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BIOGRAFÍA DEL POETA HÉCTOR YÁNOVER
Héctor Yánover, nace en Córdoba, Argenina. Fue poeta y escritor y «el más famoso librero de Buenos Aires», regentó la mítica Librería Norte (librería de larga trayectoria con una colección ecléctica de libros de poesía y obras de editoriales independientes).
En calidad de tal, se convirtió en una fuente de referencias quizás única en la Argentina. Desde la porteña librería fue un faro para sus clientes, ya que poseía una asombrosa memoria bibliográfica. Cada vez que alguien quería obtener un dato bibliográfico o encontrar un libro agotado, cada vez que alguien recitaba un verso y no recordaba el autor, bastaba llamar a Héctor, como todo el mundo lo llamaba, para que, con la precisión habitual, resolviera el problema. El local, ubicado en la Avenida Las Heras y Azcuénaga (desde 1967 a la actualidad), siempre fue un punto de encuentro para lectores y escritores.
Su madre murió cuando él tenía siete años. Lo criaron sus abuelos: eso suponía, como él declaró en una entrevista, «una infancia de calle».

Apenas terminó el servicio militar, el joven cordobés se vino a Buenos Aires. Tuvo suerte. Alguien le propuso hacer un turno nocturno de vendedor en una librería de la Avenida Corrientes. Nunca salió de ese clima marcado por el olor del papel.
En 1967, junto a Jorge Aráoz Badi y Samuel Grabois, creó el sello discográfico AMB, que editó una importante colección de discos de vinilo con grabaciones de escritores leyendo sus propios textos.
Quedaron grabadas las voces de los siguientes autores: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Raúl Gonzalez Tuñón, Ernesto Sabato, José Pedroni, Manuel Mujica Lainez, Leopoldo Marechal, Gabriel García Márquez, César Tiempo, Silvina Bullrich, León Felipe, Francisco Luis Bernárdez, Florencio Escardó, Oliverio Girondo, Beatriz Guido, Paul Eluard, Louis Aragon, Gila y José María Rosa, entre otros. En 2002 se reeditaron algunas de estas grabaciones.
En 1999 creó y condujo un programa de televisión por cable, llamado La librería en casa, en la que aconsejaba a los lectores.
Fue autor de los libros de poesía Hacia principios del hombre (1951), Elegía y gloria (1958, con el que obtuvo la Faja de Honor de la SADE), Arras para otra boda, Las iniciales del amor, Sigo andando y Otros poemas.
También publicó una novela de carácter autobiográfico, Las estaciones de Antonio (que incluye poemas), y Memorias de un librero, quizá su libro más popular, en el que narra lo que definió como «la picaresca del libro».
Las anécdotas insólitas, el humor, los personajes extravagantes, un estilo del que jamás estaba ausente el tono lírico, resumían la experiencia de un hombre que había tenido el privilegio de tratar a grandes autores como Julio Cortázar o Alejandra Pizarnik, pero también a extrañísimos lectores, así como a editores y dueños de imprenta.

Memorias de un librero no es un anecdotario de escenas graciosas. En eso, es poco pretencioso. Solo se sirve de ellas para completar el dibujo que traza de lo que fue su camino en la vida. Eso sí, se abra por donde se abra, resulta entrañable. Porque está escrito, con el bombeo de su pasión lectora. Cada anécdota rescatada está empapada de un ardor desmedido por el oficio y por todo lo que tiene que ver con el hecho de ser librero.
Muy recomendado por su amenidad al contar sus aventuras furtivas en esta selva de tinta y papel, por aparcar la solemnidad y altanería, y sobre todo, por ese polvillo que deja entre los dedos, también a nosotros, que nos tizna de su entusiasmo y pasión. En cualquier caso, a un hombre que nació con el sueño sostenido de ser librero, que se abandonó a la embriaguez de serlo y que dejó escrito este libro teniendo mucha vida por delante, todo le está permitido.
Esos amenos recuerdos tienen una segunda parte, que está a punto de aparecer en España: «Continuación de memorias de un librero«.

Siempre sintió y transmitió su gran cariño por Raúl González Tuñón, “uno de los pocos poetas que en el mundo han sido”, de quien fue su más cercano biógrafo en diversas notas periodísticas y en una “Semblanza y Selección”, Raúl González Tuñón, que se publicó en 1962 en Ediciones Culturales Argentinas del Ministerio de Educación, uno de los primeros reconocimientos oficiales, si no, casi el único, al poeta de La rosa blindada.
El poeta Yánover desempeñó cargos oficiales en los que se manejó con la probidad, la gentileza y la ética que se apreciaban apenas uno apretaba su mano al saludarlo y veía su mirada celeste, franca y desbordante de calidez.
Fue director general de Bibliotecas Municipales de Buenos Aires desde agosto de 1989 a noviembre de 1990. Además, fue director de la Biblioteca Nacional de 1994 a 1997. En la función pública y en la actividad privada trató de contagiar la pasión por la literatura.
Como hombre y como poeta, Héctor Yánover amaba la vida vivida y la que leía en los libros, porque en las páginas de los grandes autores había aprendido a gozar del amor, la música y los colores. En uno de sus poemas publicado en LA NACION, dice: «Cuando te inclines frente al cajón/trata de tocarlo con la punta de tus pechos./Si entonces no me muevo,/ni me escuchas gemir /como en un ronroneo…/es que estoy muerto».
Falleció en Buenos Aires en octubre de 2003 y fue velado en la Biblioteca Nacional.
En la tapa y contratapa del libro Poetas Argentinos Contemporáneos. Fondo Nacional de las Artes escribe: Nací en Córdoba el 3 de diciembre de 1929. Allí perdí a mis padres. Vivo en Buenos Aires desde diciembre de 1950. Me casé con Olga en 1954, mis hijos Débora y Miguel nacieron en 1955 y 1957. Tengo cuatro nietos Pablo, Anne, Lola y Juan.

Como los milagros existen se reeditan ahora estos poemas escritos o corregidos entre 1948 y 1996, algunos pocos se publican por primera vez. Leo esta antología y descubro que se trata de una autobiografía que parece escrita por la misma persona y casi en el mismo tiempo.
Desde la soledad en Córdoba, la decisión de marcharse, los veinte días que faltan, la pensión en Buenos Aires, un trabajo en la provincia, la falta del encuentro, el amor y la pérdida, el reencuentro y los hijos, el país, el mundo, la injusticia, las búsquedas, la inexistencia.
¿Qué es un poeta? Me pregunto después de leer esta antología. ¿Sólo una persona que se hace preguntas? ¿Cómo un filósofo? ¿Cómo un científico? ¿Cómo cualquier curioso? No puedo encontrar respuesta. Quizá mis poemas intenten ser una respuesta. Si son algo inasibles, evanescentes, ambiguos, debe ser porque eso soy y sólo hasta ahí alcanza mi saber. Transcurro sobre un interrogante, a veces con dolor, a veces perplejo, a veces con una sonrisa, siempre sabiendo que soy un pasajero.
Esta es mi experiencia, mi respuesta, narran mi “soledad sonora, la pena que recrea y enamora”.
Héctor Yánover en Memorias de un librero (Trama Editorial; pag. 28) escribe:
“Hay librerías que son cementerios de palabras, con nichos hasta el techo, parvas en los rincones y paquetes sobre las mesas; hay librerías donde las palabras son gatos durmiendo en los sillones con moños rosas y una caja de bombones; hay librerías donde las palabras se avergüenzan y donde Shakespeare y Goethe —si los encuentras— están de espaldas para que no se les reconozca; en algunas parece que los libros dialogan, que formaron una peña literaria donde todos son bienvenidos; en otras, al sólo entrar ya estás seguro de que nada te va a interesar y miras con cara de aburrido.
Hay librerías donde los libros gritan: ¡sálveme, sáqueme de aquí!”; en otras ruegan: “no me toque que estoy en mi lugar”. Algunas crean la ilusión de que buscando vas a encontrar cualquier cosa; en otras, la sensación de que todos los libros son allí prescindibles.
Alguna muy nouvelle vague, con sillones que no sirven para sentarse y libros aparentemente carísimos que no sirven para leer; otras donde entras rascándote y de donde, no hay duda, saldrás lleno de pulgas. Hay librerías donde entraría Balzac y otras que parecen disimular garitos. Hay en las que dan ganas de estar y aquellas de las que sólo dan ganas de salir, si es posible, sin haber entrado nunca. ¿Sabes dónde está la diferencia? En los dueños. Detrás de cada librería hay un hombre o una mujer responsable de su cara.”
«Un librero es alguien que cuando descansa, lee; cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se divierte frente a las vidrieras de las otras librerías; cuando va a otra ciudad, otro país, visita a libreros y editores».

Obras
- Hacia principios del hombre (1951). Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1951.
- Secuencia de la paloma de la paz (1954)
- Elegía y gloria, poemas (1958) Ediciones del Río Primero, Buenos Aires, 1958
- Las iniciales del amor (1960)
- Raúl González Tuñón (1962)
- Arras para otra boda (1964). Editorial Hachette
- Antología Consultada de la joven Poesía argentina (con Horacio Salas), Fabril Editora, Buenos Aires, 1968.
- Las estaciones de Antonio (1972). Relatos y poemas. Ediciones de La flor, Buenos Aires, 1973
- Antología poética (1973). Granica Editor, Buenos Aires, 1973
- La mejor Poesía, Antología compuesta como introducción a la poesía. Editorial Abril, Buenos Aires, 1979. (Septima edición 1990).
- Sigo andando, poemas (1982). Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1982
- Otros poemas (1989)
- Memorias de un librero (1994). La Flor-Galerna-Torres Agüero, Buenos Aires, 1984 (la tercera edición, Anaya y Mario Muchnik, España, 1994).
- Otros Poemas. El Imaginero, Buenos Aires, 1980
Premios
- Faja de Honor de la SADE por Elegía y gloria.
BIOGRAFÍA CONSULTADA
https://lacuevademislibros.com/2018/01/01/memorias-de-un-librero-de-hector-yanover/
https://es.wikipedia.org/wiki/H%C3%A9ctor_Y%C3%A1nover
https://tramaeditorial.es/autor/hector-yanover/
https://www.lanacion.com.ar/cultura/fallecio-el-librero-y-poeta-hector-yanover-nid534147/
http://www.antoniomiranda.com.br/iberoamerica/argentina/hector_yanover.html
20 citas de cara al XXIII Congreso de Libreros. 3. Librerías con cara y ojos
https://www.pagina12.com.ar/286277-otra-mirada-hacia-principios-del-hombre/
https://www.estudioenescarlata.com/libros/memorias-de-un-librero/43441/
Héctor Yánover. Elegía y Gloria. Ediciones del Rio Primero. Buenos Aires, 1958
Poetas argentinos contemporáneos. Héctor Yánover. Antología poética. Fondo Nacional de las Artes. 1996
SELECCIÓN DE POEMAS DE HÉCTOR YÁNOVER
AL HOMBRE, TRAS OTRO AÑO DE ESPERA
2
Necesito de tu voz para verme,
y a través de mí
nuevamente mirar lo que me atañe.
Necesito de ti,
porque a través de ti
volverá a mí, mi ser que más aprecio.
Volverá a mí, mi ser que nunca he visto
pero intuyo,
como la amada que forjamos a lo lejos
y se forja, para llegar un día hasta nosotros.
Necesito de ti,
para arrojar de mí
las capas de otro ser que me recubren.
Necesito de ti,
para ser la imagen que al soñarte
tengo de mí.
Necesito de ti,
para dejar de ser
una copia sin alma de mí mismo.
3
Para Julio Víctor Aquino
Canta,
y da en el canto todo y cuanto le acompaña:
la tragedia chiquita,
la desgarrada esfera de un astrónomo incansable,
la covacha del día desgarrada en temblores.
Miradle arder y arder,
quemarse y ser él mismo puro fuego.
Cada vez que le habláis, él dice: estoy contento,
y se cubre los ojos con sus manos llagadas.
Pero sigue adelante, continúa su esfuerzo,
se desgarra con lunas, con clavos, con alambres,
con razones celestes, con terribles alardes,
y sonríe ante todo y espera inexorable.
Cuánta pasión; miradle.
Él necesita que alguien recoja hoy los frutos
que va lanzando al aire,
y recoja sus gritos
y recoja su sangre.
6
Es tan fácil decir: el hombre es lobo,
a ese cordero le enseñaron a odiar,
porque os amo, hijos, os perdono.
Es tan fácil hablar, contar los días,
encender lamparones que enturbien la confianza,
trastornar el artículo y sentirse maldito.
Yo no vine por eso.
Me pongo triste de hombre, solitario de oficio,
hago mis versos tristes, me emociono,
vuelvo a mirar el sol y condiciono
mi impresión de la tarde con un grito.
Me rozo con el cielo porque sí,
de gigante que siento el alma dentro mío.
Siento cariño al vino, a la simiente,
a lo que anda en la calle y lo que siente
que el hombre es puro, soberano, altivo.
Tengo fe en sus trabajos, en su puesto,
en su rumor de lechos, en su furor continuo.
No siento lástima de nadie, no me conmueve
el pobre por ser pobre
ni el rico por ser rico,
el hombre,
sólo el hombre me conmueve
hasta reír llorando a gritos.
Creo en él, creo en los que creen en él,
creo, porque si no creyese
esta misma tarde me pegaba un tiro.
El mundo es mundo y seguirá rodando
porque nadie le ha visto detenerse en el vuelo.
Nosotros construiremos,
haremos pájaros con nuestras libres manos,
reiremos de fuertes, lloraremos de alegres,
cantaremos…
7
De terciopelo se han tornado los senderos,
de pompa de nieve los caminos.
Y estamos esperando,
unos sobre el tambor,
y otros sobre el poema,
que calle la pólvora
para soñar el caramillo entre los árboles.
Por las rutas vendrán los que han sufrido, olvidando.
Vendrán los que han muerto, recordando.
Vendrán los que han llorado, cantando.
Estallará el tambor como una estrella,
el poema echará a andar como un amante,
y abrazados iremos por el mundo
los después, los ahora y los antes.
8
Extraño modo de andar entre fusiles
éste mi modo de reír de todo.
Extraño modo y sin cambiar de tono
pasar al llanto cruel.
Toda la pena ajena merece una gran cura
y la mía merece que en poemas
toda la pena azul se trueque un día.
La pena porque sí no es mi locura,
ni me apasiona ni me da el aliento
para andar con la pena de postura.
Mi pena debe ser aprovechada,
volcada en un poema o en un grito
que revele mi alma y la deshaga
en lluvia, que atormente al infinito.
Por eso cuanto peno dejo escrito,
y vacío me voy, mas no contento.
9
Yo quiero ser abierto por cuchillos
y hurgado muy adentro de los huesos.
Yo quiero abrir el alma que me muerde
como se abre una nuez y ver qué es eso.
Yo quiero saber esto de mi vida:
de qué loco insaciable estoy compuesto,
de qué sed, de qué fiebre estamos hechos.
11
Un tiempo fraternal, humanamente,
sin hongo, sin jaquet y sin cadena,
vendrá tras estos llantos y estas penas.
Y un aire conocido y hermanado
a otro aire que presienten estas venas,
del aire le hablará.
Mondo y lirondo, acicalado espíritu,
imperturbable el ceño.
Silbando llegará despreocupado,
raído el pantalón en desaliño,
el saco sin botones
cubriendo un corazón de armiño,
el tiempo que yo aguardo en mi escollera
cansado de esperar,
ronco de pena,
pero firme, apostólico y seguro.
12
Para soñar te quiero, fe;
para estar en la tierra como en el agua,
y en el sol y en las praderas
estando como si nada.
Para tener los ojos limpios
y las manos confiadas.
Para reír te quiero.
Para decir moviendo la cabeza, sí o no, despreocupada.
Para alzar la mano en el tumulto con cinco dedos altos,
como una cosa celestial, alada.
Para silbar componiendo el nudo de mi corbata,
para escalar los picos de las montañas,
para mirar la luna por la mañana.
14
Me estimo como el más fuerte,
pues de tan hondos dolores acometido me veo,
y sigo diciendo al cabo: vivo y creo.
Toda el agua que yo bebo
no alcanza a mojarme el labio,
y el corazón, que es más sabio,
ni en el mar halla consuelo.
¿Y qué haré con esta vida
que en desventuras no cesa,
y que reír aún no sabe
y que a vivir aún no empieza?
Si fuera más liviana la trama de mi corazón
se hubiera roto ya;
si menos poderosa
de muerte me vestía.
Me estimo como el más fuerte,
pues de tan hondos dolores acometido me veo,
y sigo diciendo al cabo: vivo y creo.
15
No hay derecho a morirse
esta mañana clara
cuando el sol da en la frente
nimbada de los niños,
y en las calles sedientas
manando va un cariño
sólo porque lo beban
tu corazón y el mío.
No hay derecho al cansancio,
al llanto ni al hastío,
esta mañana mágica
canturreante de estío.
Serena la vida nace
de su fuente pura,
oscuras y lejanas
las melindrosas aguas,
de esta mañana clara,
tierna y segura.
16
Si el corazón se te fuera marea alta hacia la mar,
qué manos agitarías desde la orilla al zarpar.
Si el corazón se te fuera y tú le vieras marchar,
qué dirías.
Qué adioses no le darías al viento que viene y va
de tu corazón al ancla y del ancla hacia la mar.
Qué manos agitarías
si se te fuera de veras, ¿aunque sea con el mar?
17
Día terrible de verano,
tarde terrible,
día ciego.
¿Bajará el ángel del cielo?
¿Los barcos, habrán zarpado?
¿La añoranza de las luces
será la vida del ciego?
¿La luna, será de luna?
¿El amor, será de nuevo?
Quién supiera tantas cosas en esta tarde de enero.
18
Estoy lejos de mí. Cae la lluvia.
El rayo enciende un paisaje de tibieza
y arrulla la tormenta.
Crece sordo el rumor
y sobre el techo de mi pieza
tres mil tambores baten
fantasmas, en mi ausencia.
Pienso en la lluvia,
en mi padre que no creía en ella
y se burlaba en su presencia,
en el día que llegue cuando muera
y sin mí, como ahora, llueva y llueva.
23
Y el enigma de siempre.
Andar, volver calles arriba persiguiéndonos niños,
ascender la manzana hasta la misma flor que se ha deshecho.
Reencontrarnos de pronto en la mañana
y creer que no somos aquel que está sentado
esperando la muerte,
creer
que más allá esperan barcos.
Quién nos iba a pensar recibiendo el diploma
de tenedor de libros,
buscando empleos en los diarios
junto a una mesa de café, con frío,
mojando la medialuna en el tazón de leche.
Hacia allí y hacia acá, como un madero, flotando.
Rabiando por el maldito dinero que nos dolía en el alma.
Después la adolescencia nos tumbó en una gloria
que dictaba medidas de agrimensor enloquecido.
Y no encontrar el camino.
Quién nos iba a pensar
en una mesa de café, con frío,
buscándonos un puesto de tenedor de libros.
26
La trompeta da la nota más triste de la noche
cuando se echa a andar contigo por las calles.
Cae un agua despiadada,
vas tu nostalgia creando,
por no gritar vas fumando,
se ha puesto tu alma a llorar.
Cuando me echo a caminar, lloviendo, por las calles,
la trompeta da una nota, tan triste,
que me lanzo corriendo hacia la muerte.
28
Hay un tropero en la alta noche
que incansablemente me persigue.
Un adusto señor, negro y callado,
que comanda las sombras más atroces.
Él despierta una imagen de hojas secas,
ejércitos de sombras y palabras
y ocasiones donde la muerte
más que un acaso es siempre.
Tras él no hay golondrinas ni palomas,
ni muñeca, ni niños, ni cascadas,
sólo un triste fluir, un lento divagar,
un cerrar sigiloso de ventanas.
Cuando por las mañana es frío el corazón
y es el invierno cruel del alma,
y las muchachas tristes barren los corredores
con sus manos callosas, reventadas,
y todo es sordidez,
fuente de gloria tornada hiel y nada,
entonces el tropero soy yo,
ando sin ver la sangre, sin ver los niños muertos,
sin ver la tierra herida;
un adusto señor negro y callado
que se pierde en la sombra de las calles.
31
CANCIÓN DEL AUTÓMATA
Soy el que todo lo sabe.
El que no se equivoca jamás.
El que hoy sabe qué hará mañana.
El que sabe adónde va.
Sé sujetar las palabras
y si me mandan sé pensar.
Jamás me he equivocado
ni en el actuar ni en el juzgar.
Creo en la voz que me ordena,
de ella mana la leche y la sal.
A veces debo leer un poema
y otras al poeta debo fusilar.
Yo sé adónde habita la estrella
y dónde anida el mal.
Soy el que todo lo sabe,
el que no se equivoca jamás.
32
Vidas como papeles amontonadas en los cajones y olvidadas.
Vidas que un azar misterioso
dejó ya para siempre sepultadas.
Pilotos de mundos ebrios llegaron y sembraron
esta raza maldita.
Somos los hijos llagados que no sabemos si nuestra atmósfera
es ese antes o ese remoto después.
Con la misma pena de los veinte años
ando por la calle y no me encuentro.
¡Se escriben tantos libros!
Tantas manos en tinta trazan rasgos dispersos
y dibujan tantas mariposas sobre la cartulina.
Se humedece la voz tantas veces
y el corazón más seco sufre soledad tantas veces.
Tantas veces se muerden las palabras,
se destrozan con odio y con amor, ay, tantas veces.
SUCEDE
Lo persiguieron todos rabiando hasta encontrarle,
lo cercaron en casa, en situación, en pecho adentro
donde la angustia trepa riscos de afiladas espadas.
Lo corrieron campo y plaza,
le cegaron ojo y garganta y pensamiento y polen,
le tiraron granadas y naranjas podridas y palabras peores
y gestos que mataban más tiempo que la muerte.
Comió aserrín y polvo, sus numerales gástricos
dentro de él estallaban
sin dar cuartel al alma sujeta a sus dolores,
le dieron en los hombros, en el pecho, en las manos,
cayó, le dieron con el pie, fue sepultado.
Hoy le dicen discursos
y enanos en voz baja
mugen su admiración al despreciado.
ESTA MUERTE
Para Vaisman, que se murió tan joven
Era la mañana,
la mañana que veían pasar las gentes de su tierra;
en la mía, la muerte no contaba.
Él no la esperaba,
se sorprendió de verla,
y era afuera y adentro la mañana.
Cuando todos lo olvidemos,
cuando muera su muerte en el recuerdo,
cuando rosas y rosas y rosas
inauguren un tiempo que esperamos,
él volverá.
Entonces esta muerte
no será una muerte más.
Entonces, una luna de sangre en los zaguanes
apareció en silencio,
entonces una réplica de muerte en las esquinas
se agazapó en el miedo.
Entonces,
una muerte esparcida, difuminada, joven.
Y cuando rosas y rosas y rosas
inauguren un tiempo que esperamos,
él volverá.
Cuando mata la muerte a los titanes
mil muertes en los labios aparecen,
cuando transcurre el féretro entre flores,
mil muertes en los ojos aparecen.
Pero esta muerte apresuró su nombre,
abrevió sus proezas,
resquebrajó su altura,
retaceó su recuerdo hasta una muerte de amigos
donde el rostro se tiende hacia la nada.
Los vecinos se asombran con discreción
y se unen al dolor con disimulo,
ven gente que no conocen y que sufre
por el querido anhelo que se ha muerto.
Y comienza la palabra a repetirse:
si él hubiese vivido…
Siempre reía (es cierto, yo recuerdo)
él me quería mucho,
él decía,
tenía el gesto, un gesto,
la voz, una palabra,
y así como a una estampa
velaremos su muerte recordando ese gesto,
esa palabra, ese traje que ha muerto.
Mas cuando rosas y rosas y rosas
inauguren un tiempo que esperamos,
él volverá.
Una muerte, la de él,
la que esperamos siempre sin recordarla nunca,
y cuando vi la luna de sangre en los zaguanes
entonces dije: una muerte;
yo lo conocí
y era bueno.
Y cuando rosas y rosas y rosas
inauguren un tiempo que esperamos,
él volverá.
¿Se muere todo el cuerpo?
¿Todo el alma, todo el siglo, su siglo, en él?
¿O quedará algo de su sonrisa, o de su voz o de su sueño?
¿Continuará escribiendo las cartas que leía?
¿Continuará, aun muerto, pensando en algún libro,
en una frase, en qué hará de lejos el amigo,
en lo que sufrirán si se muriera?
¿Quién notará su ausencia en el cine los domingos?
¿Su número en la ficha del tranvía?
¿Su ejemplar, de los cien mil que editan
el Código Penal?
Su diariero notará su ausencia,
su lechero,
y yo.
Mas cuando rosas y rosas y rosas
inauguren un tiempo que esperamos,
él volverá.
Entonces dije: una muerte.
Nada más que una muerte
que no quiere morir todavía,
que ha quedado suspendida en tenues hilos
y que el tiempo cortará.
Una estela que flamea todavía en el recuerdo
y desaparecerá.
Pero volverá.
¿O no volverá?
Entonces, no es nada más que una muerte.
Una muerte esparcida, difuminada, joven.
Pero no una muerte más.
Pues cuando rosas y rosas y rosas
inauguren un tiempo que esperamos,
¡él volverá!
VIVIR
A Julius Fucik,
A Julius y Ethel Rosenberg,
a los innombrables y a los innombrados.
I
Trajina el ser su vida y remonta a sus ecos
o sepulta sus días en recuerdos lejanos.
Anda porque es su sino;
si atenaza fulgores mira la noche,
si no entiende la luna se vuelca al día.
Y así vive el minuto, las horas sin reposo,
un día y otro día, y otro, y otro,
hasta urdir la trama total de su existencia.
II
¡Quiere cantar!
Transfigurado en vuelo,
por sus noches quiere cantar palabras de hechicería.
Quiere rondar panales y penetrar misterios,
tomar el mar entre sus manos
y enronquecer su voz soplando vientos.
Él es amor, confianza prevenida contra el mal:
metal de todos los ojos su milagro.
Tiene las manos firmes como el tiempo
que endurece de lejos los pinares,
y a la luna estelar, bajo la noche,
ha desplazado su horizonte
hacia su rumbo cierto.
III
Si le conocieras a fondo
le amarías en vuelo.
¿Qué sendero recorrió hasta encontrar su luz,
y luego, qué calvario arrastró por ella,
y al fin, qué muerte sorprendió y detuvo su corazón?
¿Qué rumbo enloquecido marcó la Cruz del Sur,
y no alumbró el lucero?
¿Qué destino en el mar,
trazó una ría de sangre en su camino?
IV
Su sentido del vuelo el viento le ha traído,
el misterio le han dado los bosques nocturnales,
la grandeza ha tomado del mar que le ha mecido.
Asumirá del héroe el paso claro,
la mirada que obliga al olvido el lucero.
Dadle su voz,
que asuma su gran gesto.
V
El viento que contagia de energía
la arena de las playas
no puede ya soplar sin dar un viento
con un algo de ola.
El que ha visto el amor, lo ha visto para siempre.
Nada transcurre en vano en los días felices,
ni en la herida terrena ni en la muerte nocturna.
Toco concurre a hacer del hombre
materia de aire levemente ardido,
de aire que si en jardines claro,
en albañales dolorosamente infecto.
Ni ave, ni cuarzo, ni luna.
El hombre es todo.
Si le dais un camino lo hará ruta al mar,
si un sendero de niños,
le esbozará un pirata y después le hará un cielo.
Materia de energía, su altura no descansa,
y en tanto esculpe sueños su humana fantasía,
hace, inventa, destruye, se deja atrás, se alcanza.
VI
¿Estarán muertos?
Aquel que ha guardado la bondad,
que ha fluido por los besos del mundo
hasta ser como el inmenso océano,
hasta ser como los continentes y los sueños
y los movimientos y las palabras,
aquel, ¿puede morir?
Si muere, ¿no estallará la armonía?
¿Puede morir sin que peligre en su muerte
toda la especie de los hombres,
y todas las generaciones de las aves,
y todas las hojas que se mueven con la brisa,
se conmueven con el viento
y caen con los huracanes?
Si el elemento azul de la tormenta troncha un roble,
¿Quién puede proseguir cuando esos hombres mueran?
VII
Pueden.
Pueden dar muchos pasos sin podrirse en el cieno
los que aquella cabeza desprendieron del cuerpo
como a un fruto.
Fueron abatidos del árbol inmortal por otros hombres:
inconmensurable es su altura,
su bajeza insondable.
VIII
Un hombre despeñó el hacha con sus manos.
Un hombre recogió su cabeza
en un cesto que se tiñó de sangre.
El cadáver a su muerte miró como a una esposa
porque todos los hombres aman su muerte pura.
Cuenta sol –arroyo limpio de la luz-
de ahora y para siempre su prodigio.
Canta en el tiempo su jornada
para que alumbre el alma con su vida.
Su canto será ruta echada a andar,
vida vuelta a vivir sin muerte ahora,
muerte por cada aurora derrotada.
Se ha secado la sangre en el acero frío.
Se ha filtrado en la madera.
Se ha secado en el viento.
Pero más que tacto y que sueño,
más que el presentimiento
y el anhelo de las horas futuras,
más que el paisaje que llevaba en el alma,
todo lo que era esencialmente,
ha quedado junto al hombre en su lucha.
Presuroso, anhelante,
al llamado solemne que hace el amor,
corre para dar testimonio
de su altura en la tierra.
X
Todo es amor.
La carcoma del árbol, la tinaja del día,
la suprema ventura de lloverse en la lluvia.
Todo es altura de hombre
de donde viene el sueño a donde van los días.
Contemplada la tierra con un lente
que a la sombra remita las materias totales
hasta dar en la luz con la única esencia
que es columna del tiempo,
quedaría allí sola,
con pudicia de tallo azotado en la nieve:
la dignidad herida.
Pero más fuerte que la furia conjunta de los truenos
y que el ala fragosa de los desmoronamientos aluviales,
Ellos salvaron esto para el hombre.
Ellos dieron de sí la solemne riqueza.
No son muertos escarchados de olvido
o anegados de flores por temor a la muerte
y halago de los dioses.
Hasta el hado nefando de malura libresca
que aterró desde Homero las páginas gloriosas,
se ha sentido de pronto esqueleto de mofa,
distracción solamente de un osario de hojas veneradas.
Esta muerte es la representación de todos los muertos.
La altura inaccesible que los deudos veneran.
El misterio más lúcido que ha aterrado a los hombres.
XI
¡Hombres! No pudisteis salvarlos.
Hombre, tú que salvas para siempre el canto de la vida,
nada pudiste hacer por su victoria pasajera
y así logramos la victoria final que el hombre anhela
para su desbordado corazón.
Altura de la fuerza,
prodigiosa criatura más fuerte que la muerte y que la vida,
más fuerte que la fuerza,
y más fuerte y más fuerte.
Tierna materia, decapitada fuiste,
electrocutada y asediada por venenos y aceros,
por relámpagos ciegos
creado para iluminar la morada del hombre
con la fuerza del agua,
el fluir de los vientos,
la soledad que bate el ave en su energía.
Vuestra sangre corriendo,
cayendo en gotas secas sobre la tierra ardida,
sobre el plato de avena,
sobre el pan del domingo,
sobre el mantel de fiesta.
Gotas rojas,
gotas llenas de ayer
por centurias repletas de muertos de mil formas.
Gotas, ríos, diluvios de sangre roja y dura,
de vasijas repletas.
Mil millones de litros de sangre repetida
han cavado en el alma frases rojas, murallas,
cráteres violentos de rojas nervaduras.
¿No hay lugar para el vuelo
cuando el ala anegada de espesa sangre
pierde su altura hasta el abismo?
¿No hay lugar para el canto
cuando la boca llena de sangre se ha dormido,
cuando la espesa sangre cría monstruos atroces
que reptando en el fango han destrozado al hijo
por mirar sólo muerte?
¡Hombre!
grito en la noche asediado de espanto
y hay un coro que llega
limpia el alma a la vida
libre la voz al canto.
No desesperes.
Que tu horror no confunda las sombras en tu cuarto.
Mira la luna nueva.
Fue esa sangre vertida sólo porque hoy la veas.
Vuelve el viento de julio con sus velas henchidas,
esa sangre reparte brisa y fruto en los días.
HIROSHIMA
Doscientos ochenta mil muertos, compañeros.
Y una muñeca de arcilla los recuerda.
Una semana de años los recubren
a dos cientos ochenta mil muertos,
y otra vendrá, y vendrán otras,
pero nunca jamás olvidaremos.
Eran las ocho y treinta en la mañana,
un seis de agosto y fría era la muerte.
La guerra despedía sus veleros
con doscientos ochenta mil muertos
sorprendidos en la luz de su última mañana.
Sesenta millones precedían esta súbita muerte,
y eran pobres, mendigos, claudicantes,
señores, obreros y poetas;
resortes de ciudad en la mañana,
palanca de las horas venideras,
centrífugas del mal, del bien, del hambre,
del sol de fiesta, de la noche y luna.
Rociados de tormentos, de alegrías,
de días, días, días
segados en la luz de un fogonazo,
tronchados por los bárbaros del aire,
cortados por los monstruos de occidente
donde vive Walt Whitman perseguido,
donde escapa la vida de Sandino,
donde Aguirre convoca a sus hermanos
porque le van a matar su puño en alto.
Oh, América;
de ti partió esta muerte.
Aquel pobre muchacho dirigía
el rumbo de su avión hacia el oriente.
Aquel pobre muchacho pensó en su traje a cuadros,
en su corbata a rombos tricolores,
en su heladera a plazos,
y dejó sus recuerdos para mirar el cielo
que se cubrió de sangre
con la sangre de doscientos ochenta mil muertos.
Compañeros, doscientos ochenta mil murieron
y el muchacho sonrió,
¡pobre muchacho!
Antes recordaban sus muertos con más muertos
y ahora ponen en sus tumbas una muñeca de arcilla;
pero este seis de agosto
doscientas ochenta mil muñecas desataron sus vidas,
y sin amarras
poblaron todo el cielo con sus alas.
Una gigantesca muñeca de arcilla
donde nació esta muerte aterrando a los vientos,
y un llanto, un rezo, una plegaria,
por los que vieron cabalgando a la muerte
en el aire y de mañana.
Mientras tanto,
catorce signos dicen:
“dormid tranquilos
el error no volverá a repetirse”.
Doscientos ochenta mil muertos, compañeros,
y dicen: fue un error,
piden disculpas,
no volverán a hacerlo.
Pero estos doscientos ochenta mil muertos
andan por las calles
y golpean las puertas de los pueblos,
y gritan, y lloran, y claman: defendednos,
defended el cielo que veíamos,
el aire a que aspirábamos,
la paz,
esa paz a la que ya llegábamos.
Fue el seis de agosto en la mañana
y doscientos ochenta mil muertos
componen doscientos ochenta mil lamentos,
doscientos ochenta mil muertos,
¡doscientos ochenta mil muertos!
El Japón,
aquel lejano archipiélago,
despertó a nuestros ojos
como un huracanado piélago de muertos.
El Japón,
aquella angustia vieja por nadie conocida,
nos descubrió su vida
con sus muertos.
El Japón,
sólo un grupo de Tojos, fetiches y asesinos,
nos descubrió su pueblo
con sus muertos.
Y ahora dicen: fue un error,
piden disculpas,
no volverán a hacerlo.
Que recuerden los pueblos de la tierra.
Que recuerde París,
que sus calles transitadas por mis sueños
no vean la muerte.
Recuerda Roma,
que tus siglos tuteándose en la gloria
no vean la muerte.
Recuerden Pakistán, Malasia y Bombay,
que vuestros nombres aún cubiertos en sus ojos por leyendas
no vean la muerte.
Recuerda Londres,
que tus plazas cuidadas por leones salvados por la guerra
no vean la muerte.
Recuerda Stalingrado,
que el amor por ti salvado
no vea la muerte.
Recuerden Oslo, Sofía, México y Río,
que vuestros niños tomados en las rondas
no vean la muerte.
Recuerden Madagascar, Santiago, Pekín, Buenos Aires,
que vuestros ojos mezclados en la espera
no vean la muerte.
Recuerda Madrid,
recuerda porque todos te recuerdan.
Y tú, mi Córdoba recuerda,
que no quiero que veas la muerte.
Recuerden todos:
tú, madre mía que crees en tu hijo,
y tú, mi hermano enamorado,
y tú, amigo de mis venas,
y tú, compañero que nunca he traicionado.
Recuerden, recuerden, recuerden…
Fue en Hiroshima,
un seis de agosto de hace siete años;
y doscientos ochenta mil muertos
por el aire de su última mañana,
rebasaron la esclusa de los cielos con sus alas.
PAUL ÉLUARD
I
Como si todas las muertes retornaran con la tuya
y los que se fueron volvieran a llorarte,
así me duele mi pena por tu muerte
que es el comienzo doloroso de algo que se va.
Como si fueras sólo un hombre
te repito en tu nombre por mis calles,
y me asombro,
como si esta fuera la primer muerte sobre el mundo.
Todo cambiará ahora en ti,
la caravana que atesora los recuerdos,
la luna que se olvida,
la palabra final de algún poema
que dice lo que fue.
Pero tú quedarás en tu último día confundido,
viviendo en él eternamente
porque en tus huellas estuvo la alegría y la noche y el dolor,
y contigo
hay un fuego de mundo que se pierde.
El tiempo sólo es inocente en nuestras venas,
más allá,
nadie ignora nada.
¿Pero quién siente la noche por tu alma
como nosotros?
¿Quién siente, camarada, que te has muerto,
y que sólo en ti
toda la paz del mundo confabuló su ausencia?
Nosotros lo sabemos.
Pero la gente continúa.
Continúa el amor, los padres, los relojes.
El recuerdo de todo lo que anduvo.
El campo.
(La maravilla azul detrás del pino,
la postal de la siega y esas cabras
evocando paisajes como anhelos).
Continúa tu muerte repartida en la noche
dando música al aire,
palabras al amor.
Tu voz rezumaba luna, marea, magia,
y ha desbordado el hecho de tu muerte
para ser luna,
magia que perdura creciendo en la marea.
Y el viento que tú nombrabas,
entre las hojas del pino y aturdido,
te busca para ser viento como entonces.
II
Venías de París.
De ese París con nieve y con niños que nos entrega
tu imagen para dejar de ser y volver a ser él mismo.
De ese París a quien ayer no más le nació un poeta Paul Éluard.
De ese París a quien ayer no más le nació una pena Paul Éluard.
De ese París que hoy encierra una maravilla más, perdiéndola.
De ese París comunero que te ha ganado en su tierra
como antes te ganara en su sangre.
De ese París que cuidará tu nombre
porque con él se nombraba.
De ese París que te amaba
porque en ti se conocía.
De ese París que nacía
cuando hablabas de alborada.
Venías de París.
Traías dos guerras,
mil poemas,
y la palabra camarada, vanguardia y lanza
de tu poesía Paul Amor Éluard.
Hoy vienes de París con una muerte.
Una muerte transitoria y frágil que se quiebra
cuando alguien dice hombre
porque está diciendo amor.
Una muerte que pasa y se diluye
en la primer palabra de un poema en tu voz.
Paul Amor Éluard,
nuestro poeta.
Una muerte que siempre hemos vencido.
Te ha perdido la brisa, el mar.
Una muerte que amamos.
Paul Amor Éluard.
Una muerte que no te detendrá.
Cae la nieve,
la gente continúa,
y en la noche
el viento ha vuelto a susurrante camarada.
PARA VICENT VAN GOGH
¿Qué puede Vincent contra nosotros la vida,
y qué puede la muerte que burlamos
hasta desconsolarla?
Mas cuando ella llora,
y por no verla llorar,
nos pegamos un tiro ese momento.
Tan sólo que luego tu dormitorio en Arles, Vincent,
que es mi coraza,
quedará solo como un cuadro,
como una foto,
como un recuerdo.
Yo lo amo más que a la noche estrellada,
y aún más que a las barquitas de Saintes-Maries.
En esta pieza se inventa el sueño de la noche
y se enlaza la huida de las barcas por los cuernos,
hasta que derraman estrellas como tizones
y flores como heridas.
La manta roja y la almohada de plumas.
¿Oyes, Vincent, cómo trabajo tu nombre
lentamente en este insomnio,
cuando aún mis 23 años
no tienen ni una noche?
Yo, tú sabes, pondría mis libros bajo la mesa
y usaría tu valija que está bajo la cama;
en la pared del árbol colgaría el retrato de mi padre,
y a su izquierda, tu dormitorio en Arles.
Pintaría tu nombre en las esquinas
y un poema escrito a lápiz.
Yo te diría cosas,
y tu pondrías en la tela lo que el pudor me calla.
Asomados a la ventana nos veníamos hacia mí,
en este cuarto que comparto en Buenos Aires,
y soñábamos con Córdoba,
con el poema como un soplo de mundo que alimento,
y con el dormitorio en Arles.
Pintaría tu nombre en las esquinas
y un poema escrito a lápiz.
Yo te diría cosas,
y tú pondrías en la tela lo que el pudor me calla.
Asomados a la ventana nos veníamos hacia mí,
en este cuarto que comparto en Buenos Aires,
y soñábamos con Córdoba,
con el poema como un soplo de mundo que alimento,
y con el dormitorio de Vincent Van Gogh en Arles.
II
A la boca del jardín público alguien lee el diario.
Los que caminan por los paseos nos aman sin saberlo.
El parroquiano del café nos ignora porque no lo miramos.
Luego vuelvo a la pieza.
Me canso de las estrellas que reflejo en el cielo
y de que ellas, después, me trepanen los huesos.
Y vuelvo a la pieza.
A veces me canso de mirarme y pienso en Théo.
Pero vuelvo a la pieza.
A la izquierda pondría el dormitorio de Vincent Van Gogh en Arles,
y en él, a la izquierda,
el dormitorio de Vincent Van Gogh en Arles;
correría el espejo a la derecha,
y tendría otra vez el dormitorio de Vincent Van Gogh en Arles.
A ti te contaría cuentos,
impúdicamente te hablaría de caperucita roja,
de la cenicienta,
y de los siete enanos que bailan en mis ojos.
Te diría mis versos minuto a minuto y sangre a sangre.
Te diría: ¿entiendes?
y tomaríamos un café con leche.
Allí te daría este poema,
y tú me regalarías
el dormitorio de Vincent Van Gogh en Arles.
Luego, del brazo,
visitaríamos la tumba donde descanso yo
y tú leerías:
Ici repose
Vincent Van Gogh
1853-1890
Pondrías un cielo azul sobre la lápida
y nos iríamos a fotografiar juntos
a la cascada del zoológico.
Yo te pedía mi retrato
y tú pintabas “el poeta”,
y cuando aún mis 23 años
no tenían ni una noche,
de puro triste,
te hacía este poema.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Empotrado en el muro y no en la tierra,
un nicho ha cobijado tu niño que no muere.
Hay una cruz,
bajo ella está tu nombre
y debajo está escrita tu materia.
Dice poeta el viento que huracana tu paso
porque todo tú eras poesía viviente:
tu animal en la piedra del monte que esculpías,
el gallo que cantó una mañana el día,
la medida del silbo que vulnera las cosas,
el rayo que eres tú, eternidad que eres.
Primero en gallo crisis,
Hernández se llamaron las cabras de Orihuela,
fuiste perito en lunas
y después fuiste rayo de un rumbo que no cesa.
Con tu cantar se enfureció el chacal
porque eras cornamenta embistiendo el dolor,
raíz de España que ha de volver
llamándose Miguel contigo en la revuelta.
Miguel;
barro de condición iluminada,
barro de pueblo que descuajó el amor,
que te venció el dolor de quien amabas.
No te venció el morir,
la muerte que te quisieron dar muro tras muro
no te venció, Miguel.
Y en esa vida tuya es que hoy vencemos cantando,
mañana renaciendo de tu muerte
que rehace el día por las calles,
inventa mares por el sueño,
trueca en cendal de amor lo que cantabas.
Miguel;
pastor nuevo Fray Luis,
santo de amor San Juan,
Garcilaso de espada luz y piedra,
gran Prometeo de hoy que va llenando el mundo de palomas,
la muerte de alegrías cuando muerte es amor,
¡viento del pueblo!
El canto de poetas legítimos, enormes,
respondedores de amor Miguel Hernández,
de hondo dolor Hernández,
de racimos de gloria inagotables,
vuelve cuando vuelves como hoy, ayer,
después de todo y antes:
desgarrado y en llamas,
imbatible y vencido,
cayado pastoril y casi lanza,
lunas que casi lunas hacen llorar y un grito,
viento de pueblo y pueblo,
viendo de gloria y nada,
viento de Hernández,
de Miguel Hernández,
de estoy aquí esperándote,
aguardando tu aliento naufragado de mares y de Españas.
Y eras del pueblo,
y serás de él,
como es suyo ese viento auroral
que de canción en canción
desprende cuernos sonando,
campanas restallando,
y ulula en su correr que es pueblo,
sangre echada a volar que Hernández canta,
barro que hace canción para gritar tu nombre de muchacho
cuando tú te desplomas,
y creces,
te agigantas
hasta poblar al tiempo con tu aroma.
¡Labrador!
pura bandera roja
aleteando en el viento inmemorial,
puro nacer y deshacer
y morir y continuar,
como la espuma que para siempre
es y rompe la armonía del mar.
Tierras: cantad al viento que aglutina semillas,
cantad ríos del mundo que asemejan su paso,
encended todo el aire soles de Orihuela y de Castilla.
HE DE VOLVER
He de volver…
habrá una cuerda tensa
con ropa en la azotea,
atosigados músicos
blasfemarán histéricos,
una mano de hielo
saludará la luna,
con sangre de harina
dará vuelta al planeta,
una nota del réquiem
impulsará el cortejo,
sobre un mármol dirá:
‘eternamente a tu memoria’;
y todos ignorarán,
que alguna vez partí.
II
He de volver…
un rostro de mil rostros
tendrá a su cargo el rito
de repartir boletos.
Postales bucólicas
por ventanillas cárdenas,
cardillares con restos
de almuerzos de caranchos.
(De la bombarda a la bazooka;
han muerto mil millones de soldados.)
Paisajes abigarrados
a ciento veinte kilómetros por hora,
roquedales y prados,
niños muertos,
hombres cansados,
muros de pequeños,
olvidados, inhóspitos cementerios;
donde yacen los pequeños moradores
del último cruce que dejamos.
He de volver
y al llegar;
oh, ya habré partido…
[del libro Hacia principios del hombre, 1951]
* * *
XII
Y ahora, ¿dónde está el tiempo?
Lo busco entre las manos que, en el agua,
por encima del agua, en el aire;
tropezando y a ciegas, lo buscaban.
Y no hay allí sino una mancha húmeda.
¿Qué hice de sus manos sino esta profundidad insatisfecha?
Rosa que sembré en el salitre,
nervio que corté de un tajo.,
palabra que ahogué en el viento.
¿Dónde tumbar la frente ahora, en qué regazo?
¿Viviré para verme en un mundo maduro
caminando en un tiempo que me pertenece?
¿Dónde la rama será mía, mío el fruto y
míos los aires que lo mecen?
¿Dónde estás
tiempo tan puro
como una mano quieta en el sollozo?
¿Dónde estás,
tiempo mío tan puro
como una mano quieta en la noche?
XIII
Venga a mí el poder de decir lo que siento
Venga a mí el poder de atrapar la palabra
-dilecta hija de la magia y de los sufrimientos-
la que anduvo por mesas de borrachos
y se demoró de noche junto a los barcos del puerto.
Cuando callan los perros y se oculta la luna,
cuando mueren los hombres en los sueños profundos,
cuando huyen las ciudades y los árboles, todo,
la palabra se arrastra sobre el mundo
y persigue sus ecos silenciosos,
sus lamentos fatales.
Es la palabra todo lo que existe en la tierra,
más allá está el silencio, la locura, la muerte.
Yo soy pura palabra,
cruel amor con que espero
defenderé mi carne cuando sueñe en la nada.
[del libro Las estaciones de Antonio, 1973]
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

