido siempre así, desde luego. Tras su muerte he sido la depositaria de todos los recuerdos y las historias que la gente sabía de él. He leído cartas de amigos que le conocieron en el periodo al que luego se refería como «Raymond el Malo», época en la que era, como dijo un amigo escritor, «el hombre más triste que haya conocido nunca». Veinte años después ambos se volvieron a encontrar y su amigo quedó atónito ante semejante transformación.

Theodore Roethke escribió: «Las cosas buenas les pasan a los hombres felices», y yo tuve el privilegio de ver cómo Ray se convertía en un hombre feliz. Recuerdo a menudo lo contento que estaba por el mero hecho de sentirse vivo. Precisamente por eso, lamentaba tener que irse tan pronto. No hay por qué ocultarlo. Si hubiera sido solamente cuestión de voluntad, hoy estaría vivo.

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Con todo, Ray, a cada nuevo giro de su enfermedad, se preguntaba qué podía hacer con el tiempo que le quedaba. Eligió trabajar y escribir sus poemas a pesar del pánico que le provocaba su tumor cerebral y más tarde, en junio, la reaparición del tumor en los pulmones. Su respuesta al duro golpe consistió en buscar algo bueno que celebrar y el diecisiete de junio nos casamos en Reno, Nevada. Fue una ceremonia muy carveriana en la pequeña iglesia que está frente al ayuntamiento. Después fuimos a jugar al Harrah’s Club y gané cada vez que me tocaba darle a la rueda. No podía dejar de ganar.

En los últimos días, Ray sabía que su relato estaba llegando al final: «Nos estamos saliendo de esta historia, cariño», me decía. Se consideraba afortunado por ser consciente de ello. Aún tuvo algo que celebrar cuando se publicó aquella primavera Desde donde llamo, su último libro de relatos. Hubo un breve interludio en el sufrimiento mental que le acarreaba su enfermedad y recibió de muy buen grado y lleno de agradecimiento las buenas críticas, el ingreso en la Academy American y en el Institute of Arts and Letters, el doctorado en letras por la Universidad de Hartford y la Brandeis Medal for Excellence.

Me siento como si estuviera homenajeando desde la tristeza al artista y al hombre. También a esa particular entidad que fue nuestra relación y que propició la maravillosa alquimia de nuestras vidas, una luminosidad recíproca. Hay un término científico que lo define: mutualidad. Nos ayudamos, nos alimentamos, nos protegimos el uno al otro y, lo que es más importante, en el sentido que le da Rilke a la expresión, protegimos y guardamos la soledad del otro. Siempre nos estábamos preguntando: ¿Qué es lo que realmente importa?

carver and wife - Poesia OnlineRay fue mi estímulo para escribir relatos y yo el suyo para sus relatos y sus poemas, poemas de los que logró extraer su propio equilibrio espiritual, porque en el momento de su muerte era, creo, uno de esos escasos seres purificados para quien, como dice Tolstoy, el amor es la única respuesta. Disfrutó cada día la seguridad y el confort con que lo halagué. Como dijo Simone de Beauvoir a las feministas que le pedían explicaciones por la devoción que sentía por Sartre: «Es que me gusta trabajar en ese jardín que está al lado del mío». Echaré de menos trabajar en ese jardín tan real y tan extraño, el jardín de Ray. Todo lo que yo haya hecho crecer en él me fue devuelto con el don de su interés por mi propio trabajo. Tras su muerte, sólo he encontrado consuelo ordenando su último libro. En casa echo de menos su encanto, su risa. También su inagotable generosidad, porque era, antes que ninguna otra cosa, mi mejor amigo.

Todo lo que puedas intuir sobre Raymond Carver, que era un hombre dispuesto a hacer las cosas de manera decente, correcta y generosa, es cierto. Puedo asegurártelo desde dentro. Él era así. Y logró ser así a pesar de llevar una vida bastante complicada.

Una de las partes de su último libro se abre con una cita de Robert Lowell: «Sin embargo, ¿por qué no decir que sucedió?» Me parece que resume perfectamente la actitud vital y literaria de Ray. Se sentía culpable por «lo que había sucedido» y se ganó su redención (también la de alguno de nosotros) con su literatura.

Pocos días después de su muerte, entré en su estudio de Port Angeles, el estudio con el que siempre había soñado, con una chimenea y una vista del valle y las montañas con el mar al fondo, y me senté a su mesa durante un rato. Allí estaba sentada, sin más. Entonces me agaché y abrí un cajón. Dentro encontré una docena de carpetas llenas de ideas para futuros relatos que le habrían ocupado por lo menos hasta 2015. Me duele que no vayamos a tener oportunidad de leer esas historias. Pero no puedo sentirme triste por eso, debo pensar en lo mucho que fue capaz de darnos en tan poco tiempo. Debemos aceptar la suerte que eso supone para nosotros, porque además Ray se consideraba afortunado y estaba agradecido por ello, e hizo todo lo posible para mostrar su agradecimiento al mundo. Y lo logró.

Una semana después de su muerte, estaba con un amigo junto a la tumba de Ray contemplando el Estrecho de Juan de Fuca allá abajo, cuando él recordó una frase de Rilke: «Y estaba presente en todo lugar, como la hora del atardecer». Termino ya con el último fragmento escrito por Ray:

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí. ¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.

Gallagher, Tess. Carver y yo (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2007.

 

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SELECCIÓN DE POEMAS DE RAYMOND CARVER

RELOJ DE KAFKA

A partir de una carta

Tengo un oficio con un diminuto salario de 80 coronas, y
unas infinitas 8 o 9 horas de trabajo.
Devoro el tiempo fuera de la oficina como una bestia salvaje.
Algún día espero sentarme en una silla en otro país,
frente a una ventana con vistas a campos de caña de azúcar
o cementerios mahometanos.
No me quejo tanto del trabajo como de
la lentitud del tiempo cenagoso. ¡Las horas de trabajo
no pueden dividirse! Siento la presión
de las ocho o nueve horas enteras incluso en la última
media hora del día. Es como un trayecto en tren
que durara noche y día. Al final te sientes completamente
abrumado. Ya no piensas en la tensión
del motor, o en las colinas o
los campos llanos, sino que atribuyes todo lo que ocurre
sólo a tu reloj. El reloj que sostienes todo el tiempo
en la palma de la mano. Y que sacudes. Y que te llevas,
incrédulo, lentamente a la oreja.

 

UN RELATO

Comenzó el poema en la mesa de la cocina,
con una pierna cruzada sobre la otra.
Escribió un rato, como si sólo
le interesara a medias el resultado. No era como
si no hubiera ya bastantes poemas en el mundo.
El mundo tenía suficientes poemas. Además,
llevaba meses fuera.
Hacía meses que ni siquiera había leído un poema.
¿Qué clase de vida era esta? ¿Una vida en la que alguien
estaba demasiado ocupado incluso para leer poemas?
Eso no era vida. Luego miró por la ventana,
colina abajo, a la casa de Frank.
Una bonita casa junto al río.
Se acordó de Frank abriendo la puerta
cada mañana a las nueve.
Dando sus paseos.
Se acercó más a la mesa y descruzó las piernas.
La noche anterior había escuchado el relato
de la muerte de Frank de boca de Ed, otro vecino.
Un hombre de la misma edad que Frank,
y un buen amigo de Frank. Frank
y su mujer veían la televisión. Canción triste de Hill Street.
La serie favorita de Frank. De repente jadea
dos veces, se echa hacia atrás en la silla,
“como si le hubieran electrocutado”. Así de rápido,
estaba muerto. Perdía el color.
Estaba gris, volviéndose negro. Betty sale
corriendo de la casa en camisón. Corre a
casa de un vecino donde hay una chica que sabe
algo de masajes cardiacos. ¡Ella estaba viendo
la misma serie! Vuelven corriendo
a casa de Frank. Frank está completamente negro ahora,
en su silla delante de la televisión.
Los policías y otros personajes desesperados
se mueven por la pantalla, elevan la voz,
se gritan entre ellos, mientras esta vecina
arrastra a Frank desde su silla hasta el suelo.
Le desgarra la camisa. Se pone a ello.
Frank es la primera víctima real
que ha tenido.
Coloca sus labios
sobre los labios helados de Frank. Los labios de un muerto. Labios negros.
Y negros su rostro y manos y brazos.
Negro también su pecho donde se ha roto la camisa,
dejando a la vista el escaso vello que allí crecía.
Ella continúa mucho más tiempo de lo que sabía razonable.
Presionando los labios contra sus
labios inertes. Luego parando para golpearle
con los puños apretados. Presionando sus labios de nuevo
y otra vez más. Incluso cuando ya era demasiado tarde y
era evidente que él no iba a volver, ella continuó.
Esta chica le golpeaba con sus puños, le llamaba
de todo. Estaba llorando
cuando se lo llevaron.
Y a alguien se le ocurrió apagar
las imágenes que palpitaban en la pantalla.

 

EL MINUÉ

Mañanas resplandecientes.
Días en los que deseo tanto que no deseo nada.
Sólo esta vida, y nada más. Aun así,
espero que no venga nadie.
Pero si viene alguien, ojalá sea ella.
La que tenía estrellitas de diamante
en las puntas de los zapatos.
La chica a la que vi bailar el minué.
Esa antigua danza. El minué. Lo bailaba
como había que bailarlo.
Y como ella quería.

 

LLUVIA

Me desperté esta mañana con
unas ganas terribles de quedarme en la cama
a leer. Me resistí durante un minuto.
Luego miré por la ventana la lluvia.
Y me rendí. Me puse por completo
a merced de esta lluviosa mañana.
¿Volvería a vivir de nuevo mi vida?
¿Cometería los mismos errores imperdonables?
Sí, a la menor oportunidad. Sí.

 

FELICIDAD

Es temprano y todavía está oscuro afuera.
Estoy cerca de la ventana con un café,
Y las cosas usuales de la mañana
Que pasan por mi cabeza.
Cuando veo al niño y a su amigo
Caminando por la carretera
Para dejar el periódico.
Tienen puestas gorras y suéteres,
Y uno de los niños tiene un maletín sobre sus hombros.
Son muy felices.
No dicen nunca nada, estos niños.
Pienso que, si pudieran, se tomarían del brazo del otro.
Es temprano en la mañana
Y hacen todo juntos.
Se aproximan, lentamente.
El cielo está llenándose de luz
Aun cuando la luna se refleja pálida sobre el agua.
Tanta belleza donde, durante un minuto,
La muerte y la ambición,
Incluso el amor
No pertenecen.
Felicidad. Llega inesperadamente. Y sigue su rumbo.
Realmente, cualquier mañana puede dar cuenta
De esto.

 

POR LA MAÑANA, PENSANDO EN EL IMPERIO

Apretamos los labios contra el borde esmaltado de las tazas
e intuimos que esta grasa que flota
en el café logrará que el corazón se nos pare cualquier día.
Ojos y dedos se dejan caer sobre los cubiertos de plata
que no son de plata. Al otro lado de la ventana, las olas
golpean contra las paredes desconchadas de la vieja ciudad.
Tus manos se alzan del áspero mantel
como si fueran a hacer una profecía. Tus labios se estremecen…
Te diría que al diablo con el futuro.
Nuestro futuro yace en lo más profundo de la tarde.
Es una calle angosta por la que pasa un carro con su carretero,
el carretero nos mira y vacila,
luego menea la cabeza. Mientras tanto,
rompo indiferente el espléndido huevo de una gallina de raza Leghorn.
Tus ojos se nublan. Te vuelves para mirar el mar
tras la hilera de tejados. Ni las moscas se mueven.
Rompo el otro huevo.
Seguramente nos hemos empequeñecido juntos.

 

LA OTRA VIDA

Ahora, a por otra vida. Una vida
sin errores.
LOU LIPSITZ

Mi mujer está en el otro lado de esta casa móvil
levantando acta contra mí.
Oigo su pluma arañar, arañar.
De vez en cuando se para y la oigo llorar,
luego araña, araña.
La niebla se levanta del suelo.
El dueño de esta unidad me dice
no dejes aquí tu coche.
Mi mujer sigue escribiendo y llorando,
llorando y escribiendo en nuestra cocina nueva.

 

AL MENOS

Quiero levantarme temprano una vez más,
antes de que salga el sol. Antes que los pájaros, incluso.
Quiero echarme agua fría a la cara
y sentarme a mi mesa de trabajo
cuando el cielo empieza a iluminarse y aparece
el humo en las chimeneas
de las casas vecinas.
Quiero ver cómo rompen las olas entre las rocas, no sólo
oírlas como por la noche mientras duermo.
Quiero ver de nuevo los barcos
que llegan de cualquier parte del mundo
y cruzan el Estrecho,
los cargueros viejos y sucios que apenas se mueven,
y los nuevos buques de carga
pintados de todos los colores bajo el sol
tan rápidos que cortan el agua a su paso.
No quiero perderlos de vista,
ni tampoco la pequeña barca que avanza
entre ellos
o la estación del práctico al lado del faro.
Quiero ver cómo bajan a un hombre del barco
y suben a otro a bordo.
Quiero pasarme el día viendo estas cosas
y sacar mis propias conclusiones.
Detesto parecer egoísta -tengo muchos
motivos para estar agradecido-
pero quiero levantarme temprano una vez más, al menos.
Acercarme a mi sitio con un café y esperar.
Sólo esperar a ver qué ocurre.

 

LA CASA DE ATRÁS

La tarde era ya extraña y oscura
cuando aquella vieja apareció en el campo,
en medio de la lluvia, llevando una rienda.
Venía por el camino hasta la casa.
La casa detrás de esta. De alguna manera
ella sabía que Antonio Ríos había entrado
en la hora de su última batalla.
De alguna manera, no preguntes cómo, ella lo sabía.
El doctor y algunas otras personas permanecían con él.
Pero ya nada se podía hacer. Y entonces
la vieja trajo aquella rienda a la habitación
y la puso a través de los pies de su cama.
La cama donde él se debatía agonizante.
Luego se fue sin una palabra.
Aquella mujer que alguna vez habría sido hermosa.
Cuando Antonio era joven y hermoso.

 

ASIA

Es bueno vivir cerca del agua.
Los barcos pasan tan cerca de la tierra
que un hombre podría alcanzar
y quebrar un gancho de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren salvajes
hacia el agua a lo largo de la playa.
Si los hombres a bordo lo quisieran podrían
fabricar un lazo, arrojarlo
y traer alguno de los caballos a cubierta.
Algo que les haga compañía
en su largo viaje al Oriente.
Desde mi balcón puedo ver los rostros
de los hombres con la mirada fija en los caballos,
los árboles y las casas de dos pisos.
Sé lo que ellos deben pensar
al ver a un hombre saludando desde un balcón,
su auto rojo abajo en el camino.
Lo miran y se consideran afortunados.
Qué misteriosa buena suerte, piensan, que los ha llevado
derecho a la cubierta de un barco
rumbo a Asia. Aquellos años de realizar tareas desagradables,
de trabajar en almacenes o como estibadores,
o simplemente de vagar por los muelles,
han sido definitivamente olvidados. Aquellas cosas les pasaron
a otros, jóvenes, si es que realmente pasaron.
Los hombres de a bordo
levantan sus manos devolviendo el saludo.
Luego permanecen derechos, aferrando el riel
mientras la nave pasa suavemente. Los caballos
se desplazan debajo de los árboles hasta quedar bajo el sol.
Se quedan como estatuas de caballos.
Mirando la nave que pasa.
Las olas rompiendo contra el barco.
Contra la playa. Y en la mente
de los caballos, donde
siempre es Asia.

 

UNA TARDE

Mientras escribe, sin observar el océano,
siente entre sus dedos
el temblor de la pluma de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no puede imaginar
dónde está. Se dirige al baño. Sacude su cabellera.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
Quizás,
ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.

 

EL REGALO

Para Tess

La nieve comenzó a caer tarde anoche. Húmedos copos
cayendo tras las ventanas, la nieve cubriendo
la luz del cielo. Miramos por un rato, sorprendidos
y felices. Contentos de estar aquí y no en otra parte.
Cargué de leña la estufa. Ajusté el tiraje.
Nos fuimos a la cama, y cerré mis ojos de una vez.
Pero, por alguna razón, antes de quedarme dormido
recordé la escena en el aeropuerto
en Buenos Aires, la tarde en que nos vinimos.
¡Cuán yerto y desolado parecía aquel lugar!
Mortalmente quieto excepto por el rugido de las turbinas
mientras nos retirábamos de la puerta de acceso y
lentamente enfilábamos hacia la pista en medio de una ligera nieve.
Oscuras las ventanas del terminal.
Nadie se veía, ni siquiera el personal de tierra.
“Es como si todo el lugar estuviera de duelo”, dijiste.
Abrí los ojos. Tu respiración indicaba
que te habías dormido rápidamente. Te rodee con un brazo
y me fui de Argentina a recordar un lugar
donde viví una vez en Palo Alto. No había nieve en Palo Alto.
Pero tenía una habitación con dos ventanas
que daban a la autopista Bayshore.
Tenía el refrigerador cerca de la cama.
Cuando a medianoche me sentía deshidratado,
todo lo que tenía que hacer para apagar la sed
era alargar la mano y abrirlo. La luz interior me mostraba
una botella con agua fría. Tenía un anafe situado
en el baño cerca del lavatorio.
Cuando me afeitaba el agua de la bandeja borboteaba
cerca de los gránulos de la jarra de café.
Una mañana me senté en la cama, vestido, perfectamente afeitado,
bebiendo un café, posponiendo lo que había decidido hacer. Finalmente
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Le pedí 75 dólares. Me dijo que no los tenía.
Su esposa se había ido a México por una semana.
Simplemente no los tenía. Se había quedado corto
este mes. “Está bien”, le dije, “lo entiendo.”
Y era verdad. Hablamos un poco más
y luego colgamos. No los tenía.
Terminé el café, más o menos justo cuando el avión
despegaba y se perdía en el atardecer.
Me volví en el asiento para ver por última vez
las luces de Buenos Aires. Luego cerré los ojos
para el largo viaje de regreso.
Esta mañana todo está cubierto de nieve. Lo destacamos.
Me dices que no dormiste bien. Te respondo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. “Yo también”.
Estamos extraordinariamente deferentes y tiernos el uno con el otro
como si advirtiéramos la fragilidad de nuestros mutuos estados de alma.
Como si supiéramos lo que el otro sentía. No lo sabíamos por supuesto.
Nunca lo sabemos. No importa.
Es la ternura la que me importa. Es el regalo de esta mañana
que me mueve y me sostiene.
Igual que cada mañana.

 

EL AÑO QUE VIENE

Esa primera semana en Santa Bárbara no fue lo peor.
La segunda semana se cayó de cabeza
por beber justo antes de una lectura.
En la esquina del bar, aquella misma semana, ella le quitó el micrófono
de las manos a la cantante y susurró
su propia canción de desamor. Luego bailó. Y luego se cayó redonda
sobre una mesa. Pero eso no fue lo peor, tampoco. Los metieron
en la cárcel esa misma semana. No conducía él,
así que le ficharon, le dieron un pijama
y le encerraron en Detox. Le dijeron que intentara dormir algo.
Le dijeron que podría ver a su mujer por la mañana.
Pero cómo iba a dormir si no le dejaban
cerrar la puerta de su habitación.
Entraba la luz verde del corredor
y se oía llorar a un hombre.
A su mujer le habían pedido que dijera el alfabeto
en el arcén, en mitad de la noche.
Eso ya es bastante raro. Pero los polis le pidieron también
que mantuviera el equilibrio sobre una pierna, que cerrara los ojos
e intentara tocarse la nariz con el índice.
Se negó a todo.
La encerraron por resistencia a la autoridad.
Él pagó la fianza cuando salió de Detox.
Condujeron de vuelta a casa hechos una ruina.
Pero eso no es lo peor. Su hija había elegido aquella noche
para marcharse de casa. Dejó una nota:
“Los dos estáis locos. Dadme un respiro, POR FAVOR.
No me sigáis”.
Pero esto todavía no es lo peor. Seguían
creyendo que eran el tipo de gente que decían que eran.
Respondiendo a sus nombres.
Haciendo el amor con sus nombres.
Noches sin comienzo que no tenían final.
Hablando de un pasado como si realmente lo tuvieran.
Diciéndose a sí mismos que el año que viene,
el año que viene por estas fechas,
las cosas iban a ser diferentes.

 

LA PEQUEÑA HABITACIÓN

Era un buen ajuste de cuentas.
Palabras arrojadas como piedras contra las ventanas.
Ella gritaba y gritaba, como el ángel del juicio final.
Entonces apareció el sol de repente adensando
el cielo de la mañana.
En el silencio repentino, la pequeña habitación
resultaba extrañamente vacía mientras él le secaba las lágrimas.
Se parecía a todas las demás habitaciones pequeñas de la Tierra
en las que la luz encuentra dificultades para entrar.
Habitaciones en las que la gente se grita y se hiere.
Y luego siente pena y soledad.
Incertidumbre. La necesidad de amparo.

 

MADERA DE BALSA

Mi padre está en el fogón delante de una sartén con sesos
y huevos. Pero ¿quién tiene ganas de comer algo
esta mañana? Me siento tan frágil
como la madera de una balsa. Alguien acaba de decir algo.
Fue mi madre. ¿Qué dijo? Apostaría
a que algo relacionado con el dinero. Contribuyo
si no como. Mi padre se vuelve desde el fogón,
“Estoy en un agujero. Imposible hundirme más”.
La luz se filtra desde la ventana. Alguien llora.
Lo último que recuerdo es el olor
a quemado de los sesos y los huevos. Toda la mañana
estuvieron en el cubo de la basura mezclados
con otras cosas. Poco después
él y yo vamos en coche hasta el vertedero, a diez millas.
No hablamos. Arrojamos las bolsas y los cartones
al oscuro montón. Chillidos de ratas.
Silban cuando salen de las bolsas podridas
arrastrando la tripa. Volvemos al coche
para mirar el fuego y el humo. El motor en marcha.
Huelo en mis dedos el pegamento del avión.
Me mira cuando me llevo los dedos a la nariz.
Luego mira a lo lejos otra vez, hacia la ciudad.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a muchas millas de distancia. Ambos estamos muy lejos
de aquí, y alguien sigue llorando. Es entonces
cuando empiezo a entender cómo es posible
estar en un sitio. Y en algún otro, a la vez.

 

ZAPATILLAS

Los cuatro sentados en círculo aquella tarde.
Carolina nos contaba su sueño. Cómo se despertó
ladrando una noche. Y se encontró a su pequeño perro,
Teddy, al lado de la cama, mirándola.
El hombre que entonces era su marido
también la miraba mientras lo contaba.
Escuchaba atentamente. Incluso sonreía. Pero
había algo en sus ojos. Una forma
de mirarla, una mirada. Todos la teníamos…
Por entonces salía con una mujer
llamada Jane, pero no se trata aquí de juzgarle
ni a él, ni a Jane, ni a nadie. Cada uno fue
contando un sueño. Yo no tenía ninguno.
Miré tus pies, subidos al sofá,
en zapatillas. Todo lo que se me ocurría decir,
pero no lo hice, era que esas zapatillas
aún conservaban el calor
una noche que las recogí
de donde las habías dejado. Te las dejé junto a la cama.
Pero el edredón se cayó durante la noche
y las cubrió. Por la mañana, las buscaste
por todos lados. Entonces tu voz desde arriba:
“¡Encontré mis zapatillas!”. No tiene importancia,
ya lo sé, se queda entre nosotros. Sin embargo,
tiene su cosa. Aquellas zapatillas perdidas. Y
el grito de alegría.
Está bien que haya pasado
hace un año o algo más. Podía haber sido
ayer, o el día antes. ¿Qué más da?
La alegría, el grito.

 

MI CUERVO

Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
Tampoco era uno de los cuervos de Homero, impregnados
de sangre coagulada tras la batalla. Era sólo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna
ni hizo nada digno de mención.
Se quedó ahí en esa rama durante unos minutos.
Luego alzó el vuelo maravillosamente
y salió de mi vida.

 

DURMIENDO

Él durmió sobre sus manos.
Sobre una roca.
Sobre sus pies,
sobre los pies de algún desconocido.
Él durmió en micros, en trenes, en aviones.
Se durmió estando de guardia.
Se durmió a un costado de la ruta.
Se durmió apoyado en una bolsa de manzanas.
Él durmió en un baño público.
En un galpón.
En el estadio.
Durmió en un Jaguar descapotable
y en la caja de una camioneta.
Durmió en los teatros.
En la cárcel.
Sobre los barcos.
Él durmió en casillas deshechas y en una ocasión
en un inmenso castillo.
Soportó dormido las frías gotas del agua de lluvia
y los ardientes rayos del sol.
Durmió sobre caballos.
Se durmió sobre sillas.
Él durmió en iglesias, en hoteles de lujo.
Él durmió bajo techos extraños toda su vida.
Ahora él duerme cubierto por la tierra.
Duerme y seguirá durmiendo.
Igual que un rey antiguo.

 

HIJO

Esta mañana me despertó una voz
que regresaba desde mi infancia.
La voz dice: ‘‘despiértate”,
y yo salto de la cama.
Es extraño, toda la noche, en mis sueños
yo busqué ‘ese’ bendito lugar
donde mi madre pueda vivir y ser feliz.
‘‘Si querés que enloquezca,
está bien, si ése no es tu deseo,
por favor sacame de acá’’, repetía la voz.
Me reconozco único culpable.
Yo la mudé a esta ciudad que odia.
Yo alquilé la casa que odia, rodeada
de vecinos que odia, llena de muebles
que odia.
‘‘¿Por qué no me diste la plata para que yo la gastara?’’
‘‘Quiero volver a California, ¡ahora!’’, grita la voz.
‘‘Voy a morir si me quedo’’. ‘‘¿Vos querés que muera?’’
gime la voz.
Esta mañana en el mundo,
no existen respuestas a esta pregunta
ni a ninguna otra.
Suena el teléfono y suena, no deja de sonar.
No me acerco al aparato, tengo miedo de oír una vez más,
la pronunciación de mi nombre.
El mismo nombre que mi padre escuchó durante 53 años.
Antes de abandonarnos en busca de su recompensa.
Murió después de decir: ‘‘lleva estas cosas a la cocina, hijo’’.
La palabra hijo emitida desde sus labios,
tembló en el aire para que todos la oyeran.”

 

LA LAPICERA

La lapicera que no faltaba a la verdad,
por todas sus preocupaciones
terminó dentro del lavarropas.
Salió una hora más tarde y la tiraron
al secarropas junto con un par de ‘jeans’ viejos
y una camisa a cuadros.
Los días pasaron y ella permaneció
recostada tranquilamente sobre el escritorio
que estaba frente a la ventana.
Ella pensaba que estaba totalmente agotada.
Sin convicciones. Sin voluntad.
Una mañana, poco antes del amanecer,
recuperó antiguas fuerzas
y escribió:
‘‘Los campos húmedos duermen
bañados por la luz de la luna’’.
Después de este esfuerzo
se quedó muy quieta,
nuevamente vacía, su utilidad
terminada.
Él la sacudió,
la golpeó sobre la tapa del escritorio.
La dejó a un lado.
Abandonó las pretensiones de hacerla trabajar
o casi todas.
Sin embargo
ella realizó un nuevo esfuerzo,
apeló a sus últimas reservas.
Esto es lo que escribió:
‘‘Un viento suave, y más allá del ventanal
los árboles flotan en el dorado aire de la mañana’’.
Él trató de hacerla escribir algo más,
pero eso fue todo. La lapicera
dejó de escribir, definitivamente.
Él la puso con otras cosas inservibles
en el incinerador.
El tiempo transcurrió, días o meses,
y fue otra lapicera
una que todavía no había demostrado nada
la que con facilidad escribió:
‘‘La oscuridad se posa en las ramas.
Quédate muy quieto, no salgas de la casa,
quédate muy quieto…’’

 

NATURALMENTE

Un claro en las nubes.
El macizo perfil de las montañas azules
que recortan el horizonte.
El amarillo apagado de los rastrojos.
El río muy negro.
¿Qué estoy haciendo en este lugar,
solo y cargado de culpas?
Me pregunto.
Sigo comiendo las frambuesas de la fuente.
Sin hacerme problemas. Si estuviera muerto,
me recuerdo, no podría saborearlas.
Nada es tan simple.
Sí, todo es así de simple. Naturalmente.

 

BANCARROTA

Veintiocho, un vientre velludo que sobresale
de la camiseta (insolvente)
aquí tumbado en mi lado
del colchón (insolvente)
escuchando el extraño sonido
de la voz de mi mujer (también insolvente).
Somos unos recién llegados
a estos pequeños placeres.
Perdonadme (le ruego al gobierno)
que no hayamos sido previsores.
Hoy mi corazón, como la puerta delantera,
está abierto por primera vez desde hace meses.

 

FOREVER

A la deriva en una nube de humo,
sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol
hasta el muro de piedra.
Solamente al final me acuclillo, veo
lo que hay que hacer y, de repente,
me adhiero a la piedra húmeda.
Empiezo a mirar lentamente alrededor
y a escuchar, utilizando para ello
mi cuerpo entero como el caracol
utiliza el suyo, relajado, pero alerta.
¡Atención! Esta noche es un hito
en mi vida. Después de esta noche,
¿cómo podré volver a mi
vida anterior? Mantengo los ojos fijos
en las estrellas, les hago señales
con mis antenas. Me sujeto bien
durante horas, descansando sin más.
Más tarde, la pena comienza
a gotear en mi corazón.
Recuerdo que mi padre está muerto,
y que me voy a ir pronto
de esta ciudad. Para siempre.
Adiós, hijo, dice mi padre.
Casi al amanecer, bajo
y vuelvo errabundo a casa.
Todavía están esperándome,
el espanto aletea en sus rostros
cuando se encuentran con mis nuevos ojos por primera vez.

 

EL MEJOR MOMENTO DEL DÍA

Frescas noches de verano.
Las ventanas abiertas.
Las lámparas encendidas.
Fruta en el frutero.
Y tu cabeza sobre mi hombro.
El momento más feliz del día.
El amanecer,
desde luego. Y ese momento
justo antes de comer.
Y las primeras horas
de la tarde.
Pero amo
estas noches de verano.
Más incluso, me parece,
que todos esos otros momentos.
El trabajo terminado por ese día.
Y nadie que nos pueda alcanzar en ese momento,
O nunca.

 

EL POEMA QUE NO ESCRIBÍ

Aquí está el poema que iba a escribir
antes, pero que dejé
porque te levantabas.
Estaba pensando otra vez
en aquella primera mañana en Zúrich.
Nos levantamos antes del amanecer.
Durante un instante no sabíamos dónde estábamos.
Salimos al balcón que daba
al río y a la parte vieja de la ciudad.
Allí estábamos, sin más, callados.
Desnudos. Viendo cómo se aclaraba el cielo.
Tan conmovidos y tan felices. Como si
nos hubieran colocado allí
justo en aquel momento.

 

ESPERANZA

“Mi esposa”, dijo Pinnegar,
cuando me abandona desea que yo destruya
mi vida. Ésa es su última esperanza”.
D. H. Lawrence. Jimmy y la mujer desesperada

Me dejó el auto y doscientos dólares.
Dijo: ‘‘hasta luego, querido.
Tomate las cosas con tranquilidad ¿entiendes?
Esto es todo. Absolutamente todo.
Esto es lo que queda
después de veinte años de matrimonio.
Ella cree adivinar lo que sucederá.
Piensa que me voy a gastar la plata
en dos o tres días
y que tarde o temprano
voy a destruir el auto – que ya era mío
y que además necesitaba varios arreglos-.
Al momento de alejarme
los vi, a ella y a su novio,
estaban cambiando la cerradura de la puerta.
Saludaron con el brazo en alto.
Los saludé de la misma manera.
Sólo para que supieran
que no había malos sentimientos de mi parte.
Apreté el acelerador y me alejé rápidamente.
Estaba como atolondrado.
Ella, por lo menos, tenía razón en eso.
Seguí el camino de la ruina.
El alcohol fue mi compañero fiel.
Resultamos buenos amigos.
No me detuve.
Recorrí el largo camino sin escalas.
Pude, al fin, dejar en el pasado
a mi amiga, la botella.
Meses, quizás años más tarde,
cuando aparecí frente a la puerta
de esa casa
manejando un auto diferente,
sobrio, vistiendo camisa y pantalones
limpios y las botas bien lustradas,
ella lloró al ver mi cara.
Su última esperanza estalló en el aire.
y ya no tendría más esperanzas.

 

LOS DESNUDOS DE BONNARD

Su esposa.
Durante cuarenta años su modelo.
Él la pintó una y otra vez. El desnudo
de su último cuadro, es el mismo desnudo joven
del primer cuadro. Su esposa.
Él la recordaba joven. Los tiempos
en que ella era joven. Su esposa, en la bañadera,
en el tocador frente al espejo. Sin ropas.
Su esposa cubriéndose con las manos
los pechos duros, mirando hacia el jardín,
donde los rayos del sol desparraman
tibieza y color.
Todas las especies vivientes floreciendo.
Ella joven y temerosa y excesivamente deseable
en su desnudez. Cuando ella murió,
él continuó pintando un poco más.
Fueron algunos paisajes, luego se murió.
Lo enterraron junto a ella.
Su joven esposa.

 

MADRE

Mi madre me ha llamado para desearme Feliz Navidad.
Y para decir que si la nevada continúa
Intentará suicidarse. Quisiera decirle que
No soy yo esta mañana, por favor,
Dame un respiro. Tendré que acudir al psiquiatra de nuevo.
Aquel que siempre me hace las más fértiles preguntas:
“¿Pero, qué sientes realmente?”
En vez de eso, le digo que uno de nuestros tragaluces
Tiene un roto. Mientras estoy hablando,
La nieve se funde en el sofá. Le digo
Que ahora cambié al All-Bran,
Así que no necesita preocuparse nunca más
De que me dé un cáncer
O que su dinero esté acabándose.
No me escucha. Luego me informa que está
Dejando este puto lugar. De algún modo.
La única vez que quiere verlo, o a mí de nuevo, es
desde su ataúd.
De repente, le pregunto si recuerda
La vez que papá estaba muy ebrio y le cortó la cola al perro labrador.
En esta tónica estuve un rato, hablando sobre estos días.
Ella escuchaba, aguardando su turno.
Aún nevaba. Nieva y nieva mientras
Sostengo el teléfono.
Los árboles y los tejados están todos cubiertos.
¿Cómo puedo hablar de esto?
¿Cómo puedo explicar lo que estoy sintiendo?

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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