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209. Poesía más Poesía: Jorge Teillier

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BIOGRAFÍA DE JORGE TEILLIER

“Eso fue la felicidad: dibujar en la escarcha figuras sin sentido”. Jorge Teillier

“La poesía es la verdadera vida”, verdad que puede ser vivida en la tranquilidad de la aldea o en el bullicio de los bares, en la soledad de los bosques sureños o de los solitarios domingos urbanos mirando los últimos reflejos del sol en los vidrios”.

Jorge Teillier

Jorge Octavio Teillier Sandoval nació en la comuna de Lautaro, actual región de la Araucanía, en el sur de Chile, cerca de Temuco, tierra donde se educó Neruda, el 24 de junio de 1935, cuando en otro suceso moría en un accidente aéreo cerca de Medellín Carlos Gardel. Siempre sostuvo, con cierto honor, haber nacido el día que murió Gardel. Hijo del matrimonio formado por Fernando Teillier Morín y Sara Sandoval Matus, nieto de los inmigrantes Georges Teillier Panellier (nacido en Ruffec, Charente) y de Melanie Morín, que habían llegado desde Francia décadas atrás y se asentaron en esa región del país.

Esa zona es conocida como la región de La Frontera, ya que las autoridades españolas durante la colonia determinaron que al sur del río Biobío era territorio inexpugnable, de alta peligrosidad dada la fiereza, el espíritu indómito y guerrero de los araucanos. Entre el 80 al 90% de los españoles en la conquista de América muere en la Araucanía, el actual sur de Chile.

El poeta y soldado español Alonso de Ercilla y Zúñiga los describe como orgullosos, soberbios y belicosos entre otras características en su extenso poema épico La Araucana, donde canta con emocionados versos el valor de los araucanos. De hecho, la guerra de la Araucanía duró 300 años.

Jorge Teillier junto a Fernando Teillier, Lautaro - Memoria Chilena,  Biblioteca Nacional de Chile
Jorge Teillier junto a Fernando Teillier, Lautaro. Fuente https://www.memoriachilena.cl/

De ahí proviene Jorge Teillier. Su abuelo paterno era francés, venía de Burdeos y tomó residencia en esta región. Quizá por aquella sangre que en cierta medida corría por sus venas, Teillier siempre admiró a aquel loco de Orelie Antoine, que fue un aventurero francés que se hizo proclamar rey por los araucanos en 1861 cuando Chile ya poseía su independencia de España, el cual fue apresado y expulsado del país por las autoridades chilenas de la época.

Siempre habló de su tío abuelo Jorge, razón por la cual él llevaba su nombre, un francés que había participado en la Primera Guerra Mundial, que bebía vinos de buena cepa y narraba sus hazañas con lujos de detalles.
Su infancia transcurrió en el sur de Chile, en la Araucanía. Desde temprana edad —coincidente cronológicamente con la Segunda Guerra Mundial—, la vida cotidiana de Teillier estuvo marcada por el contacto directo con la naturaleza y una forma de entender la tradición capaz de articular en un mismo enfoque rasgos culturales, sociales e históricos chilenos, franceses y mapuches. A la ascendencia francesa de Teillier se acopló la tradición mapuche y prontamente, a través de la literatura, un sentido aún más universal.
Dijo Teillier: «No recuerdo haber intentado escribir poema alguno hasta los doce años de edad. La poesía me parecía algo perteneciente a otro mundo y prefería leer en prosa. Leía como si me hubiesen dado cuerda». ​ Pese a ello, desde los 12 años escribía prosa y poesía. Fue a los 16, en la ciudad de Victoria, donde escribió, su “primer poema verdadero”, esto quiere decir —explica Teillier—, “el primero que vi, con incomparable sorpresa, como escrito por otro”.4​ Gran parte de los poemas que componen su primer libro, Para ángeles y gorriones (1956), nacieron “sobre el pupitre del liceo”.

1407 - Poesia Online
Pablo Neruda y Jorge Teillier

En 1953, con 18 años de edad, Teillier emprendió viaje a Santiago para cursar estudios superiores: ingresa en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile a estudiar Historia, haciendo latente su constante vocación por rescatar la tradición, y con ella alimentar su creación poética. Tiempo después fue director del Boletín de la misma universidad, órgano de gran prestigio en el medio literario e intelectual chileno, cargo que abandonó voluntariamente años después cuando las Fuerzas Armadas derrocaron violentamente al presidente constitucional de la República, Salvador Allende.
En 1955 El poeta se casó joven con Sibila Arredondo Ladrón de Guevara, cuya madre era la escritora Matilde Ladrón de Guevara. Tuvieron como en los cuentos de hadas unos años felices y dos hijos Carolina y Sebastián.

En Sobre el mundo que verdaderamente habito, recuerda Teillier que:
Cuando como todo provinciano debí hacer el viaje bautismal de hollín de trenes de entonces a Santiago, atravesando la noche como en un vientre materno hasta asomarse a la lívida madrugada de boca amarga de la Estación Central. Por esos años el héroe poético de mi generación era Pablo Neruda, que perseguido por el Traidor se dejaba crecer barba y atravesaba a caballo la Cordillera y desde México lamentaba que los jóvenes no leyeran Residencia en la tierra y llamaba a cantar con palabras sencillas al hombre sencillo y en nombre del realismo socialista convocaba a los poetas a construir el socialismo. Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo sentimentalmente sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación y mis primeros amigos poetas fueron los que en ese entonces seguían el ejemplo de Neruda y luchaban por la Paz y escribían poesía social. Pero yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirme. Fácilmente podía ser entonces tratado de poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano (no quiero decir ciudadano elector, por supuesto) tiene derecho a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o cemento. Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. ​

A un viejo púgil (De Jorge Teillier)

Teillier no tardaría en hacerse de un nombre en la escena santiaguina, lo que en buena parte posibilitó la publicación de su primer poemario, que fue bien acogido por la crítica especializada de la época y recibió elogiosos comentarios por parte de Alone, quien destacó la simpleza de su poesía, no carente de profundidad.
En dicho contexto, Teillier conocerá a muchos autores de la generación del 50 y 80, como a los poetas Francisco Véjar, Braulio Arenas, Rolando Cárdenas, Enrique Lihn o el novelista Enrique Lafourcade. También desarrolló un gran vínculo de amistad con Lorenzo Peirano, de la denominada promoción de escritores Post-87.

Después del golpe de Estado del 11 de septiembre, Teillier siguió fiel a su credo, aunque no se puede negar, como señala Marcelo Quiñones, que aparecen “símbolos o signos de indicios” que nos remiten “al drama que por diecisiete años vivieron algunos chilenos. Es verdad que con el correr de los años, el poeta fue acentuando o hizo más ostensible el tono autobiográfico de su poesía, esas pequeñas confesiones como ‘la noche es mi mejor amiga’ o ‘es mejor morir de vino que de tedio’. Pero es igualmente efectivo que la compulsiva situación que vivió Chile bajo la dictadura fue determinante para que esta poesía tan genuina —en la que más de una vez asoman las ‘sombras de los amigos muertos’—, diga en tono desacostumbrado que ‘el único país donde me siento extranjero es mi país’ o que ‘vivo en un tiempo en que mandan los padrastros'”.

Sobre el golpe militar, Jorge Teillier dijo:

El golpe me afectó anímicamente porque mi padre, (don Fernando fue Gobernador de Lautaro durante el período de la Unidad Popular en Chile) entre otras cosas, fue condenado a muerte, pero logró huir. Mis hijos estuvieron en el exilio. La mayor parte de mis amigos tuvieron que partir al extranjero o quedaron cesantes… Yo me quedé en Chile, en una atmósfera bastante pesada. No me persiguieron, pero se sentía en el aire que era otra respiración que la de los años 60. Pero en mi poesía no influyó mayormente. ​

Si bien simpatizaba con ideas de izquierda y con Salvador Allende, Jorge Teillier se mantuvo ajeno a vinculaciones con el poder político. ​ Sobre el triunfo de la Unidad Popular, señaló:
Me gustó ir a mi pueblo en la hora del triunfo. Se respira un aire nuevo hasta en las ramadas donde se cantaba Venceremos. Un aire nuevo que no soportan los momios que hablan de irse al extranjero, amenazan de muerte a los dirigentes locales de la Unidad Popular. Claro, no se pueden conformar con un mundo nuevo en donde, entre otras cosas, no puedan darle leche a los chanchos como lo hacen ahora, antes de venderla a un precio justo. Había un aire nuevo. Nuevo como la sangre bullente de las manzanas en la chicha con la cual bebimos este Dieciocho con los viejos amigos que esperaron y lucharon 18 años por el triunfo de Allende y la Unidad Popular.

casa monumento poeta
 La casa donde creció Jorge Teillier (1935-1996) fue declarada Monumento Histórico ,ubicada en el casco histórico de la comuna de Lautaro.

Tenía un hermano también escritor de cuentos, novelas y relatos que se llamaba Iván Teillier.
Le interesaba enormemente la botánica y el esoterismo, donde siempre el misterio le hacía sonreír. Teillier en una época fue el favorito de Neruda aunque eludió hábilmente ese honor. Años después, ya muerto Neruda, declara en una entrevista que Pablo Neruda era un poeta de cortes y él lo contrario, un poeta del silencio, que le debía más a los bosques, a las aguas, a los ríos, que al Partido.

Admiraba a Sergei Esenin, a Paul Verlaine, a René Char, a Georg Trakl, a Heinrich Heine, de cuya obra extrajo un verso para titular su primer libro, Para ángeles y gorriones, a Lewis Carroll, a Dylan Thomas, al cubano Eliseo Diego y a varios otros, a Rilke, a Pavese.

Nunca a autores por ser militantes del partido que fuesen, derechas o izquierdas, sino a poetas comprometidos con la poesía, con el hombre, con la belleza (aunque esta sea amarga).

Alejandra Basualto y el poeta Jorge Teillier.

Decidió no recibir periodistas. Cerrar las puertas. Desechar los quince minutos, los famosos quince minutos de gloria a los cuales se refería Andy Warhol, la fama, ese asunto de vanagloria. El éxito siempre a Jorge Teillier le pareció algo casi vulgar, aunque el orgullo de ser poeta tocado con la vara de los dioses fue más que suficiente en él, soberbio ante los desconocidos, un poco creído para los detractores. Para muchos un selectivo.

Teillier sostenía que un iluminado de “Cabildo”, la tierra última de él, le había revelado que poseía un ángel de la guarda andrajoso pero sumamente poderoso. Subentendiendo el poeta que no debería preocuparse demasiado de las cosas mundanas, dejaba pasar las horas observando los detalles de los días.

Así como se ha sostenido que Parra es la antítesis de Neruda, se puede afirmar que Teillier es la antítesis de Parra. El poeta de Lautaro rechaza de plano la figura del antipoeta como modelo para sus congéneres. Dice en los versos dedicados a René Guy Cadou que la poesía no se escribe “con el pobre humor / de los que quieren llamar la atención / con bromas de payasos pretenciosos”.

Jorge Teillier busca formular una estética alternativa, sin pretensiones hegemónicas. La llama “poesía lárica”. No pretende ejercer un liderazgo; sólo desea poner de relieve un hecho que ya existe.

La concepción de la poesía propuesta por Jorge Teillier oscila entre estas dos variantes. Por una parte está impregnada por el deseo del poeta de configurar un espacio propio, de carácter mítico, relacionado con un modo de vivir particular, aquel que alude a la idea del “lar”, al lugar del tiempo perdido, y a la empresa de recuperarlo en la poesía, a través de ciertos íconos recurrentes, como el sur de Chile, los bosques pluviosos y mágicos, los trenes que se pierden en la bruma, los pequeños fantasmas familiares. Por otra, subyace la idea de la soledad urbana, los bares y los marginados boxeadores, la bohemia y ese “gastar los codos en todos los mesones” que le haría tan conocido entre sus lectores. Constante resulta además una cierta noción de desencanto en su poesía, la que, unida a otras características epocales nos revelará a un poeta perteneciente a un grupo generacional bastante influyente en la literatura nacional, la Generación literaria de 1950.
Jorge Teillier permaneció en Chile los 17 años de dictadura, y más de una vez tuvo el coraje de criticarla en términos como los siguientes: “Acuérdate que estamos en un tiempo donde se habla en voz baja”.

O: “Aprende a portarte bien / en un país donde la delación será una virtud”. Es el mismo poeta cuyas convicciones “progresistas” fueron cuestionadas en 1971, en pleno auge de la literatura comprometida, porque escribió lo siguiente: “La poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano tiene derecho a elegir la lucha, a la torre de marfil o de cemento”. Este poeta criticado por su supuesta falta de compromiso, es el mismo que en Cartas para reinas de otras primaveras, publicado en Chile en 1985, en pleno gobierno militar, dice: “Un día / te escribiré una carta / Un día / cuando todos los sobres sean transparentes / y los hermanos y parientes no sean condenados a morir en el exilio / y todos vivamos en nuestro verdadero país”.

Acerca de las cartas de Jorge Teillier al poeta peruano Juan Cristóbal. -  Cultura | Fundación Neruda
Jorge Teillier junto al poeta peruano Juan Cristóbal.

En los últimos diez años de su vida no le interesó viajar. Decía que un viaje a La Ligua (pequeña ciudad al norte de Santiago) ya era suficiente para él. No le interesó ni siquiera viajar a congresos, se lo vio arrojar al basurero invitaciones y pasajes a Suecia y a la India.

A lo largo de su trayectoria literaria recibió numerosos galardones, incluido el Premio Anguita 1993, concedido por la Editorial Universitaria al poeta vivo más importante de Chile que no hubiese conseguido el Premio Nacional de Literatura.

Su producción literaria comenzó en 1956 con Para ángeles y gorriones, al que siguieron Los trenes de la noche y otros poemas en 1964, Poemas secretos en 1965 y Muertes y maravillas en 1971.
No obstante, es reconocida también su labor como traductor, de la que destaca su traducción de La confesión de un granuja de Sergei Esenin.

Como cuentista, recibió el Premio Estímulo de la CRAV (Compañía de refinería de azúcar de Viña del Mar) por “Las persianas“; y como colaborador en diversos diarios y revistas nacionales.

Además, impulsado por el afán de dar a conocer la poesía chilena olvidada por el canon, en 1962 publicó “Romeo Murga: Poeta adolescente” y un año más tarde fundó la revista Orfeo junto a Jorge Vélez.
En mayo de 1965, movido por aquel impulso de configurar aquel espacio mítico antes mencionado, publicó “Los poetas de los lares“, ensayo en el que revisa la obra de todo un grupo de poetas que centraron su obra en la provincia, la infancia y el respeto por las tradiciones, inaugurando una importante vertiente de la poesía nacional, la poesía lárica o de los lares.

el poeta en una calle - Poesia Online

Sus obras han sido traducidas al francés, italiano, sueco, ruso, polaco, alemán y portugués; y cuenta con dos colecciones bilingües: In order to talk with the Dead y From the country of Never-more. (Para hablar con los muertos- Del país del nunca más).

Jorge Teillier] [fotografía]. - Biblioteca Nacional Digital de Chile
Jorge Teillier junto a su nieto en la casa de La Ligua, año 1982. Fuente: bibliotecanacionaldigital.gob.cl

Sobre sus obras, el mismo Teillier escribió:

Creo que todos mis libros forman un solo libro, publicado en forma fragmentaria, a excepción de Crónica del forastero. Me parece que difícilmente uno tiene más de un poema que escribir en su vida. Hay varias tendencias en mis libros que van de Para ángeles y gorriones (1956) hasta Poemas del País de Nunca Jamás (1963); una descriptiva del paisaje visto como un signo que esconde otra realidad (como en los poemas El aromo o Molino de madera), otra como la historia de un personaje contada con un marco de referencia que es siempre la aldea (así en Historia de hijos pródigos), otra como el afrontar el problema del paso del tiempo, de la muerte que subyace en nosotros revelada como el fuego revela la tinta invisible por medio de la palabra (los poemas Domingo a domingo u Otoño secreto). En este sentido quiero hacer destacar que para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer.

13 horas, un suspiro de la eternidad (Mi encuentro con el poeta Jorge  Teillier) – EL VIAJE DE RAKAR (Sobre el Vagabundaje y la Fotografía)

Últimos años:

Los últimos años de vida de Teillier los pasa en Cabildo, en el sector denominado El Molino de Ingenio, donde vivía desde 1987 con la pintora y escultora Cristina Wenke, su compañera desde 1972. Aquejado de cirrosis hepática, falleció el 22 de abril de 1996, a la edad de 60 años en el Hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar. Sus restos mortales fueron sepultados en el cementerio parroquial de La Ligua.

22 de abril
Con Cristina Wenke.

Premios y reconocimientos:

Premio Canto a la Reina de la Primavera de Victoria
Premio de Federación de Estudiantes de Chile 1954, por el cuento Manzanas en la lluvia (con Manuel Rojas y José Santos González Vera como miembros del jurado)
Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile 1958 por El cielo cae con las hojas
Primer Premio del Concurso Gabriela Mistral 1960 por Los conjuros (esta obra será publicada en 1961 con el título de El árbol de la memoria)
Premio Municipal de Literatura de Santiago 1961, categoría poesía, por El árbol de la memoria
Premio CRAV 1964 por Crónicas del forastero
Premio Conmemoración del Sesquicentenario de la Bandera Nacional 1967
Primer Premio de los Juegos Florales 1976 de la revista Paula
Premio Eduardo Anguita 1993
Premio Mejores Obras Literarias Publicadas 1994 por El molino y la higuera (Consejo Nacional del Libro y la Lectura)

Poemarios:

  • Para ángeles y gorriones, Ediciones Puelche, Santiago, 1956 (descargable desde Memoria Chilena; reeditado: 1995)
  • El cielo cae con las hojas, Ediciones Alerce, Santiago, 1958
  • El árbol de la memoria, Arancibia Hermanos, Santiago, 1961
  • Los trenes de la noche y otros poemas, Revista Mapocho, 1961 (descargable desde Memoria Chilena)
  • Poemas del País de Nunca Jamás, colección El Viento en la Llama, dirigida por Armando Menedín, 1963
  • Poemas secretos, Ediciones de los Anales de la Universidad de Chile, separata, 1965 (descargable desde Memoria Chilena)
  • Crónica del forastero, Impreso por Arancibia Hermanos, Santiago, 1968
  • Muertes y maravillas, antología, Editorial Universitaria, 1971 (reeditado: 2005 y en 2011 por Ediciones Universidad Diego Portales)
  • Para un pueblo fantasma, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1978 (reeditado: 2005)
  • La isla del tesoro; poemario epistolar escrito al alimón con el poeta peruano Juan Cristóbal, Lima, 1982 (reedición aumentada: Editorial Dolmen, 1996; tercera edición definitiva, Descontexto Editores, 2013)
  • Cartas para reinas de otras primaveras, Ediciones Manieristas, Santiago, 1985
  • El molino y la higuera, Ediciones del Azafrán, Santiago, 1993
  • Hotel Nube, Ediciones LAR, Concepción, 1996
  • En el mudo corazón del bosque, Editorial Fondo de Cultura Económica, 1997

Otras publicaciones:

  • La confesión de un granuja, traducción con Gabriel Barra del libro del poeta ruso Serguéi Yesenin, Editorial Universitaria, 1973
  • Los dominios perdidos, antología, selección de Erwin Díaz; Fondo de Cultura Económica, Santiago, 1992 (reediciones: 1994, 2007)
  • Le petit Teillier illustré, con dibujos de Germán Arestizábal, Ediciones El Kultrún, 1993 (reeditada por Ediciones Grillom, 2011, junto con Los trenes que no has de beber)
  • La invención de Chile, con Armando Roa Vidal, Editorial Universitaria, 1994 (reeditada por el Fondo de Cultura Económica, 2011)
  • Los trenes que no has de beber, con ilustraciones de Germán Arestizábal; primera edición en El Salvador (segunda en Chile, 1994; tercera: Ediciones Grillom, 2011)
  • Poesía universal traducida por poetas chilenos, Editorial Universitaria, 1996
  • Prosas, selección de Ana Traverso, Editorial Sudamericana, Santiago, 1999
  • Entrevistas, 1962-1996, recopiladas por Daniel Fuenzalida, Quid Ediciones, 2001
  • Lo soñé o fue verdad, Editorial Universitaria, 2003
  • Confieso que he bebido, crónicas del buen comer, antología de artículos, 2011
  • Nostalgia de la tierra, antología crítica, biografía y ensayo a cargo de Juan Carlos Villavicencio, Ediciones Cátedra, Madrid, 2013
  • Libro de homenajes, antología de Juan Carlos Villavicencio (poemas, y traducciones o versiones hechas por Teillier), Descontexto Editores, Santiago de Chile, 2015
  • Nostalgia del futuro, biografía del poeta Jorge Teillier por Luis Marín y Carlos Valverde, Del Aire Editores, Santiago, 2015

Antologías en inglés:

  • In Order to Talk with the Death, traducción de Carolyne Wright, Ed. University of Texas Press, 1993
  • From the Country of Nevermore, traducción de Mary Crow, Ed. Wesleyan University Press, 1990
  • Antologías póstumas
  • Jorge Teillier, el poeta de la lluvia, selección y prólogo de Miguel Ruiz; Editorial Platero, Santiago de Chile, 1996
  • Crónicas del forastero, Editorial Colihue, Buenos Aires, 1999
  • El árbol de la memoria, Editorial Signos, Madrid, 2000
  • Morada irreal, edición facsimilar a cargo de Ediciones DIBAM / LOM, Santiago de Chile, 2000
  • Cuando todos se vayan, El Quirófano Ediciones, Quito, 2002
  • Jorge Teillier. Poemas ilustrados, selección de Cristóbal Joannon e ilustraciones de Francisco Javier Olea. Editorial Amanuta, Santiago de Chile, 2011
  • Jorge Teillier en seis puntos, selección de Sebastián y Carolina Teillier. Presentación y coordinación de Carlos Valverde. Adaptación Braille e imagen táctil: Centro de Cartografía Táctil CECAT-UTEM. Santiago de Chile, 2017
  • Poemas de la realidad secreta, selección de Francisco Véjar; Visor, Madrid, 2019
  • Reediciones
  • Poemas del País de Nunca Jamás – Crónica del forastero, Libros completos, Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2003
  • El cielo cae con las hojas – El árbol de la memoria – Los trenes de la noche, Libros completos, Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2004
  • Para un pueblo fantasma – Cartas para reinas de otras primaveras – El molino y la higuera, Libros completos, Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2009
  • Poemas del País de Nunca Jamás / Para un pueblo fantasma, Ediciones Sin Fin, Barcelona, 2016
  • Estudios sobre su obra
  • Juan Carlos Villavicencio. Nostalgia de la Tierra, biografía y ensayo, Ediciones Cátedra, Madrid, 2013
  • Teresa R. Stojkov. Jorge Teillier, Poet of the Hearth, Bucknell University Press, 2002
  • Hernán Ortega Parada. Jorge Teillier, arquitectura del escritor, LOM / Fondo del Libro, Santiago, 2004
  • Niall Binns. La poesía de Jorge Teillier, Ediciones LAR, Concepción, 2004
  • Patricia García V. Retratos de Jorge Teillier: fotografías y testimonios, Ediciones Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes, Santiago, 2006
  • Jaime Quezada. Por un tiempo de arraigo, LOM, Santiago, 1996
  • Opiniones de contemporáneos
  • Pablo Neruda: «después de Poemas del País de Nunca Jamás (1963), Teillier podría sentarse a esperar tranquilamente el aplauso de la posteridad».
  • Roberto Bolaño: «Amo la poesía de Jorge Teillier. Sobre todo cuando dice: treinta años antes/Treinta años después/‘Esto no puede ser sino el fin del mundo. Adelante!’/Que el viento y la esperanza siempre estén con nosotros».
  • Raúl Zurita: «Es tarde, y en un sur imaginario donde todos hemos estado alguna vez juntos; Teillier, los viejos amigos, el poeta del pueblo, los extraviados, escuchamos el sonido de un lenguaje que es más profundo que lo humano, que es más vasto y más hondo que las cosas que podemos decir ahora».

POEMAS DE JORGE TEILLER

La tierra de la noche

                               Abrir una ventana es como abrirse una vena.
                                                                                            Boris Pasternak

No hablemos.
Es mejor abrir las ventanas mudas
desde la muerte de la hermana mayor.
La voz de la hierba hace callar la noche:
«Hace un mes no llueve».
Nidos vacíos caen desde la enredadera.
Los cerezos se apagan como añejas canciones.
Este mes será de los muertos.
Este mes será del espectro
de la luna de verano.

Sigue brillando, luna de verano.
Reviven los escalones de piedra
gastados por los pasos de los antepasados.
Los murciélagos no dejan de chillar
entre los muros ruinosos de la Cervecería.
El azadón roto
espera tierra fresca de nuevas tumbas.
Y nosotros no debemos hablar
cuando la luna brilla
más blanca y despiadada que los huesos de los muertos.

Sigue brillando, luna de verano.

                          De "El cielo cae con las hojas" 1958

 Puente en el sur

Ayer he recordado un día de claro invierno. He recordado
un puente sobre el río, un río robándole azul al cielo.
Mi amor era menos que nada en ese puente. Una naranja
hundiéndose en las aguas, una voz que no sabe a quién llama,
una gaviota cuyo brillo se deshizo entre los pinos.
Ayer he recordado que no se es nadie sobre un puente
cuando el invierno sueña con la claridad de otra estación,
y se quiere ser una hoja inmóvil en el sueño del invierno,
y el amor es menos que una naranja perdiéndose en las aguas,
menos que una gaviota cuya luz se extingue entre los pinos.

                                        De "Ángeles y gorriones"  1956

 
Sentados frente al fuego que envejece

Sentados frente al fuego que envejece
miro su rostro sin decir palabra.
Miro el jarro de greda donde aún queda vino,
miro nuestras sombras movidas por las llamas.

Ésta es la misma estación que descubrimos juntos,
a pesar de su rostro frente al fuego,
y de nuestras sombras movidas por las llamas.
Quizás si yo pudiera encontrar una palabra.

Ésta es la misma estación que descubrimos juntos:
aún cae una gotera, brilla el cerezo tras la lluvia.
Pero nuestras sombras movidas por las llamas
viven más que nosotros.

Sí, ésta es la misma estación que descubrimos juntos:
-Yo llenaba esas manos de cerezas, esas
manos llenaban mi vaso de vino-.
Ella mira el fuego que envejece.

                                      De "Ángeles y gorriones"  1956 

4-Con el sol de los avellanos

No creí nunca
Que vería brillar de nuevo a Venus
Sobre los techos lejanos del Regimiento
Ni que en la mañana
Reverdecieran los pasos de la infancia
Bajo esos pinos donde las ovejas lamen tiernamente el sol,
Ni que una voz adolescente
Me preguntara cómo se llaman las estrellas
A las que nunca me he preocupado de dar nombre.
 
Tú eres el mediodía misterioso
Del silencio de parque
Donde vemos luchar a un niño hace años con un ganso,
Allí el sol al abandonar los avellanos
Nos deja los relatos
De los muertos que amamos
Y se me reveló tu presencia
Con el mismo resplandor
Del hacha con que el amigo corta leña.
 
Alguien pasa silbando
Una canción que habla de nosotros.
Nunca me has preguntado qué será de nosotros:
Sólo me has preguntado el nombre de una estrella.
 
Junto a ti he sido quien debiera haber sido.

Cuando yo no era poeta

Cuando yo no era poeta
por broma dije que lo era.

Yo no había escrito ningún verso
pero admiraba el sombrero alón
del poeta del pueblo.

Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Ella me preguntó si de verdad era poeta.
Ella tenía catorce años.

Esa vez llevaba un ramo de ilusiones.
Después una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor,
yo le pregunte el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme.

Ella había traducido para mí poemas de Ferdinand von Saar.
Yo no le dí nada a cambio.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.

Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.

Cuando salí la hallé en la plaza y no me saludó.
Volví a mi casa y escribí mi primer poema.

El viento de los locos

Sopla el viento por las calles.
El viento de los locos.
El viento de los locos.
Las brujas
hacen que enciendas fuego en la chimenea
al mediodía del pleno verano,
los niños descalzos abandonan en el atajo sus morrales de piel de conejo
y no volverán más a la escuela.
Tú ya no distingues una garza de un halcón.

Esta noche
sopla el viento norte,
el viento de los locos
y tú recuerdas a las bellas de otros días
que ahora se pasean insomnes
por los corredores de tristes pensiones
sin siquiera pensar en hacer el amor:
María, Ana María, Mariana, María Antonia.

Nadie te va a mostrar como florece la higuera.
Ninguna niña te llevará de la mano
para que despiertes junto a las pimpinelas.
Nadie puede ayudarte:
ni el canto de los escarabajos ni la brújula de los girasoles.
El viento te lleva a una isla desierta
donde nunca llegará un arca ni construirás una canoa.

Sopla el viento de los locos
y hace que tu cerebro se llene de agujeros
por donde entra el vino
que te hace soñar en trenes de los cuales eres el único pasajero
que parte hacia lugares
donde cuchillos y tijeras trabajan todo el día en tu corazón.

7- Cuento sobre una rama de mirto

Había una vez una muchacha
que amaba dormir en el lecho de un río.
Y sin temor paseaba por el bosque,
porque llevaba en la mano
una jaula con un grillo guardián.

Para esperarla yo me convertía
en la casa de madera de sus antepasados
alzada a orillas de un brumoso lago.
Las puertas y las ventanas siempre estaban abiertas
pero sólo nos visitaba su primo el Porquerizo
que nos traía de regalos
perezosos gatos
que a veces abrían sus ojos
para que viéramos pasar por sus pupilas
cortejos de bodas campesinas.
El sacerdote había muerto,
y todo ramo de mirto se marchitaba.

Teníamos tres hijas
descalzas y silenciosas como la belladona.
Todas las mañanas recogían helechos
y nos hablaron sólo para decirnos
que un jinete las llevaría
a ciudades cuyo nombre nunca conoceríamos.

Pero nos revelaron el conjuro
con el cual las abejas
sabrían que éramos sus amos
y el molino
nos daría trigo
sin permiso del viento.

Nosotros esperamos a nuestros hijos
crueles y fascinantes
como halcones en el puño del cazador.

Bajo el cielo nacido tras la lluvia

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
 
O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: «álamos», «tejados».
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.
 
Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.
 
Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.

Edad de oro

Un día u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será siempre joven
al reflejo de la luz antigua en la ventana,
y el padre hallará en la despensa la linterna
para buscar en el patio
la navaja extraviada.
No sabremos
si la caja de la música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás –sin sorpresa–
el atlas sobre el cual soñaste con extraños países,
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la lluvia.
Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada
de personas que nunca han existido,
y nos saludaremos sonriendo apenas
pues todavía creemos estar vivos.

Para hablar con los muertos

Para hablar con los muertos
hay que elegir las palabras
que ellos reconozcan tan fácilmente
como sus manos
reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.
Palabras claras y tranquilas
como el agua del torrente domesticada en la copa
o las sillas ordenadas por la madre
después que se han ido los invitados.
Palabras que la moche acoja
como a los fuegos fatuos los pantanos.
Para hablar con los muertos
hay que saber esperar:
ellos son miedosos
como los primeros pasos de un niño.
Pero si tenemos paciencia
un día nos responderán
con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,
con una llama de súbito reanimada en la chimenea,
con un regreso oscuro de pájaros
frente a la mirada de una muchacha
que aguarda inmóvil en el umbral.

Pequeña confesión blue

Veré nuevos rostros
Veré nuevos días
Seré olvidado
Tendré recuerdos
Veré salir el sol cuando sale el sol
Veré caer la lluvia cuando llueve
Me pasearé sin asunto
De un lado a otro
Aburriré a medio mundo
Contando la misma historia
Me sentaré a escribir una carta
Que no me interesa enviar
O a mirar a los niños
En los parques de juego.
Siempre llegaré al mismo puente
A mirar el mismo río
Iré a ver películas tontas
Abriré los brazos para abrazar el vacío
Tomaré vino si me ofrecen vino
Tomaré agua si me ofrecen agua
Y me engañaré diciendo:
«Vendrán nuevos rostros
Vendrán nuevos días».

Imitando a un fantasista

¿Para qué buscar la gloria, tonta etiqueta
o publicar versos en absurdas revistas?
Las estrofas que un día dejó fluir mi mente
las comprarán por nada los libreros de viejo
y cual vuelo de becasinas se irán mis dedicatorias.
Pero, por lo menos, alguna hoja servirá
para que un niño fabrique débiles barquitos
o una pareja de amantes antes de subir a un hotel
lea un poema mío comprado en liquidación.

Otoño secreto

Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y ha sido falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen,
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor,
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.
 
Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada
por la turbia memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer:
las ramas se quiebran levemente,
el palomar se llena de aleteos,
el granero sueña otra vez con el sol,
encendemos para la fiesta
los pálidos candelabros del salón polvoriento
y el silencio nos revela el secreto
que no queríamos escuchar.

 
Cuando todos se vayan

  a Eduardo Molina Ventura
 
Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.
 
Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.

Andenes

Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar al viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras -para los parientes que te esperaban-
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.

                                De "El árbol de la memoria" 1961

Ella estuvo entre nosotros…

Ella estuvo entre nosotros
lo que el sol atrapado por un niño en un espejo.
Pero sus manos alejan los malos sueños
como las manos de la lluvia
las pesadillas de las aldeas.

Sus manos que podían dar de comer
a la noche convertida en paloma.

Era bella como encontrar
nidos de perdices en los trigales.
Bella como el delantal gastado de una madre
y las palabras que siempre hemos querido escuchar.

Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.

Sus huellas perdidas
tras una puerta herrumbrosa
cubierta de azaleas.

                                       De "El árbol de la memoria" 1961

El poeta de este mundo

a René Guy Cadou (1920-1951)
 
Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
(«Helena como una gota de rocío en tu vaso»).
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasserie Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.
 
En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.
 
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada si no permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los que quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía
es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
 
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera
mirando un cesto con manzanas.
«He visto morir a un príncipe»,
dijo uno de tus amigos.
 
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues también sabías que se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un
pájaro que cante en la más alta cima
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.

 
Sin señal de vida

¿Para qué dar señales de vida?
Apenas podría enviarte con el mozo
un mensaje en una servilleta.
 
Aunque no estés aquí.
Aunque estés a años sombra de distancia
te amo de repente
a las tres de la tarde,
la hora en que los locos
sueñan con ser espantapájaros vestidos de marineros
espantando nubes en los trigales.
 
No sé si recordarte
es un acto de desesperación o elegancia
en un mundo donde al fin
el único sacramento ha llegado a ser el suicidio.
 
Tal vez habría que cambiar la palanca del cruce
para que se descarrilen los trenes.
Hacer el amor
en el único Hotel del pueblo
para oír rechinar los molinos de agua
e interrumpir la siesta del teniente de carabineros
y del oficial del Registro Civil.
 
Si caigo preso por ebriedad o toque de queda
hazme señas de sol con tu espejo de mano
frente al cual te empolvas
como mis compañeras de tiempo de Liceo.
 
Y no te entretengas
en enseñarle palabras feas a los choroyes.
Enséñales sólo a decir Papá o Centro de Madres.
Acuérdate que estamos en un tiempo donde se habla en voz baja,
y sorber la sopa un día de Banquete de Gala
significa soñar en voz alta.
 
Qué hermoso es el tiempo de la austeridad.
Las esposas cantan felices
mientras zurcen el terno único
del marido cesante.
 
Ya nunca más correrá sangre por las calles.
Los roedores están comiendo nuestro queso
en nombre de un futuro
donde todas las cacerolas
estarán rebosantes de sopa,
y los camiones vacilarán bajo el peso del alba.
 
Aprende a portarte bien
en un país donde la delación será una virtud.
Aprende a viajar en globo
y lanza por la borda todo tu lastre:
los discos de Joan Báez, Bob Dylan, Los Quilapayún,
aprende de memoria los Quincheros y el 7o de Línea.
Olvida las enseñanzas del Niño de Chocolate, Gurdjíeff o el Grupo Arica,
quema la autobiografía de Trotzky o la de Freud
o los 20 Poemas de Amor en edición firmada y numerada por el autor.
 
Acuérdate que no me gustan las artesanías
ni dormir en una carpa en la playa.
Y nunca te hubiese querido más
que a los suplementos deportivos de los lunes.
 
Y no sigas pensando en los atardeceres en los bosques.
En mi provincia prohibieron hasta el paso de los gitanos.
 
Y ahora
voy a pedir otro jarrito de chicha con naranja
y tú
mejor enciérrate en un convento.
Estoy leyendo El Grito de Guerra del Ejército de Salvación.
Dicen que la sífilis de nuevo será incurable
y que nuestros hijos pueden soñar en ser economistas o dictadores.

En la secreta casa de la noche

Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.

Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.

Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.

El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche.

                     De "Poemas del país de nunca jamás" 1963

Los dominios perdidos

                                             A Alain Fournier

Estrellas rojas y blancas nacían de tus manos.
Era en 189… en la Chapelle d’Anguillon,
eran las estrellas eternas
del cielo de la adolescencia.

En la noche apagaste las lámparas
para que halláramos los caminos perdidos
que nos llevan hacia un laúd roto y trajes de otra época,
hacia una caballeriza ruinosa y un granero de fiesta
en donde se reúnen muchachas y ancianas que lo perdonan todo.

Pues lo que importa no es la luz que encendemos día a día,
sino la que alguna vez apagamos
para guardar la memoria secreta de la luz.
Lo que importa no es la casa de todos los días
sino aquella oculta en un recodo de los sueños.
Lo que importa no es el carruaje
sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Lo que importa no es la lluvia
sino sus recuerdos tras los ventanales del pleno verano.

Te encontramos en la última calle de una aldea sureña.
Eras un vagabundo de barba crecida con una niña en brazos,
era tu sombra -la sombra del desaparecido en 1914-
que se detenía a mirar a los niños jugar a los bandidos,
o perseguir gansos bajo una desganada llovizna,
o ayudar a sus madres a desvainar arvejas
mientras las nubes pasaban como una desconocida,
la única que de verdad nos hubiese amado.

Anochece.
Y al tañido de una campana llamando a la fiesta
se rompe la dura corteza de las apariencias.
Aparecen la casa vigilada por glicinas, una muchacha
leyendo en la glorieta bajo el piar de gorriones,
el ruido de las ruedas de un barco lejano.

La realidad secreta brillaba como un fruto maduro.
Empezaron a encender las luces de Lautaro.
Los niños entraron a sus casas.
Oímos el silbido del titiritero que te llamaba.
Tú desapareciste diciéndonos: «No hay casa, ni padres,
ni amor; sólo hay compañeros de juego».
Y apagaste todas las luces
para que viéramos brillar
para siempre las estrellas de la adolescencia
que nacieron de tus manos en un atardecer
                                de mil ochocientos noventa y tantos.

                  De "Poemas del país de nunca jamás" 1963

Si pudiera regresar

Si pudiera regresar,
recobrar la oscuridad
que sucedió al griterío de los invitados
cuando alguien apagó de un soplo
las velas de la torta de cumpleaños.
Saber por qué sigo soñando
con esa mañana de caza
y el ruido del disparo que volteaba las perdices
se mezcla al de un puñado de tierra
lanzado a un ataúd.

Si pudiera regresar
¿te encontraría más nítida
que en mi memoria fiel?
La manera de ponerte
una cinta en el pelo,
el tren donde subíamos,
la canción que silbabas
cuando preparaste desayuno:
«I walk alone».
Si pudiera regresar.

De "Poemas del país de nunca jamás" 1963

22- La portadora

Y si te amo, es porque veo en ti la Portadora,
la que, sin saberlo, trae la blanca estrella de la mañana,
el anuncio del viaje
a través de días y días trenzados como las hebras de la lluvia
cuya cabellera, como la tuya, me sigue.
Pues bien sé yo que el cuerpo no es sino una palabra más,
más allá del fatigado aliento nocturno que se mezcla,
la rama de canelo que los sueños agitan tras cada muerte que nos une,
pues bien sé yo que tú y yo no somos sino una palabra más
que terminará de pronunciarse
tras dispensarse una a otra
como los ciegos entre ellos se dispensan el vino, ese sol
que brilla para quienes nunca verán.

Y nuestros días son palabras pronunciadas por otros,
palabras que esconden palabras más grandes.
Por eso te digo tras las pálidas máscaras de estas palabras
y antes de callar para mostrar mi verdadero rostro:
«Toma mi mano. Piensa que estamos entre la multitud aturdida y satisfecha
ante las puertas infernales,
y que ante esas puertas, por un momento, llenos de compasión,
aprisionamos amor en nuestras manos
y tal vez nos será dispensado
conservar el recuerdo de una sola palabra amada
y el recuerdo de ese gesto
lo único nuestro».

                                         De "Poemas secretos" 1965

XXIII
Para qué me preguntas. Todos moriremos.

                                                                                     Eso no me ayuda.
                                                                                     No, realmente no.
                                                                                         Gunnard Ekelof

Lo que importa
es estar vivo
y entrar a la casa
en el desolado mediodía de la vida.

El río pasa recogiendo la calle polvorienta.
Los satélites artificiales pueden rodear la Tierra,
pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas.

Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al
                                                                  descargar un saco de trigo,
el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria,
escuchamos el trote de los ratones entre los sacos
                                                                  dormidos en la bodega,
y el oculto resplandor de las cosas
tiene un secreto revelado por los aromos.

Escucho el pitazo del tren
cortando en dos al pueblo.
El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas,
donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar,
el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací,
y fue fundado como un Fuerte
para defenderse de los mapuches
(todo eso era nuestro Far-West).
El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña,
y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano.

Si me pidieran recordar
algo más allá de las calles donde di los primeros pasos
no sabría mucho que decir.

Creo que he estado en otros países.
He visto día a día en las ciudades vehículos iluminados
como trasatlánticos
llevar rostros fatigados de un matadero a otro.

«La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos
cantantes y luminosos», escribió Alexander Block,
pero tal vez yo no sea de verdad un poeta.

Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo,
pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo.
Puedo rezar sin creer en Dios.
A las noticias del día
suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas
o contemplar los gorriones picoteando maravillas.
De nuevo alguien ve derrochar
los yuyos su oro al viento.

Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese,
alguien aprenderá a leer en diarios que anuncian
nuevas guerras,
alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.

Quedaré solo en un bosque de pinos.

De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos.
Podré pronunciar mi verdadero nombre.
Las puertas del bosque se abrirán,
mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales
                                                                                 que entran y salen de él,
y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme.

Debo enfrentar de nuevo al río.
Busco una moneda.
El río ha cambiado de color.
Veo sin temor
la canoa negra esperando en la orilla.

                  (Septiembre 1963 -febrero 1964, Lautaro-Santiago)
                  De "Crónica del forastero" 1968

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