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191. Poesía más Poesía: Porfirio Barba Jacob

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PORFIRIO BARBA JACOB

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BIOGRAFÍA DE PORFIRIO BARBA JACOB

Seudónimo de Miguel Ángel Osorio Benítez.

Es el más conocido y uno de los grandes poetas de Colombia. Sus defensores, admiran su abandono a la pasión, sus raptos líricos, su penetración en los aspectos más oscuros del dolor humano, su actitud valiente de permanecer abierto a su orientación sexual, mientras vivía en una sociedad puritana, y sobre todo, su arte: la calidad musical de sus poemas, y el ser un perfeccionista que continuaba revisando su trabajo, su reflexiva y hermosa simetría, la superficie brillante y bruñida que ocultaba la lenta combustión interior detrás de ella.

Porfirio Barba Jacob poeta y escritor, retrato | Mediateca INAH

Nació en Santa Rosa de Osos en 1883, Antioquía (Colombia) el 29 de Julio. Cuando tenía 3 meses, sus padres lo dejaron con sus abuelos paternos que lo criaron con la libertad de vagar feliz por su amado campo. En particular amaba a su abuela y su muerte fue una de las razones por las que abandonó Colombia. No recibió nunca mucha educación, aunque solía decir que había asistido a la “Facultad Hispano –Americana de estudios clásicos” y también a “La Real universidad del Mundo”.

El conjunto de su obra muestra un estilo modernista anacrónico, lleno de palabras altisonantes, pero con un ritmo emocionado, angustioso, sincero y pasional.
Influido por Baudelaire, tiene más vida interior que imaginación, y temperamento más romántico que modernista, se acerca unas veces a la belleza formal de Rubén Darío, a la delicadeza de Amado Nervo, al vigor de José Santos Chocano y al sentido trágico de José Asunción Silva, en una agitación lírica menos irregular que su vida misma.

LA IGUANA DEL OJETE: Porfirio Barba Jacob

Recorrió toda América como si fuera el judío errante y en todos los países dejó huellas de su paso, habiendo fundado periódicos en algunos de ellos.
En su primera juventud fue un sencillo maestro de escuela rural en Antioquía, donde fundó la campesina “Escuela de la Iniciación”. A los 23 años se traslada a Barranquilla, y comienza a publicar sus primeros poemas. Después con algunos amigos trovadores colombianos se traslada a México.
Se dice que en México se inició en el vicio de la marihuana y en uno de sus poemas confiesa que ese vicio lo dominaba, como puede confirmarse leyendo su libro Poemas intemporales, y en la que tituló Balada de loca alegría dice: soy un perdido, soy un marihuana.

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Comienza así una vida de incesante recorrido por varios países de América, siempre alternando su tarea periodística con su vocación de poeta. Establecido en Monterrey, funda en esa ciudad la Revista Contemporánea y es jefe de redacción del periódico El Espectador.
Por sus ataques al régimen de Porfirio Díaz considerado un dictador, pasó seis meses en la cárcel, de la cual fue sacado por revolucionarios.

Colaboró en periódicos de México capital con El Imparcial y El independiente, así como con la revista El Porvenir. De México se vio obligado a huir al publicar el reportaje periodístico titulado “El combate de la ciudadela narrado por un extranjero” que relata los sucesos que siguieron al asesinato del expresidente Francisco Madero, quien fue el sucesor después del derrocamiento del anterior Porfirio Díaz.

En 1915 viaja por segunda vez a Cuba a la que ya había visitado en su primer viaje hacia México, donde compone sus poemas Canción Innominada, Elegía de Septiembre, Lamentación de Octubre, Soberbia y Canción de la vida profunda, que es su poema más célebre.
Allí adopto el sobrenombre de Ricardo Arenales que usó hasta 1922, cuando en Guatemala lo cambia por el de Barba Jacob que conservó hasta su muerte.

En una carta a Rafael Heliodoro Valle, anuncia que por el hecho de que la policía de aquel país le había capturado, confundiéndole con un licenciado apellidado Arenales, había resuelto cambiar su nombre por el de Porfirio Barba Jacob. Con tal motivo pasó una circular a todos sus amigos, la cual decía: “Hoy ha muerto Ricardo Arenales y nace Porfirio Barba Jacob”.
Utilizó otros seudónimos: Juan sin miedo, Juan sin tierra, Juan Azteca, Junius Cálifaz, Almafuerte, El corresponsal Viajero, y otros más.

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Tras pasar algunos meses en Nueva York, se traslada a Honduras, donde funda el diario Ideas y Noticias en un pueblito del norte.
De Honduras pasa a El Salvador, el día que ocurrió el terremoto que destruyó la ciudad. Y escribe como homenaje su folleto El Terremoto de San Salvador, narración de un sobreviviente.
Regresa a Monterrey donde funda el periódico El Porvenir que llegaría a convertirse en un gran diario del norte de México.
En 1920 se encontraba de nuevo en México capital, escribiendo crónicas sensacionalistas y una serie de reportajes titulados Los fenómenos espiritas en el palacio de la Nunciatura. El gobierno prohíbe la entrada del representante papal, con lo cual el edificio quedó vacío y se convirtió en la sede de las orgías del poeta, quien entre otros excesos y extravagancias, se dedicaba en ese entonces al consumo y exaltación de la marihuana.
En esta época escribió poemas con El son del viento, Balada de la loca alegría, Canción de la soledad y Otros.
Dirigió la Bibliotecas Pública del estado de Jalisco donde fue a visitarlo Ramón del Valle-Inclán. Tuvo que dejar ese cargo debido a sus escándalos. Al año siguiente fue expulsado de México por las diatribas lanzadas contra el gobierno de turno. Volvió de nuevo a Guatemala, y logra hacer el periódico El Imparcial, el más importante de toda Centroamérica. Viéndose expulsado de este país y luego también de El Salvador, se disfrazó de cura y se dedicó a la predicación a lo largo de las plantaciones bananeras de Honduras.

En 1925 regresó por tercera vez a Cuba, donde simpatizó con los fundadores del partido comunista, un año más tarde estaba dirigiendo el periódico La Prensa de Lima. Caído en desgracia ante el gobierno de Perú, después de vagar largo tiempo en ambientes de miseria, el embajador de Colombia lo repatrió a su país.

Habían transcurrido 20 años desde su salida. Durante 3 años recorrió diversos pueblos y ciudades de Colombia danto recitales de sus poemas. También fue jefe de redacción de El Espectador de Bogotá. Más tarde viajó nuevamente a Cuba, donde se encontró con Federico García Lorca.

Finalmente en 1930, se le abren de nuevo las puertas de México, y publica durante varios años en el periódico Excelsior, su columna Perifonemas, en una prosa magistral, no igualada por otro periodista contemporáneo de América. Se radicó definitivamente en Ciudad de México donde muere de tuberculosis en el año 1942 a los 58 años.

Barba Jacob

Se le ha llamado “El hombre que se suicidó tres veces”. Muy joven asesino su nombre de pila, por el afortunado seudónimo de Ricardo Arenales. Este fue el nombre de su juventud emprendedora, belicosa, relativamente saludable, inspirada y llena de éxitos periodísticos, económicos y líricos.
Veinte años después en Centroamérica, asesina al brillante Ricardo Arenales, en busca de un Porfirio Barba Jacob maduro y sereno que no consiguió; su salud se quebró en los años treinta y anduvo como Verlaine entre cárceles, tabernas, cuchitriles y hospitales.

A partir de 1940, casi final de sus días asesina a Porfirio y retoma su nombre de pila, ya la enfermedad lo suicidaba todos los días, la prensa dijo que esa enfermedad era el castigo de su disipación, como se dice ahora del SIDA. Su médico dijo que su sífilis ya estaba curada a la manera antigua, según los análisis de sus últimos años. Murió de tuberculosis, independiente de cualquier teoría moral, cuando no era fácil curarla en los años 30 en México.

Fue en realidad un escritor de intensa vida social, muy admirado y estimado en todos los países latinoamericanos donde residió, capaz de acumular fortunas, que dilapidaba y de montar empresas que el mismo se encargaba de hacer quebrar.

Vivió brillando en el centro de la vida burguesa, literaria y política de su tiempo,
Era un lector insaciable, un ironista fácil, peligroso, que tenía el don de lanzar sus dardos en el momento más oportuno y que vivió sinceramente su poesía, extrayendo del instante efímero sus mieles de buen humor.
Siempre propenso al escándalo enriqueció la leyenda sobre su extravagante persona con una producción poética peculiar, casi toda escrita entre 1907 y 1925, en la que mostró su capacidad de conciliar sus inquietudes existenciales con una expresión depurada. Así recuperó a su manera las aportaciones de los poetas malditos del siglo XIX, románticos y simbolistas, con lo que perpetuaba algunas orientaciones del modernismo hispanoamericano y anunciaba otras, que una vanguardia renovada pondría poco después en circulación.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

  • Ecured.cu
  • La historia.net
  • Revista diners
  • Alponiente.com
  • Es.diarioinca.com
  • Los-poetas.com
  • Biografías.es
  • Biografíasyvidas.com

SELECCIÓN DE POEMAS DE PORFIRIO BARBA JACOB

CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA

El hombre es una cosa vana, variable y ondeante
MONTAIGNE

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

Mas hay también ¡Oh Tierra! un día… un día… un día…
en que levamos anclas para jamás volver…
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡un día en que ya nadie nos puede retener!

EL CORAZÓN REBOSANTE

El alma traigo ebria de aroma de rosales
y del temblor extraño que dejan los caminos…
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.

Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.

Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.

Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.

Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles… ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!

Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena…
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!

Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.

Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.

Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.

ELEGÍA DE SEPTIEMBRE

¡Oh sol! ¡Oh mar! ¡Oh monte! ¡Oh humildes
animalitos de los campos! Pongo a todas las cosas
por testigos de esta realidad tremenda: He vivido.
(Main)

Cordero tranquilo, cordero que paces
tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía:
hundiendo en el lodo las plantas fugaces
huí de mis campos feraces
un día…
Ruiseñor de la selva encantada
que preludias el orto abrileño:
a pesar de la fúnebre muerte, y la sombra, y la nada,
yo tuve el ensueño.
Sendero que vas del alcor campesino
a perderte en la azul lontananza:
los dioses me han hecho un regalo divino:
la ardiente esperanza.
Espiga que mecen los vientos, espiga
que conjuntas el trigo dorado:
al influjo de soplos violentos,
en las noches de amor, he temblado.
Montaña que el sol transfigura.
Tabor al febril mediodía,
silente deidad en la noche estilífera y pura:
¡nadie supo en la tierra sombría
mi dolor, mi temblor, mi pavura!
Y vosotros, rosal florecido,
lebreles sin amo, luceros, crepúsculos,
escuchadme esta cosa tremenda: ¡He Vivido!
He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos,
y voy al olvido..

ELEGÍA DE UN AZUL IMPOSIBLE

¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo la flor de los crepúsculos,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar.

En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.

Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
su cabellera rubia en el balcón,
su linda hermana Julia,
mi melodía incierta… y un lirio que me dio…
y una noche de lágrimas…
y una noche de estrellas
fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo…

Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el son de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando…
Todos teníamos novia
y un lucero en el alba diáfana de las ideas.

La Muerte horrible ¡un tajo silencioso!
tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
¡murió mi madre!… La cabellera rubia de Teresa
me iluminaba el llanto.

Después… la vida… el tiempo… el mundo,
¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!

No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
ingenua, virilmente resignada:
refería querellas
del pueblo, de mi casa, de un amigo:
«Se casó; ya está viejo y con seis hijos…
La vida es triste y dura; sin embargo,
se va viviendo… Ha muerto mucha gente:
Don David… don Gregorio… Hay un colegio
y hay toda una generación nueva.
Como cuando te fuiste, hace veinte años,
en este pueblo aún huelen las brisas a azahar…»

¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos!

FUTURO

Decid cuando yo muera… (¡y el día esté lejano!)
soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,
en el vital deliquio por siempre insaciado,
era la llama al viento…

Vagó, sensual y triste, por las islas de su América;
en un pinar de Honduras vigorizó el aliento;
la tierra mexicana le dio su rebeldía,
su libertad, su fuerza… Y era una llama al viento.

De simas no sondadas subía a las estrellas;
un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
fue sabio en sus abismos, y humilde, humilde, humilde,
porque no es nada una llamita al viento.

Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
que nunca humana lira jamás esclareció,
y nadie ha comprendido su trágico lamento…
Era una llama al viento y el viento la apagó.

LA ESTRELLA DE LA TARDE

Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción… Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.

Nunca sabremos nada…

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada…
¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los númenes tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?
¿Qué voz suave, qué ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada…

Y sin embargo…

¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
“La estrella de la tarde está encendida!”
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz…

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado…

SOBERBIA

Le pedí un sublime canto que endulzara
mi rudo, monótono y áspero vivir.

Él me dio una alondra de rima encantada…
¡Yo quería mil!

Le pedí un ejemplo del ritmo seguro
con que yo pudiera gobernar mi afán.

Me dio un arroyuelo, murmullo nocturno…
¡Yo quería un mar!

Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto,
para que a mis sueños prestase calor.

Me dio una luciérnaga de menguado brillo…
¡Yo quería un sol!

Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso,
y el verdor edénico, y el azul Abril…

¡Oh sórdido guía del viaje nocturno!
¡Yo quiero morir!

BALADA DE LA LOCA ALEGRÍA

Mi vaso lleno -el vino del Anáhuac-
mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
soy un perdido -soy un marihuano-
a beber y a danzar al son de mi canción…
Ciñe el tirso oloroso, tañe el jocundo címbalo.

Una bacante loca y un sátiro afrentoso
conjuntan en mi sangre su frenesí amoroso.

Atenas brilla, piensa y esculpe Praxiteles,
y la gracia encadena con rosas la pasión.

¡Ah de la vida parva, que no nos da sus mieles
sino con cierto ritmo y en cierta proporción!

Danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón…

La Muerte viene, todo será polvo
bajo su imperio: ¡polvo de Pericles,
polvo de Codro, polvo de Cimón!

Mi vaso lleno -el vino del Anáhuac-
mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
soy un perdido -soy un marihuano-
a beber y a danzar al son de mi canción…

De Hispania fructuosa, de Galia deleitable,
de Numidia ardorosa, y de toda la rosa
de los vientos que beben las águilas romanas,
venid, puras doncellas y ávidas cortesanas.

Danzad en delitosos, lúbricos episodios,
con los esclavos nubios, con los marinos rodios.

Flaminio, de cabellos de amaranto,
busca para Heliogábalo en las termas
varones de placer… Alzad el canto,
reíd, danzad en báquica alegría,
y haced brotar la sangre que embriaga el corazón.

La Muerte viene, todo será polvo:
¡polvo de Augusto, polvo de Lucrecio,
polvo de Ovidio, polvo de Nerón!

Mi vaso lleno -el vino del Anáhuac-
mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
soy un perdido -soy un marihuano-
a beber y a danzar al son de mi canción…

Aldeanas del Cauca con olor de azucena;
montañesas de Antioquia, con dulzor de colmena;
infantinas de Lima, unciosas y augurales,
y princesas de México, que es como la alacena
familiar que resguarda los más dulces panales;
y mozuelos de Cuba, lánguidos, sensuales,
ardorosos, baldíos,
cual fantasmas que cruzan por unos sueños míos;

mozuelos de la grata Cuscatlán-¡oh ambrosía!-
y mozuelos de Honduras,
donde hay alondras ciegas por las selvas oscuras;
entrad en la danza, en el feliz torbellino:
reíd, jugad al son de mi canción:
la piña y la guanábana aroman el camino
y un vino de palmeras aduerme el corazón.

La Muerte viene, todo será polvo:
¡polvo de Hidalgo, polvo de Bolívar,
polvo en la urna, y rota ya la urna,
polvo en la ceguedad del aquilón!

Mi vaso lleno -el vino del Anáhuac-
mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
soy un perdido -soy un marihuano-
a beber -a danzar al son de mi canción…

La noche es bella en su embriaguez de mieles,
la tierra es grata en su cendal de brumas;
vivir es dulce, con dulzor de trinos;
canta el amor, espigan los donceles,
se puebla el mundo, se urden los destinos…

¡Que el jugo de las viñas me alivie el corazón!
A beber, a danzar en raudos torbellinos,
vano el esfuerzo, inútil la ilusión…

LAMENTACIÓN DE OCTUBRE

Yo no sabía que el azul mañana
es vago espectro del brumoso ayer;
que agitado por soplos de centurias
el corazón anhela arder, arder.

Siento su influjo, y su latencia, y cuando
quiere sus luminarias encender.

Pero la vida está llamando,
y ya no es hora de aprender.

Yo no sabía que tu sol, ternura,
da al cielo de los niños rosicler,
y que, bajo el laurel, el héroe rudo
algo de niño tiene que tener.

¡Oh, quién pudiera de niñez temblando,
a un alba de inocencia renacer!
Pero la vida está pasando,
y ya no es hora de aprender.

Yo no sabía que la paz profunda
del afecto, los lirios del placer,
la magnolia de luz de la energía,
lleva en su blando seno la mujer.

Mi sien rendida en ese seno blando,
un hombre de verdad pudiera ser…

¡Pero la vida está acabando,
y ya no es hora de aprender!

EL ESPEJO

¿Mi nombre? Tengo muchos: canción, locura, anhelo.
¿Mi acción? Vi un ave hender la tarde, hender el cielo…
Busqué su huella y sonreí llorando,
y el tiempo fue mis ímpetus dominando.
¿La síntesis? No se supo: un día fecundaré la era
donde me sembrarán. Don Nadie. Un hombre. Un loco. Nada.
Una sombra inquietante y pasajera.
Un odio. Un grito. Nada. Nada.
¡Oh desprecio, oh rencor, oh furia, oh rabia!
La vida está de soles diademada…

SABIDURÍA

Nada a las fuerzas próvidas demando,
pues mi propia virtud he comprendido.
Me basta oír el perennal ruido
que en la concha marina está sonando.
Y un lecho duro y un ensueño blando;
y ante la luz, en vela mi sentido
para advertir la sombra que al olvido
el ser impulsa y no sabemos cuándo.
Fijar las lonas de mi móvil tienda
junto a los calcinados precipicios
de donde un soplo de misterio ascienda;
y al amparo de númenes propicios,
en dilatada soledad tremenda
bruñir mi obra y cultivar mis vicios.

NOCTURNO

¡Oh!, ¡que gran corazón el corazón del campo
en esta noche azul y pura y reverente,
todo lleno de amor y de piedad sagrada
y fuerza suficiente!
Yo le escucho latir y comprendo mi vida:
me parece tan clara, tan profunda, tan simple,
y tiene como el mar y el monte puro
su raíz en el tiempo sumergida…
Yo le siento latir, y una onda inefable
y cordial y vital me reconforta,
y no pienso que soy un barro deleznable,
y que la brega es dura y corta.
Toda inquietud es vana; la desazón soporta
-me está diciendo a voces un amigo interior-
El minuto es florido, sonoro y halagüeño,
el corazón del campo te dará su vigor
para entrar en el último sueño…

EL HIJO DE MI AMOR, MI ÚNICO HIJO…

El hijo de mi amor, mi único hijo,
lo engendré sin mujer y es hijo mío;
me escribe a la distancia: estoy tan triste;
me faltas tú. Te miro en el esfuerzo
por mí, por ti, por el retorno
del polluelo a su sombra familiar,
no tengo un pan ni un techo que me cubra;
hoy habito en los muros de la mar…

CARBUNCLOS

No enflorará tu nombre un verso vano
ni entre lo cotidiano irás perdida.
Un varonil silencio. Un goce arcano.
Y por mi pensamiento soberano
hacer más honda y más sensual tu vida.

Ah, cómo en el amor estás ardida:
se va entreabriendo el alhelí de un beso
en tu boca, de múrice teñida,
y desnuda y nevada
tu carne a mi deleite fue ofrendada.

¿Qué jardín se te inunda si me lloras?
¿Mi amor no es la clepsidra de tus horas?
En tus labios no miela el colibrí:
¿la vida junto a mí no es más ensueño,
más tragedia la vida junto a ti?

Cuán lindo el pie tan ágil y pequeño…
Ya en la propicia oscuridad, desnuda,
tu carne tiembla y lánguida me oprime:
doliente y zaraheño,
grita mi corazón: “¡Si está desnuda!”

Cuán lindo el pie, tan ágil y sedeño,
cuán tibio el muslo… Ah, dueña de tu dueño:
el amor fue mi parte dispensada
en el festín de sombras de la nada…

Hoy quiero solazarme en tu ternura
como en las auras que embalsama el heno
la noche del sahumerio montesino.
¡Un beso a tu varón, mi hembra impura!
Dormir después en tu redondo seno,
tu seno blanco de ápice azulino…

ACUARIMÁNTIMA

I

Vengo a expresar mi desazón suprema
y a perpetuarme en la virtud del canto.
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto.

¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita armonía!

Y velaré mi arduo pensamiento
sotto il velame degli versi strani,
fastuoso, de pompas seculares:
perfecta en sí la estrofa del lamento
y a impulso de los ritmos estelares.

Columpia el mar su cauda nacarina,
e imbuida en la clámide del río
esplende en bruma fúlgida la carne de la ondina.
Grana el campo nutricio, fluyen mieles,
una deidad inflama las horas con su llama,
y loa el día azul un coro de donceles.

Romero: ¿no rebosa el corazón
–por la tierra de arrugas trabajadas,
por la noche de sombras evocadas–
del tiempo y el espacio la múltiple emoción?

Brilla en las lejanías invioladas
vaga ciudad, el viento da en los juncos,
los juncos gimen bajo el viento rudo…
¡Romero, que se vierta el corazón!
Y la ternura y la tristeza mía
cantan en el crepúsculo. ¡Armonía!

Yo, rey del reino estéril de las lágrimas,
yo, rey del reino vacuo de las rimas,
con mis canciones ebrias
que un son nocturno hechiza,
y con mis voces pávidas
anuncio las cavernas del enigma.
En mis siete dolores primarios se resume,
como en alejandrino paradigma,
la escala del dolor que el mal asume.

Tenebrosa, recóndita armonía…

Mi numen fuerte no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte,
pero sobre sus ruinas de inocencia
haré brillar, ebrio del dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte.

II

En libre vuelo el cielo de mi América
hender he visto un cóndor negro, errante…
¿Qué abismo circunscribe? ¿Qué intacta nieve augura?
Por las arterias de los ciervos montesinos
discurre para el cóndor la sangre enardecida
bajo las pieles lúcidas, entre las carnes bellas.
¡La presa viva! ¡El pico ensangrentado!
¡El ala pronta! ¡El ímpetu del vuelo!
Y un delirar de cumbres y centellas…

Así mi impulso al aura de la vida,
y así mi musa en su ilusión liviana
de que brote la carne un lirio místico.
¡Bestia de los demonios poseída,
oh carne, es hora ya del don eucarístico!
Cintila el cielo en gajos de luceros,
y querubes de vuelos melodiosos
revuelan de luceros a luceros.

Tengo la sensación de que discurro
delante de los pórticos sagrados:
alguien dice mi nombre a la distancia,
brotan dulces jardines los collados
y asumen mi ternura en su fragancia.

Claridad estelar, templo encendido,
rima errante en la noche de pavura,
huerto a la luz de Vésper. En olvido
mi ser se muere, mi canción no dura,
¿y fui no más un lúgubre alarido?

Carne, bestia, mi amiga y mi enemiga:
yo soy tú, que por leyes ominosas,
cual vano mimbre que meció una espiga
te haces nada en el polvo de las cosas…

¿Y la divina Psiquis, la rosa entre las rosas?
¿Y mis amores que irisé de lágrimas?
¿Y mi ciudad nebúlea tras la ilusión del día?
¿Y las antorchas que erigí en emblema?
¿Y esta inquietud, y este ímpetu anhelante
hacia una ley o una verdad suprema?

Pesa sobre tus pétalos, oh rosa
espiritual, tan lóbrega y cerrada
la noche, tan vacía y rencorosa,
que en vano el brillo de tu broche efunde.
Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada.

¡Nada, nada por siempre! Y merecía
mi alma, por los dioses engañada,
la verdad y la ley y la armonía.
¡Sé digna de este horror y de esta nada,
y activa y valerosa, oh alma mía!

III

Como en la vaguedad de un espejismo
–¿qué sabes?– mi conciencia me interroga,
fluida en llanto entre mi propio abismo.
Y miro al mar ardiente, al monte flavo
que suaviza el azul, la estrella límpida
rielando en el rocío del capullo,
y en sus cunas los cándidos infantes,
cazados en las redes del arrullo
por el sueño de manos hechizantes.

Y vuelto a mí, gimiendo el corazón
–¿qué sabes?– vanamente me interrogo,
mudo bajo la múltiple emoción.

Sólo un saber escondo, claro y justo:
llévole como antorcha y como daga
en medio del cerrado laberinto,
en su vasta amplitud mi fe naufraga,
y hallo en su anchura incómodo recinto.

Se oyen sordos, roncos lamentos,
y alzan sus puños en el vacío
los pensamientos.

¡Oh menguado saber, pobre riqueza
de formas en imágenes trocadas,
ley ondeante, ciencia que alucina,
que cada noche en el silencio empieza,
y cada día con el sol culmina!

¡Oh menguado saber de la iracunda
vida, que ante mis ojos se renueva,
germinal y cruel, ciega y profunda,
madre de los mil partos y el misterio
que al barro humilla y a Psiquis subleva!

Como ventana que el azul del cielo
circunscribe, se entreabren los sentidos.
¡Pobre, ruin saber! Y, sin embargo,
la leve mariposa del anhelo
entra por la ventana sin ruidos.

Cuaja en el corazón de la manzana
la dulzura estival: la mariposa
vuela del fondo de la carne humana.

¡Que al claro cielo
suba el anhelo!

Por ese vuelo la heredad natía
canté con rima de ideal retorno
en la ingenua parábola temprana.
En el turquí del éter desleía
un nácar tenue mi primer mañana.

Por ese anhelo, entre los acres pinos
y las rosas en llamas del ocaso,
al hablar dejo la palabra trunca:
el tiempo es breve y el vigor escaso,
y la amada ideal no vino nunca.

Por ese anhelo en rimas balbucientes
canto el rojo camino que a la tarde
se pinta en la montaña evocadora,
o a la vívida luz del sol temprano,
como una obsesión conturbadora
de sangre y sangre en el azul lejano.

Y por él amo, en fin; y por él sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de tortura,
puesto que está la estrella vespertina
sobre el horror de esta prisión oscura.

Columpia el mar su cauda nacarina,
en ustorios relámpagos de espejos
esplende en bruma de ópalo la carne de la ondina,
y fulge Acuarimántima a lo lejos…

IV

Yo descendí de la antioqueña cumbre
–el alma en paz y el corazón en lumbre–
de austera estirpe que el honor decora,
y el claro sortilegio de la aurora
bruñó mi lira y la libró de herrumbre.

Y fui, viajero de nivoso monte
y umbría roza de maíz, al valle
que da a la luz su fruto entre su llama:
había miel de filtros de sinsonte
que derrama canción de rama en rama.

Y el mar abierto a mí divinamente
su honda virtud hizo afluir entera:
gusté su yodo y la embriaguez ignota
de no sé qué sagrada primavera
bajo la paz de una ciudad remota.

Fulgía en mi ilusión Acuarimántima,
ciudad de bien, fastuosa, legendaria,
ciudad de amor y esfuerzo y armonía
y de meditación y de plegaria;
una ciudad azúlea, egregia, fuerte,
una Jerusalén de poesía.

Y como los cruzados medievales
ceñíme al torso fúlgida coraza
y fuime en pos de la ciudad cautiva,
burlando la guadaña de la muerte
y la fortuna a mi querer esquiva.

La ondulante odisea rememoro
con amor y dolor: un linde vago,
de súbito sangriento, ya cetrino…
un buque, un muelle, un joven noctivago,
y el tono de la voz, y el pan marcino…

La maravilla, comba y transparente
de las noches de junio por la hondura
que un huerto viola en ácidos alcores,
y allí la levadura de mis cantos,
hecha de mezquindad y sinsabores.

Y aquella niña del amor florido,
y oloroso y ritual y enardecido,
el seno como un fruto no oprimido,
un dulzor en los besos diluido,
y un no sé qué, que túrbame el sentido.

Y la esquiva beldad, el mármol yerto
e inconmovible, y la infantina huraña
que era el postrer jazmín que daba el huerto…
Me figuro las luces de sus ojos
como dos cirios de un cariño muerto.

Y el arduo afán en el impulso vario
por resolver el canto en melodía.
Derrame un ruiseñor en el himnario
toda la miel del día.
Silencios de armonía.
Un rumor milenario,
y la luz de tu lámpara, ¡oh Sophía!

Húmedos los cabellos –cristalinos caireles
de agua y sol– aún ondulan fantásticas ondinas,
mientras danza en la luz un coro de donceles,
por la playa, al influjo de las sales marinas.

V

Turbaban mi conciencia en el precario
vivir, el ala inquieta, el viento vario,
fantasmas familiares,
misterios presentidos,
amores y cantares de jóvenes floridos,
el vino, el mar, el día en el acuario
y la mutable vocación interna:
sentir, cantar, y en raptos doloridos
“ser yo”, “no ser”, en sucesión alterna.

Árbol en plenitud, hundió mi alma
su raíz en el légamo de muerte
que nutre las corolas de la vida
y da el perfume infuso en su ramaje.
Ilusorio celaje
pide al éter sutil que lo asume,
y en el raudal fluido de las auras de abril
hace el viaje
y se consume.

¡Oh insaciedad del hálito y la nébula,
y el amor y el impulso y el anhelo!
No un dios pagano, pero sí su rastro.
No el himno divo, pero sí el suspiro.
No el mármol, mas el plinto de alabastro.
Y una sensualidad de antiguo giro.

VI

Y fui después un numen transitorio,
sombra y canción en la embriagante tierra,
un sino raro y un deleite raro.
Ya el crepúsculo estivo el día cierra,
y lejos brilla un tembloroso faro.

La dama de cabellos encendidos
fecunda con mi sangre sus huertos prohibidos.
Una inquietud frenética y gozosa
mi paz, mi sueño, mi vigor consume
y un huracán mi plenitud doblega.
Soy esa sombra que cruzó el camino,
en sangre tinta, de lujuria ciega.

Soy esa sombra pávida, cautiva
de un gran misterio en el misterio oculto.
Huella la flor azul pata lasciva
de cabrón negro, y el divino himnario
sella Satán con sellos de su culto.

Mi pena errante con mi vino loco
en el turbión del vicio la sepulto.
Soy huésped de garitos y tabernas,
disputo al puede ser un pan ingrato,
y dejo que mi carne, la ruin loba
de lúgubres anhelos arrecida,
se me abandone al logro del deleite,
desnuda en la impudicia de la vida.

Entúrbiase la clara inteligencia,
la idea afluye en nieblas ondulantes,
es el goce monótona frecuencia,
igual en el deliquio y el suspiro…
¡Dadme un beso, un contacto y una esencia,
y una sensualidad de nuevo giro!

VII

Y mi mano sacrílega se tiñe
de tu sangre. ¡oh Imali, oh vestal mía!
Mas no fue mi ternura. Fue un furor…
Si de nuevo, a mis ojos resurrecta,
te pudiese inmolar, te inmolaría.
¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor?

Gozoso aún, y pávido y tremente,
huí a la sombra, la cerrada sombra
que en su mudez acoge las iras y los vértigos.
¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura!
¡Soledad, un refugio en tus entrañas!
¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura!

Mas la sangre fluía en chorros de carbunclos.
Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo,
todo estaba sangriento.
“¡Asesino!”, “¡Asesino!”, susurraba y se iba el viento.
En los prados del monte fueron crimen mis huellas.
Como vírgenes desoladas
me bañaron de llanto las estrellas.
En las playas de luz mojadas
di un alarido al ver la mar que hervía,
y huyendo en pos, en pos de la noche que huía,
me ensangrentó la horrible sangre del alba del día.

“¡Asesino!” “¡Asesino!”,
susurraba y se iba el viento.

Y los pastores me negarían sus cabañas.
Las rocas me aniquilarían en sus entrañas.
La vida es mi enemigo violento
y el amor mi enemigo sanguinario.
¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento,
si entre mi corazón ardía el tenebrario?

Viajó mi alma en íntimas pasiones
de cristos coronados de congojas.
¡El pudor, el honor entre sayones!
Del vicio en las ocultas floraciones
fui rosa negra entre mil rosas rojas.

Mas el azul a mi dolor heroico
abrió su abismo de fulgencias puras,
soles remotos, nébulas, centellas,
y estuve opreso por la lumbre de ellas
del hilo de oro del collar del día.
Un anhelar de espacio dio sus alas
a mi desconcertada poesía.

En la lluvia de gotas de mi sangre,
tras el velo irisado de mis lágrimas,
vago sueño sus brumas deshacía,
vago sueño –mi vaga Acuarimántima.

VIII

Retorno de tal sueño hacia la playa,
realizado mi afán. La tierra invoca
su ley, que mis empeños desvirtúa.
Oigo el grito del mar que me penetra,
y ansia de paz perenne me extenúa.

¡El mar, el mar, el mar ambiguo y fuerte!
Su espuma brinda a mi ruindad su imperio
en astillas de mástiles fallidos.
Ráfagas de misterio…
Monstruos desconocidos…

¿No brilla entre la niebla Acuarimántima?
¿No se oye limpia, fúlgida canción
sonar, aletargar el corazón
y pasar?

¡No se oye nada…!

Silencio y bruma, soplos de lo arcano.
La luz mentira, la canción mentira.
Sólo el rumor de un vago viento vano
volando en los velámenes expira.

La noche adviene, de mortuorio emblema.
Retumba en mi recuerdo mi alarido,
mi estéril tiempo en mi inquietud suprema.
El trágico dolor ha concluido.
Yo soy Maín, el héroe del poema…

Florece el cielo en gajos de luceros,
y querubes de vuelos melodiosos
revuelan de luceros a luceros.

Y no decir, y no tener palabras
tan llenas de tu goce vespertino
y tu sueño nupcial, ¡oh campesino
que cruzas con tus carros rechinantes!
En tu ilusión un hálito divino
te ha poblado de niños los instantes.

Y ver, desde esta cima de ternura
y valeroso amor, en toda cosa
el enigma, el enigma inviolado.
Arde la pura rosa, sueña la linfa pura,
¡oh carne!, y tú destilas el pecado
y… y…

¡El enigma, por siempre inviolado!

Y por toda verdad, saber ahora
que brilla el mar, que el monte se estremece,
que fulge Sirio en el jardín lejano,
y que al frustrarse el giro de mi vida,
al giro de la suya grana el grano.

La luz mentira. La canción mentira.

Que fui por los instintos inmolado
ante el ara de un dios; que un soplo frío
de lóbrego misterio he suscitado;
que un dolor nuevo está en el plectro mío,
y el canto en el dolor purificado.

Lúgubre viento sopla entre los juncos,
los juncos gimen bajo el viento rudo.

Cantan en el crepúsculo a lo lejos…

IX

Honda, inmóvil, letárgica laguna
que semeja el sepulcro de la luna,
se tiende hasta el ilímite horizonte,
y a la tristeza vesperal se aduna
un viento de ultramar y de ultramonte.

Cantan en el crepúsculo
y un ledo son de esquilas
vuela en el éter trémulo.

Que mi rumor se extinga, blando, tenue,
ola en onda, onda en pompa, pompa en iris,
como vágulo aroma en la memoria,
y me reintegre a la epopeya trunca
en la ciudad de nieblas de mi gloria.

Cantan en el crepúsculo… ¡Armonía!

Y que olvide la brega transitoria,
y el no ser más –y el no ser menos nunca–
del hilo de oro del collar del día.

¡Armonía! ¡Armonía!

Y el ancla suelte a místicas regiones,
no humano ya mi desear: divino
mi poseer,
mientras en el desmayo del crepúsculo
rueda sobre los ásperos terrones
el carro campesino,
y fulgura, real, velada por mis lágrimas,
erigida por mi dolor con los mármoles de mi poesía,
mi nebúlea, azulina Acuarimántima!

¡Armonía! ¡Armonía!

CANCIÓN DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

El dulce niño pone el sentimiento
entre la pompa de jabón que fía
el lirio de su mano a la extensión.
El dulce niño pone el sentimiento
y el contento en la pompa de jabón.
Yo pongo el corazón —¡pongo el lamento!
entre la pompa de ilusión del día,
en la mentira azul de la extensión.
El dulce niño pone el sentimiento
y el contento. Yo pongo el corazón…

CANCIÓN DEL DÍA FUGITIVO

Como en lo antiguo un día, nuestro día
demos al goce estéril…
Y tú tienes, ¡oh lamma!, ¡oh carne mía!,
toda la melodía del instante
en la blancura azul de tu semblante.

Déjame que circunde
tu frente con mis besos.

Por quién sabe qué sinos de la hondura,
o acaso por qué númenes divinos,
al cantar las alondras a Eva pura
oí el cantar, y confundí los trinos.

Y fuéme el día gárrulo mancebo
de íntima albura, y ojiazul, y tibio,
y fuéme el viento
y el mar ambiguo…

El amor en mi sangre se hacía llamaradas.
Mis sienes vi de lampos circundadas.
En mi jardín precipitaron sus mieles las
granadas.
Fulgían los luceros, afluían las hadas,
y yo quise volar a cumbres nunca holladas.

Pero mi ardor interno me fue melancolía.
Todo el humano impulso lo circunscribe el día,
el pequeñuelo círculo del día,
burbuja de ilusión, burbuja vana
en que flotas, ¡oh lamma!, ¡oh carne mía!,
y que es ahora y no será mañana…

Recuerdo vagamente, como en sueños
se evoca a veces un antiguo ensueño.
Bajo el ala de luz del alba pura
que anuncia el parto místico del día,
tu mano azúlea, de viril factura,
guiaba el carro en la extensión madura
del valle que en Octubre descendía.

Un viento, un viento hería el espigal,
y el rumor de las eras en el viento
tras el viento salíalo a alcanzar.
Con su oro viejo, líquenes ducales
historiaban del álamo los nudos,
y había una asamblea de zorzales
por los racimos castos y desnudos.
Un viento, un viento hería el espigal,
y el rumor en el viento, tras el viento,
era como un plañir y un no lograr.

A sus rejas, la novia del labriego,
fértil y matinal, vimos ceñida:
la besa él y la colora luego
rubor de amor, ¡oh poma de la vida!

Y cantas tú, ¡oh lamma! Y el son del espigal,
la onda eólea, el melódico fluir,
¡suénanme a un no decir y un sí otorgar!
Suspenso yo del amoroso instante,
tu acto primo, original y bello,
húmedo de la leche azul del día
y aun en sus nieblas matinales trémulo,
quise en su maravilla eternizar,
con su fluir,
con su ondular,
entre el rumor
del espigal,
en la dulzura
del vivir.

¿Dónde está mi visión: el parto místico,
el oro del octubre, el carro, el día,
tu voz dilecta, tu ademán jocundo,
en fin, la realidad suma y perfecta
de aquella hora del mundo,
con su fluir,
con su ondular,
entre el rumor
del espigal,
en la dulzura
del vivir?

Como el tono del mar cuaja en la perla,
cuaje en esta canción aquel rumor:
¡sea un lamento
que va en el viento
por mi temblor y mi dolor
el día dulce de tu amor!

¡El día! ¡El día! Su ligera túnica,
guarnecida de iris de burbujas,
deja sólo al flotar pavesa triste.
Amor, Dolor, Ensueño… ¡El Alma
era grande y el día era pequeño!

Pero en venganza lúgubre, este día
es para el goce estéril;
y tú tienes, ¡oh lamma!, ¡oh carne mía!,
toda la melodía del instante
en la blancura azul de tu semblante…

EL RASTRO EN LA ARENA

¿Querellas en el viento? ¿Clamor contra la nube
que sube y sube y la deshace un viento?
¿Congojas cuando el lirio del día se extenuó?
¡Si aún vivo yo! Si aún gozo mi lírico momento,
la luz, el aura, el amoroso aliento…

Dos fértiles mancebos de Jonia divagaron
¡remoto día!
¡fulgente día!
por las sensuales playas de Lesbos fervorosa,
sobre el cristal undívago que al sol reverberaba,
bajo el turquí lumíneo que el ámbito envolvía…

¡ríanse las olas y un gran rumor las llena…

Si fue con los mancebos el goce y la ufanía,
¿qué importa que no duren sus rastros en la arena?

PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

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