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11. Poesía más Poesía: Raúl Gustavo Aguirre

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BIOGRAFÍA RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

El poeta Alejandro Nicotra, amigo por correspondencia de Aguirre, en la década del 70, lo definió como un gran defensor de la libertad, en todo sentido y especialmente, de la libertad de expresión.

Aguirre, nació el 2 de enero de 1927, en la ciudad de Buenos Aires, fue poeta, ensayista, traductor, crítico literario y profesor universitario, se destacó del resto de sus colegas por su compromiso, creatividad y pasión por la experimentación.

Esto lo llevó a incurrir en el género inversionista, que en aquella época representaba un nuevo modo consensual, de abordaje de hecho estético en el que predominaba la autonomía, los valores inventivos y las cualidades descriptivas.

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Fue uno de los fundadores de la revista Poesía Buenos Aires, una publicación que durante la década del 50, reunió a talentos de la Poesía como Jorge Enrique Moví, Edgar Bailey, Rodman, Nicolas Espido.

También tradujo constantes publicaciones de poetas franceses, simbolistas que ayudaron a los autores más jóvenes a profundizar los trabajos de las generaciones venideras.

Sus trabajos fundamentales fueron: Cuerpo de horizonte en 1951, La danza nupcial en 1954, Alguna memoria en 1960 y Señales de vida en 1962.

Con sus poemas, Aguirre recorrió los movimientos vanguardistas de la poesía, donde siempre marcó una dirección hacia los jóvenes con aliento y generosidad.

Era sumamente generoso entre las personas de letras porque era una persona que se dirigía a especialmente a los jóvenes y los alentaba, comentó su colega Nicotra.

Cuando participó en la revista contemporánea dirigida por el escritor Juan Bajarlía, mantuvo contacto con artistas y jóvenes poetas que habían explorado los mismos senderos literarios, fue entonces cuando cambió su destino. De allí surgió, su gesto de crear Poesía Buenos Aires, que fue para resumir bárbaramente una modesta revista argentina de vanguardia, de carácter absolutamente independiente y prácticamente artesanal, dijo Rodolfo Alonso, cofundador de la revista poética de los años 50.

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En cuanto al legado de Aguirre, la poetiza y docente, María Matuzardi destacó que su trabajo como traductor fue muy importante y en una de las principales herencias que tenemos de él, que fue traducir poesía que es un trabajo muy complejo. Matuzardi contó que los escritos del poeta, son muy difíciles de conseguir y por eso que tuvo la idea de rescatar su poesía aunque por el momento, no es más que un proyecto que presentará el Foro Metropolitano para las artes del gobierno de la ciudad.

Aguirre murio, el 18 de Enero de 1983, a 56 años, antes de la asunción de Raúl Alfosín como primer presidente electo democráticamente, después de la dictadura cívico-militar.

Se convirtió en un símbolo para todos aquellos, que defendieron la libertad de expresión.

ALGUNA MEMORIA, poema de Raúl Gustavo Aguirre

Bella que me anuncias una extraordinaria complicación. Tantos crímenes olvidados reaparecen por ti.

Llega el tiempo de la proeza infatigable frente a tus ojos sin sueño que ningún diamante puede cerrar:

Ella se expone a las angustias del siglo, usinas de la realidad. Más explícita se quiere, menos se la conoce. El sueño de los asesinos y de los poetas es que llegue a tener un rostro.

Para llegar aquí, ella debe atravesar una región de fotógrafos exacerbados por su asombrosa presencia. A pesar de su aplicación, estos espectadores sólo se quedarán con las pruebas delebles de su distancia de la verdad. Es que para retenerla hubiera sido preciso transformarse en ella, ser ella, y no su descripción más o menos feliz. Yo me lo repito siempre después de mis tentativas inútiles.

Ella mantiene la frescura, la diligencia feliz de la vida, por cuya justificación nos dejamos tentar, hierros de tristeza y de habilidad vergonzosa. Invita a los hombres, a quienes sabe posibles no por el memorial de sus servicios, sino por la suma de su condición a un juego de alta conciencia y de contumacia en el extremo de los enigmas. Ha conseguido así formar una tribu dispersa por el mundo, cuyos miembros se ignoran mutuamente y sin embargo reparan en común los hilos rotos de una gran red de belleza.

La jurisprudencia acumulada por las heridas, la imagen del mundo construida con la memoria de una continua decepción, la torpeza de la saciedad en el epílogo, todas las apariencias de la consumación se borran y se anulan en el esplendor de ese deseo que arrastra consigo el asombro, el origen y la felicidad del universo y que ella, continuamente, se complace en inspirar.

Ella tampoco está exenta de las cargas fiscales, de las confusiones en la red telefónica, de las representaciones ilícitas. Pero se aviene, sin espanto, a ocupar con nosotros un lugar desfavorable en el mundo. A decir verdad, sólo emplea su tiempo en maravillarse. El siglo ha mejorado con su presencia.

En ella, la oscuridad se transforma en largo regocijo del ladrón solitario. Las señales que no comprende no estaban dirigidas a nosotros.

Viene de ausencias maravillosas, de seres que la amaron a través de otros seres cuyo destino era cambiarse en ella con tanta lentitud que la eternidad les maldice. (La eternidad maldice su lentitud, no su destino.)

Ella no comprende el Oráculo, no se lleva bien con aquellos en quienes el Espíritu ha entrado para vociferar. ¡El lenguaje del dios resuena miserablemente puro en esas cabezas! No comprende una sola palabra que no haya atravesado el sufrimiento lúcido de un hombre, que no conserve señales de la lucha… Ella ignora también qué hacen los que se torturan a sí mismos para que los otros los vean, cuando había que ir más lejos, con los otros, más lejos todavía en el dolor… Esos inútiles inventores de martirio, de palidez, de revelación, a su vez, la odian misteriosamente.

Ella no sabría entretener con apariciones espectaculares nuestros ojos ávidos de exageración. Prefiere permanecer en los resquicios de una realidad que se proclama habitable y obligatoria. Como a las larvas de luciérnaga, la tiniebla la abruma, pero le es imprescindible.

Hasta que el Labrador la descubra, por último, en su terreno magnífico, seguirá siendo la víctima paciente de nuestras herramientas equivocadas.

A su lado, contemplar el abismo resulta una excelente diversión. En su ausencia, comienzo de la angustia para el observador sensible.

Ella siega el verano, y luego todo es azul alrededor de sus ojos invisibles.

Como la cigarra, sólo puede vivir en medio del incendio que suscita.
¡Ah, pequeño milagro, vida enorme!
¡Enorme vida en una nada enorme!

Así como el placer es su reino, ella no puede detenerse en esas gradas fáciles donde el olvido nos ofrece sus pactos sospechosos. Si sufre, es para morir.

Por ella entramos en el mundo, pero también por ella nos es cada vez más fácil excluirnos de él. El enigma del bello vivir.

No obstante, la distancia y el diluvio, y las dificultades insalvables, y el honor y la maldición, ella se permite la aventura de vivir con nosotros. Sabe que el abismo terminará por recuperar, algún día, su confianza en el hombre.

Tantas memorias excelentes la abruman con el sonido negro de un mal que ya no existe.

La indiferencia de los pantanos es la forma que adopta, para ella, la soledad. Esos lugares impuros, bajo un sol retraído, a los que tiene una misteriosa necesidad de volver, la rechazan siempre con la misma cortesía… Presenciar ese leve combate de la curiosidad contra un infierno que se rehúsa, es un espectáculo alucinante. Ella me dispensa a veces esos momentos de terror.

El mundo-monstruo se transforma de pronto en el mundo- doncella, la escritura desesperada en escritura maravillada. Estos cambios la hechizan.

Hierba siempre feliz al pie de los volcanes o en las llanuras sabias donde jura contra su vida el azote de Dios, ella descansa en la parte germinal de la conciencia.

A través de ella se vuelven visibles las heridas del viento. El viento libre que sangra y que la adora.

En las gradas de su palacio impenetrable, un juglar se detiene, un asesino discurre.

Una mirada furtiva podía sorprenderla en una indescriptible actitud de evidencia. Para los seres sensibles al nuevo acontecimiento, la era del escándalo comenzaba, la era de la angustia tocaba a su fin.

Ella desconfía de esos lugares donde el hombre aparece precedido por aclaraciones y citas que le vuelven improbable, esos recintos de la seguridad pública frecuentados por la presión arterial.

En la cueva del alquimista, ella calla, como investida de una miseria admirable que fuera al mismo tiempo su rostro y su secreto.

Mantiene exquisitas relaciones con la lujuria exhumada ante ella. La lluvia de cenizas le produce placer.

A través de ella los relámpagos duran. Hay tiempo para las amistades más sorprendentes.

Sus ojos son respetados por la nada, favorecidos por la prisión. Pero ella aparenta ignorar el sufrimiento que la sostiene.

Su enemistad con los amos proviene de que habla de aquello que realmente le ocurre y no de aquello que, de acuerdo con lo dispuesto, le debiera ocurrir.

En el patio de su silencio, único y feliz se yergue el bello árbol de los destituidos.

Los errores en las tablas del bien y del mal se cargan en su cuenta.

Ella dibuja un rostro sobre un rostro sin fin.

Vive para inventar la razón de su ausencia.

En las épocas de opresión, ella trabaja en la rebelión. En las épocas dé la gloria del hombre, en el Servicio de la Libertad Subterránea.

Y lo que la vida quiere del poema, ella lo hace.

¿Por qué construyes en la estación de las lluvias tus estelas de arcilla, oh poeta ilegible, omnipresente y solitario?

Tus manos trabajan en el olvido porque tu dios te prefiere allí.

Esta escritura sería imposible si no hubiese de por medio entre ella y yo (entre ella, sustancia virtual de mi vida, y yo, vida posible en su verdad), si no hubiese entre nosotros este muro de horror que parte en dos el universo y a cuyo través buscamos la rendija de nuestra mutua presencia. Escribo para encontrarla, recorro la infinita piedra a veces con asombrosa velocidad, a veces con inaudita paciencia, tallando, aplicándome, no consiguiendo al fin sino esa destreza que de nada me sirve y que tan curiosa o vituperable resulta a espectadores ajenos a la verdadera razón de mis movimientos. En cuanto a ella, sé que también procura ayudarme. Presiento su calor, el canto de su espera apasionada, que trato como puedo de repetir de este lado, y un solo sonido juntos sería el poema, y un solo sonido juntos sería la muerte…

¿Cómo evadirme de ese designio que me lleva a la mutación y al desastre, arrojándome de un estado de gracia a una sucia habilidad? Absurdos canales de malestar y de indolencia donde los miasmas se rehacen, yo sé que esta criatura es atrapada allí por profesionales de la conciliación, quienes con falsos juramentos la llevan hacia la trampa de la confusión de las lenguas.

Las cesantías de la comunicación, mis cotidianas demoras con el constante movimiento de la exégesis cósmica, me retienen sobre una tierra de saldos y suplicios a lo que no puedo acostumbrarme. Atento demasiado a menudo contra la emoción que debe conducirme. Consagro lecturas excesivas a viejas nóminas de objetos ideales e imagino encontrar indicios de redención allí donde ella está excluida por antonomasia. En estos trabajos, ella me encuentra triste.

Ella inicia en mi ausencia su viaje apasionado, su viaje que enriquece el misterio y dota de precedentes a la eternidad. Corre hacia mí en busca de su confirmación. Yo que seré otra vez esa playa desierta que devuelve y olvida.

«Soy tuya, pero tú no existes». Ante la tristeza de esta alondra, fue preciso inventar la noche.

Y tú, pez volador, ¿cómo escaparás para siempre de este mar de neurosis y de amistades inútiles?

En tu cabeza, una máquina implacable pone en peligro la vida de esa criatura cuya verdadera relación contigo pretende formular. ¿Por qué sospechas que su desaparición ocurrirá con ello? ¿Por qué defiendes ese lugar recóndito de tu inocencia? (¡Oh, enamorado!).

Si accedo a su supresión, ¿tendré, cabeza en blanco, que habitarte de nuevo?

Y esta asesinada, y esta asesinada, a menudo tropiezas con este rumor.

Es éste el límite del mundo, afilado hasta la extremaunción, donde mi oficio termina y tu perfume se presiente.
Nos deteníamos para disputarnos esas extrañas piedras con que tropezábamos a cada momento. Cada vez eran menos numerosas a medida que nos acercábamos a ti.
Presencia jamás compensada, insólita, ¿cómo es que duras ante mis ojos, cómo es que vives en mi país?
Te esfuerzas por mantener la unidad de tu cuerpo, por estar aquí. Pero tus amistades son enojosas para la eternidad que te reclama. Y por esa restricción a la niñez celestial que cuestiona tu sexo, vives, intensamente, bajo el peligro constante de ascensión y de metamorfosis.
Ojos maravillosos que a veces te recuerdan y que a veces te olvidan.
En el destello de nuestra separación -azul velocísimo-
Yo te saludo, mi alma, mi extranjera.
Alba donde pululan los monstruos, alba siempre dispuesta a transformarse en poema, alba invisible siempre, perdida entre las nieblas y los hierros del mundo.
Sabes que donde la belleza culmina, ella y la angustia se confunden. (El rayo negro nos desnuda sobre una realidad que vacila entre el éxtasis y el espanto, la vida recuperada y la inexplicable ausencia, mientras tú me abrazas, desesperadamente, sabiéndome víctima, una vez más, de la disonancia metafísica.)
Nada te defiende en la noche perfecta.
Bien sé que te asfixias en la felicidad dispuesta por los propietarios de tu presencia en el mundo. Bien sé que sufres a menudo grandes dolores extranjeros, prohibidos por la ley. Exiliados los dos, juntos bajo un cielo magnífico, creemos por un instante -oh poema- haber hallado tu país.
Te invento para hablarte. Me inventas para verte.
Tantos enigmas consienten a tu presencia.
Desconfías de esa especie de sueño que anula las dificultades de la vigilia en beneficio de un país hipotético, en cuyas aduanas la parte más fértil del hombre queda a merced de la exacción. Pero esa tiniebla ávida de nuestras fuerzas no debe ser confundida con aquella otra donde se origina el signo que renueva el alba y hace comparecer a los monstruos.
Pasa la breve luciérnaga, inclusa en la ley de su reino. Pasa y se ilumina.
Presencia que parecieras desmentirme cuando la tristeza del mundo ya iba a negarte, y que culminas y desapareces entre mis brazos de relámpago.
El amor y el viento. Lo demás pasará.
A cada movimiento, una nueva piedra aumenta su muralla del equívoco que te circunda. Es preciso derribar algo de tiempo en tiempo, a pesar de las objeciones de los cronistas del rey.
Vivo en la hierba de tu desprendimiento. Soy el cazador furtivo a quien la noche ha transformado en centinela exhausto.
Contigüidad insaciable, fidelidad lejana…
Amante, los monstruos que te amaban resplandecían antes de morir.
¡Miserables, miserables del mundo, de quienes está hecho el rayo de tu presencia!
Eres parecida a ese fuego que un caminante solitario enciende en el umbral de la noche y donde se reúne, para no morir, toda la claridad de la tierra.
Ebrio estoy de este universo que compromete su destino por acordarse con tu mirada, por ser tu cómplice…
Alma de todo lo que me subleva, tú eres mi fuego, constante y mi primera ceniza.
Hay en mi vida una especie de nada que sólo existe por ella. Hay en mi vida un pozo de vida. Tú no lo ignoras, tú me abrazas.
Me abrazas, para que no olvide el tiempo en que nada sabía de ti.
¿Qué harás en este desierto donde hasta las piedras se esfuman, sino quedarte y compartirlo? Tú, criatura que no eres de aquí pero que nos quieres aquí, pobres, inmensos, dementes, obstinados.
iCómo es difícil para ti retener en el viento esa pasión del viento que te crea! Pero la noche donde reinas y desapareces jamás será vencida, ¡oh amenazada!
¿Seremos también nosotros, al morir, los contrarios de la Poesía?
¿Por qué si jamás les has interrumpido, si ellos son más fuertes que tú, más numerosos y más firmes, todo un ejército de profesionales te odia? Cuando apareces entre ellos, por un error, por un descuido, los directores se turban, los mitomaníacos exhalan largas memorias, los parásitos de las Escrituras evidencian síntomas de sofocación. ¿Por qué? ¡No soy yo, que me inclino por ellos, que me confundo con ellos para verte! Nuestros gestos son ambiguos y te odiamos, te odiamos porque tú nos anulas los discursos, nos echas a perder nuestras más hábiles combinaciones y tus ojos nos revelan que todavía -a pesar de nuestro poder y de nuestra destreza y de nuestros antepasados- no hemos comenzado a existir para ti.

Tu canto continúa hasta que el universo se rompe
en un hiato espantoso, comienzo de la nada.
Allí la memoria me ofrece sus servicios.

Ocurre que la necesidad de decidir llega a alcanzar niveles alarmantes (¿la disgregación?, ¿el poema?). La fatiga, la duda, y los insistentes memoriales sobre táctica física de conservación de la conciencia inhiben, a menudo, el itinerario del cazador feliz. ¿Dónde estoy ahora? El pataleo de la ciudad entera, la náusea de la organización, la imposibilidad de personalizar en el prójimo la culpa de esta vergonzosa contrariedad que nos anula dotándonos de mortíferas similitudes, de equivalencias que vuelven indiferente al rayo, esta endemia, en fin desde donde me es preciso atraer a la maravillosa criatura con un interminable despliegue de trabajosas señales, a veces falsas, a veces excesivas, a veces miserables, esta endemia es (oh cielos) mi país!
Y ella, ¿qué hace aquí?
Viene a iniciar la sucesión de acontecimientos admirables. Pero la sucesión de acontecimientos admirables no es resistida por los sismógrafos. En las retinas indiferentes, la claridad se enfría, el ibis de la claridad desaparece, víctima de un fenómeno de distorsión. Las manos que escriben en papeles ajenos se desentienden de su presencia, son sus enemigas más crueles. En la mesa que ella amaba, a la hora de la identidad, reina ahora una absurda caligrafía… Su ausencia infunde una temible atracción a los archipiélagos deshabitados. En el afelio, las probabilidades de muerte son extremas, la soledad se individualiza, el dolor entra en juegos arácnidos, se vuelve miserable. Es en ese infierno donde cada árbol se distingue por su nombre, donde se encuentran los más completos archivos, donde es posible seguir con atención los movimientos de la única criatura que no obedece la orden, esa filaria que se divide cuando parecía que sólo de ella se podía hablar, de ella y de mí ¡Oh, vergüenza de los oficios sagrados!.
¿Cómo podré, amor mío, volver a la noción de tu cintura, a la simplicidad de tu lumbre, a tu Belleza?
La claridad disminuye, tu cuerpo se borra. La claridad, víctima de mi dimisión, se hunde con el tesoro de tus movimientos.
¿Cómo resarcirte de mi retorno a la condición enumerativa, al círculo de la ingratitud, al estado general? Nosotros dos habíamos hecho de la imprudencia nuestro medio de comunicación. Una incomparable vicisitud nos unía. Fuego y nieve se complacían en exasperarnos. Caíamos juntos en el abismo de nuestra semejanza.
Cuando el fuego cesó, la nieve se deshizo, y yo no pude retenerte: no había salido de aquí. De otros depende ahora la autorización.
Pero tú, sin nombre, en el frío de esos espacios, ¿qué esperas sino mi muerte, qué esperas todavía, oh Solitaria?
Veo otra vez tu rostro en el centro de una prodigiosa tormenta. Tu rostro, desconocida, en medio de la ausencia que te devora, más cerca que nunca del mío.
El persistente abismo te separa de aquellos que eran, al alcance de tu mirada, el presagio de una infinita celebración… Pero quién sabe qué guardan todavía de inmenso estas apariencias de la fatalidad.
Pequeña gloria errante entre las ramas de la noche, ¿qué nueva forma buscas para que yo te vea?
¿Cómo retenerte a ti, tan difícil de atar, tan rápida y cambiante, tan difícil de sujetar a nuestra armonía, a nuestros rectos usos, a nuestras sanas costumbres?
Yo como tantos, ignoraba que aquí donde cada uno se esconde bajo tierra, no había otro destino para nadie sino aquél por el que tú, lejos de nosotros, te dejabas llevar.
¡Increíble criatura! He sido fiel a tus contradicciones hasta la punta de la aguja que penetraba en el corazón del pájaro triste para matar a la serpiente.
Déjame cavar en mí la maldición y que nos hundamos en este tema. Tú no deseabas otro destino para mí y yo no quería sino tenerte por entero.
Los hombres nada se han llevado, nada de lo que puede todavía inflamarte.
Yo me salía del mundo y tú de nuevo me creabas. Tal era nuestro juego, nuestra danza nupcial. Ausentes, pasábamos juntos por aquí.
Yo conocía tu rumor en mi alma, y en mi alma eras libre de hacer cuanto quisieras. Yo conocí el rumor de tu presencia, y te llevaba en mi alma como el mar, como el viento hubieran querido llevarte. Yo cambiaba tu cuerpo por el mío, yo era la eternidad.
Al azar te encontraba, una y otra vez, y el mundo era demasiado grande como para retenerte o como para que nuestros destinos se contradijeran. Y tú, tan parecida al aire de pronto, eras tan libre como yo, y nos cambiábamos sin saberlo, sin nombrarnos, sin descubrirnos la razón de nuestra indolencia. Pero esta sombra no durará, no durará.
¿Qué podría mostrarte, allí donde ya no querías seguirme, escaleras abajo, fuera del reino de tu validez? No había más que ceniza en el fondo de esas arcas enormes.
(Distorsión infinita y conocimiento crispado, angustia y belleza en mí te reconocían).
De pronto, tras del vidrio del tiempo, pasa tu imagen sobria, lenta y considerable, más real que la noche.
Ya no reconozco como causa de mi angustia sino la necesidad de volver a crearte, de hacerme de ti. Ausente, la confusión en mis escrituras, el fénix en mi cabeza. Te busco en mi delirio glacial, en mi falsa detención, en mis esfuerzos inútiles… En mí se complacía el verano, ayer, cuando tu rostro era el mío.
(Trato de hablar de nuevo ese viejo lenguaje de poesía con el cual solíamos explicarnos nuestro amor).
Libre por tu presencia oculta detrás de los signos de tu presencia, libre por tu amor jamás abarcado. Para vivir, yo tengo que romper esta niebla verbal que me oculta tu nombre. Busco la libertad de tu rostro de hoy.
En suma, mi moral consiste en una serie de movimientos cuyo fin no es otro que hacerte un lugar para que puedas vivir en silencio en medio de la confusión donde tu presencia es un desafío y tu belleza una injuria.
(Y tú, más cierta que el mañana que no puedo mirar, más cierta que la oscuridad por donde vamos, haz que pueda iluminar levemente el rostro de la tierra, comenzando por ti, que estás al lado mío, que estabas al lado mío desde que comenzó todo esto…)
Y éste es el mediodía en que llega a su fin la parálisis infernal, causa de la abrumadora tristeza que me consumía. La nieve se funde, el horizonte se mueve, la música recomienza. Y tú, solitaria, tú volverás ahora a convertir en bodas los exilios nocturnos.
(Esta belleza injuriada, esta belleza fuera de la ley, lejos de las casas de contratación, lejos de la poesía, de sus feroces propietarios, esta belleza odiada por los justos, esta belleza simple entre nosotros, en el reverso de las grandes páginas, ella quería, quería, oasis infinito, vernos vivir así).
Y éstas son las primeras estribaciones de tu silencio.

REPORTAJE DE RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

La poesía es algo maldito y es necesario explicar de nuevo este lugar común, maldita por ser la moral más pura en el mundo inmoral, el rostro único en un mundo inmoral, el rostro único en un mundo de máscaras, la hombría cierta ante la intelectualidad bufona y pierde-tiempo, maldita por ser la inteligencia y el amor viviendo juntos, maldita por sus exigencias por su avidez de conciencia y de verdad, por su necesidad de existir sin condiciones.

Preguntas:

  1. Fundamentalmente ¿En qué consiste para usted la experiencia poética? ¿Que ha representado la poesía a lo largo de su vida?

R. Parafraseando a Christán Saráh, diría que la experiencia poética no es para mí una vaga ocupación de orden estético, sino una manera de vivir pero tampoco una entre otras, sino la única posible.

  1. Cuando hablaba de facultades poéticas, me refería a la inspiración, ese particular estado de gracia, de receptividad absoluta, que por así decirlo, permite que el poema se escriba a través del poeta ¿Qué piensa usted de la inspiración?

R. No sé si la inspiración existe, en todo caso, habría que definirla antes con suma precisión, más bien me parece que es el desencadenamiento de un largo trabajo previo, a veces de años, lo que sí puedo decir, es que yo nunca escribí un poema en estado neutro de redactor, siempre lo hice bajo el signo de una pasión, de una exaltación o de una necesidad experimentada como angustia.

Le diré también, que los poemas que más quiero, son los que menos tuve que tocar después, en esa etapa que algunos llaman de trabajo crítico.”

  1. A propósito, usted ha mantenido una constante actividad crítica, complementaria con trabajo poético ¿Cuál es la función que cumple la crítica en el contexto de la literatura moderna?

R. La crítica ayuda a leer mejor, sin dura o debiera, creo que esa es su función,

¿Y el poeta, finalmente juega algún papel en nuestro tiempo, o por el contrario, habría que decir, qué es un personaje pasado de modas, una especie de fósil viviente, sin nada qué decir o hacer en el mundo actual?

R. Esto tiene que ver con lo que decíamos al comienzo; sin los artistas, y sin los poetas el hombre no sería humano, la vida no tendría sentido.

El hombre que talló la primera piedra, ¿era poeta o cazador?

R. No lo podemos discernir hoy, la función del arte y la poesía me parecen más importante que nunca, porque consiste sobre todo en reconciliar a los hombres con el mundo, con los otros consigo mismo, con todo eso, que se les ha vuelto cada vez más extraño.

En 1975, ofreció una conferencia en la Biblioteca Argentina de Rosario, cuyo título fue: Cinco tesis sobre poesía.

Primera tesis: LA POESÍA NO EXISTE

El día de Todos los Santos del año del Señor de 1517, Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia del Castillo de Wittenberg sus célebres noventa y cinco tesis sobre las Indulgencias. Entiendo que noventa y cinco tesis sobre poesía serían excesiva falta de consideración hacia el prójimo, pero estas cinco que me atrevo a formular, de alguna manera evocan, en su título, aquel acontecimiento que produjo, luego, tan trascendentales transformaciones en la historia del mundo.

En esta evocación termina, por otra parte, el paralelo. Obvio es agregar que mis tesis no pretenden producir ni de lejos semejantes consecuencias. De sobra quedará cumplido su propósito si consiguen llamar la atención hacia el examen de algunos supuestos corrientes acerca de la poesía y los poetas. Parten de la sospecha de que, si se exageran un poco las dudas sobre estos supuestos, tal vez sea posible adquirir una mayor claridad con respecto a ciertas importantes implicaciones que la poesía quizá pueda tener para nuestras existencias.

Paradójicamente, como es factible observar, estoy hablando de la poesía y no obstante mi primera tesis dice así, sencilla y rotundamente: LA POESÍA NO EXISTE. Esto puede entenderse en varios sentidos, pero desearía evitar un juego de sutilezas e ir directamente a lo que en este momento me interesa esclarecer.

La poesía no existe en cuanto a algo concreto que pueda ser, definido fuera de la literatura. Por ejemplo, yo puedo decir que la poesía existe como género literario, tradicionalmente opuesto a la prosa y también tradicionalmente subdividido por la retórica en varias clases: épica, lírica, dramática… Se puede hablar de poesía y de poetas en este sentido literario, o a partir de este sentido. Es decir, incluso podemos negar la poesía en cuanto a literatura y expresar, como los dadaístas, por ejemplo, que la poesía no es literatura sino una manera de vivir. Pero para proceder así tengo que partir de la poesía como literatura y luego negarla; de lo contrario, no sería comprensible esta concepción de la poesía no como literatura sino como una manera de vivir.

Por lo tanto, aquí digo que no se trata de escribir o sólo de escribir, sino más bien de algo que tiene menos que ver con la escritura que con la vida. Y el dadaísta puro, en rigor, tendría que negarse a escribir una sola palabra. Este fue -digamos de paso- el callejón sin salida en que se halló el dadaísmo, como por otra parte, se halla todo nihilismo: no creo en nada, pero debo creer en lo que creo, o sea, debo creer que no creo en nada. Los dadaístas negaron la literatura sin dejar de ser literatos, sin dejar de escribir. Pero nos dieron, sin embargo, una importante indicación. Nos inspiraron una fértil sospecha. Señalaron hacia algo que tiene, como creo y trataré más adelante de demostrar, muchísima importancia.

Pero regresemos ahora, para concluir con esta primera tesis, al punto de partida: LA POESIA NO EXISTE. Esta proposición quiere decir, en suma, que la poesía -fuera de su formal definición como género literario- no tiene existencia real y concreta, no es un ente, una entidad, algo que pueda ser aislado y buscado más allá de la palabra. Por esta razón ha sido siempre tan difícil a los propios poetas explicar qué es la poesía. Esto nos conduce a la segunda tesis.

Segunda tesis: NO EXISTEN LOS POETAS

Si la poesía no existe, tampoco existen los poetas. Quiero decir: si la poesía existe sólo como literatura, en la palabra, en la literatura oral o escrita, solamente existen “hacedores de poemas”. Pero un poema es, o bien cualquier composición que responda a las reglas de cierta retórica más o menos aceptada en un medio dado, o por el contrario, es un acontecimiento existencial realmente importante en la vida de aquel que, en cierto momento favorable, entra en “relación” con él (y aquí la palabra poema tiene un amplio sentido: puede ser, por ejemplo, una canción o una página manuscrita o impresa).

En el primer caso, en el de una composición que responda a ciertas reglas o leyes retóricas prefijadas, es evidente que cualquier persona diestra en el manejo de estas reglas puede, en cuanto se lo proponga o se lo encomienden componer un poema. Podría, de esta manera, presentarse en un concurso celebratorio del Descubrimiento de América, o del Centenario de un determinado hecho histórico, o donde se premie el mejor Canto a las Virtudes Cívicas, o lo que fuere. El mecanismo de este proceso es muy simple: un “tema” que servirá de contenido a la composición, y una “forma”, lo más bella posible dentro de los enunciados de una retórica (o a lo sumo, de una estética. Y ya tenemos el alfajor fabricado, perdón, compuesto. Sin duda, su autor es un poeta, así como el señor que nos hace fotografías urgentes, tamaño 4 x 4, es un fotógrafo. Y en este sentido, mi tesis -repito- es NO EXISTEN LOS POETAS.

Pero ya me estoy aventurando demasiado en mis negaciones y, para no pecar de ser en exceso pesimista, voy a necesitar de alguna afirmación. Que la haré en mi tercera tesis.

Tercera tesis: EXISTEN LOS POEMAS

EXISTEN LOS POEMAS: sin duda, sin duda, sin duda. Esta afirmación, está claro, no tiene contenido polémico. Muy bien, porque no se trata de ser polémico porque sí y a troche y moche. No obstante, quiero aclarar que no me refiero aquí al poema tal como lo describí hace un momento, como una especie de artefacto fabricado conscientemente y ex profeso según ciertas reglas destinadas a producir determinada emoción. Debo confesar que, aunque parezca fácil afirmar que tal manera de hacer un poema es falsa, literalmente artificiosa, una especie de engaño, en suma, hay grandes creadores de poemas que han afirmado lo contrario. Entre ellos, Vladimir Mayakovsky que, como es sabido, no diferencia un poema de cualquier otro producto industrial; o César Vallejo, quien nos dice, justamente, que un poema es un artefacto destinado a producir emoción. Y también el galés Dylan Thomas, que no sólo habla de oficio en uno de sus poemas, sino que en sus cartas y ensayos expone una completa teoría de la fabricación del poema.

¿Entonces? Antes de continuar, quisiera intentar una explicación a esta aparente disidencia de estos grandes creadores. Hay, sin duda, en todo trabajo de creación, una parte de habilidad adquirida y de esfuerzo consciente. Pero esta habilidad y este esfuerzo, cuando se produce un auténtico acto de creación, están al servicio de la concreción, en palabras, de algo que los trascienden. Por diversas razones, se confunde este trabajo con la verdadera creación o se lo valoriza más que ella. Es el caso de Maiakovsky, porque me parece quería justificarse del frecuente complejo que asalta al escritor ante los que hacen: pareciera que un obrero metalúrgico, de cuyas manos sale una gigantesca rueda de locomotora, estuviese creando una realidad de más peso (en todo sentido) que el hombre que se limita a hablar, a escribir. Este complejo ha dado lugar a tremendas distorsiones, pero por el momento no puedo ocuparme de él aquí, más que para decir que, en ese especial momento de la historia de su país, Maiakovsky no quería “sentirse menos” que los obreros y experimentó la necesidad de justificar su trabajo escribiendo pero grullescamente pero dramáticamente que, aunque un poeta no echa humo por las chimeneas como una fábrica, también produce. En cuanto a César Vallejo y a Dylan Thomas, creo que no eran conscientes de que su capacidad de creación excedía en mucho lo que ellos consideraban humilde y simplemente un trabajo de composición. Aquí viene a cuento recordar lo que Harry Shais recomendaba a los aprendices de narradores. Les decía, más o menos, lo siguiente: “No se preocupe por la forma de lo que va a relatar ni por los procedimientos narrativos. Si bien estos son importantes, lo que debe importarle más que nada es tener una rica experiencia vital. Porque, en suma, la importancia de un escritor reside en la calidad y riqueza de sus experiencias vitales”. Yo creo que el gran novelista de “La Bestia en la Jungla” tenía mucha razón. La calidad y riqueza de la experiencia vital de los hombres que he citado excedía largamente su capacidad de trabajo, su oficio, aunque -sin duda- lo tenían en grado sumo, y este oficio, entonces sí, les era útil, porque facilitaba la comunicación de sus experiencias, la concreción en palabras de ese fenómeno vital que denominamos poema.

Le llama a la Poesía Fenómeno Vital, una experiencia vital que van a ser las generadoras de la capacidad de expresar del escritor y no su vida misma la que sea expuesta en su escritura. Dice: “No existen los poetas, existen los poemas”. En suma conclusión: Viene a señalar que la obra del escritor no es la vida del escritor, en el sentido que la vida del escritor es otra historia, que es la vida de ese ser que soporta al escritor. La vida del hombre no tiene que ver con la vida del escritor. La poesía en sí misma es un fenómeno vital. Es a lo que tiene que aspirar el escritor, no al producto, ni a la forma, si es bonito, o que guste su poema, sino a la experiencia vital. El poeta es el soporte, escribe un poema, Él no existe, está en una función y es, ser el soporte del poema.
Existen los poemas pero entendiendo por tales esas misteriosas constelaciones de palabras que llegan a nosotros, por ejemplo en una canción o en lo que nos habla de otra persona o en alguna página impresa y que producen en nosotros reacciones emocionales, revelaciones o deslumbramientos o como quiera que denominemos esa sensación de haber sido tocado por algo que tiene mucho de indecible y que mal podríamos explicar en otras palabras.
Estos sí y solo si son poemas y su carácter es esencial, como vemos, es tener que ver con nuestra vida, tener alguna significación para nosotros aunque a veces o nunca sepamos a ciencia cierta en qué consiste claramente esa significación.
4ª. Tesis: ¿De dónde vienen estos poemas? Los poemas proceden de una poética, si el creador de un poema no es un poeta, en el sentido tradicional de una especie, siempre disponible hacedor de poemas, como eran por ejemplo, los poetas de corte que celebraban los triunfos de los emperadores, si el creador de un poema no es un poeta, por lo tanto sino un ser a quien a veces y hasta puede ser solo una vez en su vida a quien a veces le ocurre crear un poema, ¿De dónde viene entonces ese poema? No viene de una estética o una retórica predeterminada que nos han de decir cuáles son las condiciones que debe reunir para ser poeta. Viene de un campo más basto y misterioso como lo es el de la experiencia humana en su totalidad, tanto la experiencia propia, como la del contorno inmediato presente y no presente, consciente e inconsciente, voluntaria e involuntaria, en la soledad y en relación, etc. Viene del universo de la vida y del hombre y para mejor viene implícito en el más misterioso y tal vez más poderoso de sus poderes: El lenguaje, la palabra. Esa palabra que surge que concreta, que expresa y que transmite, pero sobre todo, palabra que ocurre, que nos ocurre, que nos coloca en determinada situación.
Una afirmación de Lacán: “Más que significar, un poema implica al lector en una situación”.
Conclusión: Un poema, es un hecho en la existencia de una persona, es decir: Antes que la noción idealista e inexistente de un producto literario, que una mirada pura y distante puede consumir sin ser por ella alterada, un poema es algo que ocurre en nuestras vidas, tanto si lo creamos nosotros, en el momento concretarlo en palabras o como si lo creamos también nosotros al recibirlo de una constelación de palabras de las que surge un sentido o significado que nos toca, insisto, porque esto me parece muy importante, UN POEMA ES ALGO QUE NOS OCURRE, ES UN HECHO, UN ACONTECIMIENTO en nuestras vidas, en el que participamos y en el que ellos participan y por lo tanto es capaz de alterarla. Y bien sabemos hasta qué punto un poema, puede ser una revelación que de alguna manera influirá en el curso de nuestra existencia, en suma, un poema pertenece al mundo de los hechos, es algo fáctico y si tiene que ver con el curso de nuestras vidas entonces entra en el campo del hacer, en el campo que desde la Filosofía denominan Ética.

Hemos llegado la última tesis.

5ª. Tesis LA POÉTICA ES UNA ÉTICA.

Tal vez ahora podemos comprenderlo mejor, el campo de los poemas verdaderos o constelaciones significantes de palabras que operan sobre el curso de nuestras vidas, no es el de la literatura como institución neutral y neutralizadora sino el de la vida concreta, inmediata.
Un poema tiene mucho más que ver con el ¿qué debo hacer?, que con el placer estético, concebido como actividad pura, sin compromiso con la existencia, ni con el tiempo histórico, ni con el tiempo real y concreto. Un poema es un acto como querían los dadaístas, pero no un acto contra la literatura, es decir, un acto sin palabras, una imposible negación de la palabra, sino un acto que justamente consiste en palabras.

Yo quisiera concluir aquí esta tesis: que son en todo caso, provisional materia de reflexión y dejar librado a cada uno el meditar sobre las sugestiones que de ellas pueden desprenderse. Pero hay algo sin embargo que me parece necesario destacar para dar término a estas aproximaciones, y es que, si todo poema verdadero es un hecho que influye sobre nuestra vida y no sobre la vida como una vana generalidad, sino sobre la vida real de cada uno; si todo poema lleva implícito un hacer, si es como escribe maravillosamente René Char, el amor realizado por el deseo que ha seguido siendo deseo, como realizado entonces.

Si corresponde por lo tanto a una ética, pero a una ética cuyas reglas se hayan en continua formación y que por ende no puede ser formulada, ni en cuenta de antemano, si todo poema es entonces el más cabal y dialéctico ajuste del ser humano con su situación histórica y ello explica de paso la necesidad constante de nuevos poemas, pero a la vez este ajuste no se puede producir en el esquema falso y perimido de contenido de una forma, de un tema y una expresión, entonces, el poema que toma como motivo un hecho para explayarse sobre él, el poema que pretende enseñar algo o celebrar algo, censurar algo, está condenado en principio a la inteligibilidad unívoca del discurso fáctico, es decir a la Prosa, expresado de otro modo, no se puede describir un hecho en un poema porque el poema es en sí un hecho.

En un verdadero poema, el hecho es (para parafrasear a Jung) la sombra del poema, me parece hoy más que nunca llamar la atención sobre esto porque en la actualidad es muy corriente la apelación al compromiso del poeta, entendiendo por este compromiso, la producción de llamados poemas que solo son desarrollados bajo una retórica de signo poético de temas de índole histórico o social. Esto no quiere decir ni mucho menos que el poema se desentienda de lo que llamamos: la realidad, si me he expresado bien, se podría comprender entonces que el poema es ante todo, la realidad por excelencia, que viene a suscitar en lo más profundo y auténtico de nosotros un imperativo movimiento vital. El poema no habla de la realidad, la hace con ella nos hace a nosotros y a nuestra vez, también la hacemos.

Cuando los falsos resplandores del prestigio y del privilegio del que aún disfrutan en algunos medios la poesía y los poetas, se disipe para dejar paso a la sencilla verdad del poema, que siempre autores o lectores somos nosotros quienes creamos, cuando la inocua institución que la literaria hizo de la poesía para destruir sus extraordinarios poderes de liberación, cuando la figura histórica que la sociedad enajenada hizo del poeta, se borre para dejar paso a la sencilla verdad del poema que nos ayuda a vivir y que nos sirve para vivir, entonces: habrá tal vez menos poetas en los diccionarios de biografías pero habrá también y al mismo tiempo, más belleza y amor, más verdad y comunicación entre los seres humanos porque son ellos, los seres humanos, no los papeles, los que definitivamente importan.
Buenos aires 1975

MIGUEL OSCAR MENASSA

PSICOANÁLISIS Y POESÍA
REVISTA “OLIVERIO, SEPTIEMBRE 2003”

A modo de síntesis, digamos que Miguel Oscar Menassa está en Buenos Aires para presidir el XIV Congreso Internacional de Grupo Cero. Es: Poeta, Psicoanalista y Pintor. Tiene publicados más de 30 libros, algunos en Buenos Aires y la mayoría en Madrid, de Poesía, Psicoanálisis y Narrativa.

Su primera novela tiene un título digno de contarse: “No ve la rosa”, y es el articulador de esta ciencia entre Poesía y Psicoanálisis, que a continuación explica en este artículo que seguramente arrojará algunas luces y algunas sombras.

Antes de nada, podríamos decir que cuando todo está destruido o es imposible, la única posibilidad es Poética, frase que nada tiene que ver con que un verso pueda ofrecernos alguna posibilidad cuando todo está destruido o se ha hecho imposible, sino más bien que llegados a este límite de animarnos, es en el abismo creativo de lo poético donde seguramente al hundirnos en él, una nueva posibilidad se habrá para nosotros.

Sometidos a leyes inexorables, la palabra hace sus estragos, ella es impune, se combina con todo, ama desaforadamente las imperfecciones, su ser es todo tiempo. En este estado todas las combinaciones de la palabra generan poesía, para ello es necesario las formas espaciales, topológicas, último lujo de la razón contra lo poético humano, estallen en fragmentos.

La forma será sin más, las deformaciones que la violencia de los tiempos combinándose le imponga, gozando como una mujer, dejándome llevar, escribo de lo que nadie sabe, soy ello, capaz de engendrar lo que circula, no soy idéntico, ni siquiera a mí mismo, mi lugar es la muerte, Psicoanálisis y Poesía, dos interesantes miradas sobre la vida de los hombres, que como toda mirada, única o doble, ya que el doble es consecuencia y máscara de lo único, son insuficientes. En ellas, todo es infinito, en los contornos de un universo finito, dos miradas extraviadas en ser siempre una novedad y sin embargo hablar solamente, escribir solamente, dos formas privilegiadas de lo único.

Iniciar algo también es morir, y si no se han hecho las cosas a fondo, podrá más la sangre que las palabras, solo en el paroxismo de su ser humano, un hombre es palabras, el resto del tiempo, carne, excrementos, grandes pasiones de antiguo nivel, hundido en esa pocilga, el hombre puede morir de cualquier cosa, hasta de rabia.

Tengo toda la paciencia que tiene que tener un árbol perenne, ¿Se pueden imaginar esa solemnidad? Y no soy como dicen algunos de mis versos, un pájaro cantor, sino más bien, cientos de pájaros cantores anidan en mis propias entrañas, soy por eso, la madre de lo que canta en cada pájaro cantor y lo que crezco contra el tiempo, hace efímero el vuelo de los pájaros, me llaman: “Poesía”.

Cuando hablamos de poesía, no hablamos de una poesía que nos descubra el centro del amor, sino de una poesía que produzca amor en los hombres. Más que una ciencia para descubrir sentidos, una ciencia que no deje tranquilo ningún sentido, ninguna verdad, un método que más que revolucionar, se revolucione, y hoy no he venido a preguntarme por mi ser, porque yo es Cero, tampoco vine a preguntarme por vuestro ser, porque en vuestro ser, anida la sustancia de mi carencia y ese deseo de plenitud, es vuestro ser, y tampoco vine a preguntarme por los astros celestes que surcan el espacio diario porque no es de las posiciones que ocupamos en el espacio, ni aun del topológico, de lo que hemos venido a hablar, sino precisamente de lo que a todos sobrecoge, y a todos por igual, el tiempo de nuestra relación, la historia de vuestra transferencia.

Que los poetas legislen con sus versos la vida de los hombres y que los Psicoanalistas expliquen, diríamos de una manera magistral, los mecanismos intrínsecos de dicha legislación, no son todavía prueba suficiente para que sigamos galardonando a nuestros poetas y a nuestros Psicoanalistas, y sigamos recluyendo a nuestros locos en los manicomios o sus sustitutos, no son siempre diferenciados claramente de la fuente de la cual provienen.

Doña Poesía, la dueña de las palabras, porque ella, La Poesía, es la indiscutible dueña de las palabras, más aún de la propia locura, del simple hablar, en donde cada vez que pronunciamos una nueva palabra, adviene a nosotros, un nuevo sentido, aunque no lo sepamos, porque la poesía es la que legisla ese saber, y ese no saber, Y es en la Poesía donde el deseo y la locura, plasman su ser. Se sabe de antaño que la Poesía, mucho antes de que las matemáticas dieran un nuevo rumbo a la humanidad, hablaba de una voz, más acá de Dios y sin embargo, humana. Y la Poesía como sin razón, como estallido sangrante en medio de cualquier vida, de cualquier frase, de cualquier historia, aún como sin razón, cuando los más ambiciosos, tratando de hacerla más aceptable, la transformaban en Filosofía. Quiero decir, que mucho antes que la locura hablara por sí misma, la Poesía habló por ella. La diferencia entre la Escritura y lo que el hombre que escribe puede con su vida, es un drama que hasta ahora solo pudo ser solucionado con la muerte, la locura o la terrible enfermedad; en todos los malditos o en todos los aquellos que sin llegar a serlo, lo ambicionaban.

La vida de la Escritura es la vida de la Escritura y la vida del escritor es un mínimo inconveniente que la Escritura supera en todos los casos, pretender hasta ahora por hacer concordar la vida de la Escritura con la vida del escritor, es en todos los casos, llenar la Escritura de opacidades. Si la Escritura, es decir, la formación material histórica de la producción del lenguaje escrito, ha de ser materialidad de toda producción científica y literaria, no ha de ser ella la que se verá sobredeterminada por el sujeto psíquico que ella misma utiliza en su realización, sujeto que padecerá al caer bajo la sobredeterminación del sistema Escritura, un desvío precisamente en aquello que por ahora le determina como sujeto del Inconsciente y como sujeto de las relaciones de producción.

La Escritura no respeta ninguna enfermedad, ni ninguna posición de clase, ella dispone de sus propias categorías, ella otorga posiciones de clase que nada o muy poco tienen que ver con los sistemas de producción imperantes, las leyes de la Escritura no son siquiera las leyes del lenguaje, así que, si el Inconsciente está estructurado como Lenguaje, será una cosa y si está estructurado como escritura será otra.

Escribir de aquello que nos enceguece para usarnos en su desarrollo, es fuerte, algo así como intentar detener mi propia circulación sanguínea para estudiarla.

Ella no se lo permitirá a nadie. Detener su curso, para que alguien pueda poseerla, para que alguien pueda decir algo de ella, antes de que ella misma produzca sus sentidos, ni me lo puedo imaginar, y sin embargo, sé que sin imaginación, será imposible, insistiré, se ve que todavía me dan miedo las combinaciones, Edipo todavía me domina, todavía estoy esclavizado a dos ilusiones: tener el valor, tener el falo. Todavía deseo solo ausencias, soy un amante de la inmortalidad, temo la infinitud, prefiero que el mundo siga siendo un poco de dinero y la fotografía de mis familiares muertos.

Pretendemos una página en blanco permanente, ese ha de ser nuestro lecho de amor y también nuestro campo de guerra. Hemos aprendido que la bestia de la Poesía, no puede ser saciada por ningún dinero, aunque su confort sea el más alto, ni por ningún sexo, aunque su promesa sea la más bella, por eso decimos que la bestia, no habrá de morir, la Poesía nos acompañará hasta el final y nada de versitos porque la Poesía es una manera fuerte de vivir en el mundo, una manera valiente de los terráqueos de mostrar lo que habrá sucedido.
Queda claro que si estará al final, tendrá que estar en el principio, y ese es el orden que Poesía y Psicoanálisis proponen.

El orden poético, la jerarquía de una lectura poética que no pueda ser comprendida sino por aquellos a quienes va dirigida, una lectura que cuyo procesamiento. Produzca una escritura nueva, que señale de un modo definitivo que en el siglo XX algo ha pasado: Poesía y Psicoanálisis.

Te recomendamos ver el programa de televisión sobre Raúl Gustavo Aguirre y Miguel Oscar Menassa.

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