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BIOGRAFÍA DE LEOPOLDO LUGONES

Leopoldo Lugones y Argüello nació el 13 de junio de 1874 en Villa María del Río Seco, una pequeña población del norte de la provincia argentina de Córdoba, a la que iría a cantar sobre todo en dos de sus libros, Poemas solariegos y Romances del Río Seco, en el seno de un hogar de recia estirpe”.
Hombre de vasta cultura, fue el máximo exponente del modernismo argentino y una de las figuras más influyentes de la literatura hispanoamericana.

Pasó la niñez y la adolescencia en su tierra natal, estudió en la ciudad de Córdoba, donde, en un periódico de izquierda, apareció publicado por primera vez un poema suyo, “Los mundos” Desde joven tuvo inquietudes intelectuales y políticas, lo que hizo que, hacia mediados de la década de 1890, organizara uno de los primeros clubes donde se discutieron muchas de las ideas socialistas del momento.

En 1893, y tras breve temporada en Santiago del Estero, a raíz de un revés de fortuna de su familia, se trasladó muy joven a Buenos Aires, en 1896, año en que Rubén Darío, que por ese entonces reside en la capital argentina, produce el primer gran impacto internacional del modernismo con la publicación de Prosas Profanas. Protegido de Darío, Lugones participará activamente de la intensa vida intelectual de la ciudad y en 1897 publicará su primer libro, Las montañas del oro, un enfático canto a la libertad, visiblemente influido por el poeta romántico francés Víctor Hugo.

Antes había comenzado a colaborar con el periódico El Tiempo y en 1897 con Roberto J. Payró y José Ingenieros, fundó el diario La montaña, periódico socialista revolucionario que no logra subsistir mucho tiempo y desde allí criticaron las ideologías de la política de Juan B. Justo.

Ya en su época de militancia socialista en 1896, en un artículo para el periódico El Tiempo, Lugones sostenía que “el arte tiene una lengua propia para hablar, un cerebro propio para crear, un corazón propio para sentir”, rechazando así toda posibilidad de adecuar el lenguaje de la obra artística a la necesidad de trasmitir un mensaje determinado.

En 1900 es nombrado Inspector General de Enseñanza y hacia 1903 aparece ya alejado del socialismo y cumpliendo cada vez más el papel de escritor oficial. Llega así a la dirección de la Biblioteca Nacional de Maestros.

En 1906 realiza su primer viaje a Francia y publica Las fuerzas extrañas, un libro de relatos fantásticos que en parte se anticipan a lo que luego se llamará “ciencia ficción” al igual que Cuentos fatales de 1924. La importancia de estos dos libros de Lugones, como precursores del género fantástico en la Argentina, pero también por su propio valor literario, empezará a ser reconocido tardíamente pero cada vez con más fuerza.

Colaboró en La Nación y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1926. En 1928 fundó la Sociedad Argentina de Escritores.

Leopoldo Lugones, una vida de luces y sombras | Ministerio de Cultura

Escribió una novela El ángel de las sombras, y una enorme cantidad de ensayos, muchos de ellos vinculados a su veneración con la Grecia clásica, con Las industrias de Atenas y Estudios Helénicos, e incursionó ávidamente en un sinnúmero de disciplinas, entre las que pueden mencionarse las ciencias ocultas (fue Secretario General de la Sociedad Teosófica Argentina), la historia, la biología, y hasta la física, la astronomía y la matemática, llegando incluso a tratar a Albert Einstein, quien se sintió interesado por su libro El tamaño del espacio. Con una exitosa serie de conferencias dictadas en 1912, y recopiladas en su libro El payador, Lugones– quiso ver en el Martín Fierro la epopeya fundacional de la nacionalidad argentina y en la figura del gaucho su arquetipo– logró instaurar el poema de José Hernández en el lugar clásico máximo de la literatura argentina.

En 1913 y 1914 en Paris, a donde viajó como corresponsal del periódico La Nación, pudo fundar y dirigir la prestigiosa Revue Sud-Americaine.

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Leopoldo Lugones, Rubén Darío y Francisco Contreras, en 1910.

En 1926 Lugones obtiene el Premio Nacional de Literatura y en 1930 redacta la proclama del golpe de Estado que triunfa en septiembre de ese año, pero rechaza el cargo de director de la Biblioteca Nacional para evitar cualquier suposición de que su adhesión al gobierno del general José Félix Uriburu hubiera un interés personal.

Como poeta, Leopoldo Lugones irrumpió en el panorama literario argentino con el poemario Los mundos (1893), que pasó prácticamente inadvertido. Su encuentro con Rubén Darío, en Buenos Aires, en 1896, fue decisivo para reorientar la poesía de Lugones. El retoricismo de Las montañas de oro (1897) no tardó en ser sustituido por el tono irónico, extravagante e imaginativo de Los crepúsculos del jardín (1905) y Lunario sentimental (1909).

Leopoldo Lugones, una vida de luces y sombras | Ministerio de Cultura

En ambos libros se respira una atmósfera refinada y decadente, plena de languidez y elegancia modernistas, dentro de una corriente estética claramente influida por la creación de Rubén Darío. Su estilo se distingue por su originalidad creadora, y la precisión y la belleza lírica de sus versos.

Siendo un individuo tan diverso, sin embargo pregonó la “aristocracia intelectual”, del arte y mantuvo fiel a su convicción de que la estética es una ética.

Dirigiéndose al ministro de Instrucción Pública en 1897, sostenía que esa revolución social a la que aspiramos los hijos de la libertad es toda Arte. No existía en ese entonces contradicción alguna, entre el esteticismo de su amor a la poesía y sus ideas socialistas. Se podría pensar que acaso se guiaba ante todo por un ideal mucho más estético que estrictamente político, religioso o metafísico, desde el cual se lanzaba a operar en sus numerosas actividades.

Ya en 1905 cuatro años antes del libro Lunario sentimental, había publicado La guerra gaucha, relatos de ostensible intención patriótica y donde asomaba una defensa de la tradición provinciana, pero el grado de experimentación con la materia verbal es todavía muy alto en ese libro, y sus aspectos que más fueron criticados son virtualmente los mismos que predominan en el poemario de 1909.

En 1909 cuando publicó Lunario sentimental, su tercer libro de poemas y el inmediatamente anterior a Odas seculares, las inquietudes de Lugones como poeta, tenían como meta, de hecho a la poesía misma. Tanto como incidir en la vida política del país, se trataba de producir transformaciones en la literatura y en la poesía, ponerlas al día, de modo que también en ese terreno la Argentina pudiera salir del provincialismo y la abúlica seguridad de la tradición hispánica.

Borges halla en la obra de Lugones, una de las mayores colecciones de metáforas de la literatura española y reconocía que “esas metáforas son originales y a veces muy hermosas, pero encontraba en ellas la desventaja de ser tan visibles que obstruyen lo que deberían expresar, la estructura verbal es más evidente que la escena o la emoción que describen”.

Hasta 1910, año en que aparece Odas Seculares, había como una cierta separación entre el Leopoldo Lugones más público (el político, articulista y funcionario) y el siempre sorprendente escritor de poemas, cuentos y novelas. Este libro Odas, es el libro en que ingresan a la poesía de Lugones el funcionario de las ideas y el hombre que escribe para servir a una causa, en ese caso el liberalismo, al que el autor se había plegado unos siete años antes, luego de su pasado socialista turbulento, aunque mas no fuera en el plano de las opiniones.

Es de destacar su particular evolución política. Leopoldo Lugones se inició como un firme partidario de la ideología socialista, cuya introducción en Argentina se debe, en parte, a sus primeras arengas políticas. Sin embargo, poco a poco fue retrocediendo hacia posturas más conservadoras: tras un breve período de adscripción al pensamiento liberal, se inclinó decididamente hacia la derecha y acabó convertido en uno de los principales valedores del fascismo argentino. En 1924, en Lima, pronunciará su famoso Discurso de Ayacucho, anunciando que “ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada, en contra del pacifismo, el colectivismo, y la democracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica”.

Así fue derivando hacia un nacionalismo conservador y autoritario que impregnaría tanto sus declaraciones, sus trabajos periodísticos, sus ensayos y su poesía, en estos últimos de un modo menos directo previsible en la adopción de poéticas y formas de versificación decididamente tradicionales.

Seis años después, ya consagrado como una de las cabezas pensantes del movimiento reaccionario austral, colaboró activamente con el golpe de estado militar del general José Félix Uriburu (6 de septiembre de 1930).

Los escritores de vanguardia de los años 20 la emprendieron contra la gran figura de las letras argentinas de ese entonces, tales desplantes que hoy pueden leerse como un verdadero parricidio. Eran jóvenes y buscaban su propia senda, criticas que lo llevaron a radicarse en Paris en 1924. Sin embargo, uno de ellos supo ser contundente en la autocrítica: Yo afirmo que la obra de los poetas de Martín Fierro (José Hernández) está prefigurada absolutamente en algunas páginas de “Lunario Sentimental” y ratificando su juicio Borges menciona luego los libros iniciales de Girondo, de Bernárdez y su propio libro de poemas Fervor de Buenos Aires.

A la vez, y a partir de su prolífica obra, Lugones se convirtió en uno de los primeros en inaugurar el modernismo literario en Buenos Aires: aquella revitalización de la literatura que acompañaba el crecimiento urbano de la ciudad. El autor trabajó por la renovación y enriquecimiento del lenguaje, inspirado en el simbolismo europeo, como la obra de Víctor Hugo. Por otra parte, todo el contexto histórico que le tocó vivir estuvo atravesado por la pregunta sobre la identidad argentina. Por eso creyó más que necesario construir un idioma nacional. Para él, la lengua era una de las cuestiones más importantes de la nacionalidad.

La obra de Leopoldo Lugones

A partir de 1910 Leopoldo Lugones cambió de registro poético para centrarse en una exaltación de su tierra y sus gentes (Odas seculares, 1910). Posteriormente los asuntos cotidianos, vistos al trasluz de una rutina íntima, se convirtieron en el objeto de su siguiente entrega poética, titulada El libro fiel (1912), obra a la que siguieron otros poemarios como El libro de los paisajes (1917), Las horas doradas (1922) y Romancero (1924). Al final de su trayectoria poética, Lugones se decantó por el cultivo de una poesía narrativa: Poemas solariegos (1927) y Romances del Río Seco (que vio la luz, póstumamente, en 1938).

En su faceta de narrador, Lugones sobresalió principalmente por sus relatos, recogidos en Las fuerzas extrañas (1906), La torre de Casandra (1919), Cuentos fatales (1924) y La patria fuerte (1933). En muchas de estas narraciones breves, Lugones ensayó diferentes acercamientos fantásticos que pueden considerarse precursores de los mejores relatos de algunos de los más grandes cultivadores de este difícil género, como Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges (uno de los mayores admiradores de Lugones) y Julio Cortázar.

Publicó además dos novelas espléndidas: un relato histórico sobre la guerra de la independencia, titulado La guerra gaucha (1905), y unas meditaciones esotéricas que, en forma de novela teosófica, aparecieron bajo el título de El ángel de la sombra (1926). En la década de los años cuarenta, La guerra gaucha fue objeto de una versión cinematográfica que se convirtió en uno de los principales referentes del cine argentino de su tiempo.
También brilló Leopoldo Lugones en su condición de ensayista, faceta en la que dejó algunos títulos tan relevantes como El imperio jesuítico (1904), Las limaduras de Hephaestos (1910) e Historia de Sarmiento (1911).

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(Leopoldo Lugones, a la izquierda de Lisandro de Latorre y el presidente de facto, José Félix Uriburu).

Las conferencias sobre el Martín Fierro de José Hernández, obra que leyó como poema épico, reunidas en El payador (1916), constituyen sin duda un hito en la interpretación de la literatura gauchesca. Además, dejó testimonio impreso de las constantes mutaciones de su pensamiento político, plasmadas en Mi beligerancia y La grande Argentina.

La vanguardia de Lugones

Su obra quiere ser fundadora de una vanguardia literaria que supere la herencia hispanista y el modernismo de allende los mares y siente precedentes para el comienzo de la literatura moderna en nuestro país, con un castellano rioplatense que siente las bases semánticas de una patria grande.

La obra de Lugones es prolífera en géneros y temáticas. Su prosa, su métrica y sus metáforas se entrecruzan con sus escritos, artículos y ensayos políticos que comienzan con su visión socialista desde el periódico La Montaña, sigue con La Tribuna integrándose “al orden conservador”, publica Mi beligerancia como último libro de inspiración republicana y comienza su giro hacia el fascismo con La grande Argentina y La patria fuerte.

Paralelamente, da rienda suelta a la narrativa, la poesía, la ciencia ficción, las historias biográficas, la lírica gauchesca, los estudios filológicos y su elevación del Martín Fierro como obra emblemática de la identidad nacional.

Leopoldo Lugones y su esposa Juana Agudelo
Leopoldo Lugones y su esposa Juana Agudelo

Dos vértices de su escritura describen su intimidad amorosa: la obra de estilo recatado que dedica a su esposa, El libro fiel, y los poemas y cartas enviadas secretamente a su primera amante “Aglaura” donde Lugones libera el estilo de su pluma y abre su corazón a otro tipo de pasión.

En 1938, a los 64 años, con enorme y trágica sorpresa de quienes lo querían y admiraban, se quitó la vida en Buenos Aires.

Se especulan las causas por las que decidió poner fin a su vida, el 18 de febrero de 1938. ¿Engaño amoroso, vergüenza social, repudio antidemocrático, la página en blanco? Muchas son las especulaciones de por qué se suicidó. Al momento de su muerte, había dejado sobre la mesa media botella de whisky, un artículo inconcluso y una carta que decía: “No puedo terminar el libro sobre Roca. Basta”.
Cada 13 de junio, día de su nacimiento, se continúa celebrando el Día del Escritor.

Bibliografía consultada:

  • Leopoldo Lugones “Lunario Sentimental” Ed. Losada
  • https://www.biografiasyvidas.com/biografia/l/lugones.htm
  • Wikipedia

Selección de poemas de Leopoldo Lugones:

A MIS CRETINOS

Che cotesta cortese opinïone
Ti fia chiavata in mezzo della testa.
DANTE- Purgatorio VIII


I
Señores míos, sea
La luna perentoria,
De esta dedicatoria
Timbre, blasón y oblea.

De ella toma, en efecto,
Con exclusivo modo,
Tema, sanción y todo
Mi lírico proyecto.

A ella da en obra pingüe
Poéticos tributos,
Por sus dobles cañutos
Mi zampoña bilingüe.

Hada fiel que mi dicha
Con sus hechizos forjas,
Es moneda en mi alforja
Y en mi ruleta es ficha.

Astronómica dama,
O íntima planchadora
Que en milagro a deshora
Plancha en blanco mi cama.

Oca entre sus pichones,
Con las estrellas; joya
Del azar; claraboya
De mis puras visiones

Es mi senda rehacia,
Filosofal borrica;
O bien pilula mica
Panis de mi farmacia.
III

¿Qué tal? ¿La hipermetría?
Precedente os sulfura?
Os la doy limpia y pura.
Pulverizadla. Es mía…

Yo lo aprendí en el Dante
Abuelo arduo y conciso,
Por cuyo Paraíso
Jamás pasó un pedante.

Sé que vuestro exorcismo
Me imputará por culpa,
Algo que vuestra pulpa
Define en sinapismo.

Me probaréis que, esclavo
De mi propia cuarteta,
No fui ni soy poeta,
Ni lo será. Bien! Bravo!

Inventando un proverbio
Sutil, en bello cuadro,
Demostraréis que ladro
A la luna Soberbio!

Para que no me mime
La gente que me odia
Haréis de mi prosodia
Mi calvario. Sublime!

Más, en verdad os digo,
Que, líricos doctores,
Están los ruiseñores
Con la luna y conmigo.

V
Largamente vibradas
Por sus rayos de estrellas,
Cantan mis noches bellas
Como liras sagradas.

Pero trae el encanto
Lunar que las dilata,
Un silencio de plata
Más lírico que el canto.

Y en mi triste persona,
Palpita, grave y tierno,
El himno del eterno
Ruiseñor de Verona.

Él tiene en, su riqueza
De musical estuche,
Lleno de luna el buche
Como yo la cabeza.

Así, en astral fortuna,
Por mayor regocijo,
Para mi pena elijo
Como celda, la luna.

Allá, en vida rechonda
Y a vuestros dogmas sordo,
Lo pasaré cual gordo
Caracol en su concha.

Y agriando los reproches
De vuestro real Concilio,
Os doy por domicilio
La luna.
BUENAS NOCHES.

 (De lunario sentimental)

HIMNO A LA LUNA

(fragmento)

Luna, quiero cantarte,
Oh ilustre anciana de las mitologías,
Con todas las fuerzas del arte.

Deidad que en los antiguos días
Imprimiste en nuestro polvo tu sandalia,
No alabaré el litúrgico furor de tus orgías
Ni tu erótica didascalia,
Para que alumbres sin mayores ironías,
Al polígloto elogio de las Guías,
Noches sentimentales de misses en Italia.

Aumenta el almizcle de los gatos de algalia;
Exaspera con letárgico veneno
A las rosas ebrias de etileno
Como cortesanas modernas;
Y que a tu influjo activo,
La sangre de las vírgenes tiernas
Corra en misterio significativo.
Yo te hablaré con maneras corteses
Aunque sé que sólo eres un esqueleto,
Y guardaré tu secreto
Propicio a las cabelleras y a las mieses.
Te amo porque eres generosa y buena.
¡Cuánto, cuánto albayalde
Llevas gastado en balde
Para adornar a tu hermana morena!

El mismo Polo recibe tu consuelo;
Y la Osa estelar desde su cielo,
Cuando huye entre glaciales moles
La luz que tu veste orla,
Gime de verse encadenada por la
Gravitación de sus siete soles.
Sobre el inquebrantable banco
Que en pliegues rígidos se deprime y se
[esponja,
Pasas como púdica monja
Que cuida un hospital todo de blanco.

Eres bella y caritativa:
El lunático que por ti alimenta
Una pasión nada lasciva,
Entre sus quiméricas novias te cuenta,
Oh astronómica siempreviva!
Y al asomar tu frente
Tras de las chimeneas, poco a poco,
Haces reír a mi primo loco
Interminablemente.

A RUBEN DARÍO Y OTROS CÓMPLICES

Habéis de saber
Que en cuitas de amor,
Por una mujer
Padezco dolor.
Esa mujer es la luna,
Que en azar de amable guerra,
Va arrastrando por la tierra
Mi esperanza y mi fortuna.

La novia eterna y lejana
A cuya nívea belleza
Mi enamorada cabeza
Va blanqueando cana a cana.

Lunar blancura que opreso
Me tiene en dulce coyunda,
Y si a mi alma vagabunda
La consume beso a beso,

A noble cisne la iguala,
Ungiéndola su ternura
Con toda aquella blancura
Que se le convierte en ala.
En cárcel de tul,
Su excelsa beldad
Captó el ave azul
De mi libertad.

A su amante expectativa
Ofrece en claustral encanto,
Su agua triste como el llanto
La fuente consecutiva.

Brilla en lo hondo, entre el murmurio,
Como un infusorio abstracto,
Que mi más leve contacto
Dispersa en fútil mercurio.

A ella va, fugaz sardina,
Mi copla en su devaneo,
Frita en el chisporroteo
De agridulce mandolina.

Y mi alma, ante el flébil cauce,
Con la líquida cadena,
Deja cautivar su pena
Por la dríada del sauce.

Su plata sutil
Me dió la pasión
De un dardo febril
En el corazón

Las guías de mi mostacho
Trazan su curva, en mi yelmo.
Brilla el fuego de San Telmo
Que me erige por penacho.

Su creciente está en el puño
De mi tizona, en que riela
La calidad paralela
De algún ínclito don Nuño

Desde el azul, su poesía
Me da en frialdad abstrusa,
Como la neutra reclusa
De una pálida abadía.

Y más y más me aquerencio
Con su luz remota y lenta,
Que las noches trasparenta
Como un alma de silencio

Habréis de saber
Que en cuitas de amor,
Padezco dolor
Por esa mujer.

AL JOROBADO

Sabio jorobado, pide a la taberna,
Comadre del diablo, su teta de loba.
El vino te enciende como una linterna
Y en turris ebúrnea trueca tu joroba,
Porque de nodriza tuviste una loba
Como los gemelos de Roma la Eterna.

Sabio jorobado, tu pálida mueca
Tiene óxidos de odio como los puñales,
Y los dados sueltos de tu risa seca
Con los cascabeles disuenan rivales.
Tu risa amenaza como los puñales,
Como un moribundo se tuerce tu mueca.

Sabio jorobado, la pálida estrella
Que tú enamorabas desde una cornisa,
Como blanca novia, como astral doncella
Del balcón del cielo cuelga su camisa
Un gato me ha dicho desde la cornisa,
Sabio jorobado, que duermes con ella.
Demanda a la luna tu disfraz de boda
Y en íntimo lance finge a Pulcinela.
Pulula en el río tanta lentejuela
Para esos brocatos de última moda,
Que en su fondo debes celebrar tu boda
Tal como un lunólogo dandy a la alta escuela.

(De Lunario sentimental 1909)

LA ÚLTIMA CARETA

La miseria se ríe. Con sórdida chuleta,
Su perro lazarillo le regala un festín.
En sus funambulescos calzones va un poeta,
Y en su casa el huérfano que tiene por Delfín.

El hambre es su pandero, la luna su peseta
Y el tango vagabundo su padre nuestro. Crin
De león, la corona. Su baldada escopeta
De lansquenete impávido suda un fogoso hollín.

Va en dominó de harapos, zumba su copla irónica.
Por antifaz le presta su lienzo la Verónica.
Su cuerpo, de llagado, parece un huerto en flor.

Y bajo la ignominia de tan siniestra cáscara,
Cristo enseña a la noche su formidable máscara
De cabellos terribles, de sangre y de pavor.

“ALMA VENTUROSA”

Al promediar la tarde de aquel día,
Cuando iba mi habitual adiós a darte,
Fue una vaga congoja de dejarte
Lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía…
Con tu rubor me iluminó al hablarte,
Y al separarnos te pusiste aparte
Del grupo, amedrentada todavía.

Fue silencio y temblor nuestra sorpresa;
Más ya la plenitud de la promesa
Nos infundía un júbilo tan blando,

Que nuestros labios suspiraron quedos…
Y tu alma estremecíase en tus dedos
Como si se estuviera deshojando.

(De Las horas doradas, 1922)

OJOS NEGROS

Agobia con la esbeltez
de una lánguida palmera
tenebrosa cabellera
su vehemente palidez.
Y en esta negrura inerte
cruzan profundos puñales,
los largos ojos fatales,
del amor y de la muerte.

LA GARZA

En su abstracto candor, el tiempo vano
Inmoviliza eterno, hondo, distante,
La soledad oscura del pantano
Y una línea de tiza interrogante. . .

HISTORIA DE MI MUERTE

Soñé la muerte y era muy sencillo:
Una hebra de seda me envolvía,
Y cada beso tuyo,
Con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
Era un día;
Y el tiempo que mediaba entre dos besos,
Una noche. La muerte es muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
La hebra fatal. Ya no la retenía
Sino por sólo un cabo entre los dedos…
Cuando de pronto te pusiste fría,
Y ya no me besaste…
Y solté el cabo, y se me fue la vida.

ODA AL AMOR

Implacable ansiedad de querer tanto,
Fatal delicia de seguir queriendo;
Amor terrible con tu mismo encanto.
Porque es así que sin pavor ni estruendo,
Viene y nos clava el peligroso infante,
Tras la gota de miel dardo tremendo.
¡Oh, fiero menester el del amante,
Ya que sólo mordiéndose a sí mismo
Se desbasta el amor como el diamante!
Y luego aquel extraño fatalismo
Compuesto al par de duda y de esperanza,
Cual la noche es estrella y es abismo.
En aquella incurable destemplanza,
Tuércese el vino de la fe, y es trueco
De piedra dura el pan de la confianza.
Y te vuelves lector, el mozo enteco
De la tertulia, el infelice avaro

Del guante impar o del ramito seco;
Mientras ella con rostro ingenuo y claro,
Hace la niña boba cuya cinta
Blasona idilios en pueril descaro;
O con premioso afán mancha de tinta
Sus labios, al ponerte en la posdata
Una cruz breve y lo que así te pinta.

FATALIDAD

Rogué al amor, por no verte,
que me cegara como él.
Perdí la vista y tu imagen
flotó en mi sombra más fiel.
Cansado de tus desdenes,
ensordecer le pedí.
Todo calló; mas tu acento,
seguía cantando en mí.
Al exceso de sus penas,
perdí olfato y paladar.
Mas tu aroma y mi amargura
nunca las pude borrar.
Que insensible me tornara,
fuera fácil petición,
pues mi dolor y mi vida
ya una misma cosa son.
Sólo me resta pedirle,
para alcanzar la quietud,
que me dé muerte y olvido
en anónimo ataúd.
Pero una duda me asalta
bajo esta pena fatal:
¿Y si es el alma la herida?…
¿Y si el alma es inmortal?…

EL CANTO DE LA ANGUSTIA

Yo andaba solo y callado
Porque tú te hallabas lejos;
Y aquella noche
Te estaba escribiendo,
Cuando por la casa desolada
Arrastró el horror su trapo siniestro.
Brotó la idea, ciertamente,
De los sombríos objetos;
El piano,
El tintero,
La borra de café en la taza,
Y mi traje negro.
Sutil como las alas del perfume
Vino tu recuerdo.
Tus ojos de joven cordial y triste,
Tus cabellos,
Como un largo y suave pájaro
De silencio.
(Los cabellos que resisten a la muerte
Con la vida de la seda, en tanto misterio.)
Tu boca, donde suspira
La sombra interior habitada por los sueños,
Tu garganta,
Donde veo
Palpitar como un sollozo de sangre,
La lenta vida en que te meces durmiendo.
Un vientecillo desolado,
Más que soplar, tiritaba en soplo ligero,
Y entretanto,
El silencio,
Como una blanda y suspirante lluvia
caía lento.
Caía de la inmensidad,
Inmemorial y eterno.
Adivinábase afuera
Un cielo
Peor que oscuro:
Un angustioso cielo ceniciento
Y de pronto, desde la puerta cerrada
Me dio en la nuca un soplo trémulo
Y conocí que era la cosa mala
De las casas solas, y miré el blanco techo,
Diciéndome: “Es una absurda
Superstición, ridículo miedo.”
Y miré la pared impávida,
Y noté que afuera había parado el viento.
Oh, aquel desamparo exterior y enorme
Del silencio.
Aquel egoísmo de las puertas cerradas.
Que sentía en todo el pueblo.
Solamente no me atrevía
A mirar hacia atrás, aunque estaba cierto
De que no había nadie; pero nunca,
Oh, nunca habría mirado de miedo.
Del miedo horroroso
De quedarme muerto.
Poco a poco, en vegetante
Pululación de escalofrío eléctrico,
Erizándose en mi cabeza
Los cabellos.
Uno a uno los sentía,
Y aquella vida extraña era otro tormento.
Y contemplaba mis manos
Sobre la mesa, qué extraordinarios miembros
Mis manos tan pálidas,
Manos de muerto.
Y noté que no sentía
Mi corazón desde hacía mucho tiempo.
Y sentí que te perdía para siempre,
Con la horrible certidumbre de estar despierto.
Y grité tu nombre
Con un grito interno,
Con una voz extraña
Que no era la mía y que estaba muy lejos.
Y entonces, en aquel grito
Sentí que mi corazón muy adentro,
Como un racimo de lágrimas,
Se deshacía en un llanto benéfico.
Y que era el dolor de tu ausencia
Lo que había soñado despierto.

LA PALMERA

Al llegar la hora esperada
en que de amarla me muera,
que dejen una palmera
sobre mi tumba plantada.

Así, cuando todo calle,
en el olvido disuelto,
recordará el tronco esbelto
la elegancia de su talle.
En la copa, que su alteza
doble con melancolía,
se abatirá la sombría
dulzura de su cabeza.
Entregará con ternura
la flor, el viento sonoro,
el mismo reguero de oro
que dejaba su hermosura.
Y sobre el páramo yerto,
parecerá que su aroma
la planta florida toma
para aliviar el desierto.
Y que con deleite blando,
hasta el nómada versátil
va en la dulzura del dátil
sus dedos de ámbar besando.
Como un suspiro al pasar
palpitando entre las hojas,
murmurará mis congojas
la brisa crepuscular.
Y mi recuerdo ha de ser,
en su angustia sin reposo,
el pájaro misterioso
que vuelve al anochecer.


ALLEGRO, MA NON TROPPO

¡La luna! Por mis pálidos castillos
En el aire, al pasar barre indecisa,
En hojarasca musical, la brisa,
Un valse de lejanos organillos.

La agridulce tijera de los grillos
Corta a Pierrot su lánguida camisa.
Y el lunático valse te improvisa
Temas de amor ligeros y sencillos.

Con ironía gárrula, aunque tierna,
El arroyuelo que te vio la pierna
Ríe de tu delgadez sin causa alguna.

Y en congratulación de nuestro caso,
La circunfleja cara del payaso
Su disco de papel rompe en la luna.

GAYA CIENCIA

Dijo la dama al poeta:
—Habéis cantado tan bien
al ruiseñor amoroso,
que con dulce placidez,
en vuestros versos oía
sus propias perlas caer.
—Señora, dijo el poeta,
ruiseñor fui yo una vez.

—Habéis celebrado al lirio
con tan noble sencillez
y comprendido su gracia
con un acierto tan fiel,
que en vuestros versos parece
duplicarse su esbeltez.
—Señora, dijo el poeta,
yo he sido lirio también.

—La pompa de los palacios,
la gallardía y la prez
de monarcas y princesas
dar con tal brillo sabéis,
que en vuestros versos el oro
parece resplandecer.
El poeta le repuso:
—Señora, yo he sido rey.

—Dolores que habéis cantado,
sin padecerlos tal vez,
tan hondo el alma me hirieron,
que sin comprender por qué,
bajo el peso de la angustia
me sentí palidecer.
—Señora, dijo el poeta.
yo fui aquella palidez.

Que el secreto de las cosas
y de las almas lo sé,
y las canto por sabidas
sin saberlas a la vez.
Pues para que bien cantase,
mi hada madrina al nacer,
del gozo y pena de todos
me hizo la dura merced.
—Entonces, dijo la dama,
decirme, acaso, podréis,
si es verdad que de amor mueren
los que bien saben querer.

Así el triste ha respondido,
quebrados acento y tez:
—A qué preguntáis, señora,
lo que a la vista tenéis…

DELECTACIÓN MOROSA

La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.

Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.

Poblóse de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinesco biombo;
sus rodillas exangües sobre el plinto

manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de jacinto
corría sin rumor hacia la muerte.

LA BLANCA SOLEDAD

Bajo la calma del sueño,
calma lunar de luminosa seda,
la noche
como si fuera
el blanco cuerpo del silencio,
dulcemente en la inmensidad se acuesta.
Y desata
su cabellera,
en prodigioso follaje de alamedas.

Nada vive sino el ojo
del reloj en la torre tétrica,
profundizando inútilmente el infinito
como un agujero abierto en la arena.
El infinito.
Rodado por las ruedas
de los relojes,
como un carro que nunca llega.

La luna cava un blanco abismo
de quietud, en cuya cuenca
las cosas son cadáveres
y las sombras viven como ideas.
Y uno se pasma de lo próxima
que está la muerte en la blancura aquella.
De lo bello que es el mundo
poseído por la antigüedad de la luna llena.
Y el ansia tristísima de ser amado,
en el corazón doloroso tiembla.

Hay una ciudad en el aire,
una ciudad casi invisible suspensa,
cuyos vagos perfiles
sobre la clara noche transparentan,
como las rayas de agua en un pliego,
su cristalización poliédrica.
Una ciudad tan lejana,
que angustia con su absurda presencia.

¿Es una ciudad o un buque
en el que fuésemos abandonando la tierra,
callados y felices,
y con tal pureza,
que sólo nuestras almas
en la blancura plenilunar vivieran?…

Y de pronto cruza un vago
estremecimiento por la luz serena.
Las líneas se desvanecen,
la inmensidad cámbiase en blanca piedra
y sólo permanece en la noche aciaga
la certidumbre de tu ausencia.

EL AMOR ETERNO

Deja caer las rosas y los días
una vez más, segura de mi huerto.
Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto,
mejor perfuman cuando son tardías.

Al deshojarse en tus melancolías,
cuando parezca más desnudo y yerto,
ha de guardarse bajo su oro muerto
las violetas más nobles y sombrías.

No temas al otoño, si ha venido.
Aunque caiga la flor, queda la rama.
La rama queda para hacer el nido.

Y como ahora al florecer se inflama,
leño seco, a tus plantas encendido,
ardiente rosas te echarán en su llama.

EL NIDO AUSENTE

Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja mustia
y, en la arboleda, la angustia
de un pájaro fiel que llama.
Cielo arriba y senda abajo,
no halla tregua a su dolor,
y se para en cada gajo
preguntando por su amor.
Ya remonta con su queja,
ya pía por el camino
donde deja en el espino
su blanda lana la oveja.
Pobre pájaro afligido
que sólo sabe cantar
y, cantando, llora el nido
que ya nunca ha de encontrar.

EL PLATA

¡Salud, Padre y Señor! A tu linage,
Como en la gloria mágica de un cuento,
Ser habitantes del País de Plata
Con orgullo magnífico debemos.

Capitán colosal, tienes el mando
De las aguas feraces, claro ejército
Que espejeando sus líquidas espadas
Abre fronteras y dilata pueblos.

Hijos de las montañas esos ríos
Forman en la blandicia de tu seno,
El vínculo ancestral que ellas te aducen
Con la médula misma de sus huesos.

Interioriza lánguidos murmullos
De selva cálida el raudal sereno,
Y entre los dientecillos de la arena
Recuerda los peñascos sempiternos,
Donde infantil brotara un bello día,
Del pálido castillo de los hielos.
El tranquilo Uruguay te narra bosques
Y el feliz Paraná soles inmensos.
Uno te trae en numerosa música
Su tributo de rey que tiene un reino
De cristal y de pájaros. El otro,
Con la expansión de su caudal soberbio,
El brindis imperial de sus cascadas
En copa de basaltos gigantescos.
Palabra de florestas y de montes
Prolongan tus corrientes. En sus ecos,
Sentimos las dulzuras paraguayas,
El arrogante verbo brasileño,
Y la voz oriental que nos recuerda,
Como es de hermano, tu paterno acento.
Corazón de la patria que palpitas
Heroicamente en ella, á flor de pecho,
Como si desbordaras en la noble
Quimera de endulzar el mar entero.
El magnífico abrazo que te crea
Es nudo de concordias y de afectos
Que al vasto mundo envías con las barcas
De riqueza y de paz. Eres el verso
Que en nuestro canto dice: ¡Oid mortales!
Tu permanente cuerda de agua y viento,
Con latitud de mar, y con dulzura
De fuente, está cantando al extrangero,
Una alegre amistad de alma argentina
Como salutación de hogar abierto.
Moreno como un Inca, la excelencia
De la raza solar te impone el cetro.
Y formas con el Ganges de los dioses;
Con el Danubio azul de los Imperios,
La noble tribu de aguas que penetra
De cara al sol en el Océano intérmino,
Como mueren los héroes antiguos
En la inmortalidad de un canto excelso.
Enorme riel en que la gloria puso
Al eje de su carro turbulento,
Una rueda de plata y otra de oro
Con la luna y el sol que van saliendo,
Desde que en días de victoria ó muerte,
Hermanas ya, mezcláronse en tu seno,
Nuestra sangre y tus aguas encarnando
La substancia vital de un mismo cuerpo.
Encorvado en clarín, canta á la oreja
Del vasto mar tu mundo de recuerdos.
Cántale la poesía de tus ondas
Cuando de patria te colora el cielo;
Cuando vuelcas la plata de la luna
En sombría expansión de cofre abierto,
O fraguas, por el sol metalizado,
En barra colosal, fuego de fierro.
Dile de la belleza que en tus ondas
Ilustra la gentil Montevideo;
Y de la Buenos Aires gigantesca
Que te corona de sauzal porteño.
Y cómo ambas unidas para siempre
Por el lazo común de su derecho,
Te aclaman capitán de nuestras aguas,
El dulce, el grande, el valeroso, el bueno.

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