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303. POESÍA MÁS POESÍA: VIRGILIO PIÑERA

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BIOGRAFÍA DEL POETA VIRGILIO PIÑERA

No era un hombre alto, sí extraordinariamente delgado, con un andar breve, ligero, que abusaba de las puntas de los pies, como quien camina sobre celajes. Por las fotografías, se conocen bien la frente amplia, la nariz curva, la barbilla exigua, los labios carnosos, que creaban lo que suponemos un perfil de halcón peregrino, un perfil dantesco. Las fotografías no revelan, en cambio, el encanto de los ojos, de un color entre el ámbar y el verde, con una mezcla de tristeza, melancolía, inteligencia y, por supuesto, mordacidad. Miope al fin, en la calle usaba espejuelos antiguos, de esos que se llaman afáquicos. Las fotografías tampoco descubren la belleza de las manos, de una extraña juventud. Si hubiera querido ocultarse y mostrar sólo las manos, ustedes habrían creído que era un chico de veinte años. La voz parecía escapar desde el fondo de una campana de hojalata. La inteligencia y, como consecuencia, el sentido del humor, se enlazaba con la imaginación siempre excitada, rasgo que lo rejuvenecía aún más. Tenía salidas de adolescente.

Un poco por propia decisión y un mucho por decreto ajeno, llevaba casi una vida de eremita. También son famosas sus rutinas: leer mucho, jugar canasta, acostarse temprano y levantarse antes del amanecer, a traducir algunos buenos libros como Camino de Europa, de Ferdinand Oyono; algunos que dan gracia, como Noup, héroe de las montañas o Las pantuflas del venerable jefe del distrito. En el mejor de los casos, tenía tiempo para sentarse a escribir. Su casa era lo más parecido a una celda y eso tiene que ver, por supuesto, con su decisión.

Los objetos más valiosos eran la máquina de escribir y el tocadiscos que le había regalado Maya Surduts cuando fue declarada persona non grata y debió abandonar Cuba.

Virgilio Piñera fue un escritor, poeta, narrador y dramaturgo cubano. Nació el 4 de agosto de 1912 en la ciudad de Cárdenas, provincia de Matanzas (Cuba) y falleció de un infarto cardíaco el 18 de octubre de 1979 en La Habana (Cuba). De padre agrimensor y madre maestra. Su familia se traslada, por razones de trabajo, a Guanabacoa, en La Habana. En 1925 se muda a Camagüey, y en esta cursa el bachillerato. El profesor Felipe Echemendía y el escritor e investigador Felipe Pichardo Moya dirigen sus primeros pasos en las lecturas y en los inicios de su vocación literaria.

Funda en 1935, junto a Luis Martínez y Aníbal Vega, la Hermandad de Jóvenes Cubanos, organización cuya finalidad fundamental era la difusión de la cultura y entre cuyas tareas estuvo la presentación en Camagüey del grupo Teatro de Arte «La Cueva», de la capital. Se define su vocación de escritor. Escribe sus primeros poemas significativos.

Se instala en La Habana en 1937 e ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana con matrícula gratis, solicitada por él mismo dada su precaria situación económica, expuesta en carta que dirigió a esa institución. En la antología La poesía cubana en 1936, aparecida ese año y compilada por Juan Ramón Jiménez, se incluye su poema «El grito mudo».

Virgilio Pinera en 1927 o 1928 - Poesia Online

En 1938 ya está viviendo en La Habana, en precarias condiciones por la escasez de dinero. Su primera aparición pública como poeta, o la más significativa de esos momentos, se realiza en la importante institución cultural Sociedad Lyceum ese mismo año, con la lectura de un grupo de textos de gran calidad y la presentación de José Antonio Portuondo. Dicta una conferencia en esa misma institución. Escribe su obra de teatro Clamor en el penal, la primera de su dilatado corpus para la escena. Constituyen el inicio de una carrera literaria que si bien había tenido sus antecedentes en Camagüey, es ahora cuando comienza a alcanzar su más acabada definición.

En 1939 da a conocer otros poemas en la revista Espuela de Plata, dirigida por el poeta José Lezama Lima, el crítico de arte Guy Pérez Cisneros y el pintor Mariano Rodríguez, una de la predecesoras del Grupo Orígenes junto a Verbum -anterior a Espuela de Plata-, Nadie Parecía, Clavileño, Poeta. Fue colaborador de la Revista Grafos y en 1940 escribió su cuento «El conflicto».

Publica en 1941 su primer poemario: Las furias, en los Cuadernos Espuela de Plata. En ese mismo año escribe su pieza teatral Electra Garrigó, acaso la mejor y más importante de todo su vasto repertorio. Piñera se acerca tanteando a nuestro mundo negro, parodia la tragedia griega (el autor es un formidable humorista), utiliza una guantanamera como coro griego, y sus personajes son una gran abstracción que hablan un lenguaje falso y alambicado. Destaca  la calidad literaria de la pieza, su teatralidad, la imaginación con que ha recreado el mito helénico, el sentido parodial y cómico, elchoteo que se escapa de los parlamentos, el ambiente en general de la tragedia, su espectacularidad.

Pronuncia, también en la Sociedad Lyceum e invitado por el investigador cubano José María Chacón y Calvo, su importante conferencia sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda, la relevante poetisa, narradora y dramaturga cubana del siglo XIX.

Pinera - Poesia Online

Funda y dirige en 1942 la revista Poeta, de brevísima vida -sólo dos números-, donde da a conocer sus ensayos «Erística de Valéry» y «Terribilia meditans», páginas de sumo interés por lo que nos revelan sobre el autor, su cosmovisión y sus preocupaciones en torno a los problemas de la escritura, un tema que lo obsesionó toda la vida, según refiere en su autobiografía, cuando dice: «Para mí, escribir ha sido siempre una verdadera tortura». En Clavileño hace público su ensayo «De la contemplación», expresión asimismo de sus más genuinas inquietudes acerca del artista y la obra de arte, antecedente de otro ensayo, mordaz en su implacable heterodoxia, titulado «En el país del Arte» (publicado en 1947 en la revista Orígenes).

Publica en el año 1943 el segundo y último número de la revista Poeta. Aparece su extenso poema «La isla en peso», texto fundamental dentro de la historia de la poesía cubana del siglo XX y todo un paradigma de la obra piñeriana por la heterodoxia de su conceptualización, su antipoesía y la ruptura de los cánones de la lírica tradicional; su intenso dramatismo, que emerge del envés de la realidad, de su visión del sinsentido de lo real, marca importantes diferencias con respecto a las visiones de la insularidad que se observan en obras de José Lezama Lima, Cintio Vitier y Eliseo Diego.

De la estirpe de los poetas visionarios y heredero de la pulsión surrealizante, ya en 1943 ofrecía con La isla en peso las claves centrales de su futura andadura, con un paisaje de escombros que retrataba el infierno terrestre de su entorno inmediato. Negador y conjeturante, inquisidor y crítico feroz, interpreta constantes anábasis que lo arrastran por los recovecos del tiempo y del espacio, con la conciencia alerta y sin claudicaciones. En esa vigilia militante, las imágenes deshilvanadas hablan del espacio habanero como un inmenso sepulcro sembrado de trampas, trasunto de la isla en que se sustenta: recinto carcelario o inmenso manicomio, condena a muerte del espíritu ahogado por el agua que lo asedia como un cáncer.

Piñera insiste en su posición solitaria de francotirador que no ceja en el empeño de hallar un camino de futuro, para el hombre, para el arte o para su pueblo. De ahí una pasión crítica que revisa sin descanso la tradición propia y las ajenas, y que considera como maldición antigua de la poesía cubana -y americana en general- el deslumbramiento por los modelos europeos, que inhiben o esterilizan el impulso propio. Las conclusiones son desalentadoras: «poseíamos el rayo; y no sabiendo cómo lanzarlo, lo gastábamos en fuegos de artificio»

Se niega a participar en la celebración del Día del Poeta, acto que se realizaría en el Lyceum, y en una dura carta a la institución expresa sus razones, con estas afirmaciones esenciales de su concepto de la cultura: «Quien trabaja a conciencia su arte, quien estima la cultura, no como entretenimiento elegante sino como destino dignamente recibido, no puede aceptar tales comedias». En el año 1945 colabora en Orígenes y escribe varios poemas, entre ellos «En estos páramos», «El oro de los días», «Tesis del gabinete azul» y «La oscura».

Virglio Pinera FOTO Mario Garcia Joya - Poesia Online

Como buen dramaturgo, Piñera concebía la vida como un teatro en el que todos portamos máscaras. Virgilio el homosexual, flaco, pobre, marginal, escéptico y coloquial, necesitaba un Lezama católico, barroco, gordo y respetado. Pero su antagónico era, a su vez, fuente de profunda admiración y respeto; muestra de ello serán las participaciones conjuntas en revistas dirigidas por Lezama: Espuela de Plata (1939-1941), Nadie parecía (1942-1944), Poeta (1942-1943) y Orígenes (1944-1956). “Lezama y Piñera son el anverso y el reverso de una misma moneda, los opuestos se tocan –señala Abreu Arcia–. Lo cubano, lo histórico, lo universal, estremecido en su centro por dos discursos, dos maneras diferentes de asumir el hecho literario y la propia existencia del escritor” .

Lo cierto es que el escritor de Las Furias debía emerger como un indomable, cuyo papel en este mundo al que se viene a portar máscaras, era precisamente el del desenmascarador. Desarrolló una gran habilidad para transitar como un rebelde entre la soberanía y los liderazgos culturales, ya fueran Lezama y sus revistas, o el grupo que se nucleó en torno a Lunes de Revolución (1959-1961). Su marginalidad era condición asumida a conciencia. La fidelidad a la literatura era cuestión de moralidad; sabía por ello que le esperaba hambre e incomprensión. En su controversial texto “En el País del Arte” afirma:

“La vida, en general, es pérdida constante de soberanía: dependemos siempre de alguien, algo nos limita y conforma en algo que está fuera de nosotros. Y lo único que puede hacernos soberanos es la medida de nuestra propia existencia. (…) No es el arte quien nos hace artistas sino que somos nosotros quienes ponemos sobre un plano artístico nuestra propia existencia. (Poesía y crítica).”

Esta decisión de ser un soberano, aceptando que a la vez no se puede serlo a plenitud, llevó a Piñera a transitar entre la soledad y el deseo de ser escuchado, entre la búsqueda moral y el temor a ser incomprendido. Su personaje del cuento “La cara” (1956) ilustra en este sentido la vulnerabilidad que significa mostrar el rostro (prescindir de la máscara), y el desasosiego que provoca en quien le es concedido verlo: “Yo tengo absoluta necesidad de verlo a usted. […] ¡No, no quiero decir que tenga que verle la cara expresamente! Yo nunca osaría vérsela; sé que usted me necesita, y aun cuando muriese literalmente de ganas de contemplar su cara, las sacrificaría por su propia seguridad. Viva tranquilo. No, lo que quiero decir es que yo también sufro” (Cuentos Completos).

Duanel Díaz señala que Piñera era como “los surrealistas, románticos empedernidos, querían destruir el Arte para que de su cadáver surgiera la verdadera vida, la vida poética que yacía debajo de la costra de la cultura y la costumbre”, «costra» cultivada fundamentalmente por coetáneos como Lezama, Cintio Vitier y el grupo de la revista Orígenes.

Es cierto que renunció al reconocimiento, pero la marginalidad de su literatura no fue por opción. Las preocupaciones del dramaturgo obedecían, más bien, a un espíritu de época: a las reflexiones que abrieron camino a las estéticas de vanguardia, la representación del desencantamiento, el teatro del absurdo y la filosofía existencialista, como respuesta a la Primera y Segunda Guerra mundiales.
El hecho de no haber tenido interlocutores en su medio, no se traducía en renuncia al diálogo, muestra de ello fue su amistad con Witold Gombrowicz.

Con sus colegas de Lunes de Revolucion en 1961. De izquierda a derecha Isabel Monal Gilda Hernandez Virgilio Pinera Adolfo de Luis Anton Arrufat y Pablo Armando Fernandez - Poesia Online
Con sus colegas de Lunes de Revolución, en 1961. De izquierda a derecha, Isabel Monal, Gilda Hernández, Virgilio Piñera, Adolfo de Luis, Antón Arrufat y Pablo Armando Fernández.

 

A Piñera le interesaba poner al descubierto (desenmascarar) el sinsentido de venir a morar el mundo, esa suerte de ínsula siempre autorreferencial, en la que no hay finalidad, ni esperanza porque el trabajo, la reproducción y la muerte se repiten sin cesar; porque se está en la eterna cárcel del presente, desposeídos de singularidad y goce: “No tengo sabido, alegres Furias: / esas islas por aguas ataviadas / donde hombres sombríos y suntuosos / furiosamente sobre dioses ríen” (La isla en peso).

En febrero de 1946 viajó a Buenos Aires, donde residió, con algunas interrupciones, hasta 1958. Allí trabajó como funcionario del consulado de su país, como corrector de pruebas y como traductor. En la capital argentina hizo amistad con el escritor polaco Witold Gombrowicz, y formó parte del equipo de traductores que llevaron a cabo la versión castellana de Ferdydurke. También conoció a Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Graziella Peyrou y a José Bianco, quien prologó su volumen de cuentos El que vino a salvarme, publicado por la Editorial Sudamericana. Continuó colaborando con Orígenes con cuentos, ensayos y reseñas críticas. También trabaja en el equipo de traductores de la novela Ferdydurke, del escritor polaco Witold Gombrowicz, uno de sus más cercanos amigos en la capital argentina. En octubre su cuento «En el insomnio» sale publicado en la revista Anales de Buenos Aires, dirigida por Borges. A fines de año aparece en La Nación su artículo «Los valores más jóvenes de la literatura cubana». Escribe el poema «Treno por la muerte del príncipe Fuminaro Konoye».

Witold Gombrowicz y Virgilio Pinera ret - Poesia Online
Virgilio Piñera y Witold Gombrowicz

Luego, en 1947, da a conocer en Orígenes el ensayo «El país del arte», en Anales de Buenos Aires el cuento «El señor ministro» y reseñas críticas en la revista Realidad, también de la capital argentina. En diciembre retorna a La Habana.

El 23 de octubre de 1948 se estrena Electra Garrigó por el grupo teatral «Prometeo», bajo la dirección de Francisco Morín, en el Teatro «Valdés Rodríguez», en La Habana. La crítica la acoge de manera desfavorable y Piñera la emprende contra los comentaristas, a los que trata de artistas fracasados, filisteos e incultos en un artículo que tituló «Ojo con el crítico» y que dió a conocer en la revista especializada Prometeo, con lo cual se desató una airada polémica con protestas por ese trato del dramaturgo.

Escribe Jesús, con la que ganó el Segundo Premio en el Concurso Teatral de la Academia de Artes Dramáticas (ADAD), importante institución de la capital. Escribe asimismo Falsa alarma, pieza considerada como la primera del teatro del absurdo en Hispanoamérica, antecedente incluso de la obra de Ionesco, La soprano calva, de 1950. En 1949 aparece en Orígenes aparece Falsa Alarma; da inició a su novela La carne de René.

En abril de 1950 viaja de nuevo a Buenos Aires como empleado administrativo del Consulado de Cuba. En la Sociedad Argentina de Escritores -a la sazón presidida por Borges, quien le extiende una invitación para hablar en esa institución- imparte la conferencia «Cuba y la literatura». Viaja posteriormente a Bélgica y Francia y en ese mismo año se estrena su pieza Jesús en La Habana bajo la dirección de Morín, en la sala «Valdés Rodríguez».

En febrero de 1955 vuelve a Buenos Aires. Además aparece el primer numero de la revista Ciclón, financiada y dirigida por José Rodríguez Feo -con quien Piñera tuvo una gran amistad-, tras la separación de éste y Lezama del proyecto de Orígenes, al decidir su director, sin previa consulta con Rodríguez Feo, la publicación de un texto de Juan Ramón Jiménez en el que agredía a Vicente Aleixandre.

Virgilio Pinera y Jose Lezama Lima - Poesia Online
Virgilio Piñera y José Lezama Lima.

 

En 1956 sale la edición de Cuentos fríos, en Losada, Buenos Aires. Publica además reseñas en El hogar -donde también colaboraba Borges- a petición de Carlos Mastronardi. En febrero de 1958 vuelve a Cuba. Ese propio mes se pone en escena por segunda vez, dentro de las actividades por la celebración del Mes de Teatro Cubano, Electra Garrigó, bajo la dirección de Francisco Morín. En la sala Prometeo se lleva a escena La boda, con la dirección de Adolfo de Luis. Dentro de esas festividades dicta Piñera la conferencia «¿Por dónde anda lo cubano en el teatro?» Regresa a Buenos Aires en marzo. En Sur da a conocer varias reseñas y el cuento «La gran escalera del Palacio Legislativo». En septiembre regresa a Cuba y ya no retornará nunca a Buenos Aires. Comienza a escribir Aire frío, su mejor pieza, se representa en 1962, pero ya estaba escrita cuatro años antes. La extensa obra, de corte autobiográfico, narra la historia de una familia que se niega a proletarizarse, y vive en un mundo de valores que desaparece. El drama ilustra la crisis de la familia a los largo de dieciocho años.

Piñera va a incursionar en el relato breve desde los cuarenta, hasta poco tiempo antes de su muerte. Por lo general va a presentar una serie de argumentos simples, cuya densidad va a recaer en la reflexión filosófica, a partir de un cuestionamiento figurado sobre el ser y el estar en el mundo.

En 1959 escribe el Flaco y el Gordo. Aire frío aparece publicado por la editorial Pagrán. Inmediatamente después de fundados, comienza a colaborar con frecuencia en el periódico Revolución -donde tiene a su cargo la sección fija «Puntos, comas y paréntesis», en la que publica textos críticos y ensayos bajo el seudónimo El Escriba- y en su suplemento Lunes de Revolución, importantísimo semanario donde colabora con diversos textos, entre ellos obras de teatro, y que se caracterizó por su agresividad y desenfado contra algunos de los más significativos representantes de Orígenes, en especial Lezama y Vitier. Fue arrestado por el gobierno cubano durante la Noche de las tres P en Cuba, sin embargo su detención duraría poco tiempo debido a la presión internacional.

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En 1960 se vuelve a representar en La Habana Electra Garrigó, puesta a la que asisten Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, ambos de visita en Cuba por entonces. Se publica su Teatro completo en Ediciones R, en La Habana y continúa colaborando en Lunes de Revolución. En la revista Casa de las Américas da a conocer el primer capitulo de su novela Presiones y diamantes. En Lunes de Revolución publica su comedia La sorpresa. Escribe además El filántropo y se lleva a escena en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional, dirigida por Humberto Arenal. El suplemento Lunes de Revolución cesó en 1961 luego de un último número dedicado al pintor español Pablo Picasso, en ese mismo año comienza a dirigir Ediciones R.

En agosto viaja a Checoslovaquia y a Bélgica. De este año son su cuento «Oficio de tinieblas» y los poemas «Un hombre es así», «Yo estallo», «El delirante» y «Un bamboleo frenético». En diciembre de 1962 se produce el estreno de Aire frío, dirigida por Humberto Arenal. En 1964 sube de nuevo a escena Electra Garrigó, ahora en el Teatro Musical de La Habana. A finales de ese año viaja a Europa (Praga, Milán, París). Formó parte del jurado de cuento del Premio Casa de las Américas 1967.

Se le considera el creador del teatro moderno cubano y varias de sus obras en distintos géneros integran el canon literario cubano. Como narrador, destaca por su humor negro, dentro de la línea del absurdo. Fue también un destacado traductor, y vertió al español obras de Jean Giono, Imre Madách, Charles Baudelaire y de Witold Gombrowicz, entre muchos otros.

En una entrevista de 1964 a la pregunta “Usted ha cultivado la poesía, el teatro, el cuento y la novela. ¿Cuál de estos géneros le interesan más actualmente?” contestaría: “De ser posible, me gustaría confeccionar un plato supremo con estos cuatro géneros literarios. Bueno, el lector se chuparía los dedos… En la actualidad –y ayer y mañana– me interesan enormemente todos y no le doy preferencia a ninguno, con lo cual se la doy a todos.

En 1968 se le otorga el Premio Casa de las Américas en el género teatro por Dos viejos pánicos, publicada ese propio año por esa institución cubana y por el Centro Editor de América Latina, de Buenos Aires.

Se representa, en enero, Falsa alarma, dirigida por Nicolás Dorr, dentro de las jornadas del Congreso Cultural de La Habana, importante reunión de escritores, intelectuales y artistas de Cuba y de otros países, en la que Piñera estuvo presente como una de las figuras relevantes de la literatura cubana de esos momentos.

Durante sus últimos años continúa escribiendo y asiste a tertulias de amigos escritores, en las que se mantienen vivas su rica creatividad y su beligerante espíritu crítico. El 18 de octubre de 1979 fallece en La Habana de un infarto cardíaco. Pocos pudieron asistir al entierro y no aparecieron notas necrológicas en los periódicos latinoamericanos. “Ya volverán las aguas a su lugar”, solía decir él mismo, mas hubo que esperar cinco años tras ese fatídico 18 de octubre de 1979 para que su obra comenzase la restitución de la figura piñeriana para la historia de la literatura.

Abilio Estevez a la izquierda con pulover blanco y de pie justo detras de Virgilio Pinera en una de las tertulias de La Ciudad Celeste - Poesia Online
Abilio Estévez a la izquierda con pulóver blanco y de pie justo detrás de Virgilio Piñera en una de las tertulias de La Ciudad Celeste

Cuenta Abilio Estévez que el último fin de año que celebró, el de 1978, cuando más duro era su ostracismo, exclamó bailando en medio de la sala que su centenario se celebraría por todo lo alto. En el año 2012 Cuba organizó en junio el coloquio “Virgilio Piñera tal cual”; se le dedicaron miles de páginas en libros, periódicos, suplementos y revistas. El mundo literario hispánico volvió a celebrar el nacimiento de aquel escritor que murió a deshora.  Para honrarlo, el Estado cubano creó un premio de teatro «Virgilio Piñera».

Tenía en proceso de creación en esos momentos su pieza de teatro «Un pico o una pala». Quedan en su apartamento dieciocho cajas de zapatos en las que fue acumulando su papelería, amén de libros organizados y dispuestos para su publicación.

En 1987 se editan los volúmenes de cuentos Un fogonazo y Muecas para escribientes (ambos por Letras Cubanas), y en 1988 Ediciones Unión presenta Una broma colosal, su poemario póstumo. Tras el rescate de esas páginas están amigos y fieles de Piñera: Antón Arrufat, Luis Marré, Abilio Estévez… Rine Leal da por terminado en 1989 su prólogo al Teatro Completo, pero este no saldrá de las prensas sino mucho después, en el 2002.

Aparece el Teatro inconcluso, en 1990. Otras muestras de su trabajo irán publicándose hasta que, en el 2012, en ocasión de su centenario, se reedita prácticamente toda su obra conocida, aunque nunca llegó a los lectores la compilación de sus ensayos y artículos, que se recogerían más tarde.

Virgilio Pinera con Maria Zambrano en Roma - Poesia Online
Virgilio Piñera con María Zambrano en Roma.

PUBLICACIONES

Poesía

1941 – Las furias

1943 – La isla en peso

1944 – Poesía y prosa

1969 – La vida entera

1988 – Una broma colosal, libro póstumo

1994 – Poesía y crítica

 

Cuento

1942 – El conflicto

1956 – Cuentos fríos

1961 – Oficio de tinieblas

1970 – El que vino a salvarme

1987 – Un fogonazo, libro póstumo

1987 – Muecas para escribientes

1992 – Algunas verdades sospechosas

1992 – El viaje

1994 – Cuentos de la risa del horror, editorial Norma

1999 – Cuentos completos, editorial Alfaguara

2008 – Cuentos fríos. El que vino a salvarme. Edición de Vicente Cervera Salinas y Mercedes Serna Cátedra

 

Novela

1952 – La carne de René, Buenos Aires, reedición póstuma (modificada) Tusquets Editores, Colección Andanzas, Barcelona, 2000

1963 – Pequeñas maniobras

1967 – Presiones y diamantes

1997 – El caso Baldomero, póstumo

 

Teatro

1948 – Electra Garrigó

1949 – Falsa alarma

1959 – Aire frío

1960 – Teatro completo

1968 – Dos viejos pánicos

1986 – Una caja de zapatos vacía, póstumo

1990 – Teatro inconcluso

1993 – Teatro inédito

 

SELECCIÓN DE POEMAS DE VIRGILIO PIÑERA

ELEGÍA ASÍ

A Megera

Invito a la palabra
que pasea entre perros su desierto ladrido.
Todo es triste.
Si con lustrosas hojas corona frente y senos
una fría sonrisa florecerá en la luna.
Todo es triste.
Después los perros tristes comerán de las hojas
y ladrarán palabras de lustroso sonido.
Todo es triste.
Un perro invita a los jacintos en el río.
Todo es triste.
Con lunadas palabras, con aperradas flechas,
con dentadas hojuelas
hieren a las mudas doncellas los jacintos.
Todo es triste.
Crece la negra yerba con un rumor tranquilo
pero lustrosos filos acarician el ritmo.
Todo es triste.
Detrás de las palabras las serpientes se ríen:
así la sorda tierra no permite sonidos.
Todo es triste.
Ladra un ave celeste por el viento
para alejar la muerte:
con flores de la noche la descubre,
con palabras de perro la seduce,
con una copa de tierra la sepulta.
Todo es triste.
Invito a la terrosa palabra que perfora la vida y los espejos
y el eco de su imagen dividido.
Todo es triste.
Crujientes crótalos cremosos crecían:
un juego de palabras con ladridos.
Todo es triste.
Un venablo con veloz viento vuela en variaciones viriles.
Todo es triste.
Media copa de tierra enmudeció la música.
Todo es triste.
Después la tierra se bebió ella misma.
Todo es triste.
Y cuando llegue el tiempo de la muerte
ponedme ante el espejo para verme.
Todo es triste.

DEL LIBRO LAS FURIAS (1941)

VIDA DE FLORA

Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.
Ponte la flor. Espérame, que vamos juntos de viaje.

Tú tenías grandes pies. ¡Qué tristeza en el aire!
¿Quién se mordía la cola? ¿Quién cantaba ese aire?

Tú tenías grandes pies, mi amiga en seco parada.
Una gran luz te brotaba. De los pies, digo, te brotaba
y sin que nadie lo supiera te fue sorbiendo la nada.

Un gran ruido se sentía en tu cuarto. ¿A Flora qué le pasa?
Nada, que sus grandes pies ocupan todo el espacio.
Sí, tú tenías, tenías la imponderable amargura de un zapato.

Ibas y venías entre dos calientes planchas:
Flora, mucho cuidado, que tus pies son muy grandes,
y la peletería te contrata para exhibir sus hormas gigantes.

Flora, cuántas veces recorrías el barrio
pidiendo un poco de aceite y el brillo de la luna te encantaba.
De pronto subían tus dos monstruos a la cama,
tus monstruos horrorizados por una cucaracha.

Flora, tus medias rojas cuelgan como lenguas de ahorcados.
¿En qué pies poner estas huérfanas? ¿Adónde tus últimos zapatos?

Oye, Flora: tus pies no caben en el río que te ha de conducir a la nada,
al país en que no hay grandes pies ni pequeñas manos ni ahorcados.
Tú querías que tocaran el tambor para que las aves bajaran,
las aves cantando entre tus dedos mientras el tambor repicaba.

Un aire feroz ondulando por la rigidez de tus plantas,
todo eso que tú pensabas cuando la plancha te doblegaba.

Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.

ISLA

Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?

ENTRE LA ESPADA Y LA PARED

Entre la espada y la pared
a nadie le gusta situarse;
cuando se está en ese trance
la vida sabe a vinagre;
cuando tocas a una puerta
es la espada quien te abre,
si la palabra socorro profieres
su filo la despedaza,
formando con sus fragmentos
un monstruo incalificable.
Estas vivo y estás muerto,
estás despierto y soñando,
tiras para el lado vivo,
y el lado muerto te arrastra;
miras a tu antagonista
-que es el fiel de tu balanza-,
clamas porque no te pese,
pero él te pone en el plato.
Ya tu corazón es polvo
y tus entrañas espanto,
y mientras el cielo brilla
se oscurece tu retrato.
Después la pared se cierra
como un telón de teatro.
Ya tu acto se acabó.
Me voy a tomar un trago.

 

SOLO DE PIANO

El solo de piano
no es un solo de piano,
no es tampoco un solo
ni asimismo un piano.
No es ningún piasolo,
ni siquiera un sopiano,
muchísimo menos
un sopia de loso
y tremendamente lejos
de un loso de piano.
El solo de piano
es más bien un piano
provisto de un solo
que camina piano.
En las tardes grises
el solo y el piano
se cogen las mapias
y se van de nopia.
Hay que verlos juntos
si huyen del piasolo,
y hay que verlos sopias
besando al sopiano.
En las tardes grises
todo el mundo es solo,
todo el mundo es piano,
y hasta el mismo solo,
y hasta el mismo piano,
se sienten tan solos
que tocan el piano.
En las tardes grises
el solo de piano
es un pianosolo,
piasolo y sopiano.

 

YO ESTOY AQUÍ, AQUÍ

Mordiendo, arañando,
gritando y aullando,
pateando, rugiendo,
buscando y encontrando.

Cavando en tu cara,
explorando en tu pelo,
ahondando en tus ojos
y hurgando en tus entrañas.

Para vivirte, para tenerte,
para hacerte, para matarte,
para borrarte, para pintarte,
para existirte y para llorarte.

Para escribirte como una letra
-la de tu nombre y la de tu alma-,
para tatuarte como una llaga
sobre mi piel que es tu sudario.

No estoy aquí para decirte
que estoy aquí para adorarte,
estoy aquí para decirte
que yo soy tu alucinado.

No estoy aquí para adorarte
-para adorarte no te amara-,
estoy aquí para nacerte,
para morirte y resucitarte.

Estoy aquí para hacerte
a mi imagen y semejanza,
de tal modo que ya no sepas
de cuál de los dos es la imagen.

Y si no puedo nacerte,
y si no puedo resucitarte,
haré entonces que tú me mueras
para después resucitarnos.

 

EL HECHIZADO

A Lezama, en su muerte

Por un plazo que no pude señalar
me llevas la ventaja de tu muerte:
lo mismo que en la vida, fue tu suerte
llegar primero. Yo, en segundo lugar.

Estaba escrito. ¿Dónde? En esa mar
encrespada y terrible que es la vida.
A ti primero te cerró la herida:
mortal combate del ser y del estar.

Es tu inmortalidad haber matado
a ese que te hacía respirar
para que el otro respire eternamente.

Lo hiciste con el arma Paradiso.
-Golpe maestro, jaque mate al hado-.
Ahora respira en paz. Viva tu hechizo.

NUNCA LOS DEJARÉ

Cuando puso los ojos en el mundo,
dijo mi padre:
“Vamos a dar una vuelta por el pueblo”.
El pueblo eran las casas,
los árboles, la ropa tendida,
hombres y mujeres cantando
y a ratos peleándose entre sí.
Cuántas veces miré las estrellas.
Cuántas veces, temiendo su atracción inhumana,
esperé flotar solitario en los espacios
mientras abajo Cuba perpetuaba su azul,
donde la muerte se detiene.
Entonces olía las rosas,
o en la retreta, la voz desafinada
del cantante me sumía en delicias celestiales.
Nunca los dejaré —decía en voz baja—;
aunque me claven en la cruz,
nunca los dejaré.
Aunque me escupan,
me quedaré entre el pueblo.
Y gritaré con ese amor que puede
gritar su nombre hacia los cuatro vientos,
lo que el pueblo dice en cada instante:
“Me están matando pero estoy gozando”.

 

LA ISLA EN PESO

La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
Pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.
Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.
He dado las últimas instrucciones.
El perfume de la piña puede detener a un pájaro.
Los once mulatos se disputaban el fruto,
los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.
He dado las últimas instrucciones.
Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,
cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.
Es en este país donde no hay animales salvajes.
Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,
pienso en el desconocido son del areíto
desaparecido para toda la eternidad,
ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro
el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.
Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.
Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.
El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:
plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.
La nueva solemnidad de esta isla.
¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.
Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen.
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos
más lustrosos que un espejo en el relente,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares,
si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.
Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.

¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrifícios de gallos?
¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?
¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?
La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.
Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,
y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno
después de la doctrina cristiana.
Todavía puede esta gente salvarse de cielo,
pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente
los falos de los hombres.
La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.
Nadie piensa en implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar.
La santidad se desinfla en una carcajada.
Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,
afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,
desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,
desconocemos los espejos estratégicos,
no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.

Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,
es la virginidad que comienza a perderse.
Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,
y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.

Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,
turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,
clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.
El trópico salta y su chorro invade mi cabeza
pegada duramente contra la costra de la noche.
La piedad original de las auríferas arenas
ahoga sonoramente las yeguas españolas,
la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.
Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en la franja del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:
el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,
con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,
titánicamente paso por encima de su música,
y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:
el aguacero pega en el lomo de los caballos,
la siesta atada a la cola de un caballo,
el cañaveral devorando a los caballos,
los caballos perdiéndose sigilosamente
en la tenebrosa emanación del tabaco,
el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla
como la carreta de la muerte,
el último ademán de los siboneyes,
y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.

De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca
de uno de los narradores,
y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.
La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:
en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón
tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,
las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor,
las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,
—toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas—,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegado para apretar las tetas de mi madre.

El horroroso paseo circular,
el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,
el envenado movimiento del talón que rehuye el abanico del erizo,
los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,
dan la vuelta a la isla,
los manglares y la fétida arena
aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!
La vida del embudo y encima la nata de la rabia.
Nadie puede salir:
el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.
Nadie puede salir:
una uva caleta cae en la frente de la criolla
que se abanica lánguidamente en una mecedora,
y “nadie puede salir” termina espantosamente en el choque de las claves.

Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,
cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor.
Cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,
cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,
cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua
del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen,
la arroja patéticamente por su cuarto trasero,
cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar
los bordes de la isla más bella del mundo,
cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

Pero la bestia es perezosa como un bello macho
y terca como una hembra primitiva.
Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,
los cuatro momentos en que se la puede contemplar
—con la cabeza metida entre sus patas—escrutando el horizonte con ojo atroz,
los cuatro momentos en que se abre el cáncer:
madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda
hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.
En este momento, como una sábana o como un pabellón de tregua, podría
desplegarse un agradable misterio,
pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,
y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,
un carnaval que empieza con el canto del gallo,
la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,
cada palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas,
perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de Yara
empuja a los caballos contra el fango.
Es la hora terrible.
Como un bólido la espantosa gallina cae,
y todo el mundo toma su café.

¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres
mientras la leche cae desesperadamente.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?

Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,
la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,
los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo
hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.
¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?

Confusamente un pueblo escapa de su propia piel
adormeciéndose con la claridad,
la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal
en los bellos ojos de hombres y mujeres,
en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes
por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife
y muerde su propia limitación,
la piel se pone a gritar como una Ioca, como una puerca cebada,
la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,
con yaguas traídas distraídamente por el viento,
la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,
absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco
y con restos de leyendas tenebrosas,
y cuando la piel no es sino una bola oscura,
la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!
Pero la claridad avanzada, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.

Los secretos más inconfesables son dichos:
la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.
Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,
y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,
ni levantar una mano para acariciar un seno;
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante
y la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.

De pronto el mediodía se pone en marcha,
se pone en marcha dentro de sí mismo,
el mediodía estático se mueve, se balancea,
el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,
sus costuras amenazan reventar,
el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,
el mediodía orinando hacia arriba,
orinando en sentido inverso a la gran orinada
de Gargantúa en las torres de Notre Dame,
y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe
lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfile.
A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,
su color plateado del envés es el primer espejo.
La bestia lo mira con su ojo atroz.
En este trance la pupila se dilata, se extiende como mundo se perfila,
hasta aprehender la hoja.
Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo
y los hombres tirados contra su pecho.
Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,
sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,
entran ingrávidos en el amor,
de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el angelus:
abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva
frente a los arcos floridos del amor:
Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.
El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:
Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.

La tierra produciendo por los siglos de los siglos:
Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.
El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:
Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.

Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:
Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:
Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.
Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.
En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:
Todas las aletas de todas las narices azotan el aire
buscando una flor invisible;
la noche se pone a moler millares de pétalos,
la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,
los cuerpos se encuentran en el olor,
se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;
el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,
el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,
el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,
se posa en el pie de los bailadores,
el corro de los presentes devora cantidades de olor,
abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,
la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,
la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;
una noche esterilizada. una noche sin almas en pena,
sin memoria, sin historia, una noche antillana;
una noche interrumpida por el europeo,
el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,
a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,
una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.

¡No importa que sea una procesión, una conga,
una comparsa, un desfile.
La noche invade con su olor y todos quieren copular.
El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,
sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,
sólo sentimos su realidad física
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus. espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla,
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

 

LA GRAN PUTA

Para Oscar Hurtado

Cuando en 1937 mi familia llegó a La Habana
–uno de los tantos éxodos a que estábamos acostumbrados–
mi padre –como tenía por costumbre sanguínea–
se dio de galletas y se puso a echar carajos.
Llegaron exactamente a las diez de la mañana
de un día de agosto mojado con vinagre;
antes de ir a esperar el Santiago-Habana
tomé un jugo de papaya en Lagunas y Galiano, y como el deber se impone al deseo perdí a un negro que me hacía señas con la mano.

Por esa época yo tenía veinticinco años
y toda la vida resumida en la mirada;
años mal llevados porque el hambre no paga:
“Virgilio —me decía Oscar Zaldívar—
no te alimentas lo suficiente. Hay que comer carne…”
De vez en cuando me llevaba a La Genovesa
en la esquina atormentada de Virtudes y Prado,
donde Panchita, una italiana operativa,
le decía doctor a Oscar y a mí no me decía nada.
Las calles eran vahídos y las aceras desmayos:
En la cabeza los versos y en el estómago cranque.
Corría a la casa de empeños sita en Amistad y Ánimas
buscando que me colgaran entre docenas de guitarras,
yo, empeñado, yo empeñando un saco viejo de Osvaldo
para trepar jadeante la cazuela del Auditórium
a ver “El Avaro” de Molière que Luis Jouvet presentaba.

Era La Habana con tranvías y con soldados
de kaki amarillo, haciendo el fin de mes
con los pesos de los homosexuales;
entre los cuales, en cierta manera, me cuento,
es decir, en mi humilde escala: no osaría ponerme
a la altura de La Marquesa Eulalia, del Pájaro Verde,
de Jarroncito Chino, de la Pulga Lírica y del Marqués
de Pinar del Río, y aunque una noche, en el Don Quijote,
bailé sobre una mesa disfrazado de maja,
mi alarde palidece ante la magnificencia
del Pájaro Verde dejándose degollar en el baño.

Según se mire eran tiempos heroicos, tiempos
que fueran cantados por guitarras alcoholizadas,
palabras tremendas que eran pronunciadas
con el filo de un cuchillo, mientras allá,
en Marte y Belona, los bailadores realizaban
la confusa gesta del danzón ensangrentado.
Esta gesta alcanzaba proporciones épicas
en el Cuchillo de San Miguel: allí Panchitín Díaz
le decía con su voz aflautada a la putica debutante:
“Muchacha, tienes toda la vida por delante…”,
y dando dos pasos se metía en la barbería de Neptuno
para entablar un diálogo funambulesco
con la corpulenta Albertino, que se hacía afeitar
una barba imaginaria.

Una noche en El Prado, con su pedazo de cielo
particularmente convulso sobre leones de bronce verde,
sobre leones que temblaban al paso del
Emperador del Mundo —un negro tuberculoso con
el pecho constelado de chapitas de Coca Cola—,
se comentaba con terror manifiesto
la frase ciceroniana de la mujer que se tiró
bajo las ruedas del automóvil de Lily Hidalgo de Conill:
“¡Habana, ábrete y trágame!”
Pero La Habana se hizo aún más rígida
para que ella pudiera ir hasta Colón sin baches,
para que esa noche las putas chancrosas
hicieran buenos pesos y para que lloraran los
sentimentales, entre los cuales también me cuento,
al extremo que podría ser nombrado presidente de
los sentimentales, y ahora precisamente recuerdo
al hombre que vi matar junto a la estatua de Zenea
con su mano convulsa aferrada al seno de mármol
de la mujer que eternamente lo acompaña.
Me pareció que llegaba el Apocalipsis,
pero justo en ese momento oí: “¡Maní tostao, maní!”
y metían por mis ojos anegados en lágrimas
un cucurucho de voluptuosidad cubana.

Mi amiga, la Muerta Viva, una puta francesa
que recaló en Sagua allá por el veinticuatro
compraba todos los días el periódico para
ver si en la Crónica Roja aparecía muerto
el cabrón, decía ella, que la dejó plantada en Sagua.
Pero como la vida manda, seguía abriendo las piernas
sin sentimentalismo de ninguna clase.
Yo, que mi destino de poeta me impidió la putería
soñaba persistentemente con abrir las mías:
cuando el hambre aprieta, sueños monstruosos
se perfilaban en cada esquina, monedas del tamaño de
una casa me caían encima, y todo terminaba
en una frita deglutida al compás de
“Bigote de gato es un gran sujeto…”
Sin embargo, pensaba en la inmortalidad
con la misma persistencia con que me acosaba
la mortalidad, porque aun cuando viéndome
forzado a escuchar “la inmortalidad del cangrejo”
y ver al tipo pálido sentado en el café de
los bajos de mi casa, con un palillo en los
dientes y un vaso de agua sobre la mesa
pensando en las musarañas, yo me aferraba
a la mentira piadosa siguiendo al mismo
tiempo con la vista los sándwiches de pierna
que rechinaban en mis tripas.

Suaritos anunciaba a Ñico Saquito,
Toña La Negra quebraba la luna con su voz
de tortillera mejicana, Batista daba golpetazos
en Columbia, Patricia la Americana se momificaba
en un disco y Daniel Santos galvanizaba los solares.
Claro está, en la ciudad del sol constante
los fantasmas acostumbraban salir a plena luz:
los he visto acompañándome por Monte y Cárdenas
el día del entierro de Menocal, con ron peleón,
porque de eso el general prodigó, enchumbó, anestesió
y el champán para él y Marianita en París.
“Querida, me dijo Jarroncito Chino, hoy todo el mundo
está jalao, haremos ranfla moñuda,
ya el General templó lo suyo y nosotras moriremos
con un troyó papá bien grande adentro”
Así murió efectivamente. Destino cumplido,
vida realizada, strip-tease de pelo en pecho,
sacando palanganas de agua de culo.
Cuando se la llevaron había un Norte de
tres pares de cojones.

Estos son los monumentos que nunca veremos en
nuestras plazas, amorfa, sí, amorfa cantidad
de donde extraigo el canto, en cualquier parte,
bajando por Carlos III que entonces tenía bancos,
escuálido, tembloroso, con mi amorosa Habana
siguiéndome los pasos como perro dócil
entre años caídos retumbando como cañones
dejando la peseta en casa de la barajera
para saber ¿para saber? si mañana entraré
en la papa… Un pelado en el Mercado Único,
un guarapo en el Mercado del Polvorín,
siempre avanzando, en brecha mortal,
buscando la completa como se busca un verso,
¡oh inacabables calles, oh aceras perfumadas
con orine! ¡Oh hacendados con pañuelos
imprednados de Guerlain, que nunca
me pusieron casa!

Solo en mi accesoria haciendo mis versitos
veía pasar La Habana como un río de sangre:
y como una puta más del barrio de Colón
los contaba de madrugada como si fueran pesos.

 

CARGA

Parado frente a la ventana:
feroz, inconcluso, morado.
¿El viento? No, el murciélago
abriendo con sus patas el aire.
Pesadamente intento la maroma
de la libertad levando el ancla.
En el barrio voces de esas mujeres
chillando ante la aparición de la sangre
de la doncella que vive en el piso de abajo.
Su madre testaferra de planchas calientes
y este ombligo que me ordena mirarlo insistentemente.
El corbatín de todos los días y las aguas lustrales.
¿Lustrales en esta miseria de alegría de coco
y rodajas de plátano? ¡Ah, la piel amarilla!
La bodega de la esquina repleta de cadáveres;
la bodega soltando las admirables barcas del alcohol.
Una desaprobada emoción en la noche,
una lluvia de orine cayendo del tejado.
¡Vas a morir!, sí, vas a morir en breves segundos:
devora tu último plátano.
¡Apresúrate, englútelo, devóralo pronto!
La mitad del plátano cae pesadamente en el pavimento aterrado.
Dispara tus últimos cartuchos.
Un dolor de estómago. ¡Salve!
Cómo vengarse, cómo hundir la lengua
y todas las familias planchando sus corbatas.
Sin saber si hacia arriba, sin saber si hacia abajo. Una patada.
Que salga ese automóvil con la dama enjoyada
y el seno perforado.
Muchas enfermedades bajo la seda que cruje;
las pústulas espiando y el detente cagado.
¡Al quinto piso, al quinto piso! Voy a recoger las lágrimas.
No, Usted no puede venir.
Hay que saber primero qué es un quinto piso;
un quinto piso lleno de cuadros;
un quinto piso con su pintor en el medio;
el pintor dando patadas y sacando sus ángeles.
¡Al quinto piso! ¡Oh mar, que estás enfrente!
Son extrañas señales y nadie puede saber sin antes desnudarse.
¡Al quinto piso!, que va a morir despedazado
mientras mira a través de un espejo sus paisajes.
Una gran lengua que sale del sol.

 

LA CARNE

Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se vio a aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales. Sólo que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete. Tras haberlo limpiado lo adobó con sal y vinagre, lo pasó –como se dice– por la parrilla, para finalmente freírlo en la gran sartén de las tortillas del domingo.
Sentóse a la mesa y comenzó a saborear su hermoso filete. Entonces llamaron a la puerta; era el vecino que venía a desahogarse… Pero Ansaldo, con elegante ademán, le hizo ver el hermoso filete. El vecino preguntó y Ansaldo se limitó a mostrar su nalga izquierda. Todo quedaba explicado. A su vez, el vecino deslumbrado y conmovido, salió sin decir palabra para volver al poco rato con el alcalde del pueblo. Éste expresó a Ansaldo su vivo deseo de que su amado pueblo se alimentara, como lo hacía Ansaldo, de sus propias reservas, es decir, de su propia carne, de la respectiva carne de cada uno. Pronto quedó acordada la cosa y después de las efusiones propias de gente bien educada, Ansaldo se trasladó a la plaza principal del pueblo para ofrecer, según su frase característica, “una demostración práctica a las masas”. Una vez allí hizo saber que cada persona cortaría de su nalga izquierda dos filetes, en todo iguales a una muestra en yeso encarnado que colgaba de un reluciente alambre. Y declaraba que dos filetes y no uno, pues si él había cortado de su propia nalga izquierda un hermoso filete, justo era que la cosa marchase a compás, esto es, que nadie engullera un filete menos. Una vez fijados estos puntos diose cada uno a rebanar dos filetes de su respectiva nalga izquierda. Era un glorioso espectáculo, pero se ruega no enviar descripciones. Por lo demás, se hicieron cálculos acerca de cuánto tiempo gozaría el pueblo de los beneficios de la carne. Un distinguido anatómico predijo que sobre un peso de cien libras, y descontando vísceras y demás órganos no ingestibles, un individuo podía comer carne durante ciento cuarenta días a razón de media libra por día. Por lo demás, era un cálculo ilusorio. Y lo que importaba era que cada uno pudiese ingerir su hermoso filete.
Pronto se vio a señoras que hablaban de las ventajas que reportaba la idea del señor Ansaldo. Por ejemplo, las que ya habían devorado sus senos no se veían obligadas a cubrir de telas su caja torácica, y sus vestidos concluían poco más arriba del ombligo. Y algunas, no todas, no hablaban ya, pues habían engullido su lengua, que dicho sea de paso, es un manjar de monarcas. En la calle tenían lugar las más deliciosas escenas: así, dos señoras que hacía muchísimo tiempo no se veían no pudieron besarse; habían usado sus labios en la confección de unas frituras de gran éxito. Y el alcaide del penal no pudo firmar la sentencia de muerte de un condenado porque se había comido las yemas de los dedos, que, según los buenos gourmets (y el alcaide lo era) ha dado origen a esa frase tan llevada y traída de “chuparse la yema de los dedos”.
Hubo hasta pequeñas sublevaciones. El sindicato de obreros de ajustadores femeninos elevó su más formal protesta ante la autoridad correspondiente, y ésta contestó que no era posible slogan alguno para animar a las señoras a usarlos de nuevo. Pero eran sublevaciones inocentes que no interrumpían de ningún modo la consumación, por parte del pueblo, de su propia carne.
Uno de los sucesos más pintorescos de aquella agradable jornada fue la disección del último pedazo de carne del bailarín del pueblo. Éste, por respeto a su arte, había dejado para lo último los bellos dedos de sus pies. Sus convecinos advirtieron que desde hacía varios días se mostraba vivamente inquieto. Ya sólo le quedaba la parte carnosa del dedo gordo. Entonces invitó a sus amigos a presenciar la operación. En medio de un sanguinolento silencio cortó su porción postrera, y sin pasarla por el fuego la dejó caer en el hueco de lo que había sido en otro tiempo su hermosa boca. Entonces todos los presentes se pusieron repentinamente serios.
Pero se iba viviendo, y era lo importante, ¿Y si acaso…? ¿Sería por eso que las zapatillas del bailarín se encontraban ahora en una de las salas del Museo de los Recuerdos Ilustres? Sólo se sabe que uno de los hombres más obesos del pueblo (pesaba doscientos kilos) gastó toda su reserva de carne disponible en el breve espacio de 15 días (era extremadamente goloso, y por otra parte, su organismo exigía grandes cantidades). Después ya nadie pudo verlo jamás. Evidentemente se ocultaba… Pero no sólo se ocultaba él, sino que otros muchos comenzaban a adoptar idéntico comportamiento. De esta suerte, una mañana, la señora Orfila, al preguntar a su hijo –que se devoraba el lóbulo izquierdo de la oreja– dónde había guardado no sé qué cosa, no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron súplicas ni amenazas. Llamado el perito en desaparecidos sólo pudo dar con un breve montón de excrementos en el sitio donde la señora Orfila juraba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el momento de ser interrogado por ella. Pero estas ligeras alteraciones no minaban en absoluto la alegría de aquellos habitantes. ¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia? El grave problema del orden público creado por la falta de carne, ¿no había quedado definitivamente zanjado? Que la población fuera ocultándose progresivamente nada tenía que ver con el aspecto central de la cosa, y sólo era un colofón que no alteraba en modo alguno la firme voluntad de aquella gente de procurarse el precioso alimento. ¿Era, por ventura, dicho colofón el precio que exigía la carne de cada uno? Pero sería miserable hacer más preguntas inoportunas, y aquel prudente pueblo estaba muy bien alimentado.

 

LA DESTRUCCIÓN DEL DANZANTE

Como un ave entre pausas repitiéndose
presagia el pie el encantado desvelo del danzante.
Empieza a repetirse
en su círculo desesperado,
donde gime la suerte del ave encarcelada:
estallante faisán que en sol concluye
y luna antigua su enfriado pico.

Pero el danzante su círculo gobierna con el ave,
así erigiendo al ave en lunada veladora de la danza.
Sabe caer, se inclina.
Desordena la fingida frigidez del pez,
se asoma al aire; sabe caer como una mentira enguantada.
Solicita el vahido de las damas
fascinadas por la ilusoria fragilidad del destino
y golpear con el pomo de la espada.

Nadie sabe que la ausencia del danzante está en su paso.
Nadie sabe que en espiral de espejo hacia la tierra
el pie comienza su secreta danza.
Nadie sabe definir la angustia que mora en el pinchazo de una vena
o del gigante ahogado en un vaso de violetas.

Pero el danzante sabe caer,
se inclina, languidece;
estrangula al rumor entre dos pasos
ofreciéndose en irónico salvador de la destrucción participada.
Sabe caer,
pero el polvo que cae de los astros
sabe caer con suficiente cantidad de terrible caída
para cubrir el círculo desesperado y la deidad asistidora.
Pero el danzante sabe caer con la caída del polvo de los astros,
cuando ligeramente pálido,
acaricia la extraña piel del rumor ajusticiado
que gime de placer entre dos damas.

Condenado al errante destino de las calladas flores,
el enlutado perfume de las deidades sensitivas.

Su intacta curvatura escapa lenta entre vuelos pintados.
Sin sonido se ofrece deslumbrante
a la contemplativa gozadora.
Desenvuelve la interminable angustia del desvelo
con la maestra suerte del indiferente,
apoyando el talón sobre su sombra:
así imponiendo al círculo desesperado
la diversión de su ojo impenetrable.

Desenvuelve el desvelo del amortajado,
asume la tremenda figura que dibuja el rostro de su rostro,
pega su lengua al cristal enemistado del aire.
Pero sabe caer, se inclina,
languidece con lentitud de esponja,
dibuja el aire con pasión exacta
y su límite diáfano concluye.
Pero sabe caer más que caído,
cayendo sobre el invisible hilo de la monstruosa araña.
¡Oh levitante insecto de los muertos,
sabes parar el aire con tu vientre hilador?
Pero sabe el danzante
que la devanadora gravedad
más que caída cae;
cayendo sabe su melancólico peso sostenido,
trenzado en suertes asistidoras del faisán
que el peso suma al doblegado cuello.

Siempre concluye el luto su dominio
en inesperado círculo de las tejedoras.
Pero siempre caer es suerte hermosa
con la sabia mitad de la caída.
Afinando en la llama las aristas,
avisando a la muerte su distancia,
desoyendo al oído sus rumores
pues un método impone el vencimiento.

¿Sabe acaso el metódico danzante dónde respira el aire?
Pero sabe caer, se inclina con el aire
y su trémulo fuelle lento aspira
entrando en el hilado cautiverio:
Saltadores de toros como agujas
ofrecen sus cabezas a las nubes
para pesar el vuelo de los ángeles.
Nadie acecha al infiel que pinchar puede la frente del rocío,
al adivinador del peso de la nube
oscuramente díscolo y desnudo.

Luchadores y galgos acontecen
junto a damas de nítida demencia
y lento crecimiento de la piedra.
Con ondulante fiebre tiranizan
la ascensión de la siesta neblinosa,
golpeando el costado y la pupila
porque caer es método del cuerpo.
Obligado caer suma el desvelo,
la siesta suma el peso del destino,
asumiendo la aplomada función del pie pedido.
Suave corcel su rápida caricia.

Pero define el paso.
Jamás hermoso en danza modelárase
si indefinible astucia al círculo pidiera.
Sabe el paso y la suerte y el peligro
del caracol, hermano de la siesta
y acechanza final bajo la oreja.
Con la monótona frialdad de la suerte
entrega al espantoso viajero de oreja detenida
el seducido coro de las aullantes volutas:
divinidades lívidas entre la pleamar y el pez podrido.

La metódica lucidez de la caída
defendiendo sus torres y silencios,
esquiva el desangrado mediodía del girasol
encerrado en su duda como un túmulo.
Con la servicial brevedad del tránsito del aire
esquiva la somnolencia del color amable,
entregando a las torres la derretida siesta
y el vuelo inútil del contorno áspero.
Aún la sutil saeta disparada
de su ojo inefable al centro fino
no podría esquivar el paso de un cabello,
pero la metódica lucidez
el tránsiío y la vuelta funde breves
entre el cabello y el contorno áspero.
¡Oh lúcida deidad asistidora,
nada persigues, sigues y sumerges,
nada apoya en tu cuerpo sus cautelas!
¡Oh deidad que prolongas los matices
del pie pedido a los silencios y a las torres
uniendo el talle al toro dibujado!

Su silenciosa ondulación de agudas plumas finas
mueve los cristales del dulce terremoto
adormecido en la campana helada.
Dulce oficio en el busto avisa el suelo,
dividiendo, sus partes, sus medidas
en el frasco de arena más furioso.
Pero sabe el danzante el dulce golpe
que a la grieta regala el vencimiento
del busto absorto en su dominio helado;
no dividiendo partes sino olvidos,
a silencios de partes entregados,
por la mano que mueve los cristales
del dulce terremoto y sus ventanas.
Menos que lenta, más que inmóvil, suma
la columna sus cubos y funciones
al busto entre ciudades olvidadas;
golpeando la frente de los dioses
con el lomo del río menos joven,
siempre más que sonámbulo, centauro,
repartido a luciérnagas ruinosas
por truncadas columnas deshaciéndose.

Pero el danzante los cristales oye
en la nocturna menta de los frascos
y sus quebrados obeliscos gira.
Suave empuja su pie desesperado.
Entre huellas y pasos detenido
borra en la cabaña de hielo
el enfriado rastro de los números
y sus inconsolables cantidades.
Su buen pie desune
los huesos de la melancólica ballena
clavada en la vitrina inesperada.
Dulce enlaza
el estanque al espejo inconciliable:
las miradas ciñendo los desvíos,
los olvidos ciñendo las miradas.
Muestra la menta y la angustia
sobre el perfil donde la muerte mueve
el irónico fruncimiento de la belleza.
La demente belleza y desplomada luna
los erizados cabellos del sonámbulo,
el terror de una columnata herida.

Se inclina,
languidece en el frasco más furioso
y la crueldad en las cejas inicia.
Define el paso,
pero en la frente el círculo separa
al carnaval del coliseo
y las máscaras muertas sobre harina.
Se asoma al aire,
pero esparce el ruinoso dominó sus últimos vellones
tocando de melancolía al petrificado surtidor.

Hurta al rostro el rubor de la danza
bañándolo con la palidez de la indiferencia;
pero la mariposa y la hermosura conjuradas
prolongan el desvelo de la llama
sobre el dulce danzante,
dulce siempre como el espanto de los astros.
¡Oh astros y demencia siempre dulces,
llueva sobre la frente del danzante
vuestro quehacer donde el silencio escucha!

El poderoso lamento, el ronco grito
es el recuerdo sobre un torso fúnebre,
un sollozo en la desolada extensión de la nuca,
un concluido canto entre las ruinas
dedicado al horror del danzante,
al horror de su paso imperial.

Sabe caer,
pero el tremendo barco preso en la botella
estalla en la región más dulce de la espalda,
y una melodía, un responso se detienen
en el pie pedido a la flor de la sangre.

 

 

LAS SIETE EN PUNTO

Las tres y media de la tarde.
Las paredes, los cuadros, el sillón,
el escritorio lleno de papeles,
el cenicero lleno de colillas,
el timbre de la puerta, sin sonido.
En la siesta soñé que el timbre era
un timbre con sonido, y desperté.
Ya no sueño. ¿Y acaso he despertado?
¿O soy el que en el sueño
jura y perjura que despierto está?
Habrá que despertarse un poco más.
Así, medio dormido y resoñado,
si el teléfono suena,
yo sería el teléfono,
y él, como si fuera yo, diciendo: ¡Oigo!
Despierto con café o con la muerte.
En la cocina el colador, mojado,
me llama al orden: ¡Vamos, a despertar
y a despertarme! –porque también
yo estoy dormido.
Las paredes, los cuadros, el sillón
ahora son verdaderos,
y me siento, los cuadros miro, las paredes toco.
¿Te imaginas tú mismo mirando lo que has sido,
sentado en algo que no sienta a nadie?
Con vida aún, pero ya casi muerto
salgo de la cocina. Son las cuatro y diez.
Ahora a darme un duchazo.
Entono letanías bajo el agua:
¡Qué lejos, qué lejos de la vida,
tan lejos que casi no estoy;
qué cerca, qué cerca de la muerte,
tan cerca que casi no soy!
A mil novecientos veintiséis
desde el baño lo veo, en un papel que dice:
“Me salvé de ir a clases,
la maestra está enferma de los nervios…”
Me seco con cuidado.
Un viejo que se cae, cae todo,
y en su caída arrastra la toalla
en un coito final de grito y tumba.
Ahora el desodorante,
pero antes mira la hora en el reloj.
Tenla presente en medio de tu infierno,
hacia el último norte ella es tu brújula:
Muertenorte que mata los relojes.
Encima de la cómoda hay una foto:
soy yo en el veintiocho en una playa.
¿Cómo estás tú? –le digo al personaje–
¿Fría el agua? Pero él no me responde,
entre el cielo y el mar se tiene ausente;
le digo que se acerca el postrer viaje,
que se vaya vistiendo, que es inútil
seguir en esa playa imaginaria.
Pero él se queda en la fotografía.
Las cinco y veinte. Ahora la corbata.
Ante el espejo los dos somos iguales
mientras me hago el nudo:
los cuellos se distienden o contraen,
las cuatro manos ahorcan el presente,
las dos narices huelen el futuro,
las cuatro orejas oyen la sentencia,
y dos pares de ojos ven dos lenguas
salir como ratones de sus cuevas.
Vamos, apúrate, esperándote están,
deja de contemplarte, perfecto el nudo está,
nunca más volverás a hacer otro mejor.
Rápido: los pantalones, ahora el saco.
Las seis y media. ¿Por qué puerta salgo?
¿Por ésta que da al baño o por ésa
que el comedor separa de la sala?
Vestido ya. Las siete menos veinte.
Choco con las paredes, revuelvo las colillas
con la mano derecha, y con la izquierda
me cojo la corbata, tiro de ella,
caigo de espaldas, me doy con el sillón.
Se mece solo este sillón maldito.
La lengua se me preña y pare lengua
de idiota, toda envuelta en baba;
los ojos van a ser piedras preciosas,
pero antes de brillar se apagarán.
A mis oídos llegan las palabras
que antes nunca escuché:
son de un idioma intraducible, son palabras.
Las siete en punto y ni una hora más.
Ahora ya me posé. Que entren los fotógrafos.

 

FUEGO

A José Lezama Lima

Por cielo y tierra siembras a los que, benigno, haces a ti vuelvan después con fuego que vuelve.
Boecio, Metro Tx

Sea esa risa de sarmientos locos
el danzarín reflejo de su muerte.
La piedra del hogar mana descanso
cuando helada y sopor pueblan el tiempo
del tacto inerte de su lengua escasa.
Mas esa risa de sarmientos locos
dejadla que retuerza la sentencia.

Así comienza el ser, el salto, el cielo:
sensación de centellas disparadas
por asta astuta de invariable tino
a la virgen de agujas y de pinos.
Debajo el mar sus algas ejercita
en un tumulto de tridentes, trinos.
¡Ah del pirforos si las ondas pisa!

Este riesgo que rasga retozando
un trémulo principio de inventarse
moldes distintos que su aliento dicta.

Sólo secreto muestras de la angustia
si sombras surgen de tu caos fiero
ejecutando un mundo de pisadas
confundido en sus huellas de neblina.

Ese dios del compás sobre la frente
ejercita dibujos por el aire
con la imposible cuerda que te mida.
Geométricos ángeles circundan
rumbos de testa y pie sin norte fijo
a la brújula bruja, rosa ausente.
¡De esparto fatuos ángeles calan!

¡Solo quedabas tú, mastín de filos
devorando tus puntas retorcidas
en tentación de elásticas serpientes;
solo quedabas tú, lengua de galgo
sembrando dioses en el aire antiguo;
solo quedabas tú; brillo de escamas;
salamandra, sarmiento, zarza viva!

Ahora el soberbio ojo asiste grave
a un exacto peligro que vigila
el imperioso tránsito de ortigas.
Solo quedabas tú y esta severa
duración en mitad que te conquista.
Que te adormece las potencias suaves
en un raudo volar de alta ceniza.

(1940)

¿NO ES POR ESAS VENTANAS…?

¿No es por esas ventanas que entra el aire y la
música y las algas
del suelo próximo a fundirse en los ojos del caballo?
¿No es por esas ventanas que puede uno asomarse
sin que la verdadera vida ahuyente un poco la
desdicha
de entre las grandes plantas de estas salas vacías:
para que el impalpable oro de los días se deposite?

Las negras tendidas esperando el raro olor de las
bestias
por las ventanas sin arcos, a través de los riñones
azulados;
esperando una imperiosa luz que venga a definir
su contorno y su lentitud de mariposas entrelazadas,
esperando el vértigo de los días.
Aquí en la mano sin un espejo.

Páramos,
y tú tejes con los juncos el borde de las aguas,
las cabezas sembradas de senos acribillados de
lanzas.
Incansable diosa de las parejas con una púrpura en
las costillas,
diosa perpetua con el ojo colmado de avispas.
Debajo de las aguas atraviesas la tierra
regando el oro impalpable de los días.

Hundida tú, la diosa, entre aquellas actinias
y los poliedros amargos del último relato,
precipitas el derrumbe del castillo de naipes.
Es como si la existencia cristalizara sus modas
bajo el légamo del incontenible río de la disolución.
Las negras en la pesada atmósfera con sus muslos
abiertos,
negros paisajes de una suave luz cenital-
músicas olvidadas, dodecaedros, polígonos:
todo eso que hace no pensar sino ver
para que el hombre teja la molicie del mundo.

En esos balcones, en esas suaves terrazas donde las
ortigas
bajan hasta pinchar la punta de la nariz del toro,
me acostumbro sin una vacilación, sin un suspiro,
en tanto los grandes falos discurren en su crujir,
de aquí para allá, cabalgando en los enormes globos
de la carne;
y el tejido geométrico del deseo,
divinamente, bajo las aguas, dispara sus flechas
sin una mitología, sin un tribunal.

(1945)

DOS O TRES ELEGANCIAS

Con dos o tres elegancias,
de la moda, encantadoras elegancias,
-un drapeado por aquí, un pliegue por allá-
se harán las piruetas necesarias
para escapar a las trampas mortales.
El aire que circula es divino,
la tarde cae blandamente como el plumón de un cisne,
un helado, huérfano de la boca ávida,
se derrite con su caramelo en la copa.
¡Cuídate! Esquiva con el drapeado y el pliegue
esa mesa en que el helado se derrite,
también sobre ella está el final de tu vida,
mas con dos o tres elegancias puedes escapar.
¡Escapa! Desoye esos violines quejumbrosos,
ellos te arrastrarían a los antros,
haz de modo que las elegancias los aniquilen,
los disequen abandonándolos a la entrada de un museo.
Con dos o tres elegancias,
óyelo bien, con dos o tres…
esquivarás a los que visten túnicas de plomo,
a los que todo lo ven, menos las elegancias,
a los que se confunden con la noche,
a los que desoyen los dictados de la moda,
de la moda, por supuesto, peligrosa,
ésa que se compone de dos o tres elegancias
para escapar a las trampas mortales.

(1972)

YO ME MUERO DE LUZ

Yo me muero de luz
No culpéis a los ojos de este tránsito
suspendido entre cielo y tierra oscuros.
Me muero de la luz:
Ayer el brazo iba
sobre el temblor del pecho
implorando la sombra estremecido.
Desesperadas manos
arrancaron del fango
cuatro estrellas mudas de toda luz,
densos escudos fijos a mi carne
penetrada de lumbre que me apaga.
Atribulados pies
me conducían a la noche austera
de mil raíces que se pierden mudas
entre el negro principio de sus manos.
Y un polvo oscuro de pasados hombres
retornó de sus huesos a mi frente.
Y a mi estática carne condenada
por esta luz sangrienta que me pierde.

(Década 1940)

POEMA DE SOBREMESA

Entre la esterilidad y el miedo
como dos fórceps metiéndome en la vida
me siento a la mesa…
Un ritual donde el vómito es la culminación
coloreado con la frase que se pierde en otra frase
apuntalando ¿qué cosa, tú?
Ella con su problema y todo eso
Con su látex y sus pulseras,
se sienta y me dice:
Aquí estoy…

Desde otra mesa alguien dice:
Aquí estoy…
Y desde otra más alejada:
Aquí estoy…
Y desde el fondo,
en una para niños:
Aquí estoy…

Es la salsa cotidiana,
servida con tal aburrimiento
que se apagan las luces del salón.

Contra todo lo esperado,
nadie grita,
porque…
¿para qué?

Entonces brilla con luz propia
—semejante a un astro-pavo relleno de palabras—
Aquí estoy… aquí estoy…
María, Luisa, Jaime, Rebeca, Jorge…
Frituras de seso, sopa de fideos y gateaux a la creme…
Eres un falso, qué vida esta,
mañana será otro día.

A Rebeca le nació un niño deforme
—¡qué ricas están las frituras!—
Tengo que ir al velorio del primo de mi nuera.
—No eches tanta sal a la ensalada.

¿Quién dijo miedo? Dice el miedo
con los ojos desorbitados y una
albóndiga atravesada en la garganta.
¿Quién dijo miedo? ¿Quién en esta hora de tinieblas,
se olvida de alisar la raya del pantalón
y con sonrisa encantadora de un golpe seco
con la yema del dedo gordo se quita un grano de arroz
caído en la solapa del saco?

¡Qué manera de comer! Estoy reventando…
Y tú crees que el miedo…sí…el que viste y calza
nuestros actos,
El mismo que se sienta en la mesa con nosotros y
también dice: Aquí estoy…
salga, junto con las albóndigas, el arroz, las frituras
(¡pero qué ricas estaban!),
expulsado por todos y cada uno de los anos!

Yo…a la verdad…no sé…
Pon un disco, luz indirecta, empieza a acariciarme,
Dime que soy tu niño, arrópame, cuéntame el cuento
de los pies que hablaban y de la cabeza que caminaba…
recuérdame aquel sol que vimos juntos,
otra vez con el dedo señálame aquel barco,
de nuevo llévame a hacer pipí detrás de la caseta,
dime otra vez: “Esta noche iremos a ver
al Ratón Mikito…”

Así…así…derivando,
suave, suave…
¿A qué distancia estamos de ahora,
cuánto nos falta para llegar a antes?
Deslízame, ten cuidado,
que voy a pisar la fritura que el señor
de la gardenia en la solapa
ha dejado caer torpemente,
suave, mi amor,
suave, mi nena,
ya no sigas contándome…
ahora no hace falta,
ahora…ahora…
ahora… ¡Pronto!
¡Sácame el rabito
que me hago pipí!

 

SI MUERO EN LA CARRETERA

I
Si muero en la carretera no me pongan flores.
Si en la carretera muero no me pongan flores.
En la carretera no me pongan flores si muero.
No me pongan si muero flores en la carretera.
No me pongan en la carretera flores si muero.
No flores en la carretera si muero me pongan.
No flores en la carretera me pongan si muero.
Si muero no flores en la carretera me pongan.
Si flores me muero en la carretera no me pongan.
Flores si muero no en la carretera me pongan.
Si flores muero pongan en me la no carretera.
Flores si pongan muero me en no la carretera.
Muero si pongan flores la en me en carretera.
La muero en si pongan no me carretera.
Si flores muero pongan en me la no carretera.
Flores si pongan muero me en no la carretera.
Si muero en las flores no me pongan en la carretera.
Si flores muero no me pongan en la carretera.
Si en la carretera flores no me pongan si muero.
Si en el muero no me pongan en la carretera flores.

II
Voy en cacharrito, en una cafetera,
yo voy por la carretera;
yo voy, voy yendo por la carretera.
Yo voy a un jardín de flores que está por la carretera,
yo voy en un cacharrito, en una cafetera,
voy a comprarle flores a mis muertos,
pero no me pongan flores si muero en la carretera.

III
Si muero en la carretera me entierran en el jardín
que está por la carretera, pero no me pongan flores,
cuando uno tiene su fin yendo por la carretera
a uno no le ponen flores de ése ni de otro jardín.

IV
Si muero, si no muero,
si muero porque no muero
si no muero porque muero.
Si muero en la carretera.
Si no muero pero en la carretera si muero.
Si muero porque no muero en la carretera.
Si no muero porque muero en la carretera,
no me pongan f, no me pongan 1, no me pongan o,
no me pongan r, no me pongan e, no me pongan s,
no me pongan flo, no me pongan res,
si muero en la c.

1970

ALOCUCIÓN CONTRA LOS NECRÓFILOS

De una vez y por todas: ¡a la mierda la muerte!
Mientras más me acerco a ella o ella a mí,
ni yo sé quién soy ni qué soy, le digo,
pero tú tampoco sabes quién ni qué eres.
El hombre te inventó o te dio nombre al menos,
tan sólo eso, que apenas si es algo,
una manera como tantas de infundir terror.
Pero conmigo eso no va, mi hermana.
Y menos, hacerle el juego a tus ritos.
Con los miles de millones de muertos
que conocemos, nuestra visión de ti
tendría que ser más bien risueña
o tan mecánica como la que ponemos
por ejemplo en el papel higiénico.
Si alguien osara en una noche
poblada de relámpagos, ululante el viento,
y todo el decorado de muerte chopiniana,
si alguien osara, digo, en medio de los suspiros,
coger al muerto por los cabellos
igual que a una peluca inservible,
y decir, con voz muy natural:
ya no es como nosotros, y aquí, señores,
no ha pasado nada, ¡y siga la fiesta!
De modo que en vista de la muerte,
de la muerte natural por supuesto,
mucha naturalidad, tanta
que hasta el muerto se vuelva natural,
tan natural que se entierre o se queme
sin derramar una lágrima.
Tenemos que reservarlas
para cuando nos duelan las muelas.
Y si digo la muerte natural
es porque las provocadas
por la mano del hombre contra otro,
no han de ser lloradas por muerte
sino por vida que la vida
no segó a su hora.
No practiquemos el culto de los muertos,
¿acaso podemos pedirles
que practiquen el culto de los vivos?
La comunicación se ha cortado:
ni nos hablan ni nos oyen.
Hablemos pues con los vivos,
hasta que podamos.

1974

 

REVERSIBILIDAD

Rodeado de un bobo, un mudo y un ciego
—adornos monstruosos del negocio—,
esperas tu turno en la barbería.
Ellos te llevan la ventaja
de estar fuera del tiempo.
Sagrados y consagrados
por una muerte en vida,
nada podría herirlos.
Pero tú existes, existes a medias,
en una extraña manera de existir.
De los muchos paraísos de este mundo,
ninguno te tocó en suerte.
Tu papel es testificar
el tremendo gozar de los otros,
y mediante la palabra, convertir
ese gozo en algo más sublime.

Y mientras embellezco al prójimo,
me voy afeando hasta adquirir la máscara grotesca
de quien existe a medias, sufre en el cepo de sus días
imaginarios, y su máscara corroe su cara verdadera.

De niño ya simulabas ser otro.
Tú no podías ser tú.

Si veías un árbol no era un árbol,
era algo indescifrable.
Algo que, indescriptible, venía a ser tu otro yo.
Entretanto los frutos del paraíso terrenal
se alejaban de ti en una barca negra
construida con palabras herméticas,
tan indescifrables como tú mismo.

Ahora el barbero esgrime la navaja,
y se dispone a afeitar al cliente ciego,
quien experimenta casi el orgasmo
cuando la navaja le roza la nuez.
Pero es un cliente, y la navaja es inofensiva.
No se abatirá en la yugular ni segará su vida.
Pero yo veo ríos de sangre,
al barbero convertido en Jack el destripador,
al ciego, como una mujer fatal, recibiendo su merecido.
La escena es tan perfecta, tan propicia.
Acá el espejo multiplica las pasiones,
un asiento es la cama de la concupiscencia,
y esta toalla un raudal de lágrimas.
El amante traicionado esgrime la navaja.
Hay que ver cómo se superpone un barbero
a un hombre loco de pasión,
y un cliente ciego, a una cortesana degollada.
Lo irreal es realidad, lo minúsculo, grandioso.
Y aunque nadie se percate, acabo de transformar el mundo.
Mío tan sólo, intemporal. Ellos siguen intactos.

Gracias —dice el ciego—. ¿Cuánto le debo?
Y el bobo repite: ¿Cuánto le debo?
Y se ríe sin saber de qué se ríe.
No lo ven. No pueden verlo.
Pero todos, ya fuera del tiempo, son figuras yacentes.
Las animo a medida que desarrollo la trama.
—Señor —me dice el barbero. Es su turno.
—Señora —me dice el amante traicionado, encomienda tu alma.
—Señor —me dice el barbero, ¿lo afeito?
—Señora —me dice el amante traicionado, voy a degollarla.
Brota la sangre de mi carótida, tiemblo como un poseso.
—¿Se siente mal, señor?, me pregunta el barbero inocente.

Perfectamente afeitado abandono la barbería,
y perfectamente degollado me llevan a la morgue.
Un mundo gelatinoso en el que resbalo a cada paso
me envuelve en sus oleadas de realidad luminosas.
El tiempo deja de transcurrir, aunque el sol
se ha ocultado, y la noche no existe.
El barbero lee en su casa el periódico,
el mudo traga su bocado, el ciego se sumerge en el sueño,
con sus alaridos puebla el idiota la plaza desierta.
Pero todos ellos, sin saberlo siquiera,
siguen por una avenida mi cortejo fúnebre:
soy una puta famosa que acaba de ser degollada.

1978

TESTAMENTO

Como he sido iconoclasta
me niego a que me hagan estatua:
si en la vida he sido carne,
en la muerte no quiero ser mármol.

Como yo soy de un lugar
de demonios y de ángeles,
en ángel y demonio muerto
seguiré por esas calles…

En tal eternidad veré
nuevos demonios y ángeles,
con ellos conversaré
en un lenguaje cifrado.

Y todos entenderán
el yo no lloro, mi hermano…
Así fui, así viví,
así soñé y pasé el trance.

1967

 

EN EL INSOMNIO

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la mañana se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

 

NATACIÓN

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

1957

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

https://rialta.org/virgilio-pinera-poeta-reaparecido/

https://circulodepoesia.com/2017/08/virgilio-pinera-lee-su-poesia/

https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-virgilio-pinera/

https://biblioteca-virtual.fandom.com/es/wiki/Virgilio_Pi%C3%B1era

https://www.claustrofobias.com/catalogo/virgilio-pinera/

https://www.poeticous.com/virgilio-pinera/

http://www.habanaelegante.com/Fall_Winter_2012/Dossier_Pinera_NavarreteTurrent.html

https://youtu.be/RxUu87ybVvw?si=cTA6YYPTSk1M8SCb

https://es.wikipedia.org/wiki/Virgilio_Pi%C3%B1era

https://www.insularismagazine.com/esp/virgilio-pinera-fuego-y-otros-poemas-perdidos

https://rialta.org/retrato-de-virgilio-en-el-infierno/

https://www.ecured.cu/Virgilio_Pi%C3%B1era

 

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