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27. Poesía más Poesía: Dylan Thomas y Manuel Menassa

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Dylan Thomas en su Gales natal - Poesia Online

DYLAN THOMAS

Biografía

Swansea, Gales es el lugar en el que Dylan Thomas nació el 27 de octubre de 1914. Hijo de una familia católica de clase media, dicen que de joven aprendió de su padre, a amar la literatura. Se encerraba durante horas a leer en la biblioteca de su casa, en la que estaban, completos, todos los grandes poetas en lengua inglesa. Leyó a Shakespeare, a Shelley, a Keats, a Byron. A todos los recitaba en voz alta Su precocidad se nota ya desde su infancia, a los 4 años es capaz de recitar de memoria Ricardo II de Shakespeare.
Su padre, David John Thomas (1876–1952), un escritor frustrado, graduado con honores de la Universidad de Aberystwyth y profesor de una escuela primaria (la Swansea Grammar School, donde estudió Dylan) vio en su hijo el enorme talento que estaba germinando e impulsó su formación.
Dylan Thomas completó su educación básica en una Grammar School de su Gales natal, escuela donde su padre ejercía la docencia, y conoció ya durante su infancia la poderosa atracción de la poesía. Florence, la madre hiperprotectora, moldeó a su manera a su ‘angelito’ de los bucles que nunca acabó de crecer. Nancy, su hermana, actriz frustrada, fue seguramente quien contagió la vis dramática a Dylan.
A los 16 años Thomas abandonó la escuela para convertirse, a instancias de su padre, en periodista del South Wales Evening Post. (Correo de la tarde del Sur de Gales) Es en esta publicación donde se desatan las dotes de escritor de Thomas. Redactó obituarios poéticamente, y críticas de cine y teatro donde no dejó títere con cabeza, despedazando a lo más granado de las tablas galesas de por aquel entonces.
Después de una ardua jornada de trabajo solía apagar su sed insaciable en el bar del Antelope Hotel o en el bar del Mermaid Hotel, donde escuchaba las historias de los marineros ingleses, mientras se embriagaba hasta la médula.Tras 18 meses de labor en el South Wales Evening Post abandonó el trabajo y. se unió a un grupo teatral en Mumbles llamado Little Theatre, (pequeño teatro) aunque prosiguió con su labor periodística de manera independiente.

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Sin embargo, el periodismo no resultaría ser la meta de su destino, la poesía —su “oficio u hosco arte”— lo arrastraría definitivamente hacia sus dominios
Cuando acabó sus estudios de enseñanza media viajó a Londres, y un año más tarde aparecía su primer libro, Dieciocho poemas (1934), publicado después de ganar un premio organizado por la revista Sunday Referee.(arbitro de domingo) Tenía diecinueve años cuando se publicó, e incluía trece poemas escritos entre 1933 y 1934 y otros cinco compuestos de mayo a octubre de 1934.
Tras el éxito inesperado de 18 poemas (1934), el escritor británico Henry Treece le preguntó a Dylan Thomas entonces un apuesto muchacho de apenas veinte años, dónde estaba el secreto de su poesía. A mí no me interesa la poesía, respondió el galés, sino los poemas, y añadió una contundente verdad sobre sus alucinados versos: “Guardo una bestia, un ángel y un loco dentro de mí; mi búsqueda es saber cómo obran y mi problema es juzgarlos y vencerlos, derribarlos y elevarlos y que se expresen a sí mismos”.
La obra de Thomas no es copiosa, pero es de una calidad y una frescura inusitadas. Fueron cuatro los ámbitos literarios en los que incursionó: el cuento corto, el guion teatral, el guion para radio y cine, y, finalmente, la poesía. Es este último ámbito en el que más se le ha reconocido.

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Dylan Thomas con su mujer Caitlin Thomas


La actividad de Thomas no cesa. Ya se había afincado en la capital inglesa, además de procurarse, mediante su poesía, un círculo de lectores y de amistades literarias. En 1936 contrae matrimonio con Caitlin MacNamara, al tiempo que publica su segundo libro Twenty-Five Poems, que no hace sino consolidar su reputación entre la crítica y los lectores. ). Si bien se dio a conocer como poeta con Dieciocho poemas (1934), a este le siguieron Veinticinco poemas (1936) y Mapa de amor (1939)
Con todo, las cosas no van bien económicamente. Sumido en una pobreza exasperante, el alcoholismo lo ha tomado por completo y es mediante la bebida como encuentra la lucidez que le permite crear las imágenes oscuras y delirantes que hicieron famosa su poesía.
Thomas publicó en Today, The Criterion (donde era director el escritor T. S. Eliot
Con estas publicaciones se consolidó como máximo representante del movimiento poético Nuevo Apocalipsis, que practicaba un tipo de poesía de evocación, de tono metafísico y con cierto fondo romántico, en el que Thomas adoptaba el papel de poeta-profeta.

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Alcanzó su plenitud poética con el volumen MUERTES Y ENTRADAS (1946)
Autor de un volumen autobiográfico en el que defiende sus concepciones estéticas, Retrato del artista cachorro (1904), escribió además diversos guiones radiofónicos y cinematográficos
El lirismo apasionado y la musicalidad de la poesía de Thomas contrastan con el resto de la poesía de su tiempo, más preocupada por cuestiones sociales o por la mera experimentación modernista de la forma. Thomas evidencia en estos poemas la influencia del surrealismo inglés, y también recoge influencias de la tradición celta, bíblicas o bien símbolos sexuales.
Para Thomas “la poesía debe ser tan orgiástica y orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”.
Hacia 1939 Europa empieza a vivir el horror de la Segunda Guerra Mundial. Dylan Thomas quiere alistarse, pero se le declara no apto para el combate (bajo el estatuto C3, que lo coloca en el último grupo susceptible de ser llamado a la guerra). Entonces empieza su carrera radiofónica, para la cual demostró un particular talento, especialmente como guionista y locutor. Realizó alrededor de 200 grabaciones para la BBC y escribió el guion de al menos cinco películas en 1942 auspiciadas por Strand Films (e.g.This Is Colour, New Towns For Old, These Are The Men and Our Country).
En la radio de la BBC su labor es el comentario de documentales cinematográficos, pero también tendría reservados otros proyectos, como el poema dramático Under Milk Wood (Bajo el bosque de leche, póstumo, 1954).

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En 1946 aparece la que es considerada su obra cumbre Deaths and Entrances (Muertes y entradas).
Viaja a Estados Unidos donde incursiona en el guion de cine, que no llegará a ver en pantalla.
En 1952 se publica una recopilación de sus poemas entre 1934 y 1952 (Collected Poems. 1934-1952), por la que le otorgan el premio Foyle de poesía. En la compilación está incluido uno de sus más reconocidos poemas, Do not go gentle into that good night, NO ENTRES DÓCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA escrito como una elegía heterodoxa ante la muerte de su padre.

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Mientras redactaba el guion de una obra de Ígor Stravinski, el 9 de noviembre de 1953 a las 12.40 horas, en el Hospital St. Vincent de Nueva York Thomas murió. Los primeros rumores sobre la causa de muerte de Thomas privilegiaron la versión de una hemorragia cerebral provocada por un supuesto suicidio, algunos dijeron que se había tratado de un asalto violento en las vías de la estación Van Cortlandt Park en la ciudad de Nueva York y otros sostuvieron que finalmente había logrado beber hasta morir ya que una joven danesa afirmó que un hombre bastante borracho le habló sobre la pérdida de su primer amor y le obsequió un libro antes de caer a las vías. Otra versión dice que fue mal medicado por un fallo médico, primero con ACTH, y luego con morfina endovenosa que le provocaron la muerte.
Se ha creído por mucho tiempo que Thomas arrastraba una fuerte depresión endógena debido a una trágica historia de amor que vivió en su juventud en Gales, pese a esto familiares y amigos nunca corroboraron la veracidad de la historia ni la existencia de la supuesta novia de Dylan, Rose Souther ni de su hija Esther Thomas Souther. En el análisis post-mortem, el patólogo encontró que la causa inmediata de muerte había sido una inflamación del cerebro causada por la carencia de oxígeno que acompaña a la neumonía.
Sus últimas palabras fueron “he bebido 18 vasos de whisky, creo que un record.

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SU CASA NATAL.
Para «empezar por el principio», como Dylan Thomas recomendaba en ‘Bajo el bosque de leche, subimos las crujientes escaleras de la que fue su casa natal de Cwmdonkin Drive, donde pasó más de la mitad de su intensa vida, 39 años.
Demasiado viejo para figurar entre los ‘malditos’. Demasiado joven para besar la gloria con los ojos abiertos, aunque por ese camino iba el fenómeno literario que conquistó Nueva York en pleno siglo XX y desde su terruño en Gales, bebiéndoselo todo en la White Horse Tavern antes de que irrumpieran los chicos de la generación ‘beat’. Y antes también de que el trovador Robert Allen Zimmerman decidiera rebautizarse como Bob Dylan
Pero hagamos caso al poeta en su obra maestra de radioteatro, interpretada por él mismo o por su querido Richard Burton,
Empecemos por el ‘principio’ y escuchemos la verdadera historia de la casa natal de Dylan Marlais Thomas (Swansea, 27 de octubre de 1914) ahora que están a punto de cumplirse los cien años de su alumbramiento, en lo alto de una colina donde se domina su ciudad «fea y amable».
«Aquí escribió Dylan dos terceras partes de su producción lírica y no hay más que asomarse por las ventanas para encontrar decenas de referencias», certifica nuestro anfitrión, Matthew Hughes, 30 años, sentado en la habitación más pequeña de la casa: la guarida donde se forjó el pequeño gran poeta.
«Dylan tenía esa necesidad de aislarse para poder crear, aunque se pasara media vida socializando en los pubs, que era no sólo donde bebía sino donde captaba historias que aprovechaba para sus poemas y sus relatos». «Aunque durante mucho tiempo tuvo un pie en Londres, necesitaba volver constantemente a Swansea, a Gwoles, a Mumbles, a su geografía familiar, con el mar siempre en el horizonte. Fuera de Gales era incapaz de escribir: se pasó meses en Florencia y sólo pudo hilvanar un poema. Regresaba siempre por eso que en galés llaman ‘hiraeth’, y que es más fuerte que la nostalgia (entre la saudade portuguesa y la morriña gallega)».

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El largo ‘principio’, fue esta casa donde vivió 23 años y donde rellenó frenéticamente los cuadernos de su adolescencia (que estos días se exhiben en el Dylan Thomas Center), bajo la mirada conspicua de sus particulares ídolos -de Shakespeare a Greta Garbo- y sobre la venerada biblioteca del padre. Allí se celebraba todos los miércoles por la noche el cónclave artístico y etílico de los ‘Kardomah boys’, la tribu cultural que puso a la destartalada y marinera Swansea en el mapa.
Dylan Thomas vivía aún en esta casa cuando publicó a los 20 años sus 18 poemas, su precoz apuesta por la poesía «orgiástica y orgánica», tan alejada de la poesía social como de los experimentos modernistas de su época. Cuesta imaginar que hace apenas unos años, este venerado templo de la literatura era una casa en ruinas.
El primer Dylan Thomas ha sobrevivido hasta nuestros días gracias a un voluntarioso ingeniero de estructuras, Geogg Haden, que ha puesto de su bolsillo más de 250.000 euros y miles de horas para reconstruirla hasta el mínimo detalle…
Como vecino de Swansea, Geogg Haden se sentía indignado por la falta de interés de las autoridades locales en preservar la memoria de su hijo ilustre. De modo que se puso manos a la obra, con la ayuda de un puñado de expertos que sacaron todos los detalles posibles de las cartas y los escritos de Dylan Thomas, más la colaboración inestimable de Emily Simpson, que trabajó durante años como ama de llaves de la familia.
Pero de todos los mitos que rodean a la figura Dylan Thomas hay uno que sigue siendo incontestable: su encuentro, en abril de 1936 y en un pub de Londres (The Wheatsheaf), con una bailarina irlandesa llamada Caitlin Macnamara, cuya visión del género masculino hasta la fecha se resumía en seis palabras: «Todos los hombres son unos bastardos».
Hubo hasta ocho mujeres que dejaron huella en la vida de Dylan Thomas: de su primer amor a su llegada a Londres, la poeta Pamela Hansford, a la última que lo vio consciente antes de morir en Nueva York, Elizabeth Reitell. Pero el poeta nunca dejó de amar a su manera a la madre de sus tres hijos, en ese peculiar triángulo en el que siempre estuvo la botella: «La nuestra no fue sólo una historia de amor, fue también una historia de alcohol»

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Thomas con su madre, esposa e hijos.

Con ‘Veinticico poemas’, Dylan Thomas se afianza en el mundo literario de Londres. Con El mapa del amor y Retrato del artista cachorro, su fama salta al otro lado del Atlántico. Pero la poesía y los relatos no dan de comer, aunque su amplísima audiencia sea inaudita para un poeta «oscuro y galés». Sin un trabajo fijo al que aferrarse, ganándose la vida como conferenciante y con sus incursiones en la radio, Dylan Thomas pasa una larga década entre la espada y la pared. En Londres se siente como pez fuera del agua. Algo le obliga a volver imperiosamente a Gales, el único rincón donde se reconcilia el poeta interior.
A los Thomas, Dylan y Caitlin, hay que buscarles entonces tomando unas pintas en el pub del hotel Queens, o en The Bush Inn, o en el No Sign Bar a su paso por la amada/odiada Swansea. Poco a poco, y a pesar de las tribulaciones, la pareja va echando el ancla en Laugharne, un apacible pueblo costero con un cálido pub a la entrada que pasaría automáticamente a la Historia.
Durante los cinco últimos años de su vida, el pub del Browns Hotel fue casi como una prolongación del salón de su casa en el embarcadero. Allí leía el periódico, hacía los crucigramas, se interesaba por las apuestas de caballos y hacía esfuerzos por no beber más de la cuenta para no comprometer su jornada (que empezaba puntualmente después de comer, en el garaje que se habilitó como estudio y con vistas estuario del río Tâf).
Ya de atardecida, volvería con Caitlin, y entonces sí, entonces podía dar rienda suelta a su doble capacidad de absorción: por el hígado y por el tímpano. Todas esas voces entreoídas en el Browns Hotel confluirían en la gran voz radiofónica y ubicua de Bajo el bosque de leche, que discurre es ese Llareggub que es en realidad Laugharne y que tiene algo de Macondo galés.
Dylan Thomas echa raíces en su pueblo adoptivo, e instala a sus padres en The Pellican, escribe con la veleidad de sus años jóvenes (‘En el dormir campestre’) Pero el dinero apremia, y aunque le cuesta viajar, se deja seducir por las sirenas y parte rumbo a América, en febrero de 1950.
Allí cae en los brazos del ‘bourbon’ y del insomnio, perseguido por el fantasma de la fama y de las mujeres. Los cronistas de la época le acreditaron como «el mayor fenómeno literario de las islas británicas desde Charles Dickens».
De Nueva York a Los Ángeles, de Chicago a Florida, Thomas sintió una veneración que nunca había experimentado en su tierra. Volvió al cabo de dos años (esta vez con Caitlin como ángel custodio). Y repitió por tercera y cuarta vez en 1953, pese a los problemas de salud que arrastraba y el doble mazazo de las muertes de su hermana y de su padre.
«He tomado 18 whiskies seguidos y creo que un récord», dicen que dijo antes de perder la consciencia y morir en el hospital de St. Vincent’s de Nueva York.
Un docudrama de la BBC, ‘Poeta en Nueva York’, indaga precisamente en el cúmulo de trágicas circunstancias que provocaron su caída. En ‘Negligencia fatal: ¿quién mató a Dylan Thomas’, David N. Thomas (sin ninguna relación familiar con el poeta) asegura que la muerte pudo ser causada por una neumonía y por un «fallo médico».
En su discreta tumba en Lughane, marcada una cruz blanca, no hay siquiera sitio para un epitafio. A su manera, Dylan Thomas lo dejó escrito en vida: «’No entres dócilmente en esa buena noche,/ la vejez debería arder y delirar al final del día/ rabia, rabia contra la luz que muere’».

POEMAS

AL PRINCIPIO

Al principio era la estrella de tres puntas,
única sonrisa de luz a través de la cara vacía;
única rama de hueso a través del aire enraizado
la sustancia partida que fue la médula del sol primero;
y ardientes cifras en el curvo espacio
iban mezclando el cielo y el infierno en su ronda.

Al principio era la firma pálida,
trisílaba y estrellada como la sonrisa;
y vinieron después las huellas sobre el agua,
el sello de la cara acuñada en la luna;
la sangre que tocaba el árbol de la cruz y el cáliz
tocó la primera nube y en ella dejó un signo.

Al principio era el fuego ascendente
que encendía con una chispa las atmósferas,
chispa de ojos rojizos, chispa de triplicados ojos,
brusca como una flor;
se irguió la vida a chorros de los mares rodantes,
estalló en las raíces, arrancó de la tierra y la roca
los aceites secretos que impulsan la hierba.

Al principio era la palabra, la palabra
que de las sólidas bases de la luz
le sustrajo todas las letras al vacío;
y de las bases nubladas del aliento
la palabra fluyó, y al corazón tradujo
los primeros indicios de nacimiento y muerte.

Al principio era la mente secreta,
la mente estaba encarcelada y soldada al pensamiento
antes que la pendiente se bifurcara rumbo al sol;
antes que las venas se sacudieran en sus cedazos
se disparó la sangre y esparció hacia los vientos de la luz
la costilla original del amor.

                                            (de "18 poemas") 

VEO A LOS MUCHACHOS DEL VERANO

I
Veo a los muchachos del verano en su ruina
convertir en eriales los dorados rastrojos,
desdeñar las cosechas y congelar los suelos;
y allí, en su ardor, el invernal diluvio
de amores escarchados, persiguen a las niñas,
y echan en sus mareas los sacos de manzanas.

Los muchachos de luz en su locura, coagulan lo que tocan,
agrian la miel hirviente;
hurguetean los muñecos de escarcha en las colmenas;
allí en el sol, frígidas hebras
de oscuridad y duda, ellos nutren sus nervios
y el signo de la luna, nada es en sus vacíos.

Veo a los muchachos del verano en el vientre materno
rasgar hacia la luz la atmósfera del útero,
dividir noche y día con pulgares de duende;
allí, desde lo hondo, con sombras seccionadas
de sol y luna ellos pintan sus dársenas
mientras les pinta el sol los cascos de la frente.

Sé que de esos muchachos han de surgir hombres de nada
hechos por la transformación de las semillas,
o han de lisiar el aire saltando de sus llamas,
desde sus corazones, cuando el pulso candente
del amor y la luz estalle en sus gargantas.
Oh, ved el pulso del verano en el hielo.

II

Pero las estaciones deben ser desafiadas o se tambalearán
En algún cuarto de hora repicante
Donde, como una puntual muerte hacemos tintinear las estrellas
Esa noche en que el invierno soñoliento
Les tira de la negra lengua a las campanas
Y no se atreven a chistar siquiera
Los vientos de la luna y de la medianoche

Somos los oscuros negadores, exorcicemos a la muerte
En la mujer colmada de verano,
Arrojemos la vida musculosa de los amantes que se crispan,
Y de los muertos limpios que hace fluir el mar
Echemos al gusano de ojos brillantes en la linterna de Davy,
Y del vientre preñado quitemos el muñeco de paja.

Nosotros, muchachos del verano en esta red de cuatro vientos,
verdes por el hierro de las algas,
levantemos al bullicioso mar y arrojemos sus pájaros,
alcemos la bola del mundo llena de olas y espuma
para ahogar los desiertos con sus mareas
y trenzar los jardines del condado.

En primavera ornamentamos nuestra frente.
Vivan las bayas y la sangre,
y crucificamos a los alegres señores en los árboles;
Aquí el húmero músculo del amor se aja y muere,
aquí estalla un beso en una cantera sin amor,
Oh ved en los muchachos los polos de la promesa.

III
Yo os veo, muchachos del verano, en vuestra ruina.
El hombre en el desierto de su larva.
Y los muchachos son plenos y ajenos en la bolsa.
Soy el hombre que vuestro padre fue.
Somos hijos del pedernal y de la brea.
Oh, ved cómo se besan los polos que se cruzan.

Quise acrecentar la estatura de mi carne
hasta dejarla sin apariencia de hombre, en actitud de roca
erguida contra lo que amenace destrucción.
Una de esas montañas oscuras
que únicamente aclaran al crepúsculo,
y retenerte allí por un momento, ¡oh, sed de mis tinieblas!,
consumando nuestra unión en las alturas más solas,
en ese instante de contrición y aniquilamientos dinásticos
en que desaparece el último sol sobre las cumbres.

Quise entregarte mis vacíos
por donde a veces cruzan islas como veloces barcas
que a bordo llevan tripulación de nubes,
rojas espumas de calientes mostos
y ecuatorial repercutir de cánticos.
Yo soy el capitán de esas naves corsarias,
atormentadamente fugitivas.
¡Qué puede mi entusiasmo y qué mi espíritu
contra este mar de horror en que navego!
En las orillas crecen grupos de cocoteros y de plátanos
que dan al aire su explosión de vida.
Pero yo soy el capitán sombrío
que estandartes de cólera acaudilla.
Perdí mi amor más alto al desterrarte
lejos de mí a nocturnos archipiélagos,
y allá voy entre gritos de soberbia,
como barco sin brújula a estrellarme
contra los arrecifes de la muerte.

Tú pudieras alzarme a tu espejismo
donde abundan esteros y coronas.
Restituirme al centro de mis imaginaciones puras
y disminuir este clamor que me hace trepidar
como al zócalo de una metrópoli martirizada,
donde murieron vírgenes y atletas campeones.

A pesar de ti otro hermético mundo me llama.
A él subo a contemplar como un conquistador olvidado,
banderas derrotadas y llanuras ya sin ejércitos,
desde un monte casi humano que recibe
y transforma en insignia de su angustia,
la soledad del último sol sobre las cumbres.

A pesar de ti otro hermético mundo me nombra.
Yo lo escucho movilizarse en torno
de mi silencio andino,
con mi sagacidad de bestia acostumbrada
a oír la evolución de hundidas formas
y el ruido de las larvas apoderándose de los muertos.
Ese ha sido mi estrago: separarme
de lo más puro y explorar abismos,
para volver del fondo de mi infierno
con aridez de corrosivas marcas.
Acércate a mis líquidos derrumbes
y probarás la sal de las marismas.
Óyeme hablar y sentirás el vértigo
de las constelaciones que interrogo.
Mírame al centro de los ojos verdes
y encontrarás el odio del pantano.
No soy del orbe tuyo en que sazonan
continentes de trigos y naranjas.
Soy de la oscuridad, de lo más hondo
del frenético piso americano,
y si aclara en mi espíritu es con todos
los desórdenes y los desequilibrios
de un cielo huracanado cuando baja
el último sol sobre las cumbres.

Hay en mi alma trágico designio
que me enfrenta a las sombras y a las ruinas.
Mi resistencia fúnebre es más grande
si una noche de lágrimas me asiste
y un suelo cataclísmico me apoya.

De allí salgo a proclamar mi creencia en un Dios gigante
y bárbaro,
creador de la Fuerza y de hombres
que resisten el desplazamiento de una estrella
y el volumen de la mayor angustia combatiéndoles.
Hombres que pueden contemplarle de pie en las cordilleras
y entre relámpagos oírle.
Almas para la vida de las cúspides
y el trance agobiador de la hermosura.
Ese es mi Dios. Y cuando padezco y cuando amo;
cuando siento la oscuridad o la negación de la esperanza,
quisiera estremecerle con titánico alarido;
de soledad como la mía circundarle
y con nubes enormes invadirle.
Que no me oyera nunca suplicatorio,
sino móvil y enérgico y fecundo.
Atormentado sí porque deseo
mi victoria final contra el espacio,
y desaparecer como una imagen suya y semejanza;
sólo tal vez, humanamente solo,
como el último sol sobre las cumbres.

Aquí estoy con mi seguridad de caverna
alojando tu voz que te adelanta
como el rumor al salto de las olas.
Se van días y días y otros días y días,
y nada se ve de ti ni se oye ni se entiende.
Observo desde azules promontorios
por si algún signo amado te descubre.
Y es verdad. Allá vuelves de la ausencia
encendiendo los arcos ponentinos.
Tu ardor como la antorcha de luceros
que viven del hidrógeno y del calcio,
no palidece nunca ni se gasta.
Yo me incendio también para esperarte
y de fulgor galáctico me visto.
El instantáneo cruce de nuestras órbitas principia
y el alterno dolor de nuestros diálogos,
porque los dos no somos sino el grito
de las separaciones infinitas.

Te llamé desde un valle corporal y tranquilo, me dices.
Y respondo: en la noche cruzaban dinamismos eternos.
Era que yo te hablaba de una estirpe de vida, respondes.
Otro mundo de llamas existía, te digo de nuevo.
Pude ser el contacto más vital de tu sangre, me dices.
Y te digo otra vez: me agitaban dinamismos eternos.
Era yo que te hablaba del calor de la tierra, respondes.
Y te digo: cruzaban satélites y esplendores y sueños.
Era yo que pasaba convocándote al mundo, me dices.
Otro mundo de llamas existía, respondo de nuevo.
Con raíces de sangre yo te busco en la tierra, suplicas.
Con la sed del espíritu yo te aguardo en el tiempo.

                                                      (de "18 poemas") 

LA FUERZA QUE POR EL VERDE TALLO IMPULSA A LA FLOR

La fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor
impulsa mis verdes años; la que marchita la raíz del árbol
es la que me destruye.
Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa
que la misma fiebre invernal dobla mi juventud.

La fuerza que impulsa el agua entre las rocas
impulsa mi roja sangre; la que seca los arroyos parlantes
vuelve cera los míos.
Y yo estoy mudo para contarle a mis venas
cómo la misma boca bebe del manantial de la montaña.

La mano que arremolina el agua del estanque
remueve las arenas; la que amarra las ráfagas del viento
iza mi vela de sudario.
Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado
que el barro del verdugo está hecho de mi arcilla.

Los labios del tiempo sorben del manantial;
el amor gotea y se acumula, mas la sangre vertida
calmará sus pesares.
Y yo estoy mudo para decirle al viento en la intemperie
cómo ha trazado el tiempo un cielo entre los astros.
Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada
que en mi sábana avanza encorvado el mismo gusano.

                                            (de "18 poemas")

ROMPE LA LUZ DONDE NINGÚN SOL BRILLA

Rompe la luz donde ningún sol brilla;
donde ningún mar corre, las aguas del corazón
pujan en sus mareas;
y, espectros rotos con luciérnagas en sus cabezas,
las cosas de la luz
desfilan por la carne donde ninguna carne cubre los huesos.

Una vela en los muslos
calienta juventud y simiente y abrasa las semillas de la edad;
donde ninguna semilla palpita,
el fruto del hombre se desarruga en los astros,
brillante como un higo;
donde la cera no existe, muestra la vela sus cabellos.

Rompe el alba tras los ojos;
desde los polos del cráneo y el pie, las ráfagas de sangre
se deslizan como un mar;
ni cercados ni estacados los pozos del cielo
surten hacia la vara
que adivina en la sonrisa el petróleo de las lágrimas.

La noche en las cuencas ronda,
como luna de brea, el límite de los globos;
el día alumbra el hueso;
donde el frío no existe, desuella el vendaval
el manto del invierno;
la piel de la primavera está colgando de los párpados.

Rompe la luz en solares secretos,
en puntas de pensamiento donde los pensamientos huelen bajo la lluvia;
donde mueren las lógicas,
crece a través del ojo el secreto del suelo
y la sangre salta bajo el sol;
sobre las parcelas baldías el alba se detiene.

                                              (de"18 poemas") 

LA MANO QUE FIRMÓ EL PAPEL

La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
duplicaron los muertos del orbe y diezmaron un país;
estos cinco reyes dieron muerte a un rey.

La mano poderosa se conduce al declive del hombro,
la articulación de los dedos se acalambra de tiza;
una pluma de ganso ha puesto fin al crimen
que puso fin al habla.

La mano que firmó el tratado engendró fiebres,
y creció la hambruna, y las langostas vinieron;
grande es la mano que domina al hombre
al vuelo de una firma.

Los cinco reyes cuentan los muertos pero no ablandan
la costra de la herida ni acarician el ceño;
una mano rige la piedad como otra mano rige el paraíso;
las manos no tienen lágrimas que verter.

                                           (De "25 poemas") 

Y LA MUERTE NO TENDRÁ PODER

Y la muerte no tendrá poder.
Desnudos los muertos, ellos serán uno
con el hombre del viento y la luna del oeste;
cuando los huesos descarnados limpios se dispersen,
astros tendrán por codo y pie;
aunque enloquezcan serán cuerdos,
resucitarán aunque se hundan en el mar;
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá poder.

Y la muerte no tendrá poder.
Bajo las envolturas del mar largamente tendidos
no morirán a la intemperie;
aun retorciéndose en el potro mientras ceden sus tendones,
atados a una rueda, no se romperán;
la fe en sus manos ha de partirse en dos
y los han de atravesar males unicornes;
escindidos los extremos, ellos no se quebrarán;
y la muerte no tendrá poder.

Y la muerte no tendrá poder.
Nunca más podrán chillar las gaviotas en su oído,
ni las olas romper rugientes en la orilla;
donde alentó una flor nunca más una flor
podrá erguir su cabeza a los golpes de lluvia;
aunque estén locos y muertos como piedras,
las cabezas de los personajes martillean entre las margaritas;
estallan bajo el sol hasta que el sol se apague,
y la muerte no tendrá poder

                                            (de “25 Poemas”)

HOY, ESTE INSECTO

Hoy, este insecto, y el mundo que respiro
ahora que mis símbolos han vencido al espacio,
al tiempo en los espectáculos urbanos y a la mitad
de ese tonto tiempo amado que gasto en empujar la frase,
en fábula y fe he partido el sentido,
soltado la guillotina, el doble rojo-sangre
de cola y cabeza, testigos de este
asesinato del Edén y de la verde génesis.

El insecto certero es la plaga de las fábulas.

El monstruo de este cuento, con membrana de sierpe
y ciego en sus anillos, se larga por el ardiente contorno,
mide su longitud contra el muro del jardín
y rompe su cascarón en el estupor del último principio;
un cocodrilo antes de la crisálida,
antes de la caída desde el amor el hueso volador del corazón,
esta pieza infantil, alada como un asno del Sabbat,
sopla sigilosa a Jericó sobre el Edén.

La fábula del insecto es la promesa certera.

Muerte: la muerte de Hamlet y los locos de pesadilla,
un molino de aire sobre un caballo de madera,
la bestia de Juan, la paciencia de Job y las patrañas de la
visión,
griega en el mar de Irlanda la voz inmortal:
“Amo a Adán, es infinito mi amor de locos,
no hay amante delator con un fin tan certero,
todos los enamorados de leyenda sobre un árbol de historias,
mi cruz de cuentos tras el fabuloso telón”.

                                         (de "25 poemas") 

OH, HAZME UNA MÁSCARA

Oh, hazme una máscara y un muro para resguardar de tus espías
de afilados ojos esmaltados y garras con gafas
el rapto y rebelión en los criaderos de mi rostro
una mordaza de árbol enmudecido para ocultarle al cándido enemigo
la lengua de bayoneta en este indefenso instrumento de rezos,
la boca presente, y el dulce soplo de la trompeta de las mentiras,
moldeado en vieja armadura y roble el semblante de un tonto
para escudar el cerebro destellante y embotar a los inquisidores,
y una pena de viudo lacrimoso colgando de las pestañas
para velar la belladona y dejar a los ojos secos percibir
cómo otros delatan las mentiras quejumbrosas de sus pérdidas
en la curva de la boca desnuda o en la risa sofocada en las mangas.

                                                (de "El mapa del amor") 

SIN TRABAJO DE PALABRAS

Sin trabajo de palabras desde hace ya tres meses flacos en la sangrienta
tripa del año de abundancia y en el gran monedero de mi cuerpo
reprendo amargamente a mi pobreza y mi oficio:
tomar para luego dar lo es todo, devolver lo que con hambre ha sido dado
resoplando las libras de maná desde el rocío hasta el cielo,
la adorable labia repercute en un pozo cegado y regresa.

Recoger para luego desprenderse de los tesoros del hombre es una muerte dulce
que arrastrará al final todas las monedas del aliento marcado
y contará los misterios tomados y abandonados en una mala oscuridad.

Rendirse ahora es pagar dos veces el alto precio del ogro.
Antiguos bosques de mi sangre, precipitaos a la nuez de los mares
si tomo para quemar o devolver este mundo que es de cada hombre el trabajo.

                                    (de "El mapa del amor") 

A ESTE LADO DE LA VERDAD (Para Llewelyn)

A este lado de la verdad,
no podrás ver, hijo mío
-rey de tus ojos azules
en el país cegador de la juventud-
que todo está deshecho,
bajo los cielos indiferentes,
de inocencia y de culpabilidad,
antes de que te animes a hacer
algún gesto de cabeza o corazón,
todo se congrega y se derrama
hacia la oscuridad envolvente
como el polvo de los muertos.

El bien y el mal, dos formas
de moverse por tu muerte
junto al mar demoledor
-rey de tu corazón en los días ciegos-,
se esfuman como el aliento,
van llorando a través de ti y de mí
y de las almas de todos los hombres
hacia la inocente oscuridad,
y la culpable oscuridad, y la muerte
buena, y la mala muerte, y entonces
en el elemento final
vuelan como la sangre de los astros,
como las lágrimas del sol,
como la simiente de la luna, basura
y fuego, la alada grandilocuencia
del cielo –rey de tus seis años-.
Y la perversa voluntad,
desde el principio de las plantas
y los animales y las aves,
agua y luz, la tierra y el cielo,
está echada antes de que tú te animes
y todos tus actos y tus palabras,
cada verdad, cada mentira,
mueran en un amor que no juzga.

                                  (De "Muertes y entradas") 

HUBO UN SALVADOR

Hubo un salvador
más raro que el radio,
más corriente que el agua, más cruel que la verdad;
los niños resguardados del sol
se congregaban en torno a esa lengua
para oír la nota de oro girando por su surco,
y presos de deseos encerraron sus ojos
en las cárceles y estudios de esas sonrisas sin llave.

Dice la voz de los niños
desde un desierto perdido:
hubo calma que hacer en esa segura inquietud,
cuando el hombre obstructor dañaba
a hombre, animal o pájaro
ocultamos nuestros miedos en ese aliento asesino,
silencio, silencio que hacer, cuando la tierra se alborotaba,
en las guaridas y asilos del tremendo clamor.

Hubo gloria que oír
en las iglesias de esas lágrimas,
suspirabas bajo el vello de ese brazo que pegaba,
oh, tú que no podías llorar
por los suelos la muerte de un hombre
pusiste tu lágrima de dicha en el diluvio celestial
y apoyaste tu rostro en una concha de nubes:
ahora en las tinieblas sólo estamos tú y yo.

Dos hermanos altivos y oscurecidos lloran,
encerrados en el invierno codo con codo,
por el inhóspito hueco de este año,
oh, nosotros que no pudimos despertar
ni un delgado suspiro al oír, cerca,
a la avaricia golpeando, incendiando al vecino,
sino que gemíamos y anidábamos en el muro celeste,
ahora rompemos una lágrima gigante por la ignorada caída,
por el marchitar de hogares
que no criaron nuestros huesos,
las muertes valientes de seres únicos pero nunca encontrados,
ahora vemos, en nuestra soledad,
nuestro propio polvo de auténticos extraños
cabalgar por las puertas de nuestra casa inexplorada.
Exiliados en nosotros alzamos el suave, sedoso y áspero amor
que sin puño ni brazo rompe todas las rocas.

                                                   (de Muertes y entradas)

CEREMONIA DESPUÉS DE UN BOMBARDEO INCENDIARIO

I
Mis yoes
los lamentadores
lamentémonos
entre los quemados en la calle a muerte incansable
por una niña de pocas horas
y su boca que heñía
chamuscada sobre el seno negro de la tumba
que la madre cavó, y por sus brazos llenos de incendios.

Comencemos
por cantar
cantemos
la oscuridad reincendiada hacia el principio
cuando la lengua presa asintió ciega
y una estrella se fragmentó
en los siglos de la niña
que mis yoes lamentamos ahora y que los milagros no pueden expiar.

Perdona
nos perdona
dónanos
tu muerte para que mis yoes los creyentes
la sostengamos en un diluvio inmenso
hasta que la sangre salte
y el polvo cante como un pájaro mientras
avientan las semillas y tu muerte crece por nuestro corazón.

Llorando
tu agonizante
llanto,
niña más allá del canto del gallo, junto a la calle
encogida por el fuego, salmodiamos el mar que vuela
en el cuerpo despojado.
La última luz dicha es el amor. Ay,
simiente de hijos en el vientre de una negra cáscara abandonada.

II

Yo no sé quién, si
Adán o Eva, el sacro, adornado becerro
o la cordera blanca
o la virgen escogida
acostada en su nieve
sobre el altar de Londres,
fue el primero en morir
en el ascua del pequeño cráneo,
oh, novia y novio
oh, Adán y Eva tendidos
juntos en la tregua
bajo el triste pecho de la lápida
blanca como esqueleto
del jardín del Edén.
Yo sé que la leyenda
de Adán y Eva no es ni por un segundo
silenciosa en mi oficio
sobre los infantes muertos
sobre la única
niña que fue sacerdote y siervos,
verbo, coro y lengua
en el ascua del pequeño cráneo,
que fue la caída en la noche de la sierpe
y fue la fruta como un sol,
hombre y mujer deshechos, el principio
desmoronándose atrás hacia la oscuridad
desnuda como los semilleros
del jardín del desierto.

III

En los tubos del órgano y las agujas
de catedrales luminosas,
en las bocas fundidas de veletas
que se rizan en círculos de doce vientos,
en el reloj muerto donde arde la hora
sobre la urna del sabbat
sobre la fosa enloquecida del alba
sobre el antro del sol y el tugurio del fuego
y las doradas aceras tendidas en réquiem,
en las calderas de la estatuaria,
en el pan de un trigal en llamas,
en el vino que arde como brandy,
las masas del mar
las misas del mar por debajo
de las masas del mar engendrador de infantes
estallan, en surtidor, y entran a pronunciar para siempre
gloria gloria gloria
el reino final y fulminante del trueno genésico.

                                       (de "Muertes y entradas") 

ENTRE LOS MUERTOS EN EL BOMBARDEO DEL ALBA HABÍA UN HOMBRE DE CIEN AÑOS

Al despertar el día sobre la guerra
él se vistió, salió y murió,
las cerraduras bostezaban sueltas y un estallido las esparció,
él cayo donde amaba, sobre el pavimento reventado de la acera
y los granos funerarios de un suelo de sacrificio.
Decidle a su calle postrada que él detuvo un sol
y que los cráteres de sus ojos brotaron en primavera y fuego
cuando todas las llaves se dispararon de sus cerraduras y sonaron.
Dejad de cavar por las cadenas de su canoso corazón.
La ambulancia celestial arrastrada por una herida
se congrega y espera a que retumbe la pala en la jaula.
Oh, apartad sus huesos de ese carro vulgar,
que la mañana vuela en las alas de su edad
y a la diestra del sol se posan cien ciguëñas.

                                ( De "Muertes y entradas" )

NO ENTRES DÓCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte, que ven con mirada
deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse y arder como
meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro con la vehemencia
de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

                                                     (De "En el dormir campestre)

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