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BIOGRAFÍA DE LA POETA FORUGH FARROJZAD
Forugh Farrojzad (en persa: فروغ فرخزاد), (Teherán, Irán, 5 de enero de 1935-Teherán, Irán, 13 de febrero de 1967), fue una poeta iraní y directora de cine. Como poeta fue una de las más influyentes de Irán en el siglo XX. Era una poeta moderna, controvertida e iconoclasta
Junto con un grupo de poetas renovadores como Nimá Yushiy, Sorhab Sepehrí y Ajaván Salés, rompió la rigidez de la poesía clásica persa acercándola a la gente utilizando expresiones y términos populares y coloquiales.
Fue descalificada por los sectores más conservadores de la sociedad iraní, admirada por escritores y cineastas de todo el mundo y emblema del feminismo en su país.

En la introducción a “Eterno Anochecer”, Antología que reúne Nazanin Armanian nos dice: Me di cuenta que sería imposible comprender su obra sin profundizar en la batalla que libró contra el decadente e injusto orden social que imperaba en el Irán de los años 50 y 60. Sus versos son en gran medida la historia de su vida, la de una mujer que se rebeló con todas sus fuerzas contra el sistema en el que había nacido. Forugh, siendo tachada de ser una “poeta de cama”, por escribir sobre la pasión y el sexo femeninos, abogó por una sociedad libre y justa en todas sus dimensiones.
Lo hizo colocándose a sí misma como protagonista de sus poemas, jugándose de ese modo la “reputación” e incluso la vida, al entender que sin la liberación de la mujer (con singularidad, su libertad sexual) no era posible renacimiento social, ni progreso alguno.
Nació en Teherán en 1935, en pleno proceso de occidentalización del país en tiempos del Sha Reza Pahlaví, fundador de la dinastía en 1923. Tras tomar el poder mediante un golpe de estado, respaldado por Gran Bretaña, el dictador paniranista puso en marcha un sistema capitalista caracterizado por dos rasgos principales: un profundo anticomunismo y un no menos marcado anticlericanismo (que no antiislamismo).

Reza Pahlaví detuvo, torturó y ejecutó a cientos de poetas, escritores, activistas y dirigentes políticos marxistas. Con el fin de disminuir el poder de la mujer le otorgó ciertos derechos como su ingreso en el mercado laboral y en la universidad. Lo más fue prohibir el velo en 1935, año en que nace Forugh, para convertir a Irán en el primer país del mundo que penaliza a las mujeres que llevaban el velo. Con esta decisión el dictador cumplía, paradójicamente, con las reivindicaciones que proclamaban las mujeres progresistas y demócratas de Irán.
Foruhg era hija de una familia de clase media observante de las tradiciones islámicas persas.
Su padre era el Coronel Mohammad Bagher Farrokhzad (originario de Tafresh) y su madre se llamaba Touran Vaziri-Tabar.
Era la tercera de siete hermanos, entre ellos la también escritora y poeta Puran y el actor, escritor y poeta Fereydoun Farrokhzad. Su hermana Puran fue activista, poeta, escritora y enciclopedista y su hermano Fereydoun, además de cantante, actor y poeta, se convirtió en el showman más relevante de la historia de la televisión iraní; fue asesinado en Bonn (Alemania) en 1992 por un comando enviado por el gobierno de la República Islámica, contrario a los chistes verdes que contaba sobre el clero en los programas que emitían los canales de las televisiones iraníes en exilio.

Forugh vivió una infancia infeliz. Aquella niña menuda, enérgica y con una fuerza desbordante, desafió las estrictas normas que imponía un padre intransigente e incapaz de mostrar sentimientos. No era fácil ser la hija de un padre militar que prefería tener hijos varones. Forugh escribe en una de sus cartas: “Cuando me acuerdo de mi infancia. De cuando nadie cuidaba de mí, y no era más que una niña sencilla e inocente, siento rabia. Solo adoro a Puran, por ser siempre mi apoyo”.
A los 20 años Forugh le escribe a su padre: ”Mi gran dolor es que usted no me conoce y nunca quiso conocerme. Usted debería haberse acercado a nosotros con cariño para guiarnos, pero con su violencia nos asustaba y hacía que nos volviésemos introvertidos, nos dejó solos aún ante grandes problemas de la vida.
Se graduó en la escuela secundaria y a los 15 años, empezó a estudiar pintura y corte confección en la escuela de artes manuales para niñas Kamalolmolk Technical School. Más tarde explicó que tras las clases de corte y confección se sentía más ligera de mente y podía escribir poesía con mayor facilidad.
La pintura fue siempre para ella una segunda vía de expresión.
Se casó a los dieciséis años con el rechazo de su familia a causa de la edad, con su primo, (según algunas fuentes, pariente lejano) Parviz Shapour, quince años mayor que ella. Era un conocido humorista, creador del Carikakalamator una combinación de caricatura y palabra que consiste en un verso corto y satírico.
Continuó su formación de pintura y costura y se trasladó con su marido a la ciudad de Ahvaz.
Un año más tarde, dio a luz a su único hijo, Kamyar Shapour al que le dedicó: Un poema para ti., en su libro Rebeldía.
Dos años después, en 1954 la pareja se divorció -influyeron sus ideas de lucha por la libertad según algunas biografías. De sus cartas se desprende que el detonante del divorcio fue la infidelidad que cometió con Naser, a quien le había presentado su marido, para que le abriera camino en las publicaciones literarias.
En el libro Los primeros latidos amorosos de mi corazón, su hijo Kamyar, publica cartas de amor entre su padre y su madre, aún después del divorcio. Durante mucho tiempo después de separarse Parviz le siguió ayudando económicamente.

En su libro “Muro” Forugh dice: “Dedico este libro a Parviz, por el recuerdo de nuestra vida en común y con la esperanza que este insignificante regalo sea una respuesta a su inmenso cariño.”
Su marido ganó la custodia de su hijo y nunca más pudo volver a verle.
Su padre la repudió y le impidió volver a la casa familiar.
Forugh regresó a Teherán. Aunque ya componía poemas en sus años estudiantiles, es después de esa compleja travesía personal -matrimonio-divorcio, pérdida de la custodia de su hijo- cuando irrumpió en la escena literaria.
En 1955 publicó su primer libro de poemas, titulado Asir (Cautiva) con 44 poemas.
Sus poesías rebeldes e iconoclastas recibieron el rechazo de todos los academicistas. El editor de la obra fue arrestado y ella fue acusada de corromper a la sociedad con sus palabras. El acoso de la crítica y de la prensa ya nunca cesaría.
En septiembre de 1955 sufrió una crisis nerviosa y fue ingresada en una clínica psiquiátrica. En julio de 1956 salió por primera vez al extranjero y viajó durante nueve meses por Europa. El mismo año publicó 25 cortos poemas con el título Divar (El Muro) dedicado a su ex marido.
En 1958 publicó su tercer poemario, Esian (Rebelión).
El mismo año cuando buscaba trabajo conoció al controvertido escritor y cineasta Ebrahim Golestan con quien coincidió con las ideas de independencia y libre expresión y con quien inició una relación sentimental que mantuvo hasta su muerte. Su vida independiente y libre era motivo de escándalo en los cerrados cenáculos literarios.

En 1962 co-dirigió. Junto con Golestan La casa negra, un breve documental sobre la leprosería de Tabriz, que algunos han comparado con Tierra sin pan y que el crítico Mohsen Majmalbab definió como “la película más bella del cine iraní”. El documental recibió varios galardones, entre ellos en 1963 en el Festival de Mannheim.
En 1963 la UNESCO produjo una película de 30 minutos sobre Forugh. También el cineasta Bernardo Bertolucci viajó a Irán para hacerle una entrevista y decidió producir una película de 50 minutos sobre la vida de la poeta. No se sabe si llegó a producirla.

En 1964 publicó Tavallodi Digar (En otro amanecer), con 35 poemas escritos en los seis años previos. El libro está considerado un hito en la poesía persa contemporánea que refleja su emancipación y liberación de la tradición, tanto en el plano formal como personal. Dueña de una creatividad y personalidad anticonvencionales, la escritora-cineasta abre su abanico hacia la actuación teatral.
En 1965 entró en imprenta su quinta colección de poemas, Tengamos fe en el comienzo de la estación del frío, publicada después de su muerte.
Murió el 14 de febrero de 1967 en un accidente de coche tras visitar a su madre. Para evitar un vehículo que venía en sentido contrario se desvió y se estrelló contra un muro en circunstancias no bien aclaradas, cuando preparaba el papel de una obra teatral.
Según Ebrahim Golestan, la llevaron al hospital más cercano, donde no le atendieron, ya que era de exclusivo uso de trabajadores asegurados. Forugh necesitaba una operación urgente. Regresaron a la carretera para llevarla en coche a otro centro de salud, perdiendo un tiempo precioso. Llegó con vida al hospital Reza Pahlavi pero murió en el quirófano- Forugh así encontró la muerte, en la que tanto había pensado y que incluso llegó a prever:
Pasó el tiempo,
Pasó el tiempo y el reloj tocó
Cuatro veces.
Cuatro veces tocó-
Hoy es el primer día del invierno.
(…)
“Se acabó, le dije a mi madre-
Siempre sucede antes de lo que esperas, le dije, debemos enviar un pésame al periódico.”
(Tengamos fe en el comienzo de la estación del frío).
La tumba de Forough está situada en el cementerio de Zahiroddoulé, al norte de Teherán.
Su poesía fue prohibida y censurada por más de una década tras la revolución islámica.
La muerte de Forugh rompió la brillante trayectoria que haía empezado e impidió que después de tanto sufrimiento recogiera el fruto de su trabajo. Ella fue la intelectual más completa de Irán: reivindicaba “pan, paz y libertad” para todo el mundo, mientras exigía el respeto a los derechos del individuo, ubicándose así un paso por delante de las fuerzas de la izquierda de su tiempo. La marcha de Forugh la convirtió en una figura de referencia para las fuerzas contestatarias. Sus libros fueron prohibidos y sufrieron mutilaciones y censura tras la instauración de la teocracia islámica en 1979. A diferencia del régimen de Pahlaví, (que era una dictadura política y sólo perseguía a sus opositores) la teocracia islámica constituye un sistema totalitario de poder que controla y reglamenta desde las actividades políticas y sociales hasta la vestimenta de los ciudadanos. Jamás iba a tolerar, por tanto, la existencia de una mujer que reivindicaba su derecho a la libertad sexual.

No es extraño entonces que su nombre sea excluido de: Poesía de los poetas de Irán y del mundo, Antología llevada a cabo por el Ministerio de Orientación Islámica, encargado de imponer el fundamento a la sociedad iraní.
A pesar de todo, su figura se convierte en inmortal, sus libros se siguen reeditando tanto en Irán como en extranjero-
En España era prácticamente desconocida hasta que en 1997 la revista «Caminar» hizo una pequeña presentación y tradujo tres de sus poemas: Regalo, Muñeca de cuerda y Renacer.
En 2000 se publicó su primer libro de poemas en español: Noche en Teherán y en 2004 Nuevo nacimiento con poemas de Rebelión, Nuevo nacimiento y Tengamos fe en el comienzo dela estación del frío, su última obra.
En marzo de 2019 se publicó la recopilación de su poesía completa en “Eterno anochecer” Ediciones Gallo Nero. Edición traducción y notas de Nazanin Armanian.

Entre los documentales realizados sobre su vida destacan El espejo del alma (2000), El frío verde (2003) y Cumbre de la ola (2004) todos del cineasta iraní Nasser Saffarian.
En diciembre de 2011 la policía impidió la entrada al cementerio Zahiroddoleh a un grupo de admiradores que iban a hacerle un homenaje. Sólo autorizó la presencia de sus familiares, previa comprobación de sus documentos de identidad.
OBRA
Su obra ha sido calificada como poderosa y femenina, con versos libres que interpretan las inseguridades de las etapas de su vida, llenos de añoranza, aunque a menudo son amargos y realmente poéticos La vitalidad y fuerza de sus versos, la sinceridad, sencillez y transparencia de su visión de los hombres y de la vida sacudieron Teherán.
PUBLICACIONES
Publicó cinco libros de poemas: “Cautiva” (1955), “El muro” (1956), “Rebelión” (1959), “En otro amanecer” (1963) y “Tengamos fe en el comienzo” (obra póstuma publicada en 1974).
OBRA EN ESPAÑOL
Noche en Teherán, Amelia Romero, editorial El Bardo, 2000.
Nuevo Nacimiento, con traducción de Clara Janés y Sahand. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2004.
Eterno anochecer. Poesía completa. Edición, traducción y notas de Nazanin Armanian. Gallo Nero Ediciones, 2019 y 2025.
Documentales y otros materiales
I Shall Salute the Sun Once Again, documental realizado por Mansooreh Saboori, Irandukht Productions 1998
Moon Sun Flower Game, Documental por Claus Strigel, Denkmal-Film 2007
The Bride of Acacias por Ezzat Goushegir

POEMAS DE FORUGH FARROJZAD
DESERTORA
No sé qué quiero, Dios mío.
No sé, día y noche, qué persigo,
Qué busca mi mirada fatigada,
Por qué en mi pecho arde tanta pena.
Rehúyo toda compañía,
en un rincón me humillo,
sigilosa y apagada,
Y mis ojos naufragan en lo oscuro
mientras late mi pecho malherido
Deserto de esa gente que cuando está conmigo
finge sinceridad y palabras de aliento,
pero después me acusa y me difama
desde lo más profundo de su ruindad.
Deserto de esa gente que al oír mis poemas
se abre ante mis ojos como flores perfumadas,
pero, a solas, de puertas para dentro,
me llama loca y casquivana.
Ay, corazón, corazoncito mío, tan insensato
que ardes en las hogueras de la hipocresía,
no te indignes ya más por la chusma.
Y tú, pon fin a tanta insensatez, Dios mío,
Del libro: Cautiva 1955
EL ESPEJO ROTO
Ayer, en el espejo
de aquél amor querido,
ayer en tu recuerdo
de nuevo me miré;
engalanada con un vestido verde
desanudé la cinta de mi pelo.
Rocié mi cuerpo con perfumes,
rocié mis senos…
Me pinté, seductora, los ojos con kohl.
Sobre mis hombros dejé caer mi pelo.
Planté un lunar junto a mis labios.
Lenta, parsimoniosamente.
Entonces dije “qué pena que él no esté”,
que esta magia no pueda hipnotizarle,
que no pueda mirarme con mi vestido verde
y decirme sonriendo, “eres preciosa”.
No está. No puede ver su dicha reflejada
en mis pupilas negras.
¿De qué me sirve esta noche mi cabello suelto
si sus manos no anidan en su negro azabache?
No está. No puede oler mi cuerpo
al dejarse caer, poseído, en mis brazos.
Espejo, espejito, me mata esta congoja.
No está. No puede apretarme contra su pecho.
“Espejo, repetí, clavando la mirada
en él: “¿No me consolarás en mi desdicha?”.
Pero estalló en sollozos y me dijo: Ay,
mujer, mi corazón se ha roto al escuchar tu pena”.
Del libro: Cautiva. 1955
LAS COSAS DEL QUERER
Esta noche el cielo de tus ojos hermosos
cae sobre mis versos como lluvia de estrellas,
en el blanco silencio de los pergaminos
mis dedos siembran acentos que estallan.
Mi poema febril, enloquecido,
que se sonroja a causa del descaro del deseo,
arde otra vez en la eterna pasión.
En el eterno fuego.
Así se empieza a amar, sin ver
el fin del sendero;
Pero mi pensamiento no busca ver el fin.
La belleza de amar solo es camino.
A qué temer la oscuridad,
la noche está repleta de gotas de diamantes.
Lo que la noche deja tras de sí
es el aroma hipnótico de los jazmines.
Ah, déjame perderme en ti.
Que nadie encuentre ya mis huellas.
Mi ardiente alma, mi húmedo aliento,
déjame rociar el cuerpo de mi canción.
Ah, deja que adormecidos, sobre sueños alados
volemos día tras día entrelazados,
que desde este resquicio abierto
traspasemos los límites.
Sabes qué quiero de la vida:
ser tú… tú de tu cabeza a tus pies.
Si mil vidas tuviera, nacer querría mil veces
siendo tú, tú, siempre tú.
Guardo dentro mares desbordados,
cómo podría ocultar sus olas.
Tempestad, tú me comprendes,
Tú, que sabes de rayos y tormentos.
Me rebosas, tanto me rebosas que deseo
ir hasta el corazón de las praderas,
peinarme con el canto de las montañas,
sacudir con mi torso el mar y jugar con sus olas.
Me rebosas, tanto me rebosas que deseo
dejarme caer como una brizna,
reclinar mi cabeza debajo de tus pies,
colgarme de tu leve, leve sombra.
Sí, así se empieza a amar, sin ver
el fin del sendero;
pero mi pensamiento no busca ver el fin.
La belleza de amar solo es camino
Del libro: Cautiva. (1955)
PESAR
Karún, como el cabello enmarañado de una joven,
ondula por los hombros desnudos de la tierra.
El sol ha dejado tras de sí
el aliento fogoso de la noche
en los senos latientes de las aguas inquietas.
Indiferente a mi mirar atento, la orilla sur
ha caído, borracha de amor, en los tentáculos claros de la luna.
La noche, con sus miles de ojos, la noche con sus venas rebosantes
se asoma ya a los lechos de los cándidos amantes.
Duerme el cañaveral, y un ave extraña
gime a cada momento desde lo más oscuro.
La luna vierte un poco de su luz a su paso
Por consolar al ave, por arrancarla delas garras de su miedo.
En la rivera, la brisa juguetona
estremece las sombras de las palmas.
La noche y su silencio misterioso…
La noche llena de croar de ranas.
En la belleza grave de esta noche
siento cómo te aproximas.
Siento tu olor rondando por aquí, en el agua nocturna,
Tu mirada entre las estrellas encendiéndose, apagándose.
Tu corazón, pobre de él, entusiasmado, anhelante,
se te partió cuando mi amor lo encadenaba.
Te llevó la corriente de su instinto, te arrastró mar adentro.
¡Ay, pobre rama partida al pasar la tormenta de mi indómito amor!
Del libro Cautiva
UNA CUALQUIERA
Vete, mi corazón está roto.
Soy inestable y blanda y pecadora.
En mi pecho late un corazón loco.
Mil lujurias guardo en mis entrañas.
Pura es tu alma, y la mía impura.
De la inocente intimidad soy yo la amante.
Tú estás borracho de desear el vino de mis besos.
Yo con el vino y con la copa exulto.
Mil lenguas diferentes tienen-mis ojos.
Soy la que escancia en la reunión de los borrachos.
¿Hasta cuándo vas a hablarme de tu pena?
Si quieres besos, cógelos de mis labios.
Tu amor es como el brillo de la luz de la luna.
Que, sin darse cuenta, un fangal ha iluminado;
una lluvia de bendiciones derramada
sobre el pedregal de un corazón maldito.
Soy la extinción, la eterna tiniebla.
Tú eres los rayos del sol de la esperanza
sobre mi rostro, ¡ay, tú, luz, gracia!
Tu resplandor viene a mí tarde.
Llego tarde, mi virtud se fue.
Llegas tarde, chapoteo en el pecado.
El temporal de deshonra y desgracia me hizo triste.
Me consumí en la nada, como una vela.
De: Cautiva.
DESEO
(A Puran Minu)
Ojalá en la orilla de un manso río,
fuera yo la fragancia misteriosa de las plantas,
y así, si tus pasos pasaran por allí
mis labios en tu cuerpo se posasen.
Ojalá sonara yo como la flauta
del pastor, y así alegrara tu corazón loco,
y en el palanquín zarandeado de la brisa
pasara por delante de tu puerta, dulce y calma.
Ojalá como los rayos del sol de primavera,
Brillase yo de noche en tu ventana,
A través del agitado cortinaje
De seda fina, para ver el color de tus ojos.
Ojalá en tu lujoso banquete
Fuera la risa de una copa de vino compartida.
Ojalá en medio de una noche triste,
Fuese yo la embriaguez de tu duermevela.
Ojalá como un espejo se iluminara
Mi corazón con tu rostro y con tu risa.
Y por las mañanas se deslizasen en mí
Tus manos amantes, sus cálidas caricias.
Ojalá mi danza, como las hojas del otoño,
contemplase la luna llena de madrugada.
Y mi emoción armase escándalos florales
en el jardín de tu casa.
Ojalá, como el recuerdo placentero de una dama,
serpentease yo hasta el centro de tu pecho agitada,
y viera de repente tus dos ojos
absortos en tu propia belleza reflejada.
Ojalá del verde árbol de la vida
arrancaras mi enroscada flor de pena.
¡Ay, fuente mía de vida! Ojalá vieras en mis poemas
cómo arden mis secretos, mis yos velados.
Del libro El muro
EL MURO
En mitad de los gélidos instantes,
tus ojos fieros, silenciosos,
me rodean como tapias.
Huyo de ti por los caminos sin rumbo,
para ver los prados envueltos por el polvo de la luna,
para empapar mi cuerpo
con las fuentes de luz,
para llenar mis manos de silvestres flores,
en la neblina de las albas del verano.
Para oír los gallos cantar en las cabañas.
Huiré de ti para pisar la hierba,
beber del fresco rocío de los pastos.
Huiré de ti para mirar, en una playa solitaria,
desde las rocas perdidas entre las nubes,
la danza giróvaga de las tormentas marinas,
y amparar bajo mis alas, en un atardecer lejano,
igual que una paloma,
las praderas, las montañas y los cielos,
y oír el canto alegre de las aves.
Huiré de ti para despejar la senda
de la ciudad del deseo,
y dentro
abrir la pesada cerradura
de oro del palacio dorado del sueño.
Pero el grito silente de tus ojos
ennegrece las sendas delante
de mi mirada,
y me rodean aún igual que tapias,
Algún día huiré de la duda que embruja,
Me verteré como el aroma de las flores
Imaginadas,
Pasearé por el pelo ondulado de la brisa nocturna,
Iré hasta la orilla del sol,
En un universo que duerme
En una eterna tranquilidad.
Descansaré en el lecho de una nube de oro,
Dibujarán las ráfagas de luz melodías
En un cielo jovial.
Desde ahí, feliz y libre
contemplaré el universo;
mientras tus ojos seductores,
en su misterio oscuro, continúan
alzando tapias a su alrededor.
De El muro
EL ALBA DEL AMOR
Como la hojuela de mi corazón, el cielo está esta noche
claro de luna de cabello argénteo.
Esta noche huyo del reposo, que soñar
contigo es mejor que estar durmiendo.
Absorta en las indómitas sombras de los sauces,
me arrastro silenciosa hasta mi lecho,
de nuevo en busca de un canto deseable
reposo la cabeza sobre mi cuaderno.
Cientos de canciones danzan
en el fino cristal de mi voz.
Un placer desconocido, un color de fantasías
corre como la sangre por mis venas, feroz.
Ah…al parecer, el alma en pena de la niebla
se ha marchado de mi gruta.
El alma en pena de la niebla se ha marchado,
y una brisa de este húmedo camino abandonado
ha impregnado mi falda de aromas de jazmín.
Sobre mis labios, las llamas de tu beso
se abren como amapolas en la cima del suplicio.
Y una estrella brillante atraviesa mi delirio,
el halo del secreto.
Hay un desconocido aquí en mi pecho
que desliza su mano entre el barbar y el arpa.
Cuando se funden las acordes melodías
sus entrañas desprenden aromas de oud.
¡Hay!… No puedo creer que yo
goce contigo en una unión semejante,
que ese par de ojos ardientes
a mí me miren con complacencia.
Sin duda en este mundo de ensoñaciones,
me lanza Venus su mirada dulce.
Pero aun así, escribo en mi cuaderno
¡que tú, del amor, seas siempre el alba!
Del libro: El muro
LA FLOR DE LA MELANCOLÍA
Feliz de arder en tu abandono. Feliz
de llorar con tus recuerdos.
Feliz de que después de alcanzarte siga
llorando este amor, que aún vive aquí dentro.
¿Pensaste que por separarnos
en ti no pensaría?
Qué decirte si aparte de tus llamas
nada más en mis entrañas arde…
De noche, junto a las palmeras,
cuando ruge el Karún con sus pesares,
parece que mis gritos de anhelo se disuelven
en sus aguas y se oyen desde sus mareas.
De noche, siéntate un rato en su orilla,
Para ver, desnuda, aparecer mi pena.
De noche, que tu sombra me observe
para ver en sí misma la inquietud de mi alma.
Con los labios fríos de la brisa, al alba,
una canción te mando.
Yo soy aquella estrella que brilla cada noche
sobre el cielo de la casa donde duermes.
La alambrada del desierto no podrá interponerse
entre tú y yo.
Soy aquella paloma solitaria
que vuela mar adentro.
Feliz de arder de nuevo, como una rama seca,
en la pira de tu repudio.
Este cuerpo febril, al parecer,
sigue aún abrasado por el sol de tu tierra.
Cómo iba a morirse tu recuerdo en mí
si es el recuerdo del primer amor.
Tu recuerdo es aquel otoñar que se quiere
por sus miles y miles de colores hermosos,
inolvidable.
Deja que los del sayo negro, los devotos
que calumnien ante las ciudades, sus gentes, su baldío.
Que mancillen mi nombre con deshonra
esos los hijos del mismo demonio.
Pues yo, que soy la flor del desconsuelo,
que broto del tallo de tu memoria,
te busco de noche en mi rincón,
entre tus cálidos recuerdos para siempre
míos, vivos para siempre,
Del libro: El muro (1956)
LA OLA
Eres ante mis ojos como una ola,
retumbante, rebelde, impetuosa.
Constantemente vas de un lado a otro
en manos de la brisa de los mil deseos.
Eres una ola.
Una ola. Y el mar de los anhelos tu morada.
Inquieta por los colores del horizonte.
Con una nebulosa en la mirada.
Con tu ser te embarcas en continuas luchas,
no conoces la calma ni el sosiego.
Continuamente de tu ser te fugas.
Eres aquella nube
amoratada, lívida.
¿Dios, qué pasaría
si una orilla lejana yo fuera
y una noche, con los brazos abiertos,
te secuestrara… te secuestrara…?
Del libro: El muro. (1956)
REGRESO
Al final las líneas de la carretera su fin encontraron,
yo llegaba desde ese camino polvoriento.
Mis ojos cabalgaban por delante de mí,
mis labios cargaban un cálido saludo.
La ciudad hervía dentro del horno del mediodía,
el callejón se quemaba en la fiebre del sol.
Mis pies sobre el empedrado silencioso
Avanzaban temblando ardientes.
Eran de otro color las casas,
polvorientas, tristonas y opacas.
Los rostros entre los negros chadores
parecían almas en pena tirando de grilletes.
El arroyo seco, cual ojo ciego
vacío de aguas y señales de ellas.
Un hombre pasó canturreando por el camino
llenando de su canción mis oídos.
La cúpula, esa conocida de la vieja mezquita,
parecía más bien un cuenco roto.
El almuédano del alminar desde lo alto
llamaba a la oración con su pesaroso canto.
Corrían detrás de los perros
Los descalzos críos, piedra en mano.
Una mujer se rió por detrás de su velo,
de repente el viento cerró un ventanuco.
De las bocas negras de los pasadizos
salía el tufo húmedo de sepulcro.
Por allí iba un ciego con su bastón,
alguien conocido venía de lejos.
Por allí una puerta se abrió sigilosa.
Unas manos me llamaron hacia sí.
Una lágrima cayó de los ojos.
Unas manos me rechazaron.
Sobre el muro seguía la vieja enredadera
Ondeándose cual manantial tambaleante.
Sobre sus frondosas hojas lucía
el verdor de la vejez y el polvo del tiempo.
Con la mirada le pregunté:
“¿Dónde hay señales suyas?”
Pero encontré mi pequeña habitación
vacía de su infantil voz.
Desde los adentros del frío polvo del espejo
su semblante, de repente, brotó cual flor.
Su mirada de terciopelo hacía aguas,
ah, en el espejismo él también me veía.
Me apoyé sobre el regazo de la pared.
Dije en voz baja: ¡¿eres tú, Kamy?!
Mas, de aquel amargo pasado está visto
que nada queda salvo su nombre para mí.
Llegaron a su fin las líneas de la carretera,
y yo por ellas llegué de los polvorientos caminos.
Sedienta, no hubo manantiales en todo lo andado,
lástima que mi ciudad sea la tumba de mis sueños.
Del libro: Rebeldía (1958) Kamy es abreviatura de Kamyar, nombre del hijo de Forugh
CRISTAL TALLADO DE ENSUEÑOS
Cogidos del brazo, con ternura,
con las almas rebosantes de la fresca
luz del amor,
frescas nuestras cabezas como ramas cargadas de hojas verdes,
mudos nos inclinamos
en el altar del templo del deseo.
Yo, como una ola de nube blanquecina junto a ti.
En mi pelo anidó una blanca flor de nardo.
Cada instante gotea por mis finas pestañas
el pulcro rocío hacia las hojas de tus manos.
Como si los ángeles celestes, junto a nosotros,
tocaran el arpa con sus delicados dedos,
pintando el altar con su limpio color,
entre aromas de oud, gemidos de incienso y nubes vaporosas.
Tu alta frente a la luz de las velas se veía
serena y mansa como el mar claro.
Con sus tallos de plata se sentaba
el sueño luminoso por debajo de tus párpados.
Y yo estaba sedienta de tu voz que musitaba
aquellas deliciosas palabras al oído,
palabras que el oído fuera de sí escuchaba
como antiguas leyendas repletas de misterios.
Las alas cristalinas del color del arcoíris
se abrieron en el cielo de tu mirada.
En el pecho latía el corazón resplandeciente
del templo mientras yo
ardía en la llama de aquel eterno instante.
Como la brisa mañanera dije un «sí» muy tenue,
y hacia ti volé con impaciencia, emocionada.
Pero tú no eras nada.
Pero tú no eras nada y, aun así,
nada guardo en mi pecho salvo este desearte.
De Rebeldía (11958)
FRENESÍ
Con la primavera de camino
¿qué harán con el deseo que se forma
en su cuerpo las ramas secas y ennegrecidas?
¿Qué hará mi corazón sin rumbo fijo?
¿Qué hará mi corazón descarrilado
con la brisa que surge de él
y el olor de la paloma que nadie ha domeñado
y el aroma de alientos errabundos?
Mis labios se queman con el canto.
Arde mi pecho amante.
Mi piel, de la emoción, se me descose.
Mi cuerpo estalla en flores, brotes.
Cada vez que me muevo
me voy, me voy a un lugar lejano.
El sol, como un arbusto en llamas,
está plantado en mi camino, anhelante de luz.
Sonrojada, como flor que está a punto de abrirse.
¿Quién será mi novio? Ay, blanca primavera,
si no me besa en tu reinado hermoso,
ay, blanca primavera, no será el mío.
El prado impaciente, empapado de rocío,
¿a quién llamará a su lado?
La hierba, en silencio, un instante tan solo
sabe quién es mi amado.
El cielo se desborda.
Ya no cabe en su lugar del universo.
Es como si dijera
que tanto azul no cabe
en las entrañas de este firmamento.
En primavera él se olvidará
del frío y la dureza del invierno.
Pondrá de nuevo sobre mi melena
la cálida corona hecha de hierbabuena.
Ay, primavera, ay, primavera,
tan hechicera…
Todo en mi ser es este estar pensando en él.
En tu locura he salido de mí misma.
Soy grito y deseo
y poesía.
Me contoneo como una febril serpiente
sobre las hierbas frías y mojadas.
Ah, este rugido, esta explosión.
¿Qué será de este,
mi corazón apasionado?
Del libro Rebeldía (1958)
TARDE
En los ojos cansados del día se arrastra
el sueño fantasioso, atolondrado.
Vete, pues, a tu casa,
por el camino de siempre, sin compañía.
Mientras tu mala sombra siga
pegada todo el tiempo a ti,
no creas que al llegar encontrarás
miradas que te acojan.
Tu casa está, como una tumba,
en medio de una nube de polvo, entre los árboles secos.
No luce, como antaño, la corona
de lluvia hilada de plata fina.
Desde los rincones oscuros, silenciosos,
al cerrarse la puerta,
cientos de saludos silentes y arcanos
vuelan a tu encuentro con monotonía.
¡Ni que latiese el corazón de las tinieblas
dentro de este mínimo y tétrico habitáculo!
La noche repta como una serpiente oscura
sobre los visillos de colores.
El reloj, sobre el pecho de la pared,
vacío de movimiento y de sonido.
Tú misma eres cómplice, tú misma formas parte
de este entramado de silencio y negrura.
En los viejos marcos, las fotografías,
estos rostros absurdos y efímeros,
descoloridos por el paso del vivir
¿vivieron de verdad en otros tiempos?
El espejo, como un ojo gigante,
sentado en su palco de espectador,
recibe al espíritu hastiado de la noche
en sus retinas de cristal oscurecido.
Tú, como un pájaro viejo, extenuada,
te refugias en tu nido acogedor.
Reposas tu cabeza en el pecho del cuaderno,
tus párpados titilan el uno sobre el otro.
Dices que aúllan a tu lado
los fantasmas ya muertos del pasado.
Los que durmieron en esta cama
antes que tú, en otros tiempos.
De ellos estos mil movimientos apagados.
De ellos estas mil desconsoladas quejas
como burbujas fugitivas
sobre el solemne rostro del pantano.
Hasta la copa está ya el viejo pino
de los cuervos, con su mal augurio y su perturbador graznido.
Danza otra vez en las ventanas
la aromática seda del aguacero.
Sientes que no vale la pena
rebelarse contra el dolor que sientes.
Hueles la flor de la melancolía.
Y compones así tu nuevo poema.
De: Rebeldía (1958)
VIDA
Ah, tú, vida mía, soy yo la que aún
sin ser nada estoy de ti repleta.
Romper lazos no pienso.
Ni desistir de ti.
Todas las partículas de mi ser terrenal
arden contigo, ay, poesía.
Son como los cielos transparentes,
ebrios de vino del día.
Las rosaledas cantan
tu himno con mil nuevos brotes.
Cada brisa que recorre el jardín
les lleva saludos de tu parte.
En ti misma te busqué,
no en los sueños fantasiosos.
Hurgué en tus manos afanosamente,
y me llené, me llené de belleza.
Me llené de melodías oscuras.
Me llené de claras melodías.
De miles de centellas de deseo
y de miles de chispas de esperanza.
Lástima de aquellos días en que, con acritud,
te vi como enemiga.
En vano te tuve por canalla.
Por apartarme de ti te malgasté, mi vida.
Sin pensar en que eres eterna y yo solo
como el agua que corre estoy de paso,
perdida en la maraña de desgracias,
hacia la oscura senda de la muerte me encamino.
Ay, tú, mi vida, soy tu espejo.
Por ti mis ojos se llenan de miradas.
Será la muerte la que me descubra
y ennegrezca mi cara.
Estoy enamorada, enamorada de los amaneceres.
Enamorada de las nubes que pasan.
Enamorada de los días lluviosos.
Enamorada de todo
lo que lleva tu sello.
Con mi alma muerta de sed absorbo
la ardiente sangre de cada instante tuyo,
para tomar así de ti, mi vida,
sabor y aliento.
RECITAL DE LO BELLO
Tus hombros,
fuertes montañas orgullosas.
En tus relieves las ondas de mi pelo
se sublevan como luces en cascada.
Tus hombros,
muros de una grandiosa fortaleza
donde danzan los mechones
de mi pelo
como hojas de vid en las manos del aire.
Tus hombros,
férreos torreones,
la cara bella de la sangre y de la vida,
su color es el cobre de los braseros.
En la mudez del templo del deseo
duermo y palpito junto a ti,
llevas sobre tus hombros la marca de mis besos.
Como mordiscos
de ígneas serpientes,
tus hombros,
bajo el rugido del resol,
calientes, seductores,
cegadores como cimas de montañas.
Bajo tus gotas de sudor, transparente y cálidas,
tus hombros,
llenos de súplica, son el altar
de mis ojos.
El sello de piedra de mis oraciones
son tus hombros.

UN POEMA PARA TI
(Dedicado a mi hijo Kamyar,
con la esperanza puesta en los días venideros)
Te escribo este poema
en un sediento anochecer de verano.
En medio de un camino de origen tenebroso.
Desde esta vieja fosa, sin fondo, de amargura.
Esta es la última nana que canto al pie de tu cuna.
Que este grito salvaje y desgarrado
halle su eco en el cielo de tus noches.
Deja que mi sombra errante
se separe al fin de la tuya.
Juntos estaremos el día en que nadie más que Dios
se encuentre entre nosotros, solos.
Apoyo en una oscura puerta
mi frente aplastada por el dolor.
Con esperanza, sobre esta puerta abierta
bailan mis dedos fríos y delgados.
Aquella, la marcada por el hierro de la infamia,
la que se burlaba de los injustos sarcasmos ajenos, era yo.
De mi propia vida pretendía ser la voz
pero soy solo una mujer, qué pena.
Si tus ojos inocentes se asomaran a este libro,
enredado, perdido, sin comienzo,
verías la sublevación, su raíz en el tiempo
desnuda en cada uno de sus versos.
Aquí las estrellas están apagadas.
Aquí los ángeles, todos, lloran.
Aquí los brotes de los nardos
valen menos que la mala hierba.
El demonio de lo falso, la indecencia y la doblez
está sentado aquí en cada cruce.
En el cielo cerrado no veo, por mucho que miro,
ni la más leve claridad de un alba, un despertar.
Espera, que de nuevo rebosan
en mis ojos gotas de rocío.
Lo dejé todo para desmantelar
la cara oculta de las inmaculadas
vírgenes marías.
Atrás dejé la orilla del buen nombre,
guardo en mi pecho la estrella de las tempestades.
El lugar de la llama de mi furia, ay,
es la oscura cárcel del espacio.
Apoyo en una oscura puerta
mi frente aplastada por el dolor.
Con esperanza, sobre esta puerta abierta
bailan mis dedos fríos y delgados.
Con estos fariseos,
lo sé, no será fácil batallar en semejante guerra.
La tuya y la mía, mi dulce criatura: nuestra tierra
hace mucho que es un nido de demonios.
Llegará el día en que tus ojos resbalen
con tristeza sobre estas notas de dolor.
Me buscarás en mis palabras
y te dirás: esta, esta era mi madre.
EL NUDO
Si no hubiese un mañana
me quedaría junto a ti por toda
la eternidad,
hasta el sin fin de los tiempos, mi amorosa melodía
te estaría cantando bajo el sol.
Detrás de los cristales de tu cuarto
la noche tenía la negrura
de la frialdad en la mirada.
El corredor de tus ojos
en las tinieblas
parecía un pasillo a lo profundo de tu alma.
Sobre la luna del espejo se había resbalado
nuestra imagen rota y desintonizada.
Tu pelo del color de las espigas.
Del color del alquitrán y enmarañado, el mío.
En el pecho me ardía
una confidencia. Quería
hablarte de ello,
pero mi voz quedó hecha un nudo.
En la sombra no crece ni una hierba,
mi mirada cansada ya voló de allí,
dio vueltas sobre mí, ansiosa.
Entre los cuatro palos del marco de oro
los ojos de «Cristo» se rieron de mi padecimiento.
Vi la habitación revuelta, en desorden.
Vi tu libro a mis pies.
Las horquillas de mi pelo allí tiradas,
sobre tu cama.
En la pecera de cristal
no se oía el sonido de las aguas.
¿En qué estaría pensando
tu viejo gato
para ser incapaz de pegar ojo?
Otra vez, ansiosa, mi mirada
se volvió, muda y lánguida, hacia ti.
Yo quería que hablara contigo,
pero al verte se quedó apagada.
Entonces las blancas
estrellas de lágrimas
titilaron en la noche de mis pestañas
y vi tu mano, como una nube,
venir hacia mi rostro sorprendido.
Sentí la calidez de tu aliento
aletear sobre mi cuello frío.
Parecía como si una perdida brisa envolviera
las salvajes matas de mi angustia.
Una mano hundía en mi pecho
el plomo y las semillas del silencio.
Y yo, agotada por esta lucha agónica
me fui hacia las tierras del olvido.
De mis pensamientos borré
la melancolía del mañana.
Dije: «La partida fue un amargo cuento».
De repente, sobre mi viveza,
se extendió
aquel dorado instante perfumado.
Aquella noche bebí de tus labios
las canciones alegres de la naturaleza.
Aquella noche vertiste con tus besos
en mi boca una gota de eternidad.
VISITA EN LA NOCHE
Y el rostro del asombro
me dijo al otro lado de la grieta:
“La razón la tiene aquél que ve.
Temo perderme.
Pero, Dios mío,
¿Cómo puedo tener miedo de mí misma?
Yo, yo que no he sido más
que una leve cometa y trotamundos
sobre el techo del cielo nebuloso.
Nada más he sido.
Y mis amores, apetitos, odios y dolores,
en la soledad nocturna del cementerio,
royó una rata llamada muerte”.
Y el rostro del asombro,
con aquellas finas líneas sucesivas y frágiles,
cuyo diseño el viento variaba
y hacía desaparecer a cada instante,
y cuya larga y sedosa cabellera
fue raptada en misteriosos encuentros
y tendida a lo largo y ancho de la noche
como plantas en el fondo marino,
al otro lado de la grieta
gritó:
“Creedme,
no estoy viva”.
Yo, detrás de aquella densa oscuridad,
aún podía ver
las piñas plateadas en los pinos,
ah, pero ella…
Ella se deslizaba sobre todo,
su corazón infinito desplegaba,
era como el sentir de los árboles,
su mirada era eterna.
Vosotros tenéis razón,
jamás después de mi muerte
me atreví a mirarme al espejo,
y estoy tan muerta
que nada queda de mi muerte
para poder demostrarla.
Ah, ¿habéis oído al grillo
que, al amparo de la noche, hacia la luna huye
desde el fondo del jardín?
Creo que todas las estrellas
han emigrado a otro cielo,
y la ciudad… qué silenciosa está.
En mi camino sólo me crucé
con un puñado de estatuas descoloridas,
algunos barrenderos
que olían a basura y a tabaco,
y con las patrullas cansadas, somnolientas.
Una pena,
yo estoy muerta
y la noche todavía
continúa siendo la misma estéril noche.
Se apagó,
y el espacio extenso de su par de ojos
se volvió amargo y turbio al sentir el llanto.
Vosotros, que escondisteis vuestras caras
en la penosa máscara de la vida,
¿alguna vez, sobre esa verdad desoladora
reflexionáis?
¿Llegáis acaso a ver que los vivos
no son hoy más que residuos exprimidos
de alguien que en realidad vivió?
Como si un niño,
en su primera sonrisa,
se hiciese viejo,
y el corazón, lápida desfigurada
en la que han manipulado las inscripciones,
no pudiera ya fiarse de su placa,
ni de la credibilidad de su piedra.
Tal vez la adicción a estar,
y el consumo continuo de la propiedad,
arrastraron a la decadencia
las puras, simples y humanas costumbres.
Tal vez han confinado
el alma
en una isla desierta.
Tal vez yo
he confinado el sonido
del grillo que en sueños escuché.
Entonces, esa gente que se apoya resignada
sobre sus lanzas de madera,
¿Son jinetes veloces?
Y estos endebles, encorvados, entregados al opio,
¿Son santos místicos de sabiduría elevada?
Entonces ¿es verdad, verdad, que el ser humano
ya no espera revelación alguna,
y las chicas enamoradas
en sus crédulos ojos han clavado
largas agujas de tejer?
De madrugada, en el sueño más profundo,
se escuchan los chirriantes graznidos de los cuervos,
recobran la conciencia los espejos,
y figuras singulares,
con los primeros amagos del despertar,
y ante los horribles ataques
de las pesadillas,
se rinden.
Qué pena.
Yo, con todos mis recuerdos
de sangre que no entona más que cruentas epopeyas,
y el orgullo, un orgullo que jamás
había sido tan humilde,
estoy de pie al final del plazo que me dieron
y escucho: ninguna voz,
y me fijo; no se mueve ni una hoja,
y mi nombre, que era el aliento de tanta pureza pura,
“ya ni remueve el polvo de los nichos”.
Tembló,
se desplomó por ambos lados,
y las manos suplicantes desde las grietas
avanzaban con largos suspiros
hacia mí.
Hace frío,
¿Acaso en esta tierra queda alguien
que al ver su rostro
desvanecido
no entre en pánico?
¿Acaso no ha llegado aún el día
en que las compuertas se abran,
se abran de par en par,
del cielo llueva, sobre el cadáver de sí mismo,
llore y ore?
Tal vez fue un pájaro el que gimió,
o fue tal vez el viento entre los árboles,
o yo, que ante mi corazón
estrecho, sin salida
como una ola, de indignación y pena,
me erguía,
y veía a través de las ventanas
que aquellas dos manos,
aquél par de amargos reproches,
se evaporaban
en el albor de una aurora dañina.
Y una voz desde el frío horizonte
gritó:
“Adiós”
Del libro Otro Nacimiento (1964)
SOBRE LA TIERRA
Nunca he deseado
Ser una estrella en el espejismo del cielo,
O, como los espíritus de sus excelencias,
Codearme en silencio con los ángeles.
Nunca me separé de la tierra.
No he tratado con las estrellas.
Piso tierra firme.
Mi ser, como el tallo de una planta,
absorbe el viento, el sol y el agua
para vivir.
Fértil de deseo.
Fértil de dolor
piso tierra firme
para que las estrellas me alaben,
para que me acaricien las brisas.
Miro desde mi ventana.
No soy más que el eco de una melodía.
No soy eterna.
No busco más que el eco de una melodía.
el grito de placer es más limpio
que el silencio nacido del luto.
No busco mi nido
en el cuerpo del rocío
Sobre el lirio de mi cuerpo
En la pared de la cabaña de la vida
con las letras negras del amor
la gente que pasaba
pintó cosas:
el corazón traspasado por la flecha,
la vela volcada,
pálidos puntos silenciosos
en las letras temblorosas de la locura.
Cada labio que llegó a los míos
fecundó una estrella
al sentarse en mis noches
sobre el río de mis recuerdos.
¿Por qué desear estrellas?
Esta es mi melodía.
Encantadora, plácida,
nunca fue más que eso.
Del libro: Otro Nacimiento (1964)
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

