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BIOGRAFÍA DEL POETA JOSÉ HIERRO
Es uno de los poetas de la «Generación del medio siglo» cuya poesía contiene rasgos sociales basados en su experiencia como «Niño de la guerra».
José Hierro nace el 3 de abril de 1922 en Madrid, (España) en la calle Andrés Borrego, nº 18-20, actualmente nº 16 situada entre las calles Luna y Pez.
Sus padres eran Joaquín Hierro, empleado de telégrafos y madrileño de origen, y Esperanza Real, natural de Santander. Tenía una hermana, Isabel.

A los dos años se traslada con toda la familia a Santander por un cambio de destino del padre, ciudad en la que transcurrió su niñez, adolescencia y gran parte de su juventud.
Los estudios primarios los realizó en el colegio de los salesianos de la ciudad cántabra. Terminada la educación primaria, se matriculó en la Escuela de Peritos Industriales con el propósito de obtener una diplomatura de perito electro-mecánico, en contra de la voluntad familiar, estudios que no termina a causa de la guerra.
Tras estallar la Guerra Civil en julio de 1936 y ser tomada Santander en agosto de 1937, fue detenido su padre, Joaquín Hierro, que “era republicano de Azaña”. Fue una de las víctimas de tales sentencias abusivas, acusado de haber accedido a información comprometedora para el gobierno.
Al finalizar la Guerra Civil José fue detenido y procesado por pertenecer a una «organización de ayuda a los presos políticos» y de ser miembro de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios.

Ingresó en la prisión provincial de Santander y, unos meses después (11 de marzo de 1940), fue trasladado a Madrid e internado en el convento de las Comendadoras de Santiago, habilitado como cárcel.
Tras unos meses de libertad condicional, en octubre del mismo año, se le juzgó y condenó a la pena de doce años y un día. Por entonces el poeta contaba dieciocho años. Volvió a prisión, esta vez a la de Porlier (Madrid), y después fue trasladado a la de Santander. En ella permaneció hasta que de nuevo fue conducido a Madrid, esta vez encarcelado en la prisión de Torrijos. Más tarde pasó a la de Alcalá de Henares, de la que, finalmente, salió en libertad definitiva en enero de 1944. Ese mismo año murió su padre, que había sido excarcelado en 1941.
En prisión desarrolló una intensa actividad, y en los escritos de ese período quedaron plasmados muchos de los sucesos vividos durante la contienda, como la muerte de su padre, la interrupción de sus estudios y el descubrimiento de la generación del 27, a través de la antología de Gerardo Diego, a quien consideró su «padre espiritual».
Esta lectura fue supone, según sus propias palabras, «una puesta al día en las corrientes más modernas de la poesía». Lee a Dostoievsky y la Historia de dos ciudades, de Dickens, cuyo personaje Sidney Carton le influirá a la hora de escribir sus tres novelas inéditas. Comienza a leer a los clásicos españoles, sintiendo una especial predilección por Lope de Vega y la poesía de tipo tradicional.

Tras ser puesto en libertad, Vuelto a Santander, allí recibe un telegrama de su íntimo amigo, el poeta José Luis Hidalgo, en el que le decía que le había encontrado un trabajo en Valencia. No era cierto, pero Hidalgo quería librarle del riesgo que suponía seguir viviendo en la capital cántabra, ya que había sido detenido una vez tras su puesta en libertad.
Hierro se trasladó con José Luis Hidalgo a Valencia, donde se dedicó a escribir. Ese mismo año, obtuvo el Premio Adonais de poesía por su segunda obra, Alegría. Desde entonces recibió numerosas distinciones como reconocimiento, no sólo a sus méritos literarios, sino también a su ejemplar actitud ante la vida.
En Valencia desempeñó diferentes trabajos, como confiesa en el extenso poema “Historia para muchachos”: donde dice “Apuntad: palero, / moldeador, listero de unas obras, / transportista de leña a domicilio, / comisionista para venta a plazos de libros, negro de escritor” (Libro de las alucinaciones).
En ese tiempo, que compartió con el mencionado Hidalgo, el escritor Jorge Campos y el pintor Ricardo Zamorano, colaboró en diversas revistas y comenzó a escribir los primeros poemas del que sería su primer libro.
En 1942 nace en Valencia, a partir de una tertulia que se celebra en el Bar Galicia, animada por Ricardo Blasco, Jorge Campos y Pedro Caba, la revista Corcel, en la que muy pronto empezará a colaborar José Luis Hidalgo, que por entonces residía en la capital cántabra.
También perteneció, junto con Ricardo Gullón, al grupo fundador de
la revista Proel, donde publicó Tierra sin nosotros, su primer libro de poemas, en 1947.
Trascurridos los años de estancia en Valencia (1944-1946), regresó a Santander donde trabajó ejerciendo muy distintos oficios: desde conferenciante, a tornero, listero, profesor, redactor jefe de las revistas de la Cámara de Comercio y la Cámara Agraria, etc. Esa actividad laboral no le impidió participar en la vida cultural santanderina. Por entonces, desempeñó el cargo de redactor jefe de la revista Tierras del Norte y, algo después, trabajó en la revista Economía Montañesa, escribiendo biografías de hombres de la provincia que triunfaron gracias a su esfuerzo personal
Conoce a Gerardo Diego, continúa sus colaboraciones en la revista Proel que había iniciado desde Valencia y asistió a recitales y conferencias.
El 3 de febrero de 1947 muere José Luis Hidalgo en Madrid. Se publica Tierra sin nosotros (Ed. Proel. Santander) y Alegría recibe el Premio Adonais; el jurado del premio estaba compuesto por Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, José Luis Cano, Gerardo Diego y Enrique Azcoaga.

A finales de éste año, Hierro envía parte de un nuevo libro, titulado Con las piedras, con el viento…, al matrimonio formado por Francisco Ribes y Josefina Escolano; en la primavera de 1948, lo tiene ya concluido, pero, cuando lo va a enviar a la imprenta, en 1950, se da cuenta de que lo ha perdido y vuelve a redactarlo «de un tirón», con la ayuda del manuscrito conservado por el matrimonio Ribes.
En marzo de 1949 contrajo matrimonio con la joven santanderina María Ángeles Torres San Jorge, con la que tuvo cuatro hijos.
En septiembre de 1952 se trasladó a vivir a Madrid. Su familia se reunió con él unos meses después. Comenzó a trabajar en la Editora Nacional por las mañanas y por las tardes lo hacía en la sección del Instituto Cervantes del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Asimismo, colaboró en diversas revistas de información y en Radio Exterior de España y Radio 3; posteriormente, se incorporó a Radio Nacional de España, en donde permaneció hasta su jubilación, en 1987.
.En 1953 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. A finales de la década de 1950 dirigió la Tertulia Poética del Ateneo de Madrid.
Hierro dedicó una buena parte de su vida a la pintura, cuyo lenguaje conocía tanto como el de la poesía. En 1944 hizo su primera crítica pictórica —sobre la obra de Modesto Ciruelos—, labor que continuó ejerciendo en distintos medios de comunicación.

En los inicios de los setenta José Hierro dirige una tertulia poética en el Ateneo, que, por problemas políticos, acaba siendo censurada y tiene que trasladarse a la librería Abril, en la calle Arenal. La tertulia de la librería Abril, dirigida por Carmina Abril, José Gerardo Manrique de Lara y José Hierro, se inaugura con una lectura de poemas por parte de Vicente Aleixandre.
En 1974 se publica la segunda edición de la poesía completa de José Hierro, incluyendo los libros hasta entonces publicados, con el título de Cuanto sé de mí (Seix Barral, Barcelona).
En 1975 comienza a elaborar los primeros poemas de un libro que llevará por título Agenda.
En 1978 acompañando al artículo de Aurora de Albornoz «Aproximación a la obra poética de José Hierro (1947-1977)», aparecen publicados los primeros poemas de Agenda, con el título de «Compasivamente en la noche» en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 341 (nov. 1978); págs. 291-296.
En 1980 Aurora de Albornoz publica una extensa Antología de la obra de José Hierro (Visor. Madrid). Hay una 2ª edición en 1985.
En 1981 recibe el premio Príncipe de Asturias.

En 1982 Aurora de Albornoz publica, en la colección «Los poetas» de la Editorial Júcar, una antología precedida de un extenso prólogo, con el título de José Hierro (Ed. Júcar. Madrid-Gijón).
En 1986 se edita Libro de las alucinaciones en segunda edición en la editorial Cátedra con introducción y bibliografía de Dionisio Cañas. Premio Pablo Iglesias.
En 1987 José Hierro se jubila de su trabajo en Radio Nacional.
En 1990 se concluye la redacción del libro Agenda y se le concede el Premio Nacional de las Letras en su convocatoria de dicho año.
A partir de la década de 1960 y hasta su fallecimiento, viajó por toda España formando parte de jurados literarios, ofreciendo lecturas de su obra y dando conferencias. También se desplazó a numerosos países extranjeros como conferenciante y asistió a congresos literarios. Su primer viaje lo realizó en 1961 invitado por el Instituto de España en Londres; el segundo, en 1965, a Berlín invitado por la Universidad Libre de esa ciudad. En los años siguientes viajó, además de por toda España, a ciudades de Europa, Estados Unidos, Hispanoamérica, Asía y África, divulgando la poesía española y su propia obra.

A partir de la obtención del Premio Adonais consiguió numerosos reconocimientos por su obra. Entre los más importantes se pueden señalar el Premio de la Crítica (1958) y el Premio Juan March (1959) por su libro Cuanto sé de mí (1957); de nuevo el Premio de la Crítica (1965) por su Libro de las alucinaciones (1964); algo más tarde el Premio Príncipe de Asturias (1981), el Premio de las Letras Españolas (1990), el Premio Reina Sofía de la Poesía Hispanoamericana (1995) y el Premio Cervantes (1998). Antes, había sido nombrado doctor honoris causa por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander (1995) y, algo después (2001), doctor honoris causa por la Universidad de Turín. En el año 1999 fue elegido académico de la Real Academia Española.
Falleció el 21 de diciembre de 2002, a las 14:30, en el Hospital Carlos III de Madrid.
JUAN CRUZ Periodista, en nota periodística, dice de él:
Era muy especial José Hierro. Independiente como un material, como el oro, como una piedra, como una azada. Un ser humano que era de los pies a la cabeza un poeta, un hombre que rompió a manotazos la fama y el resto de las vanidades, y se gastó la vida haciendo feliz a su mujer, a sus hijos, a sus nietos, y al vecindario.
Con una azada en la mano le recuerdo en su casa de Los Cohonares de Titulcia, cerca de Chinchón. Su cabeza roja del sol, cultivando viñedos en medio de la soledad y de los ecos, mientras los demás esperábamos sus vasos de vino y su cordero asado, metidos en la tibieza honda de su casa, rodeado de familiares y amigos que le querían al extremo de la reverencia y la alegría.
Le conocí en Tenerife cuando ya él era un poeta muy famoso, de unos cincuenta años. Tenía tanta vida por detrás que podía decirse que era un veterano de guerra, un aviador salvaje perdido en un desierto, un amigo cuya mano pesaba sobre ti como un consejo. Un tipo vertical, horizontal, un hombre entero con una vida que parecía un milagro. Había sufrido cárcel y otras penurias, pero en ese momento era un hombre vestido de beis corriendo por las calles de Santa Cruz de una actividad a otra, soplando un aire que parecía la vida. Pepe Hierro.
Su manera de mirar el arte (y para eso estaba allí, para hablar de arte, de dos pintores que fueron sus amigos, Pedro González y José Luis Toribio) era tan especial como él: aguerrido y metafórico, las cosas eran como se veían por dentro, y él tenía el aguijón poético presto para cumplir la tarea de mirar como si hubiera acompañado al artista en su dibujo.

Y su manera de escribir era cincelada, perfecta, como si antes de hacerlo ya lo hubiera hecho alguien aún más veloz que él y que habitaba en su cerebro. Ese era Pepe Hierro, uno de los seres más vitales que he conocido. Y había otro, el melancólico, el hombre dibujado en medio de las imperfecciones de la vida, buscando siempre, alentando siempre una nueva pasión para no perder la esperanza.
Muchos años después de aquel encuentro en Tenerife y de aquellos mediodías calientes o fríos en Titulcia, le vi en Santander, a media mañana, tomando chinchón antes de una entrevista. Se ahogaba Pepe, ya no tenía aire, vivía en casa gracias a las bombonas fofas que el médico le aconsejaba tener al lado de la cama. Eran bombonas como de gas butano, y él las mostraba como trofeos inversos, la manera que tenía de respirar ya dependía de esos artilugios. Pero esta vez aún no andaba con bombonas; respiraba con una dificultad sin cuento, como quien sube por las escaleras de la piedra de una vida. Estábamos allí porque íbamos a hacer una entrevista de radio. Y cuando ya nos sentamos ante el micrófono, con los auriculares puestos, con su voz rota saliendo inquieta de su cuerpo cansado, tuvimos la ocurrencia de pedir a un íntimo amigo suyo, Aurelio Cantalapiedra, el que le acompañó hasta la puerta de la cárcel de Franco, donde estuvo cuatro años desde 1940, que hablara con él, por sorpresa, de aquella experiencia; cuando escuchó la voz inesperada de Aurelio, Pepe rompió a llorar, y aquel lamento ya fue incesante. Lo levantamos de la mesa, nos tomamos con él luego otras copas de aquel licor lechoso que tanto le estimulaba, y Pepe volvió en sí como si hubiera hecho un largo viaje doloroso.

SELECCIÓN DE POEMAS DE JOSÉ HIERRO
LA ALEGRÍA
Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
por el dolor, allá en mi reino triste
un misterioso sol amanecía.
Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.)
Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.
Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido esa la tristeza
a las divinidades de la vida.
ALUCINACIÓN EN SALAMANCA
¿En dónde estás, por dónde
te hallaré, sombra, sombra,
sombra?…
Pisé las piedras,
las modelé con sol
y con tristeza. Supe
que había allí un secreto
de paz, un corazón
latiendo para mí.
Y qué serías, sombra,
sombra, sombra; qué nombre,
y qué forma, y qué vida
serías, sombra. Y cómo
podías no ser vida,
no tener forma y nombre
Sombra: bajo las piedras,
bajo tanta mudez
—dureza y levedad,
oro y hierba—, qué, quién
me solicita, qué
me dice, de qué modo
entenderlo… (no encuentro
las llaves). Sombra, sombra,
sombra… Cómo entenderlo
y nacerlo…
De pronto,
deslumbradoramente,
el agua cristaliza
en diamante… Una súbita
revelación…
Azul:
en el azul estaba,
en la hoguera celeste,
en la pulpa del día,
la clave Ahora recuerdo:
he vuelto a Italia. Azul,
azul, azul era ésa
la palabra (no sombra,
sombra, sombra) Recuerdo
ya —con qué claridad—
lo que he soñado siempre
sin sospecharlo. He vuelto
a Italia, a la aventura
de la serenidad,
del equilibrio, de
la belleza, la gracia,
la medida…
Por estas
plazas que el sol desnuda
cada mañana, el alma
ha navegado, limpia
y ardiente. Pero dime,
azul (¿o hablo a la sombra?),
qué dimensión le prestas
a esta hora mía; quién
arrebató las alas
a la vida. Y quién fue
que yo no sé. Y quién fui
el que ha vivido instantes
que yo recuerdo ahora.
Qué, alma mía, en qué cuerpo,
que no era mío, anduvo
por aquí, devanando
amor, entre oleadas
de piedra, entre oleadas
encendidas (las olas
rompían y embestían
contra las torres peñas)…
Entre oleadas… Olas…
Gris… Olas… Sombra…He vuelto
a olvidar la palabra
reveladora. Playas…
Olas… Sombra… Hubo algo
que era armonía, un sitio
donde estoy… (sombra, sombra,
sombra), donde no estoy.
No: la palabra no era sombra.
El fulgor del cielo,
la piedra rosa, han vuelto
a su mudez. Están
ante mí. Los contemplo,
y, sin embargo, ya
no están. El equilibrio,
la armonía, la gracia
no están. Ay, sombra, sombra
(y tanta claridad).
Quién disipó el lugar
(o el tiempo) que me daba
su sangre, el que escondía
el lugar (o era el tiempo)
no vivido. Y por qué
recuerdo lo que ha sido
vivido por mi cuerpo
y mi alma. Qué hace
aquí, por mi memoria,
este avión roto, un viejo
Junker, bajo la luna
de diciembre. La niebla,
la escarcha, aquel camino
hasta el silencio, aquella
mar que estaba anunciando
este mismo momento
que no es tampoco mío.
Quién sabe qué decían
las olas de esta piedra.
Quién sabe lo que hubiera
—antes— dicho esta piedra
si yo hubiese acertado
la palabra precisa
que pudo descuajarla
del futuro. Cuál era
—ayer— esa palabra
nunca dicha. Cuál es
esa palabra de hoy,
que ha sido pronunciada,
que ha ardido al pronunciarla,
y que ha sido perdida
definitivamente.
PAREJA EN SOMBRA SOBRE FONDO DE ORO
(Chopin y George Sand en Mallorca)
La Isla izó sus velas
de almendro, blanco y rosa.
Se hizo a la mar, ceñido
su cinturón de olas.
(Por dentro de vosotros,
amor de flechas lóbregas,
espectros de sonidos,
sombras, sombras y sombras.)
La Isla navegaba
dorada y luminosa,
puro presente vivo,
palpitación de gloria.
(Por dentro de vosotros,
oscuras mariposas,
crepúsculos lluviosos,
sombras, sombras y sombras.)
La Isla arriba a puertos
sin tiempo y sin memoria;
allí canta la vida
su canto de victoria.
(Por dentro de vosotros
cava el tiempo su fosa;
la memoria libera
sombras, sombras y sombras.
La muerte acecha. Cuenta
las horas, gota a gota.
BAILE A BORDO
Juan Sebastián (Bach, naturalmente)
y Mahalia (Jackson, claro) concelebran
su rito, río que se desplaza inmóvil
hacia la mar, que es el morir.
Juan Sebastián, con sus dedos de viento o tiempo,
arranca sones húmedos al teclado del Hudson.
Y los tubos del órgano
–casas de cuarenta pisos, servidumbre de color-
los agrandan, amueblan el espacio,
suben interminables y paralelos
hasta el umbral de las estrellas
agazapadas en la bruma.
¿Quién habrá convocado a esta hora,
en este espacio navegante
al que ha llegado de Alemania
en su nave bien temperada,
el que aherrojó su sufrimiento
en las mazmorras de la matemática
y a la africana esclava
en cuya sangre se disuelve
el gemido de los azotados,
encadenados, des-selvados,
hacinados en las sentinas tórridas
de los barcos de asfixia, vómito, látigo,
sobre las olas repetidas y sobrecogedoras,
hasta aportar a los algodonales
del doloroso y hondo Sur!
Las barras del compás, la norma, el orden,
las herramientas de quién nunca sufrió
(¡como si alguien pudiese no haber sufrido nunca!)
o que disciplinó su sufrimiento,
lo domó, lo embridó e
n las rejas del pentagrama,
y la vaharada de león y buitre,
de flores podridas y de insectos feroces,
la síncopa, el jadeo, la agonía del swing,
y los gritos no temperados,
el ritmo libre como el oleaje,
se han dado cita aquí, esta tarde,
en los ríos que ciñen la ciudad,
órgano, selva de metal y luz y escalofrío
y de deslumbramiento, y de nostalgia futura,
porque mañana ya será otro día.
Los pasajeros de la embarcación,
–veinte dólares, cena y baile incluidos–,
charlan, ríen, beben y cantan.
Algunos contemplamos el prodigio.
(Majestuosas, las gaviotas
Acompañan a los viajeros.
Casi nadie lo advierte.)
Y de pronto, sobre el preludio
filtrado por los siglos que el viejo Bach desgrana,
vuelan los alaridos de una fiera,
pura naturaleza ajena al tiempo:
Canta Mahalia, subrayando, contradiciendo,
complementando con su sufrimiento a Juan Sebastián Bach, el que nunca sufrió.
El friso de Nueva York majestuoso y geométrico
es ahora jungla. Se retuercen
los bloques impasibles, lo mismo que serpientes,
me rodean, me envuelven; nos envuelven.
Tomo en mis brazos a la desconocida.
Mañana habremos vuelto cada uno a su tierra.
Pero ahora giramos, arrebatados por la música,
lloramos sobre el hombro de Mahalia
y sobre la empolvada peluca de Juan Sebastián
una música irrepetible, porque antes no existía.
Alrededor, gira la ciudad, irrepetible,
giramos y giramos hasta morir,
porque por fin nos hemos descubierto.
EL MUERTO
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.
Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrando su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo querría poner primavera en sus manos)
¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez más en mis manos temblar la alegría no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.
Aunque muera mi cuerpo y no quede memoria de mí.
EL NIÑO
Unos dedos de plata
estremecen las copas de los álamos.
Unos dedos de cobre
Llameando entre las acacias
y los castaños de noviembre.
Y una mano –de quién será–que ofrece a los gorriones
migas de azul, granos de otoño,
me arrebata a otro reino y me convierte en ave,
ave de piedra, piedra de río, río de estrellas,
estrellas olorosas, olorosas hogueras,
hogueras de piedra, de río, de estrellas, de ave…
De quién será esta mano. Me refiero
a esta mano de carne y hueso
que se apoya en mi hombro y deshace el hechizo
y restituye el mundo a su recinto natural,
a su archivador impasible.
Y mientras trepan, brazo arriba, mis ojos
hasta fondear en otros ojos que los miran,
reconozco la voz que escucharé cuando caigan los años,
hirviente de palabras rencorosas.
Reconozco la voz que aún no ha sonado
en esta voz de niño, en el cuerpo del niño
que sonríe ante mí.
La voz que un día me dirá: “Voy a matarte con mis propias manos”.
En este instante suena con desamparo y lágrimas,
y las palabras aún no hieren:
“Aúpame, quiero coger esa hoja verde.”
Alzo en mis brazos, para que no llore,
a mi asesino.
LOS ANDALUCES
Decían: “Ojú que frío”;
no “Qué espantoso, tremendo,
injusto, inhumano frío”
Resignadamente: “Ojú, que frío”… “Los andaluces…
En dónde habrían dejado
sus jacas; en dónde habrían
dejado su sol, su vino,
sus olivos, sus salinas.
En dónde habrían dejado
su odio… Parecía hechos
de indiferencia, pobreza,
latigazo… “Ojú que frío”
Tiritaban bajo ropas
delgadas, telas tejidas
para cantar y morir
siempre al sol. Y las llevaban
para callar y vivir
al frío de Ocaña y Burgos,
al viento helado del mar
del Dueso… Los andaluces…
Estos que están esperando,
desde Huelva hasta Jaén,
desde Jaén a Almería,
junto a las plazas de cal
y noche, deben de ser
hijos de aquellos. Esperan
que alguno venga a encerrarlos
entre rejas. Como aquéllos,
no preguntará, por qué.
No se quejarán de nada.
Ni uno se rebelará.
“Las cosas son como son,
como siempre han sido, como
han de ser mañana… Ojú,
que frío… “Los andaluces…
Apenas dejaban sombra,
sonido, cuando pasaban.
Se borraban sus cabezas.
Tan sólo un inmenso frío
daba fe de ellos. Y aquella
dejadez que rodeaba
su fragilidad. Más solos
que ninguno. Más hambrientos
que ninguno… (Deseaba
que odiasen, porque los vivos
odian. Los vivos perdonan.
El hombre es fuego y es lluvia.
Lo hace el odio y el perdón.)
Indiferentes: “Ojú,
qué frío…” Los andaluces
Un grano de trigo.
Una oliva verde. (Guardad
el aliento de la tierra,
el parpadeo del sol
para ayer, para mañana,
para rescataros…) Quiero
que despierten del pasado
de frío, de los cerrojos
del futuro. Todo está
tan confuso. Yo no sé
si los veo, los recuerdo,
los anticipos…
Hace pocos
kilómetros tuve aquí,
en mi mano, la madeja
de los días. La emoción
de los días. Como un padre
que olvidó hace tiempo el rostro
de los hijos muertos. Y ahora
los recuerda. Y ahora vuelve
a olvidarlos, unos pocos
kilómetros más allá.
Olvidados para siempre.
Cuántos años hace de esto.
O cuántos faltan para esto
que hace un momento viví
por los caminos… –ojú,
que frío– de Andalucía.
LA MANO ES LA QUE RECUERDA
La mano es la que recuerda
Viaja a través de los años,
desemboca en el presente
siempre recordando.
Apunta, nerviosamente,
lo que vivía olvidado.
la mano de la memoria,
siempre rescatándolo.
Las fantasmales imágenes
se irán solidificando,
irán diciendo quién eran,
por qué regresaron.
Por qué eran carne de sueño,
puro material nostálgico.
La mano va rescatándolas
de su limbo mágico.
DOBLE CONCIERTO
Sobre la mesa deja media esfera de plata,
luna menguante.
alza la tapa y surge un humo con aroma de mar y especias.
Y huelo y saboreo y escucho al fin aquel adagio
nacido al mismo tiempo que mi hambre.
(Pero no quiero hablar de eso:
no viene a cuento ahora evocar los ojos nublados
ni las piernas debilitadas por aquella creadora de un plato imaginario cuyo secreto morirá conmigo.)
Decía que, al alzar la tapa, comenzó a sonar el adagio:
una música que alguien fue arrancándose
del sufrimiento, creación ajena, pero que, en cierto modo,
también era obra mía, pues yo la había ido sacando del silencio, solfeándola torpemente, deletreándola.
Imaginaos al analfabeto a cuyas manos llega una carta de amor,
y va identificando las letras, casándolas en sílabas,
hasta entender que aquellos signos reunidos dicen
A-MOR-MI-O.
O también al ciego que palpa,
silabea, solfea con sus dedos la tibieza de un cuerpo amado,
lo reconstruye, lo adivina sin poderlo ver.
Así fui yo descifrando sonidos desunidos
hasta lograr encarcelarlos en ocho mágicos compases
que al fin me revelaron parte de su secreto.
La música, lo recuerdo ahora,
sonaba ronca y estridente en los altavoces.
Y no se ajaba su hermosura.
Por vez primera el ciego contemplaba el cuerpo amado.
El analfabeto escuchaba, en la voz de quien lo escribiera,
el mensaje de amor.
El adagio tenía, al fin, voz, carne, sangre,
gracias a los violines, trompas, oboes, flautas, celestas.
Mas no llegaba solo: lo acompañaba el contrapunto
de la receta de cocina compuesta en el pentagrama del hambre.
¿Qué hace aquí esa otra música que yo no quiero recordar?
Sonaba en una orquesta de cazos, de sartenes, de ollas, de cuchillos.
Y yo no sé siquiera si era la misma que soñé.
(Soy el más sabio, el más experto e imaginativo
cocinero del mundo. Perdonadme la vanidad:
he creado una obra maestra de la gastronomía
que nadie, y yo menos que nadie, probará.)
Os decía que el humo sonó (aunque pienso
que eso debió de suceder más tarde).
La obra descubierta y la obra imaginada
palpitaban fundidas en la orquesta
de violines, sartenes, oboes, cazos, cuchillos y celestas.
Una –lo dije ya– existía antes de mí. La otra
no existió nunca. Y nunca existirá.
Quiero dormir. Estoy confuso.
Empiezo a trastocarlo todo. Me refugio en mi adagio.
Sé, Dios mío, mi música, dirige el desconcierto.
Golpea con tu rayo el atril.
Otra vez siento hambre
LLEGADA AL MAR
Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Y he vuelto. Quiebro con mis piernas
tu serena cristalería.
Es como ahondar en los principios,
como embriagarse con la vida,
como sentir crecer muy hondo
un árbol de hojas amarillas
y enloquecer con el sabor
de sus frutas más encendidas.
Como sentirse con las manos
en flor, palpando la alegría.
Como escuchar el grave acorde
de la resaca y de la brisa.
Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Era en otoño, y en otoño
llego, otra vez, a tus orillas.
( De entre tus ondas el otoño
nace más bello cada día. )
Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía…
( Las montañas que te rodean
tienen hogueras encendidas.)
Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría…
( Eres un pájaro de niebla
que picotea mis mejillas. )
Y ahora que yo quería darte
toda mi sangre, que quería…
(Qué bello, mar, morir en ti
cuando no pueda con mi vida.)
ASÍ ERA
Canta, me dices. Y yo canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,
dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu busca.
Canta, me dices. Yo te canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,
como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una madre verde y húmeda.
Eras de vientos y de otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,
de mar reposando en la bruma,
de campos y albas ciudades,
con un gran corazón de música.
ACELERANDO
Aquí, en este momento, termina todo,
se detiene la vida. Han florecido luces amarillas
a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa
cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.
Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia
en la noche, jadeando en la hierba,
trayendo en hilos aroma de las nubes,
poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.
Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro
porque eran miles de kilómetros
los que nos separaban de las olas,
y lo peor, miles de días pasados y futuros nos separaban.
Descendían en la sombra las escaleras.
Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. «Ya es hora
-dije yo-, ya es hora de volver a tu casa.»
Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó
vestida de otro modo, con flores en el pelo.
Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy.» Bajamos
las gradas del altar. El armonio sonaba.
Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.
Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido
tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.
Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.
«¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer…?», preguntábamos
al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía
con su poco de sombra con estrellas,
su agua de luces navegantes,
sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios
una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.
Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme
lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,
y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor
gris que giraba en torno vertiginosa.
Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.
Los niños -quiénes son, que hace un instante
no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa:
«Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije
con ira y pena. Silencio. Yo besé
la frente de ella, los ojos con arrugas
cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,
en qué lugar del universo se halla? «Has sido duro
con los niños.» Abrí la habitación de los pequeños,
volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.
Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon
los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,
con sus noches de estrellas, con sus mares azules,
con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar
bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,
dónde el mar… Qué ridículo todo: este momento detenido,
este disco que gira y gira en el silencio,
consumida su música…
De "Libro de las alucinaciones" 1964
ALMA DORMIDA
Me tendí sobre la hierba entre los troncos
que hoja a hoja desnudaban su belleza.
Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en primavera.
Nuevamente nace el mundo, nuevamente
naces, alma (estabas muerta).
Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:
tú dormías, esperando ser eterna.
Y por mucho que te cante la alta música
de las nubes, y por mucho que te quieran
explicar las criaturas por qué evocan
aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas
hacer tuya tanta vida derramada
(era vida, y tú dormías), ya no llegas
a alcanzar la plenitud de su alegría:
tú dormías cuando todo estaba en vela.
Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro…
(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)
LUZ DE TARDE
Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.
Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase…
Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.
De "Alegría" 1947
LAS NUBES
Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas, mirando a las nubes,
huellas que se llevó el viento.
Buscas las manos calientes,
los rostros de los que fueron,
el círculo donde yerran
tocando sus instrumentos.
Nubes que eran ritmo, canto
sin final y sin comienzo,
campanas de espumas pálidas
volteando su secreto,
palmas de mármol, criaturas
girando al compás del tiempo,
imitándole a la vida
su perpetuo movimiento.
Inútilmente interrogas
desde tus párpados ciegos.
¿Qué haces mirando a las nubes,
José Hierro?
(De Cuanto sé de mí, 1957-1959)
PASEO
Sin ternuras, que entre nosotros
sin ternuras nos entendemos.
Sin hablarnos, que las palabras
nos desaroman el secreto.
¡Tantas cosas nos hemos dicho
cuando no era posible vernos!
¡Tantas cosas vulgares, tantas
cosas prosaicas, tantos ecos
desvanecidos en los años,
en la oscura entraña del tiempo!
Son esas fábulas lejanas
en las que ahora no creemos.
Es octubre. Anochece. Un banco
solitario. Desde él te veo
eternamente joven, mientras
nosotros nos vamos muriendo.
Mil novecientos treinta y ocho.
La Magdalena. Soles. Sueños.
Mil novecientos treinta y nueve,
¡comenzar a vivir de nuevo!
Y luego ya toda la vida.
Y los años que no veremos.
Y esta gente que va a sus casas,
a sus trabajos, a sus sueños.
Y amigos nuestros muy queridos,
que no entrarán en el invierno.
Y todo ahogándonos, borrándonos.
Y todo hiriéndonos, rompiéndonos.
Así te he visto: sin ternuras,
que sin ellas nos entendemos.
Pensando en ti como no eres,
como tan solo yo te veo.
Intermedio prosaico para
soñar una tarde de invierno.
De "Quinta del 42" 1952
LOS CLAUSTROS
No, si yo no digo
que no estén bien en donde están:
más aseados y atendidos
que en el lugar en que nacieron,
donde vivieron tantos siglos.
Allí el tiempo los devoraba.
El sol, la lluvia, el viento, el hielo,
los hombres iban desgarrándoles
la piel, los músculos de piedra
y ofrendaban el esqueleto
―fustes, dovelas, capiteles―
al aire azul de la mañana.
Atormentados por los cardos,
heridos por las lagartijas,
cegados por los estorninos,
por las ovejas y las cabras
No, si yo no digo
que no estén mejor donde están
―en estos refugios asépticos―
que en las tabernas de sus pueblos,
ennegrecidos los pulmones
por el tabaco, suicidándose
con el porrón de vino tinto,
o con la copa de aguardiente,
oyendo coplas indecentes
en el tiempo de la vendimia,
rezando cuando la campana
tocaba a muerto.
No, si yo
no diré nunca que no estén
mucho mejor en donde están
que en donde estaban…
¡Estos claustros…!
(De Cuaderno de Nueva York 1998)
LA FUENTE DE CARMEN AMAYA
A César González Ruano, restituyéndole lo
que tomé prestado de uno de sus magistrales artículos
No el mar, sino esta fuente junto al mar.
Y la ciudad, detrás. (Qué importa la ciudad.
La ciudad era tiempo: primero, Roma y sus murallas,
y sucesivamente, peces de barras rojas en el lomo,
rejerías y olivas, el poderío de las naves
de la Corona de Aragón.
Más tarde, un diálogo de humos.)
La ciudad era un diálogo de aguas
―la fuente, el mar―; la vida, un diálogo de aguas,
una chiquillería desnudita y morena.
Y un griterío, un amontonamiento
en aquel aire cálido.
Y olor a hogueras, que no tienen tiempo.
Siempre a espaldas del tiempo.
Y nada más que ojos oscuros
para mirar, mirar, mirar…
Esto ocurría en lo que llaman,
los que no son de nuestra raza, pasado.
De noche me acercaba a las olas.
Las olas no ocultaban ruiseñores
como el agua del cántaro que yo apoyaba en la cadera.
De noche, entre las olas, de cara al tiempo congelado,
sonaba el mar a hojas de otoño, pisoteadas por los pájaros.
Ceñía mis tobillos de diamantes.
Allí era el reino del vaivén, del ritmo,
de lo eterno acunado. El mar tampoco,
como si fuera de mi raza, se encadenaba al tiempo.
Sonaba en mis oídos el ruiseñor del agua de la fuente,
oía los rumores del mundo.
Mi sangre era el mar mismo.
Me contagiaba de su movimiento.
Me enseñaban las olas a no morir jamás.
Lo sin tiempo es la muerte. Y aquello, el ritmo,
el tiempo vivo, pero detenido; algo que no conoce
ni principio ni fin, que no parte ni llega.
Era el mar y la fuente junto al mar.
Y entre los dos estaba yo.
Igual que ahora. Nuevamente unidos.
Cuántos racimos de años habrá exprimido el mar.
Por cuántos sitios ―horas y lugares, qué sé yo―,
lo que dicen países, he llevado el centelleo de la espuma,
el oleaje de la llama…
Es posible que yo parezca diferente.
También quizás la fuente parezca diferente a los demás.
Yo no lo sé. Juntos estamos el mar, la fuente, yo.
Vinieron las autoridades,
artistas, periodistas, gentes que leen mi nombre en los
periódicos.
Me dijeron que era mía la fuente
(cómo podían darme lo que era mío, mi vida, el mar, las
nubes).
No pudieron matar mi vida, restituirme al tiempo,
cuando hablaban y hablaban del ayer, la gitana
de Somorrostro, y otra vez aquello del arte y de la gloria,
y más palabras sin sentido
que siguen pronunciando mientras me acerco hasta mi
fuente,
y adorno mis muñecas con sus helados brazaletes,
y humedezco mis sienes, mezclo sus aguas con mis
lágrimas.
Porque ahora pienso que he olvidado el cántaro,
y la tarde se queda sin ruiseñor que la ilumine,
y tengo miedo de volver sin agua,
y no sé dónde está el cántaro
y mi madre me va a reñir
porque a ver cómo vamos a guisar,
a lavar la ropita de los niños…
Y yo no sé qué le diré para que pueda comprenderlo.
(De Libro de las alucinaciones, 1964)
CANCIÓN DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO
La gaviota sobre el pinar.
(La mar resuena.)
Se acerca el sueño. Dormirás,
soñarás, aunque no lo quieras.
La gaviota sobre el pinar
goteado todo de estrellas.
Duerme. Ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
No hay más que sombra. Arriba, luna.
Peter Pan por las alamedas.
Sobre ciervos de lomo verde
la niña ciega.
Ya tú eres hombre, ya te duermes,
mi amigo, ea…
Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo
sobre la luna, y la degüella.
La mar está cerca de ti,
muerde tus piernas.
No es verdad que tú seas hombre;
eres un niño que no sueña.
No es verdad que tú hayas sufrido:
son cuentos tristes que te cuentan.
Duerme. La sombra toda es tuya,
mi amigo, ea…
Eres un niño que está serio.
Perdió la risa y no la encuentra.
Será que habrá caído al mar,
la habrá comido una ballena.
Duerme, mi amigo, que te acunen
campanillas y panderetas,
flautas de caña de son vago
amanecidas en la niebla.
No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios
para volar por donde quieras,
para llegar al alba y ver
las aguas frías que despiertan,
las rocas grises, como el casco
que tú llevabas a la guerra.
La noche es amplia, duerme, amigo,
mi amigo, ea…
La noche es bella, está desnuda,
no tiene límites ni rejas.
No es verdad que tú hayas sufrido,
son cuentos tristes que te cuentan.
Tú eres un niño que está triste,
eres un niño que no sueña.
Y la gaviota está esperando
para venir cuando te duermas.
Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…
Ya se duerme
mi amigo, ea…
(De Tierra sin nosotros, 1947)
EVOCACIÓN
Hoy sé que los quebrados son olivos
cercados en el área de la escuela.
Hoy sé que llevan remo y blanca vela
los amados balandros adjetivos.
Hoy sé que aquellos tiempos están vivos,
que cada asignatura es centinela
que vigila un recuerdo y lo revela
con gesto y con presencia redivivos.
Me encontré solitario, inerte, ciego,
sin risueño pasado, sin el juego
alegre entre los vientos del verano,
y yo busqué en los álamos mi vida
y al no encontrarla la creí perdida,
y estaba aquí, al alcance de la mano.
(De Prehistoria literaria, 1939)
LEAR KING EN LOS CLAUSTROS
Di que me amas. Di “te amo”.
Dímelo por primera y por última vez.
Sólo: “te amo”. No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
“Más que a mi salvación”, dijo Regania.
“Más que a la primavera”, dijo Gonerila.
(No sospechaba que mentían).
Di que me amas. Di “te amo”,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.
Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo abrazado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña,
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.
La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán.
Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado. Y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté,
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces, desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío
que se desperezaba bajo un sol diferente.
Y aquí está al fin, delante de mis ojos.
Oigo cómo jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espero a que tú llegues
y me digas, “te amo”.
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.
Quiero oírte decir, Cordelia, “te amo”.
Son las mismas palabras de salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros… Regresaron
al silencio y la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
cisnes, delfines, grifos…
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?
Mi reino por un “te amo”, sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras.
Susúrralas o cántalas sobre un fondo real
―agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire―0
así la realidad hará que sean reales
las palabras que nunca pronunciaste
―¡por qué nunca las pronunciaste!―
y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme “te amo”;
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.
En esta paz reconstruida
―sé que es tan sólo un decorado― represento
mi papel; es decir, finjo,
porque ya he despertado.
Ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote,
contando días y horas y estaciones.
Y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro (a la que han arrancado
sus gemas la urracas ladronas),
por la escudilla de madera que me legó el bufón
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.
Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse. Y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño.
Ven a decirme “te amo” y desvanécete enseguida.
Desaparece antes de que te vea
sumergida en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado.
Antes de que te diga:
“yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres”.
(De Cuaderno de Nueva York, 1998)
PRÓXIMO PROGRAMA JUEVES A LAS 22 HS (HORA ESPAÑOLA)

