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73. Poesía más Poesía: Gonzalo Rojas

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GONZALO ROJAS

BIOGRAFÍA

Nace el 20 de diciembre de 1917, en el puerto de Lebu, Chile. Leufu, “torrente hondo”, en mapuche. “Puerto marítimo y fluvial, maderero, carbonífero y espontáneo en su grisú, con mito y roquerío sube-oceánico, de mineros y cráteres -mi padre duerme ahí-; de donde viene uno con el silencio aborigen” (Nota al prólogo de Oscuro).
En 1921 muere su padre, Juan Antonio Rojas, minero del carbón en Lebu. Había recibido una sólida formación cultural de parte de su propio padre, maestro primario, nacido, como Gabriela Mistral -con quien tenía remoto parentesco, en Vicuña, en el Valle de Elqui.
 Nosotros éramos ocho hermanos y cuando murió nos dejó a cada uno algo. A mí me tocó un caballo, aunque no era el mismo caballo que usaba para ir a la mina, sino un potro muy bonito, colorado, ¡precioso! Cuando murió mi padre, todo el mundo lloraba, como es lógico. Yo miraba estas escenas de la muerte (…), pero no sufría, es decir no registré el llanto en ese momento(…). Un día me robaron el caballo y con ese despojo se me produjola mutilación real del padre. 
De su madre, Celia Pizarro, dijo el poeta: “Tuvo la virtud del silencio y eso es maravilloso. Eso sí, sabía que tenía una sensibilidad mayor, pues celebraba en mí la destreza expresiva oral y la vivacidad de la palabra. Lo hacía, riéndose, divirtiéndose, señalando la picardía, la libertad, la fuerza con que iba yo diciendo cada una de las cosas y sus aproximaciones. La dimensión imaginativa es lo que más me celebraba(…) Mi madre era fina, delicada, noble”
A pesar de la mala condición económica, en 1926 su familia se ha trasladado a Concepción. La madre reparte a los niños en diferentes colegios, procurando conseguir becas para todos ellos. Si el primer plazo de su infancia el poeta lo recuerda “abierto, gozoso, de fascinación en el mundo natural, Lebu con sus barrancos, sus ruidos, su mar, su oleaje”, el segundo plazo será para él “el de las piedras frías, sucias de Concepción”. “Mi visión de Concepción fue la de una ciudad hirsuta, terca de clima, competitiva, húmeda de un liquen invisible, mediocre. 
Ingresa a un exigente internado. En ese plazo tartamudeaba: por eso que -recuerda-, su primer trato con la escritura fueron ejercicios de traslación y sustitución de unas palabras por otras, “En el internado se nos exigía leer en alta voz, durante unos veinte minutos seguidos, encima de una silla, novelas de Jules Verne, vidas de hombres ilustres, mientras los demás comían. Imagíname allí encaramado en ese suplicio, sin poder pronunciar los vocablos que comenzaban con los fonemas p, q, t y expuestos al escarnio y a las carcajadas de mis compañeros. Entonces fue cuando se me dio el portento del gran juego verbal, en ese espacio imaginario que se me impuso por urgencia, merced al recurso de relevar unos sonidos crueles para mi asfixia, por otros, sin duda más aireados. 
A los 16 años, bajo la influencia de Rimbaud, Baudelaire y los literatos españoles del Siglo de Oro, escribe sus primeras líneas de composición poética.
En 1934 deja Concepción y parte rumbo a Iquique, en el norte de Chile, donde se reincorpora a sus estudios de secundaria. Dos años más tarde comienza a colaborar en “El Tarapacá”, periódico que transforma en tribuna para sus poemas y ensayos. Allí obtiene su primer galardón literario, al recibir un poema suyo el primer premio en Los juegos Florales. Ese mismo año, regresa a Concepción y funda la revista “Letras” en cuyas páginas publica el ensayo «Los treinta años de Pablo Neruda». Dirige la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) y su revista, Alerce.
Estudia Derecho en la Universidad de Chile, carrera que decide abandonar en el segundo año para inscribirse en el Instituto Pedagógico de la misma universidad. Con una gran vocación creativa se incorpora en 1938 al grupo surrealista chileno Mandrágora y participa activamente del quehacer literario nacional de la llamada Generación del ’38. Paralelamente, como una manera de financiar sus estudios, trabaja como inspector del Instituto Barros Arana.
En 1940, el mismo año que muere su madre, conoce a María Mackenzie, una joven de ascendencia escocesa con quien en 1942 decide dejar la capital para ir a vivir a Atacama y con quien contrae matrimonio en 1946. Su primer hijo, Rodrigo Tomás Rojas Mackenzie , nace en Vallenar.

Allí enseña a leer a los mineros del pueblo El Orito. Cuando se comprueba que no tiene libreta de matrimonio le echan del trabajo. “Entonces -dejé a María en un hotelito de Vallenar y me puse a vagar por distintos lugares, incluso por las rieles del tren, buscando trabajo. Ahí me di cuenta de que eso sí era surrealismo, eso sí que era conducta vital y proyecto imaginativo” Se va a trabajar en maderas a la isla de Puluqi, en el sur del país, en el golfo del Reloncaví.
En 1944 luego de un año en el sur, regresa a la capital Santiago y retoma sus estudios de filosofía y filología, además de trabajar en la Dirección de Informaciones y Cultura, y participar en la revista «Antártica», de la que llega a ser Jefe de Redacción. En 1945 comienza a dictar clases de literatura en el Colegio Alemán de Valparaíso.
En esa etapa de su vida, se afana en la escritura de la mayor parte de los poemas que integrarán “La miseria del hombre”, cuyo manuscrito presenta en 1946 bajo el seudónimo de Heráclito, al concurso de la Sociedad de Escritores de Chile, el cual gana. Un año después sigue trabajando en Valparaíso: de día enseña en colegios de jóvenes y en las noches en liceos nocturnos, cuyos alumnos son empleados, obreros y gente mayor. Comienza a tener conversaciones con autoridades del puerto para crear un Instituto de Enseñanza Superior que posteriormente dará origen a la Universidad de Chile de Valparaíso.
En 1948 publica La miseria del hombre, su primer libro de poemas, provocando reacciones encontradas entre los críticos oficiales.
 “Teófilo Cid me acusó de expresionista. Alone -el crítico oficial-, de catastrófico; un señor Rossel, de imitador de Campoamor; Ricardo Latcham de morbo nuevo; don Raúl Silva Castro de peligro público por lo sucio. Libertino, obseso, enfático. ‘Vociferante’, dijo Jorge Eliot, quien recién asumía cátedra crítica por esa fecha. ¡De todo, de todo! Mi Rezeptionsgeschichte fue para la risa”(Revista Babel). Más estimulante fue él acuso de recibo que de su libro le hiciera Gabriela Mistral, en carta fechada el 10 de febrero, en que le dice: “Hace una semana que tengo su libro. Me ha tomado mucho, me ha removido y, a cada paso, admirado y, a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito (…). Lo que sé, a veces, es recibir el relámpago violento de la creación efectiva, de lo genuino, y eso lo he experimentado con su precioso libro”.

Gonzalo Rojas - Wikipedia, la enciclopedia libre

En 1949 escribe uno de sus poemas más famosos, “Al silencio”.

Al silencio


Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.

En 1952, habiendo obtenido el grado de Licenciado en Filología Clásica, gana -por concurso-, las cátedras de Literatura Chilena y Teoría Literaria en el Departamento de Español de la Universidad de Concepción.
En 1953 Va a Europa por primera vez. Conoce a André Bretón. “Me pareció como que estaba reconociendo a alguien con el cual había dialogado mucho, por que el pensamiento de Bretón es un pensamiento riquísimo que nos había aumentado a nosotros cuando éramos muchachos. Así mismo hablé largo ese febrero con Benjamín Peret, el más genuino de los poetas del gran grupo surrealista”.
1955 Organiza y dirige la “Primera Escuela de Verano” de la Universidad de Concepción, bajo la rectoría de D. Enrique Molina. 1958 Organiza y preside el “Primer Encuentro Nacional de Escritores”, en el marco de la IV Escuela Internacional de Verano y en 1960 Enero: en el marco de la VI Escuela Internacional de Verano de la Universidad de Concepción, organiza y preside el “Primer Encuentro de Escritores Americanos”.
En 1959, residirá unos meses en Europa (París, Londres, Roma y Madrid); becado por la Unesco, en París se reencuentra con Hilda May, una joven que había sido su alumna en la Universidad de Concepción que luego llegará a ser su segunda esposa. De este matrimonio nace en 1964 su segundo hijo, Gonzalo Rojas-May Ortiz. Más adelante Hilda May estará a cargo de la selección de las poesías de algunas antologías de Rojas y en 1990 escribe su estudio sobre la obra de Rojas (La poesía de Gonzalo Rojas, Hiperión, Madrid, 1991).
Esta intensa actividad académica no le impide el ejercicio poético, en busca de la palabra diamantina que habitará en Contra la muerte (1964), libro celebrado unánimemente por la crítica.

paz y gonzalo rojas   palacio real de madrid 1991 - Poesia Online
Octavio Paz y Gonzalo Rojas. Palacio Real de Madrid, 1991


La estructura fundamental de su obra parece fundarse en una oposición clave, VIDA/MUERTE, en que cada término -y la oposición misma- conllevan múltiples valencias, pero cuyos sentimientos e intuición poética básicos no varían sino que van afirmándose -haciéndose, así, cabalmente precisos-, en tanto para su expresión el poeta encuentra la palabra más justa.
El objeto del pensamiento poético de Gonzalo Rojas -su “clave visionaria”, de abolengo pascaliano-, es el hombre y su destino, el hombre y su miseria . Claves temáticas e impulsos del quehacer de su poesía los constituye: una preocupación agónica por la existencia humana en todas sus direcciones.
1968 En el Congreso Internacional de la Habana, Julio Cortázar señala: estoy hablando de Gonzalo Rojas, que le devuelve a la poesía tantas cosas que le han quitado”.  En 1969, como resultado del proceso de reforma universitaria vivido en Chile el año anterior, y en el que jugó un papel muy significativo, es elegido Director del Consejo de Difusión Universitaria de la Universidad de Concepción, convirtiéndose en la tercera autoridad de esa Casa de Estudios y quién, además, estará a cargo de toda su política cultural.
Al año siguiente, en 1970, es nombrado por el Presidente de la República, Salvador Allende, Consejero Cultural en China, donde vive la etapa anterior a la Revolución Cultural, lo que le da un conocimiento directo del proceso.


En 1972 se traslada a Cuba como Encargado de Negocios, rango equivalente a Embajador, hasta el final del gobierno de Allende. En sus ratos libres solía reunirse con jóvenes poetas y en alguna oportunidad expresó: “No voy a enseñar, vamos a aprender juntos, pues nunca se termina de saber qué es la poesía». El golpe militar chileno (septiembre, 1973) lo sorprende en La Habana, no sólo la historia de su país tiene un giro violento también, su vida. Ante la caída de Allende, intenta sin éxito que le acojan en varias misiones diplomáticas de América y Europa. Finalmente, se va a Alemania Oriental junto a Hilda, su segunda esposa, donde le asignan una cátedra en la Universidad de Rostock, con el título de »Herr Professor», pero sin tarea docente alguna.
El poeta es ahora un exiliado, un “indocumentado” a quien no sólo se le ha arrebatado su rango de diplomático sino también se le ha expulsado de todas las universidades chilenas por “significar un peligro para el orden y la seguridad nacional”.
En parte a Venezuela (1975), ha sido contratado por la Universidad Simón Bolívar, allí llega con Hilda, su segunda mujer, y el hijo de ambos, Gonzalo.
Su tercer libro de poemas Oscuro (1977) se publica en Caracas, a partir de este momento su poesía escrita sin prisas, desde lo profundo comienza a leerse en todo el continente y es aplaudida sin reservas por la crítica internacional. Recibe invitaciones para leer su creación poética, dictar conferencias y cursos en universidades norteamericanas y europeas; es objeto de homenajes y sus libros comienzan a publicarse en México, Madrid y New York. Sólo publicó tres libros entre 1948 y 1977.

Fotografía en blanco y negro de Rojas de pie en la calle, con otros tres hombres y una mujer.
(De izquierda a derecha) Francisco Matos Paoli, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Emilio Adolfo Westphalen y Gonzalo Rojas, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1991.

Publicará periódicamente poemarios y antologías, en total más de 50 libros. Su poesía, inicialmente catalogada de expresionista por algunos, recoge, según él mismo ha manifestado, influencias del surrealismo (aunque él no se consideraba surrealista), de los poetas clásicos greco-latinos y de los poetas místicos españoles.
Regresa a Chile en 1979, haciendo uso de la beca Guggeheim, sabe que las puertas de las universidades permanecerán cerradas, pero aún así elige Chillán, 400 kilómetros al sur de la capital, como lugar de residencia permanente; desde allí se desplazará a universidades de Alemania, Estados Unidos, México y España.
En 1990 es nombrado Profesor Emérito de la Universidad de Concepción, permaneciendo definitivamente en Chile.  Al año siguiente obtiene la misma distinción de la Universidad Brigham Young. En 1998 es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Andrés Bello, de la que es Profesor Titular; en 2001 las universidades de Concepción y del Bío Bio le entregan la misma distinción.
Considerado uno de los más grandes poetas iberoamericanos del siglo XX, fue distinguido con importantes galardones y a lo largo de su vida recibió más de veinte Doctorados Honoris Causa de universidades latinoamericanas, europeas y norteamericanas.

GONZALO ROJAS: DE LA REPETICIÓN Y DEL RELÁMPAGO - Biblioteca Nacional
Junto a los reyes de España recibiendo el Premio Cervantes en 2003.


Entre los galardones más destacados que le fueran conferidos se encuentra la primera versión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992), cuyo jurado estaba compuesto por Octavio Paz, Álvaro Mutis, José Hierro y Fernando Lázaro Carreter. Ese mismo año recibe el Premio Nacional de Literatura de Chile, en 1997 le conceden el Premio José Hernández, la más alta distinción literaria de Argentina, en 1998, en México, el Premio Octavio Paz de poesía y ensayo y en 2003 se anuncia en Madrid que le ha sido otorgado el Premio Miguel de Cervantes de literatura, máximo reconocimiento de la lengua española.
Su poesía está traducida a varios idiomas: alemán, chino, francés, griego, inglés, italiano, japonés, portugués, rumano, ruso, sueco, polaco, turco, árabe e hindi.

La Jornada: Desfilan centenares ante el féretro de Gonzalo Rojas

Muere en la madrugada del 25 de abril de 2010 a la edad de 94 años.

Algunos premios y reconocimientos:

Premio Concurso SECH 1946, poesía inédita, por La miseria del hombre.
Beca Unesco para escritores, que lo llevó a residir varios meses en Europa (1959).
Premio Atenea en 1964 por Contra la muerte
Premio Municipal de Literatura de Santiago 1965 por Contra la muerte
Beca Guggenheim (1979)
Beca del DAAD ( Alemania ),
Premio Nacional de Literatura de Chile 1992
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 1992
Ciudadano Ilustre de Concepción (1993)
Medalla de la Universidad de Valparaíso (1994)
Medalla de Distinción Honorífica de la Universidad de Playa Ancha (1994)
Hijo Ilustre de Valparaíso (1995)
Premio José Hernández
Premio de poesía y ensayo Octavio Paz 1998 (México)
Premio José Hernández 1997 (Argentina)
Premio Altazor 2001 por ¿Qué se ama cuando se ama
Premio Cervantes 2003 (España)
Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral (2009)

Obras

La miseria del hombre (1948)
Contra la muerte (1964)
Oscuro (1977)
Transtierro (1979)
Críptico y otros Poemas (1980)
Antología breve (1980)
Del relámpago (1981)
50 Poemas (1982)
El alumbrado (1986)
El alumbrado y otros poemas (1987)
Materia de testamento (1988)
Antología personal (1988)
Esquizotexto texto y otros poemas (1988)
Desocupado lector (1990)
Zumbido (1991)
Antología de aire (1991)
Las hermosas. Poesías de amor (1992)
Cinco Visiones (1992)
Am Grund von alledem schlaeft ein Pferd (1993)
Carta a Huidobro y Morbo y Aura del mal (1994)
La miseria del hombre (1995)
Río Turbio (1996)
80 veces nadie (1997)
Obra selecta (1997)
Tres Poemas (1998)
Diálogo con Ovidio (1999)
Metamorfosis de lo mismo (2000)
¿Qué se ama cuando se ama? (2000)
Velocities of the possible (2000)
Requiem de la mariposa (2001)
Hombre es baile, mujer es igualmente baile (2001)
Antología poética (2001)
Al silencio (2002)
La palabra placer y otros poemas (2002)
Del ocio sagrado (2002)
No haya corrupción (2003)
Poesía esencial (2003)
L’illuminè (2003)
Inconcluso (2003)
Concierto; antología poética (2004)
La reniñez (2004)
Latín y Jazz (2004)
La voz de Gonzalo Rojas (2004)
Poemas selectos (2004)
Del loco amor (2004)
Mot Doeden = Contra la muerte (2005)
XXI por egipcio (2005)
From the Lightning. Selected Poems (2005)
La misere de l’homme (2005)
Man Ray hizo la foto (2005)
Das Haus aus Luft (2005)
Las sílabas (2006)
Poesía Esencial (2006)
Esquizo (2007)
Del Agua (2007)
Con arrimo y sin arrimo (2010)

POEMAS

Crecimiento de Rodrigo Tomás

Libre y furioso, en ti se repite mi océano orgánico,
hijo de las entrañas de mi bella reinante:
la joven milenaria que nos da este placer de encantarnos
mutuamente, desde hace ya una triple primavera.

¿Cómo reconstruirte si ya estás, oh Rodrigo Tomás,
estirando en furor tu columna, tu impaciencia de ser el monarca?
¿Cómo reconstruirte para mejor hallarte
en tu luz esencial, entre el fulgor de mis pasiones revolcadas,
y esa persecución que va quemando los cabellos de María?

No sé por qué te busco en lo hondo de lo perdido, en esas noches
en que jugué todos mis ímpetus por un espléndido abandono
en poder de las olas lúgubres y sensuales,
a merced de una brisa que me daba a gustar la ilusión del cautiverio,
donde el libertinaje hace su nido.

No. Tu raíz es una estrella más pura que el peligro.
Es el encuentro de dos rayos en lo alto de la tormenta.
Es el hallazgo de la llave que te abrió la existencia y el presidio.

Antes de verte, en nadie vi tus ojos tiránicos.
Sólo las hembras tienen la encarnada visión de su deseo.
Ni pretendí heredero porque fui un poseído de mi propio fantasma.
Hasta que me robé la risa de tu madre para besarla y estremecerla.
A lo largo de un viaje a lo inmediato mío resplandeciente.

Ahora me pregunto cuál será el límite de tu carácter
si tu médula espinal fue la flor de los vagabundos
que se iban con los trenes, sin consultar siquiera el silbato de su azar.
Mordidos por los prejuicios. Curtidos por el viento libre.
¿Si tu madre y tu padre quemaron sus entrañas para salvar tu fuego?

¿Pero qué importa nada si hoy, por último, estás ahí
reunido en materia de encarnación radiante,
oyéndome, entendiéndome, como nadie en este mundo
podrá entender la tempestad de un parto?
-Oh, todos los mundanos te dirán que las pasiones rematan en un beso.

Tu madre y yo dormíamos cuando nos gritaste: “Heme aquí”.
“¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?”
¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?
-Yo soy el invitado que aguardábais antes de ser ceniza”.

Tu madre y yo dormíamos esa noche en la costa
mientras el mar cantaba para ti desde la profundidad de nuestro sueño,
con furor disonante, arrullando tus pétalos divinos.

Tu alta dinastía se remonta al resplandor de la nieve.
A las noches en que tu madre quería verte tras nuestra única ventana
y allí afuera la nieve era un diálogo ardiente
entre mi desesperación y el bulto vivo que contenía tu relámpago.

Así, tu madre te alumbró frente a esas dignas piedras de Atacama
con toda la entereza de su Escocia durmiendo en su mirada dimanatina.
Te parió allí en la madrugada de Septiembre de un día fabuloso
de la gran guerra mundial en cuyo primer acto yo también fui parido.
Así en la pesadilla de un siniestro espectáculo,
te alumbró con un grito que hizo cantar a las estrellas.

Oh, qué frío tan encendidamente gozoso
el aire de tu aparición en este mundo:
traías tu cabeza como un minero ensangrentado
-harto ya de la obscuridad y la ignominia-:
reclamabas a grandes voces un horizonte de justicia.
Querías descifrarlo todo con tu llanto.

Te di para tu libertad la nieve augusta y el lucero.
Yo fui tu centinela que te veló en el alba.
Aún me veo, como un árbol, respirando para tus nacientes pulmones,
librándote da la persecución y el rapto de las fieras.
Ay, hijo mío de mi arrogancia
siempre estaré en la punta de ese paisaje andino
con un cuchillo en cada mano para defenderte y salvarte.

Primogénito mío: tu casa era lo alto de la nieve de Chile.
De la cobriza sierra te bajé hasta las islas polares.
Te quise navegante. Te arranqué de los montes.
Corrimos el desierto, las colinas, los prados,
y entramos a la mar de tus abuelos
por el Reloncaví de perla indescifrable.

Nos aislamos. Vivimos en trinidad y espíritu.
El mar cantaba ahora en el huerto de nuestra casa.
Tú respirabas hondo. Jugabas con la arena y la neblina.
Por el Golfo lloraban sirenas en la noche.
Los pescados venían a conversarte en tu lengua primitiva.

Me veo galopando en mi caballo a la siga de las nubes,
remando para dar más brío a los veleros,
cortado en la escotilla de la niebla, durmiendo encima de los sacos.
Junto a corderos tristes, viendo bramar el Este enfurecido.
Pensando en ti, en tu madre, poco antes de morirme.

Cuando llegaba el día, yo saltaba a la arena,
corría por el bosque todavía empapado por la lluvia.
Vosotros me mirabais como a un náufrago viviente
y me dabais el beso de la resurrección y de la gracia.

Oh madera rajada por el hacha. Oh ladrido
del viento sobre el Golfo, todos los días navegado.
Adiós. Ya nos partimos de vosotros, oh peces.
Dadle a Rodrigo Tomás la lucidez de vuestro pensamiento.
Adiós, islas sombrías. Ya el rayo nos está llamando.

Trenes.
Pájaros.
Playas.
Toda la geografía
de Chile para ti, mi hambriento hidalgo.
Mi bien nacido soplo: para ti todo el fuego.
Para ti lo telúrico, lo enardecido. Todo
lo que te haga crecer más lejos que el relámpago.

Tierra para tu sangre. Mar y nieve
para tu entendimiento, y Poesía
para tu lengua.

Oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo de cada impulso mío.
De cada espiga de tu madre.

Cuando estemos dormidos para siempre,
oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo.

Entonces,
no te olvides de gritarnos:
“Heme aquí”.
“¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?
¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?

  • Yo soy el invitado que aguardábais antes de ser ceniza”.
De Antología de aire (Santiago, Fondo de Cultura Económica, 1991)

EL SOL Y LA MUERTE

Como el ciego que llora contra un sol implacable,
me obstino en ver la luz por mis ojos vacíos,
quemados para siempre.

¿De qué me sirve el rayo
que escribe por mi mano? ¿De qué el fuego,
si he perdido mis ojos?

¿De qué me sirve el mundo?

¿De qué me sirve el cuerpo que me obliga a comer,
y a dormir, y a gozar, si todo se reduce
a palpar los placeres en la sombra,
a morder en los pechos y en los labios
las formas de la muerte?

Me parieron dos vientres distintos, fui arrojado
al mundo por dos madres, y en dos fui concebido,
y fue doble el misterio, pero uno solo el fruto
de aquel monstruoso parto.

Hay dos lenguas adentro de mi boca,
hay dos cabezas dentro de mi cráneo:
dos hombres en mi cuerpo sin cesar se devoran,
dos esqueletos luchan por ser una columna.

No tengo otra palabra que mi boca
para hablar de mí mismo,
mi lengua tartamuda
que nombra la mitad de mis visiones
bajo la lucidez
de mi propia tortura, como el ciego que llora
contra un sol implacable.

LA MISERIA DEL HOMBRE 1948

ROTACIÓN Y TRASLACIÓN


Rotación y Traslación
Mi estrella:
tú, tan partida, y tan única,
y tan total como mi vida,
y mi muerte:

eres la llama
que sale
de mis ojos.
Pareces pájaro,
y eres
cólera
porque tienes tus pétalos
manchados
por la sangre.
No te rompes en lágrimas
ni ríes
cuando tu rueda gira
frenética
en su órbita.
Todo lo haces tuyo
con un golpe
de vista.
Todo
cobra tu vuelo
profundo.
Traspasas el día
con tu eje,
como una aguja
su perla.
Tu rayo
es la piedra
que cae
a remover
las aguas
estremecidas
hacia abajo
corno una flecha
sin fondo
donde posar
su cabeza.
Mi estrella:
he salido de ti
para nombrarte
en el mundo,
para comunicarte
con los gusanos,
y los peces,
y las flores,
y el silencio.
Soy tu demonio
divino,
el príncipe
de otras edades,
parecido
a un árbol
por el sismo
arrancado
desde su puesto
de combate,
para volver
al final
de un milenio
de nebulosa
a su fuego
de origen.
Tal vez
la máquina
es mi cadáver.
La guerra
me permite
respirar
a gusto.
La mujer
me recuerda
un precipicio.
Mi estrella;
¿por qué
nací
sobre tu roca?
¿Por qué
crecí
sobre tu espina?
Mi estrella;
mi dominio
es tu vértigo.

A mi alrededor
quema tu luz,
pero
yo te destruyo
por dentro.

LA MISERIA DEL HOMBRE 1948

PERDÍ MI JUVENTUD


Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.
Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

LA MISERIA DEL HOMBRE 1948

A QUIEN VELA, TODO SE REVELA

Bello es dormir al, lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.

Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
a mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.

Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter;
como un día de lluvia.

Y, aún más, decirle: “Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada”,

Bello es oír su voz: -“Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo”.

Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.

De La miseria del hombre, 1948.

CARTA DEL SUICIDA

Juro que esta mujer me ha partido los sesos,
porque ella sale y entra como una bala loca,
y abre mis parietales y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno,
así viva feliz sentado sobre el triunfo
y el estomago lleno, como un cóndor saciado,
así padezca el látigo del hambre,
así me acueste
o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente cambiante.

Así toque mi citara para engañarme, así
se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas sobre otras hasta consumirse.

Juro que ella perdura porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue a donde voy y me sirve de hada.

De La miseria del hombre, 1948.

Oscuridad hermosa

Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido.

Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.

Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible,
tan hermosa que todo cuanto existe,
para mí, sin tu llama, no existiera.»

De Contra la muerte, 1964.

CARBÓN

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
—Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.

De Contra la muerte, 1964.

RETRATO DE MUJER

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
en la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí, mujer, te dejo tu figura.

 De Contra la muerte, 1964.


FUNDACIÓN DE VALPARAISO

II
Los hombres y las hembras resbalan en el fuego
de estas calles que caen al mar. Pierden sus ojos
en la contemplación del remolino aciago.
Porque la gravedad y el magnetismo,
lo óptico y lo acústico,
luchan a muerte en su aire de pólvora.
Y el mar, como un martillo,
clava su estilo en los hambrientos túneles
de ascensores que encarnan guillotinas;
jaulas que llevan su carga al infierno.
Las tablas y el cemento participan del mar
y laten en la noche como venas gastadas
por la presión del mundo
que fijó el horizonte
en sus pupilas.
Ojos que abren el saco
de cada tripulante,
y ven en el carbón de su conciencia
como un faro en la trémula neblina.
El mundo desembarca
en esta raya, día y noche. El puente
de las escalas cruje
bajo los pies del mundo
que entra y sale
por la matriz exacta del Pacífico,
en medio de un estruendo
irrespirable por el humo.
También las negras llamas
son parte de ese viento enajenado. El ronco
fuego muerde
la resina y el yodo
de los techos. La luna
sale a mirar a su rival quemada.
Todo es parte del viento, las bocinas
manchan de sangre el mar con sus agujas.

De Contra la muerte, 1964.

EL FORNICIO

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones,
                                  te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro
                                      griega,
mi egipcia, romana por el mármol?
                                   ¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
                                              tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?
Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
                                               riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras,
                               te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona
                    parara el sol
fálicamente mía
                                      ¡te amara!

OSCURO (1977)

TODOS LOS ELEGÍACOS SON UNOS CANALLAS

Acabo de matar a una mujer
después de haber dormido con ella una semana,
después de haberla amado con locura
desde el pelo a las uñas, después de haber comido
su cuerpo y su alma, con mi cuerpo hambriento.
Aún la alcoba está llena de sus gritos,
y de sus gritos salen todavía sus ojos.
Aún está blanca y muda con los ojos abiertos,
hundida en su mudez y en su blancura,
después de la faena y la fatiga.
Son siete días con sus siete noches
los que estuvimos juntos en un enorme beso,
sin comer, sin beber, fuera del Mundo,
haciendo de esta cama de hotel un remolino
en el que naufragábamos.
Al momento de hundimos, todo era como un sol
del que nosotros fuimos solamente dos rayos,
porque no hay otro sol que el fuego convulsivo
del orgasmo sin fin, en que se quema
seminal el aroma.
Eramos dos partículas de la corriente libre.
Con el oído puesto bajo ella, despertábamos
a otro sol más terrible, pero imperecedero,
a un sol alimentado con la muerte del hombre,
y en ese sol ardíamos.
Al salir del infierno, la mujer se moría
por volver al infierno. Me acuerdo que lloraba
de sed, y me pedía que la matara pronto.
Me acuerdo de su cuerpo duro y enrojecido,
como en la playa, el beso del aire caluroso.
Ya no hay deseo en ella que no se haya cumplido.
Al verla así, me acuerdo de su risa preciosa,
de sus piernas flexibles, de su honda mordedura,
y aún la veo sangrienta entre las sábanas,
teatro de nuestra guerra.
¿Qué haré con su belleza convertida en cadáver?
¿La arrojaré por el balcón, después
de reducirla a polvo?
¿La enterraré después? ¿La dejaré a mi lado
como triste recuerdo?
No. Nunca lloraré sobre ningún recuerdo,
porque todo recuerdo es un difunto
que nos persigue hasta la muerte.
Me acostaré con ella. La enterraré conmigo.
Despertaré con ella.

ÉXTASIS DEL ZAPATO

¿De dónde habrá salido este zapato
de mujer, enterrado vivo
entre el cerezo y el espectáculo
del cerezo?
Alguna vez hubo
uñas de diamante ahí de un pie
libertino en diálogo
con el otro
del que no hay noticia.
Ocioso
ahora duerme su desamparo en el pasto
a medio fulgor, mezcla
de altivez y
lástima: todo tan lejos. Lo
arqueológico, lo arterial del arco, el tacón;
¡y esa música!

A QUIEN VELA TODO SE REVELA

Bello es dormir al lado de una mujer hermosa,
después de haberla conocido
hasta la saciedad. Bello es correr desnudo
tras ella, por el césped
de los sueños eróticos.
Pero es mejor velar, no sucumbir
a la hipnosis, gustar la lucha de las fieras
detrás de la maleza, con la oreja pegada
a la espalda olorosa,
la mano como víbora en los pechos
de la durmiente, oírla
respirar, olvidada de su cuerpo desnudo.
Después, llamar a su alma
y arrancarla un segundo de su rostro,
y tener la visión de lo que ha sido
mucho antes de dormir junto a mi sangre,
cuando erraba en el éter,
como un día de lluvia.
Y, aún más, decirle: “Ven,
sal de tu cuerpo. Vámonos de fuga.
Te llevaré en mis hombros, si me dices
que, después de gozarte y conocerte,
todavía eres tú, o eres la nada”.
Bello es oír su voz: -“‘Soy una parte
de ti, pero no soy
sino la emanación de tu locura,
la estrella del placer, nada más que el fulgor
de tu cuerpo en el mundo”.
Todo es cosa de hundirse,
de caer hacia el fondo, como un árbol
parado en sus raíces, que cae, y nunca cesa
de caer hacia el fondo.

EL AMOR

I
De pronto sales tú con tu llama y tu voz,
y eres blanca y flexible, y estás ahí mirándome,
y te quiero apartar y estás ahí mirándome,
y somos inocentes, y la azucena roja
me besa con tus labios, y es invierno, y estoy
en un puerto contigo, y es de noche.
Y no hay sábana donde dormir, y no hay, y no hay
sol en ninguna parte, y no hay estrella alguna
que arrancar a los cielos, y perdidos
no sabemos qué pasa, por qué la desnudez
nos devora, por qué la tempestad
llora como una loca, aunque nadie la escucha.
Y ahora, justo ahora que eres clara -permite-,
que te deseo, que me seduce tu voz
con su filtro profundo, permíteme juntar
mi beso con tu beso, permíteme tocarte
como el sol, y morirme.
Tocarte, unirte al día que soy, arrebatarte
hasta los altos cielos del amor, a esas cumbres
donde un día fui rey, llevarte al viento libre de la aurora,
volar, volar diez mil, diez mil años contigo,
solamente un minuto, pero seguir volando.

Te recomendamos ver el programa de televisión.

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