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BIOGRAFÍA DEL POETA WILLIAM FAULKNER

William Cuthbert Faulkner nació el 25 de septiembre de 1897 en New Albany, ciudad del condado de Union, Misisipi, al sur de los Estados Unidos. Es considerado uno de los más importantes creadores de la literatura estadounidense y de la literatura sureña. Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa reconocieron su gran influencia. Escribió novelas experimentales, con técnicas literarias innovadoras, como el monólogo interior, la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista y sus saltos en el tiempo en la narración, con un manejo no cronológico del tiempo en el relato, también en los temas como la decadencia familiar, el fracaso, la creación de un territorio de ficción propio… Escribió también guiones cinematográficos, ensayos, relatos, obras de teatro y poesía.

Procedía de una familia tradicional sureña, y era el mayor de tres hermanos. Uno de ellos, John, también sería escritor. Su madre, Maud, la abuela materna Lelia Butler y Carolline Barr (Callie), una niñera adolescente que lo crió desde la infancia, influyeron en el desarrollo de la imaginación artística de Faulkner: lecturas (como clásicos de Charles Dickens, los cuentos de los hermanos Grimm) , fotografía, pintura… La relación con Callie Barr fue fundamental para William, contemplándola en sus novelas en la política de la sexualidad y la raza. En su infancia escuchaba también historias de la Guerra Civil, la esclavitud, el Ku Klux Klan… El abuelo de Faulkner fue un exitoso empresario, escritor y héroe de la Guerra Civil. William se inspiraría en él para construir el personaje del coronel Sartoris en su libro Sartoris.
En 1902 la familia se trasladó a Oxford.
En 1915 abandonó el colegio, que detestaba, para trabajar en el banco de su abuelo. También trabajó, para poder ganarse la vida, como pintor de techos, periodista, e incluso en el servicio de correos, en concreto, este puesto lo perdió porque pasaba más tiempo distrayéndose con sus compañeros que realizando sus tareas.
Durante la Primera Guerra Mundial ingresó en las fuerzas aéreas de Canadá sin llegar nunca a entrar en acción.

William asistió a la Universidad de Misisipi en Oxford en 1919, y pasó seis semestres, pero abandonó en 1920. Con diecisiete años, conoció a Philip Stone, cuatro años mayor que él y que provenía de una de las mejores familias de Oxford. Apasionado de la literatura, se convirtió en una importante influencia en los escritos de Faulkner. Quedó impresionado por algunos de los primeros poemas de Wiliam, siendo en uno de los primeros en reconocer y alentar su talento. Se convirtió en su mentor y le presentó las obras de escritores como James Joyce, quien influyó en sus escritos. Philip Stone enviaba cuentos y poemas de William Faulkner a editores, pero fueron rechazados.
En 1924 Faulkner publicó El Fauno de Mármol, libro de poemas. Quería orientar la poesía de los Estados Unidos en una nueva dirección, a la del simbolismo francés, como especialmente Mallarmé, que había publicado en 1876 un extenso poema homónimo en alejandrinos, en el que el fauno protagonista describe a las ninfas y a los paisajes que lo rodean. Philip Stone le alentó a estudiar el Simbolismo, Vorticismo y el Imaginismo. William Faulkner también recibe influencia de autores como Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Flaubert, Thomas S. Elliot, la Biblia y un largo etcétera de libros. El Fauno de Mármol desde una perspectiva biográfica, puede interpretarse como la lucha de Faulkner por crearse a sí mismo. El lenguaje de los sueños y el poder generador del mito son aspectos de su poesía inicial que estructurarán y nutrirán su obra posterior. En su prosa de madurez dejó una huella indeleble, en la sintaxis y los recursos expresivos que se han identificado después como característicamente faulknerianos.
La poesía de Faulkner no estuvo muy bien considerada, y el estudio de su obra poética constituye un campo relativamente nuevo, al que ha dado impulso y orientación el libro seminal de Judith L. Sensibar “Los orígenes del arte de Falkner”, en 1982. Esta autora señala que Faulkner no tenía una valoración muy positiva de su obra poética porque los “objetivos de su prosa poética estaban condicionados por los deseos imposiblemente idealistas de incorporar y fundir un bagaje casi inabarcable de formas clásicas, técnicas experimentales contemporáneas, orientaciones psicológicas personales y preocupaciones estéticas en la poesía norteamericana moderna. Además en su poesía posterior al ciclo de novelas sobre Yoknapatawpha se advierte la fusión de tema, contenido y forma que convierte el estilo de Faulkner en inseparable del mensaje en su prosa de ficción”.
El apellido original de Wiliam era Falkner, pero dicen que un tipógrafo cometió el error de escribir su apellido como “Faulkner” en la portada de su primer libro y, cuando le preguntaron si quería el cambio, el dijo “de cualquier manera me conviene”.
Faulkner deploraba el estado de la literatura de los Estados Unidos en los años de la Primera Guerra Mundial: según él, el exceso de realismo había secado el tuétano tanto de las personas como de las cosas. Compartía su opinión don John Dos Passos, que lamentaba la profunda dependencia en 1916 de la literatura americana a la europea, indicando que era como si “les hubiera sido trasplantada”. Faulkner aspiraba a escribir cosas que fuesen a la vez “hermosas y apasionadas”. Percibía también el potencial de su idioma y su suelo nativos para suministrarle las técnicas y los temas que necesitaba su particular visión del modernismo.
“La paga de los soldados”, su primera novela, la escribió en 1925. En ella describe a un piloto en estado de shock y desfigurado, al que las terribles heridas que ha sufrido en la guerra le mantienen en aislamiento. La influencia de Sherwood Anderson, escritor y maestro de la técnica del relato corto, pionero en abordar los problemas generados por la industrialización, fue muy importante para William. Colaboró en la segunda novela de Faulkner, ambientada en Nueva Orleans llamada “Mosquitos”. Sherwood le convenció para que escribiera acerca de la gente y los lugares que conocía mejor. Sus novelas, ambientadas en el condado ficticio de Yoknapatawpha, lo habitaba con sus propios antepasados, indios, negros, oscuros ermitaños provincianos y groseros blancos pobres. Así comenzó a publicar sus primeras novelas, en las que reflejaría el Sur de Estados Unidos que tan bien conocía.
Encontró cierta estabilidad económica como periodista en Nueva Orleans. En 1927 escribió su primera novela ambientada en su ficticio condado de Yoknapatawpha, titulada “Banderas en el polvo”. Se basó en las tradiciones y la historia del sur. Su obra fue rechazada por los editores Boni & Liveright. Faulkner permitió que su editor Ben Wasson editara el texto, y se publicó en 1929 bajo el nombre de Sartoris. La original “Banderas en el polvo” se publicaría también posteriormente en 1973.

El Ruido y la Furia, publicado en 1929, es la novela más conocida de este periodo. Tal vez por el rechazo inicial de Banderas en el polvo, Faulkner se había vuelto indiferente a sus editores y escribió esta novela en un estilo mucho más experimental. Faulkner diría: “Un día me pareció que se cerraban las puertas de todos los editores y las casas editoriales. Me dije a mí mismo: ahora puedo escribir. Insistió que Ben Wasson no hiciera ninguna edición ni agregara ninguna puntuación.»

En 1929 Faulkner se casó con Estelle Oldham. Habían estado enamorados con anterioridad, pero no se casaron debido a que los padres de Estelle desaprobaban la carrera de Faulkner como escritor. Esta se casó anteriormente con Cornell Frankin, que fue juez y tuvieron dos hijos. Pero Estelle se separaría de él y regresó a Oxford, encontrándose con William Faulkner y casándose de nuevo.
William trabajaba en turnos nocturnos en la Universidad de la Misisipi Power House y escribía. Llegarían títulos como “Mientras agonizo”, en 1930, “Santurario”, en 1931 (la única novela que vendió bien, novela sensacionalista que trata de una violación cuyo trasfondo es la corrupción y la fuerza demoledora de la desilusión). “Luz de Agosto”, en 1932, “¡Absalón, Absalón!” en 1936 , en 1933 su libro de poemas “Una rama verde”, “Las Palmeras Salvajes” en 1939 o “El Villorrio”, en 1940. Comenzó también a enviar algunos de sus cuentos a varias revistas nacionales. Algunos fueron publicados, lo que le proporcionó suficientes ingresos para comprar una casa. En el libro “¡Desciende, Moisés!”, publicado en 1942, están los cuentos más conocidos de esta época. Permiten ver la condición humana en sus momentos más viles, pero también más nobles.
Con la novela Luz de agosto quería vender los derechos de serialización, pero nadie aceptó su oferta. Después de esto, MGM Studios ofreció a Faulkner trabajo como guionista de Hollywood. Aunque no era un aficionado al cine, necesitaba dinero, por lo que aceptó la oferta de trabajo. Trabajó con el director Howard Hawks, con quien desarrolló una amistad. El hermano del director, William Hawks, se convirtió en el agente de Faulkner en Hollywood. Siguió trabajando como guionista, desde la década de 1930 hasta la década de 1950.

Como guionista está su trabajo en películas como Vivamos hoy (1933), El Sueño Eterno (1946), con Humphrey Bogart y Lauren Bacall, basada en la novela de Raymond Chandler y adaptada por William Faulkner.
Publicaría también Requien for a Nun,obra de teatro y secuela del libro Santuario.
Jorge Luis Borges fue el traductor de su novela Palmeras Salvajes. Esta traducción tuvo una importante repercusión en los escritores latinoamericanos, favoreciendo su conocimiento e influencia. Gabriel García Márquez dijo con respecto a la obra de William Faulkner que “fue cuando lo leí que entendí que yo debía escribir”. Traducir la obra de Faulkner es una tarea ardua, Jorge Luis Borges indicó “desquiciante, dada su prosa caracoleante y opaca, con técnicas expresivas y aventuras sintácticas. A menudo practica la elipsis, arcaísmos y veladas citas de la literatura clásica o de la poesía inglesa medieval, hipérbatos, neologismos, oscuridades y heterodoxias.

La crítica siempre habló de la rivalidad entre William Faulkner y Ernest Hemingway. Hemingway promovía el uso de un lenguaje más directo y duro, mientras Faulkner tenía otra visión más prfunda y barroca. Este le dijo de Hemingway «Nunca ha sido conocido por usar una palabra que pudiera enviar a un lector al diccionario». Hemingway respondió diciendo: «Pobre Faulkner. ¿Realmente piensa que las grandes emociones provienen de las palabras largas?».
Recibió el premio Nobel de Literatura en 1945 y el Pulitzer en 1955 y el National Book Award, entregado de manera póstuma por la edición de sus Cuentos Completos. Con el dinero que ganó en el Premio Nobel, contribuyó a darle forma a un galardón (PEN/ Faulkner) que iba dirigido a incentivar a los jóvenes que soñaban con ser escritores.
William Faulkner dijo en su discurso de recogida del Premio Nobel que «Nuestra tragedia actual es un miedo físico y universal, tan largamente padecido que hemos llegado incluso a soportarlo». Por ello, su literatura no cesa de vislumbrar los cenagosos abismos humanos.

En 1946, el crítico Malcolm Cowley, preocupado porque Faulkner era poco conocido y apreciado, publicó The portable Faulkner, un libro que reúne estractos de sus novelas en una secuencia cronológica. Falkner creaba una atmósfera determinada, sus frases complejas se alargaban durante más de una página y, jugando con el tiempo de la narración, ensambla relatos, experimenta múltiples narradores e interrumpe el discurso narrativo con divagantes monólogos interiores.
A Faulkner le encantaban las pipas, eran sus objetos favoritos, hasta el punto que eran lo únicos regalos que aceptaba por Navidad por parte de su familia.
William Faulkner murió el 6 de julio de 1962 en Byhalia, un pueblo de Misisipi, Estados Unidos a causa de un infarto de miocardio.
Las letras hispanas siguieron trabajando su género, creó escuela y autores como Manuel Rojas, argentinochileno, los mexicanos Juan Rulfo o Carlos Fuentes son buena prueba de ello.
En España, tras la Guerra Civil, cayó la censura sobre Faulkner, lo que hizo que su obra, que comenzó a traducirse en 1930, tardara en publicarse de nuevo. Juan Benet y Luis Martín Santos reflejan su influencia.
Después de su muerte, se publicaron los póstumos Poemas de Misisipi en 1979 y Helen: un cortejo, en 1981. Este poemario refleja cuando conoció a Helen Baird y se enamoró de ella. Le regaló dos pequeñas obras manuscritas: un breve relato alegórico, Mayday los quince sonetos que integran “Helen:un cortejo”. Faulkner escribió más poesía, cuyos manuscritos entregó a amigos o enamoradas, sin preocuparse por darlos a la imprenta; en otros casos, permaneció dispersa en publicaciones privadas o de circulación muy limitada.
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Los hermanos Coen, directores de cine, tienen una película titulada Barton Fink (1991), que gira en torno a un guionista con problemas de alcohol y acento sureño. Se considera que este personaje es un homenaje a William Faulkner.
Es uno de los novelistas estadounidenses más importantes de este siglo,con más de veinte novelas en las que retrata el conflicto trágico entre el viejo y el nuevo sur de su país, un gigante literario.
Para Faulkner, toda conciencia moral gira alrededor de la preocupación. Y es justamente la preocupación la que moldea tres tipos de conciencia diferenciados, que él atribuye a tres personajes distintos en su novela. Esta queda revelada en las frases que los personajes pronuncian y que Faulkner recuerda durante la entrevista: «Esto es terrible. Me niego a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para hacerlo»; «Esto es terrible, pero podemos llorar y soportarlo»; «Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo».
Faulkner, en una entrevista, desvela la fórmula que le convirtió en un inigualable novelista: 99% de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo.

William Faulkner también diría:
Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como, fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme.
“La memoria cree antes de lo que el conocimiento recuerda”. William Faulkner
El pasado no muere nunca. Ni siquiera ha pasado. William Faulkner
BIBLIOGRAFIA CONSULTADA
https://es.wikipedia.org/wiki/William_Faulkner
https://www.lecturalia.com/autor/145/william-faulkner
https://www.epdlp.com/escritor.php?id=1697
http://www.las2001noches.com/n119/inicio.htm
SELECCIÓN DE POEMAS DE WILLIAM FAULKNER
PRÓLOGO
Se cimbrean los álamos
del viejo y sombrío jardín,
cabeceando como doncellas,
y susurran por encima de los lechos
de empenachadas malvas locas,
de asteres púrpuras y de flux,
prisioneros del sueño de otro de las margaritas,
incalculable fortuna vertida sin tasa
a sus esbeltos y menudos pies
de bailarinas en equilibrio, aéreas y gráciles.
La luz de las rosas se consume
como la de las velas, e irradia oro en el aire quieto:
las nubes resbalan por el cielo de poniente
para contemplar este ensueño inundado de sol,
mientras las crestas fulgentes de los álamos
rozan apenas sus pechos de plata,
sin soñar con las nieves del invierno
que pronto perturbarán sus hileras virginales.
Los días, de platino, pasan soñando
junto a la argentina luz de la fuente,
que se proyecta y tiembla con la brisa,
airosamente delgada, como los árboles,
y cubre luego con su brillante cabellera
el hermoso rostro tachonado que se refleja
en el estanque inmóvil.
¿Por qué estoy triste? ¿Yo?
¿Por qué insatisfecho? El cielo
me insufla calor, pero soy incapaz de romper
mis límites de mármol. Esa veloz y vivaracha serpiente
es libre de ir y de venir, en tanto que yo
soy prisionero del ensueño, y suspiro
por cosas que sé, pero que no puedo conocer,
diseminadas entre el cielo y la tierra.
La tierra que me circunda incita a mis pies
con huertos rebosantes de apetitosos frutos,
con colinas y arroyos por doquier,
con dormir de noche, en arenas blanqueadas por la luna:
el mundo entero respira y me llama,
a mí, confinado para siempre en el mármol.
(Del libro el Fauno de Mármol)
EL MUNDO ESTÁ CALLADO, ¡QUÉ CALLADO ESTÁ!
Por más que estiro las orejas, ávidas,
la tierra ha perdido todo pálpito, y permanece sumida
en el oscuro silencio que penetra en ellas
y se acumula detrás de mis ojos, hasta
llenarme la cabeza: lo siento derramarse
como agua por el pecho. El mundo,
un violín acallado al que se aplican
los dedos de Pan, espera, lábil y frío
y encarnado en los pliegues insonoros
de una roca inmóvil y ciega,
cuyos bordes difumina una luna violenta,
hasta que desciende la mano que sostiene
el arco; entonces, grave y ruda,
se alza hasta sus oídos expectantes
la música de los años que pasan,
y le desborda, y se le derrama por el pecho
de hielo y oro, igual que a poniente
llamean los ocasos, y las madrugadas arden
a levante, y los cielos en calma giran
sin pausa en torno a su cabeza helada:
paz para los vivos; paz para los muertos.
Y la mano que mueve el arco
no se detiene, sino que se alza, grave y ruda,
hasta la cabeza brumosa en la que se enrosca
la tristeza interminable de los mundos,
mientras tus ojos, secos y afligidos, se ciernen
sobre las multitudes; quizá suspire
por que el mundo entero lo contemple,
mientras mudan las estaciones de lo luminoso a lo oscuro.
Las lágrimas también humedecen mis ojos
por los años que desfilan majestuosamente
por la tierra, vieja y silenciosa y fuerte y triste,
plena de vida y de sus caóticas envolturas,
y muda e impotente como yo,
confinado para siempre al mármol.
Y mis ojos esculpidos abrazan
el oscuro rostro del mundo que sueña en silencio,
puesto que mis miembros encorvados ya han estrechado
su pecho sapiente y consolador,
hasta colmar mi hambriento corazón
de una felicidad dolorosa, casi insoportable.
(Del libro el Fauno de Mármol)
SI FUERA LIBRE, IRÍA
Iría a donde soplan los primeros cierzos de la primavera
y envuelven a la deslumbrada cumbre de la montaña
con lenguas estridentes, y remolinos,
y feroces pináculos de fuego, y saltaría
desde los escarpados dientes que coronan las hondonadas,
gélidas de silencio. Ahí,
precediendo al año que se despliega,
sobrevuelo las cimas heladas de las montañas
en las que se precipita el cielo, y se remansa,
y, bajo la mirada de la vieja luna,
salto y grito de alegría
ante los abismos insondables
por los que serpentean aguas turbulentas,
y dirijo los ecos al Este y al Oeste,
para que se ciernan en cada soto en el que acecha la bestia,
el Silencio, hasta que regresan, con estruendo,
por la humeante hendidura de la quebrada.
Aquí, las agudas pezuñas de Pan han impreso
este mensaje en la cresta glacial:
Seguidme;
mi siringa – sus menores modulaciones .-
despierta al mundo entero,
conmueve al cielo y a la tierra
con un escalofrío de calor o un espasmo de frío,
horada y hace estallar a la tierra fecunda,
y grita en los sotos que aguardan:
¡venid, oh vivos, despertad y desperezaos!
Así como declina la luz del sol,
chorreando por paredes escarpadas,
hasta llegar, siseante, a las rocas heladas
que motean las colinas como prietos rebaños,
así me interno yo en una recóndita vaguada
en la que brotan las primeras violetas, tímidas
y pálidas, y la primavera, con lágrimas en las mejillas,
me observa desde los sotos cercanos
y reúne sus andrajos
para huir, si alzo la mirada.
Las golondrinas vuelan veloces, casi rozándome,
como flechas pintadas en el cielo,
y la vibración de la cuerda
es el agudo y rápido y tenue canto
que lanzan, cuando se precipitan
en el silencioso estruendo del espacio.
El cornejo florido brilla entre los árboles más delgados,
como una joya en el cabello de una mujer;
corren las aguas de un arroyo inesperado,
canturreando su canción inversa,
y centellean, con blancos calambres de espuma,
abrazadas a pulidas piedras saledizas.
Se afilan y aclaran los delgados renuevos,
y tiemblan los blancos mimbres, como asustados,
sobre la nieve fundida del torrente,
que más parece bailar que fluir.
Entonces despierta por todas partes,
desde lo hondo de los sotos sombríos y quedos,
la respiración de las cosas nacientes,
el silencio vivo de todas las primaveras
por venir, y de las ya pasadas,
y en el suelo del bosque
veo a los silvanos bailar hasta la madrugada,
contemplados por la melancólica primavera.
La primavera, a punto de dar a luz, está triste;
con el pelo mojado,
observa la danza inmortal
que acompaña a la palpitante disonancia del mundo
suscitada por la atenta y chirriante siringa de Pan
ante los días que se suceden, implacables,
como vino derramado por el mundo; y luego se alza:
sus flautas tejen magia en el cielo
y proclaman la alegría y el dolor del nacimiento
de otra primavera en la tierra.
(Del libro el Fauno de Mármol)
UNA RAMA VERDE
I
TOMAMOS té, sentados
bajo las lilas, una tarde de verano.
Nos sentimos cómodos, sin preocupaciones,
con servilletas limpias en las rodillas,
sentados los tres, presos
de una beatitud circunspecta,
para no revelarles a los otros
la felicidad ilimitada que sentimos
aquí, juntos, contemplando la luna joven,
tumbada con recato de espaldas, y la primera estrella.
Hay mujeres aquí:
criaturas de hombros muelles, envueltas en vaporosos fulares,
que pasan
y nos miran con extrañeza al pasar.
Una de ellas, nuestra anfitriona, vacila al acercarse a nosotros:
-¿Se encuentra usted a gusto, señor? – se para y me pregunta.
Me temo que le tenemos algo desatendido.
-¿Desea más té? ¿O cigarrillos? ¿No?
Le doy las gracias y espero a que se vaya.
Se nos antojan personajes de una mascarada.
-¿Quién?- derribado
la primavera pasada- Pobre tipo, su mente
…dicen los médicos…esperan que el reposo le…
Ocupados con el té, los cigarrillos y los libros,
sus voces nos llegan como una maraña de graznidos.
Seguimos sentados, en silenciosa amistad.
-Era una mañana de finales de mayo:
una dama blanca, una blanca lasciva junto a un soto,
una aparición blanca, reflejada en un lago;
y yo, amigo mío, había despegado antes del alba
en mi pequeño cacharro de orejas puntiagudas,
para perseguirla por las alturas resplandecientes del cielo.
Sabía que podía atraparla cuando quisiera,
porque ninguna ninfa era más veloz que mi máquina.
Subimos, más y más,
y la encontramos en la linde de un bosque:
una arboleda de nubes. Me detuve junto a ella
y sentí sus brazos y su aliento fresco.
Aquí me alcanzó la bala, creo
que en el costado izquierdo,
y mató a mi pequeño cacharro de orejas puntiagudas. Lo vi caer,
el vino que quedaba en la copa…
Pensaba que podía dar con ella cuando quisiera,
pero ahora me pregunto si he llegado a encontrarla, después de todo.
Nada debería morir así,
en un día como ése,
de un balazo airado, o de cualquier otra forma moderna.
Ah, la ciencia es una boca a la que resulta peligroso besar.
Deberíamos caer, a mi juicio, abatidos por un dardo etrusco,
en prados en cuya hierba lujuriante floreciera la danza de las Oceánides,
y, en un día como hoy,
convertirnos en una alta columna salomónica: me gustaría ser
una encina en una isla rodeada de mares púrpuras.
En lugar de eso, una bala me atravesó el corazón.
Sí, tienes razón:
nadie debería morir así,
y sin ninguna causa, sin ninguna razón.
Se puede entender que alguien como tú hable
de elevarse hasta el cielo remoto y diáfano, en busca
del beso de la muerte: tú desconocías la felicidad
de un hogar y una familia, la serenidad
de la vida y del trabajo y la alegría que constituían nuestro patrimonio;
y, lo mejor de todo, de la edad.
Eramos demasiado jóvenes.
Y, sin embargo – se pasa la mano por los ojos –
sin embargo, no podía ser de otro modo.
Habíamos participado
en una incursión sobre Mannheim. ¿Conoces
ese lugar? Entonces sabrás
que uno se cuelga de las estrellas y ve
explotar a la negrura inmóvil, y cómo llena los astros de metralla,
y cómo, rasgada por venablos de luz, se alza en olas estremecidas,
cuyas crestas parpadean, fútiles e incesantes.
Nos atraía, aquella noche, la tierra oscura:
nos reclamaba que abandonáramos el aire atormentado por las balas,
negro cuenco de luciérnagas…
Esto se ha de acabar, tarde o temprano:
nadie debería morir así.
Nadie debería morir así.
Su voz se ha apagado y el viento imita sus palabras,
mientras asienten las lilas, pendientes de sus escuetos tallos,
como mostrando su acuerdo con él,
que habla sin preocuparse por que se le oiga o no.
Nadie debería morir así.
Palabras entre audibles y mudas
que revolotean como pájaros grises
alrededor de nuestras cabezas.
Seguimos sentados, en silenciosa amistad.
Tengo frío: el sol se ha puesto
y está refrescando aquí,
donde estamos. La luz ha seguido al sol
y ya no distingo
a las pálidas lilas recortadas y temblorosas contra lila pálido del cielo.
Inclinan las cabezas hacia mí como una sola cabeza.
-Viejo – dicen-, ¿cómo moriste tú?
Yo, yo no estoy muerto.
Oigo sus voces como si vinieran de muy lejos: no está muerto.
No está muerto, el pobre tipo: no ha muerto.
UNA RAMA VERDE
VI
EL hombre viene, el hombre se va, y deja tras de sí
los huesos blanqueados que sostuvieron su lujuria;
el palafrén de sus amores y sus odios,
al final, se llena de polvo en el establo.
Él lo embaucaba, y el otro lo llevaba
hasta el límite último del deseo:
pero ahora, saciado el deseo, descubre
que era el corcel el que lo embaucaba a él.
UNA FÁBULA (fragmento)
«Es la función de todo comandante aquella de hacerse odiar por sus soldados, para que cuando acometan una orden en batalla la ejecuten con todo ese odio que reservan para tí, el odio extremo que les lleva a matar… pero nunca pude imaginar que se pudiera llegar a odiar tanto, tanto odio, que se negaran a obedecer las ordenes de un superior; no se puede odiar tanto, no es posible. »
UNA RAMA VERDE
X
El sol se zambullía tras la colina,
y a él lo rodeaban mares de azur.
El sueño que lo afligía, la sangre que lo empujaba
hacia el polvo, amainaron y le dieron descanso.
Detrás de él se extendía la jornada llena de trabajos
de quien lucha con la tierra por el pan;
delante de él, el sueño y el mañana, que lo auroleaba
con su siniestro círculo de sombra.
Pero ahora, con la noche, todo quedaba olvidado:
céleres fantasmas alentaban alrededor del hombre;
olvidado su padre, la Muerte; la Burla,
su madre, lo había olvidado por fin.
La ninfa y el fauno podrían amotinarse, en el ocaso,
allende la barrera, helada y verdosa, del océano del Tiempo,
al estridor de los caramillos y al siseo de los címbalos,
bajo una única y glacial estrella,
donde él, por su propia coacción
-figura terrible en una urna-,
se ve apresado entre sus dos horizontes,
y olvida que no puede regresar.
UNA RAMA VERDE
XII
El joven Richard, de camino al pueblo,
sintió que la vida crecía en su interior,
tensa como un hilo de plata contra el que
soplara el cierzo del deseo,
hasta convertirse en un ruido monstruoso que lo envolvía
con una lluvia de tierra y fuego,
y lo desollaba exquisitamente
con látigos de colas vivas.
Bajo el arco en el que vivía Mary
y en el que las noches eran breves y feroces,
la antigua música de ella se concertaba con la de él,
igual que la cítara se concierta con el arpa,
y se arremolinaba el fuego de Richard
en el fuego de Mary,
y todo aliento se polarizaba cuando
una muchacha se soltaba el pelo.
UNA RAMA VERDE
XVI
“CONTÉMPLAME, con mi jubón y mi gorro emplumado,
pavoneándome en este escenario que los hombres llaman vida,
espejo de toda juventud y esperanza y esfuerzo.
Hasta tú, en mí, te conviertes en una mueca”.
“Sí, con esa idea revelas tu condición mortal:
crees que la paz y la quietud y el silencio
no son sino las sombras que tu gesticular
proyecta en el muro respirante que te rodea”.
“¡Eh, viejo espectro, solemnemente nervado de sabiduría!
¿Acaso crees que estoy obligado a sentir tus oscuros impulsos
y a refugiarme, con reyes y reinas, en una silbante oscuridad?
Soy estrella, y sol y luna, y risa”.
“¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?
¿Qué sol perdura más que la oscuridad?
¿Qué luna hay que no se agriete? Sí, ¿qué risa,
qué bolsa no se vacía cuando se gasta?”.
“¡Eh, uno se cansa – afectado, zalamero –
de imitar a un sueño ante un público de sombras innúmeras!
Ah, tú fuiste el que me desnudó del todo y me puso
a farfullar ante mi propio rostro en un espejo”.
“Sí, soy el que, en el claro anochecer del mundo,
con una estrella de plata como una rosa en una escudilla laqueada,
cuando hayas interpretado tu papel y guardes, por fin, silencio,
te esperará con el sueño, para que puedas ahogarte”.
UNA RAMA VERDE
XXXII
Mira, cintia,
cómo evapora abelardo
la frente del tiempo, y cómo degusta
parís sus pulgares amargos.
Engorda el gusano, destrípate,
pero no por amor, oh cintia.
UNA RAMA VERDE
XLI
VERDE es su pecho inmaduro y somero entre
el exuberante florecer de los manzanos ebrios,
y siete faunos importunos como abejas
que libaran la delicada miel joven de su lengua.
El viejo sátiro, agazapado en el follaje, sueña con
un beso suyo en la barba, y descubre ya la boca;
sueña con su cuerpo, en una noche de luna,
jadeante y trémulo contra el suyo.
Entonces ve a un fauno, más osado que el resto,
deslizar una mano súbita hasta su pecho,
y siente la vida enfriarse y desaparecer:
la llama que aquel beso había encendido
parpadea y se extingue. Ya es de noche;
entre carcajadas, estruja la hierba ácida y lasciva.
HELEN: UN CORTEJO
II
Bajo el manzano, la forma torturada de Eva
brillaba en la de la serpiente. Su pecho desgarrado
eludió sus anillos y huyó como el sol
para anunciar de Este a Oeste lo abyecto de su pecado.
Acaso pueda calentarse el hombre, en las noches de invierno,
con la expiación de los pecados que antaño cometiera,
o con fetiches que conjuren el ardor de la sangre,
aunque olvide que, por respirar, ha heredado ese ardor.
Pero decaen los dioses de hoy: la vieja Serpiente
es coronada y entronizada en su lugar, y tiene por favorita
a esa manzana de oro que nunca sacia,
pero que alimenta y aviva una migaja de fuego en el hombre,
cuando el chorlito
y la golondrina y los pájaros estridentes sobrevuelan, veloces,
hacia el Norte,
al nazareno, al romano y al virginiano.
Pascagoula, junio, 1925
HELEN: UN CORTEJO
IV
Verde es su pecho inmaduro y somero entre
el exuberante florecer de los manzanos ebrios,
y siete faunos importunos como abejas
que libaran la delicada miel joven de su lengua.
El sátiro, agazapado en el follaje, sueña
con un beso suyo en la barba, y descubre ya la boca;
sueña con su cuerpo, en una noche de luna,
jadeante y trémulo contra el suyo.
Entonces ve a un fauno, más osado que el resto,
deslizar una mano súbita hasta su pecho,
y siente la vida enfriarse y desaparecer:
la llama que aquel beso había encendido
parpadea y se extingue. Ya es de noche;
entre carcajadas, estruja la hierba ácida y lasciva.
Pascagoula, junio, 1925
HELEN: UN CORTEJO
VI
¿Mi salud? Mi salud me causa una angustia estrepitosa y febril:
Señora, yo… ¿Han cantado alguna vez sus rodillas
como las de ella, al pasar con tan redonda caricia
y al separarse con tan dulce reticencia?
Seguro que sí: de otro modo no la habría alumbrado usted
(¡qué dulce debe de haberle resultado concebirla!).
Observe la apenas soñada curva de sus muslos
bajo el brevísimo vestido: ¡cuán grave! ¡cuán verdadera!
Y los pechos: ¿puede haber pechos pequeños como
esos tímidos conejillos gemelos, que descansan, inquisitivos y suaves?
¿Puede alguna sutileza del arpa o articulada en acordes
ser la mitad de grave y verdadera que la que percibe él,
que ve un antiguo cuento mágico
y oye su enfundada música, cuando ella se va?
Pascagoula, junio, 1925
MIENTRAS AGONIZO (fragmento)
«Recordaba que mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto durante mucho tiempo. Y cuanto tenía que verlos día tras día, cada cual con sus pensamientos egoístas y secretos, cada cual con su sangre distinta a la de los demás y a la mía, y pensaba que al parecer era mi único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haberme engendrado. Solía estar deseando que cometieran alguna falta, para así poder zurrarles. Cuando la vara caía, podía sentirla en mi propia carne; cuando les levantaba cardenales y verdugones, era mi sangre la que corría, y a cada golpe de vara pensaba: ¡Ahora vais a saber quién soy! Ahora soy alguien en vuestras vidas secretas y egoístas, soy quien ha marcado para siempre vuestra sangre con la mía. »
POEMAS DE MISISIPI
IV
GANSOS SALVAJES
Sobre el borde del mundo, arrastrando a un suave noviembre
que, reacio, los sigue, arrastrando a las lunas del frío:
¿qué recuerdos agitan sus voces solitarias
en este polvo, antes de que fuese carne? ¿Qué antiguo e inquieto
sueño, dormido un milenio sin sobresalto,
despierta mi sangre a este punzante malestar? ¿Qué corno
les convoca? ¿He sido libre alguna vez? ¿He recorrido
sus cielos indómitos y solitarios antes de nacer?
Esta mano que moldeó mi cuerpo, que me dio la visión,
me hizo esclavo de la arcilla, a cambio de un sueldo de aliento.
Seguid, seguid, oh indómitos y solitarios: sean para mí las burlas,
y para vosotros el esplendor y la velocidad, la limpieza, de la muerte.
Sobre el borde del mundo, desde algún espléndido mediodía,
persiguiendo, y no en vano, algún alto deseo,
llenan y vacían la luna roja, agonizante,
y cruzan de nuevo, entre lágrimas, el borde del mundo.
POEMAS DEL MISISIPI
VI
Tú, que muy pronto partirás con la noche
mi día en dos, antes de que haya alcanzado su cenit,
¡qué diversión es ésta: que el durmiente se despierte
a un día que no ha buscado, que camine
breve jornada, y que lo despojes de luna y de sol?
Setenta años no han bastado aún para que conozca
-antes de que la oscuridad descienda para siempre sobre mí-
estos ríos y colinas; dame, pues, tiempo para que grabe a fuego
en mi corazón sus ocasos y amaneceres,
y devengan así inolvidables, si he de dejar de ver.
Sopla el viento, desde el mundo, contra mi mejilla
y moldea colinas inalcanzables a la vista, y me desespero.
Eres fuerte: ¡tememos y odiamos que descargues
tu poder! Oh, déjame ojos para que siga buscando,
para que aletee mi corazón por las áureas alcobas del aire.
Tú, que me alzaste del polvo y las raíces carmesíes del dolor,
y me transformaste en hoja y brote y árbol,
¡no me arrebates los ojos! Arráncame los miembros, o déjame
sin lengua, inane para el sonido; prívame del aliento,
o devuélveme mi mundo dorado.
PREÑEZ
Como el declinar secreto de una música antigua,
yacía su semilla, tibia y húmeda, en la tiniebla revuelta,
y tres estrellas frías esparcían sus añicos por el muro:
la lluvia y el fuego y la muerte coronaban su puerta.
Sus manos gemían en el pecho con un fuego flexible y ciego,
que se transformaba en luz en sus entrañas: veía su cuerpo
asolado, convertido en una lira grotesca y doliente,
él, cuya música era antes cuerdas puras y sencillas armonías.
Casadas antaño entre sí, con soñolienta timidez,
sus menudas y felices pesadumbres,
¿qué acordes futuros pueden recompensar
la sola e inviolada canción del ayer?
Tres estrellas en su corazón cuando se despierta,
igual que el sueño del invierno se interrumpe con el verdecer bajo la lluvia,
y en las profundidades de la tierra el rumor de la primavera agita,
como en su vientre, el grano cultivado y vivo.
UNA FÁBULA (fragmento)
«Es la función de todo comandante aquella de hacerse odiar por sus soldados, para que cuando acometan una orden en batalla la ejecuten con todo ese odio que reservan para tí, el odio extremo que les lleva a matar… pero nunca pude imaginar que se pudiera llegar a odiar tanto, tanto odio, que se negaran a obedecer las ordenes de un superior; no se puede odiar tanto, no es posible. »
VERANO INDIO
La cortesana ha muerto, pese a todos sus sutiles artificios;
se han soltado sus cadenas, vueltas hojas quebradizas y amargas.
Su última y sostenida mirada atrás es para ver quién se aflige
por la noche inminente hacia sus ojos vueltos.
Otra reinará, suprema, ahora que ella ha muerto
y una fina y limpia lluvia de invierno barre su alcoba,
para deleite y angustia del hombre: una eterna y siempre nueva floración
coronará su deseo y le ceñirá de guirnaldas la cabeza.
Así también el mundo, inclinado al frío y la muerte
cuando las golondrinas vacían los días azules y soñolientos,
y una limpia lluvia ahuyenta el fantasma del soplo estival…
La cortesana que ha muerto, pese a todos sus sutiles artificios…
¡La primavera llegará! ¡Regocíjate! Perdura, empero, en el aire
una antigua aflicción, acre como el humo serpenteante de las chimeneas.
(Del libro Poemas del Misisipi)
DICIEMBRE PARA ELISE
¿A dónde ha ido la primavera que conocimos juntos?
Yermas están las ramas de antaño,
pero yo he visto a tus manos apresar el tiempo invernal
y atemperar la lluvia, y volverlo amable.
Si sólo estas hojas glaucas y tristes del árbol del sueño,
si nada salvo la pena pudiera anegarme cuando la primavera se va,
cada uno de los días que gotean y acongojan dejaría de ser
un año desnudo y amargo en mi corazón.
En el invierno de mi corazón eras un árbol floreciente:
cuanto más tardaba, más dulce era la primavera;
eras el viento que la empujaba
hasta un jardín desolado.
Eras la primavera toda, y mayo y junio
verdecían, radiantes, en tu carne, pero ahora la lluvia
ensombrece los días, y han muerto el sol y la luna,
y el mundo es oscuro, oh hermosa.
(Del libro Poemas del Misisipi)
UNA RAMA VERDE
XXIII
En algún lugar florecerá una luna y no me encontrará,
y palidecerán luego los jardines sin viento del azul;
en algún lugar una herida fresca y desdeñada (pero mejor así
que olvidada hace mucho en una fértil desolación);
en algún lugar el recuerdo de una dulce boca que besar.
Quieto, tonto; quédate quieto: eso no es para ti.
ESQUILEO I, UN CUENTO DE WILLIAM FAULKNER
El viejo Jackson era tenedor de libros o algo así, y ganaba un pequeño salario con el que debía mantener una numerosa familia; quería mejorarse con un mínimo esfuerzo, como buen descendiente de una vieja familia sureña, y entonces se le ocurrió la idea de arrendar una porción de estas tierras pantanosas de Louisiana y criar ovejas en ella. Había notado que la vegetación crece mucho más deprisa en las tierras pantanosas, y entonces pensó que la lana debía crecer también más en una oveja criada en zona de pantano. Así fue como abandonó su teneduría de libros, arrendó unos centenares de acres en la ciénaga del río Tchufuncta y la pobló de ovejas, usando el dinero del tío de su mujer, que era miembro de una vieja familia aristocrática de Tennessee. Pero los animales empezaron inmediatamente a ahogarse y para evitarlo les hizo cinturones salvavidas con toneles de madera, parte de la herencia del tío de Tennessee, de modo que cuando las ovejas llegaban a aguas profundas flotaran hasta que la corriente las volviera a tierra firme. Esto resultó muy bien, aunque las ovejas siguiesen desapareciendo.
Entonces descubrió que los cocodrilos estaban devorándolas. Hizo una imitación de cuernos de venado con madera, y le puso un par a cada ovejita que nacía. Esto redujo sus pérdidas a un mínimo casi absoluto. Porque parece que la carne de venado no le gusta a los cocodrilos. Después de cierto tiempo se rompieron los salvavidas, pero por entonces las ovejas ya nadaban bastante bien, de modo que el viejo Jackson decidió que no valía la pena ponerles nuevos salvavidas. De verdad que las ovejas habían llegado a gustar del agua: la primera generación de ovejas solo salía del agua a la hora de comer… Cuando llegó la hora de la esquila, él y sus muchachos tuvieron que hacer el rodeo con botes; para la próxima esquila estas ovejas ya no salían del agua ni para comer; entonces él y sus muchachos andaban con los botes y ponían comederos flotantes para que se alimentaran.
La nueva generación de ovejas sabía incluso zambullirse. Ya no veían ni una en tierra; solo sus cabezas nadando entre los riachos. Finalmente llegó otra esquila. El viejo Jackson trató de agarrar una oveja, pero el animal nadaba más deprisa de lo que él podía remar, y las más jóvenes se zambullían bajo el agua y desaparecían. Así que finalmente tuvieron que pedir prestada una lancha de motor, y cuando por fin consiguieron fatigar a una de las ovejas y la agarraron y la sacaron del agua, observaron que solo en la parte superior del lomo tenía lana: el resto del cuerpo tenía escamas como el de un pez. Cuando sacaron a un corderito con un gancho de cazar caimanes, descubrieron que su cola se había ensanchado y aplastado como la de un castor y que ya no tenía patas.
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

